Conclusiones de nuestro viaje a Marrakech

Marrakech llevaba en nuestra lista de futuribles para una escapada, sin embargo, siempre se quedaba pendiente. Pero por fin llegó su momento. Y no defraudó. Nuestro viaje a Marrakech (y Marruecos) fue breve pero intenso. Obviamente no nos dio tiempo suficiente para descubrir todo lo que tiene para ofrecer, pero sin duda, no nos dejó indiferentes.

Era la primera vez que viajábamos los cuatro juntos y la verdad es que nos ajustamos a la perfección. Es verdad que la confianza es un grado y el ser familia hacía que nos conociéramos, pero sobre todo ayudó el que coincidiéramos en mentalidad e intenciones. Así, no nos fue complicado concretar la ruta ni reservar alojamientos.

Nada más cerrar las fechas del viaje surgió la idea de hacer una excursión al desierto y en base a ella configuramos el resto de nuestros días. Nos quedaría la tarde del día que llegábamos, la mañana del que nos íbamos y otro día entero para Marrakech. Es poco tiempo, sí, pero dado que queríamos centrarnos básicamente en la Medina, parecía suficiente para un primer viaje.

A pesar del imposible trazado, podríamos ir de un sitio a otro a pie. Y, en realidad, lo que iba a marcarnos el paso iban a ser los horarios de visitas de los monumentos. Así, agrupamos el Palacio Bahía, el Palacio Badii y las Tumbas Saudíes en un mismo día y dejamos el Jardín Majorelle, que está en la parte nueva, para el día que nos volvíamos.

Fue una decisión acertada y realizamos las visitas de forma relajada. Es verdad que obviamos dos museos, el Musée de Marrakech o el Museo Dar Si Saïd.

El primero de ellos, ubicado en un palacio del siglo XIX, se creó a finales de los años 90 para establecer una colección permanente de arte marroquí. Además, acoge exposiciones y otros eventos culturales. El Dar Si Saïd, también establecido en una mansión del finales del siglo XIX, es el más antiguo de la ciudad y el que mayor número de obras exhibe. Alberga el Museo de Artesanía Marroquí. Seguramente son ambos muy interesantes, pero preferimos dejarlo para otra ocasión.

Omitimos asimismo los Jardines de la Menara, proyectados en el siglo XII por la dinastía almohade.

También quedó fuera de nuestras visitas la Madrassa Ben Youssef, aunque en este caso fue más por causas ajenas a nosotros, ya que se encontraba cerrada por renovación. Tampoco pudimos entrar en las mezquitas por no ser musulmanes.

Así pues, entre lo que se tenía que quedar fuera por factores externos y que en el resto estábamos bastante de acuerdo, no hubo problema a la hora de cuadrarlo todo.

Tampoco hubo mucha duda con el alojamiento. Teníamos claro que queríamos dormir en un riad dentro de la medina y no en un hotel de estilo occidental en la parte moderna de la ciudad. Había suficientes donde elegir y además tenían precios asequibles y que entraban dentro de nuestro presupuesto. El único inconveniente que encontramos fue que al querer hacer la excursión en la mitad del viaje, no encontrábamos un riad que tuviera disponibilidad para los días de antes y después, así que elegimos dos diferentes. Pasamos una noche en el Riad White Flowers y dos en el Riad Origins Magi y no podemos poner pegas al respecto.

Es verdad que con una estancia tan breve tampoco tenemos mucho que valorar. Pero el poco tiempo que pasamos en ellos el trato fue amable y cercano. Tanto las zonas comunes como las habitaciones estaban limpias y cuidaron cada detalle. Desde la recepción con el té de bienvenida, hasta los deliciosos desayunos.

Los riad son remansos de paz en medio del caos de la medina. No tienen ventanas al exterior, sino que las habitaciones dan siempre a un patio en el que suele haber un claro predominio de plantas o árboles frutales. En algunos casos cuentan con fuente o incluso con piscina. El contraste de ruido y de temperatura con el exterior es claramente notable. Como además son alojamientos pequeños, son bastante tranquilos.

En el Riad White Flowers en vez de una habitación cuádruple tuvimos dos dobles, una a cada lado del patio. Eran prácticamente iguales, tan solo cambiaba la distribución del baño y los colores de la decoración. Nos recibieron a la entrada de la medina y nos acompañaron al riad. Allí nos esperaba un té y nos dieron indicaciones de cómo movernos y qué ver. Una pena que por la incidencia con el conductor-secuestrador no pudiéramos desayunar tranquilamente,  porque se lo estaban currando bastante en cocina.

Y si el este nos había gustado, más aún cuando llegamos al Riad Origins Magi. La habitación esta vez sí que era cuádruple, y, aunque no era muy grande, estaba muy bien equipada. El baño era impresionante, tanto de grande como decorativamente hablando.

Y el patio no se quedaba atrás, contaba con mesas de madera bajo la sombra de un naranjo. Además, había un sofá en un lateral y una fuente. En este espacio fue donde disfrutamos de nuestra improvisada cena el día que llegamos y de los desayunos. Una buena forma de empezar el día con el frescor matutino y los pájaros de fondo.

Los alojamientos de la excursión nos vinieron ya dados, y nos encantó el Hotel Babylon Dades. La localización, el trato, el alojamiento en sí, la comida… Todo perfecto.

Dormir en las haimas lógicamente no fue tan cómodo como en un hotel, pero bien merece la experiencia solamente por el hecho de estar allí en medio del desierto bajo las estrellas. Aunque hubiera sido mejor dormir dormir a la intemperie en las dunas, pero era noviembre y hacía demasiado frío.

La cuestión es que para llegar hasta allí hay que hacerlo en dromedario, y una hora y pico de paseo llegó a ser un tanto tedioso en determinado momento por el movimiento del animal. Hubiera estado bien haber hecho una parada a ver atardecer, como sí que hicimos al amanecer, pero supongo que influyó el hecho de que el ocaso lo veíamos de frente y en un lateral, mientras que la salida del sol nos quedaba a la espalda. Además, haber parado a la ida habría supuesto continuar luego en una oscuridad total.

En general fue un tanto cansado, pues además dormimos poco. Nos hubiera gustado pasar más tiempo entre las dunas a plena luz, para captar bien el momento, pero no pudo ser. Sabíamos que iba a ser un viaje exprés.

Aún así, fue un gran acierto vivir la experiencia de adentrarse en tierras marroquíes descubriendo una gran variedad de paisajes y acercándonos a tierra bereber, donde más de 12 siglos después de la islamización, aún mantienen su cultura, idioma y costumbres ancestrales. Abandonar Marrakech y recorrer el Atlas es toda una experiencia, así como lo es atravesar las gargantas del Todra y del Draa o ver kilómetros y kilómetros de palmerales.

Pasear entre las callejuelas de la Kashba de Ait Ben Haddou nos trasportó a otro siglo, a una sociedad que vive a un ritmo mucho más relajado que el nuestro.

Nuestro guía nos recordó que la mayoría de los que conquistaron Hispania en 711 eran bereberes (o imazighen como les gusta ser llamados) y no árabes (ni musulmanes). Por ejemplo, así lo eran los almorávides, los amohades y los gobernantes de los reinos de taifas de Toledo, Badajoz, Málaga y Granada. También una buena parte de los habitantes de las Islas Canarias se consideran descendientes de esta etnia. Así, no es de extrañar que esta civilización no nos resulte del todo ajena. Además de recibir una importante influencia en la agricultura, en la construcción y arquitectura, en el comercio, en la gastronomía y en el uso de especias; nos quedamos con muchos préstamos lingüísticos que servían para nombrar el nuevo día a día.

Los bereberes son el 40% de la población de Marruecos pero hasta 2001 no han tenido reconocimiento de su lengua amazigh como idioma oficial perdiéndose parte de ese patrimonio étnico-cultural. Y es que tras la independencia de Francia se llevó a cabo una política de arabización intentando recuperar la identidad lingüística, religiosa y cultural. Se recuperó el árabe para los medios de comunicación, la educación y en general la vida pública.

El francés ya no es oficial, pero sigue predominando en las instituciones y en la educación superior. Algo así como una marca de clase. Quien domina el francés es porque ha podido permitirse una educación privada o porque ha terminado estudios superiores. El rey cuando quiere que un discurso llegue a todo el mundo lo da en árabe y francés. Y los medios de comunicación marroquíes emiten en árabe, francés y español. Además, en gran parte de la zona norte del país se pueden sintonizar canales españoles de radio y televisión.

La verdad es que nosotros no encontramos ningún problema de comunicación. Enseguida se dirigían a nosotros en español. No sé si porque se nos ve en la cara, porque van probando o porque hay mucho turismo español y les sale por inercia como primer idioma extranjero. Tanto en los hoteles, como en los restaurantes, como en el zoco… El único que no hablaba español creo que fue el falso Brahim, aunque no sé si nos habríamos entendido hablando el mismo idioma. Después, nuestro verdadero conductor, Mustapha, hablaba muy bien el castellano, ya que había vivido en Canarias y había trabajado de camionero viajando continuamente de Marruecos a España.

