Resumen viajero 2017

Con casi un año de retraso vamos a cerrar 2017. ¡En noviembre de 2018! Pero es que si bien 2016 fue un año relativamente tranquilo en cuanto a viajes, ya que solo visitamos Escocia en verano e hicimos una escapada en diciembre a Atenas y Sofía; 2017 rompió con todos los moldes. Incluso tiró el listón de 2015 cuando visitamos Japón, Viena, Praga, Budapest, Bratislava y Estambul. Se avecina post largo.

Retomamos la costumbre de hacer un viaje a principios de año. Aunque fue totalmente inesperado y no planeado. Una tarifa error tuvo la culpa y nos embarcamos en la aventura de visitar Bombay y de paso París, además de unas breves escalas en Mahé, en las Seychelles. Tres destinos totalmente diferentes.

Visitamos Mahé, la principal isla de este archipiélago paradisíaco, en dos ocasiones. Las dos veces que tuvimos que cambiar de avión. Una islita que a pesar de ser la más poblada, sigue conservando un gran área natural y paisajes salvajes. Mahé ofrece más de 65 playas paradisíacas, verdes bosques, el Parque Nacional Morne Seychellois con su montaña de 905 metros, plantaciones de té, selvas tropicales y una rica diversidad de flora y fauna.

En nuestra primera parada nos dirigimos en primer lugar a Victoria, la capital, que se encuentra a 7.810 km de Madrid y que es la única ciudad como tal de todo el país. Es la capital más pequeña del mundo, lo cual no es de extrañar teniendo en cuenta las dimensiones de las Islas Seychelles. En 1838, el día en que se coronaba a la Reina Victoria, se decidió cambiar el nombre de la ciudad en su honor. Aunque se ha convertido en el centro cultural y económico del país, ha conseguido conservar su encanto original con diversos ejemplos de la arquitectura tradicional de este país multicultural.

Recorrer Victoria no lleva mucho tiempo y sus monumentos se cuentan con los dedos de una mano: el Monumento al Bicentenario, que representa el origen étnico de la población de Seychelles: África, Europa y Asia; la Fontaine Jubilee, que aunque a veces se confunde con una virgen, en realidad es una imagen en honor a la Reina Victoria; y el Clock Tower, otro símbolo de la admiración de Reino Unido que copia el Big Ben londinense (salvando mucho las distancias).

En cuanto a construcciones importantes, podemos destacar la Catedral, el colorido templo hindú Arul Mihu Navasakthi Vinayagar y por supuesto el Slewyn-Clarke Market, un mercado de 1840 en el que se pueden encontrar productos tropicales, desde fruta y verduras, a especias, té local, recuerdos y souvenirs, pasando por pescado típico de las Seychelles. Fue interesante pasear por sus pasillos y observar los productos, muchos de ellos totalmente desconocidos para nuestros ojos. Otros sí eran conocidos, como las bananas, sandías o berenjenas, pero sorprendía su tamaño, ya que eran una versión mucho más pequeña de la que estamos acostumbrados en España. Por contra, las zanahorias eran bastante hermosas.

Tras abandonar Victoria emprendimos la ruta por la costa norte deteniéndonos en varias playas de arena blanca de diferente consistencia y aguas cristalinas. Aunque en muchos casos, bastante rocosas una vez que te adentrabas. Por no hablar de la temperatura del agua, casi tan sofocante como la del ambiente. A medio día acabamos dándonos un baño en Beau Vallon, la playa más popular y turística de la isla. Y también allí aprovechamos para comer. El resto de la tarde lo empleamos en seguir recorriendo la isla y parando en más playas, quedándonos hasta el atardecer, cuando regresamos de vuelta al aeropuerto.

En nuestra segunda escala en las Seychelles el tiempo acompañó algo más y no tuvimos que soportar tanto calor. Incluso nos acompañó la lluvia. Esa vez aunque seguimos recorriendo Mahé y parando en playas, llegamos también a la zona norte y al Parque Nacional Morne Seychellois, un parque que ocupa el 20% de la isla (unos 30 Km²) y que fue declarado Parque Nacional en 1979. En él se encuentran todas las plantas y aves endémicas de Mahé, así como la mayoría de los reptiles. También destaca el pico más alto del país, el Morne Seychellois de 905 metros. No teníamos tiempo para hacer una caminata, así que nos contentamos con subir al mirador, con visitar las ruinas de The Mission/Mission Lodge, el orfanato de los hijos de los esclavos y hacer una parada en la Tea Factory, la plantación y fábrica de té, donde además hicimos algunas compras.

Repetimos en el mismo restaurante de Beau Vallon y volvimos a Victoria, y para acabar el día seguimos parando en diferentes playas. Eso sí, en aquella ocasión no hubo baño.

En estas dos fugaces escalas pudimos comprobar que Seychelles es mucho más que un destino turístico de resort en el que no hay más que hacer que descansar en sus preciosas playas de aguas cristalinas con sol todo el año. Sí, es un lugar aislado, tranquilo que no tiene nada que ver con el frenético ritmo que podamos tener por ejemplo en Madrid; pero también es un lugar ideal para los amantes del verde y de los deportes acuáticos. Eso sí, le sobra calor.

Recorrer Bombay fue sin duda más complejo. Ya no por las precauciones y consejos sanitarios que llevábamos en mente, sino por la ciudad en sí. Gente por todos lados, caos circulatorio, contaminación acústica… Aún así, la visita mereció la pena.

La ciudad estuvo amurallada, pero con el paso del tiempo se derribaron los muros y se expandió. Bombay conserva algunos restos de su pasado portugués, por ejemplo en algunos barrios como Khotachi Wadi o Bandra. Sin embargo, de lo que sin duda hay huella es de la influencia británica durante los años en los que la India fue su colonia. Se aprecia no solo en la arquitectura o en el hecho de que conduzcan por la izquierda, sino en la educación, en algunas costumbres o incluso en los nombres de monumentos o edificios. No obstante, desde la independencia se ha rebautizado hasta la ciudad, dejando de ser Bombay para convertirse en Mumbai.

En nuestro primer día ya vimos ese aire colonial al recorrer Fort, el centro histórico de la ciudad donde se encuentran importantes edificios como la Central Telegraph Office, el Tribunal Supremo de Bombay, la Rajabai Clock Tower, la Universidad, el Elphinstone College, la Biblioteca David Sassoon, la estación Chhatrapati Shivaji Terminus o el Museo Chhatrapati Shivaji Maharaj Vastu Sangrahalaya. La gran parte de estas edificaciones se construyeron en el último cuarto del siglo XIX con intención de mostrar el poderío británico en la joya del Imperio.

Por supuesto, no podíamos omitir el monumento más famoso de la ciudad: la Puerta de la India, erigida en una zona estratégica, para que su silueta fuese lo primero que vieran los barcos desde el Mar Arábigo al aproximarse a la joya del Imperio Británico. Sin embargo, hoy se recuerda por ser el punto desde el que embarcaron los últimos representantes de la colonia en 1948.

Además de la parte más histórica de la ciudad, también paseamos por barrios menos turísticos como Bandra o Worli, que suponen un contraste con respecto a Fort o Nariman. En nuestro deambular nos encontramos con iglesias, templos de diferentes religiones y mezquitas. Aunque no todos igual de conservados.

Pero no todo son edificios, Bombay también tiene jardines y parques, como los Pherozeshah Mehta Gardens, el Kamala Nehru Park, el Horniman Circle Garden o el Oval Maiden. Y si aún así queremos más, tenemos el Mercado de las Flores, en donde hay mil puestos y te rodea un agradable perfume floral.

Y para compras, la ciudad cuenta con numerosos mercados, bien se trate de puestos callejeros, bien de grandes edificaciones como el Crawford Market, que cuenta con una superficie de 22.471 metros cuadrados, pero que además sus calles aledañas tienen una gran vida.

Para escapar un poco del caos urbano, hicimos una excursión a la Isla Elephanta, la sede de un ancestral templo hindú. El yacimiento arqueológico es un complejo de templos que ocupan un área de 5.600 m² dividido en dos grupos de cuevas: cinco hindúes y dos budistas. Aunque tan solo se pueden visitar las primeras. No se conservan muy bien, en parte porque los portugueses causaron grandes destrozos. Las inclemencias del tiempo y algo de dejadez hasta 1959 han hecho el resto.

La India no es un país fácil con la mentalidad occidental. El caos, el perpetuo sonido de miles de cláxones, los olores, la comida, las costumbres, tantísima gente en todos los rincones, edificios mal conservados…

Bombay es una ciudad de grandes desigualdades y contrastes. No es una ciudad para ir de turista, sino para ser viajero. Para observar, sentir, descubrir. Hay que llevar la mente abierta, sin prejuicios y dejarse fluir. Es un país extenuante y exigente para el viajero. Aún así, no deja indiferente. Me llevo una buena experiencia.

Por su parte, la visita a París supuso estar más en nuestra zona de confort, más próximos a lo conocido, al tipo de construcciones, de transporte, de clima…París es una ciudad que ha sido testigo de grandes acontecimientos históricos. Quizá uno de los más importantes sea la Toma de la Bastilla y la Revolución Francesa. De su relevancia se conservan importantes construcciones, pues a pesar de ser ocupada por los nazis en el pasado siglo, no quedó devastada como otras ciudades europeas. Además ha sido un centro cultural y artístico de vital importancia. Por ello, hay demasiado que ver y cualquier viaje se queda corto. París es todo un monumento en sí misma.

La capital francesa tiene mucho que ofrecer y es muy complicado elegir qué ver en una primera visita. Intentamos conocer los barrios más importantes buscando aquellos básicos de la ciudad como el Sacre Cœur, el Louvre, el Pompidou, las islas, caminar por las riberas del Sena viendo los numerosos puentes – cada uno de ellos diferente del anterior-, relajarse por los jardines importantes de la ciudad, recorrer los Campos Elíseos, subir a la Torre Eiffel

No obstante, nos faltó tiempo para subir al Arco del Triunfo, a la torre de Notre Dame, al mirador de Montparnasse y visitar las catacumbas. Aunque la Torre Eiffel parece un imprescindible en una primera visita a París, creo que nos quitó bastante tiempo del segundo día que podríamos haber aprovechado a pie de calle aprovechando que el clima acompañaba a estar en el exterior.

Esos tres días de París sirvieron como aperitivo, pues se quedaron cortos. Además de los lugares a los que no entramos por falta de tiempo, me da la sensación de que no observé con todo el detenimiento que se merece una ciudad con tanta historia en su pasado y una arquitectura tan rica. Supongo que no nos quedará otra que volver algún día.

