Viajar V (2016)

No todos los años se puede seguir el ritmo del 2015 cuando visitamos Japón, Viena, Praga, Budapest, Bratislava y Estambul. En 2016 tan solo hicimos dos viajes. Por un lado un Road Trip por Escocia a finales de julio – principios de agosto, y ya en diciembre una escapada a Atenas y Sofía. Que tampoco se puede decir que sea poco.

Normalmente intentamos hacer una escapada en el primer semestre del año para desconectar antes de las vacaciones de verano, pero tocó reforma en casa, así que aprovechamos la primavera para poner algo de orden, que falta hacía después de un año con el suelo levantado, un agujero en el techo y las paredes llenas de chorretones de por donde había caído el agua.

Así que, nuestro primer viaje de 2016 fue a tierras escocesas, un país al que le teníamos ganas. Después de varios viajes en los que han predominado las ciudades, ya tocaba volver al verde.

Esto no quiere decir que no visitásemos ciudades, ya que partimos y terminamos en Edimburgo y también pasamos por Glasgow o Aberdeen, pero no eran nuestra prioridad. Había mucho que descubrir. En un par de semanas no nos daba tiempo a ver todo, ni muchísimo menos, pero intentamos conseguir la experiencia escocesa combinando kilométricas playas, escarpadas montañas, frondosos bosques, desiertos páramos, ciudades llenas de historia, castillos llenos de encanto, e incluso una visita a una destilería.

Este Road Trip por Escocia ha sido toda una experiencia. Ya sospechaba que me iba a gustar el país si se parecía una mínima parte a lo que ya había imaginado. Pero es que la realidad superó a las expectativas con creces. Escocia es un país espectacular que concentra una gran variedad de atracciones.

Sin duda me quedo con Edimburgo, una ciudad construida sobre su historia que cautiva al visitante al primer golpe de vista. En ella se respira su alma gótica con sus edificios antiguos, cementerios lúgubres, closes estrechos y las calles empedradas y húmedas. Es el contraste de la intacta Old Town en la que predominan las callejuelas vertiginosas y sus estrechos callejones medievales donde aún se sienten las estrecheces de la vida intramuros; frente a la elegancia del ensanche de la Ciudad Nueva en la que se suceden casas georgianas, jardines bien cuidados y una organización de las calles y plazas muy cuadriculada. Tiene dos almas.

Y aunque su castillo es una de las joyas del país, si tuviera que elegir uno de todos los que visitamos, me quedaría con el de Stirling. Es una parte importante de la herencia escocesa y está lleno de historia. Por un lado porque fue testigo de las diferentes batallas que tuvieron lugar en su colina. Además, fue protagonista de la Primera Guerra de Independencia de Escocia, que se inició con la invasión de las tropas de Eduardo I. Cuando los ingleses se hicieron con la Piedra del Destino y se la llevaron a la Abadía de Westminster, se inició una revuelta popular escocesa comandada por William Wallace. La última batalla que vivió fue la defensa ante el ataque jacobita en 1746. Por otro lado, el castillo fue el lugar en el que se han coronado muchos reyes y reinas de Escocia, entre ellos María I de Escocia en 1542. Además, algunos de los reyes escoceses, como James III, nacieron en el castillo.

No estoy quitándole importancia al de Edimburgo, que además guarda las Joyas de la Corona. Y estéticamente incluso es más uniforme. Pero el de Stirling es mucho más didáctico, más fácil de imaginar cómo era la vida en sus diferentes estancias gracias a las recreaciones o los actores que por allí se pasean. El conjunto hace que sea una visita muy atractiva, lúdica y didáctica.

Si tuviera que escoger uno de los que quedan solo las ruinas dudaría entre el de Saint Andrews y el de Dunnottar. Ambos se encuentran colgados sobre el mar, aunque quizás el de Stonehaven impresione más por tener un acceso tan complicado.  Es un castillo emblemático por su enclave impresionante que es para enmarcar, además de por ser clave en uno de los momentos más importantes de la historia de Escocia. Esta situación estratégica y defensiva le sirvió a William Wallace durante la lucha escocesa por la independencia en el año 1300 para atraer a una tropa inglesa y después quemarla viva en una capilla. También se escondieron aquí las Joyas de la Corona escocesa en el siglo XVII por ser considerada la fortaleza más segura del reino.

En cuanto a las playas tendría también mis dudas. No sabría decidirme entre la de Balnakeil Bay y la de Dornoch. Balnakeil tiene algo más de personalidad con la Durness Old Church al fondo, aunque la de Dornoch es más larga e impresiona más.

