Viajar V (2016)

No todos los años se puede seguir el ritmo del 2015 cuando visitamos Japón, Viena, Praga, Budapest, Bratislava y Estambul. En 2016 tan solo hicimos dos viajes. Por un lado un Road Trip por Escocia a finales de julio – principios de agosto, y ya en diciembre una escapada a Atenas y Sofía. Que tampoco se puede decir que sea poco.

Normalmente intentamos hacer una escapada en el primer semestre del año para desconectar antes de las vacaciones de verano, pero tocó reforma en casa, así que aprovechamos la primavera para poner algo de orden, que falta hacía después de un año con el suelo levantado, un agujero en el techo y las paredes llenas de chorretones de por donde había caído el agua.

Así que, nuestro primer viaje de 2016 fue a tierras escocesas, un país al que le teníamos ganas. Después de varios viajes en los que han predominado las ciudades, ya tocaba volver al verde.

Esto no quiere decir que no visitásemos ciudades, ya que partimos y terminamos en Edimburgo y también pasamos por Glasgow o Aberdeen, pero no eran nuestra prioridad. Había mucho que descubrir. En un par de semanas no nos daba tiempo a ver todo, ni muchísimo menos, pero intentamos conseguir la experiencia escocesa combinando kilométricas playas, escarpadas montañas, frondosos bosques, desiertos páramos, ciudades llenas de historia, castillos llenos de encanto, e incluso una visita a una destilería.

Este Road Trip por Escocia ha sido toda una experiencia. Ya sospechaba que me iba a gustar el país si se parecía una mínima parte a lo que ya había imaginado. Pero es que la realidad superó a las expectativas con creces. Escocia es un país espectacular que concentra una gran variedad de atracciones.

Sin duda me quedo con Edimburgo, una ciudad construida sobre su historia que cautiva al visitante al primer golpe de vista. En ella se respira su alma gótica con sus edificios antiguos, cementerios lúgubres, closes estrechos y las calles empedradas y húmedas. Es el contraste de la intacta Old Town en la que predominan las callejuelas vertiginosas y sus estrechos callejones medievales donde aún se sienten las estrecheces de la vida intramuros; frente a la elegancia del ensanche de la Ciudad Nueva en la que se suceden casas georgianas, jardines bien cuidados y una organización de las calles y plazas muy cuadriculada. Tiene dos almas.

Y aunque su castillo es una de las joyas del país, si tuviera que elegir uno de todos los que visitamos, me quedaría con el de Stirling. Es una parte importante de la herencia escocesa y está lleno de historia. Por un lado porque fue testigo de las diferentes batallas que tuvieron lugar en su colina. Además, fue protagonista de la Primera Guerra de Independencia de Escocia, que se inició con la invasión de las tropas de Eduardo I. Cuando los ingleses se hicieron con la Piedra del Destino y se la llevaron a la Abadía de Westminster, se inició una revuelta popular escocesa comandada por William Wallace. La última batalla que vivió fue la defensa ante el ataque jacobita en 1746. Por otro lado, el castillo fue el lugar en el que se han coronado muchos reyes y reinas de Escocia, entre ellos María I de Escocia en 1542. Además, algunos de los reyes escoceses, como James III, nacieron en el castillo.

No estoy quitándole importancia al de Edimburgo, que además guarda las Joyas de la Corona. Y estéticamente incluso es más uniforme. Pero el de Stirling es mucho más didáctico, más fácil de imaginar cómo era la vida en sus diferentes estancias gracias a las recreaciones o los actores que por allí se pasean. El conjunto hace que sea una visita muy atractiva, lúdica y didáctica.

Si tuviera que escoger uno de los que quedan solo las ruinas dudaría entre el de Saint Andrews y el de Dunnottar. Ambos se encuentran colgados sobre el mar, aunque quizás el de Stonehaven impresione más por tener un acceso tan complicado.  Es un castillo emblemático por su enclave impresionante que es para enmarcar, además de por ser clave en uno de los momentos más importantes de la historia de Escocia. Esta situación estratégica y defensiva le sirvió a William Wallace durante la lucha escocesa por la independencia en el año 1300 para atraer a una tropa inglesa y después quemarla viva en una capilla. También se escondieron aquí las Joyas de la Corona escocesa en el siglo XVII por ser considerada la fortaleza más segura del reino.

En cuanto a las playas tendría también mis dudas. No sabría decidirme entre la de Balnakeil Bay y la de Dornoch. Balnakeil tiene algo más de personalidad con la Durness Old Church al fondo, aunque la de Dornoch es más larga e impresiona más.

Seguramente me habría gustado también la Secret Beach que nos recomendó Sarah, pero nos equivocamos de sitio. Sin embargo, las vistas desde lo alto del acantilado eran también dignas de ver y no fue una pérdida de tiempo.

Pero para acantilados los de John O’Groats, desde donde se pueden divisar a lo lejos las famosas Stacks, esas formaciones rocosas de 64 metros de altura resultado de la erosión provocada por el azote del mar y el viento.

Y por supuesto, si de formaciones rocosas hablamos, no podemos olvidarnos del Old Man of Storr, que, sin duda, fue mi parada favorita de todo el viaje. Para esta caminata de 4 kilómetros cuesta arriba es imprescindible un buen calzado, algo de comida y bebida por si tuviéramos algún bajón. Sí, es exigente, hay que prestar atención al terreno por donde vamos pisando y ponerle ganas y ánimos, pero al llegar arriba todo se queda ensombrecido por las vistas. No son unas rocas sin más, por algo es uno de los paisajes más fotografiados del país. Y me recordó el porqué de querer recuperar los viajes en que nos perdíamos en la montaña.

Fueron apenas dos semanas, pero exprimimos al máximo los días para sacar lo mejor de Escocia. Sin duda, junto con Noruega, uno de mis países favoritos hasta la fecha.

A finales de año hicimos una escapada a Sofía con una breve escala en Atenas que nos permitió revisitar la capital helena, la cuna de nuestra civilización. Habíamos estado en 2008 como punto de partida de nuestro primer crucero, y la habíamos pateado en visión exprés. Sí, ya sé que una escala de 24 horas no es precisamente relajada, pero nuestra vez anterior salimos a las 4 de la tarde del barco tras el procedimiento de registro y creo que teníamos que volver a las 8 para zarpar. Así que apenas nos dio para mucho. Y aún así conseguimos subir a la Acrópolis, callejear por Monastiraki, Plaka, asistir al cambio de hora en Sintagma y llegar hasta el Templo de Zeus Olímpico.

Así que, con estos antecedentes, 24 horas era muchísimo tiempo incluso contando con lo pronto que anochecía. Y además tuvimos la suerte de que no nos lloviera. Hacía frío y hubo que abrigarse bien, pero en seco.

Como se ve en el mapa subimos hasta el Acrópolis, después continuamos por el Ágora Romana, el Antiguo Ágora y el Cerámico; callejeamos por los barrios de Psirrí, Monastiraki y Plaka; visitamos la Catedral y pasamos por la Plaza Sintagma; seguimos paseando Ermou hasta llegar al Arco de Adriano y el Templo de Zeus Olímpico y para finalizar la mañana pasamos por el Estadio Olímpico, el Zappio y los Jardines Nacionales. Por la tarde subimos al Monte Licabeto para ver atardecer.

No nos habría dado tiempo a cumplir con todo el recorrido si hubiéramos entrado en todos los conjuntos arquitectónicos. Por ese motivo filtramos y visitamos los que nos parecían imprescindibles como la Acrópolis o el Antiguo Ágora con el Templo de Hefesto, la Stoa y las ruinas. Sin embargo, obviamos otros porque lo poco que se conserva en pie se ve desde fuera, como el Cerámico, la Biblioteca de Adriano, el Templo de Zeus o el Ágora Romana.

En la segunda etapa de este viaje, y motivo principal en realidad, visitamos Sofía. Descubrimos un poco de Bulgaria, un país desconocido hasta la fecha para nosotros. Y aunque su capital no es la ciudad más maravillosa del mundo, tiene una historia que se remonta hasta el siglo VIII a.C. Además, tuvimos la oportunidad de hacer una excursión a la cercana Plovdiv, que conserva un casco histórico colorido y singular.