Y es curioso, porque yo siempre había sido escéptica con respecto a París. No sé si por los franceses o por su fama como ciudad de los enamorados. Quizá por ambos motivos. En cualquier caso, me sorprendió gratamente. Encontré un París que me hubiera gustado recorrer con más calma para descubrir más rincones; para entrar a museos, a los diferentes monumentos; para sentarme en una de las sillas verdes típicas de los parques; para comer más crepes; para visitar las catacumbas; para subir a la Torre Montparnasse o para perderme entre las lápidas de los cementerios. Sin duda, habrá que volver.

El segundo viaje del año fue una escapada a Suiza y Liechtenstein. Realmente el Principado lo visitamos por sumar un país más a la lista más que por el hecho de tener mucho interés. Y realmente, tras una breve visita a su capital, puedo decir lo mismo que de Luxemburgo: se puede hacer una parada si pilla de paso, pero ir expresamente no parece tener mucho sentido. Sí, seguro que ambos países tienen mucho que ofrecer, pero a mí no me emocionaron sus capitales lo suficiente.

Suiza por el contrario sí que me ha gustado. No voy a decir que ha sido una sorpresa, porque realmente me esperaba esa similitud con sus hermanas Alemania y Austria. Esos cascos históricos en torno a una Marktplatz, esos ayuntamientos impresionantes, las iglesias que se erigen sobresaliendo por encima del resto de tejados, las callejuelas peatonales con fachadas coloridas y pintorescas, los ríos que tienen una gran presencia en la ciudad, las montañas al fondo…

Tanto Basilea como Zúrich resultan fácilmente abarcables a pie. No obstante, el transporte público funciona con puntualidad suiza y cuenta con una extensa red. En Basilea tuvimos ocasión de probarlo gracias a la Mobility Card, una tarjeta que facilita el alojamiento en que te hospedes para que puedas usar el transporte público durante tu estancia. Sin duda una gran iniciativa.

En Zúrich tan solo tomamos el histórico Polybahn y el barco para un recorrido circular por el Zürichsee. La mejor forma de conocer una ciudad es a pie, y Zúrich gracias a su política anticoches invita a ello.

Parece que en Suiza se toman muy en serio a los peatones y ponen la ciudad a su servicio. No lo digo solo por el transporte, sino también por la cantidad de fuentes de agua potable o los curiosos y gratuitos urinarios.

Además las plazas son lugares de encuentro. En las más grandes vimos que había sillas a disposición de la gente. Mucho más útiles que los bancos fijos.

De Basilea lo que más me gustó fue sin duda Grossbasel. Cierto es que desde Kleinbasel hay unas magníficas vistas y un agradable paseo, pero es en Grossbasel donde se concentran los monumentos más importantes de la ciudad como el mencionado Ayuntamiento o la Catedral con su peculiar claustro.

Por otro lado, de Zúrich es difícil elegir entre una zona, ya que es más extensa, pero destacan sobre todo la ribera del Limmat con sus casas gremiales y las torres de las principales iglesias sobresaliendo; el barrio de Lindenhof y las magníficas vistas; el impresionante Schweizerisches Landesmuseum que parece más un castillo; así como la plaza Münsterhof con sus coloridos edificios y su fuente central.

La subida a la Grossmünster es imprescindible, merece la pena la subida y los 4 CHF. Permite obtener unas las magníficas vistas 360º.

Zúrich combina a la perfección su casco histórico plagado de edificios peculiares (e incluso ruinas romanas) con una Bahnhofstrasse exclusiva y donde podemos encontrar construcciones del siglo pasado. Ha ido creciendo y adaptándose a las corrientes arquitectónicas.

Zúrich es una ciudad perfecta para perderse por sus callejuelas sin apenas pestañear, pues tanto los edificios como los comercios o restaurantes están hermosamente decorados haciendo que cada calle sea única.

Llegó nuestro viaje de verano y tras varios reajustes y cábalas, decidimos conocer Letonia, Lituania y Polonia. De las dos primeras solo sus capitales, mientras que en Polonia estuvimos algún día más.

Comenzamos nuestro viaje en Riga, la capital de Letonia y la ciudad más grande de los estados bálticos. Una ciudad de gran importancia, que es el mayor centro cultural, educativo, político, financiero, comercial e industrial de la región.

Su joya turística es el centro, Vecrïga, con sus calles adoquinadas y un trazado laberíntico al más puro estilo medieval. Este queda delimitado entre el Daugava y el Pilsetas kanals, limitando al norte con Krišjāņa Valdemāra iela y al sur con Janvāra iela.

En su vista panorámica destacan tres torres: la de la Catedral (Dome), la de San Jacobo y la de San Pedro.

Desde esta última se obtienen unas buenas vistas 360º de la ciudad.

De entre todos los lugares del centro, hay dos plazas que destacan por encima de las demás gracias a la huella hanseática: la Plaza Līvu y la Plaza del Ayuntamiento. Aquella próspera época nos ha dejado emblemáticas edificaciones como los palacios del Gran y Pequeño Gremio o la Casa de los Cabezas Negras.

Pero además de las casas e iglesias pertenecientes a la Edad Media podemos encontrar un número significativo de edificios de un marcado estilo Art Nouveau construidos entre 1904 y 1914, cuando Riga era una de las ciudades más importantes del Imperio Ruso. El Art Nouveau (francés) o Jugendstil (alemán) fue una corriente estética del siglo XIX que se inspiraba en la naturaleza. Suele incorporar materiales de la Revolución Industrial.

Riga no quedó tan devastada por las guerras como otras urbes europeas, así pues, conserva la mejor y más completa colección de arquitectura Art Nouveau de toda Europa, de hecho están considerados Patrimonio de la Humanidad. La mayoría se concentran en la Alberta iela, donde hay 8 protegidos (números 2, 2a, 4, 6, 8, 11, 12 y 13) y Elizabetes iela (6, 10a, 10b, 13, 23 y 33).

Nosotros no tuvimos tiempo de recorrer estas calles. La Elizabetes no nos pillaba muy lejos del hotel y pensamos recorrerla a la que volviéramos a por las mochilas, pero al final nos desviamos de la ruta y se nos quedó pendiente. Al final le dimos prioridad al centro, que también hay buenas muestras de edificios Art Nouveau.

Dado que fue una ciudad amurallada, sus puntos de interés quedan bastante próximos. Así pues, se puede recorrer cómodamente a pie. No obstante, la ciudad creció a mediados del siglo XIX cuando se echaron abajo las murallas, por lo que merece la pena también ir un poco más allá. Surgieron nuevos distritos como Mežaparks, un exclusivo barrio que nació para los alemanes acomodados o Centro (Centrs), donde predominan las grandes avenidas.

En el sureste se encuentra el barrio Moscú (Maskačka), un suburbio que ya existía en el siglo XIV y que se convirtió en guetto para judíos antes de la II Guerra Mundial. Poco queda de este pasado, pero se pueden ver los restos de la sinagoga coral.

También quedan algunas casas supervivientes de madera que contrastan con los edificios colindantes. Como la mole soviética.

El desarrollo urbanístico soviético influyó en el aspecto de la ciudad, en esas amplias calles, en esos edificios que son moles de cemento, en los monumentos que ensalzan la libertad, el pueblo… Y hoy lo que se encuentra el visitante es un contraste entre la influencia rusa, el pasado medieval, vestigios de la próspera época hanseática, la arquitectura Art Nouveau y una occidentalización de los últimos años.

Aunque a priori puede parecer una ciudad gris, lo cierto es que una vez que paseas por sus calles, te encuentras una ciudad con mucha historia, repleta de animadas plazas y donde abundan los parques y jardines que aportan ese toque de color.

Es esta riqueza cultural, artística y turística la que le da el sobrenombre de París del Este. Aunque ahí creo que las comparaciones son odiosas.

Y si no creo que Riga se pueda comparar con París, tampoco entiendo que muchos equiparen a Vilna, la capital de Lituania, con Praga (por sus edificios barrocos) o con Roma (por las siete colinas sobre las que se asienta).

Estoy de acuerdo en que tiene un casco histórico muy rico, Patrimonio de la Humanidad, además. Pero no encontré ese alma que puede tener Praga. Ni mucho menos. Vilna recuerda más a un pueblo que a una ciudad – cuanto menos una capital-. Así como Riga desde las alturas ofrece una buena estampa de sus edificios más importantes, Vilna por el contrario me dejó algo fría desde la colina Gediminas (ni siquiera es que la torre sea gran cosa) o desde las tres cruces.

Sin embargo, creo que gana a pie de calle y es una buena muestra de su historia. Lo primero que sorprende es la cantidad de iglesias que hay en la ciudad. En cada calle, cada esquina, cada rincón, de todas las confesiones. La mayoría de ellas barrocas, pero también góticas, neoclásicas o neobizantinas. Y es que Vilna al parecer es la ciudad con más iglesias por habitante de todo el mundo. Lituania, por su parte, es el país más católico del Este de Europa.

Algo curioso teniendo en cuenta que fue el último país en convertirse al cristianismo. Lo hicieron en el siglo XVI cuando los jesuitas españoles se trasladaron para liderar la lucha contra la Reforma de Lutero. Estos también fueron los artífices de la prestigiosa Universidad.

Pero no todo es cristianismo en Vilna, sino que era una ciudad en la que convivían varias confesiones. Históricamente estaba dividida en cuatro sectores: el de los católicos (formado por polacos y lituanos), el de los ortodoxos (rusos), el de los luteranos y calvinistas (alemanes) y el de los judíos.

Todos ellos convivieron en armonía hasta la llegada de los nazis. Los que más lo padecieron, por todos es conocido, fueron los judíos, y en Vilna había una gran comunidad (llegaron a tener más de cien sinagogas repartidas por la ciudad). Ya Napoleón la había dado el sobrenombre de la Jerusalén del Norte.

El Holocausto acabó no solo con los judíos de la ciudad, sino con sus barrios, y hoy apenas queda nada. Hay que ir con mil ojos para encontrar un busto, una placa, un cartel que relate la historia. Para recordar más aquellos trágicos acontecimientos habría que visitar el Museo del Holocausto.

Otro museo que recuerda el pasado de la capital lituana es el de las Víctimas del Genocidio, ubicado en el antiguo cuartel de la Gestapo y que más tarde serviría al KGB.

Vilna tiene además un punto bohemio en el barrio de Užupis, una república independiente no reconocida en la que predominan los talleres artesanos y los centros artísticos.

 

Desde que Lituania se convirtió en país independiente, Vilna se ha ido renovando, ha modernizado sus servicios e infraestructuras. Sin embargo, al igual que ocurría con Riga, aún tiene ese toque que recuerda su pasado medieval con huellas de su etapa comunista.

No es una capital que destaque especialmente por su belleza, pero si pilla de paso, bien merece un día (o dos si se quiere entrar en la Universidad y algún museo).

