Road Trip por la Costa Este de Estados Unidos y Canadá. Día 10 V: Montreal: Quartier des Spectacles y Chinatown

Los bagels a media mañana nos habían dado energía, pero eran las 4 de la tarde y había hambre. En la calle Sherbrooke directamente nos olvidamos, pues sabíamos que los precios iban a ser desorbitados, así que probamos suerte en el entorno de la Plaza de las Artes. Y por primera vez en diez días, entramos en un McDonald’s. Dadas las horas que eran tampoco estábamos para andar sopesando muchas opciones, así que entramos, pedimos un par de ensaladas griegas, una hamburguesa de pollo a la barbacoa y un wrap. Lo acompañamos con un par de patatas y un par de bebidas, ya que se podía rellenar tanto como se quisiera. Nos salió todo por $40,08. Después tomaron unos helados, que costaron otros $10,19.

Y una hora más tarde, con el estómago lleno y habiendo descansado un poco, continuamos con nuestra visita a Montreal esta vez en el Barrio de los Espectáculos, el distrito con más vida artística y entretenimiento de la ciudad. A lo largo de todo el año sus teatros, cines y salas de espectáculos llegan a acoger unos 40 festivales artísticos y musicales. Hay eventos de todo tipo: de música clásica, ópera, variedades,humor, comedias musicales, danza, jazz, teatro… Pero no todo tiene lugar en interiores, ya que la cultura también se vive en las 8 plazas públicas que conforman el barrio.

La plaza central es la Place des Arts, compuesta por seis salas de espectáculos: la Salle Wilfrid-Pelletier, la Maison Symphonique, el teatro Maisonneuve, el teatro Jean-Duceppe, la Cinquième Salle y le Studio-théâtre.

La tarde estaba muy animada y la gente estaba disfrutando del sol y las temperaturas suaves que tenían esos días en la ciudad. Además, había a lo largo de la calle peatonal varios espacios con césped artificial que invitaban a sentarse a relajarse.

En el área se encuentra también el Museo de Arte Contemporáneo, también conocido como MAC.

Es la primera institución en Montreal en albergar únicamente arte contemporáneo. Cuenta con una colección permanente de casi 8.000 obras de artistas tanto canadienses como internacionales. Además, cada poco tiempo tiene rotaciones de colecciones temporales.

Tomando la calle Saint Catherine y girando en Saint Laurent Boulevard casi llegando a Chinatown encontramos el Monument-National, uno de los teatros más antiguos de la ciudad.

Fue construido entre 1891 y 1894 con el fin de convertirse en centro cultural franco-canadiense y para albergar los servicios administrativos de la Sociedad Saint-Jean-Baptiste de Montreal. A pesar de no estar acabado, se inauguró en 1893.

En 1971 fue comprado por la Escuela Nacional de Teatro y a finales de siglo se renovó. En la actualidad incluye tres teatros: la Salle Ludger-Duvernay, el Studio Hydro-Québec y el pequeño teatro La Baranda.

Enfrente se encuentra la Société Des Arts Technologique, una organización cultural fundada en 1996. Su objetivo es investigar, producir, promocionar y preservar obras de arte que utilizan nuevas tecnologías.

Fue ampliado en 2010 añadiendo un nuevo piso además de una nueva sala y la gran cúpula que permite ver proyecciones de 360º.

Estos edificios sirven de límite con Chinatown, que se desarrolla en el cuadrante alrededor del Bulevar Saint Laurent.

El barrio queda flanqueado por cuatro puertas: la puerta norte entre Saint-Laurent y René Lévesque, la sur entre Saint-Laurent y Viger, la este entre Saint-Dominique y de la Gauchetiere y la oeste entre Jeanne-Mance y de la Gauchetiere.

Realmente no es un barrio muy turístico, salvo que vayas en busca de comida asiática, ya que hay numerosos restaurantes vietnamitas y chinos, tiendas de especias o mercados. Es el hogar de la comunidad asiática. Incluso tiene el único hospital chino en Canadá.

La construcción más antigua del barrio es el edificio Wing, que se encuentra en la Plaza Sun-Yat-Sen. Albergó una escuela militar, una fábrica de cajas de papel y un almacén. Hoy acoge Wing’s Noodle y Fortune Cookie Factory.

La plaza, inaugurada en 1988, está dedicada a Sun Yat Sen, el padre ideológico de la China moderna. Cuenta con un pequeño escenario de cemento que sirve para eventos, actuaciones y espectáculos. Estaba muy animada con señores mayores jugando al Majhong, cartas y juegos que desconocíamos.

Callejeamos un poco el barrio y volvimos al apartamento a hacer las maletas y dejarlo todo preparado para el día siguiente.

Ya de noche salimos a vivir el ambiente del Gay Village. Las calles del barrio además de decoradas con banderas, tenían unas tiras con pelotas de colores que también conformaban una bandera LGTBI.

 

Después nos fuimos a hacer unas fotos nocturnas en el entorno de la Biosphere, ya que el día anterior viniendo de Quebec lo vimos iluminado. No obstante, cuando salimos del metro aquello estaba todo apagado. De hecho, tuvimos que andar guiándonos con las linternas de los móviles. Nos dirigimos a la orilla opuesta de la isla, junto al Puente Jacques-Cartier, para poder fotografiar el Viejo Puerto y su noria.

Estuvimos allí un rato probando con la larga exposición y nos sorprendió una mofeta, que se nos acercó demasiado y tuvimos que espantar para que no nos soltara su apestoso tufo. Cuando ya nos cansamos de experimentar, para concluir el día, nos fuimos en busca de la cena. No nos podíamos despedir de Canadá sin probar la poutine, así que fuimos al Restaurante La Banquise, que abre 24 horas al día.

La poutine es el más destacado plato típico de Canadá, y en realidad no es nada del otro mundo. Consta de una base de patatas fritas a la que se le añaden taquitos de queso blanco (casi requesón). Todo ello se riega con una salsa de carne, por lo que las patatas quedan blandas. Es un plato muy básico, pero una bomba calórica. Además de los tres ingredientes básicos tradicionales, se le puede añadir cualquier cosa al gusto: carne, verduras, hortalizas…

Surgió en los años 50 en la provincia de Quebec, aunque se ha extendido por todo el país. Parece que nació en un área de servicio cuando un camionero roció sus patatas fritas con queso con salsa de carne. Alguien probó aquella mezcla, decidió que estaba rico y lo añadió a la carta.

Pedimos una clásica y una Matty, que lleva bacon, pimientos verdes, cebolla y champiñones. Nos costaron $19,37.

Eran más de las 11 de la noche y no teníamos buena combinación de transporte de vuelta al apartamento, así que nos las comimos mientras andábamos en el camino de vuelta. Entraron bien porque era tarde y había hambre, pero no son algo del otro mundo. Sí que estaban bien de sabor, pero demasiado grasientas y, al menos a mí, las patatas me gustan más crujiente.

Con esto dimos por finalizado el día y nuestra visita a Canadá.

Road Trip por la Costa Este de Estados Unidos y Canadá. Día 10 IV: Montreal: Mille Carré Doré

Nos bajamos en la parada de metro de Guy-Concordia para seguir nuestro recorrido por Montreal, esta vez la parte oeste de la Rue Sherbrooke, un área también conocida como la Mille Carré Doré. Ya sabiendo que es la milla cuadrada dorada podemos hacernos una idea del nivel adquisitivo que nos vamos a encontrar. También es conocido como el barrio de los museos, por la alta presencia de galerías de arte y del Museo de Bellas Artes.

Comenzamos por el Grand Séminaire De Montréal, el centro de enseñanza sacerdotal de la diócesis de la ciudad.

Fue fundado en 1840 por los Sulpicianos y construido entre 1854 y 1857 en el antiguo Fort de la Montagne, del cual solo se conservan dos torres. Se expandió hacia el este entre 1867 y 1871 para albergar al Collège de Montréal. Desde 1878 acogió la Facultad de Teología, adscrita a la Universidad Laval. Sin embargo, en 1967 estos estudios fueron transferidos a la Universidad de Montreal.

Debía ser la hora de salida del colegio, pues hordas de chavales uniformados se dirigían a las paradas del transporte. La escuela, que en 2017 celebró su 250 aniversario, presume de tener un programa educativo innovador en el que el deporte tiene una gran presencia, pero en el que también impulsan las nuevas tecnologías. Suena a colegio elitista, vaya.

Un poco más adelante, en el cruce con la calle Saint Marc se halla el Masonic Memorial Temple, que fue concebido como lugar de reunión de los masones y monumento conmemorativo de los que dieron sus vidas durante la I Guerra Mundial. Su construcción comenzó en 1929, así pues, finalmente no solo se dedicó a los caídos en la Gran Guerra, sino también en la II Guerra Mundial y la Guerra de Corea.

Diseñado por el arquitecto de Inverness, John Smith Archibald, el edificio está dividido en una parte baja más austera y una superior que llama la atención por el templo de inspiración clásica.

Caminando por la calle Sherbrooke nos encontramos con altas construcciones, pero también con algunos edificios algo más bajos, de carácter histórico y en cuyos bajos se ubican boutiques, restaurantes, salones de peluquería o tiendas de joyas.

La intersección con la calle Guy marca el pie de la carretera Côte des Neiges, una de las primeras rutas que dio acceso al Monte Royal. En la esquina noroeste se halla una oficina del Banco de Montreal, el primer banco de Canadá. Fue construida en 1928 en estilo Art Deco. Frente a él se encuentra la casa de Robert Stanley Bagg, un edificio de piedra arenisca roja completada en 1892 para un importante hombre de negocios. Hoy acoge en sus bajos tiendas y locales selectos.

En la acera opuesta se halla el Edificio de Artes Médicas, el primer edificio de oficinas construido específicamente con tal propósito en todo el país. Completado en 1923 en estilo renacentista se convirtió en una de las construcciones más altas de la ciudad con más de 45 metros. Como otros rascacielos de la época, está dividido en tres partes según el tipo de materiales utilizados. Su estructura es de acero y su fachada es principalmente de ladrillo y piedra caliza.

En el cuadrante de la Rue Redpath nos encontramos con la Iglesia de San Andrés y San Pablo, de rito presbiteriano y a la que acude el The Black Watch, un regimiento de las Highlands. De estilo neogótico, está realizada en acero y hormigón armado, aunque su interior es de piedra. Cuenta con una única torre de 41 metros de altura.

En realidad esta iglesia es el resultado de la unión de dos congregaciones. San Andrés se formó en 1802 y construyó un templo en la calle San Pedro. A mediados de siglo se mudaron a la esquina de la calle De la Gauchetière, y aunque en 1869 la nueva iglesia sufrió un incendio, fue reconstruida enseguida. Por su parte, San Pablo se formó en 1832 y dos años más tarde erigieron una iglesia en la calle Sainte-Hélène. Esta sería demolida en 1868, pues un año antes se mudaron al lugar que hoy ocupan la Estación Central y la Place Ville Marie. Ambas congregaciones se fusionaron en 1918 y San Pablo dejó su iglesia que acabó convirtiéndose en el Museo de Artes y Oficios de Quebec tras ser salvada de la demolición.

Siguiendo por la Rue Sherbrooke entre la calle Bishop y la Crescent, dos animadas arterias en las que predominan pubs, bares, discotecas y restaurantes, se halla el Museo de Bellas Artes, uno de los 100 museos más visitados del mundo.

Fue fundado en 1860, lo que lo convierte en la institución artística más antigua de Canadá. Es además el museo más grande de Montreal. Alberga 43.000 obras desde la Antigüedad al presente divididas en seis grandes colecciones. Podemos encontrar pintura, escultura, obras gráficas, fotografías y objetos de arte decorativos en sus cuatro pabellones (el Jean-Noel Desmarais dedicado a arte internacional, el Michal et Renata Hornstein a las culturas del mundo, el Liliane et David Stewart a artes decorativas y diseño y el Claire et Marc Bourgie centrado en arte de canadiense y de la provincia de Quebec). En aquel momento había una exposición sobre Picasso.

Frente a su fachada de estilo clásico destaca un tótem similar a los que habíamos visto en el museo de Ottawa.

Frente al pabellón Michal et Renata Hornstein se encuentra una escultura de dos corazones, obra del estadounidense Jim Dine.

Un poco más adelante, en la acera opuesta nos encontramos con Erskine y la Iglesia Unida Estadounidense que, aunque era un templo presbiteriano, ahora pertenece al museo.

Esta iglesia de estilo renacentista románico fue construida entre 1893 y 1894 para servir de lugar de culto a la congregación presbiteriana de secesionistas escoceses. Realizada en piedra, alberga 18 vidrieras de Tiffany, la mayor colección religiosa en Canadá, de hecho. Fue reformada entre 1938 y 1939, momento en que se reconfiguró el interior con un plan de anfiteatro, centrado en la mesa de la comunión. Además, se rediseñó con un estilo binzantino.

El número de fieles cayó significativamente en la década de 1970 y al final en 2004 la congregación se fusionó con otras y la iglesia se cerró. Pasó entonces al museo y ahora bajo el nombre de Salle Bourgie sirve como sala de conciertos y en ocasiones también acoge exposiciones temporales.

El barrio nació a mediados del siglo XIX, cuando la burguesía anglófona comenzó a mudarse a esta zona de la ciudad. Sobre todo se trataba de una comunidad formada por hombres de negocios provenientes de las Highlands. A principios del siglo XX aproximadamente el 70% de toda la riqueza de Canadá pertenecía a estos empresarios. Algunos de ellos son James McGill, William McGillivray (comerciante de pieles), Sir George Simpson (Gobernador en Jefe de la Compañía de la Bahía de Hudson), John Redpath (empresario especializado en azúcar), George Stephen (pionero del transporte ferroviario), Sir William Christopher Macdonald (tabaco) o Sir Frederick Williams-Taylor (director general del Banco de Montreal).

Tras la depresión de los años 30 llegaron los rascacielos y aunque el barrio fue perdiendo su esencia con la demolición de muchas casas y la construcción de nuevos edificios, las que han sobrevivido permanecen como testimonio de aquel pasado glorioso. Se pueden leer placas a lo largo del recorrido recordando su legado.

El edificio que asoma a la derecha de la antigua iglesia es un complejo residencial de 136 apartamentos llamado Le Château. Su construcción comenzó en 1925 e influyó en el desarrollo de la calle Sherbrooke como una arteria prestigiosa. Fue reconocido como el edificio residencial más insigne de la ciudad, una reputación que mantiene el la actualidad.

Con una estructura de acero, está cubierto por piedra caliza de Manitoba. Su tejado es de cobre, siguiendo el estilo de los grandes hoteles ferroviarios de Canadá. Su entrada principal da acceso a las tres alas de las que consta gracias a unos selectivos ascensores.

Frente a estos apartamentos se alza la cadena de grandes almacenes Holt Renfrew. Especializada en marcas de lujo y boutiques de diseñadores es el equivalente canadiense de la estadounidense Barneys y Saks Fifth Avenue. Fundada en 1837 en la ciudad de Quebec bajo el nombre de William Ashton & Co, originalmente era una tienda de pieles especializada en sombreros y gorras. El negocio creció y en 1847 se mudaron de tienda, renombrándola como William S. Henderson & Co. Durante muchos años cambió de dueños, lo que hizo que fuera rebautizada en varias ocasiones. En 1889 la empresa se expandió estableciendo su primera tienda fuera de la ciudad, en Toronto. En 1900 John Henderson Holt, que había empezado como empleado, fue nombrado presidente y la empresa se hizo conocida como Holt, Renfrew & Co.

Con la II Guerra Mundial sufrió el racionamiento de textiles y otros materiales, no obstante, el problema se solventó acortando mangas y dobladillos. Tras la contienda, renació como el mayor minorista de moda y peletería del país. Ganó más renombre aún en 1947 cuando el gobierno canadiense le encargó el regalo de bodas oficial para el enlace de la Princesa Isabel y el Príncipe Felipe. En aquel año además se firmó un acuerdo con Dior para comercializar su alta costura, un contrato que se acabaría convirtiendo en uno exclusivo. A este le seguiría otro en 1962 con Yves Saint Laurent. En 1975 se inauguró la primera tienda en la Costa Oeste en el nuevo Pacific Center, Vancouver. La compañía siguió expandiéndose, incluso con cambios de presidente, accionariado y nuevos formatos de venta. En la década de 1990 se asoció con Chanel.

En 2004 nombró a su primera presidenta, Caryn Lerner, quien venía de Barneys New York, Bloomingdale’s y Escada. Y un año más tarde se llevó a cabo una importante renovación de la marca. Se rediseñó el logo, se incorporó ropa de niños y se amplió el espacio dedicado al calzado.

Pero no solo hay marcas exclusivas como Chanel, Dior o Burberry en Holt Renfrew, justo cruzando la acera se halla la joyería Tiffany’s.

Se ubica en los bajos del Hotel Ritz-Carlton Montreal, inaugurado en 1912 ante unas grandes expectativas.

Durante la I Guerra Mundial los estándares de un hotel de tal nivel fueron complicados de mantener pero sirvió como alojamiento de ricos huéspedes y como lugar de reuniones de la Asociación de Banqueros de Estados Unidos. También allí tenía encuentros con sus amigos el Príncipe de Gales en sus visitas a la ciudad. Y no fue el único personaje de la realeza que lo visitó, ya que en la década de los años veinte fueron invitados la Reina María de Rumanía , el Príncipe Félix de Luxemburgo y el Príncipe Jorge, Duque de Kent.

Se vio afectado por la Gran Depresión y la II Guerra Mundial y vio cómo las estadías de sus huéspedes eran más cortas. En cierta manera, lo compensó con los residentes, ya que había gente que vivía de continuo en el hotel. A ellos se unieron otros temporales, sobre todo viudas y residentes de la zona mientras las obras de reducción de sus mansiones. No obstante, esto no era suficiente, y se redujeron las condiciones protocolarias para acceder al restaurante, lo que hizo que tuvieran más clientela y consiguieran mayores ganancias.

