Serie Terminada: Veep

Veep es una comedia centrada en la ambiciosa y egoísta Selina Meyer, la Vicepresidenta de Estados Unidos. Se adentra en los pasillos de la Casa Blanca y sigue a la Vicepresidenta y sus intentos por tener relevancia en la vida política y dejar huella en la legislatura. Esta no se siente cómoda siendo la segunda a bordo, y es que parece ser un cargo más simbólico que otra cosa sin poder real. Veep satiriza con el hecho de que el vicepresidente en verdad no cumple ninguna función seria.

Así, la trama gira en torno a su día a día en el cargo junto a su equipo (inicial) en el que se encuentran Amy Brookheimer (jefa de gabinete), Gary Walsh (su asistente), Mike McLintock (director de comunicaciones), Dan Egan (subdirector de comunicación) y Sue Wilson (la secretaria/recepcionista), pero además del arco de cada temporada, cada episodio tiene su propio conflicto autoconclusivo.

No es la primera vez que nos encontramos con una serie centrada en la política de EEUU, así de primeras se nos vienen a la cabeza El lado Oeste de la Casa Blanca, House of Cards o Scandal, pero Veep no tiene nada que ver. En primer lugar porque es la primera que afronta el trema desde la comedia y la sátira política y por otro lado porque principalmente gira en torno al funcionamiento del día a día. Sigue a los trabajadores en torno a ese gran cargo y en cómo van apagando fuegos, escribiendo discursos, planificando actos, decidiendo qué información se comparte con los medios….

En este caso también se diferencia de otras series políticas en que no hace referencia a ningún partido en concreto. Y es que en realidad para lo que quiere contar da exactamente igual, trata de mostrar el comportamiento humano cuando se llega al poder y cómo la política cada vez se ha convertido más en marketing y que lo importante es que los votantes te compren la idea. No hay ideología más allá del dinero y el beneficio propio. Estos son mis principios y, si no le gustan, tengo otros. Por ejemplo, hay un episodio en Meyer está en el previo a un acto y un asesor le comenta que ha habido un tiroteo y han resultado muertas decenas de personas. La preocupación de la protagonista es saber si es “musulmán o blanco” y cuál de las dos opciones le beneficiará a la hora de pronunciar su discurso. Es decir, le es indiferente el culpable o las víctimas, lo único importante es el rédito político que puede sacar.

No obstante, el hecho de que sea una comedia no impide que no sea seria en otros aspectos. Por ejemplo, su escenografía y ambientación están cuidadas al detalle y dotan de gran verosimilitud a las escenas. Tiene en su haber además cerca de una veintena de premios y su protagonista, Julia Louis-Dreyfus, se llevó seis Emmy consecutivos por el papel de Selina Meyer.

Y aunque gran parte del peso de la serie recae sobre Louis-Dreyfus y lo borda, los secundarios no fallan. Mi favorito sin duda es Gary Walsh y su bolso bandolera siempre al hombro. No tiene nada que envidiar a Mary Poppins o a Doraemon. En él lleva de todo, siempre para adelantarse a las necesidades de su jefa. Es la sombra de Meyer, siempre susurrando a su oído los nombres y datos de la gente que se acerca a ella. Sin embargo, es blanco de mofas y no es tomado en serio.

Amy Brookheimer y Dan Egan representan a dos jóvenes sobradamente preparados y adictos a su trabajo. Tienen una meta en la vida y es llegar lo más alto posible. Les da igual las tretas que tengan que usar o a quién se carguen por el camino.  Por otro lado, Ben Cafferty y Kent Davison son su versión veterana. También adictos a su trabajo solo piensan en datos, encuestas, solución de problemas… Ya están cansados de todo, pero en el fondo no pueden vivir si no están continuamente en campaña.

Y luego está Jonah Ryan, el típico chico blanco, pijo y consentido. Entra en la Casa Blanca como becario y comienza al inicio de la serie como enlace entre el Presidente y la Vicepresidenta. Sin embargo, este repulsivo personaje es quizás el que más ha cambiado con las temporadas. Han sabido reflejar en él cómo ha ido cambiando la política. De ser un don nadie acaba presentándose a candidato a la presidencia con una retórica que recuerda a la de Trump. Viendo la serie en 2019 da un poco de miedo, y es que cuando nació en 2012 pretendía hacer parodia poniendo tremendas barbaridades en la boca de sus protagonistas pero hoy la realidad supera a la ficción.

Los diálogos ágiles y muchas veces solapados dan mayor sensación de realismo y transmiten el caos en que se ve envuelto el equipo con una apretada agenda y humos que apagar a cada instante. El humor no cae en los típicos gags, sino que es ácido, crítico y rebuscado. Hay mucho insulto, obscenidad y burradas. Se nota que es de HBO y no de una cadena en abierto.

Aunque ha mantenido el título a lo largo de sus temporadas, la historia y la situación política de Selina evolucionan. Eso sí, consigue mantener el tono y el estilo hasta el final. Siempre está presente la incompetencia de los candidatos, el fracaso y el ridículo, la impunidad ante los delitos, la corrupción, las situaciones al borde del desastre y los tejemanejes de los equipos para ocultar escándalos. Solo cambia el escenario.

Veep podría haber seguido temporadas y temporadas con su crítica a los vicios y trampas del sistema, pues sin duda es una fuente inagotable de contenido. Sin embargo, se ha vuelto demasiado realista e incluso se queda corta, por lo que era un buen momento para cerrarla. El fin de un ciclo político.

Serie Terminada: Chernobyl

No había terminado Juego de Tronos y HBO ya estaba emitiendo otra serie que ha roto todos los esquemas: Chernobyl.

Durante años, las mejores críticas del sector audiovisual se las llevaba el cine. La tele por su parte era un género menor y los actores que hacían series estaban peor considerados que los que hacían películas. Sin embargo, aquella teoría cambió con la llegada de HBO. De esta cadena son grandes ficciones televisivas como Los Soprano, The Wire o A dos metros bajo tierra. Con Juego de Tronos primero, y Chernobyl después, ha vuelto a marcar el paso. Con tan solo cinco episodios, esta serie se ha convertido en la mejor valorada de todos los tiempos en la web imdb (9.6). Enseguida se corrió la voz y todo el mundo hablaba de ella. En un fin de semana nos la hemos visto en modo maratón.

Con el título es fácil hacerse a la idea de qué va este fenómeno audiovisual, al menos lo es para quienes vamos sumando años. Hagamos memoria: el 26 de abril de 1986 en la central nuclear Vladímir Ilich Lenin durante una prueba de seguridad fallida se produjo una explosión. Esta detonación provocó que saltara la tapa del reactor 4 y se liberara una nube radiactiva que se extendió por media Europa y puso en alerta a medio mundo. Así, Chernobyl es la crónica de este desastre nuclear ocurrido al norte de Ucrania y casi en la frontera de Bielorrusia (a tan solo 17km). Un accidente que está considerado, junto con el de Fukushima en 2011, como el más grave de la historia (nivel 7).

