Conclusiones de nuestro viaje por Letonia, Lituania y Polonia

El destino no quiso que viajáramos a la antigua Yugoslavia, así que tuvimos que valorar otros territorios inexplorados. Y nos decidimos por Letonia, Lituania y, sobre todo, Polonia. En los dos primeros países solo estuvimos en su capital, mientras que en Polonia sí que hicimos más paradas. Ya habíamos visitado Estonia con el Crucero por Capitales Bálticas, y nos quedaba conocer las otras dos antiguas repúblicas soviéticas. Así que, aprovechando que el vuelo a Riga nos salía bien de precio, unimos los tres países.

Llegamos a Riga y nos encontramos con un tiempo gris. Aún así, no desmereció para nada una ciudad en la que se entremezclan edificios de la Edad Media; con otros de la época hanseática con sus típicos ladrillos rojos; con otros de estilo Art Nouveau bellamente ornamentados, así como con otros que nos recuerdan su pasado soviético. Tiene un contraste curioso que la enriquece.

Apenas pasamos un día en la capital letona y creo que el tiempo estuvo bien medido. Riga es una ciudad pequeña, por lo que se puede recorrer cómodamente a pie. Su centro histórico, Vecrïga, en el margen derecho del río, estuvo amurallado durante siglos, así que los puntos históricos quedan bastante recogidos.

Sí que es cierto que al otro lado de la muralla, tras pasar el Bastejkalna parks y el canal, encontramos otros barrios en los que tenemos puntos de interés (sobre todo edificios de estilo Art Nouveau).

También, cerca de la estación se encuentran el barrio Moscú o el Mercado (tanto interior como exterior), pero en general, no hay que recorrer grandes distancias.

A pesar de que el día comenzó lluvioso, pudimos recorrer Riga tranquilamente e incluso subir a las alturas para ver una panorámica. Nos faltaron un par de calles que nos quedaban un poco más lejanas, pero, en general, cumplimos bastante bien con el plan inicial.

Dado que Riga y Vilna no tienen comunicación en tren, tomamos un bus, bastante cómodo, que por 19€ y en apenas cuatro horas cubría el trayecto. Una buena decisión, todo hay que decirlo. Aunque el conductor fuera un tanto kamikaze (o se haya sacado el carnet en Bulgaria).

Vilna también estuvo amurallada, así que también tiene un núcleo bastante definido, sin embargo, no hay que olvidar sus dos miradores o los barrios de Užupis y judío, que quedan en las afueras.

Destaca la Avenida Gedimino Prospektas, una arteria que nos lleva a la Catedral, pero de la que no hay que perder detalle, ya que en cada una de sus aceras encontramos edificios majestuosos del siglo XIX y XX.

La catedral, todo un hito para la ciudad cuando su rey se convirtió al cristianismo, me resultó sosa y fría. De la misma manera me decepcionaron las vistas desde la Torre Gediminas o desde la Colina de las Tres Cruces. Vilna no es fea, pero viniendo de Riga, me resultó algo anodina.

Pero aunque la Gedimino Prospektas tiene relevancia, realmente la arteria principal transcurre desde la Puerta de la Aurora hasta la Catedral, pasando por el ayuntamiento o la universidad, además de numerosas iglesias de diversos estilos. Son los tramos de la Aušros Vartų, Didžioji gatvė y Pilies gatvė.

La ciudad tiene mucha historia detrás, pero en la mayoría de los casos ha desaparecido, como en el caso del barrio judío. Y quizá esto le hace perder encanto. O quizá no tuve el día ya que ni siquiera me apeteció entrar a la universidad y, hoy, cuando veo las fotos, pienso que a lo mejor mi mente me juega una mala pasada.

Vilna no me atrapó. La recorrí, pero no la disfruté.

Tampoco lo pasé bien en el trayecto en bus hasta Polonia. Fueron demasiadas horas con muchas interrupciones, y al final nos lastró el resto del día. Llegamos muy pronto y, en vez de ver Gdańsk, nos fuimos a Gydnia y Sopot, que están a una media hora en tren tipo cercanías.

Gdańsk, Sopot y Gydnia forman la Ciudad Triple (Trójmiasto), sin embargo, cada una tiene su carácter. Gdynia representa la recuperación, pues su puerto se levantó en apenas 10 años. Y precisamente alrededor del puerto es donde se concentra algo de su historia.

Sopot por su parte es un lugar de vacaciones, y así se refleja en la calle que lleva al muelle, llena de veraneantes que se dirigen a la playa. Si hubiéramos ido más días, no está mal el paseo. Pero podíamos haber empleado la mañana en Gdańsk y no nos habríamos quedado sin luz.

En casa, con el mapa sobre la mesa, había pensado que Gdańsk, a pesar de tener mucho para ver, y mucha historia, apenas nos llevaría tiempo porque también es una ciudad en la que lo importante está concentrado. Así, había pensado que desde la estación al hotel nos daría tiempo a recorrer una parte menos céntrica, y después, la tarde, tras una reparadora siesta, la podríamos dejar para perdernos por el centro. La primera parte del planteamiento, bien; ahora, la segunda… hacía aguas.

Parecía que lo más importante se encontraba entre la calle Mariacka y Długi Targ, además de la vista desde el río, así que perfecto. Pero no. A pesar de que Długi Targ tiene una longitud de 700 metros, es la seña de identidad de la ciudad. Concentra tantos y tantos edificios de bellas fachadas, que se tarda bastante en ir de punta a punta. Y no solo eso, sino que las calles colindantes también esconden preciosas construcciones.

Por otro lado, la ribera del río estaba plagada de gente, por lo que no solo apenas podíamos caminar, sino que además era imposible apreciar nada. Y es que a veces se nos olvida que solo en España se cena tarde, por lo que las 7 de la tarde, a pesar de que haya aún sol, es su hora de salir a cenar y/o tomar algo.

También es verdad que nos permitió descubrir otra ciudad a medida que se iban encendiendo las luces, con otro ambiente más festivo y veraniego.

Así pues, malgastamos el tiempo en esta parada y a la mañana siguiente, con mochilas, volvimos a callejear por el centro para verlo con más calma y poder sacar fotos con algo más de luz. Sin duda Gdańsk bien merece dos días para descubrirla más a fondo. Desde luego es imprescindible en una visita a Polonia.

Nuestra siguiente parada fue Bydgoszcz, una ciudad a medio camino entre Gdańsk y Poznań. La elegimos como parada técnica para así no tragarnos demasiadas horas metidos en un tren. Su localización también le vino bien a los pescadores que se asentaron en la zona en la Edad Media. Al encontrarse cerca de los ríos Brda y Vístula se convertía en el centro neurálgico para las rutas de comercio que se desarrollaban en el Vístula por aquella época.

Reflejo de ese pasado son los graneros del siglo XVIII que servían de almacenes para los productos agrícolas y alimenticios que se transportaban por el Vístula a Gdańsk y por el canal Bydgoski a Berlín. Después de 1851 con la llegada del ferrocarril, los graneros se usaron también como almacenes de gres, vidrio, porcelana, tonelería y comida. En 1975 se reconstruyeron y fueron convertidos en museos. Hoy son un símbolo de la Bydgoszcz mercantil.

Pensamos que no íbamos a encontrar mucho del pasado en esta ciudad, sin embargo, nos sorprendió, pues conserva algunos edificios históricos escondidos en las calles más modernas. Como teníamos el hotel un poco alejado pudimos descubrir un Bydgoszcz inesperado. Construcciones en ladrillo rojo, otras de estilo modernista y otras más clásicas se erigen junto a bloques de pisos más actuales.

Y si hablamos de historia, la Plaza del Antiguo Mercado (Stary Rynek) se lleva la palma. Era la típica plaza medieval en la que se concentraba la vida económica, cultural y social de la ciudad. En los siglos posteriores sirvió para acoger casos políticos relevantes así como ejecuciones. Hoy está reconstruida y muchos de los edificios originarios han desaparecido. Tiene importancia histórica, sí, pero arquitectónicamente no destaca tanto como otras que veríamos más adelante.

Estuvo bien como parada técnica, pues dedicamos la tarde a pasear tranquilamente, descansamos bien y cargamos pilas para Poznań, la considerada por muchos historiadores como la primera capital polaca. También fue la primera ciudad que se levantó contra el gobierno comunista por las condiciones laborales de los obreros de las industrias.

Además, Poznań es relevante ya que Polonia nació en la isla Ostrów Tumski. Allí se levantó un castillo en el siglo IX y fue donde Mieszko I se convirtió al catolicismo. Hoy es donde se erige la Catedral de los Apóstoles Pedro y Pablo (Bazylika Archikatedralna św. Apostołów Piotra i Pawła).

