Road Trip por la Costa Este de Estados Unidos y Canadá. Día 4: Cataratas del Niágara y Whirlpool Aero Car

Llegamos a las 10:30 de la mañana y ya había bastante gente, así que, para no entretenernos mucho, dejamos el coche en el aparcamiento de pago ($5 el día). Cogimos mochilas y cámaras y nos pusimos en marcha para ver uno de los espectáculos naturales más visitados del mundo.

Nada más acercarnos al paseo que sigue el cauce del río, encontramos la Horseshoe Waterfall, una catarata que mide de 54 a 58 metros de alto. Su ancho varía dependiendo desde dónde se tomen las medidas, de la temporada del año, de las condiciones del clima y de la cantidad de agua que permitan las compuertas.

Los Grandes Lagos dependen de las precipitaciones, lo que acaba afectando al caudal que circula desde el Lago Erie al río Niágara. Sin embargo, desde 1910 los niveles son regulados por una Comisión Internacional (conjunta de EEUU y Canadá) que establece que durante las horas de luz de la temporada turística (de 8 a 22 horas del 1 de abril al 15 de septiembre y de 8 a 20 desde el 16 de septiembre al 31 de octubre) el cauce del río no debe ser inferior a 2832 metros cúbicos por segundo. El resto del año no puede ser inferior a 1416.

En realidad, las Cataratas del Niágara quedan divididas en dos saltos con la Goat Island (Isla de la Cabra) en el centro. El primero de ellos es esta con forma de herradura, que se halla en el lado canadiense y es la más espectacular y famosa. El segundo salto se localiza en suelo estadounidense y es conocido como Rainbow Falls. Esta es la catarata frontal (y de menor altura) que intuíamos en la lejanía tras la neblina.

Además, junto a la catarata frontal, hay una tercera, la Bridal Veil Falls, mucho más estrecha y que parece pertenecer al conjunto anterior.

El puente que se ve al fondo de la imagen, fue construido en 1941 para reemplazar al Upper Steel Arch Bridge, de 1898 que había colapsado en 1938. Cuando se erigió era el puente de arco de acero más grande del mundo, algo que sin embargo no le protegía de las masas de hielo arrastradas desde los Grandes Lagos hasta el río Niágara. Una repentina tormenta de viento en el lago Erie envió una gran cantidad de hielo sobre las cataratas provocando que casi 30 metros de hielo presionaran contra el puente hasta que cedió.

Este nuevo puente con mejor asentamiento se llama Rainbow Bridge aunque también es conocido como Honeymoon Bridge, y sirve de paso fronterizo entre Canadá y Estados Unidos.

Al encontrarnos en este lado de la frontera podemos visualizar bien el conjunto, mientras que si estuviéramos en suelo estadounidense, lo tendríamos más complicado. Además, esta panorámica nos permite una visión global del río tanto antes como después de llegar al desnivel, algo que se hace más complicado desde el lado de Estados Unidos.

Las cataratas no han estado siempre en esta localización, sino que se han ido desplazando hacia el sur unos 11 kilómetros desde su posición original cerca de la ciudad de Queenston. El río Niágara viaja a 65 kilómetros por hora y esta velocidad, unida al gran volumen de agua que mueve, tiene un inmenso poder erosivo. En el siglo XX gracias a la ingeniería se ha conseguido reducir el ratio de erosión de tres metros por año a solo treinta centímetros cada 10.

No obstante, no pensábamos quedarnos ahí mirando desde la barandilla. La mayor atracción es montarse en un barco que acerca hasta la misma catarata. Desde Estados Unidos sale el Maid of the Mist, con su característico color azul, y de Canadá el Hornblower, el rojo. Ambos cruceros hacen prácticamente el mismo recorrido (partiendo y terminando cada uno en su orilla, claro), aunque lógicamente solo navegan desde finales de primavera a principios de otoño, porque el resto del año es peligroso acercarse pues puede haber caídas de bloques de hielo. De hecho, en las orillas aún quedaban restos de nieve.

Así pues, seguimos el paseo hasta las taquillas intentando no entretenernos mucho, pues no queríamos que se nos hiciera más tarde y nos tocara esperar mucho para montar en el barco. Los tickets también se pueden sacar por internet, pero no queríamos atarnos a una hora, así que lo habíamos dejado para in situ. Y menos mal, porque llegamos a las casetas y… vacías como el sol. Las taquillas cerradas, no había cola por ningún lado y un cartel de cerrado…

Todo parecía apuntar a que no íbamos a poder montar. Y así nos lo corroboró el personal de otras actividades. Al parecer una fuerte tormenta de la semana anterior se había cargado parte del muelle y estaban trabajando en su restauración. No volverían a circular los cruceros hasta un par de días más tarde. Demasiado para nosotros… Vaya decepción.

Así que mientras nos asomamos al mirador a observar las cataratas, debatimos sobre las opciones que teníamos.

La opción de cruzar al lado estadounidense la descartamos enseguida, ya que no solo nos suponía pasar una vez por el control de pasaportes, sino dos. Aparte de que ya era media mañana y seguramente habría buena cola en el puente. En definitiva, la duda era si dábamos por concluida la visita a las Cataratas del Niágara, o buscábamos otra alternativa en terreno canadiense.