Según los datos oficiales fallecieron dos empleados de la central como consecuencia de la detonación y otros 29 en los meses siguientes (la mayoría bomberos a causa del Síndrome Agudo por Radiación). Sin embargo, aún hoy, 33 años después, no conocemos el alcance total de la tragedia. La OMS estima que entre 4000 y 9000 personas sufrieron (o sufrirán) cáncer (sobre todo de tiroides por la ingesta de leche contaminada) u otras enfermedades ocasionadas por la exposición a la radiación en los años posteriores, pero es difícil de evaluar porque no se conocen las dosis a las que se vieron expuestos todos los individuos y no existen grupos de control con los que comparar. No hay estudios científicos que hayan conseguido relacionar de forma fiable el accidente nuclear con el cáncer. Sí que se pudieron relacionar sin embargo enfermedades asociadas a la salud mental (50.000 muertes asociadas con alcoholismo y depresión).

Escrita por Craig Mazin, quien venía de secuelas de Scary Movie y Resacón en las Vegas, la serie está inspirada en Voces de Chernóbil, de la Premio Nobel Svetlana Alexievich, un libro que recoge los testimonios de familias y afectados por la catástrofe de Chernóbil. El guionista se pasó dos años leyendo sobre sobre el suceso, recopilando datos, relatos de supervivientes e informes de investigadores y dando forma a este proyecto que sin duda supone un giro drástico en su trayectoria. Coproducida por EEUU y Reino Unido se rodó en 4 meses entre Ucrania y Lituania. En Vilna se recreó Pripyat y las escenas de la central de Chernóbil se grabaron en la central nuclear de Ignalina, que cesó su actividad en 2009 y era prácticamente igual.

Estructurada en cinco episodios de una hora de duración, consigue relatar los acontecimientos tras la tragedia de una forma redonda. Sabe lo que quiere contar, cómo hacerlo y cuál va a ser su cierre. Dedica los dos primeros episodios para el accidente, los dos siguientes para alcanzar el clímax de los acontecimientos y finalmente remata la historia en el último con el juicio. No pierde tiempo en relleno. No hay más que ver cómo comienza, sin introducción ni explicación detallada al espectador, sino que permite que sea él mismo quien deduzca la situación y conozca a los protagonistas a medida que se desarrolla la trama. Además, este arranque también nos suma de una cierta confusión, la misma en la que se encuentran los personajes.

Chernobyl empieza dos años y un minuto después del accidente en la cocina de Valeri Legasov, físico nuclear y miembro de la dirección de la Academia Soviética de Ciencias así como director adjunto del Instituto Kurchatov (centro de la investigación nuclear soviética) que participó en el equipo de emergencia de Chernóbil tratando de minimizar los efectos del desastre. Vemos cómo tras grabar unas cintas de casete y esconderlas, se quita la vida. A partir de ahí, volvemos al 26 de abril de 1986 para intentar reconstruir el camino.

La acción sigue la actividad de la central desde el momento del accidente. El personal reacciona con incredulidad ante lo que acaba de ocurrir. Lo acaban de ver con sus propios ojos, pero no alcanzan a imaginar la magnitud del desastre. Y luego están los mandos intermedios o superiores que directamente no quieren creérselo. Su postura es la negación: no puede haber pasado y no ha pasado. Toda una irresponsabilidad por su parte y más aún cuando el relato que transmiten a las autoridades locales está alejado de la realidad minimizando la gravedad del accidente. Se informó de que había habido una explosión en la central, pero que el reactor estaba intacto.

Ante la situación de emergencia los gobernantes ucranianos quisieron contener la información mientras intentaban poner orden. Sin embargo, en el momento en que se desplazaron al lugar y lo vieron con sus propios ojos, se dieron cuenta de que habían infravalorado el incidente. Y aún así, tardaron en asimilarlo y en reaccionar para poner a salvo a la población. De hecho, el desfile del día del Trabajador, cinco días después del accidente, se celebró con normalidad en la capital, a tan solo 180 kilómetros de Chernóbil. No obstante, la información era difícil de contener, pues pronto los suecos detectaron unos inusuales niveles de radiación y comenzaron a hacer preguntas. Pronto se extendieron las dudas por Europa y finalmente la URSS tuvo que publicar un comunicado.

Chernobyl desarrolla la línea cronológica presentando una atmósfera apocalíptica desasosegante. Potencia el miedo, pero aquí no se teme a un personaje, sino a una amenaza invisible: la radiación. Es difícil plasmar eso en pantalla para mantener al espectador en un estado de alerta constante, así que se juega con los planos y se recurre a la música (y al sonido de los dosímetros) para transmitir el pánico.

Es sin duda una serie de gran calidad técnica que, según los testigos, parece que consigue exponer la catástrofe y el posterior desarrollo de los acontecimientos de una manera bastante precisa, aunque lógicamente, con alguna licencia creativa. Además, recrea con bastante exactitud las localizaciones y la atmósfera de aquellos últimos años de la URSS. Cuenta con una fantástica puesta en escena gracias a la caracterización de personajes (maquillaje, peluquería y vestuario) y a la ambientación de los espacios con detalles como mobiliario, vehículos, cartelería, pancartas, grafitis y arte de corte soviético. Sin embargo, también cae en algunos tópicos como beber vodka como solución a todo, y sacando a coalición a la KGB a la menor ocasión.

Hay que recordar que estamos ante una serie, no un documental, y por tanto, pese a que sea hiperrealista, también cuenta con ciertas licencias para dotar de dramatismo al guion. Por ejemplo, algunos personajes están exagerados y otros tienen más presencia de la que realmente tuvieron. Parece que Legasov fue importante en la gestión del desastre, sin embargo, él no solía trabajar sobre el terreno, sino que lo hacía en el búnker. Tampoco fue testigo en el juicio, sino que declararon otros científicos. El darle este protagonismo viene motivado para centrar la trama en un personaje, al igual que se hace con Ulana Khomyuk, creada para sintetizar a todos aquellos científicos que ayudaron a Legasov.