Bandera

Sofía, en pleno centro de los Balcanes, es la capital de Bulgaria y también la ciudad más grande y poblada del país. Su localización la convierte en un lugar estratégico, ya que se encuentra en un cruce de caminos que conecta la Europa Occidental con Oriente Medio. El hecho de que Bulgaria haya sido un territorio conquistado por varios pueblos, hace que tenga una amplia riqueza cultural. Aunque Sofía se encuentra en un proceso continuo de transformación hacia la globalización, se conserva gran parte de su patrimonio cultural, arquitectónico e histórico. El más claro ejemplo es Serdika, donde en una manzana encontramos una mezquita, una sinagoga y una iglesia. Además de unas ruinas tracias y romanas.

Este pasado multicultural ha dejado joyas arquitectónicas en la ciudad como la Iglesia Redonda de San Jorge, la Catedral de Sveta Nedelya, la Iglesia Rusa, el Teatro Nacional Ivan Vazov y por supuesto la Catedral de Alejandro Nevski. Cada una de ellas totalmente diferente a la anterior en su diseño.

Estos majestuosos y ornamentados edificios contrastan con las construcciones comunistas de hormigón y cemento pensadas para su funcionalidad y no para destacar por su diseño. También de esta época son las infraestructuras, las grandes avenidas y arterias que cruzan la ciudad y los transportes. Aunque está en proceso de remodelación con la entrada en la Unión Europea y se nota que ha llegado la apertura capitalista con la llegada de franquicias y multinacionales.

Sin embargo, aunque queden vestigios de la época comunista, para acercarse más aún a esta época de la historia de Bulgaria podemos visitar el Museo de Arte Socialista, donde se han reunido esculturas y pinturas que fueron retiradas tras la caída del Régimen.

Sofía no es una de las capitales europeas más sorprendentes, no está al nivel de Praga, Budapest, Viena, Berlín, París, Madrid… pero también tiene su historia. Si Atenas se podía concentrar en 24 horas porque la parte histórica estaba bien delimitada, lo de Sofía es mucho más sencillo aún. Está todo bastante cerca, a un paseo tranquilo y si te cansas siempre puedes tomar un medio de transporte o hacer una parada en el mercado central y saborear una cerveza local o aprovechar para comprar comida local.

En este caso estructuramos la visita en varios días, concentrando la parte histórica en el día más largo y dejando para el último lo más alejado antes de marcharnos:

Y entre medias, hicimos una excursión a Plovdiv, a dos horas de Sofía. Es la segunda ciudad más grande de Bulgaria y en una época en la que no existía Atenas, Roma ni Constantinopla, suponía un cruce de caminos entre Asia y Europa. De ahí que tenga una mezcla de culturas como la tracia, la romana, la búlgara o la otomana.

Plovdiv supuso el contraste a Sofía. Con un casco histórico peatonal plagado de iglesias y construcciones del Renacimiento Búlgaro, un anfiteatro romano o ruinas tracias y romanas. Una zona que está sobre una colina y que nos permite asomarnos al resto de la ciudad.

En la parte nueva me gustó mucho el colorido barrio de Kapana con tanta vida en sus calles. Sus bares, los locales de artesanos, las banderitas, los murales…

Queda todo también muy concentrado:

Y como bonus nos dio tiempo a hacer una excursión a la Fortaleza de Asen, de la que apenas quedan restos salvo la Iglesia de la Santa Virgen de Petrich que parece suspendida sobre el valle. Un lugar totalmente inesperado. Desde luego Bulgaria tenía muchas sorpresas escondidas.

De un viaje a Sofía sacamos una escala en Atenas y una excursión a Plovdiv y alrededores, con lo que se puede decir que aprovechamos bien nuestra escapada. Nos hizo más frío que en Atenas, ya que esta se encuentra más próxima al mar mientras que Sofía está rodeada de montañas. En cualquier caso nada que no esperáramos en el mes de diciembre y que no se pudiera remediar. Como dicen los noruegos: “no hay mal tiempo, sino ropa inadecuada”.

Y con Bulgaria cerramos el año llegando a alcanzar los 25 países. A por 2017.

Conclusiones de la escapada a Atenas y Sofía

Durante nuestra corta escapada paseando por Atenas y Sofía (y Plovdiv) descubrimos construcciones de otras civilizaciones, de otros pueblos. Vestigios arqueológicos que han llegado hasta nuestros días y que nos hacen sorprendernos de la capacidad e inventiva con la que contaban hace siglos con muchos menos medios que los que tenemos hoy en día.

Atenas es un buen ejemplo de ello. Aunque la ciudad y el país no pasan por su mejor momento y esto influye en la conservación de muchos restos históricos, es una visita imprescindible para conocer no solo la época clásica griega que es la cuna de nuestra civilización; sino también para descubrir monumentos romanos y bizantinos.

Es un destino con una gran riqueza monumental y arqueológica, claro, pero también conviene perderse por sus barrios y descubrir las calles por donde se mueven los locales dejando a un lado lo más turístico, sentarse en una terraza a disfrutar de la gastronomía griega más allá del yogur o la musaka, comprar algún recuerdo en uno de sus mercados… o incluso regatear en un mercadillo callejero.

Pero en Atenas no todo son ruinas o monumentos, también cuenta con un gran pulmón verde como es el caso de los Jardines Nacionales:

Y para completar el día qué mejor que un buen atardecer desde el Monte Licabeto:

Para dormir elegimos un apartamento en AirBnb. Tenía sus deficiencias como conseguir que se caldeara o la cisterna que no funcionaba del todo bien, pero para una noche nos sirvió. Sobre todo porque era bastante amplio para cuatro y estaba céntrico.

En apenas 24 horas intentamos abarcar lo máximo posible. Sin embargo, aunque no había que cubrir grandes distancias, teníamos el inconveniente de las horas de luz. Y es que poco antes de las 5 se nos hacía de noche, así que el remedio era madrugar bastante, patear la ciudad y gastar suela de las zapatillas.

Al final no se nos dio mal, ya que conseguimos cubrir completa la ruta que llevábamos previa. Sí que es verdad que no entramos en todos los conjuntos arqueológicos, pero es que muchos se ven desde fuera bastante bien. Así que hicimos criba.

Este fue nuestro recorrido por Atenas:

Bulgaria por su parte es un país que empieza a abrirse al turismo y su capital, Sofía, también cuenta con atractivos interesantes como resultado de una mezcla de culturas y pueblos. El más claro ejemplo es Serdika, donde en una manzana encontramos una mezquita, una sinagoga y una iglesia. Además de unas ruinas tracias y romanas.

Este pasado multicultural ha dejado joyas arquitectónicas en la ciudad como la Iglesia Redonda de San Jorge, la Catedral de Sveta Nedelya, la Iglesia Rusa, el Teatro Nacional Ivan Vazov y por supuesto la Catedral de Alejandro Nevski. Cada una de ellas totalmente diferente a la anterior en su diseño.

Estos majestuosos y ornamentados edificios contrastan con las construcciones comunistas de hormigón y cemento pensadas para su funcionalidad y no para destacar por su diseño. También de esta época son las infraestructuras, las grandes avenidas y arterias que cruzan la ciudad y los transportes. Aunque está en proceso de remodelación con la entrada en la Unión Europea y se nota que ha llegado la apertura capitalista con la llegada de franquicias y multinacionales.

Sin embargo, aunque queden vestigios de la época comunista, para acercarse más aún a esta época de la historia de Bulgaria podemos visitar el Museo de Arte Socialista, donde se han reunido esculturas y pinturas que fueron retiradas tras la caída del Régimen.

Si Atenas se podía concentrar en 24 horas porque la parte histórica estaba bien delimitada, lo de Sofía es mucho más sencillo aún. Está todo bastante cerca, a un paseo tranquilo y si te cansas siempre puedes tomar un medio de transporte o hacer una parada en el mercado central y saborear una cerveza local o aprovechar para comprar comida local.

Quizá incluso si tienes suerte encuentras una actuación y todo que amenice tu estancia.

Para el alojamiento elegimos el Easyhotel, que si bien no está tan céntrico como el apartamento de Atenas, tan solo se encuentra a dos paradas de Serdika. Además, es bastante nuevo y la relación calidad-precio está muy bien. También tenía un par de pegas como el colchón o el olor del jabón, pero repetiría sin duda.