Seguramente me habría gustado también la Secret Beach que nos recomendó Sarah, pero nos equivocamos de sitio. Sin embargo, las vistas desde lo alto del acantilado eran también dignas de ver y no fue una pérdida de tiempo.

Pero para acantilados los de John O’Groats, desde donde se pueden divisar a lo lejos las famosas Stacks, esas formaciones rocosas de 64 metros de altura resultado de la erosión provocada por el azote del mar y el viento.

Y por supuesto, si de formaciones rocosas hablamos, no podemos olvidarnos del Old Man of Storr, que, sin duda, fue mi parada favorita de todo el viaje. Para esta caminata de 4 kilómetros cuesta arriba es imprescindible un buen calzado, algo de comida y bebida por si tuviéramos algún bajón. Sí, es exigente, hay que prestar atención al terreno por donde vamos pisando y ponerle ganas y ánimos, pero al llegar arriba todo se queda ensombrecido por las vistas. No son unas rocas sin más, por algo es uno de los paisajes más fotografiados del país. Y me recordó el porqué de querer recuperar los viajes en que nos perdíamos en la montaña.

Fueron apenas dos semanas, pero exprimimos al máximo los días para sacar lo mejor de Escocia. Sin duda, junto con Noruega, uno de mis países favoritos hasta la fecha.

A finales de año hicimos una escapada a Sofía con una breve escala en Atenas que nos permitió revisitar la capital helena, la cuna de nuestra civilización. Habíamos estado en 2008 como punto de partida de nuestro primer crucero, y la habíamos pateado en visión exprés. Sí, ya sé que una escala de 24 horas no es precisamente relajada, pero nuestra vez anterior salimos a las 4 de la tarde del barco tras el procedimiento de registro y creo que teníamos que volver a las 8 para zarpar. Así que apenas nos dio para mucho. Y aún así conseguimos subir a la Acrópolis, callejear por Monastiraki, Plaka, asistir al cambio de hora en Sintagma y llegar hasta el Templo de Zeus Olímpico.

Así que, con estos antecedentes, 24 horas era muchísimo tiempo incluso contando con lo pronto que anochecía. Y además tuvimos la suerte de que no nos lloviera. Hacía frío y hubo que abrigarse bien, pero en seco.

Como se ve en el mapa subimos hasta el Acrópolis, después continuamos por el Ágora Romana, el Antiguo Ágora y el Cerámico; callejeamos por los barrios de Psirrí, Monastiraki y Plaka; visitamos la Catedral y pasamos por la Plaza Sintagma; seguimos paseando Ermou hasta llegar al Arco de Adriano y el Templo de Zeus Olímpico y para finalizar la mañana pasamos por el Estadio Olímpico, el Zappio y los Jardines Nacionales. Por la tarde subimos al Monte Licabeto para ver atardecer.

No nos habría dado tiempo a cumplir con todo el recorrido si hubiéramos entrado en todos los conjuntos arquitectónicos. Por ese motivo filtramos y visitamos los que nos parecían imprescindibles como la Acrópolis o el Antiguo Ágora con el Templo de Hefesto, la Stoa y las ruinas. Sin embargo, obviamos otros porque lo poco que se conserva en pie se ve desde fuera, como el Cerámico, la Biblioteca de Adriano, el Templo de Zeus o el Ágora Romana.

En la segunda etapa de este viaje, y motivo principal en realidad, visitamos Sofía. Descubrimos un poco de Bulgaria, un país desconocido hasta la fecha para nosotros. Y aunque su capital no es la ciudad más maravillosa del mundo, tiene una historia que se remonta hasta el siglo VIII a.C. Además, tuvimos la oportunidad de hacer una excursión a la cercana Plovdiv, que conserva un casco histórico colorido y singular.

Bandera

Sofía, en pleno centro de los Balcanes, es la capital de Bulgaria y también la ciudad más grande y poblada del país. Su localización la convierte en un lugar estratégico, ya que se encuentra en un cruce de caminos que conecta la Europa Occidental con Oriente Medio. El hecho de que Bulgaria haya sido un territorio conquistado por varios pueblos, hace que tenga una amplia riqueza cultural. Aunque Sofía se encuentra en un proceso continuo de transformación hacia la globalización, se conserva gran parte de su patrimonio cultural, arquitectónico e histórico. El más claro ejemplo es Serdika, donde en una manzana encontramos una mezquita, una sinagoga y una iglesia. Además de unas ruinas tracias y romanas.

Este pasado multicultural ha dejado joyas arquitectónicas en la ciudad como la Iglesia Redonda de San Jorge, la Catedral de Sveta Nedelya, la Iglesia Rusa, el Teatro Nacional Ivan Vazov y por supuesto la Catedral de Alejandro Nevski. Cada una de ellas totalmente diferente a la anterior en su diseño.

