Experiencia viajera: Lo que me queda por aprender

Hace unos días recopilaba 13 cosas que he ido aprendiendo con el paso del tiempo y de los viajes. No obstante, aún me queda camino por recorrer y también tengo una lista de aspectos a mejorar.

1. No sé filtrar. Así como se me da bien todo el proceso de documentación, recopilación y planificación, por el contrario soy incapaz de filtrar lo imprescindible. Cuando voy de viaje quiero verlo todo, me cuesta mucho decidir qué se tiene que quedar fuera por falta de tiempo. Al final algo se cae de la ruta, lógicamente, pero para ello acabo pidiendo opinión a mis compañeros viajeros. Debería mejorar este aspecto, pero en realidad no supone mucho problema porque, ante la duda, incluyo todo y vamos descartando sobre la marcha.

2. Me cuesta dejar que otros planeen el viaje. Soy capaz de compartir la planificación, pero llevo mal que sea otra persona quien lo organice todo. No es porque piense que lo vaya a hacer mal, sino porque cada uno tenemos unos gustos y quizá se deje algo fuera que a mí me habría gustado ver. Me da mucha rabia volver de un sitio y descubrir que me he perdido algo por desconocimiento de su existencia. Este punto lo estoy mejorando y lo que hago es buscar información, descubrir que es lo que no me quiero perder y comunicárselo al resto de viajeros para ver si se puede encajar de alguna manera en la ruta.

3. No encajo bien en los viajes organizados. En este caso no es que ponga en duda la profesionalidad del guía. Lo que no llevo bien es que generalmente el grupo es tan heterogéneo que siempre se va a la carrera. A lo mejor unas veces es porque me tienen que esperar a mí a que haga una foto, otras porque un compañero ha decidido entrar en una tienda para llevarse recuerdos para toda la familia. Hasta la fecha no he hecho ningún viaje completamente organizado, tan solo han sido excursiones (a Múnich con la tercera edad, en San Petersburgo durante la escala de un crucero y al desierto de Erg Chebbi), pero me reafirma en la idea de que prefiero viajar a mi aire y con un grupo de personas que vaya con mi mismo ritmo, intenciones e intereses. Quizá vaya cambiando en este aspecto a medida que vaya cumpliendo años y el cuerpo no tenga tanto aguante. Quién sabe.

4. No sé viajar con cualquiera. Cuando formo parte de un grupo grande y diverso soy capaz de adaptarme a lo que decida la mayoría si mi opción no es la más secundada (por ejemplo a la hora de elegir un restaurante para cenar), sin embargo, no suelo ceder de la misma manera con la forma de viajar. Tengo pocos días de vacaciones y quiero disfrutarlos, no estar discutiendo sobre preferencias de cada integrante. La experiencia me dice que cuanto más pequeño y homogéneo el grupo, mejor. Es verdad que alguna vez hemos viajado con gente que tenía en mente otro plan y hemos llegado al acuerdo de que cada uno fuera por su lado y reencontrarnos al final del día. Pero también es cierto que ha sido un día en concreto; no le veo mucho sentido a que fuera a ser la tónica habitual, porque para eso me voy por mi cuenta sin cuadrar agendas y buscar mismo transporte o alojamiento.

Este aspecto creo que no lo mejoraré con los años, sino que se irá cerrando cada vez más el círculo de personas con las que tengo comprobado que tengo afinidad a la hora de viajar. Es decir, que tenga interés en los mismos destinos, que pueda viajar fuera de fechas, que no le importa madrugar, que no tenga problemas con estar todo el día pateando, que se adapte gastronómicamente…

5. No entiendo irme de viaje y quedarme en el alojamiento. Para quedarme encerrada, me quedo en casa. No quita que un día llueva a mares o que pegue el sol como si eso fuera el infierno y haya que resguardarse por seguridad y salud. Pero esto de quedarse en el hotel o apartamente viendo la tele o  ir de crucero y decir que no bajas en la escala porque quieres disfrutar del barco, no va conmigo. Y creo que no cambiará mucho en un futuro.

6. No va conmigo lo de comer todos los días de restaurante o salir de fiesta. No digo que siempre engullamos cualquier cosa sobre la marcha, pero sentarse a comer en un restaurante supone echarle un par de horas (entre que pides, te sirven, comes y pagas) que no siempre tenemos. Por ejemplo, cuando no es verano, puedes encontrarte con que cuando sales del restaurante, ya se te ha ido la luz. Por otro lado, comer o cenar siempre fuera supone un hachazo al presupuesto, y solemos ajustarlo al máximo.

Con lo de salir de fiesta se juntan varios factores: no lo hago de por sí en mi vida cotidiana, seguramente llegue al final de la jornada bastante cansada después de todo el día en danza y además, si salgo por la noche me costará horrores madrugar al día siguiente. Ah, y como norma general el alcohol es muy caro. No me merece la pena.

7. Soy incapaz de aguantar el calor. En Madrid me molesta cuando llueve o hace mucho frío, pero sobre todo porque es un incordio ir a trabajar con chaqueta, paraguas, bolsa de la comida y entrar en el transporte y tener que llevar todo en la mano, no mojarte, no dar a nadie con alguno de los bultos… Sin embargo, estando de viaje no tengo ningún problema. Me pongo las capas que hagan falta, me abrigo bien y para la calle.

Ahora bien, el tema del calor no lo llevo bien en Madrid que es un clima seco, cuanto menos en un destino con humedad. No me aclimato por muchos días que esté en ese lugar. Por descontado, tampoco me llevo bien con el rollo lagarto vuelta y vuelta al sol en la playa, claro. Las playas para pasear, para ver amanecer o atardecer, para relajarse oyendo el sonido de las olas… pero ya.

8. Me sigo perdiendo. Sé interpretar un mapa de carreteras, incluso tengo clara la teoría de ubicar dos puntos en un plano y a partir de ahí saber para dónde hay que ir; sin embargo, voy por una calle, me desvío un momento a una tienda, una plaza o un espacio cualesquiera y cuando vuelvo no sé si iba en un sentido o en otro. Y eso hablando de lugares con una planificación urbanística bastante cuadriculada, ya no hablamos de mercados o zocos…

En general, en el día a día, cuando voy sola, pongo un poco más de atención o tiro de alguna app, pero si voy acompañada, me dejo llevar totalmente. A fin de cuentas, ya me he encargado de la planificación, así que llevadme a los sitios marcados y dejadme hacer fotos y disfrutar del momento. No se puede ser buena en todo.

8. No termino de entenderme con el GPS. En realidad me ocurre cuando conduzco, ya que no tengo problema cuando voy de copiloto. El problema es que como me oriento fatal y el GPS está configurado al estilo norteamericano, que se guían por los puntos cardinales y tienen los nombres antes de girar a las calles, cuando lo programo siempre reacciono tarde a sus órdenes y me paso el desvío. Algún día aprenderé.

9. Me cuesta seguir una dieta saludable. Ojo, no hablo de hacer una dieta, sino de llevar una dieta saludable y equilibrada como la que más o menos consigo llevar en casa comiendo alimentos y evitando los ultraprocesados. Por el bien de mi estómago tomo bastante fruta, huyo de los snacks y refrescos (sobre todo los que llevan gas), así como de la comida preparada. Sin embargo, estando de viaje no es algo tan sencillo, pues generalmente no haces la compra como en casa, sino que buscas algo más de conveniencia, que te sacie el hambre para seguir con la ruta del día. Además, cuando estás en un sitio nuevo quieres probar lo local, sea un enorme crepe, un gofre, unas patatas fritas con mil salsas, unas salchichas, hamburguesa rara, una poutine, un curry… Tampoco es que me preocupe mucho, más allá de si me genera alguna molestia estomacal. Con la vuelta a la rutina, recupero hábitos.

