Road Trip por la Costa Este de Estados Unidos y Canadá. Día 7: Llegada a Ottawa y Museo Canadiense de Historia

Después de haber dejado todo preparado la noche anterior, nos levantamos, desayunamos y cargamos el coche. Teníamos unos 450 kilómetros a nuestro siguiente destino, Ottawa, la capital de Canadá y cuarta ciudad más grande del país. De momento seguiríamos en Ontario, aunque justo en el límite con la provincia de Quebec, ya que el río Ottawa sirve de frontera natural.

Para ser una capital, sorprende que no llegue al millón de habitantes. Aunque tiene sentido, ya que no se ganó la capitalidad por su relevancia como ciudad, sino como el compromiso entre Quebec y Ontario para que la nueva capital no fuera ni la francófona Montreal, ni la anglófona Toronto. Así, Ottawa tiene una mezcla de esas dos realidades, con una mezcla de cultura inglesa y francesa. Y, aunque el idioma habitual es el inglés, casi todo el mundo habla también francés.

Antes de la llegada de los exploradores europeos, habitaban en la región los nativos algonquinos. De su lengua, en concreto de la palabra Odawa (al comercio), viene el nombre “Ottawa”. Estos nativos llamaban al río Ottawa “Kichesippi” (el Gran Río) y a sí mismos “Kichesippirini” (Gente del Gran Río). Este río era muy importante por la abundante pesca, así como medio de desplazamiento. Los comerciantes de pieles franceses lo llamaron “Ottawa” por la tribu de los Ottawa (en francés Outaouais), aunque solo residieron en la zona unos pocos años.

En 1613, el francés Samuel de Champlain pasó por la región​ y a partir de entonces, cazadores y comerciantes de piel usarían el río Ottawa como ruta hacia el oeste canadiense.

Con el fin de Nueva Francia en 1759, el área de Ottawa pasó a control británico y los colonos procedentes de Estados Unidos comenzaron a ocupar esas tierras. Luego, con el éxito comercial conseguido, otros colonos comenzaron a asentarse la región. Ira Honeywell fue la primera persona de ascendencia europea en colonizar la margen sur del río Ottawa, en 1811.

Tras la guerra de 1812 los británicos, temiendo otra invasión estadounidense contra Canadá, construyeron el Canal Rideau para así conectar el río San Lorenzo con el río Ottawa. De esta forma podrían transportar materiales y armas al interior de Canadá sin tener que hacer uso del San Lorenzo después de Kingston, ya que esta ciudad está muy próxima a Estados Unidos y era vulnerable a posibles ataques.

El asentamiento construido para albergar a los trabajadores se llamó Bytown en honor al coronel John By y tras finalizar el canal, Bytown comenzó a crecer y prosperar gracias a la industria maderera. En 1850 fue elevado a estatuto de ciudad ya con más de 10.000 habitantes y se cambió el nombre por Ottawa.

Tras la fusión en 1840 del Alto y Bajo Canadá faltaba por decidir una capital y mientras tanto fueron temporales Kingston, Montreal, Quebec y Toronto. Finalmente, en 1857 la Reina Victoria escogió Ottawa por estar relativamente lejos de EEUU, por tanto más segura que otras ciudades; por la localización de la ciudad entre el Alto y Bajo Canadá; y por la belleza de la región. Para 1867, cuando Canadá ya se había independizado, seguía siendo capital y tenía una población de 18.000 habitantes.

En 1900, un incendio destruyó buena parte de la ciudad. Y aunque 14.000 ciudadanos se quedaron sin hogar, sólo murieron siete personas. La ciudad fue reconstruida lentamente, hasta 1912, cuando había alcanzado 90.000 habitantes.

En 1937, el entonces primer ministro de Canadá, William Lyon Mackenzie King, encomendó a Jacques Gréber (famoso urbanista francés, responsable de la revitalización urbana de París) para que rediseñase la ciudad. Pero con el inicio de la II Guerra Mundial, los planes no se llevaron a cabo y Jacques Gréber volvió a Francia.

Tras la guerra continuaron los planes de una mejor planificación urbana, con Jacques Gréber de nuevo en Canadá. El plan del urbanista hizo que se eliminaran 51 kilómetros de vías férreas y que la estación central de tren se desplazara a una región más alejada del centro urbano, al este. ​También se construyeron muchos parques y zonas verdes alrededor de la ciudad, así como un gigantesco parque, de 36 km², ​el llamado Parc de la Gatineau. Además contemplaba que los edificios gubernamentales deberían construirse no sólo concentrados en un área, sino también en los límites de la ciudad. Este plan continuaría a lo largo de las década de 1960 y de 1970, con la creación de más playas y más parques.

Llegamos a la una y media de la tarde, y antes de conocer la ciudad queríamos visitar el Museo Canadiense de Historia, que cerraba a las 5. Habíamos picado algo por el camino para así poder retrasar la comida.

El museo realmente no está en Ottawa, sino que se encuentra en la otra orilla del río, en Gatineau, una ciudad de unos 60.000 habitantes que ya pertenece a Quebec. Para llegar allí desde Ottawa hay que cruzar el Puente Alexandra, una peculiar pasarela con el suelo de madera y una estructura metálica que vibra cuando lo transitas. Mide unos 565 metros de largo y unos 18 de ancho.

Fue creado para los trenes, pero con el tiempo fue adaptado también para otro tipo de vehículos y peatones.

Muy cerca se halla la estatua de Maurice Richard, un jugador leyenda del hockey hielo canadiense, que falleció en el año 2000 con 79 años.

Intentamos aparcar pero parecía complicado, por lo que directamente metimos el coche en el aparcamiento subterráneo, pues tampoco podíamos perder mucho tiempo. Tras dejar el coche, sacamos las entradas ($23 por persona) y comenzamos nuestra visita.

El Museo Canadiense de Historia está dividido en 4 niveles:

  • Primera Planta: está dedicada a los Primeros Habitantes del país, la prehistoria así como tesoros de la biblioteca y de los archivos de Canadá.
  • Segunda Planta: en ella se encuentran las exhibiciones especiales, el cine, el teatro, el museo infantil y la tienda.
  • Tercera Planta: está centrada en los primeros tiempos de Canadá así como en la época colonial.
  • Cuarta Planta: hace un seguimiento de la Canadá moderna.

Contábamos con tres horas, pero íbamos a intentarlo, pues nos parecía interesante conocer la historia del país, más allá de lo que pudiéramos haber leído. Comenzamos por la planta baja, accediendo directamente al Gran Salón, el punto focal desde el punto de vista arquitectónico. Acoge la mayor colección de totems del país.

En esta planta se puede conocer la historia de los Primeros Habitantes en el noroeste del Pacífico, visitando las casas tradicionales así como los objetos de estos pueblos. Las comunidades aborígenes de la costa noroeste compartían similares entornos y muchas experiencias históricas comunes, aunque cada una mantenía su propia lengua, su estilo en el arte y sus prácticas culturales.

Lo primero que nos encontramos es una estructura de seis casas que fue recreada gracias a fotografías históricas y relatos orales. Construida en la forma de una villa tradicional que mira al agua, estas casas ilustran la diversidad cultural de la región. Fueron construidas e instaladas para la apertura del museo en 1989.

La mayoría de los totems y esculturas datan del siglo XIX y principios del XX. Aunque también hay trabajos de artistas contemporáneos.

Estos Primeros Habitantes contaban con un entorno rico. Las importantes lluvias y la temperatura del océano les proveía de comida y materiales suficientes como para garantizar sus subsistencia durante siglos. Cada generación ha desarrollado y transmitido conocimiento especializado, herramientas y tecnologías para recolectar, preservar y almacenar lo que necesitaban.

Pero no todo tenía un fin práctico, sino que también desarrollaron una extraordinaria cultura en cuanto a expresión artística se refiere. No solo aprendieron a usar la madera para tallarla, sino que han creado materiales que podían usar para pintar usando los recursos naturales que les rodeaban.

Durante el recorrido podemos conocer todo tipo de objetos de estas comunidades, incluso joyas.

Tras visitar esta estructura de viviendas seguimos nuestro recorrido subiendo de planta, obviando la zona infantil, eso sí.

Impresionante la cúpula del edificio.

La tercera planta es muy interesante con más de 1500 utensilios y trajes de la historia del país desde la llegada de los primeros europeos hasta el siglo XX pasando por todos sus conflictos, independencia…

La llegada de los europeos a finales del siglo XVIII trajo cambios fundamentales que influenciaron en la forma tradicional de vida de los aborígenes. Incorporaron nuevas formas de trabajo, llegaron bienes manufacturados, adoptaron economías de estilo occidental y comerciaron con el salmón, cedro y objetos artesanales que eran bien valorados por la destreza del artista. Hoy en día, estas comunidades viven intentando equilibrar un modo de vida que aúna el trabajo pagado y el vivir de la tierra. Uno de los cambios más visibles en la cultura durante el siglo XIX fue la transición de las grandes casas comunales a las construcciones unifamiliares. Sin embargo, su singular arquitectura no se perdió, ya que incluso hoy en día las comunidades construyen los centros culturales, las oficinas tribales y los colegios empleando estos estilos tradicionales.

También cambió la forma de relacionarse que tenían entre ellos. Cada sociedad aborigen contaba con su propio nombre, uno que usaron durante siglos. Sin embargo, cuando llegaron los europeos renombraron tanto localizaciones como la forma de referirse hacia estos nativos. Hoy estas denominaciones se están intentando recuperar y eliminar las palabras sustitutas en inglés o francés.

Y no solo arrasaron con el idioma, sino que los europeos llevaron consigo enfermedades, lo que mermó considerablemente la población autóctona. Entre los siglos XVII y principios del XX hubo varios brotes de sarampión, viruela, tos ferina y escarlatina por todo el territorio de Canadá.

En la exhibición podemos asistir a varios vídeos en los que miembros de las comunidades nativas relatan cómo a medida que los europeos fueron asentándose, los indios fueron perdiendo el acceso a la tierra. El precio de los minerales, de la caza, pesca y otros recursos comenzó a subir como consecuencia de la economía del mercado y los aborígenes no podían acceder a esos precios. Además, la industrialización y la producción en masa redujo la venta de ropa de pieles, el mimbre e incluso el calzado de nieve por lo que muchas comunidades menguaron gradualmente a medida que se veían forzados a abandonar sus tierras pero tampoco podían sobrevivir en el mundo occidental porque no podían acceder a créditos o hipotecas.

También para las mujeres fue un retroceso, pues mientras que en muchas culturas aborígenes tenían importantes roles de liderazgo y derechos de propiedad, en el siglo XIX estos roles tradicionales les fueron arrebatados y su estatus se asimiló al de las mujeres de la sociedad victoriana y eduardiana.

Uno de los objetos interesantes que se puede visitar en el museo es la Nishga Girl, una de las más de 200 embarcaciones pesqueras construidas por el maestro constructor de barcos japonés-canadiense Judo “Jack” Tasaka. Construida en 1967 mide más de 10 metros de largo, 3 metros de alto, aproximadamente 3 metros de ancho y pesa varias toneladas.

Hay una historia detrás de este barco. Tiene una gran importancia simbólica para los japoneses-canadienses, pues durante la II Guerra Mundial más de 1.000 embarcaciones similares fueron confiscadas por el gobierno a los pescadores japoneses-canadienses.

Finalmente en la última planta encontramos un repaso general de la historia de Canadá desde la llegada de los europeos hasta la más reciente: la participación en las dos guerras mundiales, el referéndum de Quebec, las relaciones internacionales, la situación de la mujer, del colectivo LGTBI, los compromisos con el medioambiente….

Esta parte es quizás la más seria, pues, aunque cuenta con alguna vitrina y algún juego interactivo, en su mayoría se trata de paneles informativos.

Prácticamente nos echaron del museo. Aprovechamos la visita hasta el final intentando entender el pasado del país. Y antes de dirigirnos al hotel, nos acercamos al parque que hay junto al río, pues ofrece unas buenas vistas del Puente Alexandra, del museo entero con sus líneas curvas, así como de Ottawa y su Parlamento.

En el parque también hay un monumento en honor a Tessouat, jefe Anishinabe que controlaba el tráfico del Kichi Zibi (Río Ottawa) y el comercio desde la isla de Morrison.

La estatua fue instalada el 9 de noviembre de 2017 para recordar a este líder indiscutible y un fiero guerrero que se implicó en la mayor alianza entre las Primeras Naciones y los Europeos.

Siguió independiente y defendió el modo de vida de su gente hasta su muerte en 1636.

Con bastante hambre, volvimos al coche para dirigirnos al hotel. Aún nos quedaba tarde por aprovechar.

Road Trip por la Costa Este de Estados Unidos y Canadá. Día 6 III: Recorriendo Toronto: Union Station, Air Canada Centre e Islas de Toronto

Dejando atrás el John Street Roundhouse seguimos hasta Front Street, donde destacan dos imponentes edificios de finales de los años 20 del siglo pasado. Por un lado está el hotel The Fairmont Royal York y enfrente la Union Station.

El hotel The Fairmont Royal York, con su estilo château, fue el edificio más alto de Toronto cuando se construyó en 1929 y está considerado como edificio histórico de la ciudad además de ser la residencia elegida por la Reina Isabel II cuando visita la ciudad.

Para la época era muy vanguardista. Contaba por ejemplo con diez ascensores que comunicaban las 28 plantas. Además todas sus habitaciones contaban con radios, duchas y bañeras privadas. En sus instalaciones albergaba un banco, un campo de golf e incluso una sala de conciertos. Entre 1930 y 1936 acogió también una estación de radio desde el hotel, la CPRY (Canadian Pacific Royal York), que emitía desde la Imperial Room.​ Este espacio también se usaba como club nocturno, llegando a acoger a importantes artistas como Marlene Dietrich, Tony Bennett, Peggy Lee, Ray Charles o Tina Turner.

Amplió sus habitaciones pasando de 1048 a 1600 entre 1956 y 1957 al construir el ala este. En las décadas posteriores ha pasado por varias renovaciones. Una a principios de los 70 para actualizarlo; otra desde 1988 hasta 1993 en la que se añadió un gimnasio, una piscina olímpica, varios restaurantes  y el primer American Express Travel Service Centre y una tercera en 2014 para reorganizar sus espacios.

Union Station es la principal estación ferroviaria de la ciudad. Es cabecera de 6 líneas en superficie (dos de tranvía y cuatro de autobús), aunque no están conectadas con la estación de metro o con la de trenes.

Fue construida entre 1913 y 1927 e inaugurada por el Príncipe Eduardo, Príncipe de Gales. Se estructura en tres partes que en total llegan a alcanzar los 229 metros de extensión cuya fachada de piedra caliza cuenta con una hilera de 22 columnas toscanas romanas. Aunque en general su diseño es el de prácticamente una mole de líneas rectas.

