Conclusiones de nuestro viaje a los Balcanes

Después del intento fallido en el 2017, finalmente en el 2018 pudimos visitar los Balcanes, o al menos una parte de ellos, ya que las infraestructuras no lo ponen fácil a la hora de moverse entre los diferentes países. Decidimos ser realistas y centrarnos en Zagreb, Liubliana, Split y Sarajevo.

Habíamos planeado un día para Zagreb, otro para Liubliana, dos para Sarajevo y dos tardes para Split y nos salió bien, pues no tengo la sensación de que fuéramos a la carrera en ninguna de las ciudades. Sin embargo, quizá habría tenido más sentido dejar Sarajevo para otro viaje y centrarnos más en Croacia. Esto nos habría ahorrado los dos días que empleamos en la capital bosnia y otros dos de ida y vuelta, es decir, la mitad de las vacaciones. Esos cuatro días se podrían haber destinado para ver algo más de Eslovenia y ciudades costeras croatas como Pula o Zadar, o incluso alguna isla. Pero entonces habría sido otro tipo de viaje, más de sol y playa, más puramente veraniego. No digo que la costa de 1777 km de Croacia y sus más de mil islas no sean interesantes, solo que no era lo que buscábamos. Además, seguiríamos dejando Sarajevo para otro momento con el mismo problema de su aislamiento. Desde luego no es que el trayecto en bus fuera una maravilla, pero es lo que había. Y al menos el paisaje era interesante.

Sabíamos que iba a ser un golpe de realidad por la carencia de las infraestructuras y por la geografía de los Balcanes. Sí, seguimos en Europa, pero está claro que esta Europa no tiene nada que ver con por ejemplo Benelux, que cuenta con unas estupendas conexiones, una magnífica frecuencia y unos modernos trenes.

De hecho, moverse por Bosnia y Herzegovina (e imagino que Serbia, Montenegro…) no tiene nada que ver con otros países balcánicos como Croacia o Eslovenia. El tren en Croacia sí que era cómodo. Es verdad que también nos llevó una mañana viajar de Zagreb a Split, pero es que hablamos de más de 400 kilómetros y de un país muy verde en el que las carreteras y las vías ferroviarias van esquivando 8 parques nacionales, 11 parques naturales y 447 espacios protegidos.

Mucho más rápido es recorrer los 150 kilómetros que separan las capitales croata y eslovena. En un par de horas nos plantamos en la ciudad de los dragones. Eso sí, más complicado lo tuvimos para volver por un tren averiado.

Por lo demás, en esta ocasión no hemos hecho uso del transporte público nada más que para los trayectos desde y hasta los aeropuertos. Y es que las cuatro ciudades que hemos visitado son muy asequibles a pie. Tan solo en Sarajevo se nos quedaban puntos de interés en las afueras, pero lo solucionamos contratando una excursión.

En Zagreb el interior de la ciudad cuenta con una red de tranvías herencia de la época austrohúngara, y más allá, en la parte más externa, predominan los autobuses. Pero como lo que nos interesaba era conocer la ciudad, la pateamos. Incluso con una lluvia intermitente que nos acompañó durante todo el día.

No resulta complicado orientarse en la ciudad, pues se halla dividida en dos zonas: por un lado la Ciudad Alta, donde nació Zagreb, y por otro lado la Ciudad Baja, hacia donde se desarrolló la urbe entre el siglo XIX y principios del XX. El mercado de Dolac y la céntrica plaza de Trg Josipa Jelačića sirven como límite fronterizo entre ambos núcleos.

La Ciudad Alta, situada en una colina, es el casco histórico, donde nació la ciudad tras la unificación de las dos poblaciones enfrentadas de Gradec y Kaptol. No obstante, aunque se han unido, cada una de ellas sigue guardando su carácter. Mientras que Gradec destaca como centro administrativo y político y acoge imponentes edificios del siglo XIX, museos y galerías; por su parte Kaptol es el centro religioso por excelencia con la catedral como máximo exponente.

La Ciudad Baja, por su parte, presume de edificios de aire imperial, museos y vida cultural. Aquí no hay calles peatonales empedradas y un aire medieval, sino que tiene un trazado más regular, con espaciosas avenidas y numerosos parques que sirven de pulmón a la capital.

Situada entre la Europa Central y la costa adriática, ubicada a los pies del monte Medvednica y bañada por el río Sava, Zagreb combina la Croacia continental y la mediterránea. Tiene ese aire austrohúngaro, de gran ciudad, con espacios verdes y llena de vida artística y cultural; pero a la vez un carácter de ciudad pequeña en la que el ritmo es relajado y en la que se disfruta de lo tradicional.

Y si Zagreb nos parecía una ciudad en la que todo quedaba bastante cerca, en Liubliana aún más. A pesar de ser una capital, tiene unas dimensiones reducidas, eso sí, esto no significa que tenga poco interés. Al contrario, es una ciudad con mucho por descubrir, desde grandes plazas en las que predominan monumentales edificios, numerosos puentes sobre el río Ljubljanica, hasta estrechas callejuelas medievales pasando por restos romanos y un castillo en una colina que permite otear la urbe desde arriba. Podíamos haber subido andando, pero tomamos el funicular.

A los pies de la fortificación se halla la ciudad antigua, compuesta por dos barrios. Por un lado el del Ayuntamiento estructurado en tres plazas: Municipal (Mestni trg), Vieja (Stari trg) y Superior (Gornji trg); y por otro del de los Caballeros de la Cruz, al otro lado del río en torno a la Plaza del Congreso y la de la República.

Aunque varios terremotos han devastado Liubliana a lo largo de la historia, ha conseguido conservar las huellas de su pasado desde la ocupación de sus primeros pobladores hasta el día de hoy. Tras el seísmo de 1511, la ciudad fue reconstruida en estilo renacentista y barroco y, más tarde, después del de 1895, se siguieron los cánones del Art Nouveau, el Art Decó y el estilo Secesión vienés. Así pues, en la actualidad Liubliana tiene una riqueza arquitectónica de valor incalculable. La verdad es que nos sorprendió su aire a ciudad de los Habsburgo, casi me atrevería a decir que tenía más de austrohúngara que Zagreb.

Entre 1930 y 1960, durante el período yugoslavo, llegarían los rascacielos basados en modelos americanos, plazas abiertas poco ornamentales y moles de cemento como la Plaza de la República.

Nada que ver este tipo de plazas con las que habíamos visto en el casco histórico o con la Plaza Prešeren.

Liubliana fue sin duda la sorpresa del viaje con su carácter mestizo. No esperábamos encontrarnos restos romanos, un castillo, calles con trazado medieval en las que destacan edificios barrocos y renacentistas, huellas del imperio de los Habsburgo, arquitectura socialista e incluso un antiguo cuartel convertido en barrio alternativo.

Descubrimos una ciudad viva, joven, en la que la gente hacía vida en las plazas, en la calle, en los espacios verdes, en las terrazas junto al río… Quizá haya que volver a Eslovenia y ver qué más esconde.

Y si en Zagreb y Liubliana no habíamos necesitado más que nuestros pies para recorrerlas (y un funicular), en Split era todo mucho más sencillo, pues aunque es la segunda ciudad más grande del país, su casco histórico queda delimitado por las antiguas murallas del Palacio de Diocleciano.