En general durante todo el viaje tuvimos una estancia muy agradable y sin incidencias. No tuvimos la sensación en ningún momento de inseguridad. Es verdad que en nuestros paseos por la Medina sí que nos dijeron en varias ocasiones algunos tenderos que no nos guardáramos el móvil en el bolsillo del pantalón, que quedaba muy a la vista. También una mujer se nos acercó a decirnos que cuidado con las pertenencias porque estaba viendo a unos chavales que iban detrás de nosotros y debió pensar que éramos su blanco. Pero bueno, nada que no sea tomar las precauciones básicas en lugares muy concurridos. Es verdad que el ritmo de la ciudad y la persuasión de los comerciantes puede llegar a abrumar y producir incomodidad, pero siempre se acercaban a nosotros con una sonrisa. Además, forma parte de la idiosincrasia local y es algo inevitable.

Pero sin duda, una de las mejores maneras de aproximarse a una cultura es mediante la gastronomía. Y siendo cuatro catacaldos, lógicamente no podíamos hacer otra cosa que probar los diferentes platos que nos ofrece la cocina marroquí. Englobada dentro de la dieta mediterránea con importante presencia de legumbres y verduras, lógicamente bebe de la cocina árabe y bereber e incorpora alguna influencia de la judía (sobre todo en aporte de especias y condimentos). En realidad para los españoles no resulta tan exótica, pues hemos heredado muchas de sus costumbres y los sabores nos resultan familiares.

Los desayunos, por lo que pudimos ver en los alojamientos, son contundentes (aunque no sé si en casa desayunarán así). En la mesa no nos faltó nunca el zumo natural de naranja, fruta de temporada, bollería, yogur, huevos, queso, miel, mantequilla y mermeladas así como aceite de oliva.

También pudimos degustar el pan árabe sin miga que luego vimos en muchas panaderías y puestos ambulantes por la medina de Marrakech. Suele tener forma de hogaza y tradicionalmente está elaborado con trigo y sémola fina. No obstante, según las zonas del país podemos encontrar también pan de maíz (ligeramente dulce), pan de cebada y trigo o pan Tafarnout (horneado sobre piedras calientes de forma tradicional).

Para el resto de comidas del día, veamos algunos platos:

  • Harira: Sopa tradicional elaborada con tomates, garbanzos, lentejas, cordero y aderezada con especias. Se suele tomar durante el Ramadán.
  • Pastela: son unos pasteles de hojaldre que pueden comerse tanto de entrante como de plato principal. Combina lo salado y lo dulce y suele estar espolvoreada con canela.
  • Tortilla bereber: Es muy parecida a lo que nosotros llamaríamos tortilla francesa, solo que se parpara en el tajin. Es un plato vegetariano en el que se pueden incorporar diferentes hortalizas y verduras aderezadas con especias. Además de los huevos, claro, no suelen faltar el tomate ni el ajo, pero el resto dependerá de la zona y de quién lo cocine.

  • Cuscús: Uno de los platos más tradicionales. Es semilla de sémola de trigo que se cocina al vapor y se sirve acompañada de un caldo picante acompañado de verduras, cordero/ternera/pollo y que también puede incorporar pasas, legumbres… Es tradicional comerlo los viernes, el día libre de los musulmanes.
  • Tajín: Otro de los imprescindibles. Es un guiso que toma el nombre del recipiente de barro con tapa de forma cónica en que se cocina a fuego lento. Los más comunes son el de cordero con legumbres, ciruelas y almendras y el de pollo con limón y aceitunas.

  • Kefta: Son similares a nuestras albóndigas. Bolas de carne picada aderezada con ajo, perejil, cebolla, pimentón, comino, aceite y piñones y que suele ir acompañada de una salsa de tomate. Deliciosas.

  • Pinchos: Poco hay que explicar aquí, ya que nosotros los hemos incorporado a nuestra gastronomía. Obviamente no usan cerdo, pero por lo demás, es carne sazonada con diferentes especias y después hecho a la barbacoa.
  • Touajen: Estofado de carne de cordero o pollo.
  • Hout: Estofado de pescado.
  • Djaja Mahamara: Pollo estofado con pasas y almendras
  • Briouats: Son unos pequeños pasteles triangulares de masa filo rellenos de carne, pescado, verduras…). Hay una versión dulce empapada en miel y que se rellena con cacahuetes.

  • Dulces: En la cocina árabe los dulces son contundentes. Suelen estar hechos con frutos secos como ingrediente principal (pistacho, nueces, almendras, cacahuetes…) y normalmente se le añade también fruta desecada (pasas, dátiles…). Predomina el uso de la pasta filo u hojaldres que se después se fríen. Como en el resto de sus platos, no faltan elementos aromatizantes como el comino, el anís, el agua de rosas o de azahar, la vainilla o la canela. Además, para rematar, a menudo se bañan en miel.

Nosotros sobre todo comimos sopa/crema, tortilla bereber, pinchos y tajine de pollo. Parecía que eran los básicos en cualquier menú. Y nos sorprendió encontrar menos cuscús del que imaginábamos. En cualquier caso, comimos muy bien.

Otro rasgo característico marroquí es el carácter comerciante. Así, para conocer los usos y costumbres, no puede faltar un paseo por sus zocos. Ya no digo comprar, pues eso depende de los gustos, el bolsillo, las ganas y la paciencia que uno tenga para regatear. Pero el ambiente hay que vivirlo.

Abren a las 9 de la mañana y cierran a media tarde pero no sabría decir si es mejor acudir a una hora u otra, pues parece que siempre hay gente. Para comprar, quizá a primeras horas el comerciante esté más fresco y la negociación sea más dura que a la tarde cuando ya está pensando en dar por concluido el día, pero realmente no hay reglas escritas. Al final todo depende de muchas circunstancias y el objetivo del comprador ha de ser marcarse el importe límite que esté dispuesto a pagar por el objeto. Pues desde luego, el vendedor ya tendrá bien pensado de cuánto no va a bajar para cerrar un buen negocio.

En los zocos se puede encontrar de todo, quizá lo más típico que busca cualquier viajero son babuchas, juegos de té, marroquinería, aceite de argán, kohl y especias. Mustapha, el conductor de nuestra excursión, nos comentó que el aceite de argán mejor comprarlo en una cooperativa para saber que no está rebajado con otros aceites. También que el kohl si no es bueno te puede causar una buena conjuntivitis. Así que, como todo, te puedes arriesgar a que si no entiendes, te den gato por libre y que no sea oro todo lo que reluzca.

Yo iba con muchas ideas en la cabeza sobre qué podría encontrar y qué me gustaría traerme del viaje, pero al final, salvo las especias, no compré nada más.

Con todo, este es el resumen de los gastos de nuestro viaje:

  • Vuelo: 81€
  • Seguro: 14.18€
  • Traslado aeropuerto: 3.5€
  • Alojamientos: 53.62€
  • Excursión al desierto: 180€
  • Efectivo: El uso de tarjeta no está muy extendido, por lo que sabíamos que deberíamos llevar efectivo. Una de las primas cambió en el banco 140€ y le dieron 1300 MAD. Nosotros por nuestra parte sacamos un par de veces con la Bnext y otra con la Revolut (un total de 422.39€) y el cambio era claramente mejor. Por ejemplo, en una ocasión retiramos 1522 MAD y nos cargaron 142.25€. De ahí pagamos los gastos del día a día: comida, entradas (los monumentos suelen tener tarifa estándar para extranjero de 70 Dirhams), las pocas compras que hicimos, las tasas de alojamiento y el traslado al aeropuerto desde el riad. Así queda el desglose por día (4 personas):
    • Día 1: 550 MAD
      • Comida: 60 MAD
      • Bebida Terraza: 80 MAD
      • Cena: 300 MAD
      • Tasas Riad: 110 MAD
    • Día 2: 632 MAD
      • Comida: 525 MAD
      • Cervezas y agua: 72 MAD
      • Bebida cena: 35 MAD
    • Día 3: 400 MAD
      • Comida: 400 MAD
    • Día 4: 590 MAD
      • Especias: 130 MAD
      • Comida: 400 MAD
      • Cena: 60 MAD
    • Día 5: 1846 MAD
      • Tasas Riad + Viaje aeropuerto: 485 MAD
      • Comida: 220 MAD
      • Cena: 301 MAD
      • Entradas: 840 MAD
    • Día 6: 506 MAD
      • Entrada Jardín Majorelle: 280 MAD
      • Comida 226 MAD

Es decir, al final, nos gastamos unos 450€ de media por persona (y digo de media porque hay cierta variación dependiendo de las compras de cada uno). Y realmente el grosso del presupuesto se fue en Vuelo + Alojamiento + Excursión, cuya suma ya suponía unos 315€.

Un viaje bueno, bonito y barato cargado de un sinfín de experiencias nuevas.

