Resumen viajero 2017

Con casi un año de retraso vamos a cerrar 2017. ¡En noviembre de 2018! Pero es que si bien 2016 fue un año relativamente tranquilo en cuanto a viajes, ya que solo visitamos Escocia en verano e hicimos una escapada en diciembre a Atenas y Sofía; 2017 rompió con todos los moldes. Incluso tiró el listón de 2015 cuando visitamos Japón, Viena, Praga, Budapest, Bratislava y Estambul. Se avecina post largo.

Retomamos la costumbre de hacer un viaje a principios de año. Aunque fue totalmente inesperado y no planeado. Una tarifa error tuvo la culpa y nos embarcamos en la aventura de visitar Bombay y de paso París, además de unas breves escalas en Mahé, en las Seychelles. Tres destinos totalmente diferentes.

Visitamos Mahé, la principal isla de este archipiélago paradisíaco, en dos ocasiones. Las dos veces que tuvimos que cambiar de avión. Una islita que a pesar de ser la más poblada, sigue conservando un gran área natural y paisajes salvajes. Mahé ofrece más de 65 playas paradisíacas, verdes bosques, el Parque Nacional Morne Seychellois con su montaña de 905 metros, plantaciones de té, selvas tropicales y una rica diversidad de flora y fauna.

En nuestra primera parada nos dirigimos en primer lugar a Victoria, la capital, que se encuentra a 7.810 km de Madrid y que es la única ciudad como tal de todo el país. Es la capital más pequeña del mundo, lo cual no es de extrañar teniendo en cuenta las dimensiones de las Islas Seychelles. En 1838, el día en que se coronaba a la Reina Victoria, se decidió cambiar el nombre de la ciudad en su honor. Aunque se ha convertido en el centro cultural y económico del país, ha conseguido conservar su encanto original con diversos ejemplos de la arquitectura tradicional de este país multicultural.

Recorrer Victoria no lleva mucho tiempo y sus monumentos se cuentan con los dedos de una mano: el Monumento al Bicentenario, que representa el origen étnico de la población de Seychelles: África, Europa y Asia; la Fontaine Jubilee, que aunque a veces se confunde con una virgen, en realidad es una imagen en honor a la Reina Victoria; y el Clock Tower, otro símbolo de la admiración de Reino Unido que copia el Big Ben londinense (salvando mucho las distancias).

En cuanto a construcciones importantes, podemos destacar la Catedral, el colorido templo hindú Arul Mihu Navasakthi Vinayagar y por supuesto el Slewyn-Clarke Market, un mercado de 1840 en el que se pueden encontrar productos tropicales, desde fruta y verduras, a especias, té local, recuerdos y souvenirs, pasando por pescado típico de las Seychelles. Fue interesante pasear por sus pasillos y observar los productos, muchos de ellos totalmente desconocidos para nuestros ojos. Otros sí eran conocidos, como las bananas, sandías o berenjenas, pero sorprendía su tamaño, ya que eran una versión mucho más pequeña de la que estamos acostumbrados en España. Por contra, las zanahorias eran bastante hermosas.

Tras abandonar Victoria emprendimos la ruta por la costa norte deteniéndonos en varias playas de arena blanca de diferente consistencia y aguas cristalinas. Aunque en muchos casos, bastante rocosas una vez que te adentrabas. Por no hablar de la temperatura del agua, casi tan sofocante como la del ambiente. A medio día acabamos dándonos un baño en Beau Vallon, la playa más popular y turística de la isla. Y también allí aprovechamos para comer. El resto de la tarde lo empleamos en seguir recorriendo la isla y parando en más playas, quedándonos hasta el atardecer, cuando regresamos de vuelta al aeropuerto.

En nuestra segunda escala en las Seychelles el tiempo acompañó algo más y no tuvimos que soportar tanto calor. Incluso nos acompañó la lluvia. Esa vez aunque seguimos recorriendo Mahé y parando en playas, llegamos también a la zona norte y al Parque Nacional Morne Seychellois, un parque que ocupa el 20% de la isla (unos 30 Km²) y que fue declarado Parque Nacional en 1979. En él se encuentran todas las plantas y aves endémicas de Mahé, así como la mayoría de los reptiles. También destaca el pico más alto del país, el Morne Seychellois de 905 metros. No teníamos tiempo para hacer una caminata, así que nos contentamos con subir al mirador, con visitar las ruinas de The Mission/Mission Lodge, el orfanato de los hijos de los esclavos y hacer una parada en la Tea Factory, la plantación y fábrica de té, donde además hicimos algunas compras.

Repetimos en el mismo restaurante de Beau Vallon y volvimos a Victoria, y para acabar el día seguimos parando en diferentes playas. Eso sí, en aquella ocasión no hubo baño.

En estas dos fugaces escalas pudimos comprobar que Seychelles es mucho más que un destino turístico de resort en el que no hay más que hacer que descansar en sus preciosas playas de aguas cristalinas con sol todo el año. Sí, es un lugar aislado, tranquilo que no tiene nada que ver con el frenético ritmo que podamos tener por ejemplo en Madrid; pero también es un lugar ideal para los amantes del verde y de los deportes acuáticos. Eso sí, le sobra calor.

Recorrer Bombay fue sin duda más complejo. Ya no por las precauciones y consejos sanitarios que llevábamos en mente, sino por la ciudad en sí. Gente por todos lados, caos circulatorio, contaminación acústica… Aún así, la visita mereció la pena.

La ciudad estuvo amurallada, pero con el paso del tiempo se derribaron los muros y se expandió. Bombay conserva algunos restos de su pasado portugués, por ejemplo en algunos barrios como Khotachi Wadi o Bandra. Sin embargo, de lo que sin duda hay huella es de la influencia británica durante los años en los que la India fue su colonia. Se aprecia no solo en la arquitectura o en el hecho de que conduzcan por la izquierda, sino en la educación, en algunas costumbres o incluso en los nombres de monumentos o edificios. No obstante, desde la independencia se ha rebautizado hasta la ciudad, dejando de ser Bombay para convertirse en Mumbai.

En nuestro primer día ya vimos ese aire colonial al recorrer Fort, el centro histórico de la ciudad donde se encuentran importantes edificios como la Central Telegraph Office, el Tribunal Supremo de Bombay, la Rajabai Clock Tower, la Universidad, el Elphinstone College, la Biblioteca David Sassoon, la estación Chhatrapati Shivaji Terminus o el Museo Chhatrapati Shivaji Maharaj Vastu Sangrahalaya. La gran parte de estas edificaciones se construyeron en el último cuarto del siglo XIX con intención de mostrar el poderío británico en la joya del Imperio.

Por supuesto, no podíamos omitir el monumento más famoso de la ciudad: la Puerta de la India, erigida en una zona estratégica, para que su silueta fuese lo primero que vieran los barcos desde el Mar Arábigo al aproximarse a la joya del Imperio Británico. Sin embargo, hoy se recuerda por ser el punto desde el que embarcaron los últimos representantes de la colonia en 1948.

Además de la parte más histórica de la ciudad, también paseamos por barrios menos turísticos como Bandra o Worli, que suponen un contraste con respecto a Fort o Nariman. En nuestro deambular nos encontramos con iglesias, templos de diferentes religiones y mezquitas. Aunque no todos igual de conservados.

Pero no todo son edificios, Bombay también tiene jardines y parques, como los Pherozeshah Mehta Gardens, el Kamala Nehru Park, el Horniman Circle Garden o el Oval Maiden. Y si aún así queremos más, tenemos el Mercado de las Flores, en donde hay mil puestos y te rodea un agradable perfume floral.

Y para compras, la ciudad cuenta con numerosos mercados, bien se trate de puestos callejeros, bien de grandes edificaciones como el Crawford Market, que cuenta con una superficie de 22.471 metros cuadrados, pero que además sus calles aledañas tienen una gran vida.

Para escapar un poco del caos urbano, hicimos una excursión a la Isla Elephanta, la sede de un ancestral templo hindú. El yacimiento arqueológico es un complejo de templos que ocupan un área de 5.600 m² dividido en dos grupos de cuevas: cinco hindúes y dos budistas. Aunque tan solo se pueden visitar las primeras. No se conservan muy bien, en parte porque los portugueses causaron grandes destrozos. Las inclemencias del tiempo y algo de dejadez hasta 1959 han hecho el resto.

La India no es un país fácil con la mentalidad occidental. El caos, el perpetuo sonido de miles de cláxones, los olores, la comida, las costumbres, tantísima gente en todos los rincones, edificios mal conservados…

Bombay es una ciudad de grandes desigualdades y contrastes. No es una ciudad para ir de turista, sino para ser viajero. Para observar, sentir, descubrir. Hay que llevar la mente abierta, sin prejuicios y dejarse fluir. Es un país extenuante y exigente para el viajero. Aún así, no deja indiferente. Me llevo una buena experiencia.

Por su parte, la visita a París supuso estar más en nuestra zona de confort, más próximos a lo conocido, al tipo de construcciones, de transporte, de clima…París es una ciudad que ha sido testigo de grandes acontecimientos históricos. Quizá uno de los más importantes sea la Toma de la Bastilla y la Revolución Francesa. De su relevancia se conservan importantes construcciones, pues a pesar de ser ocupada por los nazis en el pasado siglo, no quedó devastada como otras ciudades europeas. Además ha sido un centro cultural y artístico de vital importancia. Por ello, hay demasiado que ver y cualquier viaje se queda corto. París es todo un monumento en sí misma.

La capital francesa tiene mucho que ofrecer y es muy complicado elegir qué ver en una primera visita. Intentamos conocer los barrios más importantes buscando aquellos básicos de la ciudad como el Sacre Cœur, el Louvre, el Pompidou, las islas, caminar por las riberas del Sena viendo los numerosos puentes – cada uno de ellos diferente del anterior-, relajarse por los jardines importantes de la ciudad, recorrer los Campos Elíseos, subir a la Torre Eiffel

No obstante, nos faltó tiempo para subir al Arco del Triunfo, a la torre de Notre Dame, al mirador de Montparnasse y visitar las catacumbas. Aunque la Torre Eiffel parece un imprescindible en una primera visita a París, creo que nos quitó bastante tiempo del segundo día que podríamos haber aprovechado a pie de calle aprovechando que el clima acompañaba a estar en el exterior.