Sin embargo, la joya de la ciudad es la Antigua Plaza del Mercado (Stare Rynek). Es impresionante la mires por donde la mires. Está flanqueada en todas sus caras por casitas de colores de múltiples estilos arquitectónicos que recuerdan a los diseños de los cuentos medievales.

Aunque hay edificios significativos e históricos a lo largo de la plaza, si hay uno que sobresale por encima de los demás es el Ayuntamiento (Ratusz). Se alza en el centro de la plaza y la domina por completo con su fachada renacentista y su torre de tres pisos coronada por el águila polaca y los machos cabríos que salen cada día a las 12 del mediodía.

Además, no podemos olvidarnos de la Universidad, del Castillo Imperial o de las numerosas iglesias cada una de un estilo totalmente diferente a la anterior.

No tiene el renombre de Gdańsk, pero me encantó. No solo por todo lo mencionado, sino porque también tiene ese estilo ecléctico con edificios de diferentes épocas. Algunos aún conservan los recuerdos de tiempos dolorosos mientras al lado se alzan otros que nos anclan en el presente de un nuevo siglo.

Parece que íbamos de menos a más, además anduvimos tranquilos a la hora de recorrerla pese a la climatología. Por lo que guardo buen recuerdo de ella.

De Poznań nos dirigimos a Wrocław, una ciudad que pudimos descubrir gracias a sus Krasnale, esos enanitos que se encuentran en cada rincón y que a veces cuesta dar con ellos.

Teníamos una ruta predefinida, pero nos desviamos muchas veces en la búsqueda de estas simpáticas figuras.

Wrocław nació en Ostrów Tumski, una zona en la que hoy se erigen iglesias monumentales, una iglesia gótica, las casas de los clérigos y el palacio arzobispal, de estilo neoclásico.

Sin embargo, el centro de la ciudad se articula en torno, cómo no, a la Plaza del Mercado (Rynek). Wrocław perteneció a la Liga Hanseática y fue un importante centro comercial, así, era en ella donde confluían las principales rutas comerciales de Europa, entre ellas la Vía Regia y la Ruta del ámbar. Es una de las más grandes de Europa y cuenta con edificios de colores de diferentes estilos (renacentistas, góticos, barrocos…), además del ayuntamiento.

No fue destruida durante la II Guerra Mundial, por lo que es una auténtica joya.

Poznań y Wrocław guardan cierta similitud. Ambas tienen su Ostrów Tumski, una zona en la que se concentran edificios eclesiásticos de relevancia. Además, sus plazas centrales son auténticas maravillas. En Wrocław si hubiéramos hecho noche, quizá habríamos ido más tranquilos a la hora de recorrer la ciudad, y por supuesto habríamos encontrado muchos más Krasnale e incluso subido al mirador de la Sky Tower. Al tener que coger el tren dirección Cracovia, fuimos deteniéndonos menos en algunos edificios, sobre todo en iglesias. Y es que en Polonia hay muchas, por lo que es imposible verlas todas y hay que filtrar por importancia o arquitectura.

Y de Wrocław viajamos a la ciudad que aún es la capital en el corazón de muchos polacos: Cracovia. Y es que lo fue durante gran parte de su historia, por ello ha sido un importante centro comercial, político y cultural del país. La ciudad queda dividida en cuatro barrios: Stare Miasto, Kazimierz, Podgorze y Nowa Huta.

Stare Miasto es sin duda la parte más importante. Rodeado por el Parque Planty, que sustituye a la antigua muralla, el centro alberga un número importante de edificios y monumentos. Estos se encuentran en torno a la Villa Real, que trascurre desde la Barbacana hasta la Colina Wawel discurriendo primero por la calle Florianska y, después, por la Grodzka.

En ese recorrido se encuentra la Plaza del Mercado de Cracovia (Rynek Główny), la plaza medieval más grande de Europa. En ella destacan la Basílica de Santa María, la Lonja de los Paños, la iglesia de San Adalberto y la Torre del Ayuntamiento.

 

También en Stare Miasto encontramos la Universidad, la segunda más antigua de Europa y que ha tenido alumnos de renombre como Copérnico o Karol Wojtyla. Su Collegium Maium en ladrillo rojo y estilo gótico tardío es magnífico y su patio bien merece una parada.

Tampoco se queda atrás el Collegium Novum con su fachada que recuerda a las construcciones hanseáticas.

En la Colina de Wawel se encuentra uno de los edificios más importantes de la ciudad: el castillo (con su catedral). Gracias a su construcción la ciudad ganó relevancia eclesiástica y monárquica, pues era aquí donde se coronaba a los reyes, además de donde se les enterraba.

Los barrios de Kazimierz y Podgorze están relacionados con los judíos. Por un lado, en Kazimierz era donde residía esta comunidad y aún se puede encontrar un poco de historia entre sus calles. Obviamente hay mucho que ha desaparecido (aniquilado por los nazis, básicamente), pero aún se pueden encontrar puntos de interés en torno a la Plaza Nowy y la Calle Szeroka. Además, se conservan sus siete sinagogas. Eso sí, solo una de ellas funciona como tal.

Podgorze es el guetto al que los nazis les obligaron a mudarse. En él se encuentra la Plaza de los Héroes del Gueto (plac Bohaterów Getta), que con sus sillas recuerda a los judíos que esperaban a lo que ellos pensaban que iba a ser un lugar mejor.

Allí además se puede visitar la fábrica de Oskar Schindler, hoy convertida en museo. Seguro que es interesante, pero la falta de tiempo nos hizo priorizar exteriores.

Finalmente, el barrio de Nowa Huta, a 10 kilómetros de Cracovia, fue construido siguiendo el modelo soviético para los trabajadores de la empresa Huta im. T. Sendzimira, el principal productor de acero de Europa. Durante la época comunista llegó a alojar a 100.000 personas y Cracovia se convirtió en un importante centro industrial. Lamentablemente no tuvimos tiempo para acercarnos allí. Así como también se nos quedó en el tintero la visita a las Minas de Sal. Otra vez será.

Cracovia está llena de historia en cada una de sus calles, donde se alternan edificios centenarios de estilo renacentista, barroco y gótico con nuevas construcciones más modernistas.

Sin embargo, me gustaron más Poznań y Wrocław. Quizá por sus plazas centrales, que me dejaron buen sabor de boca.

También es verdad que le dedicamos poco tiempo, el centro requeriría fácilmente un día, los barrios judíos y Nowa Hutta, un segundo. Si además se quiere visitar las Minas de Sal, quizá 3 días habría sido más adecuado. La visita a Auschwitz la habíamos descartado desde un principio porque sabíamos que no contábamos con tantos días de vacaciones y porque ya visitamos Dachau hace unos años.

Nuestra última parada fue Varsovia, una ciudad que ha renacido de sus cenizas. Y, gracias a una exhaustiva reconstrucción tras la II Guerra Mundial, la UNESCO le dio en 1980 el reconocimiento de Patrimonio de la Humanidad como “ejemplo destacado de reconstrucción casi total de una secuencia histórica que se extiende desde el siglo XIII hasta el siglo XX”​.

Desde que se convirtió en capital en el siglo XVI vivió períodos de crecimiento y prosperidad. Gracias a ello destacan sus iglesias, castillos y mansiones.

Además, se convirtió en un importante centro cultural y educativo y hoy acoge a 4 de las mejores universidades del país.

Sin embargo también ha pasado por años de declive y de guerra, que le han dejado sus cicatrices. Sus calles nos recuerdan la resistencia al nazismo, el pasado comunista, y el renacer a finales del siglo XX.

Varsovia también tiene su Ruta Real, que transcurre desde la Plaza Zamkowy, en el centro histórico de la ciudad, hasta el Palacio de Wilanów, la residencia de verano. En el recorrido destacan impresionantes edificios, sobre todo a lo largo del tramo de la calle Nowy Świat, la que fuera la principal arteria comercial desde el siglo XIX hasta la II Guerra Mundial.

En Stare Miasto destacan el Castillo y la Plaza del Mercado, con sus recuperados edificios renacentistas y barrocos y el símbolo de Varsovia: la sirena.

Fuera de la ciudad amurallada nació una ciudad independiente, Nowe Miasto, que con el tiempo acabaría uniéndose a Varsovia. Se articula en torno a a la calle Freta y cuenta con tiendas, restaurantes, teatros, iglesias y la casa natal de Marie Sklodowska-Curie.

Al otro lado del Vístula se encuentra el Barrio de Praga, un distrito que se está poniendo de moda por su ambiente bohemio, pero que hasta hace relativamente poco tiempo estaba algo dejado por encontrarse algo apartado.

