Berlín IX. Día 3 II: Excursión a Potsdam. Jardines y Palacios

Desde la Puerta de Brandeburgo tomamos la Allee nach Sanssouci, que como su nombre indica, nos conducía al Parque Sanssouci. Sin embargo, no entramos en él, sino que lo bordeamos, pues pensábamos dejarlo para el final. En este extremos del parque destaca la Friedenkirche, la Iglesia de la Paz, de culto protestante.

Con una planta de tres naves sin crucero y un campanario independiente de 42 metros de altura, fue construida a mediados del siglo XIX intentando copiar los diseños de las iglesias primitivas cristianas de Italia siguiendo las directrices de Federico Guillermo IV. Precisamente este y su esposa Isabel Ludovica se encuentran enterrados allí (aunque el corazón del rey descansa en el mausoleo del Palacio de Charlottenburg en Berlín.

Bordeando el parque por la Schopenhauerstraße nos encontramos con el Obelisco que indicaba el límite del parque. Construido en 1748, está adornado por jeroglíficos, aunque son meramente decorativos, ya que por aquella época aún no se había comenzado a descifrar este tipo de escritura.

Frente a él, en la acera opuesta se halla la montaña Winzerberg, compuesta por cuatro terrazas escalonadas. Fue construida en 1763 como expansión del Palacio Sanssouci y se usaba como viñedo principalmente (aunque también había plantados manzanos y perales). En su punto más alto se erige la Winzerhaus, construida en 1849.

Tomando la Weinbergstraße nos acercamos a Alexandrowka, el barrio ruso de Potsdam.

Declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1999, esta colonia fue creada en 1825 por órdenes de Federico Guillermo III con el mismo fin que el barrio holandés: para que los inmigrantes (en este caso rusos) se sintieran como en casa. La diferencia era que mientras que los holandeses eran trabajadores, los rusos eran nobles y artistas que visitaban la corte del rey, que tenía una estrecha relación con el zar Alejandro I.

Hoy se pueden ver unas pocas de estas casas de maderas que parecen cabañas, una casa museo sobre la historia del barrio y su construcción e incluso una iglesia ortodoxa, la Alexander Newski, de 1829.

El barrio queda muy cerca del Neuer Garten, un parque de de 102,5 hectáreas que mandó construir en 1787 Federico Guillermo II. En su opinión el Parque Sanssouci de Federico el Grande se había quedado anticuado con su estilo barroco y la ciudad necesitaba uno más moderno. Quiso copiar el diseño de los  jardines de Dessau-Wörlitz con un diseño en el que predominan las áreas de jardín parcialmente cerradas y los árboles y las plantas creciendo de forma libre y natural. También se permitió que pastaran libremente las vacas, cuya leche se usaba para hacer mantequilla y queso en la granja del extremos norte del parque.

Su sucesor, Federico Guillermo III, ordenó rediseñar el jardín, que había quedado algo descuidado y cubierto de maleza, en un estilo inglés del siglo XIX con espacios abiertos, amplias zonas ajardinadas y caminos amplios.

En este parque Federico Guillermo II mandó construir como residencia de verano el Marmorpalais, un palacio estilo clasicista temprano, el único en toda Prusia. Construido en ladrillo rojo, en su origen era un edificio cúbico de dos plantas con un templo de planta circular en el tejado, las alas laterales fueron añadidas a posteriori, pues se ve que al rey se le quedó pequeño.

En uno de sus laterales se erige un obelisco de mármol en cuya base cuenta con cuatro medallones que representan cabezas masculinas de diferentes edades como símbolo de las cuatro estaciones.

No muy lejos se halla el que fuera el último palacio de la dinastía Hohenzollern, el Palacio de Cecilienhof, ordenado construir por Guillermo II para su hijo y su mujer Cecilie. Sin embargo la construcción se retrasó debido al estallido de la I Guerra Mundial y para cuando terminaron las obras casi se estaba proclamando la República de Weimar y la familia imperial marchándose al exilio. En realidad el matrimonio solo vivió allí un año (Cecilie se quedó hasta la II Guerra Mundial, momento en que se dio cuenta de que no tenía nada que hacer).

