Road Trip por la Costa Este de Estados Unidos y Canadá. Día 13 II: Boston: Freedom Trail

Tras recorrer el Black Heritage Trail que nos permite conocer un poco del pasado afroamericano y de la abolición de la esclavitud en sus 14 paradas, enlazamos con el Freedom Trail, un recorrido por los puntos claves de la historia de Boston y de la Revolución Americana.

Consta de 16 paradas distribuidas a lo largo de 4 kilómetros y está señalizado en el suelo por una línea de ladrillos rojos.

Fue concebido en 1951 por el periodista local William Schofield y aceptado por el alcalde John Hynes. Es gratuito, aunque también hay visitas guiadas caracterizadas que salen desde el punto de información turística en el parque Boston Common. Y aquí es donde habíamos terminado la anterior ruta y nuestro punto de partida.

Construido en 1634, este parque público de 50 hectáreas es el parque urbano más antiguo de los Estados Unidos y el más popular de la ciudad. Es el pulmón verde de la ciudad y forma parte del área conocida como Collar de Esmeraldas, que une todos los parques de Boston.

El terreno fue comprado por varios colonos puritanos al ministro anglicano William Blackstone y se usó como pasto para el ganado de la comunidad hasta 1830, cuando se prohibió dicha actividad. Fue entonces cuando se valló y nació el parque como tal. Durante la Guerra de Independencia fue un campo de batalla testigo de ejecuciones públicas.

A lo largo del siglo XX acogió diversas charlas de Martin Luther King Jr. en la lucha por los derechos civiles, también mítines contra la Guerra de Vietnam. Incluso en 1979 el Papa Juan Pablo II dio misa.

Aunque hoy es sobre todo un espacio de ocio, también se usa para manifestaciones o protestas, eventos deportivos y celebraciones.

En el centro del parque se encuentra el Freedom Trail Visitors Centre, donde facilitan información, además de ofrecer la posibilidad de contratar guías. En la plaza junto al centro de visitantes había varios camiones de comida, así como mesas y sillas para disfrutar del sol.

Paseando por el parque podemos descubrir fuentes, estatuas y monumentos que recuerdan a personajes relevantes en la historia del país. Una de las que me llamó la atención es una placa que se colocó en 2017 en honor al árbol de Nueva Escocia. Y es que, cada año, Nueva Escocia regala un árbol a la ciudad de Boston en agradecimiento a la ayuda que recibieron tras la explosión en Halifax el 6 de diciembre de 1917.

Por el camino que da a la calle Tremont vimos una curiosa iglesia (fuera de ruta), la Cathedral Church of St Paul.

Construida en 1819, fue la primera iglesia de estilo renacentista griego en Nueva Inglaterra, y desde 1970 es Monumento Histórico Nacional por su importancia arquitectónica. Los arquitectos encargados del proyecto fueron Alexander Parris (autor también del Quincy Market que veríamos más adelante) y Solomon Willard (quien diseñó el monumento de Bunker Hill, al final de la ruta).

En el momento de su fundación ya había otras dos parroquias episcopales, sin embargo, ambas pertenecían de la época anterior a la independencia, por lo que pretendían crear una iglesia totalmente estadounidense.

Volviendo a la ruta, frente al parque, y en la acera opuesta al monumento del 54º Regimiento se erige la Massachusetts State House, la sede del gobierno del Estado de Massachusetts. Alberga la corte general de Massachusetts y la Oficina del Gobernador.

Construido en 1798 en el terreno de pasto de John Hancock, destaca por su cúpula realizada en cobre y cubierta por láminas de oro de 23 quilates. Durante la II Guerra Mundial fue pintada de gris para que no destacara durante los apagones y no fuera víctima de las bombas. Corona la cúpula una piña de madera dorada, símbolo de la dependencia del estado de la tala en el siglo XVIII.

El afamado arquitecto Charles Bulfinch se basó en los diseños de varios edificios londinenses, y a su vez, la Casa del Estado ha servido de inspiración para el Capitolio de Washington y para muchos de los capitolios estatales de los Estados Unidos.