El bulevar junto al Vístula es un entorno muy agradable para pasear, y también de ocio. Allí podemos encontrarnos con la segunda sirena y ver a lo lejos el PGE.

También en Varsovia se nos quedaron lugares por visitar, como el Parque Łazienki, al sur de la Ruta Real, donde se encontraba la residencia de verano del rey Estanislao Augusto Poniatowski; o Muranów, que, con un muro de 18 kilómetros por 3 metros de alto, se convirtió en el guetto judío en el que convivieron cerca de medio millón de personas. Allí se encuentra el Monumento a los Héroes del Guetto o la Umsclagplatz, la plaza desde la que salían los trenes hacia el campo de concentración de Treblinka.

Tampoco nos dio tiempo de subir al Palacio de la Cultura y la Ciencia para poder observar la ciudad desde las alturas. Aunque esto fue más bien un error de planificación, ya que al equivocarme de hotel, pensé que nos quedaría a mano al tener que pasar por la estación.

Al igual que Cracovia, Varsovia requiere de, al menos, un par de días para poder descubrir todos sus rincones y heridas del pasado. Un día para su centro histórico, otro para la zona nueva, y un tercero para el Barrio de Praga y el margen del Vístula.

Así pues, en general pudimos ver prácticamente lo que teníamos pensado. Aunque no nos habrían venido mal un par de días más, uno para Cracovia y otro para Varsovia. Falló en parte la planificación, pensando que por ser ciudades con el centro histórico bastante concentrado, apenas tardaríamos en recorrerlas. Pero además, nos fallaron las fechas. Nosotros que esperábamos encontrar unos 30º como mucho, por el contrario no bajamos de los 35º debido a la horrible ola de calor del verano pasado. Así pues, nos pasó como en Praga, que el calor nos impedía llevar un ritmo normal.

Habitualmente, cuando vamos de viaje, salimos sobre las 9 de la mañana y nos pasamos todo el día gastando suela hasta que se hace de noche. Al final de la jornada solemos hacer unos 20 kilómetros. Así pues, a la hora de planificar, ya tenemos siempre esa referencia. Sin embargo, la climatología influye bastante. Sobre todo el calor, porque con el frío al final el cuerpo te pide movimiento y le das algo más de brío al paseo. Con 20-25º es llevadero, aunque pegue el sol. Sin embargo, cuando superas cierta temperatura, el cuerpo llega un momento en que te pide parar, hidratarse y ponerse a resguardo. Y no todo depende de la temperatura, sino de la sensación térmica. Creo que lo pasé peor con esos 35 en Polonia que con 40 en España. Y eso que el seco de Madrid es horrible.

En el viaje nos enfrentamos además a otro dato a tener en cuenta, y es que mientras que en Madrid el sol quizá empieza a pegar a partir de las 12; en Polonia notamos que por estar más al norte, la inclinación de la Tierra también influía. Puede parecer una tontería, pero dado que amanecía antes, cuando salíamos a la calle a las 9 de la mañana el sol ya estaba arriba del todo. Así pues, ya hacía calor agobiante. Y para cuando querían llegar las 11 no había quién estuviera en la calle.

Sin embargo, paradógicamente, las plazas y parques estaban llenos de gente. Y es que creo que, como no son temperaturas habituales en el país, las viviendas no están preparadas para ello. Imagino que sí para el invierno con nieve y números bajo cero. Así, la gente salía a la calle a refrescarse. Bien en las fuentes y aspersores improvisados o en las fuentes típicamente decorativas. Era el mismo panorama en todas las ciudades que visitamos.

Por lo demás, seguimos nuestra rutina. Intentamos caminar todo lo posible y tomar el transporte en casos puntuales. Como en Varsovia que después de buscar el hotel equivocado estábamos en la otra punta de la ciudad, o en Cracovia que habíamos acabado la jornada en un barrio algo alejado. En general, hemos encontrado unas ciudades con un buen sistema de transporte, con metro, bus y tranvía.

Sí que es cierto que en algunos casos se veían vehículos con solera (sobre todo en Riga y Vilna, pero también en algunos lugares de Polonia), pero ya sabemos que las máquinas soviéticas tienen fama de duraderas.

Las principales ciudades de Polonia están bien comunicadas. Quizá no hay mucha frecuencia y algunos trenes son un tanto antiguos (sin aire acondicionado y un tanto estrechos), pero sin duda más cómodos que los buses.

 

Además, también están incorporándose nuevos Intercity, que son rápidos, modernos y cómodos. Y los precios no son nada caros.

Para los recorridos de larga distancia sacamos previamente por internet los billetes. Sabíamos que nos iba a limitar, claro, pero así nos asegurábamos que teníamos asiento. Una vez en la estación era fácil encontrar el andén. Simplemente había que buscar en pantalla o panel amarillo el número de nuestro tren, o el horario.

Las pantallas son fáciles de seguir, pues con el horario se ve fácilmente. Los paneles, son un poco más complejos de leer porque está todo muy comprimido, pero lo bueno es que vienen todas las paradas que hace cada tren, así que está muy bien para confirmar la ruta.

Después, el tren tiene indicado en cada vagón el número de coche, si es 1ª o 2ª clase, el número de tren, así como las paradas que realiza. Por lo que no hay pérdida.

Para los movimientos puntuales dentro de la misma ciudad, compramos billetes sencillos y listo.

Eso sí, no hay que olvidarse de pasarlos por el lector, que no suele haber tornos, sino que las máquinas están algo apartadas para no entorpecer el tránsito de viajeros (en el tranvía y bus hay varias máquinas dentro).

La mayoría de las ciudades tienen su gran centro peatonal o de poco acceso a los vehículos, pero una vez que sales de esa zona, el tráfico es algo caótico. Sobre todo en Polonia vimos varios coches derrapando en medio de la ciudad. Nos resultaron un poco agresivos. Y otra cosa que nos llamó la atención fue el aparcamiento. Durante el viaje encontramos muchas veces que las aceras estaban ocupadas por los coches.

Hacia el final del viaje nos dimos cuenta de que parecía estar regulado de esa forma tal y como indicaban las señales. Y esto nos sorprendió aún más.

Como suele ser habitual en nuestros viajes, solemos comer en ruta comprando algo en supermercados o tiendas de conveniencia. Tanto en Riga como en Vilna los mejores sitios para comer algo rápido son los Narvesen e Iki. Tienen bocadillos, sándwiches, paninis, ensaladas… por lo que puedes comprar algo rápido y comerlo en movimiento, o en un parque a la sombra. Eso sí, cuidado con las palomas. En Polonia están los Malpka, que son similares.

En Polonia la mayoría de los días seguimos el mismo patrón, aunque algún día para evitar el calor buscamos algún sitio en el que sentarnos con aire acondicionado, como Poznań con el japonés o en Bydgoszcz y Wrocław que comimos en sendos centros comerciales.

Lo típico por tierras polacas son las zapiekanki, algo así como un panini. Se trata de media baguette que se rellena con champiñones, carne, cebolla y queso. Aunque hay mil variedades, claro. Se come caliente.

Otros platos de la cocina polaca son pierogi (una especie de empanadillas), barszcz czerwony (sopa de remolacha), bigos (estofado de carne y col), golonka (codillo de cerdo). También vimos muchos puestos de roscas, panecillos y aquellos dulces que habíamos probado en Budapest.

Con el calor no apetecía mucho sentarse en una terraza, sin embargo, sí que hemos probado diversas cervezas locales. Las comprábamos en el supermercado y nos las llevábamos al hotel. Cada día probábamos una diferente. Algunas más suaves, otras más fuertes.

Una novedad que teníamos en este viaje es la eliminación del Roaming. Ya conté un poco nuestra experiencia en esta entrada. De todas formas, para resumir, diré que mientras que en Riga y en Vilna tras un correo a Pepephone conseguí tener línea y datos al igual que en España; por el contrario cuando llegué a Polonia me encontré con la sorpresa de que, a pesar de que mi móvil tenía red polaca, no me daba datos. Tras enviar un nuevo correo a mi compañía, descubrí que no tenían ningún acuerdo con este país, por lo que resultó que estábamos como antes. Por suerte, como con Jazztel sí teníamos, así que cuando teníamos que recurrir a internet para buscar algún mapa o información, tirábamos de su red.

También es verdad que en muchas ciudades había WiFi gratuito en la calle, pero no siempre funcionaba muy bien. Y menos cuando no paras de moverte y hay varias redes diferentes según la zona en la que te encuentres.

Y para finalizar, ahí va nuestro resumen de gastos del viaje:

Total: 1.305,20€ (652,60€ por persona)

Y hasta aquí, nuestras vacaciones de verano. Pero todavía quedaba un último viaje de 2017. Empezamos pronto.