Esta forma de dar dramatismo, unida a los mitos perpetuados con el paso del tiempo, se ve también en la inexactitud al recrear algunos momentos. Algunos ejemplos:

  • No existen pruebas que confirmen que todos los que se asomaron al puente de Prípiat fallecieran como consecuencia de la radiación. Investigadores que han trabajado sobre el terreno para trabajos periodísticos o científicos afirman haber hablado recientemente con gente que estuvo allí. Tampoco se han hallado pruebas concluyentes que demuestren que el personal del hospital o los visitantes corrieran riesgo. Así, no se podría confirmar que los nacidos tras el accidente se vieran afectados por la exposición a la radiación y más de 100.000 abortos practicados en los meses siguientes habrían sido innecesarios.
  • Aunque sí hubo algunos incendios en la planta, ninguno en el techo.
  • El helicóptero no se estrelló cuando intenta descargar plomo, boro y arena sobre el reactor;
  • Los buzos que se sumergieron debajo del reactor para abrir una válvula vestían con un traje de neopreno y la cabeza al descubierto. No es cierto como se muestra que fueran recompensados económicamente ni aplaudidos al salir. Era su trabajo, sin más. Tampoco lo es que fallecieran. Uno murió en 2005 y los otros dos aún siguen vivos.
  • No parece claro que los mineros llegaran a desnudarse.
  • Personalmente me chirrió que siempre se refirieran entre los personajes como Camarada X o Camarada Y y no recurrieran al uso del patronímico como ya habíamos visto en The Americans. Los rusos tienen su nombre, después el nombre de su padre con el sufijo – ich (masculino) / -ichna o -vna (femenino) y después el apellido familiar. Por ejemplo Legasov se llamaba Valeri Alekseyevich Legasov y en la serie siempre le llamaban Legasov y no Valeri Alekseyevich como sería habitual en contextos oficiales y conversaciones formales.

En cualquier caso, estas licencias, errores o confusiones no alteran en demasía el relato ni la calidad de la serie, pero conviene tenerlo en cuenta para no tomar la ficción como realidad.

Chernobyl nos deja en la exposición final de Legasov una reflexión sobre las mentiras y el secretismo. Pues, como hemos visto, las mentiras tienen consecuencias. El desconocimiento del fallo de diseño en los reactores puso en riesgo a mucha gente. Y esto, sumado al secretismo (ya había ocurrido en 1975 en una central en Leningrado el mismo fallo) y la falta de información sobre el accidente, hizo que el daño fuera mayor. Es cierto que hay que entender el contexto de la Guerra Fría para entender cómo se gestionó la crisis intentando que no se filtrara nada al exterior que pudiera servir para desacreditar al país, pero el problema es que no supieron tampoco cuidar de sus ciudadanos. Así, parece que el desastre nuclear de Chernóbil y esta gestión posterior influyó bastante en la desintegración de un país que vio cómo su economía quedaba afectada y cómo entre sus habitantes crecía la desconfianza en las instituciones.

Esta lectura sin embargo tiene cierto sesgo ideológico (no es raro siendo una coproducción de EEUU y Reino Unido) y parece atribuir las causas del accidente al régimen soviético y por extensión al comunismo. Va mostrando detalles que conducen a esta idea. Véase: excesiva burocratización, abaratamiento de costes, incompetencia de los altos cargos, malas decisiones tomadas anteponiendo el poder a las necesidades del pueblo, secretos y mentiras para ocultar el desastre, intervención del KGB, censura… Pero pese a que todo esto ocurrió, no se tratan de errores inherentes al modelo socioeconómico, sino que todos estos aspectos están igual de presentes en los gobiernos capitalistas. La ambición política suele anteponerse al interés popular.

Política aparte, la serie está muy bien construida. Cuenta con una buena estructura, una fotografía hiperrealista, una música que transmite el caos y el pánico y un elenco actoral a la altura de las circunstancias. Bien merecido tiene ese 9.6.

Serie Terminada: Juego de Tronos

Hace un mes que acabara Juego de Tronos y creo que ya es el momento en que se puede hablar de ella tras haber reflexionado sobre su final. Y también ha dado tiempo a aquellos rezagados para ponerse al día. De todas formas, por si acaso, a partir de aquí, puede haber SPOILERS.

Antes de nada he de confesar que no me senté a ver el piloto con mucha emoción. Mi pareja había empezado la saga literaria Canción de Hielo y Fuego hacía un tiempo recomendado por un amigo y, cuando salió la serie, propuso que viéramos el piloto como hacemos con tantas otras cada temporada. Sabiendo que era de corte fantástica y que no es una temática que me apasione especialmente ni en literatura ni en cine o televisión, pues ya iba en modo negación. El capítulo ya empezaba con los caminantes blancos y aquello no me despertaba especial ilusión, pero parece que el aspecto fantástico iba a ser bastante limitado al principio e iba a ir aumentando a medida que avanzara la historia, así que tenía esperanza de que el resto de la trama me enganchara para que lo demás pasara a un segundo plano. Para cuando quise darme cuenta me había encariñado de algún personaje y no podía creerme que Ned Stark hubiera sido decapitado.

Y sí, con aquello la serie despertó mi curiosidad al romper totalmente los esquemas y como era de esperar, acabé viéndola. Y ocho temporadas después, el final también me descolocó y he necesitado tiempo para tomar perspectiva y reflexionar si ha sido un buen final o no.

Para empezar, vuelvo a remarcar que yo no me he leído los libros, por lo que obviamente mi universo es bastante más reducido que el de un fan de la saga literaria. Como suele ocurrir, en la serie faltan muchos detalles, se han caído personajes y hay tramas que se han reorganizado, suprimido o reinventado, pero al final es lo frecuente en las adaptaciones y por lo que los lectores nos solemos quedar con las novelas (la única vez que no me ha ocurrido fue en The Handmaid’s Tale). Hay que aceptarlo como lo que es: una “serie basada en”. Por supuesto, entiendo que hay quien esperaba mucho más, pero hay que ser realistas y comprender que es difícil que una obra tan coral que se traduzca de un lenguaje literario a uno cinematográfico al 100%. El problema de la serie sin embargo creo que llegó cuando la serie superó a la trama ya escrita en la sexta temporada.

Y esto es algo evidente aunque una no se haya leído los libros. Llegó un momento en que la serie decayó. Y es que aunque el autor dio unas directrices sobre los puntos claves que tenían que ocurrir para llegar al final, el resto fue relleno de los productores. Aquí se notó que no había tanta coherencia, tantas horas de reflexión de la trama. No es lo mismo contar con 3000 páginas y reducirlas a un guion de una temporada de 10 episodios, que escribir desde cero. Todo se precipitó, parecía que lo único interesante era cerrar tramas y dirigirlo todo a un final. Por ejemplo, esto se veía claramente en los desplazamientos de los personajes. Así, mientras que en las primeras temporadas los viajes de los protagonistas servían para contarnos algo además del viaje en sí, en las últimas lo único que importaba era el destino.