Marruecos XI. Día 6: Jardín Majorelle y vuelta a Madrid

Para nuestro último día en Marrakech habíamos dejado la Ville Nouvelle, la parte de la ciudad que se extiende más allá de la Medina. Como no es una zona muy turística, nos levantamos tranquilamente como el día anterior para desayunar a las 8:30. La oferta era muy parecida a la de la primera mañana en el riad, solo que había cambiado el tipo de bollo, en lugar de crepes teníamos tortitas y huevos cocidos en vez de tortilla francesa.

Desayunamos tranquilamente disfrutando de la paz del riad bajo los naranjos y después recogimos el equipaje y devolvimos la llave. Quedamos en volver después de comer para el traslado al aeropuerto y nos echamos a la calle. En principio pensamos tomar un taxi, pero al final, como era pronto y el sol todavía no pegaba con fuerza, nos fuimos dando un paseo.

Una vez salimos de la Medina se ve claramente otro tipo de planificación urbanística. Son unos diez minutos de paseo que de repente nos hacen avanzar 500 años de golpe. Aquí encontramos grandes avenidas arboladas construidas en la década de los años 30 del siglo pasado donde predominan grandes hoteles, cadenas de restaurantes occidentales, tiendas, locales de fiesta… El gobierno colonial francés optó por salir de la ciudad árabe y construyó una ciudad nueva a la que más tarde se han ido mudando marroquíes que aspiraban a mejorar su calidad de vida. Las calles quedan adornadas con vallas publicitarias y hay un tráfico caótico.

El centro de esta ciudad nueva es el barrio de Guéliz y nuestro destino era el Jardín Majorelle, que nació en los años veinte del siglo pasado cuando el pintor francés Jacques Majorelle, atraído por la luz y el color de Marrakech, compró una finca de palmeras en la que mandó construir una casa estilo Art Déco inspirada en la arquitectura de Le Corbusier. Allí instaló su taller, cuyo edificio pintó de un vibrante azul inspirado en el color de las casas bereberes y que hoy lleva su apellido. Alrededor creó un extenso jardín. Aunque iba a ser un espacio privado, de inspiración y creación para el artista, en 1947 se abrieron al público en general.

En 1962 el pintor tuvo un accidente de coche y volvió a su país natal, quedando la propiedad abandonada hasta 1980, cuando la compraron el estilista francés Yves Saint Laurent y su entonces pareja Pierre Bergé, de ahí que también sean conocidos como los Jardines Saint Laurent y atraigan a muchos seguidores del modisto. Sus cenizas fueron esparcidas aquí tras su muerte en 2008. Hay también un memorial en su honor.

En esta nueva etapa la propiedad pasó por unas importantes reformas: se erigió una villa, se convirtió el antiguo taller de Majorelle en una exposición permanente de arte islámico (alberga joyas tradicionales, antiguas piezas de madera tallada, bordados, manuscritos y litografías de Majorelle del Atlas), se optimizó el sistema de riego del jardín y se amplió el número de especies.

Cuenta con palmeras, aloes, cactus, bambús, nenúfares, naranjos, plataneros, cocoteros rosales y otras mil plantas y árboles que proceden de los cinco continentes.

En el recinto además abundan los estanques y riachuelos, en los que viven carpas, tortugas y ranitas.

Podría parecer extraño encontrar tal oasis en una ciudad como Marrakech, que suena a árida, sin embargo, la ciudad ha contado con importantes sistemas de canalización y riego ya desde el siglo XI, con la llegada de los almorávides. Recordemos la importancia del agua en la arquitectura árabe.

Estos jardines suponen un remanso de paz que contrasta con el caos de la Medina. Se respira tranquilidad y el ambiente es algo más fresco que entre los muros de la ciudad vieja. Yo no soy muy aficionada a las plantas, pero merece la pena darse un paseo entre un sinfín de plantas y árboles, sentarse en un banco bajo la sombra de una palmera y oír el agua correr y los pájaros cantar.

Es toda una maravilla para la vista con el contraste del verde de la vegetación frente al azul Majorelle y el amarillo que predominan en las construcciones.

Eso sí, mejor acudir a primera hora, pues se forman importantes colas.

Tras un par de horas en el jardín emprendimos el regreso a la Medina. El bus 19 lleva a la plaza Jamma, aunque también podíamos tomar un taxi. Sin embargo, como teníamos tiempo de sobra, volvimos también dando un paseo, aunque esta vez el sol sí que quemaba. Recorrimos un tramo próximo a la muralla, construida en el siglo XII por orden del almorávide Ali Ben Yusuf, de la dinastía de los almorávides, ante la necesidad de proteger Marrakech, que por aquel entonces era un campamento militar y mercado.

Se erigió entonces una Kasbah. En los siglos posteriores la ciudad fue creciendo y el trazado de la muralla tuvo que ser modificado y ampliado varias veces. Sin embargo, con el paso del tiempo acabó resultando ineficaz para contener a los atacantes y hoy queda con una mera función ornamental. Ha sido adaptada para el tráfico rodado, pero se mantiene casi intacta.

Con casi 20 kilómetros de largo y unas 600 hectáreas es la más extensa de todo Marruecos. Sus muros realizados en arcilla roja (la piedra es muy escasa en la región) que cambian de tonalidad según cómo el sol incida en ellos miden entre 8 y 10 metros de altura y entre 1,60 y 2 metros de anchura. Cuenta con 202 torres cuadradas y 22 puertas principales de acceso que comunican la medina con los barrios de Guéliz e Hivernage.

Las puertas más antiguas son Bab er Robb y Bab Agnaou. La primera de ellas era la puerta sur original de la ciudad, mientras que Bab Agnaou forma parte de los restos de la antigua Kasbah y está decorada con piedra verde de Guéliz. De hecho, es la única de piedra. Otras puertas importantes son Bab Doukkala, que con la planificación urbanística del siglo pasado ha quedado fuera de los muros; Bab El Khemis, la más decorada, que se halla al norte; Bab el Jadid;  o Bab el Debbagh.

Para resguardarnos del penetrante sol nos metimos en el Cyber Park, también conocido como Arsat Moulay Abdeslam Cyber ​​Park. Me recordó al Pherozeshah Mehta Gardens de Bombay por sus caminos de arena rojiza, aunque este parque estaba mucho mejor cuidado y era más frondoso.

Creado en el siglo XVIII, fue un regalo del sultán Sidi Mohammed Ben Abdellah a su hijo el príncipe Moulay Abdeslam con motivo de boda. Con el tiempo fue deteriorándose, pero en 2005 Maroc Telecom y la Fundación Mohammed VI para la protección del Medio Ambiente se encargaron de reformarlo y renovarlo, por lo que hoy en día ha recuperado su esplendor y es uno de los parques preferidos de los lugareños para escapar del ruido de la ciudad.

Aunque en su renovación se han incorporado un cibercafé (Maroc Telecom negoció poder obtener ingresos mediante la explotación de algunos espacios), acoge exposiciones culturales espectáculos y en general se ha modernizado (toda la iluminación es solar); también se intenta mantener el estilo y el ambiente original.

Además del Cibercafé, en una de las entradas Maroc Telecom ha instalado una pequeña exposición sobre telefonía donde podemos ver antiguas operadoras, teléfonos de cabina, de rueda, móviles de varias generaciones, módems…

Lleva unos 10 minutos visitarla, pero supone un viaje al pasado y nos lleva a reflexionar lo rápido que evoluciona la tecnología.

Era la una de la tarde y volvimos dando un paseo a la Medina, donde callejeamos en busca de un sitio donde comer. Sin embargo, al final acabamos en el restaurante de la noche anterior, pues sabíamos que era tranquilo, fresco y nos quedaba cerca del riad. Esta vez no elegimos platos para compartir, pues ya habíamos probado los platos locales. Nos decidimos por unos pinchos, una pizza y dos platos de espaguetis (unos a la boloñesa y otros a la marinera).

Comimos tranquilamente y, como aún había tiempo, fuimos en busca de una patisserie para que las primas comieran el postre. Y no sabían muy bien qué elegir, pues había demasiadas opciones. Al final se decidieron por una milhojas y una napolitana de chocolate. Por tan solo 10 Dirhams…

Volvimos al riad, donde esperamos un rato hasta que llegó a por nosotros un empleado que nos cargó el equipaje hasta salir de la Medina. Allí nos nos recogió el conductor que nos llevaría al aeropuerto. En el riad nos habían recomendado que estuviéramos unas 3 horas antes en el aeropuerto, algo que en un principio nos pareció demasiado. Y más teniendo en cuenta que no íbamos a facturar. Pero nos fiamos de su consejo. Y la verdad es que tenía razón, pues llegamos al aeropuerto a las 16:10 y nos encontramos con que había cola antes de entrar en la terminal.

No era excesivamente larga y en apenas cinco minutos habíamos pasado, supongo que no habría muchos vuelos a esas horas. Sin embargo, esto solo era para entrar en el aeropuerto en sí (un escáner de equipaje), dentro hay más escollos.

En Madrid llevábamos nuestra tarjeta de embarque en el móvil, con el código QR, sin embargo, para la vuelta al hacer el checkin online solo pudimos sacar el formato pdf, por lo que nos tocó pasar por mostrador para que nos imprimieran la tarjeta. Segunda cola del día. Eso sí, tampoco nos llevó más de diez minutos, a pesar de que el azafato estaba un poco empanado.