Diseñado intentando asemejar una casa de campo inglesa de estilo Tudor, destaca por su importante papel en la historia reciente al haber acogido la Conferencia de Potsdam celebrada el 17 de julio y el 2 de agosto de 1945 entre Churchill, Stalin y Truman. Fue en esta cumbre donde los tres líderes decidieron el futuro de Alemania y la Europa de posguerra en general.

El interior fue redecorado para la ocasión intentando agradar a los participantes y hoy en día se puede visitar para conocer cómo se desarrollaron aquellos días gracias a una exhibición con fotografías, audios originales y numerosos carteles. Nosotros no contábamos con mucho tiempo, por lo que paseamos por sus jardines disfrutando de su bonito aspecto exterior. A mí me recordó a las típicas casas de entramado bávaras.

En uno de sus jardines aún se puede ver la estrella hecha de geranios rojos con la que Stalin recibía a sus invitados. Eso sí, en diciembre no tenía color, imagino que no es la época en que florecen estas plantas.

El palacio cuenta con 176 habitaciones y hoy además de ser un lugar histórico también es un hotel.

Abandonamos el parque y nos dirigimos al Parque de Sanssouci, donde acabaríamos con la visita de la ciudad. Eran casi las dos de la tarde y apenas nos quedaban un par de horas de luz solar, por lo que no podíamos parar a comer. El hambre tendría que esperar al atardecer.

Desde que Federico Guillermo eligiera Potsdam como lugar donde establecer su residencia de caza en 1660 la ciudad se volvió muy popular entre la familia real prusiana y los más acaudalados querían trasladarse a ella para estar cerca de la corte. El Palacio Sanssouci es hoy en día uno de los más famosos de Potsdam y es Patrimonio de la Humanidad desde 1990.

Accedimos por su parte trasera, en la que el edificio se extiende con un un pórtico lleno de columnas formando un círculo y dejando una plaza en el centro.

La verdad es que esperaba encontrarme algo parecido a los palacios de San Petersburgo, ya que tiene tanto renombre y se lo conoce como el Versalles alemán, pero me dejó algo fría. Es verdad que en diciembre los jardines no lucían mucho y que no vimos el interior, así que vamos a darle el beneficio de la duda.

En los laterales encontramos varias glorietas realizadas de rejas y adornadas con detalles dorados. El pasadizo cuenta con varias estatuas, pero estaban tapadas.

Para visitar el interior del palacio hay que pedir hora en la web oficial. Es decir, se puede llegar y comprar la entrada, pero tiene aforo, por lo que si no las sacas con anterioridad, te puedes encontrar con que no hay disponibilidad. La visita se realiza con una audioguía y está prohibido hacer fotos, salvo que se pague un permiso fotográfico. Puesto que no íbamos a entrar, bordeamos el edificio para ver su fachada principal.

Construido entre los años 1745 y 1747, fue diseñado por Federico II el Grande como residencia de caza y retiro lejos de la pompa de la corta berlinesa. De hecho, el nombre del palacio toma la expresión francesa Sans-Souci que significa sin preocupaciones. El rey se mudaba al palacio cada verano con sus perros hasta su muerte en 1786. De hecho, está enterrado junto al palacio con sus 11 canes.

Ubicado sobre unas terrazas ajardinadas con viñedos, el palacio cuenta con una única planta en la que se disponen diez habitaciones principales. Está considerado como una de las máximas expresiones del rococó, un estilo en el que predomina la opulencia y motivos de la vida aristocrática despreocupada. Muy oportuno para una residencia de verano.

Tras la muerte del monarca el palacio se mantuvo vacío y descuidado hasta mediados del siglo XIX, cuando Federico Guillermo IV de Prusia ordenó restaurarlo y adaptarlo al estilo de la época para después trasladarse con su esposa. Así, se ampliaron las alas de servicio, se amplió la bodega y se trasladó la cocina al ala este. El ala oeste por su parte se convirtió en el ala de las mujeres (Federico el Grande estaba separado y en Sanssouci no se alojaba mujer alguna) y de los invitados.

