Japón por libre XXIX: Día 15. Tokio: Yoyogi, Shinjuku y Akihabara

Y llegamos al domingo. Aprovechamos para dormir y no madrugar tanto, y llegamos a nuestro punto de partida a las 11 de la mañana. Tomamos la Yamanote hasta Harajuku. ¿Había dicho que en Tokio había gente, no? Pues uno no es consciente hasta que no llega un domingo a las 11 de la mañana a Harajuku con el resto de jóvenes domingueros. La estación tenía los tornos abiertos y habían puesto unos tornos móviles en distintas partes del vestíbulo para evitar aglomeraciones. Daba igual, los pasos eran como de cofrades llevando el Cristo. Eso sí, nadie estresado.

Una vez fuera de la estación, siguiendo a la marabunta, llegamos hasta la entrada del Parque Yoyogi. Es uno de los mayores parques de la ciudad. Fue el lugar del primer vuelo a motor de Japón, después se convirtió en terreno de desfiles militares y tras la Segunda Guerra Mundial fue un área residencial para personal militar estadounidense. En las Olimpiadas de 1964 fue parte de la Villa Olímpica.

Hoy en día es un parque de recreo, por eso estaba tan lleno de domingueros que van a hacer un picnic aprovechando la primavera. También es lugar de encuentro de los rockabillies, lolitas y otras tribus urbanas. Y no pueden faltar músicos o gente que practica diversas disciplinas deportivas.

Al lado del parque encontramos el Santuario Meiji Jingu. Nada más entrar en la zona arbolada nos da la bienvenida un torii gigante.

Y más adelante, siguiendo con el sendero, encontramos barriles de sake.

Continuando el recorrido, de nuevo otro torii que, ya sí, nos lleva a la zona en que se encuentran los edificios principales.

El santuario fue construido en 1920, para la consagración fueron donados unos 100.000 árboles que hoy forman el tranquilo bosque. Posteriormente tuvo que ser reconstruido en 1958, tras quedar dañado, cómo no, con los bombardeos de la guerra.

Abre con la salida del sol y cierra con el ocaso. Su entrada es gratuita y entre las 12 y las 14 los domingos suele haber bodas tradicionales, de hecho, nos encontramos con una.

En este caso no vimos a los novios solos con los fotógrafos como en Kioto o Himeji, aquí pudimos asistir al la entrada y salida de los novios.

La ceremonia comienza con una pequeña comitiva encabezada dos sacerdotes, dos “monaguillos”, los novios (seguidos por el de la sombrilla) y finalmente los familiares más cercanos. Todos ellos se dirigen hacia el templo donde el sacerdote lleva a cabo la unión, y de nuevo vuelven a salir muy solemnemente en fila. Nada de arroz, de tirar pétalos, de ¡Vivan los novios! o ¡Que se besen! que estamos en Japón.

La verdad es que fue todo muy rápido. Los vimos entrar, comenzamos a pasear por el recinto para ver los edificios que componen el santuario, y en cuestión de 10 minutos estaban de nuevo desfilando.

Después, se dirigieron a la parte trasera donde les tenían preparadas unas sillas para la foto de familia. Un entorno muy bucólico con el bosque detrás.

También vimos a familias con bebés. Los llevaban mujeres atados a su cuerpo con una especie de pañuelo. Estaban haciendo unas ceremonias equivalentes a bautizos. Eso sí, por lo que vimos, los asistentes eran los padres y las dos abuelas.

Aunque el recinto donde se encuentran los diferentes edificios estaba atestado de gente, y más por la boda, lo cierto es que se podía pasear tranquilamente por los senderos.

Y tras el paseo, salimos del parque y cruzamos hacia Takeshita Dori, que la habíamos visto el día que volvimos de Nikko, pero que verla de día un domingo es sobrecogedor. Bueno, que si te tropiezas no te caes, porque ahí no hay ni un hueco para estamparse. Por compararlo con algo: Cortylandia en Navidades cinco minutos antes del espectáculo. Si sois de Madrid, seguro que os hacéis una idea. Si no, pues lo más gráfico es el paso procesión.