Esos tres días de París sirvieron como aperitivo, pues se quedaron cortos. Además de los lugares a los que no entramos por falta de tiempo, me da la sensación de que no observé con todo el detenimiento que se merece una ciudad con tanta historia en su pasado y una arquitectura tan rica. Supongo que no nos quedará otra que volver algún día.

Y es curioso, porque yo siempre había sido escéptica con respecto a París. No sé si por los franceses o por su fama como ciudad de los enamorados. Quizá por ambos motivos. En cualquier caso, me sorprendió gratamente. Encontré un París que me hubiera gustado recorrer con más calma para descubrir más rincones; para entrar a museos, a los diferentes monumentos; para sentarme en una de las sillas verdes típicas de los parques; para comer más crepes; para visitar las catacumbas; para subir a la Torre Montparnasse o para perderme entre las lápidas de los cementerios. Sin duda, habrá que volver.

El segundo viaje del año fue una escapada a Suiza y Liechtenstein. Realmente el Principado lo visitamos por sumar un país más a la lista más que por el hecho de tener mucho interés. Y realmente, tras una breve visita a su capital, puedo decir lo mismo que de Luxemburgo: se puede hacer una parada si pilla de paso, pero ir expresamente no parece tener mucho sentido. Sí, seguro que ambos países tienen mucho que ofrecer, pero a mí no me emocionaron sus capitales lo suficiente.

Suiza por el contrario sí que me ha gustado. No voy a decir que ha sido una sorpresa, porque realmente me esperaba esa similitud con sus hermanas Alemania y Austria. Esos cascos históricos en torno a una Marktplatz, esos ayuntamientos impresionantes, las iglesias que se erigen sobresaliendo por encima del resto de tejados, las callejuelas peatonales con fachadas coloridas y pintorescas, los ríos que tienen una gran presencia en la ciudad, las montañas al fondo…

Tanto Basilea como Zúrich resultan fácilmente abarcables a pie. No obstante, el transporte público funciona con puntualidad suiza y cuenta con una extensa red. En Basilea tuvimos ocasión de probarlo gracias a la Mobility Card, una tarjeta que facilita el alojamiento en que te hospedes para que puedas usar el transporte público durante tu estancia. Sin duda una gran iniciativa.

En Zúrich tan solo tomamos el histórico Polybahn y el barco para un recorrido circular por el Zürichsee. La mejor forma de conocer una ciudad es a pie, y Zúrich gracias a su política anticoches invita a ello.

Parece que en Suiza se toman muy en serio a los peatones y ponen la ciudad a su servicio. No lo digo solo por el transporte, sino también por la cantidad de fuentes de agua potable o los curiosos y gratuitos urinarios.

Además las plazas son lugares de encuentro. En las más grandes vimos que había sillas a disposición de la gente. Mucho más útiles que los bancos fijos.

De Basilea lo que más me gustó fue sin duda Grossbasel. Cierto es que desde Kleinbasel hay unas magníficas vistas y un agradable paseo, pero es en Grossbasel donde se concentran los monumentos más importantes de la ciudad como el mencionado Ayuntamiento o la Catedral con su peculiar claustro.

Por otro lado, de Zúrich es difícil elegir entre una zona, ya que es más extensa, pero destacan sobre todo la ribera del Limmat con sus casas gremiales y las torres de las principales iglesias sobresaliendo; el barrio de Lindenhof y las magníficas vistas; el impresionante Schweizerisches Landesmuseum que parece más un castillo; así como la plaza Münsterhof con sus coloridos edificios y su fuente central.

La subida a la Grossmünster es imprescindible, merece la pena la subida y los 4 CHF. Permite obtener unas las magníficas vistas 360º.

Zúrich combina a la perfección su casco histórico plagado de edificios peculiares (e incluso ruinas romanas) con una Bahnhofstrasse exclusiva y donde podemos encontrar construcciones del siglo pasado. Ha ido creciendo y adaptándose a las corrientes arquitectónicas.

Zúrich es una ciudad perfecta para perderse por sus callejuelas sin apenas pestañear, pues tanto los edificios como los comercios o restaurantes están hermosamente decorados haciendo que cada calle sea única.

Llegó nuestro viaje de verano y tras varios reajustes y cábalas, decidimos conocer Letonia, Lituania y Polonia. De las dos primeras solo sus capitales, mientras que en Polonia estuvimos algún día más.

Comenzamos nuestro viaje en Riga, la capital de Letonia y la ciudad más grande de los estados bálticos. Una ciudad de gran importancia, que es el mayor centro cultural, educativo, político, financiero, comercial e industrial de la región.

Su joya turística es el centro, Vecrïga, con sus calles adoquinadas y un trazado laberíntico al más puro estilo medieval. Este queda delimitado entre el Daugava y el Pilsetas kanals, limitando al norte con Krišjāņa Valdemāra iela y al sur con Janvāra iela.

En su vista panorámica destacan tres torres: la de la Catedral (Dome), la de San Jacobo y la de San Pedro.

Desde esta última se obtienen unas buenas vistas 360º de la ciudad.

De entre todos los lugares del centro, hay dos plazas que destacan por encima de las demás gracias a la huella hanseática: la Plaza Līvu y la Plaza del Ayuntamiento. Aquella próspera época nos ha dejado emblemáticas edificaciones como los palacios del Gran y Pequeño Gremio o la Casa de los Cabezas Negras.

Pero además de las casas e iglesias pertenecientes a la Edad Media podemos encontrar un número significativo de edificios de un marcado estilo Art Nouveau construidos entre 1904 y 1914, cuando Riga era una de las ciudades más importantes del Imperio Ruso. El Art Nouveau (francés) o Jugendstil (alemán) fue una corriente estética del siglo XIX que se inspiraba en la naturaleza. Suele incorporar materiales de la Revolución Industrial.

Riga no quedó tan devastada por las guerras como otras urbes europeas, así pues, conserva la mejor y más completa colección de arquitectura Art Nouveau de toda Europa, de hecho están considerados Patrimonio de la Humanidad. La mayoría se concentran en la Alberta iela, donde hay 8 protegidos (números 2, 2a, 4, 6, 8, 11, 12 y 13) y Elizabetes iela (6, 10a, 10b, 13, 23 y 33).

Nosotros no tuvimos tiempo de recorrer estas calles. La Elizabetes no nos pillaba muy lejos del hotel y pensamos recorrerla a la que volviéramos a por las mochilas, pero al final nos desviamos de la ruta y se nos quedó pendiente. Al final le dimos prioridad al centro, que también hay buenas muestras de edificios Art Nouveau.

Dado que fue una ciudad amurallada, sus puntos de interés quedan bastante próximos. Así pues, se puede recorrer cómodamente a pie. No obstante, la ciudad creció a mediados del siglo XIX cuando se echaron abajo las murallas, por lo que merece la pena también ir un poco más allá. Surgieron nuevos distritos como Mežaparks, un exclusivo barrio que nació para los alemanes acomodados o Centro (Centrs), donde predominan las grandes avenidas.

En el sureste se encuentra el barrio Moscú (Maskačka), un suburbio que ya existía en el siglo XIV y que se convirtió en guetto para judíos antes de la II Guerra Mundial. Poco queda de este pasado, pero se pueden ver los restos de la sinagoga coral.

También quedan algunas casas supervivientes de madera que contrastan con los edificios colindantes. Como la mole soviética.

El desarrollo urbanístico soviético influyó en el aspecto de la ciudad, en esas amplias calles, en esos edificios que son moles de cemento, en los monumentos que ensalzan la libertad, el pueblo… Y hoy lo que se encuentra el visitante es un contraste entre la influencia rusa, el pasado medieval, vestigios de la próspera época hanseática, la arquitectura Art Nouveau y una occidentalización de los últimos años.

Aunque a priori puede parecer una ciudad gris, lo cierto es que una vez que paseas por sus calles, te encuentras una ciudad con mucha historia, repleta de animadas plazas y donde abundan los parques y jardines que aportan ese toque de color.

Es esta riqueza cultural, artística y turística la que le da el sobrenombre de París del Este. Aunque ahí creo que las comparaciones son odiosas.

Y si no creo que Riga se pueda comparar con París, tampoco entiendo que muchos equiparen a Vilna, la capital de Lituania, con Praga (por sus edificios barrocos) o con Roma (por las siete colinas sobre las que se asienta).

Estoy de acuerdo en que tiene un casco histórico muy rico, Patrimonio de la Humanidad, además. Pero no encontré ese alma que puede tener Praga. Ni mucho menos. Vilna recuerda más a un pueblo que a una ciudad – cuanto menos una capital-. Así como Riga desde las alturas ofrece una buena estampa de sus edificios más importantes, Vilna por el contrario me dejó algo fría desde la colina Gediminas (ni siquiera es que la torre sea gran cosa) o desde las tres cruces.

Sin embargo, creo que gana a pie de calle y es una buena muestra de su historia. Lo primero que sorprende es la cantidad de iglesias que hay en la ciudad. En cada calle, cada esquina, cada rincón, de todas las confesiones. La mayoría de ellas barrocas, pero también góticas, neoclásicas o neobizantinas. Y es que Vilna al parecer es la ciudad con más iglesias por habitante de todo el mundo. Lituania, por su parte, es el país más católico del Este de Europa.

Algo curioso teniendo en cuenta que fue el último país en convertirse al cristianismo. Lo hicieron en el siglo XVI cuando los jesuitas españoles se trasladaron para liderar la lucha contra la Reforma de Lutero. Estos también fueron los artífices de la prestigiosa Universidad.

Pero no todo es cristianismo en Vilna, sino que era una ciudad en la que convivían varias confesiones. Históricamente estaba dividida en cuatro sectores: el de los católicos (formado por polacos y lituanos), el de los ortodoxos (rusos), el de los luteranos y calvinistas (alemanes) y el de los judíos.

Todos ellos convivieron en armonía hasta la llegada de los nazis. Los que más lo padecieron, por todos es conocido, fueron los judíos, y en Vilna había una gran comunidad (llegaron a tener más de cien sinagogas repartidas por la ciudad). Ya Napoleón la había dado el sobrenombre de la Jerusalén del Norte.