En 1947 fue comprado por François Dupré, el dueño del Hotel George V y del Plaza Athénée en París. Diez años más tarde el hotel fue ampliado con una nueva que añadía 67 habitaciones y suites. En 1964 Elizabeth Taylor se casó con Richard Burton, lo que le dio muchísima publicidad. Aún así, en las décadas posteriores tuvo que ser renovado, ya que se estaba quedando atrasado para las nuevas épocas. En 1992 fue vendido al grupo Kempinski y pasó por nuevas renovaciones diez años más tarde.

Frente al hotel se erige otro edificio histórico, los Apartamentos Acadia.

Construido en 1925 en el lugar en que se ubicaba la residencia de la familia Orr Lewis en el siglo XIX, fue el primero que se aprovechó de la nueva ley municipal que permitía superar las 10 alturas. Con doce plantas, se construyó siguiendo el estilo y los estándares de los complejos de apartamento que se estaban levantando en aquel momento en Nueva York.

Al otro lado de la calle Drummon se conserva la Maison Reid Wilson, un buen ejemplo de las casas que se construían en el último cuarto del siglo XIX. Terminada en 1883, fue renovada en 1901 por el arquitecto Richard A. Waite, quien reconfiguró la planta y la fachada. Movió la puerta principal a la derecha del edificio usando una de las columnas góticas originales en el nuevo pórtico. Siguiendo el método de los arquitectos del último período victoriano, incorporó elementos eclécticos de varios estilos. En 1951 fue vendido a Corby Distilleries Limited, quien la restauró y renovó. Desde 1974 está reconocida como monumento histórico por el Gobierno de Quebec.

Al lado se conserva la antigua residencia de Louis-Joseh Forget, que se convertiría en la sede del United Services Club en 1927, un club fundado en 1922 por veteranos de la I Guerra Mundial y que después admite a veteranos de las fuerzas armadas. En 1975 el edificio fue comprado por la Fundación Macdonald Stewart, que ahora ocupa la planta principal. Es una de las pocas residencias que se conservan de la última parte del siglo XIX. Al igual que su vecina, fue reconocida como monumento histórico en 1974.

La tercera casa en esta línea es el Club Mount Royal, construida en 1906 en la antigua ubicación de la casa de Sir John Abbott, el tercer Primer Ministro de Canadá.

El estilo de su fachada en piedra caliza recuerda a los palacios renacentistas italianos. También es monumento histórico desde 1975.

Finalizamos nuestro paseo por esta renombrada calle en el cruce con la Peel, donde se encuentra la escultura de Paul Lancz llamada Sensibilidad, representada por una madre y su hijo en mármol blanco de Carrara.

Muy cerca teníamos la estación de metro Peel, así que allí nos dirigimos para no cubrir a pie la distancia que nos separaba de la Plaza de las Artes, nuestro destino.

Road Trip por la Costa Este de Estados Unidos y Canadá. Día 10 III: Montreal: Centre-Ville

Desde el Palacio de Congresos continuamos hasta la Basílica de San Patricio.

Esta iglesia católica tiene vínculos con la comunidad irlandesa. Al principio los católicos de habla inglesa se reunieron en la iglesia Notre-Dame-de-Bon-Secours, pero a comienzos del siglo XIX cada vez llegaban más inmigrantes irlandeses, por lo que en 1825 tuvieron que trasladarse a la Iglesia de los Recoletos. No obstante, en 1841 también se les había quedado pequeña, pues había cerca de unos 6.500 irlandeses en Montreal.

Así pues, tras la compra de los terrenos, en 1843 comenzaron las obras de San Patricio, lo que la convierte en la iglesia católica de habla inglesa más antigua de Montreal. Fue inaugurada en 1847, celebrándose la primera misa, cómo no, el 17 de marzo.

Fue ascendida a Basílica Menor el 17 de marzo de 1989 por Juan Pablo II.

Muy cerca se halla la Casa Olímpica de Canadá, una exhibición interactiva de 465 metros cuadrados que permite un recorrido por la historia del deporte olímpico canadiense. Incluye simuladores para experimentar con los deportes, pero también salas donde asistir a un vídeo resumen de un siglo de los hitos y actuaciones memorables de los atletas canadienses.

Inaugurada el 9 de julio de 2015 no comenzó a recibir visitas hasta el 20 de junio de 2018, por lo que no podríamos haber entrado de haber querido.

Frente al edificio se encuentra la Plaza del Hermano Andrés, donde se halla una estatua en su honor. Recordemos que fue quien promovió la construcción del Oratorio San José y que fue beatificado en 1982.

Siguiendo la calle, llegamos a la Place Phillips, otro espacio ajardinado en el que los montrealeses se sientan al sol a comer o charlar con los compañeros. Lleva el nombre del concejal Thomas Phillips, pues su viuda donó los terrenos para que se le honrara eternamente.

En el centro se erige un monumento al Rey Eduardo VII colocado en 1914. En su base destacan cuatro figuras alegóricas que representan la Paz, las Cuatro Naciones Fundadoras, la Abundancia y la Libertad.

El monumento mira al edificio de Le Baie d’Hudson, una compañía fundada en Londres1670 para el comercio de pieles. Esto la convierte en la entidad legal más antigua de América del Norte y una de las más antiguas del mundo que sigue aún con su actividad comercial. Estuvo vinculada con la historia de Canadá hasta 2008, cuando fue comprada por una empresa estadounidense.

A la izquierda de este centro comercial, se halla la Christ Church Cathedral, que data de 1859.

Construida en piedra, contrasta con su entorno, en el que predominan edificios mucho más modernos, la mayoría rascacielos de acero y cristal. Sigue el estilo gótico del siglo XIV típico en la campiña inglesa y cuenta con una torre cuadrada que encontramos tapada por los andamios.

Con el tiempo se descubrió que la iglesia se hundía y la torre, demasiado pesada para el terreno blando que tenía debajo, se inclinaba. Entre 1939 y 1940 se eliminó la torre de piedra (que pesaba 1.6 Toneladas) y se sustituyó por una de aluminio.

En la década de 1980, cuando se fue a construir el cercano rascacielos Tour KPMG y los aparcamientos subterráneos, se aprovechó y se levantó la iglesia completamente sobre sus cimientos. Debajo se construyó el centro comercial Promenades Cathédrale, que ahora conecta el ala oriental con el occidental de la ciudad subterránea.

La iglesia se halla en la Rue Sainte Catherine, la principal arteria comercial del centro de Montreal. Cruza el distrito comercial central de oeste a este,  ya vemos cómo predominan centros comerciales, grandes tiendas, teatros y restaurantes.

Nosotros no la recorrimos entera, sin embargo, pues giramos a la derecha en el Eaton Centre para continuar hasta la Universidad.

En el camino nos encontramos con el monumento La multitud iluminada, una escultura realizada en resina de poliéster estratificada con pintura de poliuretano.

Está compuesta de 65 personas de edades varias, diferentes razas y condiciones a lo largo de cuatro plataformas. Cada una representa una acción y tiene una expresión facial. Con ello el artista franco-británico Raymond Mason quería simbolizar la fragilidad de la condición humana.

En la placa de la escultura se puede leer: Iluminados por un espectáculo, un incendio o un ideal, los personajes están iluminados horizontalmente de frente. La luz se pierde progresivamente entre la multitud y disminuye, el ánimo va decayendo. La violencia manifestada al fondo del grupo demuestra la fragilidad de nuestra especie. De la iluminación al oscurantismo. Iluminación, esperanza, implicación, hilaridad, irritación, miedo, enfermedad, violencia, asesinato y muerte. Estos son los grados de emoción del ser humano a través del espacio.

Seguimos paseando por la avenida hasta el cruce con la Rue Sherbrooke, una importante arteria este-oeste que tiene una longitud de más de 30 kilómetros. La segunda calle más importante de la ciudad se divide en dos tramos. En la parte oeste se localizan importantes mansiones históricas, así como el exclusivo distrito Golden Square Mile. Por su parte, en la fracción este, que discurre desde Plateau MonT Royal al Parque Olímpico es donde podemos encontrar varias instituciones educativas que se fueron asentando en el trascurso del siglo XIX.

Además, es donde se encuentra el McCord Museum, especializado en la historia de la ciudad y su sociedad.

Fue inaugurado en 1921 y consta de 5 plantas de exposiciones (aunque solo se pueden visitar cuatro de ellas). Una de sus exhibiciones permanentes más interesante es la que hace un recorrido por los textiles de las Primeras Naciones y permite conocer lo que significaban. Puesto que más allá de servir para vestirse, conllevaba simbología de la tribu y de su estatus. Ya habíamos visitado el museo de Ottawa, por lo que continuamos nuestro recorrido.

Las Puertas Roddick nos dan la bienvenida al campus de la Universidad McGill. Llevan el nombre de Thomas George Roddick, un importante médico que introdujo el uso regular de antisépticos para cirugías y que fue decano de la Facultad de Medicina de 1901 a 1908.

La Universidad McGill, a los pies del Parque Mont Royal es una de las dos universidades de Montreal que usa el inglés como lengua principal. Recibe el nombre de James McGill, empresario local que donó fondos y terreno a principios del siglo XIX. Fue fundada en 1821 y con frecuencia ha sido calificada constantemente como una de las mejores instituciones de educación superior del mundo.

Dimos un paseo por el campus, donde además de la estatua de McGill, encontramos varias esculturas, algunas más peculiares que otras. Y un señor al vernos a los tres con cámara nos preguntó si íbamos a participar en el concurso de fotografía. Al parecer nos tomó por estudiantes…

En el campus se encuentra el Redpath Museum, el edificio más antiguo que se construyó específicamente como museo en todo el país.

Construido en 1882, se trata del Museo de Historia Natural y alberga colecciones de áreas como la etnología, biología, paleontología, mineralogía y geología.

Salimos por la Avenue McGill College, aunque esta vez tomamos la acera contraria. Justo al cruzar el paso de cebra nos encontramos con la escultura La Leçon de Cédric Loth.

Se trata de un chaval sentado en la parte superior de un banco que, con la mochila puesta y el Mac sobre sus piernas parece haberse quedado sorprendido. Mientras tanto, una ardilla le roba la comida. Si nos sentamos junto a él parece haber descubierto que Steve Jobs ha muerto, de ahí su cara de pasmado.

Un poco más adelante encontramos una nueva escultura en un banco, El banco del secreto, de Léa Vivot, artista canadiense de origen checo.

Realizada en bronce representa a un niño susurrando un secreto al oído de una niña. En el banco están grabadas palabras en diferentes idiomas.

La avenida nos conduce a la Place Ville Marie, donde giramos a la derecha para ver el histórico edificio de oficinas Sun Life.

Empezó a construirse en 1913 y durante cinco años se completó la parte sur de 7 pisos de la base. En 1923 se retomaron las obras y se amplió la base hacia este y norte. Sin embargo, la construcción paró en 1926 y había una tercera fase de 1929 a 1931 en la que se erigiría la torre.

En la II Guerra Mundial se usó el edificio en una maniobra conocida como Operación Fish. El oro de Gran Bretaña fue empaquetado y ocultado en cajas con la etiqueta “Fish”, después se envió por mar a Canadá y una vez en Montreal, se enterraron bajo el Sun Life Building. Ningún empleado del edificio supo nunca qué estaba transportando o almacenando, así que se mantuvo a salvo sin perder ni una sola pieza. Más tarde el oro se enviaría a Ottawa.

Tras el edificio se extiende el frondoso parque de la Plaza Dorchester. En ella la historia de Canadá queda representada por cuatro estatuas que fueron originalmente dispuestas en forma de Union Jack: la de Sir Wilfrid Laurier, el Boer War Memorial, la de León de Belfort y la de Robert Burns. Esta plaza, junto con la Place du Canadá, de la que la separa un bulevar, forman la Plaza del Dominio, un área inaugurada en 1878 (aunque no quedó completada hasta 1892).

En la Place du Canadá destaca el monumento en memoria a John A. Macdonald, inaugurado en 1895 y que mira directamente al de Sir Wilfrid Laurier. En la parte superior del monumento hay una figura femenina que porta un cuerno de la abundancia y que representa a Canadá. Más abajo podemos ver a siete niños, que simbolizan las provincias que formaban Canadá en ese momento.

Flanquean el monumento dos cañones usados en Sebastopol en la Guerra de Crimea. Fueron un regalo de la reina Victoria a la ciudad de Montreal en 1892, para conmemorar el 250 aniversario de la fundación de la ciudad.

Delante de este parque se erige la Cathedrale Marie-Reine-du-Monde, la tercera mayor iglesia de la provincia de Quebec.

Cuando la Cathédrale Saint-Jacques de Montreal, localizada en el este de la ciudad, se quemó en el gran incendio de 1852, Ignace Bourget, el segundo obispo católico de Montreal, ordenó la construcción de una nueva catedral para sustituirla. Eligió sin embargo esta ubicación, donde se encontraban los barrios más acomodados.

Los Sulpicianos y la Iglesia de Inglaterra habían pensado en una construcción en estilo neogótico, pero Bourget tenía en mente un proyecto mucho más ambicioso: la versión reducida de la Basílica de San Pedro de Roma. El arquitecto intentó quitarle la idea de la cabeza haciéndole ver que era muy complicado de reproducir, pero la respuesta del obispo fue mandar al historiador Joseph Michaud a Roma para que estudiara la basílica en detalle.

La construcción comenzó finalmente en 1875 y fue consagrada a Santiago en 1894 bajo el nombre de Cathédrale Saint-Jacques. Fue más tarde, en 1955, cuando se reconsagró a María, Reina del Mundo por el papa Pío XII.

En la parte superior de su fachada se pueden ver varias estatuas. Sin embargo, a diferencia de la de San Pedro, en la que son los doce apóstoles, aquí se trata de los santos patrones de las trece parroquias montrealesas que pusieron en común sus bienes religiosos.

El interior parece ser que también es una copia. Al no haber visitado aún Roma, no puedo comparar. Todo llegará.

Tras la Place du Canada, al otro lado de la Rue Peel, se encuentra otra iglesia, la de Saint Georges. De estilo gótico y construida en piedra arenisca, recibe este nombre en honor del patrón de Inglaterra, pues es anglicana.

Ya hubo una iglesia dedicada a san Jorge en el siglo XIX a las afueras de la ciudad, pero la congregación fue creciendo a medida que lo hacía Montreal, así que se construyó la actual entre 1869 y 1870 en un terreno que había sido un cementerio judío entre 1775 y 1854. El campanario sin embargo se añadió a finales de siglo.

Frente a ella, con la Avenue des Canadiens-de-Montréal de por medio, se alza la impresionante Gare Windsor, la que fuera la estación ferroviaria del Pacífico y la sede de CPR desde 1889 hasta 1996. Se llama así porque era el nombre que tenía en aquel momento la calle Peel.

Ha sido ampliada en varias ocasiones. Por un lado entre 1900 y 1903, una segunda vez entre 1910 y 1913, y una tercera en 1916, momento en que se añadió la torre de quince pisos. Tiene una construcción peculiar, ya que al estar en pendiente, tiene cuatro niveles en uno de sus extremos y cinco en el otro.

En julio de 1970 se planteó su demolición para la construcción de un edificio de oficinas, sin embargo, tras varias demoras, se descartó el proyecto. En 1978 Via Rail asumió el control y comenzó un progreso de integración de las líneas de trenes de pasajeros hasta 1993, cuando ya dejó de estar conectado con la red ferroviaria. Desde entonces alberga oficinas, restaurantes y cafeterías. Incluso el vestíbulo interior se alquila para eventos. Por otra parte, sí que sirve como estación de metro, y su planta baja forma parte de la red del RÉSO.

En 1993 se construyó el Centre Bell en la parte oeste de la estación, donde se hallaba la vía que daba servicio a los andenes. Es la sede de los Canadiens de Montreal, el equipo de hockey local. Además, como el Rogers Centre de Toronto, gracias a su capacidad de más de 21.000 personas, acoge conciertos, eventos y espectáculos cuando no hay partido.

Delante de la puerta del estadio hay un paseo de la fama con los jugadores míticos escritos en las baldosas, algunas estatuas y dorsales. En las paredes está también reflejado el palmarés del equipo. Y parece que llevan unos años un poco flojos.

Había un poco de cansancio, así que tomamos el metro hasta nuestro siguiente tramo.

Road Trip por la Costa Este de Estados Unidos y Canadá. Día 10 II: Montreal: Quartier International

Abandonando la Place d’Armes y bordeando el seminario, enfilamos la calle St Francois Xavier, donde se encuentra el antiguo edificio de la Bolsa de Montreal, erigido en unos antiguos terrenos de los sulpicianos.

El edificio, que con su pórtico de seis columnas corintias recuerda a un templo griego, fue diseñado por el arquitecto estadounidense George B. Post, quien también planificó el de la Bolsa de Valores de Nueva York. La parte central del edificio en forma de U contenía una sala de juntas.

Antes de la II Guerra Mundial la Bolsa de valores de Montreal era la más importante en Canadá. Terminó de operar en este edificio en octubre de 1965, cuando se trasladó a la Plaza Victoria. Un año más tarde se vendió el espacio a una organización que pretendía convertirlo en un centro cultural. Para ello se llevaron a cabo reformas entre 1967 y 1968 añadiendo dos niveles en el ala izquierda y otra en la derecha. Sin embargo, pronto la empresa se declaró en quiebra y fue comprado por la Centaur Theatre Company, la compañía de teatro más grande de habla inglesa de  Montreal, quien de nuevo lo renovó extensamente. Abrió de nuevo sus puertas en 1975 convertido en dos teatros con capacidad de 250 y 220 espectadores.

Seguimos la calle hasta la Plaza de la Gran Paz de Montreal, rebautizada en 2001 para conmemorar el tricentenario de la Gran Paz, cuando se acabó con casi un siglo de conflicto por Acadia.

En ella hay varios monumentos que recuerdan la historia de la ciudad, como la ubicación del pequeño río Saint-Pierre, el puente que lo abarcaba, un pozo, la obra conocida como “El Miedo” compuesta de una cruz, un disco, una piedra, un dedo doblado y en el centro se erige un obelisco en honor a los Pioneros.

