Berlín XI. Día 4: Excursión a Sachsenhausen

Amaneció otro día frío y gris en Berlín y tras desayunar tranquilamente en el apartamento, a las 9 nos estábamos poniendo en marcha rumbo al Campo de Concentración de Sachsenhausen. Para llegar desde Berlín se puede hacer con el S1  (Wannsee – Oranienburg), con el tren regional RE5 (Stralsund/Rostock – Neustrelitz – Wünsdorf-Waldstadt/Elsterwerda), o con el RB12. Siempre  hasta la estación de Oranienburg.

Después, hay un paseo caminando de unos 20 minutos hasta el campo o, si se tiene suerte con el horario, se puede tomar los buses 804 u 821 (solo días laborables) hasta la parada Gedenkstätte. Nosotros tuvimos suerte y al poco de llegar (10:23) salía el autobús, por lo que nos evitamos el paseo.

Una vez en el campo nos dirigimos al centro de visitantes para hacernos con una audioguía, pues aunque la visita se puede hacer por libre, el campo fue demolido casi por completo y es necesario seguir las explicaciones para completar lo que se ve. Las audioguías nos costaron 3€ y las había disponibles en alemán, inglés, español, francés, italiano, neerlandés, portugués y ruso.  También se puede optar por la visita guiada, algo más cara.

Un poco de historia

El 21 de Marzo de 1933 se aprobó el primer campo de concentración estatal en Prusia en una cervecería abandonada del centro de Oranienburg. Este primer campo estaba principalmente pensado para encarcelar a los adversarios políticos del régimen nacionalsocialista. Pretendía así disuadir de las protestas contra el régimen. Desde su apertura hasta que cerró en julio de 1934 alrededor de unas 3000 personas fueron apresadas, la mayoría de ellas oponentes políticos de Berlín, Oranienburg y áreas cercanas. Empezó con los comunistas, pero también había miembros del Reichstag y del Parlamento Regional de Prusia, empleados de la radio de Berlín y muchos intelectuales. Eran obligados a trabajar en la construcción y reparación de carreteras, ferrocariles y vías fluviales para las autoridades de la ciudad de Oranienburg.

El campo de Oranienburg fue reconocido, soportado financieramente y supervisado administrativamente por varios organismos estatales. Pronto el comandante del campo, Werner Schäfer, comenzó a usarlo como propaganda. No tardaría en aparecer en reportajes y artículos de la prensa alemana como campo “modelo”.

En julio de 1934, en la noche conocida como la Noche de los cuchillos largos, el campo fue tomado por unos 150 hombres de las SS liderados por el Inspector de los Campos de Concentración Theodor Eicke. Fue entonces clausurado y los prisioneros fueron trasladados al Campo de Concentración de Lichtenberg.

Sachsenhausen

Un par de años más tarde, el verano de 1936, se forzó a los prisioneros de los campos de Emsland a construir uno nuevo, el de Sachsenhausen. Fue el primer campo construido bajo las órdenes de Heinrich Himmler como Jefe de la Policía Alemana y serviría como modelo para la red de campos. Allí recibieron instrucción los guardias de las SS que más tarde serían responsables en otros lugares. En él se tomaban las decisiones sobre alimentación, castigos y torturas que después se aplicarían en el resto. En 1938 Sachsenhausen ganó un estatus especial por estar muy próximo a la capital del Reich.

Entre 1936 y 1945 pasaron más de 200.000 personas por el campo de Sachsenhausen. Entre los internos se encontraban tanto oponentes políticos del régimen como otros grupos a los que los nazis consideraban inferiores, ya fuera racial como biológicamente (judíos, homosexuales, gitanos…). En primer lugar la mayoría eran alemanes, pero durante la II Guerra Mundial llegaron decenas de miles de personas que habían sido deportadas de territorios ocupados. Para 1944 el 90% de los prisioneros eran extranjeros (la mayoría ciudadanos de la URSS y Polonia).

En un principio eran obligados a trabajar en fábricas pertenecientes a las SS, y es que los campos de concentración eran el pilar de la industria del país. A finales del verano de 1938 fueron forzados a construir una fábrica de ladrillos (Klinkerwerk) que sirviera para suministrar materiales a las diferentes obras que tenía planeadas el régimen nazi. Era una de las actividades más temidas, puesto que suponía agotamiento y torturas. En muchos casos incluso asesinatos deliberados. Cuando en 1941 se concluyó un barracón, Klinkerwerk se convirtió en un campo independiente. Desde 1943 las SS lo usaron para hacer armamento.

Otra tarea impuesta era la de la prueba de calzado. Fue establecida en 1940 y consistía en que los internos debían caminar durante días con diferentes zapatos y sobre distintas superficies para comprobar la calidad de los materiales.

Cuando el Ejército Rojo alcanzó el río Oder, los nazis prepararon la evacuación del campo. Unos 3.000 internos, considerados peligrosos por tener entrenamiento militar o por no ser capaces de moverse fueron asesinados. El resto, al menos unos 13.000, fueron conducidos a los campos de Mauthausen y Bergen-Belsen. Tan solo llevaban una ligera manta que les “protegía” de la nieve, algo de comida enlatada y un trozo de pan. Los guardas de las SS fusilaban a aquellos que estaban tan exhaustos como para poder seguir el ritmo de la marcha, después los ponían en un carro y eran quemados al atardecer.

En las primeras horas del 21 de abril comenzó la evacuación hacia el noroeste con más de 30.000 internos que aún quedaban. Estas marchas entre el otoño de 1944 y la primavera de 1945 fueron conocidas como las Marchas de la Muerte, pues miles de ellos murieron por el camino.

El 22 de abril los ejércitos soviético y polaco liberaron el campo donde aún quedaban unos 3000 enfermos así como personal sanitario. Lamentablemente unos 300 no consiguieron sobrevivir como consecuencia de las secuelas del tiempo recluidos. Fueron enterrados en seis fosas comunes cerca de la enfermería. En total, entre 1936 y 1945 se estima que pasaron por allí un total de 200.000 prisioneros, muchos de los cuales murieron por agotamiento, frío, enfermedades, trabajos forzados, malos tratos y desnutrición. Otros tantos fueron víctimas de las técnicas de exterminio. Los que consiguieron sobrevivir, fueron repatriados a partir de junio, después de un par de meses de recuperación física. Sin embargo, después de tantos años como prisioneros muchos no sabían qué hacer con esta libertad. Habían perdido sus hogares, su familia y muchos no tenían dónde regresar.

Dentro del plan de desnazificación, el ejército soviético estableció diez campamentos especiales, uno de ellos (el más grande de todos) fue este de Sachsenhausen, que acogió a unos 60.000 internos. Y aunque la mayoría funcionarios de bajo y medio rango del régimen nazi u oficiales de las Fuerzas Armadas alemanas; también se aprovechó para encarcelar a personas condenadas por los tribunales militares soviéticos, prisioneros de guerra soviéticos, y algunos perseguidos políticos. Parece que en esta época no se forzaba a los internos a trabajos, ni siquiera a salir al exterior, por lo que estaban hacinados en los barracones simplemente viendo pasar el tiempo.

Se estima que hasta que fue desmantelado cinco años después murieron 11.890 personas de hambre, frío y enfermedades. Fueron enterrados en tres fosas comunes en el Patio del Comandante, en la zona conocida como An der Düne, en el bosque de Schmachtenhagen. En 1990 se convirtió en cementerio y sirve como lugar de conmemoración.

Tras su cierre unos 7000 internos fueron liberados. Por otro lado, unos 5000 fueron entregados a las autoridades de la RDA para que continuaran con sus sentencias.

No fue hasta 1956, cuando los supervivientes extranjeros quisieron visitar el campo, que este se abrió al público. Además, el Central Comité del SED decidió levantar tres memoriales en los sitios de Buchenwald, Ravensbrück y Sachsenhausen. Este último fue inaugurado el 23 de abril de 1961, no obstante, quedó irreconocible, puesto que se eliminaron los edificios originales y se reconstruyó con nuevas estructuras. Se erigió además el monumento Triunfo del Antifascismo, un obelisco de 40 metros de altura.

Se creó un museo para contar la historia de los campos de concentración en general y de este en particular, que se localizaba en lo que en su día fue la cocina. Se centraba en mostrar cómo era el día a día, la resistencia y la liberación. Después se creó además el Museo de la Lucha Antifascista para la Liberación de los Pueblos de Europa en un nuevo edificio. Promovido por asociaciones de antiguos prisioneros extranjeros, mostraba a lo largo de 19 secciones divididas por país la resistencia a la Alemania Nazi.

Los barracones 38 y 39, reconstruidos de los restos originales, se dedicaron a los judíos, aunque la información era bastante escasa. Por otro lado, no existía apenas relato sobre gitanos, homosexuales, Testigos de Jehová u otro tipo de prisioneros que no fueran políticos.

En 1993 el Memorial pasó a formar parte de la una fundación federal y está financiado con fondos públicos. Entonces se inició una reforma integral y un rediseño del campo para preservar los edificios históricos. Hoy es un lugar de conmemoración y aprendizaje, así como un museo de historia contemporánea.

En la entrada podemos ver una maqueta del campo y la audioguía nos cuenta estos antecedentes históricos, cómo se estructuraba y las modificaciones que sufrió con el paso de los años.

