Tidying up with Marie Kondo

Como ya dije hace un par de semanas, Marie Kondo se ha puesto de moda gracias a la docuserie de Netflix Tidying up with Marie Kondo.

Aprovechando la llegada del año nuevo y el filón de los nuevos propósitos, la plataforma digital lanzó este programa de ocho episodios de 40 minutos cada uno en el que la japonesa visita a sendas familias para aconsejarles en el mundo del orden. En cada uno de los episodios Kondo llega toda feliz y sonriente con su inseparable traductora a casa de estos desordenados estadounidenses. Allí, escucha cuál es el objetivo de los protagonistas del día, hace una visita estancia por estancia, armario por armario y cajón por cajón para detectar los puntos calientes y finalmente se presenta a la casa. Sí, recordemos que es japonesa y un tanto mística. Tras esto, se pone manos a la obra exponiendo a la familia las pautas a seguir. Unas pautas que no tienen mucho misterio, ya que son las mismas que las del libro.

Recordemos que Kondo recomienda clasificar las pertenencias en 5 grupos: ropa, libros, papeles, komono (que es un tótum revolútum que incluye incluye cocina, baño, garaje y objetos varios) y finalmente los objetos sentimentales. En cada una de las categorías se ha de hacer una criba quedándose solo con lo que haga feliz. Finalmente toca reorganizar lo que se ha decidido conservar siguiendo el método KonMari.

Así, en el programa, tras la presentación, comienzan por la ropa. Sacan toda la ropa que tengan repartida por la casa, la juntan en un único espacio y empiezan a deshacerse de aquello que no les hace felices. Marie les va asesorando sobre cómo tomar las decisiones, nunca critica o dice si se tienen que quedar con algo o no. Ella solo guía. De hecho, les da las pautas y se marcha, volviendo al cabo de unos días. No sin antes enseñarles cómo doblar la ropa de esa forma tan particular suya para ahorrar espacio y que además todo quede más a la vista.

Cuando vuelve hace revisión del primer grupo, les felicita por sus avances, les corrige alguna cosilla sobre cómo doblar alguna prenda peculiar (corbatas, pashminas, calcetines, sábanas, ropa de niños pequeños…) y pasa a la siguiente categoría. Según su clasificación serían los libros, pero según la familia, quizá pase directamente a los papeles. Da igual, el proceso es el mismo: les hace poner todo lo de esa categoría en un mismo espacio, hacer la criba y después la clasificación. Ella está un ratito en la casa, pero después les deja que tengan su momento de intimidad, de reflexión sobre lo que se van a quedar y lo que no. Cuando vuelve repasa, reconduce y aconseja sobre cómo almacenar. Enseguida aparece con sus cajas de diferentes tamaños para enseñar cómo compartimentar los espacios y que las cosas se queden bien organizadas aunque muevas algo dentro del espacio, sobre todo cuando se trata de cajones.

Finalmente, tras haber pasado por las cinco categorías, Kondo regresa para hacer la revisión final. Felicita a la familia por su evolución y se marcha con la satisfacción de haber ayudado a una familia más.

En cada uno de los programas hay un tipo de familia diferente con sus circunstancias particulares y en búsqueda de soluciones concretas. Veamos:

  1. En el primer episodio una joven pareja heterosexual con un par de niños pequeños se ven abrumados por la ropa, los juguetes y el desorden en la cocina. Es un buen programa para empezar, pues aunque no se libran de tener que hacer la criba de Kondo, en realidad su problema es el orden.
  2. El segundo se centra en un matrimonio heterosexual de japoneses-americanos jubilados cuyos hijos ya se han marchado de casa y tienen la casa toda para ellos. O al menos eso pretenden, ya que antes tendrán que revisar sus pertenencias. Increíble la cantidad de ropa que acumula la mujer. Por no hablar de la decoración navideña. Él no se queda atrás, pues también es coleccionista. No diré que tienen síndrome de Diógenes, pero casi.
  3. El tercer capítulo quizá fue el que más me llamó la atención. En este caso no es que tengan un problema de acumulación o de orden. Tienen ambos. Se trata de un matrimonio heterosexual con un par de hijos preadolescentes. Sin embargo, la única que limpia, se encarga de la colada y coloca es la madre. Así, si ella no va habitación por habitación haciendo repaso, se pueden acumular montañas y montañas de ropa. Los otros tres integrantes de la familia no saben dónde está nada y la madre además se siente un fracaso por no ser capaz de controlarlo todo. El método de Kondo les servirá (además de para la consecuente criba) para repartir tareas, para que todo el mundo sepa cuál es el lugar de cada objeto de lugares comunes, pero sobre todo de que cada miembro se encargue de sus cosas liberando así de esa presión a la madre. Me dejó en shock que tenga que venir alguien a tu casa a decirte que todo el mundo ha de colaborar en casa y que los críos de 11-13 años son perfectamente capaces de encargarse de ordenar su cuarto y encargarse de sus pertenencias.
  4. El cuarto es el más sentimental. Se trata de una viuda que considera que ya ha superado la etapa del duelo tras perder a su marido y que ahora toca el momento de deshacerse de sus cosas. Aprovecha el momento para hacer reflexión sobre su vida. Sobre qué quiere hacer en el futuro, cortar lazos y quitarse lastres. Es curioso cómo en este episodio se ve cómo el orden de los pasos de Kondo tiene cierto sentido. La mujer quiere alternarlo y comenzar a revisar la ropa de su marido enseguida aunque Marie le recomienda dejarlo para el final, para el momento de lo sentimental. Sin embargo, pronto se dará cuenta de que es demasiado pronto para ese paso y se le hace cuesta arriba. Aunque imagino que por mucho que lo dejara para el final, fácil no sería.
  5. En el quinto capítulo la japonesa visita a una pareja homosexual. Ambos son escritores y uno de ellos está muy apegado a sus papeles. Choca con el método de Kondo porque no entiende el concepto de felicidad de la gurú. Para él cada uno de esos escritos tienen relevancia en algún momento de su vida, por lo que le cuesta decidir qué tirar.
  6. En el sexto encontramos una pareja heterosexual con dos niños que acumula mucha ropa y juguetes. Increíble cómo tienen el garaje. La verdad es que este matrimonio me recordó al de japoneses del segundo. Su mayor problema es el apego hacia los objetos y el querer guardarlo todo.
  7. En el penúltimo tenemos una pareja heterosexual con un bebé en camino. Necesitan poner orden en su vida y hacer espacio para este nuevo miembro de la familia. Para ello tendrán que revisar sus pertenencias, sobre todo él, que acumula zapatillas y algunas incluso se le han deteriorado sin ni siquiera estrenarlas.
  8. Finalmente, en el último episodio, una pareja homosexual, esta vez dos mujeres recién casadas, necesita la ayuda de Marie Kondo para organizar sus pertenencias. Cada una de ella sigue un criterio y ese orden no funciona para la convivencia.

Creo que han sabido elegir muy bien los protagonistas, pues cada caso es particular y de esta forma se ven diferentes problemáticas. Además, no han tomado siempre el mismo tipo de familia, sino que hay heterosexuales, homosexuales, parejas sin hijos, con hijos pequeños, con hijos adolescentes, con hijos que se han ido ya de casa… El problema es que en global me resulta un poco flojo. Me da la sensación de que se queda muy en la superficie. Sí, todo el proceso está intercalado con comentarios de la familia, que evalúa su situación previa, los problemas que les surgen, las dudas, las reflexiones sobre la cantidad de objetos que han acumulado, sobre cómo quieren vivir en el futuro… pero falta un poco más de historia personal. No digo que tengan que recurrir a la dramatización como en Love it or List it, pero un punto intermedio le daría algo más de alegría. En algunos casos apenas se ve el proceso que llevan a cabo.

No ayuda tampoco el abuso del japonés. Entiendo los momentos en que Kondo explica alguna metodología, esas pequeñas píldoras grabadas fuera de la casa de los protagonistas. Pero no tiene sentido que teniendo la traductora al lado, haya diálogos japonés-inglés. Es decir, sí, tiene sentido que los haya si la japonesa no se maneja bien en inglés, pero me chirría algo que se haya mantenido así tras pasar por edición.

En cualquier caso, pese a esto, no podemos negar que el programa nos sirve para identificarnos y reflexionar sobre nuestras posesiones. Y es que la moraleja de todo esto es que no se trata tanto de ordenar, sino de enfrentarnos a todo lo que tenemos. Es decir, no es más ordenado quien más ordena, sino quien menos tiene que ordenar. Vivimos en un mundo en que el consumismo salvaje nos lleva a comprar con cualquier excusa: navidades, día del padre, de la madre, de los enamorados, día del soltero, solsticio de verano… Se llena un vacío interior adquiriendo objetos. Y esto se ve sobre todo con la ropa. Hay una cultura de la fast fashion con una frecuencia de la rotación de colecciones casi semanal que nos anima a comprar ropa continuamente para ir a la última moda. Y es todo tan rápido que ni nos da tiempo a vestir todas las prendas. Está muy bien seguir el proceso de Kondo y preguntarnos si la cantidad ingente de posesiones realmente nos aportan algo en nuestras vidas, pero hay un paso más tras la criba. Una vez que hemos hecho esa limpieza, hay que poner freno a la compra compulsiva. De nada sirve deshacerse de tantos objetos innecesarios si no se cambia el chip y se vuelve a las andadas. No vale solo con tirar, reciclar, donar o regalar, sino que hay que comprar menos.

