Venecia: La ciudad de mis pesadillas

Por fin voy a poder terminar esta etapa que lleva abierta desde mediados de mayo, que se dice pronto. Y voy a finalizar mis relatos cruceriles con Venecia, la última escala.

El título de esta entrada puede sonar raro, pero tiene su justificación. Tras un trauma infantil causado por un viaje en cutre barco a principios de los 80 de camino a Tabarca en una tarde de marejadilla lo mío con los barcos ha sido…pues eso, traumático. En teoría no ha de ser un problema para alguien que vive en Madrid (ya se sabe que aquí no hay playa, como decían Los Refrescos), el tema está en que ahora se han puesto de moda los cruceros, y tras años de reticencia, por fin acepté a montar en uno.

El trayecto en el Zenith no me causó mucho yuyu, aunque he de reconocer que algo se movía no era como si se fuera a hundir. El problema viene cuando montas en embarcaciones más pequeñas. Así pues, lo pasé peor cuando el barco atracaba en medio del mar y había que coger lanchas. El tema de Venecia es caso aparte, porque moverte a pie…poco, lo realmente chulo está en coger los vaporettos (bastante caros, por cierto. Es recomendable sacar tickets de 12 ó 24 horas a uno simple y ya de paso te recorres varios canales) y ver las fachadas. Pero aquello se mueve como la madre que lo parió.

Pero bueno, dejando de lado el tema fobia, Venecia es…peculiar. Peculiar por las calles (pocas), por los puentes (muchos), por la policía, cruz roja, bomberos, fruteros, panaderos (que van en barco lógicamente), por las góndolas, por las máscaras, porque, en definitiva, todo gira en torno al agua.

A mí lo que más me gustó, sin dudarlo, es la Plaza de San Marco, impresionante, sobre todo desde el barco, ya que la vista era increíble. Y para muestra, un botón.

Y ya, la vuelta fue un caos pues Pullmantur te hace sacar las maletas a la puerta la noche antes a tu desembarco. Es decir, te tienes que dejar fuera lo que vayas a usar para dormir y aseo, más la ropa que te lleves la mañana siguiente. Pero realmente da igual porque a la mañana siguiente te encuentras en el puerto las maletas agrupadas por vuelo. Es decir, lo único que hacen es ahorrarse que salga todo el mundo con las maletas desperdigándose por el barco. Pero vamos, luego tú las subes al bus que te lleva al aeropuerto y las bajas, claro.

En el aeropuerto nos soltaron sin más, a la aventura. Otro caos, el Marco Polo es peor que Barajas, pero mil veces. Sólo tuvimos una ventanilla para 150 personas que embarcábamos (Spanair, qué le vamos a hacer, se notaba ya la crisis), así que salimos tarde, eso sí, en primera fila (los últimos serán los primeros).

Llegada a Madrid y a descansar porque los cruceros tienen cosas buenas: el TI, las actividades, ves muchas ciudades sin notar que viajas…pero tiene una mala: llegas derrotado a casa. Con el ritmo, la semana no lo notas, pero cuando paras….uf, qué mareo. Y más de pensar que tienes que deshacer maletas…