Parece que Martin quería que se lo tomaran con más calma mientras él terminaba la saga, aduciendo que tenían material de sobra para seguir con la serie. Sin embargo, los responsables debieron pensar que el escritor iba demasiado lento (habrá que ver si no hace un Larsson) y que debían seguir su propio camino. HBO propuso a David Benioff y Dan Weiss cerrarla en 10 temporadas, pero ellos decidieron que mejor 8. Viendo que además redujeron los capítulos de las últimas temporadas (aunque con metraje más largo) me da que pensar que no querían alargar tanto tiempo la serie en gran medida porque querían cambiar de proyecto. Aunque también puede que tuviera que ver el aspecto económico. No es solo toda la producción que necesitaba en cuanto a lugares de rodaje, la cantidad de personal de grabación y postproducción que requería, sino que había que mantener a unos protagonistas principales que imagino que cada temporada querrían cobrar más dada la repercusión de la serie. Por no hablar de que los críos crecen, se convierten en adolescentes, adultos… y si alargas mucho el chicle, un personaje que se supone que tenía 15 años en la serie, acaba siendo interpretado por un actor de 40. No obstante, creo que el planteamiento de HBO era bueno. Con 10 temporadas de 10 capítulos cada una se habría cerrado todo con algo más de dignidad, sin tanta precipitación ni cabos sueltos.

Porque sí, llegamos a la última temporada y se convierte en una montaña rusa. Es verdad que Juego de Tronos fue siempre una serie (y unos libros) en la que parecía que iba a desatarse una gran guerra, pero que luego quedaba en pequeñas batallas en las que caían algunos personajes relevantes, como por ejemplo en la Boda Roja; sin embargo, creo que todos nos quedamos algo chafados con el capítulo 3 y la batalla contra los caminantes blancos. Tanto que el invierno iba a llegar, que si la gran amenaza de los muertos… y luego nos lo ventilamos en 80 minutos. No digo que no fuera un buen capítulo (yo no lo vi tan oscuro como otros se quejaron), pero me supo a poco. Entiendo que el primer episodio de la temporada fuera para reunir a todos los personajes, para poner las cartas sobre la mesa y hacer recuento de las tramas. También que el segundo fuera de preparación ante una gran batalla, de despedidas por si acaso no salen de ella; sin embargo, creo que la gran batalla podría haberse dividido en un par de episodios (al menos) manteniendo más aún la tensión.

De hecho, creo que de la temporada 6 y 7 se podrían haber sacado 3 temporadas, que la 9 podría haber tenido un arco centrado en la llegada de los caminantes, y finalmente la 10 para la batalla de los vivos. Por que sí, un capítulo para arrasar con Desembarco del Rey sabe a poco. Se echan de menos las conversaciones sobre tácticas de guerra, los tejemanejes, los engaños, las puñaladas por la espalda (metafóricas y literales) de las primeras temporadas. Porque sí, de eso iba Canción de Hielo y Fuego, de ambición, traición, violencia, sangre derramada, fuego que lo arrasa todo… De poder. ¿Y quién acaba siendo Rey? El más poderoso de todos, el que todo lo ve… Un Bran Stark del que nos habíamos olvidado mientras hacíamos quinielas entre Jon, Daeneys, Tyrion, Sansa o incluso Arya.

Nos habíamos despistado con otros personajes. Llegamos a la octava temporada con una Daenerys que a medida que ve más cerca el trono, se va volviendo más ciega de poder. Hay quien no quedó con esta progresión del personaje, sin embargo, tenía todo el sentido. Era de esperar esta evolución de la madre de dragones, pero no por su genética o ser hija del Rey Loco, sino por su obsesión por recuperar aquello que considera suyo. Desde pequeña le han contado historias sobre el Trono de Hierro arrebatado a su familia y ella tiene un objetivo claro: sentarse en él. El problema es que hemos empatizado con ella y su sufrimiento (vendida por su hermano, violada por Drogo, a punto de morir a mano de los Dothrakis… ) y que nos la creemos cuando se nombra a sí misma como rompedora de cadenas y emancipadora de los pueblos reprimidos. Pero si lo pensamos fríamente, realmente nadie se podría haber opuesto a ella. O sí, pero habría acabado calcinado, como los Tarly. Más que una libertadora es una conquistadora que cree que el fin justifica los medios, y por eso arrasa con Desembarco del Rey, no porque se haya vuelto loca. También contribuye mucho a que nos choque que se comporte así el hecho de que la temporada sea tan rápida.

Por otro lado, habíamos descubierto en la temporada anterior que Jon Snow en realidad no era un bastardo, sino Aegon Targaryen Stark, por lo que en realidad él sería el legítimo heredero al trono. Así, estaba bastante arriba en las apuestas. Sin embargo, volviendo la vista atrás, realmente es un personaje que tampoco ha hecho tanto. Por mucho que haya liderado a la Guardia de la Noche, a los Salvajes y haya convencido a todos de que había que unirse para luchar contra los caminantes blancos… lo cierto es que siempre ha ido a caballo de las acciones de otros personajes. No termina de llevar nunca la iniciativa. Y lo mismo le ocurre en esta última temporada. Sabe quién es, pero no quiere liderar. Es verdad que lo venden como que es por lealtad a su amada, que él no ansía el puesto y que ella es y siempre será su reina; pero en el fondo, sabe que Daenerys no está siendo lo justa que debería ser. Y no hace nada… pone cara triste y mira para otro lado. Y si no es por el empujón de Tyrion, él no hubiera acabado con la Khaleesi. Al final acaba exiliado en el muro (que no sé para qué hay Guardia si ya no hay caminantes) y viajando al norte con su amigo Tormund y el resto de salvajes.

Un cierre insulso para un personaje que se nos había vendido como un supuesto héroe. Tanto misterio sobre sus orígenes para luego no jugar la carta Targaryen y acabar como empezó. Jon Snow se me ha ido desdibujando con las temporadas, aunque creo que mucho tienen que ver las cualidades interpretativas de Kit Harington, que han desdibujado bastante a este supuesto héroe.

El final de Ayra que me pareció un poco simplón al acabar el último capítulo, ahora me parece que sí tiene coherencia. La pequeña Stark tenía claras sus prioridades desde pequeña, ella quería luchar, no jugar a las princesas como su hermana Sansa. Quería ser dueña de su vida, de sus batallas y no ser una consorte. Y lo consigue. Desde que ve cómo decapitan a su padre y huye, se forja a sí misma. Es un Hércules que ha de superar una serie de pruebas para volver a casa y acabar con el Rey de la Noche. No nos lo esperábamos, y sin embargo tiene todo el sentido que fuera ella quien le atestara la última puñalada.