Su escalera principal de acceso a las puertas centrales del Salón Dórico solo es usada por el Presidente de los EEUU, los jefes de estado de otros países y el gobernador de Massachusetts cuando termina su legislatura.

El tercer punto se halla frente al parque, en la esquina de las calles Park y Tremont. Allí se erige The Park St. Church, una iglesia construida en 1809 por el arquitecto inglés Peter Banner, quien se inspiró en los dibujos de la iglesia londinense St. Bride. De 1810 a 1846 defendió el título de edificio más alto de Estados Unidos gracias a su campanario de 66 metros de altura que servía como referencia desde diferentes puntos de la ciudad. Perdió tal honor cuando se construyó la Iglesia de la Trinidad en Nueva York.

El lugar en que se ubica también se conoce como la “esquina del azufre”, parece que por los sermones “incendiarios” que se celebraban, aunque hay otra teoría que dice que es porque durante la Guerra de 1812 se almacenó pólvora en su sótano.

Fue sede de reuniones de carácter político, social y humanitario durante la Revolución y el lugar escogido por William Lloyd Garrison para, el 4 de julio de 1829, pronunciar su primer discurso en contra de la esclavitud. Sus palabras fueron: “Ya que la causa de la emancipación tiene mucho camino por delante y va a encontrarse con mucha oposición, ¿por qué retrasar el trabajo?”

Tras la iglesia se extiende el Granary Burying Ground, el tercer cementerio más antiguo de la ciudad y cuyo nombre le debe al granero que había donde hoy se erige la iglesia. El terreno pertenecía por aquel entonces al Boston Common. Accedemos a él por la puerta diseñada por Isaías Rogers.

Fundado en 1660 alberga varios personajes ilustres en la historia de la ciudad. Por ejemplo, en él descansan Samuel Adams, Robert Treat Pain y John Hancock, 3 de los 56 firmantes de la Declaración de la Independencia.

Al lado de la lápida de Adams se encuentran las tumbas de las cinco víctimas de la Masacre de Boston (5 de marzo de 1770) momento clave para la Guerra de la Independencia junto con el Motín del Té del 16 de diciembre de 1773.

En la parte posterior está enterrado Paul Revere y junto a su tumba encontramos una corona, pues justo el día anterior había sido el 200 aniversario de su muerte.

En el centro del cementerio se encuentra el obelisco que marca la tumba de Josiah y Abiah Franklin, los padres de Benjamin Franklin.

En total el cementerio cuenta con más de 2.300 tumbas, sin embargo, parece ser que en realidad hay unas 5.000 personas enterradas. Muchos niños no sobrevivían al primer año de vida, y algunas veces se enterraba a varios en la misma fosa. Algunos esclavos también fueron enterrados con sus dueños.

Su organización en hilera tan típica de los cementerios estadounidenses se debe a la época victoriana, pues así dejaba paso para el cortacésped.

Tras visitar el cementerio seguimos con nuestro recorrido hasta la siguiente parada. Un poco más adelante, en el cruce con la calle School, se erige la King´s Chapel,  la primera iglesia anglicana de Boston.

La iglesia original de 1689 era de madera. Pronto se quedó pequeña pues empezó a acoger a varios comerciantes prominentes y sus familias, por lo que comenzó a construirse una nueva de granito alrededor y cuando finalizaron las obras en 1754 se desmontó la originaria. La madera se reutilizó en Nueva Escocia para levantar otra iglesia anglicana.

En los planes originales se incluía un campanario, sin embargo este nunca se llevó a cabo. Su fachada tiene una peculiaridad, ya que aunque las columnas exteriores parecen de piedra, en realidad son de madera. Y es que esta parte se terminó tras la Revolución y de esta manera se abarataban los costes.

Recibe este nombre porque fue construida por orden del rey Jacobo II de Inglaterra, que quería que en los Nuevos Territorios hubiese una iglesia anglicana.

