Viajar III (2014)

Tras un 2013 más o menos tranquilo, comenzamos enero de 2014 en Arnedillo, La Rioja, probando por primera vez un spa y tomándonos tiempo para nosotros mismos en la montaña alejados del mundanal ruido. Nos dejamos mimar con masajes y baños de barros además de disfrutar de las piscinas.

El pueblo es atravesado por el río Cidacos junto al que discurre una vía verde por el antiguo trazado del ferrocarril que unía Calahorra con Arnedillo. El hecho de que haya un balneario se debe a que la villa cuenta con aguas termales que llegan hasta los 52º. Además del balneario hay unas pozas públicas de acceso público.

En Arnedillo también se pueden encontrar un par de yacimientos donde se pueden observar huellas de dinosaurios.

Por lo demás, se trata de un municipio pequeño que se puede observar desde el mirador del buitre. En el norte hay un castillo del siglo X que se une al monte gracias a una muralla y en el centro del pueblo sobresale la torre de la Iglesia de San Servando y San Germán que data del siglo XVI.

De todas formas, aunque nos acercamos una tarde a Calahorra, lo cierto es que hicimos poco turismo. Algún paseo por la vía verde, por el pueblo, una subida al mirador y en general descansar. Y es que las aguas termales y su bromuro te dejan grogui.

Ya en junio, aprovechando el puente justo en el solsticio de verano, viajamos a Londres, a ver a mi hermano. Fue una época muy buena, ya que es cuando más horas de luz hay, por lo que, aunque eran pocos días, pudimos aprovecharlos al máximo con 12 horas pateando las calles y parques.

No pudo faltar un fish and chips, un típico brunch, la subida a la London Eye o el cambio de guardia de Buckingham.

Y como ya os comenté, acabamos en Oxford también. Una ciudad universitaria que se encuentra a 80 km de Londres que cuenta con una arquitectura muy interesante.

Destacan sus colleges, iglesias, pero también su centro histórico con calles en las que conviven lo moderno y lo antiguo. Es una ciudad muy accesible a pie, así que merece la pena echar el día y dejarse atrapar por su ambiente universitario.

Apenas unas semanas más tarde nos fuimos de vacaciones. Tras hacer un crucero en 2008 y otro en 2011, nos tocaba repetir en 2014 siguiendo el patrón de trienios y viajamos a Capitales Bálticas, donde descubrimos también lugares interesantes.

Comenzamos en Tallín, capital de Estonia, país que pertenece a la zona Euro desde 2011. Hasta 1990 formó parte de la URSS y desde su independencia se ha modernizado bastante y está a la vanguardia en tecnología.

Sin embargo, esta modernidad contrasta con el aspecto medieval de la ciudad con sus murallas, castillo y torreones. Es un laberinto de callejuelas, plazas, iglesias y edificaciones. La ciudad está dividida en tres partes: Ciudad Antigua (donde vivían los ciudadanos), Toompea ( ciudad noble) y Ciudad Moderna.

Estuvimos un par de días en San Petersburgo, descubriendo una ciudad por primera vez con guía, pero nos pareció la mejor opción. Fuimos un poco a matacaballo y la experiencia de ir en un bus con 50 personas no es algo que queramos repetir, pero San Petersburgo nos gustó. Era lo más diferente que habíamos visto hasta la fecha. Los lugareños no fueron tan agradables, todo hay que decirlo.

San Petersburgo está llena de historia, sobre todo de los zares y en particular de Pedro, el Grande, el fundador de la ciudad en 1703. A Pedro no le gustaba Moscú, así que fundó una nueva capital más próxima a Europa, que fuera más abierta, más moderna. Había vivido en el extranjero y viajado, y quería abrir el país. Qué mejor forma que hacerlo dando salida al mar, y para ello se lió la manta a la cabeza y se lanzó a la guerra contra los suecos. La ubicación geográfica de la ciudad hizo que se la llamara como “La ventana a Europa” y se construyó de manera artificial, no es una ciudad que creciera y ganara importancia, sino que se creó para ser capital. También se la llama la “Venecia del norte” por los canales, pero lo cierto es que Pedro tenía en mente Ámsterdam tras haber vivido en los Países Bajos.

Se ve la influencia francesa en los palacios, a imagen de Versalles.

Palacio de Peterhof

Palacio de Catalina en Pushkin

Y esta arquitectura contrasta con la Iglesia del Salvador sobre la sangre derramada.

En Helsinki encontramos una ciudad sobria, con su punto nórdico, pero también con su herencia rusa. Tiene una mezcla interesante con edificios correspondientes a diferentes movimientos históricos. Contrasta el estilo clásico de la Catedral con el vanguardista de la Iglesia de Temppeliaukio. Y para moderno, Sibelius.