Pero después de ese golpe de efecto, yo me esperaba algo más de acción en los últimos episodios, como por ejemplo que también hubiera acabado con Cersei, uno de los miembros de honor de su lista. Sin embargo, esta acaba muriendo sepultada bajo los escombros abrazada a su hermano Jaime en una escena un tanto simplona. Ambos personajes merecían una muerte más épica. Había otra oportunidad para Ayra en el último capítulo cuando ve en qué se ha convertido Daenerys, y más sabiendo quién es Jon. Pero aquí tampoco debieron considerar que era su momento. Entiendo que decidieron que le tocaba a Jon, pero la relevancia de Ayra se fue apagando y creo que merecía mucho más un personaje que ha hecho un recorrido tan largo. Por lo demás, entiendo que se vaya a ver mundo, va con su carácter aventurero. Ella nunca será una dama.

Quien no sólo es una dama, sino que se convierte en reina es Sansa, quizá uno de los personajes que más ha evolucionado en la serie. Comenzó como una niña que soñaba con cuentos de princesas y acabó siendo una mujer con un par de ovarios que ha defendido su casa y exigido su independencia.

Poco queda de aquella Sansa inocente que abandonó todo por un príncipe rubio de cuento de hadas que resultó ser un tirano, de aquella niña asustadiza que fue casada con el hermano odiado, de aquella adolescente que fue de nuevo casada con un perturbado y después acosada por un señor mayor que ya tenía obsesión con su madre…

Sansa comenzó siendo el claro estereotipo de la niña frágil, dócil, ingenua y guapa que se va a convertir en consorte. Lo único que se espera de ella es un matrimonio de conveniencia, que se comporte como una mujer florero y para muchos críos que perpetúen esa unión. Sin embargo, en determinado momento se adueña de su propio relato harta ya de la humillación, los golpes y la violación (tanto de su cuerpo como de su intimidad).

Creo que mucho tiene que ver la influencia de Cersei, una mujer que quería estar en el trono pero que por ser mujer, quedó relegada también a consorte siendo también ninguneada por su padre y marido. Sin embargo, supo encontrar su hueco y hacerse con el puesto. Sansa aprende de ese coraje y esa determinación porque no le queda otra. Así, pese a lo que sufre, deja atrás el victimismo y se erige como una gran estadista que se propone regresar a su casa y recuperar su reino. Y no cede ni ante Daenerys ni ante el consejo. Ella es la Reina en el Norte. Y sin haber masacrado a nadie (lo del Bolton no cuenta).

La evolución de Tyrion también es interesante. En su familia nadie le quiere ni le toma en serio (a excepción de Jaime), así que decide pasar de todo y decide vivir sus días en prostíbulos y bebiendo vino.

Pero llega un momento en que cambia y decide tomar las riendas y elegir bando en esta lucha por el poder. No obstante, llega a la temporada final dudando de si ha elegido correctamente a quién rendir lealtad e intenta darle la vuelta a la tortilla empujando a Jon a que mueva ficha. Sin duda también es un gran estadista, y así lo demuestra como mano de la reina (aunque también se equivoque en sus predicciones) y finalmente en la cumbre cuando propone a Bran como rey sentando así las bases de una nueva monarquía en la que el heredero no lo será por sangre sino elegido entre y por los nobles. Como decía más arriba, esto no lo habíamos visto venir y se nos quedó la misma cara que a Sansa. ¿Bran rey?

Pero ahí está Tyrion para exponer todo un alegato a su favor con una reflexión sobre la importancia de las historias. Y es que al final, quien cuenta la historia tiene el poder, ya que elige qué y cómo lo cuenta. Quien posee el relato de los sucesos, posee el poder. Y esto nos lleva a otra pregunta: ¿Bran Stark ya sabía que iba a ser rey? ¿Lo ha orquestado todo manejando al resto de personajes como si de marionetas se tratara? Recordemos que es quien le da la espada a Arya, quien insiste a Sam de que le cuente a Jon quién es, quien al final acaba descubriendo los orígenes Targaryen de este a sus hermanas… ¿Es por eso por lo que dice que no le corresponde ser Lord Stark? Porque luego ante la proposición de Tyrion bien que dice “por eso estoy aquí”. Hablaríamos entonces del mayor villano de todos.

En fin, muchas preguntas sin resolver, muchos cabos sueltos que se han quedado sin respuesta. Por ejemplo, ¿es en realidad Tyrion un Targaryen? ¿Quién era el rey de la noche? ¿Por qué no ardió? ¿Quién es la víctima de ojos verdes de Arya de la profecía de Melisandre? ¿Qué ha pasado con las cartas de Varys? ¿Sirvieron para algo? ¿Cómo puede ser que los Dothraki y los Inmaculados se vayan sin más? ¿Por qué nadie más reivindica su independencia cuando lo hace Sansa?

Supongo que nunca lo sabremos, porque aunque Martin acabe la saga, a saber los caminos que toma. Toca despedirse de este Juego de Tronos tras 73 capítulos con una moraleja bastante simplona. Mucho hablar de romper la rueda, pero en realidad acaba como empieza, con los nobles en el poder tomando las mismas decisiones. Y seguramente con conflictos dinásticos en el horizonte que conducirán de nuevo a una guerra de sucesión. Nada nuevo bajo el sol.

Figuras Ocultas

Que nos faltan referentes femeninos está claro. Y no es cosa de un único ámbito de la vida, sino que ocurre en todas las esferas, ya sea literatura, filosofía, arte, música, televisión, cine, política, economía o ciencia. Bueno, no, en todas no, porque en la enseñanza o cuidados sí que hay numerosas mujeres. Esta ausencia se suele justificar con que no han sido relevantes. Bien porque en el pasado no tenían hueco fuera del entorno doméstico, bien porque más adelante no han sido lo suficiente buenas. Ya se sabe, para destacar siendo mujer, hay que ser mejor que el resto de los hombres, si no, simplemente se es mediocre.