En este caso estructuramos la visita en varios días, concentrando la parte histórica en el día más largo y dejando para el último lo más alejado antes de marcharnos:

Como además nos sobraba un día, cogimos el bus y en dos horas nos plantamos en la sorpresa del viaje: Plovdiv.

Esta ciudad supuso el contraste a Sofía. Con un casco histórico peatonal plagado de iglesias y construcciones del Renacimiento Búlgaro, un anfiteatro romano o ruinas tracias y romanas. Una zona que está sobre una colina y que nos permite asomarnos al resto de la ciudad.

En la parte nueva me gustó mucho el colorido barrio de Kapana con tanta vida en sus calles. Sus bares, los locales de artesanos, las banderitas, los murales…

Y como bonus nos dio tiempo a hacer una excursión a la Fortaleza de Asen, de la que apenas quedan restos salvo la Iglesia de la Santa Virgen de Petrich que parece suspendida sobre el valle.

El viaje nos salió por menos de 275€ por persona con el siguiente desglose:

De un viaje a Sofía sacamos una escala en Atenas y una excursión a Plovdiv y alrededores, con lo que se puede decir que aprovechamos bien nuestra escapada. Nos hizo un poco de frío, pero nada que no esperáramos en el mes de diciembre y que no se pudiera remediar. Como dicen los noruegos: “no hay mal tiempo, sino ropa inadecuada”.

Y con Bulgaria sumamos un país más llegando a los 25 a finales de 2016. Y cerramos el año.

Paseando por Sofía IV

Teníamos el vuelo de vuelta a Madrid a las 16:45, así que contábamos con toda la mañana para despedirnos de Sofía. En nuestra planificación original habíamos reservado este día para el Museo de Arte Soviético, y poco más la verdad. Sin embargo, como el primer día nos quedamos sin luz y no nos dio tiempo a visitar todo lo que teníamos pensado, hubo que reorganizar la mañana.

Aún así, aprovechamos para levantarnos un poco más tarde que los días anteriores, ya que no teníamos tanta prisa. Después de dejar el hotel y con las mochilas a cuestas, paramos en una panadería a comprar unos croasanes y hojaldres del estilo de los que habíamos probado el día anterior en Plovdiv. Grandes, contundentes y baratos. Y nos dirigimos al metro, donde compramos el pase del día.

Después fuimos a una parada de la calle Dimitar Petkov.

Allí cogimos el tranvía número 10 hasta el Bulevar Vasil Levski. Desde la parada caminamos hasta los Jardines Knyazheska. En ellos encontramos una escultura que me recordó a otra de Wismar.

Pero si algo destaca en estos jardines es el Monumento del Ejército Soviético.

Fue construido en 1954 como símbolo de gratitud al Ejército Rojo que había vencido a los nazis en la II Guerra Mundial.

Si miramos de frente al monumento tenemos a ambos lados dos grupos de esculturas sobre pedestales que representan a mujeres, niños y campesinos dándoles las gracias a los soldados.

La pieza principal es una columna sobre la que se representa a un soldado soviético al lado de un trabajador y una campesina búlgaros. En la base también hay grupos de esculturas. Siempre con los mismos elementos: soldados y campesinos.

Desde 1989 este monumento viene provocando controversia y ha habido varias iniciativas para demolerlo, incluso en 1993 el ayuntamiento confirmó su eliminación. Sin embargo, nunca se llevó a cabo. Rusia ya ha avisado de que si se lleva a cabo su retirada sería delito.

Por un lado hay quienes defienden su desaparición porque no quieren tener un monumento en honor a un ejército extranjero. Por otro, sus defensores consideran que ha de quedarse donde está porque conmemora la victoria sobre el nazismo. Y porque les deben mucho al país que en primer lugar les ayudó a liberarse de la dominación otomana y en segunda estancia de la dictadura fascista.

El monumento ha sufrido varias pintadas en los últimos años:

  • En junio de 2011 los soldados fueron caracterizados como superhéroes.
  • En febrero de 2012 fue pintado con los colores de la bandera búlgara en honor a las víctimas del comunismo en el país.
  • En agosto de 2012 fue el lugar elegido para protestar contra por la detención de las Pussy Riot.
  • En agosto de 2013 se pintó de rosa para conmemorar el aniversario de la Primavera de Praga y apareció una inscripción en búlgaro y checo en la que se pedía disculpas. Bulgaria colaboró para intentar contener la sublevación contra el Régimen Comunista.
  • En febrero de 2014 amaneció de amarillo y azul en apoyo a la Revolución Ucraniana. Además, figuraba en ucraniano  la consigna “¡Gloria a Ucrania!

Rusia, indignada con el trato que recibe el memorial, ya ha pedido a las autoridades que se tomen medidas para evitar más incidentes. Sin embargo, nosotros nos lo encontramos totalmente desprotegido y con grafitis. Esta vez no parecían muy reivindicativos sin embargo. Simplemente pintadas.

Saliendo del jardín, en la acera de enfrente tenemos el Mausoleo del Príncipe Alejandro de Battenberg, una tumba que alberga los restos mortales del primer jefe de Estado de la Bulgaria moderna.

Con la liberación del Imperio Otomano, los nuevos líderes decidieron que el país fuera una monarquía y el zar de Rusia propuso a Alejandro. Sin embargo, tuvo que acabar abdicando pues no siempre siguió los mandatos rusos. No obstante, a pesar de ello, parece ser que fue querido por el país, y por eso a su muerto se trasladó su cuerpo a Sofía y se le construyó este mausoleo.

Tomamos el metro en la universidad y nos bajamos en la estación G.M. Dimitrov, desde donde nos dirigimos al Museo de Arte Socialista.

Abrió sus puertas en septiembre de 2011 como una rama de la Galería de Arte Nacional de Sofía. Se trata de un recinto de 6.300 metros cuadrados en el que hay un jardín donde se exponen esculturas de las décadas de los 50 a los 80 del siglo pasado. Sobre todo podemos encontrar de líderes socialistas, además de otras propias de regímenes comunistas como son obreros, soldados, agricultores e intelectuales.

Nada más entrar nos encontramos con la estrella de cinco puntas que estaba colocada en el edificio del partido.

Y según entramos por la puerta, el primer busto que tenemos a mano izquierda es el del Ché.

Además, el recinto cuenta con un edificio en el que se exponen 60 cuadros de la época socialista.

Del mismo modo que en las esculturas, las obras pertenecen al Realismo Socialista, un movimiento en el que destacaban tres elementos: el partido, el combatiente y el proletariado. Por supuesto, no podía faltar la figura del líder. En este caso destacaban Lenin, Stalin, Mao, Dimitrov…

En el centro de la sala están los cuatro bustos de Marx, Engels, Lenin y Stalin.

En total, entre el jardín y el museo hay unas 150 obras pictóricas y escultóricas creadas en la época socialista, entre 1944 y 1989.

También hay una pequeña tienda en la que venden carteles, libros, tazas y camisetas. Pasamos a ver qué tenían y la encargada nos puso un vídeo en la sala anexa. En realidad el reproductor llevaba ya un rato, pero la mujer nos lo puso al inicio. Por no hacer un feo, por curiosidad, por tener tiempo de sobra y por la temperatura interior, nos sentamos a verlo. En realidad fueron dos o tres vídeos propagandísticos. Una especie de No-Do enalteciendo las labores del partido, lo que se había construido, las juventudes desfilando y bailando en actos por el país…

Cuando terminaron los vídeos, nos fuimos y ya era la una de la tarde. Aunque nos quedaba algo de tiempo antes de irnos al aeropuerto, decidimos que era hora de comer. Sin embargo en la zona no parecía haber mucho donde elegir. Pasamos a un edificio que está justo al lado que era una especie de centro comercial. En una de las plantas superiores había diversos sitios donde parece que iba a comer la gente que trabaja por la zona.

Hicimos un allá donde fueres, haz lo que vieres. Elegimos una de las cantinas, nos pusimos a la cola con nuestra bandeja, elegimos un menú y nos sentamos tranquilamente a comer. A las dos volvimos al metro dirección aeropuerto dando por finalizada nuestra ruta.

Y entramos en la terminal a la que habíamos llegado de Atenas, buscamos nuestro vuelo y ¡no está! No puede ser, íbamos con tiempo, en la pantalla figuraban vuelos que salían incluso después. Revisamos nuestros billetes y resulta que WizzAir no salía de la terminal internacional, sino de la 1. Salimos al exterior y vimos un bus que conectaba las dos terminales, así que lo tomamos y en apenas cinco minutos solucionamos el problema. Pero hubo unos segundos de estupefacción.