Tras la introducción, nos dirigimos a la entrada por un paseo lateral. Durante el recorrido podemos ver varios paneles con fotografías en blanco y negro relatando la historia del campo desde su construcción hasta la Marcha de la Muerte y la posterior liberación del campo.

Lo primero que nos encontramos al entrar en el recinto es el edificio de la Torre A, la torre de vigilancia donde se halla la puerta de acceso al campo con el famoso lema de Arbeit macht frei (El trabajo te hace libre).

El reloj (es una reconstrucción) está parado marcando la hora en que fue liberado.

En el edificio encontramos una exposición bastante extensa sobre los miembros de las SS, sobre el funcionamiento del campo, su creación o detalles sobre cada uno de los edificios. Leer todos los paneles y seguir todas las pistas multimedia puede llevar bastante tiempo. Resulta abrumador contar con tanta información, afortunadamente al llevar audioguía es fácil seguir el recorrido.

Desde las ventanas alcanzamos a ver todo el recinto, tal y como hacían las autoridades de las SS. Aunque es difícil ponerse en su piel e imaginar qué se les pasaba por su cabeza.

Tras concluir la exhibición, comenzamos nuestra visita al campo. La imagen ante nuestros ojos es desoladora. Apenas quedan barracones en pie, sin embargo, si nos fijamos en el suelo podemos ver marcadas las trayectorias originales de los caminos, así como unos rectángulos que delimitan donde una vez se ubicaron los barracones.

También se conservan las vallas electrificadas y los paneles que amenazaban con un tiro en la cabeza si se acercaban a esa zona.

A mano derecha de la torre encontramos los Barracones 38 y 39, donde fueron hacinados los judíos. Hoy sirve como museo y pretende ilustrar las condiciones que tenían que soportar los que allí fueron recluidos. Podemos ver las literas, el comedor, los baños… Aún quedan marcas del incendio provocado por unos neonazis en 1992.

En algunos períodos había más de 400 hombres hacinados en estos barracones, por lo que asearse por las mañanas era muy complicado. Apenas contaban con 30 minutos para hacerlo de la mejor forma posible usando los dos lavabos que expulsaban solo agua fría desde el centro a modo de fuente.

Al lado se halla el edificio de la Prisión, con su propia exposición. Además de servir como cárcel (valga la redundancia teniendo en cuenta que eran prisioneros en un campo de concentración), era donde se ubicaban los cuarteles de interrogatorio de la Gestapo.

En la parte más alejada se halla la Torre E, que alberga una exposición sobe la relación entre Sachsenhausen y Oranienburg, el Museo del Campo Especial Soviético y el Sonderlager, donde se conservan los barracones de ladrillo donde se recluía a aliados y prisioneros importantes.

Continuamos hasta la Estación Z, o lo que es lo mismo, la zona de exterminio. Aunque Sachsenhausen fue concebido como campo de concentración, en la primavera de 1942 se construyó esta unidad de exterminio con un crematorio y una zanja de fusilamiento. En 1943 se añadió además una cámara de gas.

Recibe el nombre como contraposición a la Torre A. La A como entrada, la Z como salida. Macabro, sin duda.

En la grava vemos unas fotos que recuerdan el lugar en que fueron fusilados 10.000 prisioneros soviéticos en 1941.

Cuando llegaban al campo eran conducidos a una sala junto a un vestuario y la enfermería, por lo que pensaban que iban a pasar algún tipo de reconocimiento médico. Sin embargo, nada más lejos de la realidad. Se trataba de la unidad de ejecución y eran fusilados allí mismo. Los guardias no tenían ni que acercarse, pues colocaban el arma en un agujero en una de las paredes. Ninguno sabía lo que le esperaba, pues la música estaba alta para camuflar el sonido del disparo. Junto a esta sala había otra más en la que iban acumulando los cadáveres y que contaba con cuatro hornos móviles.

Casi para finalizar entramos en la zona de enfermería y la morgue. En realidad la enfermería no ayudaba mucho, sino que era un lugar de experimentación con humanos. Esterilización forzadas de judíos, gitanos y homosexuales; inyecciones de virus y bacterias a prisioneros sanos para estudiar su evolución, pruebas médicas para hacer seguimiento de la capacidad del cuerpo humano de adaptarse a condiciones climáticas extremas… En definitiva, eran tratados como cobayas de laboratorio. Los detalles son crueles y macabros.

La visita al campo es dura, si bien, el hecho de que haya desaparecido gran parte de las edificaciones no impacta tanto como cuando estuvimos en Dachau. Allí se conservan más barracones y se puede acceder a las cámaras de gas y al crematorio, lo que sin lugar a dudas no deja impasible a nadie.

Dachau

Dachau

En cualquier caso, sea cual sea, me parece una visita imprescindible para conocer la historia. Los episodios más duros y crueles han de estar presentes en nuestra memoria para no repetirlos. Aunque parece que no hemos aprendido mucho de aquellos errores.

Volvimos caminando a la estación, ya que los buses pasaban cada dos horas y nos tocaría esperar mucho. Y como aún nos quedaba también para poder tomar el tren, aprovechamos para comer en Oranienburg. No es que hubiera muchas opciones un domingo a las 14:30 de la tarde, así que nos conformamos con un McDonald’s y una hora más tarde regresábamos a Berlín.

Berlín X. Día 3 III: La Avenida comercial Tauentzienstraße

Tras comer, volvimos a Berlín, y como aún eran las 18:30 decidimos bajarnos en la parada Bahnhof Wittenbergplatz del U2 para dar una vuelta por el famoso Kauf des Westens. Conocido coloquialmente como KaDeWe, es el centro comercial más famoso de Alemania y podríamos equipararlo con el Harrod’s de Londres o las Galerías Lafayette de París. Inaugurado en 1907 con 24.000 m², hoy su superficie supera los 60.000 m², lo que lo convierte en el más grande de la Europa Continental.

En la planta baja se encuentran los departamentos de perfumería y cosmética así como joyas y relojes. Las plantas superiores acogen primeras marcas como Dior, Gucci, Dolce & Gabbana o Burberry. Muy fuera de nuestro presupuesto.

Sobre todo destaca la sexta planta, una planta panorámica con capacidad para más de 1000 personas que alberga el departamento de delicatessen más grande de Europa. Se pueden encontrar más de 30 puestos de especialidades culinarias de todo el mundo.

A la salida bordeamos el edificio, pues sus escaparates tenían una especie de Cortylandia. Cada año el KaDeWe decora sus ventanales con el Wichtel (gnomo ayudante de Papá Noel) en diferentes actividades. La temática de 2018 eran los viajes, así que podíamos verlo en Roma, Múnich, Copenhague, en la pasarela de Milán , en el Prater de Viena, en Bangkok…

Además de diferentes medios de transporte, como el metro de Berlín, el barco o el avión.

Junto al KaDeWe se encuentra la tienda de Lego, y pasamos también a echar un ojo.

Si en Chicago tienen representada la ciudad con un rascacielos en el escaparate, aquí pudimos encontrar una réplica de la Puerta de Brandeburgo (hecha con 521.405 piezas y con peso total de 1399 kg), un mapa del metro o el grafitti del muro del Trabant atravesando la pared (en 3D).

Además, pudimos encontrar otras maquetas como la de C3P2 o algunas relacionadas con Harry Potter.

En la puerta había una chica que repartía el pasaporte Lego, que puedes llevar a cualquier tienda del mundo y pedir el sello característico.

Seguimos recorriendo la Tauentzienstraße, la avenida comercial que discurre desde Wittenberplatz (donde se halla el KaDeWe) y Breitscheidplatz (junto a la iglesia Kaiser Wilhelm). En este tramo de apenas 500 metros se encuentran marcas como Zara, Uniqlo, Adidas, Pull&Bear, Bershka, Mango, Nike… Diseñada como un bulevar parisino durante el II Reich, el centro del paseo estaba decorado con motivos navideños y con el nombre de la ciudad iluminado.

Tras pasear la avenida de ida y vuelta, tomamos de nuevo el metro en la parada donde nos habíamos bajado y regresamos al apartamento. Con la tontería llegamos a las 9 de la noche, así que otro día intenso. Y para el domingo nos esperaba otra excursión fuera de la ciudad: Sachsenhausen.

Berlín IX. Día 3 II: Excursión a Potsdam. Jardines y Palacios

Desde la Puerta de Brandeburgo tomamos la Allee nach Sanssouci, que como su nombre indica, nos conducía al Parque Sanssouci. Sin embargo, no entramos en él, sino que lo bordeamos, pues pensábamos dejarlo para el final. En este extremos del parque destaca la Friedenkirche, la Iglesia de la Paz, de culto protestante.

Con una planta de tres naves sin crucero y un campanario independiente de 42 metros de altura, fue construida a mediados del siglo XIX intentando copiar los diseños de las iglesias primitivas cristianas de Italia siguiendo las directrices de Federico Guillermo IV. Precisamente este y su esposa Isabel Ludovica se encuentran enterrados allí (aunque el corazón del rey descansa en el mausoleo del Palacio de Charlottenburg en Berlín.

Bordeando el parque por la Schopenhauerstraße nos encontramos con el Obelisco que indicaba el límite del parque. Construido en 1748, está adornado por jeroglíficos, aunque son meramente decorativos, ya que por aquella época aún no se había comenzado a descifrar este tipo de escritura.