Polonia la recorrimos un poco más a fondo, no nos quedamos solamente con su capital, sino que visitamos algunas de sus ciudades más importantes. Comenzamos por el norte con Gdańsk, o Danzig, una ciudad portuaria que ha sido muy relevante en la historia de Polonia, de Europa y del Mundo.

Fue una ciudad hanseática y adquirió gran importancia en la época gracias a su puerto pesquero, el comercio de artesanías y ámbar. Sin embargo, en la historia más reciente tuvo su relevancia en el inicio de la II Guerra Mundial.

Aunque la contienda acabó con gran parte de la ciudad, gracias a reconstrucciones de finales de siglo, el visitante se encuentra con un casco histórico que muestra aquel poderío con edificios impresionantes y fachadas ricamente ornamentadas tanto en su calle principal como en el margen al río.

Incluso hasta las nuevas viviendas intentan copiar ese diseño arquitectónico para mantener el estilo de la ciudad y cierta armonía.

Desde Gdańsk nos acercamos a las vecinas Gdynia y Sopot, que juntas forman la Triciudad, y, aunque tienen su aquel, creo que nos deberíamos haber centrado solo en Gdańsk, pues la oscuridad se nos echó encima y no pudimos detenernos todo lo que merece una ciudad como esta.

El centro histórico está bastante concentrado en la Calle Larga, la Calle Mariacka y el río, pero tiene bastante que ver, muchos detalles que observar. Intentamos concentrarlo todo en apenas una tarde, cuando habríamos necesitado un par de días.

La segunda ciudad que visitamos fue Bydgoszcz, una parada técnica para no tragarnos muchas horas en tren hasta Poznań. Fundada en la Edad Media, se convirtió en un relevante puerto fluvial gracias a la ubicación próxima a varios ríos. Desde el siglo XIX es también punto ferroviario de importancia. Pero sobre todo es centro industrial que se ha especializado en la industria textil, maderera, química y metarlúrgica. Así, hoy es el principal centro económico de esta parte de Polonia y, aunque no es un destino turístico muy popular, guarda algunos monumentos históricos interesantes y joyas arquitectónicas de diferentes épocas.

Sobre todo destacan los graneros, el símbolo de la zona, que recuerda el origen agrícola y comercial de la ciudad. La mayoría se encuentran en la isla Wyspa Młyńska.

Poznań me sorprendió gratamente. La que se cree que fue la capital hasta el siglo X cuenta con un casco histórico memorable. Sobre todo su Plaza del Mercado. En ella destacan casas de estilo barroco, gótico y renacentista decoradas de diferentes colores y ornamentos en sus fachadas. Refleja un tiempo en el que residían las familias más pudientes de la ciudad.

En Ostrów Tumski nació el estado polaco, así que tampoco hay que pasarlo por alto.

Me parece una ciudad imprescindible en cualquier itinerario por Polonia.

Nuestra siguiente parada fue Wrocław, una ciudad que siempre guardaré en mi memoria por sus Krasnale, esos simpáticos enanitos.

 

También tiene una espectacular Plaza del Mercado que es su centro neurálgico. Wrocław perteneció a la Liga Hanseática y fue un importante centro comercial, así, era en ella donde confluían las principales rutas comerciales de Europa, entre ellas la Vía Regia y la Ruta del ámbar.

Esta plaza, que con sus dimensiones de 213 x 178 metros es una de las más grandes de Europa, sigue la misma tónica de las que estábamos viendo en el viaje. Está flanqueada por edificios de colores de diferentes estilos (renacentistas, góticos, barrocos…) y en su centro se erigen el ayuntamiento así como edificios de viviendas. No fue destruida durante la II Guerra Mundial, por lo que es una auténtica joya.

Al igual que Poznań, también tiene su Ostrów Tumski, el lugar en que nació la ciudad y que suponía el límite de la jurisdicción eclesiástica. En la zona se erigen iglesias monumentales, una iglesia gótica, las casas de los clérigos y el palacio arzobispal, de estilo neoclásico.

La penúltima parada del viaje fue Cracovia. Fue primero un importante centro comercial y después foco del cristianismo, por lo que no tardó en convertirse en capital y en comenzar a desarrollarse. De aquellos años data su catedral.

Por otro lado, cabe mencionar la importancia que adquirió en el siglo XIV cuando, tras las invasiones tártaras la ciudad tuvo que ser reconstruida y se fundó la Universidad (la segunda universidad más antigua de Europa por detrás de la de Praga).

Cuando en 1596 Segismundo III movió la capital a Varsovia, Cracovia perdió algo de importancia, pero seguía siendo el lugar donde se coronaba a sus monarcas. Y ahí se mantiene el castillo en la colina de Wawel. Imprescindible, sin duda.

Su Plaza del Mercado también es de las más notables del país, pero no me gustó tanto como las de Poznán o Wrocław, a pesar de tener unas impresionantes dimensiones y ser la plaza medieval más grande de Europa. La plaza está flanqueada por ornamentadas casas burguesas y palacios de origen medieval, pero sobre todo, en ella destacan la Basílica de Santa María, la Lonja de los Paños, la iglesia de San Adalberto y la Torre del Ayuntamiento.

Cracovia está repleta de trazos que componen su historia. El siglo XX la marcó especialmente. Durante la II Guerra Mundial quedó bajo dominio nazi y aunque no fue bombardeada, los alemanes se encargaron de borrar todo pasado polaco. No sólo de las calles, sino que expulsaron a los judíos y polacos de la ciudad.

Con el nacimiento de la República Popular de Polonia llegó la mayor planta siderúrgica del país, la fábrica Siderurgia Lenin, que convirtió a Cracovia en un importante centro industrial y favoreció el crecimiento de la población.

Hoy ya no es la capital, pero sigue siendo una de las ciudades más importantes de Polonia y la subestimé, pues nos quedaron muchas cosas por ver.

Finalizamos el viaje en Varsovia, que se convirtió en capital en el siglo XVI. El rey Segismundo III había realizado a cabo experimentos en el castillo de Cracovia con fatal desenlace, por lo que buscaba nueva residencia, y dado que la situación de Varsovia le permitía controlar mejor el territorio de la Polonia de aquel momento (era cuatro veces más grande que la extensión actual del país), decidió mudarse.

Es una ciudad que ha sabido renacer de sus cenizas, pues en 1944 prácticamente quedó destruida. Apenas quedaron en pie edificios. Los nazis acabaron con bibliotecas, museos, iglesias, palacios, el castillo, edificios institucionales… Tan solo se conservó el ferrocarril, porque a los alemanes les era útil. Pero con la llegada en 1945 de la República Popular Polaca Varsovia comenzó a reconstruirse siguiendo el modelo original. Este trabajo tan meticuloso hizo que para 1980 la UNESCO le diera el reconocimiento de Patrimonio de la Humanidad como “ejemplo destacado de reconstrucción casi total de una secuencia histórica que se extiende desde el siglo XIII hasta el siglo XX”​.

Su centro histórico se concentra en la Ruta Real, que transcurre desde la Plaza Zamkowy, en el centro histórico de la ciudad, hasta el Palacio de Wilanów, la residencia de verano. En el recorrido destacan impresionantes edificios, sobre todo a lo largo del tramo de la calle Nowy Świat, la que fuera la principal arteria comercial desde el siglo XIX hasta la II Guerra Mundial.

En Stare Miasto destacan el Castillo y la Plaza del Mercado, con sus recuperados edificios renacentistas y barrocos y el símbolo de Varsovia: la sirena (hermana de la de Copenhague).

 

Pero aunque ha recuperado su parte histórica, es una ciudad que ha ido modernizándose y se nota el contraste en sus calles. Se ha ido adaptando a nuevas épocas y nuevos espacios de ocio.

Polonia llevaba rondando nuestras cabezas desde hace tiempo, pero siempre lo íbamos posponiendo. Pero es un país imprescindible para conocer la historia de Europa, ya que tiene un pasado ligado a Alemania, a la Hansa, a las antiguas repúblicas soviéticas… Pero sobre todo nos recuerda que se ha visto envuelta en las dos guerras mundiales. Los daños de la Segunda quedan muy patentes con numerosos monumentos y placas que recuerdan a los caídos entre 1939 y 1945.

Está relativamente cerca, hay vuelos directos y además tiene buenas comunicaciones. Nos faltaron 2 ó 3 días más para haberla recorrido más a fondo, porque desde luego tiene mucho que ofrecer. Tanto en historia, como en cultura, ocio o gastronomía.

Dos meses más tarde volvimos a irnos de viaje. De nuevo a Europa, pero esta vez con un cambio de estilo. Dejamos atrás los buses y trenes y nos embarcamos en un crucero por el Mediterráneo. No era nuestra intención, pero dado que las opciones en el Caribe no nos convencían, pusimos las miras más cerca.

Por segunda vez en un año visitamos Francia, esta vez Marsella (Parte I y Parte II), el puerto más importante del país. El desarrollo de la ciudad siempre ha ido ligado al puerto, desde los inicios con los griegos, hasta el siglo pasado con la llegada de los ciudadanos de las excolonias. Ha sido lugar de paso y ha sido una urbe muy cosmopolita estando conectada con Grecia, Italia, España y el norte de África (Argelia, Marruecos y Túnez).

Tras un exhaustivo plan de renovación en los últimos años, el Puerto Viejo se ha convertido en el principal atractivo turístico. Además, su nueva disposición invita a caminar. Con su forma de U queda delimitado por los Fuertes de San Juan y San Nicolás.

Aunque las escalas de crucero a veces son algo atropelladas y cuentas con poco tiempo, lo cierto es que la recorrimos con calma y me sorprendió, pues por un lado me recordó a París, pero por otro tiene ese carácter de ciudad portuaria, multicultural y diversa.

Al ser la ciudad más antigua de Francia, tiene muchísima historia, y podemos encontrar edificios y monumentos de diferentes etapas, influencias y estilos.

También es la ciudad del Jabón de Marsella, una mezcla de aceite y sosa triturada a la que se le añade miel, esencias y perfumes. Nació en el siglo XII y con el paso del tiempo se convirtió en un producto muy valorado pasando de ser elaborado artesanalmente a en fábricas. Casi desapareció con la llegada de los detergentes, pero su consumo se ha recuperado en los últimos años gracias a una mayor conciencia por el Medio Ambiente.

¿Y qué hay más francés que la Marsellesa? El hoy himno nacional, era la canción que iban entonando los 500 voluntarios marselleses que marcharon a París para unirse a la causa del gobierno revolucionario.

Empezamos bien, me sorprendió gratamente la primera escala, sin embargo, después llegamos a Génova y el ánimo decayó. El tiempo no acompañó mucho, también es verdad, pero aún en seco, me habría parecido una ciudad en decadencia.