10. No valgo para regatear. Me sé la teoría, el problema no es ese. La cuestión es que estoy acostumbrada a si veo algo que me gusta y me cuadra el precio, lo compro. Si no, paso a otra cosa. Además, cuando me he encontrado en la situación ha sido en Bombay, Estambul o en Marruecos y generalmente se te ponen a regatear por uno o dos Euros y me parece poco moral andar racaneando cuando el primer precio que te ha sugerido ya te parece aceptable. Sin embargo, si no lo haces, estás ofendiendo a la otra persona. Así que al final me da mucha pereza y evito parecer interesada por los objetos por si comienzan con el baile de cifras. Como tampoco soy muy consumista, no creo que aprenda nunca. Prefiero irme con las manos vacías antes que pasar el mal trago.

11. No consigo encontrar mi vena creativa a la hora de hacer fotos. Yo le pongo interés: me agacho, me torsiono, me subo a sitios, me acerco a precipicios, monto el trípode, cambio objetivos, pruebo con diferentes configuraciones… Saco fotos aquí y allá (menos mal que llegaron las digitales) con la esperanza de que luego al revisarlas alguna sea interesante. Sin embargo, no termino de conseguirlo. No es que queden horribles, pues consigo encuadrar, enfocar… pero en la mayoría de las veces las fotos no son tan especiales como me gustaría. Pero vamos, que lo de no tener vena artística ya lo descubrí en la EGB. Cada vez que había que dibujar, tenía a una compañera que me hacía el esbozo para que yo después lo terminara. En este aspecto predominaron los genes paternos sobre los maternos.

12. No puedo parar de pensar en futuros viajes. A veces incluso no hemos terminado uno y ya estamos hablando de cuál será el siguiente (o el de dentro de tres años) o incluso sacando los billetes. Dado que tengo tan pocas vacaciones, tengo que calcular siempre cuándo me sale mejor irme, adónde, con quién puedo coincidir en fechas… Así a la hora de lanzarse, es todo más rápido. Supongo que en este aspecto poco se puede hacer.

13. Me duele volver a casa. Esto va relacionado con el punto interior. Da igual que el viaje sea de 3 días que de 20, siempre se me hace duro volver a Madrid. Creo que por eso siempre estoy buscando más opciones y tengo una lista de destinos futuribles a la espera de que surja la oportunidad. Una pena ser pobre y no poder estar siempre de viaje.

Solo el tiempo nos dirá si conseguí aprender estos 13 puntos, de lo que estoy segura es de que descubriré más. Y es que una no es perfecta, y tiene sus fortalezas y debilidades.

Experiencia viajera: Lo que he aprendido

La vida es un aprendizaje en sí, y vamos creciendo a fuerza de prueba-error. A veces tropezamos varias veces en la misma piedra, pero siempre sacamos algo de esa experiencia. Con los viajes ocurre lo mismo, pueden ir bien, mal o regular, pero siempre aprendemos algo. Y no solo la vida, sobre el lugar al que viajamos o la gente con la que nos cruzamos en el camino, sino también sobre una misma. Hoy quería recopilar varias cosas que he ido aprendiendo con mis viajes a lo largo de estos años.

1. Estoy atenta a cualquier chollo: He ido descubriendo páginas en internet que publican promociones, chollos o tarifas error; he aprendido a usar herramientas que facilitan la búsqueda de diferentes combinaciones a la hora de comprar billetes de avión; y, en general, he ido descubriendo trucos allí y allá que hacen más asequibles los viajes.

2. Soy una experta planificadora: Bueno, en realidad siempre he sido muy ordenada y me ha gustado tener todo controlado. Lo que realmente he aprendido de la experiencia viajera es cómo cuadrar las rutas para sacar el máximo partido. Me gusta hacer mis guías, recopilar información sobre el destino, buscar mapas, conocer medios de transporte disponibles…Y esto en parte va relacionado con el punto 1, ya que en general hay que jugar con fechas, horarios y cuándo y cuánto estar en según qué lugar. Como por ejemplo hacer la noche de un jueves en Las Vegas, viajar al Gran Cañón y zona navaja en viernes y sábado, para volver la noche del domingo de nuevo a la ciudad del pecado. De esta forma nos ahorrábamos un pico en noches de hotel. En ocasiones me equivoco o me dejo cosas en el tintero, pero por lo general suelo valorar todas las opciones y factores dejando incluso espacio para modificaciones de última hora.

3. Me ajusto al presupuesto: No siempre se pueden controlar todos los aspectos económicos de un viaje (transporte, alojamiento, entradas, comida, seguro…), pero como siempre estoy buscando chollos y ofertas, al final, si algo se sube un poco de precio, compenso por otro lado. Por ejemplo, si no me queda más remedio que pagar un billete de avión más caro de lo que yo esperaba, intento ahorrar en alojamiento aprovechando descuentos o promociones, o bien tiramos más de bocadillos y supermercados. No obstante, cuando eres una persona de gustos sencillos y poco consumista, en realidad acabas empleando el 95% del presupuesto en logística y alimentación. El resto se puede ir en algún recuerdo o souvenir, poco más.

4. He aprendido a optimizar el equipaje: Cuando comencé a viajar volvía con prendas que no me había puesto. Sin embargo, con el paso del tiempo he descubierto que no hay que complicarse mucho la vida con tantos porsiacasos. Que si paraguas, botas y chubasquero no sea que llueva, que si gorro/a y crema protectora por si hace mucho calor, que si un vaquero más de vestir con una camisa por si en algún momento vamos a un lugar más formal… La mitad de las cosas eran innecesarias porque acababa eligiendo la misma combinación que habría elegido en mi día a día en casa: vaquero + camiseta (+jersey si hace frío). Así pues, ahora calculo los días que me voy, busco lo más cómodo y versátil y enrollo para ahorrar espacio. Y si me puedo llevar alguna prenda con mucho trote, eso que me aligera a la vuelta.

5. No tengo problema con los madrugones: Es verdad que esto aprendizaje como tal… pues no, porque siempre he sido una persona de mañanas. No es que me encante madrugar, pero me levanto en cuanto suena el despertador. No soy de las que tienen varias alarmas cada 5 minutos. Lo que sí aprendí pronto (ya cuando viajaba con mis padres) es que aunque estés de vacaciones, si quieres aprovechar el día, lo mejor es madrugar.

6. Soy activa: Esto sí que difiere de un día normal, y es que yo después de llegar de trabajar me voy apagando poco a poco y la mitad de los días lo único que me apetece es procastinar en el sofá. Sin embargo, como decía en el punto anterior, cuando estás de viaje, si quieres aprovechar al máximo, tienes que ponerte las pilas y un buen calzado para que cunda bien el día. El cansancio viene después, cuando vuelves a casa y paras.

7. He aprendido a disfrutar del momento: Hace tiempo me ponía nerviosa con cualquier contratiempo o situación que se escapaba a mi control. Ahora me tomo las cosas de otra forma. No sé si tiene que ver con los viajes o simplemente con la edad (seguramente esto último), pero en cualquier caso cada vez me tomo los imprevistos con mejor filosofía. Desconecto y soy capaz de disfrutar del lugar en el que estoy y las experiencias que me ofrece. ¿Que me diluvia en Copenhage? Pues una ducha calentita al llegar al barco y una anécdota para siempre en la memoria.

8. Soy flexible y abierta a las improvisaciones: Sí, me informo sobre el lugar adonde voy y planifico al milímetro, pero también he aprendido que está bien perderse y descubrir nuevos lugares o cambiar los planes porque no te apetece o no se puede. He asimilado que no siempre se puede ver todo lo que llevas en la lista y que tienes que priorizar. Está bien saber dónde vas y qué te ofrece, pero no es imprescindible tachar todos los puntos como si se tratase de los trabajos de Hércules.