Frente a él, en la acera opuesta se halla la montaña Winzerberg, compuesta por cuatro terrazas escalonadas. Fue construida en 1763 como expansión del Palacio Sanssouci y se usaba como viñedo principalmente (aunque también había plantados manzanos y perales). En su punto más alto se erige la Winzerhaus, construida en 1849.

Tomando la Weinbergstraße nos acercamos a Alexandrowka, el barrio ruso de Potsdam.

Declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1999, esta colonia fue creada en 1825 por órdenes de Federico Guillermo III con el mismo fin que el barrio holandés: para que los inmigrantes (en este caso rusos) se sintieran como en casa. La diferencia era que mientras que los holandeses eran trabajadores, los rusos eran nobles y artistas que visitaban la corte del rey, que tenía una estrecha relación con el zar Alejandro I.

Hoy se pueden ver unas pocas de estas casas de maderas que parecen cabañas, una casa museo sobre la historia del barrio y su construcción e incluso una iglesia ortodoxa, la Alexander Newski, de 1829.

El barrio queda muy cerca del Neuer Garten, un parque de de 102,5 hectáreas que mandó construir en 1787 Federico Guillermo II. En su opinión el Parque Sanssouci de Federico el Grande se había quedado anticuado con su estilo barroco y la ciudad necesitaba uno más moderno. Quiso copiar el diseño de los  jardines de Dessau-Wörlitz con un diseño en el que predominan las áreas de jardín parcialmente cerradas y los árboles y las plantas creciendo de forma libre y natural. También se permitió que pastaran libremente las vacas, cuya leche se usaba para hacer mantequilla y queso en la granja del extremos norte del parque.

Su sucesor, Federico Guillermo III, ordenó rediseñar el jardín, que había quedado algo descuidado y cubierto de maleza, en un estilo inglés del siglo XIX con espacios abiertos, amplias zonas ajardinadas y caminos amplios.

En este parque Federico Guillermo II mandó construir como residencia de verano el Marmorpalais, un palacio estilo clasicista temprano, el único en toda Prusia. Construido en ladrillo rojo, en su origen era un edificio cúbico de dos plantas con un templo de planta circular en el tejado, las alas laterales fueron añadidas a posteriori, pues se ve que al rey se le quedó pequeño.

En uno de sus laterales se erige un obelisco de mármol en cuya base cuenta con cuatro medallones que representan cabezas masculinas de diferentes edades como símbolo de las cuatro estaciones.

No muy lejos se halla el que fuera el último palacio de la dinastía Hohenzollern, el Palacio de Cecilienhof, ordenado construir por Guillermo II para su hijo y su mujer Cecilie. Sin embargo la construcción se retrasó debido al estallido de la I Guerra Mundial y para cuando terminaron las obras casi se estaba proclamando la República de Weimar y la familia imperial marchándose al exilio. En realidad el matrimonio solo vivió allí un año (Cecilie se quedó hasta la II Guerra Mundial, momento en que se dio cuenta de que no tenía nada que hacer).

Diseñado intentando asemejar una casa de campo inglesa de estilo Tudor, destaca por su importante papel en la historia reciente al haber acogido la Conferencia de Potsdam celebrada el 17 de julio y el 2 de agosto de 1945 entre Churchill, Stalin y Truman. Fue en esta cumbre donde los tres líderes decidieron el futuro de Alemania y la Europa de posguerra en general.

El interior fue redecorado para la ocasión intentando agradar a los participantes y hoy en día se puede visitar para conocer cómo se desarrollaron aquellos días gracias a una exhibición con fotografías, audios originales y numerosos carteles. Nosotros no contábamos con mucho tiempo, por lo que paseamos por sus jardines disfrutando de su bonito aspecto exterior. A mí me recordó a las típicas casas de entramado bávaras.

En uno de sus jardines aún se puede ver la estrella hecha de geranios rojos con la que Stalin recibía a sus invitados. Eso sí, en diciembre no tenía color, imagino que no es la época en que florecen estas plantas.

El palacio cuenta con 176 habitaciones y hoy además de ser un lugar histórico también es un hotel.

Abandonamos el parque y nos dirigimos al Parque de Sanssouci, donde acabaríamos con la visita de la ciudad. Eran casi las dos de la tarde y apenas nos quedaban un par de horas de luz solar, por lo que no podíamos parar a comer. El hambre tendría que esperar al atardecer.

Desde que Federico Guillermo eligiera Potsdam como lugar donde establecer su residencia de caza en 1660 la ciudad se volvió muy popular entre la familia real prusiana y los más acaudalados querían trasladarse a ella para estar cerca de la corte. El Palacio Sanssouci es hoy en día uno de los más famosos de Potsdam y es Patrimonio de la Humanidad desde 1990.

Accedimos por su parte trasera, en la que el edificio se extiende con un un pórtico lleno de columnas formando un círculo y dejando una plaza en el centro.

La verdad es que esperaba encontrarme algo parecido a los palacios de San Petersburgo, ya que tiene tanto renombre y se lo conoce como el Versalles alemán, pero me dejó algo fría. Es verdad que en diciembre los jardines no lucían mucho y que no vimos el interior, así que vamos a darle el beneficio de la duda.

En los laterales encontramos varias glorietas realizadas de rejas y adornadas con detalles dorados. El pasadizo cuenta con varias estatuas, pero estaban tapadas.

Para visitar el interior del palacio hay que pedir hora en la web oficial. Es decir, se puede llegar y comprar la entrada, pero tiene aforo, por lo que si no las sacas con anterioridad, te puedes encontrar con que no hay disponibilidad. La visita se realiza con una audioguía y está prohibido hacer fotos, salvo que se pague un permiso fotográfico. Puesto que no íbamos a entrar, bordeamos el edificio para ver su fachada principal.

Construido entre los años 1745 y 1747, fue diseñado por Federico II el Grande como residencia de caza y retiro lejos de la pompa de la corta berlinesa. De hecho, el nombre del palacio toma la expresión francesa Sans-Souci que significa sin preocupaciones. El rey se mudaba al palacio cada verano con sus perros hasta su muerte en 1786. De hecho, está enterrado junto al palacio con sus 11 canes.

Ubicado sobre unas terrazas ajardinadas con viñedos, el palacio cuenta con una única planta en la que se disponen diez habitaciones principales. Está considerado como una de las máximas expresiones del rococó, un estilo en el que predomina la opulencia y motivos de la vida aristocrática despreocupada. Muy oportuno para una residencia de verano.

Tras la muerte del monarca el palacio se mantuvo vacío y descuidado hasta mediados del siglo XIX, cuando Federico Guillermo IV de Prusia ordenó restaurarlo y adaptarlo al estilo de la época para después trasladarse con su esposa. Así, se ampliaron las alas de servicio, se amplió la bodega y se trasladó la cocina al ala este. El ala oeste por su parte se convirtió en el ala de las mujeres (Federico el Grande estaba separado y en Sanssouci no se alojaba mujer alguna) y de los invitados.

Como decía, al ser diciembre, los jardines no lucían muy lustrosos, las fuentes estaban vacías y las estatuas y elementos decorativos estaban protegidos de las heladas, por lo que no vimos el conjunto en su mejor momento. Además, se nos puso a chispear y las nubes oscurecieron aún más el ambiente, así que tuvimos que ponernos en movimiento, pues aún nos quedaba mucho por ver.

Seguimos hacia el oeste, donde nos encontramos con el Historischer Mühle, un molino histórico de estilo holandés del siglo XVIII.

En 1737, ocho años antes de la construcción del palacio, el rey dio permiso al molinero Johann Wilhelm Grävenitz para construir un molino. Cincuenta años más tarde este estaba bastante dañado, por lo que se encargó al carpintero de la corte Cornelius van der Bosch que lo reemplazara por una nueva estructura. Concluido en 1858, fue declarado monumento en 1861.

Se hizo famoso por una leyenda que dice que Grävenitz y Federico II discutieron porque al rey le molestaba el ruido del molino y amenazaba con echarlo abajo. Sin embargo, el molinero contrató un abogado y pudo mantenerlo en pie.

Quedó destruido durante la II Guerra Mundial y fue reconstruido entre 1983 y 1993. Desde 2002 acoge en su torre de piedra exhibiciones sobre el comercio y la historia de los molinos, aunque cerraba todo el mes de diciembre, por lo que, aunque quisiéramos, no podríamos haberlo visitado.

El siguiente palacio en nuestra ruta por el parque fue el Orangerieschloss, mandado construir por Federico Guillermo IV a mediados del siglo XIX.

De estilo renacentista, recuerda a los palacetes italianos florentinos. El edificio tiene más de 300 metros de largo en cuya estructura central destacan dos torres gemelas. Cuenta con tres plantas y la estancia más importante es la Sal Raffael, que acoge una colección de cincuenta copias de las obras del pintor italiano Rafael Sanzio y alberga un tragaluz diseñado por el propio Federico Guillermo.

A día de hoy, aún se cultivan las naranjas que le dan nombre.

Desde arriba se alcanza a ver la Jubiläumsterrassen con la estatua del arquero y la fuente Springbrunnen vacía.