La T2 no es que sea muy grande, sí que es más moderna, eso está claro. Más luminosa y diáfana. La T1 es soviet y diminuta. Según entras te encuentras con los mostradores y seguidamente el control. Sobre los mostradores de facturación hay un bar y… ya. Bueno, se pueden ver un par de murales de Bulgaria y Europa muy curiosos. Sobre todo porque en Europa nos sorprendió Estambul, que figuraba como Tsarigrad, un nombre que desconocíamos hasta la fecha. Viene a significar “la ciudad del emperador”. En realidad tiene sentido, pero ya ha quedado en desuso.

Sacamos nuestros billetes en las máquinas y pasamos el control contando con encontrar algo más de movimiento en la parte interior. Tampoco fue así. Un par de bares, una tienda de duty free y poco más. Así que nos compramos unos kitkat y nos fuimos al bar. Compramos unas botellas de agua para el vuelo, pedimos unas cervezas y nos sentamos tranquilamente a esperar que saliera nuestro avión.

Era nuestra primera vez con WizzAir y el embarque fue un poco caótico. En la fila nos iban revisando los billetes y pasaportes, pasamos por los tornos donde escaneaban el billete y después había que coger un bus para llegar al avión.

El avión era pequeño y con unos asientos bastante finitos. Es una compañía de bajo coste, así que sabíamos a lo que íbamos. Espacio limitado, asientos finos y estrechos, nada de comida o bebida… Pero bueno, llevábamos nuestro agua y kitkat por si teníamos algo de hambre o sed durante el vuelo.

La duración del trayecto eran 4 horas y 5 minutos, sin embargo, llegamos una media hora antes a Madrid. Podíamos dar por concluida nuestra escapada.

Paseando por Sofía III

De nuevo en Serdika, aunque esta vez de noche, nos dirigimos al mercado. En nuestra visita matutina habíamos comido bien, se estaba calentito, teníamos wifi… Y como era pronto para volver al hotel, pero a la vez era tarde para estar en la calle porque no había mucha iluminación y además la temperatura estaba en grados negativos, decidimos que era el mejor sitio donde resguardarse, tomar algo y comprar la cena.

Lo que no nos esperábamos es que hubiera además actuaciones en vivo. Nos sentamos en la terraza del bar de la planta baja a tomarnos unas cervezas locales y de repente apareció un señor con gorro de Papá Noel y fular rojo que nos deleitó con canción melódica.

Después le siguieron un dúo. Él tocaba un timbal y ella bailaba la danza del vientre.

Por último tuvimos un cuerpo de danzas folclórica búlgara.

Resultó interesante conocer un poco más de la cultura a través del baile, de la música, de las vestimentas. Una pena que el escenario fuera tan limitado.

Antes de que cerraran los puestos del mercado nos dimos una vuelta para ver qué nos podíamos llevar para cenar al hotel. La mejor opción que encontramos fue uno en el que vendían comida preparada tipo casera. Además, al ser última hora del día estaban de liquidación con precios rebajados. Aunque de por sí tenía precios bastante asequibles.

El precio lo marcaba el tamaño de la tartera elegida o la cantidad de piezas, como en el caso de las brochetas de pollo. Además de la carne, cogimos unas patatas gajo y dos tipos de arroz. Ambos con verduras, solo que uno era más suave con zanahoria y guisantes; mientras que el otro estaba más especiado y llevaba pimientos. Para completar el menú compramos una barra de pan.

Cerca de la estación de metro del hotel había una especie de ultramarinos, así que allí compramos la bebida. Lo curioso es que las máquinas refrigeradoras estaban en la calle programadas a 5ºC cuando la temperatura ambiente marcaba -4º en las marquesinas.

Otra cosa que me llamó la atención fue la divertida ilustración que tienen los contenedores.

Ya en el hotel preparamos una mesa improvisada en el suelo de la habitación y nos comimos las provisiones que, aunque estaban ya frías, nos supieron a gloria después de la tralla de todo el día.

Mientras cenamos, ultimamos detalles sobre los planes del día siguiente, que nos íbamos a Plovdiv y teníamos que comprobar los horarios de salida del bus.

Para finalizar el día, una ducha y a dormir.

Paseando por Sofía II

Nos habíamos quedado en el trayecto hacia el hotel. No fue difícil de encontrar el Easyhotel, pues está a unos cinco minutos de la parada de metro Konstantin Velichkov. Tan solo hay que tomar el Bulevar Todor Alexandrov y es la cuarta calle a la derecha.

Sí, el hotel no estaba céntrico, pero lo elegimos por varios motivos. Uno de ellos la experiencia en los Easyhotel. Hasta ahora nos ha funcionado muy bien para escapadas en las que apenas vas a ducharte y dormir, no necesitas más que una cama y un baño. Otro motivo es el precio, que está bastante bien. Y finalmente por su ubicación, que se encuentra a tan solo dos paradas de Serdika. Había que coger transporte, pero tampoco te vas muy lejos de la zona en donde se encuentran los puntos de interés.

Es bastante nuevo y todas las habitaciones cuentan con ventana. Algo nuevo para nosotros que siempre las habíamos cogido tipo zulo. Como diferencia al de La Haya, Londres o Edimburgo, este sí que llevaba incluido en el precio la televisión e internet.

Nos dieron dos habitaciones consecutivas, así que estábamos pared con pared. Una de las habitaciones estaba al final del pasillo, por lo que tenía un poco más de espacio en la zona de entrada. Por lo demás, en la parte de habitación contábamos con ganchos para colgar la ropa, la cama con sus huecos para el equipaje y la ventana sobre el cabecero, una especie de tocador y la televisión. También teníamos el control del aire acondicionado.

Estilo minimalista, pero muy bien aprovechado.

Por otro lado, el baño sigue el estilo de esta cadena con su habitáculo tipo camarote. Es difícil hacer una foto sin un ojo de pez.

La única pega que le pondría al hotel sería el jabón, cuyo olor es algo peculiar; y el colchón, que para mi gusto era algo fino. La ventana con estor no fue mucho problema dado que era diciembre y los días son cortos en esa época del año. Sin embargo, si hubiéramos ido en verano no habría servido de mucho para evitar la luz exterior. Pero bueno, esto es un tema mío y mi gusto por dormir en modo búnker. Por eso suelo elegir habitaciones (o camarotes) sin ventanas.

Después de acomodar nuestras escasas pertenencias, nos volvimos para el centro para continuar con nuestro recorrido por la capital búlgara.

Retomamos nuestro paseo en el Palacio de Justicia.

Se trata del monumento arquitectónico civil nacional más grande. Conserva su majestuosidad y apenas ha sufrido modificaciones con respecto a su construcción entre 1929 y 1940. Surgió de la necesidad de unir bajo un mismo techo todas las cortes de la ciudad que con anterioridad a la fecha se encontraban dispersas en distintos edificios privados.

Desde allí tomamos el Bulevar Vitosha, la calle comercial de Sofía. Es la arteria en que podemos encontrar las típicas cadenas y franquicias internacionales, las tiendas de lujo, bares, cafeterías, restaurantes. Es el ejemplo de la apertura de Bulgaria al capitalismo, no destacaría mucho de esta avenida, es una típica calle comercial peatonal como la de cualquier ciudad europea.

Esta calle que discurre desde la plaza de Sveta Nedelya hasta el Palacio de Cultura recibe su nombre en honor a la montaña Vitosha. En 1883 cuando se construyó estaba delimitada por casas bajas, pero en el período de entreguerras se convirtió en calle comercial cuando se construyeron grandes edificios públicos.

Si nos metemos por calles aledañas no encontramos, sin embargo, tanto escaparate.

Callejeando llegamos a la Plaza Petko Slaveykov, donde se hay un mercadillo de libros nuevos y usados de todo tipo de géneros y en diferentes idiomas. Esta plaza recibe su nombre de un poeta búlgaro.

Y como habían pasado unas horas desde que nos comimos los trozos de pizza en el mercado, decidimos comer en una cadena búlgara al estilo KFC. No recuerdo el nombre, pero la verdad es que no fue una cosa del otro mundo, aparte de pollo frito, y tampoco especialmente barato. Extrañamente tenían de hilo musical un disco de Marc Anthony. En español. Muy raro todo.