Además de la experiencia en barco, hay más actividades que se pueden realizar, como por ejemplo el Journey Behind the Falls (que permite ver las cataratas desde detrás, así como los túneles), el White Water Walk (un recorrido por el cañón del Niágara), el Niagara’s Fury (una película en 4D), el Butterfly Conservatory (para ver mariposas) o el Bird Kingdom (un aviario). Se pueden comprar unos pases que incluyen varias y así abaratar costes. Todo depende del tiempo que se disponga y de los intereses. Lo del tiempo es importante, ya que, por ejemplo, las entradas por detrás de la cascada van por horas concertadas.

Además, se pueden contemplar las cataratas desde el cielo, ya que hay varias empresas de tours de helicópteros. También ofrece vistas aéreas la Torre Skylon, y con un precio más bajo que un viaje en helicóptero. Su espacio 360º a 158 metros de altura permite otear no solo las cataratas sino también los alrededores. Incluso hay una tirolina para los más aventureros.

Si se quiere explotar el lado consumista y no solo disfrutar de la naturaleza, también se pueden visitar los casinos o comprar en los outlets de la ciudad, ya que Niagara Falls se ha convertido en todo un parque temático al servicio del turista. Hay todo tipo de oferta de ocio para toda la familia. Incluso es sede permanente del Circo del Sol.

En nuestro caso las compras las teníamos programadas para más adelante, y entre el resto de alternativas optamos por el Journey Behind the Falls, que nos pareció la más interesante a falta del crucero. Las entradas se sacan en el edificio Castle Centre, al otro extremo del paseo (justo en la punta contraria del Hornblower), así que deshicimos el camino hasta el coche, aprovechamos para picotear algo de comida y nos fuimos para allá.

Tuvimos suerte y en apenas 5 minutos había ya una visita, por lo que nos pusimos el chubasquero (incluido con la entrada) rápidamente mientras avanzábamos a la entrada.

Antes de bajar podemos leer un poco sobre la historia de esta atracción.

El primer europeo en bajar tras la cascada fue M. Bonnefons en 1753, gracias a la ayuda de su guía nativo Crévecoeur. A principios de 1800 se aprovecharon árboles derribados para construir unas escaleras  y así poder acceder mejor.
Poco más tarde, en 1818 el empresario local William Forsyth se hizo una escalera privada desde su hotel.

En 1832 Thomas Barnett vio negocio y proyectó una en forma de espiral por la que cobraría $1 a cada visitante. Además, otro $1 por un certificado que acreditara la experiencia. En 1844 Saul Davis construyó la casa de Table Rock con su propia bajada y compró la de Thomas Barnett, cerrándola después.

En 1885 se creó la Comisión del Parque de las Cataratas del Niágara bajo el nombre de The Queen Victoria Niagara Falls Park Comission, que en 1887 se hace cargo de la casa de Table Rock y encarga construir un ascensor y una plataforma. La nueva atracción recibe el nombre de Behind the Sheet (detrás de la sábana). Un par de años más tarde se inauguró un túnel que llevaba a través de la roca hasta justo detrás de las Horseshoe Falls. Un guía con linterna se encargaba de conducir a los visitantes por el recorrido. Se renombró como Under the Falls (bajo las cascadas).

En 1892 se construyó una central hidroeléctrica para aprovechar los potentes saltos de agua que siguió en funcionamiento hasta 1932. Tras cesar la actividad quedó abandonada y acabó siendo demolida en 1985.  Uno de los principales asesores técnicos de la compañía Westinghouse fue el inventor, ingeniero mecánico, ingeniero eléctrico y físico Nikola Tesla. En el parque se le recuerda con un estatua que mira a las cataratas.

Tesla y Edison fueron los primeros inventores en aprovechar el potencial hidroeléctrico de las cataratas. Sin embargo, mientras que Edison creía en la corriente continua para obtener energía, Tesla lo hacía en la alterna.

En 1893 se comienza a dar por primera vez chubasqueros, sombreros y botas a la gente y, ante la demanda de fotografías familiares se concede el permiso a una empresa para establecer el negocio en Table Rock.

En 1902 se extiende el túnel y se vuelve a rebautizar la atracción. El nuevo nombre es Scenic Tunnels.

Entre 1925 y 1926 se construye un nuevo edificio en Table Rock.

En 1944 se detecta que el túnel no es seguro para los visitantes, ya que la pared tan solo tenía 1.7 metros de grosor. Así pues, se construye uno nuevo recubierto de cemento y ya con iluminación unos 18 metros más abajo del viejo. Este es el que se sigue usando hoy en día.

En 1980 se sustituyeron los pesados chubasqueros por unos ponchos amarillos.

En 1994 se llevaron a cabo tareas de rehabilitación en Table Rock y se modernizaron los ascensores de la atracción, renombrada por última vez como Journey behind the Falls.

Cuando salimos del ascensor solo teníamos ante nosotros una serie de túneles y galerías. Yo al principio iba un poco desilusionada, porque apenas se veía nada de interés. Hay algunas “ventanas” en la pared, pero no aportan gran cosa.