La puerta de entrada se abre al Gran Salón, que recorre toda la sección principal. Mide 76 metros de largo por 27 de alto y destacan materiales de gran calidad como la piedra caliza, el mármol, azulejos, vidrio y bronce.

Bajo la cornisa que rodea el Gran Salón están tallados los nombres de todos los destinos de Canadá, del este al oeste. En el lado izquierdo además ondean las banderas de las provincias canadienses y al final la del país.

En este área también se encuentran los mostradores de información y taquillas de Via Rail.

En la pared opuesta hay varias tiendas y restaurantes además del panel de salidas. Eran más de las dos de la tarde, así que buscamos un sitio donde comer. En la calle Front encontramos el restaurante mejicano Chipotle y mientras que ellos se pidieron unos burritos, yo que decanté por una ensalada que parecía ser lo único que no picaba. Pero al final me tuve que dejar la mitad porque los labios empezaban palpitar. No es mi tipo de comida.

Los tres burritos, la ensalada y dos bebidas (como tienen refill cogimos dos tipos diferentes de refresco y compartimos) nos costaron $49,27.

La Union Station conecta también con el Air Canada Centre, sede de los partidos de hockey de los Maple Leafs y de baloncesto de los Raptors.

Las obras comenzaron en 1997 y fue inaugurado dos años más tarde y, aunque se pensó para hockey sobre hielo y para baloncesto, ha acogido infinidad de eventos, espectáculos y conciertos de música como por ejemplo los de Justin Bieber, Spice Girls, Avril Lavigne, Christina Aguilera, Madonna, Britney Spears, Hilary Duff, Selena Gomez, Lady Gaga, Kiss, Aerosmith, Bon Jovi, Guns N’ Roses, Depeche Mode, David Bowie, Coldplay, U2, Paul McCartney, Radiohead, The Rolling Stones, Elton John, Oasis, Metallica, Iron Maiden, Red Hot Chili Peppers, Kylie Minogue, o Shawn Mendes.

Está construido en el lugar que anteriormente ocupaba el Canada Post Delivery Building , un edificio de correos. Los muros este y sur de estilo Art Decó aún se conservan y se han integrado en la estructura del pabellón actual. Se restauró la piedra, los bajorrelieves y los perfiles históricos de las ventanas y, gracias a fotos y varios paneles informativos, se puede conocer la historia de aquel edificio.

El edificio de correos fue construido entre 1939 y 1941 en estilo Art Decó usando cemento y acero y con decoraciones de granito rosa enmarcando las ventanas. Asimismo, quedaba ornamentado con esculturas que representaban temas como la comunicación o el transporte. Además, incorporaba símbolos de Canadá realizados en bronce. No podían faltar la hoja de arce, castores o alces.

Durante la década de los 30 Toronto experimentó un importante aumento de la población, por tanto hubo que incrementar el servicio postal para cubrir la demanda. Esta construcción sin embargo no fue concebida como oficina, sino como almacén. La planta principal servía para descargar las furgonetas y los vagones de tren, que entraban por la parte este de la fachada y salían por la oeste. El correo recibido se subía a la planta de arriba, donde se clasificaba por tamaño y destino para finalmente volver a bajar a la planta principal y ser cargado en el vehículo de reparto correspondiente.

En 1988 Canada Post decidió no actualizar el edificio y en su lugar mudarse a otro almacén más moderno.  Poco a poco fue deteriorándose y no parecía haber interés en darle un nuevo uso. En diciembre de 1994 los Toronto Raptors se interesaron por él  y tras un acuerdo de conservación de los dos muros mencionados, se contruyó el estadio en su lugar.

Parece que había partido, pues se estaban preparando los arcos detectores de metales en las puertas y había cierto movimiento del personal. No nos entretuvimos mucho, la verdad, echamos un vistazo a la tienda oficial ver qué tal las rebajas, pero aún así los precios eran demasiado altos para nuestros bolsillos teniendo además en cuenta que son deportes que ni siquiera seguimos (o entendemos).

El estado cambió su nombre el 1 de Julio de 2018 y ahora se llama Scotiabank Arena después de que dicho banco firmara un contrato por 20 años y $800 millones. Ahí es nada.

En uno de los laterales del estadio hay un monumento que representa a varios jugadores de hockey sobre hielo, un deporte surgió en 1850 y que es todo un estilo de vida en Canadá.

Comenzó a levantarse un aire bastante fuerte, pero aún no llovía, por lo que, sin más dilación, nos dirigimos al puerto para coger el ferry que nos llevaría a las islas antes de que se nos echaran encima las nubes. Estas islas en su día estaban conectadas con la costa, pero una gran tormenta ocurrida en 1858 se cargó la conexión creando en su lugar un canal que en invierno se congela y sobre el que se puede caminar.

De camino pasamos por un edificio histórico, el Toronto Harbour Commision.

Fue construido en 1917 para la Comisión del Puerto y hoy en día sigue perteneciendo a la autoridad portuaria de Toronto, PortsToronto. Antes estaba en el paseo “marítimo”, hoy como se ha ido ganando terreno al lago, ha quedado entre la carretera y los grandes rascacielos.

Para cuando quisimos llegar al puerto había un aviso en las taquillas indicando que nos ferris no salían porque con el viento, el mar estaba bastante picado (otro barco fallido). Aunque el caso es que sí que vimos alguno navegando, quizá era el último y a partir de ahí vieron que la cosa se complicaba.

De todas formas, no nos podíamos arriesgar a poder ir y no volver, pues nos tendríamos que quedar a hacer noche allí, así que, con media tarde por delante y un tiempo un tanto revuelto decidimos que una buena opción era recorrer el Path, al que aún no habíamos accedido.

El Path es un camino subterráneo de 30 kilómetros concebido para recorrer la ciudad sin salir a la superficie cuando el tiempo no acompaña (bien porque hace mucho calor o porque está todo nevado. O porque el viento te lleva volando, como era nuestro caso). Suena mucho más exótico de lo que es, en realidad, pues hoy en día vemos este tipo de pasajes en muchas conexiones de transporte en grandes ciudades. Claro, que quizá no son tan largos, pero el concepto es el mismo. Y después de haber estado en Japón, menos sorpresa aún.

Accedimos por un edificio de oficinas en el que habían deshabilitado las puertas giratorias después que una de ellas se rompiera por el efecto del viento. No lo había visto en mi vida, pero da una idea de la fuerza del aire.

El Path comunica no solo grandes estaciones de transporte, sino hoteles, cines, restaurantes, centros comerciales, tiendas, locales y edificios de oficinas como este y, aunque hay mapas e indicaciones, resulta todo un laberinto. Sobre todo cuando no te conoces la ciudad y no te orientas. Tiene un sistema por el que cada letra tiene un color que se corresponde con los puntos cardenales. La referencia es P (rojo para el sur), A (naranja para el oeste), T (azul para el norte) y H (amarillo para el este)

Esta red de pasadizos comenzó a construirse en 1900 cuando los grandes almacenes de Eaton construyeron un túnel para que los clientes pudieran circular entre la tienda principal y la anexa. Por otro lado, en 1927 se trazó otro para conectar Union Station con el Royal York Hotel.

No fue, sin embargo, hasta la década de los 60 cuando se empezó a expandir realmente. Las aceras estaban muy transitadas y las torres de oficinas no ayudaban, ya que generaban más tránsito, sobre todo en las horas en torno a la entrada y salida del trabajo. Los primeros en incluir pasajes comerciales subterráneos fueron los diseñadores del Toronto-Dominion Center, algo que tuvo sus detractores, pues había ciudadanos que consideraban que se iba a perder vida activa en la calle, algo que influiría en gran medida a los pequeños comerciantes favoreciendo a los grandes centros comerciales. Sin embargo, el sistema siguió creciendo y cada vez que se proyectaba un nuevo edificio se pensaba en cómo unirlo al Path.

Realmente atractivo turístico no tiene, es más una peculiaridad de la vida de la ciudad. Al final, no deja de ser una especie de centro comercial subterráneo.

Salimos en la Nathan Philips Square, que esta vez sí que tenía las fuentes encendidas.

Sin embargo, el aire era tan incómodo, que no nos quedamos mucho tiempo parados. Los golosos querían merendar, así que hicimos una parada en Fugo Desserts.

Este local tiene donuts y helados artesanos, de hecho, se puede ver cómo fríen las rosquillas en una peculiar máquina que les da la vuelta y todo.

Mucho nombre y mucho colorido, pero a mí la verdad es que no me entraron por los ojos, me producían cierta saturación al ver tanto aceite. Por el contrario, los helados no tenían mala pinta. Eso sí, eran demasiado grandes, por lo que yo no me atreví. Ellos sí: dos cookie monster y un s’mores on s’mores, los tres por $31,92.

Ya eran las seis de la tarde y decidimos que era hora de volver al apartamento, ya que al día siguiente salíamos para Ottawa y teníamos que hacer las maletas y medio recoger nuestros trastos. Así pues, tomamos la Queen Street de vuelta a nuestro barrio.

Y esta fue nuestra última parte de la etapa:

Paramos en una licorería a comprar unas cervezas, ya que el alcohol no se vende en cualquier sitio y después entramos en el supermercado Loblaws. Por la mañana, mientras estábamos recorriendo la ciudad nos habíamos encontrado con un chico que repartía tortillas mejicanas. En un principio no las íbamos a coger, pero después pensamos que quizá nos podría medio apañar la cena. Así que con las tortillas en mente (en las mochilas, en realidad), buscamos entre los lineales algo que nos pudiera servir.

Como siempre, todo tenía un tamaño familiar (de familia de 8 miembos), pero encontramos un pack de falafel que traía unas 8-10 bolas que, si lo mezclábamos con lechuga y alguna salsa, nos podía funcionar. Y la verdad es que acabamos haciendo una compra bastante saludable por $27,73.

Ya en el apartamento dejamos todo más o menos recogido para no perder mucho tiempo en la salida al día siguiente y, mientras revisamos nuestra ruta, nos tomamos unas cervezas. En los tres días que estuvimos en Toronto fuimos probando diferentes marcas: Hopsta la Vista (Indian Pale Ale), Steam Whistle (Pilsner), Rockwell (Pilsner), Losr Crat (Ale), Downhill (Pale Ale), Cruiser all day (Pale Ale), Muskoka cream (Ale), Muskoka (Craft Lager), Ace Hill (Light Lager), Mill St White Space (Wheat), Ace Hill (Pilsner) y Sweetgrass Golden (Ale). Parece que las que más gustaron fueron las Lager y las que menos las Pilsner.

Concluimos el día con la cena tan rica que nos habíamos montado despidiéndonos así de Toronto.

Road Trip por la Costa Este de Estados Unidos y Canadá. Día 6 II: Recorriendo Toronto: Steam Whistle Brewing y Museo del Ferrocarril

Tras recorrer Kensington Martet, Chinatown y acercarnos al H T O Park, nos dirigimos hacia el Entertainment District donde se encuentra la CN Tower, el Rogers Centre, el acuario y nuestra siguiente visita, la Steam Whistle Brewing.

Esta cervecería se ubica en un edificio conocido como John Street Roundhouse, que fue construido en 1929 como almacén para la reparación de locomotoras de vapor del Canadian Pacific Railway y que funcionó como tal hasta 1986 cuando fue donado a la ciudad. La construcción está designada hoy en día como Sitio Histórico Nacional.

Enfrente se encontraba otro edificio similar, el CNR Spadina Roundhouse que fue derribado para construir la torre, el estadio y el acuario.

La historia de cómo ha llegado una cervecería a este edificio la podemos conocer en el tour guiado de unos 30 minutos ($12).

No es la visita a la Heineken, pero la historia de la marca tiene su punto anecdótico y merece la pena. Cuando la Upper Canada Brewing Company fue vendida a Sleeman’s, Greg Taylor, Cam Heaps y Greg Cromwell, tres compañeros que fueron despedidos, decidieron, tras un par de años de acá para allá, volver al mundo de la cerveza fundando una nueva cervecería a la que pensaron llamar Three Fired Guys Brewing Company (la cervecería de los tres tíos despedidos).

Sin embargo, se lo pensaron mejor y finalmente eligieron Steam Whistle Brewing como referencia al silbato que marca el final de la jornada en las fábricas. Y así lo pusieron en su logo. No obstante, el nombre inicial se les quedó en la mente y no pudieron resistirse a dejarlo de alguna forma reflejado. Hay que buscarlo, pero en el culo de las botellas está en relieve la marca 3FG (también aparece en las latas).

Tras un tiempo buscando entre edificios históricos vacíos de la ciudad para montar la fábrica, finalmente se hicieron con este viejo espacio que llevaba un tiempo desocupado. Lo desmantelaron y reconstruyeron para adaptarlo al nuevo propósito. Aunque moderno, el edificio conserva un cierto aire a siglo pasado, con los ladrillos vistos y el techo de madera que conserva vigas originales.

Con los auriculares puestos para oír bien a nuestra guía y nuestra cerveza fresca en la mano, comenzamos el recorrido por la fábrica. Primero nos contó la historia de los tres fundadores y pudimos ver máquinas vintage así como fotos de los antiguos vehículos.

Y después pasamos a la zona donde se lleva a cabo el proceso de elaboración para conocer más detalles de esta cervecería y de su producto estrella. Aunque la fábrica estaba vacía pues justo habían abierto otra y estaban reorganizándose.

Steam Whistle solo produce un tipo de cerveza. Ese es su lema: Haz una cosa muy, muy bien. Se trata de una Lager de baja fermentación promocionada como cerveza de calidad superior. Y lo de Premium no lo dicen porque sí. Es de las pocas Pilsner el mundo que sigue los estándares de la Ley de Pureza de Baviera de 1516. Así, es elaborada solo con cuatro ingredientes naturales: agua pura de manantial (de Caledon, Ontario), cebada malteada (una específica de dos filas), lúpulo (de la República Checa y Alemania) y levadura (de Hungría). Este último ingrediente no se incluyó en la Ley de Pureza hasta finales del siglo XIX, cuando Pasteur lo descubrió en 1880, aunque ya se venía usando de alguna manera, a pesar de no saber cómo funcionaba.

La ley quedó abolida en 1986 al sustituirse por la normativa europea, pero digamos que da caché y algunas cervezas siguen este precepto. El caso es que la Steam Whistle no tiene ningún añadido más: ni el famoso jarabe de maíz tan frecuente en el vecino Estados Unidos, ni potenciadores de espuma o conservantes. Y aunque la ley canadiense no exige que las bebidas alcohólicas indiquen sus ingredientes, están tan orgullosos de ello que la detallan en su etiqueta.

