Trucos viajeros: ¿Viajar con mochila o maleta?

Hace años asociaba la mochila con el interrail o ir de camping. Para todo lo demás, maleta. Sin embargo, con el tiempo y los viajes, la percepción ha variado y cada vez soy más de mochila. Aunque lógicamente sigue habiendo situaciones y situaciones. Como todo, tanto una opción como otra tienen sus ventajas e inconvenientes.

Ventajas de viajar con mochila:

Comodidad y facilidad de movimiento: A priori no puede parecerlo porque hay que cargar con ella, pero se adapta al cuerpo y el peso queda repartido. Además, hay en muchos destinos en los que es más fácil moverse con mochila en la espalda que arrastrando una maleta de ruedas. Por ejemplo, da más libertad de movimiento ante escaleras, cuestas empinadas o terrenos desiguales como calles empedradas. Es más fácil correr para no perder un tren o un bus con una mochila a cuestas que tirando de una maleta mientras intentas no atropellar a nadie. Y además deja las manos libres.

Ligereza: No solo las mochilas pesan menos, sino que como hay que cargarla (desde el punto de vista de la salud se recomienda que no supere el 15-20% del peso corporal), somos un poco más selectivos a la hora de llenarla. No hay espacio para los porsiacasos. Aunque hay que reconocer que este aspecto también es algo que tiene mucho que ver con la práctica.

Se puede evitar la facturación: Se puede viajar con una mochila como equipaje de mano si se sabe empacar bien. Sí, sí, cabe más de lo que parece. De esta moda se elimina el factor riesgo de que te pierdan el equipaje, pues va contigo. Volviendo de Bombay a Mahé con Air Seychelles aprendimos que la combinación bolso (incluso grande) + mochila canta menos que mochila + maleta. Los dos que llevaban una maleta de cabina además de su objeto personal, tuvieron que facturarla.

Flexibilidad: Como suelen ser de tela, son más fáciles de adaptar bajo un asiento, en un compartimento superior o en una taquilla. De hecho, en ocasiones, cuando el vuelo va muy lleno, suelen dejar pasar primero a los que llevan mochila porque como la pueden meter debajo del asiento delantero, no obstaculizan el pasillo ni llenan los compartimentos superiores. Nos pasó en la ida a Riga.

Para los que no llegamos a los maleteros de los aviones es además una ventaja, pues te evitas tener que pedir ayuda para subir el equipaje y, mejor aún, para bajarlo, que sale todo el mundo por patas.

Adaptabilidad: No solo se adapta al cuerpo, sino que lo hace a las necesidades. Una mochila se puede compactar más si va más vacía o extender si va más llena. Además, como suele llevar compartimentos y bolsillos, amplía la capacidad.

Sencillas de reparar: Dado que suelen ser de tela, si tiene un enganchón o un roto se puede solucionar con un parche. De la misma manera, tanto las cremalleras como los amarres pueden ser sustituidos. Aunque esto último quizá no podamos hacerlo nosotros mismos y haya que llevárselo a alguna costurera o servicio de reparación. Pero en cualquier caso, tiene una solución sencilla.

Desventajas de viajar con mochila:

No son para todo el mundo: Por ejemplo, no son recomendables para personas con dolencias de espalda.

Tampoco para todo tipo de viajes: Depende del contenido del equipaje y del tipo de prendas que necesitemos para el viaje (por ejemplo de negocios o en que se requiera llevar traje/vestidos).

Protección: Al ser flexibles el contenido puede verse dañado al no ir igual de protegido.

Accesibilidad: Si solo tienen cremallera superior, es más incómoda a la hora de buscar lo que necesitamos. Aunque esto se puede solucionar con una mejor planificación poniendo abajo del todo lo de menos uso y arriba lo más frecuente. Pero no siempre es posible porque ha de primar el equilibrio del peso.

Compra: Una buena mochila no se encuentra en cualquier sitio, sino que hay que buscar en una tienda un poco especializada.

Ventajas de viajar con maleta:

Facilidad de empaque: Al ver el espacio de un solo vistazo, es más sencillo empacar. Meter y cerrar.

Interior maleta

Protección: al ser más duras y constar de una estructura más sólida, el interior queda mejor protegido.

Menos arrugas: Aunque ya está muy extendida la costumbre de enrollar la ropa para aprovechar mejor el espacio, hay prendas como una americana o un vestido que necesitan ir estiradas. En este caso, la mejor opción es la maleta.

Se puede arrastrar/empujar: No hay que llevar nada encima, sino que se puede arrastrar. En caso de que además las ruedas giren 360º (recomendable), se pueden empujar, que es mucho más cómodo.

Maleta Blanca

Accesible: Al igual que a la hora de empacar, abriéndola se tiene todo a la vista y se encuentra mejor lo que se busca.

Precio y disponibilidad: Son fáciles de encontrar y hay ofertas incluso en los supermercados.

Desventajas de viajar con maleta:

Peso: Como llevan estructura ya de por sí, vacías, pueden llegar a pesar un par de kilos. A nada que la cargues, te plantas fácilmente en los 15-20. Y como además no se llevan encima, acabamos echando más de lo que necesitamos.

Movimiento limitado: Resulta incómodo moverse con una maleta por un territorio irregular como calles empedradas, con arena o barro, o subirla a pulso al tren… Además de que obliga a llevar al menos una mano ocupada.

Complicadas de reparar: Si sufren un golpe y se parte una rueda, o no funciona el asa extraíble prácticamente tendrás que buscar una nueva porque será una odisea moverse con ella.

Dimensiones fijas: el hecho de ser de un material rígido hace que no siempre entren en un compartimento o taquilla (o los cajones de prueba de las aerolíneas). Por muy vacía que vaya, sus dimensiones son las que son.

Hay un término medio que es el de las mochilas de ruedas, algo similar a las escolares, pero en formato viaje. Se pueden tanto arrastrar como llevar a la espalda. Aunque realmente este último uso queda limitado a momentos puntuales, ya que al llevar la estructura acaba haciendo daño. Además, no son ergonómicas y no están optimizadas para que el peso quede repartido y se pueda cerrar bien en torno al pecho y cintura. Yo no les veo mucho sentido. Y me quedaría con maleta o mochila según la ocasión.

La elección entre una opción u otra es algo muy personal y depende de cómo cada uno se sienta cómodo. Pero aún así, lo ideal sería elegir una maleta cuando los traslados van a ser sencillos (tanto por las infraestructuras o el medio de transporte como por el entorno), cuando se necesita llevar un equipaje especial (negocios o eventos con cierta etiqueta) o cuando no se puede o quiere cargar peso en la espalda. La mochila por su parte es perfecta cuando el viaje está abierto a la improvisación, cuando se viaja en transporte local con bastantes desplazamientos (buses, trenes, tuk-tuks…) o cuando se está en continuo movimiento no regresando a un alojamiento fijo y conviene llevar el equipaje a cuestas. Pero sobre todo, hay que olvidar los prejuicios y abrir la mente.

Conclusiones de nuestro viaje a Marrakech

Marrakech llevaba en nuestra lista de futuribles para una escapada, sin embargo, siempre se quedaba pendiente. Pero por fin llegó su momento. Y no defraudó. Nuestro viaje a Marrakech (y Marruecos) fue breve pero intenso. Obviamente no nos dio tiempo suficiente para descubrir todo lo que tiene para ofrecer, pero sin duda, no nos dejó indiferentes.

Era la primera vez que viajábamos los cuatro juntos y la verdad es que nos ajustamos a la perfección. Es verdad que la confianza es un grado y el ser familia hacía que nos conociéramos, pero sobre todo ayudó el que coincidiéramos en mentalidad e intenciones. Así, no nos fue complicado concretar la ruta ni reservar alojamientos.

Nada más cerrar las fechas del viaje surgió la idea de hacer una excursión al desierto y en base a ella configuramos el resto de nuestros días. Nos quedaría la tarde del día que llegábamos, la mañana del que nos íbamos y otro día entero para Marrakech. Es poco tiempo, sí, pero dado que queríamos centrarnos básicamente en la Medina, parecía suficiente para un primer viaje.

A pesar del imposible trazado, podríamos ir de un sitio a otro a pie. Y, en realidad, lo que iba a marcarnos el paso iban a ser los horarios de visitas de los monumentos. Así, agrupamos el Palacio Bahía, el Palacio Badii y las Tumbas Saudíes en un mismo día y dejamos el Jardín Majorelle, que está en la parte nueva, para el día que nos volvíamos.

Fue una decisión acertada y realizamos las visitas de forma relajada. Es verdad que obviamos dos museos, el Musée de Marrakech o el Museo Dar Si Saïd.

El primero de ellos, ubicado en un palacio del siglo XIX, se creó a finales de los años 90 para establecer una colección permanente de arte marroquí. Además, acoge exposiciones y otros eventos culturales. El Dar Si Saïd, también establecido en una mansión del finales del siglo XIX, es el más antiguo de la ciudad y el que mayor número de obras exhibe. Alberga el Museo de Artesanía Marroquí. Seguramente son ambos muy interesantes, pero preferimos dejarlo para otra ocasión.

Omitimos asimismo los Jardines de la Menara, proyectados en el siglo XII por la dinastía almohade.

También quedó fuera de nuestras visitas la Madrassa Ben Youssef, aunque en este caso fue más por causas ajenas a nosotros, ya que se encontraba cerrada por renovación. Tampoco pudimos entrar en las mezquitas por no ser musulmanes.

Así pues, entre lo que se tenía que quedar fuera por factores externos y que en el resto estábamos bastante de acuerdo, no hubo problema a la hora de cuadrarlo todo.

Tampoco hubo mucha duda con el alojamiento. Teníamos claro que queríamos dormir en un riad dentro de la medina y no en un hotel de estilo occidental en la parte moderna de la ciudad. Había suficientes donde elegir y además tenían precios asequibles y que entraban dentro de nuestro presupuesto. El único inconveniente que encontramos fue que al querer hacer la excursión en la mitad del viaje, no encontrábamos un riad que tuviera disponibilidad para los días de antes y después, así que elegimos dos diferentes. Pasamos una noche en el Riad White Flowers y dos en el Riad Origins Magi y no podemos poner pegas al respecto.

Es verdad que con una estancia tan breve tampoco tenemos mucho que valorar. Pero el poco tiempo que pasamos en ellos el trato fue amable y cercano. Tanto las zonas comunes como las habitaciones estaban limpias y cuidaron cada detalle. Desde la recepción con el té de bienvenida, hasta los deliciosos desayunos.

Los riad son remansos de paz en medio del caos de la medina. No tienen ventanas al exterior, sino que las habitaciones dan siempre a un patio en el que suele haber un claro predominio de plantas o árboles frutales. En algunos casos cuentan con fuente o incluso con piscina. El contraste de ruido y de temperatura con el exterior es claramente notable. Como además son alojamientos pequeños, son bastante tranquilos.

En el Riad White Flowers en vez de una habitación cuádruple tuvimos dos dobles, una a cada lado del patio. Eran prácticamente iguales, tan solo cambiaba la distribución del baño y los colores de la decoración. Nos recibieron a la entrada de la medina y nos acompañaron al riad. Allí nos esperaba un té y nos dieron indicaciones de cómo movernos y qué ver. Una pena que por la incidencia con el conductor-secuestrador no pudiéramos desayunar tranquilamente,  porque se lo estaban currando bastante en cocina.