Diseñado por el arquitecto-topógrafo J.-A.-U. Baudry e instalado en 1893 se eleva sobre un pedestal cuadrangular en el que se exponen cuatro placas de bronce en las que se pueden leer inscripciones históricas. Por un lado el nombre de los fundadores, por otro de los Pioneros, en una tercera cara información sobre el autor y en la última la fecha de fundación de la ciudad.

Llama la atención una campana en lo alto de un edificio.

En el cruce con la Rue Saint Pierre se encuentra el Centro de Historia de Montreal, un museo ubicado en una antigua estación de bomberos. De inspiración en el estilo flamenco, fue construido en 1903 en arenisca y ladrillo rojo.

En 1972 cerró la estación de bomberos y en un proyecto por rehabilitar el distrito histórico, se decidió convertirlo en museo.

Inaugurado en 1983 alberga la escultura original del almirante Nelson de la plaza Jacques-Cartier, así como reproducciones de mapas antiguos, muchas fotografías y una variada colección de objetos únicos, sobre todo del siglo XX. También se puede visitar la exposición permanente Montreal en cinq temps, que da a conocer los eventos, lugares y residentes que han hecho historia.

La Rue Saint Pierre nos conduce al Quartier International, un distrito industrial de estilo victoriano, sobre todo en el área en torno a la Rue Sainte-Hélène y la Rue des Récollets.

Destacan las fachadas de piedra gris y los antiguos almacenes o fábricas de mediados del siglo XIX.

Era media mañana, así que nos parecía un buen momento para hacer una parada y comer algo. Muy cerca teníamos el Crew Collective & Café, una cafetería que, al igual que el The Standing Order de Edimburgo, ocupa un antiguo banco.

La Royal Bank Tower es un rascacielos de estilo neoclásico de 121 metros y 22 pisos que fue diseñada para acoger el Royal Bank de Canadá, ya que el edificio en la calle Saint-Jacques se había quedado pequeño. Terminada en 1928, se convirtió en el edificio más alto de todo el Imperio Británico, la estructura más alta de Canadá y el primer edificio en la ciudad que fue más alto que la Basílica Notre-Dame, construida casi un siglo antes.

El banco abandonó la sede en el año 2010 y la compró Crew Collective & Café, quien llevó a cabo importantes reformas. No obstante, conservaron los techos abovedados de 15 metros de altura, así como el suelo de mármol con incrustaciones, los detalles de latón de bronce originales y las lámparas.

La idea era mantener el espíritu de lo antiguo pero guardando un buen equilibrio con lo nuevo. Por ejemplo, los mostradores de caja siguen sirviendo para realizar los pedidos, pero en el espacio se han añadido divisiones de acero y paredes de vidrio chapadas en bronce para crear salas de reuniones adicionales.

También se han conservado junto a la escalera unos paneles en recuerdo a los caídos en la I Guerra Mundial.

En este ambiente, lógicamente nos podemos hacer una idea de que los precios no son baratos precisamente. Además, tampoco tenían mucho surtido y más que dulce, nos apetecía algo salado, por lo que, tras admirar el espacio y sus detalles, nos dirigimos a la salida en busca de otra opción.

Antes de abandonarlo, nos fijamos en los detalles de la puerta, que aún mantiene el escudo con el león y el unicornio o donde podemos encontrarnos con una peseta.

Ya que no nos había convencido el Crew Café, probamos suerte en el World Trade Centre, que se encuentra en la misma calle y parecía tener varios locales de restauración.

Finalizado en 1992, en realidad, se trata de un centro comercial que alberga también oficinas y un complejo hotelero. Además, queda conectado con, el RES, la ciudad subterránea (como el PATH de Toronto) y con el metro.

El espacio hoy formado por este espacio supone la unión de varios edificios comerciales más pequeños de la época victoriana, como por ejemplo el del Banco de Nova Scotia o el de Canada Steamship Lines. De esta forma no solo se conservó la arquitectura histórica, sino que se rehabilitó la zona adaptándola al presente.

En el interior los diferentes edificios giran en torno a un patio central cubierto por un enorme atrio acristalado que deja pasar la luz natural. Todo el complejo ocupa lo que en su día fue Fortification Lane, donde se encontraban los muros defensivos coloniales de Montreal.

En este centro encontramos La Fabrique de Bagel, un local especializado, como se puede sospechar, en bagels.

Los bagels no son exclusivos de Montreal, de hecho fueron llevados a Norteamérica por emigrantes judíos polacos, pero tienen su fama. De hecho, hay una especie de pique entre Nueva York y Montreal sobre en qué ciudad de las dos se comen los mejores. Sin embargo, no son exactamente iguales. Elaborados con harina de trigo, agua, sal y levadura, los canadienses, que son algo más pequeños, se caracterizan por realizarse en horno de leña. Además, el agua de Montreal y un toque de miel, les da un toque peculiar de sabor.

Se pueden rellenar con casi cualquier cosa… Dulce, salado, mezcla… Aunque lo más común es comerlos para desayunar con queso crema, mantequilla y mermelada o bacon y huevo. Nosotros elegimos cuatro para compartir. Como los dan partidos a la mitad, fuimos probando y rotando. Nuestra elección fue: tortilla francesa con jamón york, atún con pepino, queso y bacon y por último aguacate con salmón ahumado. Nos costaron $29,66.

Había hambre y somos muy aficionados al pan, así que entraron muy bien.

Aprovechamos para pasar a los baños y antes de marchar paramos a ver el trozo del Muro de Berlín (está justo al lado de la tienda de bagels), que fue regalado a la ciudad en 1992, en el 350 aniversario de la fundación de Montreal.

En la puerta que conduce a la Plaza Victoria se halla otro elemento histórico, la fuente del arquitecto y escultor francés Dieudonné-Barthélemy Guibal.

Nosotros acabábamos de almorzar, pero en la plaza ya estaba la gente de las oficinas de la zona en busca de un sitio al sol para comer.

Esta plaza fue construida en 1813, aunque no siembre llevó el nombre actual, sino que se llamó Place du Marché-à-Foin y Place des Commissaires. Fue en 1860 con la visita del entonces Príncipe de Gales y más tarde Eduardo VII, cuando adoptó el nombre de la reina.

Ha pasado por varias remodelaciones a lo largo de los años. A veces ha servido como aparcamiento, otras como un simple espacio abierto. El aspecto que tiene hoy en día data de la última configuración en 2003. Es una agradable plaza en la que sentarse a comer, charlar, leer o tomar algo de vitamina D los pocos días que sale el sol.

Destaca, cómo no, la estatua de la Reina Victoria, pero también podemos encontrar la escultura Taichi Single Whip de Ju Ming.

Sin embargo, el elemento más significativo de la plaza es la entrada del metro, uno de los pórticos del arquitecto francés Héctor Guimard.

Diseñó tres tipos de entradas de metro: quioscos, perímetros y pabellones y su arte se ha exportado por todo el mundo. Reproducciones, eso sí. Sin embargo, este pórtico es auténtico, fue donado por la RATP (la comisión de transporte de París) en 1967 para conmemorar su colaboración en el metro de París. Así, es la única copia auténtica que se encuentra en una estación de metro que no está en París. Muchos de sus diseños fueron desmantelados, así que los pocos que se conservan tienen un importante valor histórico.

Entre 2001 y 2002, cuando se renovó la plaza, se restauró el pórtico. En aquel momento entonces se sustituyeron los paneles y los globos de las farolas por reproducciones. De hecho, durante los trabajos se descubrió que todavía conservaba los globos de vidrio originales, lo que le convertía en el único ejemplo del mundo, pues en París ya se habían ido reemplazando por unos de plástico. Para evitar que se rompieran, se cambiaron por unos de policarbonato.

La parada de metro tiene incluso las baldosas blancas biseladas del metro de París.

Tomando la Rue Saint Antoine nos dirigimos al colorido Palacio de Congresos. Frente a él está la Place Jean-Paul-Riopelle en cuyo centro destaca La joute, una fuente que encontramos apagada, aunque había unos operarios comprobando las tuberías para encenderla ahora que había llegado la primavera.

Diseñada por Jean-Paul Riopelle está formada por 29 esculturas en bronces. Cuenta con chorros de agua cambiantes y además, en las noches de verano, en la superficie del agua se enciende un círculo de fuego. Este detalle guarda relación con los Juegos Olímpicos, ya que fue creado en 1974.

En la plaza además podemos encontrar una estatua del autor, que además de escultor era pintor y grabador. Nacido en 1923 se asoció durante un breve período de tiempo con los surrealistas en París. Su último trabajo, realizado en 1992, fue un tributo a Rosa Luxemburgo que está instalado en el Casino du Lac-Leamy. Falleció en 2002.

El Palacio de Congresos es un espacio muy peculiar que destaca por su fachada colorida y moderna en una ciudad con tanto edificio histórico de influencia europea.

Comenzó a construirse en 1977 y se inauguró en 1983. Desde entonces, ha albergado más de 6.000 eventos de diversa índole. Convenciones, galas y exposiciones tienen cabida en este centro versátil gracias a sus salas multifuncionales y de grandes dimensiones. Cuenta con 113 espacios con capacidad de hasta 1.950 stands. Fue ampliado entre 1999 y 2002 y ahora alberga ocho niveles en los que la luz es protagonista.

En el interior nos llamó la atención el particular bosque de 52 arboles rosas, de la arquitecta y paisajista Claude Cormier.

Y si nos fijamos en el suelo, hay una línea de baldosas rojas que recuerdan los grandes eventos celebrados en el palacio. Por ejemplo podemos leer que en 1983 se celebró el  8° Congreso Internacional de Cirugía Plástica; en 1989 la 5ª Conferencia Mundial sobre el SIDA; de 1993 se recuerda la visita del Dalai Lama, que impartió un taller introductorio sobre técnicas budistas; en 1994 acogió el Congreso Mundial de la Federación Internacional de Ginecología y Obstetricia; en 2005 fue la sede de la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático; en 2009 celebró el 20 ° Congreso Mundial de Diabetes; un año más tarde confirmó que durante 21 años tendría lugar allí la Reunión Anual de la Sociedad Americana de Genética Humana y en junio de 2017 Barack Obama pronunció un discurso ante 8.000 personas.

Y con la visita a este edificio dejamos atrás el Quartier International para dirigirnos al Centre-Ville.

Road Trip por la Costa Este de Estados Unidos y Canadá. Día 10: Montreal: Quartier Latin, Vieux Port, Place Jacques Cartier y Place d’Armes

Tras la rutina habitual, comenzamos un nuevo día, el último en Canadá, y por ende en Montreal. Nos dirigimos al metro y esta vez sacamos un billete diario, para aprovechar al máximo el tiempo.

Comenzamos en el Quartier Latin o Barrio Latino, donde se halla la Universidad de Quebec en Montreal (también conocida como UQAM) y el Cegep del Viejo Montreal, dos reconocidas instituciones académicas. El barrio recibe este nombre copiando el homónimo de París, donde en el siglo XVIII residían los estudiantes universitarios. Había ajetreo en sus calles, aunque realmente el ambiente se vive sobre todo por la noche, gracias a su oferta cultural y de ocio.

Destaca el edificio de la BAnQ Grande Bibliothèque, con su fachada cubierta de láminas de vidrio escarchado. Cuenta con 33.000 metros cuadrados distribuidos en 6 niveles en los que alberga una colección de más de 4 millones de documentos entre libros y contenido audiovisual.

El nivel -1 está dedicado a niños y jóvenes con eventos, exposiciones y bibliografía infantil; el nivel 0 es el área de actualidad y novedades con periódicos y revistas recientes y en el nivel 1 se puede encontrar una extensa colección de comics de los superhéroes más conocidos. El nivel 2 alberga temáticas más serias como economía, negocios, ciencia y tecnología y el 3 historia, ciencias humanas y sociales. Finalmente el 4 está destinado a música y películas. Cada semana la Grande Bibliothèque Montreal ofrece un buen calendario de eventos culturales, exposiciones, conferencias, talleres, lecturas públicas y espectáculos.

Dejamos atrás el barrio universitario y pusimos rumbo a la parte más antigua de la ciudad, al Vieux Montreal, situado a orillas del río Sant Laurent. En la Rue Saint Antoine nos encontramos con la Gare Viger, que recuerda bastante al Château Frontenac y a la Gare du Palais en Quebec.

En 1896 la antigua estación de Dalhousie se había quedado pequeña, por lo que se empezó a construir una nueva cerca de lo que entonces era el centro de Montreal (cerca del distrito financiero, del ayuntamiento, del puerto y del juzgado). Fue diseñada por Bruce Price para la Canadian Pacific Railway en estilo castillo. El alcalde de aquel momento pretendía que hubiera un lugar de referencia para las élites francocanadienses que rivalizara con el Hotel Windsor, donde se alojaban los angloparlantes. Así, en los niveles inferiores se proyectó la estación, mientras que los pisos superiores quedaban reservados para un lujoso hotel. Fue inaugurada en 1897 y comenzó a funcionar un año más tarde.

Cuando en la década de los años 30 llegó la depresión económica y además el núcleo comercial de Montreal se mudó al noroeste, el hotel acabó cerrando. Fue alquilado por el gobierno de Canadá desde 1939 hasta 1950. Un año más tarde la estación de tren también cerró y el edificio al completo se vendió a la ciudad de Montreal, quien lo reformó como espacio de oficinas, convirtiéndose en el Édifice Jacques-Viger, en honor al primer alcalde de la ciudad. En 2005 pasó a manos privadas.

Seguimos nuestra ruta hasta dar con agua. A lo largo de 2 kilómetros se extiende el Vieux Port, uno de los puertos antiguos mejor valorados del mundo.

Fue construido en el siglo XVIII y alcanzó su apogeo en el XIX gracias a la Revolución Industrial. Antes de que se construyeran los puentes de la autopista, los pescadores y granjeros tenían que transportar sus mercancías en barco. Llegaban al Muelle Victoria (ahora conocido como Muelle de la Torre del Reloj) donde plantaban sus puestos y vendían sus productos en los mercados públicos. A medida que las actividades portuarias se trasladaron al nuevo puerto, este cayó en declive. No obstante, se conservó como lugar histórico y turístico.

Hoy es una zona de ocio que recibe más de 6 millones de visitantes al año. En ella se puede pasear, montar en bici, comer algo en un puesto callejero o food truck, subir a la noria, tirarse en tirolina…

Hay actividades en cualquier estación del año. Nosotros sin embargo nos lo encontramos muy tranquilo porque aún era muy pronto.

La entrada al puerto queda enmarcada por un campanario de 45 metros de alto, la Torre del Reloj, erigida en 1922 en memoria de los marineros canadienses que murieron en la I Guerra Mundial. El reloj es una réplica del del Big Ben.

Restaurada en 1984, abre en primavera y verano y permite una panorámica del río y del parque de atracciones próximo.

Frente al puerto se erige la Notre-Dame-de-Bon-Secours, una de las iglesias más antiguas de Montreal. Data de 1771 y fue construida sobre las ruinas de una capilla anterior.

Fue fundada por Marguerite-Bourgeoys, la primera maestra en la colonia de Ville-Marie y fundadora de la Congregación de Notre Dame. En la actualidad la iglesia alberga un museo dedicado a esta mujer santificada en 1982. Sus restos mortales también descansan en su interior.

Dada su ubicación no es de extrañar que en el siglo XIX se convirtiera en lugar de peregrinación para los marineros que llegaban al puerto y que sea conocida como la Iglesia de los Marineros. La estatua de la virgen que corona la iglesia mira al agua y recibe a los recién llegados con los brazos alzados.

La Rue Bonsecours separa la iglesia del Marché Bonsecours.

Este edificio neoclásico inspirado en la Aduana de Dublín y coronado con una cúpula plateada fue construido entre 1844 y 1847, y aunque se inauguró en 1847, realmente los trabajos en el interior no se completaron hasta 1852. Desde sus inicios fue concebido como mercado local, aunque excepcionalmente acogió sesión plenaria en 1849 cuando el Parlamento fue incendiado. Además, desde 1852 hasta 1878 cuando se construyó el Ayuntamiento en la calle Notre Dame, el mercado albergó la alcaldía de Montreal.

Hasta 1963 funcionó como mercado local, momento en que se planteó su demolición. Sin embargo, consiguió replantearse y fue convertido en un espacio polivalente. Hoy alberga un mercado distribuido en cuatro niveles en los que podemos encontrar tiendas con productos locales, todo hecho por artesanos de Montreal, tanto las joyas, como la ropa y la artesanía. También alberga dos galerías de arte, salas para eventos y restaurantes.

Abre a las 10 y cuando llegamos, estaban aún abriendo los cierres, por lo que no había mucho movimiento y pudimos dar un paseo tranquilamente observando artesanía canadiense.

Aunque había objetos muy interesantes, al final salimos con las manos vacías y seguimos con nuestro paseo por el casco histórico de la ciudad. La Rue Saint Paul es la principal arteria y nos conduce a una de las plazas más importantes de Montreal, la Place Jacques Cartier.

Es el auténtico centro del viejo Montreal. Fue aquí donde en 1723 Philippe de Rigaud, Marqués de Vaudreuil, se construyó un palacio. Este se incendió en 1803 y fue entonces cuando se decidió convertir el espacio en plaza pública. En aquel momento se conocía como la Plaza del Nuevo Mercado; no sería hasta 1847 cuando se le cambió el nombre por el explorador Cartier.

En el centro destaca la columna en honor a Horatio Nelson, erigida en 1809. En el momento en que se colocó, este emplazamiento era uno de los lugares civiles más importantes de Montreal. Consiste en una base cuadrangular desde la que se levanta una columna de estilo dórico. Inspirada en la columna de Trajano en Roma, en las caras de la base están representadas las batallas y hazañas del almirante. Queda coronada por la figura de Nelson vestido con su uniforme y todas las insignias con las que fue condecorado.