Es verdad que la urbe se ha ido extendiendo más allá de sus muros, pero la parte moderna no tiene gran interés.

La mejor manera de descubrir cómo este palacio se fue convirtiendo en una ciudad fortificada es perderse por sus laberínticas calles llenas de ambiente. Además, al estar prohibido el paso de vehículos, el paseo es más agradable. Eso sí, no evita que haya que esquivar a gente en estrechas callejuelas.

Poco queda del palacio en sí, salvo los muros, algunos elementos originales de las construcciones romanas y restos arquitectónicos de períodos posteriores, pero quizá ahí radica parte de su encanto, en ver cómo es hoy en día y cómo fue hace siglos. Por ejemplo, se perdieron los templos de Cibeles y Venus, mientras que el de Júpiter, el único que ha llegado a nuestros días, lo ha hecho transformado en baptisterio de la catedral.

Split esconde mucha historia, y nos llamó la atención porque no se parecía a ninguna ciudad que hubiéramos visto antes. Aunque también cabe señalar que en algunas plazas y callejuelas tenía la sensación de estar en Dubrovnik.


Es cierto que apenas pasamos un par de tardes en ella y solo nos quedamos en la superficie, pero desde luego captó nuestra atención.

Sarajevo tampoco se quedó atrás en cuanto a atención, aunque era quizá la ciudad en que más expectativas teníamos. Tan tristemente conocida por la guerra al ser el epicentro del conflicto, es una ciudad muy interesante no solo históricamente, sino también en el aspecto cultural y gastronómico.

Encontramos cinco ciudades diferentes. Por un lado el Sarajevo turco en el barrio de Baščaršija, por otro el Sarajevo austrohúngaro, en tercer lugar el Sarajevo soviético, en cuarto el Sarajevo de la guerra y, finalmente, el Sarajevo del siglo XXI. Así, en un mismo paseo podemos sentirnos en los bazares de Turquía, en las calles de Viena o Budapest o en las grandes avenidas de Varsovia o San Petersburgo.

Ubicada en un valle y rodeada por colinas, sirve de conexión entre las culturas de oriente y occidente. Y esto se refleja en sus calles, en sus gentes. Es precisamente esta situación geográfica lo que hace que la ciudad quede compactada. Esto fue un contra en la guerra, pues era un objetivo claro desde las montañas. Sin embargo, como visitante, favorece el recorrido.

La autopista transeuropea conecta Sarajevo con Budapest al norte y con Ploče al sur, sin embargo, la falta de aparcamientos lleva a una mayor convivencia de peatones, bicicletas y favorece el uso de tranvía, trolebús y autobuses en el centro de la ciudad. En Stari Grad se puede pasear tranquilamente sin vehículos. El laberíntico barrio turco consta de calles estrechas adoquinadas e invita a perderse entre sus callejuelas, plazas y patios. La arquitectura, la gente, los bazares y mercados, las tiendas de artesanía distribuidas por gremios, el aroma a café hecho en un cazo de latón, a especias o a platos de la gastronomía bosnia, el olor a té moruno y cachimba, las delicias como los baklavás… todo recuerda a Oriente.

A medida que avanzamos por la calle Ferhadija nos adentramos en el Sarajevo austrohúngaro, con una palpable presencia de edificios de estilo imperial. Y no solo las construcciones, sino el diseño de las calles, más amplias.

Para ver aires del Sarajevo soviético hay que alejarse un poco más aún del centro. Aún se ven las grandes avenidas, como aquella que se convirtió en el punto de mira de los francotiradores serbios y algún edificio al más puro estilo brutalista.

Cerca de estas construcciones se ve el Sarajevo moderno, el que ha ido llegando tras la reconstrucción de la ciudad después del conflicto bélico. Han ido apareciendo rascacielos de vidrio y acero que destacan en el perfil urbano.

¿Y qué queda del Sarajevo de la guerra? Pues aunque cerca de un 80% de la ciudad ya se ha reconstruido, aún quedan visibles las marcas de la metralla en los edificios, se pueden encontrar agujeros en el pavimento y quedan para el recuerdo parques reconvertidos en cementerios en cuyas rápidas se repiten las fechas de fallecimiento.

Y más allá de lo material, en la memoria de sus habitantes quedan heridas que no cicatrizarán nunca. Porque aunque la ciudad se está recuperando y se ha convertido en el centro económico y cultural del país, ya no es lo que era hace 40 años. La Sarajevo del presente ha perdido el equilibrio entre nacionalidades y culturas y encontramos una clara predominancia musulmana que la aleja de aquel apelativo de Jerusalén de Europa. Las heridas están abiertas, pues las soluciones de la guerra no fueron más que parches que no zanjaron nada y Sarajevo está más dividida que antes. De hecho, a un paso tenemos Sarajevo Oriental, perteneciente a la Republica de Srpska con sus banderas de Serbia y sus carteles en cirílico.

La excursión que elegimos fue muy interesante. No solo por poder desplazarnos hasta el Museo del Túnel o a las pistas de bobleigh, sino por la conversación con nuestro guía que vivió la guerra en primera persona siendo un niño. Oír sus recuerdos humanizó el recorrido, aportando un punto de vista más cercano y situándonos en el contexto de los lugares en los que íbamos parando. En cada rincón de Sarajevo hay una lección de historia y recorrer la ciudad de este modo es un duro baño de realidad, pero te involucra más en el viaje. La verdad es que aunque estuvimos toda una mañana de acá para allá, se me hizo bastante corta.

Con respecto a los alojamientos, parece que también elegimos bien. Es verdad que el primero de Split era bastante justo, pero cuando valoramos las opciones, era el que mejor salía sopesando la proximidad al centro, a la estación y precio. Además, solo íbamos a estar una tarde.

El primero en Zagreb sin embargo sí que era bien espacioso. Contábamos con un par de habitaciones y un salón y cocina bastante amplios. También estaba bien ubicado, pues se encontraba a unos 15 minutos de la estación y no muy lejos del centro.

Una pena que nos confundiéramos a la hora de seleccionar las fechas y lo reserváramos solo para dos noches en lugar de tres. Pero afortunadamente no tuvimos problema a la hora de encontrar un techo con apenas 24 horas de adelanto. Aunque como solo lo íbamos a usar para dormir y ducharnos, es verdad que las exigencias eran inferiores. El apartamento tenía una distribución peculiar con un baño separado y minúsculo y una cocina con lo básico. Pero al menos tenía una habitación de buen tamaño con una cama doble y una individual y un salón comedor también bastante cómodo para tres.

Pero para espacioso el de Sarajevo. Teníamos solo una habitación, sin embargo, el chaise-longe del salón nos sirvió como segunda cama. La cocina era bastante grande y estaba perfectamente equipada. Además, contábamos con un comedor junto a ella que daba salida a un patio. Estuvimos bastante cómodos y además a un corto paseo del barrio turco.

Para nuestra última parada en Split antes de volver a casa elegimos de nuevo un piso de una habitación. Y es que los sofás-cama son muy socorridos en estos casos. No era un apartamento muy nuevo, de hecho se notaba en el baño, pero sí que tenía alguna reforma, como la apertura de la cocina, que sin duda favorecía un mejor aprovechamiento del espacio y daba una menor sensación de claustrofobia.