Es una calle en bajada dedicada al fenómeno fan y tribus urbanas. Es donde surgen las tendencias de la ciudad. También hay un Daiso, una tienda de varias plantas con objetos diversos a 100Y (más la tasa). Tienen menaje, juegos, recuerdos, objetos de decoración… Es como un todo a 100 chino, pero en japonés. ¿La diferencia? Todo está ordenado, limpio y destaca el colorido. Hay que tener cuidado con las compras compulsivas y la cantidad de chorradas que puedes acabar comprando.

Tras la parada para cotillear el Daiso, nos dirigimos a la calle Omotesando. Hay quien la compara con los Campos Elíseos de París. Como no tengo el gusto, no sabría que decir. Es una gran avenida llena de tiendas, cafeterías y restaurantes. Había ambiente, supongo que al ser domingo, la gente salía a comer fuera después del paseo.

También te encuentras con personajes curiosos que llevan una cabeza de animal… O lo que sea

Volvimos de nuevo a la estación de Harajuku donde nos encontramos con este personaje amenizando la espera del semáforo. Nunca sabes cuándo te van a sorprender estos japoneses.

Tomamos de nuevo la Yamanote y nos bajamos en Shinjuku para visitar el Shinjuku Gyoen. Fue construido como jardín para la Casa Imperial en 1906 y fue abierto al público en 1949. Tiene casi unas 60 hectáreas de superficie y en él conviven jardines de estilo francés, británico y japonés. Además, el parque cuenta con un invernadero, una galería de arte y un restaurante. Es todo un oasis en la ciudad.

Podemos acceder a él desde diferentes entradas: la puerta Shinjuku, la puerta Okido y la puerta Sendagaya. Abre de 9 a 16:30 y su acceso cuesta 200Y.

No se puede entrar con bebidas alcohólicas. Eso sí, la gente se montaba unos picnics de nivel a lo largo de todo el recinto. Llevan sus rafias, su comida y se pasan las horas muertas observando los árboles florecer. En serio, el Hanami les da muy fuerte. Es todo un acontecimiento.

Hay árboles muy curiosos a lo largo del recorrido, como por ejemplo estos que tienen las raíces que suben para arriba en vez de enterrarse más y más.

Es una visita interesante, incluso si no eres muy aficionado a la botánica.

El jardín japonés se caracteriza por sus estanques, montículos, puentes de piedra e islas.

El jardín inglés destaca por grandes explanadas de césped. El espacio ideal para hacer picnics y disfrutar del Hanami. En el recinto hay unos 1.500 cerezos, así que es un buen lugar para contemplarlos.

Y por su parte el jardín francés sigue más el estilo de rosaledas y parterres.

Se puso a llover, así que nos fuimos a Akihabara, que lo que hay que ver es todo interior.

La zona surgió tras la Segunda Guerra Mundial como un mercado negro de componentes de radio y otros repuestos eléctricos. Poco a poco se fue perfilando como el barrio electrónico, pero va más allá. Hoy en día puedes encontrar todo tipo de accesorios, de gadgets, sí, pero también manga, anime, videojuegos o incluso souvenirs. Ya que hay algunas tiendas Duty Free.

También abundan los Maid Café, esos restaurantes en los que te sirve una mujer vestida de sirvienta. A mí todo esto de los disfraces, las mujeres que juegan a ser niñas, la cosificación de la mujer en general que tienen en Japón, me toca un poco (por no decir bastante) la moral. No concibo cómo ellas mismas se caracterizan como muñequitas, cómo ponen esas voces y se comportan como crías.

Hay un punto extraño en cómo los japoneses tratan la sexualidad en general. No el sexo en sí como acto, sino que parece que no saben relacionarse entre sexos, quizá por esa cosificación de los dibujos, de los manga, de las películas… Viven tan en su mundo paralelo del que son tan fanáticos a muerte, que luego en las relaciones sociales que requieren de más interacción que una compra-venta o un saludo tienen limitaciones. Pero bueno, esto daría para una disertación muy amplia.

Hablaba de Akihabara, o Akiba, como se lo conoce popularmente, el barrio en el que tienes una gran variedad de tiendas y que cada una es en sí un mundo. Plantas y plantas. Entrar en una tienda de merchandising o figuritas es la muerte. Sabes cuándo entras, pero no cuándo sales. Me supera el horror vacui, no sé dónde mirar. Y como encima desconozco los personajes, no sé qué miro. Me parece muy complicado comprar en estas tiendas de tantos objetos como tienen. Como no vayas a lo concreto, te puedes dispersar. De hecho, solo pasar a echar un ojo ya te puede llevar una hora.