A camino entre Letonia y Lituania

Viajar de Riga a Vilna en tren no parecía factible, por lo que busqué otra alternativa que resultó ser el bus. La compañía LuxExpress une ambas capitales en apenas 4 horas y por 19€. Ofrece la posibilidad de sacar los tickets por internet, así que ya los llevábamos de casa.

En la página web parecía que el autocar era moderno y bien equipado, así que íbamos con altas expectativas. Antes de subir, entregamos nuestra mochila al conductor, que le puso una pegatina y nos dio un resguardo. Empezábamos bien.

Teníamos asientos de segunda fila por detrás del asiento del piloto y contábamos con mucho espacio, más que en el tren y muuuucho más que en un avión.

Los asientos estaban equipados con cinturón, bandeja, reposapiés y enchufes. Delante teníamos una tableta con contenido multimedia, juegos, música y un mapa que mostraba nuestra ruta.

El autocar tenía WiFi, que funcionaba perfectamente, baño y una zona con bebidas calientes y agua. Así que íbamos bien equipados para las cuatro horas que teníamos por delante.

Yo aproveché para copiar las fotos del día al ordenador, así pues, no iba prestando atención a la carretera, pero cuando guardé el ordenador, de repente vi cómo el conductor de nuestro autobús realizaba adelantamientos a otros vehículos pesados ocupando la calzada contraria incluso cuando venían coches en el otro sentido. El primer momento fue de “pero que viene uno de frente, ¿no lo ve?”, pero cuando este se apartó al arcén quitándose de nuestro camino como si nada, tuve una especie de dejà vú. ¡Esto ya lo había vivido en Bulgaria! ¿Tendrá algo que ver con el sistema de circulación soviético? ¿Conducirían así en la época comunista y se les ha quedado la costumbre?

Por lo demás, el trayecto fue tranquilo. Algo de lluvia en algunos tramos y cada vez más verde todo. Llegamos a nuestro destino a la hora estipulada, las 21:30, ya de noche, y como teníamos unos 15-20 minutos de paseo al hotel, aprovechamos para comprar la cena en una tienda de la estación.

De camino al hotel atravesamos una zona residencial con edificios claramente de la época soviética cuyos balcones amenazaban con desprenderse, grandes avenidas y poco tránsito.

El Corner Hotel es muy minimalista. Se ve que las zonas comunes están actualizadas, sin embargo, el edificio se ve que es antiguo nada más te adentras en los pasillos y en las habitaciones. Pero bueno, sabíamos a lo que íbamos. No encontré muchas opciones a la hora de la reserva y me pareció el mejor hotel en relación calidad, precio y ubicación. Además, tenía incluido el desayuno.

La habitación era bastante amplia, equipada con dos camas, un par de mesitas, un escritorio, una nevera, un armario y un banco. El baño era pequeño, pero justo para una noche.

Tras acomodarnos en la habitación y refrescarnos, nos sentamos a cenar mientras repasábamos la planificación del día siguiente en la capital de Lituania.

Tampoco sabíamos mucho del país antes del viaje, aparte de que son buenos en baloncesto, así que hubo que leer un poco sobre la más grande y poblada de las tres repúblicas bálticas. Además de tener frontera con Letonia, limita al sureste con Bielorrusia, al sur con Polonia, al suroeste con Kaliningrado y al oeste con el mar Báltico (tan solo 40km). Su capital y ciudad más poblada es Vilna y su principal puerto es Klaipėda.

El territorio que hoy ocupa Lituania tiene sus orígenes al siglo XIII, cuando era un ducado independiente (aunque ya hay referencias a Lituania como nación en los anales de un monasterio de 1009). Durante todo ese siglo fue invadida en diferentes ocasiones por los mongoles, hasta que fueron derrotados en 1377. Poco después, en 1385 Lituania se unió a Polonia, aunque esta alianza solo estuvo vigente hasta 1401. Sin embargo, siglo y medio más tarde, en 1569 se formó la República de las Dos Naciones o Mancomunidad de Polonia-Lituania, una unión en la que Lituania mantuvo su autogobierno.

En 1795 Lituania fue incorporada a Rusia y perteneció al Imperio Ruso hasta el comienzo de la I Guerra Mundial. No obstante, el pueblo lituano se alzó un par de veces en sendas revueltas en 1836 y 1863. Tras la última se prohibió toda transmisión del lituano (libros, prensa, educación…). Durante la I Guerra Mundial Lituania estuvo ocupada por Alemania. Finalmente consiguió su independencia en 1918, aunque no tuvo un período tranquilo, pues entró en guerra contra Polonia, que intentaba anexionarse su territorio. Al finalizar la guerra Lituania perdió el 20%, incluida Vilna, por lo que la capitalidad se trasladó a Kaunas.

En 1940 llegaron a Lituania las tropas de la URSS ocupando y anexionándose el país. Aunque permanecieron poco, pues un año después los nazis expulsaron al Ejército Rojo. Muchos lituanos vieron a los alemanes como sus libertadores y se unieron como combatientes de las SS y, tras la guerra, cuando en 1945 Lituania pasó a formar parte de la URSS, seguían existiendo diversos grupos fascistas que lucharon contra la soberanía soviética.

En 1988 surgió un movimiento que buscaba la independencia de Lituania, algo que finalmente llegó el 11 de marzo de 1990. Y reconocida por Moscú en 1991. Desde entonces, Lituania ha luchado por recomponer el país después de tantas contiendas bélicas a lo largo de los siglos. Ha hecho grandes reformas económicas y se ha esforzado en recuperar su cultura mediante la reconstrucción de bibliotecas, museos y otros edificios históricos.

Hoy en día parece haberse recuperado bastante bien y es el país con mayor renta per cápita de los países bálticos y de todos los que formaron parte de la URSS además de tener una baja deuda pública (casi nula). Cuenta además con una tasa de crecimiento de las más altas de Europa. Veríamos bastantes lexus y coches de lujo en nuestra corta estancia.

Su economía se basa en actividades agropecuarias, explotación forestal (como la madera para muebles de IKEA) y textil. Además, desde su entrada en la Unión Europea en 2004 (a la zona Euro en 2015) el turismo ha ido creciendo, igual que en su vecina Letonia. También con la entrada en la UE ha subido la industrialización y se ha hecho hincapié en campos como la biotecnología y el desarrollo de las tecnologías láser.

En el ámbito educativo Lituania está a la vanguardia pues el 93% de la población tiene bachillerato o estudios universitarios y habla al menos dos idiomas extranjeros. Además, sus estudiantes ocupan el primer lugar a nivel de la UE en Matemáticas, Tecnología y Ciencias.

Ya sabemos algo del pasado de este país balcánico. Conozcamos cuánto hay de su historia en la capital.

Recorriendo Riga IV – Barrio de Moscú y Mercado Central

Detrás de la Casa de los Cabezas Negras se encuentra la Iglesia de San Pedro (Rigas Sv Pētera baznīca), dedicada al patrón de la ciudad. Resulta curioso el reloj que solo marca las horas, pues solo tiene una manecilla.

Hay constancia de la existencia de esta gran iglesia ya en 1209, aunque la primera fue de madera y no de ladrillo (y algunos fragmentos de los muros se conservan). Tiene mezcla de tres estilos arquitectónicos: románico, gótico y barroco temprano, en función de la época en que se fue construyendo. Del siglo XV son el ábside semicircular y las cinco capillas. De finales del siglo XVII datan los tres pórticos. Pero sobre todo es gótica.

Tuvo que ser reconstruida en 1721 como consecuencia de un rayo y de nuevo en 1941 tras los bombardeos de la II Guerra Mundial. Una de las bombas destrozó su aguja de madera, que era la más alta de Europa. Hoy en día en su lugar se alza una réplica de acero de 122 metros, colocada en 1973 y que permite obtener unas magníficas vistas de la ciudad.

Íbamos a entrar, pero había un horario limitado. Al parecer había una boda, así que recorrimos su exterior mientras hacíamos tiempo. Y en la parte posterior encontramos una estatua de los músicos de Bremen (Brēmenes muzikanti), regalo de la ciudad alemana en 1990.

Riga y Bremen están hermanadas ya que Albrecht von Buxthoeven, el obispo que fundó la capital letona en 1201, era originario de la ciudad alemana.

Se dice que si se frota el hocico del burro y se pide un deseo, se cumplirá. Pero además, los letones tienen el dicho “tres es bueno, pero cuatro son mejor”, así que no es de extrañar que el resto de animales también tengan la marca. Aunque a los más altos no es tan fácil llegar, de ahí que el degradado sea menor.