La idea de decantarnos por apartamentos en lugar de por hoteles vino motivada en parte por ser tres, ya que un piso nos daría más espacio que una habitación de hotel. Pero sobre todo porque nos daría la ventaja de contar con zonas comunes y cocina. No es que cocináramos mucho luego durante el viaje, de hecho, solo lo hicimos un par de días (pasta fresca en Split y huevos en Sarajevo), pero tener a mano utensilios facilitaba bastante la cosa.

Además de ese par de ocasiones, también comimos un día fuera en Zagreb, para probar el famoso ćevapi, que en realidad nos decepcionó un poco porque no era tan exótico como creíamos.

Y por lo demás, básicamente funcionamos a base de compra en supermercados y en las pekaras (panaderías). En los tres países había una gastronomía similar y podíamos encontrar puestos, quioscos y panaderías donde comprar los deliciosos burek, dulces, pizzas, empanadas y otros productos realizados con hojaldre o masa filo. Lo mismo solucionábamos un picoteo de media mañana que una cena o un picnic en un parque.

Aunque para picoteos nunca viene mal aprovechar los mercados y la fruta fresca y de temporada.

También probamos cervezas locales. Por parte de Croacia dos: Ožusjko (lager) y Karlovačko (de un sabor más amargo).

También la eslovena Laško, una cerveza suave, aunque con un regusto tostado.

En general el viaje salió según lo programado y el único incidente fue la confusión con la reserva del alojamiento de Zagreb que nos obligó a buscar algo de última hora. Visitamos todo lo que teníamos en mente, hicimos una excursión para empaparnos bien de la historia e incluso dejamos tiempo para la distensión con un Escape Room. Es verdad que tuvimos que hacer ajustes por la lluvia y mover la excursión a Liubliana de un día para otro, pero nada importante.

Para concluir, este fue nuestro resumen de gastos por persona:

  • Vuelo: 401€
  • Alojamientos: 132.39€
  • Seguro: 8.70€
  • Transporte: 80.54€
  • Excursión Sarajevo: 20.57€
  • Escape Room: 36€
  • Comida y algún recuerdo: 83.26€

Lo que hace un total de 738.46€. Sin duda no es un viaje caro, y menos como nosotros nos lo planteamos en plan mochilero. Aunque es verdad que en nuestro caso se nos subió un poco el hecho de ser en agosto y de comprar los billetes de avión tan solo tres meses antes siendo Croacia un destino tan turístico.

Con esto cerramos nuestro viaje a los Balcanes y ponemos la vista en el siguiente: Marruecos.

Balcanes XXII. Día 8: Regreso a Madrid

Nuestro vuelo de vuelta a Madrid era a las 11:35 de la mañana por lo que calculábamos que teníamos que estar en el aeropuerto a las 9:30 de la mañana para llegar con tiempo de facturar la mochila grande. Así pues, algo había que madrugar. No obstante, ya habíamos dejado prácticamente todo recogido por la noche, por lo que fue desayunar, prepararnos y salir.

Teníamos dos opciones de autobús: por un lado la línea 37 y por otro una de la empresa Pleso Prijevoz. La primera opción es una línea regular y por tanto era más barata (17 Kunas), pero también tardaba más (50 minutos), ya que realizaba más paradas. La segunda tenía menos frecuencia (uno a la hora en lugar de dos) y además costaba casi el doble (30 Kunas), sin embargo, tardaba apenas media hora en el trayecto. Teníamos nuestras dudas sobre cuál nos convenía más, así que, después de valorar pros y contras, nos decidimos por la segunda opción, ya que nos cuadraba mejor el horario y la cabecera (en la estación de autobuses). Yo pensé que por la hora y el día que era no íbamos a tener mucho problema, pero menos mal que habíamos salido con tiempo del apartamento, pues el bus se acabó llenando. De hecho, una pareja fue de pie todo el trayecto.

Cuando llegamos al aeropuerto nos encontramos junto a la parada una carpa para hacer la facturación. Fue muy extraño, porque por fuera se veía una terminal bastante moderna y lo último que te esperarías es que tuvieran varios mostradores en el exterior.

Nos pusimos a la cola de uno de ellos (era indiferente con quién volaras y cuál fuera tu destino) y a esperar.

Tras facturar la mochila grande y obtener nuestras tarjetas de embarque nos dirigimos a la terminal propiamente dicha. Y ahí lo entendimos. El aeropuerto es realmente pequeño, por lo que en temporada alta no puede albergar a tantos viajeros y evitan colapsar montando las carpas temporales. Tampoco teníamos mucho que hacer, la verdad, era absurdo dar paseos por donde no hay espacio, así que pronto pasamos el control y buscamos nuestra puerta de embarque.

Y si la parte de mostradores era limitada, la zona de embarque no se quedaba atrás. Además hacía un calor infernal.

Está claro que el aeropuerto de Split se ha quedado muy pequeño. Al menos, como digo, en verano. No había asientos suficientes y te encontrabas a gente por los suelos, encima de radiadores, sentados en maletas… o de pie esperando. Por suerte, nuestro vuelo no salió con retraso y no tuvimos que esperar allí más de lo necesario.

Con nuestra llegada a Madrid se acabó oficialmente nuestro verano. Tan solo nos quedaba contar los días para el próximo viaje: Marrakech.

Balcanes XXI. Día 7: Vuelta a Split

El sábado amaneció muy temprano, pues teníamos el bus a Split a las 6 de la mañana y una media hora de camino hasta la estación. Ya el día anterior habíamos dejado las mochilas preparadas a falta del pijama y la bolsa de aseo, por lo que desayunamos, terminamos de recoger y salimos a la noche de Sarajevo. Llegamos con unos diez minutos de adelanto, por lo que nos sentamos en un banco a esperar poder cargar el equipaje y subir a ocupar nuestros asientos. La mochila grande de nuevo tuvimos que dejarla abajo, el resto de nuestros bultos pudimos subirlos.

Teníamos un rato largo hasta la frontera y aún no había amanecido, por lo que fuimos echando cabezadas durante el primer tramo del viaje. Al igual que en la ida fuimos haciendo varias paradas puntuales en las que iba subiendo y bajando gente. También pudimos estirar las piernas un par de veces: la primera de ellas en Travnik a las 8 de la mañana (de apenas unos diez minutos) y una segunda a las 11 en Livno. Ahí ya íbamos algo más despiertos disfrutando del paisaje tan frondoso, aunque también con ganas de llegar ya a Split.

Sin embargo, aún nos quedaba pasar la frontera, y no fue tan rápido como para la ida hacia Bosnia y Herzegovina. En este caso, parece que la entrada en un país de la UE lleva un mayor control y tuvimos que bajarnos del bus. Esta vez no nos tomaron las identificaciones y ya, sino que tuvimos que ir desfilando con el pasaporte por la garita de Kamensko. Primero hicimos cola para el control bosnio y después entrar a la sala donde hacían el croata. Es un poco tedioso, pero fue bastante fluido. Creo que había una chica con pasaporte británico, pero por lo demás, salvo nosotros tres, el resto eran bosnios o croatas. Lógicamente, al ser ciudadanos de la UE, no tuvimos ningún problema al presentar nuestra documentación. No nos hicieron ninguna pregunta o comentario. Bueno, a la policía que nos selló el pasaporte parece que le hizo gracia el pelo rizado de mi prima, pues se lo señaló sonriendo mientras hacía un gesto circular con el dedo. Nos sorprendió aquello, pero luego pensando, lo cierto es que no habíamos visto mucha gente con el pelo rizado en nuestro viaje. Quizá no es tan frecuente (y menos tan rizado como ella lo tiene) en los Balcanes. O a lo mejor simplemente es que le hizo gracia a la mujer. Quién sabe, porque fue todo comunicación no verbal.

