Japón por libre XX: Día 9. Takayama

Y seguimos para bingo que el día 9 aún no había acabado. Amanecimos en Kanazawa, donde visitamos los Jardines Kenrouken; continuamos en la aldea Shirakawa-go y a eso de las 14:40 nos sentamos en el bus con unos sándwiches rumbo a Takayama.

Takayama se encuentra entre montañas, los conocidos como Alpes Japoneses, y es una zona pobre en agricultura, sin embargo, rica en madera. También destaca por sus fábricas de sake debido a la pureza de su agua. Es una ciudad relativamente pequeña que se puede recorrer tranquilamente a pie descubriendo su famoso casco antiguo que nos traslada al Japón de la época Edo.

Hay muchas casas que hoy en día se pueden visitar, pues se han convertido en museos o tiendas de artesanía. También podemos encontrarnos con templos y santuarios en cada esquina. Japón en estado puro.

Nada más llegar a la estación hay una caseta de información y turismo donde pedimos unos mapas, y en el lado opuesto de la carretera hay un 7 Eleven, con lo que lo fichamos para comprar la cena y comerla tranquilamente en el hotel.

En la ciudad abundan los ryokan, alojamientros tradicionales que en su origen hospedaban visitantes itinerantes. Y como eso es lo que éramos en nuestro camino entre Kioto y Tokio, no podíamos irnos de tierras niponas sin probar uno. Así que para acabar con el día redondo con el Japón tradicional habíamos elegido este tipo de hotel. En concreto el Hodakaso Yamano Iori.

Un ryokan suele tener la estructura típica de una casa japonesa, es decir, el suelo será de tatami, por lo que te habrás de descalzar a la entrada. Pero no te preocupes, porque te reciben con unas chanelas por si no quieres andar descalzo. Además, a nosotros nos esperaban con el nombre de la reserva en una estantería para dejar nuestro calzado en la entrada del establecimiento.

Normalmente el ryokan se estructura gracias a las típicas puertas correderas de papel, aunque a nosotros nos tocó una habitación con puerta de madera. Nada más entrar teníamos un lavabo con un espejo y a continuación otra puerta. Ahí había que dejar las chanclas y entrar en la zona de tatami. Olía todo a madera, crujía a nuestro paso. Un cambio de estilo totalmente.

Al fondo los dos futones con sus edredones, y en la parte delantera, una mesa baja con dos sillas-cojines y como detalle un termo con té y unos pastelitos rellenos. Adivinad de qué. Sí, judías dulces.

También teníamos televisión y caja fuerte. Pero no hicimos uso de ellas.

En recepción nos atendió una señora de fácil 70 años que nos recitó en inglés las normas, los horarios, dónde se encontraban las instalaciones y demás. Y posteriormente, nos acompañó a la habitación otra señora más mayor aún que no tenía ni idea de inglés y nos iba hablando en japonés a medida que nos iba adentrando en el alojamiento. Más maja ella… Nuestra habitación no tenía baño, pero justo en la puerta de al lado estaban los comunitarios, con lo que sin problema. Una vez dentro de la estancia nos enseñó las toallas, unos cepillos de dientes y los yukatas (esa especie de kimono pero de algodón en lugar de seda y que se usa para los baños termales o para estar cómodo y relajado. Constaba de una bata que se cruza, y un chaleco largo sobrepuesto. La verdad es que en cada hotel era diferente, no sé si por la zona). Uno era de hombre y otro de mujer, nos señaló la etiqueta y luego a nosotros para saber cuál era de quién. Aunque uno era más pequeño que otro, así que en nuestro caso, quedaba claro.

En el Hodakaso tampoco podía faltar un onsen (baño termal) para descansar tras un largo día. Aunque lo de los onsen es algo común en todo Japón, en todos los hoteles en que nos alojamos, disponíamos de uno. Una pena no poder acceder con tatuajes.

Una vez que nos acomodamos y dejamos las mochilas, nos dispusimos a dar un paseo por la ciudad. Para ser pequeña no le faltan cosas por ver o hacer, pero nosotros llevábamos una semana de tanto ajetreo, el día estaba siendo tan peculiar allí perdidos en medio de las montañas, sin cruzarnos con occidentales, la nieve, el frío, el encanto de las calles, la bienvenida en el ryokan; que al final nos decidimos a darle un paseo por la ciudad y ver lo que nos diese tiempo en las horas de luz que quedaban.

Por cierto, que aunque la ciudad está perdida en medio de los Alpes, las calles principales tienen WiFi. No me lo imagino en España. Bueno, de hecho hay pueblos no muy perdidos a los que no les llega ni la cobertura para poder hacer llamadas, cuanto menos 3G. Y ya que haya WiFi municipal… Impensable. Están a otro nivel tecnológico.

La zona histórica está marcada en el mapa en naranja y quedaba en la otra parte del río.

En la parte superior del mapa podemos ver la zona de Higashiyama plagada de templos, pero no llegamos hasta ahí. Comenzamos por el puente Miyamae-bashi, que tiene un gran torii que nos indica el camino hacia el santuario Sakurayama Hachimangu, uno de los más importantes de la ciudad, porque en otoño se celebra un festival.

Después callejeamos tranquilamente descubriendo la ciudad, y de camino al hotel visitamos el templo Hida Kokubun-ji, el más antiguo de la ciudad, construido en el s.VIII. De él destaca la pagoda de tres pisos, aunque en su origen era de siete. La que vemos hoy en día es una reconstrucción de 1821. Además del edificio principal, podemos encontrar la torre campanario y un gran árbol de 38 m de alto y unos 1.200 años de antigüedad. Ahí es nada.

Takayama es conocida también porque en las afueras se construyó la aldea típica de Hida, pero, como os decía en el post anterior, me parece mejor visitar Shirakawa-go, que es lo auténtico y no lo recopilado. Pero sobre gustos…

Y no os podéis ir de la zona sin haberos hecho con un saru-bobo (bebé mono). Todo un símbolo de Takayama en particular y de los Alpes en general, de hecho en Shirakawa-go estaban por todos lados, fue donde los desbubrimos.

Se trata de un amuleto tradicionalmente rojo (como las crías de los monos), con forma humana, sin rostro y que en origen los hacían las abuelas para sus nietos como muñecas y para sus hijas como deseo para un buen matrimonio y familia.

Hoy en día han derivado en varios colores, cada uno de ellos asociado a un deseo:

  • Azul: Trabajo y estudios
  • Rosa: Amor
  • Verde: Salud
  • Amarillo: Dinero
  • Negro: Alejar la mala suerte
  • Naranja: Viajes (si alguien se encuentra uno por las calles de Praga, que le mande un saludo, snif)

Y por supuesto, no puede faltar Hello Kitty sarubobizada (esa muñeca está por todos lados repartiéndose el protagonismo con Doraemon).

Desde luego, merece la pena salirse de las ciudades grandes y perderse un poco por el Japón profundo y tradicional. No decepciona.

Japón por libre III: Configurar el itinerario

Configurar un itinerario de un viaje de este estilo es lo que siempre me causa más quebraderos de cabeza, porque intento encontrar la mejor combinación posible, cubriendo el mayor número de puntos de interés, y no siempre es fácil.

Ya os adelanté en entradas anteriores que finalmente elegimos entrar por Osaka y salir por Tokio. Ahora faltaba configurar los días intermedios. Lo primero fue decidir qué ciudades ver y después el orden. Japón es un archipiélago con 6852 islas, y por supuesto, era impensable ver todas. Así que nos centramos en Honshu, la principal. Tras leer foros y guías de viaje, parecía que teníamos una lista con las favoritas: Kioto, Osaka, Nara, Fushimi Inari, Uji, Hiroshima, Miyajima, Himeji, Nagoya, Kanazawa, Shirakawa-go, Takayama, Kamakura, Yokohama, Tokio, Nikko, Hakone, 5 lagos y Odawara.

Puntos de interés

En fin, una barbaridad de ciudades para ver en tres semanas. Aunque todo se puede organizar. Para no andar de acá para allá como el interrail, una noche en un sitio, otra en otro y maleta a cuestas, centramos el viaje en dos paradas principales: Kioto y Tokio. Ya que la comunicación ferroviaria es bastante buena, nos pareció más cómodo así.

Así pues, estructuramos el viaje en dos etapas, una primera en Kioto y alrededores: Osaka, Nara, Fushimi Inari, Uji, Hiroshima y Miyajima; y otra segunda en Tokio, Nikko, Kamakura, Yokohama y la zona del Fuji. El problema es que nos quedaba la zona de los Alpes descolgada y con escasa comunicación por tren. Así que buscamos una tercera parada de una noche en un ryokan (alojamientro tradicional japonés) en las montañas.

Con esta estructura más o menos clara, había que jugar con varios factores: no visitar Nara, Nikko o Fuji en fin de semana. Aprovechar las mañanas para las visitas donde hay templos. Encontrar el mejor día para ir a Miyajima según las mareas, y además, tener en cuenta la activación del JR Pass para agrupar lo más caro y lejano para aprovechar al máximo posible los trenes bala. Así que no era tarea nada fácil.

Finalmente, así quedó el itinerario:

Como veis, hay mucha tela que cortar. Pero eso ya otro día.