Este monumento de 35 metros de alto no solo fue colocada 33 años antes que la londinense, sino que además ostenta el título de monumento público más antiguo de Montreal. No obstante, la que vemos hoy en día es una copia, pues la original se retiró en 1997 para evitar que se deteriorara por el clima. Imagino que con la nieve la piedra acabará erosionándose bastante.

Otra estatua, más reciente, pues es de este siglo, es la de Jean Drapeau, abogado y político. Fue alcalde de Montreal entre 1954 y 1957. Tras formar en 1960 el Partido Cívico, fue reelegido y se mantuvo en el cargo hasta 1986. Drapeau modernizó la administración municipal, mejoró las infraestructuras, gestionó la Expo de 1967 y los Juegos Olímpicos de 1976. Y endeudó a la ciudad

La estatua simboliza al alcalde dirigiéndose a los electores con los brazos y manos acompañando el discurso.

La plaza Jacques Cartier tiene mucha vida. En verano se vuelve peatonal y en invierno se llena de árboles iluminados. Pero en cualquier época se puede disfrutar de una parada en los restaurantes ubicados en edificios de piedra de clara influencia europea. Algunos de ellos conservan incluso publicidad de tiempos pasados.

Pero sin duda, el edificio más importante de la plaza es el Hôtel de Ville.

De estilo Segundo Imperio (aunque con restauraciones de estilo Beaux Arts), fue proyectado por los arquitectos Henri-Maurice Perrault y Alexander Cowper Hutchison. En su interior alberga exposiciones temporales relacionadas con la historia y la sociedad de la ciudad. Fue desde el balcón donde gritó en 1967 Charles de Gaulle “Viva Quebec libre”.

Frente al ayuntamiento se halla el Château Ramezay, construido en 1705 como residencia del entonces gobernador de Montreal, Claude de Ramezay. Entre 1745 y 1764 pasó a la Compañía de las Indias Occidentales, que lo reconstruyó y amplió en 1756.

Entre 1764 y 1849 fue la residencia oficial del Gobernador General de Canadá, aunque durante un pequeño período (1775-1776) fue ocupado por la armada estadounidense. Entre 1838 y 1841 acogió además el Consejo Ejecutivo y después de 1849 varias oficinas gubernamentales, juzgados, escuelas y facultades. En 1895 se convirtió en la sede y museo de la Sociedad de Arqueología y Numismática de Montreal.

Fue el primer edificio proclamado como Monumento Histórico de Quebec y es el Museo de Historia privado más antiguo de la provincia.

Continuamos por la Rue Notre Dame dejando a nuestra derecha otro edificio perteneciente al ayuntamiento delante del cual encontramos un monumento – fuente a Marguerite-Bourgeoys.

Y siguiendo la calle, llegamos hasta la Place d’Armes, la segunda plaza importante del viejo Montreal. Inaugurada en 1693 como Place de la Fabrique, nació como patio de la antigua iglesia de los Sulpicianos. Tras varios acontecimientos militares en 1721 cambió su nombre por el actual.

Entre 1781 y 1813 se convirtió en plaza de mercado y lugar de reunión.

Queda flanqueada al sur por la Basílica Notre-Dame al sur; al norte por la sede social del Banco de Montreal; y al este por el Hotel Place d’Armes, el New York Life y el Alfred Building.

Tras haber finalizado la construcción de la basílica y con la primera iglesia demolida, en 1836 los Sulpicianos vendieron la plaza a la ciudad, quien la adornó con un jardín victoriano en su perímetro. En 1895 se inauguró en el centro de la plaza estatua del misionero Paul de Chomedey, militar y explorador francés que fundó Montreal, para conmemorar la defensa del primer asentamiento francés del ataque de los iroqueses.

El diseño actual de la plaza es el que tenía en la década de 1960, aunque fue restaurada entre 2009 y 2011.

La Basílica de Notre Dame es sin duda uno de los más valorados patrimonios religiosos de la provincia. En 1672 el Superior de los Sulpicianos se encargó de los planos de la primera iglesia parroquial. Poco después, en 1708, fue ampliada. En 1824, al sur de esta iglesia, se comienza a construir la basílica en estilo neogótico e inspirada en la Sainte Chapelle de París. Fue inaugurada en 1829 y un año más tarde se demolió la primera iglesa, por lo que dejó espacio en la plaza.

Su fachada cuenta con dos torres idénticas de 69 metros de altura añadidas entre 1841 y 1843. La oeste se llama La Persévérance y alberga una gran campana de 11 Toneladas, conocida como Jean-Baptiste. La este por su parte, bautizada como La Tempérance tiene 10 campanas mucho más pequeñas.

Su interior destaca por una gran bóveda azul decorada con estrellas doradas y vidrieras que representan escenas de la vida religiosa y social de Ville Marie. Cuenta además con otros tesoros históricos como tallas de madera, pinturas, esculturas, una colección notable de arte sacro del siglo XVII al siglo XX y un órgano de tracción mecánica de 7.000 tubos.

La entrada cuesta $6 y la visita dura 20 minutos.

En el extremo opuesto de la plaza se erige la sede del Banco de Montreal, con una fachada similar al Panteón de Roma y una estructura circular. Fue construido en 1817, lo que lo convierte en el banco canadiense más antiguo.

Sirvió como Banco Central de Canadá hasta que se fundó el Bank of Canada en 1935. Hoy la sede social del banco sigue en Montreal, pero prácticamente todas sus actividades se gestionan desde 1977 en Toronto.

En el lado derecho se alzan varios edificios históricos. Por un lado el New York Life, que se convirtió en el primer rascacielos de la ciudad en su inauguración en 1889 gracias a sus casi 47 metros.

La empresa eligió esta ubicación por su proximidad al centro comercial de la ciudad. Para su construcción hubo que demoler el Hotel Compain y otro edificio anexo. A las primeras ocho plantas pronto se mudaron los mejores abogados y financieros de la ciudad. Al añadirse la torre del reloj, se ubicó en los pisos noveno y décimo la biblioteca legal más grande de Canadá. Inspirado en los edificios italianos de Nueva York, los arquitectos olvidaron la típica piedra gris local y lo construyeron en piedra arenisca roja antigua de Escocia. El Banco de Quebec lo compró en 1909 y se ubicó en su planta baja hasta que fue absorbido por el Royal Bank of Canada en 1917. No obstante, aún se conserva el nombre del banco tallado en la entrada a pesar de haber cambiado varias veces de mano.

Al lado se erige el Edificio Alfred, que data de 1931 y con su estilo Art Decó se parece al Empire State de Nueva York, que también fue completado el mismo año.

Construido en piedra caliza de Indiana, mide 96 metros y consta de 23 pisos, aunque en un principio estaba proyectado para 12, porque la altura estaba limitada a 40 metros. Sin embargo, se cambió la normativa municipal y se amplió. Su forma permite que la luz entre entre los pisos 8, 13 y 16.

Incluía diversos servicios vanguardistas para su época. Por ejemplo, incorporaba aire acondicionado en sótano y los primeros nueve pisos; contaba con incinerador, empacadora de papel y una máquina de ozono en la cocina para eliminar los olores; todos los pisos tenían la instalación de conductos para cables eléctricos y telefónicos; y además los seis ascensores instalados por Otis eran los más modernos del momento.

Frente a estos dos edificios está el monumento El caniche francés y el carlino inglés, de Marc A. J. Fortier. Se trata de dos estatuas colocadas en extremos opuestos de un edificio. Por un lado tenemos a un caballero anglófono con un carlino y por otro a una mujer francófona con un caniche.

Por un lado el señor mira con desprecio a la catedral, símbolo de la influencia religiosa en los francocanadienses. A 65 metros de distancia, la mujer, vestida con un traje de estilo Chanel mira ofendida al banco, símbolo del poder inglés. Por su parte, los perros se miran entre sí.

Inspirado por la Commedia dell’arte y la novela Two Solitudes de Hugh MacLennan, simbolizan irónicamente la distancia cultural entre los francocanadienses y los anglocanadienses. Los perros por su parte son una metáfora de un futuro unidos.

Abandonamos la plaza pasando por delante del Antiguo Seminario de San Sulpicio, construido en 1685. Tan solo existe un ala, pues la otra desapareció en 1850.

Es la residencia de los Padres Sulpicianos residentes y hasta 2008 también era el hogar del cura de Notre Dame. Además, es la sede de la Administración provincial de San Sulpicio, de los Archivos de la Provincia y cuenta con servicio de salud y enfermería.

Road Trip por la Costa Este de Estados Unidos y Canadá. Día 9 III: Quebec City: Place Royale, Vieux Port y Ciudad Alta

Tras nuestra breve parada en la tienda de sirope de arce seguimos callejeando por el Petit Champlain dirigiéndonos a la Place Royale, donde nació nueva Francia.

Fue en este lugar donde el explorador Champlain fundó el primer asentamiento permanente. Cuando llegó a Quebec en 1608 construyó una casa de madera que posteriormente sería reemplazada entre 1624 y 1626 por un nuevo edificio de piedra flanqueado por torrecillas. Parcialmente destruido en el incendio de la Ciudad Baja en 1682, su fachada norte apareció cinco años más tarde cuando se construyó la iglesia próxima.

En el siglo XVII la plaza se había convertido en un importante centro de negocios. En ella vivían los comerciantes más ricos de la ciudad y fue el lugar en el que abrieron sus tiendas. También era el sitio elegido para que el pregonero realizara sus anuncios o se hicieran públicas las ordenanzas municipales. Además, allí se celebraba el mercado público semanal.

Como consecuencia del incendio de 1682 las autoridades exigieron que las casas se reconstruyeran en piedra, estilo que se ha mantenido hasta nuestros días.

En 1686 el Intendente Champigny decidió que este ajetreado lugar era ideal para crear una plaza según los deseos de Luis XIV. Para rematarla, pretendía poner un busto del rey en el centro, algo que a los comerciantes no gustó mucho, ya que lo veían un incordio para el tráfico, así que se descartó en el proyecto. En 1725 pasó a ser conocida como Place du Marché, ya que seguía siendo el lugar de referencia de la ciudad para hacer negocios.

Con el asedio de Quebec quedó prácticamente en ruinas y tuvo que ser reconstruida, aunque mantuvieron el mismo estilo y enseguida la plaza recuperó su vida ajetreada.

A mediados de siglo XIX, a medida que la población siguió creciendo, aparecieron nuevas zonas de negocios en la ciudad. Tenía que competir con dos nuevos mercados. Esto sumado a que muchos propietarios acomodados se mudaron a la Ciudad Alta escapando de las epidemias que traían los inmigrantes de Europa hizo que fuera perdiendo cierta importante.

A finales del siglo se construyó en la zona, pero sin respetar el aspecto histórico. La plaza no tenía nada que ver con épocas de esplendor pasadas hasta que a mediados del siglo XX se llevó a cabo un proyecto para recuperarla. Así, se restauraron los edificios, todos en piedra, entre 1960 y 1980. Hoy podemos transportarnos al siglo XVIII y apreciar las diferencias de las construcciones con aires de Nueva Francia y las que reflejan influencias británicas. No obstante, también hay recientes estructuras del siglo XXI. Queda rodeada de tiendas de artesanía local, restaurantes y centros de interpretación.

En el centro se erige el busto de Luis XIV instalado en la década de los años 30.

En uno de sus extremos se encuentra la iglesia Notre-Dame-des-Victoires, un templo que comenzó a construirse en 1688 por orden de François de Laval.

A los comerciantes no les hizo mucha gracia, porque les estaba quitando terreno, así que la obra se vio frenada varias veces por sus demandas. En el momento de su construcción no había mucha población en la ciudad, ni siquiera llegaba a 1.000 habitantes, pero Laval quería dar un lugar de culto a los residentes en la Ciudad Baja. Se concibió con un estilo austero que nada tenía que ver con los cánones del momento en Francia, que buscaban iglesias mucho más monumentales.

Se dedicó al Niño Jesús, pero fue rebautizada como Notre Dame des Victoires después de la victoria de 1690. Adoptó el nombre definitivo en 1711 después del hundimiento de la flota inglesa a 480 kilómetros de Quebec.

Fue destruida por los bombardeos británicos en agosto de 1759. Fue reconstruida minuciosamente intentando mantener sus características, sin embargo, pronto quedó devastada por el fuego. La segunda renovación por el contrario se llevó a cabo con prisas y el resultado no fue el esperado. Y en 1816 se tuvo que retomar el proyecto de nuevo siendo rediseñada según el estilo del siglo XIX.

Cincuenta años más tarde estuvo a punto de ser demolida. De nuevo los mercaderes se quejaban del espacio que les quitaba. Sin embargo, los feligreses lucharon por su conservación y en 1929 acabó siendo declarada como monumento histórico. En la década de los 70 volvió a pasar por tareas de restauración dentro del proyecto de revitalización de la plaza. Fue entonces cuando salieron a la luz los restos arqueológicos de la vivienda de Champlain.

El extremo opuesto de la plaza nos conduce al Fresco de los Quebequois, un trampantojo que recorre la historia y la cultura de la ciudad de Quebec en 420 metros cuadrados. Aunque habíamos visto ya alguno en nuestro paseo, en realidad este fue el primero que se completó en 1999.

Aparecen representados personajes como Jacques Cartier, Jean Talon, Louis de Buade, Samuel de Champlain o Louis Joseph Papineau. Y también quedan reflejados monumentos notables o casas históricas de la ciudad.

Abandonamos el centro y tomando la Rue de la Barricade tomamos rumbo hacia el puerto. En esta calle fue donde en 1775 consiguieron frenar los avances de los estadounidenses. En ella se encuentra el Museo de la Civilización, uno de los más visitados de Canadá.

Abrió en 1988 y está dedicado a explorar todas las facetas del ser humano, desde cómo funciona el cuerpo hasta cómo lo hace la sociedad. Abarca desde la historia de Quebec hasta la historia del mundo.

La calle de la Barricada nos conduce al Puerto Viejo, donde se ubica el Marché du Vieux Port, un mercado en el que podemos encontrar frutas y verduras, carne y pescado, huevos, vinos y quesos, jarabe de arce y productos de pastelería.

Hasta principios del siglo XX la gente hacía la compra a los productores locales que montaban puestos en las plazas. A medida que los productos comenzaron a llegar también en barco o ferrocarril, fueron naciendo mercados. Tenía sentido entonces que se ubicaran cerca de la estación o del puerto. Requisito que cumple este a medio camino de ambos.

A unos minutos andando se halla la Gare du Palais, una impresionante estación ferroviaria.

Fue construida en 1916 para reemplazar a tres terminales que se habían quedado obsoletas. Gracias a su ubicación se usaría para enviar mercancías a todo el país. Su estructura y aspecto es similar a Château Frontenac, y es que corría también a cargo de las compañías ferroviarias. Así que del mismo modo que el hotel, está inspirado en los castillos del Valle del Loira.

Con planta en forma de L facilitó que varios trenes pudieran llegar al mismo tiempo. Por dentro parecía un palacio renacentista y contaba con las instalaciones sanitarias más modernas y la última tecnología telegráfica y telefónica de la época.

La estación fue renovada en 1998 para el 390 aniversario de la ciudad. En las obras se encontraron con los restos de un antiguo astillero naval real que databa de la época de la Nueva Francia, así como un naufragio del siglo XVII y los cimientos del mercado Saint-Paul.

Frente a la estación hay un parque que acoge dos obras de arte. Por un lado la fuente Éclatement II, de Charles Daudelin que combina movimiento, volumen y materia. Por otro Rêver le Nouveau Monde, de Michel Goulet, un conjunto de cuarenta sillas domésticas grabadas con las palabras de autores quebequenses desde el siglo XIX hasta nuestros días. Estas palabras evocarían los sueños, la identidad y la historia de Quebec.

Se inauguró el 14 junio de 2008 con motivo del 400 aniversario de la fundación de la ciudad de Quebec. El artista pretendía simbolizar el acto de compartir, la comunidad y la fugacidad. “La silla es tuya mientras la necesites, después pasa a otra persona”.

Tomando la calle Côte du Palais llegamos al Hôtel-Dieu, el primer hospital permanente en Nueva Francia, fundado por las monjas agustinas en 1644.

Las monjas llegaron a Quebec gracias a la financiación de la duquesa de Aiguillon, una mujer noble francesa interesada en convertir a los nativos al catolicismo. En su labor, desarrollaron habilidades como boticarias, puesto que así se evitaban de depender de la medicina importada. Así, cultivaron plantas medicinales en su jardín y dominaron rápidamente la ciencia de los medicamentos.

Al finalizar el Régimen Francés el Hôtel-Dieu consistía en un complejo que seguía el planteamiento de los conventos en Europa. Después se añadieron una capilla y dos alas flanqueando un patio interior. Todo ello quedaba rodeado por un muro, ya que la orden agustina es de clausura. Todo ello quedó destruido en un incendio en 1755. Poco después se reconstruyó.

En 1962 el Hôtel-Dieu pasó al gobierno puesto que era quien tenía la competencia en salud.

Paseando por la Rue Mcmahon nos encontramos con una típica cruz celta, que nos recuerda (junto con el nombre de la calle) lo importante que fue la comunidad irlandesa. La primera ola llegó en 1815, con una mayoría de gente de negocios y artesanos. En 1830 hubo otra ola. En este caso, al contrario que en el anterior, muchos de ellos eran católicos. Les costó más integrarse, ya que no les servían las iglesias anglicanas porque a pesar de entender el idioma, no eran de su culto; y las católicas que había eran en francés. Así que, pronto establecieron una para su comunidad.

Llegaron más a mediados del siglo XIX, muchos de ellos enfermos. Para 1871 representaban el 20% de la población (unos 12.500) y se habían concentrado cerca del puerto y en el distrito de Saint-Louis. A finales de siglo la población irlandesa descendió, pues había colapsado la construcción naval y el comercio de la madera, por lo que se mudaron de ciudad en busca de trabajo. Los que quedaron se trasladaron a De Salaberry, Grande Allée, De la Tour y De Maisonneuve.