Había que tener sin embargo algo de paciencia. Lo interesante está en el mirador. En realidad es un balcón con dos alturas. Por un lado está la superior, desde la que el ruido atronador y el agua que salpica la cascada apenas permiten enterarse de nada. Aunque alejándose un poco, se atisba la catarata.

Y por otro lado, está el nivel inferior, construido en 1951, que es realmente el divertido. Permite acercarse a las cataratas y observarlas desde otro ángulo. Lo de observar es un decir, claro, ya que el agua cae con tal fuerza que en ocasiones es hasta complicado abrir los ojos. Es preferible por ello llevar gafas de sol que al menos sirvan de pantalla.

De vez en cuando venía un cambio de viento y el agua como si de una lluvia torrencial se tratara nos azotaba de lleno. Eso sí, los chubasqueros (que sustituyeron a los de 1989 y que después de su uso se reciclan para material urbano) son buenos y no calan. Claro que no te libran de llevar un calzado apropiado, pues los pies quedan al aire.

Sí que es verdad que las cataratas no son de las más altas del mundo (51 metros), pero impresiona ver con qué fuerza y velocidad caen las poderosas cortinas de agua sobre el precipicio. Abruma el ensordecedor rugido que acompaña a los millones de litros por segundo. Es un auténtico espectáculo de la naturaleza.

El recorrido lleva fácilmente de 30 a 45 minutos, dependiendo en gran medida del tiempo que se quiera dedicar a los miradores. Y aunque no es la idea que llevábamos pensada, al menos pudimos acercarnos de lleno a la cascada y captarla en todo su esplendor.

Con esto sí que dimos por concluida la visita. Nos despedimos de las famosas Cataratas del Niágara y volvimos a la carretera. Aunque antes de marchar a Toronto teníamos prevista una parada a tan solo 5 kilómetros de allí. En las proximidades del Lago Ontario, en una curva del río, se encuentra el Whirlpool, un pequeño remolino que se mueve a 48 kilómetros por hora sobre el que cuelga un funicular diseñado en 1916 por Leonardo Torres Quevedo.

Torres Quevedo fue un ingeniero y matemático cántabro que diseñó varios artilugios en la época muy vanguardistas que han contribuido notablemente a nuestro presente. En 1887 ya había construido su primer transbordador que salvaba un desnivel de 40 metros gracias a un par de bajas. Poco después, en 1907 puso en marcha en San Sebastián el primer transbordador de pasajeros que contaba con un complejo sistema de seguridad que aunque se rompiera uno de sus cables de soporte, podía seguir funcionando sin peligro.  Durante la I Guerra Mundial contribuyó en la aeronáutica con los dirigibles Astra-Torres, que mejoraban a los zepelines gracias a un armazón que dotaba al artilugio de más estabilidad y que permitía que se pudieran instalar motores pesados así como transportar más pasajeros.

También fue relevante en la el mundo de los ordenadores y videojuegos. Creó un par de máquinas algebraicas: el Ajedrecista (una máquina que jugaba sola) y un aritmómetro electromecánico (lo que podría considerarse como el primer ordenador). Estos aparatos son el preludio de la Inteligencia Artificial. También suyo fue el telekino, un artilugio que sentaría las bases de los mandos a distancia. El 8 de agosto de 1916 se realizó el primer viaje del Aero Car y hoy, 102 años después, aún sigue en funcionamiento, siendo el único que queda de su estilo.

Lamentablemente, los fuertes vientos del día suspendieron cualquier actividad, así que, por segunda vez en el día nos fallaron los planes.

En condiciones normales el Whirlpool Aero Car hace un recorrido de una orilla canadiense a otra, cruzando en cada trayecto cuatro veces la frontera entre Canadá y los Estados Unidos debido a los recodos que hace el río. La distancia que recorre entre la caseta y el Thompson’s Point es de 548,6 metros y lo hace a 4,2 kilómetros por hora.

Su cabina, con capacidad de 40 pasajeros (imagino que en función de sus dimensiones) está suspendida sobre 6 cables a una altura de 76,2 metros sobre el agua.

Opera de 10 a 17 y la entrada cuesta CAN$15 por un viaje de ida y vuelta, es decir, te montas y bajas en el mismo lugar. Pero como digo, nos quedamos con las ganas.

Eran las dos y media de la tarde y en principio pensábamos parar en el pequeño pueblo colonial de Niagara-on-the-Lake a unos 20 kilómetros, comer tranquilamente y acabar en Toronto ya por la tarde – noche sin prisa. Sin embargo, amenazaba tormenta para el día siguiente, por lo que volvimos a improvisar para al menos aprovechar la tarde. Teníamos por delante unos 150 kilómetros para llegar a Toronto, así que ni siquiera paramos para comer. Picamos algo en el coche por lo menos para calmar las tripas.