Alrededor de la iglesia había varios puestos de ámbar y artesanía, y en la acera contraria un pasaje que lleva a la Plaza del Convento, que alberga tiendas, galerías y el Museo de la Porcelana.

Terminamos de rodear la iglesia y nos pusimos a la cola para entrar, pues aún faltaban unos minutos para poder subir. Una vez pagada la entrada, hay que subir un tramo de escaleras hasta el ascensor. Este está continuamente en movimiento: se llena, sube, se vacía, se vuelve a llenar y baja. Todo ello controlado por una señora que aprieta el botón de subida o bajada entre sudoku y sudoku.

El espacio para moverse no es muy amplio, obliga a moverse en función de cómo lo hagan los de delante, y cuando alguien se para a hacer fotos o para esperar al ascensor, se crea tapón. Sin embargo, merece la pena la panorámica que ofrece. Se ven los márgenes del río Dauvaga y sus puentes, la Torre de la Televisión, el Mercado Central, el casco histórico y barrios en los que se alzan modernos rascacielos.

Aunque es un poco cara la entrada, merece la pena sin ninguna duda.

El interior es bastante sobrio y parecía más un museo que una iglesia, ya que había objetos y estatuas expuestos, como la de Roland.

En sus muros y columnas de ladrillo apenas hay decoración, salvo varios escudos.

Una vez abandonamos la iglesia, continuamos nuestra visita dirigiéndonos al Barrio de Moscú (Maskavas Forštate), que se extiende alrededor de Maskavas iela, al sur de la ciudad vieja de Riga. En este barrio al este del Mercado Central surgió en el siglo XIV, cuando los rusos no tenían permitido vivir en el interior de las murallas. Así pues, los comerciantes que venían de Rusia comenzaron a asentarse en torno a la carretera que unía Riga con Moscú, de ahí el nombre.

Así pues, es la zona más antigua de la ciudad por detrás del casco histórico. En sus calles aún se pueden encontrar edificios antiguos, como las típicas casas de madera.

Tiene un aire decadente y no ha perdido el aspecto soviético de las calles, y además, es aquí donde se erige el edificio más soviet de toda la ciudad: la Torre Stalin.

Fue construido entre 1953 y 1957 y se convirtió en el primer rascacielos de la capital letona. Hoy es la sede de la Academia de las Ciencias de Letonia (Latvijas Zinātņu akadēmija).

Este imponente edificio de hormigón aún luce los símbolos comunistas. Al contrario de lo que habíamos visto en Sofía, aquí aún se podía ver la hoz y el martillo decorando las fachadas del edificio.

Se puede subir a su mirador en el número 17, desde donde se obtiene una buena panorámica del casco histórico, del río y de los barrios menos turísticos con sus bloques de viviendas de la época soviética. Nosotros no teníamos mucho tiempo y como ya habíamos subido a San Pedro, decidimos continuar paseando por el barrio.

Destacan en la zona varias iglesias: la ruso ortodoxa de la Anunciación (Tserkva blagoveshtenya), la Grebenshchikov (Grebenščikova baznīca) y la luterana de Jesús (Jēzus luterāņu baznīca), de madera y con forma octogonal.

Además, quedan los restos de la Sinagoga Coral, que fue incendiada por los alemanes después de meter a cientos de familias judías dentro.

Durante la II Guerra Mundial el ejército alemán había establecido un gueto judío delimitado por las calles Kalna, Lauvas, Ebreju, Jersikas y Daugavpils. Allí vivieron 30.000 judíos, que más tarde serían asesinados.

Donde se encontraba la sinagoga se inauguró un monumento en 2007 en el que se hace honor a los 270 letones que rescataron a judíos durante la guerra.

Es el típico barrio auténtico en el que nos gusta perdernos, fuera de los lugares más conocidos. Y, aunque había leído que no es un barrio muy seguro, lo cierto es que apenas encontramos gente por la calle salvo algún lugareño que volvía de hacer sus recados.

De vuelta hacia el centro paramos antes en el Mercado Central de Riga (Rīgas Centrāltirgūs) cuyos locales están dispuestos en cinco antiguos hangares para zepelines que usaba el ejército alemán durante la I Guerra Mundial. Estos hangares se trasladaron en 1920 a Riga desde Kurzeme, donde habían sido abandonados.

La verdad es que es una gran idea aprovechar estos gigantescos pabellones en lugar de construir un nuevo edificio. Aunque el interior es algo oscuro, lo cierto es que da sensación de amplitud gracias a la altura de la construcción.

Es uno de los más grandes de Europa y está incluido en el conjunto protegido por la UNESCO debido a su importancia histórica y a la relevancia arquitectónica.

Cada uno de los hangares está especializado en un producto: carne, pescado, frutas, verduras y lácteos.

Además, en el exterior y en las calles colindantes hay un gran número de puestos de ropa, electrónica, alimentación, flores, artículos de cocina, etc.

Se acercaba la hora de tomar el bus, y dado que teníamos la estación al lado, decidimos echar un ojo para localizar la dársena de la que íbamos a partir y así no dar luego vueltas cargados.

Volvimos al hotel a recoger las mochilas y de nuevo a la estación, donde compramos la cena y nos sentamos a esperar que llegara el bus que nos llevaría a Vilna.

Esta fue nuestra última parte de la ruta:

Recorriendo Riga III – Vecrīga

Dejando el parque atrás, volvemos de nuevo al casco histórico. En el cruce de Kaļķu iela con Vaļņu iela encontramos en el pavimento la una placa de unos pies que hace referencia a la Cadena Báltica de 1989. La inscripción reza: Baltijas ceļš 23 08 1989 Tallín Riga Vilna.

El 23 de agosto de 1989 a las siete de la tarde más de un millón y medio de personas se tomaron de la mano y formaron una cadena humana uniendo las tres capitales de las repúblicas bálticas. En esta manifestación de más de 600 kilómetros pretendían llamar la atención internacional y exigir la “retirada de las fuerzas de ocupación” soviéticas para así conseguir una mayor autonomía. Dos años después de esta protesta, tanto Estonia, como Letonia y Lituania eran países independientes y habían sido reconocidos por muchos países occidentales.

Esta manifestación pacífica se encuentra recogida en el Libro Guinness de los Récords como la cadena humana más larga que se ha organizado nunca y ha servido de inspiración en otros países de Europa del Este, en Taiwan en 2004 y en Cataluña en la Diada de 2013.

De nuevo volvimos a pasar por la Torre de la Pólvora, parándonos esta vez frente a la Casa de los Gatos (Kaķu māja). Esta casa amarilla de estilo art nouveau fue construida por Friedrich Scheffel a principios del siglo XX y le debe su nombre a los gatos que se asoman en el tejado.

Según la leyenda, un mercader letón quería ingresar en el Gran Gremio, algo imprescindible en la época si se quería hacer negocios. Sin embargo, los miembros de la sociedad le denegaron la petición por no ser alemán. Enfadado, compró el edificio situado enfrente y mandó poner dos esculturas de gatos negros con el lomo arqueado y las colas apuntando hacia la sede para expresar su desprecio hacia los miembros que le habían rechazado. De esta forma, los gatos apuntaban con sus traseros directamente hacia el enemigo, un hecho que se consideró una gran ofensa.

Después de embarcarse en una batalla legal, el letón finalmente consiguió entrar en el Gran Gremio y entonces cambió los gatos de posición. El gato se ha convertido en el símbolo de Riga y recuerda que hay que ser perseverante.

Nos adentramos en la Plaza Līvu, una plaza muy fotogénica con edificios singulares de diferentes etapas, ya que durante la II Guerra Mundial muchos quedaron destrozados y no se reconstruyeron. Nos la encontramos animada, puesto que era medio día y los restaurantes y terrazas tenían bastante gente acomodándose para comer.

En esta plaza se encuentra el edificio del Gran Gremio (Lielā Ģilde), construido entre 1853 y 1860. El Gran Gremio se creó en el siglo XIII y controló durante siglos el comercio de la ciudad. Este edificio era su sede central, hoy sirve como sala de conciertos de la Orquesta Filarmónica.

Por su parte, el Pequeño Gremio (Mazā Ģilde), que también se usa para conciertos y otros eventos, nació para promover los intereses de los artesanos alemanes. Se comenzó a construir entre 1864 y se terminó un par de décadas después. Es mucho más bonito que el anterior gracias a su estilo palaciego con su fachada blanca y su torre.

En la plaza también destaca el Teatro Ruso Mikhail Chekhov de Riga (Mihaila Čehova Rīgas Krievu teātris), el teatro más antiguo en lengua rusa fuera de Rusia. Fue fundado en 1883 y su elenco original contaba con 16 actores. Durante el siglo XIX fue creciendo alcanzando su época dorada bajo los mandatos de K.N. Nezlobin.

