Auschwitz. No hace mucho. No muy lejos

Un día como ayer, 27 de enero, pero en 1945, el Ejército Rojo entró en Auschwitz liberando así a unas 7.000 personas del mayor y más letal campo de concentración y exterminio nazi. Lamentablemente llegaron tarde para más de un millón de personas que ya habían sido asesinadas entre sus alambradas en el transcurso de cinco años.

Dos años más tarde, en 1947, el Gobierno de Polonia creó el Museo Estatal de Auschwitz-Birkenau, un espacio de 191 hectáreas que sería reconocido en 1979 como Patrimonio de la Humanidad por la Unesco y que hoy en día recibe cada año una media de millón y medio de visitantes (en 2016 y 2017 superó los 2 millones).

Con motivo del 70 aniversario y con la doble tarea de recoger fondos y a la vez de difundir los terribles acontecimientos, el museo ha cedido a una exposición itinerante de carácter internacional unas 600 piezas originales que hasta la fecha no habían salido de la ciudad polaca de Oświęcim. Madrid se convirtió en la primera ciudad en la que que pararía Auschwitz. No hace mucho. No muy lejos que recorrerá 14 países durante 7 años.

Esta muestra, en la que también colaboran unos veinte museos e instituciones internacionales (la Biblioteca Wiener de Londres, el National Hideout Museum de Aalten de Holanda o el Memorial del Holocausto de Washington), se inauguró el 1 de diciembre de 2017 en el Centro de Exposiciones Arte Canal y desde su apertura ha tenido una acogida tan buena que se ha llegado a prorrogar hasta dos veces. Primero hasta el 7 de octubre de 2018 y después hasta el 3 de febrero de 2019. Está a punto de cerrar sus puertas y de continuar su gira mundial.

En 2017, cuando viajamos a Polonia nos planteamos hacer una parada entre Wroclaw y Cracovia y así visitar el campo. Sin embargo, el limitado horario de los trenes y con una ruta tan ajustada, al final se quedó fuera de la planificación. Hace unos meses unas amigas comentaron la segunda prórroga de la exposición y sin dudarlo buscamos un día disponible para ir juntas. Ese día fue el sábado. Pensé que ya no habría tanta gente, sin embargo, a nuestra llegada había incluso cola para entrar.  La exposición comienza incluso antes de acceder al interior, puesto que junto a las taquillas encontramos un vagón que perteneció a la Deutsche Reichsbahn. Uno de tantos de aquellos en los que eran transportados los prisioneros a los campos de concentración nazis.

Ya dentro, con nuestro plano en la mano y la audioguía al cuello, comenzamos el recorrido por los 25 espacios distribuidos en 2.500 metros cuadrados. Ahí es nada. Pero es que la muestra no es simplemente una exposición sobre el campo de concentración, sino que cubre el antes, el durante y el después. Así, lo primero que nos encontramos es la historia de Oświęcim, un pueblo ducal que Alemania devolvió a Polonia tras la I Guerra Mundial y cuya importancia radicaba básicamente en su ubicación geográfica, pues era un importante nudo de comunicaciones.

Los barracones que se habían construido para alojar a aquellos que iban a partir para Estados Unidos acabaron convirtiéndose en un complejo campo de concentración y exterminio con la llegada de la II Guerra Mundial y la ocupación polaca por parte de los nazis.

Pero antes de llegar ahí, la exposición nos sirve para recordar el contexto histórico y las circunstancias geopolíticas de la primera mitad del siglo XX. Tras la derrota alemana en la I Guerra Mundial, en 1919 se funda el Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán con un Hitler a la cabeza que comienza a llegar a la gente con un lenguaje sencillo y directo (y populista) envuelto en una cuidada puesta en escena. En la exposición podemos ver la propaganda que usaba el partido, así como algún que otro vídeo de estos discursos.

Alemania estaba sumida en la pobreza, con una moneda devaluada y con una alta tasa de desempleo en parte como consecuencia por el Tratado de Versalles, un pacto que imponía al país unas duras indemnizaciones. Esto, sumado al crac del 29, que desembocó en una crisis económica a nivel mundial que castigó aún más a Alemania, supuso el caldo de cultivo perfecto para que el pueblo comprara el discurso del partido nazi en el que prometían devolver a Alemania a tiempos de bonanza y limpiar el país de enemigos. Para Hitler estos enemigos eran los comunistas, los judíos (a quienes consideraba los culpables de la crisis económica mundial) y los seres inferiores o Untermeschen (categoría en la que se incluían aquellos que no fueran de raza aria, pero también los homosexuales o discapacitados – a quienes consideraban personas con “tara”-).

La ciudadanía, cegada por la promesa de puestos de trabajo, obvió este discurso del odio y respaldó al NSPD con sus votos en las elecciones del 33. Hitler llegó al poder y pensaba cumplir sus promesas. Así, se construyeron por todo el país campos de concentración a los que se mandaba a los opositores del régimen a cumplir trabajos forzosos. Poco después, durante la II Guerra Mundial, esta metodología se fue extendiendo. Por tanto, territorio ocupado, territorio en el que se construían campos donde se deportaba a los opositores.

En 1935 se redactaron las Leyes de Núremberg. Estas prohibían los matrimonios entre judíos y alemanes “puros”, así como las relaciones extramatrimoniales entre judíos y alemanes.

Sin embargo, no se quedaban ahí, también establecían disposiciones que impedían que los judíos contrataran a ciudadanos alemanes o que mostraran signos nacionales. quedaron privados de la ciudadanía alemana y sus derechos, lo cual conllevó que no pudieran ejercer determinadas profesiones (abogados o profesores) u ocupar cargos públicos, por lo que muchos perdieron su sustento y no pudieron mantener su casa.

El horror subió un peldaño cuando en enero de 1942 se acordó la “Solución Final” en la Conferencia de Wannsee. Una solución que consistía en explotar al pueblo hebreo hasta aniquilarlo. Sin más. Eichmann, el encargado de la organización del Holocausto, hablaba de selección natural. Con esta institucionalización del antisemitismo los judíos fueron perseguidos, marcados, marginados y recluidos en guetos. Después se pasó a fusilamientos masivos. Y finalmente se encontró una medida más económica y eficaz: los campos de exterminio.

Auschwitz, como decía al principio, fue el mayor de todos ellos, el más complejo y en el que más personas fueron asesinadas. Algunos eran de concentración, otros de trabajos forzados y otros de exterminio. Auschwitz sin embargo aunaba 3 en 1 en un territorio de 40 kilómetros cuadrados. Por un lado, Auschwitz I, que era de concentración, por otro Auschwitz II – Birkenau que era de exterminio, y finalmente Auschwitz III, de trabajos forzados.

Tras esta primera parte de la exposición, entramos de lleno en cómo funcionaba Auschwitz-Birkenau. Además de poder ver una maqueta o planos de las dimensiones y las diferentes dependencias, la muestra nos lleva por el recorrido que seguían los prisioneros. Unos prisioneros que llegaban engañados con la promesa de que eran trasladados a un lugar mejor en el que iban a poder desempeñar sus profesiones y ser valiosos. Sin embargo, empezaban a sospechar cuando eran empujados a subir a vagones apestosos que se venían empleando para transportar ganado y con tan solo dos cubos (uno con agua y otro para deposiciones) para las miles de personas allí hacinadas. En aquel viaje de varios días hasta Auschwitz algunos morían de inanición. Y los que llegaban vivos, lo hacían desfallecidos.

Una vez en el campo eran privados de sus posesiones (que serían revisadas, clasificadas y enviadas a Alemania para su venta) y tenían que pasar por una selección en la que miembros de las SS decidían su destino. Se les preguntaba su edad y profesión y se les valoraba el estado de salud. Si eran considerados aptos para trabajar, pasaban la criba. En este caso eran llevados a unas instalaciones en las que eran despojados de sus prendas, así como joyas, eran desinfectados, rapados y tatuados con un número que se convertiría en su nombre desde ese momento. Se les entregaba el ya conocido pijama de rayas así como unos zuecos de madera que les acompañarían durante todo su calvario.

Y es que aunque sobrevivieran al viaje, la mitad morían en las primeras semanas debido a las condiciones infrahumanas a las que se enfrentaban. Por un lado se encontraban con escasez de comida y los trabajos forzados tremendamente exigentes que les dejaban exhaustos, por otro se enfrentaban a las temperaturas extremas de los inviernos en Oświęcima con aquellos pijamas. Por no hablar de las torturas y castigos. No era de extrañar que las enfermedades contagiosas rápidamente se extendieran teniendo en cuenta las instalaciones en las que eran hacinados y su delicada salud.

Por otro lado, los que no pasaban el corte, sobre todo niños, ancianos, discapacitados, madres con hijos pequeños o cualquiera que pareciera especialmente débil (más que los demás al menos) pasaban a ser ejecutados inmediatamente en las cámaras de gas engañados con la promesa de una ducha caliente. Aunque fueron deportadas aproximadamente 1.3 millones de personas, en realidad prácticamente 900.000 fueron gaseados nada más llegar.

Es estremecedor leer las palabras de Rudolf Höß, el primer Kommandant de Auschwitz, quien decía que no le había impresionado la primera ejecución con gas. Ese era el nivel. Según él matarlos no era el problema, ya que era lo que menos tiempo llevaba, siendo aniquiladas unas 2.000 personas en apenas media hora. El verdadero inconveniente era la incineración, que exigía más tiempo porque no cabían tantos en los crematorios. Además de que había que transportarlos.

Cuando los cuerpos se quedaban sin vida apilados en las cámaras de gas había que retirarlos y llevarlos a los crematorios y esa tarea le correspondía para más inri a los propios reclusos, los conocidos como Sonderkommando (comandos especiales). También eran ellos los que tenían que recuperar los dientes de oro de los cadáveres para después fundir el metal. Y mientras tanto, el señor Höß relata que vivía tan feliz en Auschwitz, pues tanto su mujer como sus cinco hijos disfrutaban de la vida en el campo.

En aquella criba inicial había una tercera opción, la de aquellos que se convertían en cobayas de ensayos mal llamados científicos. Estos prisioneros fueron víctimas de los más macabros experimentos de los médicos de las SS (como intentar cambiar el color de los ojos por medio de químicos). Muchos fallecían durante los terribles ensayos. Los que sobrevivían eran finalmente también asesinados para así poder hacerles la autopsia. Entre los médicos destaca Josef Mengele, quien sentía predilección por los gemelos porque así podía experimentar con uno de los dos y después al practicar las autopsias ver las diferencias entre las anatomías de ambos hermanos. En la exhibición se puede ver expuesto parte de su instrumental.