Estos majestuosos y ornamentados edificios contrastan con las construcciones comunistas de hormigón y cemento pensadas para su funcionalidad y no para destacar por su diseño. También de esta época son las infraestructuras, las grandes avenidas y arterias que cruzan la ciudad y los transportes. Aunque está en proceso de remodelación con la entrada en la Unión Europea y se nota que ha llegado la apertura capitalista con la llegada de franquicias y multinacionales.

Sin embargo, aunque queden vestigios de la época comunista, para acercarse más aún a esta época de la historia de Bulgaria podemos visitar el Museo de Arte Socialista, donde se han reunido esculturas y pinturas que fueron retiradas tras la caída del Régimen.

Sofía no es una de las capitales europeas más sorprendentes, no está al nivel de Praga, Budapest, Viena, Berlín, París, Madrid… pero también tiene su historia. Si Atenas se podía concentrar en 24 horas porque la parte histórica estaba bien delimitada, lo de Sofía es mucho más sencillo aún. Está todo bastante cerca, a un paseo tranquilo y si te cansas siempre puedes tomar un medio de transporte o hacer una parada en el mercado central y saborear una cerveza local o aprovechar para comprar comida local.

En este caso estructuramos la visita en varios días, concentrando la parte histórica en el día más largo y dejando para el último lo más alejado antes de marcharnos:

Y entre medias, hicimos una excursión a Plovdiv, a dos horas de Sofía. Es la segunda ciudad más grande de Bulgaria y en una época en la que no existía Atenas, Roma ni Constantinopla, suponía un cruce de caminos entre Asia y Europa. De ahí que tenga una mezcla de culturas como la tracia, la romana, la búlgara o la otomana.

Plovdiv supuso el contraste a Sofía. Con un casco histórico peatonal plagado de iglesias y construcciones del Renacimiento Búlgaro, un anfiteatro romano o ruinas tracias y romanas. Una zona que está sobre una colina y que nos permite asomarnos al resto de la ciudad.

En la parte nueva me gustó mucho el colorido barrio de Kapana con tanta vida en sus calles. Sus bares, los locales de artesanos, las banderitas, los murales…

Queda todo también muy concentrado:

Y como bonus nos dio tiempo a hacer una excursión a la Fortaleza de Asen, de la que apenas quedan restos salvo la Iglesia de la Santa Virgen de Petrich que parece suspendida sobre el valle. Un lugar totalmente inesperado. Desde luego Bulgaria tenía muchas sorpresas escondidas.

De un viaje a Sofía sacamos una escala en Atenas y una excursión a Plovdiv y alrededores, con lo que se puede decir que aprovechamos bien nuestra escapada. Nos hizo más frío que en Atenas, ya que esta se encuentra más próxima al mar mientras que Sofía está rodeada de montañas. En cualquier caso nada que no esperáramos en el mes de diciembre y que no se pudiera remediar. Como dicen los noruegos: “no hay mal tiempo, sino ropa inadecuada”.

Y con Bulgaria cerramos el año llegando a alcanzar los 25 países. A por 2017.

Conclusiones de la escapada a Atenas y Sofía

Durante nuestra corta escapada paseando por Atenas y Sofía (y Plovdiv) descubrimos construcciones de otras civilizaciones, de otros pueblos. Vestigios arqueológicos que han llegado hasta nuestros días y que nos hacen sorprendernos de la capacidad e inventiva con la que contaban hace siglos con muchos menos medios que los que tenemos hoy en día.

Atenas es un buen ejemplo de ello. Aunque la ciudad y el país no pasan por su mejor momento y esto influye en la conservación de muchos restos históricos, es una visita imprescindible para conocer no solo la época clásica griega que es la cuna de nuestra civilización; sino también para descubrir monumentos romanos y bizantinos.

Es un destino con una gran riqueza monumental y arqueológica, claro, pero también conviene perderse por sus barrios y descubrir las calles por donde se mueven los locales dejando a un lado lo más turístico, sentarse en una terraza a disfrutar de la gastronomía griega más allá del yogur o la musaka, comprar algún recuerdo en uno de sus mercados… o incluso regatear en un mercadillo callejero.

Pero en Atenas no todo son ruinas o monumentos, también cuenta con un gran pulmón verde como es el caso de los Jardines Nacionales:

Y para completar el día qué mejor que un buen atardecer desde el Monte Licabeto:

Para dormir elegimos un apartamento en AirBnb. Tenía sus deficiencias como conseguir que se caldeara o la cisterna que no funcionaba del todo bien, pero para una noche nos sirvió. Sobre todo porque era bastante amplio para cuatro y estaba céntrico.