Y si el este nos había gustado, más aún cuando llegamos al Riad Origins Magi. La habitación esta vez sí que era cuádruple, y, aunque no era muy grande, estaba muy bien equipada. El baño era impresionante, tanto de grande como decorativamente hablando.

Y el patio no se quedaba atrás, contaba con mesas de madera bajo la sombra de un naranjo. Además, había un sofá en un lateral y una fuente. En este espacio fue donde disfrutamos de nuestra improvisada cena el día que llegamos y de los desayunos. Una buena forma de empezar el día con el frescor matutino y los pájaros de fondo.

Los alojamientos de la excursión nos vinieron ya dados, y nos encantó el Hotel Babylon Dades. La localización, el trato, el alojamiento en sí, la comida… Todo perfecto.

Dormir en las haimas lógicamente no fue tan cómodo como en un hotel, pero bien merece la experiencia solamente por el hecho de estar allí en medio del desierto bajo las estrellas. Aunque hubiera sido mejor dormir dormir a la intemperie en las dunas, pero era noviembre y hacía demasiado frío.

La cuestión es que para llegar hasta allí hay que hacerlo en dromedario, y una hora y pico de paseo llegó a ser un tanto tedioso en determinado momento por el movimiento del animal. Hubiera estado bien haber hecho una parada a ver atardecer, como sí que hicimos al amanecer, pero supongo que influyó el hecho de que el ocaso lo veíamos de frente y en un lateral, mientras que la salida del sol nos quedaba a la espalda. Además, haber parado a la ida habría supuesto continuar luego en una oscuridad total.

En general fue un tanto cansado, pues además dormimos poco. Nos hubiera gustado pasar más tiempo entre las dunas a plena luz, para captar bien el momento, pero no pudo ser. Sabíamos que iba a ser un viaje exprés.

Aún así, fue un gran acierto vivir la experiencia de adentrarse en tierras marroquíes descubriendo una gran variedad de paisajes y acercándonos a tierra bereber, donde más de 12 siglos después de la islamización, aún mantienen su cultura, idioma y costumbres ancestrales. Abandonar Marrakech y recorrer el Atlas es toda una experiencia, así como lo es atravesar las gargantas del Todra y del Draa o ver kilómetros y kilómetros de palmerales.

Pasear entre las callejuelas de la Kashba de Ait Ben Haddou nos trasportó a otro siglo, a una sociedad que vive a un ritmo mucho más relajado que el nuestro.

Nuestro guía nos recordó que la mayoría de los que conquistaron Hispania en 711 eran bereberes (o imazighen como les gusta ser llamados) y no árabes (ni musulmanes). Por ejemplo, así lo eran los almorávides, los amohades y los gobernantes de los reinos de taifas de Toledo, Badajoz, Málaga y Granada. También una buena parte de los habitantes de las Islas Canarias se consideran descendientes de esta etnia. Así, no es de extrañar que esta civilización no nos resulte del todo ajena. Además de recibir una importante influencia en la agricultura, en la construcción y arquitectura, en el comercio, en la gastronomía y en el uso de especias; nos quedamos con muchos préstamos lingüísticos que servían para nombrar el nuevo día a día.

Los bereberes son el 40% de la población de Marruecos pero hasta 2001 no han tenido reconocimiento de su lengua amazigh como idioma oficial perdiéndose parte de ese patrimonio étnico-cultural. Y es que tras la independencia de Francia se llevó a cabo una política de arabización intentando recuperar la identidad lingüística, religiosa y cultural. Se recuperó el árabe para los medios de comunicación, la educación y en general la vida pública.

El francés ya no es oficial, pero sigue predominando en las instituciones y en la educación superior. Algo así como una marca de clase. Quien domina el francés es porque ha podido permitirse una educación privada o porque ha terminado estudios superiores. El rey cuando quiere que un discurso llegue a todo el mundo lo da en árabe y francés. Y los medios de comunicación marroquíes emiten en árabe, francés y español. Además, en gran parte de la zona norte del país se pueden sintonizar canales españoles de radio y televisión.

La verdad es que nosotros no encontramos ningún problema de comunicación. Enseguida se dirigían a nosotros en español. No sé si porque se nos ve en la cara, porque van probando o porque hay mucho turismo español y les sale por inercia como primer idioma extranjero. Tanto en los hoteles, como en los restaurantes, como en el zoco… El único que no hablaba español creo que fue el falso Brahim, aunque no sé si nos habríamos entendido hablando el mismo idioma. Después, nuestro verdadero conductor, Mustapha, hablaba muy bien el castellano, ya que había vivido en Canarias y había trabajado de camionero viajando continuamente de Marruecos a España.

En general durante todo el viaje tuvimos una estancia muy agradable y sin incidencias. No tuvimos la sensación en ningún momento de inseguridad. Es verdad que en nuestros paseos por la Medina sí que nos dijeron en varias ocasiones algunos tenderos que no nos guardáramos el móvil en el bolsillo del pantalón, que quedaba muy a la vista. También una mujer se nos acercó a decirnos que cuidado con las pertenencias porque estaba viendo a unos chavales que iban detrás de nosotros y debió pensar que éramos su blanco. Pero bueno, nada que no sea tomar las precauciones básicas en lugares muy concurridos. Es verdad que el ritmo de la ciudad y la persuasión de los comerciantes puede llegar a abrumar y producir incomodidad, pero siempre se acercaban a nosotros con una sonrisa. Además, forma parte de la idiosincrasia local y es algo inevitable.

Pero sin duda, una de las mejores maneras de aproximarse a una cultura es mediante la gastronomía. Y siendo cuatro catacaldos, lógicamente no podíamos hacer otra cosa que probar los diferentes platos que nos ofrece la cocina marroquí. Englobada dentro de la dieta mediterránea con importante presencia de legumbres y verduras, lógicamente bebe de la cocina árabe y bereber e incorpora alguna influencia de la judía (sobre todo en aporte de especias y condimentos). En realidad para los españoles no resulta tan exótica, pues hemos heredado muchas de sus costumbres y los sabores nos resultan familiares.

Los desayunos, por lo que pudimos ver en los alojamientos, son contundentes (aunque no sé si en casa desayunarán así). En la mesa no nos faltó nunca el zumo natural de naranja, fruta de temporada, bollería, yogur, huevos, queso, miel, mantequilla y mermeladas así como aceite de oliva.

También pudimos degustar el pan árabe sin miga que luego vimos en muchas panaderías y puestos ambulantes por la medina de Marrakech. Suele tener forma de hogaza y tradicionalmente está elaborado con trigo y sémola fina. No obstante, según las zonas del país podemos encontrar también pan de maíz (ligeramente dulce), pan de cebada y trigo o pan Tafarnout (horneado sobre piedras calientes de forma tradicional).

Para el resto de comidas del día, veamos algunos platos:

  • Harira: Sopa tradicional elaborada con tomates, garbanzos, lentejas, cordero y aderezada con especias. Se suele tomar durante el Ramadán.
  • Pastela: son unos pasteles de hojaldre que pueden comerse tanto de entrante como de plato principal. Combina lo salado y lo dulce y suele estar espolvoreada con canela.
  • Tortilla bereber: Es muy parecida a lo que nosotros llamaríamos tortilla francesa, solo que se parpara en el tajin. Es un plato vegetariano en el que se pueden incorporar diferentes hortalizas y verduras aderezadas con especias. Además de los huevos, claro, no suelen faltar el tomate ni el ajo, pero el resto dependerá de la zona y de quién lo cocine.

  • Cuscús: Uno de los platos más tradicionales. Es semilla de sémola de trigo que se cocina al vapor y se sirve acompañada de un caldo picante acompañado de verduras, cordero/ternera/pollo y que también puede incorporar pasas, legumbres… Es tradicional comerlo los viernes, el día libre de los musulmanes.
  • Tajín: Otro de los imprescindibles. Es un guiso que toma el nombre del recipiente de barro con tapa de forma cónica en que se cocina a fuego lento. Los más comunes son el de cordero con legumbres, ciruelas y almendras y el de pollo con limón y aceitunas.

  • Kefta: Son similares a nuestras albóndigas. Bolas de carne picada aderezada con ajo, perejil, cebolla, pimentón, comino, aceite y piñones y que suele ir acompañada de una salsa de tomate. Deliciosas.

  • Pinchos: Poco hay que explicar aquí, ya que nosotros los hemos incorporado a nuestra gastronomía. Obviamente no usan cerdo, pero por lo demás, es carne sazonada con diferentes especias y después hecho a la barbacoa.
  • Touajen: Estofado de carne de cordero o pollo.
  • Hout: Estofado de pescado.
  • Djaja Mahamara: Pollo estofado con pasas y almendras
  • Briouats: Son unos pequeños pasteles triangulares de masa filo rellenos de carne, pescado, verduras…). Hay una versión dulce empapada en miel y que se rellena con cacahuetes.

  • Dulces: En la cocina árabe los dulces son contundentes. Suelen estar hechos con frutos secos como ingrediente principal (pistacho, nueces, almendras, cacahuetes…) y normalmente se le añade también fruta desecada (pasas, dátiles…). Predomina el uso de la pasta filo u hojaldres que se después se fríen. Como en el resto de sus platos, no faltan elementos aromatizantes como el comino, el anís, el agua de rosas o de azahar, la vainilla o la canela. Además, para rematar, a menudo se bañan en miel.

Nosotros sobre todo comimos sopa/crema, tortilla bereber, pinchos y tajine de pollo. Parecía que eran los básicos en cualquier menú. Y nos sorprendió encontrar menos cuscús del que imaginábamos. En cualquier caso, comimos muy bien.

Otro rasgo característico marroquí es el carácter comerciante. Así, para conocer los usos y costumbres, no puede faltar un paseo por sus zocos. Ya no digo comprar, pues eso depende de los gustos, el bolsillo, las ganas y la paciencia que uno tenga para regatear. Pero el ambiente hay que vivirlo.

Abren a las 9 de la mañana y cierran a media tarde pero no sabría decir si es mejor acudir a una hora u otra, pues parece que siempre hay gente. Para comprar, quizá a primeras horas el comerciante esté más fresco y la negociación sea más dura que a la tarde cuando ya está pensando en dar por concluido el día, pero realmente no hay reglas escritas. Al final todo depende de muchas circunstancias y el objetivo del comprador ha de ser marcarse el importe límite que esté dispuesto a pagar por el objeto. Pues desde luego, el vendedor ya tendrá bien pensado de cuánto no va a bajar para cerrar un buen negocio.

En los zocos se puede encontrar de todo, quizá lo más típico que busca cualquier viajero son babuchas, juegos de té, marroquinería, aceite de argán, kohl y especias. Mustapha, el conductor de nuestra excursión, nos comentó que el aceite de argán mejor comprarlo en una cooperativa para saber que no está rebajado con otros aceites. También que el kohl si no es bueno te puede causar una buena conjuntivitis. Así que, como todo, te puedes arriesgar a que si no entiendes, te den gato por libre y que no sea oro todo lo que reluzca.

Yo iba con muchas ideas en la cabeza sobre qué podría encontrar y qué me gustaría traerme del viaje, pero al final, salvo las especias, no compré nada más.