Como decía, al ser diciembre, los jardines no lucían muy lustrosos, las fuentes estaban vacías y las estatuas y elementos decorativos estaban protegidos de las heladas, por lo que no vimos el conjunto en su mejor momento. Además, se nos puso a chispear y las nubes oscurecieron aún más el ambiente, así que tuvimos que ponernos en movimiento, pues aún nos quedaba mucho por ver.

Seguimos hacia el oeste, donde nos encontramos con el Historischer Mühle, un molino histórico de estilo holandés del siglo XVIII.

En 1737, ocho años antes de la construcción del palacio, el rey dio permiso al molinero Johann Wilhelm Grävenitz para construir un molino. Cincuenta años más tarde este estaba bastante dañado, por lo que se encargó al carpintero de la corte Cornelius van der Bosch que lo reemplazara por una nueva estructura. Concluido en 1858, fue declarado monumento en 1861.

Se hizo famoso por una leyenda que dice que Grävenitz y Federico II discutieron porque al rey le molestaba el ruido del molino y amenazaba con echarlo abajo. Sin embargo, el molinero contrató un abogado y pudo mantenerlo en pie.

Quedó destruido durante la II Guerra Mundial y fue reconstruido entre 1983 y 1993. Desde 2002 acoge en su torre de piedra exhibiciones sobre el comercio y la historia de los molinos, aunque cerraba todo el mes de diciembre, por lo que, aunque quisiéramos, no podríamos haberlo visitado.

El siguiente palacio en nuestra ruta por el parque fue el Orangerieschloss, mandado construir por Federico Guillermo IV a mediados del siglo XIX.

De estilo renacentista, recuerda a los palacetes italianos florentinos. El edificio tiene más de 300 metros de largo en cuya estructura central destacan dos torres gemelas. Cuenta con tres plantas y la estancia más importante es la Sal Raffael, que acoge una colección de cincuenta copias de las obras del pintor italiano Rafael Sanzio y alberga un tragaluz diseñado por el propio Federico Guillermo.

A día de hoy, aún se cultivan las naranjas que le dan nombre.

Desde arriba se alcanza a ver la Jubiläumsterrassen con la estatua del arquero y la fuente Springbrunnen vacía.

Continuamos por la Maulbeerallee hasta la penúltima parada de nuestra visita, el Neues Palais o Palacio Nuevo, construido entre 1763 y 1769 por orden de Federico el Grande para demostrar el poderío y la grandeza de Prusia tras la Guerra de los Siete Años. De estilo renacentista es el que más me gustó de todos los de la ciudad. De lejos.

Con más de 200 habitaciones decoradas y divididas en dos plantas es el más grande de todos. La parte central está rematada por una enorme cúpula de color verde donde descansan tres figuras que alzan una corona. El perímetro del palacio queda además decorada por más de 400 estatuas y figuras en piedra arenisca.

No llegó a usarlo como residencia real, sino que se empleaba para la recepción de monarcas y dignatarios importantes. Cuando se alojaba allí, Federico ocupaba el extremo sur del edificio, que consta de dos antecámaras, un dormitorio, un estudio y un salón de conciertos entre otros. Tras su muerte en 1786 se usó menos aún. No fue recuperado hasta 1859, cuando Federico III lo recuperó como residencia de verano. Después fue ocupado por el emperador Guillermo II, hasta su abdicación en 1918, momento en que se convirtió en museo (aunque fue saqueado por el Ejército Rojo durante la II Guerra Mundial). Hoy pertenece a la Universidad de Potsdam.

Aún nos quedaba una última parada, el Charlottenhof, un palacete neoclásico que parece abandonado. Erigido a principios del siglo XIX para el rey Federico Guillermo IV, fue de los últimos en construirse.

No nos recreamos mucho en él, pues ya digo que parecía abandonado. No sé si por la época del año, por su simplicidad o porque se estaban llevando a cabo tareas de mantenimiento.