Catedral y estatua del zar Alejandro I

Iglesia de Temppeliaukio

Catedral Ortodoxa de Uspenski

Interior Catedral Ortodoxa de Uspenski

Monumento a Sibelius

Continuamos en Estocolmo, una ciudad que me dejó con ganas de más.  Como no llegamos al puerto de Estocolmo, sino que tuvimos una hora de tren, no pudimos aprovechar el día todo lo que nos hubiera gustado y tiene tanto por ver que me hubiera gustado poder pasear más tranquilamente y por más barrios. Quizá deberíamos haber obviado entrar al Skansen, pero fue muy interesante descubrir la cultura y civilización suecas. Supongo que siempre hay tiempo para volver a la ciudad.

Skansen

Vistas desde el Skansen

Vistas desde el Skansen

Estocolmo

Plaza Stortoget

Y tras un día de descanso y navegación volvimos a Alemania. Visitamos Wismar, Lübeck y Schwerin, tres ciudades pintorescas, pequeñas, pero con mucho encanto.

Wismar es una ciudad hanseática que pertenece al estado federado de Mecklemburgo-Pomerania Occidental. En 1632 pasó a formar parte de la corona sueca en la Guerra de los treinta años. Y posteriormente, en 1675 fue conquistada por los daneses, hasta cinco años después que volvieron a recuperarla los suecos. Pero en el siglo XVIII suecos y daneses siguieron con su toma y daca hasta que finalmente en 1803 en el Tratado de Malmö, Suecia le cedió la ciudad al Gran Ducado de Meclemburgo-Schwerin. Hasta un siglo más tarde no formaría parte del Imperio Alemán. Fue bombardeada doce veces durante la Segunda Guerra Mundial y así lo muestran edificios de la ciudad como las iglesias de San Jorge y Santa María. Tras la guerra quedó en la parte comunista. Sin embargo, tras la reunificación, la ciudad volvió a potenciar sus ideas hanseáticas y el centro de la ciudad fue declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 2002. Básicamente el recorrido turístico se concentra en ese casco histórico, en la ciudad vieja, con su gran Plaza del Mercado, una de las más grandes de Europa.

Plaza del Mercado

La recorrimos a primera hora y estaban las calles desiertas, lo cual nos permitió descubrir tranquilamente sus calles y edificios de colores y cada cual de un estilo diferente a los que tiene a su alrededor. Es una ciudad con mucho encanto, con esas construcciones tan típicas alemanas, con casitas de colores, con rasgos góticos. Se ve en un rato, en un tranquilo paseo por sus calles adoquinadas.

Calles de Wismar

Lübeck es sin duda la que más me gustó de las tres. Tiene muchísimo encanto con su toque medieval. También es una ciudad hanseática que durante la Edad Media fue la ciudad más importante de todo el Báltico. Fue la capital de la Liga durante siglos. Su casco histórico también fue declarado Patrimonio de la Humanidad de la UNESCO y está delimitado por siete torres. El pasear por su centro es como volver a la Edad Media, con esos edificios de ladrillo rojo. Tiene una herencia arquitectónica muy característica. Sufrió en la Segunda Guerra Mundial, pero al ser centro logístico de la Cruz Roja fue algo más respetada y se vio afectada una quinta parte de la ciudad. Aunque fue la primera en ser bombardeada, quizá porque la ciudad no dejó a Hitler en el 32 hacer campaña y el bigotes le cogió tirria. Posteriormente fue reconstruida. También formó parte de la Alemania del Este.

Holstentor

Schiffergesellschaft

Burgtor

Merece la pena perderse y descubrir ese punto peculiar de la ciudad. Me encantó pasear por Lübeck, observar los edificios, disfrutar de las zonas peatonales y descubrir recónditos lugares.

La última de las tres ciudades, Schwerin, destaca por sus masas de agua. La ciudad se halla en un emplazamiento privilegiado entre siete lagos y destaca su castillo que parece sacado de un cuento de Disney. En su día fue la residencia de los Duques y Grandes Duques de Mecklemburgo-Pomerania hoy en día es la sede del Parlamento. Para mí es demasiado, mucho oro y mucho adorno, lo comparan con el Neu Schweinstein, pero el de Füssen es mucho más bonito. Aparte de un parque alrededor y las calles del centro no nos entretuvimos mucho más. No contábamos con mucho tiempo, y tampoco era la más destacable.

Castillo

Para finalizar el crucero terminamos en Malmö, Suecia de nuevo. No contábamos con mucho tiempo y era pronto, por lo que, al igual que en Wismar, no había mucho movimiento. El centro queda recogido, es ideal para recorrer a pie. Destaca la catedral del siglo XII y con el tradicional estilo de ladrillo rojo, del estilo de las de Lübeck y Stororget, la plaza sobre la que se desarrolla la ciudad. Preside la plaza el ayuntamiento y la residencia del gobernador. En el centro de la misma se levanta una estatua ecuestre de Carlos X Gustavo, quien conquistó la región de Escania a los daneses.