Junto a ella se extiende el King’s chapel Burying ground, el cementerio más antiguo de Boston (1630). En este no hay ningún personaje de la revolución, ya que para 1660 ya estaba completo. Se encuentran sin embargo algunos de los primeros colonos de Estados Unidos, como Mary Chilton, la primera mujer europea en desembarcar en el Nuevo Mundo tras haber cruzado el Océano Atlántico a bordo del famoso Mayflower en 1620; o personalidades como John Winthrop, primer gobernador de Massachusetts, y William Dawes, uno de los tres emisarios que alertó de la llegada del ejército británico.

Junto a la iglesia y cementerio se encuentra la Escuela Latina de Boston,  la que fuera la primera escuela pública de Estados Unidos. Podemos ver en el suelo un mosaico conmemorativo.

Establecida en 1635 por Sir Patrick Aridan Kelly, nació para formar a los niños (las niñas acudían a escuelas privadas en casas) de toda clase social. Los colonos puritanos consideraban la educación muy importante, pues era una manera de acercarse a la Biblia. Así, en 1647 se aprobó una ley por la que se establecía que en aquel pueblo en el que hubiera más de 50 familias, tenía que haber una escuela.

El edificio original fue derribado en 1745 para ampliar la King’s Chapel y, tras varios traslados, actualmente se encuentra en el barrio Fenway de Boston y desde 1972 admite también a niñas.

A esta escuela acudieron importantes personajes de la historia de la ciudad, incluso cinco firmantes de la Declaración de Independencia: Benjamin Franklin, Samuel Adams, John Hancock, Robert Treat Paine y William Hooper. El primero de ellos es honrado con una estatua en el lugar en que se ubicaba el edificio, la primera estatua dedicada a una persona erigida en Boston. Franklin, que nació en 1706 en lo que hoy es el centro de Boston, además de ser uno de los padres de la nación era poeta y científico (inventó el pararrayos).

En el patio también hay otra estatua dedicada a Josiah Quincy III, educador, miembro de la Cámara de Representantes de los Estados Unidos de 1805 a 1813, alcalde de Boston de 1823 a 1828 y presidente de la Universidad de Harvard de 1829 a 1845. El histórico Quincy Market (también en la ruta) en el centro de Boston recibe su nombre en su honor.

Al lado, aunque no pertenece al Freedom Trail, está el que fuera el Ayuntamiento hasta su traslado en 1969, el Old City Hall. Construido entre 1862 y 1865 en estilo Segundo Imperio Francés fue el tercer ayuntamiento que tuvo la ciudad. Hoy el edificio está ocupado por varias empresas y organizaciones desde su venta en 2017.

Frente a la fachada hay una curiosa estatua de un burro de bronce. Ante él hay dos huellas que invitan a situarse. El burro simboliza el partido demócrata y los elefantes de las huellas al republicano.

La elección de cada uno de estos animales tiene su historia. Cuando Andrew Jackson creó el Partido Demócrata en 1828 y se presentó a presidente usó el lema populista “dejad que el pueblo mande”. Esto provocó insultos y descalificaciones por parte de sus oponentes, quienes lo consideraron estúpido y lo etiquetaron como jackass (burro). Jackson sin embargo tomó el este insulto y lo convirtió en el símbolo de su campaña. Así, durante años el burro ha sido el símbolo del partido.

Por su parte, el Partido Republicano le debe el elefante a Thomas Nash, dibujante del Harper’s Weekly, quien comenzó a usarlo en 1874. Después comenzó a extenderse a medida que fueron usándolo otros artistas gráficos. Al final el partido acabó adoptándolo.

Retomamos el Freedom Trail y nos dirigimos hacia la Old Corner Book Store, un edificio que fue la casa de Anne Hutchinson, controvertida líder religiosa. Llevaba a cabo lecturas semanales de las Escrituras en su casa a las que asistían hasta 80 personas, una décima parte de la población de Boston en ese momento. Fue acusada de herejía por predicar sin licencia y excomulgada en 1638. Acabó exiliándose a Rhode Island, donde fundó la ciudad de Portsmouth.