Con todo, este es el resumen de los gastos de nuestro viaje:

  • Vuelo: 81€
  • Seguro: 14.18€
  • Traslado aeropuerto: 3.5€
  • Alojamientos: 53.62€
  • Excursión al desierto: 180€
  • Efectivo: El uso de tarjeta no está muy extendido, por lo que sabíamos que deberíamos llevar efectivo. Una de las primas cambió en el banco 140€ y le dieron 1300 MAD. Nosotros por nuestra parte sacamos un par de veces con la Bnext y otra con la Revolut (un total de 422.39€) y el cambio era claramente mejor. Por ejemplo, en una ocasión retiramos 1522 MAD y nos cargaron 142.25€. De ahí pagamos los gastos del día a día: comida, entradas (los monumentos suelen tener tarifa estándar para extranjero de 70 Dirhams), las pocas compras que hicimos, las tasas de alojamiento y el traslado al aeropuerto desde el riad. Así queda el desglose por día (4 personas):
    • Día 1: 550 MAD
      • Comida: 60 MAD
      • Bebida Terraza: 80 MAD
      • Cena: 300 MAD
      • Tasas Riad: 110 MAD
    • Día 2: 632 MAD
      • Comida: 525 MAD
      • Cervezas y agua: 72 MAD
      • Bebida cena: 35 MAD
    • Día 3: 400 MAD
      • Comida: 400 MAD
    • Día 4: 590 MAD
      • Especias: 130 MAD
      • Comida: 400 MAD
      • Cena: 60 MAD
    • Día 5: 1846 MAD
      • Tasas Riad + Viaje aeropuerto: 485 MAD
      • Comida: 220 MAD
      • Cena: 301 MAD
      • Entradas: 840 MAD
    • Día 6: 506 MAD
      • Entrada Jardín Majorelle: 280 MAD
      • Comida 226 MAD

Es decir, al final, nos gastamos unos 450€ de media por persona (y digo de media porque hay cierta variación dependiendo de las compras de cada uno). Y realmente el grosso del presupuesto se fue en Vuelo + Alojamiento + Excursión, cuya suma ya suponía unos 315€.

Un viaje bueno, bonito y barato cargado de un sinfín de experiencias nuevas.

Marruecos II. Día 1 II: Paseando por la Medina. Plaza Jamaa el Fna, Koutubia y zocos

Lo primero que hicimos tras pasar tanto control fue ir en busca de un cajero para sacar dinero. La moneda local es el dírham marroquí (MAD) y podemos encontrar billetes de 20, 50, 100 y 200 y monedas de 1, 2, 5 y 10 dírhams, así como de 10, 20 y 50 céntimos.

Con algo de efectivo que nos llegara al menos hasta que volviéramos de la excursión al desierto, nos dirigimos al exterior para encontrarnos con nuestro conductor. Habíamos contratado la recogida con civitatis, sin embargo, algo les pasó con la reserva. Una semana antes había tenido lugar el dichoso el cambio horario de invierno, pero Marruecos, en el último momento, decidió quedarse en el de verano, por lo que tuve que modificar la reserva para que la recogida en vez de ser a las 12:40 fuera una hora más tarde. No obstante, eran las 2 y allí no había nadie con nuestro nombre, algo que me extrañaba porque tenían nuestro número de vuelo y se supone que saben que hay que pasar un control de pasaportes, así que deberían contar con un margen de tiempo de espera. Así que, ¿por qué no había nadie esperándonos?

Coincidimos con unos chicos que también venían de Madrid y habían contratado con la misma empresa. Su conductor tampoco se había presentado y estaban intentando llamar al teléfono de contacto, aunque sin éxito. Así que, empezamos a pensar que nos habían estafado a todos.

Cuando ya estábamos valorando si tomar un taxi o incluso el bus local, los chicos dieron con su conductor y como era de la misma empresa, aprovechamos para preguntarle que qué pasaba con nuestra reserva. Buscó sus papeles y revisó sus recogidas, pero ahí no estaba mi nombre. No obstante, llamó a la compañía para que se lo consultaran y nos dijo que esperáramos junto a sus compañeros hasta que nos dijeran algo.

Unos diez minutos y varias llamadas más, finalmente uno de los conductores nos dijo que él nos llevaba, así que con él que nos fuimos a su minivan.

La primera toma de contacto que teníamos con Marruecos era de calma y caos. Calma porque van con un ritmo pausado sin estresarse ante las adversidades y caos porque el tráfico era una locura. Es verdad que no era Bombay (eso es otro nivel), pero había motos por todos lados con varios ocupantes sin cascos, los adelantamientos no eran nada reglamentarios (bueno, allí a lo mejor sí) y el respeto por el límite de velocidad brillaba por su ausencia. Pero llegamos. Además, el conductor se encargó de llamar al riad para que salieran a buscarnos y no nos perdiésemos por la medina. Llegar al Riad fue volver otra vez a la calma. Es increíble cómo dentro del tremendo caos que es la ciudad antigua se consiguen esos remansos de paz. Como no podía ser menos nos recibieron con un té bien caliente que estaba muy rico y con mapa en mano, el chico nos explicó los puntos de interés y cómo ubicarnos. Aún así, nos comentó que la primera vez que saliéramos él nos acompañaría para guiarnos y que si nos perdíamos, o llamáramos al riad o pidiéramos ayuda a alguien de las tiendas próximas.

Después nos indicó dónde estaban nuestras habitaciones. Aunque habíamos hecho una reserva para una cuádruple, nos dieron dos dobles, una a cada lado del patio. Ambas contaban con su cama doble, una zona de estar con un sofá y el baño. No podríamos haber elegido mejor. De momento nos estaba encantando todo.

No nos entretuvimos mucho, pues estábamos sin comer, así que descargamos el equipaje, preparamos las mochilas para salir a conocer Marrakech siguiendo a nuestro anfitrión entre los callejones para no perdernos.

Localizada a los pies del Atlas y a un par de horas de la costa atlántica, Marrakech es una de las grandes ciudades imperiales de Marruecos junto a Fez, Meknes y Rabat, la capital. Fue fundada en 1062 cuando Youssef Ibn Tachfin, primer emir de la dinastía bereber de los almorávides, estableció un campamento en la zona para así controlar las rutas a través del desierto del Sáhara. Acabó convirtiéndose en la capital del Imperio Islámico y desde allí comenzó la conquista de Marruecos. Y no se quedaron ahí, sino que llegaron a la Península Ibérica, derrotando a los cristianos y haciéndose con buena parte del territorio. El reino acabó en 1147 tras el asedio de los almohades, que arrasaron la ciudad para luego reconstruirla. Fue en aquel momento cuando se erigieron importantes construcciones, como la Mezquita Koutoubia, la mezquita Kasbah, la monumental Bab Agnau y los jardines de la Menara.

Tras un siglo de dominio los almohades fueron derrotados por los benimerines con Al-Maymun a la cabeza y Fernando II proporcionando ayuda. Marrakech perdió su capitalidad en favor de Fez, quedando algo olvidada.

En 1549 la dinastía saadí destituyó a los benimerines y llegó de nuevo otra época de esplendor en la que se reconstruyeron antiguos edificios y se diseñaron opulentos palacios. Marrakech recuperó la capitalidad y se convirtió en una de las ciudades más pobladas del mundo árabe.

Sin embargo, esta dinastía no duró mucho, pues a principios del siglo XVII las luchas sucesorias desembocaron en una guerra civil que terminaría en 1668 con el ascenso al trono de los alauitas. En el siglo XVIII, el sultán Mohammed III quiso recuperar el esplendor de la ciudad.

En el siglo XIX Marrakech comenzó a comerciar con Europa, sobre todo con Gran Bretaña. Marrakech ha tenido la misma historia convulsa que Marruecos, que al ser puerta de África ha tenido que luchar contra portugueses, españoles y franceses.

En 1911 la capital pasó a Rabat, por lo que Marrakech perdió de nuevo relevancia.  Un año después, ante las revueltas contra el protectorado galo, el gobierno francés nombró señor de Marrrakech a Thami el Glaoui para que controlara la zona. Y así lo hizo, gobernando durante más de 40 años de manera dictatorial. Con la independencia del país, la población francesa se redujo, pero aún así, hoy en día Marrakech es una ciudad internacional con una importante comunidad de expatriados. En la década de los 20 y 30 llegaron muchos millonarios a invertir en la ciudad. A ellos se les sumaron en los 60 artistas e intelectuales que le dieron un ambiente extravagante a la ciudad con su estilo de vida festivo y provocaron el renacimiento de la ciudad en las décadas siguientes.

En los 80 y 90 se había convertido en ciudad de moda y atrajo al mundo de la alta costura, diseñadores, editores de revistas y modelos. Marrakech estaba en boca de todos y llegó la burbuja inmobiliaria. Muchos europeos, atraídos por esta fama de ciudad exótica y bohemia compraron antiguos edificios en la Medina para construirse una segunda vivienda o incluso riads. Así, mientras los marroquíes aspiraban a comprarse una casa en la ville nouvelle como símbolo de progreso; los extranjeros se iban haciendo poco a poco con propiedades en la ciudad histórica atraídos por el sueño oriental.

Aún hoy en día Marrakech queda dividida en dos partes: la Ciudad Vieja (la Medina) con sus murallas, sus serpenteantes callejones y sus edificios en tierra roja y la Ciudad Nueva con grandes avenidas y construcciones modernas que está en continuo crecimiento. Nosotros comenzaríamos con la Medina, ya que es donde se encontraba nuestro riad y que no contábamos con mucho tiempo útil aquella tarde. Teníamos en mente visitar algún palacio, pero con el retraso en la llegada solo podríamos tener una primera toma de contacto de la ciudad.

Pero ante todo, eran casi las cuatro de la tarde, por lo que nuestro primer objetivo era buscar un sitio donde comer. Y justamente, de camino a la plaza Jamaa el Fna vimos un puesto con una especie de triángulos de pasta filo que tenían buena pinta, así que no nos lo pensamos mucho y compramos uno para cada uno.

Entre las opciones había de queso y tomillo, pescado, pollo y vegetales. Las primas optaron por el de pollo, que estaba muy rico con un toque a la menta; y nosotros dos pedimos el de vegetales y el de queso con tomillo. La base de estos bocadillos (que luego descubriríamos que se llaman briouats) consta de unos fideos a los que se les añade el ingrediente en cuestión y especias al gusto. ¡Por 15 dirhams cada uno habíamos comido!

Por la hora que era sabíamos que no íbamos a poder entrar en ningún monumento, así que la idea era ver la plaza Jamaa el Fna, la Koutoubia, que está muy cerca, y meternos por los zocos para tener una primera toma de contacto. Tras callejear, salimos a la famosa plaza Jamaa el Fna, cuyo nombre, Asamblea de los Muertos, hace referencia a la época en que se exhibían las cabezas de los criminales clavadas en postes. Además de mostrar las ejecuciones, también servía de escenario para los desfiles. Hoy se ha acondicionado y está incluso pavimentada, pero sigue teniendo el punto caótico y siendo el lugar más importante de la Medina.

A esta bulliciosa plaza dan diversos locales comerciales, tanto tiendas como restaurantes, a los que se suman los puestos ambulantes de frutos secos y zumos. Según la temporada del año, son de un tipo de fruta u otra. A principios de noviembre encontramos que era popular el de naranja, pero también el de granada, con esa variedad tan oscura y que tiene un punto de acidez, como ya habíamos visto en Estambul. También numerosos puestos de hojas de té y plantas.

También podemos encontrar todo tipo de vendedores ambulantes intentando ganarse la vida. Desde malabaristas, hasta mujeres que tatuan henna (no muy recomendable) pasando por los que van con un mono para que te hagas una foto con el animalillo, los aguadores, las adivinas, los porteadores, los sacamuelas…

También, en el extremo oeste, se ubican las calesas, que ofrecen paseos alrededor de la ciudad.