Lamentablemente nos quedábamos sin luz, por lo que decidimos dar por concluida la visita a la ciudad. Nos quedó por ver, aparte de los palacios por dentro, la zona de Babelsberg (donde además de un extenso parque en el que se halla el palacio homónimo podemos encontrar los estudios cinematográficos UFA (Babelsberg Studios)) y el Glienicker Brücke (conocido como el puente de los espías ya que era donde norteamericanos y soviéticos se encontraban intercambios de espías capturados en la época de la Guerra Fría). Lógicamente, en una ciudad con tanta historia y en diciembre, es prácticamente imposible abarcar todo en un único día. Pero nos fuimos satisfechos.

Tomamos el bus muy cerca del palacio y en apenas 20 minutos estábamos en la estación de tren. Aprovechando que era bastante grande y había varios locales de restauración, buscamos un sitio donde comer. Elegimos el Asiana, donde podías combinar distintos tipos de fideos o arroz con salteados de verduras, carne o pescado.

A eso de las 5 de la tarde pusimos rumbo a Berlín.

Berlín VIII. Día 3: Excursión a Potsdam. Casco Histórico

Para nuestro segundo día en Berlín teníamos planes fuera de la ciudad. Nos íbamos de excursión a Potsdam, a unos kilómetros al suroeste.

Como habíamos hecho la compra el día anterior, pudimos desayunar tranquilamente en el apartamento y preparar las mochilas para pasar toda la jornada fuera. A las 9 de la mañana salimos a otra fría mañana y nos dirigimos a la estación Shönerhauser Allee, donde tomamos el S42 hasta Berlin Westkreuz. Allí cambiamos a la S7 que nos llevaría a Potsdam.

El viaje en tren es cómodo y corto. A eso de las 10:15 ya habíamos llegado. Teníamos el abono de transportes, que nos servía también para Potsdam, sin embargo, estábamos frescos y apenas había un paseo hasta el centro, así que fuimos caminando.

Potsdam fue fundada en el siglo VII como Poztupimi por los eslavos, aunque no se convirtió en ciudad hasta el siglo XIV. La notoriedad le llegaría en 1660 cuando Federico Guillermo I la eligió para establecer su residencia veraniega de caza.

Tras el Edicto de Potsdam en 1685 se convirtió en lugar de acogida de inmigrantes europeos. Su libertad religiosa atrajo a los hugonotes franceses, a rusos, holandeses o bohemios. Aún hoy podemos ver signos de estos pueblos en el barrio holandés y en Alexandrowka. Sin embargo, la ciudad creció sobre todo a partir del siglo XVIII, cuando, a pesar de que Berlín era la capital oficial de Prusia, la corte se mantuvo en Potsdam. De aquella época aún se conservan los palacios que han hecho que en 1990 fuera declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO.

En la historia reciente hay que señalar la famosa Conferencia de Potsdam, la reunión tras la II Guerra Mundial entre Truman (EEUU), Churchill (UK) y Stalin (URSS) en el Palacio de Cecilienhof donde acordaron un nuevo mapa de Europa.

A pesar de que es una ciudad pequeña, tiene bastante para ver, por lo que nos organizamos dividiendo nuestra visita en tres partes: por un lado el casco histórico, por otro la zona del Palacio de Cecilienhof y finalmente el Parque Sanssouci. Ya que no teníamos muchas horas de luz, asumimos que no íbamos a ver los palacios y nos centramos en patear la ciudad.

Desde la estación seguimos el curso de la carretera hasta llegar a la Otto-Braun Platz, que nos conduce a la plaza del Antiguo Mercado, Am Alten Markt. Este es el centro histórico de la ciudad y donde durante tres siglos se hallaba el Stadtschloss, un palacio erigido en 1662 que se convertiría en la residencia de invierno de los reyes prusianos.

Dañado tras la II Guerra Mundial, fue demolido en 1961 en la época de la RDA, que no quería ostentación de simbología prusiana. No ha sido hasta el presente siglo que se ha reconstruido.