En 1708 la casa fue comprada por Thomas Crease y tres años más tarde acabó ardiendo en el Gran Incendio.

En 1718 se levantó una nueva construcción como tienda, lo que lo convierte en el edificio comercial más antiguo de Boston. Un siglo más tarde, el padre del futuro ministro J. Freeman Clarke la compró y en 1828 la convirtió en librería. Poco después, entre 1832 y 1865, se estableció una imprenta, y fue el centro de la publicación de libros estadounidenses en una época en que Boston era la meca literaria del país. En los años posteriores sería ocupada por diversas editoriales y librerías.

En 1960 se planteó demolerla para construir un aparcamiento, sin embargo varios ciudadanos crearon una asociación para recaudar dinero, comprar la propiedad y restaurarla. En la actualidad es un restaurante de comida mexicana pero mantiene su estética.

Frente a él, en una plaza, encontramos el Irish Famine Memorial, que al igual que el que habíamos visto el día anterior, recuerda la hambruna irlandesa de mediados de siglo XIX.

El monumento cuenta con dos grupos de estatuas en las que se contrasta a dos familias. Por un lado a una que pudo emigrar a América y consiguió encontrar prosperidad y por otro una hambrienta en Irlanda.

Financiado por un fideicomiso dirigido por un magnate irlandés-estadounidense, el grupo escultórico fue inaugurado en 1998 en el 150 aniversario de la Gran Hambruna y aunque al principio fue bien recibido, también obtuvo críticas negativas por recurrir a clichés y conmemorar los logros de los irlandeses que consiguieron emigrar.

Y si leemos las placas que bordean el monumento quedan patentes esos tópicos. En una de ellas podemos leer “La conmemoración de la Gran Hambruna permite a la gente de todo el mundo conocer un terrible episodio que cambió para siempre Irlanda. Las condiciones que provocaron la hambruna (mala cosecha, terratenientes ausentes, colonialismo y débil liderazgo político) todavía existen por todo el mundo en la actualidad. Las hambrunas continúan afectando a la población. Las lecciones de la hambruna irlandesa deben ser aprendidas y aplicadas hasta que la historia deje de repetirse”. Está muy bien el mensaje, pero en realidad, efectivamente la historia sigue repitiéndose.

En otro texto se hace referencia a que hoy 44 millones de americanos con pasado irlandés son dignos merecedores de Medallas de Honor y excelencia en literatura, deportes, negocios, medicina y en el campo del entretenimiento (Boston cuenta con la población irlandesa expatriada más grande del mundo). También cómo John F. Kennedy se convirtió en el primer católico irlandés en llegar a Presidente de la nación en 1960 a pesar de que en un principio los bostonianos recibieron a los irlandeses con cierta hostilidad. Destaca que los refugiados llegaron empobrecidos y se convirtieron en trabajadores americanos de éxito. El sueño americano, vaya, pero seguro que no fue todo tan bonito y lleno de posibilidades.

Cerca de dos millones de personas dejaron Irlanda echándose a la mar en barcos tan imposibles de navegar que eran conocidos como “Barcos ataúd”. Muchos pasajeros murieron en el mar, por lo que el poeta John Boyle O’Reilly llamó al Océano Atlántico “tazón de lágrimas”. Algo que podríamos comparar hoy en día con la situación del Mediterráneo. Solo en el año 1847 unos 37.000 refugiados irlandeses llegaron a Boston al borde de la muerte y tremendamente enfermos. El historiador Thomas H O’Connor escribió “Los bostonianos podrían haber estado dispuestos a mandar dinero y comida para evitar la hambruna siempre que se quedaran en Irlanda porque no querían los irlandeses que llegaran a América”. De hecho, en abril de 1847, 15 días después de haber salido de Boston, llegó al puerto de Cork el barco USS Jamestown cargado con 800 toneladas de comida, suministros y ropa.