Cuando a finales de 1944 los nazis vieron que estaban cada vez más acorralados por el Ejército Rojo, comenzaron a destruir documentación e instalaciones. Poco después, entre el 17 y el 21 de enero de 1945 los prisioneros fueron movilizados a otras partes del Reich. Sin embargo, esta vez no fueron trasladados en tren, sino que fueron obligados a caminar. Las conocidas como marchas de la muerte suponían día tras día, kilómetro tras kilómetro a pie. Muchos se quedaron en el camino como consecuencia del hambre, del cansancio y/o del frío. El que se caía sin fuerzas era disparado por los miembros de las SS y dejado atrás.

Cuando llegaron los soviéticos se encontraron no obstante con algunos documentos y pruebas que no habían sido destruidos, así como cadáveres sin enterrar/incinerar, ropa y objetos que habían sido expropiados a la llegada de los prisioneros o kilos de cabello humano para vender. Y también 7.000 personas que no sabían si estos recién llegados venían a ayudarles o la cosa iba a empeorar aún más. Lamentablemente la mayoría de ellos murió en los días posteriores a la liberación. Poco pudieron hacer los médicos ante una salud tan deteriorada.

Y la exposición deja una reflexión final, la de los supervivientes. Esa gente que era libre pero no tenía un lugar donde volver. Personas que no solo habían perdido a su familia, sino que no tenían un hogar donde volver. No solo porque la guerra hubiera devastado el país, sino porque les habían arrebatado todo antes de eso. Como titulaba una pintora, Was bleibt, nichts. Lo que queda, nada.

Y aunque el 20 de noviembre de 1945 tuvieron lugar los Juicios de Núremberg y muchos nazis fueron sentenciados a muerte (Hitler ya se había suicidado), no hay forma alguna de reparar el daño que hicieron. Dos tercios de los judíos europeos desaparecieron para siempre, como queda reflejado en el último vídeo de la exhibición.

Se trata de una exposición muy completa que nos llevó casi 4 horas. Yo me la esperaba quizá algo más truculenta, supongo que por haber visitado ya Dachau y Sachsenhausen. Claro que no es lo mismo visitar una exposición que un campo en sí donde se puede entrar a las cámaras de gas, ver los crematorios, los barracones llenos de literas, las enfermerías… En el campo sientes la atmósfera, el frío de las instalaciones, incluso el olor. Obviamente es una visita más impactante. En esta muestra se pretende más hacer una labor informativa y didáctica que deje un poso de reflexión sin caer en imágenes cruentas ni morbosas.

El recorrido siguiendo el orden cronológico me parece muy apropiado y en general está muy bien estructurada intercalando mapas con fotografías, explicaciones, objetos expuestos en vitrinas (o sin ellas, como una parte de la alambrada, un barracón o el vagón de la entrada) y testimonios de los supervivientes.

Algunas informaciones ya las hemos leído o visto en películas y/o documentales; sin embargo recoge algunos aspectos no tan conocidos. Por ejemplo me sorprendió el juego de mesa Juden raus! que se comercializaba como un “juego para toda la familia extraordinariamente divertido y muy actual” y que consistía en expulsar a los judíos del tablero de juego que simbolizaba la ciudad. Así, cada jugador contaba con un policía y tenía que conseguir que su ficha cayera en las casillas marcadas como negocio judío para así apresar a un judío y llevarlo extramuros.

En el tablero puede leerse en alemán “¡Tira bien los dados para apresar muchos judíos!” y “¡Si consigues expulsar a seis judíos, serás el vencedor indiscutible!” Abajo a la derecha se puede leer también “¡A Palestina!”

Lo peor es que el supuesto juego no fue propaganda nazi, sino que se le ocurrió a la compañía alemana de juguetes Günther and Co. Tremendo adoctrinamiento en el odio.

La exhibición plantea más preguntas que respuestas, ya que la teoría de que hay que aprender de la historia para no repetirla en realidad parece no ser efectiva. Aquí estamos, un siglo después del nacimiento del NSPD y parece que se está repitiendo todo: la crisis económica, las guerras por religión o territorio, el ascenso de la ultraderecha…

Incluso con las pruebas, los documentos y los relatos de los supervivientes (que cada vez quedan menos) hoy en día se pone en tela de juicio el Holocausto y hay quien habla de montaje. Por no hablar del daño que ha hecho Hollywood tergiversando el final de la II Guerra Mundial y la derrota de los nazis (como publicaba http://www.les-crises.fr).

Pero incluso ahora que nos horrorizamos con aquel capítulo oscuro de nuestra historia reciente, hacinamos a refugiados en campamentos en condiciones infrahumanas. O los dejamos morir en el Mediterráneo. Nos llamamos sociedad avanzada, civilizada,Primer Mundo, pero en realidad no hemos dado muchos pasos adelante al respecto y mientras miramos para otro lado somos igual de cómplices que aquellos alemanes que no se preguntaban adónde llevaban a sus vecinos judíos. Podremos decir mucho Nie wieder (nunca más), pero lo cierto es que se está poniendo un siglo XXI que parece un calco del XX.

Conclusiones de nuestro viaje por Letonia, Lituania y Polonia

El destino no quiso que viajáramos a la antigua Yugoslavia, así que tuvimos que valorar otros territorios inexplorados. Y nos decidimos por Letonia, Lituania y, sobre todo, Polonia. En los dos primeros países solo estuvimos en su capital, mientras que en Polonia sí que hicimos más paradas. Ya habíamos visitado Estonia con el Crucero por Capitales Bálticas, y nos quedaba conocer las otras dos antiguas repúblicas soviéticas. Así que, aprovechando que el vuelo a Riga nos salía bien de precio, unimos los tres países.

Llegamos a Riga y nos encontramos con un tiempo gris. Aún así, no desmereció para nada una ciudad en la que se entremezclan edificios de la Edad Media; con otros de la época hanseática con sus típicos ladrillos rojos; con otros de estilo Art Nouveau bellamente ornamentados, así como con otros que nos recuerdan su pasado soviético. Tiene un contraste curioso que la enriquece.

Apenas pasamos un día en la capital letona y creo que el tiempo estuvo bien medido. Riga es una ciudad pequeña, por lo que se puede recorrer cómodamente a pie. Su centro histórico, Vecrïga, en el margen derecho del río, estuvo amurallado durante siglos, así que los puntos históricos quedan bastante recogidos.

Sí que es cierto que al otro lado de la muralla, tras pasar el Bastejkalna parks y el canal, encontramos otros barrios en los que tenemos puntos de interés (sobre todo edificios de estilo Art Nouveau).

También, cerca de la estación se encuentran el barrio Moscú o el Mercado (tanto interior como exterior), pero en general, no hay que recorrer grandes distancias.

A pesar de que el día comenzó lluvioso, pudimos recorrer Riga tranquilamente e incluso subir a las alturas para ver una panorámica. Nos faltaron un par de calles que nos quedaban un poco más lejanas, pero, en general, cumplimos bastante bien con el plan inicial.

Dado que Riga y Vilna no tienen comunicación en tren, tomamos un bus, bastante cómodo, que por 19€ y en apenas cuatro horas cubría el trayecto. Una buena decisión, todo hay que decirlo. Aunque el conductor fuera un tanto kamikaze (o se haya sacado el carnet en Bulgaria).

Vilna también estuvo amurallada, así que también tiene un núcleo bastante definido, sin embargo, no hay que olvidar sus dos miradores o los barrios de Užupis y judío, que quedan en las afueras.

Destaca la Avenida Gedimino Prospektas, una arteria que nos lleva a la Catedral, pero de la que no hay que perder detalle, ya que en cada una de sus aceras encontramos edificios majestuosos del siglo XIX y XX.

La catedral, todo un hito para la ciudad cuando su rey se convirtió al cristianismo, me resultó sosa y fría. De la misma manera me decepcionaron las vistas desde la Torre Gediminas o desde la Colina de las Tres Cruces. Vilna no es fea, pero viniendo de Riga, me resultó algo anodina.

Pero aunque la Gedimino Prospektas tiene relevancia, realmente la arteria principal transcurre desde la Puerta de la Aurora hasta la Catedral, pasando por el ayuntamiento o la universidad, además de numerosas iglesias de diversos estilos. Son los tramos de la Aušros Vartų, Didžioji gatvė y Pilies gatvė.

La ciudad tiene mucha historia detrás, pero en la mayoría de los casos ha desaparecido, como en el caso del barrio judío. Y quizá esto le hace perder encanto. O quizá no tuve el día ya que ni siquiera me apeteció entrar a la universidad y, hoy, cuando veo las fotos, pienso que a lo mejor mi mente me juega una mala pasada.

Vilna no me atrapó. La recorrí, pero no la disfruté.

Tampoco lo pasé bien en el trayecto en bus hasta Polonia. Fueron demasiadas horas con muchas interrupciones, y al final nos lastró el resto del día. Llegamos muy pronto y, en vez de ver Gdańsk, nos fuimos a Gydnia y Sopot, que están a una media hora en tren tipo cercanías.

Gdańsk, Sopot y Gydnia forman la Ciudad Triple (Trójmiasto), sin embargo, cada una tiene su carácter. Gdynia representa la recuperación, pues su puerto se levantó en apenas 10 años. Y precisamente alrededor del puerto es donde se concentra algo de su historia.

Sopot por su parte es un lugar de vacaciones, y así se refleja en la calle que lleva al muelle, llena de veraneantes que se dirigen a la playa. Si hubiéramos ido más días, no está mal el paseo. Pero podíamos haber empleado la mañana en Gdańsk y no nos habríamos quedado sin luz.

En casa, con el mapa sobre la mesa, había pensado que Gdańsk, a pesar de tener mucho para ver, y mucha historia, apenas nos llevaría tiempo porque también es una ciudad en la que lo importante está concentrado. Así, había pensado que desde la estación al hotel nos daría tiempo a recorrer una parte menos céntrica, y después, la tarde, tras una reparadora siesta, la podríamos dejar para perdernos por el centro. La primera parte del planteamiento, bien; ahora, la segunda… hacía aguas.

Parecía que lo más importante se encontraba entre la calle Mariacka y Długi Targ, además de la vista desde el río, así que perfecto. Pero no. A pesar de que Długi Targ tiene una longitud de 700 metros, es la seña de identidad de la ciudad. Concentra tantos y tantos edificios de bellas fachadas, que se tarda bastante en ir de punta a punta. Y no solo eso, sino que las calles colindantes también esconden preciosas construcciones.