Nosotros sin embargo no teníamos mucho interés en ninguna de las propuestas, por lo que continuamos con nuestro paseo hacia el minarete de la Koutoubia, que asomaba a lo lejos. De hecho, gracias a sus 77 metros de altura, puede verse casi desde cualquier parte de la ciudad.

Esta mezquita, iniciada en 1141 y completada cuarenta años más tarde (de hecho fue erigida dos veces porque la primera no se había orientado correctamente con respecto de la Meca), es la más importante de Marrakech, todo un icono y según una norma urbanística de la época del protectorado que aún está vigente está prohibido erigir edificios que la superen en altura (tampoco pueden hacerlo las palmeras). Con una planta de 60×90 es, además, una de las más grandes del Occidente musulmán. Le debe el nombre a un zoco que había a su alrededor, el Koutubiyyin. Y de ahí también que sea conocida como la Mezquita de los libreros.

Construida en arenisca rosada, su minarete de base cuadrada y estilo almohade nos traslada a la Giralda y nos recuerda las influencias árabes que tiene nuestro país fruto de su establecimiento entre 711 y 1492. De hecho, están realizadas por el mismo arquitecto. La nuestra está mucho más ornamentada, pero es que la de la Koutoubia ha perdido el revestimiento de azulejos y estucados que tenía hace tiempo.

En la parte delantera podemos ver un pequeño edificio blanco, un mausoleo en que se encuentra Lalla Zohra, la hija de un esclavo que se transformaba en paloma todas las noches.

A diferencia de lo que pudimos ver en Estambul, en Marruecos las mezquitas no están abiertas a los no musulmanes. Parece que la ley islámica lo permite siempre que se respeten unas determinadas reglas  (descalzarse, taparse el pelo las mujeres, no armar escándalo…) y sea fuera del horario del rezo. Igual que ocurre cuando entras en un templo o una catedral, vaya… Sin embargo en este caso son algo más estrictos,  herencia del protectorado francés, que fue quien instauró esta norma. Así que no pudimos entrar a su interior y tuvimos que conformarnos con rodearla.

En su lado oeste se pueden ver unas ruinas que pertenecen a una antigua mezquita almohade.

Cruzamos al parque Lalla Hasna, que se encuentra justo enfrente. Llevábamos tan solo unas horas en Marrakech pero ya me quedaba claro que era una ciudad bipolar. Caótica y pausada a la vez. Estresante o relajante según el lugar en que te sitúes. Desde luego este parque es todo lo opuesto a la plaza con sus bancos, sus árboles frutales y sus estanques y fuentes. Y de fondo, el imponente minarete.

Es un verdadero oasis en el que se ve todo muy limpio y cuidado. Las fuentes estaban funcionando, los setos estaban recortados… incluso había gente cogiendo las aceitunas de los olivos.  Está todo pensado al milímetro para que el lugar destaque por su encanto. Hasta los focos estaban tapados por falsas palmeras.

Tras el paseo por el parque y rodear la mezquita, volvimos a la plaza y nos adentramos por uno de sus pasillos hacia los zocos. Y es que Marrakech no se puede entender sin tocar su carácter comerciante y artesano. Los primeros habitantes de la ciudad vivían del comercio con los africanos y con los españoles que cruzaban el Estrecho. Importaban oro y marfil del sur y exportaban al norte artesanía realizada en cuero, metal y cerámica. Hoy en día el comercio sigue siendo el principal motor económico, por lo que los zocos siguen siendo parte del alma de Marrakech.

Este área comercial comienza al norte de la Plaza de Jamaa el Fna y se convierte en un laberinto de callejuelas en las que las pequeñas tiendas y puestos ganan espacio al pasillo exterior, por lo que es una saturación para los sentidos con tanto objeto ante los ojos.

Los zocos están divididos por gremios (alfombras, caftanes, calzado, especias, antigüedades, hojalata, marroquinería, tintoreros…), pero orientarse en ellos es imposible. Aquí no hay mapa ni gps que valgan. Yo sentí que nos dejábamos llevar por la gente. Y es que entre los que van a pie, los que van en bici, una moto que pasa haciéndose hueco de cualquier manera, un señor con un carro vendiendo pastas… si paras, pones tu vida en peligro. Era una primera toma de contacto, por lo que tampoco nos importó mucho el movernos así, aunque he decir que resulta un poco agobiante tanta aglomeración. Eso sí, dado que era tarde, no nos insistieron mucho los tenderos con lo de las compras.

Sin saber muy bien cómo (al menos yo que me pierdo en cuanto me das la vuelta) volvimos a la plaza, y como iba a empezar a atardecer, nos subimos a la terraza de un bar a tomarnos un refresco y ver cómo caía la noche sobre Marrakech. Impresionantes los tonos anaranjados mezclados con el bullicio de la plaza, con el canto de los muyaidines llamando al rezo y con los olores de los puestos de comida. Marrakech en estado puro.

Ya de noche aunque aún pronto (no serían más de las 8 y algo) volvimos a bajar a la plaza para ver cómo había cambiado una vez se habían instalado los puestos de comida. Este es el momento apoteósico de la plaza sin duda. Estuvimos cerca de media hora evitando a los representantes de los diferentes puestos que intentaban captarnos para su negocio. Que si más barato que en el mercadona y Can Roca, que si tenemos pollo a la Pantoja, que si te regalo la bebida, que si yo bebida y postre… Un auténtico estrés, pues a cada paso te sale un nuevo que te enseña la carta, te la recita y te suelta sus chascarrillos. Y les da igual que les digas que es pronto, te dicen que solo mirar y que te quedes con su cara y el número de su puesto. Al final acabamos mareados, pues como bien nos dijo uno de ellos intentando captar nuestra atención: “es la misma mierda en todos los puestos, difiere el precio y el servicio (y si te quieren regalar la bebida o el postre)”. A la tercera vuelta nos sentamos en uno de los puestos y pedimos unas brochetas. Nos pusieron también unos entrantes que no habíamos pedido y que acabaron retirándonos.

Los cuatro platos nos salieron por 300 Dirhams, y como novatada del primer día no está mal. Pero desde luego se puede comer mejor y más abundante en cualquier lugar que no sea la plaza. Pero bueno, había que vivir desde dentro el ambiente.

Con una peste a barbacoa nos volvimos al riad pues al día siguiente había que madrugar. Habíamos quedado entre las 8 y 8:30 con nuestro conductor para iniciar la excursión al desierto y antes había que desayunar y recoger.

Marruecos I. Día 1: Vuelo y llegada a Marrakech

Prácticamente cuando la gente ya estaba pensando en volver de puente, comenzamos nosotros nuestro viaje a Marrakech. Salíamos el sábado a las 11:35, y como no íbamos a facturar y ya llevábamos nuestras tarjetas de embarque, llegamos al aeropuerto una hora antes. Pasamos los controles pertinentes, tomamos el trenecito que lleva a la satélite de la T4 y para cuando quisimos llegar a nuestra puerta ya era casi hora de embarcar. Nos dio tiempo a pasar al baño y poco más, pues salimos muy puntuales rumbo a Marruecos, nuestro primer país de África (que no del suelo africano, pues las Seychelles también cuentan). Y, ¿qué conocíamos de nuestro país vecino? Pues poca cosa, la verdad, pero lo solucionamos en un momento.

Aparte de limitar al norte con España, lo hace al este con Argelia (aunque la frontera se encuentra cerrada desde 1994), al suroeste con el Sáhara Occidental y al sur con Mauritania. Además, tiene una línea costera de 1835 kilómetros sumando la parte mediterránea al norte y la atlántica al oeste. Destaca por sus llanuras (más extensas que las de Argelia o Túnez) y por la gran altitud de sus montañas (el pico más alto de Marruecos y de toda África del Norte está en el Alto Atlas). Cuenta con cuatro cordilleras: el Rif, el Atlas Medio, el Gran Atlas y el Anti-Atlas.

El área hoy ocupada por Marruecos parece haber estado habitado desde el año 8000 a. C. Mucho más tarde se asentaron los bereberes, los fenicios, los romanos, vándalos, visigodos y bizantinos. Aún así, a pesar del cambio de manos, las montañas siguieron bajo dominio bereber. A finales del siglo VII con la llegada del Islam, se produjo una modernización del país convirtiéndose en centro cultural y la mayor potencia regional. Creció aún más cuando varias dinastías bereberes sustituyeron a los idrisíes árabes. Primero llegaron los almorávides y después los almohades (quienes dominaron no sólo Marruecos, sino también gran parte del noroeste del continente y territorios de la Península Ibérica). Acabarían cayendo como consecuencia de varias guerras civiles.

Los siglos XV y XVI estuvieron dominados por la política colonialista de África por parte de Portugal. Al igual que hicieron en la India, construyeron fortificaciones, sin embargo, poco a poco tuvieron que ir abandonando sus posiciones ante los ataques musulmanes. La Corona española también hizo sus movimientos y en 1497 conquistó Melilla. Además, cuando Felipe II fue coronado en 1580 rey de Portugal, las posesiones que aún seguían perteneciendo a los lusos se incorporaron al Imperio Español. Cuando en 1640 Portugal recuperó su independencia, Ceuta sin embargo se quedó integrada en el territorio español. Además, cedieron Tánger a Inglaterra en 1661 como parte de la dote de Catalina de Braganza al casarse con el rey Carlos II.

En 1666 llegó la dinastía alauíta, que consiguió unificar un país dividido y mantener una estabilidad ante constantes ataques españoles y otomanos. Además, en 1684, tras persistentes presiones, consiguieron que los ingleses abandonaran Tánger.

En 1777 Marruecos fue uno de los primeros países en reconocer a los EEUU como nación independiente y en 1783 firmaron un Tratado de Amistad con John Adams y Thomas Jefferson que es el más antiguo de todos los que tiene el país americano.

Durante el siglo XVIII Europa estaba en plena Revolución Industrial y miraba con interés hacia África como fuente de riqueza además de como objetivo estratégico. Francia y España se centraron en Marruecos. España declaró la guerra en 1860 por Ceuta que acabó ganando y además en 1884 creó un protectorado frente a las Islas Canarias.

A principios del siglo XX tanto Francia como España establecieron zonas de influencia en el país y tras una crisis y una posterior conferencia en Algeciras, se permitió tanto a Francia como a España controlar la política de Marruecos. Más tarde, en 1912, con el Tratado de Fez, Marruecos se convirtió en un protectorado de Francia, mientras que Ceuta, Melilla y los territorios del sur fronterizos con el Sáhara Español quedaron bajo el protectorado de España.

En teoría Marruecos sería un Estado autónomo protegido por ambos países pero bajo la soberanía de un sultán. Sin embargo, en la realidad, tanto Francia como España controlaban la Hacienda, el Ejército y la Política Exterior.

Tánger, en 1923, obtuvo carácter de ciudad internacional. Como era de esperar, gran parte de la población marroquí se oponía a esta ocupación colonial y se produjeron varias revueltas llegando incluso a proclamarse la Repíblica del Rif, que ocupó entre 1921 y 1927 la parte norte del actual Marruecos. Sin embargo, españoles y franceses se unieron para declararles la guerra y recuperar el territorio.

Durante el protectorado galo cerca de medio millón de franceses llegaron a Marruecos y se hicieron con las mejores tierras de cultivo obligando a minifundistas marroquíes a vendérselas. También explotaron minas de hierro, cobre, manganeso, plomo, zinc y, sobre todo, los fosfatos de Juribga y Yusufía. Por otro lado, los franceses construyeron carreteras, puertos, ferrocarriles, redes de telefonía y mejoraron la conexiones aéreas. No se preocuparon sin embargo de invertir en vivienda o educación y muchos locales se vieron en la ruina al perder sus fuentes de ingreso tradicionales, sobre todo agricultores o artesanos.