Siguiente paso. Ahora llegaba el turno del control de seguridad, donde sí que había algo más de gente.

Tras pasar por seguridad finalmente quedaba pasaportes. Eran las 17:08 cuando nos pusimos a la cola y había un buen recorrido por las cintas hasta llegar a las casetas de los funcionarios. Había gente que intentaba que le dejaran pasar sin esperar porque su vuelo salía ya, pero la policía les decía que a la cola pepsicola.

La verdad es que tiene su riesgo este último control, pues tampoco puedes hacer mucho para estar antes. Es decir, la puerta de embarque la cierran media hora antes de la hora prevista del vuelo, pero si necesitas pasar por mostrador para recoger la tarjeta, de nada te sirve estar 4 horas antes si no abren hasta que no quedan 2. Quizá para estar el primero en la cola y poder salir pitando para el siguiente control.

En nuestro caso pasó una hora hasta que finalmente nos sellaron el pasaporte. Y después de nuevo otro señor al que enseñarle que efectivamente nos lo habían sellado y no nos habían colado. Y ya por fin llegamos a la zona de tiendas y restauración. Nos habían sobrado unos 300 dirhams, y no merecía la pena cambiarlos, así que dimos una vuelta para comprar algún detalle a la familia. Aunque no nos pudimos entretener mucho, pues veinte minutos después ya habían abierto la puerta. A las 18:40 estábamos embarcando con el sol ya casi ocultándose y dejamos tierra a las 19:09.

El vuelo fue bastante tranquilo hasta que llegamos (intuyo) al estrecho, que tuvimos turbulencias. Pero por lo demás, se me hizo bastante corto, más incluso que a la ida. Eso sí, esto no impidió que algunos se echaran alguna cabezadita.

Aterrizamos en Madrid poco antes de las 9 de la noche, donde nos recibió un clima bastante más fresco que el de Marrakech. Comenzaba la cuenta atrás para el próximo viaje a Berlín en diciembre.

Marruecos X. Día 5 III: Marrakech. Tumbas Saadíes y Madrasa de Ben Youssef

Para concluir la mañana, tras visitar el Palacio Bahía y el Palacio Badii, nos dirigimos a las Tumbas Saadíes, uno de los monumentos más visitados de  Marrakech.

Se encuentran ubicadas en el barrio de la Kasbah, lo que hace que no sea fácil llegar a ellas. La guía de El País Aguilar indicaba que había que pasar por un estrecho callejón junto a la Mezquita Moulay El Yazid, así que a ella nos dirigimos.

Esta mezquita, también conocida como la Mezquita de la Kasbah, data del siglo XII y es una de las más importantes de Marrakech junto con la de la Koutubia. Fue mandada construir por Al-Mansour en el distrito imperial para que así le quedara cerca a la hora de rezar. Como curiosidad, parece que no está bien orientada a la Meca, y es que según el período histórico se ha considerado que esta quedaba en unas coordenadas u otras.

Bordeamos la mezquita y buscamos el famoso callejón… pero nada, después de callejear acabamos en la misma plaza. Venga, segundo intento, pero esta vez tomamos otro recodo a ver. Comenzamos fijándonos bien en los detalles para ver si nos habíamos pasado algún cartel, pero allí solo parecía haber casas… de hecho me fui a meter en un patio y un chaval me dio a entender que era un lugar privado… Así que, nada… seguimos intentando encontrar las famosas tumbas.

En un giro nos encontramos con un señor que nos vio perdidos y nos dijo que si íbamos buscando las tumbas. Al responderle afirmativamente nos abrió su tienda de alfombras para que pasáramos. Resulta que el señor tenía una puerta trasera que conducía al callejón de acceso a las tumbas. Seguro que hay una forma más rápida y sencilla de llegar, pero no la encontramos.

Las Tumbas Saadíes datan de la conocida como Edad de Oro de Marrakech, la época en la que reinaba la dinastía saadí. Actualmente son el único vestigio que queda de aquellos años de esplendor. Y es que, como habíamos visto en la entrada anterior, el sultán alauita Mulai Ismail mandó destruir todo lo perteneciente a sus antecesores. Quizá por superstición o por respeto a los muertos, con el cementerio sin embargo ordenó que se tapiara su entrada con una muralla. Y ocultas quedaron hasta 1917 que los franceses sobrevolaron la zona para la creación de mapas de la ciudad y descubrieron cómo sobresalían los tejados de los mausoleos sobre otros edificios.

En 1557 el sultán Ahmad al-Mansour, el mismo del Palacio Badii, encargó edificar un mausoleo para su madre, Lalla Messaouda (Lalla es el título que se otorga en Marruecos a las mujeres de la Familia Real), sobre la tumba de su padre, Mohamed Cheikh, en un lugar que ya se usaba como necrópolis de nobles. Tiempo después se construyó otro para él y el resto de miembros de la dinastía.

Tras pasar las taquillas, entramos en una zona ajardinada rodeada de altos muros. De hecho, de no saber que se trata de un cementerio, bien podríamos pensar que se trata de un palacio, tanto por las salas ricamente decoradas, como por los jardines. El recinto alberga más de 100 tumbas a ras de suelo decoradas con mosaicos de azulejos. Algunas se sabe que pertenecen a miembros de la familia real, sin embargo, otras están sin identificar y se cree que en ellas descansan sirvientes y guerreros de la dinastía saadí.

En un lado del jardín se erige el Mausoleo de Lalla Messaouda, de planta cuadrada y dos salas laterales. Originalmente era un único espacio, pero con el tiempo fue ampliado con unas pequeñas galerías, una sala para tumbas de la familia y una sala de oración.

Y aunque este edificio llama la atención por la riqueza de su decoración, realmente el que capta toda la atención es el principal. Es fácil de localizar, puesto que hay que hacer cola para ver su interior. Este mausoleo también cuenta con varias salas comunicadas entre sí: La Sala de Oraciones, la Sala de las Doce Columnas y la Sala de los Tres Nichos.

La Sala de Oraciones queda unida con la principal por un arco y se extiende hacia la izquierda de esta. Cuenta con cuatro columnas y un antiguo mihrab y su función es indicar la dirección de la Meca. Aunque su suelo está cubierto de mosaicos y la parte superior de la estancia tiene una bella ornamentación con el típico nido de abeja, en realidad es la más austera de las tres salas.

Paradógicamente, alberga tumbas de la dinastía alauita.

La Sala de las Doce Columnas es donde descansan los restos mortales del sultán, de su hijo y de su nieto.

Todo llama la atención en 10 metros cuadrados. Desde el suelo hasta el techo. Tanto el suelo como las paredes cuentan están completamente decorados con azulejos esmaltados. En determinada altura una cenefa con los versículos del Corán sirve de corte para la parte superior, donde los muros están recubiertos con estucos con el característico dibujo de nido de abeja y rematados con detalles dorados.

La estancia queda cubierta por una cúpula tallada en madera de cedro con relieves de oro que descansa sobre doce columnas (de ahí su nombre) de mármol de Carrara con capiteles adornados con motivos vegetales.

Es impresionante y no me extraña que se forme cola. La decoración, la iluminación, los detalles…muestran el poder de la dinastía saadí. Viendo esta sala una piensa en cómo sería el Palacio Badii antes de su saqueo y lo que nos hemos perdido. Cuesta imaginarlo, pero sin duda debió ser impresionante. No hay más que ver otros ejemplos similares de la arquitectura árabe y andalusí en nuestro propio país.

Por último, la Sala de los Tres Nichos  está dedicada a los príncipes saadíes que fallecieron jóvenes, a las mujeres y a las concubinas.

Bien merecía la espera para poder ver esta joya artística, aunque nosotros apenas hicimos cola unos 5 minutos. Pero claro, era noviembre, supongo que en verano debe llevar mucho más.

Tras quedar maravillados por la visita a las Tumbas Saadíes fuimos en busca de un sitio para comer, que se nos había hecho algo tarde. Teníamos ganas de couscous, ya que no lo habíamos probado en todo el viaje y, tras darnos una vuelta para comparar locales y menús, acabamos en un restaurante en un lateral de la plaza Jemna el Fnaa que tenía una pequeña terraza en el tejado.

Elegimos un couscous de pollo y otro de legumbres. Además, pedimos un Sandwich de pollo y otro mixto.

Los sándwiches, hechos de pan de hogaza casi como si de una hamburguesa se tratara, estaban muy ricos. Y eran contundentes. Los couscous para ser dos diferentes eran prácticamente iguales. La única diferencia era que el de legumbres llevaba unas pocas judías.

Con el sol cada vez más presente en la terraza, decidimos continuar el paseo. La siguiente parada era la Madrasa de Ben Youssef, que lamentablemente habíamos leído que estaba en obras y parecía que no íbamos a poder visitar. De todas formas, probamos suerte a ver si se podía ver por fuera.