En apenas 24 horas intentamos abarcar lo máximo posible. Sin embargo, aunque no había que cubrir grandes distancias, teníamos el inconveniente de las horas de luz. Y es que poco antes de las 5 se nos hacía de noche, así que el remedio era madrugar bastante, patear la ciudad y gastar suela de las zapatillas.

Al final no se nos dio mal, ya que conseguimos cubrir completa la ruta que llevábamos previa. Sí que es verdad que no entramos en todos los conjuntos arqueológicos, pero es que muchos se ven desde fuera bastante bien. Así que hicimos criba.

Este fue nuestro recorrido por Atenas:

Bulgaria por su parte es un país que empieza a abrirse al turismo y su capital, Sofía, también cuenta con atractivos interesantes como resultado de una mezcla de culturas y pueblos. El más claro ejemplo es Serdika, donde en una manzana encontramos una mezquita, una sinagoga y una iglesia. Además de unas ruinas tracias y romanas.

Este pasado multicultural ha dejado joyas arquitectónicas en la ciudad como la Iglesia Redonda de San Jorge, la Catedral de Sveta Nedelya, la Iglesia Rusa, el Teatro Nacional Ivan Vazov y por supuesto la Catedral de Alejandro Nevski. Cada una de ellas totalmente diferente a la anterior en su diseño.

Estos majestuosos y ornamentados edificios contrastan con las construcciones comunistas de hormigón y cemento pensadas para su funcionalidad y no para destacar por su diseño. También de esta época son las infraestructuras, las grandes avenidas y arterias que cruzan la ciudad y los transportes. Aunque está en proceso de remodelación con la entrada en la Unión Europea y se nota que ha llegado la apertura capitalista con la llegada de franquicias y multinacionales.

Sin embargo, aunque queden vestigios de la época comunista, para acercarse más aún a esta época de la historia de Bulgaria podemos visitar el Museo de Arte Socialista, donde se han reunido esculturas y pinturas que fueron retiradas tras la caída del Régimen.

Si Atenas se podía concentrar en 24 horas porque la parte histórica estaba bien delimitada, lo de Sofía es mucho más sencillo aún. Está todo bastante cerca, a un paseo tranquilo y si te cansas siempre puedes tomar un medio de transporte o hacer una parada en el mercado central y saborear una cerveza local o aprovechar para comprar comida local.

Quizá incluso si tienes suerte encuentras una actuación y todo que amenice tu estancia.

Para el alojamiento elegimos el Easyhotel, que si bien no está tan céntrico como el apartamento de Atenas, tan solo se encuentra a dos paradas de Serdika. Además, es bastante nuevo y la relación calidad-precio está muy bien. También tenía un par de pegas como el colchón o el olor del jabón, pero repetiría sin duda.

En este caso estructuramos la visita en varios días, concentrando la parte histórica en el día más largo y dejando para el último lo más alejado antes de marcharnos:

Como además nos sobraba un día, cogimos el bus y en dos horas nos plantamos en la sorpresa del viaje: Plovdiv.

Esta ciudad supuso el contraste a Sofía. Con un casco histórico peatonal plagado de iglesias y construcciones del Renacimiento Búlgaro, un anfiteatro romano o ruinas tracias y romanas. Una zona que está sobre una colina y que nos permite asomarnos al resto de la ciudad.

En la parte nueva me gustó mucho el colorido barrio de Kapana con tanta vida en sus calles. Sus bares, los locales de artesanos, las banderitas, los murales…

Y como bonus nos dio tiempo a hacer una excursión a la Fortaleza de Asen, de la que apenas quedan restos salvo la Iglesia de la Santa Virgen de Petrich que parece suspendida sobre el valle.

El viaje nos salió por menos de 275€ por persona con el siguiente desglose:

De un viaje a Sofía sacamos una escala en Atenas y una excursión a Plovdiv y alrededores, con lo que se puede decir que aprovechamos bien nuestra escapada. Nos hizo un poco de frío, pero nada que no esperáramos en el mes de diciembre y que no se pudiera remediar. Como dicen los noruegos: “no hay mal tiempo, sino ropa inadecuada”.

Y con Bulgaria sumamos un país más llegando a los 25 a finales de 2016. Y cerramos el año.

Excursión a la Fortaleza de Asen, Bulgaria

A unos 22 kilómetros de Plovdiv se encuentra la Fortaleza de Asen, o Асенова крепост como se la conoce en búlgaro. El viaje hasta allí lo hicimos en coche, y el trayecto nos sirvió para descubrir las peculiaridades de la conducción en Bulgaria.