9. Soy una buena copiloto: Conducir, conduzco, pero como no es algo que haga a diario, no me siento plenamente capacitada para hacerlo por un país desconocido con diferentes normas de tráfico o señalización. Así pues, no tengo problema en ir de copiloto. Y es curioso, porque no se me da nada bien orientarme sobre el terreno, las cosas como son; sin embargo, dado que suelo preparar las rutas y empaparme sobre el lugar al que vamos, sé dirigir al conductor con bastante precisión. No me importa que sea mapa o GPS, me adapto. También proveo de comida o bebida, hago fotos y me encargo de la música. Toda una joya.

10. He abierto mis miras gastronómicas: No he sido nunca de mal comer, la verdad sea dicha. Pero sí es cierto que soy más bien de comida tradicional: de legumbres, pasta, arroz, estofados, pescado en salsa… Hace años no había probado la comida japonesa, india o marroquí. Es verdad que la globalización ha hecho mucho y hoy en día tenemos restaurantes de todo tipo en España, pero aún así, donde realmente me he animado a probar cosas nuevas ha sido viajando. No voy a negar que con cuidado, porque tengo un estómago delicado y las comidas muy contundentes o con nata/bechamel no me sientan muy bien, pero intento probar cosas nuevas allá donde voy.

11. Procuro ser menos turista y más viajera: Intento seguir la premisa de “allá donde fueres haz lo que vieres” y respetar las costumbres locales. Los turistas están cada vez peor vistos porque interfieren con el día a día de los habitantes del lugar, así que intento no ser bulliciosa, molestar o ensuciar.

12. He aprendido sobre historia, cultura y geografía: Este es quizá el punto que se lleva la palma, pues tenía tal déficit en historia y geografía, que he ido aprendiendo sobre la marcha al documentarme para preparar los viajes. Tenía nociones básicas de continentes, países, capitales, fechas de las guerras mundiales… cosas así. Pero desde luego se aprende mucho más viajando de mayor que estudiando estilo loro el temario en el colegio. Ahora sé dónde estaba la Bastilla, dónde comenzó la I Guerra Mundial, cómo quedaron los edificios de Hiroshima, cómo eran los campos de concentración, cómo era un barco vikingo o cómo es la vista con Asia a un lado, al otro Europa y allá en el frente Estambul.

13. Me he soltado al hablar idiomas: No es que haya sido nunca muy cortada al hablar en otro idioma, pero no es lo mismo practicar en clase que soltarte en el mundo y tener que entenderte con los locales. No pasa nada por equivocarse en la fonética o en la gramática, generalmente la gente es bastante comprensiva y aprecia el esfuerzo que estás haciendo para comunicarte en una lengua extranjera. Y si no, siempre queda la mímica. Estuvimos 21 días en Japón y en ocasiones nos encontramos con personas que no hablaban otro idioma que el suyo. Sin embargo, en todo momento conseguimos entendernos. Y siempre con una sonrisa de complicidad porque tú no hablas japonés y ellos no hablan español (o inglés).

Y hasta aquí lo que he aprendido con los viajes. Quizá me deje algo en el tintero, pero espero seguir sumando aprendizajes y hacer una segunda lista.

Trucos viajeros: Accesorios

En otras ocasiones ya he comentado que con el tiempo he ido reduciendo mi equipaje. De hecho, por eso cada vez usamos más mochila que maleta. Sin embargo, aunque sí que soy capaz de ajustar cada vez más en cuanto a la ropa y no llevar los famosos porsiacasos, por el contrario hay otras áreas que cada vez crecen más. Como por ejemplo ocurre con la electrónica y los accesorios.

En un primer bulto solemos llevar ropa, calzado, neceser, un pequeño botiquín, kit de costura y ese tipo de cosas, pero en el segundo, que siempre va con nosotros, no pueden fallar una serie de imprescindibles:

Documentación: Esto sin duda es lo más importante, ya que es lo que va a permitir que podamos viajar. Suelo llevar una carpeta de plástico de tamaño cuartilla en la que van los pasaportes, una libreta y un boli (importante cuando tienes que rellenar el papelito de aduanas), el seguro, visado en caso de que sea necesario y el itinerario o billetes de avión. Además, en el monedero no pueden faltar las tarjetas de débito/prepago y al menos una de crédito, la tarjeta sanitaria europea (si corresponde) y el carnet de conducir (a veces se requiere el internacional).

Móvil: Sin duda hoy en día ya no es que sea imprescindible para viajar, sino en nuestro día a día. No solo es teléfono sino cámara, GPS, linterna, despertador, calculadora, y además nos da acceso a internet y por tanto a múltiples apps que nos facilitan la vida (algunas funcionan offline) como traductor, pronóstico del tiempo o cambio de divisa entre muchas otras.

Tras la eliminación del Roaming en Europa lo tenemos más fácil para poder navegar en el extranjero, pero para cuando no hay, además valoraríamos llevar una SIM local.

Batería externa: Dado que seguramente estemos todo el día de acá para allá y tirando de mapas, cámara y demás aplicaciones, llevar una batería externa es otro de nuestros imprescindibles. Hace años nos compramos una normalita, pero como los móviles van exigiendo cada vez más carga y además rápida, nos hicimos con una segunda mucho más potente (22.400mAh). Eso sí, también pesa más.

Es recomendable que sea mínimo de 10.000mAh y que tenga varios puertos usb tanto para cargarla como para alimentar a varios dispositivos a la vez. La potencia también es importante. Lo suyo es que de salida fuera mínimo de 5V 2.4A.

Cables usb: Antes los móviles venían con un cargador completo, hoy sin embargo, según el modelo, puede que traiga un cargador en dos (cabeza y cable) o únicamente el cable. Obviamente lo vamos a necesitar para cargar nuestro dispositivo, por lo que no nos puede faltar en nuestro equipaje. Eso sí, me gusta llevarlos de al menos un metro, porque no siempre sabes lo cerca que vas a tener el enchufe.

Cargador puertos usb: El blanco sobre estas líneas es perfecto para cargar varios dispositivos a la vez, o uno que necesite varios puertos, como la batería. Es compacto y su potencia es de XX.

Adaptador de corriente universal: Tremendamente importante. Ya no solo por el adaptador en sí, sino porque el nuestro incorpora también un par de puertos usb, por lo que podemos cargar 3 objetos a la vez. Perfecto para la noche, o para un vuelo largo. Cuenta con las configuraciones de enchufes más comunes, por lo que se puede usar tanto en Reino Unido (tipo G) como en EEUU, Japón o Australia (tipo I). En la Europa continental predomina el C (Francia usa el E, que tiene un pitorro que sobresale), por lo que no suele haber problema, y con llevar el anterior tendríamos suficiente.

Para llevar todos los cables, cargadores y accesorios localizados, recogidos y organizados, compramos hace poco una especie de maletín con compartimentos.

En la parte que sirve de tapa lleva unas gomas donde se pueden enganchar auriculares, cables y ese tipo de objetos; mientras que en la parte más grande podemos distribuir el espacio al gusto gracias a unos separadores acolchados con velcro en sus extremos. Muy pero que muy práctico.

Ordenador: antes no pensaba que fuera necesario, pero al hacer tantas fotos, acaba siendo uno de los imprescindibles para hacer copias de seguridad, sobre todo en viajes largos. No se vino con nosotros ni a Balcanes, ni a Marruecos ni a Berlín, por ejemplo, porque era añadir un peso innecesario.

En ocasiones también llevo conmigo un disco duro externo de 2.5″ para hacer copias de seguridad, sin embargo, últimamente tiendo a subirlas a la nube. Ahorramos espacio, reducimos peso y evitamos posibles daños por el movimiento.

Cámara de fotos y accesorios: Antes nos llevábamos la cámara compacta con sus tarjetas y baterías, quizá el trípode moldeable y poco más. Ahora llevamos la Nikon D5300 con sus tarjetas, cargador y batería, el zoom 18-55 (de momento el 50mm no le he dado mucho uso), los filtros, el trípode pequeño, el trípode grande y según la ocasión, la funda estanca.