Subimos los últimos en el bus y parece que íbamos tarde, pues nos preguntaron si íbamos a Split o a alguna parada intermedia para así parar o directamente tirar hasta destino. Sin embargo, después cumplimos con la ruta y llegamos cumpliendo el programa, a las 13:30. Ya que estábamos en la estación y que aún nos faltaba hora y media para poder entrar al apartamento, nos acercamos a información para preguntar por los horarios de los buses que iban al aeropuerto, ya que al día siguiente también teníamos que madrugar y cuanto más dejáramos atado, mejor.

De camino al apartamento pasamos por una panadería-pastelería y aprovechamos para comprar unos bocadillos y hojaldres para comer. Y aún así, aún nos sobró algo de tiempo antes de poder subir, por lo que estuvimos esperando tranquilamente en el portal a la sombra.

A la hora acordada bajó nuestra anfitriona a recogernos, quien nos pidió disculpas por no habernos dejado subir antes, pero estaba limpiando. En realidad no había nada que perdonar, puesto que estaba así indicado en la reserva. Nos enseñó el piso, que constaba de una habitación principal, un salón-cocina con un sofá cama y un baño.

Perfecto para nosotros tres.

Rellenamos el papeleo del alquiler turístico, nos explicó el funcionamiento del aire acondicionado, de la televisión, de la caldera, nos habló un poco de la ciudad y de cómo podíamos movernos, así como recomendaciones de cómo ir al aeropuerto y nos dejó solos. Cansados del viaje, lo único que queríamos era comer y dormir un rato, así que descargamos las mochilas, sacamos la compra y nos echamos la siesta.

Ya a media tarde, cuando el sol había bajado un poco y nosotros habíamos descansado, salimos a dar una vuelta por Split. Esta vez mucho más relajados y sin objetivo claro, puesto que los puntos turísticos ya los habíamos cubierto en la parada anterior. En esta ocasión nos perdimos por las callejuelas de la ciudad y nos sentamos un rato en el Peristilo a ver pasar a la gente.

También echamos un ojo a las tiendecitas y puestos en busca de algún recuerdo que llevarnos a casa. Así, volvimos a la zona próxima a la Puerta Aúrea, a la Riva y a los pasajes subterráneos.

Dimos un paseo por el puerto y cuando comenzó a atardecer nos sentamos en el muelle a disfrutar de la brisa marina y ver atardecer con un helado en la mano. Fue una tarde puramente de relax, disfrutando las últimas horas de vacaciones que nos quedaban antes de tomar un avión de vuelta a Madrid al día siguiente.

Cuando se hizo de noche, como aún era pronto para finalizar el día, volvimos a callejear por la ciudad para verla iluminada, y la verdad es que estaba incluso más animada que por el día, sobre todo el Peristilo. La gente se había engalanado para salir a cenar y tomar algo. No en vano era sábado y además, día 1, con lo que había mucho turista recién llegado dispuesto a disfrutar de la noche.

Sobre las 10 cogimos en un local de la Riva unos tallarines y nos los llevamos al apartamento para dar por concluido el día y nuestro viaje por los Balcanes.

Balcanes XV. Día 5: Rumbo a Sarajevo

Si el día anterior habíamos tenido que madrugar para viajar de Zagreb a Split, este día aún más. Teníamos el bus a las 7 de la mañana y un paseo hasta la estación de autobuses. Así pues, el despertador sonó pronto, desayunamos mientras fuimos recogiendo nuestros trastos y a las 6:30 íbamos camino de la terminal.

Ya habíamos visto que la estación de trenes necesitaba un poco de renovación, pero la de autobuses no se quedaba atrás. Pronto encontramos nuestro bus y con los billetes en la mano, nos dirigimos a su interior. Con las mochilas pequeñas (30 y 25 litros) no tuvimos problema, pero la de 50 no nos dejaron subirla y tuvimos que guardarla en el maletero, algo que por cierto no está incluido en el billete (1€ o 10 kunas).

Ya acomodados en nuestros asientos, nos preparamos para pasar un viaje lo más ameno posible teniendo en cuenta las circunstancias. Teníamos por delante unas 7 horas y media en un bus que podría ser de antes de la guerra fácilmente, sin baño y que nada tenía que ver con aquel que tomamos de Letonia a Lituania. Ni siquiera con el que fuimos de Vilna a Gdańsk.

Apenas una hora más tarde llegamos a Kamensko, la frontera entre Croacia y Bosnia y Herzegovina. El conductor reserva pasó por todos los asientos recopilando los documentos de identidad, bajó al puesto de control y minutos más tarde volvió a subir y mirando las fotos, comenzó a repartirlos. A nosotros nos dejó para el final porque era fácil saber cuál era nuestra documentación. El resto del pasaje llevaba DNI croata o bosnio, y nosotros pasaporte. A diferencia de en nuestro anterior viaje, aquí sí que nos llevamos sello. Y en mi caso igualaba número de países visitados con edad:36.

Arrancamos y por fin entramos en Bosnia y Herzegovina, que, al parecer, hay que usar la conjunción “y” y no el guion para así hacer énfasis en que el país se compone de dos regiones históricas. Esto no quiere decir que haya unos límites oficiales, sino que reconoce su pasado. Podríamos decir que Herzegovina ocupa el extremo sur del país, mientras que el resto se vendría a corresponder con la Bosnia histórica.

Con forma triangular, el país limita al norte, oeste y suroeste con Croacia; al este con Serbia; al sureste con Montenegro; y con el mar Adriático (solo 30 kilómetros) al sur. Ubicado en la parte occidental de la Península de los Balcanes es en su mayoría montañoso.

No parece estar muy claro de dónde proviene la palabra Bosnia. Por un lado hay datos que indican que en el siglo X el Emperador bizantino Constantino VII la escribió en un manual para hacer referencia a un “país pequeño”. Aunque hay otras teorías. Por un lado una que indica que ya apareció en un texto anterior del año 723. Provendría de Bosna, un importante río importante de la región. Por otro lado, hay quien considera que guarda relación con la raíz indoeuropea bos/bogh (agua que corre). Y no faltan hipótesis sobre otras procedencias latinas o eslavas.

Por otra parte, parece bastante claro el origen del nombre Herzegovina. En la temprana Edad Media la región era gobernada por un noble que se hacía llamar Herzog de San Sava. Añadiéndole -ovina parece que Herzegovina significa terreno del duque.