La carretera secundaria que va de Plovdiv a Asenovgrad no era mala, pero cuando ves cómo se lanzan a adelantar, se te abren los ojos como en los dibujos japoneses. Pongámonos en situación: carretera de dos carriles (uno por sentido), con arcén estrecho y línea continua. El que llevas delante va un poco más despacio de lo que te gustaría ir, así que quieres adelantarle. Pero claro, en el sentido contrario siguen viniendo coches. No hay problema, los búlgaros se lanzan a adelantar dejando la línea continua en el centro de su coche, de forma que ocupan parte de ambos sentidos. Incluso el que está siendo sobrepasado se aparta un poco al escaso arcén para favorecer la tarea. Y no lo vimos una ni dos veces, sino constantemente. Así que le preguntamos al amigo de mi hermano que nos dijo que estaba permitido. No me queda muy claro a mí que sea muy legal, la verdad, pero parece que es de uso extendido y que nadie se asusta. Y llegamos sanos y salvos a la fortaleza.

Porque íbamos con un local, pero lo cierto es que si hubiéramos ido solos, habríamos visto la puerta de la valla y habríamos entrado sin más. En ningún sitio veíamos que se pidiera entrada. Pero el amigo de mi hermano aparcó y se dirigió directamente a una casa que había enfrente y nosotros le seguimos. Resulta que ahí es donde vendían los billetes.

Una vez que cruzamos la valla, comenzamos un descenso en el que vemos el valle y el río Asenitsa.

En nuestro lado izquierdo nos queda la pared rocosa y restos de la fortaleza. También instrumentos usados hace siglos como una catapulta o una balista.

El área de la fortaleza estuvo habitada en época tracia, romana y bizantina como indican los hallazgos arqueológicos. Sin embargo, fue ya en la Edad Media cuando adquirió importancia. Es increíble pensar de lo que eran capaces de construir las civilizaciones hace siglos con menos medios que en el presente.

Fue renovada en 1231 para frenar las incursiones latinas e incluía un muro exterior de 2.9 metros de espesor y 12 metros de altura. Dentro del recinto había un castillo feudal y depósitos de agua. Pero lo que llama la atención y que mejor se conserva hoy en día es la Iglesia de la Santa Virgen de Petrich, que data del siglo XII-XIII. Eso sí, está restaurada a finales del siglo pasado.

Es una construcción de dos plantas con una sola nave con cúpula de cruz y una torre rectangular en cuyo interior se pueden apreciar los restos de pinturas del siglo XIV.

A partir de aquel siglo perdió importancia con la conquista otomana. Sin embargo, seguía siendo usada  por los cristianos locales. Hoy pertenece a la Iglesia Ortodoxa.

La fortaleza quedó destruida por los otomanos, y es imposible imaginar todo lo que abarcaba. Eso sí, el paraje es impresionante, el recinto debía quedar como suspendido sobre el valle.

Se nos iban las horas de luz y el cielo iba tornando a colores anaranjados, por lo que hicimos algunas fotos más y nos marchamos, porque la iluminación es escasa. Eso sí, sorprendentemente, en el recinto no falta una antena de WiFi, por lo que aprovechamos para mandar instantáneas a la familia y amigos de este peculiar lugar.

El amigo de mi hermano quería llevarnos a un monasterio próximo, pero como digo, ya era tarde y no lo íbamos a encontrar abierto, así que emprendimos el regreso a Sofía. Aunque hicimos una última parada en un restaurante a probar gastronomía local.

Imposible recordar el nombre de los platos. Por un lado una típica ensalada de pepino, tomate, pimiento, cebolla y queso sírene; por otro una especie de empanada de hojaldre aunque en cierto modo parecida a un pie inglés. Además, carne envuelta en col con una cobertura un tanto dulce:

Y por último patatas fritas con queso por encima (Parzheni kartofi).

Y es que en Bulgaria se come mucho queso sírene. Y lácteos en general. No en vano la bacteria de los yogures se llama lactobacillus bulgaricus, así que no es de extrañar que reclamen el origen de este alimento como suyo y no de los griegos. Aseguran que llevan elaborando el yogur desde hace más de 6000 años, ya en época de los tracios. Y no tiene nada que ver con el postre dulce que se comercializa aquí, sino que ellos lo toman en una versión salada que sirve como base de sus salsas, sopas, masas, pasteles, helados…

Aunque lo cierto es que la cocina búlgara es una representación de esa mezcla de culturas que tiene el país. El ser un cruce de caminos ha favorecido las influencias de otras culturas, de otros pueblos en su gastronomía y tiene toques turcos, griegos, árabes o serbios.

Y parece que triunfan los frutos secos, pues vimos muchas casetas en las que los vendían a granel.

