Día 9 IV Parte. París. Torre Eiffel y Moulin Rouge. Visita Nocturna

De vuelta al apartamento pensamos que al día siguiente nos marcharíamos y sería la última oportunidad que tendríamos durante nuestro viaje de ver la ciudad de noche. Así pues, volvimos al alojamiento, nos duchamos, cenamos, dejamos medio preparado el equipaje y volvimos a salir.

Como era tarde y estábamos cansados, decidimos que teníamos que seleccionar. ¿Y qué más icónico de París que la Torre Eiffel y el Moulin Rouge?

Así pues, tomamos el metro y para ver la torre nos fuimos a Trocadero, desde donde se obtiene una buena panorámica, aunque había unas vallas que no permitían acercarse al muro. No éramos los únicos que habíamos tenido la misma idea, había mucha gente con teléfono o cámara en mano inmortalizando el momento.

La vista es totalmente diferente a la de del día. La torre acapara todas las miradas, y, al fondo, la basílica de Notre Dame. La torre cuenta con un par de haces de luz azul que van girando y que se ven hasta 80 kilómetros de distancia en noches claras.

Y lo mejor llega a las horas en punto, cuando la iluminación deja de ser fija y comienza a brillar. Esto es gracias a unas 20.000 luces parpadeantes

Esta iluminación fue añadida en 1985 y está protegida por los derechos de autor aplicables a una obra artística según el marco legal francés. Según la web del propio monumento: “La Torre Eiffel construida en 1889 es de dominio público. Las vistas de la torre de día están libres de derechos. En cambio, sus diferentes iluminaciones están sujetas a derechos de autor y derechos de marca. Cualquier uso profesional o comercial de dichas imágenes deberá realizarse previa solicitud a la Société d’Exploitation de la Tour Eiffel (SETE).”

Así pues, parece que solo es aplicable en casos en los que se vaya a tener un rendimiento comercial, por lo que no se aplicaría al uso particular.  Como siempre las leyes a la vanguardia de la actualidad. No parece tener mucho sentido este tipo de normativa teniendo en cuenta la forma en que nos relacionamos y comunicamos hoy en día.

Cuando acabaron los brillos, volvimos al metro y nos dirigimos a Montmartre, para ver el Moulin Rouge iluminado. Aquí no solo cambiaba el aspecto de la fachada, sino que el barrio estaba mucho más animado, algo normal un viernes a medianoche.

Tras las fotos de rigor, volvimos de nuevo el metro rumbo al apartamento, esta vez para dormir, pues estábamos agotados.