De sus años como gran potencia comercial y cultural han llegado magníficos palacios e iglesias, pues la aristocracia se pronto se mudó a Génova, punto de encuentro y de conocimiento.

Sin embargo, más que sus edificios históricos, lo que más me atrajo fue pasear por sus callejones estrechos. Aunque seguía sin tener el punto de Marsella.

En nuestra tercera escala tuvimos que decidir entre Nápoles y Pompeya, además con apenas 6 horas en tierra. Era arriesgado ir al yacimiento, pero así nos alejábamos un día del ritmo de ciudad, y además, nos parecía muy interesante la visita.

Y no decepcionó porque, aunque vimos una ínfima parte, nos permitió conocer cómo era una ciudad hace miles de años. Te hace darte cuenta de que como sociedad, poco hemos avanzado, pues ya por aquel año 79 a.C. en que el magma del Vesubio arrasó Pompeya, habían desarrollado el urbanismo con sus comercios, espacios de ocio, necrópolis…

 

La visita permite no solo hacerse una idea de cómo eran las clases sociales, de cómo eran las viviendas, los templos, las termas… Y es que por muchas excavaciones romanas que hayamos visto en otras ciudades, aquí la erupción ha hecho que lleguen hasta nuestros días frescos, mosaicos u objetos. Incluso se han podido reconstruir cuerpos.

La vuelta fue un poco accidentada y a la carrera, pero mereció la pena.

Sicilia por su parte me dejó una sensación agridulce. Por un lado Catania me decepcionó un poco, Taormina me encantó y Mesina me gustó pero sin llegarme a apasionar.

Catania es la segunda ciudad más grande de Sicilia y fue fundada en lo alto de una colina por los griegos en el año 729 a. C. Más tarde pasó a ser romana, bizantina, árabe, normanda, suava, germana, aragonesa y finalmente italiana. Así, conserva monumentos de diferentes etapas y pueblos (menos de los griegos, que apenas ha llegado nada) como el anfiteatro, la catedral, la universidad…

No obstante, mucho de lo que vemos hoy en día son reconstrucciones, ya que en 1693 quedó devastada por un terremoto cuando aún se estaba recuperando de la erupción del Etna en 1660. En la reconstrucción de la ciudad se planificaron unas amplias avenidas y plazas para así prevenir terremotos y se incorporó lava negra en los edificios.

Es Patrimonio de la Humanidad dentro de la categoría “Ciudades del barroco tardío de Val di Noto” por la UNESCO desde 2002 pero a mí salvo la Piazza Duomo, el resto no me atrajo en demasía.

Taormina es lo contrario. A unos 200 metros sobre el nivel del mar, en lo alto del Monte Tauro, se halla esta ciudad fundada en el año 358 a.C. por prófugos griegos. Se desarrolló como ciudad helena, aunque, al igual que en Catania, también llegaron los romanos, los bizantinos, los árabes y los aragoneses.

Es una pequeña urbe de apenas 10.000 habitantes, pero que atrae a un gran número de turistas desde hace un par de siglos gracias a sus playas y al encanto medieval de sus calles. El casco histórico queda delimitado entre Puerta Mesina y Puerta Catania (restos de las antiguas murallas), y de una a otra discurre la antigua vía romana Via Valeria hoy conocida como Corso Umberto I.

El edificio más importante es la Catedral de San Nicolás, del siglo XIII, con una fachada muy sencilla y una planta que recuerda a las catedrales normandas.

Pero sin duda, si hay algo que destaca en Taormina es su Teatro Griego del siglo III a.C. No solo por su valor artístico, sino también por su localización, puesto que se halla en lo más alto de la ciudad permitiendo tener unas magníficas vistas de la costa y del Etna.

Para acabar con Sicilia volvimos a Mesina, la principal entrada de la isla y a tan solo 3 kilómetros de la punta de la bota. Su puerto con forma de hoz ha sido relevante a lo largo de la historia, y no solo para lo bueno, ya que se cree que fue la entrada de la peste negra en Europa en la Edad Media. Hoy su importancia queda relegada al comercio y a la pesca. Además de ser escala para los cruceros.

Al contrario que Taormina, no conserva mucho de su pasado, ya que ha quedado destruida varias veces en su historia como consecuencia de su alta actividad sísmica.  El 28 de diciembre de 1908 un terremoto seguido de tsunami la arrasó y causó la muerte de 60.000 habitantes (de los 150.000 que tenía). Tras este trágico suceso la ciudad fue reconstruida, más moderna y funcional. Sin embargo, poco después sufrió los bombardeos de la II Guerra Mundial, por lo que tuvo que ser levantada de los escombros de nuevo.

Como reseñable sin duda lo principal es la Piazza del Duomo, dominada por la Catedral del siglo XI (aunque reconstruida, claro).

A su lado izquierdo se alza el campanario, que acoge el reloj astronómico más grande del mundo, fabricado en 1933 en Estrasburgo. En cada uno de sus cuadrantes hay diversas figuras animadas que indican las horas, los días, los meses, los planetas y las fiestas religiosas.

Para finalizar el crucero llegamos a la República de Malta, en concreto a la isla del mismo nombre. También estuvo habitada por griegos, romanos, árabes, normandos y aragoneses. Fue el hogar de la Orden de los Caballeros de San Juan, quienes consiguieron derrotar por primera vez a los turcos. Más tarde fue conquistada por Napoleón y finalmente acabó en manos británicas, de quien consiguió independizarse en 1964.

A pesar de ser una isla bastante pequeña ofrece tanto descanso en un lugar paradisíaco como una gran oferta de deportes acuáticos y de aventura. Pero no todo se reduce a hoteles lujosos, playas o extensa oferta de ocio, sino que además es un lugar lleno de historia y una visita a sus ciudades y pueblecitos históricos permite retroceder en el tiempo. Tal es el caso de Mdina y Rabat, a los que llegamos en transporte público.

Mdina nos encantó. La que fuera durante mucho tiempo el centro político y capital de Malta hoy tan solo acoge a unos 300 habitantes, pero no por ello ha perdido su encanto. Quizá por eso, por haberse quedado algo olvidada, se conservan sus calles medievales, callejuelas y rincones, en donde se pueden encontrar palacios, iglesias y edificaciones normandas y barrocas.

Rabat es otro estilo, pero tiene también mucho encanto con sus balcones coloridos, alguna iglesia y si se quieren visitar las catacumbas.

Y por supuesto, no pudo faltar la visita a la capital, a La Valeta, una ciudad que engaña, pues aunque parece pequeña, tiene mucho que ver.

Tras el asedio de los turcos a mediados del siglo XVI, La Valeta fue reconstruida en apenas 15 años prácticamente desde cero y con un diseño totalmente novedoso. Se planificó como un entramado cuadriculado de calles. Este plano favorecía el libre fluir del aire fresco desde ambos puertos a través de las estrechas calles.

La Valeta conserva más de 300 monumentos importantes entre sus murallas, sin embargo, su atractivo radica sobre todo en su conjunto. En pasear por sus calles empinadas, en descubrir mil iglesias, edificios de la Orden, los fuertes, el puerto… descubriendo así pedazos de su historia. Y también ¿por qué no? en perderse por las calles más comerciales y turísticas.

Aunque sin duda, lo mejor fue despedir el viaje (y el año) con la salida del puerto al atardecer.

Y con el crucero cerramos un año especialmente viajero en el que visitamos 3 continentes, 10 países, 22 ciudades y recorrimos 39.164 kilómetros. Y ahora, casi ya rozando diciembre, comenzamos con 2018, que también tiene tela que cortar.

Conclusiones del viaje a Mahé, Bombay y París

Cuando surgió el viaje, tuve un breve momento de duda, como ya comenté. Por suerte, duró poco y nos lanzamos. Fue un viaje un poco agotador, con mucho por ver y hacer en algo más de una semana. Sin embargo, creo que el contraste entre los tres países fue bueno para desconectar y vivir cada uno de una forma totalmente diferente.

Comenzamos por las Islas Seychelles, unas islas paradisíacas que desde luego no entraban en mis planes más próximos (ni lejanos, en realidad). Y es que con tanto globo terráqueo por descubrir, los destinos de playa quedan muy abajo en muy lista. Además, África para nosotros de momento era terreno inexplorado. Si hubiéramos ido más días, quizá habríamos aprovechado para hacer alguna excursión a Praslin o La Digue, sin embargo, al tratarse de una escala diurna, nos centramos en Mahé, que es la isla principal y donde llegaba nuestro avión.

Mahé no es muy grande, pero para poder aprovechar el tiempo al máximo, alquilamos un coche para poder movernos a nuestro ritmo y no depender de los autobuses locales. Seguimos la carretera principal y fuimos parando en playas y calitas que nos iba apeteciendo. Incluso nos bañamos en Beau Vallon, donde nos quedamos también para comer en ambas escalas aprovechando los restaurantes a pie de playa y el pescado fresco.

Por supuesto, también estuvimos en Victoria, la capital. Un pueblecito, más que una ciudad, donde se concentra la mayor parte de la población. Turísticamente tiene poco que visitar, es de esos destinos en que hay que seguir a nuestros pies y perderse entre el ir y venir de los lugareños. Mahé no es un destino de monumentos, fueron mucho más interesantes las visitas al mercado y a la plantación de té.

Aunque sin duda, uno de los mejores sitios es el Parque Natural Morne Seychellois, un auténtico paraíso verde y salvaje para los amantes de la naturaleza. En su mirador se respira tranquilidad, se ve cómo se mueven las nubes que tapan y descubren los montes. Y abajo, las prístinas aguas.

Lo que menos me gustó fue el clima. Nada más bajar del avión nos encontramos con una bofetada de humedad, sobre todo en la primera escala, ya que en la segunda había lluvias intermitentes y la temperatura había descendido unos grados.

Nuestros gastos en las dos escalas a la isla se redujeron al alquiler de coche, que dividido entre cuatro fueron 22.50€; y la gasolina y comida, que fueron otros 70.95€.

Los precios de Mahé eran elevados, un menú costaba más o menos como en Reino Unido. En total gastamos en las Seychelles 93.45€ por cabeza (menos de 50€ por día).

Bombay fue nuestra estancia más larga. Y es que, en teoría, era el destino originario del viaje. Tampoco estaba en la lista. Sí que habíamos pisado Asia cuando visitamos Japón (y Estambul), pero claro, el país nipón no tiene nada que ver. Sí, tanto la India como Japón son países muy poblados, pero no son comparables ni en clima, ni precauciones sanitarias, ni infraestructuras, ni cultura, ni costumbres…

Bombay fue un choque cultural. Tuvimos que despojarnos de nuestros prejuicios y dejarnos llevar por el caos. Fue un gran contraste viniendo del ritmo pausado de Mahé. Llevábamos una ruta más o menos establecida, por aquello de querer aprovechar al máximo nuestra visita. Sin embargo, pronto descubrimos que no hay organización que valga y que hay que dejarse fluir.

