Nueva Serie para ver: Vota Juan

Pocas series se han hecho en España relacionadas con la política (Señor alcalde y Moncloa, ¿dígame?), pero parece que ya nos vamos desencorsetando y probamos nuevas estructuras, nuevas tramas y nuevos estilos. Tal es el caso de Vota Juan, una comedia fresca que se centra en la historia de Juan Carrasco, un mediocre político que abandona su Logroño natal para convertirse en Ministro de Agricultura, Pesca, Alimentación y Medio Ambiente. Sin embargo, él no quiere quedarse ahí, su mayor aspiración es llegar a Presidente, por eso, cuando de rebote se entera de algo que no debería saber, se prepara para presentarse a las primarias de su partido y así acercarse a su objetivo.

El personaje está magníficamente interpretado por Javier Cámara, a quien además le acompañan María Pujalte como Macarena Lombardo, su jefa de prensa (que casi le quita el protagonismo), Nuria Mencía como Carmen Müller, su jefa de gabinete y Adam Jezierski como  Víctor, su pelota asesor personal. Es este equipo de campaña quien tratará de aconsejar al desastroso y mezquino candidato así como enmendar su falta de habilidad política.

Además de un cuidado reparto, cuenta con unos diálogos ágiles y ácidos huyendo del gag y de las risas enlatadas. Ayuda en el ritmo su duración de media hora, que no deja lugar para los silencios o la redundancia. Eso sí, se recrea en los momentos incómodos y bochornosos del ministro, como su insistencia en hacer comillas con los dedos o sus ruedas de prensa donde muestra su ineptitud. La serie comienza ya con una crisis en ciernes y vamos descubriendo los protagonistas a medida que se desarrolla la acción, sin tiempo que perder en presentaciones.

No creo que haya que esperar una serie demasiado profunda y con debate político. Por el contrario pinta más a que, con la excusa de este personaje que únicamente busca su propio interés y que es capaz de cambiar sus principios según el momento, se va a presentar el lado más bochornoso de la política, todo aquello que queda entre bambalinas. Es decir, no va a ir a lo particular, sino a lo general, a las guerras políticas internas, las intrigas de partidos, las envidias y las zancadillas. Ya solo con eso, tiene bastante material. De hecho, ni siquiera hace falta que los guionistas le den mucho a la imaginación, pues el panorama político español parece de peli de Berlanga.

De hecho, han aprovechado las elecciones del 28-A para hacer su propia campaña con el lema #VotaJuan. Incluso hemos podido ver entre los tuits de la cuenta de @soyjuancarrasco cómo ha recreado los carteles del PP, PSOE, Unidas Podemos o Ciudadanos.

Una campaña de marketing muy en la línea de la que llevó Netflix con House of Cards.

De momento Vota Juan cuenta con una primera temporada de ocho capítulos que queda abierta de cara a una segunda temporada. ¿Conseguirá llegar a la Moncloa? Habrá que darle al play.

Brexit: The Uncivil War

Hoy que es el día oficial en que iba a ser efectiva la salida del Reino Unido de la Unión Europea (veremos a ver cuándo y qué ocurre) es buen momento para hablar de la película Brexit: The Uncivil War. La cinta nos cuenta las tácticas, maquinaciones y maniobras de la campaña previa al Referéndum de 23 de junio de 2016 en que el 51,9% de la población votó Leave. Con un guion que parte de los libros All Out War: The Full Story of How Brexit Sank Britain’s Political Class, de Tim Shipman y Unleashing Demons: The Inside Story of Brexit, de Craig Oliver, está dirigida por Toby Haynes y cuenta con el magnífico Benedict Cumberbatch en el papel de Dominic Cummings, el asesor político que fue el jefe de dicha campaña.

El proyecto del filme recibió críticas por el momento en que se planteó, pues no se comprendía muy bien qué sentido tenía hablar del Brexit sin Brexit. No obstante, ha resultado ser de lo más oportuna. Y es que, como decía, no se centra en las consecuencias de la salida del UE, sino de cómo se gestó. La película es la crónica de un desastre anunciado y pone el foco en cómo internet influye en todos los aspectos de nuestra vida. También en la política.