Destaca el Fortunaportal, el pórtico de entrada al antiguo castillo. Diseñado por el arquitecto holandés Jean de Bodt en 1701 rinde homenaje al Emperador Federico III.

Recibe el nombre por la escultura de la diosa Fortuna que corona la cúpula sobre la puerta. Esta figura, realizada en cobre y cubierta de oro, a pesar de medir 2.15 metros y pesar unas 5 toneladas, gira cuando hace viento.

Frente al palacio se erige la Nikolaikirche (Iglesia de San Nicolás), el último trabajo de Karl Friedrich Schinkel, quien ni siquiera la vio acabada. Construida entre 1830 y 1837 en estilo clásico incorporó la cúpula años más tarde.

Tras quedar dañada en la II Guerra Mundial fue reconstruida y reinaugurada en 1981. Hoy, además de servicios religiosos (como el que justo comenzaba y nos impidió verla por dentro), también acoge conciertos gracias a su buena acústica.

En el centro de la plaza destaca un Obelisco de 25 metros construido en 1753. Hoy está decorado con retratos de Knobelsdorff, Schinkel, Gontard y Persius, los grandes arquitectos de Potsdam, aunque antes de su reconstrucción tenía medallones de reyes prusianos.

Si giramos hacia nuestra derecha nos encontramos con el Altes Rathaus (Antiguo Ayuntamiento), que data de 1755. Su fachada, en un tono azul pastel, es bastante sencilla. Lo que realmente llama la atención es su torre circular coronada con una figura dorada de Atlas sosteniendo el mundo sobre sus hombros.

A su lado, junto al Stadschloss, se halla el Palacio Barberini, mandado construir en 1771 por Federico el Grande en estilo italiano y hoy reconstruido y convertido en museo de arte moderno e impresionista.

Sin duda una plaza impresionante. Es pequeña, pero tiene una panorámica inigualable de sus 360º.

Tomando el lateral de la iglesia y después la calle Franz, llegamos a un peculiar templo, la Französische Kirche (Iglesia Francesa). Ubicada entre el barrio francés y el holandés, fue construida a mediados del siglo XVIII para dar un espacio a los hugonotes que llegaron a Prusia desde Francia.

De planta circular tratando de imitar el Panteón de Roma, fue un desafío desde el inicio de su construcción por estar ubicada en un terreno pantanoso.

En las proximidades encontramos otra iglesia, la de San Pedro y San Pablo, en cuya trasera se ubica el cementerio central soviético.

La captura de Potsdam en abril de 1945 supuso la muerte de muchos soldados soviéticos. Tras la guerra se les decidió dar honrada sepultura y por ello se buscó un espacio donde pudieran ser enterrados. Se eligió esta ubicación tan céntrica para que los alemanes recordaran las víctimas que tuvo que sufrir el Ejército Rojo para acabar con el nazismo. Hoy en día queda protegido por tratados internacionales y Alemania ha de conservar tanto este como otros cementerios de guerra de forma permanente.

En el centro se erige un obelisco de piedra arenisca de 14 metros de altura que reposa sobre un pedestal. Queda rodeado además por varias esculturas de bronce. Se trata de la representación de los cuatro brazos del Ejército Soviético: un guardia, un conductor de tanque, un soldado de infantería naval y un piloto.

El cementerio alberga casi 400 tumbas bien conservadas.

Y como se puede apreciar en las imágenes no todas tienen la misma forma (ni material). Y es que depende del rango al que perteneciera dicho soldado. En este caso se trata del Teniente Primero (ста́рший лейтена́нт) Ivan Nikiforovich.

Seguimos nuestro paseo hacia el Holländisches Viertel, el Barrio Holandés, conocido también coloquialmente como el pequeño Ámsterdam. 

A mediados del siglo XVIII en Potsdam había problemas con el agua del subsuelo, por lo que se pidió ayuda a los holandeses, los realmente versados en ganar terreno al mar. Los expertos proyectaron la creación de cuatro islas y para que a su llegada a la ciudad se sintieran como en casa, se construyeron según las directrices de Jan Bouman 134 casas al más puro estilo tradicional holandés en ladrillo rojo.