El Holocausto acabó no solo con los judíos de la ciudad, sino con sus barrios, y hoy apenas queda nada. Hay que ir con mil ojos para encontrar un busto, una placa, un cartel que relate la historia. Para recordar más aquellos trágicos acontecimientos habría que visitar el Museo del Holocausto.

Otro museo que recuerda el pasado de la capital lituana es el de las Víctimas del Genocidio, ubicado en el antiguo cuartel de la Gestapo y que más tarde serviría al KGB.

Vilna tiene además un punto bohemio en el barrio de Užupis, una república independiente no reconocida en la que predominan los talleres artesanos y los centros artísticos.

 

Desde que Lituania se convirtió en país independiente, Vilna se ha ido renovando, ha modernizado sus servicios e infraestructuras. Sin embargo, al igual que ocurría con Riga, aún tiene ese toque que recuerda su pasado medieval con huellas de su etapa comunista.

No es una capital que destaque especialmente por su belleza, pero si pilla de paso, bien merece un día (o dos si se quiere entrar en la Universidad y algún museo).

Polonia la recorrimos un poco más a fondo, no nos quedamos solamente con su capital, sino que visitamos algunas de sus ciudades más importantes. Comenzamos por el norte con Gdańsk, o Danzig, una ciudad portuaria que ha sido muy relevante en la historia de Polonia, de Europa y del Mundo.

Fue una ciudad hanseática y adquirió gran importancia en la época gracias a su puerto pesquero, el comercio de artesanías y ámbar. Sin embargo, en la historia más reciente tuvo su relevancia en el inicio de la II Guerra Mundial.

Aunque la contienda acabó con gran parte de la ciudad, gracias a reconstrucciones de finales de siglo, el visitante se encuentra con un casco histórico que muestra aquel poderío con edificios impresionantes y fachadas ricamente ornamentadas tanto en su calle principal como en el margen al río.

Incluso hasta las nuevas viviendas intentan copiar ese diseño arquitectónico para mantener el estilo de la ciudad y cierta armonía.

Desde Gdańsk nos acercamos a las vecinas Gdynia y Sopot, que juntas forman la Triciudad, y, aunque tienen su aquel, creo que nos deberíamos haber centrado solo en Gdańsk, pues la oscuridad se nos echó encima y no pudimos detenernos todo lo que merece una ciudad como esta.

El centro histórico está bastante concentrado en la Calle Larga, la Calle Mariacka y el río, pero tiene bastante que ver, muchos detalles que observar. Intentamos concentrarlo todo en apenas una tarde, cuando habríamos necesitado un par de días.

La segunda ciudad que visitamos fue Bydgoszcz, una parada técnica para no tragarnos muchas horas en tren hasta Poznań. Fundada en la Edad Media, se convirtió en un relevante puerto fluvial gracias a la ubicación próxima a varios ríos. Desde el siglo XIX es también punto ferroviario de importancia. Pero sobre todo es centro industrial que se ha especializado en la industria textil, maderera, química y metarlúrgica. Así, hoy es el principal centro económico de esta parte de Polonia y, aunque no es un destino turístico muy popular, guarda algunos monumentos históricos interesantes y joyas arquitectónicas de diferentes épocas.

Sobre todo destacan los graneros, el símbolo de la zona, que recuerda el origen agrícola y comercial de la ciudad. La mayoría se encuentran en la isla Wyspa Młyńska.

Poznań me sorprendió gratamente. La que se cree que fue la capital hasta el siglo X cuenta con un casco histórico memorable. Sobre todo su Plaza del Mercado. En ella destacan casas de estilo barroco, gótico y renacentista decoradas de diferentes colores y ornamentos en sus fachadas. Refleja un tiempo en el que residían las familias más pudientes de la ciudad.

En Ostrów Tumski nació el estado polaco, así que tampoco hay que pasarlo por alto.

Me parece una ciudad imprescindible en cualquier itinerario por Polonia.

Nuestra siguiente parada fue Wrocław, una ciudad que siempre guardaré en mi memoria por sus Krasnale, esos simpáticos enanitos.

 

También tiene una espectacular Plaza del Mercado que es su centro neurálgico. Wrocław perteneció a la Liga Hanseática y fue un importante centro comercial, así, era en ella donde confluían las principales rutas comerciales de Europa, entre ellas la Vía Regia y la Ruta del ámbar.

Esta plaza, que con sus dimensiones de 213 x 178 metros es una de las más grandes de Europa, sigue la misma tónica de las que estábamos viendo en el viaje. Está flanqueada por edificios de colores de diferentes estilos (renacentistas, góticos, barrocos…) y en su centro se erigen el ayuntamiento así como edificios de viviendas. No fue destruida durante la II Guerra Mundial, por lo que es una auténtica joya.

Al igual que Poznań, también tiene su Ostrów Tumski, el lugar en que nació la ciudad y que suponía el límite de la jurisdicción eclesiástica. En la zona se erigen iglesias monumentales, una iglesia gótica, las casas de los clérigos y el palacio arzobispal, de estilo neoclásico.

La penúltima parada del viaje fue Cracovia. Fue primero un importante centro comercial y después foco del cristianismo, por lo que no tardó en convertirse en capital y en comenzar a desarrollarse. De aquellos años data su catedral.

Por otro lado, cabe mencionar la importancia que adquirió en el siglo XIV cuando, tras las invasiones tártaras la ciudad tuvo que ser reconstruida y se fundó la Universidad (la segunda universidad más antigua de Europa por detrás de la de Praga).

Cuando en 1596 Segismundo III movió la capital a Varsovia, Cracovia perdió algo de importancia, pero seguía siendo el lugar donde se coronaba a sus monarcas. Y ahí se mantiene el castillo en la colina de Wawel. Imprescindible, sin duda.

Su Plaza del Mercado también es de las más notables del país, pero no me gustó tanto como las de Poznán o Wrocław, a pesar de tener unas impresionantes dimensiones y ser la plaza medieval más grande de Europa. La plaza está flanqueada por ornamentadas casas burguesas y palacios de origen medieval, pero sobre todo, en ella destacan la Basílica de Santa María, la Lonja de los Paños, la iglesia de San Adalberto y la Torre del Ayuntamiento.

Cracovia está repleta de trazos que componen su historia. El siglo XX la marcó especialmente. Durante la II Guerra Mundial quedó bajo dominio nazi y aunque no fue bombardeada, los alemanes se encargaron de borrar todo pasado polaco. No sólo de las calles, sino que expulsaron a los judíos y polacos de la ciudad.

Con el nacimiento de la República Popular de Polonia llegó la mayor planta siderúrgica del país, la fábrica Siderurgia Lenin, que convirtió a Cracovia en un importante centro industrial y favoreció el crecimiento de la población.

Hoy ya no es la capital, pero sigue siendo una de las ciudades más importantes de Polonia y la subestimé, pues nos quedaron muchas cosas por ver.

Finalizamos el viaje en Varsovia, que se convirtió en capital en el siglo XVI. El rey Segismundo III había realizado a cabo experimentos en el castillo de Cracovia con fatal desenlace, por lo que buscaba nueva residencia, y dado que la situación de Varsovia le permitía controlar mejor el territorio de la Polonia de aquel momento (era cuatro veces más grande que la extensión actual del país), decidió mudarse.

Es una ciudad que ha sabido renacer de sus cenizas, pues en 1944 prácticamente quedó destruida. Apenas quedaron en pie edificios. Los nazis acabaron con bibliotecas, museos, iglesias, palacios, el castillo, edificios institucionales… Tan solo se conservó el ferrocarril, porque a los alemanes les era útil. Pero con la llegada en 1945 de la República Popular Polaca Varsovia comenzó a reconstruirse siguiendo el modelo original. Este trabajo tan meticuloso hizo que para 1980 la UNESCO le diera el reconocimiento de Patrimonio de la Humanidad como “ejemplo destacado de reconstrucción casi total de una secuencia histórica que se extiende desde el siglo XIII hasta el siglo XX”​.

Su centro histórico se concentra en la Ruta Real, que transcurre desde la Plaza Zamkowy, en el centro histórico de la ciudad, hasta el Palacio de Wilanów, la residencia de verano. En el recorrido destacan impresionantes edificios, sobre todo a lo largo del tramo de la calle Nowy Świat, la que fuera la principal arteria comercial desde el siglo XIX hasta la II Guerra Mundial.

En Stare Miasto destacan el Castillo y la Plaza del Mercado, con sus recuperados edificios renacentistas y barrocos y el símbolo de Varsovia: la sirena (hermana de la de Copenhague).

 

Pero aunque ha recuperado su parte histórica, es una ciudad que ha ido modernizándose y se nota el contraste en sus calles. Se ha ido adaptando a nuevas épocas y nuevos espacios de ocio.

Polonia llevaba rondando nuestras cabezas desde hace tiempo, pero siempre lo íbamos posponiendo. Pero es un país imprescindible para conocer la historia de Europa, ya que tiene un pasado ligado a Alemania, a la Hansa, a las antiguas repúblicas soviéticas… Pero sobre todo nos recuerda que se ha visto envuelta en las dos guerras mundiales. Los daños de la Segunda quedan muy patentes con numerosos monumentos y placas que recuerdan a los caídos entre 1939 y 1945.

Está relativamente cerca, hay vuelos directos y además tiene buenas comunicaciones. Nos faltaron 2 ó 3 días más para haberla recorrido más a fondo, porque desde luego tiene mucho que ofrecer. Tanto en historia, como en cultura, ocio o gastronomía.

Dos meses más tarde volvimos a irnos de viaje. De nuevo a Europa, pero esta vez con un cambio de estilo. Dejamos atrás los buses y trenes y nos embarcamos en un crucero por el Mediterráneo. No era nuestra intención, pero dado que las opciones en el Caribe no nos convencían, pusimos las miras más cerca.

Por segunda vez en un año visitamos Francia, esta vez Marsella (Parte I y Parte II), el puerto más importante del país. El desarrollo de la ciudad siempre ha ido ligado al puerto, desde los inicios con los griegos, hasta el siglo pasado con la llegada de los ciudadanos de las excolonias. Ha sido lugar de paso y ha sido una urbe muy cosmopolita estando conectada con Grecia, Italia, España y el norte de África (Argelia, Marruecos y Túnez).