Pero no solo se toma una receta de hace más de 500 años, sino que también siguen  métodos de elaboración de siglos pasados. Por tanto, parte de la mezcla se hierve a altas temperaturas para deshacer los azúcares de la cebada y así conseguir un rico sabor a malta.

Todo está cuidado al detalle en la fábrica de la Steam Whistle para producir el menor impacto medioambiental. Desde el método de elaboración hasta el envasado, pasando por el empaquetado o los residuos que deja a su paso todo el proceso. Así, sus botellas verdes retornables de 341 mililitros son también medioambientablemente verdes. Su composición cuenta con un 30% más de cristal de lo habitual, lo que favorece que puedan ser lavadas, inspeccionadas y rellenadas más de 45 veces (el triple que la industria de botellas marrones). Además, el logo, al estar pirograbado y no impreso en papel hace que se ahorre tinta, barniz, pegamento, que se talen menos árboles y evita que se contamine el agua al lavar las botellas.

Cada elemento usado en el empaquetado es reciclado: cartón, cristal, tapones de las botellas, latas de aluminio…Todo. Incluso el grano que sobra de la cocción se envía a granjas para alimentar a los animales.

Además, la energía empleada en todo el proceso proviene al 100% de energías renovables. Por ejemplo, el sistema de refrigeración de la fábrica en lugar de colocar un sistema de aire acondicionado, el ambiente se refresca por el método DWSC o Deep water source cooling, que consiste en enfriar el aire por medio de bombear agua profunda (de lagos, océanos, acuíferos o ríos) a unos 4-10ºC haciendo que se disipe el calor. Con el Lago Ontario tan cerca resulta muy práctico. Esta agua fría también se usa para refrigerar la propia cerveza durante su proceso. Gracias a este sistema de refrigeración evitan generar las 79 toneladas de dióxido de carbono al año que conllevaría el aire acondicionado. Y por supuesto les reduce la factura de la electricidad.

Por su parte, el vapor es la forma más eficiente de calor y es lo que usan en Steam Whistle para calentar el agua con el que elaboran la cerveza. También como sistema de calefacción. En lugar de tener su propia caldera de gas natural funcionando 24 horas al día, los 7 días de la semana; obtienen el vapor de la Central de Enwave, sacando solo lo que necesitan en el momento en que se necesita. Además, es ese mismo vapor el que se emplea para emitir el silbato de vapor que tiene lugar cada hora desde las 9 de la mañana hasta las 5 de la tarde.

Desde 2008 emplean además una nueva sala de cocción de última generación que reduce en un tercio la producción de agua residual con respecto a la anterior. El propio vapor que expulsan los recipientes de preparación es condensado y de la energía térmica resultante son capaces de cubrir sus necesidades de agua caliente en la fábrica.

Por supuesto las lámparas y bombillas de bajo consumo han ido sustituyendo a las antiguas y procuran tener las luces apagadas siempre que la luz natural ilumine lo suficiente el interior del edificio. Además, instalaron sensores de movimiento. También han tomado medidas similares con respecto al consumo del agua cambiando grifos con temporizador y concienciando al personal de no malgastarla (tienen duchas para que así los empleados que acudan en bici a su puesto de trabajo se puedan duchar si lo desean). Están continuamente revisando sus instalaciones y métodos para ser energéticamente eficientes (imagino que con las nuevas instalaciones seguirán esta política).

Incluso sus camiones usan B20 Bio Diesel, procedente de soja y aceites reciclados. Cuentan en su flota con coches híbridos y a los vehículos vintage les han ido cambiando los motores para que dejen un menor impacto en el medio ambiente.

Todas estas medidas les han hecho ganar varios premios a lo largo de su corta vida. Por ejemplo, en 2010 recibieron el premio de Empresa Más Verde de todo Canadá, reconociendo la cultura de cuidado por el medio ambiente y sus iniciativas.

Tras una década vendiendo la Steam Whistle en botellas, en julio de 2010 lanzaron las latas de 335 ml. Para ello hubo que instalar una nueva máquina de llenado. Su rendimiento era de 13.500 latas por hora, algo exagerado en aquel momento, pero que enseguida se quedó corto. La marca se ha ido expandiendo a otros lugares de Canadá y como cada vez se llevan más las cervezas locales, artesanas, pues está triunfando bastante. A mí desde luego, aparte de su filosofía, la cerveza me gustó bastante. Nuestra guía y la visita también.

Tras el tour, nos sirvieron una caña.

Y ya que estábamos, aprovechando que era medio día, nos pedimos unos pretzels y otras cervezas ($16,9) y nos sentamos a descansar un poco. Tienen espacio interior, pero nosotros huyendo del tiempo nos refugiamos en el interior.

El espacio del bar no solo se usa como zona para consumir, sino que la cervecería también acoge varios eventos. Aquellos días había una exposición de arte con algunos cuadros muy chulos, pero también sirve como escenario de conciertos y fiestas.

Y aquí también tienen una buena filosofía. La comida que sobra se la donan a una organización que sirve más de 1.300 comidas al día. El resto de desperdicios orgánicos o sobras de los clientes se usan como compostaje. Todo esto, unido a que el grano también se lo daban a granjas hace que reduzcan un 98% los desperdicios.

La verdad es que me impresionó bastante esta cervecería. Su historia, su filosofía… y la cerveza además estaba rica.

Eso sí, el merchandising es algo caro. Así que los recuerdos nos los llevamos en nuestras memorias y paladares.

Antes de dirigirnos al centro hicimos dimos un paseo por la exposición al aire libre del Museo del Ferrocarril. Es totalmente gratuita y se pueden ver varias locomotoras y vagones. Algunos vacíos, pero otros decorados en su interior con elementos de la época.

El museo comparte espacio, además de con la cervecería, con el complejo de entretenimiento Rec Room de Cineplex. Juntos conforman un área de 6,9 hectáreas conocido como Roundhouse Park, inaugurado en 2010.

El museo ocupa tres partes del edificio John St. Roundhouse y consta de una instalación interior, un simulador de cabina de diésel de tamaño real, la exhibición al aire libre y el pueblo ferroviario restaurado, que incluye la Estación Don, la caseta del vigilante, la torre del agua y la del carbón.

El Roundhouse formó parte en su día de un vasto complejo ferroviario que se extendía desde Strachan Avenue hasta Yonge Street. Cuando el tren llegó a Toronto en la década de 1850 no había suficiente terreno para sus instalaciones, así que crearon un espacio rellenando la parte sur del puerto desde Front Street. Proceso que continuó hasta la década de 1920 cuando el puerto adquirió su configuración actual. En los 60 este tipo de construcciones se trasladaron a las afueras, aunque esta en concreto siguió dando servicio a pasajeros hasta los 80, momento en que VIA Rail se mudó a Mimico, seis millas al oeste.

Estas instalaciones de John Street eran una de las más grandes dedicadas al mantenimiento de vagones de pasajeros en todo el sistema del Canadian Pacific Railway. El terreno podía albergar 450 coches, cada uno de ellos de unos 25 metros. Acoplados juntos podían formar un tren de más de 11 kilómetros. Cuando abrió en 1929 había un montón de tipos diferentes de vagones: estaban los dedicados al equipaje, los de emigrantes, los de primera clase, los coches cama (generalmente solo para primera clase), los restaurante, los de ver el paisaje (contaban con porches traseros donde sentarse a observar el paisaje)…

La Estación Don fue construida en 1896 y en realidad se ubicaba en el sur de Queen Street en el lado oeste del río Don. Cuando se abrió Union Station el número de pasajeros bajó drásticamente y finalmente fue cerrada en 1967. En 1969 fue trasladada a Todmorden Mills, donde permaneció tapiada y cerrada al público durante cuarenta años. Fue restaurada cuando se trasladó al parque en 2008 y ahora sirve como taquillas para el Roundhouse Park Miniature Railway. Choca bastante ver estas reliquias en pleno centro de la ciudad, al aire libre y con los rascacielos de fondo.

La caseta del vigilante era una típica construcción para los operarios que tenían que controlar los cruces e intersecciones. En una época en la que todo era analógico, estos trabajadores tenían que bajar a mano las puertas o barreras cuando se acercaba un tren para que los vehículos de ruedas o los peatones no cruzaran las vías. Normalmente desempeñaban esta función trabajadores ferroviarios que habían sido amonestados en otras labores y recolocados como una especie de castigo.

El edificio John Street Roundhouse era la típica construcción circular que servía para inspeccionar, limpiar y reparar las locomotoras de vapor después de cada ciclo operativo y de su puesta a punto antes del próximo viaje. Hubo un momento en el que en toda Norteamérica había más de 3.000 edificios de este tipo, hoy se conservan algo menos de 200.

El primero que se construyó en este lugar fue en 1897, después se levantó uno más moderno en 1929 para poder dar servicio a la recién estrenada Union Station. Dado que la central de vapor se encontraba en York Street, este se bombeaba directamente en los motores de las locomotoras sin tener que hacer fuego en las calderas, por lo que se reducía la polución. A medida que las máquinas a vapor se fueron retirando en la década de los 60, el edificio pasó a ser usado únicamente para las de diésel a excepción de los años 70 cuando se empleó para restaurar tres locomotoras.

En su día podía mantener 32 locomotoras a la vez gracias a las puertas que conforman la fachada redondeada y que da acceso a una plataforma giratoria (la más grande usada por la Canadian Pacific Railway Company).

Entre las máquinas expuestas se pueden ver varias locomotoras, tres vagones de carga, dos de pasajeros y una unidad múltiple diésel.

Tras este recorrido entre trenes del siglo pasado, continuamos nuestro paseo hacia Front Street.

Road Trip por la Costa Este de Estados Unidos y Canadá. Día 6: Recorriendo Toronto: Kensington Market, Chinatown, H T O Park y Rogers Centre

El día volvía a amenazar con lluvia, pero de primeras, cuando salimos del apartamento, estaba solamente nublado. Nuestro primer punto del día era Kensington Market, la zona más alternativa de Toronto, que ya es decir.

El barrio nació en el siglo XIX cuando, tras la guerra de 1812, el militar George Taylor Denison compró unas tierras para que sirvieran de base para los voluntarios militares. Allí se mudaron trabajadores británicos. Un siglo más tarde, fueron los judíos quienes empezaron a instalarse allí convirtiendo casas victorianas en negocios familiares y construyendo sinagogas.

Una de las sinagogas que quedan en el barrio es la Sinagoga Kiever, restaurada en la década de los 80.

En 1912 se fundó la Primera Congregación Rusa Rodfei Sholem Anshei Kiev, una pequeña congregación de judíos ortodoxos integrada por inmigrantes ucranianos. En los inicios no tenían muchos fondos y se reunían al este de la University Avenue. En  1917 pudieron comprar una casa que se convirtió en el centro social, religioso y educacional. Diez años más tarde levantaron esta sinagóga de estilos románico y bizantino rematada por dos cúpulas coronadas con la estrella de David.

Según la tradición mira a Jerusalén y cuenta con puertas separadas para hombres y mujeres.

En el antiguo barrio conocido como Jewish Market aún se conservan muchas casas de estilo victoriano, la mayoría pintadas con colores llamativos y convertidas en locales.

A medida que la situación económica de los judíos iba mejorando, estos iban abandonando el barrio mudándose a otras zonas más adineradas. A ellos les siguieron ciudadanos portugueses, de Europa del Este, del Caribe y de Asia, convirtiéndose en un distrito mucho más cosmopolita. Con el tiempo se establecieron también latinos, poco antes de que fueran llegando artistas y creativos dándole a Kensington Market el carácter de hoy en día. Desde 2006 es Patrimonio Histórico Nacional.

Se encuentra medio escondido en el entorno de Spadina Avenue y College Street y aunque apenas son cinco o seis manzanas (delimitado por Spadina, College, Dundas y Bathrust), merece la pena darse un paseo y descubrir fachadas coloridas de locales de todo tipo.

Podemos encontrar tiendas vintage, de ropa militar, de tribus urbanas, de accesorios, de calzado, de decoración, de artesanía, de bicicletas…

Pero también tiendas de alimentos (pan, carne, pescado, quesos, legumbres y cereales), de especias de todas partes del mundo, de frutos secos…

Además, Kensington Market es uno de los puntos de referencia de la ciudad en cuanto a gastronomía se refiere. Por su proximidad a Chinatown es posible encontrar una buena variedad de restaurantes asiáticos, aunque hay una gran variedad de estilos.

Todo ello amenizado por un persistente olor a marihuana, ya que en la zona hay varias tiendas que la venden (recordemos que en Canadá es legal).

El mercado organiza varios festivales y eventos a lo largo del año. Por ejemplo, en diciembre tiene lugar uno en el que desfilan unas marionetas gigantes (debe ser algo así como los desfiles de Gigantes y Cabezudos). En carnaval además de estas marionetas se puede ver por sus calles bandas de música, bailarines, lanzallamas, zancudos… Durante el verano todos los domingos se convierten en el día del peatón prohibiendo el tránsito de vehículos. Quedan amenizados además con música en vivo, baile, teatro de calle y juegos. No pueden faltar eventos en los que el arte (ya sea teatro, pintura, música, baile…) es el protagonista.

Seguimos por Chinatown, que no tiene nada que ver con el distrito anterior. Este sí que es enorme. Es, de hecho, uno de los barrios chinos más grandes de toda Norteamérica. Esta comunidad comenzó a establecerse en la zona en 1890 proveniente de California (por conflictos raciales) y de la costa este de Estados Unidos (por la depresión económica), aunque no fue en la única que se han ido asentando.

Se extiende sobre todo a lo largo de las calles Dundas Street West y Spadina Avenue y, aunque no cuenta con lugares turísticos como tal, es muy visitado por la variedad de restaurantes. No era hora de comer, así que simplemente paseamos por la calle principal observando el bullicio cotidiano del barrio en las  tiendas de ropa, de electrónica, de alimentos que sería incapaz de decir qué son…

 

Parecía ser la hora de la compra y había movimiento en las cajas de frutas, verduras y hortalizas. Los clientes se daban codazos para llevarse los mejores productos. Y pillamos a una señora llenando de más un paquete de fresas.

Tomando Spadina hasta su final, atravesando el Entertainment District y pasando de largo la Front Street (que antes de que se le ganara terreno al lago era límite de la ciudad), llegamos al H T O Park.

Fue construido en 2007 en el lugar que se usaba como muelle de atraque para los barcos que atracaban en el Inner Harbor. El nombre es un juego de palabras tomando H2O, la fórmula del agua y cambiando el 2 (two en inglés) por el To de Toronto (de pronunciación similar).

Está dividido en dos partes, por un lado el H T O Park West en la mitad este de Maple Leaf Quay y por otro el H T O Park East sobre el viejo Peter Street Slip.