Tras la parada para reponer fuerzas, emprendimos el regreso a Sofía, que teníamos un par de horas por delante. Cuando llegamos, quisimos hacer como el día anterior y llevarnos la cena del mercado, pero ya era tarde y estaba cerrado. Lo único que encontramos abierto fue un McDonald’s, así que compramos unas hamburguesas y regresamos al hotel para dar por terminado el día.

De paseo por Plovdiv

Madrugamos bastante, aunque no tanto como el día anterior, para estar en la estación de autobuses y coger el bus de las 8 de la mañana que nos llevaría a Plovdiv. También se puede llegar en tren, pero el amigo de mi hermano nos dijo que eran menos cómodos, que no siempre se cumplían los horarios y que lo mismo ni tenían calefacción, así que al bus de cabeza.

Llegamos a la estación y empezamos a buscar la taquilla, cuando nos dimos cuenta de que no estábamos en la correcta. Y es que el metro nos había dejado más cerca de la de tren que la de bus. Ya en la que nos correspondía, buscamos la caseta 13 que es la que vendía nuestros billetes.

La compañía es Vitosha Express y tiene un bus que sale a cada hora en punto y que por 14 levas en dos horas se ha plantado en Plovdiv. En el autobús se indica el recorrido (en búlgaro, eso sí) y la hora de salida.

Pero como teníamos aún tiempo para embarcar, aprovechamos para tomarnos un café y un croasán en una de las cafeterías de la estación. Fuera estábamos a -2º y había que entrar en calor.

Con el estómago lleno y aún con cara de sueño, entregamos el ticket al conductor y buscamos nuestro asiento. En principio están numerados, pero no iba completo ni mucho menos.

El autobús parecía haber sido comprado de segunda mano a Alemania, pues tenía rótulos en alemán. Cuando pillaba un bache, traqueteaba un poco, pero en general es bastante aceptable. Junto a la puerta de salida había una tele de tubo y una fuente. Aunque no descubrimos si funcionaban.

En las dos horas que duró el trayecto apenas realizó paradas. Unas pocas hasta que salimos de Sofía y alguna otra cuando llegábamos a Plovdiv. Tampoco había mucho tráfico, así que fue rodado. Alguna cabezada cayó.

La última parada es la estación central de Plovdiv, donde nos esperaba el amigo de mi hermano y los 0º. Antes de comenzar el recorrido, nos llevó a un puesto callejero a por el desayuno. Al igual que los panecillos turcos y griegos, en Bulgaria parece que son típicos estos bollos rellenos con embutido y/o queso sírene.

Por algo más de una leva tienes donde elegir:

Los de abajo de la imagen son la banitsa, un típico postre búlgaro. Está hecho de masa de hojaldre, huevos, yogur y queso.

Son un poco grasientos, pero te lo dan con un papel de estraza y una bolsa para que no te pringues. Están muy ricos, eso sí, llenan bastante.

Y con nuestro segundo desayuno en el estómago, nos dirigimos al centro de Plovdiv con nuestro guía local. Por primera vez en mucho tiempo iba a ver una ciudad sin haberme informado previamente sobre ella.

Plovdiv, la ciudad de las 7 colinas y a orillas de río Maritsa, es la segunda ciudad más grande de Bulgaria. En una época en la que no existía Atenas, Roma ni Constantinopla, suponía un cruce de caminos entre Asia y Europa. De ahí que tenga una mezcla de culturas como la tracia, la romana, la búlgara o la otomana.

La ciudad fue fundada por los tracios en el siglo V a. C. bautizándola como Evmolpia. Estos se asentaron en la colina de Nebet Tepe, donde construyeron una fortificación. Sin embargo, en el 342 a. C. fue conquistada por los macedonios por el padre de Alejandro Magno que le cambiaron el nombre por Philippopolis. Durante la época macedonia se reforzaron las murallas, aunque eso no impidió que los tracios la recuperaran de nuevo y con una tercera denominación: Pulpudeva.

En el siglo I pasó a manos de los romanos, interesados en la Via Diagonalis, que cruzaba la región balcánica. Como no podían ser menos, también buscaron un nuevo nombre. La llamaron Trimontium. Durante este período, la ciudad creció bastante y se expandió más allá de las murallas bajando por las faldas de las colinas.

Cinco siglos más tarde fue tomada por los eslavos que la renombraron como Puldin y en el 815 fue conquistada por los búlgaros. Los otomanos llegaron en 1365 y la bautizaron como Filibe. En esta época de dominación otomana se destruyó gran parte de la ciudad y de su arquitectura bizantina. En 1878 cuando Rusia venció a Turquía y los otomanos abandonaron el territorio, la ciudad pasó a llamarse Plovdiv, nombre que ha llegado hasta el presente y convirtiéndose en capital de la región semi-independiente de Rumelia del Este hasta su unión con Bulgaria en 1885.