Se trata de apenas cuatro manzanas de casas dispuestas en hileras, pero es una zona muy coqueta llena de rincones muy fotografiables. Aunque había casetas dispuestas a ambos lados de la calle, se podían ver las cafeterías con sus terrazas de apenas un par de mesas, tiendas de artesanía y pequeños locales que hoy se ubican en los bajos de estas construcciones. Además, en la casa ubicada en Mittelstraße, 8 se puede conocer la historia del barrio.

Como decía, la zona estaba engalanada por la época navideña, por lo que la encontramos muy animada con gente en busca de sus regalos o simplemente disfrutando de un chocolate caliente o un Glühwein, de las salchichas o patatas fritas y de las actividades que se desarrollaban en torno al mercadillo.

Muy cerca, en la calle Friedrich-Ebert-Straße se encuentra la Nauener Tor, una de las tres puertas que aún se conservan en Potsdam.

Construida en el siglo XVII en estilo neogótico inglés, estaba unida por la muralla (ya derruida) a la Puerta de Brandeburgo.

Tomamos la Hegenallee, donde había varios puestos y camiones de comida, desde los tradicionales de fruta, verdura, pescado y carne a otros más relacionados con la temporada, como los del famoso vino caliente.

Esta calle nos conduce a la segunda puerta, a la Jägertor, la más antigua de la ciudad. Data de 1733 y desde que se derribó la muralla en 1869 se ha mantenido como monumento independiente.

Y como no hay dos sin tres, seguimos hasta la tercera, la Puerta de Brandeburgo.

Comparte nombre con la de Berlín, mucho más famosa y grande que esta, porque tienen en común que ambas marcaban que conducían a Brandeburgo. Como la Puerta de Toledo en Madrid, vaya. Esta fue erigida en el siglo XVIII para celebrar la victoria de Federico el Grande en la Guerra de los Siete Años, por lo que es más antigua que la de la capital. Además conducía a los distintos palacios y jardines reales.

En sus alrededores también encontramos mercadillos navideños con un gran abeto, casetas de madera y atracciones infantiles.

Era media mañana y apetecía comer algo, así que dimos un paseo por la Brandenburger Straße arriba y abajo buscando entre sus puestos algo que picar que no fuera tan empalagoso como un corazón de Lebkuchen o una salchicha. Al final acabamos comprando unos bretzels.

Apenas llevábamos un par de horas en Potsdam, pero su centro nos había sorprendido en el buen sentido, así que teníamos ganas de descubrir si las afueras mantenían el nivel.

Preparativos de una escapada a Berlín

A menos de una semana para irnos a los Balcanes, y aún con Marrakech por concretar, sacamos los billetes para Berlín, pues los precios estaban comenzando a subir. Prácticamente a la vez que decidimos que nos íbamos a Marrakech, hablamos de Berlín, solo que había quedado en el aire a falta de saber cuántos nos apuntábamos. Al final la cosa se quedó en tres, volvíamos a irnos con mi prima la de del Road Trip a la Costa Oeste de EEUU y de Marrakech.

Para jugar con fechas, horarios y precios compramos el vuelo de ida con Easyjet y el de vuelta con Iberia. En total, 102.06€ por persona. Estaríamos en la capital alemana desde el 6 de diciembre (llegaríamos a dormir) hasta el 12.

El alojamiento lo dejamos para finales de septiembre. Tras valorar si hotel o apartamento, finalmente concluimos que era mejor opción esto último, pues la diferencia de precio no era mucho y el apartamento nos daba más espacio y la libertad de poder cocinar (aunque fuera poco). No necesitábamos que fuera céntrico, pero sí bien comunicado y nos decidimos por uno próximo a las estaciones Schönhauser Allee, Bornholmer St y Gesundbrunnen, por lo que en apenas media hora estaríamos en la Alexanderplatz, por ejemplo. El precio total fue 514.80€ por los 6 días. Es decir, 171.60€ por persona.