Ambos muelles fueron construidos a principios del siglo XX. Mientras que la parte oeste albergaba una pequeña empresa industrial hasta que quedó vacía en la década de los 90. La parte este por su parte fue la sede de Maple Leaf Mills Silos hasta 1983 hasta que se construyeron varios edificios de viviendas y el resto quedó como aparcamiento.

En un lateral, justo al lado del Parque de Bomberos 334, encontramos un monumento a bomberos fallecidos en sus tareas de rescate. El monumento se llama Last Alarm y representa a un bombero saliendo de las llamas con un bebé en brazos (otra vez).

En la pared que tiene detrás se actualizan los nombres a medida que van falleciendo. Hay un par delante también pues se ha quedado pequeña.

El parque funciona, además de como parque, como playa y campo de golf. La playa, muy cuca ella, cuenta con coloridas sillas, hamacas y sombrillas amarillas.

Además de las letras instagrameables #TOwaterfront.

Frente al parque se ve la CN Tower y el contiguo Rogers Centre, el estadio de los Blue Jays de béisbol y del Toronto FC de soccer. Los Toronto Raptors jugaron sus partidos de baloncesto desde 1995 hasta 1999 y los Argonauts al fútbol americano desde 1989 hasta 2015.

Inaugurado en 1989, no solo sirve como estadio deportivo, sino que alberga también conciertos, convenciones, muestras, festivales y otro tipo de eventos gracias a que puede acoger unos 60.000 espectadores sentados.

Es el estadio cubierto con la cúpula más grande del mundo y fue el primero en poseer un techo retráctil. La cubierta se suele abrir en la época estival.

Uno de sus laterales comunica con algunas habitaciones del Skydome Hotel, así que los huéspedes más VIP tienen vistas al campo y pueden disfrutar de los eventos del estadio.

Junto a él, y a los pies de la CN Tower, está el acuario.

En el plan original habríamos subido a la torre este día, pero como amenazaba lluvia, subimos el primer día. Así pues, no nos entretuvimos mucho en la zona y cruzamos enfrente, donde se encuentra la cervecería Steam Whistle Brewing.

Dejamos la visita para el próximo post.

Road Trip por la Costa Este de Estados Unidos y Canadá. Día 5 II: Recorriendo Toronto: Yonge-Dundas Square, St. Lawrence Market y The Distillery District

Como anunciaba la previsión, finalmente llegó la lluvia. Afortunadamente ya estábamos cerca del centro, por lo que, si se volvía persistente, nos podríamos resguardar. Como íbamos con chaquetas impermeables y algún paraguas, cubrimos las cámaras y continuamos por la College Street, donde nos encontramos con el Stewart Building, un edificio de estilo románico en piedra arenisca que contrasta con los rascacielos que tiene alrededor.

También es conocido como el Toronto Athletic Club, y es que fue construido en 1894 para el club. Incluyó la primera piscina cubierta en Toronto en su sótano. De 1931 a 1957 fue la sede de la Jefatura de Policía de Toronto. Más tarde, entre 1979 y 1997 como segundo campus del Colegio de Arte y Diseño de Ontario, entre 1999 a 2001 como sede del Colegio de Grandes Lagos, y desde 2008 pertenece a la Rotman School of Management de la Universidad de Toronto.

Desde el siguiente cruce con University Avenue alcanzamos a ver la Legislative Assembly of Ontario.

Con una estructura asimétrica de cinco pisos, este edificio de estilo románico acoge la sede del gobierno provincial. Comenzó a construirse en 1886 y se inauguró el 4 de abril de 1893. En 1909 como la población no dejaba de aumentar en la provincia hubo de anexar un ala al norte y mientras estaban las obras se produjo un incendio que destruyó parte del ala oeste, incluida la biblioteca legislativa. En los años siguientes se llevaron a cabo reparaciones y se completó la nueva ala.

En la entrada del edificio hay otros dos cañones, estos proceden de la Guerra de Crimea y fueron un regalo de los británicos a Toronto en 1859. En su día se colocaron en el extremo sur del parque y se movieron a su ubicación actual cuando se terminó el edifico en 1892.

En la intersección de Queen’s Park con College Street encontramos el Monumento a los Bomberos.

Inaugurado en 2005, está dedicado a los bomberos de la provincia que han muerto en el cumplimiento de su deber. La base del monumento tiene la forma de una cruz de Malta roja, un símbolo internacional para la lucha contra incendios.

En el centro hay un bombero en movimiento con un niño en brazos y le rodean varios paneles con los nombres grabados de los fallecidos.

Continuamos por la calle College hasta Yonge Street, una de las calles que sirve como línea divisoria entre el este (Old Town) y oeste de la ciudad. Está inscrita en el libro Guinness de los Récords como la calle más larga del mundo con sus 56 kilómetros. En el pasado se hacía algo de trampa, pues se consideraba que llegaba a medir 1897 kilómetros, pero es porque también contaban con que luego se convierte en la autopista 1.

Fue proyectada a finales del siglo XVIII como vía de comunicación principal en la región y tomó el nombre del secretario para la guerra británico experto en calzadas romanas Sir George Yonge.

En ella se encuentran muchas de las atracciones de Toronto: teatros, galerías, más de 600 tiendas, unos 150 bares y restaurantes, el Hockey Hall of Fame, la Biblioteca Metropolitana, museos o el Centro Eaton en la Yonge-Dundas Square, una plaza que ya habíamos recorrido la tarde anterior.

En lugar de resguardarnos de la lluvia en alguno de los centros comerciales de la plaza pensamos directamente en hacer una parada para comer, pues ya eran casi las dos de la tarde. Así, tomamos la calle Dundas, donde abundan los locales de comida asiática, ya sea japonesa, coreana, vietnamita o china. Como nos apasiona la comida japonesa, elegimos el Sansotei Ramen.

Pedimos para compartir unas Gyoza y después cada uno un bol de ramen para entrar en calor. De izquierda a derecha y siguiendo las agujas del reloj: un tonkotsu black, un miso black, un shoyu y un tomato. Todo ello por $57.08 (propina aparte).

Estaba todo muy rico, eso sí, muy abundante. Acabamos bien llenos entre tanto fideo, sopa y condimento. Menos mal que no nos dio por pedir más entrantes. No obstante, no podía faltar un postre, aunque para ello cambiamos del local. Apenas un par de puertas más allá se encuentra Uncle Tetsu’s Shop,  famosa por su tarta de queso.

Yo estaba realmente llena y tan solo la probé, ya que además no es un dulce que me apasione especialmente, pues se me hace bola. Prefiero la tarta de queso que lleva confitura por encima. Aún así, he de reconocer que estaba muy jugosa. Además, estaba recién hecha, por lo que estaba calentita y esponjosa, para nada mazacote. Costó $10 y en teoría tiene 7 raciones, aunque se la comieron entre tres.

Seguía chispeando intermitentemente, por lo que volvimos hasta la plaza Yonge-Dudas para dirigirnos hacia el St Lawrence Market, que lo habíamos dejado pendiente el día anterior.

Nada más entrar tenemos unas fotografías que nos cuentan un poco sobre la historia de este emblemático edificio.

A comienzos del siglo XIX la población había crecido tanto que se necesitaba un mercado público, así pues, se estableció que todos los sábados en la esquina de King Street y New Street (hoy Jarvis St) se podría comerciar. El mercado original se conocía como Market Square y suponía el centro de la vida social de la ciudad. En 1814 se construyó el primer edificio de madera, aunque fue temporal y no se levantó uno permanente hasta 1830 ya de ladrillo. Sin embargo, en 1849 acabó consumido por las llamas como consecuencia del Gran Incendio de Toronto. En su lugar, en 1851 se levantó el St. Lawrence Hall.

Esta nueva construcción fue un edificio que servía a diferentes propósitos, por ejemplo, en la planta principal se ubicó la comisaría número 1 y en el sótano las celdas. En la segunda planta estaba la Cámara del Consejo. Desde allí se alcanzaba a ver gracias a sus ventanas hacia el norte el puerto y el Lago Ontario. Hacia el oeste se podía ver el Ayuntamiento.

A mediados del siglo XIX se construyó un nuevo edificio detrás del St. Lawrence Hall en el que se comenzó a comercializar la carne. De hecho, por motivos de salud pública, para poder venderla había que contar con una licencia. En el siglo XX la población de Toronto casi llegaba a los 200.000 habitantes, por lo que el Ayuntamiento se trasladó a Bay Street y el espacio quedó libre. Fue sustituido por el edificio sur que vemos hoy en día.

Por otro lado, en 1904 se construyó un nuevo edificio al norte para el mercado de los granjeros de los sábados. Ambas construcciones quedaron unidas por un pabellón, aunque este se demolió en los años 50. En 1968 el mercado norte fue derribado y sustituido por un edificio de una única planta al que seguían llegando los granjeros para vender su carne.

Por su parte, el mercado sur había quedado prácticamente en ruinas. Sin embargo, un grupo de ciudadanos promovieron una campaña de recuperación en 1972 para renovarlo y conservarlo como edificio histórico. Así, en 1979 se completó la renovación de la segunda y tercera planta y se abrió la Galería, donde hoy se sigue exhibiendo parte de la historia, cultura y arte de Toronto. También se pueden comprar recuerdos, claro.

Hoy este mercado es el principal de la ciudad y combina lo moderno y lo antiguo, lo turístico y lo tradicional. Está dividido en tres edificios: el St. Lawrence Hall, el mercado norte y el mercado sur. El St. Lawrence Hall cuenta con tiendas en la planta principal y oficinas en la segunda. En la tercera se halla el Gran Salón, que se alquila para bodas o eventos especiales. Por su parte el mercado norte sigue funcionando de forma similar a 1803 como espacio que acoge los sábados a los granjeros. El resto de días se alquila para eventos, mercados, reuniones sociales, encuentros y exhibiciones.

El principal es el mercado sur, en cuya planta principal cuenta con unos 120 locales especializados en fruta, vegetales, carne, pescado, cereales, o productos lácteos.

En la segunda planta es donde se halla la Galería, el espacio reservado para exhibiciones.

Dimos un paseo callejeando entre sus pasillos, descubriendo productos canadienses (además de otros internacionales, tal y como lo es su población) y alucinando un poco con sus precios.

Y con el tamaño de las patas… con lo que me gustan.

El mercado cuenta además con espacio para sentarse o para comprar algún recuerdo. No pueden faltar camisetas, gorras, imanes o el sirope de arce.

Seguía lloviendo y eran las tres de la tarde, sin embargo, antes de dar por finalizado el día nos dirigimos hacia The Distillery District, la zona de moda por excelencia de Toronto, tanto por la noche como por el día. En verano se llena de terrazas y en Navidad se convierte en un mercadillo navideño con un ambiente único.

Nosotros, dado el día que hacía, lo encontramos un poco vacío, pero eso nos permitió también observar la arquitectura victoriana industrial (la mayor en América del Norte). El Distillery District, designado como Sitio Histórico Nacional de Canadá en 1988, es un distrito de 5,3 hectáreas compuesto por más de 40 edificios históricos de la antigua destilería Gooderham and Worts, fundada en 1832 y comprada años después por su rival Hiram Walker Co.

La ubicación de esta destilería al lado de la línea principal del ferrocarril así como próxima al Lago Ontario, le permitió una buena conexión de transporte con el resto del país y del continente, y sirvió para que Toronto se convirtiera en un importante centro industrial.

A finales del siglo XX, con la destilería fuera de funcionamiento, el distrito se quedó abandonado. Se quiso recuperar, sin embargo, con la recesión de principios de los 90, las obras se retrasaron. Esto vino bien a la industria cinematográfica, ya que sirvió como perfecto decorado para más de 800 producciones. Era un buen espacio donde rodar callejones, lofts, fábricas…

En 2001 finalmente fue comprado por Cityscape Holdings Inc, que renovó el distrito en un área peatonal y volvió a abrir al público dos años más tarde. La antigua destilería consistía en una serie de edificios, centrados alrededor de un molino de viento y un muelle de siete pisos. Aunque estos dos ya fueron demolidos, se mantienen la mayoría de los edificios propios de este tipo de negocios: la destilería, la bodega de fermentación, los almacenes de tanques de alcohol, la casa de calderas, la tonelería, oficinas o edificios de mantenimiento.

Los nuevos propietarios ofrecieron los edificios en alquiler para pequeños comercios dejando fuera a las franquicias, algo que habría cambiado totalmente el carácter del barrio. Ellos querían crear un lugar de inspiración, donde pudieran reunirse los artistas, artesanos y mentes creativas. Desde entonces acoge tiendas de ropa, galerías de arte, restaurantes, cafeterías e incluso una pequeña cervecería, la Mill Street Brewery.

Los pisos superiores de algunos edificios incluso están alquilados como estudios de artistas, u oficinas. También se abrió un teatro, el Centro Joven para las Artes Escénicas.

Los domingos al medio día se organiza un mercado en Trinity Square en el que comerciantes de la ciudad y alrededores venden productos de alta calidad como chocolate gourmet, miel, vino, licores y especias.

Pero no todo está en el interior de los antiguos edificios, varias grandes esculturas animan las calles peatonales. Nada más llegar nos encontramos en la Gristmill Lane con un corazón, un poco más adelante una especie de araña y cerca el símbolo de la paz.

Uno de los lugares más fotografiados es un gran letrero con la palabra LOVE a base de candados. Por lo menos esta vez no añadieron peso extra a un puente… Quizá hay que copiar la idea.

Poder vivir el ambiente en una terraza (a la sombra) con una cerveza local habría sido mejor, claro, pero aún así, a pesar de la lluvia, disfruté del paseo por el distrito. Es todo un gran acierto, pues ese estilo vintage de edificios industriales en ladrillo rojo contrasta con el cercano distrito financiero y sus rascacielos de cristal y acero. Supone un remanso de paz y creatividad en el centro de la ciudad. Un lugar para la creación, para el encuentro, para el ocio y la cultura. Además, revitaliza el barrio no quedando abandonado. Muy a favor del reacondicionamiento.

Es una perfecta fusión de lo viejo y lo nuevo, de la arquitectura industrial victoriana con la creatividad del siglo XXI, un lugar rebosante de creatividad que sin duda es uno de los imprescindibles en Toronto.

No eran ni siquiera las 5 de la tarde, pero decidimos dar por concluido el día. Tomamos el tranvía 514 que justo tiene la cabecera en el distrito y volvimos al apartamento, donde repasamos lo que nos quedaba por ver para el día siguiente, salvamos fotos, reorganizamos maletas y descansamos.

Salimos a comprar la cena a una pizzería próxima al apartamento y después de cenar, nos fuimos a descansar sin saber muy bien si al día siguiente la lluvia nos daría una tregua.