Progresivamente se fueron integrando en la comunidad francocanadiense, gracias en parte a tener en común la religión. Así, a comienzos del siglo XX comenzaron a ser cada vez más frecuentes los matrimonios mixtos. El bilingüismo en estas familias favoreció la movilidad a barrios y negocios dominados por británicos.

Hoy ya no queda una comunidad tan importante, pero desde la iglesia de San Patricio en la Avenue De Salaberry sigue saliendo el desfile en honor al patrón irlandés cada 17 de marzo.

Seguimos de vuelta al coche atravesando el Parque de la Artillería, construido por los franceses para defender la ciudad.

Después el regimiento de la Real Artillería Británica establecería allí sus cuarteles, convirtiéndolo a finales de siglo XIX en fábrica de municiones para el Ejército Canadiense.

Cerró en 1964 y hoy alberga un centro de interpretación que sirve como testigo de más de 250 años de historia militar francesa, británica y canadiense.

El parque nos conduce a la Puerta Saint Jean. Tanto que nos lleva a sus escaleras y nos permite subirnos a ella y otear la ciudad.

Siguiendo la Rue d’Auteuil muy próxima a la anterior está la Puerta Kent.

Esta última fue abierta a finales siglo XIX para permitir el paso del tráfico. Además, se añadió un paseo peatonal por la parte superior.

Junto a ella se encuentra la Capilla de los Jesuitas, una pequeña y austera iglesia católica construida entre 1818 y 1820 en los terrenos del antiguo colegio jesuita.

Una vez al otro lado de las murallas, nos hallamos frente al Parque de la Esplanada, a un paso de nuestro aparcamiento. Nuestro coche estaba casi solo ya a aquellas horas. Y tras pagar los $18 pusimos rumbo a Montreal. Acababa así nuestra visita a Quebec.

Para volver a Montreal teníamos la opción autopista como a la ida, o una ruta panorámica y más lenta por el Camino del Rey. Estábamos cansados y decidimos tomar el camino rápido, pero también suena interesante la ruta histórica.

A principios del siglo XVIII la red de carreteras ocupaba solo una pequeña parte del vasto territorio de Nueva Francia, además, el extremo clima no favorecía las comunicaciones. Continuamente había cortes por inundaciones, tormentas, heladas o nieve. Además, en realidad hablamos de que tan solo había caminos sueltos. Quebec y Montreal no estaban conectadas. Así pues, en 1706 el Consejo Superior decidió construir una carretera junto al río. Cuando finalizaron las obras en 1737 había 280 kilómetros de carreteras. Supuso un gran avance, ya que facilitó las comunicaciones no solo del transporte privado (carruajes y diligencias), sino también del postal, pues fue usado por correos hasta que llegó el ferrocarril a mediados del siglo XIX (antes era transportado por el río). A lo largo del camino había señoríos en los que podían hacer paradas para descansar y en apenas dos días habían cubierto la distancia entre ambas ciudades. Se convirtió en la carretera más larga al norte del Río Grande, ya que Estados Unidos tardaría casi un siglo en construir la Wheel Road.

Hoy, la ruta ofrece la posibilidad de hacer las paradas en los señoríos e ir descubriendo cómo se vivía a un ritmo mucho más pausado en aquellos siglos. La verdad es que por la hora no nos hubiera dado tiempo a parar mucho, porque eran más de las seis de la tarde. Así que, para llegar al apartamento directos a cenar, paramos en un Walmart a la salida de Quebec y compramos los ingredientes necesarios para preparar unos perritos caseros. Nos habíamos quedado en Toronto con las ganas de comer uno en un puesto callejero, así que había que sacarse la espinita.

Además, probamos algunas cervezas locales, como la Labatt Bleue, la Downhill Pale Ale, la Lager Molson Canadian, la Ace Hill light y la Labatt 50 Ale. Ninguna especialmente reseñable.

Road Trip por la Costa Este de Estados Unidos y Canadá. Día 9 II: Quebec City: De la Ciudad Alta a Petit Champlain

Tras una breve parada para comer, continuamos por la Rue du Trésor, que sale justo enfrente de la catedral. Es una callejuela, en realidad y es toda una exposición de arte, pues es el lugar elegido para los artistas callejeros para dar a conocer sus obras. Hay quien lo comprara con Montmartre. No creo que sea para tanto.

Sí que es cierto que las calles aledañas están llenas de restaurantes, de tiendas de artesanía, que las calles están empedradas y hay casitas muy curiosas con tejados de pizarra… pero no llega a ser el barrio de la capital francesa.

Nos conduce a la Place d’Arms, una plaza de 5.000 metros cuadrados en cuyo centro se alza una estatua que simboliza la Fe. Erigido en 1915, conmemora el tricentenario de la llegada de los monjes recoletos.

La escultura que vemos en primer plano se instaló en el 50 aniversario de la declaración del Viejo Quebec como Sitio Patrimonial. Representa los anclajes intemporales de su historia e identidad.

La plaza se construyó entre 1640 y 1648 como lugar para el desarrollo del ejercicio militar. Después de que se construyera la ciudadela en 1830 perdió dicha función militar. En 1865 se convirtió en parque público.

Se encuentra flanqueada por edificios importantes. Por un lado el Château Frontenac al sur, y el antiguo Palacio de Justicia y la Catedral de la Santa Trinidad al oeste.

En la parte norte, además de restaurantes y de la oficina de turismo, podemos encontrar el Musée du Fort anexo al edificio de correos.

Al este de la plaza se abre la terraza sobre el Río San Lorenzo, y cómo no, nos da la bienvenida la estatua de Champlain, el fundador de Quebec.

Se cree que nació en 1570 en una familia protestante, aunque se convirtió después al catolicismo. Cruzó el Atlántico por primera vez en un viaje al Caribe. Primero navegó por Norteamérica en 1603 y fue teniente-gobernador de Nueva Francia hasta que murió en 1635. Fue testigo de las condiciones de los indígenas bajo el dominio español y temía que la diplomacia francesa había fallado en el pasado. Cuando se encontró por primera vez con los Primeros Habitantes decidió tratarlos como iguales. Así, ambas naciones formaron una alianza mutuamente beneficiosa que marcaría el futuro de la nueva colonia francesa. De hecho, los franceses se unieron a los Innu, Anishanabe, Wolastoquyik y los Wendat para luchar contra los Haudenosaunee o Iroquois, enemigos de los anteriores.

Entre 1599 y 1633 Champlain cruzó el Atlántico cerca de 30 veces y viajó miles de kilómetros por vías navegables. Gracias a sus observaciones, creó mapas detallados de la geografía y recopiló información que le dieron los aliados de los Primeros Pueblos. Champlain es conmemorado en muchos sitios (monumentos, carreteras, calles, edificios…) a lo largo de todo el país.

Esta estatua, inaugurada en 1898 en realidad no representa a Champlain, ya que no se conoce ningún retrato auténtico suyo. El escultor tomó como referencia a Michel D’Emery, el superintendente de finanzas de Luis XIII.

Para llegar al muelle de la Terraza Dufferin hay que bordear el inmenso Château Frontenac, la joya de la ciudad, el monumento más famoso. Construido en seis etapas entre 1892 y 1893, este edificio es un excelente ejemplo de hoteles de estilo castillo construido por las compañías ferroviarias de Canadá. Fue diseñado como lugar de prestigio en el que se pudieran alojar turistas de alto nivel adquisitivo. Aquel viajero de finales de siglo XIX que daba la vuelta al mundo en busca de nuevas experiencias.

Se ve ensalzado gracias a su ubicación sobre el Cabo Diamante, y evoca el romanticismo de los castillos del Valle del Loira de los siglos XIV y XV, pues los propietarios querían darle ese carácter francés, para que estuviera en sintonía con el resto de la ciudad. No obstante, aquí se abandona la clásica simetría a favor del pintoresco eclecticismo, tan popular a finales del siglo XIX. Se incorporaron torres y torretas, techos y buhardillas, altas chimeneas y techos altos. Aunque se han hecho adiciones entre 1897 y 1993, se ha intentado mantener la estructura original.

La Terraza Dufferin no solo es un buen lugar donde asomarse al río y a la parte baja de la ciudad, sino que también es un espacio para pasear, tomar algo o incluso disfrutar de actividades o eventos.

Durante muchos años este enclave fue un espacio solo accesible para unos pocos privilegiados. Champlain construyó su nueva residencia en la zona en 1620. Su sucesor, el gobernador Montmagny, la amplió creando un malecón para sus invitados. Durante todo el régimen francés, el paseo marítimo quedaba reservado para la residencia llamada Château Saint-Louis.

Con la llegada de los británicos el Château se convirtió en la residencia oficial de los gobernadores y el paseo siguió siendo privado hasta que quedó arrasado en un incendio en 1834. Cuatro años más tarde, Durham, el nuevo gobernador, mandó construir uno nuevo, ya público, sobre las ruinas.

Este paseo marítimo conocido como Durham Terrace medía 50 metros de largo por 15 de ancho y fue un éxito inmediato. Pronto se actualizó sustituyendo la tierra por tablones y se alargó 35 metros más en 1854. Además, se añadieron farolas y una barandilla de hierro.

Cuando en 1872 llegó Lord Dufferin para convertirse en gobernador general, quedó enamorado de la ciudad y la terraza se volvió a expandir. Y esta vez a lo grande. De 85 metros pasó a 430, se añadieron cinco glorietas con toldo verde y blanco y una para acoger a una banda de música. Gracias a esta importante renovación la terraza se reinauguró en 1879 renombrada en su honor.

En 1885 se encendieron las primeras farolas eléctricas en lugar público, no solo en la ciudad o en Canadá, sino en toda Norteamérica.

Desde entonces apenas ha cambiado su estética y se siguen conservando las glorietas. Sirven para resguardarse del sol (también de la lluvia siempre que no venga de lado) mientras se observa el panorama.

Alguna de ellas incluso tiene quiosco incorporado.

Y también sigue operativa una rampa que se colocó en 1884 y que con sus 60 metros de altura y sus 250 metros de longitud, permite alcanzar una velocidad de hasta 70 kilómetros por hora. Imagino que en invierno habrá importantes colas de quebequeses y visitantes esperando con los trineos su turno para lanzarse.

En la terraza se puede tomar el funicular para conectar con la zona baja. Se decidió construir en 1879 para facilitar la ascensión al Cabo Diamante. Y, aunque el proyecto se encontró con opositores, finalmente se inauguró en febrero de 1880 la parte bajo la terraza. A la salida del funicular los pasajeros debían atravesar un túnel bajo la terraza y luego subir una escalera. En su inauguración funcionaba por vapor y solo operaba seis meses al año. Supuso un importante enlace entre la ciudad alta y la baja para transportar a los pasajeros y cargas. Además, era una buena alternativa, más corta que moverse en caballo por la época.

La primera construcción consistía en un montacargas sobre raíles. Este fue sustituido por un sistema de contrapesos de agua. Para proteger a los pasajeros de la intemperie, se colocó un recinto de madera de 60 metros.

A comienzos del siglo XX se reconstruyó y desde entonces el funicular comenzó a funcionar con electricidad pasando a operar durante todo el año. En 1945 un incendio destruyó completamente el funicular y causó grandes daños en la casa de Louis Jolliet (célebre explorador que exploró el Misisipi), construida en 1683. El funicular fue reconstruido y se sustituyó la madera por metal.

Cuando se llevaron a cabo trabajos de revitalización del la Plaza Real y del barrio Petit Champlain, los propietarios del funicular modernizaron completamente el equipamiento y en 1977 instalaron cabinas panorámicas que ofrecían una buena vista del Cabo Diamante y del río San Lorenzo. Estas fueron sustituidas en 1998 por unas nuevas en la última reconstrucción completa del funicular.

Nosotros no lo cogimos, porque en el recorrido a pie había bastantes tiendas de artesanía. Merece la pena bajar las escaleras si el tiempo lo permite. Entiendo que en invierno con hielo o nieve puede ser un rompecuellos, que de hecho es como se la conoce, como la Escalier Casse-Cou, pero en temporadas de signo positivo en el termómetro, mejor ahorrarse los $3 del funicular.

Y en apenas un par de minutos (si no te paras a comprar) estás 60 metros más abajo en el barrio Petite Champlain.

A principios del siglo XIX los artesanos se mudaron a la Ciudad Alta huyendo de las epidemias que llevaban los inmigrantes provenientes de Europa. En la parte baja se asentaron los irlandeses y quedaron aislados por los deslizamientos de la tierra. Entre 1841 y 1889 hasta en cinco ocasiones se desprendieron partes del acantilado, provocando que unas 15 casas acabaran sepultadas y 86 personas fallecieran.

En el siglo XX la cosa no había mejorado y, mientras en el resto de la ciudad ya había calles pavimentadas, la calle Petit Champlain estaba cubierta por tablones de madera. Para mediados de siglo la miseria se había extendido hasta el punto en que se consideró derruir la zona y construir en su lugar un aparcamiento.

Afortunadamente llegaron Gerry Paris y Jacques de Blois en la década de los 70 con la idea de revitalizarlo al estilo europeo. Así, compraron un bloque de casas abandonadas y reclutaron a artistas y artesanos que quisieran vivir y trabajar allí. Poco a poco fueron restaurando las casas intentando conservar los materiales para mantener el carácter histórico. Después se las vendieron a la cooperativa de artesanos del Quartier Petit Champlain.

Para finales de siglo la Rue du Petit Champlain se había convertido en un centro social, artístico y de ocio.  SE ha revitalizado económicamente y ahora es uno de los mayores atractivos de la ciudad gracias a su valor histórico y cultural. Podemos pasear entre restaurantes, galerías, tiendecitas de artesanía, de ropa, de recuerdos…

Antes de seguir adentrándonos por el resto de las calles del barrio nos desviamos a BeaverTails/Queues de Castor para comprar el postre. Se trata de una pastelería que lleva abierta desde 1978 y que es famosa por su cola de castor (el nombre de la marca ya da una idea).

Este dulce con forma de cola de castor es una masa frita a la que se le puede echar por encima cualquier cosa que te apetezca. Tienen una variada oferta.

Luego ya depende de lo goloso que seas y del hambre que tengas. Dos nos decantamos por la nueve, que es muy similar a la clásica porque lleva canela y azúcar, pero además se le añade una rodajita de limón. La tercera fue la cinco (quizá la que tenía peor pinta) y la cuarta una seis con crema de cacao, crema de cacahuete y lacasitos. Todo por $25.98.

No sé muy bien qué esperaba del sabor, pero me sorprendió descubrir que se trata de una lechefrita pero a lo bestia. En mi familia se suele rebozar en azúcar y canela y la masa lleva ralladura de limón, por lo que al final el sabor era el mismo. Estaba muy rica, además calentita, pero yo no pude con la mía. Demasiado grande. Mucha masa y mucho azúcar.

Seguimos con nuestro paseo por las calles aledañas descubriendo fachadas pintorescas muy propias de instagram o pinterest.

Entramos en una tienda que nos llamó la atención, en La petite cabane à sucre. Tenían todo tipo de productos de la estrella de Canadá: el sirope de arce.

La hoja de arce es la que aparece en la bandera nacional y el sirope de arce es más que un simple dulce, es un símbolo del país, y de la región, ya que la provincia de Quebec es la principal productora con 20 millones de litros al año (cuatro veces más que EEUU).

El sirope de arce es un producto tradicional del este de Canadá ya desde la época de las Primeras Naciones. Aunque se puede usar cualquier arce, los mejores son el azucarero (Acer saccharum) y el negro (Acer nigrum) y además sus troncos deben tener un diámetro de al menos 25 centímetros en su parte media. Se obtiene en las últimas semanas del invierno (generalmente entre febrero y marzo), aunque normalmente las de mayor calidad son las producciones tempranas, gracias a un clima con temperaturas sobre cero, pero noches aún en negativo. El de fin de temporada al parecer es más oscuro con peor sabor.

Para fabricar el sirope se sigue un proceso tradicional que se ha convertido también en reclamo turístico y muchas granjas de la región ofrecen excursiones guiadas. Se realizan perforaciones en los troncos de los arces y se coloca una boquilla de la que se cuelga un cubo para que vaya goteando la savia en él. El líquido obtenido se lleva a unas cabañas especiales con una abertura en la parte superior para evitar la condensación por la cocción. Y es que el exceso de calor puede dañar el sirope.

Cuando se han conseguido 40 litros de savia (más o menos la cantidad que produce un arce por temporada), se pone a cocer para obtener el jarabe. Aunque ojo, porque tan solo se obtiene un litro. El proceso se ha de hacer próximo a su extracción, ya que si se almacena la savia mucho tiempo puede llegar fermentar.

En Canadá se comercializan tres tipos de sirope: uno claro, otro oscuro y otro intermedio y no tienen nada que ver con los de Estados Unidos. Aunque al otro lado de la frontera también tienen su propia producción, la mayoría de los que se encuentran en el mercado son de imitación hechos con jarabe de maíz y otros azúcares y luego una esencia de sirope de arce para darle un poco de sabor. A estos productos los quebequenses los llaman sirop de poteau (sirope de poste). Se suele usar para acompañar tortitas o crepes en el desayuno, pero también en el té o café, en galletas, caramelos… Hay toda una industria. Y para los veganos es un buen sustituto de la miel.

Una de las variedades más peculiares son las tires d’erable. Se hierve el sirope y se extiende en forma de tira directamente en la nieve. Después se coloca un palo en un extremo y se comienza a enrollar sobre sí mismo. Al final se obtiene una piruleta que a mí me recuerda a la cera depilatoria. Se suele consumir antes de que se enfríe.

Además de usarse como dulce, en la cocina quebequesa también se usa para dar el contraste en platos salados. Incluso se lo incorporan a algunos embutidos…

Muy próximo a la tienda encontramos otro mural, el fresco del Petit Champlain.