Frente a este abusivo protectorado, aparecieron varios partidos nacionalistas (entre ellos el Partido Istiqlal) que luchaban por una independencia. Ya en la Carta Atlántica elaborada durante la Segunda Guerra Mundial elaborada entre EEUU y el Reino Unido quedaba reflejado que la población tenía derecho a elegir su forma de gobierno.

Durante los años 50 el nacionalismo siguió su expansión llegando a Casablanca, Rabat, Fez, Tetuán y Tánger. Primero comenzaron a apoyarlo la burguesía urbana, pero pronto se unieron también los campesinos. El Partido Istiqlal contaba con el apoyo de Mohammed V y de la Liga Árabe y en 1952 la situación acabó llevándose a la ONU. Francia pronto respondió y un año más tarde mandó al exilio a Mohammed V y colocó al sultán Mohammed Ben Aarafa, lo que provocó un mayor malestar si cabe en la población. Francia no solo gozaba de buena reputación en Marruecos, sino que no consiguió respaldo exterior.

La situación siguió escalando y durante el verano de 1955 en Marruecos se produjo una serie de atentados terroristas contra franceses lo que desembocó en una fuerte represión policial. Sin embargo, cuando en el otoño Aarafa abdicó, Francia, que estaba a la vez luchando una batalla en Argelia y tenía demasiados frentes abiertos, permitió el regreso de Mohammed V y un año más tarde comenzaron las negociaciones por la independencia, que será proclamada el 2 de marzo de 1956 provocando que un mes después Francia abandonara el país. En los dos años siguientes Marruecos recuperó territorios que habían estado controlados por España.

El 3 de marzo de 1961 Hassan II se proclamó Rey de Marruecos y el país se constituyó como una monarquía constitucional y de derecho divino al mismo tiempo. Ahí es nada. Un año más tarde, el 7 de diciembre, se aprobó la Constitución, aunque supuso un distanciamiento entre el rey y los partidos políticos, pues parece que Hassan II no era muy partidario de la democracia (y es que Monarquía y Democracia no terminan de casar bien).

En 1963 estalló una breve guerra con Argelia por sus fronteras conocida como la Guerra de las Arenas. Marruecos exigía el control de Béchar y Tinduf que, durante el protectorado galo, Francia había anexionado a Argelia, que por aquel entonces era su colonia. Durante esta década las tierras pertenecientes a los colonos europeos volvieron a terratenientes marroquíes.

En 1965 tuvo lugar una revuelta en Casablanca, lo que sirvió de excusa perfecta para el monarca para proclamar el Estado de Excepción y suspender la Constitución hasta 1970, cuando se proclamó una nueva. Eso sí, esta ya iba a medida del rey, lo que provocó la oposición de varios partidos políticos. Finalmente acabó aprobándose una tercera dos años más tarde. Durante esos años Hassan II sufrió tres intentos de asesinato por parte del ejército. Parece que no era muy querido.

En 1974 España anunció que iba a dejar el Sáhara y organizar para el año siguiente un referéndum de autodeterminación. Marruecos, que llevaba reclamando el territorio desde su independencia, se opuso a dicha consulta y pidió a la Corte Internacional de Justicia que se pronunciara al respecto. Esta respondió reconociendo que si bien el Sáhara Occidental tenía lazos legales de lealtad con Marruecos antes de la llegada de los españoles; esto no implicaba su soberanía y por tanto reconocía el derecho del Sáhara sobre su autodeterminación. Aún así, en noviembre del 75 Hassan II promovió una marcha civil y pacífica conocida como marcha verde para recuperar el territorio. No obstante, esta ocupación no está reconocida por la ONU y el Sáhara Occidental está considerado legalmente como un territorio no autónomo (aún no descolonizado) sin autoridad administrativa.

En la década de los 80 Marruecos entró en crisis económica, lo que provocó varias revueltas a lo largo del país. Se privatizaron varios sectores, el paro subió, el dirham cayó, hubo fuga de capitales, se recortaron subvenciones a productos de primera necesidad, se recortó en sanidad, educación, se pararon las contrataciones de funcionarios… La situación era crítica y hubo diversas huelgas y manifestaciones.

En los 90 se produjeron varios avances. En 1991 se llevó a cabo una reforma política y entre 1994 y 1996 se realizaron amnistías de presos políticos. En 1995 se reconoció la enseñanza en bereber y en 1996 se volvió a reformar la Constitución. Esta vez todo el Parlamento se elegía por sufragio universal y se creó una Cámara de Consejeros (algo similar a nuestro Senado). Un año más tarde hubo elecciones, aunque con el parlamento muy dividido.

Cuando en 1999 murió Hassan II, ascendió al trono Mohammed VI, quien al poco de suceder a su padre reformó el código jurídico de la mujer. Y más tarde, en 2004 introdujo importantes cambios en el código de la familia (al menos en la teoría). Por ejemplo pasó de 15 a 18 la edad mínima para casarse, quedaron abolidas la poligamia y la tutela del padre o hermano mayor sobre la mujer adulta no casada, las mujeres podrían elegir marido e incluso pedir el divorcio en igualdad de condiciones con respecto a la custodia de los hijos. No obstante, paralelamente también hubo retroceso de las libertades civiles. Cuando en 2003 Casablanca sufrió un atentado terrorista se amplió la prisión preventiva, se aprobó que la policía pudiera entrar en viviendas particulares sin orden judicial, interceptar el correo, las llamadas telefónicas y las cuentas corrientes.

En 2011, como consecuencia de las revueltas de la Primavera Árabe, se promulgó una nueva Constitución que fue respaldada por la mayoría de la población. En este último texto, entre otras medidas, se redujo el poder del rey a favor del Presidente del Gobierno, se garantizó que la Justicia sería un poder independiente y que los ministros serián elegidos en las urnas. Además, había un mayor reconocimiento de los derechos fundamentales y libertades básicas como igualdad de sexos, libertad de creación, expresión y opinión así como de acceso a información pública, de reunión, de manifestación, asociación y afiliación sindical y política; prohibición de la tortura, derecho a no ser detenido arbitrariamente, a presunción de inocencia, a no declarar, a la asistencia jurídica, a juicio justo, a la inviolabilidad del domicilio, a una educación pública, a la propiedad, al matrimonio…

Económicamente el país se ha estabilizado en las últimas décadas. Tiene una importante industria automovilística, siendo el país que más coches fabrica en todo el continente (por delante de Suráfrica). Dado que políticamente también ha estado bastante tranquilo con respecto a otros del continente, el turismo ha seguido creciendo en los últimos años llegando en 2013 a los 10 millones de visitantes. Los principales destinos son Rabat, Casablanca, Tánger, Fez y Marrakech, precisamente nuestro destino.

El vuelo fue muy tranquilo y en algo menos de dos horas estábamos aterrizando. A medida que el avión iba perdiendo altura pudimos ver cómo el paisaje árido y marrón pasaba a ser más verdoso, algo que me sorprendió bastante, la verdad.

El desembarque lo hicimos directamente por escalera a la pista y dado que no teníamos maleta facturada nos fuimos directamente a la salida. Aunque previamente teníamos que pasar por el control de pasaporte. Había varios puestos y aunque parece que los funcionarios no eran especialmente céleres, en unos veinte minutos habíamos pasado el trámite.

En el vuelo la tripulación nos había adelantado una tarjeta de inmigración en la que había que rellenar los datos personales, profesión y dirección durante nuestra estancia en el país. Una vez en la garita hubo que entregárselo al policía para que verificara los datos con el pasaporte. Además, nos hicieron una foto para registrar la entrada. A algunos nos preguntó si era nuestra primera vez en el país, a otros simplemente les realizó las comprobaciones rutinarias y, tras sellar el pasaporte y anotarnos el número de entrada, nos dejó continuar.

Un poco más adelante había otro agente que comprobaba que efectivamente teníamos el sello antes de salir de la terminal. Pero además, antes de salir a la calle había un mini escáner por el que tuvimos que pasar el equipaje. Marrakech se estaba haciendo de rogar.

Preparativos de nuestro viaje a Marrakech

A principios de año, mientras aún estábamos inmersos en los preparativos del viaje a Estados Unidos y Canadá mi hermano comentó que podía estar bien visitar Hong Kong y Macao a finales de año. Tenemos charlas de estas constantemente en las que salen destinos, fechas y planes. Hacemos cábalas sobre puentes, festividades, clima, ofertas… Y a veces salen viajes muy concretos, como este a Norteamérica; mientras que otros, como este a Hong Kong, se tienen que quedar en el tintero para una mejor ocasión. Pensábamos viajar los mismos que en el Road Trip por la Costa Oeste de Estados Unidos, pero con la baja de mi hermano, nos daba igual posponer el destino y buscar otras alternativas (será por globo terráqueo). Así pues, cuando volvimos de Canadá y nos vimos en un cumpleaños familiar el primer fin de semana de junio, valoramos con mi prima qué hacer con esos días de noviembre. Yo puse sobre la mesa tres destinos próximos que llevan en mi lista ya rondando un tiempo: Rumanía, Chipre o Marrakech. Al parecer ella tenía también en mente Marrakech, por lo que no hubo mucho que debatir. ¡Teníamos destino! Si es que somos muy fáciles.

Jugamos con las fechas a ver cuándo nos salían mejor los vuelos y un par de días después, tras tener la confirmación en el trabajo de los días de vacaciones, los saqué. Volaríamos directos con Iberia Express (solo equipaje de mano) por 80€ ida y vuelta.

El siguiente sábado quedamos con varios primos de mi marido y nos preguntaron por el viaje a Canadá así como nuestros próximos planes. Y claro, salió a colación Marrakech. Una de sus primas también tenía ganas de ir desde hacía tiempo, le cuadraban las fechas, el precio de los vuelos y la idea que llevábamos, así que el lunes a medio día, nada más tener confirmados los días, se sacó sus billetes en el mismo vuelo que nosotros.

Creamos un grupo en telegram para presentar a ambas primas y empezar a poner cosas en común, pero de momento el tema quedó un poco aparcado, pues yo estaba inmersa en los preparativos de los Balcanes. Eso sí, ya que estaba mirando coberturas para el seguro de Bosnia, aproveché también para sacar el de Marrakech.

Con la planificación de los Balcanes ya terminada, en el mes de julio empezamos a valorar cómo distribuir los 6 días que íbamos a estar en Marrakech. Pensamos que podíamos dedicar al menos la mitad en hacer alguna excursión fuera de la ciudad, ya que se localiza a medio camino entre Essaouira, una ciudad costera al oeste y el desierto al este. Además, al norte, a unos 250 kilómetros está Casablanca. Rabat y Fez parecían un poco lejanas para tan pocos días, sobre todo teniendo en cuenta que la vuelta la haríamos también desde Marrakech. Encontramos varias empresas que realizaban excursiones al desierto. Hay diferentes tipos, sobre todo teniendo en cuenta el número de días. Si tan solo se dispone de dos, suelen ofertar el recorrido hasta el desierto de Zagora; si se cuenta con tres hasta Merzouga; si se dispone de cuatro a Erg Chegaca y si tenemos hasta cinco días, podemos hacer la ruta Tuareg que para en Zagora y Merzouga haciendo una excursión algo más pausada.