Road Trip por la Costa Este de Estados Unidos y Canadá. Día 5: Recorriendo Toronto: Casa Loma, Museum y Universidad

Amaneció un nuevo día en Toronto y por el momento era seco. Si bien es cierto que estaba nublado y que parecía que se iban a cumplir las previsiones de lluvia. Sabíamos que nos podía pasar, puesto que las precipitaciones se distribuyen a lo largo del año de forma bastante regular. El clima de Toronto comparado con los estándares canadienses es bastante suave gracias a su localización dentro del país y a la proximidad al Lago Ontario, no obstante, veníamos de un invierno frío en el que en lugar de la media de -10ºC habían llegado a registrar hasta -20,6. Y eso en termómetro, ya que que la sensación térmica es inferior debido al viento. Es curioso, porque sin embargo en los veranos se llegan a alcanzar incluso los 35º. Así que sin duda lo mejor es primavera u otoño para no estar en ninguno de los extremos.

Nuestro plan del día consistía en comenzar por lo más lejano y de ahí ir aproximándonos al centro, donde, si llovía, podríamos resguardarnos en algún centro comercial, mercado, museo… Y el primer punto de nuestra ruta estaba a unos 4,5 kilómetros, así que tocaba coger transporte público.

El TTC (Toronto Transit Comission) cuenta con metro, buses, tranvías y trenes. Lo que mejor nos venía para nuestro destino era el metro, que, inaugurado en 1954, fue el primer sistema de metro de Canadá. Tiene una extensión de 70 kilómetros de vía repartidos en cuatro líneas que operan entre las 06:00 y la 1:30 de la madrugada. El sistema de transporte público de la ciudad es el tercero con mayor uso en América del Norte, sólo por detrás de los de Nueva York y Ciudad de México.

En este caso no nos convenía ningún tipo de pase diario o semanal (que funciona similar al de San Francisco con su cartulina y su rasca y gana), pues prácticamente nos íbamos a mover a pie. Así que directamente fuimos a por los billetes sencillos, un sistema muy parecido al de San Petersburgo, ya que funciona con tokens.

Estas pequeñas fichas de aluminio se compran en máquinas automáticas (sólo con dinero en efectivo) o en las taquillas del metro. Se venden en múltiplos de tres (algo muy peculiar) por $9 y no tienen fecha de vencimiento.  En lugar de pasar por los tornos, has de pasar al lado de la ventanilla, ya que es ahí donde tienen una especie urna de metracrilato y donde hay que depositarlos.

Al tener este sistema, si después al salir quieres hacer trasbordo, no tienes nada que acredite la hora de entrada (de hecho no sé cómo lo harán los revisores del metro, lo mismo ni hay), así pues, nada más pasar los tornos hay que coger un ticket de unas máquinas rojas que sirve como justificante durante una hora desde que se obtiene. Nosotros lo cogimos por si acaso y nos dirigimos al metro.

El metro de Toronto cuenta con 3 líneas. La línea amarilla es quizá la más útil para el visitante, ya que conecta el norte de la ciudad con el centro con paradas en la mayoría de los puntos de interés de la ciudad: CN Tower, el Rogers Centre y el Ripley’s Aquarium, el St. Lawrence Market y el Hockey Hall of Fame, Dundas Square, CF Toronto Eaton Centre, City Hall y Nathan Phillips Square, el Royal Ontario Museum o Casa Loma.

Ya había pasado la hora punta, por lo que no iba muy lleno.

Lo tomamos en dirección norte. Nuestra parada era St. Clair West, en pleno barrio de Wychwood Park. Este distrito destaca por ser una de las primeras comunidades que se asentaron en Toronto. En 1985 quedó protegido dentro de la Ontario Heritage Conservation gracias a su arquitectura.

Atravesamos el parque y nos dirigimos hacia Casa Loma, una casa señorial que más bien parece un castillo.

Fue construida en 1914 por el multimillonario Henry Mill Pellatt, fundador de la Compañía de Luz Eléctrica de Toronto. Parece que le sobraba el dinero e intentó copiar el castillo de Balmoral en Escocia. De hecho en sus torreones se pueden ver tanto el león (símbolo inglés) como el unicornio (escocés).

Pellatt le dio este nombre en español precisamente porque se encuentra en una loma a 140 metros sobre el nivel del mar. Cuenta con 6011 m² y 98 habitaciones, lo que la hizo convertirse en aquella época en la mayor residencia de Canadá. Y precisamente, estas dimensiones desorbitadas llevaron al dueño a la ruina en 1924, ya que era incapaz de asumir los altísimos gastos de mantenimiento. Ya lo dijo Aguirre, cuesta luego mucho poner la calefacción… Finalmente en 1933 pasó a manos del Ayuntamiento y en 1937 fue abierta como museo.

Casa Loma se divide en cuatro plantas. En la planta inferior se encuentra el acceso al túnel que conecta la casa con otras dependencias, la piscina, la tienda de recuerdos (que en su día estaba pensada como bolera), la cafetería (proyectada como sala de ejercicios) y una bodega. En la planta principal se halla en el centro el Gran Salón, que junto con la biblioteca tienen salida a la terraza del jardín. Además podemos encontrar el comedor, una sala para servir la comida, el estudio del señor Pellatt, la sala de fumadores (solo para hombres, claro) así como el billar.

En el segundo piso estaba dedicado para las habitaciones, tanto la del marido como la de la mujer, así como sus respectivos baños. Además, tenían un dormitorio para invitados. Finalmente en la última planta se puede visitar la armería, ya que el señor Pellatt era militar, algún dormitorio más, las habitaciones del servicio y la torre.

Casa Loma pasó por importantes tareas de restauración en su exterior entre 1997 y 2012.

Lo primero que se construyó fue The Hunting Lodge, las dependencias del servicio, un edificio con 407 m² y dos pisos separada del edificio principal. La casa, el Hunting Lodge y los establos quedan conectados mediante un túnel subterráneo.

Los establos ya de por sí son impresionantes, son otro castillo más.

Durante la II Guerra Mundial los establos se usaron para ocultar la investigación y producción de dispositivos sonar. Gracias a que se colocó un letrero de obras, las instalaciones pasaron desapercibidas.

Junto a Casa Loma se hallan los Baldwin Steps, que salvan el desnivel de 23 metros de altura que una vez fueron los acantilados del Gran Lago glacial Iroquois. A partir de aquí, todo lo que se extiende Toronto estuvo alguna vez bajo el agua. En 1915 en estos escarpados acantilados se construyó una escalera por la calle Spadina para reemplazar una de madera anterior. Las que vemos hoy en día de piedra y hormigón datan de 1987.

A finales del siglo pasado se vieron amenazadas por la planificación de la autopista y un túnel, sin embargo, los vecinos consiguieron parar el proyecto en 1971. Poco después, en 1980, se construyó la línea de metro bajo ellas. Desde 1984, y durante 99 años, la provincia de Ontario se las ha cedido a Toronto.

Llevan el nombre de la familia Baldwin, que incluía al exprimer ministro de Ontario Robert Baldwin, los primeros terratenientes del área.

En sí no es que llamen mucho la atención, es más lo que significan y las vistas que ofrecen de la ciudad, ya que se alcanza a ver parte de Toronto con la CN Tower tomando protagonismo.

Tomamos la Calle Spadina en dirección al metro y me llamaron la atención las inscripciones en la acera cada veinte metros bajo las farolas. Se trata de la cronología de la historia natural y cultural de Toronto.

Hay siete palabras escritas en bronce: Iroquois, Furrow, Survey, Avenue, Power, Dairy y Archive.

Tomamos el metro en Dupont aunque realmente nos bajaríamos en la siguiente estación, en Museum. Y es que esta estación, aparte de por su localización, nos interesaba por su decoración bajo tierra.

Inaugurada el 28 de febrero de 1963, fue renovada en 2008 añadiendo unas columnas inspiradas en las Primeras Naciones de Canadá, el Antiguo Egipto, la cultura tolteca de México, la cultura tradicional de China y la Antigua Grecia. Según The Guardian es una de las diez estaciones de metro más bellas del mundo (donde no puede faltar San Petersburgo). También se añadió el panel metálico con inscripciones de jeroglíficos incrustados como el que podemos ver sobre estas líneas.

La salida de la estación nos conduce al Royal Ontario Museum (ROM), el mayor museo de Historia Natural del país y que sirve como referencia cultural de la ciudad. Fue fundado en 1912 e inaugurado en 1914 y perteneció a la universidad hasta 1968. Hoy es independiente, aunque ambas instituciones realizan proyectos juntos.

Cuenta con más de 40 galerías en las que se exponen unos seis millones de objetos. Contiene una importante colección de dinosaurios, arte africano y de Oriente Próximo, arte de Asia oriental, Historia Europea y de Canadá. También tiene meteoritos y minerales así como una colección de fósiles de más de 150.000 especímenes.

Pronto el edificio se quedó pequeño, por lo que tuvo que ser ampliado en 1933. En 1964 se añadió un planetario y en 1975 un atrio de varios niveles. Tres años más tarde se comenzaron las obras para unas nuevas galerías con forma de terraza y un nuevo centro de interpretación que acabarían inaugurándose en 1984. Finalmente, entre 2005 y 2007 se completó el último anexo. Y claro, de ahí la variedad de estilos. En primer lugar tenemos una construcción de neo-románica en piedra con sus cristaleras y un pórtico.

Hasta aquí bien. Más o menos lo que esperarías de un museo: un edificio historicista, robusto… Sin embargo, cuando giramos la esquina nos encontramos con el añadido modernista que hace abrir grandemente los ojos.

Estamos en el siglo XXI y además del contenido, importa el continente. Parece que los museos no tienen que destacar solo por sus exhibiciones, sino también por su propio edificio. Y cuanto más extravagante, mejor. Así, en 2002 se propuso un concurso que ganó el arquitecto Daniel Libeskind.

Esta estructura conocida como Crystal está realizada en acero sobre el que hay un 75% de aluminio y un 25% es cristal.

Frente al museo, en la intersección de Bloor Street y Avenue Road, se alza la Iglesia del Redentor, un templo de estilo neogótico y de rito anglicano fundado en 1871 cuando la zona aún se encontraba al margen de la ciudad.

Seguimos tomando la calle Bloor bordeando el museo, pues junto a la estructura acristalada se encuentran las Alexandra Gates unas puertas que conducen al Paseo de los Filósofos en el Campus de la Universidad.

Precisamente estas puertas se construyeron en 1901 en la esquina en que se halla la iglesia. Se levantaron para conmemorar la visita del Príncipe George, Duque de Cornualles (más tarde el Rey Jorge V), y María, Duquesa de Cornualles (más tarde Reina María). Fueron colocadas en el lugar actual en 1960, cuando Avenue Road fue ampliada.

Fueron renovadas en 2009 gracias a las aportaciones del TD Bank Financial Group como parte de la iniciativa de recuperar el Paseo de los Filósofos como un espacio verde para la comunidad y para complementar los esfuerzos de revitalización del Conservatorio Real de Música y el ROM.

El Paseo de los Filósifos no es más que un camino que discurre entre varios lugares emblemáticos de Toronto como el Museo Real de Ontario, el Conservatorio Real de Música, el Trinity College y la Facultad de Derecho de la Universidad de Toronto. Sirve como unión entre el campus y el barrio de The Annex, donde residen un buen número de los estudiantes y profesores de la universidad.

Una parte de la arboleda sirve como memorial en recuerdo de la masacre de la Escuela Politécnica de Montreal del 6 de diciembre de 1989 en Montreal.

Marc Lépine, un joven de 25 años, entró en una de las clases de la universidad y separó a hombres y mujeres. Después, tras proclamar que estaba “luchando contra el feminismo”, disparó con su rifle semi-automático a nueve mujeres. Mató a 6 de ellas. Luego se paseó por los pasillos, la cafetería y más aulas y volvió a seleccionar a más mujeres a las que disparar. Acabó matando a 14 e hiriendo a 10 más. Al final acabó suicidándose.

Desde entonces en el día de la masacre se conmemora el día nacional del recuerdo por las víctimas de la violencia contra la mujer. En el Paseo de los Filósofos se plantaron 14 árboles, uno por cada estudiante asesinada.

Más adelante llegamos al Anfiteatro, un lugar de reunión para los estudiantes de la universidad y ciudadanos de Toronto. Construido en piedra caliza, es ideal acústicamente para lecturas informales, clases fuera de las aulas y espectáculos en vivo. Cuando no se usa sirve como un tranquilo oasis para la contemplación en el corazón de una vibrante ciudad.

Antes de que los europeos llegaran, el espacio que hoy ocupa el paseo era un lugar que los Anishinaabe usaban para reunirse. Durante la primavera el Taddle Creek, el arroyo que una vez pasó por allí, servía de lugar sagrado, un sitio en el que sentir a los espíritus.

En el otro extremo del camino se encuentra el Trinity College, que, con su estilo gótico, me recordó bastante a la universidad de Old Aberdeen.

Fue fundada en 1851 por el obispo John Strachan como una institución privada basada en fuertes líneas anglicanas después de que la Universidad de Toronto rompiera sus lazos con la Iglesia de Inglaterra. En octubre de 1904 se integró dentro de la Universidad de Toronto y hoy forma parte de la Escuela de Teología de Toronto.

Su patio ha sido relevante en la vida estudiantil. Sin ir más lejos acogió el mayor festival al aire libre de Shakespeare del país.

Abandonamos el paseo por las Bennett Gates y bordeamos Queens Park, parque inaugurado en 1860 por el Príncipe de Gales, aunque cuyo nombre es en honor a la Reina Victoria. La parte norte pertenece a la universidad, y es justo en esa sección donde se llevan a cabo los actos del Día de la Victoria, del Día de Canadá y del Día del Recuerdo.

En el lateral del parque se halla la Hart House, un centro de actividades estudiantiles de la Universidad.

Fue financiado por Vincent Massey, ex alumno y benefactor de la universidad, y el nombre se lo debe a su abuelo, Hart Massey. Fue construido en 1919 como lugar para funciones culturales, intelectuales y recreativas. Cuenta en sus instalaciones con auditorios, un teatro, galería de arte, biblioteca, salas de lectura y de estar, salas de música, salas de conferencia y estudio, salones y áreas de recepción, oficinas, restaurante, un gimnasio, piscina y un campo de tiro.

Anexa al edificio se erige la Soldiers tower, un campanario de 43,6 metros de altura que conmemora a los miembros de la universidad que sirvieron en las Guerras Mundiales. De estilo gótico, alberga un carillón de 51 campanas que se hacen sonar en ocasiones especiales, lo que convierte a la universidad a la única canadiense con un carillón en funcionamiento.

Junto a la Hart House, en un parque, podemos ver un par de cañones históricos de Louisbourg, en Nova Scotia.