No obstante, ha habido y hay mujeres que han hecho cosas. Y generalmente desafiando las leyes y a todos aquellos que les ponían zancadillas, incluso sin contar con una habitación propia. Cada vez que digo que me voy de viaje, no falta quien me dice que soy como Phileas/Willy Fogg, recordando al personaje de ficción de Julio Verne; sin embargo, nadie parece conocer a Nelly Bly, que dio la vuelta al mundo en 72 días (en realidad en 72 días, 6 horas, 11 minutos y 14 segundos). Lo mismo ocurre con la pintura, que ni siquiera las más prestigiosas pinacotecas dan espacio a las obras de mujeres; con los libros de texto que nos omiten autoras como las Sin sombrero, pertenecientes a la Generación del 27; con las politólogas, abogadas o juezas que lucharon por tener un espacio en la política o carrera judicial…

Y claro, también ha pasado en la ciencia. Sí, estudiamos a Marie Skłodowska-Curie, pero por ejemplo no recuerdo haber sabido nada de Hedy Lamarr, la inventora de las conexiones inalámbricas, hasta hace relativamente poco. Y tampoco habría imaginado que en los años 60 del siglo pasado hubiera mujeres científicas en la NASA. ¿Por qué? Porque no se nos cuenta. Y de lo que no se habla no existe.  Así que ha llegado el momento de recuperar a todas esas mujeres en la sombra de las que no hemos oído hablar, de contar las historias de esas figuras ocultas.

Y eso es lo que pretende precisamente la película Hidden Figures (Figuras Ocultas): dar a conocer la historia de la matemática afroamericana Katherine Johnson y sus dos compañeras y amigas, Dorothy Vaughan y Mary Jackson, quienes trabajaban en la NASA durante la Guerra Fría cuando EEUU estaba en plena carrera espacial contra la URSS. Basada en el libro homónimo de Margot Lee Shetterly, el título juega con el doble sentido de la palabra inglesa figure, que puede significar tanto persona como cifra.

La cinta cuenta la historia de estas tres mujeres cuyo trabajo ha pasado inadvertido a pesar de que jugaron un papel crucial en la misión que llevó al astronauta John Glenn a finalizar con éxito la primera órbita completa alrededor de la Tierra y más tarde al Apolo 11 a la Luna. Reivindica el valor de las mentes brillantes independientemente de su género o su color de piel.

Daba igual lo portentosas que fueran, puesto que solo por el hecho de ser mujeres quedaban relegadas a un segundo plano, como aquellas periodistas que nos mostraba Good Girls Revolt que nunca podían firmar sus trabajos, pese a que ellas habían llevado todo el peso de la investigación y documentación. En este caso los hombres son quienes desarrollan las teorías, quienes hacen las pruebas… sin embargo, todo el cálculo que hay detrás lo hacían ellas. Pero además de encontrarse con este techo de cristal, estas científicas tenían una segunda traba: que eran negras. Y eso, en una sociedad racista como lo era la estadounidense a principios de los 60, significaba que la segregación racial era algo natural. Había movimientos que reivindicaban derechos civiles, pero aún los negros se tenían que sentar atrás en el autobús, acudir a bibliotecas o escuelas solo para ellos y quedaban relegados a otro edificio en sus lugares de trabajo. Así pues, por ser mujeres quedaban relegadas a los cálculos, y por ser afroamericanas, desplazadas en un sótano oscuro en el ala oeste de la NASA, lejos de donde se encontraba el movimiento.

Y mientras EEUU no estaba aprovechando todos sus recursos humanos por el machismo y el racismo de su sociedad, la URSS, tras mandar al espacio a Yuri Gagarin en 1961, decidió que también tenían que mandar a una mujer. Valentina Tereshkova, una obrera que trabajaba en una fábrica textil y paracaidista aficionada fue la seleccionada entre más de cuatrocientas candidatas, y tras unos meses de pruebas y entrenamientos, fue enviada al espacio en 1963 convirtiéndose en la primera astronauta y a la vez la primera civil en hacerlo. Estados Unidos mandaría a la primera mujer (Sally Ride) en 1983, un año después de que la URSS enviara a Svetlana Savítskaya. Este año parece que EEUU iba a haber una salida espacial con dos mujeres, sin embargo, en el último momento tuvo que ser mixta porque la NASA solo tenía un traje de la talla M, justo la talla que compartían las dos astronautas…

Volviendo a la película, cuenta con un magnífico reparto. Las tres protagonistas brillan por sí solas y pero también funcionan bien juntas gracias a la buena química entre ellas. No hay enemistad, sino sororidad, y se agradece ver cómo se apoyan. Es verdad que destaca un poco más el personaje de Johnson sirviendo de hilo conductor, pero cada una de ellas tiene su hueco.

Así, conocemos también la historia de Dorothy Vaughan que lucha por convertirse en supervisora (ya lo es en funciones) y que cuando descubre que la llegada de los ordenadores puede dejar a todo su departamento en la calle, decide adelantarse y formar a las calculadoras que tiene a cargo para que cuando se instauren las máquinas, sean imprescindibles como hasta ese momento.

La tercera mujer es Mary Jackson, que quiere ser ingeniera espacial pero que no puede ejercer como tal porque le falta formación a la que no puede acceder por ser negra. La pescadilla que se muerde la cola. Pese a que tiene en contra a su marido, a su entorno laboral y a la sociedad racista, no se frena y va a los tribunales para solicitar que le dejen realizar el curso.

Este equilibrio de luchas de las tres protagonistas favorece el ritmo de la trama y hace que el espectador no se pierda entre tanta cifra y cálculo matemático.

La prepotencia masculina queda reflejada en el personaje de Jim Parsons, un tipo tan repelente y odioso como el Sheldon Cooper que le llevó a la fama. No entiende que Katherine vaya a revisar sus datos, pues no concibe que una mujer negra vaya a ser más inteligente que él o el resto de sus compañeros ingenieros, y le pone todas las trabas posibles. Representa el machismo y racismo combinado con la envidia profesional.

Figuras ocultas resulta entretenida. Es verdad que es una película amable, de propaganda cultural que se queda en la superficie y no profundiza en demasía. Esto se ve claramente en la forma edulcorada de tratar la discriminación huyendo del drama. No se ahonda en la culpabilidad de los blancos que miran para otro lado y que solo con no intervenir ante una situación de injusticia ya están perpetuando ese sistema racista al que le echan la culpa. Solo hay un atisbo de rebeldía cuando el jefe de Katherine arrasa con el letrero del baño de negras. Y tengo mis dudas sobre sus razones. Me da la sensación de que la motivación tenía más que ver con el tiempo que pierde su empleada y que hace que el trabajo sea más lento, y no tanto con la defensa de los derechos civiles. En cualquier caso, parece que este suceso no ocurrió en la realidad, sino que es una licencia cinematográfica. La Katherine original simplemente usaba el de blancas que tenía cerca.

Sin embargo, pese a la simplicidad o las licencias, hay que reconocer que cumple con el cometido de dar a conocer a estas tres científicas, de despertar la curiosidad y admiración del espectador hacia su figura y sus logros.

Katherine Johnson, aquella niña que comenzó el instituto con 10 años y acabó la carrera con 18, tras los sucesos que podemos ver en la película, siguió trabajando en la NASA hasta su jubilación. En 2015 Obama le concedió la Medalla de la Libertad, el mayor reconocimiento civil del país.