Preparativos para un Road Trip por la Costa Este de Estados Unidos y Canadá III: ESTA, Seguro, Cambio de Divisas y Telefonía

Llegó marzo y aún estábamos con los preparativos del viaje. Ya habíamos cerrado algunas cosas los meses anteriores, pero aún nos quedaba decidir si comprábamos electrónicamente entradas a algunas atracciones y tarjetas de transporte, o bien nos esperábamos a destino. Y ganó la segunda opción. También nos faltaban un par de asuntos importantes que solucionamos en la recta final: la autorización de entrada a Estados Unidos y el seguro.

El Electronic System for Travel Authorization es la autorización que deben solicitar los ciudadanos de los países incluidos en el Programa Visa Waiver, como España. Se ha de tramitar vía electrónica (obviamente, de ahí lo de Electronic) y es recomendable hacerlo directamente en la web oficial y no mediante intermediarios para evitar sorpresas.

Es necesario para la entrada al país por aire o mar y tiene una validez de dos años (o en su defecto hasta que caduque el pasaporte). Sin embargo, la estancia máxima es de 90 días. Es decir, en un período de dos años se pueden realizar varios viajes. El pasaporte ha de ser biométrico y con una fecha de caducidad superior a 6 meses desde la fecha de vuelta del viaje. Por eso esperamos hasta marzo para sacarlo, porque cuanto más ajustado de tiempo (dentro de una franja no límite), más apuraríamos por si quisiéramos volver en 2019 o 2020 a pisar EEUU. Bien de destino final, bien de tránsito. Porque nunca se sabe.

El ESTA se puede tramitar individualmente o grupal, esta última más por ahorro de tiempo ya que el importe es el mismo de una forma que de otra. Una vez decidido este paso, hay que seguir las indicaciones de la web y completar los datos personales tales como nombre completo (tal y como aparece en el pasaporte), fecha de nacimiento, número de pasaporte, fecha de obtención y de caducidad del mismo, dirección de contacto en EEUU (con poner la del primer alojamiento, vale), nombre de los padres, teléfono de contacto, teléfono de emergencia, información sobre los vuelos (número, fecha), sobre profesión y empresa en la que trabajas.

Hay una segunda ronda de preguntas a las que hay que responder SÍ o NO del estilo de si te drogas, si tienes alguna enfermedad contagiosa, si has cometido algún delito o tienes pensado hacerlo en algún futuro… Básicamente consiste en responder a todo que NO (siempre que se corresponda con la realidad, claro). Este tipo de preguntas las hacen para que si luego cometes algún delito, no solo te imputen ese, sino el de haber mentido en tu declaración. Es todo un interrogatorio, aunque no tanto como el de la India.

Normalmente lo expiden casi al instante, aunque a veces puede tardar algo más en caso de que les salte alguna alarma por los apellidos. Hay que quedarse con el número de referencia y consultar, por ejemplo a las 24 horas, si está aprobado. En tal caso, generamos el pdf y nos lo guardamos por si nos lo solicitaran en el control del aeropuerto. Ojo que el ESTA también es necesario si solo se va a hacer escala en el país. Aún así, aunque se haya aprobado el ingreso en el país, la última palabra la tiene el funcionario de aduanas.

Por su parte, Canadá cuenta desde el 29 de septiembre de 2016 con la Autorización de Viaje Electrónica (AVE) o electronic Travel Authorisation (eTA), que es prácticamente lo mismo. La diferencia es que cuesta CAD$7 y es válida durante cinco años. Además, solo existe la opción individual. Por lo demás, se necesita la misma vigencia de pasaporte, se ha de sacar aunque sea para una escala y hay que rellenar una serie de preguntas sobre la información personal, así como si se ha padecido alguna enfermedad o cometido algún delito. No obstante, solo es aplicable si se va a entrar en el país por aire, no para cuando se hace por mar o, como era nuestro caso, por tierra.

Para el seguro finalmente nos decantamos por el Estrella Premium de IATI con 200.000€ de coberturas médicas e indemnización por robo y daño de equipaje a 2.500€ por persona. Comparar seguros también es un quebradero de cabeza, así que hay que cotejar bastante bien las coberturas. Además, conviene saber si en caso de consultas médicas adelantan el dinero o tienen un teléfono de contacto realmente accesible, puesto que en caso de necesitarlo, lo que quieres es que el problema se solucione lo antes posible, no estar además luchando por los reembolsos.

En Estados Unidos mejor no jugársela, ya que no cuenta cobertura universal y una simple consulta médica puede llegar incluso a mil dólares. Si bien es cierto que Obama llegó con su programa del Obamacare con una intención de un sistema de salud casi universal, con Trump se ha retrocedido de nuevo.

A última hora concretamos el tema monetario. En otras ocasiones cuando hemos viajado a EEUU hemos cambiado Dólares, pero esta vez decidimos combinar efectivo con tarjeta. Tanto EEUU como Canadá son países en los que se mueve prácticamente todo vía plástico, pero siempre hay excepciones, claro, así que, por si acaso, mejor llevar papel.

Cambiar no nos salía rentable ni con Euros ni con Libras; y aunque nuestro banco en retirada en cajero extranjero solo nos cobra 2€, independientemente de la cantidad, esta vez queríamos probar un nuevo método: las tarjetas monedero. Por un lado mi hermano se sacó un par de ellas la de Revolut y la de Monzo, por otro, yo elegí Revolut y Bnext.