Pertenecen a la batalla de 1758 en la que los británicos conquistaron Louisbourg, capital y mayor asentamiento de la colonia francesa en la isla de Cabo Bretón. Tres de los barcos franceses fueron incendiados por un único proyectil. Cuatro días después, los dos buques restantes fueron capturados en el puerto. Después de la caída de Quebec en 1759 y Montreal en 1760, y con Louisbourg finalmente sometida, terminó la presencia militar y colonial francesa en Norte América.

En la batalla más de 100 cañones se perdieron, sin embargo, en 1899 se encontró una veintena de ellas y A. E. Shipley cedió estos dos a la universidad como monumentos históricos.

Fueron restaurados entre 1993 y 1994.

En el centro del parque frente a la Hart House se encuentra el edificio del Sindicato de Estudiantes de la Universidad de Toronto ( UTSU ).

Es el segundo sindicato de estudiantes más grande de Canadá y el tercero más grande de América del Norte.

En el siguiente cuadrante en torno a un césped circular encontramos más edificios que nos recuerdan a los colleges británicos.

Destaca con su cúpula verde el Convocation Hall, espacio que acoge funciones académicas en las que acude un gran número de espectadores. Con capacidad para 1.731 espectadores cuenta con cuatro pisos, de los cuales dos cuentan con butacas.

Se construyó a principios del siglo XX después de que la universidad detectara que necesitaba un auditorio más grande que el que tenían. Tiene esta forma circular para simbolizar ser el centro de la Universidad.

Finalmente la lluvia, tal y como anunciaba la previsión meteorológica, hizo su aparición. No obstante, seguimos con nuestro paseo.

Road Trip por la Costa Este de Estados Unidos y Canadá. Día 4 IV: Recorriendo Toronto III: Subida a la CN Tower

Llegamos a la CN Tower a las 8 de la tarde, cuando ya estaba atardeciendo, por lo que apenas nos paramos ni en las letras luminosas de que forman Canadá, ni en las del nombre de la torre. Lo principal era sacar las entradas y subir antes de que se hiciera completamente de noche.

La CN Tower es el principal símbolo de la ciudad y atrae a unos 2 millones de visitantes al año. Construida en hormigón armado, mide 553 metros y pesa 130.000 toneladas.

La idea de erigir una torre de estas características nació a finales de los años 60 porque los rascacielos no paraban de crecer y hacía falta un edificio más alto que los evitara. En aquella época las torres de TV se convirtieron en las referencias de las ciudades. En un principio el plan inicial consistía en 3 torres conectadas por un puente, pero no convenció a los inversores.

Las obras de la cabeza de la torre comenzaron en agosto de 1974. Primero se creó el suelo y después se alzó con gatos hidráulicos. Las 44 piezas de la antena tuvieron que ser transportadas con un helicóptero de la armada estadounidense. Finalmente, la última pieza se colocó el 2 de abril de 1975. Iba a tener 522 metros de altura, sin embargo, los contratistas cambiaron los planes sobre la marcha para que fuera la más alta del mundo y llegó hasta los 553,33. Durante muchos años fue la torre más alta del mundo, hoy ocupa el quinto lugar tras el Burj Khalifa, el Tokyo Sky Tree, la Torre de TV de Cantón y el Makkah Royal Clock Tower Hotel.

Se llama CN porque fue construida por la Canadian National Railway, aunque las siglas también se corresponden con su nombre actual: Canada’s National Tower.

Para llegar a la parte superior hay que tomar un ascensor que sube a una velocidad de 6,11 metros/segundo y una vez arriba permite unas vistas 360º de la ciudad. La entrada no tiene hora límite, por lo que pensábamos aprovechar al máximo el par de horas que quedaban hasta el cierre.

La visita a la torre tiene varias opciones. En primer lugar el LookOut level, el mirador, que se encuentra a 346 metros de altura. La entrada a este nivel cuesta 38$ y permite observar la ciudad y el Lago Ontario a través de unas cristaleras. Aquí también está el 360Restaurant. Por otro lado, por 53$ se puede acceder además al Skypod, a 447 metros, desde donde dicen que en días buenos se pueden ver hasta las Cataratas del Niágara. En principio nosotros pensábamos subir tan solo al primer nivel, sin embargo, estaban de obras y una parte se encontraba cerrada, por lo que, en su lugar, permitían subir al siguiente por el mismo precio.

Además, hay una atracción para los más valientes, el Edge Walk, que permite andar por la cornisa del edificio sujeto tan solo con un arnés. El guía acompaña al grupo durante el recorrido e insta a los participantes a dejarse caer hacia delante y hacia atrás e incluso soltar las manos. Es para mayores de 13 años y cuesta 225$.

Como decía, nosotros nos quedamos con la admisión general, que en este caso incluía los dos niveles interiores. El primero nos permitía un recorrido de unos 180º en el que veíamos el distrito financiero, el Lago Ontario con las islas y la zona del Old Toronto. Quedaba tapada sin embargo la parte norte de la ciudad.

En este primer nivel de ventanales hay además en el centro de la cabeza de la torre un suelo de cristal similar al de la Torre Eiffel que permite ver la base y la cúpula del acuario.

Después de la Torre Willis en Chicago, aquello no era nada.

Subimos al segundo nivel y la verdad es que me decepcionó un poco. Sí que es cierto que pudimos ver la parte que no conseguimos ver más abajo, pero no muy bien, la verdad. Está cubierto por unas rejas que apenas dejan ver bien la ciudad y además comenzó la iluminación nocturna, con lo que llamaba más a la vista el primer plano que el fondo. Desde luego, porque la entrada lo incluía, si no, no merece la pena pagar ese extra.

Ni por lo que se ve, ni por la cola que hay que esperar después para bajar. Creo que tardamos más en la fila para montar en el ascensor que en dar la vuelta completa al perímetro. Eso sí, la bajada de noche tiene su aquel.

Para cuando quisimos salir ya eran más de las 21:30 de la noche y las luces en las que no nos habíamos podido detener a la llegada destacaban más, pues ahora la iluminación se veía en todo su esplendor.

Tampoco nos entretuvimos mucho, pues estábamos cansados y había hambre, así que nos volvimos al apartamento pensando antes en qué queríamos cenar. Como nuestro barrio estaba plagado de locales fuimos echando un ojo a ver qué nos llamaba la atención y finalmente nos decidimos por unas hamburguesas en una cadena local, A&W.

Nos lo llevamos a casa y allí tranquilamente nos sentamos a comer tras un largo día en el que nos habíamos metido una buena paliza y con alguna decepción.

Dos elegimos hamburguesa, mientras que otros dos se decantaron por unos wraps. Para compartir pedimos unos aros de cebolla (bien contundentes) y boniato frito. Todo ello por 39,5$. Después del trajín del día y del picoteo intermitente, sentó bien hacer una comida sentados antes de irnos a dormir para reponer fuerzas para un día que no sabíamos cómo iba a amanecer, pues la tormenta se acercaba.

Road Trip por la Costa Este de Estados Unidos y Canadá. Día 4 III: Recorriendo Toronto II: Old Toronto

Dejando atrás el Graffiti Alley salimos a una de las calles principales, la Queen Street. En todo este tramo conocido como Queen West abundan las tiendas de ropa (tanto de marcas conocidas como de otras más alternativas), de antigüedades, bares, cafeterías, clubes nocturnos los locales de música, de artes visuales, de tatuajes, peluquerías, e incluso de hierba. Porque sí, Toronto huele a porro.

Aunque la legalización de la Marihuana se aprobó en junio de 2018 (faltaba mes y medio para ello aún), ya desde noviembre de 2017 en Ontario se permitía su venta. Eso sí, en las OCS (Ontario Cannabis Store), unas tiendas oficiales contra las que claman otras locales como la de la imagen porque no deja de ser un monopolio. Esta ley era una de las promesas del Primer Ministro Justin Trudeau, y pretende que, al quedar en manos del Estado, no esté al alcance de los menores y que el crimen organizado no se lucre con su producción y venta.

Volviendo a la Queen Street, esta calle no siembre se ha llamado así. Durante sus primeros sesenta años muchos tramos se conocían como Lot Street, fue en 1837 cuando se le cambió el nombre en honor a la Reina Victoria.

A lo largo de la calle nacen diferentes barrios que en origen fueron asentamientos de grupos étnicos o nacionalidades. Por ejemplo, a mediados del siglo XIX en la zona entre Queen Street West y Bathurst Street se mudaron los irlandeses; entre 1890 y 1930 llegaron los judíos a los aledaños de donde se encuentra la Universidad; en el cruce con Bay Street se desarrolló en la década de los 30 un barrio chino, también llegaron polacos y ucranianos y entre 1950 y 1970 portugueses. En las últimas décadas sin embargo, la zona se ha revalorizado debido a su ambiente alternativo y muchos residentes se han ido mudando a las afueras por los precios prohibitivos de los alquileres.

Ya en el cruce con John Street va dejándose ver en la distancia la CN Tower, como junto a la sede de Bell Media, desde donde operan canales de televisión como la CTV.

En el cruce con la University Avenue nos encontramos con la Campbell House, una casa construida en 1822 para el presidente del Tribunal Supremo de Canadá, Sir William Campbell, y su mujer Hannah. Hoy convertida en museo, es uno de los escasos ejemplos que han llegado hasta el presente de la arquitectura georgiana en Toronto.

Originalmente no se encontraba en esta ubicación, sino en lo que ahora es la intersección de las calles Adelaide y Frederick. Tras la muerte de los dueños, fue subastada y pasó por diferentes propietarios, pero siempre como residencia privada hasta finales del siglo XX, cuando se convirtió en espacio de oficinas y fábrica. En 1972 la empresa dueña de la propiedad, la Coutts-Hallmark Greeting Cards Company quiso demolerla para ampliar su aparcamiento, pero la asociación Advocates Society lanzó una campaña para salvarla y fue entonces cuando se trasladó al actual emplazamiento junto al edificio Canada Life. Fue inaugurada tras su restauración el 1 de abril de 1972 por la Reina Madre.

En el bulevar que discurre entre ambos sentidos de la University Avenue y frente al edificio de la Canada Life, se erige el South African War Memorial, un monumento conmemorativo de la participación de Canadá (entre 6000 y 8000 canadienses se ofrecieron voluntarios para luchar por Gran Bretaña contra los Afrikaners) en la Guerra Boer (1899 – 1902).

Consta de una columna de granito coronada por una figura alada realizada en bronce que sostiene una corona de oro y representa a Gran Bretaña. A sus pies tiene otro conjunto de estatuas que simbolizan los soldados canadienses.

Dejamos atrás la Queen Street y atravesamos entre los juzgados y el Osgoode Hall, el lugar en que se encontraban las armerías de la universidad entre 1891 y 1963, cuando fueron finalmente demolidas. Fue donde se entrenaron miles de voluntarios que lucharon en las guerras de Suráfrica, Corea así como las dos mundiales.

Nos encontramos con un grupo escultórico bien significativo donado por la Asociación de Abogados de Toronto en la celebración del 125 aniversario de su fundación en 1885. Por un lado tenemos la Carta Canadiense de Derechos y Libertades.

Queda simbolizada por dos libros, uno tumbado y otro de pie, en cuyo lomo reza en inglés y francés “La prioridad de la Ley es un reflejo de todos nosotros”. Esta carta garantiza, como libertad fundamental, que todo el mundo tiene la libertad de pensamiento, credo, opinión y expresión.

Así, junto a esta escultura se hallan otras dos enfrentadas que representan la Libertad de Expresión y de Religión. La Libertad de Expresión está representada por una mujer que, con unos papeles en su mano izquierda, parece estar dirigiéndose a una multitud.

Por otro lado, la Libertad de Religión es un hombre que porta en lo alto una esfera en la que se reflejan los símbolos de las principales religiones del mundo.

Más adelante, junto al Palacio de Justicia de Ontario, se halla otro monumento relacionado con las leyes, se trata de la estatua Equal Before The Law (Igualdad ante la Ley).

Se trata de una tabla en cuyos extremos se sitúan un león y un cordero. Aunque el primero es más grande y más pesado que el segundo, la tabla balanza está equilibrada simbolizando que todos somos iguales ante la justicia, que independientemente del poder o la debilidad de uno u otro, la ley tratará a ambos por igual.

El texto que aparece en la base tanto en francés como en inglés se corresponde con una frase de la Carta Canadiense de Derechos y Libertades.

Enfrente se halla el Churchill Memorial, un espacio dedicado al político británico del partido conservador. Se trata de una estatua del Primer Ministro en su pose más recordada y alrededor una serie de paneles en la que se relatan datos de su vida. Por supuesto desde un punto de vista bastante ensalzador, ya que se trata de una donación de la Sociedad Internacional de Churchill.

Detrás hay otro pequeño monumento, el de la Peace Through Valor (La paz gracias al valor).

La escultura conmemora a los 93.000 soldados canadienses que participaron en la campaña italiana de la II Guerra Mundial. Hace referencia a la batalla de 1943 en la que las Fuerzas Canadienses consiguieron liberar la ciudad de Ortona de la Alemania nazi.

Fue donada por la comunidad italo-canadiense y representa en un mapa 3D las secuelas que dejó la guerra en la ciudad italiana tras la batalla. En cada una de sus esquinas se erige vigilante un soldado canadiense.

No es muy alta para que se pueda visualizar bien desde arriba.

Seguimos con nuestro paseo hasta Nathan Phillips Square, que con un área de 4,85 hectáreas es la plaza más grande de Canadá. Fue inaugurada en 1965 en honor al que fuera alcalde de Toronto de 1955 a 1962.

Se construyó en un área que había formado parte del barrio en el que se habían asentado los inmigrantes llegados entre finales del siglo XIX y la primera mitad del XX. Para ello se expropiaron y demolieron casas, tiendas y restaurantes en la década de los 50.

Fue concebida como un gran ágora donde conviviera la vida política y pública de la ciudad, con un concepto de espacio abierto del que pudieran disponer los ciudadanos. Así, a lo largo de todo el año acoge conciertos, muestras de arte, el mercado semanal de agricultores, el festival de luces de invierno, la fiesta de fin de año y otros eventos públicos, incluidos mítines y manifestaciones, pues es donde se erige el Ayuntamiento.  Además, en ella se encuentra un estanque que en los meses de invierno se convierte en una pista de patinaje sobre hielo, el Jardín de la Paz (como recuerdo al bombardeo de Hiroshima), un escenario permanente y varias esculturas.

El estanque (que encontramos vacío) queda encuadrado bajo tres arcos de hormigón conocidos como los Freedom Arches. Fueron colocados en 1989 para conmemorar a aquellos que lucharon para obtener o defender la libertad.

Junto a él se alza el cartel iluminado con las letras de Toronto. Fue instalado durante los Juegos Panamericanos de 2015 y se pensaba reubicar a finales de año, tras la celebración. Sin embargo, gustó tanto a locales y a turistas que se decidió que se mantuviera en el lugar.