Aún así, intentamos recorrer los puntos más o menos significativos de la ciudad como Fort, el actual distrito comercial y administrativo pero que era donde en el siglo XVII se erigía la antigua fortaleza. Es en ese barrio donde se encuentra el mayor número de edificios victorianos de finales de siglo XIX cuando Bombay era la joya de la corona del Imperio Británico. De aquella época datan la Central Telegraph Office, el Tribunal Supremo, la Universidad, la Biblioteca David Sassoon, el Museo Chhatrapati Shivaji Maharaj Vastu Sangrahalaya o la Puerta de la India, ya en Colaba.

Esta zona está más o menos delimitada y se puede recorrer siguiendo una ruta. Por lo demás, el resto de Bombay es llegar a un barrio y perderse en él, callejear y descubrir su singularidad, la confesión de sus habitantes. Si Mahé no era un lugar para hacer turismo de monumentos, Bombay fuera de Fort, tampoco lo es. Sí, quedan restos como los fuertes de Bandra o Worli, alguna iglesia o templo… pero no se conservan en un muy buen estado. Como ya dije, Bombay no es para ir de turista, sino de viajero. Asumir el calor, el caos, los contrastes e intentar disfrutar la experiencia de salir de la zona de confort.

Aún así, es quizá la más europea de las ciudades indias con sus edificios coloniales y sus modernos rascacielos. Imagino que no tiene nada que ver con Nueva Delhi, Calcuta, Agra o Bangalore.

Aunque íbamos predispuestos a dejarnos llevar por la India, sus costumbres, su clima, su comida… hay algo a lo que no pensábamos renunciar y era el poder dormir con aire acondicionado, sin bichos y disponer de un baño decente. Así que buscamos un hotel de estilo occidental. Nuestra estancia con desayuno incluido nos salió por 127.98€ por persona (o 255.95€ por habitación). El buffet no disponía de una gran variedad de comida, pero estaba bastante bien con opciones dulces y saladas, calientes y frías, occidental e india. Una buena combinación. También cenamos allí y los platos eran abundantes, a buen precio y con un personal muy atento y simpático.

Por lo demás, el resto de gastos en Bombay (comidas, desplazamientos, excursión a la Isla Elephanta y alguna compra) fueron 369.69€, que son 92.42€ por cabeza.

A esto hay que sumarle el visado que hubo que sacar antes del viaje, que al cambio fueron 47.86€ cada uno. Es decir, en total, en Bombay gastamos 268.26€ por persona.

Para finalizar, llegamos a París, donde nos sentimos casi como en casa. El clima, la comida, la arquitectura, el transporte público ya no suponían un contraste como habían sido nuestras dos paradas anteriores. Aún así, París supuso un reto: el de conseguir ver lo máximo posible en dos días y medio. Algo imposible, por supuesto, ya que por mucho transporte público al que puedas recurrir, es una ciudad inmensa con siglos de historia, muchos monumentos, parques, museos, palacios, iglesias, catedrales, hoteles y cafeterías de renombre con parisinos sentados frente a la calle para ver a la gente pasar y dejarse ver…

Pero bueno, intentamos quedarnos con un primer acercamiento, pateando la ciudad, ya que el clima acompañaba a estar en el exterior. Paseamos por Montmartre y sus bohemias callejuelas, por la selecta Isla de San Luis, por el origen de la ciudad en la Isla de la Ciudad, por Le Marais, por los jardines de Luxemburgo y de las Tullerías; admiramos los palacios, el Louvre, la Catedral de Notre Dame, el Sacre Cœur; subimos a la Torre Eiffel y la vimos iluminada de noche; recorrimos los Campos Elíseos y llegamos hasta el Arco del Triunfo; callejeamos por el Barrio Latino; visitamos la Plaza de la Concordia, la des Vosges y la Vendôme y seguimos el curso del Sena descubriendo sus numerosos puentes.

Siempre había sido escéptica con respecto a París. No sé si por los franceses o por su fama como ciudad de los enamorados. Quizá por ambos motivos. En cualquier caso, me sorprendió gratamente. Encontré un París que me hubiera gustado recorrer con más calma para descubrir más rincones; para entrar a museos, a los diferentes monumentos; para sentarme en una de las sillas verdes típicas de los parques; para comer más crepes; para visitar las catacumbas; para subir a la Torre Montparnasse o para perderme entre las lápidas de los cementerios. Supongo que habrá que volver.

Los gastos en París no se nos dispararon mucho, a pesar de que es una ciudad cara. Siempre hay opciones para todos los bolsillos, aunque haya que buscar mucho. El primer reto fue el alojamiento. Al ser cuatro, nos era más rentable un apartamento por Airbnb, que un hotel. Nos costó 36.63€ por persona para los dos días.

Por otro lado, para movernos, era imprescindible sacarse algún pase o abono, y lo hicimos con los locales, con la Navigo, que fueron 27.50€ por persona, con el gasto de expedición de tarjeta incluido.

Además, sacamos las entradas de la Torre Eiffel por internet. No es que nos ahorráramos dinero, pero sí tiempo. Otros 17€.

Por lo demás, el único gasto fue comer, y prácticamente lo solucionamos con el supermercado que teníamos frente al apartamento. En total fueron 42.20€ en este aspecto.

Así, la suma de nuestros gastos en la capital francesa fue 123.32€.

A veces lo barato sale caro. Coges una oferta, pero a medida que vas añadiendo extras, la cuenta va subiendo y al final resulta que no era tan ventajosa como parecía. Sin embargo, este no fue el caso, ya que los gastos por persona de todo el viaje no llegaron a los 800€. En situaciones normales, con ese dinero apenas nos habría dado para cubrir los vuelos.

Con la tarifa error y los vuelos Madrid – París ida y vuelta, nos gastamos 273.76€ por persona. Para el resto seguimos la misma rutina de siempre, y es que, aunque establecemos un presupuesto estimado para más o menos saber cuánto nos vamos a gastar, lo cierto es que siempre transcurre natural y no acabamos derrochando. Tiene que ver con la educación y hábitos adquiridos.

Así pues: 268.26€ de Bombay + 93.45€ de Mahé + 123.32€ de París = 485.03€. Que sumado a los vuelos (485.03€ + 273.76€) nos dan el total de 758.79€.

No nos salió nada mal la aventura.

Conclusiones de nuestra breve estancia en París

Cuando surgió este viaje a Bombay decidimos añadir unos días más en París antes de volver a casa y ya entonces sabíamos que íbamos a tener que seleccionar y que nos quedarían muchas cosas pendientes.

París tiene mucho que descubrir y es muy complicado elegir qué ver en una primera visita. En estos casos siempre solemos darle prioridad a la calle. Es decir, nos centramos en patear la ciudad, perdernos por sus barrios, observar su arquitectura y edificios emblemáticos. Y si da tiempo, quizá alguna visita de interés cultural o histórico, un paseo en barco por el río u otro tipo de atracción.

Así pues, creamos una planificación en la que intentaríamos conocer los barrios más importantes buscando aquellos básicos de la ciudad como el Sacre Cœur, el Louvre, el Pompidou, las islas, caminar por las riberas del Sena viendo los numerosos puentes cada uno de ellos diferente del anterior, relajarse por los jardines importantes de la ciudad, recorrer los Campos Elíseos, subir a la Torre Eiffel

Y si hubiera tiempo, quizá subir al Arco del Triunfo, a la torre de Notre Dame, al mirador de Montparnasse y visitar las catacumbas.

Intentamos aprovechar al máximo los días, y teníamos a nuestro favor suficientes horas de luz y unos 15º de temperatura media. Sin embargo, jugó en nuestra contra el factor cansancio acumulado de todo el viaje y una ciudad demasiado extensa, con demasiados atractivos en cada barrio, en cada rincón. París es todo un monumento en sí misma.

Aprovechamos bastante bien el primer día visitando Montmartre, la zona de Ópera, Le Marais, La Isla de San Luis, el Jardín de las Tullerías y acabando en la Plaza de la Concordia. Aunque llegamos cansados tras un largo viaje, el cambio de clima nos cambió totalmente las pilas.

Montmartre me encantó, y el hecho de que el barrio estaba aún despertando, con poco ajetreo por sus empedradas calles, nos permitió pasear tranquilamente observando cada rincón, cada plazoleta, cada local.

Ver cómo se pone en marcha una ciudad también tiene su encanto. Y observar a tus pies París desde la escalinata de la Basílica te anima a seguir con el paseo.

Montmartre aún mantiene ese encanto bohemio, ese barrio de artistas, y además, se ve mucho arte callejero en sus paredes.

Otro punto simbólico que no podíamos dejar de visitar en Montmartre es el Moulin Rouge, que aún hoy sigue funcionando.

Desde allí continuamos hasta las Galerías Lafayette que me dejaron con la boca abierta al ver esa cúpula tan ricamente decorada. Y aún más con sus vistas de la ciudad.

Después de dejar nuestras maletas en el alojamiento continuamos por la histórica Plaza de la Bastilla y por el barrio de Le Marais que nos condujo a la Isla de San Luis, dos barrios residenciales en los que habitan las clases acomodadas de la ciudad, sobre todo en la isla, un oasis urbano próximo al corazón histórico de la ciudad.

Acabamos nuestro primer día por todo lo alto con el Pompidou, el Louvre, el Jardín de las Tullerías y la Plaza de la Concordia. En el Pompidou nos quedamos con las ganas de subir a su mirador, pero se nos estaba yendo el sol y hubo que continuar nuestro recorrido. El Louvre me abrumó. El conjunto de edificios que lo componen está ricamente decorado y la plaza entera es impresionante. Y nos conduce a través del jardín a la Plaza de la Concordia, otra plaza emblemática de la ciudad desde la que vimos atardecer.

Aunque la Torre Eiffel parece un imprescindible en una primera visita a París, creo que nos quitó bastante tiempo del segundo día que podríamos haber aprovechado a pie de calle. Antes de subir paseamos por el barrio de Los Inválidos y el Campo de Marte, sin embargo, cuando bajamos, ya se nos había ido toda la mañana. Esto nos impidió entrar en otros monumentos como el Arco del Triunfo o Notre Dame, de hecho, cuando llegamos a la plaza de esta última había tremenda cola simplemente para acceder a la catedral. Imagino que hay dos opciones para subir: bien ir a primera hora, o bien armarse de paciencia y esperar en cualquier otro momento del día.