Atrás quedaron los carteles, los mítines con propuestas, las grandes concentraciones o los debates con sus argumentaciones. En lugar de hacer una campaña destacando unas ideas, unos proyectos y cuál es la mejor forma de presentársela a la ciudadanía para obtener su voto, hoy en día, en la era digital, funciona al revés. Dejamos rastros de nuestra vida con cada dispositivo o aplicación que usamos y hay empresas (como Cambridge Analytica) que se están encargando de recopilar todos estos datos sobre nuestros gustos, nuestras preocupaciones, nuestros intereses para que después terceros hagan una campaña interpelándonos. No importa si la información es verídica o no, porque estas campañas lo que realmente buscan son nuestras entrañas. Por tanto, fluyen los bulos sin ningún tipo de contención, con el agravante además de que los contrincantes se ven a rebufo de este tipo de informaciones falsas. Acaban perdiendo más tiempo en desmentirlas que en presentar su propia campaña, por lo que al final los tempos y la agenda la marcan los tramposos. Pasó con Trump, pasó con el Brexit, pasó con Bolsonaro, pasó en Andalucía y veremos a ver en las dos próximas citas electorales en nuestro país.

Aunque la temática pudiera resultar aburrida, la película me pareció entretenida. Tiene buen ritmo y la música está muy bien elegida. Además, funciona muy bien la combinación de entrevistas e imágenes reales con las de ficción. Cumberbatch borda el personaje (como todos los que interpreta) y eclipsa al resto del reparto, donde además Boris Johnson, Nigel Farage o el donante del UKIP parecen más caricaturas que personajes.

No sabemos qué pasará de aquí en adelante con este nuevo panorama político, pero Brexit: The Uncivil War sirve para entender esta nueva realidad política en la que la ciudadanía está más desamparada que nunca ante tal manipulación de la información.

Serie Terminada: House of cards

Hace poco terminó House of Cards, una serie que llegó a nuestras pantallas de mano en 2013 abriendo la veda del mundo de la televisión a demanda. La adaptación de la miniserie de la BBC (a su vez basada en una novela de Michael Dobbs) llegó a Netflix pisando fuerte. Sin embargo, como muchas otras series, estiró demasiado el chicle y cuando quiso terminar ya había perdido parte de su esencia.

El piloto arrancó con Frank Underwood (Kevin Spacey) matando con sus propias manos a un perro que sufre. Así ya de inicio se presenta como un ser despiadado, sin escrúpulos. Y esta faceta se desarrollará aún más a lo largo del capítulo cuando descubra que aquel cargo de Secretario de Estado que le prometieron, finalmente no será suyo. Underwood es un congresista demócrata y coordinador de la mayoría de la Cámara de Representantes de los Estados Unidos que ansía el poder, así, cuando ve cómo se le escapa el puesto, urde los más enrevesados planes para hacer caer a todos los que se la han jugado y llegar a controlar el partido (como poco).

Por otro lado, conocemos a su mujer, Claire Underwood (Robin Wright), quien dirige una ONG y forma un tándem con Frank. Comparte la ambición de su marido y trabajarán juntos por obtener el poder.

Así, con este planteamiento y estos personajes, la serie se centra en los callejones oscuros de la política, en las manipulaciones, chantajes e incluso asesinatos. Todo por el poder. Tenemos un tablero de ajedrez en el que los participantes solo se mueven por sus intereses. Son aves carroñeras que no solo devoran a los cadáveres, sino que no dudan en quitar de en medio a quien se interpone en su camino.

House of cards empieza bien, con un buen planteamiento argumental, es visualmente atractiva y con unos actores a la cabeza que le imprimen carácter a sus personajes. Se cuece a fuego lento, pero se agradece, porque los diálogos están cargados de significado y no siempre es fácil seguir el ritmo y los engaños de los Underwood. Sobre todo cuando hay demasiadas referencias al sistema electoral estadounidense y no sabes qué papel juega quién y la relevancia que tiene por el puesto qué ocupa.

Si la primera temporada sirve para presentarnos a unos Underwood sin escrúpulos que no dudan en quitarse de en medio a quien sea para escalar puestos; a partir de ahí la acción se dispara y pasamos a unas temporadas plagadas de golpes de efecto y giros de guion. Primero veremos a Frank ocupando la Vicepresidencia y después, tras la renuncia del Presidente (previo urdimiento de Underwood para que renuncie, claro), convertirse en POTUS.