Continuamos por la Maulbeerallee hasta la penúltima parada de nuestra visita, el Neues Palais o Palacio Nuevo, construido entre 1763 y 1769 por orden de Federico el Grande para demostrar el poderío y la grandeza de Prusia tras la Guerra de los Siete Años. De estilo renacentista es el que más me gustó de todos los de la ciudad. De lejos.

Con más de 200 habitaciones decoradas y divididas en dos plantas es el más grande de todos. La parte central está rematada por una enorme cúpula de color verde donde descansan tres figuras que alzan una corona. El perímetro del palacio queda además decorada por más de 400 estatuas y figuras en piedra arenisca.

No llegó a usarlo como residencia real, sino que se empleaba para la recepción de monarcas y dignatarios importantes. Cuando se alojaba allí, Federico ocupaba el extremo sur del edificio, que consta de dos antecámaras, un dormitorio, un estudio y un salón de conciertos entre otros. Tras su muerte en 1786 se usó menos aún. No fue recuperado hasta 1859, cuando Federico III lo recuperó como residencia de verano. Después fue ocupado por el emperador Guillermo II, hasta su abdicación en 1918, momento en que se convirtió en museo (aunque fue saqueado por el Ejército Rojo durante la II Guerra Mundial). Hoy pertenece a la Universidad de Potsdam.

Aún nos quedaba una última parada, el Charlottenhof, un palacete neoclásico que parece abandonado. Erigido a principios del siglo XIX para el rey Federico Guillermo IV, fue de los últimos en construirse.

No nos recreamos mucho en él, pues ya digo que parecía abandonado. No sé si por la época del año, por su simplicidad o porque se estaban llevando a cabo tareas de mantenimiento.

Lamentablemente nos quedábamos sin luz, por lo que decidimos dar por concluida la visita a la ciudad. Nos quedó por ver, aparte de los palacios por dentro, la zona de Babelsberg (donde además de un extenso parque en el que se halla el palacio homónimo podemos encontrar los estudios cinematográficos UFA (Babelsberg Studios)) y el Glienicker Brücke (conocido como el puente de los espías ya que era donde norteamericanos y soviéticos se encontraban intercambios de espías capturados en la época de la Guerra Fría). Lógicamente, en una ciudad con tanta historia y en diciembre, es prácticamente imposible abarcar todo en un único día. Pero nos fuimos satisfechos.

Tomamos el bus muy cerca del palacio y en apenas 20 minutos estábamos en la estación de tren. Aprovechando que era bastante grande y había varios locales de restauración, buscamos un sitio donde comer. Elegimos el Asiana, donde podías combinar distintos tipos de fideos o arroz con salteados de verduras, carne o pescado.

A eso de las 5 de la tarde pusimos rumbo a Berlín.

Berlín VIII. Día 3: Excursión a Potsdam. Casco Histórico

Para nuestro segundo día en Berlín teníamos planes fuera de la ciudad. Nos íbamos de excursión a Potsdam, a unos kilómetros al suroeste.

Como habíamos hecho la compra el día anterior, pudimos desayunar tranquilamente en el apartamento y preparar las mochilas para pasar toda la jornada fuera. A las 9 de la mañana salimos a otra fría mañana y nos dirigimos a la estación Shönerhauser Allee, donde tomamos el S42 hasta Berlin Westkreuz. Allí cambiamos a la S7 que nos llevaría a Potsdam.

El viaje en tren es cómodo y corto. A eso de las 10:15 ya habíamos llegado. Teníamos el abono de transportes, que nos servía también para Potsdam, sin embargo, estábamos frescos y apenas había un paseo hasta el centro, así que fuimos caminando.

Potsdam fue fundada en el siglo VII como Poztupimi por los eslavos, aunque no se convirtió en ciudad hasta el siglo XIV. La notoriedad le llegaría en 1660 cuando Federico Guillermo I la eligió para establecer su residencia veraniega de caza.

Tras el Edicto de Potsdam en 1685 se convirtió en lugar de acogida de inmigrantes europeos. Su libertad religiosa atrajo a los hugonotes franceses, a rusos, holandeses o bohemios. Aún hoy podemos ver signos de estos pueblos en el barrio holandés y en Alexandrowka. Sin embargo, la ciudad creció sobre todo a partir del siglo XVIII, cuando, a pesar de que Berlín era la capital oficial de Prusia, la corte se mantuvo en Potsdam. De aquella época aún se conservan los palacios que han hecho que en 1990 fuera declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO.

En la historia reciente hay que señalar la famosa Conferencia de Potsdam, la reunión tras la II Guerra Mundial entre Truman (EEUU), Churchill (UK) y Stalin (URSS) en el Palacio de Cecilienhof donde acordaron un nuevo mapa de Europa.

A pesar de que es una ciudad pequeña, tiene bastante para ver, por lo que nos organizamos dividiendo nuestra visita en tres partes: por un lado el casco histórico, por otro la zona del Palacio de Cecilienhof y finalmente el Parque Sanssouci. Ya que no teníamos muchas horas de luz, asumimos que no íbamos a ver los palacios y nos centramos en patear la ciudad.

Desde la estación seguimos el curso de la carretera hasta llegar a la Otto-Braun Platz, que nos conduce a la plaza del Antiguo Mercado, Am Alten Markt. Este es el centro histórico de la ciudad y donde durante tres siglos se hallaba el Stadtschloss, un palacio erigido en 1662 que se convertiría en la residencia de invierno de los reyes prusianos.

Dañado tras la II Guerra Mundial, fue demolido en 1961 en la época de la RDA, que no quería ostentación de simbología prusiana. No ha sido hasta el presente siglo que se ha reconstruido.

Destaca el Fortunaportal, el pórtico de entrada al antiguo castillo. Diseñado por el arquitecto holandés Jean de Bodt en 1701 rinde homenaje al Emperador Federico III.

Recibe el nombre por la escultura de la diosa Fortuna que corona la cúpula sobre la puerta. Esta figura, realizada en cobre y cubierta de oro, a pesar de medir 2.15 metros y pesar unas 5 toneladas, gira cuando hace viento.

Frente al palacio se erige la Nikolaikirche (Iglesia de San Nicolás), el último trabajo de Karl Friedrich Schinkel, quien ni siquiera la vio acabada. Construida entre 1830 y 1837 en estilo clásico incorporó la cúpula años más tarde.

Tras quedar dañada en la II Guerra Mundial fue reconstruida y reinaugurada en 1981. Hoy, además de servicios religiosos (como el que justo comenzaba y nos impidió verla por dentro), también acoge conciertos gracias a su buena acústica.

En el centro de la plaza destaca un Obelisco de 25 metros construido en 1753. Hoy está decorado con retratos de Knobelsdorff, Schinkel, Gontard y Persius, los grandes arquitectos de Potsdam, aunque antes de su reconstrucción tenía medallones de reyes prusianos.

Si giramos hacia nuestra derecha nos encontramos con el Altes Rathaus (Antiguo Ayuntamiento), que data de 1755. Su fachada, en un tono azul pastel, es bastante sencilla. Lo que realmente llama la atención es su torre circular coronada con una figura dorada de Atlas sosteniendo el mundo sobre sus hombros.

A su lado, junto al Stadschloss, se halla el Palacio Barberini, mandado construir en 1771 por Federico el Grande en estilo italiano y hoy reconstruido y convertido en museo de arte moderno e impresionista.

Sin duda una plaza impresionante. Es pequeña, pero tiene una panorámica inigualable de sus 360º.

Tomando el lateral de la iglesia y después la calle Franz, llegamos a un peculiar templo, la Französische Kirche (Iglesia Francesa). Ubicada entre el barrio francés y el holandés, fue construida a mediados del siglo XVIII para dar un espacio a los hugonotes que llegaron a Prusia desde Francia.

De planta circular tratando de imitar el Panteón de Roma, fue un desafío desde el inicio de su construcción por estar ubicada en un terreno pantanoso.

En las proximidades encontramos otra iglesia, la de San Pedro y San Pablo, en cuya trasera se ubica el cementerio central soviético.

La captura de Potsdam en abril de 1945 supuso la muerte de muchos soldados soviéticos. Tras la guerra se les decidió dar honrada sepultura y por ello se buscó un espacio donde pudieran ser enterrados. Se eligió esta ubicación tan céntrica para que los alemanes recordaran las víctimas que tuvo que sufrir el Ejército Rojo para acabar con el nazismo. Hoy en día queda protegido por tratados internacionales y Alemania ha de conservar tanto este como otros cementerios de guerra de forma permanente.

En el centro se erige un obelisco de piedra arenisca de 14 metros de altura que reposa sobre un pedestal. Queda rodeado además por varias esculturas de bronce. Se trata de la representación de los cuatro brazos del Ejército Soviético: un guardia, un conductor de tanque, un soldado de infantería naval y un piloto.

El cementerio alberga casi 400 tumbas bien conservadas.

Y como se puede apreciar en las imágenes no todas tienen la misma forma (ni material). Y es que depende del rango al que perteneciera dicho soldado. En este caso se trata del Teniente Primero (ста́рший лейтена́нт) Ivan Nikiforovich.

Seguimos nuestro paseo hacia el Holländisches Viertel, el Barrio Holandés, conocido también coloquialmente como el pequeño Ámsterdam. 