También llevamos el palo selfie, práctico para cuando no tienes a nadie que te haga una foto o no te apetece andar montando el trípode. Fácil y rápido.

Entretenimiento: No puede faltar en mi bolso o mochila de mano el kindle (larga vida desde 2012), música y auriculares, sobre todo para viajes largos en los que de vez en cuando apetece sentarse a descansar y leer un rato. También para largos trayectos en bus, tren o avión, claro.

Aislamiento: También puede ocurrir que queramos echar una cabezadita en estos viajes largos, sobre todo si viajamos en dirección este. Sin embargo, no siempre es fácil dormir en un asiento estrecho, con ruido y luz. Por eso conviene llevar a mano tapones, antifaz y almohada.

Un nuevo descubrimiento es la Almohada Trtl, mucho más ergonómica que las típicas con forma de U. Consta de una parte dura que sujeta la cabeza y una segunda parte que se enrolla en el cuello a modo de bufanda, pesa apenas 140g y su funda es lavable.

Seguridad: Generalmente forramos con film transparente las maletas, para que no se dañe con los roces y golpes en su transporte, pero además, para nuestro último viaje a EEUU compramos un par de candados TSA. Este tipo de candados que a priori no tienen mucha historia (un candado con código sin más) están homologados por la Transportation Security Administration, por lo que si quieren comprobar tu equipaje no te destrozarán el cierre, ya que tienen una clave maestra.

Añadir la correa una vez que ya lleva el candado no tiene mucho sentido, pero sí cuando la maleta va un poco llena y te interesa que quede bien compacta, o para identificarla, si es muy del montón.

Otros accesorios: Además, no puedo viajar sin una mochila o bolso más pequeño. Es decir, por un lado está el equipaje, pero luego para el día a día conviene llevar algo más ligero donde llevar una botella de agua, algo de picoteo, la funda de la cámara de fotos, la documentación, dinero, llaves, un pequeño neceser para un aseo rápido, bolsas de tela por si haces alguna compra…

Así listado parece mucho, pero en realidad se trata de objetos que llevaríamos en nuestro día a día como documentación, dinero, móvil… solo que añadiendo ordenador, cámara de fotos y cables. En realidad todo cabe en una mochila de 30L, que como digo, va siempre con nosotros bien localizada.

Trucos viajeros: Elegir Mochila

Nuestro tipo de viaje suele ser bastante itinerante tomando buses, trenes, metro, moviéndonos por las ciudades o la naturaleza y por eso cada vez usamos más la mochila. En los últimos 8 viajes solo hemos llevado maleta al crucero y al Road Trip. En el primer caso elegimos esta opción por el tipo de prendas que íbamos a llevar, que necesitaba de mejor espacio para no arrugarse, mientras que en el segundo porque necesitábamos más espacio para la ropa de 15 días y lo que pudiéramos comprar. Además, en este último la maleta nos daba una mejor accesibilidad a la ropa cuando cambiábamos cada 2-3 días de alojamiento.

Otro motivo es que en ambos casos apenas tendríamos que cargar con el equipaje (prácticamente solo el día de llegada y el de vuelta).

Pero en el resto de viajes (los otros seis) bien por el destino, por la movilidad, por ahorrar la facturación o porque la duración era inferior a una semana, hemos recurrido a la mochila. O mochilas, pues tenemos varias de diferentes tamaños y calidades (con el tiempo vas descubriendo qué es lo que te va mejor=. Las dos principales que sirven para ver los pros y los contras son una de 30L y otra de 50L, ambas de decathlon que ya están descatalogadas, pues tienen cerca de 20 años. Aunque ahí resisten como el primer día.

La que más amortizada está es esta de 30L. Es una mochila sencilla pero muy completa. Tiene un tamaño que hace que sirva tanto para el día a día como para una ruta de treking o como equipaje de mano para una escapada de unos días.

No tiene muchos bolsillos, pero tiene uno interior que ocupa toda la parte trasera y que viene muy bien para guardar documentos (o el portátil). En su parte exterior, en el frontal, hay otro bolsillo más accesible gracias a una cremallera vertical. Es práctico, pero lógicamente esta accesibilidad lo hace poco seguro. En cualquier caso es útil para llevar otros objetos de menor valor pero que necesitaremos en el viaje (pañuelos, auriculares de repuesto, un boli, bolsas de tela…). Además, cuenta con una salida para los cables de los auriculares (de la época en que se llevaba el reproductor de música dentro de la mochila), dos bolsillos laterales enrejados, una goma para sujetar una botella y un gancho muy práctico para que cuando te cuelgas una bolsa al hombro no se escurra.

La tela es resistente (lleva mucha tralla a sus espaldas y ahí sigue) y cuenta con una funda impermeable que se pliega en la parte baja de la mochila y que nos ha salvado el día en más de una ocasión (sin ir más lejos Utrecht o Génova).

La espalda está acolchada y tiene un sistema de transpiración, importante cuando la vas a llevar mucho tiempo encima. También están reforzadas las tiras y el cinturón, que además lleva unos bolsillitos en los que no cabe mucho, pero que tampoco vienen mal.

En definitiva, sus características la convierten en una mochila bastante completa. Aún así, a mí me viene algo grande, sobre todo porque es unisex y no se ajusta a mi anatomía correctamente. Para una postura correcta el cinturón debería quedar en la cadera, no dejando que la mochila caiga más de esa posición. Sin embargo, si me la ajusto así, me sobresale del cuello. En cambio, para alguien de más de 1.65 sí que se adapta bien. En mochilas más grandes sí que hay variedad anatómica y se pueden encontrar mochilas de hombre y mochilas de mujer. Estas últimas por ejemplo suelen tener una espalda más estrecha y corta, un cinturón que se adapta a las caderas y unas cintas superiores que tienen en cuenta el pecho. No obstante, pese a lo que diga la teoría, como cada persona es diferente, lo mejor es probarse varias para saber cuál se nos adapta mejor a nuestra fisionomía y a nuestro uso.

Otra consideración a tener en cuenta es la recomendación de que el peso total de la carga de la mochila no supere el 15-20% del peso corporal. Así, para mujeres lo óptimo sería oscilar entre 45 y 60L y en el de los hombres de 60 a 80 L. En mi caso, en mis días de acampada, me compré una de 50L, algo en teoría dentro del rango. Sin embargo, hoy, si tuviera que comprarme otra, no pasaría de los 40-45, porque esta resulta enorme. Al menos cuando no llevo el saco, claro, pues mi saco de -10º ocupa bastante.

Esta segunda mochila la usamos cuando nos vamos de interrail (o similar) y vamos a estar moviéndonos bastante. Es decir, cuando sabemos que empezaremos el día en una ciudad y acabaremos en otra, y que por tanto tenemos que llevar con nosotros nuestras pertenencias. Resulta muy práctica pues nos sirve para la ropa, el calzado y los productos de higiene de dos personas para una semana dejando la de 30L para la electrónica y documentación.

El material de la mochila es resistente, con sus costuras reforzadas y sus cremalleras fuertes. Aunque no tiene la funda impermeable, me gusta de esta mochila que se abre tanto por arriba como por abajo. La parte inferior parece estar indicada para meter el saco de dormir, pero es muy práctica también para meter las botas y la ropa sucia. En su interior, hay una separación mediante un trozo de tela con un agujero y un cordón que lo cierra, con lo que se puede guardar el equipaje considerándolo como dos partes o como una única.

Además, una cosa que me gusta mucho de esta mochila es que tiene una cremallera principal con forma de U invertida, por lo que se puede abrir casi por completo y permite ver su interior. Así, es fácil localizar lo que se está buscando. En sus laterales tiene redes muy útiles para guardar una botella o el paraguas y en la parte frontal una goma entrelazada que la verdad es que creo que hemos usado poco.