Por otro lado, la ribera del río estaba plagada de gente, por lo que no solo apenas podíamos caminar, sino que además era imposible apreciar nada. Y es que a veces se nos olvida que solo en España se cena tarde, por lo que las 7 de la tarde, a pesar de que haya aún sol, es su hora de salir a cenar y/o tomar algo.

También es verdad que nos permitió descubrir otra ciudad a medida que se iban encendiendo las luces, con otro ambiente más festivo y veraniego.

Así pues, malgastamos el tiempo en esta parada y a la mañana siguiente, con mochilas, volvimos a callejear por el centro para verlo con más calma y poder sacar fotos con algo más de luz. Sin duda Gdańsk bien merece dos días para descubrirla más a fondo. Desde luego es imprescindible en una visita a Polonia.

Nuestra siguiente parada fue Bydgoszcz, una ciudad a medio camino entre Gdańsk y Poznań. La elegimos como parada técnica para así no tragarnos demasiadas horas metidos en un tren. Su localización también le vino bien a los pescadores que se asentaron en la zona en la Edad Media. Al encontrarse cerca de los ríos Brda y Vístula se convertía en el centro neurálgico para las rutas de comercio que se desarrollaban en el Vístula por aquella época.

Reflejo de ese pasado son los graneros del siglo XVIII que servían de almacenes para los productos agrícolas y alimenticios que se transportaban por el Vístula a Gdańsk y por el canal Bydgoski a Berlín. Después de 1851 con la llegada del ferrocarril, los graneros se usaron también como almacenes de gres, vidrio, porcelana, tonelería y comida. En 1975 se reconstruyeron y fueron convertidos en museos. Hoy son un símbolo de la Bydgoszcz mercantil.

Pensamos que no íbamos a encontrar mucho del pasado en esta ciudad, sin embargo, nos sorprendió, pues conserva algunos edificios históricos escondidos en las calles más modernas. Como teníamos el hotel un poco alejado pudimos descubrir un Bydgoszcz inesperado. Construcciones en ladrillo rojo, otras de estilo modernista y otras más clásicas se erigen junto a bloques de pisos más actuales.

Y si hablamos de historia, la Plaza del Antiguo Mercado (Stary Rynek) se lleva la palma. Era la típica plaza medieval en la que se concentraba la vida económica, cultural y social de la ciudad. En los siglos posteriores sirvió para acoger casos políticos relevantes así como ejecuciones. Hoy está reconstruida y muchos de los edificios originarios han desaparecido. Tiene importancia histórica, sí, pero arquitectónicamente no destaca tanto como otras que veríamos más adelante.

Estuvo bien como parada técnica, pues dedicamos la tarde a pasear tranquilamente, descansamos bien y cargamos pilas para Poznań, la considerada por muchos historiadores como la primera capital polaca. También fue la primera ciudad que se levantó contra el gobierno comunista por las condiciones laborales de los obreros de las industrias.

Además, Poznań es relevante ya que Polonia nació en la isla Ostrów Tumski. Allí se levantó un castillo en el siglo IX y fue donde Mieszko I se convirtió al catolicismo. Hoy es donde se erige la Catedral de los Apóstoles Pedro y Pablo (Bazylika Archikatedralna św. Apostołów Piotra i Pawła).

Sin embargo, la joya de la ciudad es la Antigua Plaza del Mercado (Stare Rynek). Es impresionante la mires por donde la mires. Está flanqueada en todas sus caras por casitas de colores de múltiples estilos arquitectónicos que recuerdan a los diseños de los cuentos medievales.

Aunque hay edificios significativos e históricos a lo largo de la plaza, si hay uno que sobresale por encima de los demás es el Ayuntamiento (Ratusz). Se alza en el centro de la plaza y la domina por completo con su fachada renacentista y su torre de tres pisos coronada por el águila polaca y los machos cabríos que salen cada día a las 12 del mediodía.

Además, no podemos olvidarnos de la Universidad, del Castillo Imperial o de las numerosas iglesias cada una de un estilo totalmente diferente a la anterior.

No tiene el renombre de Gdańsk, pero me encantó. No solo por todo lo mencionado, sino porque también tiene ese estilo ecléctico con edificios de diferentes épocas. Algunos aún conservan los recuerdos de tiempos dolorosos mientras al lado se alzan otros que nos anclan en el presente de un nuevo siglo.

Parece que íbamos de menos a más, además anduvimos tranquilos a la hora de recorrerla pese a la climatología. Por lo que guardo buen recuerdo de ella.

De Poznań nos dirigimos a Wrocław, una ciudad que pudimos descubrir gracias a sus Krasnale, esos enanitos que se encuentran en cada rincón y que a veces cuesta dar con ellos.

Teníamos una ruta predefinida, pero nos desviamos muchas veces en la búsqueda de estas simpáticas figuras.

Wrocław nació en Ostrów Tumski, una zona en la que hoy se erigen iglesias monumentales, una iglesia gótica, las casas de los clérigos y el palacio arzobispal, de estilo neoclásico.

Sin embargo, el centro de la ciudad se articula en torno, cómo no, a la Plaza del Mercado (Rynek). Wrocław perteneció a la Liga Hanseática y fue un importante centro comercial, así, era en ella donde confluían las principales rutas comerciales de Europa, entre ellas la Vía Regia y la Ruta del ámbar. Es una de las más grandes de Europa y cuenta con edificios de colores de diferentes estilos (renacentistas, góticos, barrocos…), además del ayuntamiento.

No fue destruida durante la II Guerra Mundial, por lo que es una auténtica joya.

Poznań y Wrocław guardan cierta similitud. Ambas tienen su Ostrów Tumski, una zona en la que se concentran edificios eclesiásticos de relevancia. Además, sus plazas centrales son auténticas maravillas. En Wrocław si hubiéramos hecho noche, quizá habríamos ido más tranquilos a la hora de recorrer la ciudad, y por supuesto habríamos encontrado muchos más Krasnale e incluso subido al mirador de la Sky Tower. Al tener que coger el tren dirección Cracovia, fuimos deteniéndonos menos en algunos edificios, sobre todo en iglesias. Y es que en Polonia hay muchas, por lo que es imposible verlas todas y hay que filtrar por importancia o arquitectura.

Y de Wrocław viajamos a la ciudad que aún es la capital en el corazón de muchos polacos: Cracovia. Y es que lo fue durante gran parte de su historia, por ello ha sido un importante centro comercial, político y cultural del país. La ciudad queda dividida en cuatro barrios: Stare Miasto, Kazimierz, Podgorze y Nowa Huta.

Stare Miasto es sin duda la parte más importante. Rodeado por el Parque Planty, que sustituye a la antigua muralla, el centro alberga un número importante de edificios y monumentos. Estos se encuentran en torno a la Villa Real, que trascurre desde la Barbacana hasta la Colina Wawel discurriendo primero por la calle Florianska y, después, por la Grodzka.

En ese recorrido se encuentra la Plaza del Mercado de Cracovia (Rynek Główny), la plaza medieval más grande de Europa. En ella destacan la Basílica de Santa María, la Lonja de los Paños, la iglesia de San Adalberto y la Torre del Ayuntamiento.

 

También en Stare Miasto encontramos la Universidad, la segunda más antigua de Europa y que ha tenido alumnos de renombre como Copérnico o Karol Wojtyla. Su Collegium Maium en ladrillo rojo y estilo gótico tardío es magnífico y su patio bien merece una parada.

Tampoco se queda atrás el Collegium Novum con su fachada que recuerda a las construcciones hanseáticas.

En la Colina de Wawel se encuentra uno de los edificios más importantes de la ciudad: el castillo (con su catedral). Gracias a su construcción la ciudad ganó relevancia eclesiástica y monárquica, pues era aquí donde se coronaba a los reyes, además de donde se les enterraba.

Los barrios de Kazimierz y Podgorze están relacionados con los judíos. Por un lado, en Kazimierz era donde residía esta comunidad y aún se puede encontrar un poco de historia entre sus calles. Obviamente hay mucho que ha desaparecido (aniquilado por los nazis, básicamente), pero aún se pueden encontrar puntos de interés en torno a la Plaza Nowy y la Calle Szeroka. Además, se conservan sus siete sinagogas. Eso sí, solo una de ellas funciona como tal.

Podgorze es el guetto al que los nazis les obligaron a mudarse. En él se encuentra la Plaza de los Héroes del Gueto (plac Bohaterów Getta), que con sus sillas recuerda a los judíos que esperaban a lo que ellos pensaban que iba a ser un lugar mejor.

Allí además se puede visitar la fábrica de Oskar Schindler, hoy convertida en museo. Seguro que es interesante, pero la falta de tiempo nos hizo priorizar exteriores.

Finalmente, el barrio de Nowa Huta, a 10 kilómetros de Cracovia, fue construido siguiendo el modelo soviético para los trabajadores de la empresa Huta im. T. Sendzimira, el principal productor de acero de Europa. Durante la época comunista llegó a alojar a 100.000 personas y Cracovia se convirtió en un importante centro industrial. Lamentablemente no tuvimos tiempo para acercarnos allí. Así como también se nos quedó en el tintero la visita a las Minas de Sal. Otra vez será.

Cracovia está llena de historia en cada una de sus calles, donde se alternan edificios centenarios de estilo renacentista, barroco y gótico con nuevas construcciones más modernistas.

Sin embargo, me gustaron más Poznań y Wrocław. Quizá por sus plazas centrales, que me dejaron buen sabor de boca.

También es verdad que le dedicamos poco tiempo, el centro requeriría fácilmente un día, los barrios judíos y Nowa Hutta, un segundo. Si además se quiere visitar las Minas de Sal, quizá 3 días habría sido más adecuado. La visita a Auschwitz la habíamos descartado desde un principio porque sabíamos que no contábamos con tantos días de vacaciones y porque ya visitamos Dachau hace unos años.

Nuestra última parada fue Varsovia, una ciudad que ha renacido de sus cenizas. Y, gracias a una exhaustiva reconstrucción tras la II Guerra Mundial, la UNESCO le dio en 1980 el reconocimiento de Patrimonio de la Humanidad como “ejemplo destacado de reconstrucción casi total de una secuencia histórica que se extiende desde el siglo XIII hasta el siglo XX”​.

Desde que se convirtió en capital en el siglo XVI vivió períodos de crecimiento y prosperidad. Gracias a ello destacan sus iglesias, castillos y mansiones.