La región que hoy ocupa el país ya estuvo habitada en el siglo V a. C. por los ilirios. En el siglo III a. C. pasó a pertenecer a la provincia de Iliria, del Imperio Romano. En el siglo VII llegaron los eslavos y pasó a formar parte del Imperio Bizantino hasta que en el siglo XII finalmente se formó el reino de Bosnia que consiguió mantenerse independiente hasta 1463, cuando quedó anexionado al Imperio Otomano. La mayoría de los ciudadanos se convierten al islamismo, algo que perdura hasta la actualidad.

Entre 1718 y 1839 pasó a manos austriacas, pero enseguida volvió a quedar bajo dominio turco hasta 1878. En este período (1851) es cuando se unieron los Eyalatos de Bosnia y Herzegovina. Poco después, con el Congreso de Berlín en 1878 el Imperio Austrohúngaro recuperó el control del territorio, llegando a anexionárselo en 1908.

Tras el final de la I Guerra Mundial Bosnia y Herzegovina se integró en el Reino de los Serbios, Croatas y Eslovenos, que en 1929 se convertiría en Yugoslavia. Un poco más tarde, durante la II Guerra Mundial fue anexionado por el estado fascista croata y tras esta, volvió a Yugoslavia como República Socialista de Bosnia y Herzegovina hasta su independencia en 1992 tras una cruenta guerra que se saldó con 250.000 muertos y más de 2.5 millones de refugiados.

No parece estar claro cuál fue la primera víctima. Para los serbios fue un señor que fue asesinado por un bosniaco después de un enfrentamiento por besar la bandera de Serbia mientras gritaba proclamas nacionalistas en la celebración de la boda de su hijo. Esto ocurrió el 1 marzo de 1992. Sin embargo, para los bosniacos fue Suada Dilberovic, víctima de los balazos de los francotiradores serbios cuando se manifestaba contra la guerra. Fue el 5 abril de 1992, el mismo día que Europa reconocía la independencia de Bosnia y Herzegovina.

Con el ambiente tan caldeado la guerra era inevitable y Sarajevo se convirtió en el epicentro del conflicto. La ciudad sufrió un asedio que duró desde el 5 Abril de 1992 hasta el 14 diciembre 1995. Los serbios comenzaron bloqueando las carreteras dejándola aislada (está situada en un valle). Además se cortó la electricidad y el agua y se impidió el suministro de comida y medicamentos. Quedó cercada por francotiradores que se apostaron en las colinas y con un ejército que no podía defenderse pues apenas tenía armas. Pronto el grito ‘Pazite, Snajper!’ (cuidado, francotirador) se convirtió en un acto cotidiano.

Para la llegada del invierno la situación era grave, pues la gente estaba muriéndose literalmente de hambre y la situación empeoró aún más cuando el VRS (Ejército de la República Srpska) comenzó a bombardear la ciudad cargándose mezquitas, iglesias, el parlamento, la biblioteca… Los ataques a civiles eran cada vez más sangrientos, no importando si se trataba de hospitales, colegios… Muchos soldados serbios lo veían como un juego. Se pasaban el día bebiendo y apostando a ver cuántas personas podían matar con sus disparos. Los soldados que integraban este ejército eran, como suele ocurrir, hombres bastante influenciables a los que les habían vendido la idea de que la única manera de constituir la Gran Serbia era eliminar a los bosniacos antes de que estos intentaran eliminarlos a ellos. Les presentaron como fundamentalistas islámicos a unos vecinos que simplemente eran musulmanes, y ni siquiera seguían a rajatabla el Corán. La religión de por medio, como siempre.

Sin embargo esta teoría hacía aguas por todos lados, ya que ni siquiera había una clara separación étnica. En Sarajevo por ejemplo el 35% de los matrimonios eran mixtos y en una misma familia podía haber bosnios musulmanes, bosnios-serbios (ortodoxos) y bosnios-croatas (católicos) a medida que pasaban las generaciones y se iban formando más ramificaciones. La guerra fue cruenta por esto mismo, no había territorios o guettos claros, sino que las etnias estaban muy mezcladas, lo que complicaba la idea de crear un estado étnicamente puro.

La ONU intervino y consiguió el control del aeropuerto de Sarajevo, por lo que pudo llegar la ayuda humanitaria. Además, en 1993 se construyó un túnel subterráneo bajo el aeródromo, por lo que se pudo introducir alimentos, medicamentos y armas evitando el control de las carreteras. Aún así, no era tarea fácil llegar a él, puesto que los ciudadanos tenían que cruzar la peligrosa Avenida de los Francotiradores. No obstante, la opción era morir por las balas o morir de hambre, así que era la única esperanza que les quedaba.

Como era de esperar, tres años de guerra no sirvieron para solucionar nada. Al final de las exrepúblicas Yugoslavas Bosnia y Herzegovina es la más pobre como consecuencia del conflicto y el bloqueo de sus vecinos Serbia y Croacia.

Hoy en día es una república federal con una estructura descentralizada y dividida en dos entidades totalmente autónomas (cada una tiene su propio gobierno y Asamblea Nacional): la Federación de Bosnia y Herzegovina, integrada por zonas de población bosniaca-musulmana y bosnio-croatas, y la República Srpska, de población serbo-bosnios (con su alfabeto cirílico y su mayoría ortodoxa). Y aunque parece que intentan conseguir una unificación administrativa, no es tarea fácil debido a las diferencias entre los ultra-nacionalistas serbo-bosnios y los bosnio-croatas. Y mientras tanto, la incorporación a la UE queda bloqueada.

Y eso que parecen que llevan pensando en la entrada en la UE desde que cambiaron la bandera. En 1991, tras la independencia, fue elegida una que constaba de un escudo azul y franja blanca con flores de lis doradas sobre fondo blanco. El problema era que este escudo era el que habían usado en el siglo XIV los primeros reyes de Bosnia y a la comunidad croata y serbia no le hacía mucha gracia. Así pues, se inició la búsqueda de una que contentara a todos.

No fue un proceso sencillo, pues había muchas propuestas y a cada cual más horrible. Al final el Alto Comisionado de las Naciones Unidas (el parlamento bosnio no llegaba a un consenso) eligió el diseño del español Carlos Westendorp, que no hacía ningún tipo de alusión histórica al estado bosnio. Tampoco es que sea una preciosidad, la verdad sea dicha. Pero teniendo en cuenta que presentó otras dos más feas aún (esta y esta)… aceptamos barco. Eso sí, tomando otro azul que se pareciera más a la de la UE.

Las estrellas, que se suponen infinitas y por eso aparecen cortadas, hacen referencia a Europa y el azul el color de la bandera de la UE. Los picos del triángulo por su parte representan las tres naciones (croatas, serbios y bosnios) que conforman el país.

Nada más pasar la frontera el paisaje cambió, no solo por el hecho de que todo fuera cada vez más montañoso, sino porque comenzaron a aparecer algunas señales en cirílico y mezquitas en cada pueblo.

También casas aparentemente terminadas, pero que no tenían vallas en las terrazas.

Algunas daba la sensación de que estaban abandonadas o a medio construir, pero vimos muchas que daban la sensación de estar habitadas y mantenidas. Parece ser que es común construir una casa unifamiliar en la que se espera que los hijos vivan en plantas superiores. Sin embargo, se ahorran el dinero del vallado hasta que no llegue el momento en que esos pisos queden ocupados.