Este fresco ilustra las actividades de la pesca y el comercio marítimo de la ciudad, así como los habitantes y visitantes históricos. Destacan por ejemplo el capitán Bernier, explorador del Polo Norte; Lord Nelson, un oficial británico; o el reparador de velas Gustave Guay. También podemos ver a la mujer de un marinero que le espera con preocupación. Además queda representado el incendio de 1682, los bombardeos de 1759, los deslizamientos de tierra de 1889 y otros desastres que marcaron la historia del barrio.

Seguimos, que aún nos queda Quebec por descubrir.

Road Trip por la Costa Este de Estados Unidos y Canadá. Día 9: Quebec City: Ciudad Alta

Nos levantamos pronto, desayunamos y nos preparamos para los 250 kilómetros que separan Montreal de Quebec. Eso sí, es un paisaje en el que predominan los bosques y prados, nada que ver con los tramos de Chicago a Toronto o de Toronto a Ottawa.

Quebec es la capital de la provincia homónima y como esta es mayoritariamente francófona. Lejos queda la época en que el 40% de los residentes de la ciudad era de habla inglesa. Hoy no llegan ni al 2%. Asimismo, siguiendo la tradición francesa, más del 90% de la población es católica y el resto se lo reparten entre musulmanes, judíos y protestantes.

La ciudad de Quebec es uno de los asentamientos europeos más antiguos del país. Champlain, fundador de la ciudad, la conoció por el nombre iroqués Kebec (donde se estrecha el río) y la bautizó como Ludovica en honor a Luis XIII.

Los franceses se hicieron con la ciudad hasta 1629 que llegaron los británicos. Pero la recuperaron en 1632 convirtiéndola en el centro de Nueva Francia. Y aunque algo más de un siglo después la recuperaron de nuevo, volvieron a perderla definitivamente en la Guerra de los Siete Años. En 1763 pasó a manos británicas.

A lo largo de su historia ha sido capital de varios territorios. En un primer período entre 1608 y 1627 y un segundo entre 1632 y 1763 lo fue de Nueva Francia; entre 1763 y 1791 de la provincia de Quebec; entre 1791 y 1841 del Bajo Canadá; y de 1852 a 1856 y desde 1859 hasta 1866 fue la capital de la Provincia Unida de Canadá (después fue sustituida por Kingston, Montreal y finalmente Ottawa con la creación del Dominio de Canadá en 1867). Hoy sigue siendo la capital la provincia de Quebec.

Como capital provincial se convierte en centro regional de administración pública, defensa, servicios, comercio, transporte y turismo. Miles de turistas llegan al año en crucero, y es que su puerto, a orillas del río San Lorenzo se ha convertido en una importante escala de los que recorren toda la costa este de Canadá.

Además, es un importante nudo de conexión tanto con el país como con Estados Unidos gracias a la red de carreteras.

Llegamos a media mañana y lo primero que teníamos que encontrar era un lugar donde aparcar. Al tratarse de una ciudad amurallada, resulta bastante complicado no solo encontrar un hueco, sino que además sea gratuito. Así que, después de una vuelta, para no entretenernos más, acabamos dejándolo en un aparcamiento subterráneo. Y claro, llevábamos un coche tan grande, que por poco no dábamos con las vigas del techo. De hecho, tuvimos que quitar la antena de la radio. Pero ahí se quedó.

Quebec se divide en dos partes, por un lado la Ciudad Vieja (Vieux Québec), que es Patrimonio de la Humanidad desde 1985, y por otro lado la Ciudad Nueva, mucho más moderna y residencial. El resultado es una combinación de arquitectura afrancesada con rascacielos de cristal. La Ciudad Vieja se encuentra rodeada por un perímetro amurallado de 5 kilómetros, lo que la convierte en la única ciudad amurallada de toda Norteamérica. Así, el casco histórico queda bastante recogido dentro de estos muros y se puede recorrer fácilmente a pie.

En 1950 la zona estaba prácticamente vacía. La mayoría de los edificios estaban en ruinas y era inseguro vivir allí. Tras reubicar a los pocos habitantes, se reconstruyó totalmente incluso reutilizando piedras de las viejas construcciones para que así quedara lo más auténtica posible.

La Ciudad Vieja se divide a su vez en Haute Ville (Ciudad Alta) y Basse Ville (Ciudad Baja), conectadas por un funicular y unas escaleras. La parte alta destaca por las fortificaciones y la ciudadela, donde predominan las casitas bajas. Por otro lado, la parte baja se articula en torno al barrio Petite Champlain y puerto.

Nosotros habíamos aparcado junto al edificio del Parlamento, una construcción moderna en la que destaca la bandera azul que recuerda su pasado francés. Muy cerca se encuentra el Fresco de la Capital Nacional de Quebec. En él se hace un repaso a cuatro siglos de historia política de la capital a modo de trampantojo.

En la ventana superior izquierda quedan representados Jean Antoine Panet y Guy Carleton, mientras que en la derecha está solo Augustin de Saffray. En el centro de ambas ventanas destacan las estatuas de Robert Bourassa y René Lévesque.

Bajo ellos, en un kiosco de la terraza Dufferin se hallan Édouard Fisher, Eugène Étienne Taché, Elzéar Bédard, Ezechiel Hart, Louis Joseph Papineau, John Neilson, Simon Napoléon Parent y Louis Aleixandre Taschereau. A su derecha, asoma a la ventana Marie-Claire Kirkland-Casgrain.

En la parte inferior izquierda están representados manifestantes por la democracia en diferentes épocas y junto a la ventana Ludger Bastien, Nicolas Vincent Tsawenhohi y Louis D’Ailleboust. En la parte central vemos a Pierre Joseph Olivier Chauveau y a su derecha a Thérèse Casgrain. El grupo en el extremos simboliza a los quebequeses del futuro.

Continuamos a la Plaza George V, que queda flanqueada por el Musée des Voltigeurs de Quebec y en la que encontramos varias estatuas, como la de Confucio o Camille Laurin, el padre de la carta de la Lengua Francesa.

Los Voltigeurs son una unidad de reserva que se creó en 1862, lo que la convierte en el regimiento francocanadiense más antiguo del país. Sirvieron en varios conflictos durante el siglo XX, incluidas las dos guerras mundiales y la de Corea.

La armería construida entre 1885 y 1887 quedó dañada en un importante incendio en el 2008, por lo que tuvo que ser reconstruida. Además de seguir siendo su sede, alberga un museo y las oficinas desde el regimiento. Eso sí, ya no sirve como lugar de entrenamiento, ya que para ello se han desplazado a las afueras de la ciudad, con el 22º regimiento.

De estilo château, el edificio de la armería copia la forma de otros fuertes europeos. En el centro de la fachada destacan dos torres gemelas con techos cónicos.

En la plaza además, hay un monumento dedicado a los caídos en las guerras.

Cerca queda el Museo de las Llanuras de Abraham, que expone los restos que se encontraron en el parque que tuvo lugar la batalla. Queda completado con la explicación de las costumbres y una exhibición de la indumentaria de la la época.

Fue en esta batalla de apenas media hora cuando las tropas francesas fueron derrotadas y Gran Bretaña se hizo con Quebec tras sitiarla.

Hoy los antiguos terrenos militares que iban desde Grande Allée hasta el acantilado que domina el río San Lorenzo se ha convertido en parque público, el Battlefields Park (aunque sigue siendo conocido por los locales como Llanuras de Abraham).

Inspirado en Central Park, abarca 103 hectáreas y sirve, no solo como espacio de relajación y recreo, sino que en verano acoge importantes eventos. En invierno por su parte se puede practicar esquí de fondo.

Desde allí nos dirigimos a la ciudadela. Cuando los británicos se hicieron con Quebec, temían que Francia quisiera volver a recuperar el territorio. Sin embargo, el verdadero peligro estaba en los Estados Unidos, quien en 1775 y 1812 atacó Canadá, en ambos casos sin éxito. Aún así, pensaban que toda la colonia podría perderse si los invasores se hicieran con la ciudad, así que parecía esencial protegerla con una fortaleza capaz de resistir un asedio y así se transmitió a las autoridades competentes. En 1820 Londres autorizó la construcción de una ciudadela permanente a pesar de los altos costes que conllevaba.

Al mismo tiempo, la Ciudad Alta ya estaba protegida por todos los lados, especialmente por el oeste, con un bastión y cuatro torres. Además, el acantilado del Cabo Diamante estaba protegido por un alto muro que impedía su escalada. Con la construcción de la ciudadela Quebec se convirtió, por un tiempo, en territorio prácticamente inexpugnable. Dickens en sus American Notes se refirió a ella como la Gibraltar de América.

Consiste en un cuerpo principal en forma de estrella compuesto de cuatro bastiones triangulares y de muros que protege los edificios interiores; un foso que previene que el enemigo penetre directamente; y una pendiente libre de vegetación para tener una visión clara de los movimientos de los atacantes. Domina la ciudad y sus alrededores, y con sus 50 cañones podría defenderse por todos los flancos.

En su interior está organizada como una ciudad con sus cuarteles, hangares, arsenales, depósitos de pólvora, almacenes para comida y equipamiento, cisternas para el agua, un hospital y una armería. Desde 1920 es una base militar en activo ocupada por el Regimiento número 22, el único formado por canadienses de habla francesa. No obstante, alberga las dependencias administrativas solo. La base militar en sí está a 60 kilómetros de Quebec.

A pesar de ser construida con fines defensivos, nunca fue atacada. Algo similar a Fort George.

No la visitamos por dentro, ya que queríamos aprovechar al máximo el día para recorrer la ciudad. No hay que olvidar que volveríamos a dormir a Montreal. Así que, continuamos nuestro recorrido hacia el casco histórico, para lo que tendríamos que cruzar las murallas. Se puede entrar por la puerta de San Luis, por la de Kent o por la de San Juan. Nosotros lo hicimos por la primera de ellas.

Esta puerta fue construida en 1693, aunque fue demolida y reconstruida en el estado actual en el siglo XIX y nos da una idea de cómo eran las fortificaciones en su día.

Tras cruzarla llegamos al Parque de la Explanada, donde encontramos varias estatuas, como la de Gandhi.

También destaca el monumento conmemorativo de las conferencias entre el Primer Ministro británico Winston Churchill y el Presidente estadounidense Franklin D. Roosevelt en 1943 y 1944. Con el Primer Ministro de Canadá, William Lyon Mackenzie King como anfitrión (pero sin participar), la primera de ellas (de nombre en clave QUADRANT) se llevó a cabo en la Ciudadela y en el Château Frontenac. También fue invitado Stalin, pero no asistió por razones militares.

En ella acordaron invadir Francia, las operaciones para agotar a Japón, las estrategias sobre cómo eliminar a Italia del Eje. Aunque esto último no fue necesario porque en esos días se firmó un armisticio e Italia quedó fuera de la guerra. Además, debatieron sobre cómo coordinarse entre Gran Bretaña, Estados Unidos y Canadá. Y los dos primeros firmaron un acuerdo por el cual se comprometían a no usar la tecnología nuclear contra el otro.

La segunda conferencia de Quebec (OCTAGON) volvió a reunir a Churchill y a Roosevelt. King de nuevo ejerció como anfitrión, pero sin asistir a las reuniones. En este encuentro planificaron cómo desmilitarizar Alemania y cómo lanzar la bomba atómica a Japón.

Enfilamos la calle San Luis que, junto con la San Juan, es una de las calles más transitadas del viejo Quebec. En ella abundan las tiendas y restaurantes. Y más que a Francia, me recordaron a Escocia, con esos edificios de piedra y puertas y ventanas coloridas. Pero también es verdad que he visitado más tierras escocesas que francesas.

Destaca la colorida Maison François-Jacquet-Dit-Langevin, construida a finales del siglo XVII, lo que la convierte en una de las residencias más antiguas de todo Quebec. Es un valioso ejemplo de arquitectura residencial durante el régimen francés.

Fue construida en un terreno que pertenecía a las monjas ursulinas y al maestro techador François Jacquet y Langevin, de ahí su nombre. A finales del siglo XVII esta zona de la Ciudad Alta estaba reservada a comunidades religiosas y autoridades civiles y militares, sin embargo, la falta de espacio en la Ciudad Baja provocó que la gente se mudara. En un principio se levantó una casa de madera, y hacia 1690 se reconstruyó en piedra. Era una casa pequeña y fácil de calentar gracias a las paredes gruesas. Además, tenía un sótano para almacenar verduras durante el invierno y un ático para granos y legumbres. Contaba con un patio que incluía establo, leñera, huerto, letrinas e incluso pozo, algo importante ya que el río quedaba lejos.

A finales del siglo XVIII se quedó pequeña para las necesidades de los dueños, por lo que añadieron una extensión con una cocina. Además, unos años más tarde incorporaron una segunda construcción de piso y medio, como la casa original, pero poco después se subió uno más. Y con ese aspecto es como ha llegado a nuestros días, hoy ocupada por un restaurante, pero manteniendo esa tradición francesa.

La Rue des Jardins, que sale a mano izquierda, nos conduce a la Place des Tourangelles, donde se erige el Monasterio de las Ursulinas.

En 1639 llegaron de Francia tres monjas Ursulinas y promovieron la construcción de un monasterio. También crearon una escuela para niñas jóvenes. En un principio esta institución acogía a niñas aborígenes, pero luego también se abrió a estudiantes de origen francés llegando a ser las únicas alumnas treinta años más tarde.

El complejo se construyó en fases desde el siglo XVII al XX. Las alas principales se articularon en torno a un patio, siguiendo el modelo de los conventos franceses del siglo XVII. También los edificios se construyeron en piedra con techos de zinc y ventanas de paneles pequeños tal y como se hacía en Francia. El monasterio quedó parcialmente destruido por los bombardeos del asedio de Quebec en 1759. Y cuando la ciudad se rindió, sirvió temporalmente para acoger a los oficiales y soldados británicos, ya que los hospitales estaban llenos. A cambio pudieron reanudar las clases.

En el siglo XIX la institución creció y ganó reconocimiento por su método de enseñanza en el que fomentaban la comprensión y no tanto el repetir la lección como loros. No solo enseñaban religión, sino también gramática, literatura francesa e inglesa, aritmética, geografía, historia, ciencia y arte (música, dibujo, pintura y bordado). La mayoría de las alumnas eran internas y llevaban un estilo similar al de las monjas de clausura con un estricto horario diario. Esto fue cambiando progresivamente en el siglo XX. Hoy admite incluso a niños.

En el centro de la plaza hay un monumento dedicado a las comunidades religiosas docentes, a todas aquellas mujeres que desde el anonimato han formado parte de las escuelas y han hecho de la enseñanza su vocación.

La misma Rue des Jardins nos conduce a la Catedral de la Santísima Trinidad, la primera catedral anglicana construida fuera de las Islas Británicas.

Fue erigida en el lugar en que había un monasterio recoleto que acabó incendiado en 1796 con la finalidad de contrarrestar el monopolio de la Iglesia Católica entre la mayoría de la población francocanadiense. De estilo austero, como suele ser común en la arquitectura protestante, cuenta con un frontón triangular sostenido por cuatro columnas que enmarcan tres arcos, cada uno con una puerta coronada por una ventana. En el centro queda coronada por una torre que alberga ocho campanas inglesas.

Un poco más adelante, en la acera opuesta, se alza el Ayuntamiento, el Hôtel de Ville.

Construido en piedra entre 1895 y 1896 y designado Sitio Histórico Nacional de Canadá en 1984, el ayuntamiento de Quebec es de estilo ecléctico. Con planta en forma de H y a varias alturas, se trasladó de la calla San Luis con Santa Úrsula a la localización en la que se encontraba el Colegio de los Jesuitas, derruido en 1878.

Tomando la calle Sainte Familie llegamos a la Universidad Laval. En realidad se trata de la zona originaria, ya que el centro se trasladó al distrito de Sainte-Foy. Ahora la única facultad que queda en el recinto es la de Arquitectura.

En 1852 el Séminaire de Quebec fundó la primera institución de enseñanza superior en lengua francesa de América del Norte. Hasta aquel momento los jóvenes francófonos que querían una educación universitaria tenían que elegir entre dos instituciones inglesas: McGill en Montreal o Bishop’s en Sherbrooke.

La institución se abrió en 1854  y durante muchos años Laval fue la universidad de referencia en lengua francesa en toda Norteamérica. Durante varios años tuvo también una sede en Montreal. Los primeros edificios en construirse fueron el principal, la Escuela de Medicina y la Residencia.

Al principio la educación impartida se basaba en el modelo francés con cuatro facultades: Teología, Artes, Derecho y Medicina. En el siglo XX se añadieron otras áreas de estudio y llegaron más estudiantes. Ahí fue cuando la Universidad necesitó un nuevo campus.

Bordeando el edificio vemos el patio del Séminaire de Québec, la comunidad de sacerdotes diocesanos que fue fundada el 26 de marzo de 1663 por François de Laval (que se convertiría en el primer obispo de Quebec) y que promovió la construcción de la Universidad. La institución nació con el propósito de formar sacerdotes, evangelizar a los aborígenes y administrar las parroquias de la colonia.

Siguiendo el deseo de Luis XIV abrieron el Petit Séminaire, concebido como una escuela para niños. Sin embargo, durante sus primeros 100 años de andadura fue un internado para futuros sacerdotes que estudiaron en el Colegio de los Jesuitas (que, como hemos visto, se encontraba donde hoy se erige el ayuntamiento). Cuando los británicos conquistaron Nueva Francia y convirtieron el Colegio Jesuita en un cuartel, el Séminaire se adaptó a las nuevas circunstancias y se centró en una educación basada en el currículum básico de la época.

Los estudiantes del Petit Séminaire se formaban en francés, griego y latín y estudiaban a los grandes filósofos y escritores europeos. El propósito era educar a la élite religiosa y cultural de la ciudad. A él acudieron intelectuales quebequenses como el famoso político Louis-Joseph Papineau y el primer ministro de Québec, Jean Lesage. Dejó de funcionar como tal en 1987.

Frente a este conjunto de edificios se encuentra el Parc Montmorency, donde parece que han expuesto todos los cañones que tenía la ciudad.

También tiene un monumento en memoria de Louis Hébert y su esposa Marie Rollet, y es que el parque ocupa una sección de la primera granja de este matrimonio.