Con el estómago lleno, continuamos dirección al Teatro Nacional Ivan Vazov.

Este edificio de principios de siglo XX recibe su nombre en homenaje al novelista, dramaturgo y poeta búlgaro. Su estilo recuerda a otros teatros decimonónicos de Europa, no en vano sus diseñadores eran vieneses. Destaca su fachada neoclásica perfectamente simétrica en la que sus capiteles soportan seis columnas con frisos decorados con alegorías mitológicas. Por ejemplo en el frontón tenemos a Apolo rodeado de musas. En las torres se erigen dos esculturas de unas Niké, la diosa alada.

Es el teatro más antiguo e importante del país. Quedó dañado en 1923 por un incendio y tuvo que ser reconstruido en 1929. Más tarde, durante la II Guerra Mundial, el edificio fue bombardeado, por lo que pasó por otra remodelación en 1945. En 2006 se volvieron a llevar a cabo tareas de restauración.

Dispone de tres escenarios que pueden albergar hasta 1.000 personas. Cuenta con un aforo de 750 butacas en el patio, una planta con 120 y 70 más en la cuarta planta.

El teatro mira hacia el Jardín de la Ciudad, en el que nos adentramos. A pesar de que comenzaba a atardecer, había gente en los bancos, paseando, o en el mercadillo navideño.

Me resultó curioso que se tratara del típico Weihnachtsmarkt germano con su Glühwein, sus casetas de artesanía y villancicos en alemán.

Había un escenario para representaciones y un árbol frente a la Galería Nacional de Arte. El museo se encuentra en lo que en el siglo XIX fue sede de la antigua Oficina Real de Imprenta. Con la llegada de la República se le buscó otro uso. Tuvo que ser reconstruido tras los bombardeos de la II Guerra Mundial.

La exposición cuenta con obras nacionales e internacionales entre las que podemos encontrar trabajos de artistas holandeses y flamencos. También de los españoles Picasso, Goya, Miró y Dalí.

Tomando la calle de la galería hacia la derecha llegamos a la Iglesia Rusa.

Esta pequeña iglesia de tejados verdes también es conocida como Sveti Nikolai. Fue construida entre 1912 y 1914 por trabajadores rusos emigrados a Bulgaria en el lugar donde hubo una mezquita hasta 1882. Permaneció abierta en el período comunista en Bulgaria. Está inspirada en el estilo de las iglesias rusas del siglo XVII, con cinco cúpulas doradas con forma de cebolla que relucen con el sol y azulejos multicolores.

Sus campanas fueron donadas por el Zar Nicolás II, a quien está consagrada.

En su interior se encuentra la cripta del Arzobispo Serafín Sobolev, que falleció en 1950 y es considerado santo por muchos cristianos ortodoxos.

Cabe remarcar que aunque rusos y búlgaros profesan la fe ortodoxa, pertenecen a iglesias distintas.

Girando por la calle Georgi Rakovski llegamos a la Ópera.

La primera compañía de ópera en Bulgaria se fundó en 1890. Un año más tarde, las dos secciones (Compañía de Drama y Ópera) se dividieron en 1891 para formar la compañía teatral Salza i Smyah y la Ópera Búlgara. No obstante, no duró mucho, ya que en 1892 tuvo que ser disuelta por falta de fondos.

En 1908 se creó la Sociedad de la Ópera de Bulgaria, pero la institución no se convirtió en nacional hasta 1922, cuando cambió su nombre por el de Ópera Nacional y se formó una compañía de ballet. Sin embargo, no se vería una representación suya hasta el año 1928.

Tras los bombardeos de la II Guerra Mundial estuvo un tiempo en el que no se llevó a cabo ninguna actividad ya que tuvo que ser restaurado. Su reapertura fue ya en 1953.

Este edificio está un poco escondido para ser uno de los más importantes de la ciudad. En sus bajos tiene su sede el partido Ataka. Buen nombre para una coalición de agrupaciones xenófobas y antisemita.

Frente al local de Ataka paradógicamente se erige la estatua de Aleksandar Strambolyiski, un político de izquierdas que fue primer ministro de Bulgaria entre el 6 de octubre de 1919 y el 9 de junio de 1923.

En 1915 se había opuesto a que Bulgaria entrara en la I Guerra Mundial y criticó la política del zar, lo que le llevó a perder su escaño en las Cortes Búlgaras y a ser condenado a muerte por traición. Sin embargo, acabó en la cárcel con cadena perpetua. No obstante, conseguiría la amnistía del zar en 1918.

En sus años de gobierno comenzó un acercamiento a Yugoslavia que desencadenó un Golpe de Estado de la extrema derecha mientras Strambolyiski se encontraba de vacaciones. Este se ocultó, pero su escondite fue descubierto y él torturado y decapitado.

Tomando la calle París pasamos por la Iglesia de Santa Sofía, o Hagia Sofia.

Esta iglesia bizantina de ladrillo rojo y tres naves data del siglo VI y es la más antigua de la ciudad. Además es la que le da nombre a la capital en el siglo XIV. Al igual que la de Estambul, significa Santa Sabiduría.

Se levanta donde se encontraba la necrópolis de Serdika y anteriormente iglesias del siglo IV. Entre los siglos XII y XIV fue la sede del obispado. Más tarde, durante la ocupación otomana se convirtió en mezquita. Para ello se construyeron dos minaretes y se destruyeron algunos murales que decoraban el interior. Así continuó hasta el siglo XIX cuando un terremoto derribó una de las dos torres y se abandonó como templo islámico. A partir de 1900 comenzó a restaurarse como iglesia de rito ortodoxo.

Junto a la iglesia se encuentra el Monumento al soldado desconocido y cerca la tumba del poeta nacional búlgaro Ivan Vazov, el del teatro.

El monumento conmemora los cientos de miles de soldados búlgaros muertos en la I Guerra Mundial. Se inauguró en septiembre de 1981 y como suele ocurrir en este tipo de memoriales no puede fallar la llama eterna. Además, cuenta con símbolos búlgaros significativos. Por un lado turba de Stara Zagora y el Paso de Shipka (donde se celebraron dos batallas de la Guerra Ruso-Turca), por otro la escultura de un léon, que es el símbolo nacional del país; y finalmente un fragmento de un poema de Ivan Vazov.

Frente a la iglesia se encuentra el Santo Sínodo de la Iglesia Ortodoxa, esto es, el lugar en el que se reúnen los obispos.

Es una construcción peculiar, en un principio yo pensé que se trataba de un edificio judío por sus rayas horizontales, o islámico por su pórtico con cúpulas. Sin embargo, cuando te fijas, encuentras que arriba del todo hay una imagen donde se representa a los patriarcas ortodoxos con su vestimenta típica y sus barbas.

Sin embargo, ni la iglesia (a izquierda) ni el sínodo (a derecha) llaman la atención tanto como lo hace la majestuosa Catedral de Alejandro Nevski.

Al estar en una amplia plaza se puede observar completa desde la distancia mientras la bordeamos, por lo que se puede apreciar más aún lo impresionante que es con su exterior blanco salpicado de cúpulas verdes y doradas de diferentes tamaños y a diversas alturas.

Se construyó entre 1882 y 1912 en honor a los 20.000 soldados rusos que cayeron durante la Guerra de Liberación de Bulgaria frente al Imperio Turco de 1877-1878. Recibe el nombre del Zar Alejandro II de Rusia, clave en la defensa del Cristianismo Ortodoxo frente a los ataques de los católicos, teutones y tártaros.

Esta catedral de estilo bizantino es uno de los edificios más emblemáticos de Sofía y también el principal centro religioso de la capital y del país, ya que es la sede del Patriarcado de Bulgaria. Fue proclamada monumento de la cultura en 1924.

Es una de las catedrales ortodoxas más grandes del mundo con 72 metros de largo, 42 metros de ancho y 52 metros de alto. Estas medidas de excepción conforman una superficie de 3170 m² que son capaces de albergar hasta 5.000 personas. Su campanario de 53 metros cuenta con 12 campanas.

Como muchos edificios de la ciudad, quedó prácticamente destruida durante las dos guerras mundiales, por lo que tuvo que ser reconstruida.