A partir de ahí la cosa se complica un poco más, porque es más sencillo manipular desde fuera, que sentado en la mesa del despacho oval. Lo difícil no ha sido llegar, sino mantenerse y no resultar víctima de maniobras como las que él ha estado llevando a cabo. Frank Underwood se encuentra en el punto de mira de muchos enemigos. Además, se encuentra con un frente más abierto: Claire. Ella colabora en los intereses de Frank en tanto que a ella también le beneficien. Ambos son ambiciosos y juegan por el bien común. Así pues, en el momento en que ella siente que la balanza se ha desequilibrado y que solo gana él, reclama su parte y amenaza con salir de las sombras.

Hasta el momento, en las tres primeras temporadas Frank no ha tenido un rival que estuviera a su altura, pero con Claire es diferente. No solo lo conoce a él y a sus secretos, sino que puede ser igual de cínica y manipuladora que él. Así, la cuarta temporada es un duelo de Underwoods que solo puede acabar de dos formas: con uno fuera de la ecuación o con Frank apoyando a su mujer como ella lo ha ayudado durante todo este tiempo.

Y parece que la balanza se inclina a la segunda opción, pues la quinta temporada arranca con el matrimonio presentando su candidatura a la Presidencia (Frank) y Vicepresidencia (Claire). De nuevo son un tándem que camina en la misma dirección, con el mismo objetivo. Eso sí, ahora lo tienen más difícil que al principio, lo que hace que sus planes sean más maquiavélicos si cabe.

A estas alturas la serie iba por unos derroteros muy distintos a los comienzos, no es de extrañar que Beau Willimon, el showrunner, la abandonara en la cuarta temporada (una le sobró de hecho). El hilo argumental ya se había perdido, los enemigos eliminados como si nada (ya sean periodistas o políticos), asesinatos por doquier y siempre en busca de dar un giro de guion. House of Cards se fue convirtiendo en Scandal a medida que avanzaban las temporadas y los Underwood se parecían demasiado a los Grant. No había de por medio una Olivia o un B613, pero sí un Tom Yates y un Doug Stamper respectivamente. La política acabó siendo lo de menos y House of cards fue abandonando el thriller para transformarse en un culebrón en que los personajes llegaron a ser una caricatura de sí mismos. Para estas alturas de la serie el espectador ya ha perdido la capacidad de sorpresa entre tanta puñalada trapera, corrupción y asesinatos.

Y de repente salió a la luz la demanda por agresión sexual contra Kevin Spacey y el actor fue despedido. Parte de la sexta temporada ya se había grabado y se hizo borrón y cuenta nueva para readaptarla sin él. Netflix decidió cancelar la serie tras una temporada reducida de 13 a 8 episodios centrados en el personaje de Robin Wright. Pero en realidad, tampoco era para tanto, con demanda o sin ella Frank Underwood ya estaba muy quemado como protagonista. Además, de todas formas era el momento de Claire después de que en la cuarta reclamara su lugar y de que en la quinta se empoderase.

Sin embargo, parece que de repente los guionistas perdieron el rumbo. Como si se hubieran quedado sin ideas y no supieran qué escribir. Lo que se podía haber convertido en un buen cierre, en un soplo de aire fresco; se envicia con constantes alusiones a Frank Underwood como si intentaran compensar de alguna forma que Claire está sola en el liderazgo. Al final es algo que lastra a nivel argumental. La temporada pierde todo el interés con el sinsentido de “todos contra la presidenta” pero sin realmente llegar a ser una verdadera amenaza. Por no hablar de ese final tan precipitado y que no cierra nada. Vaya manera de cargarse una serie que comenzó tan arriba.

Una lástima. Cuando comencé a verla esperaba una serie más seria, centrada en las sombras de la política con la prensa como cuarto poder sacando a la luz las oscuras maniobras de los Underwood. Sin embargo, al final ha resultado ser un culebrón en que la política era lo de menos y donde los protagonistas no tenían unos antagonistas que les hicieran realmente frente. Podríamos decir que ha resultado ser un Underwood vs Underwood y todo lo demás ha sido secundario.