La espalda, el cinturón y las tiras están acolchadas, sin embargo no transpira mucho. Cuenta también con bolsillos en el cinturón y mejor aún, en los laterales del cuerpo. Son enormes y resultan muy útiles para guardar el botiquín o la bolsa de aseo con los botes de pie. Cuando estás en continuo movimiento, necesitas acceso a las cosas que usas todos los días, y sin duda, poder tener los productos de higiene a mano, es un plus. Además, así no se mezclan con la ropa y si hay un accidente, no acaba todo perdido.

En la parte superior, en la tapa, tiene además otro bolsillo bastante grande, que viene bien para aquellos objetos que queremos tener a mano pero no demasiado a la vista. Además, se le puede enganchar un aislante gracias a las cintas.

Esta mochila permite repartir el peso gracias a su distribución. Así, guardando el calzado en la parte inferior para que quede estabilizada, encima podemos colocar la ropa de mayor peso (generalmente los pantalones y sudaderas) para que quede lo más cerca posible de nuestro centro de gravedad. Sobre esto ya iría lo demás (camisetas y ropa interior). Los bolsillos quedarían para aquello que se va a usar más, ya que además de tener en cuenta la distribución del peso para que su transporte sea lo más cómodo posible, no nos podemos olvidar de nuestras necesidades.

Y por eso, aunque hay consideraciones básicas como las calidades, lo mejor es comparar varias mochilas, simular cómo nos encontramos con ellas a nuestra espalda y valorar cuál es la que mejor se ajusta a nuestra forma de viajar. No es un proceso fácil, pero mejor dedicarle tiempo antes de comprar la primera que veamos y luego arrepentirnos.

Trucos viajeros: ¿Viajar con mochila o maleta?

Hace años asociaba la mochila con el interrail o ir de camping. Para todo lo demás, maleta. Sin embargo, con el tiempo y los viajes, la percepción ha variado y cada vez soy más de mochila. Aunque lógicamente sigue habiendo situaciones y situaciones. Como todo, tanto una opción como otra tienen sus ventajas e inconvenientes.

Ventajas de viajar con mochila:

Comodidad y facilidad de movimiento: A priori no puede parecerlo porque hay que cargar con ella, pero se adapta al cuerpo y el peso queda repartido. Además, hay en muchos destinos en los que es más fácil moverse con mochila en la espalda que arrastrando una maleta de ruedas. Por ejemplo, da más libertad de movimiento ante escaleras, cuestas empinadas o terrenos desiguales como calles empedradas. Es más fácil correr para no perder un tren o un bus con una mochila a cuestas que tirando de una maleta mientras intentas no atropellar a nadie. Y además deja las manos libres.

Ligereza: No solo las mochilas pesan menos, sino que como hay que cargarla (desde el punto de vista de la salud se recomienda que no supere el 15-20% del peso corporal), somos un poco más selectivos a la hora de llenarla. No hay espacio para los porsiacasos. Aunque hay que reconocer que este aspecto también es algo que tiene mucho que ver con la práctica.

Se puede evitar la facturación: Se puede viajar con una mochila como equipaje de mano si se sabe empacar bien. Sí, sí, cabe más de lo que parece. De esta moda se elimina el factor riesgo de que te pierdan el equipaje, pues va contigo. Volviendo de Bombay a Mahé con Air Seychelles aprendimos que la combinación bolso (incluso grande) + mochila canta menos que mochila + maleta. Los dos que llevaban una maleta de cabina además de su objeto personal, tuvieron que facturarla.

Flexibilidad: Como suelen ser de tela, son más fáciles de adaptar bajo un asiento, en un compartimento superior o en una taquilla. De hecho, en ocasiones, cuando el vuelo va muy lleno, suelen dejar pasar primero a los que llevan mochila porque como la pueden meter debajo del asiento delantero, no obstaculizan el pasillo ni llenan los compartimentos superiores. Nos pasó en la ida a Riga.

Para los que no llegamos a los maleteros de los aviones es además una ventaja, pues te evitas tener que pedir ayuda para subir el equipaje y, mejor aún, para bajarlo, que sale todo el mundo por patas.

Adaptabilidad: No solo se adapta al cuerpo, sino que lo hace a las necesidades. Una mochila se puede compactar más si va más vacía o extender si va más llena. Además, como suele llevar compartimentos y bolsillos, amplía la capacidad.

Sencillas de reparar: Dado que suelen ser de tela, si tiene un enganchón o un roto se puede solucionar con un parche. De la misma manera, tanto las cremalleras como los amarres pueden ser sustituidos. Aunque esto último quizá no podamos hacerlo nosotros mismos y haya que llevárselo a alguna costurera o servicio de reparación. Pero en cualquier caso, tiene una solución sencilla.

Desventajas de viajar con mochila:

No son para todo el mundo: Por ejemplo, no son recomendables para personas con dolencias de espalda.

Tampoco para todo tipo de viajes: Depende del contenido del equipaje y del tipo de prendas que necesitemos para el viaje (por ejemplo de negocios o en que se requiera llevar traje/vestidos).

Protección: Al ser flexibles el contenido puede verse dañado al no ir igual de protegido.

Accesibilidad: Si solo tienen cremallera superior, es más incómoda a la hora de buscar lo que necesitamos. Aunque esto se puede solucionar con una mejor planificación poniendo abajo del todo lo de menos uso y arriba lo más frecuente. Pero no siempre es posible porque ha de primar el equilibrio del peso.

Compra: Una buena mochila no se encuentra en cualquier sitio, sino que hay que buscar en una tienda un poco especializada.

Ventajas de viajar con maleta:

Facilidad de empaque: Al ver el espacio de un solo vistazo, es más sencillo empacar. Meter y cerrar.

Interior maleta

Protección: al ser más duras y constar de una estructura más sólida, el interior queda mejor protegido.

Menos arrugas: Aunque ya está muy extendida la costumbre de enrollar la ropa para aprovechar mejor el espacio, hay prendas como una americana o un vestido que necesitan ir estiradas. En este caso, la mejor opción es la maleta.

Se puede arrastrar/empujar: No hay que llevar nada encima, sino que se puede arrastrar. En caso de que además las ruedas giren 360º (recomendable), se pueden empujar, que es mucho más cómodo.

Maleta Blanca

Accesible: Al igual que a la hora de empacar, abriéndola se tiene todo a la vista y se encuentra mejor lo que se busca.

Precio y disponibilidad: Son fáciles de encontrar y hay ofertas incluso en los supermercados.

Desventajas de viajar con maleta:

Peso: Como llevan estructura ya de por sí, vacías, pueden llegar a pesar un par de kilos. A nada que la cargues, te plantas fácilmente en los 15-20. Y como además no se llevan encima, acabamos echando más de lo que necesitamos.

Movimiento limitado: Resulta incómodo moverse con una maleta por un territorio irregular como calles empedradas, con arena o barro, o subirla a pulso al tren… Además de que obliga a llevar al menos una mano ocupada.

Complicadas de reparar: Si sufren un golpe y se parte una rueda, o no funciona el asa extraíble prácticamente tendrás que buscar una nueva porque será una odisea moverse con ella.

Dimensiones fijas: el hecho de ser de un material rígido hace que no siempre entren en un compartimento o taquilla (o los cajones de prueba de las aerolíneas). Por muy vacía que vaya, sus dimensiones son las que son.

Hay un término medio que es el de las mochilas de ruedas, algo similar a las escolares, pero en formato viaje. Se pueden tanto arrastrar como llevar a la espalda. Aunque realmente este último uso queda limitado a momentos puntuales, ya que al llevar la estructura acaba haciendo daño. Además, no son ergonómicas y no están optimizadas para que el peso quede repartido y se pueda cerrar bien en torno al pecho y cintura. Yo no les veo mucho sentido. Y me quedaría con maleta o mochila según la ocasión.