Fue inaugurado en 1918 para homenajear a los pioneros de Nueva Francia. Hébert era boticario parisino e hizo su primer viaje a América en 1606-1607. Volvió de nuevo en 1610 con su mujer, pero los problemas en la colonia le hicieron regresar a Francia tres años más tarde. En 1617 Champlain reclutó de nuevo al matrimonio y se los llevó a Quebec (esta vez además con los tres hijos). Allí se convirtieron en la primera familia en establecer su residencia de forma permanente en Nueva Francia. La granja cubría los sitios ocupados hoy por la Catedral de Notre-Dame y el Petit Séminaire. Louis Hébert cultivaba granos, verduras, plantas medicinales y manzanos de Normandía. También cuidaba a los enfermos, entre ellos los nativos, con quienes tenía lazos amistosos.

Marie Rollet por su parte ayudó a trabajar la tierra, a cuidar a los enfermos y a predicar el evangelio a la población aborigen. En 1627, después de que su marido se resbalara con el hielo y muriera, se casó con Guillaume Hubou. Murió en 1649. Su yerno Guillaume Couillard también se halla en el monumento.

Otro monumento que podemos encontrar es el de George-Étienne Cartier, uno de los padres canadienses de la Confederación. Se halla en la ubicación exacta donde se erigía el Parlamento de la Provincia Unida de Canadá antes de ser consumido por las llamas. Fue en ese edificio donde se redactó en 1864 la primera versión de la Ley Británica de América del Norte, el documento fundador de la actual Canadá.

Junto al parque se encuentra la oficina de correos y frente a ella el obispo François Laval.

Frente a él se erige la Catedral Notre-Dame-de-Québec, que fue levantada en el lugar en que Samuel de Champlain construyó una capilla en 1633. Cuando este primer edificio se quemó, los jesuitas construyeron una nueva iglesia, esta vez de piedra, en 1647. En 1674, cuando François de Laval se convirtió en el jefe de la Diócesis de Quebec, eligió la pequeña iglesia como catedral, convirtiéndola en la sede del Iglesia Católica en América del Norte. El rey Luis XIV financió el primer proyecto de expansión a fines del siglo XVII. Sin embargo, no sirvió de mucho, ya que fue destruida por un incendio como resultado de un bombardeo previo al asedio de Quebec en 1759.

Tras la conquista británica se intentó reconstruir intentando replicar la primera iglesia, solo que añadiendo un campanario en la parte sur. Los planes de dos campanarios idénticos no se pudieron llevar a cabo, porque los cimientos no lo habrían soportado, así que se volvió a la idea de una única torre, sin campanas, en el lado norte.

A finales del siglo XIX se llevaron a cabo una serie de mejoras, pero el 22 de diciembre de 1922 el edificio se quemó hasta los cimientos. Durante siete años se intentaron reunir las piedras para erigirla de nuevo siguiendo fotografías antiguas.

En la década de 1990 se añadió una capilla funeraria a la basílica para acoger los restos de François de Laval, beatificado por el Papa Juan Pablo II en 1980. Alberga además más de 900 tumbas en la cripta, incluidas las de los obispos y arzobispos de Quebec y cuatro gobernadores de Nueva Francia. Se cree que la de Champlain está en el sitio de la primera capilla.

Enfrente, en la Rue de Buade vimos un Subway, y como era la hora de comer y no queríamos perder mucho tiempo en decidir qué comer o buscar un sitio donde sentarnos y que tardaran en servirnos, hicimos la parada para comer. No tenían mucho surtido de panes, debía haber mucho movimiento en la ciudad por los cruceros y habían arrasado. Así que nos apañamos con lo que tenían, comimos y seguimos con la ruta.

Road Trip por la Costa Este de Estados Unidos y Canadá. Día 8 III: Montreal: Parque Olímpico y Mont Royal

Dado que aún era pronto para ir al apartamento, pero sí que estábamos próximos a la hora de comer (eran casi las dos de la tarde), decidimos hacer una parada antes de ir al Parque Olímpico. Paramos a echar gasolina para dejar el depósito lleno y encontramos una cadena llamada St. Hubert BBQ especializada en pollo. Podría decirse que es una especie de KFC local (es de Quebec), pero la diferencia es abismal.

En St. Hubert tenían una especie de chimenea enorme junto al mostrador en el que los pollos estaban asándose dando vueltas. En el menú podemos encontrar el típico pollo con patatas sazonado con varias salsas, pero también ensaladas o hamburguesas. Y todos los platos tienen en común que el pollo está recién hecho, algo que se nota en el sabor.

Pedimos un cuarto de pollo al piri-piri, una ensalada césar y dos hamburguesas club y cuatro bebidas ($59,50). Todo acompañado por patatas y ensalada de col. Y estaba todo muy rico. El pollo estaba muy tierno y jugoso en todas sus formas.

Y ya con el estómago lleno nos fuimos al Parque Olímpico, donde nos costó aparcar. No había muchos huecos libres, y cuando pensábamos que habíamos encontrado un sitio, resultaba que estaba prohibido. El sistema de aparcamiento en Montreal es un tanto confuso. Hay que mirar bien la señalización, pues pudimos ver zonas en las que está prohibido un día de la semana pero solo en determinadas fechas, o varias franjas horarias dentro de un mismo día…

Frente al recinto olímpico se halla el Parque Maisonneuve, un extenso parque de 118 hectáreas muy popular en días como aquel. Claro, había amanecido soleado después de varias semanas gélidas y encima era domingo. Así que la gente se había echado a la calle. La otra opción era dejar el coche en un aparcamiento de pago, pero eran carísimos y algunos con tarificación diaria cuando solo íbamos a estar un rato.

Tras dar varias vueltas, finalmente encontramos un hueco libre y gratuito cerca del Château Dufresne. Verificamos las señales y tras comprobar que no iba a aparecer la grúa y llevarse el coche y todas nuestras pertenencias, comenzamos nuestro paseo.

Esta residencia toma su nombre de los hermanos Óscar y Mario Dufresne, dos ricos hermanos franceses del siglo XX que tuvieron un relevante papel en la historia de la ciudad y que residieron en ella. El edificio fue dividido en dos, una parte para cada uno de ellos. Hoy, declarado monumento histórico, se ha convertido en museo que alberga muebles antiguos de ambas casas.

Desde allí, continuamos hacia el Estadio Olímpico, diseñado por el arquitecto francés Roger Taillibert. Antes de acceder a sus aledaños, nos recibe un pódium con el pebetero y las anillas, donde no puede faltar la foto, claro.

Este emblema diseñado en 1913 por Pierre de Coubertin (fundador de los Juegos Modernos) y usado por primera vez en 1920 en Amberes. Cada uno de los anillos representa los continentes del mundo, unidos para simbolizar la amistad deportiva de la población mundial.

A sus espaldas, el perímetro queda delimitado por varias líneas de banderas, lo que nos proporcionó a mi hermano y a mí un momento Fun with Flags intentando averiguar de qué país era cada una y en qué orden estaban colocadas, ya que en tercer lugar estaba la Union Jack siguiendo la de Argelia y Alemania. Pronto descubrimos que habían sido organizadas en francés, pues España (Espagne) estaba junto a la de Estados Unidos (États Unis). Tenía sentido, ya que Argelia en francés es Algeria y Alemania Alemagne. Aunque aquello tampoco nos cuadraba del todo, pues Argelia no participó como protesta por el apartheid (al igual que otros 21 países africanos).

Pero bueno, pasando eso por alto, veíamos la lógica del orden alfabético. Sin embargo, Reino Unido, como todos sabemos gracias a Eurovisión, es Royaume-Uni, por lo que no pinta nada en la A. Sí que tendría que ir en esa posición Inglaterra (Anglaterra), pero su bandera es la cruz de San Jorge, es decir, una cruz griega roja sobre fondo blanco.

Pero eso no fue lo único que nos chocó, ya que a cada lado de la de Venezuela ondeaban las banderas de la URSS y de Yugoslavia.

Aquello nos dio que pensar que quizá las banderas llevaban ahí desde las olimpiadas, pero estaban demasiado nuevas, por lo que se han debido seguir renovando con el tiempo. Así que nos llevó a pensar que lo que hacen es sustituirlas cuando quedan descoloridas, pero que mantienen las de los países que participaron en su día. Peeeeeeeero, entonces, ¿por qué solo había una bandera de Alemania si por aquel entonces existían la RFA y la RDA?

En fin, misterios de la vida.

En el recinto junto al estadio vimos pintadas varias pistas (de tenis, parecían), hoy usadas por skaters y malabaristas con bici.

El deporte es una actividad bastante moderna, se comenzó a poner de moda a finales del siglo XIX. Quebec sin embargo tuvo que esperar a la Revolución Tranquila para que se convirtiera en un asunto político y que todo el mundo tuviera la oportunidad de realizarlo. Aunque empezaron a proliferar clubes privados y negocios comerciales, se llevaron a cabo medidas para fomentar la igualdad de acceso al deporte y al ocio.  La ciudad de Montreal se convirtió en un entorno clave para la promoción del ejercicio físico como diversión y competición gracias a sus parques y programas. Todos los veranos entre 1954 y 1971 se organizaban unos juegos olímpicos juveniles.

Finalmente, tras varios intentos, Montreal fue elegida en 1970 para organizar unos Juegos Olímpicos y Jean Drapeau, el alcalde, sugirió que se construyera un estadio que pudiera ser el principal para estas olimpiadas, pero que después pudiera servir para el equipo de los Montreal Expo (béisbol) y el de los Alouette (fútbol americano). Sin embargo, se celebraron las olimpiadas sin que se hubiera completado. Tanto la torre como el techo no fueron terminados hasta una década después, y no ha dado más que quebraderos de cabeza por problemas estructurales.

El techo, fabricado en kevlar, pesaba 65 toneladas, así que no es de extrañar que al poco de ser instalado se rasgara provocando goteras. Además, no podía ser operado cuando había vientos superiores a 25 metros por hora.

Ante tanto problema, en 1991 se remodeló el estadio y se retiraron 12.000 asientos de los 58.500 que tenía en su inauguración. En septiembre del mismo año se cayeron unas vigas y un bloque de cemento de 55 toneladas cayó sobre el exterior del estadio.

El techo, que se había dejado fijo en 1992, se retiró en mayo de 1998 y fue sustituido con el tiempo por uno no replegable. Pero no acabaron los problemas, puesto que en enero del 99 una parte colapsó como consecuencia del peso del hielo y nieve acumulados. Tuvo que ser reparado de nuevo para que esto no volviera a ocurrir. En este caso se instaló una red de tuberías que movían aire caliente para que la nieve se derritiera. Que ya podían haber pensado antes que en Montreal en invierno nieva…

El coste del mantenimiento del estadio es bastante elevado, y como no da más que problemas, en más de una ocasión se han planteado demolerlo directamente, aunque esta operación tampoco es barata.

Fue la sede de varios eventos, entre ellos las ceremonias de apertura y clausura, finales de atletismo y fútbol, y algunos eventos ecuestres. Durante años ha sido la sede de equipos de fútbol americano, soccer o béisbol. Hoy en día acoge de vez en cuando competiciones deportivas.

La Torre Olímpica, con sus 165 metros de altura y 45 grados de inclinación, es  la torre inclinada más alta del mundo.

Se puede subir a su parte más alta ($24) para disfrutar de una buena panorámica 360º gracias a un funicular. Este tiene las paredes de vidrio, por lo que en los dos minutos que dura el recorrido se puede también cómo cambia la perspectiva.

También en el parque olímpico se encuentran el Observatorio, el Biodôme y el Jardín Botánico, sin embargo, con el estadio tuvimos bastante y volvimos al coche porque por fin ya podíamos entrar en el apartamento.

Nuestro anfitrión nos estaba ya esperando y nos dio indicaciones de dónde aparcar, ya que, cómo no, en la calle frente al piso había limitaciones horarias de estacionamiento. Afortunadamente teníamos plaza de aparcamiento incluida en la reserva, por lo que dejamos el coche y le seguimos al interior.

De nuevo habíamos cogido un piso con dos habitaciones. Más o menos las dos tenían el mismo tamaño, aunque una de ellas tenía un ambiente mucho más despejado y la otra saturaba más. El color de la pintura de la pared y la decoración hacía mucho. Pero lo cierto es que para un par de noches nos servía.

El baño era espacioso y contaba con bañera y ducha separadas.

Es espacio salón-comedor quedaba unido con la cocina gracias a una barra, así la cocina no parecía tan pequeña.

Además pudimos ver esa habitación mitólógica: el cuarto de la colada de los programas de decoración canadienses.

Todo el apartamento estaba decorado de forma ecléctica, y es que el anfitrión era decorador de interiores, por lo que imagino que iba tomando ideas de aquí y allá. No se me habría ocurrido poner unos trozos de plástico de burbujas decorados o unos cuadros sobresaliendo de una columna… Pero bueno, yo soy más de estilo minimalista.

Tras despedirnos de nuestro anfitrión, descargamos el coche, acomodamos nuestras pertenencias y descubrimos cómo funciona una cadena de inodoro canadiense por dentro. No es que tuviéramos especial interés, claro. Fue un percance. El tapón que tenía que cerrarse cuando se tiraba de la cadena se quedaba flotando y al no bajar, la cisterna se seguía llenando. Como los inodoros americanos se rellenan como si aquello fuera una piscina, pues hubo que cortar la llave de paso, achicar agua y averiguar qué estaba fallando. Al final hubo que dejar quitada la tapa de la cisterna para comprobar a simple vista si el tapón bajaba o había que dar otro toque para que se terminara de colocar. Al final la incidencia quedó solo en un susto.

Ya con todo colocado, salimos para aprovechar la tarde. Teníamos pensado subir al Mont Royal y el anfitrión nos comentó que mejor fuéramos en transporte público, ya que moverse en coche por Montreal era un tormento. Así que, le hicimos caso y nos dirigimos al metro, que teníamos apenas a unos 10 minutos en el distrito Le Village, el barrio gay.

Montreal cuenta con una red de 68 estaciones de metro, cada una de ellas diseñada por un arquitecto distinto, que intentó plasmar el espíritu del barrio en que se encuentra. Así, cada una es única y convierte al metro en una galería de arte. No está al nivel de San Petersburgo o Moscú, pero cuenta con murales, esculturas y vitrales en sus pasillos.

Con sus 4 líneas se puede llegar a casi cualquier parte de la ciudad. Por ejemplo, la línea verde lleva al Jardín Botánico, al Planetarium, al Estadio Olímpico o al Museo de Bellas Artes; la amarilla a la Biosfera o al Casino; la azul al Oratorio Saint Joseph y la naranja a la Basílica de Notre Dame y al Ayuntamiento.

El horario de apertura es a las 5:30, sin embargo el de cierre varía según la línea y el día de la semana. Oscila entre las 00:15 y la 1:00 entre semana y las 00:15 y la 1:30 los fines de semana.

Toda la extensión de la red, salvo una estación, es subterránea, ya que el clima de Montreal en invierno es bastante frío (en diciembre, enero y febrero las temperaturas medias oscilan entre los -4 y los -12). Además, el metro se caracteriza por ser bastante silencioso, gracias al caucho de sus vagones.

Al igual que con el aparcamiento, el sistema de billetes para el transporte también tiene su aquel. Nuestro anfitrión nos dijo que cogiéramos mejor un pase de tres días, incluso estando uno de ellos en Quebec, ya que el diario cuesta $10 y el de 3, $18 (además hay uno semanal por $25.50). Sin embargo, descubrimos que a partir de las 6 de la tarde podíamos usar el ticket Unlimited Evening por $5.25, así que con este billete y uno diario para el día que nos quedaba en Montreal, cubríamos de sobra. Todos los billetes son válidos tanto para metro como para buses, así que son una buena opción para aparcar el coche y moverse en transporte público por la ciudad.

En una hora estábamos a los pies del Parque Mont-Royal. Y digo a los pies porque desde el metro hasta el inicio del parque hay fácilmente unos 10 minutos en cuesta.

Con un área de más de 200 hectáreas es una de las principales atracciones de la ciudad gracias a sus explanadas, lagos y miradores. Es muy transitado, tanto por locales como por visitantes que buscan un lugar donde relajarse, donde hacer deporte o hacer un picnic. Inaugurado el 24 de mayo de 1876, fue diseñado por Frederick Law Olmsted, el mismo paisajista del Central Park de Nueva York.

Mont Royal es el nombre por el que ya en el siglo XVI se referían a él los exploradores franceses en honor al rey de Francia.

La montaña cuenta con tres picos. En la Colline de la Croix de 223 metros de altitud, destaca la Croix du Mont Royal, una cruz de hierro de 30 metros de altura que sustituye a la de madera que instaló Maisonneuve en 1643 como agradecimiento después de sus plegarias para que la ciudad se salvara de las inundaciones.

La Colline d’Outremont con 211 metros de altitud queda ocupada por la Universidad de Montreal y por dos cementerios, el de Notre Dame des Neiges (el más grande de Canadá y el tercero más grande de América del Norte) y el cementerio Mont Royal.

La tercera es la Colline de Westmount que queda algo apartada. Desde sus 201 metros de altitud se puede observar la parte oeste de la ciudad.

El parque está debidamente señalizado, así que emprendimos la subida hasta lo alto de la colina. Allí hay un balcón desde el que se puede obtener una buena panorámica de la ciudad.

Y sí, permite una visión bastante limpia de Montreal, pero la verdad es que el perfil de la ciudad no me llamó especialmente la atención. Como ya comenté en el post anterior, Montreal tiene un centro histórico bastante protegido, así que hay poco rascacielos o edificio que destaque desde la lejanía.

En el lado opuesto a esta terraza se halla el Châlet de Mont Royal.

Inaugurado en 1932 en estilo Beaux Arts sirve como espacio de celebración con un aforo de 300 a 700 personas. En su interior alberga pinturas que hacen un repaso por la historia de la ciudad. También cuenta con tienda de recuerdos, baños y máquinas de vending.