Así pues, con este pasado, no es de extrañar que sea una mezcla de la cultura occidental con la oriental y que ofrezca al visitante un rico patrimonio arquitectónico. Podemos encontrar huellas de todas las etapas y pueblos que se asentaron en Plovdiv.

Comenzamos nuestro recorrido por los Jardines del Zar Simeón, creados en 1892 con el propósito de albergar una exposición internacional de arquitectura. En nuestra visita los encontramos algo deslucidos.

Sobre todo porque las fuentes están apagadas. Lo cual no es de extrañar dada la temperatura ambiente. La poca agua que tienen, fruto de las lluvias, está congelada.

Incluso el lago está desangelado. Por contra, en verano se puede remar en él.

Los jardines nos conducen a la zona principal de la ciudad, con sus calles peatonales llenas de tiendas, locales y restaurantes. A pesar de que era un día de diario, había mucho trasiego, supongo que por las compras navideñas.

La calle principal de la zona nueva es la Aleksandrovska, una arteria muy animada con tiendas, cines, galerías, cafés. Sin embargo, esta modernidad nos lleva a unas ruinas del Estadio Romano. Se trata de una pista de unos 180 metros que fue construida en el siglo II d. C en el período del empreador Marco Aurelio siguiendo el diseño del Estadio de Delos.

Para apreciarlas hay que bajar. El estadio se construyó aprovechando el desnivel entre las colinas de Taksim y Sahat. Solo se conserva una de las partes, el resto está oculto bajo la calle principal. El estadio era el lugar donde se celebraban los Juegos Alejandrinos y contaba con una capacidad para 30.000 espectadores. Formaba parte de un complejo que albergaba también las Termas y el Tesoro.

En 2012 se inauguró el Antiguo Stadium de Philippopolis, por lo que es posible visitar las ruinas descendiendo por unas escaleras laterales. También se puede visitar la exposición audiovisual que nos acerca a una reconstrucción de cómo eran en su día.

Volviendo a subir, nos encontramos la Mezquita Dzhumaya, que da nombre a la plaza. Data de mediados del siglo XV y es una de las mezquitas más antiguas de los Balcanes. Se levantó donde se emplazaba la antigua catedral de la ciudad. En su día fue una de las más grandes de Plovdiv, una ciudad que en época otomana llegó a contar con más de 50 mezquitas.

Cuenta con un minarete de 23 metros de altura y 9 cúpulas de plomo, aunque la principal es la central, que abarca una sala rectangular de 33 por 27 metros.

En uno de sus laterales hay un restaurante y tiendas.

Siguiendo la calle del Zar Boris III nos acercamos hasta el río Maritsa.

Y de nuevo volvimos sobre nuestros pasos, y callejeamos por el distrito de Kapana en el que destacan las estrellas calles y coloridas fachadas.

Esta zona peatonal entre las colinas de Taksim y Nebet tiene una atmósfera diferente. En ella podemos encontrar tiendas alternativas, locales de comida biológica, artesanía o galerías. También, cómo no, bares, cafeterías y restaurantes.

Durante siglos era donde se concentraban los artesanos y mercaderes para vender sus productos. Hoy es más que eso, rezuma creatividad. Llaman la atención la decoración con sus banderitas como si hubiera un festival continuo, los coloridos murales, los grafitis… Además, al ser época navideña había abetos en medio de la calle y casetas de madera con artesanía, juguetes y joyas.

Aprovechamos que era media mañana para tomarnos unas cervezas. Aunque no eran locales, sino artesanas de diferentes lugares del mundo.

Abandonamos la parte nueva de la ciudad para subir al casco histórico, conocido como Staria Grad. Subiendo por las calles empedradas llegamos al Anfiteatro Romano.

Fundado en el siglo II. d.C por el emperador Trajano se asentó en la pendiente de las colinas de Taksim y Dzambaz. Contaba con una capacidad para 6.000 espectadores distribuidos en 14 gradas. Estas se dividían por barrios, así cada habitante sabía dónde se tenía que sentar.

En el siglo IV quedó oculto a 15 metros de profundidad como resultado de un terremoto. No salió a la luz hasta 1978 tras obras de remodelación de la colina Dzambaz.

Gran parte del anfiteatro ha sido reconstruido. Se conservan bastantes de filas de mármol que funcionaban como asientos para los espectadores. También se mantiene bastante bien el escenario, que consta de dos pisos.

El teatro simboliza la importancia cultural de la civilización romana. Hoy se está usando de nuevo para conciertos y espectáculos. Cuando no hay ningún acto programado, se puede visitar libremente por 5 levas y trasladarse a otra época.