Tras las letras se erige el rascacielos del Toronto City Hall, la sede del ayuntamiento de Toronto. De estilo modernista, es el cuarto ayuntamiento de la ciudad. Nació de la necesidad de albergar el creciente gobierno municipal de la década de los 40. Para elegir el diseño se llevó a cabo un concurso internacional en el que participaron arquitectos de 42 países. Finalmente fue seleccionado el del finlandés Viljo Revell, quien murió antes de que estuviera terminado.

La base del edificio es rectangular y cuenta con dos torres curvas que se elevan a diferentes alturas: una de ellas mide casi 100 metros y cuenta con 27 plantas mientras que la otra se alza hasta los 80 y tiene 20 pisos. Entre ambas se encuentra la cámara del consejo, que tiene forma de platillo, algo que no gustó en el momento de la inauguración, ya que se consideraba demasiado futurista. Supongo que por recordar a un ovni.

El ayuntamiento al que sustituyó es el que se encuentra tras los arcos del estanque. Sirvió como sede municipal entre 1899 y 1965. Actualmente acoge las Cortes Judiciales municipales de Toronto.

La plaza fue renovada en 2014, momento en que se aprovechó para añadir una terraza en la azotea, un restaurante con comedor en la terraza, un pabellón de información turística de cristal, un escenario bajo un techo acristalado, el paisajismo que enmarca el perímetro… También se renovó el Jardín de la Paz y se añadió la llama eterna y el estanque.

Se aprovecharon las obras para hacerla además más sostenible. Así, se mejoró el suelo para la plantación de árboles, se renovó el entorno peatonal, se creó una estación ciclista y se rediseñó el control de luces para que fuera más eficiente energéticamente.

Y de plaza a plaza, ya que abandonamos la Nathan Phillips para dirigirnos a la Dundas Square.

Vendría a ser como el Times Square de Nueva York o Piccadilly Circus en Londres. Una pequeña plaza rodeada de tiendas, centros comerciales, llamativos carteles publicitarios y enormes pantallas de televisión.

Fue concebida en 1997 como parte de la revitalización del cruce Yonge-Dundas y se finalizó en 2002. Desde entonces ha acogido numerosos eventos públicos, espectáculos y muestras de arte y se ha establecido como uno de los puntos de referencia y una de las principales atracciones turísticas de la ciudad. Al parecer es la intersección más activa de todo Canadá, aunque a mí no me pareció para tanto, la verdad. Sí que había actividad, pero no era Sol en Navidades.

En uno de los laterales de la plaza hay una serie de fuentes. En concreto se trata de dos filas de diez fuentes que fueron diseñadas para interaccionar con ellas. Los 600 chorros están programados para ir cambiando cada poco tiempo. Suelen funcionar las 24 horas al día desde mediados de abril hasta finales de octubre.

Alrededor de la plaza podemos encontrar el edificio Citytv, una torre de medios, unos cines o el Toronto Eaton Center, el principal centro comercial de Toronto y uno de los más grandes y famosos del mundo.

Estaba atardeciendo y aún nos quedaban cosas por ver, por lo que seguimos dirección a la Basílica Catedral de San Miguel, una de las iglesias más antiguas de la ciudad.

Comenzó a construirse en 1845 gracias sobre todo a la financiación de inmigrantes irlandeses que residían en la zona. Sigue un estilo gótico siglo XIII o XIV, aunque está simplificada y no cuenta con arbotantes o bóvedas de crucería. Asimismo, tampoco tiene la típica forma de cruz de la mayoría de las catedrales góticas medievales. Cuenta con una torre de unos 80 metros coronada por una gran aguja de hierro que fue construida entre 1865 y 1867.

El interior de la catedral está diseñado para crear 5 espacios designados: un vestíbulo, un balcón, un pasillo central, un pasillo a la izquierda y un pasillo a la derecha. Sin embargo, no pudimos entrar porque estaba en obras.

Y de una iglesia a otra, pues la Metropolitan United Church está muy cerca de la anterior.

Mientras que la Catedral de San Miguel es católica, esta pertenece a la Iglesia Unida de Canadá que incluye a los metodistas, presbiterianos y congregacionalistas. Fue construida en 1872 y su servicio inaugural tuvo lugar en 1874.

En 1928 casi acaba reducida a cenizas por el fuego. Gracias a las donaciones de la familia metodista Massey se reconstruyó rápidamente manteniendo el mismo diseño.

Destaca su torre de 54 campanas. En un principio contaba con 23 campanas que Chester D. Massey dedicó a su mujer. Así, tienen grabada la inscripción  “Que el espíritu del Señor llegue al corazón de todos allá donde se escuche el sonido de estas campanas”. En 1960 Charles W. Drury y su esposa donaron doce campanas más pequeñas y en 1971 fue cuando alcanzó el número actual.

Parece ser que es una iglesia progresista y que colabora activamente con la comunidad LGTBI de Toronto.

Y no hay dos sin tres. Casi en un tres en raya tenemos el tercer edificio religioso. En la intersección de Church con Adelaide se erige la Catedral de St. James, anglicana.

Fue construida entre 1850 y 1853 en estilo neogótico. Aunque ya en 1797 se estableció una parroquia en el entonces pueblo de York. En 1807 se levantó la primera iglesia de madera y en 1818 se amplió añadiéndole además un campanario. En 1833 se derribó la estructura de madera y en su lugar se construyó una de piedra en estilo neoclásico que acabó incendiándose en 1839. Tuvo que ser reconstruida y cuando volvió a abrir lo hizo ya como catedral. En 1849 quedó destruida en el primer Gran Incendio de Toronto  y tras un concurso fue finalmente cuando se erigió la que vemos hoy en día.

Al menos lo que es la estructura, ya que hasta 1873-1874 no fueron completados la torre y la aguja, los transeptos y los pináculos así como los remates. Se convirtió entonces en el edificio más alto de Canadá y era lo primero que veían los inmigrantes cuando llegaban en tren a la antigua Union Station.

La torre y la aguja con sus 93 metros han permanecido como las más altas de Canadá y las segundas más altas de América del Norte después de la Catedral de San Patricio en Nueva York.

Prácticamente enfrente se halla el St Lawrence Market, un mercado que tiene 200 años de antigüedad y que tiene la fama de ser uno de los mejores y más completos mercados de alimentos del mundo. Sin embargo, la luz seguía bajando y se nos hacía tarde. Como al día siguiente amenazaba lluvia, pasamos de largo y lo dejamos para un momento en que no pudiéramos estar en exteriores.

Continuamos entonces por la Wellington Street, una calle llena de locales de venta autorizada de alcohol, bares, pubs y restaurantes hasta el Gooderham Building.

Este histórico edificio de oficinas también es conocido como Flatiron Building. Construido en 1892 con ladrillos rojos destaca sobre el resto de rascacielos del distrito financiero que se intuyen tras de él, incluida la CN Tower.

Fue diseñado por el arquitecto David Roberts, Jr para el destilador George Gooderham Sr., hijo de William Gooderham, fundador de la destilería Gooderham and Worts. Fue la oficina de la destilería hasta 1952. La familia lo vendió cinco años más tarde y tras pasar por varios propietarios hoy está administrado por The Commercial Realty Group.

En su parte trasera, más ancha, esconde un curioso mural que se puede ver desde el Berczy Park, un parque que lleva el nombre de William Berczy, arquitecto y topógrafo, que trabajó con John Graves Simcoe en la fundación de York. Fue inaugurado en 1980 ocupando el lugar que previamente era un aparcamiento.

En 2015 se renovó plantando más árboles y reemplazando la fuente original por una más grande que consta de dos niveles e incorpora 28 esculturas (27 perros y 1 gato). Mientras que los perros miran hacia un gran hueso en lo alto de la fuente, el gato sigue la pista a dos pájaros posados en una barra de la  farola que está detrás de la fuente (hay un segundo gato encaramado en una caja eléctrica en la esquina suroeste del parque).

Por la época que era se encontraba apagada, pero cuando está en funcionamiento brota agua de la boca de cada perro. Además, a ras de suelo tiene un canal que proporciona agua potable a los perros de verdad y en un extremo de la plaza hay un arenero para que hagan sus necesidades.

Seguimos dirigiéndonos hacia la zona financiera. En la manzana de Front, Wellington y Yonge nos encontramos el Hall of Fame, un museo y salón de la fama de la historia del hockey sobre hielo, uno de los deportes estrella de Canadá.

Hicimos una última parada en el Toronto Dominion Centre, un complejo de edificios que alberga entre ellos el Toronto-Dominion Bank. También conocido como TD fue proyectado por el arquitecto Ludwig Mies van der Rohe (el mismo del Federal Centre de Chicago) y consta de seis torres revestidas en cristal tintado de color bronce y acero negro.

La mayor atracción es, sin embargo, que si te posicionas bien, puedes ver la CN Tower entre los edificios de la plaza.

Y hacia allá que nos dirigimos.

Road Trip por la Costa Este de Estados Unidos y Canadá. Día 4 II: Recorriendo Toronto: Graffiti Alley

Llegamos a las 16:30 al apartamento, descargamos y nos ubicamos. Al igual que en Chicago habíamos elegido un apartamento de dos habitaciones. Este tenía una distribución algo más extraña, ya que estaba en la planta superior de un edificio, como si fuera una única vivienda dividida en dos. No obstante, nos servía para nuestra estancia.

Contábamos con una amplia cocina y una buena mesa equipada con grandes y pequeños electrodomésticos (teníamos por ejemplo cafetera, tostadora y calentador de agua) e incluso nos habían dejado café, leche y tes. Además, el piso tenía un espacioso baño y dos habitaciones.

Uno de los dormitorios contaba con cama, y otra con sofá cama. Lo que no teníamos era salón (de ahí lo que comentaba que parecía una división de una misma casa junto con otras plantas) y la televisión estaba en el dormitorio principal.

Tras acomodar las maletas y refrescarnos, salimos a recorrer Toronto, la capital de Ontario (que no de Canadá) y la ciudad más grande del país además de ser su centro financiero.

Cuenta con una extensión de norte a sur de 21 km y de este a oeste de 43 km  y está rodeada por lagos. Geográficamente, se encuentra en un lugar estratégico a pocos kilómetros en coche de Estados Unidos. Buffalo (perteneciente al estado de Nueva York) está a menos de dos horas; la misma Nueva York a menos de diez y Detroit, antigua capital de automóvil, a sólo cuatro horas. Y desde allí no queda tan lejos Chicago.

Está considerada como una de las mejores ciudades del mundo para vivir, gracias a su bajo índice de criminalidad (a pesar del misógino Incel que mató a 10 personas apenas una semana antes de irnos), su alto nivel de vida y el cuidado hacia el Medio Ambiente (muy concienciados con respecto al reciclaje, el uso del transporte público, de la bicicleta y con espacios destinados para huertos).

El origen y el significado del nombre de la ciudad no está claro hoy en día. Parece que proviene de la palabra hurona “toran-ten” (lugar de encuentro), pero también hay quien cree que ha derivado de “tkaronto”, la palabra que usaban los indios mohawk para referirse al lago y que significa donde los árboles se yerguen sobre el agua.

Como ya hemos visto antes, los primeros europeos en explorar la región fueron franceses. En 1750 fundaron Fort Rouillé, pero lo abandonaron 9 años más tarde. Después, durante la Guerra de la Independencia de los Estados Unidos, la región recibió una afluencia de colonos británicos leales al Imperio británico que escapaban a tierras sin colonizar al norte del Lago Ontario.

En 1793 John Graves Simcoe estableció en la ciudad de York la capitalidad del Alto Canadá, creyendo que la nueva ubicación sería menos vulnerable a los ataques de los estadounidenses.​ Fort York se construyó en la entrada del puerto natural de la ciudad, protegido por una larga franja de arena.

En 1813, como parte de la guerra de 1812, la Batalla de York se saldó con la captura de la ciudad y el saqueo de ésta por parte de las fuerzas estadounidenses.​ Los soldados estadounidenses destruyeron gran parte de Fort York y prendieron fuego a los edificios del parlamento durante los cinco días de la ocupación. Los canadienses como respuesta atacaron la Casa Blanca (que era rosa por aquel entonces) incendiándola. Al pintarla, lo hicieron de blanco.

York fue incorporada a la ciudad de Toronto el 6 de marzo de 1834 lo que hizo que se recuperara su nombre nativo original. La población entonces era de 9.000 habitantes, aunque los esclavos afroamericanos estaban excluidos de este censo. El político reformista William Lyon Mackenzie se convirtió en el primer alcalde de Toronto e intentó en 1837, sin éxito, rebelarse contra el gobierno colonial británico.

La ciudad creció rápidamente durante el resto del siglo XIX gracias a la llegada de inmigrantes. Su mayor grupo étnico fue el irlandés, que llegó entre 1846 y 1849 huyendo de la Gran Hambruna. En aquellos momentos (desde 1849 a 1852) Toronto acogió la capitalidad del país como consecuencia de los disturbios en Montreal, y de nuevo entre 1856 y 1858. Después pasó a Quebec, que lo fue hasta 1866, un año antes de que finalmente se le otorgara a Ottawa.

Fue en este siglo cuando también se mejoraron los servicios de la ciudad. Por un lado se trazó el sistema de alcantarillado, por otro, la iluminación de las calles con gas se volvió regular. Además,  se construyeron varias líneas de ferrocarril de larga distancia, lo que facilitó el comercio y la llegada de inmigrantes.

Este progreso se vio levemente frenado en 1904 cuando el Gran Incendio destruyó una gran parte del centro de Toronto. Rápidamente se volvió a construir, eso sí, con nuevas leyes de seguridad contra incendios más estrictas.

A finales de siglo la ciudad recibió nuevas olas de inmigrantes, sobre todo alemanes, italianos y judíos. Más tarde les siguieron chinos, rusos, polacos y varios grupos de otras naciones de Europa oriental. En el siglo XX, tras la II Guerra Mundial fueron refugiados europeos y chinos sin medios económicos, al igual que un buen número de trabajadores de la construcción (sobre todo italianos y portugueses) los que se asentaron en Toronto. La población continuó creciendo y en la década de los años 80 Toronto ya superaba a Montreal como ciudad más habitada de Canadá. Además, se convirtió en el principal centro económico del país gracias al descubrimiento de grandes yacimientos en la provincia, a la potente industria automovilística y a la inauguración del Canal de San Lorenzo, que hizo de Toronto un importante centro portuario al servir de conexión entre el océano Atlántico y los Grandes Lagos.

Con esta acogida de inmigrantes de los últimos siglos, hoy Toronto es una de las ciudades con mayor diversidad étnica de Canadá. Su población es muy cosmopolita e internacional, de hecho, es la ciudad del mundo con el porcentaje más alto de residentes no nacidos en el propio país (alrededor de un 49%).