Serie Terminada: Scandal

Hace un par de años que vimos el piloto de Scandal y se quedó en la lista de series para ver. En abril del año pasado llegó a su fin tras siete temporadas y era momento de rescatarla para verla del tirón. Vaya pérdida de tiempo.

En el primer capítulo se nos presentaba Olivia Pope & Associates, una agencia de gestión de crisis y escándalos cuya misión es proteger y defender la imagen de sus acaudalados clientes. La trama se centra en Washington D. C. y la Olivia Pope que da nombre al bufete es una abogada con contactos hasta en la misma Casa Blanca, puesto que fue directora de campaña (y amante) del ahora Presidente Grant. Su personaje está basado en Judy Smith, jefa de prensa de la administración de George H. W. Bush (quien además pertenece al equipo de producción de la serie). El resto de su equipo está formado por su mano derecha Stephen Finch, su amiga Abby Whelan, el hacker Huck, Harrison Wright y la recién llegada Quinn Perkins. Todos tienen en común que fueron salvados por su jefa en algún momento de su vida.

Durante los siete episodios de la primera temporada podemos ver cómo Pope y su fiel equipo de gladiadores con traje (como se hacen llamar) se encargan de solucionar los problemas de sus clientes gestionando sobre todo la comunicación. En el fondo no es muy diferente de The Catch, también de Shonda Rhimes: mujer de alto nivel adquisitivo que dirige un bufete, clientes exclusivos con problemas que no quieren que salgan a la luz y una relación romántica tortuosa. Sí que es verdad que la primera tenía una fotografía más luminosa (estaba centrada en Los Ángeles), pero se recurren a los mismos flashes, pantallas partidas y ritmo frenético.

Pero volviendo a Scandal, con estas premisas planteadas de inicio, parecía indicar que se iba a tratar de un drama político de capítulos autoconclusivos al estilo procedimental con una subtrama romántica entre Pope y el presidente. Pensé que los intríngulis políticos, el debate moral y las estrategias de comunicación serían el leit Motiv de Scandal; sin embargo, la política pasó a segundo plano en la segunda temporada cambiando totalmente el estilo y la estructura de la serie. Entonces se convirtió en una telenovela en la que todo giraba en torno a la relación tóxica entre Olivia y Fritz. Todo un melodrama pasado de vuelta.

 

Así, en el resto de temporadas, lejos queda la fórmula inicial de la serie siendo sustituida por un sindiós narrativo plagado de conspiraciones paranoicas que restan cualquier ápice de credibilidad a la historia. No sé qué se fumaban para escribir los guiones, pero da la sensación de que intentaban buscar lo más descabellado, cualquier giro que sorprendiera a la audiencia por muy inverosímil que fuera. Sin embargo, acaba convirtiéndose en un insulto a la inteligencia del espectador. A saber: amaño de elecciones, conspiraciones, espionaje, juegos sucios, chantajes, torturas, asesinatos, secuestros, organizaciones secretas, progenitores sin escrúpulos que salen de la nada… todo lo que pueda sonar disparatado vale en Scandal, tanto que entra en un círculo vicioso del que no podrá salir.

Los personajes no se salvan claro, están también muy mal definidos. Olivia es independiente, ambiciosa y brillante en su trabajo. Hasta ahí bien, excepto por el pequeño detalle que parece que siempre tiene un as bajo la manga y que es capaz de enfrentarse a todo. Incluso al aparato de una agencia de inteligencia secreta. Por otro lado se nos presenta como fría, frívola y cruel, pero que a su vez cae una y otra vez en los mismos errores. Parece tener síndrome de Estocolmo con sus padres y con Fritz. Las absurdas incoherencias la convierten en un personaje inverosímil. Un individuo puede tener contradicciones y dobleces, pero siempre con cierta coherencia con respecto a su historia. Aquí parece que Rhimes ha querido que todo le pase a ella. No me extraña que se dé al alcohol.