La elección entre una opción u otra es algo muy personal y depende de cómo cada uno se sienta cómodo. Pero aún así, lo ideal sería elegir una maleta cuando los traslados van a ser sencillos (tanto por las infraestructuras o el medio de transporte como por el entorno), cuando se necesita llevar un equipaje especial (negocios o eventos con cierta etiqueta) o cuando no se puede o quiere cargar peso en la espalda. La mochila por su parte es perfecta cuando el viaje está abierto a la improvisación, cuando se viaja en transporte local con bastantes desplazamientos (buses, trenes, tuk-tuks…) o cuando se está en continuo movimiento no regresando a un alojamiento fijo y conviene llevar el equipaje a cuestas. Pero sobre todo, hay que olvidar los prejuicios y abrir la mente.

Trucos Viajeros: Consejos para hacer un Interrail (o viajar en tren)

Aunque este último viaje no ha sido realmente un Interrail, en realidad bebe de su esencia. De echarse la mochila a la espalda y recorrer Europa. Pero empecemos por el principio, ¿Qué es el Interrail?

Se trata de un billete que funciona a modo de abono y que permite viajar en tren por un país o varios de Europa durante un período de tiempo determinado (en los ferrocarriles nacionales, no en las compañías privadas). Nació en 1972 para incentivar el movimiento de los jóvenes menores de 21 años por el continente y a lo largo de sus casi 50 años de historia ha ido sufriendo modificaciones. Por ejemplo, ya no es solo para jóvenes, ni tampoco para europeos, sino que está abierta a cualquier ciudadano independientemente de su edad o nacionalidad. El requisito es contar con pasaporte de cualquiera de los países participantes en el Interrail, además de Albania, Andorra, Bielorrusia, Chipre, Estonia, Islas Feroe, Gibraltar, Islandia, Letonia, Liechtenstein, Lituania, Malta, Moldavia, Mónaco, Rusia, San Marino o Ucrania; O justificando una residencia mínima de seis meses en cualquiera de los países que forman parte de la oferta. Para el caso de quienes vivan en otro continente o no lleguen a ese mínimo de tiempo residiendo en alguno de los países, pueden elegir la modalidad Eurorail.

El Interrail también ha cambiado en cuanto a su estructura, ya que antes se dividía por zonas: Mediterránea, Norte, Centroeuropa, Europa del Este… y en la actualidad va en función del país y duración del viaje. Así, hoy en día hay dos tipos de billetes:

Si queremos viajar a dos países, lo más seguro es que salga rentable comprar dos One Country, pero siempre hay que echar cuentas para ver a partir de qué momento compensa decantarse por el Global. Aunque también existen algunos pases singulares como el Interrail Premium Pass (disponible para viajar por Italia y por España en la opción de hasta 8 días en un mes y que permite la reserva anticipada de asientos de forma gratuita) o el de Benelux, que no incluye un país, sino tres.

Y aquí ocurre algo interesante, porque aunque el de Benelux también existe en Eurail, en esta opción de billete para no europeos existe también el combinado de Escandinavia (Dinamarca, Noruega, Suecia y Finlandia) con el que puedes visitar cuatro países por el precio de uno (aunque las conexiones ferroviarias en Noruega son como son).

Pero no solo eso, sino que hay una opción muy interesante que es la del Eurail Select Pass, en el cual se pueden elegir hasta tres países limítrofes. Así se podría jugar con diferentes combinaciones como Alemania-Italia-Suiza, Austria-Alemania-Italia, Austria-Alemania-Suiza, Austria-República Checa-Alemania, Austria-República Checa-Hungría, Benelux – República Checa – Alemania, República Checa-Francia-Alemania, Francia – Benelux – Italia… Además, en la web RailEurope se puede encontrar el Balkan FlexiPass, el European East Pass (que lo compramos para Capitales Imperiales en 2015 siendo europeos, y es que solo ponía que no servía para los residentes en los países que incluía ) o el Central Europe Triangle Pass.

Eso sí, cabe señalar que Eurail no tiene One Country Passes para Serbia, Suiza ni Turquía además de Bosnia y Montenegro.

Una vez que hemos decidido el tipo de billete, tenemos que escoger la duración:

En el caso del One Country se puede elegir entre 3, 4, 6 u 8 días de viaje en tren dentro del plazo de un mes. En cada día elegido se pueden realizar viajes ilimitados. Sin embargo, si elegimos el Global Pass, tenemos bastantes más opciones:

  • 3, 5 o 7 días en un mes (consecutivos o no)
  • 10 o 15 días en dos meses (consecutivos o no)
  • 15 o 22 días (continuos)
  • Un mes, dos o tres meses (consecutivos o no)

En este paso hay que hacerse alguna pregunta como ¿Cuántos días me voy a mover en realidad? ¿Cuánto cuestan los billetes individuales? Porque puede ocurrir que salgan más rentables que el Interrail. O que si nos vamos a mover 6 veces, interese comprar el de 5 días y pagar aparte el más barato de los trayectos.

En cualquier caso, es muy importante escribir la fecha del día que se viaja antes de montar el tren. Esto es lo que valida el billete y que comprobará el revisor.

Ojo: Un día de viaje empieza a las 00:01h y termina a las 00:00h.

Para finalizar hay un par de aspectos más que influyen en el precio: la edad y la clase.

Según la edad hay tarifa:

  • Infantil: de 4 a 11 años. Los niños menores de 4 años viajan gratis si van acompañados de adultos (que lo lógico es que no viajen solos…).
  • Joven: menos de 25 años
  • Adulto: A partir de 26
  • Adulto mayor: A partir de 60

Y según la clase:

  • 1ª clase: Con más servicios (por ejemplo acceso a salas VIP de las estaciones), mayor comodidad (vagones menos llenos, más espacio para piernas y equipajes, asientos ergonómicos) y, por supuesto, más cara.
  • 2ª clase: la más económica y frecuente. Y en la mayoría de los casos suficiente, pues los trenes de Europa en general son cómodos y modernos (sobre todo en Centroeuropa).

El número es claramente visible en en tren a la hora de subir.

Normalmente todos los trenes “normales” están incluidos en el Interrail, pero hay algunos casos en los que no. Sin embargo, en ocasiones se puede pagar un suplemento y saldría más barato que comprar el billete individualmente. El billete de Interrail además ofrece descuento en otros tipos de transportes, como el ferry y accesos a museos, actividades o incluso alojamientos.

Una vez aclarados los diferentes tipos de billetes, empezamos decidiendo el destino y el itinerario. Para quienes disfrutamos de los preparativos tanto como del propio viaje, esta etapa es muy entretenida. Sin embargo también puede ser un quebradero de cabeza. En primer lugar habría que ver ciudad de entrada y de salida, marcar en un mapa los puntos de interés por los que se quiere pasar y después intentar unirlos siguiendo las conexiones y horarios disponibles. En la web se puede descargar el mapa de conexiones y además es muy útil la web alemana de Deutsche Bahn. En algunos países es fácil, sobre todo en Centroeuropa; si nos movemos a la Europa del Este, el tema es algo más complicado, como ya hemos visto en nuestros varios intentos de recorrer los Balcanes. Hay que intentar ser realista y aceptar que seguramente no dará tiempo a pasar por todos los lugares marcados en la idea inicial y que es muy probable que muchos se caigan a medida que avancemos en la planificación.

Y por esto considero que es importante planificar la ruta, aunque luego se deje abierta a la improvisación. Contar con la información sobre distancias, conexiones y horarios nos puede ayudar a gestionar mejor el tiempo eligiendo el mejor trayecto o evitando esperas innecesarias en estaciones semiabandonadas. A mí me gusta llevar las etapas más o menos claras porque así puedo organizar mejor mis visitas. Hay veces que quieres realizar una excursión o actividad y necesitas saber cuándo se da o si hay algún día que es gratis (como la entrada a algunos museos). O al revés, evitar un evento que no te interesa y que va a saturar la ciudad, lo que puede complicar la cuestión del hospedaje.