El acceso es gratuito, aunque hay que pagar para hacer fotos. Guardamos la cámara compacta para no llevarla en la mano, pero la reflex colgada del cuello llamaba la atención y, aunque no íbamos a hacer fotos, al vernos con ella, se nos acercaron un par de religiosos a cobrarnos. En cualquier caso, con decirles que no íbamos a fotografiar nada, pudimos seguir con nuestra visita.

El interior es muy sobrio teniendo en cuenta lo impresionante que es por fuera. Está ricamente decorada con frescos, iconostasios, lámparas, murales. Incluso los suelos de mármol tienen ornamentos. Además, como el espacio queda abierto, diáfano, sin bancos, se puede pasear descubriendo los detalles. Sin embargo, la escasa luz da esta sensación de sobriedad, creando una atmósfera muy particular. Aunque habría agradecido un poco más de potencia para poder observar mejor cada rincón.

En la cripta se encuentra una colección de arte antiguo búlgaro que va desde los siglos IV al XIX. Además, posee una galería con una de las mayores (y mejores) colecciones de iconos ortodoxos.

La catedral tiene la particularidad de contar con dos tronos. Normalmente suele haber uno destinado al patriarca, sin embargo aquí se colocó un segundo para el zar que está ricamente ornamentado. Aunque nunca se llegó a sentar ningún monarca.

Volvimos al exterior y la bordeamos para admirar toda su silueta, sus arcos, ventanas y cúpulas.

Nos acercamos al variopinto Mercado de Antigüedades donde había puestos con todo tipo de piezas de segunda mano que nos acercaban a la historia y costumbres búlgaras como placas de calles soviéticas, medallas e insignias, objetos de uso cotidiano, juguetes, cromos, carteles, discos de vinilo, libros… Merece la pena dar un paseo y hablar con los vendedores. Aunque se estaba haciendo de noche y ya estaban prácticamente recogiendo.

Intentamos aprovechar la poca luz que quedaba y nos dirigimos hacia el Monumento al Zar Libertador.

Esta estatua ecuestre de bronce de 14 metros de alto está erigida en honor al Zar ruso Alejandro II, el mismo al que honra la catedral.

El emperador porta en su mano una declaración de guerra en contra del Imperio Otomano. A sus pies, en el pedestal, se puede ver la representación de varias escenas bélicas.

Desde la estatua tenemos frente a nosotros la Asamblea Nacional. Este edificio construido en tres fases entre 1884 y 1928 es el Parlamento de Bulgaria. De estilo neo-renacentista, no tiene nada que ver con el diseño soviético en el que destacaban grandes moles.

Bulgaria es uno de los pocos países que cuenta con cámara única junto con Dinamarca, Portugal, Grecia, Croacia o Nueva Zelanda. Está integrada por 240 diputados elegidos por sufragio universal cada cuatro años.

Sobre la entrada queda grabado el lema “la unión hace la fuerza”.

Tomando el Bulevar Zar Osvoboditel llegamos al magnífico edificio de la Universidad, la institución de educación superior más antigua e importante de Bulgaria.

La Universidad se fundó el 1 de octubre de 1888, pero surgió como institución primaria, no se convertiría en universidad hasta 1904. En sus primeros años de andadura contaba tan solo con tres facultades: Historia y de Filología; Matemáticas y de Física; y una tercera de Ley. Pero los años siguientes se fueron abriendo nuevas. En 1917 fue la de Medicina, en 1921 Veterinaria y en 1923 la de Teología.

El edificio que vemos hoy en día se comenzó a construir el 30 de junio de 1924 en estilo neo-barroco siguiendo el diseño de un arquitecto francés que había ganado un concurso. La apertura oficial tardaría en llegar diez años, el 16 de diciembre de 1934.

En 1944 con la República Búlgara se produjeron cambios en el sistema universitario. Llegaron profesores comunistas para sustituir a otros próximos a las ideas de la monarquía, se cambiaron los planes de estudio siguiendo el esquema soviético y aumentaron en un 1.000% las matrículas. En 1947 se abrieron tres facultades más: Silvicultura, Zoología y Economía.

Hoy en día la universidad alberga 15 facultades y unos 14.000 estudiantes. En su campus de 18.624 m² podemos encontrar una biblioteca, salas de informática, una imprenta o gimnasios.

Para finalizar la tarde, ya apenas sin luz, llegamos a la Biblioteca de San Cirilo y San Metodio.

La institución se creó en 1878, sin embargo no se mudó a su actual ubicación hasta 1953. En 1882 recibió el estatus de Biblioteca Nacional de Bulgaria y en 1924 absorbió el Archivo Nacional. Alberga manuscritos, libros centenarios, atlas, mapas, retratos, fotografías y una gran colección de partituras, discos de vinilo y cintas antiguas. Todo ello se encuentra repartido y expuesto en diferentes salas como si de un museo se tratara.

Esta biblioteca fue la primera institución que surgió en el país. Nació con el anhelo de cimentar la cultura búlgara tras su independencia del Imperio Otomano. Hoy constituye un importante organismo que contiene gran parte del patrimonio cultural búlgaro.

El edificio neo-clásico construido entre 1940 y 1953 lleva el nombre de Cirilio y Metodio, los creadores del alfabeto cirílico.

Ya se nos había acabado la luz y, aunque nos acercamos a los Jardines Knyazheska, poco pudimos ver del Monumento del Ejército Soviético, así que tomamos el metro y nos fuimos a Serdika.

Este fue el recorrido de nuestra segunda parte del día:

Paseando por Sofía I

Llegamos al aeropuerto de Sofía y enseguida estábamos en la salida, ya que no es muy grande. Pero antes de abandonar la terminal paramos en un cajero para sacar efectivo. Como ya he dicho en otras ocasiones, conlleva menos comisiones. Como ya adelanté en la entrada anterior, el cambio está fijado a 1.95 Lev = 1€.

Con nuestro dinero en el bolsillo nos dirigimos al metro, para lo cual hay que salir al exterior. Es raro que no hayan incorporado la estación a la terminal, sobre todo porque un edificio pega con el otro. Así que nos tocó probar la temperatura exterior. Eran las 10 de la mañana y rondábamos los 0º. Algo normal en el mes de diciembre. El clima de Sofía es templado-continental y tiene unos inviernos fríos y nevados. Los veranos también son frescos, los termómetros apenas superan los 20º.

Teníamos que coger la línea M2, que comienza en el aeropuerto y llega a Serdika.

El billete sencillo costaba 1 BGN, mientras que el billete para todo el día eran 4 BGN. Dado que íbamos a hacer mínimo 4 viajes (aeropuerto al Serdika, del centro al hotel, del hotel al centro y de nuevo la vuelta por la noche), ya teníamos amortizado el del día. Pero como el de 3 días eran 10 BGN, echamos cálculos y de sobra nos compensaba elegirlo. Sin embargo, la señora de la taquilla nos dijo que ella allí solo nos podía vender el de un día. Después leí en la web oficial del metro que el de 3 días conlleva una tarjeta que cuesta 2 BGN, quizá es electrónica y por eso no la podía emitir en el momento la mujer. El caso es que no nos quedó otra que quedarnos con el abono de 24h que es tal que así:

Este abono diario es válido para todas las líneas de metro, tranvías, trolebuses y buses durante el día en que se ha comprado y se pueden realizar viajes iliimitados. Eso sí, había que enseñarlo en taquilla cada vez que queríamos acceder al metro para que nos lo activaran con el lector antes de pasarlo por el torno. Que por cierto, se pica por la izquierda. Es decir, colocado frente a las puertas has de validar a la izquierda. Ni en Londres o Japón que circulan por la izquierda recuerdo que el lector no esté a la derecha. Pero bueno, que funciona igual, simplemente es la inercia del día a día que has de cambiar el chip.

Los billetes también se pueden sacar en máquina, pero como nos pareció más sencillo interactuar con la señora de la taquilla.

Las estaciones son bastante modernas, pero los metros no tanto, quizá como los de la línea 2 de Madrid. Pero cumplen su servicio. Tienen una pantalla led en la que se va indicando la próxima parada tanto en cirílico como en latino. Además, se comunica por megafonía, con lo que no hay pérdida.

Llegamos a Serdika, donde se concentran la mayoría de los puntos de interés. Nada más salir del metro nos encontramos con el Monumento a Santa Sofía.