El personaje de Fitzgerald Grant III es horroroso. Cincuentón blanco que viene de familia adinerada y que representa el poder. Es definido como el líder del mundo libre. Sin embargo, resulta que ha llegado al puesto gracias a un amaño en las elecciones y no es más que una marioneta en manos de todos aquellos que llevaron su campaña. Incluso cuando es presidente ni siquiera gobierna, sino que está dirigido por sus asesores, y por Olivia, claro, que es la cabeza pensante de todo esto. Por si fueran pocos estereotipos, además es un marido infiel e insoportable que desprecia a su mujer y que acaba convirtiendo a su amante en un florero en cuanto la relación da un paso más serio.

Y luego está Mellie Grant, esa primera dama que sacrifica todo (personal y profesionalmente) por su marido. Traga carros y carretas, pero en lugar de crear un personaje hacia el que el espectador pueda sentir cierta pena; por el contrario es presentada bien como una insufrible damisela siempre lloriqueando (incluso cuando es por algo tan razonable como la pérdida de un hijo), o bien como una mujer malvada que está tramando un plan maquiavélico (y que no siente apego por los niños pequeños). La mujer débil o la mujer desalmada. Sin embargo, es una superviviente. Pone en pausa su vida para que su marido llegue al poder con la esperanza de que después ese empeño sea recompensado de la misma forma. Pero claro, su marido no está a la altura. Sin duda Mellie es quien tiene más coherencia y quien más evoluciona de toda la serie. Aunque he de decir que el doblaje no le hace nada bien.

En fin, que la trama es un despropósito plagada de incongruencias, los guiones son nefastos y los personajes no transmiten empatía. Sobre todo en esos monólogos interminables recitados a viva voz. Tanto Cyrus Beene (jefe de gabinete del presidente), como los padres de Olivia (especialmente Rowan) y ella misma sueltan unos irritantes soliloquios llenos de frases vacías. Eso sí, parece que los actores se lo toman en serio y creen estar interpretando a el papel de sus vidas en Broadway.

Porque esa es otra, el elenco no se salva. No he visto cosa peor que Huck, un señor que parece que solo sabe gesticular con los ojos: o los achina o los abre mucho. Ya está, esa es su capacidad actoral. Por no hablar de Jake Ballard, interpretado por Scott Foley, el Noel de Felicity, un tipo que se ha encasillado en “el yerno perfecto” y no termina de encajar como despiadado asesino de una agencia secreta. Pero quien se lleva la palma es Kerry Washington, la mismísima protagonista. No transmite, no sabe expresar emociones, es demasiado hierática.

En definitiva, Scandal es un quiero y no puedo. Prometía un drama político plagado de escándalos y giros de guion y se convirtió en un mal culebrón.

Familie Braun

Hace poco, en los comentarios de una columna sobre la creciente subida de votos de los partidos fascistas, leí la recomendación de la serie Familie BraunTras leer la sinopsis no pude por menos que verla, pues parte de una premisa bastante chocante.

Thomas Braun y Kai Stahl son dos veinteañeros neonazis que comparten piso en Berlín. Un buen día entre jijis, jajas, saludos a Hitler y vídeos en youtube sobre cómo hacer cosas nazis reciben una visita. Se trata de un antiguo rollo de una noche de Thomas, que le comunica que tiene que marcharse a Eritrea y no puede llevarse con ella a la hija de seis años que tienen en común. Así de golpe el protagonista no solo se entera de que es padre, sino de que lo es de una niña negra.

Aunque Thomas se queda algo desencajado, pronto se encarga de Lara, sin embargo, Kai no reacciona de la misma forma. En primer lugar alucina por el hecho de que su amigo haya sido capaz de liarse con una negra (era más clara, dice Thomas como excusa), y después ante la actitud que toma hacia la niña, asumiendo su papel de padre. Padre de una niña negra. Siendo neonazi…

Así, intenta por todos los medios que la niña desaparezca tal y como llegó, pero Lara es realmente perspicaz y vuelve para quedarse. En los restantes episodios vemos cómo la mirada limpia de una niña de seis años y sus preguntas y comentarios desmontan el “argumentario” de la ideología nazi.

Obviamente, la serie tiene sus puntos flacos, como el planteamiento inicial, pues a qué madre en su sano juicio se le ocurriría dejar a su hija con un tipo que no la ha visto en la vida y que además es un neonazi… Pero bueno, aceptamos la licencia para marcar el chocante arranque del piloto. Pero en cualquier caso, resulta entretenida y, a pesar de lo dramático, arranca la carcajada por lo surrealista de las situaciones.