Esta escuela de teología coránica se halla al norte de la zona de los zocos junto a una mezquita del mismo nombre. Fundada a mediados del siglo XIV por el sultán Abou el Hassan de la dinastía de los benimerines, fue refundada dos siglos después por el sultán saadí Mulay Abdalah, quien ordenó realizar importantes reformas y renovaciones en el edificio.

Pronto se convirtió en la más importante de todo el norte de África. Contaba con una universidad coránica y una residencia en la que acogía a más de 900 estudiantes de todo el mundo musulmán.

Cerró en 1960 y desde 1982 funciona como monumento. Lamentablemente, una lona nos confirmó que efectivamente estaba en obras y no pudimos ver gran cosa.

Y ya que la madrasa estaba cerrada, decidimos dedicar la tarde a los zocos, aunque no compramos mucho, la verdad. Solo el hecho de entrar en el regateo nos daba algo de pereza. Aunque alguna parece que sí que estaba en su salsa y tenía a los vendedores llamándola a voz en grito para que volviera con el nuevo precio que le ofrecía.

Como aún era pronto, volvimos a la Plaza Jamaa el Fna para dar una vuelta y vivir por última vez el ambiente. Aunque esta vez no pensábamos cenar allí.

De noche volvimos al riad para ducharnos y medio preparar el equipaje, pues aunque teníamos el vuelo el día siguiente a las 6 de la tarde, la habitación la teníamos que dejar a las 12. Así que la idea era desayunar y dejar allí el equipaje hasta después de comer que volveríamos para que nos llevaran al aeropuerto.

Salimos a cenar a un restaurante próximo al riad, Chez Brahim. Esa noche nos lo íbamos a tomar con algo más de calma. Tenían horno de leña y por no repetir de nuevo tajin o couscous, elegimos tres pizzas diferentes (atún, marroquí y vegetariana) y un plato de briwats, (pequeños triángulos de pasta filo rellenos).

Nos gastamos la friolera de 300 Dirhams. Sin duda el primer día hicimos la novatada, pues en comparación fue el día que más caro pagamos la comida.

Tras la cena tocaba volver al riad a dormir.

Marruecos IX. Día 5 II: Marrakech. Barrio Judío y Palacio Badii

Tras la visita al Palacio Bahía nos dirigimos al barrio judío de la ciudad, que se halla en la zona sur de la Medina. Recibe el nombre de Mellah y viene a equivaler a las juderías o guetos de Europa.

Cuando los judíos fueron expulsados de la Península Ibérica, Moulay Abdallah, de la dinastía saadí, debió pensar de forma similar al sultán otomano Bayezid II cuando dijo aquello de “Aquellos que les mandan, pierden, yo gano” y decidió darles asilo. Detrás de esta acción había intereses, claro, ya que sabía que la ciudad ganaría con las habilidades artesanales, comerciales, económicas y diplomáticas de los judíos. Les impuso unos importantes tributos a cambio de protección y fueron ubicados en un terreno al Sur del Palacio de la Bahía y al Este del Palacio El Badi de una superficie de 18 hectáreas.

El Mellah contaba con sus sinagogas, su cementerio y su propio mercado. Era una ciudad dentro de otra ciudad, y quedaba bien delimitado, ya que estaba rodeado una muralla y dos puertas de conexión con la medina (que estaban custodiadas por soldados reales y además se cerraban por la noche para que nadie pudiera salir o entrar). Además, su arquitectura era diferente, ya que a diferencia de las casas de la medina, en el barrio judío abundaban las fachadas con terrazas.

Con el tiempo, cuando la población fue creciendo, el recinto se quedó pequeño y llevó al hacinamiento y la pobreza. Salvo aquellos que tenían trabajos relacionados con la realeza (consejeros, economistas, comerciantes), el resto de los judíos veían cómo cada vez tenían más limitaciones. Por ejemplo no podían mudarse fuera de la judería, tenían prohibido montar a caballo, e incluso debían andar descalzos si salían a la medina. Acabó convirtiéndose en un barrio marginal.

Tras la constitución del Estado de Israel a mediados del siglo XX muchos emigraron, por lo que la presencia de judíos hoy en día es testimonial. Los pocos que quedan censados en la ciudad (se estima que unos 300) se han ido mudando al Barrio de Guéliz, en la parte nueva. El Mellah hoy no parece ser muy frecuentado por los turistas, sin embargo, fue una de las partes que más me sorprendió de la ciudad y bien merece un paseo, aunque no quede mucho del pasado.

Íbamos intentando reubicarnos, pues nos habíamos encontrado con que la calle que nos llevaría al barrio estaba en obras y unas vallas impedían su paso, cuando se nos acercó un hombre preguntándonos en español que si íbamos buscando el barrio judío, que él iba para allá. Nos explicó que con las obras había que entrar por otro sitio y le seguimos.

De camino nos comentó que sabía español porque su padre había estado trabajando en Zaragoza para Navidul. Hizo la broma él mismo: “¿qué mejor sitio para un contratar a un musulmán que uno que trabaja con cerdos?”

Cuando llegamos al Mellah, aprovechó para llevarnos a la tienda de especias de un conocido, pero nosotros ya habíamos hecho nuestras compras en la excursión, por lo que nos despedimos y comenzamos a pasear por las callejuelas estrechas de la judería. El estado de sus edificios muestra que sigue siendo un barrio pobre, pero ello no le hace perder su encanto. Al contrario, le hace ganar puntos en autenticidad. Su mayor atractivo es el antiguo mercado de las especias, donde se pueden encontrar todo tipo de condimentos y coloridas y aromáticas especias: comino, azafrán, pimentón, jengibre, cúrcuma, cilantro, orégano…

Y parece que a mejor precio que en el zoco de la medina, ya que este está más orientado a la población local y tiene menos saturación turística. Aunque supongo que todo dependerá de si te saben local o foráneo…

En el mercado cubierto también se pueden comprar hierbas medicinales, aromáticas, tes, frutos secos, cremas para la piel, maquillaje natural, perfumes, jabones… Además no pueden faltar las alfombras, tapices y telas.

Y no podemos olvidarnos de las joyas. Los judíos eran unos importantes joyeros.

En el barrio aún quedan dos sinagogas en activo: Negidim y Al-Azmah. Nada que ver con la treintena que llegó a haber en su día. La más conocida de las dos es la sinagoga Al-Azmah, que fue construida por los españoles y es la más antigua de la ciudad (aunque su edificio data del siglo XIX). Sirve como lugar de rezo y como museo y se puede visitar, sin embargo, nosotros encontramos un letrero en la puerta que indicaba que estaba cerrada, no sé si es que sería la hora del rezo.

Pegado a la muralla de la medina se halla el viejo cementerio o Miâara, el mayor cementerio judío del país. Alberga en sus 52 hectáreas un buen número de tumbas como consecuencia de sus casi 6 siglos de historia. Nosotros no llegamos a visitarlo. En su lugar salimos a la Plaza des Ferblantiers o Plaza de los Hojalateros, una pequeña plaza en la que, como su nombre indica, se ubican talleres y comercios dedicados al trabajo del metal. Hay de todo, desde pequeñas mesas auxiliares hasta lámparas pasando por los típicos juegos de té. Nos recordó al barrio turco de Sarajevo.

En los soportales de la plaza había ya movimiento, pues se acercaba la hora de la comida y los camareros de los restaurantes que hay en la zona empezaban a desplegar sus encantos para que conociéramos sus menús. No obstante, para nosotros era aún pronto para comer. Echamos un vistazo para saber qué opciones teníamos, pero continuamos hasta el Palacio Badii.

Su nombre significa “El Incomparable”, y es que el sultán Ahmed al-Mansour, quiso que se construyera el palacio más lujoso del mundo tras ganar a las tropas portuguesas en la Batalla de Alcazarquivir (también conocida de los Tres Reyes) el 4 de agosto de 1578.

La tarea se llevó a cabo entre 1578 y 1603 y en ella participaron los mejores artesanos no solo del país, sino venidos de Francia, España o Italia. Por supuesto, también se usaron los mejores materiales de la época, así que se trajeron mármol de Carrara y granito irlandés. Las habitaciones destacaban por la riqueza de su decoración. Las paredes y techos fueron revestidos con estuco, mosaicos y pan de oro de Sudán. Asimismo, abundaban los materiales preciosos como oro, jaspe, ónice, turquesas… Además, se completaron las estancias con muebles traídos desde China.

Sin embargo, todo este esplendor fue borrado de un plumazo con la llegada al poder en 1676 de la dinastía alauita. El sultán Moulay Ismaïl (que ha pasado a la historia por ser el sultán más cruel de Marruecos) ordenó su expolio y gran parte de los materiales se reutilizaron para reconstruir Meknès, la ciudad elegida para convertirse en capital del imperio en 1672.

Así, hoy en día prácticamente solo se conserva la estructura del palacio y algunos fragmentos de mármol de las columnas, azulejos, estucos y restos de las fuentes que se encontraron en las excavaciones arqueológicas de mediados del siglo pasado. Aún así, merece la pena la visita. Aunque solo sea para imaginar lo que fue en su día.

