Japón por libre XXXVI: Día 20. Palacio Imperial, Ueno y Sky Tree

Y llegó el final del viaje. Oooooooooooooooooooh. Nos levantamos y desayunamos tranquilamente; nos duchamos, recogimos bártulos y bajamos con las maletas a recepción. Nuestro vuelo salía al día siguiente a las 7:35 de la mañana, con lo que cuando reservamos noches de hotel, contamos con dejar la última noche libre. Si nos quedábamos una noche más en nuestro hotel, tendríamos que coger el metro a las 23 horas como muy tarde, así que no íbamos a poder dormir, con lo que era absurdo pagar para nada, porque en cualquier hotel se quedan las maletas en consigna. Teníamos la opción de buscar un alojamiento cercano al aeropuerto de Haneda para esa noche, pero los hoteles cápsulas se subían a la parra y segregan por sexo. Y además, lo que nos interesaba era no dormir, para llegar al avión y caer rendidos, ya que la hora de aterrizaje en Madrid serían las 5 de la tarde y habría que aguantar despiertos una tarde.

Si os preocupa pasar la noche en un aeropuerto, os recomiendo consultar la web sleepinairports, en la que viajeros de todo el mundo comentan las comodidades que puedes encontrar. Nosotros no queríamos dormir, ya digo, pero sí nos interesaba saber si podíamos cenar, si habría wifi, los baños, si los asientos eran cómodos, si había zonas con enchufes… Por suerte, Haneda es el tercero en la lista de mejores aeropuertos. Así que la idea era aprovechar el día al máximo, irnos a última hora al aeropuerto, cenar allí, pasar la noche en alguna zona con encufes y zona wifi para conectar el ordenador y hablar con la familia o ver alguna serie, esperar para facturar y embarcar.

Por lo que, con esta premisa comenzamos el día. Como dije, a la hora de distribuir Tokio, dejé para lo último, lo más próximo. Es decir, Ueno. También nos faltaba el Palacio Imperial y el Sky Tree que habíamos dejado pendiente el día anterior.

Comenzamos en el Palacio Imperial, que hoy en día es un jardín abierto al público y al que se accede por un puente.

Sin embargo, el castillo en sí estaba en obras, hacía mucho aire y chispeaba, con lo que no nos entretuvimos mucho en la zona, hicimos unas pocas fotos y nos fuimos a Ueno.

En el barrio de Ueno destaca sobre todo el parque del mismo nombre.

Es inmenso, con una superficie de más de 532.000 metros cuadrados, así que teníamos la intención de dedicarle sus buenas horas de la mañana para pasearlo tranquilamente entre cerezos (tiene más de 1000 árboles), puestos de comida, artistas ambulantes, museos y templos.

Incluso hasta nos encontramos con un concurso de trajes típicos (supusimos)

El parque abrió 1873 como el primer parque público de Japón y alberga el mejor y más antiguo zoo (1882) del país en el que destacan los famosos pandas.

Una buena zona para pasear es alrededor del estanque Shinobazu, que está formado por tres en realidad, y sirve de parada para las aves migratorias.

En el Parque destacaba el Templo Kaneiji.

Fue uno de los más grandes y ricos de la ciudad durante el Período Edo. Asimismo, provocó una explosión de actividad urbana en los alrededores. Hoy en día quedan restos del templo original, la pagoda de cinco pisos (del s. XVII) y el Santuario Toshogu (construido en 1627).

El camino al santuario está flanqueado por 95 linternas de piedra y 195 de cobre.

La puerta Karamon y los pabellones Haiden y Hondouhan han sido designados Propiedad Cultural de Importancia.

Era viernes y el parque estaba plagado de gente con sus rafias, sus cajas de cartón a modo de mesa y sus picnis sentados bajo los cerezos. Que había que tener ganas, porque con el aire que hacía, era fácil acabar comiendo hojas de cerezo en cada bocado.

Impresionante la de gente que había. Pero estaba todo muy limpio, y es que la organización ante todo, y sobre todo para la basura que pueda generar tanta gente. Había contenedores por todo el parque.

No puedo documentar mucho más, pues nos quedamos sin batería en la cámara y cuando pensábamos que teníamos cargada la de repuesto, con tanto preparativo de la noche anterior, resultó que estaba también agotada, así que paseamos entre los lugareños y sacamos alguna foto con el móvil.

En la zona hay mucho puesto callejero y olía estupendamente, pero teníamos fichado un restaurante de kaitensushi cerca del hotel, así que para allá que nos fuimos.

Era un local muy pequeño y siempre que pasábamos estaba lleno, cada plato con dos piezas de sushi salía por 150Y, y, aunque no había mucha variedad, la verdad es que estaba todo muy rico y llenamos bien la tripa. Creo que comimos 13 platos. Toda una experiencia eso de coger los platos según van pasando y sin saber muy bien qué era cada pieza.

Y como no queríamos que nos pasara como el día anterior, nos fuimos a eso de las 4 hacia la Sky Tree. Llegamos, fuimos a ponernos a la cola para comprar las entradas y… ¿dónde está la gente? Pues no había. ¿Por qué? Pues porque teníamos un aire 55 km/h y por seguridad estaba cerrado. Así que nos quedamos con las ganas de poder subir. El día se nos iba torciendo, la verdad.

Así que, con la tarde libre, el ánimo un poco decaído, tuvimos que improvisar y decidimos volver a Asakusa, para pasear entre los puestos, disfrutar del entorno del templo por última vez, merendar unos peces rellenos, ver cómo anochecía y despedirnos de Japón como nos había recibido, con un paseo entre la iluminación de templos y callejuelas.

Ya cansados, volvimos al hotel a recoger las maletas y de vuelta a la Yamanote para cambiar en Hamamatsucho al monorraíl que nos llevaría a Haneda. Una vez en el aeropuerto, buscamos la oficina donde poder entregar las PASMO. Intentamos hacerlo en máquina, pero como no era un importe redondo, fuimos a la oficina y tras un par de explicaciones, el señor entendió que nos íbamos a nuestro país y que queríamos el dinero. Comprobó qué quedaba en cada tarjeta, y nos dio el efectivo.

Así que ya sólo nos quedaba cenar. Y no hay muchas opciones en la terminal internacional. Habrá como una docena de restaurantes, y prácticamente todos son similares. Por cierto, no importa que vayas con maletas (nosotros llevábamos grande, mediana y dos mochilas), te las dejan aparcadas en la entrada y de ahí no se mueven.

No pedimos nada del otro mundo: unos rollitos de primavera, arroz con verduras y unos yakisoba. Eso sí, todo delicioso. O sería que había hambre. Después, fuimos en busca de un puesto de helados para tomar el postre. Y a eso de las 23 horas cerraron prácticamente todo, salvo algún restaurante que estaba abierto 24 horas.

Buscamos un puesto con enchufes y sillas, y ahí que nos apalancamos.