Además, se convirtió en un importante centro cultural y educativo y hoy acoge a 4 de las mejores universidades del país.

Sin embargo también ha pasado por años de declive y de guerra, que le han dejado sus cicatrices. Sus calles nos recuerdan la resistencia al nazismo, el pasado comunista, y el renacer a finales del siglo XX.

Varsovia también tiene su Ruta Real, que transcurre desde la Plaza Zamkowy, en el centro histórico de la ciudad, hasta el Palacio de Wilanów, la residencia de verano. En el recorrido destacan impresionantes edificios, sobre todo a lo largo del tramo de la calle Nowy Świat, la que fuera la principal arteria comercial desde el siglo XIX hasta la II Guerra Mundial.

En Stare Miasto destacan el Castillo y la Plaza del Mercado, con sus recuperados edificios renacentistas y barrocos y el símbolo de Varsovia: la sirena.

Fuera de la ciudad amurallada nació una ciudad independiente, Nowe Miasto, que con el tiempo acabaría uniéndose a Varsovia. Se articula en torno a a la calle Freta y cuenta con tiendas, restaurantes, teatros, iglesias y la casa natal de Marie Sklodowska-Curie.

Al otro lado del Vístula se encuentra el Barrio de Praga, un distrito que se está poniendo de moda por su ambiente bohemio, pero que hasta hace relativamente poco tiempo estaba algo dejado por encontrarse algo apartado.

El bulevar junto al Vístula es un entorno muy agradable para pasear, y también de ocio. Allí podemos encontrarnos con la segunda sirena y ver a lo lejos el PGE.

También en Varsovia se nos quedaron lugares por visitar, como el Parque Łazienki, al sur de la Ruta Real, donde se encontraba la residencia de verano del rey Estanislao Augusto Poniatowski; o Muranów, que, con un muro de 18 kilómetros por 3 metros de alto, se convirtió en el guetto judío en el que convivieron cerca de medio millón de personas. Allí se encuentra el Monumento a los Héroes del Guetto o la Umsclagplatz, la plaza desde la que salían los trenes hacia el campo de concentración de Treblinka.

Tampoco nos dio tiempo de subir al Palacio de la Cultura y la Ciencia para poder observar la ciudad desde las alturas. Aunque esto fue más bien un error de planificación, ya que al equivocarme de hotel, pensé que nos quedaría a mano al tener que pasar por la estación.

Al igual que Cracovia, Varsovia requiere de, al menos, un par de días para poder descubrir todos sus rincones y heridas del pasado. Un día para su centro histórico, otro para la zona nueva, y un tercero para el Barrio de Praga y el margen del Vístula.

Así pues, en general pudimos ver prácticamente lo que teníamos pensado. Aunque no nos habrían venido mal un par de días más, uno para Cracovia y otro para Varsovia. Falló en parte la planificación, pensando que por ser ciudades con el centro histórico bastante concentrado, apenas tardaríamos en recorrerlas. Pero además, nos fallaron las fechas. Nosotros que esperábamos encontrar unos 30º como mucho, por el contrario no bajamos de los 35º debido a la horrible ola de calor del verano pasado. Así pues, nos pasó como en Praga, que el calor nos impedía llevar un ritmo normal.

Habitualmente, cuando vamos de viaje, salimos sobre las 9 de la mañana y nos pasamos todo el día gastando suela hasta que se hace de noche. Al final de la jornada solemos hacer unos 20 kilómetros. Así pues, a la hora de planificar, ya tenemos siempre esa referencia. Sin embargo, la climatología influye bastante. Sobre todo el calor, porque con el frío al final el cuerpo te pide movimiento y le das algo más de brío al paseo. Con 20-25º es llevadero, aunque pegue el sol. Sin embargo, cuando superas cierta temperatura, el cuerpo llega un momento en que te pide parar, hidratarse y ponerse a resguardo. Y no todo depende de la temperatura, sino de la sensación térmica. Creo que lo pasé peor con esos 35 en Polonia que con 40 en España. Y eso que el seco de Madrid es horrible.

En el viaje nos enfrentamos además a otro dato a tener en cuenta, y es que mientras que en Madrid el sol quizá empieza a pegar a partir de las 12; en Polonia notamos que por estar más al norte, la inclinación de la Tierra también influía. Puede parecer una tontería, pero dado que amanecía antes, cuando salíamos a la calle a las 9 de la mañana el sol ya estaba arriba del todo. Así pues, ya hacía calor agobiante. Y para cuando querían llegar las 11 no había quién estuviera en la calle.

Sin embargo, paradógicamente, las plazas y parques estaban llenos de gente. Y es que creo que, como no son temperaturas habituales en el país, las viviendas no están preparadas para ello. Imagino que sí para el invierno con nieve y números bajo cero. Así, la gente salía a la calle a refrescarse. Bien en las fuentes y aspersores improvisados o en las fuentes típicamente decorativas. Era el mismo panorama en todas las ciudades que visitamos.

Por lo demás, seguimos nuestra rutina. Intentamos caminar todo lo posible y tomar el transporte en casos puntuales. Como en Varsovia que después de buscar el hotel equivocado estábamos en la otra punta de la ciudad, o en Cracovia que habíamos acabado la jornada en un barrio algo alejado. En general, hemos encontrado unas ciudades con un buen sistema de transporte, con metro, bus y tranvía.

Sí que es cierto que en algunos casos se veían vehículos con solera (sobre todo en Riga y Vilna, pero también en algunos lugares de Polonia), pero ya sabemos que las máquinas soviéticas tienen fama de duraderas.

Las principales ciudades de Polonia están bien comunicadas. Quizá no hay mucha frecuencia y algunos trenes son un tanto antiguos (sin aire acondicionado y un tanto estrechos), pero sin duda más cómodos que los buses.

 

Además, también están incorporándose nuevos Intercity, que son rápidos, modernos y cómodos. Y los precios no son nada caros.

Para los recorridos de larga distancia sacamos previamente por internet los billetes. Sabíamos que nos iba a limitar, claro, pero así nos asegurábamos que teníamos asiento. Una vez en la estación era fácil encontrar el andén. Simplemente había que buscar en pantalla o panel amarillo el número de nuestro tren, o el horario.

Las pantallas son fáciles de seguir, pues con el horario se ve fácilmente. Los paneles, son un poco más complejos de leer porque está todo muy comprimido, pero lo bueno es que vienen todas las paradas que hace cada tren, así que está muy bien para confirmar la ruta.

Después, el tren tiene indicado en cada vagón el número de coche, si es 1ª o 2ª clase, el número de tren, así como las paradas que realiza. Por lo que no hay pérdida.

Para los movimientos puntuales dentro de la misma ciudad, compramos billetes sencillos y listo.

Eso sí, no hay que olvidarse de pasarlos por el lector, que no suele haber tornos, sino que las máquinas están algo apartadas para no entorpecer el tránsito de viajeros (en el tranvía y bus hay varias máquinas dentro).

La mayoría de las ciudades tienen su gran centro peatonal o de poco acceso a los vehículos, pero una vez que sales de esa zona, el tráfico es algo caótico. Sobre todo en Polonia vimos varios coches derrapando en medio de la ciudad. Nos resultaron un poco agresivos. Y otra cosa que nos llamó la atención fue el aparcamiento. Durante el viaje encontramos muchas veces que las aceras estaban ocupadas por los coches.

Hacia el final del viaje nos dimos cuenta de que parecía estar regulado de esa forma tal y como indicaban las señales. Y esto nos sorprendió aún más.

Como suele ser habitual en nuestros viajes, solemos comer en ruta comprando algo en supermercados o tiendas de conveniencia. Tanto en Riga como en Vilna los mejores sitios para comer algo rápido son los Narvesen e Iki. Tienen bocadillos, sándwiches, paninis, ensaladas… por lo que puedes comprar algo rápido y comerlo en movimiento, o en un parque a la sombra. Eso sí, cuidado con las palomas. En Polonia están los Malpka, que son similares.

En Polonia la mayoría de los días seguimos el mismo patrón, aunque algún día para evitar el calor buscamos algún sitio en el que sentarnos con aire acondicionado, como Poznań con el japonés o en Bydgoszcz y Wrocław que comimos en sendos centros comerciales.

Lo típico por tierras polacas son las zapiekanki, algo así como un panini. Se trata de media baguette que se rellena con champiñones, carne, cebolla y queso. Aunque hay mil variedades, claro. Se come caliente.

Otros platos de la cocina polaca son pierogi (una especie de empanadillas), barszcz czerwony (sopa de remolacha), bigos (estofado de carne y col), golonka (codillo de cerdo). También vimos muchos puestos de roscas, panecillos y aquellos dulces que habíamos probado en Budapest.

Con el calor no apetecía mucho sentarse en una terraza, sin embargo, sí que hemos probado diversas cervezas locales. Las comprábamos en el supermercado y nos las llevábamos al hotel. Cada día probábamos una diferente. Algunas más suaves, otras más fuertes.

Una novedad que teníamos en este viaje es la eliminación del Roaming. Ya conté un poco nuestra experiencia en esta entrada. De todas formas, para resumir, diré que mientras que en Riga y en Vilna tras un correo a Pepephone conseguí tener línea y datos al igual que en España; por el contrario cuando llegué a Polonia me encontré con la sorpresa de que, a pesar de que mi móvil tenía red polaca, no me daba datos. Tras enviar un nuevo correo a mi compañía, descubrí que no tenían ningún acuerdo con este país, por lo que resultó que estábamos como antes. Por suerte, como con Jazztel sí teníamos, así que cuando teníamos que recurrir a internet para buscar algún mapa o información, tirábamos de su red.

También es verdad que en muchas ciudades había WiFi gratuito en la calle, pero no siempre funcionaba muy bien. Y menos cuando no paras de moverte y hay varias redes diferentes según la zona en la que te encuentres.

Y para finalizar, ahí va nuestro resumen de gastos del viaje:

Total: 1.305,20€ (652,60€ por persona)

Y hasta aquí, nuestras vacaciones de verano. Pero todavía quedaba un último viaje de 2017. Empezamos pronto.

Vuelta a Madrid

Amaneció nuestro último día de viaje. Teníamos el vuelo a las 13:30, por lo que en un principio, al planificar la ruta, di por hecho que nos daría tiempo a ver algo, como por ejemplo el barrio de Muranów. Pero claro, eso era teniendo en cuenta que había marcado mal el hotel en mi ruta, y ahora estábamos en una zona completamente diferente y ya no teníamos que volver a la estación central para ir al aeropuerto.