Ese día acabamos muy cansados, no obstante, no perdimos la oportunidad de salir de noche para ver otra perspectiva de la ciudad. Y aún así, tuvimos que elegir, pues no teníamos tiempo ni ánimos para salir de fiesta y perdernos por París. Así pues, nos acercamos a ver iluminada la Torre Eiffel y Moulin Rouge.

El último día fue algo más relajado porque ya habíamos asumido que no nos daría tiempo a ver lo que nos quedaba pendiente, pero intentamos aprovechar al máximo la mañana paseando por Saint Germain des Pres, el Jardín de Luxemburgo, la Universidad y el Barrio Latino.

Por la tarde, después de comer, nos quedaban unas horas antes de coger el avión, pero no las suficientes como para visitar las catacumbas. Y, aunque quizá sí que nos habría dado tiempo a subir a la Torre Montparnasse, decidimos seguir pateando algún tramo que nos habíamos dejado pendiente, como la Madeleine y la lujosa Plaza Vendôme. Y terminamos nuestra visita con unas compras.

Aunque quedó mucho por ver, no nos habría dado tiempo a recorrer tanto sin la ayuda del transporte público. La elección de la tarjeta Navigo fue un gran acierto, pues quedó prácticamente amortizada con los dos viajes al aeropuerto más las paradas en Gare du Nord a dejar el equipaje.

El metro de París cubre prácticamente toda la ciudad gracias a sus 16 líneas. Tiene buena frecuencia y hay muchas conexiones para poder hacer trasbordo de una línea a otra.

La primera de ellas fue inaugurada en 1900. Desde entonces, la red de metro no ha hecho más que crecer contando en la actualidad con 303 estaciones y 219 kilómetros de vías. Es la tercera más larga de Europa Occidental solo superada por Londres y Madrid.

El metro funciona de 5:30 a 1:00. Aunque los viernes y sábados cierra a las 2:00.

Se dice que no hay ningún punto de París alejado más de 500 metros de una estación, aunque con señalización diversa.

Algunas de ellas cuentan con unas salidas muy pintorescas.

Hay estaciones con pasillos interminables y múltiples desvíos. Sin embargo, está bien indicado y además, cuenta con paneles informativos que indican los horarios y avisan de posibles incidencias a tiempo real.

Una vez en el andén, también hay paneles que señalan la línea en que estás, el sentido, la hora, y lo que le falta al tren por venir, y además, a un segundo. Es bastante fácil moverse por la red de metro parisina. Y por si fuera poco, las locuciones se repiten en inglés, francés, español, alemán e incluso chino y japonés. Asimismo, la información dentro de los vagones con las advertencias de seguridad está en varios idiomas.

No obstante, en algunas líneas debían estar dando un lavado de cara a las estaciones, puesto que estaban como en bruto.

El RER tan solo lo cogimos para ir y volver del aeropuerto, trayecto que lleva apenas unos 50 minutos y sin apenas paradas.

El bus solo lo cogimos una vez para acortar desde la Estatua de la Libertad a Trocadero y parecía tener buena frecuencia. Eso sí, también depende del tráfico, no nos olvidemos que estamos hablando de una gran capital. De ahí que cogiéramos más el transporte suburbano.

El apartamento a pesar de no estar céntrico creo que fue buena elección, pues estaba bien comunicado. Además, teníamos cerca un supermercado, que nos permitió hacer la compra y solucionar desayunos y cenas.

Esos tres días de París sirvieron como aperitivo, pues se quedaron cortos. Es una ciudad inabarcable. Además de los lugares a los que no entramos por falta de tiempo, me da la sensación de que nos quedaron muchos rincones por descubrir y que no observé con todo el detenimiento que se merece una ciudad con tanta historia en su pasado y una arquitectura tan rica (no hay que olvidarse de mirar hacia arriba para no perderse hermosas azoteas). Supongo que no nos quedará otra que volver algún día.

Día 10 II Parte. París. Iglesia de la Madeleine y Plaza Vendôme

Tras comer, nos dividimos. Los escoceses se marcharon al aeropuerto, pues tenían el vuelo a primera hora de la tarde, y nosotros, que lo teníamos a última hora de la tarde, intentamos aprovechar lo que nos quedaba de tarde. En un principio pensábamos subir a la Torre Montparnasse y visitar las Catacumbas, que quedaban cerca de la zona. Sin embargo, contábamos con poco tiempo para visitar las Catacumbas con calma. Así pues, decidimos seguir paseando en busca de algún punto de interés que se nos había quedado perdido en el mapa.

Tomamos el metro hasta la Plaza de la Concordia. Ya la habíamos visitado en nuestro primer día, pero era al atardecer y queríamos verla con más luz.

Desde allí, la Rue Royale nos conduce a la Iglesia de la Madeleine, una iglesia católica que sorprende por su diseño, ya que recuerda a un templo griego con sus 52 columnas corintias de 20 metros de alto y con el frontón que representa la escena de El Juicio Final.

Comenzó a construirse en 1764, pero las obras se vieron interrumpidas con la Revolución Francesa. Napoleón decidió continuar con los trabajos en 1806, pero cambió totalmente el diseño y se echó prácticamente abajo todo lo que se había construido.

Sobre todo cambió el aspecto interior. La idea original era construir un templo en honor a la Armada Francesa, pero este fin dejó de tener sentido cuando se erigió el Arco del Triunfo y en 1842, con la caída de Napoleón pasó a ser usada como iglesia en honor a Santa María Magdalena, función que sigue cumpliendo hoy en día.

Su planta cuenta con una única nave de tres cúpulas. En la superior destaca un fresco sobre la historia del cristianismo. Frente al exterior neoclásico, el interior es de estilo barroco. Unas robustas puertas decoradas con motivos religiosos nos dan la bienvenida.

El interior es muy sencillo y está sumido en la penumbra. Su órgano es uno de los mejores de París.

Una escultura de la Asunción de la Magdalena preside el altar mayor.

Tras visitar la iglesia, nos adentramos en el I distrito rumbo a la Place Vendôme. Es una zona en la que abundan los hoteles de lujo y las marcas de renombre como Chanel, Nina Ricci, Cartier, Bulgari o Christian Dior.

La plaza, construida en 1698, tiene una longitud de 124 metros y un ancho de 213 metros en un diseño octogonal. Fue concebida para acoger academias y embajadas, sin embargo, los banqueros se adelantaron, compraron los terrenos y levantaron suntuosas mansiones.

Es una plaza espectacular en cuyo centro se erige un gran obelisco, la Columna de Austerlizt, que conmemora la victoria de Napoleón en dicha batalla. En lo alto de sus 44 metros está coronada por una estatua del emperador. Fue construida con cañones de los imperios ruso y austríaco e imita la Columna Trajana de Roma. En su lugar, antes de la Revolución Francesa, había una estatua de Luis XIV.

Con el paso de la historia ha recibido varios nombres: Plaza Luis el Grande, Plaza de las Conquistas, Plaza Internacional y Plaza de las Picas. Y ha sido lugar de residencia de personajes célebres como Chopen o César Ritz, que fundó su hotel en el número 15 a principios del siglo XX. El nombre de Vendôme lo toma de otro hotel que hay en la plaza.

Hoy es el paradigma de la exclusividad, la opulencia, el lujo y las compras debido a sus joyerías y tiendas de alta costura.

Se nos acababa el tiempo, así que tomamos el metro hasta Montmartre para comprar recuerdos de última hora y de vuelta a Gare du Nord a por las mochilas.

Ninguna de las veces anteriores habíamos salido al exterior, así que esta vez lo hicimos, y el edificio de estilo neoclásico es impresionante. Destaca su fachada decorada con 23 estatuas que representan las ciudades a la que llega la compañía ferroviaria. Las que coronan el edificio simbolizan destinos internacionales.

La primera estación abrió en 1846, aunque enseguida se quedó pequeña y fue demolida parcialmente en 1860 para erigir una nueva, que es la que vemos hoy en día. La nueva construcción llevó desde 1861 a 1865. En 1885 se añadieron cinco vías extra. Cuatro años más tarde se reconstruyó entero y se amplió el lado este para las líneas suburbanas. En el siglo XX hubo dos nuevas ampliaciones, una en 1930 y otra en 1960. Actualmente es la estación de tren más grande de la ciudad.

Justo al salir al exterior hay una peculiar casa ladeada que supongo que es algún tipo de obra vanguardista.

Y con esto finalizó nuestra visita a París, volvimos de nuevo al interior para tomar el RER que nos llevaría al aeropuerto. Aunque la línea es exprés y apenas realiza un par de paradas, fácilmente lleva una hora llegar hasta la terminal del Charles de Gaule.

Habíamos hecho el checkin, pero no llevábamos las tarjetas de embarque porque no me llegó el correo electrónico, así que lo primero que hicimos fue ir a una de las máquinas para sacarlas. Y como no teníamos nada que facturar, pasamos el control y nos fuimos a la puerta. Y de nuevo, como a la vuelta de Japón, nos tocó la zona cuyo techo es de cristal.

No sé quién fue el lumbreras que la diseñó, pero hace mucho calor, ya que aquello parece un invernadero. De hecho, si embarcas al atardecer, el sol te da de lleno a través de la cristalera y tienes que acabar recurriendo a un parasol como las asiáticas que teníamos enfrente.

Para más inri, nos avisaron de que el vuelo salía con retraso. Aunque, por suerte, tan solo fue unos cuarenta minutos.

El vuelo fue tranquilo e incluso nos dieron un tentempié para medio cenar.

Para cuando llegamos a Madrid tan solo queríamos darnos una ducha y dormir. Se nos había acabado el viaje.

Día 10. París. Saint Germain des Pres y Quartier Latin

Nuestro último día en París y aún nos quedaba mucho por ver. Sin embargo, no contábamos con muchas horas. Los escoceses tenían el vuelo después de comer y nosotros a media tarde, por lo que apenas contábamos con la mañana.

Desayunamos, cerramos el equipaje, recogimos el apartamento y marchamos rumbo a Gare du Nord a dejar nuestras maletas y mochilas en las taquillas. Desde allí tomamos el metro hasta Saint Germain des Pres, nuestro punto de partida. Tras la II Guerra Mundial este barrio fue lugar de residencia de intelectuales como Jean-Paul Sartre, Simone de Beauvoir o François Truffaut. Se convirtió en centro cultural, pues era donde se reunían pensadores, músicos, escritores, actores y artistas en general. Hoy ha perdido algo de ese prestigio, sin embargo sus cafés siguen siendo lugar de reunión de periodistas, actores o políticos.

Nuestra primera parada fue la Iglesia Saint Germain des Pres, que le da nombre al barrio. Fue fundada como Basílica en el siglo VI para albergar reliquias y tumbas de reyes. Después se construyó un monasterio benedictino al que se le puso el nombre de Germain en honor a un monje.