Tidying up tiene un toque inspiracional, que da que pensar sobre el ritmo de vida que llevamos. Se supone que nuestra casa es nuestro refugio, el lugar al que volver. Sin embargo, la tenemos tan saturada que al final nos estresa más, con lo que se convierte en un círculo vicioso donde no hay un espacio de desconexión. El proceso al que nos anima Kondo puede ser útil no solo para poner orden en casa, sino también para coger inercia y ser conscientes de otros aspectos de la vida como el trabajo o las relaciones personales.

De momento no parece estar confirmada una segunda temporada. Habrá que esperar.

Versión 3.4.

Mientras escribo sobre el viaje a Japón que hicimos en marzo pasan los meses. Y con la tontería nos plantamos en octubre. Bueno, casi en noviembre. Pero sigue siendo octubre, vamos a acabarlo primero, que tengo que cumplir años… Que como dice mi abuelo, lo malo sería no cumplirlos.

Así que empezamos la versión 3.4. y como siempre, echando un poco la vista atrás a los propósitos de años anteriores. Y lo cierto es que últimamente me sigo haciendo la misma lista de intenciones, sobre todo porque he ido descubriendo cosas que me sientan bien y lo que no me apetece o me desanima. Pero si hay algo que poco a poco ha ido cobrando más importancia es una tendencia hacia el minimalismo y un empeño por el anti-diógenes.

Creo que empecé por la ropa. Sigo heredando ropa de primas y amigas, y de vez en cuando me llega alguna bolsa con descartes suyos, así que estos últimos dos años he comprado menos ropa, porque no me hacía falta. De hecho, he ido dando salida a prendas que ya se habían desgastado, que no me sentaban bien o que no me valían. Y si me he comprado algo ha sido para sustituir, como el caso de unas botas, porque tiré unas que ya estaban muy viejas.

Siguiendo esta premisa, apenas he hecho compras compulsivas, ya que he intentado comprar únicamente aquello que necesitaba, que me iba a aportar algo o que iba a sustituir un elemento similar. De tal forma que he ido reduciendo objetos que tenía en armarios, como cremas, maquillaje (que apenas uso), pintauñas… Y también en productos del hogar o cacharros en general.

Acumulamos mucho más de lo que pensamos, hay productos que se estropean, prendas que se pasan de moda o que cuando nos las vamos a poner ya no nos valen. Compramos cajas y organizadores para colocar mejor todas aquellas cosas que guardamos sin ton ni son. Solo porque sí, porque se supone que cuantas más cosas tengas, mejor. Es lo que tiene el consumismo. Y además, la mayoría de las veces duplicamos objetos porque perdemos el norte, no sabemos lo que tenemos, lo que necesitamos, y acabamos repitiendo. Seguro que os ha pasado. Por ejemplo, un cable. No encuentras un cable usb, piensas que lo habrás perdido/tirado y compras otro. Y al cabo del tiempo, buscando otra cosa, aparece.

Sin embargo, por mucho que acumulemos, no nos da por hacer limpieza general y revisar qué tenemos, qué guardamos. Salvo que hagamos obra o nos mudemos, que no nos queda otra que empaquetar y ahí tomamos consciencia de todo lo que sale de muebles, estanterías, bajos de las camas, etc.

Para mí este proceso hacia el minimalismo ha ido poco a poco. Como digo, primero empecé por la ropa. No podía guardar todo lo que me daban, porque no tenía espacio. Así que, aprovechando el cambio de temporada, vacié el armario, me probé y revisé ropa. Y de ahí, hice varios montones: lo que era para tirar, lo que me quedaba y lo que era para dar (que es lo menos, porque aprovecho hasta el último resquicio de vida de las prendas).

Pero también fue un detonante una inundación en el salón a finales de mayo. A los vecinos de arriba se les estropeó una tubería de un grifo de la terraza y cuando nos levantamos el domingo teníamos el salón con dos dedos de agua, el sofá había absorbido litros de agua, la tele no encendía, los muebles se habían empezado a hinchar, caía agua por los focos de la luz… En fin, un desastre.