Tras la independencia de Letonia en 1918 el teatro siguió funcionando y también durante la época soviética, aunque las obras tenían que pasar previamente la censura. En la II Guerra Mundial pararon las representaciones y se volvió a abrir al público tras la nueva independencia a finales del siglo pasado.

En el empedrado de la plaza encontramos una placa conmemorativa de la primera proyección cinematográfica en el país. Tuvo lugar el 28 de Mayo de 1896 en el número 11 de la calle Kaļķu.

Seguimos callejeando hasta llegar a la plaza Doma Laukums, una plaza cuyo diseño actual data de los años 30 del siglo pasado. En un lateral se encuentra la Catedral de Riga (Rīgas Doms), la iglesia luterana más importante del país y sede del arzobispado de la ciudad.

Se comenzó a construir en el día de San Jacobo, en 1211 por el obispo Albert von Buxhoevden en un principio bajo el nombre de Santa María. Pronto se convirtió en una de las tres sedes del poder de Riga junto con el Castillo y el Ayuntamiento.

Ha pasado por varias reformas a lo largo de la historia, de ahí que presente una mezcla de diversos estilos como el románico tardío y el gótico temprano. También barroco, como el frontón oriental y el chapitel, que datan del siglo XVIII. En el XIX se añadió el pórtico y en el siglo pasado el vestíbulo art nouveau.

La Reforma acabó con gran parte de la decoración interior, por lo que se han perdido muchos detalles. En su interior destaca un célebre órgano construido en Alemania en 1884 y que cuenta con casi siete mil tubos de varios materiales (madera, estaño, plomo) y tamaños (oscilan entre los 13 milímetros y los 10 metros). En el momento de su construcción fue el más grande del mundo. Desde los inicios la catedral ha estado ligada a la música y, hoy en día, se celebran en ella conciertos durante todo el año.

La Plaza de la Catedral es uno de los puntos importantes de la ciudad. En ella desembocan hasta siete calles del centro histórico y en su entorno se encuentran varios edificios relevantes como hoteles, museos o la radio.

Bordeando la catedral se encuentra el Monumento a los acontecimientos que ocurrieron el 20 de enero de 1991.

También se localiza el Museo de Historia y Navegación de Riga (Rīgas vēstures un kuģniecības muzejs), el más antiguo de la ciudad. Fue fundado en 1773 y se encuentra en un antiguo edificio perteneciente a la catedral, aunque fue renovado en 1779.

En él se hace un recorrido por la vida marítima de Riga hasta la I Guerra Mundial. Por otro lado, también hay salas dedicadas a la historia de la ciudad desde la prehistoria hasta la independencia.

Nuestra siguiente parada fue la Plaza del Ayuntamiento (Rātslaukums), la más famosa de Riga y donde se han celebrado tanto mercados como fiestas y ejecuciones. En ella destacan varios edificios y monumentos importantes. Por supuesto, el Ayuntamiento, un edificio de tres plantas construido en 1334 que tiene una fachada neoclásica aunque oculta un edificio moderno. El campanario fue añadido en 1756.

Frente a él se encuentra el edificio más bonito de todo Riga sin lugar a dudas: la Casa de las Cabezas Negras (Melngalvju nams). Fue construida en 1334 en estilo gótico como sede de uno de los gremios de la ciudad, pero lo que vemos hoy en día es una reconstrucción de 1999, ya que fue destruida durante la II Guerra Mundial.

Se construyó como lugar de reuniones y festividades de diversas organizaciones públicas de la ciudad. Después, en el siglo XVII, pasó a manos de la Hermandad de los Cabezas Negras, una asociación integrada por comerciantes solteros locales y extranjeros, principalmente alemanes. Esta agrupación llevó a cabo algunas modificaciones a finales del siglo XVIII que le dieron el aspecto actual.

Su fachada escalonada está ricamente ornamentada. En su parte superior tiene un reloj astronómico de 1622 así como los emblemas hanseáticos de ciudades y gremios.

En la parte media destacan las cuatro figuras incorporadas en 1896 que representan a Neptuno, Mercurio, Unidad y Paz.

Anexo al edificio se levantó en 1891 la casa Schwab, que hoy alberga la Oficina de Turismo. Juntos forman un espectacular complejo. Todo un icono de Riga.

Las Cabezas Negras se disolvieron cuando Hitler pidió a los balto-alemanes que regresaran a territorio germano a principios de la II Guerra Mundial.

Presidiendo la plaza se encuentra la estatua de Roland, quien se apoya en el escudo de la ciudad.

Roland era un caballero de Carlomagno, y se erigía una estatua suya en cada ciudad perteneciente a la Liga Hanseática. Simbolizaba la paz, la justicia y la libertad. La estatua original del siglo XIV era de madera. Esta fue sustituida por una nueva de piedra en 1897, que, al igual que la plaza, quedó afectada en la II Guerra Mundial, por lo que se llevó a la Iglesia de San Pedro. En su lugar, se colocó una nueva en el 2001 cuando se llevaron a cabo las tareas de reconstrucción de todo el conjunto con motivo del 800 aniversario de Riga.

Durante años se consideró como el kilómetro 0 de Riga.

En esta plaza es donde se coloca el árbol de Navidad. Es un punto simbólico, ya que se cree que la tradición de decorar un árbol en fechas tan señaladas nació aquí. Al parecer, había un miembro de los Cabezas Negras allá por 1510 que había bebido más de la cuenta y se dedicó a adornar un árbol con flores. Otros compañeros le ayudaron y colocaron una vela en lo alto. A partir de ahí, surgió una nueva costumbre que se exportaría al resto del mundo.

En un lateral de la plaza destaca el monumento dedicado a 3 fusileros letones. Representa a los luchadores de tres guerras importantes para Letonia: la I Guerra Mundial, la Guerra de la Independencia y la Guerra Civil Rusa.

El monumento, de claro corte soviético que recuerda a las estatuas que vimos en el Museo de Arte Soviético de Sofía, se construyó en 1970.

Y en esa misma plaza, se encuentra el Museo de la Ocupación de Letonia. Contrasta su arquitectura con el resto de edificios que tiene en las proximidades, pero es que se construyó en el período soviético.

También se construyó para honrar a los fusileros letones, esa unidad del ejército ruso que nació en 1915 para defender a la patria de los alemanes. Sin embargo, desde 1993 recoge información de las diferentes invasiones que sufrió el país en el siglo XX por parte de nazis y soviéticos, homenajea a los fallecidos, perseguidos o deportados.

Aún nos quedaba Riga por ver, pero de momento paramos aquí.

Recorriendo Riga II – Vecrīga

Continuamos adentrándonos en el casco histórico desde la iglesia anglicana. Muy cerca se encuentran tres casas que son todo un símbolo de Riga: los tres hermanos (Trīs brāļi). Reciben este nombre porque la leyenda cuenta que fueron construidas por tres hombres de la misma familia. Se encuentran en los números 17, 19 y 21 de la calle Mazā Pils y aunque cada una de ellas pertenece a una época diferente, conforman el complejo residencial más antiguo de la ciudad. Recuerdan al pasado hanseático de Riga.

La primera en construirse es la del nº 17, que data de finales del siglo XV. Su fachada inclinada tiene detalles de estilos gótico y renacentista y aún conserva casi todos los elementos originales. Según los registros fue panadería a finales del siglo XVII, y se puede ver, de hecho, que junto a la puerta hay unas piedras decoradas con espigas de trigo.

La que ocupa el número 19 es la más bonita de las tres. Se construyó en 1646 en estilo manierista holandés, aunque fue reformada en el siglo XVIII. En su puerta destaca la inscripción de 1746 que reza “Soli Deo Gloria”.

La tercera casa, en el 21, es de finales del XVII. De estilo barroco y color verde, es la más estrecha de las tres. En su fachada se puede observar una máscara que se cree que protege el edificio del mal.

Los tres edificios están unidos en el interior, donde se encuentra la sede de la Inspección Estatal para la Protección del Patrimonio y el Museo Letón de Arquitectura (Latvijas Arhitektūras muzejs).

Frente a ellos se alza la Catedral de San Jacobo o Santiago (Sveta Jekoba katedrale), una catedral gótica que fue construida a principios del siglo XIII como lugar de culto para las aldeas próximas, pues quedaba fuera de la ciudad amurallada.