Con un plano influenciado por el de la Alhambra de Granada, las 360 habitaciones quedaban repartidas en grandes pabellones distribuidos en torno a un patio central. Este, de 135×110 metros, aparecía dominado por cinco estanques y cuatro jardines en los que hay varios naranjos. El estaque central, de 90×20 cuanta con una isla que acoge en julio el festival de música tradicional y también algunos eventos del Festival Internacional de Cine.

Al este y al oeste del patio se erigían dos pabellones enfrentados y de planta similar: el Pabellón de Cristal y el Pabellón de Audiencias. en ambos casos había una sala central que comunicaba con los jardines gracias a unas escaleras. Mientras que el primero era usado para uso privado del sultán, el segundo era donde recibía a las visitas.

Por otro lado, al norte y al sur se encontraban el Pabellón Verde y el Pabellón del Heliotropo, ambos con las galerías abiertas.

El Pabellón Verde contaba con una planta principal en la que se encontraba una estancia alargada con un hueco. La habitación tenía en su día suelos decorados con azulejos y alguna fuente. En la primera planta había otras dos estancias con orientación Norte-sur que también tenían los suelos cubiertos de azulejos

En la actualidad queda el recinto amurallado en el que se puede visitar la gran explanada donde se ven los huecos de los estanques plagados de naranjos. El resto está casi todo en ruinas. Eso sí, se puede subir a la torre de la muralla para otear toda la ciudad además de las casas aledañas y numerosos nidos de cigüeñas (aves sagradas para los bereberes). En los días despejados dicen que incluso se llega a ver la cordillera del Atlas.

También se puede visitar un pequeño museo en el que se expone un Minbar de cedro con incrustaciones de marfil que está considerado toda una obra de arte. Este púlpito móvil en el que el imán da el sermón se realizó en Córdoba en el siglo XII y fue usado en la Koutubia hasta 1962.

La visita fue muy interesante, aunque es una pena que las dinastías que fueron ostentando el poder destruyeran obras arquitectónicas tan importantes solo porque las habían ordenado otros. Debió ser impresionante en su día. Nos faltaba por ver si Las Tumbas Saadíes se conservaban algo mejor, ya que parece que por superstición el sultán alauita no ordenó su destrucción.

Marruecos VIII. Día 5: Marrakech. Palacio Bahía

Nuestro penúltimo día en Marrakech decidimos tomárnoslo con calma. Teníamos un día completito, pero después de la tralla que nos metimos en la excursión, sobre todo con los madrugones y mucho tiempo sentados en el coche, pensamos que nos merecíamos levantarnos un poco más tarde (un poco… sin exagerar). A las 8:30 estábamos de nuevo en el patio, esta vez con luz, y pudimos descubrir lo cuidado de la decoración: los árboles, las mesas, el sofá, la fuente… incluso el repetidor de la wifi estaba oculto para que no desentonara.

Aún medio dormidos, era el momento de disfrutar del desayuno. Vaya despliegue: tortillas francesas, crepes, bollería, pan, miel, mantequilla, mermelada, aceite…. Café y leche (aquí faltó el té). Y por supuesto yogur, fruta y zumo natural. Todo tenía una pinta increíble.

Tras desayunar, nos preparamos las mochilas y cámaras y nos echamos a la calle. Teníamos previsto visitar el Palacio Badí, el Palacio Bahía y las Tumbas Saadíes. A ver si no nos perdíamos.

Nos dirigimos al Palacio Bahía, una de las obras arquitectónicas más importantes de Marrakech. Erigido en la segunda mitad del siglos XIX por orden del poderoso visir Ahmed Ben Moussar, es un complejo paliaciego en cuyo interior se pueden visitar distintos patios y estancias privadas que usaron el visir y sus cuatro esposas.

El palacio cuenta con 160 habitaciones. Todas ellas en la misma planta, y es que parece que el visir tenía una obesidad de nivel importante y su movilidad era bastante reducida. Todas las estancias están decoradas con alicatados zellij, una técnica en la que se emplean teselas multicolores formando complejos dibujos geométricos, estucos esculpidos y madera de cedro tallada empleada como friso y decorada con inscripciones religiosas que cumplen una función decorativa, pero a la vez informativa.

Además, dispone de unos extensos jardines.

El proyecto de construir el palacio más impresionante de todos los tiempos recayó en las manos del arquitecto marroquí Muhammad al-Mekki, quien contó con los mejores artesanos del país durante seis años. Y la verdad es que es una auténtica maravilla. No solo por el plano y la extensión del palacio, sino también por su arquitectura y el detalle de sus elementos decorativos. Se pueden tardar horas en recorrerlo simplemente parándose a observar cada estancia y los diseños de sus arcos de herradura, de sus chimeneas o techos.

Imagino que el mobiliario y telas que adornaban las habitaciones debían ser igualmente impresionantes, sin embargo, hoy no queda nada porque tras la muerte del visir, tanto sus mujeres como el sultán de la época, Abdel Aziz, saquearon el palacio.

Para finalizar salimos al gran patio, también conocido como el Patio de Honor, el más grande del palacio con unas dimensiones de 50×30 metros.

Construido entre 1898 y 1899 está pavimentado en mármol y azulejos y cuenta con una galería de 52 columnas de madera tallada y pintadas. Además, en el centro tiene dispuestas varias fuentes decorativas.

Habíamos empezado fuerte el día, nos encantó el palacio y su decoración, pero aún nos quedaba mucho por ver.

Marruecos VII. Día 4: Merzouga, Valle del Draa y vuelta a Marrakech

Se supone que íbamos a salir del campamento a las 6 de la mañana, así que nos pusimos el despertador a las 5 para tener tiempo para prepararnos y volver a las dunas a por un poco de arena para llevarnos de recuerdo. Sin embargo, no empezamos muy bien el día. O la noche, porque aún no había luz. Mi prima que cogió el móvil para usarlo como linterna de camino a los baños acabó con él en remojo. Se lo había metido en el bolsillo del abrigo y al levantárselo… plof

Los baños eran cabinas bastante completas, con su lavabo, su ducha y su inodoro. Que la verdad, yo me había esperado unas letrinas casi.

Pero aún así, la canalización de los inodoros no era muy allá y la cadena no funcionaba muy bien, por lo que no había agua limpia en el fondo.

La pobre lo limpió con desinfectante en gel para manos, con toallitas, lo secó… pero aquello no parecía tener buena pinta (spoiler alert: no resucitó).

Mientras tanto, el tiempo pasaba y seguíamos esperando a que vinieran a por nosotros, pero no aparecía nadie, así que fuimos a por arena para llevarnos de recuerdo y nos volvimos a la haima pues en el exterior hacía bastante aire. Por fin a las 6 y media vinieron ya a avisarnos de que los dromedarios estaban listos y que nos marchábamos, por lo que recogimos y volvimos a subirnos a los animales. Seguía siendo igual de complicado que el día anterior, con el añadido de que teníamos agujetas en los isquiones. Aún era de noche, aunque se veía cómo despuntaba algo de claridad a nuestras espaldas. Íbamos preocupados por ello, pues eso suponía que no íbamos a ver bien el amanecer. Sin embargo nuestro guía nos dijo que pararíamos en el trayecto en su momento para ello, así que confiamos en su palabra.

Esta vez la ruta fue bastante más tranquila, pues no llevábamos detrás a los argentinos ni a Rashid con la música. Y también más fría. Aquí yo el pañuelo lo llevaba al cuello y directamente llevaba el gorro de la sudadera y el de la chaqueta para protegerme del aire. Unos minutos antes de que fuera a amanecer, nuestro guía hizo parar a los dromedarios para que pudiéramos bajar y disfrutar del momento. Como no podía ser de otra manera sacamos nuestro lado instagramer para hacernos fotos chulas en las dunas mientras veíamos cómo rápidamente amanecía. En cuestión de unos minutos ya había asomado totalmente el sol sobre el desierto. Todo un espectáculo, la verdad, sin duda merece la pena madrugar. Aunque creo que sigo quedándome con el cielo estrellado.

Tras el breve receso, volvimos a subir a los dromedarios y a continuar con nuestro camino de vuelta al hotel, donde nos esperaba el desayuno. Y Mustapha metiéndonos prisa, así que desayunamos rápidamente. Esta vez teníamos zumo envasado, tes y cafés, yogures y magdalenas. Poco donde elegir, pero como había hambre, nos adaptamos. Mientras Mustapha se fue a por nuestros compañeros sevillanos, los demás volvimos a la habitación a rehacer las mochilas y asearnos por turnos. Al tener tan solo un cuarto de baño para los seis no nos iba a dar tiempo a ducharnos, así que nos aseamos como pudimos. En la espera, mientras me estiraba, mi prima descubrió que mi tatuaje del día anterior se había duplicado. Y es que debí dormir con el antebrazo sobre la tripa y se había traspasado la henna. Aunque aún conservaba el del brazo.

Cuando volvió Mustapha cargamos nuestros bultos y volvimos a la furgoneta.