La de Revolut es una tarjeta MasterCard Contactless permite comprar en más de 130 divisas sin comisiones. Para darse de alta tan solo hay que descargarse la App, crearse una cuenta y solicitar la tarjeta. Puede ser virtual o física. En este último caso cuesta unos 6€ y llega en unos 10 días (o 20€ si eliges el envío exprés en 3). Una vez recibida solamente hay que cargarle la cantidad deseada, activarla y a funcionar. No solo permite pagar en el extranjero, sino que además se puede retirar efectivo sin coste adicional en cajeros de todo el mundo; enviar transferencias tanto nacionales como internacionales de forma gratuita (ojo a esto) y recibir o intercambiar hasta 25 divisas al tipo interbancario (el mejor que hay) y sin comisiones.

Las condiciones pintaban bien, ya que nos podría servir tanto para pagar como para sacar en cajero. Aunque a priori tenía una pega, pues una vez que has sacado más de 200€ en un mismo mes (ojo que no es natural, sino que cuenta desde la fecha del alta), se aplica un 2% de comisión. Al ser un viaje largo, estimábamos que íbamos a sacar algo más, pero como al llevar dos, teníamos un poco de maniobra para disponer al menos de 400€ sin comisiones.

Por su parte, la de Monzo pertenece a un banco que solo opera en Reino Unido y aplica el cambio de MasterCard (cercano al de BCE, que es algo peor al de Revolut). Funciona de forma similar a la anterior, pero con la ventaja de que no cobra comisión alguna al sacar de cajero independientemente de la cantidad (aunque tiene una limitación de $325 diarios) y se puede usar en todo el mundo.

Bnext es una empresa española fundada por dos extrabajadores de BBVA e ING. En vez de MasterCard, es VISA (así que aplica su cambio, que es un poco peor que el interbancario).

Es muy similar a las anteriores y permite realizar un gasto máximo de 2.000€ al mes en comercios internacionales con divisa diferente al Euro, así como sacar hasta 500€ al mes sin comisiones (a partir de dicha cantidad aplican el 1.4%). También se pueden realizar transferencia con ellas y a diferencia de la de Revolut, su envío es gratuito. Así pues, esperábamos poder funcionar durante toda nuestra estancia con estas tres opciones .

Por último nos quedaba solucionar el asunto de las comunicaciones. Cuando viajas con coche es aconsejable llevar una tarifa de voz por lo que pudiera pasar, pero además, es casi imprescindible contar con una de datos, pues la tecnología hoy en día nos hace ahorrar mucho tiempo. En primer lugar teníamos la opción de contratar el servicio de Roaming con nuestras respectivas compañías. Para nada rentable y totalmente descartado.

En segundo lugar, comprar una tarjeta SIM de prepago en destino. En 2012 nos hicimos con una de $10 en San Francisco para poder comunicarnos con nuestra prima y por si necesitábamos contactar con algún alojamiento, modificar alguna reserva o por si pasara algo con el coche. En Escocia, cuando aún no se había eliminado el Roaming, elegimos GiffGaff, pues era mucho más rentable que cualquier tarifa aplicada a nuestras líneas. El problema es que esta vez visitábamos dos países, por lo que necesitaríamos una para Estados Unidos y otra para Canadá.

Nuestra tercera opción era una tarjeta prepago en España con Teleway. La compañía te manda dos números: uno del destino para que las llamadas sean locales y uno virtual para transferir las del número español. Tiene llamadas ilimitadas y 4Gb de datos. Sin embargo, esto solo es válido en Estados Unidos y el precio de la tarifa más barata eran 60€ por 10 días. Así que ni nos servía, porque había que considerar una segunda cuestión, y es que entre nuestra visita a Chicago y la vuelta a Boston pasarían esos 10 días, con lo que ya tendríamos que elegir una superior. Más cara, claro.

Nuestra cuarta alternativa era comprar una tarjeta prepago de Vodafone con la Tarifa Yuser de 10€. Pero seguíamos con el problema de que solo nos servía para Estados Unidos.

Además de las opciones de tarjeta, valoramos comprar un router con tarjeta prepago de datos, pero también quedó descartado ya que quedan fuera las llamadas.

Así pues, teníamos una gran indecisión al respecto. Pero tras mucho investigar, encontramos en Amazon una tarjeta de T-Mobile válida en Estados Unidos y con Roaming para Canadá y México.

Tampoco era especialmente barata, pues eran 40€ para 15 días, pero sin duda era la mejor opción. No solo incluía llamadas y SMS ilimitados, sino que además también datos ilimitados en EEUU y 5Gb de Roaming en Canadá. Así pues, por fin encontramos una alternativa que sirviera para ambos países. Y, aunque había una más barata (33€), tenía el límite de datos en 5Gb, algo que no jugaba a nuestro favor, pues pretendíamos hacer uso del Tethering y dar WiFi a varios dispositivos.

Y finalmente, con todo zanjado quedaba preparar las maletas. Esta vez no era tan fácil como en las escapadas anteriores que habíamos viajado ligeros de y con ropa de verano o entretiempo. Ya había llegado la primavera, sí, pero solo un par de semanas antes estaban teniendo temperaturas bastantes bajas, incluso con nieve.