A 24 metros de altura, esculpida en bronce y cobre, se erige Santa Sofía, mártir de la iglesia ortodoxa y patrona de la ciudad. Lleva en su mano derecha una guirnalda de laurel que representa la fama y sobre hombro izquierdo se posa un búho como símbolo de la sabiduría. Además, está coronada personificando el poder.

Tomamos el Bulevar María Luisa, que recibe el nombre por la princesa consorte de Bulgaria y mujer de Fernando I, María Luisa de Parma. Este Bulevar también es conocido como la calle más fea de Europa. Y bueno, la verdad es que no tiene la majestuosidad de una Gran Vía, una Ringstrasse, una Unter den Linden, una Váci Utca… pero es la que concentra la mayoría de atractivos de Sofía.

Por ejemplo, a mano derecha, nuestra primera parada fue la Mezquita Banya Bashi.

 

Le debe su nombre a los baños termales sobre los que se levantó. Y, de hecho, fue parte de un complejo mayor. Aún se pueden observar las ruinas en un lateral.

Se construyó en 1576 durante la ocupación otomana de Bulgaria lo que la convierte en una de las más antiguas de Europa. Se cree que fue construida por el gran arquitecto Kodja Mimar Sinan-Janissary, que es conocido por haber construido más de 80 mezquitas, entre ellas la del sultán Selim en Edirne y la mezquita de Solimán el Magnífico en Estambul.

En la actualidad es la única que sigue en activo en la ciudad dando servicio a unas 10.000 personas. En Bulgaria hay 8% de población musulmana. Está abierta al público (previo pago y segregación por sexos) excepto en horas del rezo. En su interior puede albergar hasta 700 personas.

Es una mezquita simple, con una única cúpula de 15 metros de diámetro de forma cúbica y con tambor octogonal. Cuenta con un único minarete que le añade énfasis vertical a la silueta del templo. Su fachada se abre gracias a una soportal de tres arcos cubiertos con tres cúpulas.

Ha pasado por varias reparaciones. La última renovación general tuvo lugar en los años 20 del siglo pasado.

Atravesando la plaza llegamos a los Baños Centrales. En esta plaza hay unas fuentes que son termales, sin embargo, al ser invierno estaban apagadas.

Fueron construidos en 1906 sobre unos antiguos baños turcos con un estilo Secesión, aunque la fachada y el interior también tienen elementos ornamentales bizantinos y ortodoxos. Se cerraron al público en 1986 por encontrarse en estado de abandono. Se remodelaron y ahora es el Museo Histórico de Sofía. Sin embargo, estaba cerrado por ser lunes.

Volviendo sobre nuestros pasos en dirección de nuevo al Bulevar María Luisa y continuamos más allá hasta llegar a la Sinagoga. Fue construida por el arquitecto austriaco Friedrich Grunanger, que se inspiró en la sinagoga sefardí de Viena. Se inauguró y santificó el 9 de septiembre de 1909 en la presencia de la familia del Zar. Es la tercera en tamaño de todas las europeas y la más grande de las sefarditas.

Sigue en funcionamiento con capacidad para 1170 personas, aunque tiene unos horarios peculiares y es complicado encontrarla abierta. En Bulgaria no hay una gran comunidad judía. En parte por las deportaciones del régimen colaboracionista nazi y por otro lado porque muchos hebreos abandonaron el país y marcharon a Israel tras su independencia en 1948.

Es de estilo Romántico Búlgaro. De planta rectangular, llaman la atención su gran cúpula octagonal y sus muros de piedra blanca y ladrillo rojo. Las fachadas están ricamente decoradas con detalles arquitectónicos, ornamentos plásticos y piedras esculpidas.

Destaca en su interior la lámpara de latón de más de 2T, la más grande de Bulgaria. El altar se encuentra en un podio hecho de mármol blanco. La planta está cubierta con un mosaico policromado veneciano y las paredes también están ornamentadas.

En los edificios anexo se puede visitar el Museo de Historia Judía de Sofía.

De camino a la sinagoga nos habíamos saltado el Mercado Central, también conocido como Halite o Tsentralni Hali. Pero volvimos para atrás y entramos en él.

Con una extensión de 3.200 m², fue construido entre 1909 y 1911 siguiendo el diseño del arquitecto Naum Torbov. Es de estilo neo-renacentista con algunos detalles y elementos del neo bizantino y el neo barroco. En su fachada se puede observar el escudo de armas de la ciudad sobre la entrada principal y sobre él una torre del reloj.

El interior recuerda en cierta medida al de Budapest con sus balaustradas y vigas de hierro. Cuenta con dos pisos. En la primera planta se vende pan, frutos secos, frutas, vegetales, carne, pescado, quesos, embutidos, etc.

Además, en el centro hay un restaurante cuya terraza queda iluminada gracias a las claraboyas.

En el superior hay puestos de ropa, joyas, accesorios y recuerdos.

En el sótano además hay restos arqueológicos.

Cuando abrió los alquileres y la calidad de los productos estaban regulados.  Hasta la década de 1940 se permitía que hubiera 170 locales en el mercado.

El edificio tenía cuatro entradas, sin embargo, hoy en día solo se conservan tres tras la reforma de 1988, cuando se cerró para una gran renovación. La remodelación la llevó a cabo una compañía israelí (de ahí la fuente con forma de Estrella de David junto al restaurante) y no se volvió a abrir al público hasta el año 2000.

Dado que era media mañana y teníamos a mano puestos de comida, no nos quedó otra que aprovechar para tomar un tentempié. Nos llamaron la atención unas pizzas, así que no nos lo pensamos mucho. Mientras intentábamos descubrir qué ingrediente llevaba cada cual y decidíamos qué elegir, la vendedora comenzó a hablarnos en español, así que fue fácil traducir.

Las porciones eran bastante grandes, y estaban ricas. Nos sentaron estupendamente, primero por el hambre que ya había, segundo por tomar algo caliente y estar resguardados del frío del exterior, y además teníamos WiFi.

Con el estómago lleno nos dirigimos de vuelta hacia la parada de metro Serdika. Allí, cruzando a la Plaza Nezavisimost, encontramos la Iglesia Sveta Petka, un pequeño templo medieval de una sola nave en cuyo interior apenas cabe media docena de personas. Además, su interior es algo lúgubre. Pasamos a ver unos antiguos frescos del siglo XVI, pero no alcanzamos a vislumbrarlos.

Está dedicada a Santa Parascheva de los Balcanes, mártir cristiana del siglo III.

La estación de Serdika en realidad cuenta con dos entradas, una para cada línea de metro. Y es que, aunque se puede hacer un trasbordo, es un poco laberíntico. Y en el exterior son dos bocas de metro independientes.

Alrededor y bajo la estación de Serdika II encontramos las antiguas ruinas tracias y romanas de la ciudad. En las exteriores se aprecian por dónde iban las calles y dónde ser erigían edificios. Todo reconstruido, claro.

En los pasillos bajo la estación hay paneles informativos en los que se describen las obras, los restos encontrados y se comparan con fotos de antes y después cómo ha evolucionado la ciudad.

Volviendo al exterior nuestra siguiente parada fue la Catedral de Sveta Nedelya, en la plaza homónima (aunque antes llevaba el nombre de Lenin y acogía una estatua del líder comunista).

Es una de las dos grandes catedrales ortodoxas de Sofía. Se levantó sobre el emplazamiento de una iglesia medieval, pero la que vemos hoy en día no es la original del siglo XIV, sino una reconstrucción de mediados del siglo pasado. En 1927 tuvo que ser remodelada por completo a causa de un atentado. En 1925 mientras se celebraba el funeral de estado del general Konstantin Georgiev, asesinado por los bolqcheviques, la detonación de una bomba hizo que una cúpula se derrumbara sobre los asistentes. Murieron 128 personas, entre ellas políticos y oficiales del ejército.

Cuenta con una única cúpula de 30 metros a diferencia de su predecesora que tenía un conjunto de pequeñas cúpulas. En su interior destacan sus murales bizantinos y su ambiente ortodoxo.

Muy próxima se encuentra la Iglesia Redonda de San Jorge, la construcción que más tiempo lleva en pie en Sofía.

Está un poco escondida en el patio posterior del Palacio Presidencial, donde a cada hora en punto hay un cambio de guardia.