Salvo una parada de 20 minutos en el pueblo de Bugojno a las 10:30 de la mañana y otra a las 12:15 en Travnik, el resto del camino fue carretera y manta. Es verdad que el bus no era tan cómodo como el tren del día anterior y que la ausencia de baño no ayudó a mi pequeña vejiga; pero entre ratos de lectura, alguna cabezada y observar un paisaje tan verde, pasaron las 7 horas y media más rápido de lo que esperaba.

Nada más bajar vimos un cajero, así que allá que nos dirigimos para sacar dinero, ya que ni el Euro ni las Kunas nos iban a servir. Desde 1998 la moneda de Bosnia y Herzegovina es el marco convertible bosnio (BAM), que sustituyó al Dinar de Bosnia-Herzegovina y mantenía una tasa de cambio 1=1 con el marco alemán. Con la llegada del Euro se estableció la misma paridad que el DM, 1 EUR = 1,95583 BAM.

Al igual que el germano, se divide en 100 Pfennig. Hay monedas de 5, 10, 20 y 50 pfennig, así como de 1, 2 y 5 marcos. Los billetes que se pueden encontrar son de 10, 20, 50, 100 y 200 marcos. A excepción de este último, que tiene un diseño único, todos los demás se emiten en dos modelos: uno para la Federación de Bosnia y Herzegovina, otro para la República Srpska, aunque se pueden usar en todo el país.

No obstante, el cajero no me aceptaba ni la Revolut ni la Bnext, así que decidimos probar suerte por la tarde, cuando saliéramos a recorrer la ciudad. Esperábamos tener más suerte ya metidos de lleno en la urbe. Nos dirigimos pues al apartamento, que se encontraba a unos 15 minutos de la estación. Allí nos esperaba nuestro anfitrión, que nos enseñó brevemente el piso y se marchó. En contraste con el alojamiento del día anterior, aquí teníamos muchos más metros. Por un lado una habitación principal bastante espaciosa y un salón con un sofá chaise-longe que se hacía cama.

Además, teníamos un comedor junto a la equipada cocina y un baño de también buen tamaño. Como añadido contábamos hasta con un pequeño patio.

Nosotros tampoco nos entretuvimos mucho, dejamos las mochilas y nos fuimos en busca de un super. Teníamos uno pequeño cerca del apartamento, por lo que por suerte no tuvimos que dar mucha vuelta. Y es que eran las 3 de la tarde y ya había hambre. Compramos bebida, picoteo, desayuno, algunas latas, queso de untar, algo de fruta y un cartón de huevos. Afortunadamente la Revolut funcionó a la perfección.

Ya de vuelta en el piso preparamos una comida rápida y nos sentamos tranquilamente a comer y plantear qué queríamos hacer aquella tarde.

No obstante, nos pasó un poco como el día anterior. El madrugón y el viaje nos habían dejado cansados. Además el sol pegaba bastante, por lo que decidimos tomárnoslo con calma y echarnos un rato de siesta. Ya habría tiempo de conocer Sarajevo.

Balcanes XIV. Día 4: Recorriendo Split II

Volvimos sobre nuestros pasos por la Marmontova ulica y nos adentramos por Kraj Svete Marije hasta llegar a la Pjaca o Plaza del Pueblo. Esta plaza fue el primer lugar habitado fuera del recinto amurallado. Familias nobles como Cambj, Pavlović, Nakić, Ciprianis, Karepić contruyeron sus palacios siguiendo el estilo veneciano. Así, a partir del siglo XIV, Pjaca, de dimensiones superiores al Peristilo, se convirtió en el centro administrativo del casco antiguo de Split.

El edificio gótico del antiguo Ayuntamiento, hoy convertido en sala de exposiciones, preside la plaza. Destaca también Morpurgo, una de las librerías más antiguas del mundo y el Café Central, lugar en que se reunían los artistas e intelectuales de la ciudad. La plaza sigue manteniendo aquel espíritu de reunión y hoy abundan los cafés y restaurantes.

Esta plaza nos conduce a la Porta Occidentalis, Porta Ferrea o Puerta de Hierro, que sirve de nexo entre la ciudad veneciana y el recinto del Palacio Diocleciano.

Esta puerta, que junto con la del puerto, era la única abierta en la Edad Media, ha quedado un tanto oculta por construcciones posteriores. Sobre ella se levantó en el siglo XI la iglesia de Nuestra Señora del Campanario, en cuyo campanario románico destaca un peculiar reloj que en vez de contar con 12 números, tiene 24.

Nos perdimos por las pintorescas callejuelas hasta llegar al perímetro norte del palacio donde se hallan el campanario y la capilla que en su día pertenecieron a un convento benedictino. Es lo único que quedó en pie tras su demolición en 1945.

Esta zona junto al parque Josip Juraj Strossmayer está plagada de puestecitos de recuerdos y artesanía. No en vano, es la calle en la que se encuentra el principal acceso al recinto del palacio. Es aquí donde se encuentra la Porta Septemtrionalis, que en el siglo XVI, por influencia veneciana cambió su nombre a Porta Aurea, es decir, Puerta de Oro. Es la más importante de todas, ya que conducía a la cercana Salona, la capital de la provincia romana de Dalmacia. Sin embargo, no podía usarla cualquiera, sino que una vez que Diocleciano la cruzó por primera vez el 1 de junio de 305 cuando se mudó al palacio quedó reservada para el emperador y su familia.

Dada su relevancia, es la más ricamente decorada. En los nichos de su fachada se encontraban las esculturas de los cuatro tetrarcas (gobernantes de una región o subdivisión de una provincia romana) Diocleciano, Maximiano, Galería y Constancio Cloro.

Frente a la puerta destaca la enorme estatua de Gregorio de Nin, obra del escultor croata Ivan Meštrović. Originalmente se encontraba frente a la Catedral, en el centro del Peristilo, pero fue retirada durante la ocupación fascista en 1941. Fue en 1954 cuando se colocó aquí.

Este obispo del siglo X consiguió que se pudiera usar el croata en las celebraciones religiosas, algo que la iglesia no permitió al resto de países hasta diez siglos después.

Hoy su estatua es todo un símbolo de la ciudad y es tradición sobar el pulgar de su pie izquierdo.

De nuevo entre los muros del Palacio, nos callejeamos sin rumbo por sus callejuelas estrechas. Eran las últimas horas de la tarde y las terrazas de los restaurantes empezaban a acomodar a los comensales que se preparaban para la cena. En realidad llamarlo terraza es ser demasiado generosa, pues en muchos casos se trataban de tres o cuatro mesas para dos personas dispuestas junto a la pared del local. Y es que las calles no permitían mucho más.

Para nosotros aún era algo pronto para cenar, pero de todas formas comenzamos a valorar nuestras opciones mientras paseábamos.

Acabamos en la animada Plaza de la Fruta, que, aunque se llama oficialmente Plaza de los Hermanos Radic, recibe este nombre ya que antiguamente era el lugar donde se ponía el mercado de frutas. Era por ello una plaza muy animada, espíritu que sigue manteniendo hoy en día debido sobre todo a los restaurantes y comercios que alberga.

Destaca en el centro la estatua del escritor Marko Marulić, oriundo de Split y considerado el padre de la literatura croata. Al igual que la de Gregorio de Nin y otras de la ciudad, esta obra fue realizada por Ivan Meštrović.