Nació como iglesia católica. Después, en el siglo XVI como consecuencia de la Reforma Protestante pasó a ser luterana. No obstante, volvería a ser católica con la Contrarreforma y de nuevo luterana desde 1621 hasta 1812. Con la llegada de Napoleón dejó de cumplir su función religiosa para convertirse en almacén de cocina. Ya en 1923 se recuperó como catedral católica.

Su torre es cuadrada y cuenta con la peculiaridad de que su campana no estaba en el chapitel, sino que colgaba por el exterior. Hoy ya no se ve, aunque sí el soporte del que se suspendía. Tañía para anunciar las ejecuciones, aunque las leyendas dicen que también sonaba cuando pasaban mujeres infieles bajo ella.

Seguimos hasta las antiguas murallas de la ciudad. Para llegar a ellas caminamos por la calle Troksnu, una de las callejuelas más bonitas de la ciudad. Quizá por eso había un grupito de chicas (que creímos que era una despedida de soltera) acompañadas por un fotógrafo. La supuesta novia posaba en diferentes posturas con un puñado de globos mientras las amigas la jaleaban y se ponían finas a cava.

En realidad poco queda en pie de las defensas que se levantaron en el siglo XIII, y lo que queda, se aprecia claramente que es una reconstrucción bastante reciente.

De las ocho puertas que había en la ciudad, tan solo se conserva una, la conocida como Puerta Sueca (Zviedru varti), que recibe este nombre porque se construyó bajo el dominio de los suecos en 1698.

Se localiza en la calle Torņa, en la planta baja del número 11. Según la leyenda fue abierta de forma ilegal por un rico comerciante para poder acceder a su almacén. Aunque es más probable que la realidad sea que se construyó para los soldados que se encontraban en los Barracones de San Jacobo. En la actualidad sirve como paso entre las calles Torņa y Aldaru. Se dice que da buena suerte a los recién casados, por lo que suelen incluirla en su recorrido por la ciudad.

Cruzando la puerta se llega a los Barracones de San Jacobo (Jēkaba kazarmas), levantados en el siglo XVII para dar cobijo a los soldados suecos. Hoy en día estos edificios amarillos albergan tiendas y restaurantes.

La Torņa iela nos conduce a la Torre de la Pólvora (Pulvertornis) es una de las 18 torres que formaban parte de las antiguas defensas. Sus cimientos datan del siglo XIV, pero el resto es una reconstrucción de 1650, después de que el ejército sueco la echara abajo en 1621. Se llamaba la Torre de la Arena hasta que en el siglo XVII se cambiara su función.

Hoy este polvorín cilíndrico de más de 25 metros de altura alberga, junto con el edificio anexo construido entre 1937 y 1940, el Museo de la Guerra de Letonia. Está dedicado a la independencia y a las diferentes guerras que han sacudido al país a lo largo de los siglos, como por ejemplo a la Guerra de la Liberación (1918-1920) frente a los soviéticos y alemanes, a la I Guerra Mundial, a la II Guerra Mundial en la que voluntarios letones sirvieron en las SS y a la ocupación soviética.

Muy cerca está el Bastejkalna parks, un parque que divide Riga en dos. Creado a mediados del siglo XIX, se asienta en el montículo de un bastión del siglo XVII. En él hay muchos pequeños puentes cargados de candados, mantos de flores y un montón de caminos y bancos para sentarse a observar el canal.

Además, hay varias piedras cortadas a la mitad que representan que la vida es muy corta y sus marcas rojas simbolizan lágrimas de sangre. Son monumentos en recuerdo de la noche del 20 de enero de 1991 cuando las tropas OMON (Escuadrón policial para Propósitos Especiales de la URSS) intentaron tomar los edificios gubernamentales.

En los disturbios murieron cuatro personas: Gvido Zvaigne y Andris Slapins (dos cámaras), Vladimir Gomanovič (político), Edijs Riekstiņš (estudiante) y Sergejs Kononenko (teniente coronel de la milicia).

En el centro del parque, en el camino que lleva al casco antiguo, se alza el Monumento a la Libertad (Brīvības piemineklis). Se trata de un monolito de más de 40 metros de altura en cuya base de granito destacan relieves y esculturas que hacen referencia al trabajo, la familia, la patria, la vida espiritual y héroes letones. Tiene grabado el lema Tevzemei un brivibai (Por la patria y la libertad). Lamentablemente nos lo encontramos cubierto por andamios y prácticamente no se veían estos detalles.

En lo alto se erige la estatua de Milda que simboliza la libertad, independencia y soberanía de Letonia. Esta figura femenina sostiene tres estrellas doradas una por cada región cultural del país: Kurzeme, Vidzeme y Latgale. En la época soviética sin embargo representaban a Estonia, Letonia y Lituania.

El monumento se construyó en 1935 en el lugar en que se encontraba una estatua de Pedro el Grande. Esta se había levantado en honor a los soldados fallecidos en la Guerra de la Independencia de Letonia a principios del siglo XX.

Dejando el parque a nuestras espaldas, un poco antes del cruce que nos conduce al casco histórico, vemos el reloj de Laima (Laimas pulkstenis). Se colocó en 1924 para que los ciudadanos de Riga llegaran en hora al trabajo. Con el tiempo se ha convertido en un punto de encuentro.

Este reloj amarillo y marrón recibe el nombre de Laima, la figura mitológica letona de la suerte y la felicidad, porque es la marca de chocolate que anuncia desde la década de los años 30.

Justo en la acera de enfrente, en el bajo de un hotel, hay una tienda de la famosa marca de chocolate.

Recorriendo Riga

Habíamos llegado a Riga ya de noche y muy cansados, por lo que no habíamos tenido posibilidad de dar un paseo de aproximación a la ciudad; nos lo íbamos a encontrar todo de golpe. Lo bueno de llegar tarde y con el agotamiento del vuelo, la espera y demás es que dormimos muy bien y estábamos descansados. Además, teníamos una temperatura agradable, inferior a 20º y nublado, por lo que esperábamos aprovechar el día al máximo. Eso sí, antes desayunamos en el buffet del hotel, que lo teníamos incluido con la reserva.

La oferta era variada y alternaba el desayuno comercial de cereales y bollería con uno más local. Por ejemplo, había quesos, requesón y pescado marinado (creo que era arenque). También había opción de elegir huevos, bacon, tostadas, embutido… En cualquier caso, había buen surtido.

Tras desayunar, recogimos nuestras cosas y bajamos a firmar la salida. Como íbamos a pasar todo el día recorriendo en la ciudad, les pedimos en recepción que nos guardaran las mochilas. Y ya preparados, comenzamos nuestra ruta por la capital letona.

Riga comenzó a destacar en la Edad Media como centro comercial vikingo. El río Dauvaga, que divide la ciudad en dos, era una ruta comercial que les llevaba hasta Bizancio. En un principio sus habitantes se dedicaban a la pesca, ganadería y comercio, pero más tarde, gracias a los intercambios entre pueblos se abrieron a la artesanía de hueso, madera, hierro y ámbar.

A mediados del siglo XII llegaron los alemanes y su intento de cristianizar la ciudad. Ante la resistencia, el Papa Inocencio III declaró una cruzada contra Letonia. En el año 1200, un sacerdote alemán, Albert von Buxhoevden, se estableció en la ciudad y también la sede del obispado. Asimismo, creó una orden militar, la Orden de Letonia, y dispuso que los comerciantes alemanes tenían que pasar por Riga para así favorecer su ocupación.

Riga acuñó su propia moneda en 1211 y en 1221 se firmó la independencia administrativa y se escribió una constitución. A finales del siglo XIII entró en la Liga Hanseática, lo que favoreció el desarrollo de la ciudad y que adquiriera más importancia aún como puerto comercial.

Con la caída de la influencia de la liga, muchos países pusieron los ojos en Riga y en 1581 quedó bajo la influencia de la Mancomunidad de Polonia y Lituania. Un siglo más tarde pasó a manos suecas y estuvo bajo su dominio hasta que en el siglo XVIII el zar Pedro el Grande la conquistó. Así se convirtió en la tercera ciudad más grande del Imperio Ruso por detrás de Moscú y San Petersburgo.

Tras la independencia de Letonia en 1918 el país miró hacia Europa Occidental y se abrió al comercio con Reino Unido y Alemania, sin embargo, durante la II Guerra Mundial volvió a ser territorio ruso. Entre 1941 y 1944 Riga estuvo ocupada por los nazis, hasta que el 13 de octubre la liberó el Ejército Rojo. Integrada en la URSS, pasó a ser la ciudad rusa más importante, solo por detrás de San Petersburgo. Este desarrollo favoreció la expansión hacia la periferia, pues había que buscar un espacio en el que alojar a los trabajadores.