Así pues, la noche anterior repasamos nuestras opciones. Si consideramos que tendríamos que estar en el aeropuerto un par de horas antes, habría que salir de la estación sobre las 10:45 – 11 como muy tarde. Pero había que llegar antes a esa zona, y recorrer Muranów cargados (o dejar las mochilas en la estación). Así que al final pensamos que era un madrugón innecesario. Que intentar verlo a la carrera no merecía la pena.

Por tanto, nos levantamos, desayunamos tranquilamente, terminamos de empacar y salimos del hotel. En lugar de ir a la estación central, descubrimos que en la misma parada en que nos habíamos bajado al llegar a la ciudad teníamos un bus que llevaba directamente al aeropuerto, así que para allá que nos fuimos.

La verdad es que el transporte público se extiende por casi toda la ciudad. Entre autobuses, tranvías, tren ligero y metro, es raro el sitio donde no se puede llegar. Los autobuses tienen la numeración en base a su recorrido. De forma que por ejemplo del 101 al 199 circulan por el centro, los numerados del 400 al 500 conectan el centro con los barrios aledaños, los nocturnos van del 600 al 699, del 700 en adelante van desde el centro a las afueras y los que llevan la E antes del número son los express.

Esta vez el conductor no llevaba billetes de la tarifa general, por lo que nos dio dos por persona de la reducida. Al final el precio era el mismo.

El trayecto hasta el aeropuerto Varsovia-Frederic Chopin no fue tan largo como pensábamos. En apenas media hora estábamos allí. Este es el principal aeropuerto de la ciudad ( y del país) y se encuentra a unos 10 kilómetros de Varsovia. A 35 se localiza el aeropuerto de Varsovia-Modlin, inaugurado en 2012 y en el que principalmente operan las Low Cost.

No obstante, en la terminal principal del Chopin también hay una parte de la terminal dedicada a compañías de bajo coste. La T2 sirve vuelos nacionales e internacionales de la Star Alliance.

Nuestro vuelo era con Norwegian, así que seguimos las indicaciones y nos dirigimos hacia el hall en busca de unas pantallas en las que localizar nuestro vuelo y saber dónde podíamos facturar la mochila grande. Pero, sorpresa, resulta que nuestro vuelo a pesar de salir, no tenía mostrador asignado. De hecho, mirando el resto de vuelos, me di cuenta que ninguno de Norwegian lo tenía.

Así que, como íbamos bien de tiempo, nos dimos una vuelta por la pequeña terminal a ver si era cuestión de tiempo, pues aún era algo pronto. Pero nada, un rato más tarde, seguía sin aparecer mostrador. Y los vuelos que llegaban a su hora de despegue (de Norwegian) tampoco lo mostraban. Y como más vale prevenir que ir a la carrera, me acerqué al puesto de información a preguntar.

Y parecía que sí había mostrador asignado, porque la chica me lo buscó y facilitó al momento. Era la primera vez que volábamos con Norwegian y estaba empezando a ponerme nerviosa, no sabía si tomármelo como mala señal.

Sin embargo, aquello mejoró. Estábamos en la cola cuando abrieron la facturación e inmediatamente me llegó el sms de la compañía informando de ello. Bien, vamos mejorando.

La facturación fue rápida pues teníamos la maleta pagada ya desde la reserva. Así que después de descargar, nos fuimos a la sala a esperar el embarque, que hicimos desde la pista, con escalera.

El avión parecía bastante nuevo. Los asientos eran de imitación cuero, pero me recordaron por grosor a los de easyjet. Podríamos decir que el tipo de avión, espacio, acomodación y equipación era similar. Lo justo para un vuelo de corta distancia.

La anécdota del día la tuvimos cuando íbamos a acomodarnos en nuestra fila. El azafato que estaba en nuestra zona dando la bienvenida y ayudando a subir el equipaje en los maleteros había sido compañero mío en la facultad. ¡El mundo es un pañuelo!

El vuelo transcurrió tranquilo y más rápido que nunca gracias a la WiFi gratuita de Norwegian. Había oído y leído sobre ella, pero es de estas cosas que hasta que no las vives en directo, no te las terminas de creer. Pero sí, doy fe de que existe y de que funciona. Cuando se apaga la señal luminosa de “abróchense los cinturones”, simplemente hay que buscar la red “Norwegian Internet Access” y conectarse. Al abrir el navegador pedirá aceptar condiciones y listo. Yo usé sin problemas tanto ordenador como móvil.

La misma web de Norwegian también permite ver la televisión en directo (Bloomberg Television y TV 2 News) o vídeos a la carta entre una selección de películas y series. Por lo que vi, algunas opciones son gratuitas, para otros casos hay que pagar 5€ y el acceso al contenido es válido para 24 horas, por lo que se puede seguir viendo en segundo vuelo, por ejemplo en una conexión.

Esta opción de entretenimiento equipara cualquier dispositivo con las pantallas multimedia en los respaldos, algo que no suele existir en los vuelos de corta distancia. La mayoría ya volamos con un dispositivo (si no más) a bordo, así que, está bien tener la opción.

En el menú también podemos acceder al mapa que nos localiza por dónde volamos en ese preciso momento, así como la distancia recorrida/por recorrer, la altura y otro tipo de datos.

Nosotros sobrevolamos los Alpes y aún había nieve.

Por último, podemos pedir la comida directamente, pagar, y la tripulación te la acercará a tu asiento. Imagino que tendrán algún tipo de dispositivo en el que les saldrá la alerta de que el pasajero del 23F ha pedido X. Porque eso sí, la comida no está incluida, porque no hay que olvidar que se trata de una low cost. Nosotros habíamos gastado los últimos zlotys que nos quedaban en comprar unos sándwiches y una chocolatina, así que con eso nos apañamos hasta llegar a casa.

Así que entre comer, trastear con la web de Norwegian, ver lo que ofrecían, navegar y hablar WhatsApp y Telegram, el vuelo se pasó volando, nunca mejor dicho, y a las 17:10 estábamos aterrizando en Madrid dando por concluidas nuestras vacaciones de verano. Pero aquí no acababa nuestro año viajero. Ya teníamos reservado el siguiente para noviembre.

En breve comenzará una nueva serie viajera.

Recorriendo Varsovia V – Barrio de Praga y Vístula

Dejando atrás Nowe Miasto, bajamos unas escaleras que nos conducían al Parque Multimedia (Multimedialny Park Fontann), cuyas fuentes atraen a varsovianos y visitantes. Eso sí, en las principales estaba prohibido bañarse.

Era de día, por tanto no estaban iluminadas. Tampoco había ningún espectáculo sonoro. Pero a determinadas horas (de mayo a septiembre los viernes y sábados a las 21:30) los chorros se iluminan con luces de colores provenientes de cerca de 300 reflectores LED y sus movimientos se acompañan de música tanto clásica (no puede faltar Chopin en Varsovia), como más moderna.

El parque está compuesto por dos fuentes. Por un lado, la principal, de una superficie de más de 2.200 m², y por otro la lineal.

En sus alrededores se encuentra el parque acuático de 140 m², en el que sí está permitido chapotear. Y con el calor que hacía, no es de extrañar que estuviera lleno de críos.

Desde allí nos dirigimos hacia el río. El paseo junto al Vístula cuenta con playas urbanas, restaurantes y zonas donde descansar como si de una cama balinesa se tratara.

Casi llegando al centro, tomamos el puente que lleva al Barrio de Praga, un distrito que se está poniendo de moda por su ambiente bohemio. Hasta hace relativamente poco tiempo estaba algo dejado por estar al otro lado de la parte histórica, pero fue ganando importancia cuando Roman Polanski rodó muchas escenas de El Pianista allí, sobre todo en las calles Targova y Zabkowska. A pesar de este renacimiento, aún se conservan edificios con restos de metralla.

La Iglesia Ortodoxa Metropolitana de Santa María Magdalena (Cerkiew Metropolitalna sw. Marii Magdaleny) es una edificación bizantina fue erigida para servir a la colonia rusa de la zona, así como a aquellos que llegaran de visita.

Construida el lugar en que se encontraba la iglesia de San Andrés (kościół św. Andrzeja), derribada a finales del siglo XVIII, es una de las dos iglesias ortodoxas que sobrevivió a la Independencia de Polonia. El resto fueron destruidas o adaptadas para otros fines.

Durante la II Guerra Mundial tuvo la suerte de salvarse de los bombardeos de los nazis, por lo que conserva su decorado original. En la actualidad cumple funciones de catedral.

Esta iglesia fue una de las más de veinte iglesias ortodoxas que se levantaron en territorio polaco en la segunda mitad del siglo XIX. Como respuesta a esta rusificación nació la Catedral de San Miguel Arcángel y San Florián el Mártir (Katedra sw. Michala Archaniola i sw. Floriana Meczennika), .

Esta catedral con forma de basílica de tres naves con crucero fue construida entre 1888 y 1904 en estilo neogótico, con sus dos torres de 75 metros coronadas de verde dominaba el distrito y superaba con creces a la cúpula de la iglesia ortodoxa.

Pero no solo se construyó para hacer frente a María Magdalena, también porque los fieles de la parroquia de Praga eran tantos que necesitaban un nuevo espacio.

Lleva el nombre de San Florián, el patrón de las profesiones asociadas con el fuego, como los bomberos, los trabajadores del acero, deshollinadores o ceramistas.

Quedó destrozada en la II Guerra Mundial, pues los nazis la volaron con explosivos. Sin embargo, se conservaron los fragmentos de los muros interiores y las estatuas de San Miguel el Arcángel y San Florián. Su exhaustiva restauración con ladrillos del siglo XIX duró hasta la década de los 70.

Tomando la Calle Floriańska llegamos al Monumento a la Banda de Músicos Ambulantes de Praga (Pomnik Kapeli Praskiej).

Fue inaugurado en 2006 y está dedicado a los músicos ambulantes que recorrían la ciudad.

Tras callejear un poco por el barrio, volvimos al puente por el que habíamos llegado, lo cual nos permitía ver el skyline de la ciudad, así como a lo lejos el Estadio Nacional junto al Puente Świętokrzyski.

El PGE Estadio Nacional (PGE Narodowy) fue construido con motivo de la competición EURO 2012 donde se encontraba el antiguo Estadio del Décimo Aniversario. Tiene forma de corona con los colores de Polonia: rojo y blanco y capacidad para 58.000 personas. Además del campo propiamente dicho cuenta con un gran centro de congresos, salas de exposición, oficinas y habitaciones.