Durante el mes de octubre estuvimos de lleno con los preparativos de Marrakech, así que poco pudimos mirar. Tan solo hacer listas de lo que queríamos ver para tener más o menos claro desde dónde partir a la hora de cuadrar una ruta ya en noviembre. Aunque lo teníamos complicado, puesto que tendríamos que conjugar interiores (museos y atracciones) con exteriores (visita a ciudad propiamente dicha además de los mercadillos de Navidad) y sin embargo no íbamos a tener muchas horas de luz, pues por esas fechas amanecería a las 8 de la mañana y anochecería poco antes de que dieran las 16.

Valoramos la idea de ir a Potsdam y al campo de concentración de Sachsenhausen y no sabíamos si nos daría tiempo a todo, pero por si acaso buscamos algo de información.

Al día siguiente de volver de Marrakech quedamos para concretar un poco las rutas y para ver qué reservas teníamos que hacer con tiempo. Pensamos reservar para desayunar en la Fernsehturm, pero era algo caro para un desayuno a las 10 de la mañana. Así que lo descartamos. Pero lo que sí hicimos fue solicitar acceso a la cúpula del Reichstag, diseñada por el prestigioso arquitecto Norman Foster. En nuestras anteriores visitas a Berlín nos habíamos quedado con las ganas, pues siempre había unas colas enormes para entrar. Desde 2012 hay que reservarlo previamente por internet (no se puede por teléfono), por lo que parecía más factible.

El trámite es muy sencillo. En primer lugar hay que entrar en la siguiente página y elegir la opción que prefiramos: una sesión plenaria, un tour guiado por el Parlamento + visita a la cúpula o simplemente la visita a la cúpula (gratuita).

En este caso, seleccionamos la tercera opción (Visit to the Dome) y en la siguiente pantalla el número de visitantes que vamos a ser.

A continuación escogemos fecha y horario en el que queremos acudir. Contamos con tres opciones que podemos ordenar según nuestras preferencias entre el amplio horario disponible (de 8 a 21:45 horas con una frecuencia de 15 minutos).

Finalmente, introducimos nuestros datos para que nos llegue un correo de confirmación de solicitud.

Ojo, porque después nos llegará un segundo en el que nos confirman la fecha y hora de las tres que hemos indicado. Y esto es lo que tendremos que imprimir y presentar para acceder.

En caso de no haber hecho la reserva previa, también se puede acudir a las taquillas un par de horas antes de la hora que se quiere ( o de los días siguientes) y ver si hay hueco en algún turno, pero es bastante improbable, pues siendo una ciudad como Berlín con visitantes en cualquier época del año y una atracción gratuita, al final siempre se llena el cupo.

Además de la reserva, ese día también echamos cuentas sobre el transporte y si nos merecía la pena comprar algún pase (de día, de fin de semana, semanal…) o los billetes sencillos. Al estar casi una semana, con los viajes al aeropuerto, las idas y venidas de cada día desde el apartamento, además de las excursiones Potsdam y/o Sachsenhausen nos lo dejaron claro: la opción más rentable era sacar el pase semanal de la zona ABC por 37,50€.

Dado que teníamos pensado visitar algún museo, nos planteamos también sacar la WelcomeCard, ya que costaba 9€ más que el pase semanal e incluía todo el transporte. Sin embargo, a pesar de contar con descuentos en numerosas atracciones, los museos de la Museuminseln requerían de un billete adicional; y además, habría un día que se nos quedaría descolgado, por lo que tendríamos que añadir algún billete sencillo de transporte. Así pues, descartado, porque no se adaptaba del todo. En su lugar pensábamos sacar el Museumpass, que es válido en más de 30 museos durante 72h y costaba 29€.

Y con menos de un mes para que llegara el día de embarcar nos quedaban por concretar las rutas, aunque esta vez quedaría todo bastante abierto a la improvisación. Podemos decir que llevábamos sugerencias de rutas, pues en realidad nuestros días quedarían condicionados por la climatología y las horas de luz. Teniendo claro dónde estaban los puntos de interés y cómo llegar en transporte ya íbamos encarrilados para poder elegir según saliera el sol.

Berlin, los geht’s!