Elegimos la intermedia, la de 3 días, pues parecía que Merzouga era más impresionante que Zagora por tener dunas más altas y arena más roja… Prácticamente todas las compañías ofrecían el mismo itinerario, actividades y paradas. Así que la decisión la tomamos en función de la disponibilidad de fechas. Por ejemplo, en un caso las excursiones salían los sábados, martes y jueves, lo cual no nos servía. Nosotros llegábamos un sábado a mediodía, así que no nos cuadraba la salida (que se hacía a primera hora de la mañana). Y la de los martes llegaba de vuelta a la ciudad el jueves noche pero nuestro vuelo salía a media tarde. Descartando por itinerario y por fechas, finalmente elegimos con la empresa Viajes Marrakech y la siguiente ruta:

Ya sabiendo los días que íbamos a estar fuera de Marrakech, nos quedaba buscar alojamiento para los días restantes, por lo que a finales de julio nos juntamos un sábado para buscar hotel. Bueno, en este caso queríamos dormir en alojamiento tradicional en lugar de en una cadena hotelera.  Lo típico en la zona es un Riad, que vendría a ser una construcción en torno a un patio central en el que destacan árboles (generalmente naranjos o limoneros) y agua (ya sea en forma de piscina, fuente o cascada). Suponen un remanso de paz en medio de todo el caos que es la típica medina árabe. No cuesta mucho imaginar de dónde viene la idea de los patios andaluces.

Comparando alojamientos descubrí que algunos se llaman Dar en lugar de Riad. Es el mismo tipo de construcción, pero el Dar es más pequeño, más familiar. No en vano, Dar en árabe significa casa. En cualquier caso, suelen tener una decoración muy cuidada, una atención muy personalizada e incluyen el desayuno. Al final elegimos dos diferentes. El Riad White Flowers para nuestra llegada y el Riad Magi para después de la excursión, ya que el primero de ellos no tenía disponibilidad para ambas fechas.

En septiembre, tras volver de los Balcanes estructuramos un poco por encima los días que íbamos a pasar en Marrakech. Y digo por encima porque con la configuración de la ciudad es difícil hacer una ruta clara. Dado que llegábamos el sábado a mediodía y nos íbamos el jueves a media tarde, contábamos con una tarde, una mañana y un día completo. Dos días en total.

Así, decidimos que la tarde del sábado sería para una toma de contacto con la Medina, pasear por los zocos, ver atardecer en la plaza principal y después vivirla de noche.

El resto quedaba un poco a la improvisación, aunque sí que llevábamos en mente visitar un par de palacios, las Tumbas Saudíes y los jardines de Yves Saint Laurent.

Sabíamos que aunque las mezquitas no nos iban a llevar mucho tiempo, ya que al no ser musulmanes tenemos prohibido el paso (no es como en Estambul, por ejemplo); habría que ver qué tal lo gestionábamos en la medina y, sobre todo, en el zoco, que bien podría llevarnos un par de horas o cuatro (depende de lo que nos gustara y de lo bien que se nos diera regatear).

Y con esto prácticamente quedó cerrado el viaje, ya que, como viene siendo habitual, sacaríamos dinero (la moneda de Marruecos es el Dirham) al llegar al aeropuerto con la Revolut o con la Bnext y teniendo la excursión al desierto y wifi en el riad, ni siquiera nos planteamos llevar alguna tarjeta de teléfono.

Solo nos quedaba la duda de qué ropa llevar, ya que noviembre la media histórica ronda los 24º de máxima y los 13º de mínimas. Sin duda temperaturas agradables gracias a que el sol ya no incide tanto. Con esos números podríamos apañarnos bien con pantalón, camiseta de manga corta/larga y una sudadera, chaquetilla de punto o jersey fino. Para por la noche bastaría añadir una cazadora. Sin embargo, con la excursión al desierto la cosa se complicaba, ya que no solo las temperaturas podían bajar a los 8º por la noche, sino que había que tener en cuenta el factor arena. Así pues, necesitábamos llevar algo de ropa térmica y algún pañuelo o fular para cubrirnos la piel (sobre todo la cara) y así evitar abrasión por la arena.

Y con el tema de la arena nos surgía además otro problema: el cómo proteger el equipo fotográfico, ya que es tan fina que se mete en todas partes. Lo solventamos comprando una funda estanca que aunque está pensada para el agua, nos haría el apaño. Ya in situ a ver cómo nos las apañábamos y si la usábamos o directamente haríamos fotos con el móvil. O incluso simplemente disfrutar del momento, que con tanta tecnología, a veces se nos olvida.

Con todo listo, solo nos quedaba esperar mes y medio a que llegara la hora de embarcar.

Trucos Viajeros: Consejos para hacer un Interrail (o viajar en tren)

Aunque este último viaje no ha sido realmente un Interrail, en realidad bebe de su esencia. De echarse la mochila a la espalda y recorrer Europa. Pero empecemos por el principio, ¿Qué es el Interrail?

Se trata de un billete que funciona a modo de abono y que permite viajar en tren por un país o varios de Europa durante un período de tiempo determinado (en los ferrocarriles nacionales, no en las compañías privadas). Nació en 1972 para incentivar el movimiento de los jóvenes menores de 21 años por el continente y a lo largo de sus casi 50 años de historia ha ido sufriendo modificaciones. Por ejemplo, ya no es solo para jóvenes, ni tampoco para europeos, sino que está abierta a cualquier ciudadano independientemente de su edad o nacionalidad. El requisito es contar con pasaporte de cualquiera de los países participantes en el Interrail, además de Albania, Andorra, Bielorrusia, Chipre, Estonia, Islas Feroe, Gibraltar, Islandia, Letonia, Liechtenstein, Lituania, Malta, Moldavia, Mónaco, Rusia, San Marino o Ucrania; O justificando una residencia mínima de seis meses en cualquiera de los países que forman parte de la oferta. Para el caso de quienes vivan en otro continente o no lleguen a ese mínimo de tiempo residiendo en alguno de los países, pueden elegir la modalidad Eurorail.

El Interrail también ha cambiado en cuanto a su estructura, ya que antes se dividía por zonas: Mediterránea, Norte, Centroeuropa, Europa del Este… y en la actualidad va en función del país y duración del viaje. Así, hoy en día hay dos tipos de billetes:

Si queremos viajar a dos países, lo más seguro es que salga rentable comprar dos One Country, pero siempre hay que echar cuentas para ver a partir de qué momento compensa decantarse por el Global. Aunque también existen algunos pases singulares como el Interrail Premium Pass (disponible para viajar por Italia y por España en la opción de hasta 8 días en un mes y que permite la reserva anticipada de asientos de forma gratuita) o el de Benelux, que no incluye un país, sino tres.

Y aquí ocurre algo interesante, porque aunque el de Benelux también existe en Eurail, en esta opción de billete para no europeos existe también el combinado de Escandinavia (Dinamarca, Noruega, Suecia y Finlandia) con el que puedes visitar cuatro países por el precio de uno (aunque las conexiones ferroviarias en Noruega son como son).

Pero no solo eso, sino que hay una opción muy interesante que es la del Eurail Select Pass, en el cual se pueden elegir hasta tres países limítrofes. Así se podría jugar con diferentes combinaciones como Alemania-Italia-Suiza, Austria-Alemania-Italia, Austria-Alemania-Suiza, Austria-República Checa-Alemania, Austria-República Checa-Hungría, Benelux – República Checa – Alemania, República Checa-Francia-Alemania, Francia – Benelux – Italia… Además, en la web RailEurope se puede encontrar el Balkan FlexiPass, el European East Pass (que lo compramos para Capitales Imperiales en 2015 siendo europeos, y es que solo ponía que no servía para los residentes en los países que incluía ) o el Central Europe Triangle Pass.

Eso sí, cabe señalar que Eurail no tiene One Country Passes para Serbia, Suiza ni Turquía además de Bosnia y Montenegro.

Una vez que hemos decidido el tipo de billete, tenemos que escoger la duración:

En el caso del One Country se puede elegir entre 3, 4, 6 u 8 días de viaje en tren dentro del plazo de un mes. En cada día elegido se pueden realizar viajes ilimitados. Sin embargo, si elegimos el Global Pass, tenemos bastantes más opciones:

  • 3, 5 o 7 días en un mes (consecutivos o no)
  • 10 o 15 días en dos meses (consecutivos o no)
  • 15 o 22 días (continuos)
  • Un mes, dos o tres meses (consecutivos o no)

En este paso hay que hacerse alguna pregunta como ¿Cuántos días me voy a mover en realidad? ¿Cuánto cuestan los billetes individuales? Porque puede ocurrir que salgan más rentables que el Interrail. O que si nos vamos a mover 6 veces, interese comprar el de 5 días y pagar aparte el más barato de los trayectos.

En cualquier caso, es muy importante escribir la fecha del día que se viaja antes de montar el tren. Esto es lo que valida el billete y que comprobará el revisor.

Ojo: Un día de viaje empieza a las 00:01h y termina a las 00:00h.

Para finalizar hay un par de aspectos más que influyen en el precio: la edad y la clase.

Según la edad hay tarifa:

  • Infantil: de 4 a 11 años. Los niños menores de 4 años viajan gratis si van acompañados de adultos (que lo lógico es que no viajen solos…).
  • Joven: menos de 25 años
  • Adulto: A partir de 26
  • Adulto mayor: A partir de 60

Y según la clase:

  • 1ª clase: Con más servicios (por ejemplo acceso a salas VIP de las estaciones), mayor comodidad (vagones menos llenos, más espacio para piernas y equipajes, asientos ergonómicos) y, por supuesto, más cara.
  • 2ª clase: la más económica y frecuente. Y en la mayoría de los casos suficiente, pues los trenes de Europa en general son cómodos y modernos (sobre todo en Centroeuropa).

El número es claramente visible en en tren a la hora de subir.

Normalmente todos los trenes “normales” están incluidos en el Interrail, pero hay algunos casos en los que no. Sin embargo, en ocasiones se puede pagar un suplemento y saldría más barato que comprar el billete individualmente. El billete de Interrail además ofrece descuento en otros tipos de transportes, como el ferry y accesos a museos, actividades o incluso alojamientos.

Una vez aclarados los diferentes tipos de billetes, empezamos decidiendo el destino y el itinerario. Para quienes disfrutamos de los preparativos tanto como del propio viaje, esta etapa es muy entretenida. Sin embargo también puede ser un quebradero de cabeza. En primer lugar habría que ver ciudad de entrada y de salida, marcar en un mapa los puntos de interés por los que se quiere pasar y después intentar unirlos siguiendo las conexiones y horarios disponibles. En la web se puede descargar el mapa de conexiones y además es muy útil la web alemana de Deutsche Bahn. En algunos países es fácil, sobre todo en Centroeuropa; si nos movemos a la Europa del Este, el tema es algo más complicado, como ya hemos visto en nuestros varios intentos de recorrer los Balcanes. Hay que intentar ser realista y aceptar que seguramente no dará tiempo a pasar por todos los lugares marcados en la idea inicial y que es muy probable que muchos se caigan a medida que avancemos en la planificación.

Y por esto considero que es importante planificar la ruta, aunque luego se deje abierta a la improvisación. Contar con la información sobre distancias, conexiones y horarios nos puede ayudar a gestionar mejor el tiempo eligiendo el mejor trayecto o evitando esperas innecesarias en estaciones semiabandonadas. A mí me gusta llevar las etapas más o menos claras porque así puedo organizar mejor mis visitas. Hay veces que quieres realizar una excursión o actividad y necesitas saber cuándo se da o si hay algún día que es gratis (como la entrada a algunos museos). O al revés, evitar un evento que no te interesa y que va a saturar la ciudad, lo que puede complicar la cuestión del hospedaje.