Nosotros fuimos sin ninguna intención. Vaya, estaba lloviendo, qué mejor que ir a un sitio resguardado. Así que, entrábamos en una tienda, salíamos a la hora, volvíamos a entrar en una 3 metros más allá porque nos llamaba la atención un letrero o un escaparate. Y aprovechamos para ir mirando souvenirs para ver qué nos traímos a casa. Aunque no mucho, que no teníamos mucho espacio en la maleta.

Se pueden comprar muchas cosas, pero ojo con la electrónica. Hay que recordar que en Japón tienen otro tipo de enchufe y voltaje, por lo que no nos sirven aquí, salvo con adaptador. Si te compras un ordenador… tienes el problema del teclado. Bueno, y en general, el problema del idioma… Las cámaras de fotos pueden parecer una buena opción, pero ojo con las garantías, los idiomas y la configuración. Y de hecho, no vi realmente precios que merecieran la pena. Más o menos como en España. Supongo que si queremos cambiar de cámara, habrá que volver a EEUU y visitar a los judíos de BH, con un buen cambio de $-€, claro.

Es un barrio que si no apasiona mucho este mundo manga o electrónico, puedes pasar un rato, paseando, echando un ojo, pero con todo lo que hay que hacer y ver en Tokio, no le dedicaría más de una mañana o una tarde.

Nosotros con esto dimos por finiquitado el día, que el lunes había que madrugar.

Japón por libre XXVII: Día 13. Tokio: Ikebukuro y Shinjuku

Llegamos al decimotercer día de viaje. Y tocaba quedarse en Tokio para captar algo de la esencia de esta gran metrópolis. Tal y como estaba planteado, comenzamos por Ikebukuro, un gran distrito comercial y de entretenimiento.

La verdad es que la zona a nivel turístico no tiene mucho misterio, pero sí como toma de contacto, para alucinar un poco con el nivel de frikismo y las tiendas.

Eso sí, nos cruzamos con unos escolares que iban de excursión. Muy organizados ellos, claro.

Nada más salir de la estación (enooooooooorme en sí) ya nos encontramos con enormes telas publicitarias, con grandes almacenes Seibu y Tobu, con Sunshine 60 o la cadena Bic Camera, que está en todos sitios. De hecho, la propia estación es un centro comercial, con plantas superiores e inferiores, laberintos de tiendas entre los que te puedes perder.

Lo más “interesante” de la zona está por la salida este. Anduvimos un rato por la zona, entramos en alguna tienda, observamos con curiosidad los locales de pachinckos y nos adentramos en el universo de los recreativos.

Está todo por plantas, para que te dirijas a la que más te atraiga. Incluso encontramos una planta en la que si eres hombre, no puedes entrar solo. Es todo rosa y está plagado de máquinas en las que te haces una foto y te pruebas modelitos… muy raro todo.

Sin palabras. Te puedes pasar las horas muertas perdido entre máquinas. Me sentí un poco como en Las Vegas, en un espacio cerrado, enmoquetado, con aire acondicionado, en el que pierdes la noción del tiempo. Era pronto y no estaba plagado de gente, pero ya había muchos jóvenes dándole caña a las máquinas. De todo tipo: tiros, peleas, estrategia, tipo magic, incluso había unos chavales jugando al FIFA (o al Pro) con la Selección Española. Pero el momento alucine fue cuando vi a la chica de los guantes. Qué reflejos, qué dominio…

Pero lo que triunfa a pie de calle es este juego: el tsum tsum. Más que el candy crash, de hecho en el metro iban como locos jugando al móvil. En silencio, claro.

No nos entretuvimos mucho en la zona, porque sabíamos que en Akihabara ya tendríamos frikismo para dar y tomar, así que continuamos nuestro recorrido hacia Shinjuku (cogiendo de nuevo la Yamanote, que no está muy cerca un punto de otro).

La estación de Shinjuku es la mayor en tránsito de todo el mundo, así que, hay que ir con cuidado de no perderse. Los japoneses van con prisa, recorriendo los pasillos centrados en su destino y se cruzan unos con otros sin chocarse. Has de seguir las rutas para no darte de bruces con nadie o dejarte llevar por la marabunta y acabar en la otra punta.