Su cubierta retráctil permite jugar en días lluviosos (o con nieve) y además está equipada con una membrana especial para mantener una buena acústica. Y es que no solo está pensado para eventos deportivos, sino para todo tipo de espectáculos artísticos u organización de grandes concentraciones de personas.

Seguimos por la orilla del río y vimos cómo empezaba a llegar gente de todas las edades para sentarse en las escaleras que discurren por todo el paseo para disfrutar de la tarde del viernes. Se ve que la zona está preparada para bares, conciertos al aire libre y espectáculos.

La verdad es que es un buen lugar para ver atardecer.

Un poco antes de llegar al Puente Świętokrzyski encontramos la segunda sirena.

Esta Sirena de más de tres metros es obra de Ludwika Krakowska-Nitschowa y fue inaugurada en julio de 1939. Afortunadamente consiguió sobrevivir a la guerra.
La estatua tiene el rostro de Krystyna Krahelska, alias Danuta, una poetisa, etnógrafa y miembro del Ejército del Interior que participó en el Levantamiento de Varsovia.

Y desde allí emprendimos el regreso al hotel, volviendo a la Nowy Świat, donde compramos la cena.

Estaba comenzando a atardecer y los edificios encendían sus luces. Nosotros habíamos tenido un día bastante completo y aún nos quedaba hacer las mochilas y prepararnos para la vuelta. Se acababa el viaje por tierras bálticas.

Recorriendo Varsovia IV – Nowe Miasto

Habíamos dejado la Ciudad Vieja (Stare Miasto) atrás, con la Barbacana a nuestra espaldas. Frente a nosotros se nos abría la Ciudad Nueva (Nowe Miasto), articulada en torno a la calle Freta. A lo largo de ella podemos encontrar tiendas, restaurantes, teatros, iglesias y la casa natal de Marie Sklodowska-Curie.

Esta parte de Varsovia fue fundada a finales del siglo XIV como ciudad con su administración, alcaldía e iglesia propias. En 1408 el duque Janusz el Viejo le concedió la independencia. Por aquel entonces abarcaba un espacio comprendido entre la Plaza del Mercado de la Ciudad Nueva (donde se encontraba el Ayuntamiento) y las calles de Freta, Kościelna, Kozla, Przyrynek, Stara y Zakroczymska.

También quedó arrasada con la invasión sueca, cuando se incendiaron todos los edificios. En la segunda mitad del siglo XVII comenzó su reconstrucción, que continuó en el siglo XVIII. Aunque en 1791 la Ciudad Nueva quedó incorporada de nuevo a Varsovia, así que en 1818 se volvió a derribar el ayuntamiento.

Al igual que el resto de la ciudad, quedó completamente destruida como consecuencia los ataques nazis en 1939 y más tarde, en el Levantamiento de Varsovia, por los bombardeos. La reconstrucción del barrio comenzó en 1954, aunque muchos edificios no comenzaron sus obras hasta la llegada del comunismo.

El primer edificio significativo que nos encontramos en la calle Freta es la Iglesia del Espíritu Santo (Kościół Św. Ducha).

En el siglo XIV ya había una iglesia de madera en su ubicación. La iglesia barroca que vemos hoy en día es parecida a un templo de los Paulinos del siglo XVIII.

Junto a ella se encuentra el edificio más pequeño de toda Varsovia, un estanco.

Un poco más adelante hay otro templo bastante sencillo y blanco, la Iglesia de San Jacinto (Kościół Dominikanów pw. św. Jacka).

Construida entre los años 1603 y 1639 en estilo barroco por la orden de los dominicos constaba de iglesia y monasterio. Y, además, en 1700 incorporó una escuela.

El monasterio quedó devastado tras la ocupación sueca. Y siglos más tarde el conjunto quedó destruido por los nazis. Se volvió a reconstruir entre 1947 y 1959.

Fue en esta iglesia donde Marie Sklodowska-Curie recibió su Primera Comunión, aunque después, de mayor, como científica que era, se apartó de la religión. Muy cerca, en el número de 16 de la misma calle se encuentra el museo dedicado a su persona.

No es de extrañar que haya múltiples referencias a esta científica por toda la ciudad. No solo fue la primera mujer en ganar un premio Nobel, sino que fue la primera persona en tener un premio Nobel en dos categorías (física y química). Además, fue de las primeras mujeres en ser profesoras universitarias. Fue una mujer que desafió las convenciones de su época.

Continuamos por la calle Freta hasta la Iglesia de San Francisco de Asís (Kościół pw Stygmatów św Franciszka).

Cuando los franciscanos llegaron en 1646 quisieron construir una iglesia y un monasterio y el rey les dio el permiso. Sin embargo, aquella iglesia de madera recién estrenada acabó quemada por los suecos. La reconstrucción se llevó a cabo entre 1662 y 1663.

En 1864 el monasterio fue usado por el ejército ruso. Tras la I Guerra Mundial parte del complejo volvió a manos de los franciscanos, pero algunos edificios se usaron como fábrica de automóviles.

En noviembre de 1940 quedó en el extremo noreste del guetto de Varsovia.

En el Levantamiento del 44 fue bombardeada, y aunque acabó dañada, consiguió salvar muchos objetos de gran valor.

Unos pasos más allá se encuentra el Palacio de los Sapieha (Pałac Sapiehów).

Fue construido en el siglo XVIII en estilo barroco tardía. En 1817, cuando se encontraba en mal estado, el Gobierno lo compró y restauró destruyendo las fachadas rococó y reconvirtiéndolo en cuartel.

En 1944 los alemanes lo destruyeron y fue reconstruido entre 1950 y 1955 volviendo a los planos originales del XVIII. En la actualidad es un Centro Escolar Educativo para Niños con Dificultades Auditivas.

Volvimos sobre nuestros pasos hasta la Plaza del Mercado de la Ciudad Nueva (Rynek Nowego Miasta). Inicialmente tenía una planta rectangular y era casi dos veces más grande que la plaza de la Ciudad Vieja con unas medidas de 140 por 120 metros.

Las casas que rodeaban la plaza eran de madera y quedaron reducidas a cenizas en 1544 debido a un incendio. Antes de que llegara el siglo XIX ya prácticamente todos los edificios eran de ladrillo. En el centro se alzaba el ayuntamiento, que fue derribado en 1818 cuando dejó de ser ciudad independiente. También era el lugar en que se celebraba el mercado.

Junto a una fuente central hay unos osos que portan un cuadro de medusa.

En la plaza se erige la Iglesia de San Casimiro (Kościół Sakramentek pw. św. Kazimierza).

Data del siglo XVI y fue la antigua residencia de Juan III Sobieski y su esposa María Casimira. A finales del siglo XVII se transformó en iglesia y se añadió el Monasterio del Santísimo Sacramento (Klasztor Benedyktynek-Sakramentek). En 1865 el zar confiscó las estatuas religiosas y lo cerró. Después cayó en decadencia por falta de fondos.

Tanto la iglesia como el monasterio se restauraron en su 250 aniversario.

En 1944 sirvió de hospital y un bombardeo acabó con ella y con cientos de personas que se refugiaban en él. Se renovó entre 1948 y 1952.

Continuando por la calle que sale junto al templo, llegamos a la Iglesia de la Visitación de la Santísima Virgen (Kościół Nawiedzenia Najświętszej Marii Panny), una de las más antiguas de la ciudad.

Se ubica donde una vez hubo un templo gótico. Se construyó a principios del siglo XV en estilo gótico. Su campanario fue añadido en 1581. Se convirtió en la iglesia preferida por los pescadores.

Tras el saqueo de los suecos nunca recuperó su esplendor. Fue reconstruida varias veces en el siglo XIX y XX, lo que le hizo perder el carácter medieval al añadirle elementos más modernos. Sin embargo, tras la II Guerra Mundial volvió a ser restaurada tras ser quemada por los alemanes y entonces sí que se buscó recuperar el aspecto original.

En esta iglesia fue bautizada Maria Sklodowska-Curie y visitaba la iglesia de pequeña con su madre. Así, junto al templo hay una estatua de la doblemente galardonada con el premio Nobel.

El monumento se encuentra junto a un mirador desde el que se ve el Vístula y la zona recreativa en su margen. Más allá del río, el Barrio de Praga. Esa sería nuestra siguiente etapa.

Recorriendo Varsovia III – Stare Miasto

Al final de la Ruta Real llegamos a Stare Miasto, el centro histórico de Varsovia. Se construyó a finales del siglo XIII alrededor del Castillo Real. Pese a que el 90% quedó arrasado como consecuencia de la II Guerra Mundial, una exhaustiva reconstrucción lo ha convertido en Patrimonio de la Humanidad.

Justo antes de meternos de lleno en el corazón de la ciudad, cuando ya comenzamos a ver monumentos por todos lados, a mano izquierda nos queda la Residencia Kamienica Prażmowskich (Kamienica Prażmowskich).

Este edificio, fue construido a mediados del siglo XVII como residencia de Joachim Pastorius, médico e historiador real de los reyes Władysław IV y Jan Kazimierz. Poco después pasó a Mikołaj Prażmowski, consejero mayor de la corona y Primado de Polonia y tomó su nombre.

Fue ampliado en 1754 por los nuevos propietarios, la familia Leszczynski. Así, se convirtió en un palacio de estilo rococó con inspiración de edificios de Dresde.

Aunque el interior quedó destrozado en 1944, la fachada se consiguió salvar. El edificio fue reconstruido entre 1948 y 1949 siguiendo el diseño del siglo XVIII. Entre 2002 y 2003 se llevaron a cabo nuevas tareas de restauración y alberga la sede de la Casa de la Literatura.

Continuando de frente, ya llegamos a la Plaza Zamkowy (Plac Zamkowy).

En ella se alza la columna de Segismundo.

Esta columna de 22 metros de altura se hizo en honor al rey Segismundo III Vasa, quien trasladó la capitalidad a Varsovia. La estatua del rey porta una espada en la mano derecha y una gran cruz en la izquierda. Según la leyenda, si se le cayera la espada, sería un presagio de un acontecimiento trágico en la ciudad.

Es el monumento no religioso más alto de toda Varsovia. También el más antiguo, pues data de 1644. Aunque la estatua que vemos es la original, no lo es la columna, que se encuentra en el suelo junto al castillo.

En el centro de la plaza, en unas casitas pintorescas de colores se encuentra el punto de información turística.

Y justo al lado vemos cómo asoma la muralla. En su perímetro hay varios puestos de artesanía y recuerdos.