Petrikyrkam

Stororget

Hacia las afueras hay un parque y la zona moderna, el Västra Hammen. Sobresale el Turning Torso, el principal rascacielos de la ciudad de 190 metros de altura y 54 pisos diseñado por Calatrava. Son 9 cubos y su rotación desde la base hasta la cúspide es de 90º. En la zona también se encuentra la fortaleza.

Västra Hammen

En agosto huimos a Asturias de camping, algo que nos apasiona y que cada vez hacemos menos. Tal y como habíamos empezado el año, la intención era desconectar, quizá acercarnos a pueblos cercanos a dar un paseo o perdernos por alguna cala para pasear por la playa.

Coincidió que mi hermano subió con unos amigos y aprovechamos para hacer todos juntos el descenso del Sella, acercarnos a Cangas de Onís y saborear unas sidrinas.

En 2014, con poco planeado, al final nos salió muy variado: un spa, una visita relámpago a Londres, un crucero por el Báltico y unos días de camping en Asturias. No está nada mal.

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Crucero Capitales Bálticas. Conclusiones

Y acabó el crucero, yo creo que de los tres que hemos hecho, este es el que más agota. El Rondó Veneciano tiene escalas matutinas, y quitando Atenas, el resto de paradas son recogidas. En los Fiordos también se anda, Oslo y Copenhague son días de paliza, y la subida al Glaciar tiene su exigencia, pero es cierto que al ser una mezcla de ciudad y naturaleza, se lleva de otra forma. Este crucero al ser todo de ciudad es un no parar día tras día. El día de Tallín es quizá el más relajado, y quizá Malmö si no haces excursión a Copenhague, claro. La visita a San Petersburgo es extenuante, supongo que sobre todo por el hecho de ser guiada.

Es quizá la única pega que le pongo, el no poder tener la movilidad de visitar todo por libre y tener que contratar excursión en San Petersburgo. Aunque hay que reconocer que no habría visitado ni la mitad de los sitios a los que nos llevaron. Así que, tal vez no fue tan mala elección.

Como ya comenté, me hubiera gustado hacer escala en Riga en lugar de Wismar, pero bueno, al final tampoco se nos dio mal el día y me gustaron mucho las 3 ciudades que visitamos. Hay que buscar el lado positivo.

Si nos centramos en la experiencia en el barco, he de decir que he notado cierto bajón con respecto a la última vez con Pullmantur. Sí que es cierto que ha mejorado el embarque y desembarque, puesto que te olvidas del todo de las maletas. Tampoco hay queja en la atención de la tripulación, tanto de la chica de limpieza del camarote como de los camareros en los restaurantes. Donde quizá vi esa diferencia fue en la variedad de comidas y en detalles como tener botellas de agua gratuitas en todo momento. No nos engañemos, sé que Pullmantur es de las navieras más baratas, y había opciones para comer y no repetir, pero quizá había poca rotación. Eso sí, las opciones presentadas estaban ricas. La animación también me resultó algo pobre, la de Iberocruceros tenía más repertorio y era algo más innovadora, como por ejemplo con el patinaje sobre hielo. Si el espectáculo no te convecía podías ir a las discotecas, pero la noche que estuvimos estaba vacía y nuestro grupo (entre 30-35 años) era el más joven. La media de edad del crucero era más baja que en los Fiordos, quizá rondaba los 49-45. Y había incluso familias con críos en etapa preadolescente.

No tengo nada que añadir en cuanto a la elección de camarote o turno de comida. Seguimos el patrón anterior y volveríamos a elegir lo mismo. No necesitamos ventana y el orden cena y después espectáculo parece la más lógica.

Finalmente, si hablamos de presupuesto, en julio y con el camarote sencillo que elegimos nosotros, puede salir por unos 1000-1200€, depende de la previsión en la reserva, si consigues algún tipo de oferta en semana del crucero o similar. Es algo más caro que los del Mediterráneo, y un poco más barato que el de los Fiordos. Aparte de eso, no hay mucho más gasto al ser Todo Incluido. La excursión a San Petersburgo nos salió por 125€ por persona los dos días e incluía las comidas. El barco te cara unos 72€ por persona en concepto de tasas de servicio. Así pues, un total de unos 1300-1400€ en total, que si le sumas algún que otro souvenir o recuerdo, entradas o transporte en las escalas, o si compras en el duty free del barco, se puede ir a unos 1600-1700€. Sólo en Rusia y Suecia no tienen el Euro, y ya os comenté que en San Petersburgo nos llevaron a una tienda que aceptaban nuestra moneda, y en Suecia no hay problema por pagar con tarjeta.