Dorothy Vaughan por su parte acabó siendo una de las mejores programadoras del país y la primera mujer afroamericana en contar con un puesto de dirección en la historia de la NASA. Falleció en 2008.

Mary Jackson consiguió continuar con sus estudios y se convirtió en la primera ingeniera aeronáutica. Se especializó en el procesamiento de datos obtenidos en los vuelos y los túneles de viento y tras 34 años en su puesto, pasó a formar parte de la Oficina de Igualdad de Oportunidades de la NASA. Incluso acogió en su casa a las nuevas reclutas que necesitaran ayuda o consejo para su adaptación. Falleció en 2005.

Tres brillantes mujeres que no solo se abrieron camino, sino que lo hicieron para todas aquellas que vinieron después.

Nueva Serie para ver: Vota Juan

Pocas series se han hecho en España relacionadas con la política (Señor alcalde y Moncloa, ¿dígame?), pero parece que ya nos vamos desencorsetando y probamos nuevas estructuras, nuevas tramas y nuevos estilos. Tal es el caso de Vota Juan, una comedia fresca que se centra en la historia de Juan Carrasco, un mediocre político que abandona su Logroño natal para convertirse en Ministro de Agricultura, Pesca, Alimentación y Medio Ambiente. Sin embargo, él no quiere quedarse ahí, su mayor aspiración es llegar a Presidente, por eso, cuando de rebote se entera de algo que no debería saber, se prepara para presentarse a las primarias de su partido y así acercarse a su objetivo.

El personaje está magníficamente interpretado por Javier Cámara, a quien además le acompañan María Pujalte como Macarena Lombardo, su jefa de prensa (que casi le quita el protagonismo), Nuria Mencía como Carmen Müller, su jefa de gabinete y Adam Jezierski como  Víctor, su pelota asesor personal. Es este equipo de campaña quien tratará de aconsejar al desastroso y mezquino candidato así como enmendar su falta de habilidad política.

Además de un cuidado reparto, cuenta con unos diálogos ágiles y ácidos huyendo del gag y de las risas enlatadas. Ayuda en el ritmo su duración de media hora, que no deja lugar para los silencios o la redundancia. Eso sí, se recrea en los momentos incómodos y bochornosos del ministro, como su insistencia en hacer comillas con los dedos o sus ruedas de prensa donde muestra su ineptitud. La serie comienza ya con una crisis en ciernes y vamos descubriendo los protagonistas a medida que se desarrolla la acción, sin tiempo que perder en presentaciones.

No creo que haya que esperar una serie demasiado profunda y con debate político. Por el contrario pinta más a que, con la excusa de este personaje que únicamente busca su propio interés y que es capaz de cambiar sus principios según el momento, se va a presentar el lado más bochornoso de la política, todo aquello que queda entre bambalinas. Es decir, no va a ir a lo particular, sino a lo general, a las guerras políticas internas, las intrigas de partidos, las envidias y las zancadillas. Ya solo con eso, tiene bastante material. De hecho, ni siquiera hace falta que los guionistas le den mucho a la imaginación, pues el panorama político español parece de peli de Berlanga.

De hecho, han aprovechado las elecciones del 28-A para hacer su propia campaña con el lema #VotaJuan. Incluso hemos podido ver entre los tuits de la cuenta de @soyjuancarrasco cómo ha recreado los carteles del PP, PSOE, Unidas Podemos o Ciudadanos.

Una campaña de marketing muy en la línea de la que llevó Netflix con House of Cards.

De momento Vota Juan cuenta con una primera temporada de ocho capítulos que queda abierta de cara a una segunda temporada. ¿Conseguirá llegar a la Moncloa? Habrá que darle al play.

Brexit: The Uncivil War

Hoy que es el día oficial en que iba a ser efectiva la salida del Reino Unido de la Unión Europea (veremos a ver cuándo y qué ocurre) es buen momento para hablar de la película Brexit: The Uncivil War. La cinta nos cuenta las tácticas, maquinaciones y maniobras de la campaña previa al Referéndum de 23 de junio de 2016 en que el 51,9% de la población votó Leave. Con un guion que parte de los libros All Out War: The Full Story of How Brexit Sank Britain’s Political Class, de Tim Shipman y Unleashing Demons: The Inside Story of Brexit, de Craig Oliver, está dirigida por Toby Haynes y cuenta con el magnífico Benedict Cumberbatch en el papel de Dominic Cummings, el asesor político que fue el jefe de dicha campaña.

El proyecto del filme recibió críticas por el momento en que se planteó, pues no se comprendía muy bien qué sentido tenía hablar del Brexit sin Brexit. No obstante, ha resultado ser de lo más oportuna. Y es que, como decía, no se centra en las consecuencias de la salida del UE, sino de cómo se gestó. La película es la crónica de un desastre anunciado y pone el foco en cómo internet influye en todos los aspectos de nuestra vida. También en la política.

Atrás quedaron los carteles, los mítines con propuestas, las grandes concentraciones o los debates con sus argumentaciones. En lugar de hacer una campaña destacando unas ideas, unos proyectos y cuál es la mejor forma de presentársela a la ciudadanía para obtener su voto, hoy en día, en la era digital, funciona al revés. Dejamos rastros de nuestra vida con cada dispositivo o aplicación que usamos y hay empresas (como Cambridge Analytica) que se están encargando de recopilar todos estos datos sobre nuestros gustos, nuestras preocupaciones, nuestros intereses para que después terceros hagan una campaña interpelándonos. No importa si la información es verídica o no, porque estas campañas lo que realmente buscan son nuestras entrañas. Por tanto, fluyen los bulos sin ningún tipo de contención, con el agravante además de que los contrincantes se ven a rebufo de este tipo de informaciones falsas. Acaban perdiendo más tiempo en desmentirlas que en presentar su propia campaña, por lo que al final los tempos y la agenda la marcan los tramposos. Pasó con Trump, pasó con el Brexit, pasó con Bolsonaro, pasó en Andalucía y veremos a ver en las dos próximas citas electorales en nuestro país.

Aunque la temática pudiera resultar aburrida, la película me pareció entretenida. Tiene buen ritmo y la música está muy bien elegida. Además, funciona muy bien la combinación de entrevistas e imágenes reales con las de ficción. Cumberbatch borda el personaje (como todos los que interpreta) y eclipsa al resto del reparto, donde además Boris Johnson, Nigel Farage o el donante del UKIP parecen más caricaturas que personajes.

No sabemos qué pasará de aquí en adelante con este nuevo panorama político, pero Brexit: The Uncivil War sirve para entender esta nueva realidad política en la que la ciudadanía está más desamparada que nunca ante tal manipulación de la información.