La abadía se extendió tanto y adquirió tanta importancia que acabó dándole nombre al barrio. Fue un relevante centro intelectual hasta que en la Revolución fue disuelta, también se destruyeron las tumbas reales de su necrópolis.

Hoy en día quedan en pie la iglesia y el Palacio del Abad. En el interior de la capilla descansan desde 1819 los restos de René Descartes.

No muy lejos queda la Iglesia de Saint Sulpice. 

Es la segunda iglesia más grande de París después de Notre Dame. Fue construida en el siglo XVII, aunque sus cimientos pertenecen a un antiguo templo románico. En 1645 se encargó una ampliación para albergar a más feligreses, ya que la población estaba creciendo, sin embargo, tardaron 130 años en terminarla.

Su fachada es de estilo italiano, con dos hileras de columnas. Cuenta con dos torres, que son diferentes, ya que fueron diseñadas por dos arquitectos distintos. Una mide 68 metros y la otra 73.

Además, esta iglesia alberga en su interior el gnomon, un sistema astronómico instalado en 1743 por los científicos del Observatorio de París para determinar los equinoccios. Este aparato llamó la atención de Dan Brown, quien la hizo escenario de El Código Da Vinci.

Es Monumento Histórico desde 1915 y en ella se guardan dos importantes obras de Delacroix: Jacob luchando contra el ángel y Heliodoro expulsado del templo. Me llamó la atención que hubiera sillas, como en los templos ortodoxos, y no bancos, como suele ser habitual en las iglesias católicas.

Sobre la puerta de acceso encontramos un impresionante órgano de tubos que data de 1862 y que aún funciona hoy en día.

La iglesia se encuentra en la plaza de Saint Sulpice, en cuyo centro se alza “La Fuente de los Cuatro Puntos Cardinales” de Visconti. En ella se representan los cuatro obispos predicadores de la época de Luis XIV: Bossuet, Flechier, Massillon y Fenelon. Cada uno de ellos señala un punto cardinal.

Tomando la Rue Garancière llegamos a los Jardines de Luxemburgo.

María de Médici, la reina regente de Francia, cansada del Louvre, mandó construir un palacio de estilo italiano que le recordara a su Florencia Natal, el Palacio de Luxemburgo. Con el paso del tiempo el jardín se le quedó pequeño y fue adquiriendo terrenos adyacentes para anexionarlos y ampliarlo. María no lo vio completado, pues para cuando se terminó el palacio ella ya había sido desterrada.

Sus siguientes dueños realizaron algunos cambios, pero no los cuidaron de igual modo y llegaron a estar abandonados. Con la Revolución Francesa el Palacio fue transformado en prisión. Más tarde, durante la II Guerra Mundial los nazis lo usaron como cuartel, llegando a construir incluso un búnker en el jardín.

La superficie de 25 hectáreas pertenece al Senado, que tiene su sede en el Palacio, aunque los jardines están abiertos al público y hoy se han convertido en un lugar de esparcimiento para parisinos y visitantes. La disposición de los jardines se articula en torno al palacio y su centro es el lago octogonal. Los jardines son muy completos y en ellos se pueden realizar diferentes actividades. Cuentan con zonas para pasear entre estatuas y esculturas; con otras habilitadas para jugar al tenis, a la petanca u otros deportes; con espacios de juegos para niños, teatros de marionetas y un tiovivo; con huertos, restaurantes y hasta una escuela de apicultura… Además hay espectáculos y se puede contratar un paseo a caballo.

Pero también podemos encontrar en los Jardines de Luxemburgo un buen lugar donde descansar lejos del bullicioso transitar de la ciudad. En el recinto abundan las sillas verdes de metal, al igual que en el de las Tullerías. Había mucha gente sentada leyendo o jugando al ajedrez.

Y si se va con niños, se puede alquilar un barquito y jugar a manejarlo con una vara. Me resultó muy curioso este entretenimiento, no lo había visto en mi vida, pero parecía causar sensación entre los pequeños parisinos.

Abandonamos los jardines y nos dirigimos al Panteón.

Fue construido entre 1764 y 1790. Ordenado por Luis XV como agradecimiento por recuperarse de una grave enfermedad, fue dirigido por Jacques-Germain Soufflot al inicio y, tras su muerte, por Jean Baptiste Rondelet. Es uno de los primeros monumentos de estilo neoclásico que se erigió en Francia. En origen iba a ser una iglesia dedicada a Santa Genoveva, patrona de la ciudad, sin embargo, los problemas económicos y la muerte del arquitecto provocaron que no se finalizara hasta la Revolución Francesa, y en aquel momento primaba más el sentimiento patriótico que el religioso, por lo que se decidió que se convirtiera en templo para albergar los cuerpos de los ilustres de la patria. En 1793 se grabó la inscripción Aux grand hommes, la patrie reconnaissante (A los grandes hombres, la patria agradecida) en el frontispicio. El Panteón es Monumento Histórico desde 1920.

El diseño del Panteón está basado en el de Agrippa en Roma y pretendía combinar la sencillez de la arquitectura gótica con la majestuosidad de la griega. Tiene una planta con cuatro naves en forma de cruz griega. En el centro se alza la cúpula inspirada en la londinense Saint Paul. Durante años fue el lugar más alto desde donde divisar la ciudad, después perdió ese reconocimiento al construirse la Torre Eiffel.

Durante el siglo XIX sirvió fue alternando su fin, siendo usado tanto religioso como patriótico, dependiendo del régimen político. A partir de 1806 fue lugar de culto, y tras la caída de Napoleón se eliminó la inscripción del frontispicio quedando únicamente como iglesia. Sin embargo, en 1830 volvió a ser un panteón, conocido como el Templo de la Gloria (que se renombró como Templo de la Humanidad en 1848). En el Segundo Imperio vuelve a ser un templo religioso y, finalmente, en la Tercera República fue cuando se convirtió en mausoleo y comenzó a albergar los cuerpos de personalidades ilustres. En él descansan los féretros de Rousseau, Voltaire, Jean Jaurès, Marie Cure, Louis Braille, Victor Hugo, Alejandro Dumas, entre otros.

En 1851 Foucalt, aprovechando la altura del edificio, instaló un péndulo para probar la rotación de la tierra. Lo que se puede ver ahora es una réplica que se instaló en 1995.

Alrededor de la Plaza del Panteón se encuentra la Biblioteca de Santa Genoveva, la Facultad de Derecho de la Universidad de la Sorbona y el Ayuntamiento, estos dos últimos prácticamente iguales.

La Universidad de la Sorbona es una de las universidades más antiguas y prestigiosas del mundo. Fue fundada en el siglo XIII por Robert de Sorbon, que pretendía que los jóvenes pobres pudieran acceder a los estudios de teología. Se localiza en el mismo lugar en que se fundó, aunque se ha ido expandiendo con nuevos edificios por el barrio, e incluso en otros puntos de la ciudad. Desde 1970 está dividida en 13 facultades en las que se puede estudiar Ciencias Sociales, Humanidades, Artes, Historia, Economía, Derecho, Geografía o Filosofía. Las aulas que todavía se utilizan fueron reconstruidas entre los años 1885 y 1901.

Fue testigo del famoso Mayo Francés, cuando grupos estudiantiles de izquierda protestaron y la ocuparon.

Bordeando el Panteón, llegamos a la Iglesia Saint-Etienne-du-Mont.

Fue erigida en el siglo VI como una capilla a partir de la cripta de la abadía de Santa Genoveva. Sin embargo, lo que vemos hoy en día data de finales de siglo XV.

En esta iglesia catalogada como monumento histórico se guardan los restos de la patrona de la ciudad. Y también a ambos lados del presbiterio se encuentran las tumbas de Blaise Pascal y Jean Racine.

Continuamos en el barrio hasta llegar a la Gran Mezquita de París, construida en 1926 en estilo hispanoárabe.

Es la mayor de Francia con una extensión de una hectárea de superficie. Tiene una sala de oraciones, una escuela, biblioteca, sala de conferencias, restaurante, salón de té, un baño turco y establecimientos comerciales donde venden productos tradicionales árabes.

Cuenta con un minarete de 33 de metros inspirado en el de la mezquita Zitouna de Túnez. El resto de la mezquita copia el estilo de la de El-Qaraouiyyîn de Fès, en Marruecos.

Volvimos hacia el corazón del barrio por la Rue Mouffetard, una de las calles con más vida, plagada de restaurantes y cafés. Al parecer es una de las calles más económicas, así que decidimos buscar un lugar donde comer antes de despedirnos de los escoceses.

No podíamos irnos de París sin probar las crêpes, así que acabamos en La Petite Bretonne, un restaurante en el que por 12-13€ tienes un menú con una crêpe salada y otra dulce. Eran inmensas y estaban muy ricas.

Yo apenas llegué a la dulce de lo llena que acabé con la salada.

Y hasta aquí nuestra ruta matutina.

Día 9 IV Parte. París. Torre Eiffel y Moulin Rouge. Visita Nocturna

De vuelta al apartamento pensamos que al día siguiente nos marcharíamos y sería la última oportunidad que tendríamos durante nuestro viaje de ver la ciudad de noche. Así pues, volvimos al alojamiento, nos duchamos, cenamos, dejamos medio preparado el equipaje y volvimos a salir.

Como era tarde y estábamos cansados, decidimos que teníamos que seleccionar. ¿Y qué más icónico de París que la Torre Eiffel y el Moulin Rouge?

Así pues, tomamos el metro y para ver la torre nos fuimos a Trocadero, desde donde se obtiene una buena panorámica, aunque había unas vallas que no permitían acercarse al muro. No éramos los únicos que habíamos tenido la misma idea, había mucha gente con teléfono o cámara en mano inmortalizando el momento.

La vista es totalmente diferente a la de del día. La torre acapara todas las miradas, y, al fondo, la basílica de Notre Dame. La torre cuenta con un par de haces de luz azul que van girando y que se ven hasta 80 kilómetros de distancia en noches claras.

Y lo mejor llega a las horas en punto, cuando la iluminación deja de ser fija y comienza a brillar. Esto es gracias a unas 20.000 luces parpadeantes

Esta iluminación fue añadida en 1985 y está protegida por los derechos de autor aplicables a una obra artística según el marco legal francés. Según la web del propio monumento: “La Torre Eiffel construida en 1889 es de dominio público. Las vistas de la torre de día están libres de derechos. En cambio, sus diferentes iluminaciones están sujetas a derechos de autor y derechos de marca. Cualquier uso profesional o comercial de dichas imágenes deberá realizarse previa solicitud a la Société d’Exploitation de la Tour Eiffel (SETE).”