Enseguida hicimos una parada en el pueblo de Rasini para ver el mercado local. Mustapha nos había comentado el día anterior que si nos interesaba la cocina y queríamos comprar especias que nos esperáramos a llegar aquí, que en los zocos de Marrakech podíamos encontrarnos con que lo que nos vendieran no fuera 100% lo que decían. Este pueblo, mucho menos transitado, al parecer tiene la mercancía más pura ya que la traen directamente los bereberes.

Mustapha nos llevó directamente a una farmacia tradicional donde desplegaron una gran variedad de productos. Además de darnos para oler varias especias, también nos explicaron varios remedios naturales, como una bola hecha con eucalipto y algo más que acercada a la nariz la despejaba como si de un vips vaporoub se tratara. Aprovechamos para comprar unas especias y algún detalle para regalar.

Después un bereber conocido de Mustapha nos llevó por el mercado indicándonos cómo se dividían las zonas, dónde se comerciaba qué… bueno, básicamente nos explicó como funcionaba un mercado… Que supongo que hay a quien le chocará según las costumbres de cada país, pero en nuestro caso, siendo españoles y habiendo heredado este aspecto comercial, no nos sorprendió mucho más allá de los animales muertos expuestos al aire sin ningún tipo de protección.

Nos llevó a probar los típicos dátiles e incluso salimos al exterior a la zona de animales, donde se vendían burros (cada vez menos por los coches), vacas y corderos.

Volvimos de nuevo a encontrarnos con Mustapha y después de pasar por la tienda del bereber que nos había hecho de guía y que algún compañero hiciera alguna compra, seguimos nuestro viaje de vuelta a Marrakech.

Sobre las 2 de la tarde paramos a comer en el pequeño pueblo de Nkob, a unos 230 km de Merzouga, 160 de Ouarzazate y 334 de Marrakech. Nuestro conductor nos llevó al Kasbah Ennakhile, una antigua kasbah convertida en en hotel y también restaurante. Su gran atractivo es la terraza superior con salón árabe que ofrece unas magníficas vistas de los palmerales a sus pies y de fondo la cordillera del Jebel Saghro. Impresionaba la visión de miles de palmeras que parecían extenderse hasta el infinito, sin embargo, Mustapha se reía y nos decía que aún nos quedaba mucho por ver en lo que a palmerales se refiere.

Esta vez para comer podíamos elegir entre menú completo o solo segundo plato, algo que agradecimos, pues las raciones nos parecían enormes. Así, obviamos las sopas y ensaladas y nos centramos en las opciones de plato principal. Teníamos seis donde elegir, pero ese día solo hacían cuatro, por lo que nos lo pusieron fácil y elegimos uno de cada para compartir y así probar de todo.

Volvimos a elegir la tortilla bereber (cada una que probamos tenía distinto tipo de relleno), pollo al grill con verduras, patatas y arroz, unos pinchos también con guarnición, y tajin de pollo con ciruelas y almendras.

Estaba todo muy rico, de hecho el pollo estaba más jugoso que el del día anterior.

Con el estómago lleno y Mustapha preocupado porque nos quedaban muchos kilómetros y se nos iba a hacer de noche antes de llegar a Marrakech, volvimos a la carretera. Entre el cansancio y la comida, había ganas de echarse una siesta. No obstante, poco después de dejar el restaurante entramos en el Valle del Draa, y no había que perder detalle. Entre las poblaciones de Agdz y Zagora hay unos 100 km en los que podemos encontrar el oasis más grande del país (segundo de África, por detrás del del Nilo), con millones de palmeras. El valle recibe su nombre del río que lo serpentea, el Draa, el más largo de Marruecos. Sin él esta extensión de tierra estaría muerta, pero gracias a su riego se alimenta el árido terreno y no solo crecen las palmeras, sino que se cultivan legumbres, cereales, hortalizas o verduras y crecen la henna o arboles frutales.

Una palmera datilera hembra de más de 10 años puede llegar a producir unos 60-80 kg de dátiles por cosecha, por lo que no es de extrañar que la población de todo el valle vive básicamente del comercio de dátiles. En menor medida lo hacen también de la henna y últimamente del turismo.

El Valle del Draa supone un enclave estratégico al encontrarse en la ruta de aquellas caravanas que atravesaban el Desierto del Sáhara llevando sal al sur, o subiendo esclavos al norte. Así pues, ha estado poblado desde hace siglos por nómadas. Hoy, centenares de Ksur y Kasbahs se suceden a lo largo del valle aportando algo de color rojizo a la predominancia verde de los palmerales. Mirando esos poblados y ciudadelas parece que el tiempo se ha detenido hace siglos.

Hicimos una breve parada junto al río para disfrutar de este espectacular vergel y después volvimos a la furgoneta para continuar con nuestro camino.

Estábamos a menos de 100 km de nuestra siguiente parada, sin embargo, para ello teníamos que ascender el puerto de alta montaña Tizi-n-Tinififft, por lo que nos quedaban por delante un par de horas. Al igual que hicimos en la ida, paramos en la cima para poder otear el horizonte. La abertura en la tierra y el aspecto de las formaciones rocosas me recordó de alguna manera al Gran Cañón. Sobre todo la parte más rojiza.

Tras un breve alto, seguimos hasta Ouarzazate, la ciudad conocida como la “puerta del desierto” porque sirve como parada para las excursiones al desierto. No obstante, sobre todo destaca por su importancia en el mundo del cine. Es en esta ciudad donde se hallan los Atlas Corporation Studios, los estudios de cine más famosos de África. Vamos, que vendrían a ser como los Universal Studios marroquíes.

Tras el rodaje de Lawrence de Arabia (1962) los productores pensaron que había que fundar unos estudios permanentes en la zona para aprovechar el potencial de los paisajes de la región. Desde entonces, allí se han rodado cintas como Astérix y Obélix: Misión Cleopatra, Star Wars, Gladiator, Príncipe de Persia, La Momia o La Joya del Nilo entre otras. Desde entonces, hay familias enteras que trabajan para la industria del cine. No solo como figurantes, sino como técnicos, como artesanos realizando trajes u objetos de atrezzo…

La visita es guiada en inglés, pero los estudios ya habían cerrado cuando llegamos. En realidad la parada en la ciudad fue más técnica que otra cosa. Mustapha se fue a tomar café y el resto nos dimos un paseo por las proximidades.

Lo mismo nos ocurrió con la Kasbah Taourirt, una de las mejor conservadas de Marruecos. Su visita puede llevar más de una hora y cerraba a las 6 y media de la tarde, por lo que nos conformamos con verla desde fuera.

Justo enfrente de esta ciudadela hay un zoco enfocado a los turistas donde, según pudimos comprobar, según la nacionalidad te intentan vender unos objetos u otros. Al principio nos hablaron en francés ofertándonos determinados productos, y al ver que éramos españoles, cambiaron totalmente de registro.

Tras el receso, ya sí que continuamos del tirón a Marrakech. Y este tramo hizo mella en nosotros porque eran unas cuatro horas de ruta por carreteras llenas de curvas que además estaban en obras y muy transitadas por camiones. Para cuando quisimos llegar a Marrakech eran ya casi las 10 de la noche, por lo que la idea era hacer el checkin y seguidamente salir a por algo de comer para acostarnos lo antes posible. El habernos levantado a las 5 de la mañana y todo el día sentados en el coche había hecho mella en nosotros.

Para los días que nos quedaban en Marrakech no repetimos riad, ya que no había disponibilidad. Esta vez nos alojábamos en el riad Origins Magi. Llegamos y nos encontramos en el patio a cinco filipinos muy majos. Mientras los chicos del hotel buscaban la llave de nuestra habitación (algo que les llevó unos minutos), entablamos conversación con ellos. Nos preguntaron si acabábamos de llegar a Marrakech, les comentamos que veníamos de excursión y se interesaron por la experiencia. Además, nos comentaron que ellos vivían en Londres y que ya se iban al día siguiente. Todo ello en inglés, pero a la vez intentaban chapurrear palabras en español (hay muchos vocablos que han quedado en el filipino). Nos comentaron que aunque ya no queda mucha gente que hable español en su país, sí que quedan muchos nombres que se pasan de generación en generación (aparte de apellidos, claro). Tenían por ejemplo a uno que se hacía llamar (o lo mismo se llamaba de verdad, vete a saber) Paquito.

Cuando por fin encontraron nuestra llave, nos despedimos de los asiáticos y entramos a la habitación a dejar las mochilas. Era bastante grande, esta vez sí que era cuádruple, con una cama doble a cada lado y una especie de zona de estar en el centro.

A mano izquierda teníamos el baño con su ya típica ducha abierta.

Frente al baño había un espacio para el armario y una cómoda con caja fuerte.

La decoración era minimalista, pero con gusto. Paredes blancas, techos altos y una enorme lámpara colgante.

Tras dejar las cosas, y antes de salir a por la cena, le pregunté al chico si teníamos que rellenar algún dato para el checkin y el pobre se quedó algo descolocado, pues estaba preparándonos el té de bienvenida. Rellenamos la documentación y nos marchamos rápido para no perder tiempo. Dadas las horas que eran no queríamos perdernos por la medina en busca de un sitio donde comer y algunos no tenían mucha hambre, así que nos apañamos con algo rápido. Compramos unos bocadillos en un local próximo al riad y nos volvimos para allá. Tres bocadillos (dos mixtos y uno de pollo) con patatas nos costaron 60 Dirhams.