Lamentablemente Familie Braun solo consta de una temporada de 8 capítulos realmente cortos (rondan los cinco minutos), por lo que sabe a poco.

Está disponible en Youtube (con subtítulos) y en la web de ZDF.

 

Serie Terminada: The Americans

Allá por 2013 vimos el piloto de The Americans y lo añadimos a la lista para ver pues la serie prometía. Tras seis temporadas terminó este año, así que la vimos del tirón. Y la verdad es que me ha provocado sensaciones enfrentadas. Aún estoy asimilándola. OJO SPOILERS.

La serie se ambienta a comienzos de los años ochenta, en los últimos coletazos de la Guerra Fría entre Estados Unidos y la URSS. Conocemos a Elizabeth y Philip Jennings, una pareja con dos críos adolescentes que tienen una agencia de viajes y viven en las afueras de Washington. La típica familia estadounidense. Solo que en realidad son Nadezhda y Mischa, dos espías soviéticos entrenados para infiltrarse en la sociedad americana. Sus hijos sin embargo desconocen su secreto, y sí que han nacido en Estados Unidos. Así, The Americans arranca con el día a día de esta familia, con su tapadera, con sus misiones ordenadas por Moscú y con la llegada de un nuevo vecino al barrio, Stan Beeman, que resulta ser agente del FBI de contraespionaje.

A lo largo de sus seis temporadas los Jennings se mueven en la cuerda floja entre dos mundos: el familiar como agentes de viaje, padres de familia y amigos de su vecino; y el del servicio a su país con sus seudónimos, pelucas, muertes, robos de información y operaciones secretas.

Las ficciones sobre el espionaje siempre han sido un filón. Ahí lleva años la saga de James Bond en el cine, John le Carré con sus novelas o Alias, 24 y Homeland en la pequeña pantalla. En The Americans sin embargo no vamos a encontrar el lujo de James Bond con persecuciones y yates, coches descapotables y lugares exóticos, tampoco la acción de Alias, ni el ritmo frenético de 24 o los juegos psicológicos de Homeland. Mantiene la esencia de la clásica historia de agentes dobles, pero con un ritmo mucho más reposado y tramas que se dilatan a lo largo de toda la temporada. En parte tiene sentido, ya que la misión de los Jennings es a largo plazo, no se trata de entrar en un edificio, hacerse con un objeto y salir (que también), sino de crear unos personajes, entablar relaciones, conseguir información poco a poco y volver a empezar.

La época en que se ambienta también contribuye a este ritmo pausado. Ahora un espía contaría con tecnología microscópica y con otros métodos para llegar a la información. Y con teléfonos móviles encriptados, nada de cabinas. Lo mismo para la contrainteligencia. En la actualidad un agente del FBI cotejaría unas fotografías en la base de datos con unos segundos, mientras que en los 80 había que hacer un retrato robot y navegar entre miles de archivos.

La Guerra Fría es un escenario perfecto. La estética de los 80 y su música le dan un toque nostálgico a todo. Así, si intercalamos hechos reales con unos personajes ficticios, tenemos un relato más que interesante. El creador, Joe Weisberg, fue oficial de la CIA, así que tenía material con el que trabajar sobre el funcionamiento de los servicios de inteligencia de la época. Además, se basó en notas del libro del agente del KGB, Vasili Mitrojin, y en anécdotas de agentes del FBI. Pero el detonante que le inspiró para los protagonistas fue un caso de 2010 en el que Donald Heathfield y Tracey Foley, que fueron detenidos por el FBI ante la atónita mirada de sus hijos que no entendían nada. Eran dos espías rusos (también conocidos como “ilegales”) que tomaron la identidad de dos bebés muertos en Montreal en los años 60, tuvieron dos hijos en Toronto en los 90 y emigraron a Boston tras un breve paso por Francia.