El atardecer estaba próximo, así que omitimos acercarnos hasta la cruz y bajamos hacia el Lago de los Castores.

Este lago artificial en invierno se convierte en una enorme pista de patinaje sobre hielo. En verano por el contrario es un espacio del que disfrutar para un paseo, un picnic o actividades acuáticas.

Junto al lago había varias casetas inclinadas con kayaks y material para alquilar.

También hay un pabellón de vidrio donde tomar un refrigerio.

Ya de bajada continuamos dejando atrás el parque y el cementerio de Notre Dame des Neiges hacia el Oratorio de San José.

En 1904 Andrés Bessette, perteneciente a la Congregación de Santa Cruz comenzó a construir una pequeña capilla. En 1917 se construyó una iglesia capaz de albergar mil personas sentadas y en 1924 se comenzó a levantar una basílica dedicada a José de Nazaret. Las obras duraron hasta 1967, cuando por fin se inauguró.

Hoy, este monumento emblemático de Montreal es la mayor iglesia de Canadá y un importante lugar de peregrinación de enfermos, y es que el hermano Andrés atribuyó a José de Nazaret muchos milagros relacionados con la cura. Estos milagros fueron reconocidos incluso por el Papa Juan Pablo II y además beatificó al hermano Andrés en 1982.

Entre peregrinos, feligreses y turistas recibe unos 2 millones de visitas al año.

Dado que tardó tanto tiempo en construirse, está realizado en varios estilos arquitectónicos, aunque sobre todo predomina el renacentista italiano. Destaca su gran cúpula de cobre recubierta de verde y coronada con una cruz. Es la segunda mayor de este tipo en el mundo por detrás de la de la basílica de San Pedro de la Ciudad del Vaticano.

El interior se puede visitar por libre o con guía en un recorrido de hora y media que pasa por la basílica, la capilla votiva, la cripta, la capilla original, y el Museo del hermano Andrés. No solo se encuentra su tumba, sino también su corazón embalsamado.

Cuenta con importantes obras de arte como esculturas y vidrieras que representan 10 escenas de la historia religiosa de Canadá. El recinto alberga además un pabellón para hospedar a fieles y peregrinos. También cuenta con una tienda de artículos religiosos y una cafetería.

Frente al oratorio se erige el Collège Notre-Dame du Sacré-Cœur, una escuela privada católica de primaria y secundaria considerada como de las mejores de la ciudad.

Nos sentamos en los jardines a ver anochecer mientras experimentábamos con las cámaras y las fotos de larga exposición, y cuando se hizo de noche tomamos un bus de vuelta al apartamento.

Antes paramos en un super a comprar la cena y algo de desayuno para el día siguiente. No queríamos perder mucho tiempo y teníamos algo de sobras, así que compramos unas pizzas congeladas, unas cervezas y a dormir pronto que al día siguiente iríamos y volveríamos en el día a Quebec.

Road Trip por la Costa Este de Estados Unidos y Canadá. Día 8 II: Rumbo a Montreal

Dejamos atrás nuestro hotel de CSIabandonamos Ottawa continuando nuestra ruta hacia el oeste. Para este día teníamos un viaje corto, unos 200 kilómetros hasta llegar a Montreal, la ciudad más poblada de Quebec.

Esta provincia al este de Canadá, la segunda más extensa (detrás de Nuvanut), limita al noroeste y norte con la bahía de Hudson y el estrecho de Hudson, al noreste con Terranova y Labrador, al este con el golfo de San Lorenzo y Nuevo Brunswick, al sureste con el río San Lorenzo y al sur y suroeste con Ontario. Además, comparte frontera terrestre con los estados de Maine, Nuevo Hampshire, Nueva York y Vermont en Estados Unidos.

Es la segunda entidad más poblada (por detrás de Ontario) y la mayoría de sus habitantes son católicos, como consecuencia de la época colonial, en la que solo podían establecerse en la Nueva Francia. Ya desde aquel entonces se ha diferenciado del resto del territorio canadiense en sus instituciones, su cultura y su idioma. El francés es lengua cooficial del país junto al inglés desde 1968. Sin embargo, desde que en 1976 ganó las elecciones el nacionalista Partido Quebequés, el francés es la única lengua oficial de Quebec por la Ley 101. Y no solo eso, sino que además este idioma tiene protección legal con sus inspectores lingüísticos que revisan y controlan su uso.

Antes de la llegada de los franceses, Quebec estaba habitado por diferentes pueblos aborígenes, entre los cuales destacan los inuits (antiguos esquimales), los hurones, los algonquinos, los mohawks, los cree y los innus. El primer explorador francés en Quebec fue Jacques Cartier, que en 1534 estableció en Gaspé una gran cruz de madera con tres flores de lis, tomando posesión de aquellas tierras en nombre de Francia.

Cartier descubrió el río San Lorenzo y en 1535 llegó a la Isla de Montreal tras haber oído rumores de que allí había oro. Sin embargo, cuando llegó a la aldea iroquesa a los pies del Monte Royal no tardó en descubrir que aquello no pasaba de cuarzo o pirita.

En 1608 Samuel de Champlain creó un asentamiento en la orilla norte del río San Lorenzo, en un lugar que los indios llamaban “kebek” (estrecho). Ahí nació Quebec y Nueva Francia convirtiéndose en el punto de partida de las exploraciones francesas en el continente. Después de 1627, el rey de Francia Luis XIII concedió el monopolio de la colonización a los católicos. Aunque Nueva Francia no se convertiría colonia real hasta 1663, ya bajo el reinado de Luis XIV.

Un siglo más tarde, con el Tratado de París, Reino Unido se hizo con Nueva Francia. El rey Luis XV de Francia no lo consideraba un territorio muy importante y prefirió conservar Guadalupe, que le daba azúcar. Así pues, la mayoría de los aristócratas, sin nada que hacer al otro lado del Atlántico, volvieron a Francia.

En 1774 se aprobó la Ley de Quebec, mediante la cual Londres daba reconocimiento oficial al pueblo francés para que conservara su lengua, su religión y el uso del Derecho Romano en lugar del Jurisprudencial anglosajón.

A pesar de que los francófonos tenían su reconocimiento oficial desde el siglo XVIII, la realidad es que estaban excluidos económicamente. En 1960 el primer ministro Jean Lesage llevó a cabo varias reformas conocidas como la Revolución Tranquila. El gobierno puso interés en la economía de la provincia creando empresas y bancas nacionales y consiguiendo así cierta autonomía par ala provincia. Asimismo unió todas las empresas privadas de energía en una: Hydro-Québec. Cuando su partido fue reelegido fue más allá y esta se nacionalizó. Esta revolución transformó Quebec y sus relaciones con el resto de Canadá y el mundo. Sus diferencias se potenciaron más que nunca.

En este contexto, en 1967 el General Charles de Gaulle, que respaldaba este sentimiento nacionalista, realizó una visita la Exposición Universal de Montreal. Pero no fue directo, sino que antes hizo un recorrido por la provincia por todo lo alto. Desembarcó en la ciudad de Quebec en un barco de guerra, fue recibido con honores de héroe y viajó 300 kilómetros hasta Montreal. Allí, ante una multitud entusiasmada frente al ayuntamiento pronunció “Viva Quebec Libre”. Y la lió, claro.

En las décadas siguientes el movimiento independentista fue en aumento. René Lévesque abandonó el Partido Liberal de Quebec y en 1968 fundó el Parti Québécois. Pierre Elliott Trudeau, el líder del Partido Liberal de Canadá, llegó a Primer Ministro ese mismo año y se convirtió en su adversario implacable.

Poco tiempo después de tomar el poder, el Parti Québécois cambió la placa de las matrículas sustituyendo La belle province por Je me souviens (Me acuerdo) haciendo referencia a que no olvidan su pasado, su linaje, sus tradiciones.

Desde la década de los 80 Quebec lleva intentando independizarse de Canadá. Probó por primera vez en 1980, pero el resultado del referéndum fue negativo (60 % de votos en contra).

Una segunda consulta el 30 de octubre de 1995 volvió de nuevo a arrojar el mismo resultado, aunque el No tan solo obtuvo 34.434 votos más. A día de hoy sigue habiendo un movimiento independentista importante.

El 27 de noviembre de 2006, el parlamento canadiense reconoció a los quebequeses como “nación dentro de un Canadá unido”, una fórmula para intentar calmar los ánimos de los partidos secesionistas, aunque no deja de ser un reconocimiento cultural (que ya tenían) y legalmente sirve de poco.

Nuestra parada en la provincia iba a ser en Montreal. Y aunque íbamos a visitar también la ciudad de Quebec, lo haríamos en el día volviendo a dormir al apartamento de Montreal.

Montreal se halla en la isla del mismo nombre entre el río San Lorenzo y la Rivière des Prairies. El nombre de la ciudad lo toma del Monte Real, aunque conserva la versión Real del francés antiguo y no el Royal que se usaría en la actualidad. Fundada en 1642, Montreal fue una de las primeras ciudades de Canadá. Desde entonces, y hasta la década de 1960, fue el principal centro financiero e industrial de Canadá, así como la mayor ciudad del país. Era considerada la capital económica del país y una de las ciudades más importantes del mundo, sin embargo, durante la década de 1970, la anglófona Toronto le arrebató el puesto de capital financiera e industrial del país.

Su bandera mezcla símbolos de Francia, de Inglaterra, Escocia e Irlanda para representar su procedencia. Así, cuenta con la flor de lis de la Casa de Borbón, la rosa de la Casa de Lancaster, el cardo escocés y el trébol irlandés. Además, desde septiembre de 2017 incluye en el centro, sobre la cruz roja un pino blanco, un árbol de paz muy representativo para las Primeras Naciones.

El lugar donde se asienta la ciudad de Montreal estuvo habitado por nativos algonquinos, hurones e iroqueses durante miles de años antes de la llegada de los primeros europeos. Los ríos y lagos de la región además de ser una importante fuente de alimentos, eran eficientes rutas de transporte. Un siglo después de la llegada de Cartier, en 1642, los franceses enviaron a un grupo de 50 misioneros cristianos para evangelizar a los nativos. Al llegar construyeron un fuerte, estableciendo la Villa María de Montreal (Ville Marie de Montréal). Los iroqueses, que intentaban acabar con el comercio de pieles de los franceses con los algonquinos y hurones, atacaron en numerosas ocasiones dicho fuerte. Sin embargo, Montreal siguió prosperando.

A comienzos del siglo XVIII fue cuando la pequeña Ville-Marie pasó a ser llamada Montreal. Tenía por aquel entonces una población de aproximadamente 3.500 habitantes. En 1763 pasó a manos británicas y en 1776 fue ocupada brevemente durante la Guerra de Independencia de los Estados Unidos.

Para principios del XIX Montreal contaba con 9.000 habitantes, pero pronto llegaron inmigrantes escoceses que comenzaron a instalarse en la ciudad. Estos nuevos residentes, aunque eran pocos, fueron relevantes en la construcción del Canal de Lachine en 1825, que permitió la navegación de grandes barcos por el río y convirtió a Montreal en uno de los principales puertos de América del Norte. También construyeron el primer puente que conectaba la isla al continente, el primer centro comercial de la ciudad, vías férreas y el Banco de Montreal, el primer banco de Canadá.

Entre 1844 y 1849 fue la capital de la provincia colonial del Canadá y adquirió relevancia económica. Esto atrajo a nuevos inmigrantes, primero de lengua inglesa (que incluso comenzaron a ser mayoría) y después franceses. En apenas 25 años la ciudad pasó de tener 16.000 habitantes a 50.000 y a finales de la década de los 60 ya contaba con 100.000. Esta mezcla de orígenes en su población hizo poco a poco cada vez más patente la división entre clase, cultura e idioma.

Montreal siguió prosperando aún más cuando se construyó la primera vía férrea transcontinental, que la enlazaba con Vancouver y otras ciudades importantes en el interior. A finales de siglo había alcanzado los 270.000 habitantes.

En la I Guerra Mundial Canadá se incorporó al bando de la Triple Entente y Estados Unidos. El alistamiento obligado dividió a la población y condujo a varias revueltas entre los francófonos, que no estaban a favor de entrar en guerra, y los anglófonos, que apoyaban al gobierno.

Tras la Guerra, cuando se prohibieron las bebidas alcohólicas en Estados Unidos, Montreal se convirtió en un paraíso para los ciudadanos estadounidenses en busca de alcohol. Se la llegó a conocer como Sin City (Ciudad del Pecado) debido a su desinhibida vida nocturna.

Para mediados de siglo alcanzó el millón de habitantes y en 1967, en el centenario de la independencia, se convirtió en sede de la Exposición Universal (Cuando de Gaulle se vino arriba). Además, en aquellos años se comenzó a construir el metro, se expandió la bahía portuaria y se inauguró el canal navegable del río San Lorenzo. La ciudad estaba prosperando a buen ritmo y cada vez se levantaban más edificios de oficinas en el centro de Montreal.

En 1976 fue sede de los Juegos Olímpicos y desde ahí la ciudad cayó en picado. Los juegos la endeudaron profundamente, como suele ocurrir, como consecuencia de la corrupción. Los gastos se dispararon y tuvo que asumir una deuda tan alta que no consiguió saldar hasta 2006.

Pero los juegos no fueron el único lastre. Como en la década de los 60 Montreal estaba experimentando tal auge económico acogiendo importantes eventos internacionales y se esperaban las Olimpiadas, el gobierno federal de Canadá exigió que la ciudad sirviera como base de conexión para los vuelos transatlánticos con Europa, puesto que dada la baja autonomía de combustible de los aviones por aquella época venía bien una ciudad tan al este del continente. El aeropuerto de Dorval (hoy Montreal Pierre Elliot Trudeau) estaba experimentando un crecimiento de pasajeros entre un 15 y un 20% anual, así que echaron la cuenta de la lechera y planificaron un aeropuerto mastodóntico para asumir todo el tráfico que esperaban recibir. Parece que lo de construir aeropuertos como si no hubiera mañana no lo hemos inventado en España…

El proyecto del nuevo aeropuerto Mirabel abarcaba más de 39.600 hectáreas (como referencia, el Charles de Gaulle de París con lo inmenso que es ocupa sólo 3.200 hectáreas), más de la extensión de la propia Montreal (36.500 hectáreas). Una auténtica locura. Pretendían construir siete terminales y seis pistas que dieran servicio a 40 millones de pasajeros al año. La realidad fue que en el mejor de los años solo recibieron 3. Se inauguró en 1975 y comenzó a funcionar a pleno rendimiento para los Juegos Olímpicos, pero ya comenzaron a verse los primeros fallos. Mirabel quedó como aeropuerto internacional y Dorval para los vuelos de Canadá y Estados Unidos (durante 22 años quedó prohibido que operaran vuelos internacionales). En la teoría suena muy bien, pero era poco práctico, ya que suponía que quien quisiera usarlo como escala para unirlo con un vuelo nacional (o al revés), tenía que cambiar de aeropuerto y la comunicación entre ambos era horrible. También lo era con el centro de la ciudad, pues aunque se planificó un ferrocarril de alta velocidad que salvara los 50 kilómetros de distancia, al final no se llevó a cabo.

Se había elegido esta ubicación para evitar estar cerca de zonas residenciales por la contaminación acústica. Pero la tecnología avanza a pasos agigantados y pronto los aviones no solo fueron menos ruidosos sino que además tenían más autonomía de combustible, por lo que los transatlánticos no necesitaban hacer escala en Montreal si el destino final era la costa oeste del país. Así, fue perdiendo poco a poco tráfico en favor de Toronto y el aeropuerto de referencia de Montreal volvió a ser Dorval, mucho más céntrico. En 2004 tuvo lugar el último vuelo de pasajeros desde Mirabel y hoy está dedicado a transporte de carga, servicio médico y circuito de carreras de coches. La terminal de pasajeros está abandonada y se usa para rodajes. Allí se grabó la mayor parte de la película La Terminal, protagonizada por Tom Hanks.

El error de cálculo fue grave y fantasioso. Era imposible que el crecimiento de los 50 y 60 fuera a continuar durante mucho tiempo. Además se juntó con un contexto en el que Francia perdió poder y lo ganó Estados Unidos. En aquel momento Nueva York se convirtió en la referencia económica mundial y Detroit destacaba como capital mundial del automóvil. En este sentido Toronto quedaba mucho mejor comunicada con ambas, además de con Chicago. También Vancouver fue ganando cada vez más peso. A todo ello hay que sumarle el clima gélido y la estructura de la propia Montreal, cuyo centro histórico había que preservar y que por tanto impedía la creación de un distrito financiero tal y como se desarrollaba en otras grandes urbes norteamericanas.

Pero aún hay un aspecto más: el nacionalismo. La aprobación de la Ley 101 en 1977 en Quebec que exigía a cualquier establecimiento y empresa con más de 50 empleados a mantener el francés en el área de trabajo, además de que fuera la lengua vehicular en política y medios de comunicación provocó que muchas empresas se trasladaran a Toronto y que llegaran menos inmigrantes.

Así, en la actualidad ha quedado relegada a un segundo puesto en términos generales. Sigue estando entre los principales centros financieros de América, aunque sobre todo para compañías francesas que quieren trabajar en el continente. Se ha convertido en el segundo centro económico de lengua francesa en el mundo. Montreal cuenta con varias refinerías de petróleo y es centro de la industria farmacéutica, textil y de alta tecnología. Y, aunque su aeropuerto es el tercero del país en importancia, Montreal sigue siendo un importante nudo de comunicaciones, tanto vial como ferroviaria como portuaria.

Turísticamente también queda por detrás de Vancouver y Toronto, pero en varias ocasiones ha sido considerada como la Capital Cultural del país gracias a una interesante escena artística y numerosos museos.

Entre Ottawa y Montreal apenas hay 200 kilómetros y como habíamos salido a las 11 de la mañana, llegamos demasiado pronto para entrar en el apartamento. Por tanto, decidimos hacer tiempo visitando el Parque OIímpico, que queda algo alejado del centro.

Toca descubrir Montreal.