Ya en el siglo XXI, con la entrada del país en la Unión Europea, la capital letona ha ido ganando cada vez más fuerza en el sector turístico. La llegada de aerolíneas de bajo coste y las paradas de los cruceros hacen que cada día visiten Riga miles de viajeros. Pero no solo concentra el turismo, sino que la capital genera el 50% del PIB de todo el país. Es en la Riga donde se encuentran casi todas las instituciones financieras y farmacéuticas de Letonia. También predominan los astilleros y la industria de productos manufacturados.

A pesar de la relevancia que ha tenido en su historia, es una ciudad relativamente pequeña. Así que se puede recorrer cómodamente a pie. Su centro histórico, Vecrïga, en el margen derecho del río, estuvo amurallado durante siglos y desde 1997 es Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO.

Pero antes de dirigirnos al centro, dimos un poco rodeo hasta el Parque Esplanäde, donde se erige la Catedral de la Natividad de Cristo (Kristus dzimšanas katedrāle). De un marcado estilo neobizantino tan típico en la arquitectura de las iglesias rusas, se construyó entre 1876 y 1884 para la creciente comunidad rusa de la ciudad y recibió un conjunto de doce campanas como regalo del zar Alejandro II. Se convirtió en uno de los edificios más importantes del momento.

Pasó a ser luterana en los años de ocupación alemana para después retomar el rito ortodoxo en 1921.

En la época soviética, entre 1964 y 1990 fue usado como salón de conferencias y planetario. Con la independencia de Letonia recuperó su carácter religioso, no obstante, se había perdido gran parte de la extensa decoración interior y aún se está recuperando.

En el interior destacan los frescos en las bóvedas de la nave principal, también el retrato del zar Nicolás II y su familia.

Es la iglesia ortodoxa más grande de la ciudad y cuenta con cinco cúpulas doradas que se pueden ver desde las proximidades asomando entre los edificios.

También en el parque se encuentran la Academia de Arte de Letonia (Latvijas Makslas Akademija) y el Museo Nacional de Arte (Latvijas Nacionalais makslas muzejs).

El edificio del museo data de principios del siglo XX y comenzó a albergar obras de arte en la década de los años 20. En él se exponen una amplia colección de pinturas bálticas desde el siglo XVIII hasta la mitad del XIX, así como arte letón desde mediados del siglo XIX hasta 1945. Además, cuenta con exposiciones temporales de arte contemporáneo.

La Academia de Arte de Letonia fue fundada en 1919 y ocupa un edificio de una gran belleza y riqueza de detalles quizá más propio de un ayuntamiento histórico. El estilo neogótico recuerda que Riga perteneció a la Liga Hanseática.

Continuamos hasta el Castillo (Rigas pils), aunque cuando estás frente a él no lo parece. Es la residencia del Presidente de la República y lo único que da muestras de ello son las garitas de los guardas en la fachada y la gran cantidad de banderas de la plaza de enfrente.

Sí que había un castillo en su día, el de la Orden Livonia, pero fue destruido por los habitantes de Riga durante la guerra que libraron contra la orden entre 1297 y 1330. Los ciudadanos tuvieron que levantar uno nuevo tras su derrota, pero sería de nuevo arrasado en 1484 cuando el maestre de la orden abandonó la ciudad debido a las presiones. No obstante, una nueva derrota llevo a una nueva construcción en 1515, cuya estructura se mantiene hasta la actualidad.

Además de ser la residencia oficial, también alberga dos museos: el Museo de Arte Extranjero (Ārzemju mākslas muzejs), que contiene réplicas de esculturas egipcias y griegas así como una colección de pintura; y el Museo de Historia de Letonia (Latvijas Nacionālais Vēstures muzejs) que recorre el pasado del país hasta la era soviética por medio de esculturas religiosas, trajes típicos regionales y artículos de consumo de la época de la primera independencia.

Dejando el castillo atrás, vemos cómo nos vamos adentrando en la parte histórica, las calles cambian y nos encontramos con callejuelas empedradas que parecen discurrir sin orden, algo tan característico de las ciudades que han estado amuralladas.

En un callejón vimos un pico y nos acercamos a ver qué era. Se trataba de la Iglesia Anglicana del Salvador (Anglikāņu Sv. Pestītāja baznīca), de estilo neogótico. A principios del siglo XIX había muchos comerciantes británicos asentados en lo que hoy es Letonia, en 1822 surgió una congregación y, gracias a sus aportaciones, entre 1857 y 1859 se levantó esta iglesia en el lugar en que se encontraba el Bastión de Pablo. Los ladrillos se trajeron desde Gran Bretaña, incluso en los cimientos se extendió una capa de tierra británica.

En la época soviética perdió su función religiosa y en 1973 se convirtió en sede del Club de Estudiantes del Instituto Politécnico de Riga. En este período fue renovada y pasó a ser un centro cultural en el que se celebraban conciertos y exhibiciones.

Tras la independencia de Letonia en 1991 una congregación de habla inglesa volvió a recuperar la iglesia como lugar de culto.

Estaba cerrada, por lo que la rodeamos para poder observarla desde todos los ángulos, y después continuamos adentrándonos hacia el casco histórico.

Vuelo y llegada a Riga

Por tercera vez en 2017 estábamos en Barajas. Y en esta ocasión no íbamos ligeros de equipaje, sino que teníamos que facturar, así que nos dirigimos al mostrador de Air Baltic. Mientras esperábamos en la cola, un chaval que llevaba un par de bolsas de deportes voluminosas dejó una de ellas apoyada en una columna para no tener que estar moviéndola continuamente. Sin embargo, pasó uno de seguridad y al ver un bulto “abandonado”, activó protocolo y llamó a la policía. El incidente no fue a más, porque cuando el chico vio que rodeaban la bolsa los dos de seguridad y los dos policías, se acercó. Lo aclararon en un momento, eso sí, el chico se llevó una amonestación por ello.

Según nos acercábamos al mostrador me di cuenta de que todo el mundo que llevábamos delante pesaba su equipaje y que nadie facturaba. Nosotros ya habíamos hecho el checkin online, por lo que tenía la tarjeta de embarque, y, al echarle un ojo, vi que no teníamos maleta incluida en el billete, solo bulto de mano y bolso personal que juntos no sumaran más de 9 Kg. Aquello me extrañó, ya que para la vuelta había pagado expresamente una maleta con Norwegian porque en su día vi que el de ida sí que incluía equipaje. Pero los nervios del momento me hicieron dudar. Sin embargo, la duda quedó resuelta al llegar nuestro turno. Al haber reservado por medio de la web de Iberia, y no con Air Baltic, el billete tenía otras condiciones.

Con todo aclarado y la maleta entregada, pasamos los controles y nos dirigimos a la puerta. Allí enseguida se formó la cola para el embarque, todo el mundo quería entrar cuanto antes para poder ubicar su equipaje en el maletero. Sin embargo, primero pasaron las personas con movilidad reducida, la gente con bebés y las familias con niños pequeños. Después llamaron a aquellos que llevaran bultos pequeños, como mochilas o bolsos. Así que aunque estábamos de los últimos en la cola, pudimos embarcar de los primeros. Eso sí, no nos sirvió de mucho, pues ya con todo el pasaje acomodado en el avión aún estaríamos una hora esperando a que nos dieran permiso para volar. Al parecer faltaba algún tipo de documentación de la aeronave.

Empezábamos mal las vacaciones, ya me veía presentando otra hoja de reclamación como con el viaje a Basilea. Por suerte, el resto del vuelo transcurrió con normalidad. Sin comida, claro, ya que se trata de una compañía de bajo coste.

El aeropuerto de Riga es bastante pequeño, lo cual está bien, porque así tampoco tuvimos que esperar mucho a que llegara nuestra mochila. Lo justo para intentar encontrar red en un par de ocasiones y mandar un mail a mi compañía al no obtener resultados satisfactorios. Esto del Roaming no era tan fácil como nos habían vendido.

Con nuestro equipaje al completo nos dirigimos a la oficina de información donde compramos los billetes del autobús número 22 de la compañía Rigas Satiksme. El ticket también se puede comprar en una máquina o al conductor, pero en este último caso es más caro. El bus sale cada 10-15 minutos y en apenas media hora llega al centro de la ciudad.

Ya era bastante tarde, así que nos dirigimos directamente al hotel. Habíamos reservado en el Opera Hotel & Spa y teníamos incluido el desayuno y una hora de spa. Eso sí, la habitación tenía dos camas en lugar de una.

Aunque la verdad es que nos daba igual, estábamos cansados y era tarde, por lo que nos dimos una ducha, comimos un bocadillo de tortilla francesa que llevábamos de casa y a dormir. Al día siguiente ya patearíamos Riga.