Cabe recordar que el Interrail solo es un billete de tren, por lo que habría que buscar el alojamiento por otro lado. Tradicionalmente se ha asociado a dormir en trenes nocturnos, estaciones o albergues, pero no tiene que ser así. Y supongo que en el inicio era así, cuando había limitación de edad y solo lo hacían jóvenes veinteañeros. Sin embargo, dado que el Interrail solo determina que has de viajar el tren, el resto lo puedes organizar como quieras. Y yo, personalmente, si voy a estar todo el día de acá para allá, quiero llegar por la tarde noche y darme una ducha y poder descansar bien para el día siguiente estar otra vez al pie del cañón. Pero al final depende de cada persona. Lo bueno de este tipo de viaje es que es totalmente flexible y se adapta al presupuesto y a la mentalidad de cada uno. Y la oferta en Europa es tan amplia que hay mucho donde elegir entre dormir en una estación y un hotel. Están el couchsourfing los hostales, los albergues, los apartamentos…

Una vez que hemos decidido cómo queremos viajar, adónde y cuánto tiempo tan solo nos queda preparar la mochila. La recomendación básica es llevar lo mínimo posible. Aunque hoy en día cada vez es más frecuente encontrar grandes y buenas taquillas en las estaciones para dejar el equipaje (o incluso en el alojamiento), a veces no es posible y hay que cargar con él, por lo que es de sentido común que lo mejor es que pese poco. Es decir, la recomendación básica para cualquier viaje: olvidarse de los porsiacasos y buscar prendas versátiles y cómodas.

Cuando es verano es sencillo, pues la ropa es bastante más ligera y ocupa menos. El problema es que también se suda más. No obstante, si el viaje va a ser superior a una semana (o en invierno) y se prevé que se va a necesitar de más mudas, quizá sea planteable buscar una lavandería o un alojamiento con lavadora. En cualquier caso es recomendable revisar la típica lista: un chubasquero (sí, en verano te puede llover en agosto fuera de España), una gorra, gafas de sol, protector solar, una toalla de secado rápido y unas chanclas, un pequeño botiquín y dos pares de zapatillas diferentes por si unas se mojaran, rompieran o nos produjeran algún tipo de roce, herida o molestia. Si es invierno cambiaríamos chubasquero por una chaqueta impermeable, la gorra por un gorro además de guantes y en el calzado al menos uno de los pares debería ser resistente al agua.

A mano conviene llevar la documentación y todo aquello que tenga algo de valor o necesitemos un acceso rápido (móvil, libro electrónico, auriculares, cámara, portátil si se llevara, cables, cargadores, adaptador universal, batería de respaldo, candado/s…). En realidad para viajar por Europa tan solo es necesario el DNI, pero yo personalmente soy partidaria de llevar el pasaporte cada vez que salgo del país. Sobre todo porque es más fácilmente identificable y porque puede que te lleves sello (como en Bosnia).

El cambio de un país a otro no suele ser mucho problema, simplemente se monta la policía de fronteras y piden documentación. Nosotros hemos observado que generalmente al enseñar el pasaporte europeo casi ni nos miran.

Por otro lado habría que pedir antes de partir la Tarjeta Sanitaria Europea y valorar si conviene llevar también un seguro de viaje, ya que esta en algunos casos no sirve (como Bosnia precisamente) y porque normalmente cubre lo mismo que a un local y la sanidad europea a veces es de copago. Puede que compense pagar un seguro de unos 50€ y curarse en salud, nunca mejor dicho.

Por supuesto, no nos podemos olvidar del dinero, puesto que aunque gran parte de Europa es zona Euro, recordemos que hay países que conservan su propia moneda. Como siempre, yo recomiendo sacar en destino antes que cambiar, y desde que he descubierto la Revolut y la Bnext, ni me lo pienso.

Y si la moneda única y las tarjetas prepago nos facilitan la vida, las aplicaciones en nuestro teléfono no se quedan atrás. Son unas herramientas muy útiles que nos pueden sacar de más de un aprieto. Algunas interesantes son:

  • La propia app de Interrail Rail Planner, que permite buscar horarios de los trenes o realizar reservas de asientos de forma anticipada entre otras funcionalidades. En algunas ocasiones es necesario reservar con antelación. Tal es el caso por ejemplo de los de alta velocidad, panorámicos y la mayoría de los nocturnos, aunque también en temporada alta.
  • Aplicaciones para organizar la visita a la ciudad como Triposo o Tripwolf.
  • Aplicaciones meteorológicas como ElTiempo para anticiparse a las inclemencias del tiempo.
  • Aplicaciones de mapas como el propio Google Maps, CityMapper,  Maps.me, CityMaps2GO o Moovit.
  • Aplicaciones financieras como la de nuestro banco para comprobar lo que nos cargan mientras estamos fuera del país,  Splitwise para cuando los gastos del viaje son compartidos o XE para saber a cómo está el cambio de divisas cuando estamos en país que no es Euro.
  • Algún traductor como el de GoogleWord Lens TranslatorCamDictionary.
  • Y otras de música, podcasts ( iVoox) o juegos para entretenernos en trayectos largos y monótonos.

Y desde que se eliminó el Roaming, navegar por internet es un problema menos, aunque tampoco está de mal recurrir a la opción sin conexión siempre que sea posible. Y de todas formas, hay lugares, como los Países Bajos, en cuyas estaciones y trenes hay WiFi gratuito.

Recorrer Europa en tren es una experiencia que hay que probar alguna vez en la vida. No es imprescindible un billete Interrail, sobre todo para estancias cortas; pero si se va a hacer un viaje de más de una semana y además cambiando varias veces de país, sin duda es recomendable. Hay que desterrar la idea de que es solo para jóvenes y adaptarlo a nuestro bolsillo, nuestros gustos, nuestra edad y nuestras ganas. Al final es como cualquier otro viaje, solo cambia el medio de transporte.

Trucos Viajeros: Tarjetas Prepago o Monedero

Quien más, quien menos, cuando iba a viajar al extranjero calculaba un presupuesto y se acercaba a su banco a solicitar esa suma de la divisa en cuestión. Sobre todo antes del Euro. Con el paso del tiempo sin embargo hemos ido teniendo otras alternativas. La moneda común en Europa nos ha facilitado mucho la vida en ese aspecto, claro; pero cuando salimos fuera de la Eurozona descubrimos que era preferible pagar con tarjeta de débito o crédito antes que acudir a nuestra sucursal. En primer lugar porque el banco aplica una comisión por el cambio, pero por otro lado porque suponía llevar una importante cantidad de dinero, sobre todo si el viaje era algo más que una escapada en un puente. Por no hablar ya si necesitábamos diferentes divisas porque pisábamos varios países. También estaba el inconveniente de que si sobraba algo, después se lo tenías que vender y por ahí también perdías. Y solo en caso de billetes, ya que las monedas no las cambian.

Todo esto se solucionaba con el plástico. ¿Que necesito pagar algo? Tarjeta. No es mala opción, sin embargo, también tiene sus contras. El banco también aplica aquí una comisión que varía según la entidad (BBVA, ING o Santander cargan por ejemplo un 3%, Caixabank un 3,95%) y además una segunda en concepto de tasa de cambio.

En nuestro caso el siguiente paso fue descubrir que la mejor opción era sacar en un cajero en destino, ya que ING solo nos cobraba 2€ independientemente de la cantidad que retirásemos. El único problema es que podemos encontrarnos como al principio y cargar con una suma importante encima. Así, si el viaje era largo, alternábamos los pagos con tarjeta y los realizados con el efectivo previamente retirado en cajero.

Sin embargo, para este último Road Trip probamos una nueva alternativa: las tarjetas monedero o prepago. Como ya comenté, mi hermano se sacó un par de ellas la de Revolut y la de Monzo, y yo por mi parte elegí Revolut y Bnext. Hoy vamos a ver qué tal nos fue en la práctica con ellas. Pero antes de nada vamos a ver sus características:

MONZO

Monzo es en realidad un banco, por lo que lo primero es abrir una cuenta de toda la vida. Pordremos realizar transferencias, domiciliar recibos y pedir tarjetas. Una de ellas es la Mastercard rosa. El problema de este banco es que solo opera en Reino Unido, por lo que deberás ser residente en el país y mayor de 18 años.