Data del siglo IV, lo que la convierte en una de las iglesias cristianas más antiguas de los Balcanes. Fue mezquita en el siglo XVI con la ocupación otomana, pero hoy en día vuelve a ser un templo católico.

Al igual que pasó en Santa Sofía, los frescos se cubrieron con yeso en la época otomana. Gracias a eso, al volver a ser iglesia se han podido recuperar en muy buen estado. Destaca el Pantocrator de la cúpula y el friso con los retratos de los profetas.

Es muy peculiar su construcción redonda y su interior es muy curioso ya que, fiel al estilo ortodoxo, no tiene bancos. Así pues, entras en una estancia circular cuyas paredes y techo están ornamentados y decorados pero nada más. Alguna silla quizá en los laterales.

Para finalizar esta primera parte del recorrido salimos de nuevo a la Plaza Nezavisimost, la Plaza de la Independencia, donde se encuentran algunos de los edificios institucionales más importantes de la ciudad.

Uno de ellos es La Casa del Pueblo, la antigua sede del Partido Comunista búlgaro.

Hoy en día estos edificios se han mantenido con otra función, aunque conservan ese diseño tan típico comunista e incluso algún que otro ornamento como alusión a la temática del Ministerio que ocupaba el edificio. Por ejemplo telecomunicaciones, agricultura, industria… En muchos casos se pueden apreciar las marcas de donde han retirado tallas de la hoz y el martillo.

Los edificios de la época soviética se basan en un carácter igualitario y práctico. Se pretendía un distanciamiento de la arquitectura típica de los movimientos burgueses en los que se construían palacios o casas señoriales. Además, se buscaba que fueran prácticos y a la vez abaratar costes, por eso predomina el hormigón y cemento, materiales asequibles. Así pues, el resultado son unos edificios con aspecto de bloque, un mazacote.

Ya era la una y algo, por lo que volvimos al metro para tomar la línea azul hasta Konstantin Velichkov, que es la próxima a nuestro alojamiento.

En la próxima entrada os cuento más. Hasta aquí nuestra etapa:

Aproximación a Sofía

Sofía, en pleno centro de los Balcanes, es la capital de Bulgaria y también la ciudad más grande y poblada del país. Se ubica a una altitud media de 550 metros sobre el nivel del mar en la parte occidental de Bulgaria, en el Valle de Sofía y al pie de la montaña Vitosha.

Su localización la convierte en un lugar estratégico, ya que se encuentra en un cruce de caminos que conecta la Europa Occidental con Oriente Medio. Próximas se encuentran otras capitales balcánicas como Bucarest, Belgrado, Sarajevo, Skopje o Tirana. Algo más lejos quedan Atenas, Zagreb, Ljubljana o Ankara.

Los primeros habitantes de Sofía fueron integrantes de la tribu tracia serdi, que le darían el primer nombre a la ciudad: Serdika. Llegaron atraídos por las aguas termales en el siglo VIII a.C. Más tarde, en el siglo IV a.C. el territorio fue ocupado por los macedonios tras la conquista de Filipo II y fue gobernada por su hijo Alejandro Magno.

En el siglo I d.C. pasó a manos romanas y la ciudad creció en importancia y población convirtiéndose en una de las principales capitales de la provincia romana de Tracia. Tuvo un desarrollo propio del imperio con la construcción de teatros y anfiteatros. Sobre el 175 se levantó una muralla, que sería reforzada posteriormente en los siglos V y VI.

A principios del siglo IX la ciudad se convirtió en parte del Primer Estado Búlgaro pasando a ser conocida por el nombre eslavo Sredets. Poco después, el estado quedó absorbido a principios del siglo XI  por el Imperio Bizantino. Sin embargo, la capital mantuvo su importancia estratégica, económica y cultural.

Entre 1382 y 1878 perteneció al Imperio Otomano y se cambió el nombre por el actual de Sofía tomando como referencia su iglesia principal: La Basílica de Santa Sofía. De esta época se conservan bastantes monumentos, sobre todo varias mezquitas.

El 3 de abril de 1879 fue declarada la capital del nuevo estado liberado búlgaro. Con la ayuda rusa, Bulgaria consigue primero autonomía y, después, independencia como Reino de Bulgaria.

Tras la II Guerra Mundial Bulgaria se convirtió en socialista en el Bloque del Este. El país pasó a ser republicano.

Tras la caída de la Unión Soviética, Bulgaria se abrió más hacia el resto de Europa, aunque sin perder del todo contacto con los países comunistas.

Hoy en día es una democracia parlamentaria que pertenece a la OTAN desde 2004 y a la Unión Europea desde 2007. Sin embargo, no pertenece a la zona Euro, de momento mantienen el Lev. En 1997 se estableció una tasa de cambio fija con el marco alemán donde 1000 BGN equivalían a un marco. Más tarde, en 1999 se revaluó la moneda búlgara estableciendo la paridad entre ambas divisas. Cuando Alemania incorporó el Euro, decidieron mantener el cambio, así pues ahora la tasa está fijada de forma que 1.95 BGN son 1€.

El hecho de que Bulgaria haya sido un territorio conquistado por varios pueblos, hace que tenga una amplia riqueza cultural. Aunque Sofía se encuentra en un proceso continuo de transformación hacia la globalización, se conserva gran parte de su patrimonio cultural, arquitectónico e histórico. A mí personalmente me sorprendió mucho descubrir que quedaban tantas ruinas de otras civilizaciones.

Sin embargo, aunque tenga mucho que descubrir, la gran mayoría de sus puntos de interés se ubican en el centro de la ciudad y se puede ir caminando tranquilamente de unos a otros, en apenas un día se puede ver cómodamente. En caso de que no se quiera caminar tanto, la ciudad cuenta con una extensa red de autobús (comprados a Alemania), tranvía y trolebús.

El metro, bastante nuevo, cuenta con tres líneas. Comenzó a funcionar en 1998 tras la inauguración de la línea 1 que atraviesa Sofía de Noroeste a Sudeste. Por su parte, la línea 2 la cruza de norte a sur y tiene un ramal que va al aeropuerto. La mayoría de las obras han sido financiadas con fondos de la UE.

Prácticamente nos movimos siempre en metro, salvo un viaje en tranvía, y parecía funcionar bastante bien. Eso sí, nos pareció curioso que para subir a él hubiera que atravesar un carril de la calzada.

Claro, el tranvía va por el medio, con un carril de coches a cada lado y la parada está en la acera. Así que cuando llega a ella, se para y tienes que esquivar coches para subir. Otra complicación además son las carteles informativos, ya que solamente están en cirílico.

Pero tiene truco, sobre todo si conoces algo del alfabeto griego. Si a esto le sumas las letras que se parecen al latino, algo podemos deducir y por lo menos saber identificar los letreros y los nombres de las paradas o ciudades. Por ejemplo, Sofía es София.

Son fácilmente identificables la A, B, E, K, M, O y T porque son iguales que en nuestro alfabeto. Eso sí, hay dos tipos de B (б, вy la que se parece más a la nuestra viene a ser un sonido de V.

Por otro lado, su G (г) es claramente una Gamma, la P (п) una Pi, la R (р) una Ro, la F (ф) una Fi y la J (х) una Ji. Incluso se parece la D (д) a la Delta echándole algo de imaginación.

Tenemos que acordarnos que la н es nuestra N y que la с, nuestra S (como en Sofía -София). Además de como ya hemos visto que una р es el sonido de nuestra R.

Así pues, mezclando conocimientos de ambos alfabetos, nos queda identificar algunas letras propiamente eslavas que tienen muchos cruces, marcas, rabillos y patas: з, ж, ц , ш, ч y дж. Si pensáis buscar en un diccionario, olvidaos del orden aprendido, porque siguen otro y por ejemplo la G va antes de la D. Para más lío aún, vaya.

Pero bueno, no se trata de aprender búlgaro, sino por lo menos aproximarnos un poco al entorno que nos rodea. No hay que llegar a hacer una interpretación como nos pasaba en Japón en plan “hay que bajarse en la parada de muñeco con pata a la izquierda más cuadrado con tejado…” Eso era imposible.

Sofía no es una de las capitales europeas más sorprendentes, no está al nivel de Praga, Budapest, Viena, Berlín, París, Madrid… pero tiene mucho que ofrecer. Vamos a darle una oportunidad.