Una vez superado el susto inicial en el que no sabes si ponerte a achicar agua y con qué, cerrar la llave general, avisar a los vecinos, que te llame la policía porque el agua cae hasta la calle; y después de los correspondientes peritajes en los que los seguros evalúan los daños, llega el momento de hacer balance de los daños y, claro, tienes que tirar cosas. Y de esto que te pones a vaciar cajones, a tirar muebles, a cambiar estanterías de una habitación a otra y al final acabas revisando apuntes de la carrera, instrucciones de montaje de muebles, garantías, tickets, facturas… papeles en general. Pero también salen CD’s, cables, aparatos electrónicos que ya están obsoletos…

Y ahí comenzó mi siguiente paso. Y liberé bastante espacio. Pero no todo el espacio es físico, también aproveché para hacer limpia digital: correo electrónico, escritorio del ordenador, discos duros… Poco a poco me he ido sintiendo más ligera, he cortado lazos con algunos objetos que no sé ni qué hacían guardados, he tirado apuntes que tanto sudor y lágrimas me costaron, me he desprendido de un exceso de equipaje que no me aportaba nada. Y este minimalismo se ha ido extendiendo a prácticamente todos los aspectos de mi vida, simplificándomela.

Porque aparte del espacio, también es importante el tiempo. Saber qué quieres hacer con él. Cuanto menos tiempo haya que pasar limpiando u organizando, más tiempo para uno mismo. Menos tiempo de plancha, de limpieza, menos productos empleados. Y por otro lado, más tiempo para leer, para escribir, para sentarse en el sofá con una manta y una buena serie, para viajar… Más espacio para sentir más libertad. Y además, se ahorra, ya que hay menos gasto en compras innecesarias, pudiendo destinar ese ahorro en lo que realmente nos hace felices. Todo son ventajas.

El minimalismo no se trata de vivir sin nada en una habitación vacía pintada de blanco con un único mueble en la estancia; el minimalismo, al menos para mí, significa decidir qué quieres en tu vida, qué es importante y qué supérfluo. Con esta limpieza a fondo se gana espacio y tiempo para dedicarlo a lo que realmente uno valora. No acumular objetos porque sí, sino porque los usemos, porque nos sirvan, porque tengan una función (porque nos produzcan alegría, que lo llamaría Marie Kondo).

No ha sido un proceso rápido, lleva su tiempo. De hecho, no creo haber acabado, siempre hay que volver sobre lo revisado y volver a filtrar. Pero lo dejo para el cambio de temporada. Hay que tomárselo con calma y decidir la mejor forma de cada uno.

Hay quien prefiere ser radical y guardar todo en cajas quedándose con lo básico: unas pocas prendas, productos de higiene, los elementos imprescindibles en la cocina, una cama, un sofá y poco más. Incluso se desprenden de la televisión, que tantas horas nos quita. A medida que van echando me menos algo, van abriendo cajas y lo van incorporando a su vida. De esta forma saben qué es lo que realmente necesitan y lo que acumulan sin más.

Por otro lado, hay quien hace como yo y va poco a poco, estancia por estancia, revisando un armario, una estantería, una cómoda… Vacías, revisas, limpias el mueble y vuelves a organizar tras un filtro.

Sin embargo, existe el método Kondo, que consiste en ir por temáticas comenzando por lo más fácil y terminando por lo más complicado. Aunque esta valoración es subjetiva, pues sitúa como lo más fácil la ropa, pero hay gente con mucho apego emocional hacia su ropero. El segundo paso serían los libros, el tercero los papeles, después objetos varios y finalmente lo que nos traiga recuerdos como pueden ser los álbumes, recortes, entradas y demás. La diferencia con los métodos anteriores es que en este caso no es progresivo. Hay que empezar una tarea y acabarla. Si empezamos por la ropa hay que sacar tooooooda la ropa. De verano, invierno, abrigos, calzado, complementos… y colocarla en una superficie para ver toda la magnitud de lo que poseemos. A partir de ahí, clasificamos en montones y después guardamos (además tiene una forma peculiar de guardarla).

Este método parece rápido, pero es más drástico. En mi caso no me planteé de un día para otro que necesitaba deshacerme de cosas, sino que fue surgiendo. Aunque una vez que empiezas, no sabes por dónde acabar. Es un continuo revisar de las posesiones y adquisiciones. Es un cambio de actitud y creo que va a seguir conmigo mucho tiempo.