Frente al monumento se encuentra la Old South Meeting House, construido en 1729 como casa de reunión de los puritanos. Fue el edificio más grande del Boston colonial y escenario de algunos de los eventos más dramáticos previos a la Revolución Americana, incluida la reunión del 16 de diciembre de 1773 en la que cinco mil colonos debatieron sobre qué hacer con las más de 30 toneladas de té que habían llegado a puerto. Si descargaban la mercancía tendrían que pagar un impuesto a Inglaterra, algo a lo que no estaban dispuestos porque no recibían mucho a cambio, ni siquiera tenían representante en el gobierno británico. Samuel Adams dio la señal para el famoso Motín del Té en que 340 cajas de té fueron arrojadas al mar.

El edificio de ladrillo, coronado por un campanario de 55 metros en el que se alza una aguja octogonal está inspirado en las iglesias rurales inglesas del arquitecto Sir Christopher Wren.

Quedó parcialmente destruido en el incendio de 1872. Las llamas no avanzaron más por la llegada por casualidad de un camión de bomberos. Cuatro años más tarde fue vendido y se había programado su demolición, sin embargo, un grupo de activistas lo salvó y en 1877 se convirtió en un museo y monumento histórico.

La que vemos hoy en día es una reconstrucción llevada a cabo por la comunidad. Y además de servir como museo acoge conferencias y eventos.

Tomando la Washington Street llegamos a la Old State House, la que fuera la sede del Gobierno colonial británico de Massachusetts entre 1713 y 1776 y considerado como el edificio más antiguo de Estados Unidos.. Aún se pueden ver en su fachada oriental el león y el unicornio, símbolos de la Corona Británica.

Por su parte, en la fachada oeste, un escudo con un nativo americano y una inscripción escrita en latín rodeando el escudo recuerda la primera colonia de la bahía de Massachusetts.

Era la una de la tarde y pudimos asistir al cambio de guardia.

El edificio ha sido un emblema de la libertad en Boston durante años, pues desde su balcón se proclamó el 18 de julio de 1776 la Declaración de Independencia. Alcanzada la independencia, acogió la primera cámara legislativa de Massachusetts.

Pero antes de la independencia tuvo lugar el acontecimiento recordado como la Masacre de Boston. Podemos encontrar frente a la fachada oriental un círculo de adoquines que lo recuerda.

En 1768 las tensiones entre Boston e Inglaterra eran patentes, y el conflicto fue a más cuando fueron enviados unos 2.000 soldados británicos para controlar los disturbios y proteger a los funcionarios de aduanas (suena familiar). Por aquel entonces la población de la ciudad era de 16.000 habitantes, por lo que hubo una importante fricción que desembocó en peleas y enfrentamientos.

Uno de estos enfrentamientos ocurrió el 5 de marzo de 1770 cuando Edward Garrick, aprendiz de un fabricante de pelucas acudió a la aduana de King Street a reclamar un pago para su maestro. Al no recibirlo subió el tono de sus reclamaciones y White, un guarda de la aduana lo sacó del edificio y lo golpeó en la cara con la culata de su mosquete. Garrick, furioso, volvió con un grupo de bostonianos y rodearon a White y comenzaron a insultarle y lanzarle bolas de nieve y basura.

Ante el alboroto el Capitán Thomas Preston acudió con ocho soldados del 29º Regimiento e intentaron hacerse paso entre la hostil muchedumbre para ayudar a White. En medio del bullicio el soldado Hugh Montgomery fue golpeado y disparó a la multitud. Ante el caos, el resto de soldados comenzaron también a disparar. Cuando el humo se aclaró, cinco hombres yacían muertos o estaban al borde de la muerte. Como hemos visto, están enterrados en el cementerio al inicio del recorrido.

Mientras que los británicos hicieron referencia al suceso como unos “infelices disturbios”, Paul Revere lo calificó como “sangrienta masacre” y dio alas a los independentistas.