Nos sentamos en el patio del riad a cenar y nos volvieron a preguntar si queríamos esta vez el té. Y ahora que por fin ya estábamos más relajados, lo aceptamos. Cenamos tranquilamente en la penumbra del patio bajo los naranjos y después para reposar nos tomamos el té. Una ducha rápida y a dormir, que el día había sido muy largo.

Marruecos VI. Día 3 II: Viaje a Erg Chebbi

Nos quedaba el último tramo del día y a medida que íbamos avanzando hacia el desierto el paisaje se iba volviendo más y más árido y con menos pueblos.

Como el día anterior, hicimos una primera parada para dejar a nuestros compañeros sevillanos y continuamos hasta nuestro hotel, pues el resto nos alojaríamos en el mismo. Bueno, en realidad pasaríamos la noche en una haima, pero nuestro equipaje se quedaría en una habitación para no ir cargados, porque el camino al campamento en medio del desierto lo haríamos en dromedario, así que había que llevar lo justo.

Nos facilitaron una habitación para los 6 en la que reajustamos nuestras mochilas. Nos llevamos únicamente lo imprescindible: documentación, cargador del móvil, las cámaras bien protegidas en la funda estanca, una muda de ropa, botellas de agua y bolsa de aseo. Una vez acomodados nos dieron el té de bienvenida, momento en que además tuvimos que rellenar el libro de ingreso. Mientras nos tomábamos el té e íbamos cumplimentando nuestros datos, Mustapha nos ayudó a ponernos los pañuelos para nuestro viaje en dromedario. Y como ya habíamos visto en la tienda de sus amigos, tiene su técnica.

Y finalmente, después de casi un par de días en la carretera y cientos de kilómetros, ahí estábamos, a las puertas del Erg Chebbi, el único erg (región arenosa) del Sáhara en el país. Y es que aunque pensemos que un desierto es todo arena, en realidad también puede contar con mesetas pedregosas (hammadas) y terrenos rocosos (serir).  Pero antes había que buscar a los dromedarios. Nos despedimos de Mustapha y nos dirigimos a a la zona donde se encontraban descansando los dromedarios para empezar nuestro paseo.

Si me das a elegir entre dromedario o 4×4, obviamente elijo la primera opción, ya que medioambientalmente causa un menor impacto. Sin embargo, el uso de animales como atracción turística me da algo de reparo, así que creo que es una experiencia que he probado, pero que seguramente no repita. Dicho lo cual, era lo que habíamos elegido. Así que al toro. Nos prepararon una caravana de 6 y nos ayudaron a montar. Y no es nada fácil, pues incluso arrodillados los bichos son altos. Pero es que cuando se ponen de pie de repente te vas para adelante y hasta que no estabiliza y no pillas tu propio centro de gravedad, la cosa es un poco graciosa. Detrás de nosotros iban otros dos grupos, cada uno de ellos liderado por un chaval que no sé si llegaría a la mayoría de edad.

Una vez preparados, nos pusimos en marcha adentrándonos en el Sáhara, el desierto más grande del mundo que con una superficie de 9065000 km² se extiende por casi todo el norte de África. Comenzamos nuestro paseo aún con luz intentando captar lo que nos rodeaba. Aún no nos creíamos que estuviéramos allí, lejos de la civilización, en medio del desierto casi en la frontera con Argelia, al atardecer, sobre un dromedario.

Me hubiera gustado haber hecho alguna parada a medio camino para sentarme en lo alto de una duna, ver atardecer y echar alguna foto, pero supongo que después habría sido más complicado orientarse para llegar al campamento. Así, no nos quedó otra que sacar algunas fotos con el móvil (hacía viento y las cámaras podían acabar estropeadas por la arena) e incluso grabar algún vídeo desde lo alto del dromedario. No era fácil, ya que con el movimiento del animal había que conseguir cierta estabilidad para soltar al menos una mano. No obstante, poco a poco fuimos controlándolo y soltándonos. Y aún así, muchas salieron movidas. Pero como había uno de los chavales que no llevaba camellos, aproveché para pasarle mi móvil y que nos hiciera alguna desde abajo. Más graciosos…

Pronto comenzamos a entablar una conversación con este chaval, Rashid, pues iba con su móvil en modo altavoz y con reaggeton nada menos. No pudimos por menos que pedirle que cambiara la música y que si al menos nos iba a amenizar el paseo, fuera con música local. Él iba cambiando el repertorio, pero con poco éxito. Además, de fondo llevábamos a un grupo de argentinos un tanto escandalosos (“dale peluuuuuuso”), y no eran chavales precisamente. Así que entre el reggeaton, los argentinos y el movimiento, hubo un momento que casi acabamos pidiendo la hora. Pero lo cierto es que a medida que íbamos avanzando, las dunas iban siendo más grandes y la arena más rojiza (solo salpicada por las cagarrutas de los camellos).

Además, el sol comenzó a desaparecer y los últimos rayos de luz daban un tono interesante al paisaje. Para cuando quisimos llegar al campamento ya era de noche. No sé cómo consiguió orientarse nuestro guía en el último tramo, la verdad. Yo no habría podido, pero es que yo me pierdo entre calles con nombre, así que…

Como éramos unas 16 personas y el campamento tenía capacidad para 40 nos dieron para elegir las haimas. La pareja de Madrid se cogió una haima para ellos solos y nosotros en vez de coger una para cada dos, nos metimos todas en una. La verdad es que eran espaciosas y estaban calentitas a pesar de la temperatura exterior. El truco es que eran de metal, por lo que el calor que les da durante el día, se mantiene por las noches. Pero no se veían las paredes, sino que estaban cubiertas de telares.

La que elegimos contaba con una cama grande, una mediana y otra individual. Eso sí, estábamos juntas, pero no revueltas, que para eso había una sábana divisoria.

Dejamos nuestras cosas y salimos afuera a las mesas, donde se nos unió Rashid. Estuvimos un rato de charla con él hablando sobre música, costumbres, viajes y sobre cómo había aprendido español. Llevaba un anillo con lo que nos parecían símbolos y nos explicó que era tifinagh, el alfabeto bereber. Fue transcribiendo en la arena nuestros nombres y la verdad es que era muy interesante, pero pronto nos llamaron para cenar, así que pasamos al comedor. Nos habían preparado una sopa (todo un clásico), esta vez con un tono rojizo. Estaba rica, pero no identificábamos el sabor, así que preguntamos a los chicos, pero ellos estas cosas de cocina no tenían ni idea, así que nos quedamos con las ganas. De segundo un tradicional tajin de pollo y de postre mandarinas. De nuevo volvió a ser mucha comida y nos sobró.

Además de con la pareja de madrileños, compartimos mesa con los argentinos y unos italianos. No se podría haber elegido tres nacionalidades más ruidosas…

Como sobremesa los chavales cogieron sus tambores, timbales y crótalos y nos amenizaron la velada con música tradicional bereber.

La etnia bereber, original del norte de África, se asienta en la extensión de terreno que va desde la costa Atlántica de Marruecos (incluyendo las Islas Canarias) hasta Egipto y desde las costas del Mediterráneo hasta el sur del Sáhara. Tradicionalmente ha sido un pueblo nómada y en los últimos años, con la llegada del turismo, viven de él exhibiendo sus costumbres y tradiciones.

Ellos no se refieren a sí mismos como bereberes, sino que prefieren el término amazigh, que significa en su idioma “hombre libre”. Según nos comentó el guía del Ksar Ait Ben Haddou el día anterior, la palabra bereber procede del vocablo griego βάρβαρος (bárbaro) y, lógicamente, tiene connotaciones negativas.

La música era animada, sin embargo, cuando llegó el momento de bailar y de que nosotros participáramos, la cosa decayó pues ninguno estábamos muy por la labor. Además, había cansancio. Eso sí, no nos queríamos ir a dormir sin ver las estrellas, así que nos salimos del campamento huyendo un poco de la luz para poder ver bien el cielo. Los chicos al ver que nos movíamos nos preguntaron que adónde íbamos y al decirles nuestras intenciones, nos acompañaron. Bueno, en realidad Rashid nos guió en la oscuridad a través de las inmensas dunas hasta llegar a una bien alta desde donde tendríamos unas buenas vistas. Una pena no haber podido sacar una manta y dormir al raso, porque la verdad es que es un espectáculo digno de admirar. Una pena que la industrialización y la contaminación (tanto atmosférica como lumínica) no nos permitan disfrutar de esto todos los días. A medida que la vista se acostumbraba éramos capaces de ver más y más estrellas. Incluso alguna fugaz.

Nos sentamos un rato en la arena, que por cierto estaba fría, e incluso nos hicimos alguna foto en medio de la oscuridad. Pero el sueño podía con nosotros y sabíamos que al día siguiente había que madrugar bastante, por lo que aunque apenas eran las 11, era hora de retirarse a la haima.