Para no variar, la estación en sí ya es centro comercial, alberga un montón de tiendas, cafés y restaurantes. Y por supuesto, en los aledaños hay más tiendas y centros comerciales.

Y si dentro es un caos, fuera más, porque además, nos encontramos con los famosos pasos de peatones japoneses en los que puedes ir hacia todos los lados de la intersección.

Me declaro muy fan de estos cruces. Al principio es un poco caos, porque, al igual que en la estación, debes saber cuál es tu camino, visualizarlo, situarte y no desorientarte, no pararte e intentar no chocar con los que vienen en sentido contrario (o de cualquier otro). Pero, una vez que tienes esto controlado, es un ahorro de tiempo increíble. Si es que lo tienen todo pensado. ¿Para qué hacer un cruce en L y que tengas que esperar dos turnos de semáforo? Están a otro nivel. No me canso de repetirlo.

Y tras recorrer los alrededores de la estación, nos dirigimos a la parte oeste, donde está el distrito de los rascacielos de Tokio. La mayoría son oficinas, aunque también hay hoteles.

Y destaca el Ayuntamiento, o Tocho, como lo llaman coloquialmente, cuyos miradores están abiertos al público de forma gratuita.

Es un edificio que cuenta con dos torres gemelas de 243 metros. Cada una de ellas cuenta con un mirador en la planta 45 a 202 metros. La vista es prácticamente igual desde ambas, aunque no tienen el mismo horario, ya que la torre norte abre desde las 9:30 hasta las 23:00 y la sur sólo hasta las de 17:30. Abren solo de lunes a viernes.

Merece la pena subir, y como es gratis, se puede subir todas las veces que quieras. Eso sí, al ser un edificio gubernamental, hay que pasar control de metales y hay unos guardias que te piden que abras bolsos y mochilas. Aunque he de decir que no son muy minuciosos, echan un ojo y ya está.

En el vestíbulo del edificio hay una oficina de información y turismo y en los miradores hay tiendas de recuerdos. Incluso hay zonas para comer. En la torre norte hay un bar para por la noche disfrutar de las vistas.

Se pueden divisar los edificios aledaños, la torre de Tokio y el Skytree. Pero, además, si te pilla un buen día, puedes alcanzar a ver a lo lejos el Fuji.

Puede costar verlo, porque está muy a lo lejos, y además, nevado. Pero en el mirador tienes indicaciones de qué se supone que estás viendo en cada parte, así que con el zoom de la cámara se puede encontrar. Eso sí, aunque las vistas son espectaculares, para las fotrografías creo que no es un buen lugar, ya que la iluminación interior hace que se vea bastante el reflejo (como habéis podido apreciar).

Bajamos del Ayuntamiento y nos fuimos en busca de comida. Ya se nos había hecho algo tarde, y no nos entretuvimos mucho en buscar un sitio, vimos un McDonald’s en la zona y allá que entramos.

Encima del mostrador, como en todos los de la cadena, tienen expuestos los menús, pero claro, todo en japonés. Pero muy amable, una empleada nos llamó a lo lejos y nos sacó una carta plastificada con el menú en inglés para que supiéramos qué elegir. Y nos decantamos por un menú de hamburguesa de pescado y una Loco Moco. ¿Qué? Sí, teníamos curiosidad por saber qué llevaba. Pues bien, aquí está:

Era edición limitada, y es una hamburguesa con huevo. Y es que esta gente come mucho huevo, o eso, o a mí me dio la sensación. No podía faltar en los bento o en las bandejas de sushi. Si hasta los vendían cocidos en los 7Eleven y Family Marts…

Eso sí, la anécdota de la comida fue el refresco. A mí no me sienta bien el gas, así que suelo pedir refresco de té. Bien, pues nos sentamos, soltamos la bandeja, foto de rigor y “ay, qué sed”, lingotazo al té y mi cara fue un poema. Amargo, amargo, amargo. Pero ¿esto qué es? Porque era Lipton Ice, vamos, que no era marca rara. Casi planteándome ir a pedir una botella de agua, nos fijamos en que en la bandeja tenía dos recipientes cerrados similares a cuando te dan el aliño de las ensaladas. Uno de ellos era limón líquido, y otro una especie de sirope pegajoso. Pues bien, al parecer, en Japón, la sal y el azúcar te lo sirven aparte para que tú te lo añadas al gusto. Así que, avisados quedáis. Ah, y no te ponen ketchup (pero esto ya me lo he encontrado en Europa, que has de pagarlo aparte).