Y es que el clima en Canadá puede ser frío a finales de abril y principios de mayo. Chicago por su parte tiene fama como la ciudad del viento, así que no podía faltar una buena chaqueta y un calzado que abrigaran bien. Además, parecía que estaba siendo el abril más frío en los últimos 137 años… Por lo demás, ropa cómoda para estar todo el día en la calle. Como siempre en estos viajes largos, opto por llevarme aquellas prendas que ya están algo más desgastadas o viejas por si tengo que ir liberando espacio. Y lo justo de productos de higiene, ya que para 17 días hay productos como la pasta de dientes que trae más a cuenta comprar en destino y compartir entre todos. Además, casi todos los hoteles y apartamentos hoy en día tienen gel y champú. Salvo que tengas unas necesidades específicas o una predilección por alguna marca en concreto, es preferible o usar el que te encuentras el alojamiento, o comprar un bote para compartir en lugar de ocupar espacio desde casa (y arriesgarte a que se pueda abrir en la maleta).

Por supuesto, no pueden faltar ordenador, cámara de fotos, tarjetas de memoria, cargadores, cables de carga…. y un adaptador. No hay que olvidar que tanto en Estados Unidos como en Canadá usan otro tipo de enchufes.

Y algo que es totalmente imprescindible: las ganas de viajar. ¡Allá vamos!

Preparativos para un Road Trip por la Costa Este de Estados Unidos y Canadá II: Alquiler de coche y Alojamientos

Durante el mes de noviembre, ya a la vuelta del crucero, nos centramos en concretar la ruta, valorar los días de coche, las paradas y en repartirnos la búsqueda de información. Recuerdo que así había quedado nuestro itinerario.

Ya en diciembre comenzamos a buscar alojamiento. Empezamos por Chicago, nuestra primera parada. Aunque comparamos la opción hotel vs apartamento, finalmente, para mayor comodidad, decidimos quedarnos con la segunda opción y así contar con cocina y más espacio para organizar el equipaje.

Asimismo reservamos una noche de hotel en London, una población próxima a las Cataratas del Niágara, pues ya con la planificación de la ruta vimos que ir de Chicago hasta Niágara del tirón en un mismo día (teniendo que pasar además los trámites de la frontera) iba a ser demasiado.

También en diciembre realizamos una comparativa entre diferentes empresas de alquiler de coche. Toda una odisea. No todas nos cubrían lo mismo, por lo que hubo que desgranar el tipo de seguro que ofrecían, el extra que cobraban por devolver en una ciudad diferente a la de la recogida, si nos incluía un segundo conductor en el contrato…

En el viaje por la Costa Oeste con el Jeep Compass fuimos un pelín justos de equipaje. Y aunque esta vez somos más experimentados y viajamos con menos trastos, al final nos íbamos a juntar al menos con una maleta grande, tres medianas, tres pequeñas y varias mochilas. Así pues, como la diferencia de precio de un SUV pequeño a uno grande no era mucha y sí que suponía un importante aumento de la capacidad del maletero, decidimos plantearnos el siguiente segmento: el Chevrolet Captiva o Ford Edge.

En determinado momento valoramos el alquilar uno de 7 plazas, porque salía incluso más barato. Pero suponía llevar un tanque y sin bandeja que tapara el maletero.

Ya en enero fuimos cerrando el resto de alojamientos. En algunas ciudades elegimos hotel con habitaciones cuádruples que, si te organizas, son una muy buena opción, pues salen muy bien de precio. Pero en otras tuvimos que buscar apartamentos, ya que era más económico y había más variedad donde elegir.

Lo más complejo fue Boston, ya que es extremadamente cara. No solo por ser una gran ciudad, sino porque el hecho de contar con 4 universidades hace que el alojamiento esté muy cotizado.

Al final, el resultado (sin buscarlo) fue una alternancia equilibrada de hoteles y apartamentos. En las grandes ciudades fue más sencillo encontrar apartamento, y en las pequeñas, hoteles:

– En Chicago, apartamento

– En London, hotel: Days Inn London, London

– En Toronto, apartamento

– En Ottawa, hotel: Econo Lodge Downtown

– En Montreal, apartamento

– En Merrimack, hotel: Quality Inn Nashua

– En Boston, apartamento

A la vez que buscábamos alojamiento, íbamos configurando nuestro itinerario, los puntos de interés en cada ciudad y la ruta que haríamos allí.

A principios de febrero cerramos por fin el tema del coche. Nos decantamos finalmente por el Ford Egde en Avis. Gracias al programa de partners de British Airways a mi hermano le salía mejor que directamente con Avis y además nos incluía un segundo conductor, algo que no ofertaba directamente la empresa de alquiler.

En nuestro anterior viaje no tuvimos problema con los conductores adicionales, ya que en el California está incluido, independientemente de que cambies de estado. En este caso habría que haberlo pagado aparte, aunque en el Estado de Illinois parece que el cónyuge o compañero residente en el mismo domicilio (supongo que para parejas homosexuales que no se pueden casar) están automáticamente incluidos en el alquiler como conductor adicional.