Serie Terminada: House of cards

Hace poco terminó House of Cards, una serie que llegó a nuestras pantallas de mano en 2013 abriendo la veda del mundo de la televisión a demanda. La adaptación de la miniserie de la BBC (a su vez basada en una novela de Michael Dobbs) llegó a Netflix pisando fuerte. Sin embargo, como muchas otras series, estiró demasiado el chicle y cuando quiso terminar ya había perdido parte de su esencia.

El piloto arrancó con Frank Underwood (Kevin Spacey) matando con sus propias manos a un perro que sufre. Así ya de inicio se presenta como un ser despiadado, sin escrúpulos. Y esta faceta se desarrollará aún más a lo largo del capítulo cuando descubra que aquel cargo de Secretario de Estado que le prometieron, finalmente no será suyo. Underwood es un congresista demócrata y coordinador de la mayoría de la Cámara de Representantes de los Estados Unidos que ansía el poder, así, cuando ve cómo se le escapa el puesto, urde los más enrevesados planes para hacer caer a todos los que se la han jugado y llegar a controlar el partido (como poco).

Por otro lado, conocemos a su mujer, Claire Underwood (Robin Wright), quien dirige una ONG y forma un tándem con Frank. Comparte la ambición de su marido y trabajarán juntos por obtener el poder.

Así, con este planteamiento y estos personajes, la serie se centra en los callejones oscuros de la política, en las manipulaciones, chantajes e incluso asesinatos. Todo por el poder. Tenemos un tablero de ajedrez en el que los participantes solo se mueven por sus intereses. Son aves carroñeras que no solo devoran a los cadáveres, sino que no dudan en quitar de en medio a quien se interpone en su camino.

House of cards empieza bien, con un buen planteamiento argumental, es visualmente atractiva y con unos actores a la cabeza que le imprimen carácter a sus personajes. Se cuece a fuego lento, pero se agradece, porque los diálogos están cargados de significado y no siempre es fácil seguir el ritmo y los engaños de los Underwood. Sobre todo cuando hay demasiadas referencias al sistema electoral estadounidense y no sabes qué papel juega quién y la relevancia que tiene por el puesto qué ocupa.

Si la primera temporada sirve para presentarnos a unos Underwood sin escrúpulos que no dudan en quitarse de en medio a quien sea para escalar puestos; a partir de ahí la acción se dispara y pasamos a unas temporadas plagadas de golpes de efecto y giros de guion. Primero veremos a Frank ocupando la Vicepresidencia y después, tras la renuncia del Presidente (previo urdimiento de Underwood para que renuncie, claro), convertirse en POTUS.

A partir de ahí la cosa se complica un poco más, porque es más sencillo manipular desde fuera, que sentado en la mesa del despacho oval. Lo difícil no ha sido llegar, sino mantenerse y no resultar víctima de maniobras como las que él ha estado llevando a cabo. Frank Underwood se encuentra en el punto de mira de muchos enemigos. Además, se encuentra con un frente más abierto: Claire. Ella colabora en los intereses de Frank en tanto que a ella también le beneficien. Ambos son ambiciosos y juegan por el bien común. Así pues, en el momento en que ella siente que la balanza se ha desequilibrado y que solo gana él, reclama su parte y amenaza con salir de las sombras.

Hasta el momento, en las tres primeras temporadas Frank no ha tenido un rival que estuviera a su altura, pero con Claire es diferente. No solo lo conoce a él y a sus secretos, sino que puede ser igual de cínica y manipuladora que él. Así, la cuarta temporada es un duelo de Underwoods que solo puede acabar de dos formas: con uno fuera de la ecuación o con Frank apoyando a su mujer como ella lo ha ayudado durante todo este tiempo.

Y parece que la balanza se inclina a la segunda opción, pues la quinta temporada arranca con el matrimonio presentando su candidatura a la Presidencia (Frank) y Vicepresidencia (Claire). De nuevo son un tándem que camina en la misma dirección, con el mismo objetivo. Eso sí, ahora lo tienen más difícil que al principio, lo que hace que sus planes sean más maquiavélicos si cabe.

A estas alturas la serie iba por unos derroteros muy distintos a los comienzos, no es de extrañar que Beau Willimon, el showrunner, la abandonara en la cuarta temporada (una le sobró de hecho). El hilo argumental ya se había perdido, los enemigos eliminados como si nada (ya sean periodistas o políticos), asesinatos por doquier y siempre en busca de dar un giro de guion. House of Cards se fue convirtiendo en Scandal a medida que avanzaban las temporadas y los Underwood se parecían demasiado a los Grant. No había de por medio una Olivia o un B613, pero sí un Tom Yates y un Doug Stamper respectivamente. La política acabó siendo lo de menos y House of cards fue abandonando el thriller para transformarse en un culebrón en que los personajes llegaron a ser una caricatura de sí mismos. Para estas alturas de la serie el espectador ya ha perdido la capacidad de sorpresa entre tanta puñalada trapera, corrupción y asesinatos.

Y de repente salió a la luz la demanda por agresión sexual contra Kevin Spacey y el actor fue despedido. Parte de la sexta temporada ya se había grabado y se hizo borrón y cuenta nueva para readaptarla sin él. Netflix decidió cancelar la serie tras una temporada reducida de 13 a 8 episodios centrados en el personaje de Robin Wright. Pero en realidad, tampoco era para tanto, con demanda o sin ella Frank Underwood ya estaba muy quemado como protagonista. Además, de todas formas era el momento de Claire después de que en la cuarta reclamara su lugar y de que en la quinta se empoderase.

Sin embargo, parece que de repente los guionistas perdieron el rumbo. Como si se hubieran quedado sin ideas y no supieran qué escribir. Lo que se podía haber convertido en un buen cierre, en un soplo de aire fresco; se envicia con constantes alusiones a Frank Underwood como si intentaran compensar de alguna forma que Claire está sola en el liderazgo. Al final es algo que lastra a nivel argumental. La temporada pierde todo el interés con el sinsentido de “todos contra la presidenta” pero sin realmente llegar a ser una verdadera amenaza. Por no hablar de ese final tan precipitado y que no cierra nada. Vaya manera de cargarse una serie que comenzó tan arriba.

Una lástima. Cuando comencé a verla esperaba una serie más seria, centrada en las sombras de la política con la prensa como cuarto poder sacando a la luz las oscuras maniobras de los Underwood. Sin embargo, al final ha resultado ser un culebrón en que la política era lo de menos y donde los protagonistas no tenían unos antagonistas que les hicieran realmente frente. Podríamos decir que ha resultado ser un Underwood vs Underwood y todo lo demás ha sido secundario.