A mediados del siglo XVIII en Potsdam había problemas con el agua del subsuelo, por lo que se pidió ayuda a los holandeses, los realmente versados en ganar terreno al mar. Los expertos proyectaron la creación de cuatro islas y para que a su llegada a la ciudad se sintieran como en casa, se construyeron según las directrices de Jan Bouman 134 casas al más puro estilo tradicional holandés en ladrillo rojo.

Se trata de apenas cuatro manzanas de casas dispuestas en hileras, pero es una zona muy coqueta llena de rincones muy fotografiables. Aunque había casetas dispuestas a ambos lados de la calle, se podían ver las cafeterías con sus terrazas de apenas un par de mesas, tiendas de artesanía y pequeños locales que hoy se ubican en los bajos de estas construcciones. Además, en la casa ubicada en Mittelstraße, 8 se puede conocer la historia del barrio.

Como decía, la zona estaba engalanada por la época navideña, por lo que la encontramos muy animada con gente en busca de sus regalos o simplemente disfrutando de un chocolate caliente o un Glühwein, de las salchichas o patatas fritas y de las actividades que se desarrollaban en torno al mercadillo.

Muy cerca, en la calle Friedrich-Ebert-Straße se encuentra la Nauener Tor, una de las tres puertas que aún se conservan en Potsdam.

Construida en el siglo XVII en estilo neogótico inglés, estaba unida por la muralla (ya derruida) a la Puerta de Brandeburgo.

Tomamos la Hegenallee, donde había varios puestos y camiones de comida, desde los tradicionales de fruta, verdura, pescado y carne a otros más relacionados con la temporada, como los del famoso vino caliente.

Esta calle nos conduce a la segunda puerta, a la Jägertor, la más antigua de la ciudad. Data de 1733 y desde que se derribó la muralla en 1869 se ha mantenido como monumento independiente.

Y como no hay dos sin tres, seguimos hasta la tercera, la Puerta de Brandeburgo.

Comparte nombre con la de Berlín, mucho más famosa y grande que esta, porque tienen en común que ambas marcaban que conducían a Brandeburgo. Como la Puerta de Toledo en Madrid, vaya. Esta fue erigida en el siglo XVIII para celebrar la victoria de Federico el Grande en la Guerra de los Siete Años, por lo que es más antigua que la de la capital. Además conducía a los distintos palacios y jardines reales.

En sus alrededores también encontramos mercadillos navideños con un gran abeto, casetas de madera y atracciones infantiles.

Era media mañana y apetecía comer algo, así que dimos un paseo por la Brandenburger Straße arriba y abajo buscando entre sus puestos algo que picar que no fuera tan empalagoso como un corazón de Lebkuchen o una salchicha. Al final acabamos comprando unos bretzels.

Apenas llevábamos un par de horas en Potsdam, pero su centro nos había sorprendido en el buen sentido, así que teníamos ganas de descubrir si las afueras mantenían el nivel.

Berlín VII. Día 2 V: Visita al DDR Museum – Museo de la RDA

Quedaba mucha tarde por delante, pero dado que no había ya luz, nos metimos en el DDR Museum, un museo interactivo dedicado a la vida cotidiana de la antigua RDA. Abierto en 2006, es uno de los más visitados de Berlín.

La entrada nos costó 9.80€ y la visita fácilmente puede llevar un par de horas, pues el museo cuenta con 35 áreas temáticas distribuidas en más de 1.000 m². Cada uno de estos espacios está salpicada de contenido multimedia y paneles informativos que sirven de explicación de los objetos expuestos, por lo que no es solo observar, sino que se puede (y debe) tocar y experimentar para sumergirse en el pasado socialista de la RDA.

El recorrido consta de tres partes: Vida pública, Partido y Estado y la vida en un bloque de viviendas. El siguiente mapa nos sirve para orientarnos:

Iniciamos la visita por la zona de Vida Pública. Antes de nada se nos recuerda la historia de la DDR y encontramos una maqueta de un tramo de muro con la vida a ambos lados y en el centro la torre de vigilancia. Justo detrás se halla uno de los mayores reclamos de toda la exposición: el famoso Trabant.

El Trabant, que habíamos visto ya en un mural de la East Side Gallery, era de fabricación propia y se exportaba a otros países comunistas. Era, por así decirlo, el 600 de la RDA, el coche más popular y el único al que podía aspirar la clase obrera.

Pudimos montarnos y hacer un viaje por las antiguas calles de la RDA gracias a un simulador.

En 1954 el gobierno dio la orden de comenzar a producir un coche de pequeño tamaño que compitiera con el escarabajo de la RFA. Las directrices eran que tenía que ser robusto, pequeño y barato. Llamado Trabant P50, comenzó a producirse en masa en 1958 en la fábrica VEB Sachsenring AutoMobilweke Zwickau. Aunque tenía varios defectos técnicos, y costaba repararlo (no solo económicamente, sino a la hora de encontrar las piezas), el Trabi enseguida se convirtió en todo un éxito.

Es cierto que comprarlo no era un proceso muy rápido, pues primero había que solicitar un permiso a la unión sindical y después, con dicho permiso concedido, había que encargarlo y esperar unos años a su entrega (a veces llevaba más de una década); pero esto estaba motivado, entre otros factores, a una cuestión de prioridades. Simplemente no se consideraba importante tener coche particular, ya que la planificación urbanística giraba en torno a los centros de trabajo y las viviendas se encontraban relativamente próximas. Para los movimientos en el tiempo de ocio el gobierno prefería fomentar el transporte público.

Junto al Trabant, expuesto en una columna, vemos precisamente el dispensador de tickets del transporte público municipal que se introdujo en la RDA a principios de los años 60. De este modo ya no había que pagar al conductor, sino que cada viajero tendría que sacar el billete en la máquina. Aunque el sencillo costaba 20 Pfennigs, en realidad el papel era expedido sin necesidad de pagar, pues se confiaba en honestidad de la gente.

Este método, que así de primeras puede parecer muy inocente (sobre todo en España que no pagaría nadie), no dista mucho del que sigue presente aún hoy en día. En el metro y tren no hay tornos y en el tranvía y bus se puede entrar por cualquier puerta y comprar el billete una vez dentro de los vehículos. Se da por hecho que la gente es legal y que va a pagar el viaje (o lleva abono).

Siguiendo con el recorrido, nos adentramos en el área de la Educación. El plan educativo, público y gratuito,  estaba centralizado y era igual en todo el estado desde la guardería. Tras diez años en la Oberschule los estudiantes pasaban a ocupar un puesto de aprendiz. Muy pocos continuaban con la formación y hacían la selectividad. En el curriculum educativo eran valoradas además las actividades sociales, una forma de dar puntos y de que los hijos de los obreros pudieran acceder a la universidad.

En la universidad las clases eran pequeñas, con un máximo de 25 alumnos por aula, por lo que facilitaba la familiaridad. Cada estudiante, independientemente de cuál fuera su elección, debía asistir a cursos de Marxismo Leninismo. Además, tenían que acudir a actividades deportivas  semanalmente y participar en un campamento militar de cuatro semanas (los hombres como oficiales de reserva y las mujeres como defensa civil). En 1981 el gobierno comenzó a pagar 200 Marcos mensuales a cada estudiante, lo que permitía un buen estilo de vida. Además, los buenos resultados académicos se premiaban con un bonus mensual de 150 Marcos.

Otro aspecto interesante es el de las Vacaciones. Los destinos más famosos dentro de la RDA eran las ciudades costeras (al Báltico), Thüringen y el Macizo del Harz, incluso las familias más grandes se lo podían permitir.

En el Báltico las playas nudistas se volvieron muy populares, ya que la cultura del nudismo estaba muy extendida entre la sociedad. Se veía la desnudez como una forma de mostrar la igualdad entre las personas, despojadas de cualquier bien material.

Aquellos que quisieran viajar al extranjero, podían elegir entre diferentes países hermanos, como Polonia, Checoslovaquia o Hungría.

Aunque también había una pequeña parte de la población que podía viajar al Oeste. Básicamente se trataba de funcionarios, académicos, artistas o deportistas de élite.

En el siguiente espacio encontramos la representación de un pequeño economato y varios paneles donde podemos cotillear los productos de consumo diario.

Igualmente interesante es pasear la mirada por el resto de objetos cotidianos que solemos tener por casa: una cafetera, un molinillo de café, la vajilla, los termos, los relojes, un ventilador, una cámara, una radio, la típica linterna de pila de petaca, las bombillas, un radiador, el secador, los rulos… La mayoría de los objetos sin obsolescencia programada y con gran durabilidad.

Lo cierto es que no tendrían gran variedad de marcas y opciones en el mercado, pero no distan mucho del tipo de productos que se podían comprar en España en los 60 o 70. Desde luego Moulinex hacía las mismas cafeteras, molinillos, secadores o tostadores, por poner algún ejemplo. Y por supuesto, no pueden faltar los objetos infantiles, ya no solo los juguetes (un triciclo, peluches, muñecas, construcciones, trenes de madera…), sino cuna, bañera, chupete, sacaleches y productos de higiene.

Y hablando de niños, en la siguiente zona podemos incluso conocer cómo era una guardería, los libros, juguetes y juegos educativos que se usaban en la RDA. No le faltaba detalle a la recreación.