La tarjeta se gestiona desde la app que además permite categorizar los gastos, fijar límites, ver estadísticas de la actividad bancaria, activar o desactivar la tarjeta o pagos contactless…

La Mastercard se puede usar en cualquier lugar del mundo sin comisiones. Permite retirada de efectivo en cajero sin coste hasta £200 al mes, a partir de ahí un 3% de comisión (en el Reino Unido son gratuitas).

REVOLUT

Es británica y su tarjeta es multidivisa, lo cual quiere decir que puedes cambiar o tener tu dinero en múltiples divisas en la misma cuenta. Para darse de alta hay que bajarse la App, completar los datos personales y solicitar la tarjeta. Para ello nos pedirá una foto del DNI y así verificarán nuestra identidad. A continuación podemos solicitar la tarjeta, pero antes habrá que recargarla, ya que su envío cuesta 6€ (te lo puedes ahorrar por este link). Eso en caso de que sea física, ya que también se puede pedir una virtual de forma gratuita.

La nueva tarjeta MasterCard Contactless tarda unos 7-10 días en llegar, aunque se puede recibir antes en caso de que se solicite la versión premium, que cuesta 8.99€ al mes.

Una vez recibida solamente hay que cargarle la cantidad deseada (para ello habrá que seleccionar una tarjeta de origen), activarla y a funcionar.

Tiene un máximo de retirada en cajeros de 200€ al mes (aunque no es natural, sino que cuenta desde que te diste de alta) y a partir de ese límite aplican el 2% de comisión. En la opción de pago el límite asciende a 400€ e incluye otras mejoras. Tiene seguro de viaje gratuito al extranjero y en caso de robo o pérdida de la tarjeta, te la mandan a cualquier lugar del mundo en que ten encuentres. También se tiene la posibilidad de contactar con el servicio técnico 24/7 y obtener tarjetas virtuales y virtuales desechables gratuitas.

La tarjeta Revolut permite realizar compras en moneda no Euro sin comisión hasta los 6.000€. Este límite es conjunto para pagos, transferencia e intercambios.

La aplicación además incorpora diversas funcionalidades, como una hucha en la que puedes configurar que te guarde los redondeos de todos tus pagos o bien unos pagos fijos por períodos de tiempo. También tiene la opción de comprar y pagar con Bitcoins. Pero es que estoy un poco pez en el asunto y no la hemos probado.

Lo que sí me resulta útil es el gráfico de los gastos y hacer un seguimiento de esas salidas de dinero por categoría (supermercados, compras, restaurantes, transporte, viajes, entretenimiento, salud, servicios, suministros, seguros, transferencias…), comercio o país. Además, puedes añadir los recibos a cada movimiento para tenerlo todo controlado.

También desde la app se puede activar y desactivar la tarjeta así como configurar el grado de seguridad que quieras darle, como por ejemplo limitar su uso en determinados países, desactivar el pago contactless o restringir determinadas compras.

Y tiene un acceso directo al conversor de moneda y cálculo de las divisas.

El único problema es que la app no funciona sin internet.

BNEXT

Pertenece a una empresa española fundada por dos extrabajadores de BBVA e ING. Es muy sencilla de tramitar. La App es muy intuitiva y va indicando los pasos para configurar la cuenta: Datos personales, foto del DNI por ambas caras (o NIE), una foto de nuestra cara, recarga inicial y solicitud de envío. Llega a casa en 24-48 horas totalmente gratuita. Si te invita un amigo, obtienes 10€ de bienvenida, y tu amigo otro tanto.

Una vez recibida, solo hay que activarla (el PIN nos llegará por SMS) y recargarla con un mínimo de 25€ para comenzar a funcionar.

El cambio oficial tanto para pagar como para sacar dinero en zonas no Euro es el que aplica VISA.

Al mes (natural) en el extranjero se pueden realizar tres retiradas de dinero en efectivo hasta un máximo de 500€ sin comisiones. A partir de dicha cantidad aplican el 1.4%. Además, en España se pueden realizar tres extracciones al mes. En cuanto a pagos en comercios internacionales (no Euro) el límite está fijado en 2.000€ al mes. En la zona Euro por su parte no hay máximo fijado. También se pueden realizar transferencias sin ningún tipo de coste adicional.

En caso de pérdida, robo o deterioro te la reponen gratuitamente una vez al año.

Me gusta que la recarga es instantánea y que la App es sencilla e intuitiva. Asimismo, son bastante resolutivos en el chat (que además es en español). Lo que sin embargo me gusta algo menos es que desglosa los cargos. Mientras que Revolut directamente te carga el importe resultante aplicando el cambio, Bnext por su parte te hace un primer cargo, y después una devolución de comisiones. El resultado es el mismo, pero a mí personalmente de un primer vistazo me resulta más sencilla la de la británica.

Cuenta con un programa de fidelización en el que cada compra realizada con la tarjeta sirve para sumar puntos que después se podrán canjear en pagos en alguno de los partners (Netflix, Amazon, Spotify, Glovo, Ticketmaster, Uber…). Además, los pagos en estos socios con la tarjeta de Bnext dan el doble de puntos.

Los puntos no caducan y no existe límite de acumulación al año, aunque sí para canjear (60.000 puntos, o lo que es lo mismo, 60€).

Como añadido, hay una suscripción Pro que permite ganar el doble de puntos con cada compra y que no tiene límite a la hora del canje.

Ninguna de las tres tarjetas tiene mantenimiento y además pueden ser bloqueadas y desbloqueadas a nuestro antojo desde la App. Además se puede traspasar dinero entre contactos, por lo que es muy útil para saldar deudas en pagos compartidos.

Ojo, porque no todas tienen el mismo tipo de cambio. Mientras que Revolut y Monzo aplican MasterCard, Bnext usa el de Visa. Normalmente el de MasterCard es algo mejor ya que usa el cambio del momento del pago, mientras que Visa aplica el del día en que se hace efectivo, por lo que puede haber unas 24-48 horas de diferencia y por tanto oscilación en el ratio de conversión de divisa. Por lo que conviene ir revisando cuál nos ofrece mejor opción en el momento concreto.

Hay que tener cuidado a la hora de retirar efectivo, ya que hay bancos que aplican comisión solo por el hecho de que la tarjeta no sea suya. En España Bnext nos devolvería este cargo, pero no en el extranjero, ya que no tienen acuerdos. De todas formas, el cajero siempre avisa, así que siempre estás a tiempo de decidir si sigues adelante con la operación, o no. Es importante además tener en cuenta que tanto a la hora de pagar como retirar dinero hay que elegir la moneda local para que así sea la tarjeta la que aplique el cambio y no el comercio (que aplicará comisión).

Así pues, teniendo en cuenta sus características, hay que llevar un control y jugar con pagos en comercio y disposición en efectivo para no pasarse. No obstante, no difiere mucho del día a día, ya que yo por ejemplo según el importe o comercio pago en efectivo o con tarjeta.

Con todo esto, ¿cuál elegir? Pues creo que tener dos diferentes va bien, ya que al no ofrecer lo mismo, permite ir jugando con los límites y cambios para obtener el mejor resultado. También por si acaso una de ellas falla o no es admitida. Y además, podemos llevar la de nuestro banco como complemento. Sobre todo la de crédito, ya que este tipo de tarjetas monedero no son aceptadas en caso de que haya que pagar fianzas. Y tampoco tiene mucho sentido tener bloqueado un importe durante varios días y que con ello lleguemos al límite. Mejor usar para eso la de crédito y dejar las monedero para el resto de pagos.

Se acabó pagar comisiones innecesarias.