Tras un exhaustivo plan de renovación en los últimos años, el Puerto Viejo se ha convertido en el principal atractivo turístico. Además, su nueva disposición invita a caminar. Con su forma de U queda delimitado por los Fuertes de San Juan y San Nicolás.

Aunque las escalas de crucero a veces son algo atropelladas y cuentas con poco tiempo, lo cierto es que la recorrimos con calma y me sorprendió, pues por un lado me recordó a París, pero por otro tiene ese carácter de ciudad portuaria, multicultural y diversa.

Al ser la ciudad más antigua de Francia, tiene muchísima historia, y podemos encontrar edificios y monumentos de diferentes etapas, influencias y estilos.

También es la ciudad del Jabón de Marsella, una mezcla de aceite y sosa triturada a la que se le añade miel, esencias y perfumes. Nació en el siglo XII y con el paso del tiempo se convirtió en un producto muy valorado pasando de ser elaborado artesanalmente a en fábricas. Casi desapareció con la llegada de los detergentes, pero su consumo se ha recuperado en los últimos años gracias a una mayor conciencia por el Medio Ambiente.

¿Y qué hay más francés que la Marsellesa? El hoy himno nacional, era la canción que iban entonando los 500 voluntarios marselleses que marcharon a París para unirse a la causa del gobierno revolucionario.

Empezamos bien, me sorprendió gratamente la primera escala, sin embargo, después llegamos a Génova y el ánimo decayó. El tiempo no acompañó mucho, también es verdad, pero aún en seco, me habría parecido una ciudad en decadencia.

De sus años como gran potencia comercial y cultural han llegado magníficos palacios e iglesias, pues la aristocracia se pronto se mudó a Génova, punto de encuentro y de conocimiento.

Sin embargo, más que sus edificios históricos, lo que más me atrajo fue pasear por sus callejones estrechos. Aunque seguía sin tener el punto de Marsella.

En nuestra tercera escala tuvimos que decidir entre Nápoles y Pompeya, además con apenas 6 horas en tierra. Era arriesgado ir al yacimiento, pero así nos alejábamos un día del ritmo de ciudad, y además, nos parecía muy interesante la visita.

Y no decepcionó porque, aunque vimos una ínfima parte, nos permitió conocer cómo era una ciudad hace miles de años. Te hace darte cuenta de que como sociedad, poco hemos avanzado, pues ya por aquel año 79 a.C. en que el magma del Vesubio arrasó Pompeya, habían desarrollado el urbanismo con sus comercios, espacios de ocio, necrópolis…

 

La visita permite no solo hacerse una idea de cómo eran las clases sociales, de cómo eran las viviendas, los templos, las termas… Y es que por muchas excavaciones romanas que hayamos visto en otras ciudades, aquí la erupción ha hecho que lleguen hasta nuestros días frescos, mosaicos u objetos. Incluso se han podido reconstruir cuerpos.

La vuelta fue un poco accidentada y a la carrera, pero mereció la pena.

Sicilia por su parte me dejó una sensación agridulce. Por un lado Catania me decepcionó un poco, Taormina me encantó y Mesina me gustó pero sin llegarme a apasionar.

Catania es la segunda ciudad más grande de Sicilia y fue fundada en lo alto de una colina por los griegos en el año 729 a. C. Más tarde pasó a ser romana, bizantina, árabe, normanda, suava, germana, aragonesa y finalmente italiana. Así, conserva monumentos de diferentes etapas y pueblos (menos de los griegos, que apenas ha llegado nada) como el anfiteatro, la catedral, la universidad…

No obstante, mucho de lo que vemos hoy en día son reconstrucciones, ya que en 1693 quedó devastada por un terremoto cuando aún se estaba recuperando de la erupción del Etna en 1660. En la reconstrucción de la ciudad se planificaron unas amplias avenidas y plazas para así prevenir terremotos y se incorporó lava negra en los edificios.

Es Patrimonio de la Humanidad dentro de la categoría “Ciudades del barroco tardío de Val di Noto” por la UNESCO desde 2002 pero a mí salvo la Piazza Duomo, el resto no me atrajo en demasía.

Taormina es lo contrario. A unos 200 metros sobre el nivel del mar, en lo alto del Monte Tauro, se halla esta ciudad fundada en el año 358 a.C. por prófugos griegos. Se desarrolló como ciudad helena, aunque, al igual que en Catania, también llegaron los romanos, los bizantinos, los árabes y los aragoneses.

Es una pequeña urbe de apenas 10.000 habitantes, pero que atrae a un gran número de turistas desde hace un par de siglos gracias a sus playas y al encanto medieval de sus calles. El casco histórico queda delimitado entre Puerta Mesina y Puerta Catania (restos de las antiguas murallas), y de una a otra discurre la antigua vía romana Via Valeria hoy conocida como Corso Umberto I.

El edificio más importante es la Catedral de San Nicolás, del siglo XIII, con una fachada muy sencilla y una planta que recuerda a las catedrales normandas.

Pero sin duda, si hay algo que destaca en Taormina es su Teatro Griego del siglo III a.C. No solo por su valor artístico, sino también por su localización, puesto que se halla en lo más alto de la ciudad permitiendo tener unas magníficas vistas de la costa y del Etna.

Para acabar con Sicilia volvimos a Mesina, la principal entrada de la isla y a tan solo 3 kilómetros de la punta de la bota. Su puerto con forma de hoz ha sido relevante a lo largo de la historia, y no solo para lo bueno, ya que se cree que fue la entrada de la peste negra en Europa en la Edad Media. Hoy su importancia queda relegada al comercio y a la pesca. Además de ser escala para los cruceros.

Al contrario que Taormina, no conserva mucho de su pasado, ya que ha quedado destruida varias veces en su historia como consecuencia de su alta actividad sísmica.  El 28 de diciembre de 1908 un terremoto seguido de tsunami la arrasó y causó la muerte de 60.000 habitantes (de los 150.000 que tenía). Tras este trágico suceso la ciudad fue reconstruida, más moderna y funcional. Sin embargo, poco después sufrió los bombardeos de la II Guerra Mundial, por lo que tuvo que ser levantada de los escombros de nuevo.

Como reseñable sin duda lo principal es la Piazza del Duomo, dominada por la Catedral del siglo XI (aunque reconstruida, claro).

A su lado izquierdo se alza el campanario, que acoge el reloj astronómico más grande del mundo, fabricado en 1933 en Estrasburgo. En cada uno de sus cuadrantes hay diversas figuras animadas que indican las horas, los días, los meses, los planetas y las fiestas religiosas.

Para finalizar el crucero llegamos a la República de Malta, en concreto a la isla del mismo nombre. También estuvo habitada por griegos, romanos, árabes, normandos y aragoneses. Fue el hogar de la Orden de los Caballeros de San Juan, quienes consiguieron derrotar por primera vez a los turcos. Más tarde fue conquistada por Napoleón y finalmente acabó en manos británicas, de quien consiguió independizarse en 1964.

A pesar de ser una isla bastante pequeña ofrece tanto descanso en un lugar paradisíaco como una gran oferta de deportes acuáticos y de aventura. Pero no todo se reduce a hoteles lujosos, playas o extensa oferta de ocio, sino que además es un lugar lleno de historia y una visita a sus ciudades y pueblecitos históricos permite retroceder en el tiempo. Tal es el caso de Mdina y Rabat, a los que llegamos en transporte público.

Mdina nos encantó. La que fuera durante mucho tiempo el centro político y capital de Malta hoy tan solo acoge a unos 300 habitantes, pero no por ello ha perdido su encanto. Quizá por eso, por haberse quedado algo olvidada, se conservan sus calles medievales, callejuelas y rincones, en donde se pueden encontrar palacios, iglesias y edificaciones normandas y barrocas.

Rabat es otro estilo, pero tiene también mucho encanto con sus balcones coloridos, alguna iglesia y si se quieren visitar las catacumbas.

Y por supuesto, no pudo faltar la visita a la capital, a La Valeta, una ciudad que engaña, pues aunque parece pequeña, tiene mucho que ver.

Tras el asedio de los turcos a mediados del siglo XVI, La Valeta fue reconstruida en apenas 15 años prácticamente desde cero y con un diseño totalmente novedoso. Se planificó como un entramado cuadriculado de calles. Este plano favorecía el libre fluir del aire fresco desde ambos puertos a través de las estrechas calles.

La Valeta conserva más de 300 monumentos importantes entre sus murallas, sin embargo, su atractivo radica sobre todo en su conjunto. En pasear por sus calles empinadas, en descubrir mil iglesias, edificios de la Orden, los fuertes, el puerto… descubriendo así pedazos de su historia. Y también ¿por qué no? en perderse por las calles más comerciales y turísticas.

Aunque sin duda, lo mejor fue despedir el viaje (y el año) con la salida del puerto al atardecer.

Y con el crucero cerramos un año especialmente viajero en el que visitamos 3 continentes, 10 países, 22 ciudades y recorrimos 39.164 kilómetros. Y ahora, casi ya rozando diciembre, comenzamos con 2018, que también tiene tela que cortar.

Conclusiones de nuestra escapada a Suiza y Liechtenstein

Acabamos en Suiza de rebote, sin buscarlo como destino, simplemente dejándonos llevar por la fecha y ajustado a nuestra economía. Sin embargo, no se puede decir que erráramos en nuestra decisión, ya que tanto Basilea como Zúrich son dos ciudades que tienen mucho que ofrecer.

Suiza es un país caro y donde se mueve mucho dinero. La mayoría de su oferta turística está enfocada a un público bastante concreto y selecto. Por tanto, destacan los deportes de invierno y de montaña así como las actividades culturales. Nosotros teníamos un presupuesto más ajustado, así que nos centramos en el recorrido urbano.

Habíamos planificado una tarde y una mañana en Basilea, una ciudad pequeña que se puede recorrer cómodamente a pie. Aunque, gracias al Mobility Ticket es apta hasta para los menos acostumbrados a andar, ya que permite usar el transporte público de la ciudad durante el tiempo que vayamos a estar alojados.

Lamentablemente, debido a una incidencia en el vuelo, llegamos ya de noche a Basilea y tan solo nos quedó una mañana para ver todo lo que teníamos planeado. Si no hubiéramos tenido el billete de tren ya sacado quizá podríamos haber ajustado de otra forma y haber llegado más tarde a Zúrich, quizá directamente a la hora de la cena.

No obstante, lo solventamos madrugando y aún así fuimos paseando tranquilamente, sin ir a la carrera. Aunque quizá es porque también estamos acostumbrados, ya que en nuestros viajes raro es el día que bajamos de los 20 kilómetros recorridos.

Basilea queda dividida en dos partes. Por un lado Grossbasel, donde se encuentran los monumentos más importantes de la ciudad. Destaca entre todos la catedral, de la época románica tardía y gótica, en tonos rojizos, así como su Ayuntamiento medieval de piedra arenisca, también roja, emplazado en la Marktplatz. Es impresionante e increíblemente recargado.

Callejear por el casco antiguo supone encontrar coloridos edificios históricos intercalados entre algunos más modernos. Pero sobre todo los que le dan color son aquellos con las contraventanas de madera de diferentes gamas cromáticas.

 

En el lado opuesto se encuentra Kleinbasel, que ofrece unas estupendas vistas de Grossbasel desde su Oberer Rheinweg, un paseo que transcurre paralelo al Rin. Permite observar la catedral desde la distancia, sobresaliendo sus dos torres sobre el perfil de la ciudad.

Durante muchos siglos el único puente que unía ambas orillas era el Mittlere Brücke, de madera hasta que en 1903 se reconstruyó en piedra. Pero no solo era el único puente que conectaba Basilea, sino que era el único por el que se podía cruzar entre el lago de Constanza y el mar. Gracias a él la ciudad ganó en importancia.

Me sorprendió el contraste de la noche a la mañana. A pesar de ser un sábado a las 9 de la noche, nos encontramos con una ciudad en la que apenas había gente en la calle. Tan solo en un par de plazas. Por el día, como madrugamos, tampoco había mucho movimiento hasta quizá ya mediodía. Por un lado nos permitió caminar con calma, pudiendo observar todo a nuestro ritmo. Por otro, daba una sensación de irrealidad al verla tan vacía.

Zúrich por el contrario es una ciudad con más actividad. No en vano es la ciudad más importante del país. Aún así, su casco histórico está concentrado. Y muy bien preservado.

En Zúrich no teníamos tarjeta de transporte, pero como digo, el centro queda bastante recogido, por lo que se puede caminar tranquilamente. No obstante, la ciudad cuenta con una extensa red de tranvías. Tal y como recoge el New York Times en este artículo, en Zúrich tienen prioridad los peatones. Pero no solo eso, sino que se le hace la vida imposible a los conductores. Las medidas disuasorias son semáforos cada pocos metros que además duran poquísimo en verde (los conductores de tranvía pueden además cambiarlos a su favor para obligar a los demás vehículos a parar), se ha restringido el acceso de vehículos privados, apenas hay aparcamiento (en 1996 se congeló el número de plazas) y los límites de velocidad son muy bajos. Con este panorama no es de extrañar que se respirara tanta tranquilidad por las calles.

Pero, frente a esta desesperación de los conductores, el ciudadano tiene a su alcance 170 kilómetros de red de tranvía, además de autobuses, trenes y barcos.

En este caso habíamos estructurado la visita en 4 partes. Un primer paseo recorriendo la Banhofstrasse y las calles paralelas hasta el margen del río Limmat. En esta zona abundan las callejuelas de edificios singulares, balcones coloridos y banderas por todos lados.

Y hoy en Fun with Flags, una curiosidad sobre la bandera suiza: es cuadrada y no rectangular, como suele ser habitual. Tan solo comparte esta singularidad la del Vaticano.

Próxima se encuentra la colina Lindenhof, un oasis de paz y ocio desde la que observar los tejados del casco antiguo e incluso de los Alpes.

Sin duda, mi lugar favorito fue la Münsterhof, una plaza muy colorida con históricas casas gremiales y sillas en las que sentarse a disfrutar de un día soleado. Una idea que comparten con los parisinos, como ya observamos en diferentes jardines.

Una segunda ruta en la parte más cercana al lago, donde se encuentra el Ayuntamiento, la Ópera, la Waserkirche y la Fraumünster.

La tercera zona sería la zona de las universidades, sobre una colina a la que se puede acceder con el histórico Polybahn.

Es la zona que menos me gustó, no tiene el encanto del casco histórico, aunque al estar a mayor altura, también se puede ver la ciudad desde arriba.

Y, finalmente, un recorrido en barco por el lago. El camino circular muestra otra cara de la ciudad pasando por pequeñas aldeas que se asoman al agua.

Nos perdimos los murales de Giacometti y alguna calle o monumento, ya que aunque contábamos con más tiempo que en Basilea, Zúrich es una ciudad grande. Aún así pudimos conocer la ciudad a pie, callejeando; sobre raíles, en el Polybahn; por agua con el recorrido en barco, que además nos salió gratis; y desde las alturas, pues subimos a la catedral, que ofrece unas vistas 360º de la ciudad. Como extra nos dejamos tiempo hasta para probar una sala de escape.

Y ya que estábamos en Suiza y tan cerca de la frontera, no podíamos dejar la oportunidad de acercarnos a la capital de Liechtenstein y sumar otro país más a la lista (el 29 en mi caso).

Esta excursión fue más un capricho que necesidad, ya que hay que tomar un tren y un bus para llegar y tardamos más en el recorrido que en visitar Vaduz en sí. Y es que además de que la ciudad (o pueblo) es pequeña, apenas tiene una calle principal, varios museos (entre ellos el filatélico), y un castillo que no se puede visitar porque es la residencia de los Príncipes. Encima el tiempo no acompañó mucho y tuvimos lluvia intermitente prácticamente todo el día.

Sin el viaje al país vecino, habríamos estado dos días en Basilea y dos en Zúrich. O quizá restar medio día de cada ciudad para habernos acercado a Lucerna, uno de los destinos más visitados del país.

Pero tampoco es gran problema, volar a Europa hoy en día es más fácil que nunca con la gran variedad de compañías aéreas que hay. Y, como hemos podido comprobar, Suiza tiene unas buenas conexiones ferroviarias con trenes muy cómodos y modernos.

Sí, no es un país barato, pero si se compran con tiempo, los billetes están al 50% a determinados horarios en la web.

Ese ha sido uno de los trucos a los que hemos recurrido para ahorrar. Otro fue la comida. Dado que estábamos en un apartamento, aprovechamos para desayunar y cenar en él. Encontramos un supermercado que abría 24 horas y enfrente de nuestro alojamiento teníamos un ultramarinos que tampoco cerraba. Además, en el bajo de nuestro edificio había dos restaurantes indios. Para beber, compramos varias marcas de cervezas locales. Así que un poco de aquí, un poco de allá, y listo.

Para comer tanto domingo como lunes lo hicimos en el tren, así que lo solucionamos con unos bocadillos. El día de vuelta comimos en la sala del aeropuerto directamente.

En cuanto a la hidratación, no hace falta dejarse un dineral en botellas de agua. No he visto un país con tantas fuentes como Suiza. Desde históricas, a funcionales, pasando por las decorativas. No eran días de mucho calor, pero era verlas y tener sed. Además, el agua estaba bien fresquita.

Así pues, este fue el resumen de nuestros gastos (por persona):

Vuelos Madrid – Basilea y Zúrich – Madrid: 182.05€

– Alojamiento Basilea: 25.75€

– Tren Basilea – Zúrich: 16.23€


– Alojamiento Zúrich: 59.63€

– Tren Zúrich – Sargans y Sargans Zúrich: 31.62€

– Efectivo (comida, pase del día para el bus de Vaduz, subida a la catedral de Zúrich, algún recuerdo y tren al aeropuerto): 80€.

Total= 213.29€

Al final el viaje no nos salió mal. Aunque todavía estamos pendientes de que nos paguen la indemnización por el retraso del vuelo de ida, lo cual supondría que el balance económico sería aún mejor.

Tuvimos suerte con el clima. Salvo un día, el resto estuvieron despejados y con una temperatura agradable. Al tratarse de principios de mayo, no sabíamos qué esperar, pues Suiza es un país muy montañoso y sus condiciones meteorológicas son variadas y cambiantes según el viento se quede en los valles o se mueva hacia las zonas más mesetarias.

Suiza tiene fama de paisajes montañosos espectaculares, enormes lagos y encantadoras ciudades medievales. Y lo cierto es que tras visitar Basilea y Zúrich podemos afirmar que cumple lo que promete. Sin duda la combinación de estas dos ciudades fue una buena decisión para una escapada de cuatro días.

Recorriendo Zúrich III

Nuestro viaje llegaba a su fin, pero teníamos el vuelo a las 18:45, lo que nos dejaba bastantes horas para recorrer más rincones de la ciudad. Y aún nos quedaba la zona de la universidad, así que nos pusimos en marcha. Dejamos las mochilas en una taquilla de la estación y comenzamos por el Schweizerisches Landesmuseum, que se encuentra cruzando la calle.

Se trata del Museo Nacional Suizo. Aunque en realidad está compuesto por tres museos: el Museo Nacional de Zúrich, el Castillo de Prangins y el Foro de Historia Suiza de Schwyz, así como el centro de colecciones en Affoltern am Albis. Es uno de los museos más importantes del país puesto que en él se encuentran la historia y cultura del país desde la prehistoria hasta la actualidad. Además, se completa con exhibiciones especiales sobre temas de actualidad. Durante nuestra visita había una sobre el centenario de la revolución soviética.

En las plantas baja y primera se encuentra el período que va desde el neolítico hasta la actualidad. En la segunda se expone una colección de trajes y reconstrucciones de salas históricas. La tercera alberga una colección de juguetes y muestra de trajes. Por su parte, el sótano está dedicado a la vida rural.

Pero el museo no es importante solo por sus exposiciones, sino que gracias a su extraordinaria arquitectura del siglo XIX está considerado monumento histórico de importancia nacional. Gustav Gull, su arquitecto, se basó para su diseño en varios elementos arquitectónicos de la Baja Edad Media y la Edad Moderna. El resultado de esta combinación es un todo único. Un edificio imponente con sus torres más propias de un castillo, amplios patios y un parque entre dos ríos.

Fue inaugurado en 1898 con motivo del 50 aniversario de la primera constitución federal. En 2009 se llevaron a cabo tareas de renovación y se incorporaron dos nuevas exposiciones permanentes.

No teníamos tiempo para recorrerlo por dentro, así que continuamos hasta la Liebfrauenkirche, al otro lado del río.

Es una iglesia católica de finales del siglo XIX de estilo neo-románico. Se encuentra en una ladera, lo que permite observar la ciudad desde lo alto de sus escaleras.

Se accede por un lateral a un interior muy colorido con las paredes recubiertas por frescos que recuerda a las iglesias ortodoxas.

Resulta curioso el techo abierto con las vigas vistas.

Tomando la Weinbergstrasse llegamos al Polybahn, un pintoresco funicular que es todo un símbolo de la ciudad.

Lleva funcionando desde 1889, aunque ha sido modernizado en 1996. Al principio funcionaba con un contrapeso de agua, pero después pasó a usar la electricidad. Lo que sí se mantiene desde su inauguración es el trazado de la línea. Cuenta con dos coches conectados a un cable. Uno desciende a la vez que otro asciende los 41 metros que separan ambas estaciones. El trayecto dura apenas minuto y medio.

En 1976 estuvo apunto de cerrarse cuando la empresa que tenía la concesión no tenía dinero para renovar el sistema. Un banco suizo lo salvó, lo que permitió la modernización y la incorporación de los dos nuevos vehículos. En la década de los 90 estos vagones fueron sustituidos por unos más nuevos y grandes con una capacidad de 50 pasajeros.

La frecuencia es cada 3 minutos y el billete está incluido en el sistema público de transporte.

El Polybahn nos conduce al campus universitario en el que se encuentran la ETH y la Universidad de Zúrich. La ETH, pública y controlada por el Estado, fue fundada en 1835. Es una universidad pionera en investigaciones. Por sus aulas han pasado prestigiosos científicos, en total 21 premios Nobel, entre los que se encuentra Albert Einstein.

La Universidad de Zúrich es la más grande del país y está bajo la regulación del Cantón de Zúrich, con el que comparte la biblioteca. Fue fundada en 1833, aunque el Colegio de Teología ya existía en 1525 en la época de la Reforma. El actual complejo de la universidad data de 1911-1914.

Tiene fama internacional gracias a sus trabajos de investigación, sobre todo en Biología Molecular, investigación sobre el cerebro y Antropología, además de la labor del Hospital Veterinario.

Seguimos nuestro paseo de bajada hasta la Predigerkirche.

Es una de las cuatro iglesias principales de la ciudad junto con Fraumünster, Grossmünster y St. Peter. Data del siglo XIII como iglesia románica que pertenecía a un monasterio. Durante la Reforma se disolvió y se convirtió en templo protestante. Hoy en día es la iglesia de la universidad.

Desde sus orígenes ha sido restaurada en varias ocasiones. El coro fue remodelado entre 1308 y 1350 y la nave se reconstruyó en estilo barroco en el siglo XVII. El chapitel de la torre oeste, añadido en 1900, es el más alto de la ciudad.

Acercándonos al río llegamos a la Stüssihofstatt, una plaza que data del año 1496 y que une la parte alta con la baja de la ciudad. En ella destacan varios edificios de los antiguos gremios, como el de sastres.

Pero sin duda, el elemento más llamativo es la fuente renacentista de Stüssi, un antiguo alcalde de la ciudad, construida en el año 1574. Nosotros la encontramos con una silla sobre la estatua del alcalde, no sé si era por algún tipo de acción similar a los conos de Escocia o el resultado de alguna broma.

Tomando la calle Limmatquai llegamos al Ayuntamiento o Rathaus, un edificio de estilo renacentista del año 1694 construido sobre las aguas del río Limmat.

Construido por J. H. Holzhab, se erigió para sustituir el ayuntamiento medieval de 1397. En sus orígenes fue el parlamento y sirvió como sede del gobierno de la República hasta 1798. Desde 1803 está en manos del Cantón de Zúrich y es la sede del ayuntamiento de la ciudad así como del cantón.

Para terminar nuestra visita nos dirigimos a la Catedral, para subir a la Karlsturm y despedirnos de Zúrich a lo grande.

Tras pagar 4 CHF y subir 187 peldaños llegamos a la plataforma de la torre, desde donde se obtiene una maravillosa vista del casco histórico, del lago y de los Alpes. Además, aunque el día anterior había llovido, ese día nos encontramos con un cielo bastante despejado.

Bajamos de la catedral y aún era pronto. No teníamos prisa, aún nos quedaban horas para el vuelo y el aeropuerto está a tan solo un cuarto de hora en tren. Además, teníamos acceso a sala vip, con lo que comeríamos allí y eso era tiempo que no restaríamos de la ciudad.

Así pues, volvimos a la estación caminando tranquilamente por la ribera del río disfrutando por última vez del conjunto de casas históricas que se asoman al río.

Cómo no, no podía faltar el típico puente adornado con candados, el Mühlesteg.

Como teníamos cerca la comisaría, intentamos de nuevo probar suerte con los murales, pero nada, acababan de cerrar. Así que dimos por terminada la ruta:

Nos dirigimos finalmente a la estación, recogimos las mochilas y tomamos el tren con destino al aeropuerto.

Allí cambiamos unos francos suizos que nos habían sobrado y finalmente entramos a la sala vip. Ya habían retirado la comida, pero había algo de picoteo que ponen entre horas. Aprovechamos para intercambiarnos fotos, conectarnos un rato a internet y comer. Y finalmente, cuando llegó la hora de embarque, nos dividimos. Mi hermano tomaba un vuelo diferente que salía un poco antes que el nuestro, y parece que entonces le iba a tocar a él la incidencia con el viaje. Parecía que su avión no había salido de origen aún y le iba a tocar salir con retraso, con la pérdida del siguiente vuelo de conexión hasta su destino final, que además era el último del día. Afortunadamente salieron con retraso, pero no perdió la conexión.

Nosotros cuatro íbamos separados desperdigados por el avión, así que mientras esperábamos al embarque le pregunté a una azafata de tierra si nos podía agrupar, al menos dos y dos. Y consiguió ponernos a tres en la primera fila después de business separados por una triste cortina y al cuarto en la fila siguiente.

Esta vez el vuelo transcurrió sin incidencias y estábamos en Barajas a la hora prevista. No obstante, nada más desembarcar, me dirigí a un mostrador de Iberia para entregar la hoja de reclamación por el vuelo de ida. Y como no teníamos equipaje que recoger, salimos al aparcamiento, donde ya nos esperaban con nuestro coche. Oficialmente terminó nuestro puente.

Paseo en barco por el Lago de Zúrich

Regresamos de Liechtenstein y aún nos quedaban horas de luz, aunque el día estaba un poco gris. Eso sí, no llovía. Aunque tampoco había nadie por las calles.

Ya cuando planificamos el viaje dejamos esa tarde libre por si nos apetecía dar un paseo en barco por el Lago de Zúrich.

El Zürichsee (Zürisee en alemán suizo) se extiende al sudeste de la ciudad y proviene de los glaciares del macizo del Tödi en Glaris. Cuenta con una superficie aproximada de 90 km², con una anchura máxima de unos 2 km y una profundidad máxima de 136 metros. La mayor parte del lago pertenece al Cantón de Zúrich, pero también hay extremos que pertenecen al de Schwyz y de San Galo.

Zürichsee Schifffahrtgesellschaft o ZSG es la compañía encargada de recorrer el lago y sus billetes están incluidos en el sistema de transporte público de la ciudad. Se puede elegir entre diversas opciones en función de la duración del trayecto, que va desde la hora y media hasta las 7 horas. Su coste va desde los 13.80 CHF hasta los 55.60 CHF, aunque también se puede usar con los bonos de transporte y con la Zurichcard.

Nos dirigimos a las máquinas para sacar los billetes para el viaje corto de una hora y media, pero no funcionaba, así que me acerqué a la taquilla. Sin embargo, la señora me dijo que durante ese día los viajes eran gratis ya que se les había caído el sistema informático y no podían vender billetes. Estos suizos son muy raros. En España se cae el sistema y seguro que se hacen a mano, pero desde luego no se da el servicio de forma gratuita.

El caso es que el barco salía en unos minutos, así que corrimos hasta el embarcadero y montamos poco antes de que levara ancla. En el barco, con capacidad para 300 personas, apenas llegábamos a las 12 personas a bordo, supongo que el día no invitaba a salir a navegar. De hecho, en cubierta había asientos mojados y el aire era gélido.

No obstante, también hay zona interior, con cafetería, para resguardarse y entrar en calor. Los precios eso sí, suizos.

Durante el trayecto, que cambia según el horario para favorecer la movilidad de los residentes de las proximidades, el barco va realizando paradas en diferentes pueblos. Aunque lo cierto es que en la mayoría no se subía ni bajaba nadie.

El paseo es lento y tranquilo, permite ver las ciudades y urbanizaciones próximas, la fábrica de chocolate… Y al fondo, las montañas.

Si Suiza es caro, y Zúrich especialmente, no me quiero imaginar lo que cuesta una casa próxima al lago. Por no hablar de las que directamente están en primera línea, con su gran jardín y su embarcadero privado.

Durante el recorrido nos cruzamos con varios veleros, e incluso con algún equipo de remo. Uno de ellos iba con entrenador y todo. Este iba gritando desde otra embarcación megáfono en mano.

No soy muy amiga de los barcos, pero es una forma más de ver la ciudad. Además, nos salió gratis…

The escape: From the container

Comentaba en mi entrada anterior que teníamos planes para las 9 de la noche. Pues sí, nos hemos aficionado tanto a las salas de escape, que pensamos en abrir horizontes y probar también fuera de España, a ver qué se cocía por tierras extranjeras.

Elegimos The Escape, que se encuentra próximo a la estación de Zúrich. Entre las opciones que ofrecen, nos decantamos por la sala From the container.

Esta vez nos teníamos que meter en el papel de unos periodistas que están investigando la contaminación de aguas subterráneas. Las pistas nos llevaban a una compañía como culpable de los vertidos, pero antes de publicar la historia, debíamos contactar con Dimitri Zarev, el director del laboratorio que había sido encerrado en un contenedor. Así pues, la misión era encontrar a Zarev y publicar la historia del escándalo del siglo.

La historia no pintaba mal y el ratio de éxito estaba en el 50%. Éramos 5 integrantes y elegimos hacerlo en inglés, aunque solo es necesario para algún enigma, no para todo el juego.

Nuestro anfitrión nos preguntó si conocíamos las salas de escape y después procedió a explicarnos el funcionamiento, nuestra misión y un par de detalles sobre algunos candados específicos. Después nos esposó y nos soltó en la sala.

Así de primeras era el escape más minimalista que había vivido. Sí que es verdad que en Museum Box apenas había objetos, pero es que aquí no había nada salvo paredes forradas de cajas de madera como se ve en las fotos de la web.

A partir de ahí tienes que conseguir quitarte las esposas y comenzar a encontrar códigos para abrir candados. Enseguida entramos en la dinámica y entre todos fuimos resolviendo acertijos y conseguimos pasar a la siguiente sala.

Al contrario que en la anterior sí que había más objetos con los que interactuar y de nuevo más enigmas que resolver, aunque para nada complicados. Nos quedaban 32 minutos por delante cuando conseguimos abrir la puerta, lo cual nos desilusionó un poco, la verdad.

Nuestro Game Master se sorprendió bastante de nuestra rapidez e incluso de que no hubiéramos pedido ninguna pista.

La experiencia estuvo bien y fue muy divertido, incluso tenía enigmas interesantes y juegos de lógica novedosos. Al menos que nosotros no habíamos usado hasta entonces. Sin embargo, quizá era más indicado para principiantes y la mayoría de nosotros llevábamos algo de rodaje. No lo sé, el caso es que a pesar de la ambientación, la temática y las pruebas, nos supo a poco.

Recorriendo Zúrich II

Nos habíamos quedado en la Fraumünster. Frente a ella, en el puente Münsterbrücke, se encuentra la estatua ecuestre de Hans Waldmann, militar suizo que llegó a ser alcalde de Zúrich. No entiendo muy bien que se le dedique una estatua, ya que al parecer gobernó de forma autoritaria y tiránica ganándose muchos enemigos. Fue juzgado y condenado y murió decapitado en 1487.

No tomamos el puente, sino que continuamos por la ribera del río hasta el Stadthaus. Fue construido en dos etapas (1883-84 y 1898-1900) por Arnold Stadtbaumeister y Gustav Gull. Es de estilo neogótico, aunque combina elementos de otros estilos, como por ejemplo la galería cubierta de cristal que es neo-renacentista.

En su origen se planteó como un edificio temporal, sin embargo, con los cambios de la ciudad en la transición del siglo XIX al XX, cobró importancia. Al crecer la población, hacía falta un nuevo edificio de mayor relevancia.

Entre 2007 y 2010 se restauró por completo para adaptarlo a las necesidades del siglo XXI y hacerlo más funcional.

Siguiendo el margen del río llegamos al puente Quaibrücke, que se abre al lago de Zúrich. Este lago glaciar se extiende desde Zúrich hasta los pies de los Alpes.

Merece la pena pararse en la barandilla y observar el paisaje. Además, el día estaba muy despejado y permitía alcanzar con la vista las montañas aún nevadas. Más cerca, los barcos, ferris y cisnes.

Cruzando el puente encontramos el edificio de la ópera. La Opernhaus es el auditorio más importante de la ciudad y de los más notables de Europa. Conocida inicialmente como Stadttheater, se construyó para sustituir al Teatro Antiguo (Aktientheater) que había quedado arrasado por un incendio. Se inauguró en 1891.

El edificio fue concebido para teatro hablado y cantado, pero cuando se inauguró el Schauspielhaus Zürich, se limitó a las representaciones de óperas, operetas y ballet.

Su elegante fachada blanca está decorada con dos hileras de columnas y un balcón porticado. El tejado está rematado con diversas figuras alegóricas. El edificio fue renovado entre 1982 y 1984.

En la plaza frente a la Ópera, había mucha gente sentada en el suelo o en las sillas verdes disfrutando del sol, también en las escaleras que daban al río.

Tomando la Theaterstrasse nos dirigimos hacia la Bellevueplatz. Una plaza con vistas al río que sirve de intercambiador de tranvías.

Junto a la plaza se encuentra el Café Odéon, una cafetería de estilo Art Nouveau de gran relevancia histórica. En él diversos políticos se han sentado a discutir sus posturas o simplemente a leer sus periódicos con una taza de café y han surgido movimientos artísticos en varias disciplinas (por ejemplo el Dadaísmo). También era lugar de reunión donde echar una partida de ajedrez. Por sus salones ha pasado gente de diferentes nacionalidades, culturas y religiones. También era un lugar muy frecuentado por los homosexuales.

Abrió sus puertas en julio de 1911 con el concepto de café vienés. En su sótano albergaba su propia tienda de pastas y en la primera planta una sala de billares. Contaba con un espacio de amplios ventanales, candelabros, ornamentos vegetales y paredes de mármol. Aún hoy en día se conserva este estilo.

Pasada la II Guerra Mundial, el Odéon seguía siendo un lugar de encuentro de las jóvenes generaciones preocupadas por la nueva economía y el futuro de los años 50. En una época en la que la gente solo podía aspirar a alquilar una habitación, el Café era como el salón de su casa donde sentarse a dialogar, observar o ver pasar el tiempo.

Siguiendo el río Limmat, paseamos por Limmatquai, una avenida que conecta Bellevueplatz con el Bahnhofbrücke y donde destacan numerosas casas gremiales transformadas en tiendas o restaurantes.

También en ella se encuentra la Wasserkirche. Literalmente “la iglesia del agua” y recibe este nombre porque originalmente se encontraba en una pequeña isla.

Data de 1479 y según la leyenda se erige en el lugar que fueron ejecutados Félix y Regula, los mártires de la ciudad,  a mano de los romanos.

A espaldas de la iglesia se puede ver la estatua de Zwinglio, el famoso teólogo suizo.

Pegado a la iglesia está el Helmhaus. Se trata de un museo de arte contemporáneo construido en 1794. Cada año hay cinco exhibiciones que incluyen a más de cien artistas de varias generaciones y cubriendo diferentes estilos, eso sí, suizos o que residen en Suiza. También se celebran conciertos, conversaciones con artistas, lecturas, proyección de películas y presentación de libros.

A sus espaldas tenemos el símbolo de Zúrich, la Grossmünster, su catedral.

Cuenta la leyenda que Carlomagno fundó una iglesia en ese lugar entre finales del siglo VIII y principios del IX sobre las tumbas de los santos Félix y Régula, que fueron decapitados donde se alza la Wasserkirche.

La actual catedral fue construida hacia 1100 en estilo románico-gótico. Destacan sus dos torres gemelas terminadas a finales del siglo XV.

Fue en la catedral, en la primera mitad del siglo XVI donde se inició la Reforma a las órdenes de Ulrico Zwinglio y Heinrich Bullinger. Desde allí se extendió a Berna y Basilea.

El interior es bastante austero, siguiendo los preceptos reformistas. sin embargo, sí que se conservan restos de frescos góticos. En su cripta, la más grande del país, se guarda una estatua de Carlomagno del siglo XV que originariamente estaba en la torre sur.

Junto a la iglesia nació una escuela de teología que sería el germen de la universidad de Zúrich.

Eran cerca de las 7 y teníamos planes para las 9 de la noche, por lo que regresamos al apartamento a ducharnos y prepararnos dejando aquí nuestro paseo por el momento.

Esta fue nuestra segunda parte de la ruta:

Recorriendo Zúrich

Tras una hora y cuarto llegamos a Zúrich, la ciudad más importante de Suiza.

Zúrich se encuentra en el cantón homónimo, que es el más poblado del país. Ya existía un asentamiento celta alrededor del siglo I a. C en la colina Lindenhof. También sirvió como lugar de emplazamiento de una fortaleza romana Turicum que se utilizó como puesto estratégico de aduanas. Más tarde, en el siglo IX se levantó el Palatinado Carolingio, un castillo que reutilizó piedras del castillo romano que había quedado destruido. En la falda de la colina creció un asentamiento comercial.

En 1218 Zúrich pasó a formar parte del Sacro Imperio Romano convirtiéndose en ciudad imperial y en 1230 la ciudad levanta una fortaleza con dos murallas paralelas de 7 metros de altura y unos 1250 metros de longitud.

En 1350 Zúrich se unió a la Confederación Helvética convirtiéndose en el quinto cantón.

A principios de la Edad Media la ciudad prosperó gracias al comercio de la seda, la lana, el lino y el cuero. Sin embargo, los comerciantes del sector comenzaron a adquirir demasiada importancia y fueron reemplazados por los gremios, quienes mantuvieron el poder hasta finales del siglo XVIII.

En el siglo XVI Zúrich adoptó la Reforma siendo el primer cantón en hacerlo y la ciudad adquirió relevancia, sin embargo esta decayó en los siglos XVII y XVIII. En 1798 Napoleón entró en Suiza, y Zúrich quedaría bajo su dominio hasta que el ejército austriaco liberó la ciudad. En 1811 se echaron abajo las murallas, lo que favoreció el crecimiento urbano, incorporando también municipios periféricos. Zúrich recuperó algo de importancia en el siglo XIX gracias al crecimiento industrial y a la neutralidad del país en un período de guerras.

Hoy en día es el centro internacional de la banca y la industria, la capital financiera y motor económico de Suiza. En Zúrich tienen sede numerosos bancos, seguros y compañías de alta tecnología. También es una ciudad con una gran actividad cultural gracias a sus museos, galerías, teatros, orquestas sinfónicas, festivales y eventos.

Su término municipal tiene una superficie de casi 92 km² que queda dividido por el río Limmat. En la orilla oeste se encuentran la Fraumünster y la St. Peterskirche dominando la zona medieval. En la orilla este destaca la Grossmünster.

Zúrich está dividido en 12 distritos (Kreise):

– Distrito 1 (Altstadt): Es el casco histórico, rodeado por el río Limmat.