Y hay un detalle que me pareció muy curioso. Los niños aprendían en la guardería a usar el orinal de una forma peculiar. No solo aprendían a controlar sus esfínteres, sino que también asimilaban el significado de colectividad. Y esto es porque había una especie de bancos con varios orinales (el Töfchenbank) donde se sentaban los niños a la vez y no podían levantarse hasta que todos hubieran terminado.

Dado que las mujeres representaban prácticamente el 50% de la población activa, las plazas de guardería fueron creciendo progresivamente. Así, mientras que en 1950 había unas 130 plazas por cada 1000 niños, en los 70 ascendió a 291 y para 1986 llegó a las 811 por cada 1000.

Continuamos al siguiente espacio de la exposición, el del Trabajo. En la RDA no había paro, especialmente para aquellos que se dedicaran a la producción o manufacturas. El museo cuenta con una pared que simula la costumbre de las empresas de elogiar y premiar a sus mejores trabajadores. También podemos ver la típica taquilla con el equipo básico de cualquier obrero.

Y por supuesto, no puede faltar la celebración del 1 de Mayo, el día del Trabajador.

Casi llegando a la final de esta primera parte de la exhibición, tenemos un pequeño rincón dedicado a los Medios de Comunicación. Había 39 periódicos, dos canales de televisión y dos de radio, pero todos tenían el mensaje oficial. Los miércoles los jefes de redacción de los diferentes medios tenían una reunión con el Zentralkomitee para recibir instrucciones. Además, el SED tenía un periódico propio, el Neues Deutschland.

Podemos sentarnos en la sala a ver la tele o incluso oír algún programa de radio. Eso sí, en alemán.

A continuación pasamos al último espacio de la Vida Pública, dedicado al deporte, a la cultura y al ocio. Podemos echar un futbolín o aprender los pasos del Lipsi, el baile que pretendía competir con el rock o el twist.

El deporte era muy importante en el socialismo. Había un lema: “Todo el mundo en todos sitios, ha de hacer ejercicio varias veces a la semana” y la Liga Alemana de Gimnasia y Deporte (DTSB) llegó a tener a mediados de los 80 unos 3.5 millones de miembros y aglutinaba diferentes grupos y asociaciones deportivas cuyas actividades eran, en la mayoría de los casos, gratuitas.

Entramos entonces en el área marcada en rosa en el plano, la dedicada a Partido y Estado. Esta zona, abierta en 2010 explica el funcionamiento del SED (Sozialistischen Einheitspartei Deutschland), el Partido Socialista Unificado de Alemania y podemos sentarnos en el despacho de un miembro de las altas esferas, donde, por supuesto, no puede faltar la simbología comunista.

 

Una parte importante del servicio al Estado era el Wehrdienst (la mili), y también tiene cabida en la exposición, donde encontramos desde el documento oficial hasta la vestimenta y objetos del soldado pasando por numerosos paneles. De hecho, esta parte del museo es algo más aburrida porque es todo lectura sobre guerra, defensa, paz armada. Mucho de política, poco de social.

En la última parte, antes de cambiar a la tercera sección, podemos comprobar cómo funcionaba la Stasi, incluso hay una recreación de una sala de interrogatorios y de un calabozo.

Aparcado delante se halla un segundo coche, pero este no era el de la clase trabajadora, sino el de los grandes cargos. Se trata de un Volvo.

Y por último llegamos a la tercera parte del museo, la dedicada a la Vivienda, a la que se accede por medio de un portal/ascensor.

Aunque estos típicos pisos de altos bloques se convirtieron en un paradigma de la RDA, en realidad se construyeron menos de dos millones de viviendas entre 1971 y 1988. Al igual que ocurría con los coches, acceder a un piso suponía mucha burocracia y podía llevar su tiempo. Eso sí, las parejas casadas y familias con niños (o a punto de tenerlos) tenían preferencia y los trámites podían agilizarse.

El piso piloto en el que nos encontramos es similar al de la imagen sobre estas líneas, y consta de un salón, cocina, baño y dos dormitorios. No le falta detalle: tiene el papel pintado típico de los años 70, el interfono, la decoración (ese póster de Modern Talking)… Y es que la mayoría de los muebles y objetos han sido donados por antiguos ciudadanos de la RDA.

Siguiendo con el estilo del museo podemos tocar, abrir armarios, sentarnos en el sofá, en la cama…, incluso probarnos la ropa por medio de un simulador digital.

En realidad, al igual que en la primera parte de la exhibición, no parece que la sociedad de la RDA difiriera mucho de la española de la época. No hay más que ver Cuéntame (cuando empezó). Mismo tipo de muebles de melanina, sofás de escay, líneas rectas… Y lo mismo en el baño. ¿Quién no conoce el mueble sobre lavabo de tres puertas de espejo o las cisternas de cadena?

Cambian los productos y marcas que usaban, poco más.

La cocina también nos traslada a esas cocinas de butano con ollas y cazuelas de colores chillones o con flores estampadas… Falta el aparador o la mesa y sillas de color azul verdoso… Por supuesto, de nuevo podemos tocar, abrir nevera, armarios, cotillear en las alacenas, tocar la vajilla…

Y con esto finalizamos nuestra visita al museo, una visita muy interesante y amena que nos acercó al contexto social, político y económico de la RDA. Gracias a su interactividad e innovador diseño pudimos experimentar de primera mano la vida cotidiana de la Alemania Oriental. Y aunque quizá no esté entre los museos imprescindibles si lo comparamos con el resto de pinacotecas de la ciudad, sin duda es uno de los más relevantes en cuanto a historia de Berlín y del país se refiere. Quizá la única pega que le pondría es que mucho contenido está escrito en alemán (obvio) e inglés, por lo que es necesario conocer alguno de los dos idiomas para completar el sentido de lo que estamos viendo en la exposición. Sería interesante la opción de contar con audioguía en más idiomas, sobre todo cuando es uno de los museos más visitados y valorados por los extranjeros.

Tras echar un ojo a la tienda, salimos de nuevo a la fría tarde berlinesa. A pesar de que ya era noche cerrada, tan solo eran las 6, por lo que decidimos aprovechar algo más el día antes de volver al apartamento. Y dado que teníamos buena combinación en S-Bahn desde Alexanderplatz, nos fuimos caminando hasta allí. El mercadillo navideño junto a la Marienkirche estaba en su máximo esplendor (se notaba que era viernes), así que nos dimos un paseo por los puestos y nos compramos un cucurucho de patatas de merienda. Estaban recién hechas y el calor nos sentó bien.

De vuelta en nuestro barrio hicimos una parada en el supermercado REWE para cargar para toda nuestra estancia. Compramos para desayunar, bebida, sopa y fideos de sobre y algún que otro plato preparado para poder solucionar las cenas tras todo el día fuera.

Y con una ducha y una cena dimos por concluido el día, que había sido bastante completito.

Berlín VI. Día 2 IV: De la Berliner Dom a la Gendarmenmarkt

Tras la visita a los patios continuamos nuestro paseo hacia la Isla de los Museos. Tomamos la calle Vera Brittain-Uber, que sigue el curso del Spree y permite ver parte de dicha isla. A la altura de la catedral nos encontramos el conjunto de esculturas de Wilfried Fitzenreiter conocido como Drei Mädchen und ein Knabe (3 muchachas y un muchacho).

Estas esculturas de bronce se colocaron en 1988 frente al Hotel Palast, sin embargo en 2007 fueron movidas a esta ubicación a orillas del Spree, junto a las escaleras que llevan al Museo de la DDR.

Nos dirigimos al Friedrichsbrücke para cruzar a la Museuminseln, donde se encuentran los cinco museos más importantes de la ciudad. Este puente, que sustituye al Pomerantzenbrücke que separaba en su día las poblaciones de Berlín y Cölln, nos da una buena vista del lateral de la catedral.

En el otro extremo del puente, además de con este templo, vamos viendo cómo aparecen ante nosotros los diferentes museos.

El primero de ellos en ser inaugurado fue el Altes Museum (el Museo Antiguo), en 1830, lo cual supuso que el arte ya no solo fuera accesible a las clases altas. Después le siguió el Neues Museum (el Museo Nuevo), conocido en su inauguración como Museo Real Prusiano.

En 1876 abrió las puertas la Nationalgalerie  – hoy Alte Nationalgalerie – (la Antigua Galería Nacional) y finalmente a principios del siglo XX lo hicieron el Museo del Emperador Federico (hoy Bode-Museum) y el Pergamonmuseum (el Museo de Pérgamo), cuya apertura coincidió con el centenario de la inauguración del primero.

Con la II Guerra Mundial quedaron en ruinas y aunque fueron parcialmente renovados en la época de la RDA, la mayor restauración se llevó a cabo a partir de 1999, cuando se llevó a cabo un plan en el que todos los museos quedaran conectados bajo tierra a través del Paseo Arqueológico.

Junto al Lustgarten, y a un lateral del Altes Museum, se erige la Berliner Dom, la catedral de Berlín, cuya cúpula es fácilmente divisible desde varios puntos de la ciudad.