Es un crucero que merece la pena, pero para mí sigue estando por encima el de los Fiordos, sin lugar a duda. ¡Ay, Noruega! He descubierto que Pullmantur hace con el Buque Empress un recorrido por el norte del país (Círculo Polar, Laponia) que se llama Sol de Medianoche. ¿Será el próximo?

Sol de medianoche

Crucero Capitales Bálticas. Etapa II: San Petersburgo II

Tras el ajetreo del primer día, salimos este con el mismo sistema del anterior, aunque el control de pasaportes fue algo más rápido. Mientras que el primer día nos quedamos en San Petersburgo, este hicimos excursiones a las afueras. Nos llevaron en autobús y durante el recorrido vimos la Rusia profunda, la Rusia soviet, con esos edificios típicos, con los trolebuses y los carteles en cirílico.

San Petersburgo

San Petersburgo

San Petersburgo

Nuestra primera parada fue el Palacio de Peterhof, un conjunto de palacio y parque a unos 29 km de San Petersburgo. Toma este nombre tan alemán de la ciudad donde se encuentra (llamado antiguamente Petrodvoréts). El conjunto de palacio y parque forman parte del Patrimonio de la Humanidad.

Palacio de Peterhof

Consta de un Palacio Grande de estilo barroco y un gran parque lleno de jardines y fuentes con estaturas doradas, cómo no, al más puro estilo ruso.

Palacio de Peterhof

Palacio de Peterhof

Fue la residencia de los zares hasta 1917, a partir de ahí, se convirtió en museo. En la Segunda Guerra Mundial llegaron los alemanes y lo invadieron, pero afortunadamente, antes de su asedio se pudieron salvar cuadros, objetos de decoración y estatuas que se llevaron a Siberia (vete allí a por ello). Tras la marcha de los amigos de Hitler, se comenzó a restaurar el Palacio.

Palacio de Peterhof

La zona ajardinada se divide en dos parques, el Superior, con cinco fuentes, y el Inferior que tiene más de 100 hectáreas.

Jardines Peterhof

Fuentes del Peterhof

Al parecer lo llaman el Versalles ruso. Está bien el encuadre bucólico y verde, con las fuentes, los caminos, pabellones y demás, pero me quedo con La Granja. A mí este estilo tan saturado de decoración y de oros me supera. Y es que en general, no soy mucho de palacios, al menos por dentro, el Palacio Real de Madrid por fuera me parece un edificio emblemático.

Fuentes Peterhof

Por cierto, que por la zona del palacio hay dos personajes disfrazados de los zares, para que te hagas la foto y mueras al acercarte, porque no quiero ni pensar cómo huelen debajo de esos trajes.

Cuando salimos del Palacio, eran las 2 y nos llevaron a comer. De nuevo el mismo menú que el día anterior: sopa (aunque esta con una salsa blanca agria que había que mezclar), la ensaladilla y el crep. Lo único que varió fue el filete ruso empanado que nos lo sustituyeron por ternera en salsa con patata. No soy nada amiga de la ternera, pero he de reconocer que con la salsa estaba muy rica.

Comida

Tras reponer fuerzas y echarnos la siesta por el camino, nos llevaron al Palacio de Catalina en Pushkin. Recibe este nombre porque Pedro el Grande se lo regaló a su mujer. Después su hija Isabel la Gastona se encargó de remodelarlo y dejarlo al estilo ruso. Vamos, recargado a más no poder dejándose la herencia paterna en el camino. De ahí su apodo.

Palacio de Catalina en Pushkin

El edificio, con los típicos colores del barroco ruso: azul, blanco y dorado, es diferente a lo que tenemos por este lado de Europa. Sí, hay grandes salas, butacones tapizados, cuadros, decoración… pero es todo más. Más recargado, más decorado, con más cuadros, con más detalles…

Palacio de Catalina en Pushkin

Palacio de Catalina en Pushkin

Palacio de Catalina en Pushkin

Sala Peterhof

Palacio de Catalina en Pushkin

Palacio de Catalina en Pushkin

Palacio de Catalina en Pushkin

Palacio de Catalina en Pushkin

Palacio de Catalina en Pushkin

Palacio de Catalina en Pushkin

La joya del Palacio es la Sala de Ámbar, la única en la que no se pueden hacer fotos. El nombre lo dice todo. No es que tenga adornos en ámbar, es que las paredes están recubiertas de trozos de ámbar por todos lados. Y donde no lo hay, pintaron la pared de un color similar y pusieron espejos. Una saturación. Fue un regalo de Wilhelm I de Prusia a Pedro el Grande, ya que el zar lo había alabado (yo creo que Guillermo estaba deseando deshacerse de ella). En un principio la pusieron en el Palacio de Invierno, en el Hermitage, pero Isabel la Gastona se la llevó a Pushkin para recargar más el palacio. La que se puede visitar hoy en día está restaurada, ya que los alemanes hicieron de las suyas y se llevaron los paneles.