Cabe recordar que el Interrail solo es un billete de tren, por lo que habría que buscar el alojamiento por otro lado. Tradicionalmente se ha asociado a dormir en trenes nocturnos, estaciones o albergues, pero no tiene que ser así. Y supongo que en el inicio era así, cuando había limitación de edad y solo lo hacían jóvenes veinteañeros. Sin embargo, dado que el Interrail solo determina que has de viajar el tren, el resto lo puedes organizar como quieras. Y yo, personalmente, si voy a estar todo el día de acá para allá, quiero llegar por la tarde noche y darme una ducha y poder descansar bien para el día siguiente estar otra vez al pie del cañón. Pero al final depende de cada persona. Lo bueno de este tipo de viaje es que es totalmente flexible y se adapta al presupuesto y a la mentalidad de cada uno. Y la oferta en Europa es tan amplia que hay mucho donde elegir entre dormir en una estación y un hotel. Están el couchsourfing los hostales, los albergues, los apartamentos…

Una vez que hemos decidido cómo queremos viajar, adónde y cuánto tiempo tan solo nos queda preparar la mochila. La recomendación básica es llevar lo mínimo posible. Aunque hoy en día cada vez es más frecuente encontrar grandes y buenas taquillas en las estaciones para dejar el equipaje (o incluso en el alojamiento), a veces no es posible y hay que cargar con él, por lo que es de sentido común que lo mejor es que pese poco. Es decir, la recomendación básica para cualquier viaje: olvidarse de los porsiacasos y buscar prendas versátiles y cómodas.

Cuando es verano es sencillo, pues la ropa es bastante más ligera y ocupa menos. El problema es que también se suda más. No obstante, si el viaje va a ser superior a una semana (o en invierno) y se prevé que se va a necesitar de más mudas, quizá sea planteable buscar una lavandería o un alojamiento con lavadora. En cualquier caso es recomendable revisar la típica lista: un chubasquero (sí, en verano te puede llover en agosto fuera de España), una gorra, gafas de sol, protector solar, una toalla de secado rápido y unas chanclas, un pequeño botiquín y dos pares de zapatillas diferentes por si unas se mojaran, rompieran o nos produjeran algún tipo de roce, herida o molestia. Si es invierno cambiaríamos chubasquero por una chaqueta impermeable, la gorra por un gorro además de guantes y en el calzado al menos uno de los pares debería ser resistente al agua.

A mano conviene llevar la documentación y todo aquello que tenga algo de valor o necesitemos un acceso rápido (móvil, libro electrónico, auriculares, cámara, portátil si se llevara, cables, cargadores, adaptador universal, batería de respaldo, candado/s…). En realidad para viajar por Europa tan solo es necesario el DNI, pero yo personalmente soy partidaria de llevar el pasaporte cada vez que salgo del país. Sobre todo porque es más fácilmente identificable y porque puede que te lleves sello (como en Bosnia).

El cambio de un país a otro no suele ser mucho problema, simplemente se monta la policía de fronteras y piden documentación. Nosotros hemos observado que generalmente al enseñar el pasaporte europeo casi ni nos miran.

Por otro lado habría que pedir antes de partir la Tarjeta Sanitaria Europea y valorar si conviene llevar también un seguro de viaje, ya que esta en algunos casos no sirve (como Bosnia precisamente) y porque normalmente cubre lo mismo que a un local y la sanidad europea a veces es de copago. Puede que compense pagar un seguro de unos 50€ y curarse en salud, nunca mejor dicho.

Por supuesto, no nos podemos olvidar del dinero, puesto que aunque gran parte de Europa es zona Euro, recordemos que hay países que conservan su propia moneda. Como siempre, yo recomiendo sacar en destino antes que cambiar, y desde que he descubierto la Revolut y la Bnext, ni me lo pienso.

Y si la moneda única y las tarjetas prepago nos facilitan la vida, las aplicaciones en nuestro teléfono no se quedan atrás. Son unas herramientas muy útiles que nos pueden sacar de más de un aprieto. Algunas interesantes son:

  • La propia app de Interrail Rail Planner, que permite buscar horarios de los trenes o realizar reservas de asientos de forma anticipada entre otras funcionalidades. En algunas ocasiones es necesario reservar con antelación. Tal es el caso por ejemplo de los de alta velocidad, panorámicos y la mayoría de los nocturnos, aunque también en temporada alta.
  • Aplicaciones para organizar la visita a la ciudad como Triposo o Tripwolf.
  • Aplicaciones meteorológicas como ElTiempo para anticiparse a las inclemencias del tiempo.
  • Aplicaciones de mapas como el propio Google Maps, CityMapper,  Maps.me, CityMaps2GO o Moovit.
  • Aplicaciones financieras como la de nuestro banco para comprobar lo que nos cargan mientras estamos fuera del país,  Splitwise para cuando los gastos del viaje son compartidos o XE para saber a cómo está el cambio de divisas cuando estamos en país que no es Euro.
  • Algún traductor como el de GoogleWord Lens TranslatorCamDictionary.
  • Y otras de música, podcasts ( iVoox) o juegos para entretenernos en trayectos largos y monótonos.

Y desde que se eliminó el Roaming, navegar por internet es un problema menos, aunque tampoco está de mal recurrir a la opción sin conexión siempre que sea posible. Y de todas formas, hay lugares, como los Países Bajos, en cuyas estaciones y trenes hay WiFi gratuito.

Recorrer Europa en tren es una experiencia que hay que probar alguna vez en la vida. No es imprescindible un billete Interrail, sobre todo para estancias cortas; pero si se va a hacer un viaje de más de una semana y además cambiando varias veces de país, sin duda es recomendable. Hay que desterrar la idea de que es solo para jóvenes y adaptarlo a nuestro bolsillo, nuestros gustos, nuestra edad y nuestras ganas. Al final es como cualquier otro viaje, solo cambia el medio de transporte.

Conclusiones de nuestro viaje a los Balcanes

Después del intento fallido en el 2017, finalmente en el 2018 pudimos visitar los Balcanes, o al menos una parte de ellos, ya que las infraestructuras no lo ponen fácil a la hora de moverse entre los diferentes países. Decidimos ser realistas y centrarnos en Zagreb, Liubliana, Split y Sarajevo.

Habíamos planeado un día para Zagreb, otro para Liubliana, dos para Sarajevo y dos tardes para Split y nos salió bien, pues no tengo la sensación de que fuéramos a la carrera en ninguna de las ciudades. Sin embargo, quizá habría tenido más sentido dejar Sarajevo para otro viaje y centrarnos más en Croacia. Esto nos habría ahorrado los dos días que empleamos en la capital bosnia y otros dos de ida y vuelta, es decir, la mitad de las vacaciones. Esos cuatro días se podrían haber destinado para ver algo más de Eslovenia y ciudades costeras croatas como Pula o Zadar, o incluso alguna isla. Pero entonces habría sido otro tipo de viaje, más de sol y playa, más puramente veraniego. No digo que la costa de 1777 km de Croacia y sus más de mil islas no sean interesantes, solo que no era lo que buscábamos. Además, seguiríamos dejando Sarajevo para otro momento con el mismo problema de su aislamiento. Desde luego no es que el trayecto en bus fuera una maravilla, pero es lo que había. Y al menos el paisaje era interesante.

Sabíamos que iba a ser un golpe de realidad por la carencia de las infraestructuras y por la geografía de los Balcanes. Sí, seguimos en Europa, pero está claro que esta Europa no tiene nada que ver con por ejemplo Benelux, que cuenta con unas estupendas conexiones, una magnífica frecuencia y unos modernos trenes.

De hecho, moverse por Bosnia y Herzegovina (e imagino que Serbia, Montenegro…) no tiene nada que ver con otros países balcánicos como Croacia o Eslovenia. El tren en Croacia sí que era cómodo. Es verdad que también nos llevó una mañana viajar de Zagreb a Split, pero es que hablamos de más de 400 kilómetros y de un país muy verde en el que las carreteras y las vías ferroviarias van esquivando 8 parques nacionales, 11 parques naturales y 447 espacios protegidos.

Mucho más rápido es recorrer los 150 kilómetros que separan las capitales croata y eslovena. En un par de horas nos plantamos en la ciudad de los dragones. Eso sí, más complicado lo tuvimos para volver por un tren averiado.

Por lo demás, en esta ocasión no hemos hecho uso del transporte público nada más que para los trayectos desde y hasta los aeropuertos. Y es que las cuatro ciudades que hemos visitado son muy asequibles a pie. Tan solo en Sarajevo se nos quedaban puntos de interés en las afueras, pero lo solucionamos contratando una excursión.

En Zagreb el interior de la ciudad cuenta con una red de tranvías herencia de la época austrohúngara, y más allá, en la parte más externa, predominan los autobuses. Pero como lo que nos interesaba era conocer la ciudad, la pateamos. Incluso con una lluvia intermitente que nos acompañó durante todo el día.

No resulta complicado orientarse en la ciudad, pues se halla dividida en dos zonas: por un lado la Ciudad Alta, donde nació Zagreb, y por otro lado la Ciudad Baja, hacia donde se desarrolló la urbe entre el siglo XIX y principios del XX. El mercado de Dolac y la céntrica plaza de Trg Josipa Jelačića sirven como límite fronterizo entre ambos núcleos.

La Ciudad Alta, situada en una colina, es el casco histórico, donde nació la ciudad tras la unificación de las dos poblaciones enfrentadas de Gradec y Kaptol. No obstante, aunque se han unido, cada una de ellas sigue guardando su carácter. Mientras que Gradec destaca como centro administrativo y político y acoge imponentes edificios del siglo XIX, museos y galerías; por su parte Kaptol es el centro religioso por excelencia con la catedral como máximo exponente.

La Ciudad Baja, por su parte, presume de edificios de aire imperial, museos y vida cultural. Aquí no hay calles peatonales empedradas y un aire medieval, sino que tiene un trazado más regular, con espaciosas avenidas y numerosos parques que sirven de pulmón a la capital.

Situada entre la Europa Central y la costa adriática, ubicada a los pies del monte Medvednica y bañada por el río Sava, Zagreb combina la Croacia continental y la mediterránea. Tiene ese aire austrohúngaro, de gran ciudad, con espacios verdes y llena de vida artística y cultural; pero a la vez un carácter de ciudad pequeña en la que el ritmo es relajado y en la que se disfruta de lo tradicional.

Y si Zagreb nos parecía una ciudad en la que todo quedaba bastante cerca, en Liubliana aún más. A pesar de ser una capital, tiene unas dimensiones reducidas, eso sí, esto no significa que tenga poco interés. Al contrario, es una ciudad con mucho por descubrir, desde grandes plazas en las que predominan monumentales edificios, numerosos puentes sobre el río Ljubljanica, hasta estrechas callejuelas medievales pasando por restos romanos y un castillo en una colina que permite otear la urbe desde arriba. Podíamos haber subido andando, pero tomamos el funicular.

A los pies de la fortificación se halla la ciudad antigua, compuesta por dos barrios. Por un lado el del Ayuntamiento estructurado en tres plazas: Municipal (Mestni trg), Vieja (Stari trg) y Superior (Gornji trg); y por otro del de los Caballeros de la Cruz, al otro lado del río en torno a la Plaza del Congreso y la de la República.