Fuera de la muralla, a la izquierda nos quedan varios palacios, uno de ellos es el Palacio Branicki (Pałac Branickich). Es curioso, porque hay tres con el mismo nombre en Varsovia. El edificio original era una mansión del siglo XVII. La familia propietaria, que necesitaba dinero, la vendió en el siglo XVII a Stefan Mikołaj Branicki, de ahí su nombre.

De estilo rococó, estaba inspirado en los palacios franceses y la planta se proyectó como si fuera una herradura. Para acceder a él antes había que atravesar un patio simétrico. Tras la muerte de Branicki pasó a manos de Izabella Poniatowska, hermana del rey Stanisław August Poniatowski. Ella fue una importante mecenas de artistas, intelectuales y hombres de estado y recibía a sus ilustres invitados en el palacio.

En 1804 fue vendido al general Józef Niemojewski, quien emprendió obras de ampliación añadiendo dos dependencias laterales.

Durante la II Guerra Mundial fue quemado y posteriormente demolido por los alemanes. Tuvo que ser reconstruido en 1967 usando como muestra pinturas de épocas pasadas.

Un poco más adelante se encuentra el Monumento a Jan Kiliński (Pomnik Jana Kilińskiego).

Se trata de una escultura de bronce de 4 metros sobre un pedestal de granito de 3 metros. Representa a Jan Kilinski a punto de atacar, sable en alto, y un arma en su cinturón. Este personaje fue un zapatero, que se convirtió en un héroe nacional durante la insurrección de Kościuszko cuando invadió la sede del zar ruso. Fue declarado por ello Coronel del Ejército Polaco.

El monumento fue inaugurado en la plaza Krasińskich el 19 de abril de 1936. En marzo del 42 fue desmantelado por los alemanes e iba a ser destruido, pero consiguieron negociar con las autoridades alemanas y salvarlo. Así, se guardó en los almacenes del Museo Nacional hasta la liberación de Varsovia en 1945. No obstante, había sufrido algún daño y le faltaba el sable, por lo que tuvo que ser restaurado.

Volvió a colocarse en su sitio el 1 de septiembre de 1946, sin embargo, en el 59 se movió a la ubicación actual. Volvió a ser restaurado entre 1993 y 1994 fortaleciendo su base.

Detrás de la plaza destaca el Reloj de Segismundo.

Se trata de un curioso reloj situado en una pared y que incluye los signos del zodiaco y las fases lunares.

Seguimos bordeando la muralla, hasta la estatua de El Pequeño Insurrecto (Mały Powstaniec).

Se trata de un niño con casco que porta una metralleta y conmemora a los niños soldado que lucharon y fallecieron durante el Levantamiento de Varsovia de 1944. Tras la estatua hay una placa con los versos de una canción de la época:

Somos los niños de Varsovia, yendo a la batalla

para cada piedra nuestra, vamos a dar nuestra sangre.

Muy triste.

Volvimos a la Plaza Zamkowy, donde se encuentra el Castillo Real (Zamek Królewski w Warszawie).

Fue usado como residencia real desde que se estableció la capital en Varsovia hasta 1795, año en que desapareció la Mancomunidad Polaco-Lituana. Sin embargo, ya antes, en el siglo XIV existía la Torre de la Unión (hoy torre Grodzka), construida por orden del duque Casimiro I de Mazovia. Cuando Segismundo III decidió mudarse en 1526, mandó que se ampliaran las instalaciones pasando a tener 5 alas. Además de su residencia, estableció allí también la sede del Parlamento. Asimismo, se convirtió en centro cultural del país.

En el siglo XVII quedó destruido por las invasiones suecas, pero sería reconstruido en la segunda mitad del siglo XVIII con la llegada del rey Estanislao Augusto Poniatowski. En esa época se renovaron las estancias del palacio y se crearon la Sala Grande y la Sala Real. Fue el período de mayor esplendor.

En 1939 se incendió como consecuencia de los bombardeos alemanes, y lo poco que quedó en pie acabaría arrasado en 1944 tras el Levantamiento de Varsovia. La última reconstrucción completa se llevó a cabo entre 1971 y 1988 con una mezcla de estilos barroco y neoclásico. Como Polonia es una república, se ha reconvertido en la sede de la Fundación Polaca de Historia y Cultura, que ha acondicionado parte del castillo como un museo.

El edificio principal del castillo, de planta casi rectangular, está construido a base de ladrillos. La fachada más imponente es la occidental, la que da a la plaza. Mide casi 90 metros y en el centro se alza hasta una altura de 60 metros la Torre del Reloj, coronada por una cúpula verde.

El recinto se distribuye en torno a un gran patio central que daba acceso a las estancias reales, hoy salas del museo.

La fachada oriental da al Vístula. Si nos asomamos por un lateral podemos ver el Palacio del Techo de Cobre (Pałac Pod Blachą).

Este edificio de estilo barroco tardío se levantó entre 1720 y 1730 en el lugar en que en su día estuvo un edificio del herrero y armero del rey. Fue transformado en palacio y remodelado varias veces a lo largo de los años. Sobrevivió bastante bien a la II Guerra Mundial, aunque pasó por una restauración entre 1948 y 1949 para poder albergar oficinas. Desde 1989 forma parte de las dependencias del Castillo Real.

Abandonamos la plaza y nos adentramos por un callejón hasta la Basílica Archicatedral del Martirio de San Juan Bautista Mártir (Bazylika Archikatedralna pw. Męczeństwa św. Jana Chrzciciela).

No parece muy imponente, escondida entre edificios. Data del siglo XIV y en su origen era una iglesia parroquial. Con el tiempo fue ganando importancia celebrando bodas, coronaciones y sepelios reales.

Alberga las tumbas del último rey de Polonia, Estanislao Augusto Poniatowski; de Gabriel Narutowicz de Henryk Sienkiewicz y del cardenal Stefan Wyszyński.

Junto a ella se alza la pequeña Iglesia de Nuestra Señora de la Gracia (Sanktuarium Matki Bożej Łaskawej), que fue construida entre 1609 y 1626 por la Orden de los Jesuitas, para establecerse cerca del castillo. Luego, al estar junto a la catedral, ganó más importancia aún. Fue saqueada y destruida en 1656 con las invasiones suecas.

Cuando la orden se disolvió en 1773, el templo se convirtió en iglesia escolar. Un siglo más tarde sería usada como almacén de la catedral y almacén de lana. Ya en 1834 recuperaría su función original gracias a los Escolapios. Cuando en 1864 también desapareció la Orden de los Escolapios, la iglesia sirvió como auxiliar de la catedral.

Volvió a los jesuitas en 1918, pero quedó destruida en 1944 por un incendio.

Combina elementos de la arquitectura italiana con otros propios del norte de Europa. Cuenta con una única nave y una capilla lateral. En su parte trasera se alza una torre de 65 metros. Sin embargo, lo que llama la atención es la puerta de entrada, colocada en 2009 con motivo del 400 aniversario de la iglesia.

Realizada en bronce, representa la Anunciación. La Virgen se encuentra sobre las dos hojas, y dos ángeles en cada una de ellas.

Siguiendo la calle llegamos a un espacio que no puede faltar: la Plaza del Mercado (Rynek Starego Miasta).

Es la parte más antigua de la ciudad. En ella han tenido lugar grandes celebraciones, ferias y las ejecuciones de los condenados. Por supuesto, era donde tenía lugar el mercado, que además tenía bastante relevancia por la situación de Varsovia en medio de la ruta de comercio fluvial por el río Vístula y de la ruta comercial este-oeste

Aunque la II Guerra Mundial la dejó severamente dañada, en la década de los 40 y 50 se trabajó para recuperar el diseño original del siglo XVII. El resultado es una combinación de bellos edificios renacentistas y barrocos.

En el centro de la plaza se erige el símbolo de la ciudad, la Sirena de Varsovia. Pero, ¿la sirenita no estaba en Copenhague? Pues sí, y, según la leyenda, la varsoviana y la copenhaguesa llegaron juntas al Báltico desde el Océano Atlántico. Una de ellas, atraída por unas rocas, se quedó junto al puerto de Copenhague, y la otra siguió hasta el Golfo de Gdańsk, tomó el Vístula y llegó a Varsovia.

Los pescadores enseguida notaron cómo había alguien que enredaba las redes y liberaba a los peces, pero sorprendidos por el canto, no la atacaron. Sin embargo, hubo un mercader que vio que podía hacer dinero con su voz y la secuestró. Fue el hijo de un pescador quien la liberó y la llevó de nuevo a la ciudad. Como agradecimiento, la sirena prometió defender siempre la ciudad. Por eso está representada con un escudo y una espada.

Tras bordear la plaza, tomamos la calle Nowomiejska, que nos conduce a la Barbacana (Barbakan).

Es la parte más antigua de las fortificaciones de la ciudad. Levantada en 1548, se trata de una construcción redonda reforzada con cuatro torres defensivas.

Era una de las puertas de entrada a la ciudad, sin embargo, nunca se usó como defensa. De hecho, cuando los suecos invadieron la ciudad, los habitantes de la ciudad se vieron obligados a tener que sortear las murallas que ellos mismos habían construido.

Su aspecto actual data de las tareas de restauración llevadas a cabo en 1954. Hoy alberga una galería de arte.

Al atravesarla dejamos atrás Stare Miasto y nos adentramos en Nowe Miasto.

Recorriendo Varsovia II – Vía Real

Después de abandonar el hotel, y para no perder mucho tiempo, compramos unos sándwiches que nos fuimos comiendo de camino hacia el casco histórico.

Nuestra primera parada fue la Iglesia de San Alejandro (Kościół św. Aleksandra), un templo de estilo clasicista que intenta copiar el Panteón de Roma.

Fue construida entre los años 1818 y 1825 en honor a la visita del zar Alejandro I de Rusia. En principio se le iba a dedicar un arco del triunfo, pero fue el mismo zar quien prefirió una iglesia. A finales del siglo XIX se quedó pequeña y fue ampliada y ganó dos torres.

En 1944, durante el Alzamiento de Varsovia, quedó seriamente dañada. Sería reconstruida en la década de los 50 volviendo a su diseño original, sin las torres. En su lugar se levantó una terraza con escaleras que da la entrada a la iglesia.

Se encuentra en la Plaza Trzech Krzyży, donde en el siglo XVII convergían las más importantes rutas de la ciudad. Allí comienza la calle Nowy Świat.

Fue la principal calle comercial desde el siglo XIX hasta la II Guerra Mundial, así que no es de extrañar que en ella se encuentren muchas tiendas exclusivas, galerías, clubes, restaurantes y cafeterías.