Este McDonald’s, al ser grande, tenía el estilo del resto del mundo, es decir, mesas para dos, para cuatro… Pero vimos otros en los que había barras y taburetes y la gente se sentaba sola frente a la pared a engullir. Modo japonés, muy solitario todo. Eso sí, lo que no podía faltar era una siesta.

Aquí la amiga, durante toda nuestra comida, se apoyó en la pared y descansó un poco. Con el móvil y sus enseres personales encima de la mesa tan tranquilamente.

En fin, dejamos la hamburguesería y nos dirigimos a la estación para coger de nuevo la Yamanote y bajarnos en Shin-Okubo, o lo que es lo mismo, Koreatown.

Lo cierto es que no nos entretuvimos mucho, apenas paseamos por la calle principal, que es básicamente en lo que consiste el barrio coreano, con sus tiendas, sus restaurantes y mercados; nos comimos un helado, compré un par de botes (o más) de crema de la tienda Skin79, que aquí es difícil encontrar (es coreana) y nos volvimos a la estación porque teníamos una mancha en la lente de la cámara y queríamos limpiarla.

Así que, volvimos a Shinjuku y pasamos a la famosa tienda Bic Camera. Tenemos una cámara compacta y no es la primera vez que se ensucia. Las veces anteriores mi Mcgyver marido consiguió desmontarla y limpiarla en casa con un destornillador, unas pinzas de depilar y un pañito de limpiar las gafas. El problema es que no teníamos destornilladores en la maleta, así que la intención era comprar unos, o, en su defecto, un set de limpieza de objetivos, que incluyen una especie de pera para soplar. No encontramos lo que buscábamos y le pregunté a uno de los empleados. Le enseñé la cámara, le señalé el tornillo y le expliqué que necesitaba un destornillador para limpiar por dentro. Me miró raro, se fue a preguntar a un compañero, me volvió a mirar, se quedó desorientado y finalmente me dijo “It’s broken” y me negaba con la cabeza. Creímos entender que lo que nos quería decir es que si la abríamos, la romperíamos. Así que, intentamos otra opción.

Buscamos por la zona por si encontrábamos algún Tokyu Hands o similar donde comprar unos destornilladores. Y de paso, vimos la zona de noche, que cambia totalmente con los neones. Mucho más apabullante. Ahí seguían los pasos de peatones, las mismas calles, pero yo era incapaz de asociarlo con lo conocido.

Al final acabamos en Don Quijote, una tienda con lo menos 10 plantas en la que puedes encontrar de todo. Y cuando digo de todo, es de todo. Desde supermercado con comida hasta cosas de casa, pasando por ropa, recuerdos, figuras, y por supuesto, destornilladores.

Ya que estábamos por la zona, aunque no entraba dentro del plan del día, aprovechamos para volver a subir al Ayuntamiento y ver si variaba mucho la vista nocturna.

De bajada me hice una foto en la estatua con la palabra LOVE a los pies del edificio I-Land Tower. Hay otra en Nueva York, pero estaba bajo unos andamios cuando estuvimos en 2011.

Después paseamos por Kabukicho, el barrio rojo. Recibe este nombre por un teatro de kabuki. Hoy en día tiene la fama de barrio peligroso, pero no nos lo pareció. Es una zona llena de tiendas de electrónica, pachinkos, restaurantes, hoteles del amor y locales dedicados al sexo.

También recorrimos el distrito de Golden Gai, que es la zona de ocio nocturno dentro de Kabuchiko. Surgió tras la guerra. Son callejones con locales estrechos que iban llenándose con los trabajadores de la zona que acababan la jornada laboral. Apenas serían las 7 u 8 de la tarde y ya había algunos con una tajada importante.

Nosotros compramos la cena y nos dirigimos al hotel, que llevábamos todo el día en pie y había cansancio. Como el que tenía esta chica, la pobre.

Soy incapaz de dormir así. Aunque he de reconocerles que es mucho más práctico que como se ve aquí en el transporte público a diario, que vamos dando cabezazos y con la boca abierta. De esta manera no quedas en evidencia.