Palacio de Catalina en Pushkin

También se pueden encontrar trajes y objetos que pertenecieron a los zares

Vestimenta zares

Esta visita se me hizo algo cansina, no sé si por la acumulación de estilo ruso, por el tiempo en el bus, por el cansancio acumulado, o por el tiempo que estuvimos esperando antes de entrar. Supongo que también influyeron los 30º que teníamos allá por el 14 de julio. Por cierto, antes de entrar, te tienes que poner unas calzas para proteger el suelo del palacio.

Para finalizar el tour y el día, nos llevaron de vuelta a San Petersburgo para ver la Fortaleza de Pedro y Pablo y la catedral del mismo nombre. Cuando Pedro el Grande escogió una de las pequeñas islas del delta del Neva para construir la nueva ciudad, comenzó con esta fortaleza para protegerse de los ataques por el Báltico. Hoy en día la zona de la fortaleza sirve de playa para los rusitos, que se van a tomar el sol y ponerse morenos. Según nos contó nuestra guía, hay zonas en donde te encuentras nudistas, de hecho, vimos a un señor en tanga sin ningún tipo de pudor. Debe ser que tienen tan pocos días de sol que intentan aprovecharlos al máximo.

La catedral es mucho más sencilla, al menos por fuera. Me sorprendió, e incluso me pareció insulsa y todo.

San Petersburgo

San Petersburgo

San Petersburgo

Para finalizar, nos llevaron de vuelta al barco pues zarpábamos a las 20 horas rumbo a Finlandia.

En algún momento de la excursión, no sé si fue el primer día o el segundo, nos llevaron de compras a una megatienda. Deben tener algún tipo de acuerdo y los guías llevan sus excursiones allí y se llevarán comisión. Allí nos dejaron como una hora de libre disposición para comprar souvenirs, degustar vodka y pasar por el baño. Entre los recuerdos típicos de Rusia no pueden fallar el vodka, el caviar (aunque en el barco no podíamos subir comida), las matrioscas – que puedes encontrarlas sin decorar para que las pintes, o decoradas con mejor o peor gusto-

matrioscas

joyas de ámbar

joyas de ámbar

y los famosos huevos de Fabergé.

huevos de Fabergé

Yo no conocía la historia de estos huevos, pero los vimos por todos lados. Al parecer es un tipo de joya que creó el señor Fabergé para los zares de Rusia y desde entonces se consideran una gran obra maestra de la joyería. A mí me parece que reflejan ese estilo ruso de decoración en demasía. La historia es como la del huevo Kinder. Alejandro III encargó un huevo de Pascua para su esposa, la emperatriz María. A partir de ese día, cada año por la misma fecha, encargaba un huevo para la zarina con la condición de que fuera único y que tuviera una sorpresa. Le faltaba lo de que fuera comestible para que cumpliera con los tres deseos del dulce.

Por cierto, que no he comentado nada del cambio de moneda. Y es que la excursión tenía precio en Euros, y con nuestra moneda pagamos. Como te llevan, te traen, sacan las entradas y demás, no gastas nada. Lo único, los recuerdos, y en la tienda aceptaban Euros, Dólares y Rublos. Quizá el cambio esté un poco redondeado, pero si sólo vas a comprar cuatro recuerdos, como nosotros, no compensa llevar rublos. Y si no, siempre puedes pagar con tarjeta.

Próxima parada: Helsinki.

Crucero Capitales Bálticas. Etapa II: San Petersburgo

Ir de turista a Rusia no es tan fácil como a otros destinos de los que os he hablado. Como españoles necesitamos un visado que cuesta como unos 70€ por persona y no es tan fácil de conseguir. Tiene que figurar dónde vas a hacer noche. Y dado que íbamos a dormir en un barco, no parecía factible recorrer San Petersburgo por nuestra cuenta. Por no hablar del idioma, la grafía… Así que me dediqué a investigar por internet, en foros y demás para ver qué opciones teníamos y al final la más sencilla era contratar excursión. Hay dos opciones: la del barco, o la de una empresa de allí, que fue lo que elegimos nosotros. Hay varias empresas, pero el recorrido y el precio es prácticamente el mismo. Unos 250€ por dos días. Eso sí, la de Pullmantur costaba el doble.