Continuamos el ascenso hasta la colina Nebet Tepe. Como decía al principio, Plovdiv está construida alrededor de 7 colinas. Tres de ellas forman la Ciudad Antigua, la Trimontium romana: Dzambaz Tepe (del acróbata), Taksim Tepe (del tanque) y Nebet Tepe (colina del mirador o de guardia). Al este de la calle Aleksandrovska se encuentras las otras tres: Sahat Tepe (del reloj), Bunardjik Tepe y Djendem Tepe.

Pero, ¿dónde se encuentra la séptima? Pues no queda nada ya de Markovo Tepe, puesto que se dinamitó en la época comunista con motivo de la expansión urbanística. Tan solo queda una placa en recuerdo y hay que buscarla, es fácil que nos pase desapercibida.

En Nebet es donde nació la ciudad con el asentamiento de los tracios. Hoy sin embargo queda poco de la fortificación que estos levantaron. Lo poco que se conserva son ruinas de la muralla romana que delimitaba un perímetro de 2630 metros. También resiste la torre cuadrangular que servía de vigía.

Desde el descampado donde están los restos de la muralla podemos otear toda la ciudad.

Mientras estábamos observando la ciudad a nuestros pies e intercambiábamos impresiones llegó un señor, que, al oírnos en español, nos preguntó que de dónde éramos. Él era tejano, pero llevaba décadas viviendo en Plovdiv. Llegó como casco azul al país y se quedó. Era un apasionado de las aves y le gustaba subir al mirador con sus prismáticos. Todo un personaje que parecía haber salido de un anuncio de Coronel Tapioca.

Pero nosotros dejamos al señor y nos adentramos por el casco antiguo. Si el anfiteatro me había sorprendido, pues no esperaba encontrar ruinas romanas; las callejuelas empedradas con casas de colores me dejó impactada. No lo esperaba para nada. Fue una grata sorpresa.

Está muy bien conservado gracias a una campaña de recuperación de las viviendas para mantener su estética de mediados del siglo XIX. Muchos edificios que estaban abandonados se reconvirtieron en museos, restaurantes y hoteles. En total se mantienen en pie más de 150 edificios que datan de la etapa del Renacimiento Búlgaro, una época de esplendor para la ciudad. Destacan por sus fachadas de intensos colores, cubreventanas de madera y detalles artesanos que sirven de ornamento.

Pero el casco histórico no solo cuenta con coloridos edificios que recuerdan a las bávaras, sino que también cuenta con varias iglesias. Una de las más importante es la Iglesia de San Constantino y Elena.

Construida en 1832, es la iglesia más antigua de Plovdiv. Se erige en el terreno donde se ubicaba un santuario cristiano de principios del siglo IV. También fue donde se decapitó a los mártires Memnos y Severiano, de ahí que se piense que el antiguo templo llevara su nombre. La denominación actual se debe a la canonización del emperador Constantino. Al pasar a ser reconocido como santo, se le cambió el nombre a la iglesia por el suyo y el de su madre.

Ha sido reconstruida varias veces a lo largo de los años. En una de las excavaciones en 1950 se descubrió un osario con restos de habitantes de Plovdiv. Los restos se movieron a una fosa en el patio. El recinto se encuentra acotado por un muro de piedra de unos 8 metros de altura, lo que crea un espacio privado, como si fuera un monasterio.

Nada más atravesar el muro nos encontramos con unos interesantes frescos en el pórtico.

En el interior, de tres naves con techo abovedado, destaca el iconostasio tallado en madera.

El amigo de mi hermano tenía que irse a unas gestiones, así que nos quedamos dando un paseo tranquilamente por la zona antigua perdiéndonos entre las callejuelas.

No entramos en más iglesias o en museos, simplemente paseamos descubriendo las peculiares construcciones.

Y cuando se acercó la hora de comer, bajamos a la zona nueva para comer. El amigo de mi hermano nos había recomendado una cadena llamada Happy, porque tenían distintos tipos de comida para elegir (mejicana, italiana, japonesa…) y no nos complicamos mucho y allí acabamos. La comida tampoco fue nada especial, pero bueno, había hambre. Elegimos una ensalada césar para compartir y después cada uno un plato: pasta, arroz, hamburguesa y carne. Como acompañamiento, la cerveza local Kamenitza.

Tras comer, volvimos a quedar con nuestro guía local que nos iba a llevar de excursión a las afueras. Así que aquí acabó nuestra visita a Plovdiv, una ciudad que se postula como candidata a Ciudad Europea de la Cultura 2019 y que lo mismo te sorprende con un rico legado mezcla de pueblos y períodos históricos que con una Ciudad Vieja con mucho encanto.

Este fue nuestro recorrido aproximado: