Serie Terminada: Breaking Bad

Hace escasos días terminamos de ver Breaking Bad. Los 62 capítulos. Y me ha parecido una auténtica pérdida de tiempo. Si la estuviera viendo sola, habría visto los capítulos con el dedo pegado en el FF. O habría dejado de verla en el capítulo dos directamente.

Me la habían recomendado por activa y por pasiva, había leído críticas alabándola, ha sido reconocida con numerosos galardones, hasta Stephen King la ha llamado “la mejor serie de televisión de la historia”. Pero a mí me ha resultado infumable el dramón de Walter White y sus despropósitos.

Pongámonos en antecedentes. Para quien no lo sepa, la serie trata sobre un profesor de química de instituto, padre de un adolescente con parálisis cerebral y cuya mujer está embarazada, al que le diagnostican un cáncer pulmonar terminal. Ya sabemos cómo es la sanidad en EEUU y que cualquier visita al médico es prohibitiva; así que Walter echa números y ve que es imposible que su familia siga adelante con los ingresos de sus sueldos de sus dos trabajos (de docente y de su turno de tarde en el lavadero de coches) con todo lo que se le viene encima. Para garantizarles el futuro se asocia con Jesse Pinkman, un antiguo alumno que se mueve en el mundo de las drogas, para cocinar metanfetamina.

Hay quien la define como obra maestra con un argumento arriesgado. Bueno, el piloto no pintaba mal, tenía algún momento cómico dentro del drama gracias a situaciones surrealistas, pero a medida que avanzaban los capítulos yo creía estar viendo un telefilm de Antena3 de sábado por la tarde con esas tragedias familiares, desastres medioambientales, asesinos, secuestros y desapariciones. Bueno, incluso en las soporíferas películas de siesta hay más acción. Breaking Bad es lenta. Mucho. Sí, ya, me he cansado de oír que si la estructura narrativa, el simbolismo, las referencias… Me aburre.

Me da la sensación de que quisieron hacer un Fargo. Guarda un par de similitudes: por un lado, en el protagonista antihéroe, buen marido, buen empleado, que no levanta la voz, no se queja y aguanta todo. Por otro, en la estructura narrativa, en los silencios, en el simbolismo, en los detalles. Sin embargo, las diferencias es lo que hace que Breaking Bad me parezca un “quiero y no puedo”. En primer lugar, intenta tener humor negro, que el espectador se ría de las desgracias de White, de los acontecimientos surrealistas; pero se queda en dramón. Además, la lentitud y los silencios no provocan ni tensión ni gracia como sí ocurre en Fargo.

Después de ver las dos primeras temporadas estaba convencida de que la serie no tenía remedio. Sin embargo, llegamos al 3×05 y dije “venga, ahora parece que viene la acción, ahora sí que sí, ahora vamos a hablar del negocio, del narcotráfico, del trapicheo…”. Y unos días más tarde llegamos al 3×10, casi una hora de capítulo en el que todo gira en torno a una dichosa mosca que ha entrado en el laboratorio y que amenaza con contaminar el escenario. Un episodio que podría arrancar una sonrisa con la pugna de White por eliminarla, se convierte en tedio.

Y a partir de ahí, todo es declive (si es que alguna vez ha habido un punto álgido), que si pugnas por quién mata a quién, que si la DEA está demasiado cerca… Todo muy irreal, que ya no es que sea surrealista, es que no hay quién se lo crea. Y cuando terminas el último capítulo de la cuarta temporada en el que podría haber acabado todo con un cierre digno, aún te quedan 16 capítulos más de despropósito. Todo para nada, los acontecimientos se desarrollan precipitadamente hacia el final arrasando con todo y todos.

En cuanto a los personajes, interpretación actoral aparte, he de decir que no me resultan atractivos. Y ya no entro en una belleza física, sino en una atracción hacia lo que me está contando. Supongo que es otra vez lo mismo: me aburren. Han querido partir de la idea de un tío normal y al final más que normal, es insulso.

Sí, reconozco que Walter White sufre una transformación. El acercamiento al mundo de las drogas le vuelve despiadado, frío, calculador y sin escrúpulos pasando de ser el perseguido a perseguir. Sin embargo, al final de la serie vuelve a ser el desgraciado original, no queda nada de ese temido Heisenberg que apareció en un par de capítulos, sino que volvemos a un cobarde que no ha conseguido ninguno de sus propósitos (ni la solvencia económica para su familia – aunque parece que les deja una especie de paga por medio de sus exsocios – ni liderar el negocio de la meta).

También hay evolución en Skyler, la inocente esposa, que en determinado momento de la serie decide dejar de ser mera espectadora y tomar las riendas, llegando a plantar cara al dueño del lavadero de coches y a su marido. Incluso poniendo en su sitio a su antiguo jefe y amante para que no le salpique un caso de desfalco. Sin embargo, al final se vuelve a desdibujar e involuciona. Se cierra en sí misma lamentándose por las esquinas. No me lo creo. Si hemos visto que se pone el mundo por montera a mediados de la serie y que se encarga de poner orden en el manejo del dinero que entra y en tener controlado a Ted, no me convence ese derrumbamiento, esa apatía.

Por otro lado, su hermana es un personaje que me resulta cansino. Supongo que está porque de alguna manera había que meter a Hank, el agente de la DEA. El máximo esplendor del cuñadismo. Es el típico machote prepotente, siempre alardeando. Las conversaciones entre Walt y Hank suelen ser un “a ver quién mea más lejos”. Cada uno intenta imponer su punto de vista a toda costa y por supuesto nunca dando la razón al otro. White juega al ratón y al gato con su cuñado, intentando que no le descubra, pero a la vez cuando cree que es otro el autor de la famosa meta azul, el químico se siente ofendido y le intenta reconducir. Ese orgullo cuñadil.

Y si la relación de los cuñados es una continua competición, la de Walter y Jessie es de amor-odio. Ni contigo, ni sin ti. Tan pronto se lían a palos, como suplican a un tercero que no mate a su querido socio. Se protegen y se necesitan. También es un personaje con su evolución de drogadicto a ex-adicto. Tiene un punto protector hacia los niños y en las últimas temporadas queda algo apartado como segunda mano de Mike… Aunque en el fondo es el típico que siempre la lía. Y White al final se cansa y ordena su muerte… Pero vuelve a por él a liberarle poniendo en riesgo su propia vida.

Y es que otra cosa no, pero muertes, hay bastantes a lo largo de los 62 capítulos. Muchas de ellas de risa. No, no de risa en el buen sentido, sino de lamentable. Los “malos” (entendiéndolo como los enemigos de los protagonistas, no desde el punto de vista bien-mal) son malos hasta dejándose capturar. Tanto con el señor de los pollos que si no me mates, que si te lo ruego, que si apiádate de mí… Para luego quitárselo de encima con una bomba casera adosada a la silla de ruedas de un anciano moribundo y mudo.

Por supuesto no me olvido del famoso abogado Saul Goodman, que hasta se le ha dado un spin-off. Pues ya os lo digo, a mí que no me esperen.

En definitiva, una serie que pintaba interesante, con un personaje que se encuentra ante un bofetón de realidad y que se mete de lleno en un mundo desconocido y peligroso para asegurarle un futuro a su familia cuando él ya no esté y que se convierte en un dramón familiar de sobremesa con algún detalle del turbio negocio de las drogas. No la recomiendo.

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