El edificio se halla donde anteriormente se encontraba una catedral barroca de 1747 que fue renovada en 1822 en estilo neoclásico. Sin embargo, el diseño de Karl Friedrich Schinkel le pareció muy sencillo al emperador Guillermo II y ordenó que se demoliera y se construyera una más majestuosa que mostrara el poderío de los Hohenzollern. Ansiaba una nueva más grande y ostentosa que hiciera sombra a la Catedral de San Pedro en Roma y a la de San Pablo en Londres.

Así, entre 1895 y 1905, se levantó una en estilo neobarroco diseñada por Julius Raschdorff con unas dimensiones de 114 metros de largo, 73 de ancho y 116 de alto y que se ha convertido en el edificio religioso más importante de Berlín. Y lo curioso es que, a pesar de su nombre, nunca ha sido realmente una catedral, pues no ha alojado a ningún obispo católico, sino que es de culto protestante.

Quedo severamente dañada con la II Guerra Mundial como consecuencia de una bomba que cayó sobre su cúpula en 1944. La RDA sin embargo no se dio prisa en restaurarla, ya que había otras prioridades en cuanto a presupuestos se refiere. Así pues, se colocó un techo provisional para protegerla y los trabajos de recuperación se llevaron a cabo entre 1975 y 1993. Recientemente, en 2008, se inauguró la nueva cruz que corona la cúpula. De hecho, en las fotos de nuestro último viaje se ve cómo aún estaba cubierta.

En este caso nos encontramos con que estaban restaurando una de las torres.

En el interior destaca el altar (construido con mármol blanco y ónix amarillo), la cúpula de 85 metros de altura, sus capillas y la cripta – la Hohenzollerngruft – que alberga las tumbas de los miembros de la dinastía de los Hohenzollern fallecidos desde finales del siglo XVI hasta principios del siglo XX.

Además, 270 escalones llevan a la monumental cúpula, desde donde se obtiene una magnífica panorámica 360º de la ciudad.

Frente a la catedral se ubica el Berliner Stadtschloss, el Palacio Imperial, que se encontraba aún en reconstrucción.

Este palacio fue el edificio más importante de la administración prusiana y la principal residencia de los Hohenzollern desde el siglo XVIII hasta la caída del Imperio Alemán, al final de la I Guerra Mundial. Se construyó para unir a Berlín y Cölln y se convirtió en el centro de la nueva ciudad. Fue en 1701 con la coronación de Federico I de Prusia cuando pasó a ser residencia real.

Quedó gravemente dañado en la II Guerra Mundial, y fue reducido a un solar en 1950, ya que para la RDA simbolizaba el absolutismo prusiano. En una parte del terreno se erigió entonces el Palacio de la República, un edificio moderno que fue sede del Parlamento de la RDA además de darle otros usos administrativos y culturales.

Esta construcción fue demolida en 2006 y en su lugar se ha proyectado el Humboldt Forum, que recupera el edificio original además de incorporar una biblioteca, salas para exposiciones temporales de los museos de Berlín e incluso una estación de metro en su interior. Esta parte más moderna, la que vemos en la foto superior, había sido abierta en agosto. Para el resto del edificio habría que esperar al 14 de Septiembre de 2019, el 250 aniversario del nacimiento de Alexander von Humboldt.

Dado que pretendíamos visitar los museos por las tardes, cuando ya no hubiera luz, dejamos atrás la Isla de los Museos y seguimos con nuestro paseo hacia la avenida Unter den Linden, una de las principales arterias de la ciudad.

En ella se encuentra la Neue Wache, un monumento conmemorativo de las víctimas de la guerra y de la tiranía. En su puerta encontramos una placa que reza:

“Conmemoramos a los pueblos que sufrieron por la guerra. Conmemoramos a sus ciudadanos que fueron perseguidos y perdieron la vida. Conmemoramos a los caídos de las guerras mundiales. Conmemoramos a los inocentes que perdieron la vida a causa de la guerra y de las consecuencias de la guerra en la patria, en el cautiverio y en el destierro. 

Conmemoramos a los millones de judíos asesinados. Conmemoramos a los Sinti y Toma asesinados. Conmemoramos a todos aquellos que fueron asesinados por su origen, por su homosexualidad, por estar enfermos o ser débiles. Conmemoramos a todas las víctimas a las que se le negó el derecho a la vida.

Conmemoramos a todos los seres humanos que tuvieron que morir a causa de las convicciones religiosas o políticas. Conmemoramos a todos los que fueron víctimas de la tiranía y murieron siendo inocentes.

Conmemoramos a las mujeres y los hombres que sacrificaron su vida en la resistencia contra la tiranía. Rendimos homenaje a todos los que eligieron la muerte para no doblegar su conciencia.

Conmemoramos a las mujeres y los hombres que fueron perseguidos y asesinados porque se opusieron al régimen totalitario de la dictadura después de 1945″.

El edificio de estilo neoclásico fue construido entre 1816 y 1818 para el rey de Prusia Federico Guillermo III y desde su inauguración hasta 1918 albergó a la Guardia Real. Sin embargo, en 1931 el Gobierno Prusiano ordenó reformarla y crear un lugar conmemorativo para los caídos en la I Guerra Mundial. Por aquel entonces en el centro del recinto había un bloque de granito con una corona de roble en hierro plateado.

Con la II Guerra Mundial quedó seriamente dañado y la RDA lo reconstruyó como Monumento de Conmemoración a las víctimas del fascismo y del militarismo. En 1969 se le añadió una llama eterna en el centro del recinto y se enterraron un soldado y un preso desconocidos en tierra traída de los campos de batalla de la guerra y de los campos de concentración. Desde 1993 es el principal monumento conmemorativo del país.

En el interior bajo un agujero que permite la entrada cenital de luz natural se encuentra la escultura de Käthe Kollwitz “Madre con su hijo muerto”.

En la acera opuesta se erige la Berliner Staatsoper, el edificio de una de las tres óperas de Berlín. Las otras dos son la Deutsche Oper Berlin y la Komische Oper.

Fue encargada por Federico II de Prusia y construida entre 1741 y 1743 como Ópera Real. Desde entonces ha sido reconstruida en diversas ocasiones. La primera de ellas como consecuencia de un incendio en 1843 y, por supuesto, un siglo después tras la II Guerra Mundial. Además, ha sido restaurada entre 1983 y 1986 y recientemente entre 2010 y 2017 llevando a cabo importantes modernizaciones para mejorar la visibilidad de todas las butacas así como la acústica.

Uno de los laterales del edificio de la Ópera da a la Bebelplatz, tristemente conocida por ser la plaza donde en 1933 la Liga Estudiantil Alemana Nazi quemó los libros que consideraban inapropiados. Básicamente todos aquellos que no comulgaban con sus ideas. Como recuerdo hay escavada una biblioteca que tiene las estanterías vacías como símbolo de todos aquellos libros que ardieron.

Junto a esta biblioteca subterránea se halla una placa con una frase del escritor Heinrich Heine: “Ahí donde se queman libros se acaba quemando personas”. Lo paradógico es que lo dijo bastantes años antes (murió en 1856).

La plaza queda flanqueada además de por la Ópera, por un edificio de la Universidad de Humboldt y por la pequeña Sankt-Hedwigs-Kathedrale (Catedral de Santa Eduvigis), la iglesia católica romana más antigua de la ciudad y la única hasta mediados del siglo XIX.

Fue ordenada construir en el siglo XVIII por el emperador prusiano Federico II el Grande. De estilo neoclásico e intentando emular el Panteón Agripa, fue dedicada a la santa patrona de Silesia y Brandeburgo, Santa Eduvigis de Andechs, y conmemora la llegada de los inmigrantes silesios católicos a Brandeburgo y Berlín. Tras quedar destruida en la II Guerra Mundial, fue reconstruida entre 1952 y 1963.

La bordeamos y, tomando la Marktgrafenstraße, llegamos a la Gendarmenmarkt, una de las plazas más bonitas arquitectónicamente hablando de todo Berlín.

Apenas se podía apreciar por el mercadillo navideño pero forma un conjunto armónico con las dos catedrales (la alemana al sur y la francesa al norte), y el Konzerthaus. La estatua de Schiller domina la plaza que ha cambiado varias veces de nombre desde su construcción en 1688. En su inauguración fue Linden Markt, después ha sido Friedrichstädtischer Markt y Neuer Markt antes de tomar Gendarmenmarkt a finales del siglo XVIII tras haber sido usada por el regimiento de caballería “gens d’arms”. Volvió a ser renombrada como Platz der Akademie en 1950 con motivo del 250 aniversario de la Academia de las Ciencias, pero tras la reunificación, en 1991 retomó el de Gendarmenmarkt, que conserva hasta la actualidad.

Los tres edificios forman una U, quedando las dos catedrales gemelas enfrentadas y el Konzerthaus en el centro. En realidad, la Französischer Dom, la Catedral Francesa, es más que una iglesia, ya que, aunque alberga la Französische Friedrichstadtkirche, también acoge el Hugenottenmuseum (El Museo Hugonote) y un mirador. 

La iglesia fue construida entre 1701 y 1705 para la comunidad francesa protestante, los hugonotes, que buscó refugio en Prusia gracias al Edicto de Potsdam concedido por Federico Guillermo.