Aunque varios terremotos han devastado Liubliana a lo largo de la historia, ha conseguido conservar las huellas de su pasado desde la ocupación de sus primeros pobladores hasta el día de hoy. Tras el seísmo de 1511, la ciudad fue reconstruida en estilo renacentista y barroco y, más tarde, después del de 1895, se siguieron los cánones del Art Nouveau, el Art Decó y el estilo Secesión vienés. Así pues, en la actualidad Liubliana tiene una riqueza arquitectónica de valor incalculable. La verdad es que nos sorprendió su aire a ciudad de los Habsburgo, casi me atrevería a decir que tenía más de austrohúngara que Zagreb.

Entre 1930 y 1960, durante el período yugoslavo, llegarían los rascacielos basados en modelos americanos, plazas abiertas poco ornamentales y moles de cemento como la Plaza de la República.

Nada que ver este tipo de plazas con las que habíamos visto en el casco histórico o con la Plaza Prešeren.

Liubliana fue sin duda la sorpresa del viaje con su carácter mestizo. No esperábamos encontrarnos restos romanos, un castillo, calles con trazado medieval en las que destacan edificios barrocos y renacentistas, huellas del imperio de los Habsburgo, arquitectura socialista e incluso un antiguo cuartel convertido en barrio alternativo.

Descubrimos una ciudad viva, joven, en la que la gente hacía vida en las plazas, en la calle, en los espacios verdes, en las terrazas junto al río… Quizá haya que volver a Eslovenia y ver qué más esconde.

Y si en Zagreb y Liubliana no habíamos necesitado más que nuestros pies para recorrerlas (y un funicular), en Split era todo mucho más sencillo, pues aunque es la segunda ciudad más grande del país, su casco histórico queda delimitado por las antiguas murallas del Palacio de Diocleciano.

Es verdad que la urbe se ha ido extendiendo más allá de sus muros, pero la parte moderna no tiene gran interés.

La mejor manera de descubrir cómo este palacio se fue convirtiendo en una ciudad fortificada es perderse por sus laberínticas calles llenas de ambiente. Además, al estar prohibido el paso de vehículos, el paseo es más agradable. Eso sí, no evita que haya que esquivar a gente en estrechas callejuelas.

Poco queda del palacio en sí, salvo los muros, algunos elementos originales de las construcciones romanas y restos arquitectónicos de períodos posteriores, pero quizá ahí radica parte de su encanto, en ver cómo es hoy en día y cómo fue hace siglos. Por ejemplo, se perdieron los templos de Cibeles y Venus, mientras que el de Júpiter, el único que ha llegado a nuestros días, lo ha hecho transformado en baptisterio de la catedral.

Split esconde mucha historia, y nos llamó la atención porque no se parecía a ninguna ciudad que hubiéramos visto antes. Aunque también cabe señalar que en algunas plazas y callejuelas tenía la sensación de estar en Dubrovnik.


Es cierto que apenas pasamos un par de tardes en ella y solo nos quedamos en la superficie, pero desde luego captó nuestra atención.

Sarajevo tampoco se quedó atrás en cuanto a atención, aunque era quizá la ciudad en que más expectativas teníamos. Tan tristemente conocida por la guerra al ser el epicentro del conflicto, es una ciudad muy interesante no solo históricamente, sino también en el aspecto cultural y gastronómico.

Encontramos cinco ciudades diferentes. Por un lado el Sarajevo turco en el barrio de Baščaršija, por otro el Sarajevo austrohúngaro, en tercer lugar el Sarajevo soviético, en cuarto el Sarajevo de la guerra y, finalmente, el Sarajevo del siglo XXI. Así, en un mismo paseo podemos sentirnos en los bazares de Turquía, en las calles de Viena o Budapest o en las grandes avenidas de Varsovia o San Petersburgo.

Ubicada en un valle y rodeada por colinas, sirve de conexión entre las culturas de oriente y occidente. Y esto se refleja en sus calles, en sus gentes. Es precisamente esta situación geográfica lo que hace que la ciudad quede compactada. Esto fue un contra en la guerra, pues era un objetivo claro desde las montañas. Sin embargo, como visitante, favorece el recorrido.

La autopista transeuropea conecta Sarajevo con Budapest al norte y con Ploče al sur, sin embargo, la falta de aparcamientos lleva a una mayor convivencia de peatones, bicicletas y favorece el uso de tranvía, trolebús y autobuses en el centro de la ciudad. En Stari Grad se puede pasear tranquilamente sin vehículos. El laberíntico barrio turco consta de calles estrechas adoquinadas e invita a perderse entre sus callejuelas, plazas y patios. La arquitectura, la gente, los bazares y mercados, las tiendas de artesanía distribuidas por gremios, el aroma a café hecho en un cazo de latón, a especias o a platos de la gastronomía bosnia, el olor a té moruno y cachimba, las delicias como los baklavás… todo recuerda a Oriente.

A medida que avanzamos por la calle Ferhadija nos adentramos en el Sarajevo austrohúngaro, con una palpable presencia de edificios de estilo imperial. Y no solo las construcciones, sino el diseño de las calles, más amplias.

Para ver aires del Sarajevo soviético hay que alejarse un poco más aún del centro. Aún se ven las grandes avenidas, como aquella que se convirtió en el punto de mira de los francotiradores serbios y algún edificio al más puro estilo brutalista.

Cerca de estas construcciones se ve el Sarajevo moderno, el que ha ido llegando tras la reconstrucción de la ciudad después del conflicto bélico. Han ido apareciendo rascacielos de vidrio y acero que destacan en el perfil urbano.

¿Y qué queda del Sarajevo de la guerra? Pues aunque cerca de un 80% de la ciudad ya se ha reconstruido, aún quedan visibles las marcas de la metralla en los edificios, se pueden encontrar agujeros en el pavimento y quedan para el recuerdo parques reconvertidos en cementerios en cuyas rápidas se repiten las fechas de fallecimiento.

Y más allá de lo material, en la memoria de sus habitantes quedan heridas que no cicatrizarán nunca. Porque aunque la ciudad se está recuperando y se ha convertido en el centro económico y cultural del país, ya no es lo que era hace 40 años. La Sarajevo del presente ha perdido el equilibrio entre nacionalidades y culturas y encontramos una clara predominancia musulmana que la aleja de aquel apelativo de Jerusalén de Europa. Las heridas están abiertas, pues las soluciones de la guerra no fueron más que parches que no zanjaron nada y Sarajevo está más dividida que antes. De hecho, a un paso tenemos Sarajevo Oriental, perteneciente a la Republica de Srpska con sus banderas de Serbia y sus carteles en cirílico.

La excursión que elegimos fue muy interesante. No solo por poder desplazarnos hasta el Museo del Túnel o a las pistas de bobleigh, sino por la conversación con nuestro guía que vivió la guerra en primera persona siendo un niño. Oír sus recuerdos humanizó el recorrido, aportando un punto de vista más cercano y situándonos en el contexto de los lugares en los que íbamos parando. En cada rincón de Sarajevo hay una lección de historia y recorrer la ciudad de este modo es un duro baño de realidad, pero te involucra más en el viaje. La verdad es que aunque estuvimos toda una mañana de acá para allá, se me hizo bastante corta.

Con respecto a los alojamientos, parece que también elegimos bien. Es verdad que el primero de Split era bastante justo, pero cuando valoramos las opciones, era el que mejor salía sopesando la proximidad al centro, a la estación y precio. Además, solo íbamos a estar una tarde.

El primero en Zagreb sin embargo sí que era bien espacioso. Contábamos con un par de habitaciones y un salón y cocina bastante amplios. También estaba bien ubicado, pues se encontraba a unos 15 minutos de la estación y no muy lejos del centro.

Una pena que nos confundiéramos a la hora de seleccionar las fechas y lo reserváramos solo para dos noches en lugar de tres. Pero afortunadamente no tuvimos problema a la hora de encontrar un techo con apenas 24 horas de adelanto. Aunque como solo lo íbamos a usar para dormir y ducharnos, es verdad que las exigencias eran inferiores. El apartamento tenía una distribución peculiar con un baño separado y minúsculo y una cocina con lo básico. Pero al menos tenía una habitación de buen tamaño con una cama doble y una individual y un salón comedor también bastante cómodo para tres.

Pero para espacioso el de Sarajevo. Teníamos solo una habitación, sin embargo, el chaise-longe del salón nos sirvió como segunda cama. La cocina era bastante grande y estaba perfectamente equipada. Además, contábamos con un comedor junto a ella que daba salida a un patio. Estuvimos bastante cómodos y además a un corto paseo del barrio turco.

Para nuestra última parada en Split antes de volver a casa elegimos de nuevo un piso de una habitación. Y es que los sofás-cama son muy socorridos en estos casos. No era un apartamento muy nuevo, de hecho se notaba en el baño, pero sí que tenía alguna reforma, como la apertura de la cocina, que sin duda favorecía un mejor aprovechamiento del espacio y daba una menor sensación de claustrofobia.

La idea de decantarnos por apartamentos en lugar de por hoteles vino motivada en parte por ser tres, ya que un piso nos daría más espacio que una habitación de hotel. Pero sobre todo porque nos daría la ventaja de contar con zonas comunes y cocina. No es que cocináramos mucho luego durante el viaje, de hecho, solo lo hicimos un par de días (pasta fresca en Split y huevos en Sarajevo), pero tener a mano utensilios facilitaba bastante la cosa.

Además de ese par de ocasiones, también comimos un día fuera en Zagreb, para probar el famoso ćevapi, que en realidad nos decepcionó un poco porque no era tan exótico como creíamos.

Y por lo demás, básicamente funcionamos a base de compra en supermercados y en las pekaras (panaderías). En los tres países había una gastronomía similar y podíamos encontrar puestos, quioscos y panaderías donde comprar los deliciosos burek, dulces, pizzas, empanadas y otros productos realizados con hojaldre o masa filo. Lo mismo solucionábamos un picoteo de media mañana que una cena o un picnic en un parque.

Aunque para picoteos nunca viene mal aprovechar los mercados y la fruta fresca y de temporada.

También probamos cervezas locales. Por parte de Croacia dos: Ožusjko (lager) y Karlovačko (de un sabor más amargo).

También la eslovena Laško, una cerveza suave, aunque con un regusto tostado.

En general el viaje salió según lo programado y el único incidente fue la confusión con la reserva del alojamiento de Zagreb que nos obligó a buscar algo de última hora. Visitamos todo lo que teníamos en mente, hicimos una excursión para empaparnos bien de la historia e incluso dejamos tiempo para la distensión con un Escape Room. Es verdad que tuvimos que hacer ajustes por la lluvia y mover la excursión a Liubliana de un día para otro, pero nada importante.

Para concluir, este fue nuestro resumen de gastos por persona:

  • Vuelo: 401€
  • Alojamientos: 132.39€
  • Seguro: 8.70€
  • Transporte: 80.54€
  • Excursión Sarajevo: 20.57€
  • Escape Room: 36€
  • Comida y algún recuerdo: 83.26€

Lo que hace un total de 738.46€. Sin duda no es un viaje caro, y menos como nosotros nos lo planteamos en plan mochilero. Aunque es verdad que en nuestro caso se nos subió un poco el hecho de ser en agosto y de comprar los billetes de avión tan solo tres meses antes siendo Croacia un destino tan turístico.

Con esto cerramos nuestro viaje a los Balcanes y ponemos la vista en el siguiente: Marruecos.