Son dos días bastante completos, la verdad. Visita a museos, palacios, iglesias, comida, recorrido nocturno… Nosotros elegimos la compañía I Love Travel PB. Ellos se encargan de todo. Tramitan el tema del visado y te recogen en el puerto tras pasar el control de pasaportes. Vaya momentazo. Mira que dicen de EEUU, pero no me he sentido tan incómoda como en San Petersburgo mientras me miraban el pasaporte y me repasaban de arriba a abajo. Los funcionarios en cuestión no te hablan. Saben que no vas a entender ruso y generalmente no hablan otro idioma. Pero es que les dices un Hello y ni te miran, que parece que te estén perdonando la vida. Son un poco siesos los rusitos. Sólo hay que tener en cuenta una cosa: llevar el pasaporte y la hoja que te manda la empresa de la excursión con tu hora de salida.

Tras comprobar los datos, te meten en el pasaporte una hojita con tus datos básicos en cirílico, te sellan, y puedes pisar oficialmente tierra rusa. Al volver a cruzar de vuelta al barco, se quedan con el papel ruso.

El segundo día lo mismo: pasaporte, y la hoja de la excursión.

Una vez pasado el control, salimos afuera y seguimos las indicaciones del señor con el cartel de la compañía que nos mandó a nuestro bus aparcado fuera. Nos tocó una guía muy maja, Natalya. Hablaba muy bien español y muy rápido, que mira que yo me embalo, pero lo de esta chica era alucinante. Y también se iba moviendo cual colibrí enseñándonos cada lugar. Pero sin duda, lo mejor era ese toque irónico que tenía, la forma de comentarnos las cosas, de explicar la historia de la ciudad, de hablarnos de los “rusitos” como los llamaba ella. Aunque no somos de ir en excursiones organizadas, sin duda, a ella le daría muy buena nota. Lo de los compañeros de viaje… mejor lo dejamos aparte.

La verdad es que teníamos la llegada prevista a las 10, pero salimos con retraso de Tallín por el último vuelo. Así pues, zarpamos casi una hora tarde, y llegamos a San Petersburgo a las 11. Como primero bajan los de las excursiones de la naviera, hasta por lo menos las 12 no estábamos fuera y montados en el bus. Lo primero es tomárselo con calma y no estresarse, porque si no, acabas por tirarte por la borda.

San Petersburgo es la segunda ciudad en importancia de Rusia. Está llena de historia, sobre todo de los zares y en particular de Pedro, el Grande, el fundador de la ciudad en 1703. A Pedro no le gustaba Moscú, así que fundó una nueva capital más próxima a Europa, que fuera más abierta, más moderna. Había vivido en el extranjero y viajado, y quería abrir el país. Qué mejor forma que hacerlo dando salida al mar, y para ello se lió la manta a la cabeza y se lanzó a la guerra contra los suecos. La ubicación geográfica de la ciudad hizo que se la llamara como “La ventana a Europa” y se construyó de manera artificial, no es una ciudad que creciera y ganara importancia, sino que se creó para ser capital. También se la llama la “Venecia del norte” por los canales, pero lo cierto es que Pedro tenía en mente Ámsterdam tras haber vivido en los Países Bajos.

La residencia de Pedro fue el Palacio de Invierno, un palacio enorme, con una fachada barroca de un color verde pastel. Se encuentra en la Plaza del Palacio, muy original, sí, y hoy en día se ha convertido en el Museo del Hermitage.

Entrada Hermitage

Uno de los imprescindibles en la ciudad y que fue nuestra primera parada. Es enorme, cuenta con más de 3 millones de obras de arte de todo tipo. Es inmenso, y ya en su entrada te quedas anonadado de la ostentación de los rusos.

Las paredes, el techo, los suelos, las ventanas… todo está lleno de detalles, de ornamentación, de decoración. Es una saturación para los sentidos.

En la Sala de Pabellones cobra importancia el reloj” Pavo Real”. Se trata de una obra inglesa del siglo XVIII. Cuando el reloj da las horas, el pavo real instalado en un roble, abre su opulenta cola y da la vuelta mostrándola.

En la Sala de San Jorge o Sala Grande del Trono hay que reconocer el detallismo de la maquetería, puesto que el dibujo del techo reproduce el del suelo o viceversa. Y también, por supuesto, el trono y el escudo del águila bicéfala. Presente también en más salas.

Es impresionante la sala de Escudos, en la que emplearon 13 Kg de oro.

Realmente cada sala tiene algo peculiar, pero el suelo está muy bien mantenido en todo el museo.

En el Hermitage Viejo se encuentran las obras de los maestros del renacimiento italiano.Y destacan dos cuadros de Da Vinci: La Madona Benois y la Madona Litta.