En total, la ciudad tiene más de 150 grupos étnicos que hablan más de 100 idiomas. Sobre todo predominan los de ascendencia inglesa, escocesa e irlandesa. Pero también cuenta con una comunidad en crecimiento de caribeños, hispanoamericanos, brasileños, africanos y provenientes del sureste Asiático.

Como es lógico, este crisol de culturas hace que, aunque el idioma predominante en la ciudad sea el inglés, también se puede oír por sus calles francés, italiano (tiene más hablantes de italiano que cualquier otra ciudad fuera de Italia), español, chino, portugués, panyabí, tagalo o hindi. Así, el teléfono de emergencias de Toronto está preparado para atender en 150 lenguas diferentes. Además, Toronto es una ciudad joven, donde aproximadamente un 54% de su población es menor de 35 años.

Nada más salir a la calle sí que notamos ese aire juvenil, quizá también por el barrio en el que estábamos, justo al lado de la Graffiti Alley, nuestra primera parada.

Se trata de un callejón de aproximadamente un kilómetro que comienza en Rush Lane y que hace unos años se llenó de graffitis gracias al evento Style in Progress en el que se permitía pintar las paredes durante 24 horas. Hoy en día se renuevan los dibujos, pero ha de pedir permiso al dueño del local.

Pero este arte callejero no es único de esta calle, sino que en la ciudad existe el StreetARToronto, un programa que pretende apoyar y promover el arte callejero como un elemento más de los barrios. Permite poner en contacto a propietarios locales que quieren decorar sus fachadas y a artistas del spray. Como los grafitteros se respetan entre sí, hay menos probabilidades de que le dañen la fachada si ya tiene un trabajo encargado. Además, ese mural quedará recogido como arte callejero y no será limpiado por el ayuntamiento.

A lo largo del paseo se pueden ver muchos graffitis, aunque no todos tienen la misma calidad, claro. Algunos están muy bien hechos. Son coloridos y detallistas. Otros son una firma o alguna simbología y están menos desarrollados.

Destacan artistas como Uber5000, Elicser, Poser, Skam o Spud. Al primero parecen gustarle los pollos amarillos/naranjas, los podemos ver en diferentes situaciones, como montando en coche o practicando hockey sobre patines.

También junto a  esta imagen de la cantante y compositora, Nellie McKay.

Hace referencia a la siguiente canción:

Frente a ella encontramos uno que me impresionó, pues decora todo el edificio. En una de sus fachadas hay una especie de collage de Toronto, y las restantes conforman un paisaje marino.

Como curiosidad, es en el Graffiti Alley donde se encuentra el piso de Félix, el hermano de Sarah en Orphan Black. Sin duda un lugar perfecto para un artista del pincel como él.

Al final de la calle llegamos a la Avenida Spadina, y tomando Queen Street, la paralela al Graffiti Alley, seguimos con nuestro paseo. Esta calle se extiende hacia el este hasta Yonge Street, donde nace el centro histórico de Toronto. Nos metemos de lleno en la vida torontiana.

Preparativos para un Road Trip por la Costa Este de Estados Unidos y Canadá III: ESTA, Seguro, Cambio de Divisas y Telefonía

Llegó marzo y aún estábamos con los preparativos del viaje. Ya habíamos cerrado algunas cosas los meses anteriores, pero aún nos quedaba decidir si comprábamos electrónicamente entradas a algunas atracciones y tarjetas de transporte, o bien nos esperábamos a destino. Y ganó la segunda opción. También nos faltaban un par de asuntos importantes que solucionamos en la recta final: la autorización de entrada a Estados Unidos y el seguro.

El Electronic System for Travel Authorization es la autorización que deben solicitar los ciudadanos de los países incluidos en el Programa Visa Waiver, como España. Se ha de tramitar vía electrónica (obviamente, de ahí lo de Electronic) y es recomendable hacerlo directamente en la web oficial y no mediante intermediarios para evitar sorpresas.

Es necesario para la entrada al país por aire o mar y tiene una validez de dos años (o en su defecto hasta que caduque el pasaporte). Sin embargo, la estancia máxima es de 90 días. Es decir, en un período de dos años se pueden realizar varios viajes. El pasaporte ha de ser biométrico y con una fecha de caducidad superior a 6 meses desde la fecha de vuelta del viaje. Por eso esperamos hasta marzo para sacarlo, porque cuanto más ajustado de tiempo (dentro de una franja no límite), más apuraríamos por si quisiéramos volver en 2019 o 2020 a pisar EEUU. Bien de destino final, bien de tránsito. Porque nunca se sabe.

El ESTA se puede tramitar individualmente o grupal, esta última más por ahorro de tiempo ya que el importe es el mismo de una forma que de otra. Una vez decidido este paso, hay que seguir las indicaciones de la web y completar los datos personales tales como nombre completo (tal y como aparece en el pasaporte), fecha de nacimiento, número de pasaporte, fecha de obtención y de caducidad del mismo, dirección de contacto en EEUU (con poner la del primer alojamiento, vale), nombre de los padres, teléfono de contacto, teléfono de emergencia, información sobre los vuelos (número, fecha), sobre profesión y empresa en la que trabajas.

Hay una segunda ronda de preguntas a las que hay que responder SÍ o NO del estilo de si te drogas, si tienes alguna enfermedad contagiosa, si has cometido algún delito o tienes pensado hacerlo en algún futuro… Básicamente consiste en responder a todo que NO (siempre que se corresponda con la realidad, claro). Este tipo de preguntas las hacen para que si luego cometes algún delito, no solo te imputen ese, sino el de haber mentido en tu declaración. Es todo un interrogatorio, aunque no tanto como el de la India.

Normalmente lo expiden casi al instante, aunque a veces puede tardar algo más en caso de que les salte alguna alarma por los apellidos. Hay que quedarse con el número de referencia y consultar, por ejemplo a las 24 horas, si está aprobado. En tal caso, generamos el pdf y nos lo guardamos por si nos lo solicitaran en el control del aeropuerto. Ojo que el ESTA también es necesario si solo se va a hacer escala en el país. Aún así, aunque se haya aprobado el ingreso en el país, la última palabra la tiene el funcionario de aduanas.

Por su parte, Canadá cuenta desde el 29 de septiembre de 2016 con la Autorización de Viaje Electrónica (AVE) o electronic Travel Authorisation (eTA), que es prácticamente lo mismo. La diferencia es que cuesta CAD$7 y es válida durante cinco años. Además, solo existe la opción individual. Por lo demás, se necesita la misma vigencia de pasaporte, se ha de sacar aunque sea para una escala y hay que rellenar una serie de preguntas sobre la información personal, así como si se ha padecido alguna enfermedad o cometido algún delito. No obstante, solo es aplicable si se va a entrar en el país por aire, no para cuando se hace por mar o, como era nuestro caso, por tierra.

Para el seguro finalmente nos decantamos por el Estrella Premium de IATI con 200.000€ de coberturas médicas e indemnización por robo y daño de equipaje a 2.500€ por persona. Comparar seguros también es un quebradero de cabeza, así que hay que cotejar bastante bien las coberturas. Además, conviene saber si en caso de consultas médicas adelantan el dinero o tienen un teléfono de contacto realmente accesible, puesto que en caso de necesitarlo, lo que quieres es que el problema se solucione lo antes posible, no estar además luchando por los reembolsos.

En Estados Unidos mejor no jugársela, ya que no cuenta cobertura universal y una simple consulta médica puede llegar incluso a mil dólares. Si bien es cierto que Obama llegó con su programa del Obamacare con una intención de un sistema de salud casi universal, con Trump se ha retrocedido de nuevo.

A última hora concretamos el tema monetario. En otras ocasiones cuando hemos viajado a EEUU hemos cambiado Dólares, pero esta vez decidimos combinar efectivo con tarjeta. Tanto EEUU como Canadá son países en los que se mueve prácticamente todo vía plástico, pero siempre hay excepciones, claro, así que, por si acaso, mejor llevar papel.

Cambiar no nos salía rentable ni con Euros ni con Libras; y aunque nuestro banco en retirada en cajero extranjero solo nos cobra 2€, independientemente de la cantidad, esta vez queríamos probar un nuevo método: las tarjetas monedero. Por un lado mi hermano se sacó un par de ellas la de Revolut y la de Monzo, por otro, yo elegí Revolut y Bnext.

La de Revolut es una tarjeta MasterCard Contactless permite comprar en más de 130 divisas sin comisiones. Para darse de alta tan solo hay que descargarse la App, crearse una cuenta y solicitar la tarjeta. Puede ser virtual o física. En este último caso cuesta unos 6€ y llega en unos 10 días (o 20€ si eliges el envío exprés en 3). Una vez recibida solamente hay que cargarle la cantidad deseada, activarla y a funcionar. No solo permite pagar en el extranjero, sino que además se puede retirar efectivo sin coste adicional en cajeros de todo el mundo; enviar transferencias tanto nacionales como internacionales de forma gratuita (ojo a esto) y recibir o intercambiar hasta 25 divisas al tipo interbancario (el mejor que hay) y sin comisiones.

Las condiciones pintaban bien, ya que nos podría servir tanto para pagar como para sacar en cajero. Aunque a priori tenía una pega, pues una vez que has sacado más de 200€ en un mismo mes (ojo que no es natural, sino que cuenta desde la fecha del alta), se aplica un 2% de comisión. Al ser un viaje largo, estimábamos que íbamos a sacar algo más, pero como al llevar dos, teníamos un poco de maniobra para disponer al menos de 400€ sin comisiones.

Por su parte, la de Monzo pertenece a un banco que solo opera en Reino Unido y aplica el cambio de MasterCard (cercano al de BCE, que es algo peor al de Revolut). Funciona de forma similar a la anterior, pero con la ventaja de que no cobra comisión alguna al sacar de cajero independientemente de la cantidad (aunque tiene una limitación de $325 diarios) y se puede usar en todo el mundo.

Bnext es una empresa española fundada por dos extrabajadores de BBVA e ING. En vez de MasterCard, es VISA (así que aplica su cambio, que es un poco peor que el interbancario).

Es muy similar a las anteriores y permite realizar un gasto máximo de 2.000€ al mes en comercios internacionales con divisa diferente al Euro, así como sacar hasta 500€ al mes sin comisiones (a partir de dicha cantidad aplican el 1.4%). También se pueden realizar transferencia con ellas y a diferencia de la de Revolut, su envío es gratuito. Así pues, esperábamos poder funcionar durante toda nuestra estancia con estas tres opciones .

Por último nos quedaba solucionar el asunto de las comunicaciones. Cuando viajas con coche es aconsejable llevar una tarifa de voz por lo que pudiera pasar, pero además, es casi imprescindible contar con una de datos, pues la tecnología hoy en día nos hace ahorrar mucho tiempo. En primer lugar teníamos la opción de contratar el servicio de Roaming con nuestras respectivas compañías. Para nada rentable y totalmente descartado.

En segundo lugar, comprar una tarjeta SIM de prepago en destino. En 2012 nos hicimos con una de $10 en San Francisco para poder comunicarnos con nuestra prima y por si necesitábamos contactar con algún alojamiento, modificar alguna reserva o por si pasara algo con el coche. En Escocia, cuando aún no se había eliminado el Roaming, elegimos GiffGaff, pues era mucho más rentable que cualquier tarifa aplicada a nuestras líneas. El problema es que esta vez visitábamos dos países, por lo que necesitaríamos una para Estados Unidos y otra para Canadá.

Nuestra tercera opción era una tarjeta prepago en España con Teleway. La compañía te manda dos números: uno del destino para que las llamadas sean locales y uno virtual para transferir las del número español. Tiene llamadas ilimitadas y 4Gb de datos. Sin embargo, esto solo es válido en Estados Unidos y el precio de la tarifa más barata eran 60€ por 10 días. Así que ni nos servía, porque había que considerar una segunda cuestión, y es que entre nuestra visita a Chicago y la vuelta a Boston pasarían esos 10 días, con lo que ya tendríamos que elegir una superior. Más cara, claro.

Nuestra cuarta alternativa era comprar una tarjeta prepago de Vodafone con la Tarifa Yuser de 10€. Pero seguíamos con el problema de que solo nos servía para Estados Unidos.

Además de las opciones de tarjeta, valoramos comprar un router con tarjeta prepago de datos, pero también quedó descartado ya que quedan fuera las llamadas.

Así pues, teníamos una gran indecisión al respecto. Pero tras mucho investigar, encontramos en Amazon una tarjeta de T-Mobile válida en Estados Unidos y con Roaming para Canadá y México.

Tampoco era especialmente barata, pues eran 40€ para 15 días, pero sin duda era la mejor opción. No solo incluía llamadas y SMS ilimitados, sino que además también datos ilimitados en EEUU y 5Gb de Roaming en Canadá. Así pues, por fin encontramos una alternativa que sirviera para ambos países. Y, aunque había una más barata (33€), tenía el límite de datos en 5Gb, algo que no jugaba a nuestro favor, pues pretendíamos hacer uso del Tethering y dar WiFi a varios dispositivos.

Y finalmente, con todo zanjado quedaba preparar las maletas. Esta vez no era tan fácil como en las escapadas anteriores que habíamos viajado ligeros de y con ropa de verano o entretiempo. Ya había llegado la primavera, sí, pero solo un par de semanas antes estaban teniendo temperaturas bastantes bajas, incluso con nieve.

Y es que el clima en Canadá puede ser frío a finales de abril y principios de mayo. Chicago por su parte tiene fama como la ciudad del viento, así que no podía faltar una buena chaqueta y un calzado que abrigaran bien. Además, parecía que estaba siendo el abril más frío en los últimos 137 años… Por lo demás, ropa cómoda para estar todo el día en la calle. Como siempre en estos viajes largos, opto por llevarme aquellas prendas que ya están algo más desgastadas o viejas por si tengo que ir liberando espacio. Y lo justo de productos de higiene, ya que para 17 días hay productos como la pasta de dientes que trae más a cuenta comprar en destino y compartir entre todos. Además, casi todos los hoteles y apartamentos hoy en día tienen gel y champú. Salvo que tengas unas necesidades específicas o una predilección por alguna marca en concreto, es preferible o usar el que te encuentras el alojamiento, o comprar un bote para compartir en lugar de ocupar espacio desde casa (y arriesgarte a que se pueda abrir en la maleta).

Por supuesto, no pueden faltar ordenador, cámara de fotos, tarjetas de memoria, cargadores, cables de carga…. y un adaptador. No hay que olvidar que tanto en Estados Unidos como en Canadá usan otro tipo de enchufes.

Y algo que es totalmente imprescindible: las ganas de viajar. ¡Allá vamos!