En el caso de extranjeros no sé muy bien cómo lo harán, porque una no va con el certificado de matrimonio traducido en la maleta. Y tampoco se cambia los apellidos… De hecho, según su lógica mi hermano y yo podríamos haber sido cónyuges al compartir apellidos. No sería la primera vez que nos han registrado mal en un hotel al ver los pasaportes.

El seguro de base, el LDW (Loss Damage Waiver) nos incluía los daños por accidente, los de los cristales, objetos robados (radio, batería, etc), vandalismo y robo del coche.

Para conducir en el extranjero es necesario llevar un permiso especial que emiten en la DGT. El permiso internacional de conducción ya nos lo sacamos en 2012 y no lo usamos, pero como nunca se sabe, yo preferí asegurar. Según me dijo el señor de la DGT, lo normal es que en la oficina de alquiler no te lo pidan, pero en caso de que te pare algún oficial, seguramente sí que te lo requieran.

El trámite no es muy complicado. Hay que pedir cita en una Jefatura de Tráfico (esto es lo más difícil de todo, pues están saturados) y acudir con el carnet de conducir, una fotografía actualizada, de 32 x 26 mm. en color, completar un formulario y pagar 10,20€. Sales con el libro ya puesto.

En caso de mandar a un autorizado, este ha de acudir con un documento oficial (DNI, carnet de conducir, pasaporte, o fotocopia de alguno de ellos compulsada) además de la fotografía y el formulario. Y pagar, claro. Que por cierto, solo se puede abonar por tarjeta o previamente por la web.

Es un libro con los datos personales del titular así como los permisos que posee pero con la información repetida en diferentes idiomas (español, alemán, inglés, francés, italiano, portugués, árabe y ruso). Tiene un año de validez desde la expedición y no se puede usar en España.

Así con este trámite, llegados a marzo, podríamos decir que estaba toda la planificación prácticamente completa. Tan solo nos quedaba preparar la documentación, las divisas y las telecomunicaciones.

Preparativos para un Road Trip por la Costa Este de Estados Unidos y Canadá: Itinerario y Vuelos

Si algo nos quedó claro en 2012 tras hacer el Road Trip por la Costa Oeste de Estados Unidos fue que la primera quincena de mayo es un filón para los que tenemos los festivos de Madrid. El 1 de Mayo es el Día del Trabajo, que se une al día 2, el de la Comunidad. Pero es que el 15 es San Isidro, fiesta local de Madrid Capital. Así pues, en el mejor de los casos, juntando ambos puentes podemos conseguir 17 días de vacaciones gastando tan solo 8.

Ese escenario se dio en 2017, cuando el 1 y el 15 cayeron el lunes. Si hubiéramos comenzado las vacaciones el sábado 29 de abril y terminado el 15 de mayo, habríamos tenido esos 17 días a los que me refiero. Sin embargo, al surgir el viaje Bombay a finales de marzo – principios de abril, la posibilidad de aprovechar esos días se pospuso a 2018. En este caso, en lugar de 8 días, gastábamos 9, pero también tendríamos 18 días de vacaciones en lugar de 17: del 28 de abril al 15 de mayo.

Y claro, cuando consigues tantos días de vacaciones, ¿dónde te vas? Pues a un destino que se tarde en llegar, de esos que quedan vetados cuando se dispone de una escapada más corta. En nuestro caso estaba sencillo, pues llevábamos 6 años con la idea de otro Road Trip por Norteamérica.

Al principio no teníamos fijada la ruta. Nos habíamos quedado con ganas de visitar Yellowstone, que se podría unir con las Rocosas, Seattle e incluso Vancouver. Pero también nos quedaba mucho por ver en la Costa Este. Incluso el sur con Texas, Luisiana y Misisipi. Pero con el pasar de los años se fue concretando algo más y se fue instalando la idea de recorrer la Costa Este de Canadá.

En el viaje de 2012 viajamos 4: mi hermano, mi prima, mi pareja y yo. Para esta nueva aventura todo apuntaba a que íbamos a repetir integrantes, pero sumando a mi cuñada y a dos primos más. Empezábamos a plantearnos el alquilar una furgoneta, porque si 4 fuimos un poco apretados con las maletas en un Jeep Compass, 7 personas más su equipaje se antojaba complicado aunque nos decantásemos por un todoterreno XL.

Pero como suele pasar en estos viajes, con el devenir de los meses los primos fueron descolgándose, sobre todo por la imposibilidad de pedir los días de vacaciones en esas fechas. Así que volvimos a ser 4, esta vez cambiando a prima por cuñada. Es decir, repetiríamos los mismos del viaje a Bombay.

Dado que ellos viven en Escocia y nosotros en Madrid, cada uno se buscó sus vuelos y nos uniríamos en nuestra primera parada. Para saber cuál iba a ser nuestro punto de partida y fin, como siempre, nos fijamos en los vuelos. Había que saber si nos interesaba volar lo más al oeste posible y terminar en el este. O al revés, empezar cerca de la costa y adentrarnos en el continente.