Y es que, en realidad, aunque haya referencias políticas y el espionaje como hilo conductor, The Americans no pretende hacer crítica sociopolítica, sino que es un drama sobre la familia. Bien es cierto que podríamos decir que los Jennings tienen dos familias: por un lado la Madre Patria y por otro la falsa que han construido en EEUU que incluye a unos hijos que son muy reales y que están en plena adolescencia. Los infiltrados han de compaginar en su día a día las dos facetas y conseguir un equilibrio a la vez de que una parcela no influya en la otra. Algo que no es nada fácil, pues sus misiones son cada vez más exigentes con más problemas y tensiones que tensan la cuerda. Los veremos discutir por la forma en que educar los hijos en plena misión, por ejemplo. Estos altibajos y crisis repercuten en su estabilidad emocional, sobre todo en Philip.

Philip es profesional en sus misiones y cumple con lo que se le exige, pero se le ve sufrir. En más de una ocasión se le ve hacer de tripas corazón cuando ha de aprovecharse de alguna fuente/víctima. Representa la dualidad de la obligación de su trabajo y sus sentimientos, más patentes cuando hablamos de su faceta como padre y marido. Philip ama a sus hijos y con el tiempo también a su falsa esposa, una mujer mucho más fría y pragmática para la que la Madre Rusia es su prioridad. En cualquier caso, ambos forman un buen tándem a pesar de lo complicado de su relación y los vínculos que cada uno tiene fuera del matrimonio. Y funcionan mejor cuando están bien el uno con el otro. Son espías, sí, pero tienen debilidades, no se nos presentan como unos personajes arqueotipados, sino como personas con sus sentimientos y dilemas.

Así que aquí es donde me despistó la serie. Yo esperaba una historia de espías, de intrigas, de acción, de topos y de identidades falsas y en realidad eso es lo que menos peso tiene en The Americans. Además el ritmo, los silencios, la contención de emociones, las escenas de diez minutos sin diálogo, los cortes en las conversaciones a medias… es algo que no es para todo el mundo. Sí que es verdad que la tensión va creciendo a medida que pasan las temporadas, sobre todo con la hija mayor creciendo y haciendo preguntas y quizá las mejores temporadas sean las centrales. De hecho en la cuarta se acabó con varios personajes (Martha, Nina, Arkady Ivanovich, Oleg…) cerrando una etapa.

A partir de la quinta temporada todo se resquebraja poco a poco. Los guionistas ya sabían que la serie iba a concluir en la sexta y parece que quisieron eliminar flecos sueltos y reconducir la historia. La sexta comienza con un salto temporal de tres años. Se sitúa en 1987, cuando las relaciones entre Estados y la URSS comienzan a mejorar. Sin embargo, por el contrario, la de Elizabeth y Philip es cada vez más tensa. Él, superado emocionalmente por el estrés y su crisis existencial, está fuera del KGB. Al dejar atrás esa parte de su vida, el matrimonio está más distanciado que nunca. Philip se vuelca en su hijo Henry, que está estudiando fuera, mientras que Elizabeth estrecha lazos con Paige, que está en la universidad y entregada a la causa soviética.

En la temporada final, y sobre todo en el último episodio, The Americans ha sido fiel a sí misma. Yo me esperaba una conclusión frenética, con persecuciones, tiroteos y que muriera hasta el apuntador. Sin embargo, nada más lejos de la realidad. The Americans no se reservaba giros espectaculares de guión. Por el contrario tenemos una huida lenta (de unos veinte minutos), sin apenas diálogos, acompañada por música que lo dice todo (ese With or without you de U2). Es un capítulo cargado de intensidad emocional: el abandono de Henry, el cara a cara con Stan poniendo las cartas sobre la mesa, la decisión de Page de no irse con ellos, la vuelta a un país que ya no conocen…

Sin embargo, aunque no haya un rastro de cadáveres o una vertiginosa acción, sí que hay una sensación de final, de pérdida. Porque Elizabeth y Philip (Nadezhda y Mischa de nuevo) a pesar de arriesgar todo y conseguir regresar vivos a la URSS, lo han perdido todo. Su familia ha quedado dividida y han de empezar de nuevo apoyándose el uno en el otro. “Nos acostumbraremos” dice Elizabeth. No tengo yo tan claro de que la estabilidad emocional de Philip le permitiera seguir adelante sin sus hijos. Aunque quizá en Rusia pudiera conocer a su hijo perdido. Y Elizabeth habría caído con la Unión Soviética. Pero nunca lo sabremos, igual que nos quedará la duda de qué pasa con Henry o Page o si la mujer de Stan también era del KBG.