Además, destacan impresionantes edificios en cada una de sus aceras. Podemos ver tanto iglesias como palacetes o la universidad. Obviamente quedó destruida en 1944, pero los trabajos de reconstrucción han hecho que recupere el esplendor de siglos pasados.

Esta calle, que viene desde el Palacio de Wilanów y luego se convierte en Krakowiskie Przedmiedscie, nos conduce hacia el centro histórico, hasta la Plaza Zamkowy. El trayecto completo recibe el nombre de Ruta Real, pues era el camino que hacían los reyes desde su residencia habitual hasta sus palacios de verano.

Poco después del cruce con la calle Świętokrzyska llegamos al Palacio de Staszic (Pałac Staszica).

Fue erigido entre 1820 y 1823 en el lugar en que había un monasterio. Recibe el nombre del sacerdote y científico Stanisław Staszic, quien promovió su construcción. Hoy en día alberga la Academia Polaca de Ciencias y de la Sociedad Científica de Varsovia.

Frente al edificio se encuentra el monumento a Nicolás Copérnico, y en el suelo, alrededor de él, hay una representación del sistema solar. El molde de esta estatua se reutilizó para otras dos idénticas que se encuentran al otro lado del charco, en Montreal y en Chicago.

Un poco más adelante llegamos a la Iglesia de la Santa Cruz (Kościół Świętego Krzyża).

De estilo barroco, data de finales del siglo XVII. Destaca por ser el lugar en que descansan los corazones de Władysław Reymont y Fryderyk Chopin. El compositor, que había emigrado a Francia durante la sublevación contra Rusia, no pudo regresar porque el zar le prohibió volver a pisar Polonia. Así que, en sus últimas voluntades pidió que al menos su corazón volviera a su país. El cuerpo sin embargo se enterró en París.

En el interior de la iglesia también se hallan las lápidas de otros polacos de renombre, como Józef Ignacy Kraszewski, Bolesław Prus, Juliusz Słowacki y Władysław Sikorski.

Ante la fachada destaca un enorme Jesucristo que porta una cruz. Desde las escaleras, junto al Cristo, se ve muy bien el Palacio de Staszic que habíamos dejado atrás.

Continuando la calle, en la acera opuesta, se halla otro palacio, el Uruskich (Pałac Uruskich), un palacio barroco que hoy en día alberga la Facultad de Geografía y Estudios Regionales.

Y junto a él está el Palacio Tyszkiewiczów (Pałac Tyszkiewiczów).

Comenzó a construirse en 1785 y finalizó en 1792. De estilo neoclásico, se convirtió en uno de los más bellos de la ciudad con elaborados trabajos en madera y estucos en estilo pompeyano. Quedó severamente dañado durante el Levantamiento de Varsovia, ya que los alemanes lo bombardearon deliberadamente. Fue reconstruido entre 1949 y 1956.

Tras ambos palacios se encuentra la Universidad, fundada en 1816 y compuesta por varios edificios históricos. Se trata de uno de los centros educativos más grandes e importantes del país.

En la plaza que se abre a continuación encontramos la Iglesia de San José el desposado de la Santísima Virgen María (Kościół św. Józefa Oblubieńca NMP).

De estilo barroco tardío, data del siglo XVIII. Fue una de las pocas que se salvaron en la II Guerra Mundial, así que puede verse su construcción original. Aunque es sobria, destaca su fachada con numerosas esculturas.

La iglesia y el edificio del monasterio pertenecen a la Orden de la Visitación, que quisieron ubicarse cerca de la residencia real.

En esta iglesia solía tocar el piano Chopin cuando era joven, allí hacían las prácticas los alumnos del Liceo. Ya a una corta edad era el pianista más solicitado de la ciudad. No muy lejos de la iglesia se encuentra uno de los numerosos bancos que hay por la ciudad que permiten escuchar música del compositor. Fueron colocados en el 200 aniversario de su nacimiento para reivindicar la identidad de uno de los polacos más famosos. Están colocados estratégicamente en lugares significativos de la vida de Chopin. Están equipados con un botón que permite reproducir un fragmento de una de sus obras. Asimismo, cuentan con una inscripción que explica la elección del lugar.

Justo enfrente, tomando la calle Królewska, se extiende el Jardín Sajón (Ogród Saski), un parque creado entre 1713 y 1733 como jardín real del Palacio Sajón. En el año 1720 se abrió al público, lo que lo convierte en uno de los parques más antiguos del país. En él se halla la Tumba del soldado desconocido (Grób Nieznanego Żołnierza). Como suele ser habitual, se trata de un monumento que honra a los héroes anónimos que cayeron combatiendo por la patria. Junto a la Tumba, custodiada por una guardia de honor, arde una llama eterna.

De nuevo, volviendo a la ruta real, nada más pasar el parque Jana Twardowskiego se erige el Hotel Bristol.

Inaugurado en 1901 fue uno de los hoteles más lujosos de Europa y en él se celebraban elegantes bailes y recepciones. Fue en este hotel donde la Sociedad Científica de Varsovia organizó en 1913 un banquete en honor a la dos veces premio Nobel Maria Skłodowska-Curie.

Frente a él encontramos otro imponente hotel, el Europejski.

Este fue el primer hotel elegante de Varsovia, inaugurado en 1857. En aquella época estaba decorado con muebles estilo Luis XV, Luis XVI e imperial. En la planta baja había tiendas de renombre, un selecto restaurante y la confitería Loursa.

Volviendo a cruzar, junto al Hotel Bristol se encuentra el Palacio Presidencial (Pałac Prezydencki).

Construido a mediados del siglo XVII en estilo barroco, es el más grande de los palacios de la ciudad. El aspecto actual, de estilo clasicista, se lo debe a una reforma radical del siglo XIX. Se encuentra flanqueado por cuatro leones de piedra colocados en 1821 y un monumento en honor del príncipe Józef Poniatowski en 1965.

Durante la II Guerra Mundial no sufrió daños, sino que fue convertido en hotel de lujo y casino. Tras la guerra fue reconstruido y remodelado de nuevo. A él se trasladó la sede del Consejo de Ministros y acogió reuniones oficiales. En 1955 firmó el Pacto de Varsovia y, más tarde, en 1989 donde se mantuvieron conversaciones previas a la independencia.

Desde 1994 es presidencial y ha sido la residencia de Lech Wałęsa, Aleksander Kwaśniewski, Lech Kaczyński.

Frente a él se alza el Palacio Potockich (Pałac Potockich).

Se erigió en 1669 en el lugar en que ya antes de 1643 había un palacio de madera que resultó incendiado en la invasión sueca. En 1760 pasaría por una intensa reforma que añadiría elementos de estilo barroco y rococó.

En 1824 comenzó a alquilarse y en el siglo XIX se convirtió en un espacio de exposiciones.

Resultó quemado en 1944 y más de un 60% resultó dañado. Fue reconstruido entre 1948 y 1949 convirtiéndose después en la sede del Ministerio de Cultura y Artes, que hoy es el Ministerio de Cultura y Patrimonio Nacional.

Mirando de nuevo a la acera contraria, junto al palacio presidencial, se alza la Iglesia de la Asunción de la Virgen María y de su esposo San José (Kościół Wniebowzięcia Najświętszej Marii Panny i św. Józefa Oblubieńca Bogarodzicy). Iglesia de la Asunción para los amigos.

Fue construida para los Carmelitas Descalzos entre 1661 y 1681 en estilo barroco y con una planta en forma de cruz. Aunque la fachada es clasicista debido a la renovación del siglo XVIII.

Junto a ella tenemos la estatua de Adam Mickiewicz, en la plaza del mismo nombre.

No sería la primera vez en nuestro viaje que viéramos una estatua en honor al poeta polaco más sobresaliente del romanticismo.

Continuamos por la Krakowskie Przedmieście. En la acera a nuestra derecha tenemos un parque, y a nuestra izquierda el Palacio Wessel (Pałac Wesslów).

De estilo barroco tardío, fue construido a mediados del siglo XVIII para el general Franciszek Jan Załuski. Recibe el nombre de Teodor Wessel, tesorero de la corona, que lo compró en 1761. No obstante, no sería su último propietario, ya que con el paso de los años y siglos cambió varias veces de dueño. Por ejemplo, de 1780 a 1874 fue oficina de correos.

Quedó destruido durante el Alzamiento de Varsovia en el año 1944 y fue reconstruido después de la guerra.

Al final del parque, a mano derecha, encontramos la Biblioteca Central de Agricultura (Centralna Biblioteka Rolnicza).

Pertenece al Ministerio de Agricultura y Desarrollo Rural y alberca obras correspondientes a los campos de las ciencias agrícolas, horticultura, zootecnia, pesquería, medicina veterinaria, industria alimentaria, tecnología agrícola, protección ambiental, silvicultura, política agrícola y economía, y ciencias afines.

El edificio, de mediados del siglo XVI, perteneció a un monasterio y a su hospicio anexo. En el siglo XIX fue ocupado por el ejército ruso y el monasterio fue disuelto por las autoridades zaristas. A finales de siglo fue reconstruido y acogió al Museo de Industria y Agricultura, que funcionaba como institución educativa y un centro de investigación científica. En sus laboratorios trabajó Maria Skłodowska-Curie, quien sin embargo no estudió en Polonia, ya que como mujer no tenía permitido acceder a la universidad.

En septiembre de 1939 fue bombardeado y se quemó. Y de nuevo fue incendiado en el Levantamiento de Varsovia. Ambos acontecimientos provocaron la pérdida de más de 10.000 objetos que había expuestos. Fue reconstruido después de la guerra y el museo reanudó su actividad, sien embargo, en 1952 pasó al  Instituto Central de Agricultura y en 1955 se estableció la biblioteca.

Inmediatamente a continuación tenemos la Iglesia de Santa Ana (Kościół Akademicki św. Anny).

Se construyó en la segunda mitad del siglo XV en estilo gótico, pero fue destruida en varias ocasiones. Tras cada ocasión volvió a ser reconstruida, y cada vez se le añadían elementos de diferentes estilos. Hoy tiene una fachada de estilo clasicista y un interior barroco. Aunque nosotros no pudimos ver mucho más que la lona que la cubría. De su interior tampoco, ya que se celebraba una boda.

Junto a la iglesia se alza el campanario (Taras widokowy), que además cuenta con una terraza mirador. Y tras pasarla, llegamos a una gran plaza que supone el inicio de nuestro recorrido por el casco histórico de Varsovia.