Y ganó ida a Chicago y vuelta a Boston. ¿Pero no íbamos a ir a Canadá? Pues sí, pero era más barato volar a Estados Unidos, y como no habíamos estado en ninguna de las dos ciudades, pues nos daba un poco igual. Así que después de varias deliberaciones sobre cuántos días dedicar a cada ciudad e intentar no comernos muchos kilómetros diarios con el coche, el itinerario quedó así:

28/04 Vuelo a Chicago
29/04 Chicago (Parte I, Parte II y Parte III)
30/04 Chicago (Parte I, Parte II, Parte III, Parte IV y Parte V)
01/05 Chicago – London
02/05 London – Niágara – Toronto (Parte IParte II y Parte III)
03/05 Toronto (Parte I y Parte II)
04/05 Toronto (Parte I, Parte II y Parte III)
05/05 Toronto – Ottawa (Parte I y Parte II)
06/05 Ottawa – Montreal  (Parte I y Parte II)
07/05 Montreal – Quebec (Parte I, Parte II y Parte III) – Montreal
08/05 Montreal (Parte I, Parte II, Parte III, Parte IV y Parte V)
09/05 Montreal – Merrimack
10/05 Merrimack – Boston (Visita a Harvard)
11/05 Boston (Parte I, Parte II, Parte III y Parte IV)
12/05 Boston
13/05 Boston
14/05 Vuelo desde Boston
15/05 Llegada a Madrid.

A finales de octubre, ocho días antes de irnos de crucero, compramos los vuelos (de nuevo programando un viaje sin haber empezado otro). Llevábamos tiempo haciendo un seguimiento a las diferentes posibilidades Madrid – Chicago y Boston – Madrid. Algunas directas, otras con escala.

En julio rondaban los 600-700€ con Iberia, Brussels Airlines, KLM y AirEuropa, y despuntaba uno por 523€ de Aer Lingus.

En septiembre el vuelo de Iberia (directo) estaba a 604€, es decir, aunque había ligeros movimientos, seguíamos en esa franja de 600-700€.

Por su parte, el vuelo de Aer Lingus (con escala) también se mantenía.

Para octubre cuando fuimos a comprar los vuelos, teníamos dos opciones:

1. Volar directos con Iberia por 650€ (En la ida salida 11:35 y llegada a las 14:00 y en la vuelta 17:35 y llegada a las 6:25).
2. Hacer escala en Dublín con Aer Lingus por 525€ (En la ida salida 10:35 y llegada a las 18:15 con una escala de 3h 30 y en la vuelta 15:50 y llegada a las 9:55).

Comparando horarios, el de ida de Iberia no estaba mal, pues suponía llegar a media tarde. Pero en realidad es engañoso, porque ese día lo pierdes igual entre el cansancio y el jet lag, así que aunque tengas la tarde por delante, no da mucho de sí. Además, nuestros compañeros escoceses tenían su vuelo de llegada a las 18:40, con lo que el de Aer Lingus parecía ser mejor opción.

Con la vuelta pasaba algo similar. Y es que aunque el de Iberia salía por la tarde, la mañana no se puede aprovechar realmente. En primer lugar porque el alojamiento seguramente ha de quedar libre entre las 10-12. Y por otro lado, porque para volar a las 17:35 habría que estar en el aeropuerto a las 15h como tarde. Además hay que tener en cuenta el tiempo que se tarda en llegar. Al final, día perdido. Y sí, llegaba antes a Madrid, pero recuerdo llegar de Nueva York a las 8 de la mañana y pasar una larga jornada en la que me dormía por las esquinas como consecuencia del jet lag.

El de Aer Lingus al salir después de comer, nos permitiría ir más de seguido. Esto es, abandonar el alojamiento, tomar el transporte al aeropuerto y llegar justo para facturar, comer, pasar controles y embarcar. Y en lugar de llegar a Madrid a las 6:25, ya serían casi las 10. No es mucha diferencia, pero ya te pones casi en media mañana y a la que tengas que hacer la compra y deshacer maletas, se te ha ido la tarde y vuelves ya al ciclo normal de sueño. Aunque tengas que acostarte un par de horas antes de lo normal.

Por otro lado estaba el tema económico. La elección radicaba en volar directos o hacer escala y ahorrarnos 125€ por persona (que no es poco).

Pero había un tercer factor que nos terminó de inclinar la balanza: la peculiaridad de la escala de Dublín. Resulta que este aeropuerto cuenta con instalaciones del US Custom and Border Protection (CBP o US Preclearance), por lo que se pueden realizar los trámites de inmigración, aduanas y agricultura antes de embarcar con destino Estados Unidos. Como consecuencia, al llegar a territorio estadounidense se hace como vuelo doméstico. Además, las maletas viajan directamente a destino, por lo que no te tienes que preocupar de recogerlas en la escala.

Así pues, aunque siempre parece más cómodo un vuelo directo, considerando estos tres factores, ganó la opción de Aer Lingus.

Y con el descanso de tener ya el itinerario concretado y los vuelos comprados, pasamos a la siguiente fase, que no era tampoco fácil y requería de su tiempo para una preparación adecuada.

De momento lo dejamos aquí (y nos fuimos de crucero).