Porque al final todo eso es irrelevante. Lo importante era el camino de ida y vuelta que han hecho estos dos personajes. La historia de espías era mero entretenimiento. Pero hay que reconocer que aunque lenta, tiene una detallada ambientación, una muy buena selección musical, una fotografía muy cuidada y una tensión que parece que no está, pero que va aumentando poco a poco.

En definitiva, volviendo la vista atrás y pensando en global, la serie me ha gustado. Pero claro, venía de Orphan Black, una serie mucho más dinámica, con otro pulso y me ha costado tomar perspectiva. The Americans es para verla reposada, observando cada detalle y prestando atención a cada diálogo y silencio.

Nueva serie a la lista “para ver”: The Good Fight

En mayo de 2016, tras 7 temporadas, finalizó The Good Wife, dando por concluida la evolución de la protagonista, Alicia Florrick. No obstante, aún quedaba mucho que contar de otros personajes que compartían despacho con ella, y así nace The Good Fight, estrenada en febrero de 2017.

Hay un salto temporal de un año con respecto al final de la serie madre, los Florrick han desaparecido de escena y Diane Lockhart se encuentra en el peor momento de su vida tanto en lo personal como en lo profesional. Se ha divorciado, su bufete es cada vez menos suyo (ahora es una lista de apellidos interminable que hace que la marca sea impronunciable) y para más inri, Trump ha llegado al poder. Así pues, desencantada con la vida, decide que es hora de dejar la abogacía, emplear el dinero que tiene ahorrado para comprarse una casa en la Toscana y retirarse a disfrutar de una merecida jubilación.

Sin embargo, ese dinero ha desaparecido en una estafa piramidal (y lo peor es que el contable era amigo suyo), así que no le queda otra que volver al trabajo. No obstante, en el bufete no se lo van a poner fácil y las condiciones que le ofrecen no son ni de lejos las que tenía antes de su renuncia. Por tanto, ha de buscar otros caminos para empezar (casi) de cero. Si The Good Wife era el proceso de Alicia Florrick de una inocente buena esposa a una mujer independiente y empoderada, The Good Fight es el renacer del Fénix.

En su búsqueda de un nuevo bufete que la acoja se encuentra con que todos aquellos que lamentaban su retirada y le decían palabras bonitas, ahora le dan la espalda por considerarla demasiado mayor para formar parte de sus despachos. La única oportunidad se la da Reddick y Boseman, un reputado bufete de afroamericanos. Porque sí, en el siglo XXI en Estados Unidos sigue habiendo discriminación por raza y hay casos que solo entienden y aceptan los despachos que cuentan con afroamericanos en nómina. En esta firma trabajan dos conocidos para los seguidores de The Good Wife:  Lucca Quinn y Julius Cane.

Y no son los únicos personajes repiten del reparto original, ya que también cuenta con las apariciones de los excompañeros David Lee y Howard Lyman, de muchos de los jueces, de algunos clientes como Colin Sweeney o de mi querida Elsbeth Tascioni.

Eso sí, a Alicia no se la espera, pues su relato ya está más que cerrado. Los creadores, el matrimonio King, ahora vienen a contar la historia de tres mujeres de diferente raza, edad y orientación sexual. Acompañarán a Diane en su nueva andadura su ayudante Marissa Gold, la hija de Elie, que ahora quiere ser detective y Maia Rindell, a quien todo el mundo odia por ser la hija del estafador.

No obstante, la serie sigue el esquema de su predecesora. Parece apuntar a que además de ser una serie coral con personajes bien trabajados, va a ser divertida e incisiva y vivir pegada a la actualidad. No hay más que ver ya de inicio la crítica a Trump.  Veremos qué tal le sienta a Diane este cambio de un bufete de burgueses blancos a uno en el que predominan los afroamericanos y ha de empezar de nuevo.

Cambia con respecto a The Good Wife el número de episodios por temporada (la primera cuenta con 10 y la segunda con 13). The Good Fight se emite en la plataforma de pago de la CBS y se ha adaptado a este formato más cercano a la docena de capítulos de mayor duración. Eso sí, ya han renovado por una tercera entrega. Parece que va a haber Diane Lockhart para largo. Y yo que me alegro.