– Distrito 2: localizado junto al lago de Zúrich, comprende los barrios de Enge, Wollishofen y Leimbach.

– Distrito 3: se encuentra entre el río Sihl y el Uetliberg e incluye los barrios de Alt-Wiedikon, Sihlfeld y Friesenberg están en este distrito.

– Distrito 4: entre el Sihl y la estación de trenes.

– Distrito 5 (Industriequartier): Es el barrio industrial y se extiende entre el Limmat y la estación.

– Distrito 6: se halla próximo a la colina Zürichberg. En él se encuentran los barrios de Oberstrass y Unterstrass.

– Distrito 7: En la parte este de la ciudad. Forman parte de él los barrios de Hottingen y Hirslanden.

– Distrito 8: está en la parte este del lago de Zúrich.

– Distrito 9: entre el Limmat en el norte y el Uetliberg al sur. Incluye los barrios de Altstetten y Albisrieden.

– Distrito 10: entre el Limmat al norte y al sur con Hönggerberg y Käferberg. En él están los barrios de Höng y Wipkingen.

– Distrito 11: está en la parte norte de Hönggerberg y Käferberg y entre el valle Glatt y el lago de Katzen. Lo forman los barrios de  Affoltern, Oerlikon y Seebach.

– Distrito 12: en el valle Glatt, al noroeste de Zürichberg.

Lo primero que hicimos al llegar fue irnos directos a los apartamentos para dejar las cosas. Llegamos un poco antes de la hora en que se supone que podíamos entrar, pero probamos los códigos y la máquina nos dispensó las llaves, así que pudimos subir.

Al hacer la reserva me mandaron un correo con una clave. Al llegar al edificio no hay portería ni nadie esperando, has de usar ese código en la máquina que hay en la puerta y te hace entrega de una ficha magnética que abre tanto la puerta principal como la del apartamento en cuestión. Así pues, sacamos las dos llaves y subimos a nuestros apartamentos.

Habíamos reservado uno para dos personas y otro para 3. Eran prácticamente iguales, con un dormitorio principal, el baño, y un espacio abierto de cocina y salón.

La diferencia es que el de 3 era un poco más amplio, el sofá era más grande y en vez de una mesa bajita, tenía un espacio de comedor en la cocina.

Ambos apartamentos eran bastante sencillos pero bien equipados. La decoración muy minimalista en blanco y negro, pero con televisión por satélite, secador, papel higiénico, gel/champú, ropa de cama, toallas, nevera y utensilios de cocina. También teníamos un ventilador, y es que la climatización parece ser centralizada.

Cuando limpian los apartamentos los dejan con la puerta abierta, por lo que pudimos cotillear también un apartamento tipo estudio, que cuenta con la mínima cocina, el baño, un armario, la cama, una mesa con un par de sillas y la tele.

Después de acomodar nuestras cosas, compramos algo rápido en la hamburguesería cercana y sobre las tres y algo comenzamos nuestro paseo. Volvimos de nuevo a la estación, desde donde parte la Bahnhofstrasse, una calle de 1,4 kilómetros que sigue el trazado de la antigua muralla occidental y en la que se encuentran las tiendas más exclusivas de la ciudad. Esta arteria comercial finaliza en el lago de Zúrich y queda reservada casi completamente a los peatones y tranvías.

Nos desviamos a la Uraniastrasse, desde donde se ve el Urania-Sternwarte. Se trata de una torre de 51 metros de altura con techo de metal que sirve de observatorio. Recibe el nombre de Urania en honor a la musa de la astronomía en la mitología griega.

La astronomía fue un campo que despertó mucho interés en Suiza, sobre todo gracias a la tecnología óptica. Numerosos científicos y entusiastas construyeron observatorios en las azoteas de los edificios, aunque no todo el mundo tenía acceso a ellos. Urania lleva en funcionamiento desde 1907 y tanto la torre como el telescopio fueron renovados en su centenario.

Urania es un telescopio óptico y cuenta con dos sistemas de lentes Franhofer con 30 cm de apertura. Pesa 12 toneladas y evita las vibraciones ya que se asienta en un pilar que atraviesa el edificio hasta el subsuelo.

Se realizan visitas guiadas los jueves, viernes y sábados desde las 9 de la noche, aunque siempre dependiendo de la meteorología.

Dado que no estábamos dentro de los horarios de visitas, nos dirigimos a nuestro segundo punto de la ruta, la comisaría donde se encuentran los Murales de Giacometti, que datan de 1925. Sin embargo, llegamos y estaba cerrado, por lo que no pudimos entrar a verlos. Tiene un horario bastante limitado: de lunes a domingo de 9.00 a 11.00 y de 14.00 a 16.00.

Así pues, continuamos el paseo hacia el barrio de Schipfe, uno de los más antiguos de la ciudad y donde se concentran numerosas tiendecitas y galerías de artesanía.

Callejeando subimos a la colina Lindenhof, que fue el lugar donde se asentaron celtas y romanos. Hoy en día, gracias a las reformas del siglo pasado es un espacio público y de ocio. En ella hay un parque en donde encontramos varios grupos jugando a la petanca. Y yo que pensaba que solo era tradición entre los jubilados españoles.

Además de los aficionados a la petanca, también hay mesas de ajedrez. Y por supuesto, mucha gente disfrutando de las vistas del casco histórico, donde destacan el Ayuntamiento, la Grossmünster, la Universidad y el Instituto Federal de Tecnología.

Seguimos hasta la Weinplatz, la plaza en la que se encontraba el mercado de granos hasta 1620. Sin embargo, recibe este nombre de Plaza del Vino por la fuente de Weinbauer que se colocó en 1909 y que representa a un viticultor con una cesta de uvas.

Alrededor de la plaza destacan varias casas de burgueses flamencos.

Muy cerca tenemos la iglesia más antigua de la ciudad, la St. Peter, que se erige en el solar en que había una construcción pre-románica del siglo IX dedicada al dios Júpiter y de una iglesia románica temprana del año 1000. Tiene rasgos de tres estilos arquitectónicos: románico, gótico y barroco.

Destaca el reloj de su torre, que es el mayor de Europa con sus 8,7 m de diámetro y una circunferencia de 28,5 metros. Además, la torre alberga 5 campanas de gran tamaño, llegando a pesar una de ellas más de 6 toneladas sin el badajo.

El cuerpo central de de la iglesia data de 1705-1716. Hasta 1911 la iglesia sirvió como torre de observación de incendios. En su interior con planta de basílica con galería está enterrado el primer alcalde de Zúrich, Rudolf Brun, sin embargo, no entramos ya que había un acto de la congregación. Comenzaron a llegar familias vestidas con el traje folclórico todos a juego que iban pasando y acomodándose en los bancos.

Afuera, un par de músicos tocaban unos cuernos alpinos. Cuando terminaron de tocar, entró todo el mundo y cerraron las puertas.

El cuerno alpino (Alphorn en alemán suizo y Alpenhorn en alemán) es todo un instrumento nacional en Suiza. Suele tener una longitud entre 3 y 4 metros de largo y una forma larga y cónica con un curvado en su extremo. Su sonido puede llegar hasta los 8 kilómetros de distancia, por eso fue durante mucho tiempo usado por los pastores. Estos lo tocaban para que las vacas regresaran de los pastos al establo para ser ordeñadas. Eso sí, no parece muy cómodo de transportar montaña arriba. También servía como medio de comunicación entre pastores de granjas vecinas o habitantes del valle.

Además, se comenzó a emplear como llamada a la oración. Razón por la que se encontraban los dos músicos en la plaza y mientras tocaban todo el mundo iba entrando a la iglesia. El instrumento no ha cambiado a lo largo de los siglos, aunque sí su forma de fabricarlo, tocarlo y sus usos.

Cuando la plaza quedó vacía, continuamos nuestro paseo hasta la Paradeplatz, la plaza en la que se encuentra el intercambiador de tranvías de la ciudad. En el siglo XIX fue un mercado de ganadería y animales, hoy está dominada por el impresionante edificio del banco Crédit Suisse que data del año 1876.

También se encuentra en la plaza el famoso hotel Savoy Baur en Ville.

Y de mercado a mercado. Nos dirigimos a la colorida plaza Münsterhof, donde se encontraba el antiguo mercado de cerdos de Zúrich.

En el número 8 destaca el ayuntamiento (Zunfthaus zur Waag) construido en 1637, con una preciosa fachada y ventanas de estilo gótico tardío.

En la plaza se alza la Iglesia de la Abadía de Fraumünster, de estilo románico. La iglesia que hoy queda en pie es solo una parte la abadía. Había un claustro y edificios abaciales, pero fueron demolidos a finales del siglo XIX.

Fue fundada en 853 por el nieto de Carlomagno para su hija Hildegard y quedó bajo su autoridad directa. En 1045 Enrique III el Negro concedió varios privilegios a la abadía, como el derecho de poseer mercados, acuñar monedas y cobrar peajes. De esta forma, la abadesa se convirtió prácticamente en la máxima dirigente de la ciudad.

En 1218 el emperador Federico II le otorgó a la abadía el derecho Reichsfreiheit por el que se convertía en un territorio independiente de toda autoridad que solo tendría que rendir cuentas ante el emperador. Además, la abadesa ganaría aún más poder político, pues sería la encargada de designar al alcalde.

Con las leyes gremiales en el siglo XIV la abadía fue perdiendo poder político. En 1336 Rudolf Brun se convirtió en el primer alcalde no elegido por la abadía. Finalmente en 1524 fue disuelta. El solar quedó ocupado por la Stadthaus, que hoy se usa como sala de exposiciones.

La iglesia se ha conservado, y la nave ha sido remodelada en varias ocasiones. La fachada neogótica se añadió en 1911.

Según la leyenda el emperador fundó Zúrich tras descubrir las tumbas de Félix y Régula.

Son de gran valor la cripta subterránea, las vidrieras y los frescos, algunos de ellos de Augusto Giacometti. Además, destaca su órgano, que es el más grande del cantón de Zúrich con sus 5793 tubos.

Su entrada es gratuita, pero abre pocas horas al día.

Y aquí finalizamos nuestra primera parte del paseo, llegando al río.