En las salas grandes del Hermitage Nuevo podemos encontrar enormes jarrones o vasijas de malaquita y lapislázuli, descubrimos exposiciones de pintura italiana y española con cuadros de El Greco, Murillo, Goya o Velázquez, como El Almuerzo.

Hay cinco salas con obras de Rubens, desde las más tempranas hasta las últimas, de Van Dyck, de los impresionistas y post-impresionistas franceses, de Monet, Cezanne, Van Gogh, Picasso… Es imposible verlo todo, pero es imprescindible detenerse ante El regreso del hijo pródigo de Rembrandt.

Se dice que si una persona dedicara solo un minuto a contemplar cada pieza expuesta del museo y pasara en el Hermitage , siguiendo el horario del museo, 7 horas diarias 6 días a la semana sin ninguna parada ni para comer, necesitaría mas de cinco años  para verlas todas. Nosotros lo recorrimos a estilo Natalya en un par de horas, un poco a lo japonés: llegas a una sala, miras cuadros, foto, foto, foto y siguiente sala.

Tras visitar el museo, nos llevaron a comer. Hubo gente que se quejó bastante por la comida, pero a mí me pareció aceptable, y eso que soy de estómago delicado. El “restaurante” quizá era un tanto tétrico, con espejos en el techo de los baños, pero la comida estaba rica.

De primero sopa de remolacha. Muy rica, y eso que no soy mucho de sopas de colores raros. De segundo ensaladilla rusa. Es similar a la nuestra, pero tenía un toque a pepinillo y especias que le daba un punto. De tercero puré de patata con filete ruso, pero el empanado era diferente al que hacemos nosotros. Y de postre una crepe con chocolate blanco y sirope de fresa.

Yo vi el menú bastante completo, la verdad. Al principio nos pusieron agua con gas, que es lo que te encuentras normalmente más arriba de los Pirineos, pero la gente se quejó bastante y nos pusieron agua del grifo. Yo soy previsora y llevaba una botellita de agua del barco, por aquello de que te vas a pasar el día fuera y no sabes qué te vas a encontrar. Pero aún así, no me parece tan grave como para montar la que montaron. Pero en fin, es lo malo de viajar en grupo con gente que no conoces, que llegas a sentir vergüenza ajena. La verdad es que no sé qué comerán en sus casas, pero me parece fuera de lugar quejarse por dicho menú o porque los rusos beban agua con gas o no coman con pan. Prefiero fijarme en la cantidad, calidad y limpieza del establecimiento. Pero bueno…

Con el estómago lleno, algunos más que otros, nos llevaron a la Iglesia del Salvador sobre la sangre derramada.

Tiene este nombre tan peculiar porque fue construida sobre el lugar donde el zar Alejandro II fue asesinado en 1881. Dentro de la iglesia se puede observar la parte de la calzada donde ocurrió.

Pero además, tiene historia, pues durante la II Guerra Mundial una bomba cayó encima de la cúpula más alta pero no explotó y se encontró 19 años después cuando los obreros subieron a reparar unas goteras. La iglesia por fuera es muy bonita y colorida, con esas cúpulas de cebolla tan típicas de la arquitectura rusa.

Por dentro… me quedo sin palabras para describirlo. Es ruso. Ostentación, decoración, horror vacui. No hay un hueco, hay pinturas por todas las paredes, por no hablar del oro (que no es dorado, no, es oro de verdad). Me llamó la atención por lo recargada que es, por todos los detalles, pero salí abrumada, como del Hermitage. Estos rusos no escatiman en decoración, está claro. Y yo soy más estilo noruego, minimalista.

 

Continuamos nuestra visita entrando al metro. ¿Al metro? Sí, eso pensé yo cuando lo vi en la ruta que me mandaron por correo de la agencia. Resulta que el metro de San Petersburgo es el más profundo del mundo con una media de 6m. Con escaleras y escaleras. Es toda una obra de ingeniería, puesto que han tenido que evitar los ríos, entre ellos el Neva, el más caudaloso de Europa con una profundidad de casi 25m. El suburbano es un museo en sí. Tiene esculturas y mosaicos con historia.

Merece la pena disfrutar también de los recibidores y andenes. Eso sí, los vagones son soviet, soviet, aún duran desde la época de Lenin, y están bastante bien conservados. Hay algunos del metro de Madrid que se conservan peor.

Para entrar hay que pasar unos tornos, pero no se pica el billete, ni va por tarjeta de contacto, sino que tienes que introducir unas monedas de cobre. Muy peculiar la experiencia en sí.

Para finalizar la tarde, hicimos un crucero por el río. Una perspectiva diferente de los edificios y los puentes. El bus nos recogió junto a la Catedral de San Isaac. No tan impresionante como la Sangre derramada, pero con una cúpula revestida de 100kg de oro puro.