Además, en esta plaza sobresale la torre veneciana octogonal, resto de un antiguo castillo erigido en el siglo XV.

Cerca de la Plaza de la Fruta es donde acabamos comprando nuestra cena. Nos hicimos con una especie de empanada y volvimos al apartamento tranquilamente. Tras una reparadora ducha, cenamos, preparamos las mochilas y nos fuimos a dormir, pues al día siguiente nos esperaba otro buen madrugón.

Balcanes XIII. Día 4: Recorriendo Split

Tras un reparador descanso, salimos a conocer Split, una ciudad muy peculiar debido a su origen. Recordemos que allá por el siglo III d.C. aquello era páramo hasta que el emperador romano Diocleciano decidió construirse un palacio donde retirarse tras abdicar. Bueno, palacio por llamarlo de alguna forma, ya que el recinto además de su gran mansión contaba con varias villas y un campamento militar. En la parte sur era donde hacía vida el emperador, mientras que en la norte se ubicaban los almacenes, así como las dependencias de la guardia imperial y del servicio.

El palacio, realizado en piedra blanca de la isla de Brac y mármol de alta calidad tenía unas dimensiones de 215 x 180 metros y resultaba inexpugnable gracias a sus muros de más de 20 metros de altura, 16 torres de vigilancia y cuatro puertas de acceso. Así, aunque nació con esa función residencial, sirvió como refugio a principios del siglo VI ante la amenaza de los bárbaros.

Poco a poco se fueron adaptando los espacios a las necesidades de los nuevos residentes. Así los pasillos y patios se convirtieron en calles y plazas, el espacio habilitado para la tumba del emperador se convirtió en catedral, se levantaron viviendas, se abrieron comercios… y nació la ciudad de Spalato. Hoy en día conforma el casco histórico de Split lo que hace siglos fuera un palacio, una particularidad que hizo que en 1979 la ciudad fuera declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO.

Contábamos con unas horas hasta que anocheciera, así que sin perder más tiempo nos dirigimos al recinto amurallado sin más intención que perdernos entre el laberinto de sus callejuelas y viajar al pasado por medio de los restos arquitectónicos que aún se conservan. Comenzamos nuestro recorrido por el este, ya que era la zona más próxima a nuestro alojamiento. Aún se pueden ver los restos de la muralla original y de algunas torres de defensa. No obstante, gran parte de lo que vemos ha sido restaurado tras los bombardeos de la II Guerra Mundial.

Escondida entre puestos callejeros de artesanía, ropa y recuerdos se halla la Porta Orientalis, Porta Argentea o Puerta de Plata, un acceso que fue cerrado desde la Edad Media hasta mediados del siglo pasado, cuando se demolió la iglesia barroca Dušica y se llevaron a cabo tareas de restauración.

Esta entrada nos lleva al Decumano, la típica calle con orientación este-oeste de la planificación urbanística romana, que aún conserva gran parte de su pavimento original.

Lo primero que llama la atención es la Catedral de San Domnius (San Duje). Es irónico que se haya convertido en templo religioso lo que en su día fue el mausoleo de Diocleciano, y es que el emperador publicó Edicto contra los Cristianos, una norma que desembocó en una dura persecución de quienes profesaban este credo. Erigida en el siglo VII, cuenta con una estructura octogonal rodeada por un pórtico de 24 pilares. Destaca su campanario de estilo románico-gótico de 57 metros construido en el siglo XIII y reconstruido entre los siglos XIX y XX desde cuya altura se puede observar toda la ciudad.

El sarcófago de Diocleciano fue destruido y hoy en día en su interior destacan los altares con las reliquias de los mártires San Domnius (patrono de Split) y San Anastasio. Asimismo, destacan los respaldos de los bancos de madera, tallados en la primera mitad del siglo XIII. En su exterior sobresale la puerta de nogal en cuyas hojas el arquitecto Andrija Buvina talló escenas de los Evangelios.

Seguimos nuestro recorrido hasta el Vestíbulo, que, como su nombre indica, suponía la antesala a la parte residencial del palacio. En su exterior es cuadrangular, sin embargo, una vez en su interior podemos ver cómo tiene una planta circular. Contaba con una gran cúpula recubierta con un brillante mosaico policromado y nichos semicirculares en los que descansaban magníficas estatuas. Hoy estos agujeros están vacíos y si miramos hacia arriba nos encontramos con el cielo.

Junto al Vestíbulo se extiende un barrio medieval en el que se halla la casa más antigua del románico y el Museo Etnográfico, que se ubica en la antigua iglesia de San Andrés del siglo VII.

Volviendo al Decumeno y girando a la izquierda en la catedral, llegamos al Peristilo, el espacio que fuera el corazón del Palacio y que hoy se ha convertido en lugar de encuentro, pues sus escalinatas estaban llenas de grupitos charlando animadamente.

Ubicado en el cruce del Cardo (vía con orientación norte-sur) y el Decumano, las dos principales avenidas de las ciudades romanas, este patio rodeado por columnas de mármol era el lugar más importante de la ciudadela. En él podemos encontrar, además de la catedral, una esfinge egipcia de 3500 años.

Unas escaleras nos llevan a los sótanos que en época del emperador servían como almacenes. Hoy en lo que era la sala central podemos encontrar numerosas tiendecitas de recuerdos y artesanía. También hay una zona de acceso de pago en la que tienen lugar exhibiciones de pintura, escultura e incluso obras de teatro y otros eventos sociales y culturales.

Durante la Edad Media una parte de los sótanos se usaron como residencias, más tarde, cuando se construyeron viviendas dentro del Palacio, se convirtieron en vertedero. En 1956 se iniciaron tareas de desescombraje y, ante los hallazgos, se llevaron a cabo obras de rehabilitación para recrear cómo eran los apartamentos imperiales situados justo encima. Los trabajos de excavación y reconstrucción acabaron a mediados del siglo pasado y finalmente en mayo de 1995 se abrió la parte oriental al público.

Las galerías subterráneas han sido además escenario para Juego de Tronos. Se convirtieron para la serie en la mazmorra donde Daenerys encierra a sus dragones.

Dimos una vuelta a ver qué podíamos llevarnos de recuerdo y el extremo opuesto nos condujo al sur del recinto, a la puerta que en su día daba acceso al mar y servía como entrada y salida de mercancías. Debido a su función es de menor tamaño que el resto y además de ser conocida como Porta Meridionalis o Porta Aenea (Puerta de Bronce), recibía el sobrenombre de Puerta Segura, ya que permitía una fácil huida por mar ante un posible ataque. Paradójicamente hoy en día es la más usada, ya que conecta con la Riva, el típico paseo marítimo de cualquier ciudad mediterránea en el que predominan las terrazas de los restaurantes, cafeterías y heladerías bajo las sombras de las palmeras y las carpas. Fue diseñado por el mariscal Marmont en la época napoleónica y se construyó durante el siglo XIX.

El paseo marítimo conduce a los puertos deportivos (Split ACI Marina, el Muelle Spinut, el Puerto Poljud y el muelle deportivo Zenta) y a la terminal desde la que salen los ferris que llevan a las islas cercanas.