Así pues, parece que solo es aplicable en casos en los que se vaya a tener un rendimiento comercial, por lo que no se aplicaría al uso particular.  Como siempre las leyes a la vanguardia de la actualidad. No parece tener mucho sentido este tipo de normativa teniendo en cuenta la forma en que nos relacionamos y comunicamos hoy en día.

Cuando acabaron los brillos, volvimos al metro y nos dirigimos a Montmartre, para ver el Moulin Rouge iluminado. Aquí no solo cambiaba el aspecto de la fachada, sino que el barrio estaba mucho más animado, algo normal un viernes a medianoche.

Tras las fotos de rigor, volvimos de nuevo el metro rumbo al apartamento, esta vez para dormir, pues estábamos agotados.

Día 9 III Parte. París. Palacio Borbón, Museo D’Orsay e Isla de la Ciudad

El Pont Aleixandre nos lleva al barrio de Saint Germain des Pres, el barrio que en su día lideraba la vida intelectual parisina en los años 50 del siglo pasado. Hoy en día está más urbanizado y animado que entonces. Conserva de aquella época algunas editoriales y los escritores aún frecuentan el barrio para reunirse con sus agentes.

Continuamos hasta el Palais Bourbon. Originalmente construido en 1722 para Louise-Françoise de Bourbon, duquesa de Borbón, hija legitimada de Luis XIV, hoy en día es la sede de la Asamblea Nacional, la cámara baja del parlamento francés.

Su portada da al Puente de la Concordia, que conduce a la Plaza del mismo nombre.

Continuando por el margen del río, vamos dejando en la orilla contraria el Jardín de las Tullerías y llegamos al Museo D’Orsay, el más famoso de París tras el Louvre.

El edificio es impresionante. En origen, 1900, era una estación de tren, que estuvo a punto de ser derruida. Sin embargo, en 1986, tras llevar 47 años cerrada, se decidió que se convirtiera en museo. De aquella época como estación ferroviaria conserva la estructura y el reloj del frontal interior de la nave, a modo de rosetón de iglesia.

Se creó para que acoger artes plásticas del siglo XIX, una época que no cubre ni el Louvre ni el Pompidou. Ofrece una colección permanente, pero también exposiciones temporales que documentan el contexto social, político y tecnológico de las obras. Destacan obras de Van Gogh como “La noche estrellada sobre el río Ródano” o “Autorretrato”; de Renoir “Baile en el Moulin de la Galette”; o de Gaugin  “Mujeres de Tahiti”.

Siguiendo Quai Anatole France llegamos al Pont Royal, que nos conduce al Palacio de las Tullerías, sin embargo, continuamos andando, pues ya habíamos recorrido esa parte el día anterior.

El siguiente puente es el Pont du Carrousel, que nos conduce al Louvre. Más adelante nos queda el Pont des Arts, es conocido como el “puente de los candados” por la moda de la novela de Federico Moccia.

La barandilla cedió hace tiempo y se retiraron todos los candados. No obstante, se han seguido colocando. Incluso hasta en las farolas.

A continuación llegamos a la Isla de la Ciudad, el primer puente que la cruza es el Puente Nuevo. Aunque de nuevo tiene poco, ya que es el más antiguo de la ciudad, y también el más largo, con 232 metros. Recibe este nombre porque fue el primero de piedra que se construyó en París cuando todos los anteriores eran de madera.

Es el primer puente que cruza todo el Sena, ya que atraviesa la isla y conecta ambas orillas del río. También era novedoso el hecho de que incorporara aceras para los peatones y balcones con forma de semicírculos para los puestos de los comerciantes y artesanos.

Junto al puente, en la isla, está la estatua ecuestre de Enrique IV, una copia de 1817 de la original de 1614 que fue destruida durante la Revolución Francesa.

Continuamos hasta el siguiente puente, el Pont Saint Michel, construido entre 1378-1387.

Como ocurrió con otros puentes en la época, se llenó de casas, y una riada en 1408 las derribó. Se volvió a construir, solo que en vez de piedra como en su origen, se levantó de madera porque el país estaba pasando por dificultades económicas. En 1547 varios barcos impactaron contra él y se hundió, lo que provocó 17 muertos. Dos años más tarde fue reconstruido, pero de nuevo en 1616 volvió a quedar destruido por la climatología.

Entre 1618 y 1624 se volvió a reconstruir y aguantó hasta 1857 que se llevó a cabo una nueva restauración, dado que se consideraba demasiado estrecho. Esta es la versión que finalmente ha llegado hasta nuestros días con sus 3 arcos, una longitud de 60 metros y una anchura de 30.

Frente a él se encuentra la majestuosa Fontaine Saint Michel. En el Segundo Imperio, durante el plan de transformación urbanística de Haussmann se pretendía ocultar una fachada. En un principio se pensó en una estatua de Napoleón, pero se descartó y se valoró la idea de una obra que representara la lucha del Bien y del Mal. Así pues, se erigió esta estatua en la que el Arcángel Miguel, espada en mano, somete al Demonio. Fue la última fuente que se colocó en una fachada, todas las posteriores se ubicaron en plazas o parques.

Tomando el puente, nos adentramos a la isla. La Isla de la ciudad se encuentra en el punto donde se fundó París. Era tan solo una aldea primitiva cuando la conquistó Julio César en el año 53 a.C. En ella establecieron su residencia los reyes de Francia entre los siglos X y XIV. Vivían en el Palacio, en cuyo interior se encontraban la Sainte-Chapelle y la Conciergerie, hoy incluidas en el complejo del Palacio de Justicia y ambas declaradas patrimonio de la humanidad por la UNESCO.

Hoy ha perdido poder, pues no es donde reside ni el gobierno ni las autoridades eclesiásticas, pero atrae a miles de visitantes gracias a la Catedral de Notre Dame.

Construida entre 1163 y 1345 en estilo gótico, es iglesia y sede episcopal. La fachada está ricamente decorada y flanqueada por dos torres de 69 metros de altura. Tiene planta de cruz latina y mide 40 metros de fachada por 130 de largo. Cuenta con cinco naves y un interior sobrio. Destaca sobre todo el famoso rosetón en el que aparece la Virgen en un bajorrelieve de azules y verdes intensos.

Erigida sobre el emplazamiento de un templo romano, es una de las más antiguas de Europa. No adquirió fama mundial hasta la novela de Victor Hugo, El jorobado de Notre Dame. Fue en ese momento cuando los parisinos echaron la vista al corazón de la ciudad e iniciaron acciones para recuperarla.

Ha formado parte de momentos importantes en la Historia como la coronación de Napoleón Bonaparte, la beatificación de Juana de Arco y la coronación de Enrique VI de Inglaterra. También ha sido escenario de desórdenes: los revolucionarios la saquearon y la convirtieron en un centro de la razón y la usaron como almacén de vinos.

Nuevamente fue secularizada en 1804 por Napoleón y fue restaurada, volvió a colocar las estatuas requisadas, alargó la aguja y reparó las gárgolas.

Se puede subir a las torres en grupos de 20 personas. Tras 400 peldaños se obtener una panorámica sobre el Sena y sus puentes desde la torre sur.

En la plaza se puede ver el punto cero desde donde se cuentan las distancias en Francia.

La verdad es que me gustó bastante más el Sacre Coeur que Notre Dame, al menos su portada, ya que si la rodeamos y nos dirigimos a la Plaza Jean XXIII obtenemos una buena vista de la trasera de la Catedral.

Desde el siglo XVII el palacio arzobispal se alzaba en la plaza, pero fue saqueado con las revueltas de 1831 y tuvo que ser demolido. La fuente de la Virgen se construyó en 1845.

Bordeando la isla llegamos al Boulevard du Palais, calle en la que se encuentra la Conciergerie.

Ocupa la sección norte del antiguo palacio de los Capeto. Cuando el rey Carlos V se trasladó a finales del siglo XIV al palacete de Saint-Pol nombró a un conserje con poderes de justicia. Este palacio se quedó como sede administrativa y jurídica real, y la Conciergerie pasó a ser una prisión. Durante la Revolución fueron encerrados más de 4000 presos, entre los que se encontraba María Antonieta. También Robespierre y Danton antes de ser guillotinados. Hoy alberga la Sala de Militares.

De estilo gótico, fue restaurado en el siglo XIX. Conserva la cámara de torturas del siglo XI y el reloj de la torre, que es el más antiguo de la ciudad y aún funciona.

En la misma calle se encuentra la Sainte Chapelle. Pasa desapercibida por la fama legendaria de Notre Dame, pero es una de las maravillas de la arquitectura gótica de Francia. Por fuera no es nada espectacular, queda escondida tras la fachada del Tribunal Supremo. Al parecer, es su interior lo que llama la atención, pues no tiene muros, sino que está rodeada por 13 vidrieras de gran belleza. Las 1113 escenas de las 15 vidrieras cuentan la historia de la humanidad desde el Génesis hasta la resurreción de Cristo.

Está dividida en dos secciones: la capilla inferior y la superior. La inferior era para uso de los cortesanos, mientras que la superior era usada únicamente por la realeza, a la que se accede por una estrecha escalera.

Fue construida en 1248, bajo las órdenes de Luis IX, quien era extremadamente devoto y de hecho llegó a ser canonizado tras su muerte. En 1239 compró la Corona de Espinas al emperador de Constantinopla y en 1241 un fragmento de la Santa Cruz. Quiso que se levantara esta capilla para guardar estas reliquias. Es curioso que la construcción del templo le costara menos dinero que lo que había pagado por los tesoros. La Corona de Espinas se guarda en Notre Dame.

Nosotros no contábamos con mucho tiempo, ya estaba comenzando a atardecer, y además la entrada nos pareció desorbitada, por lo que no entramos.

Salimos de la isla por la Rue de la Cité y cruzamos al Barrio Latino, donde se encuentra la calle más estrecha de París, la rue du Chat-qui-Pêche, una calle que tan solo mide un metro y ochenta centímetros de ancho.

Callejeamos un poco por la zona en busca de algún recuerdo, ya que vimos que había bastantes tiendas, locales y restaurantes. Así nos encontramos con la Iglesia de San Severín, una de las iglesias más antiguas de París. Y no solo eso, sino que en su torre se encuentran las campanas más antiguas de la ciudad, que datan de 1412.

La iglesia se erigió en el lugar al que iba un peregrino a rezar en el siglo VI, un ermitaño que se llamaba Severín, claro. Quedó destruida por las invasiones vikingas ocurridas en los siglos IX y X. En el siglo XI se comenzó a restaurar, no terminándose los trabajos hasta el siglo XV.

Es de estilo gótico flamígero parisino y conserva del siglo XIII los tres primeros tramos de la nave, el resto de la iglesia es de mediados del siglo XV.

Cansados, regresamos al apartamento.