Volvimos a cenar al barco y nos volvieron a recoger a las 23 horas para ver el espectáculo de los puentes levadizos.

San Petersburgo tiene más de 300 puentes sobre el Neva y el Moika, de ellos, 20 son levadizos. En la época en que el río Neva es navegable, sobre la 1 de la madrugada, los puentes se levantan y no vuelven a bajar hasta el día siguiente. Algo a tener en cuenta si no quieres quedarte atrapado en el lado equivocado de la ciudad.

En las dos horas previas, hicimos un recorrido panorámico y volvimos a la Iglesia sobre la sangre derramada

o la Plaza del Palacio. Una pena no tener una cámara adecuada para fotos nocturnas.

Un día completito y aún así nos quedaba un segundo para seguir descubriendo la ciudad rusa. Volvimos al barco a descansar, porque entre tanto cambio horario y el trajín del día, estábamos rendidos.

Crucero Capitales Bálticas

Pues sí, este año tocó de nuevo crucero. En 2008 fue el Rondó Veneciano y en 2011 Fiordos Noruegos, así que parecía haber un patrón de 3 años que hemos decidido no romper. Y el destino estaba muy claro, nos encanta Europa, nos gusta seguir descubriendo países, y en verano buscamos el buen tiempo, lo que para nosotros viene siendo una temperatura entre los 25 y 30º como mucho.

Así pues, con el destino claro, hacia finales de 2013 comenzamos a mirar catálogos de cruceros para ver qué nos ofrecían las diferentes compañías. Y cuando todo parecía apuntar a Iberocruceros con el ya conocido Gran Mistral por las escalas que tenía (Tallín, Riga, San Petersburgo, Helsinki, Estocolmo y Copenhague, creo recordar), salió el nuevo catálogo de la temporada 2014 y ¡SORPRESA! el buque no se encontraba en la flota de la naviera. Así que de nuevo a revisar el resto de las compañías, comparar las escalas, mirar detenidamente si había algún cambio, comparar fechas y volver a decidir.

Al final la decisión no fue muy complicada, no teníamos muchas opciones, y quitando Pullmantur, el resto de navieras se nos iban de presupuesto o algo fallaba en las escalas. Por lo que volvimos a los orígenes.

Ya os conté aquí los pasos que recomiendo tener en cuenta a la hora de contratar este tipo de viajes, así que no me voy a enrollar mucho más:

1. Teníamos destino,

2. Elegimos compañía,

3. Nos decantamos por el itinerario que finalizaba en Malmö. Esta decisión era quizá la más clara. Esta escala tenía el atractivo de Copenhague a tiro de piedra, pero para nosotros no lo era, puesto que ya la habíamos visto (en medio del naufragio, pero la teníamos reciente). Así que la dejamos como punto final por si no dispusiéramos de muchas horas. Al menos nos quedaría Malmö.

itinerarioSi la hubiéramos tomado como partida, habríamos tenido más tiempo, pero, por contra, correríamos el riesgo de no ver la última, Tallín.

4. Descartamos agosto y queríamos la salida en junio, pero estaba completa, así pues, tuvimos que posponerlo a julio.

5. Lo demás va rodado. Mismo criterio de camarote, TI, primer turno de comida.

6. Preparativos. En este crucero teníamos una peculiaridad que no nos habíamos encontrado con anterioridad: el visado. Habíamos tenido que cambiar moneda en los Fiordos, pero al haber tratado Schengen, con el pasaporte te mueves sin problema, no necesitas contratar excursión para moverte. Sin embargo, Rusia es otro mundo.

Me informé sobre la posibilidad de recorrer San Petersburgo a nuestro aire, pero no es nada sencillo, ni sale económico. Necesitas un visado, pero no es como EEUU que para obtener el ESTA rellenas un formulario en internet, pagas unos $14 y listo. No, para Rusia tienes que pagar unos 70€ y acreditar un lugar de estancia durante tu visita. Algo complicado cuando vas a alojarte en un barco, que no tiene domicilio físico tradicional.

Así pues, a seguir buscando información y todo nos llevaba a descartar la opción por libre. Por lo que nos quedaba centrarnos en contratar una excursión, bien entre las que oferta Pullmantur, bien entre compañías externas. En ambos casos ellos se encargan del visado, no tienes que hacer nada más que pagar el importe de la excursión, te mandan unos pases que enseñas en el control al subir y bajar del barco y listo. Pero esto ya os lo contaré en la escala de San Petersburgo.

Por supuesto, imprescindible el llevar un seguro médico, pues cuando estás en Europa puedes usar la tarjeta sanitaria europea, pero claro, si es fuera de Europa… mejor no arriesgarse.

Si estáis pensando en un crucero para el próximo año, os animo a estar atentos a las próximas entradas.