Recorrimos el bulevar hasta la Plaza de República o Prokurative, una plaza orientada al mar que data del siglo XIX. De clara inspiración veneciana, al igual que San Marcos, queda rodeada de edificios neo-renacentistas.

En su día contaba con un teatro, pero quedó destruido en un incendio. No obstante, eso no ha impedido que el espacio abierto sirva como escenario para diversos eventos culturales.

Desde allí continuamos nuestro paseo por la Marmontova ulica, una calle plagada de hoteles, tiendas de moda, restaurantes y pizzerías. También en ella se halla el mercado de pescado, de más de un siglo de antigüedad. Esta calle nos conduce a una plaza en la que encontramos el Teatro Nacional de Croacia, la Iglesia de Nuestra Señora de la Salud y restos de la muralla romana.

El Teatro Nacional de Croacia fue construido a finales del siglo XIX como Teatro Municipal. Inaugurado con un aforo de 1000 personas, es uno de los teatros más antiguos que quedan en la provincia de Dalmacia.

La belleza de este edificio, que recuerda a las construcciones típicas del Imperio Austrohúngaro contrasta con la mole modernista en que se erige la Iglesia de Nuestra Señora de la Salud. Este templo sustituyó en 1937 a una iglesia barroca que había sido demolida unos pocos años antes. Tras ella se encuentra el monasterio, del que se puede ver la torre.

El sol empezaba a caer, pero aún nos quedaba mucho por descubrir de Split.

Balcanes XII. Día 4: Rumbo a Split

Abandonábamos Zagreb y poníamos rumbo a Split, la principal ciudad de la región de Dalmacia, la capital del condado de Split-Dalmacia y la segunda ciudad con más habitantes del país después de la capital. Asimismo es un importante puerto pesquero y base naval del Adriático. También es un centro cultural y turístico importante gracias a sus playas y a la ciudad antigua declarada Patrimonio de la Humanidad en 1979.

En la época de la Antigua Roma Dalmacia era una de las provincias del Imperio. En Salona, la que fuera su capital, y hoy conocida como Solin, nació en familia humilde un niño que se convertiría años después en el emperador romano Diocleciano. De mayor, este emperador que fue el primero en abdicar (en Maximiliano), se hizo construir un palacio en su tierra natal para retirarse. Al final solo vivió en el tres años, pues se acabó suicidando, pero siguió ocupado durante 300 años por sus sucesores.

La construcción, a pesar de haber nacido con una función residencial, tenía un corte militar y resultaba prácticamente inexpugnable. Así pues, cuando a principios del siglo VI los bárbaros arrasaron Salona, la gente se refugió en su interior convirtiendo el palacio en una ciudad fortificada y el mausoleo en la catedral de la ciudad.

Entre el 812 y 1089 Spalato (el nombre latino de Split) estuvo bajo el dominio del Imperio Bizantino, aunque conservó cierta autonomía.

A comienzos del siglo XII pasó a manos húngaras, pero seguían con ciertas concesiones, pues podían redactar sus propias leyes municipales e incluso acuñar su propia moneda. También respetaron la autonomía los venecianos, quienes llegaron en 1420, aunque quedaban bajo el control de un gobierno municipal dirigido por un príncipe-capitán veneciano. Esta etapa fue la más próspera, gracias en parte a que muchas familias venecianas de la aristocracia se mudaron a la ciudad y esta fue expandiéndose más allá de las murallas.

En 1797 Napoleón disolvió la República de Venecia y Spalato pasó a manos austriacas. En 1809, tras la Batalla de Wagram quedó bajo el dominio francés formando parte del Reino napoleónico de Italia. Más tarde se integraría en las Provincias Ilirias. Poco a poco, con los últimos movimientos, la población italiana fue disminuyendo a medida que aumentaba la croata.

Cuando el Imperio Austrohúngaro desapareció, Dalmacia se integró en el Reino de los Serbios, Croatas y Eslovenos. En 1919 Spalato fue renombrada oficialmente en croata como Split.

Con la invasión de Yugoslavia por parte de los ejércitos del Eje, fue ocupada por Italia en abril del 41 y en mayo pasó a pertenecer a la Gobernación de Dalmacia del Reino de Italia. Fue liberada en septiembre de 1943 por las brigadas de Tito, aunque una semana más tarde quedó ocupada por el Estado Independiente de Croacia, de corte fascista. Fue finalmente recuperada por los partisanos el 26 de octubre de 1944 convirtiéndose en la capital provisional de Croacia hasta el fin de la guerra.

Entre 1945 y 1990, Split fue el centro administrativo de Dalmacia.

Hoy, a unos 400 kilómetros de la capital, es una de las principales ciudades para visitar en el país, no solo por su casco histórico y sus playas, sino porque también sirve como nexo para visitar las islas de Croacia gracias a los ferris que salen de sus puertos. También une Croacia con Italia gracias a la ruta con Ancona. Además del turismo, su economía se basa en la industria naval y en la viticultura.

Nosotros abandonamos Zagreb muy pronto, ya que teníamos el tren a las 7:35 de la mañana. El día anterior en Liubliana ya habíamos hecho compra para desayunar y picotear durante el viaje en previsión de poder aguantar las seis horas que duraría el viaje. Y la verdad es que se me hizo más ameno de lo que pensaba. El tren era bastante moderno y cómodo, además las vistas acompañaban.

Se trata de una ruta panorámica que pasa por zonas menos pobladas del país y atraviesa montañas. Cuando te quieres dar cuenta de repente aparece ante tus ojos la costa y en apenas unos minutos has llegado a Split.

Eso sí, la llegada no es muy glamurosa, puesto que la estación de tren claramente necesita un repaso, y no solo de pintura.

Hacía un calor horroroso y teníamos hambre, por lo que no perdimos mucho tiempo y nos fuimos en busca de nuestro apartamento, que estaba a unos 10 minutos de la estación. Bueno, realmente llamarlo apartamento era mucho, ya que realmente era un local en el bajo de un domicilio que había sido reacondicionado con fin meramente turístico. En un mismo espacio contábamos con dos camas, un sofá cama, un armario, una mesa con tres sillas y una cocina metida con calzador.

El baño sin embargo no estaba mal y tenía unas dimensiones algo más razonables.

Solo íbamos a estar una noche, así que no nos preocupaba mucho, pero la verdad es que para una estancia más larga habría sido claustrofóbico.

Nuestra anfitriona nos explicó dónde estaban las cosas en el pequeño apartamento y después nos mostró en un mapa los puntos más relevantes de la ciudad. Tras despedirnos de ella y de su madre, nos dirigimos a un supermercado para hacer algo de compra. No solo necesitábamos comida, sino que también queríamos dejar zanjado el desayuno y el picoteo del día siguiente, pues teníamos el bus bastante pronto también para Sarajevo. Y bastantes horas en la carretera.

Solucionamos la comida con una ensalada, unos paquetes de pasta fresca y tomate frito. No es que la cocina permitiera mucho movimiento, pero al menos nos daba la posibilidad de comer caliente.

Como habíamos madrugado y hacía demasiado calor para salir a la calle, decidimos echarnos un poco de siesta para reponer fuerzas, y salimos a recorrer la ciudad ya a media tarde.