Quedó dañada con la II Guerra Mundial al igual que el resto de edificios de la plaza y no se reconstruyeron hasta 1981. La torre con el mirador abrió seis años más tarde, en el 750 aniversario de Berlín. Se pueden obtener unas buenas vistas de la plaza y alrededores subiendo los 284 escalones que suben hasta dicho mirador. Esta vez no los subimos, pero en nuestra primera visita a la ciudad sí, y desde luego que merece la pena el esfuerzo.

La Deuscher Dom fue construida prácticamente a la par, entre 1701 y 1708, aunque no añadió la cúpula hasta 1785.

En 1943 fue reducida a cenizas y los trabajos de reconstrucción no comenzaron hasta 1982. Y aún así, llevó unos 14 años concluirlos. Hoy tampoco es una iglesia, sino que ahora pertenece al gobierno alemán y desde 1996 acoge el Museo del Bundestag donde se puede hacer un seguimiento del sistema parlamentario alemán desde 1848 hasta la actualidad gracias a la exposición Wege – Irrwege – Umwege (Hitos – Retrocesos – Desvíos).

En medio de ambas se halla el Konzerthaus, diseñado por Karl Friedrich Schinkel. Erigido en 1821 como Schauspielhaus Berlin (Teatro de Berlín), acogía las representaciones del Teatro Real. Después de la I Guerra Mundial, con la caída de la monarquía prusiana, el teatro cambió su nombre a Preußisches Staatstheater (Teatro Estatal Prusiano).

Tras la II Guerra Mundial tuvo que ser reconstruido y dado que en Berlín Oriental no había una gran sala de conciertos y sí muchos teatros de renombre, se decidió convertirlo en un gran auditorio reconfigurando totalmente el espacio interior. Hoy en día alberga un auditorio principal (großer Konzertsaal), que cuenta con 1600 butacas y otro más pequeño (kleiner Konzertsaal), con capacidad para 400 personas. Además, el edificio tiene un club de música, la sala de ensayos para la orquesta y, desde 2003, la sala Werner Otto (Werner-Otto-Saal).

Dimos una vuelta a la plaza por el exterior, ya que el mercadillo ocupaba el espacio central y por la tarde era de pago. Decidimos que volveríamos otra mañana antes de las 14h que es cuando la entrada era libre y tendríamos mejor luz. Y es que eran las 15:30 y estaba comenzando a atardecer. Era el momento oportuno para meternos en algún museo y aprovechar el resto de la tarde. El elegido para aquel día fue el DDR Museum, así que hacia allí que nos dirigimos.

Berlín V. Día 2 III: De Nikolaiviertel a Die Hackeschen Höfe

Muy cerca de los ayuntamientos se halla el Nikolaiviertel, el barrio donde se originó Berlín. Como suele ocurrir en la fundación de las ciudades europeas, esta zona durante la época medieval era un lugar de paso clave para una ruta comercial, después se construye una iglesia, llegan los primeros asentamientos… y en unos años tienes un núcleo urbano.

La iglesia llegó a principios del siglo XIII, y no podía llamarse de otra forma que Nikolaikirche.

En sus alrededores poco a poco se fueron estableciendo los artesanos y comerciales. Al este del río Spree surgió un asentamiento conocido como Berlín, y por otro lado, en la orilla opuesta, un segundo que se llamó Cölln. La ruta que unía ambos pueblos era conocida como Mühlendamm. Se podía cruzar de un lado a otro gracias a una presa. En ambas orillas había molinos, y de ahí su nombre: Mühlen (molinos) + Damm (presa).

Los molinos se incendiaron en 1838 y tuvieron que ser reconstruidos. A finales del siglo XIX perdieron su función y comenzaron a usarse para uso burocrático. Finalmente fueron derribados en 1936.

Desde estos asentamientos hasta la II Guerra Mundial la zona fue un lugar de encuentro de artistas, artesanos y comerciantes y estaba plagado de talleres y tiendas. Lamentablemente, con los bombardeos el barrio quedó reducido a escombros y tuvo que ser reconstruido. Fue entre 1981 y 1987 cuando se intentó recuperar aquel trazado medieval siguiendo documentación antigua. Hoy tiene cierto encanto pasear por sus calles, pues da la sensación de haberse transportado a otra ciudad más pequeña, y no de seguir en una gran capital.

Chocan un poco los edificios de corte soviético al estilo Plattenbau, pero a la vez consiguen integrarse en la estética del barrio en sus fachadas y tejados.

Uno de los artistas más reconocidos del barrio fue Heinrich Zille, cuya estatua le rinde homenaje.

Este pintor y fotógrafo nacido a mediados del siglo XIX realizó numerosas obras de arte durante la República de Weimar, la mayoría de ellas centrándose en mostrar a las clases bajas.

Otra estatua relevante en la zona es la del oso de Berlín que sostiene con fuerza el escudo de la ciudad.

Y un poco más adelante, junto al río, nos encontramos con otra estatua. Esta representa a San Jorge luchando contra el dragón y fue un regalo del artista August Kiß al rey Wilhelm I .

Callejeamos por el barrio y después continuamos hacia el norte. Pero empezó a chispear y nos encontramos con un Subway, así que aprovechamos para parar a comer, aunque no nos entretuvimos mucho, pues no queríamos que se nos hiciera de noche. Así, tras el breve receso tomamos la Spandauer Straße hasta los Hackeschen Höfe, unos patios en el histórico Scheunenviertel (Barrio de los Graneros) frente al mercado Hackescher que fueron declarados monumento histórico en 1972. 

Este espacio consta de ocho patios en una superficie de 27.000 m², y alrededor de ellos podemos encontrar tanto viviendas como empresas o instituciones culturales.

Pero sobre todo su popularidad se debe a la zona comercial en los locales a pie de patio. Hay tanto bares, como restaurantes, locales de fiesta, de artesanía e incluso una tienda oficial de Ampelmann (el muñeco de los semáforos de la RDA).

Los primeros semáforos surgieron a principios del siglo XX, enfocados sobre todo al tráfico rodado. Los de peatones no surgen hasta los años 50, pero no eran muy legibles para todo el mundo, sobre todo porque había un 10% de la población que no distinguía los colores. Así, el psicólogo Karl Peglau propuso cambiarlos por formas geométricas y eliminar el ámbar. Su primera idea no cuajó, pero se le ocurrió otra: incorporar la figura de un hombrecillo, una imagen fácilmente reconocible tanto para adultos, como para niños o discapacitados. El primer semáforo se instaló el 13 de octubre de 1961 con los diseños de su secretaria.

Pronto se hizo muy popular, por lo que en los años 80 el Ministerio del Interior de la RDA lo usó para enseñar educación vial, trascendiendo de las calles a una tira cómica en el periódico, a historietas en la radio y a un espacio mensual en el programa infantil Sandmännchen.

Con la desaparición de la RDA y la reunificación del país llegó la estandarización vial y comenzaron a retirarse para sustituirlos por los de la Alemania del Oeste, sin embargo no tuvo muy buena acogida y la mayoría se volvieron a instalar. Hoy en día se han convertido en todo un icono de los Ossis y como tal, no puede faltar merchandising en torno a su figura. En 2004 se creó además la Ampelfrau, su versión femenina.

Entramos a la tienda a echar un ojo, pero no compramos nada, pues los precios eran un tanto altos. Así pues, seguimos con nuestro paseo y de casualidad, junto a este conjunto de patios, encontramos un callejón conocido como el Dead Chicken Alley, un espacio comprado en 1993 por unos jóvenes conocidos como “Los Pollos Muertos” (Tote Hühner) para expresarse artísticamente.

El espacio es pequeño y abruma ver tanto graffiti, es complicado encontrar un espacio libre sin pintar. Parece que incluso The London Police, Basquiat y Banksy han dejado su huella en el lugar.

En el callejón podemos encontrar una tienda, la galería Monsterkabinett, el Museo Anne Frank. hier&heute (dedicado a Anna Frank), el Museum Blindenwerkstatt Otto Weidt (en honor al empresario que escondió y empleó a judíos sordos y ciegos en su taller de escobas y cepillos), el Café Cinemá y el alternativo Monster Bar.

En la acera de acceso a los patios podemos encontrar varias Stolpersteine, unas placas de latón de 10×10 cm que sirven para recordar el destino de aquellas personas deportadas y asesinadas por los nazis.

La idea nació del artista alemán Gunter Demnig, quien consideró que estas chapitas podrían servir mejor al propósito que construir un único monumento conmemorativo de mayores dimensiones. La primera de ellas fue colocada el 16 de diciembre de 1992, el 50 aniversario de la fecha en que Heinrich Himmler dio la orden de deportar a los gitanos y desde entonces se pretende colocar unos seis millones de placas (tantas como víctimas). Eso sí, Alemania no le dio permiso para su instalación hasta el año 2000, momento en que el proyecto se disparó y se expandió a otros países de Europa, incluso ha llegado a España.

Suelen encontrarse frente a la última residencia de las víctimas, aunque no es fácil ya que muchos edificios fueron arrasados, incluso calles reconvertidas en otro tipo de espacios públicos. Aún así, se intenta buscar siempre el lugar más próximo.

En la inscripción se detallan el nombre de la víctima, su año de nacimiento, el de su deportación y al campo a que fue enviada. En el caso de las mujeres casadas se añade también su apellido de soltera.

Tras la visita a los patios continuamos nuestro paseo hacia la Isla de los Museos.