Hoy en día el edificio de Old State House con su arquitectura típicamente colonial y esa torre que recuerda a su pasado británico atrae a los visitantes con sus exhibiciones y actividades interactivas que ayudan a conocer el pasado revolucionario de la ciudad. Alberga objetos interesantes como el traje de terciopelo rojo que se cree que John Hancock usó cuando fue juramentado como el gobernador de Massachusetts, un frasco de té salvado del Motín del Té, una linterna colgada para señalar reuniones de los Hijos de la Libertad, plata de Paul Revere, un mosquete usado en la Batalla de Lexington, y un tambor de la Batalla de Bunker Hill.

Dos de sus plantas están destinadas a exposiciones sobre la sociedad e historia de Boston. Durante la visita incluso podemos sentarnos en la silla del gobernador real en la Sala del Consejo Real de 1764.

 

Road Trip por la Costa Este de Estados Unidos y Canadá. Día 13: Boston: Black Heritage Trail

El día amaneció despejado, por lo que tras duchas y desayuno nos pusimos en marcha para intentar aprovecharlo al máximo. Teníamos preparada una ruta cultural por la ciudad comenzando por el Black Heritage Trail, un recorrido que en sus 2,4 kilómetros nos lleva por 14 puntos relevantes de la historia de la comunidad afroamericana en Boston. Se trata de casas, escuelas, iglesias y comercios que pertenecieron a personas que lucharon contra la esclavitud y la desigualdad.

Como ya hemos visto, Boston tiene un pasado colonial, y ya en 1638 con aquellos colonos llegaron los primeros africanos como su mano de obra. Eran sus esclavos. Sin embargo, con el tiempo fueron teniendo descendientes que nacieron libres (sobre todo los que tenían madre blanca) y algunos fueron siendo liberados para convertirse en personal del servicio.

Con la Guerra de la Independencia Massachusetts abolió la esclavitud. Aunque eso era la teoría, aún quedaba mucho por llevar a la práctica y la comunidad afroamericana de Boston del siglo XIX lideró un movimiento no solo en la ciudad, sino en el país, para obtener la igualdad racial y la paridad educativa de facto. Esta comunidad estaba asentada en lo que hoy es la ladera norte de Beacon Hill. También residían en el West End al norte de Cambridge Street y en el North End. Sin embargo, poco a poco se fueron mudando más al sur y esta zona fue ocupada por los nuevos inmigrantes (sobre todo italianos).

Comenzamos el recorrido en el Museo de Historia Afroamericana (The African Meeting House).

El edificio fue construido por trabajadores negros libres en 1806 y es considerada la construcción religiosa de la comunidad negra más antigua que queda en pie del país. Sirvió no solo como centro religioso, sino que también acogía actividades sociales, educativas y políticas.

En 1832 William Lloyd Garrison fundó la New England Anti-Slavery Society y durante la Guerra Civil se convirtió en estación de reclutamiento para el 54º Regimiento de Massachusetts. A finales de siglo fue comprado por una congregación judía, quien lo reconvirtió en sinagoga. Funcionó como tal hasta 1972 cuando fue adquirido por el Museo de Historia Afroamericana.

Hoy relata la historia de la comunidad negra desde el período colonial hasta el siglo XIX.

Anexa al edificio del museo se halla la Abiel Smith School, que sirvió como colegio desde 1835 hasta 1855 cuando las escuelas públicas comenzaron a integrar a toda la sociedad independientemente de su color de piel.

A finales del siglo XVIII la comunidad afroamericana luchaba contra la desigualdad y la discriminación en las escuelas públicas. Era injusto que sus impuestos fueran empleados para la educación de niños blancos mientras que los negros no tenían escuelas. En 1798 sesenta padres se organizaron y crearon la Escuela Africana para educar a sus hijos. La sede se ubicó en la casa de Prince Hall.

En 1808 se trasladó al primer piso de la African Meeting House. Sin embargo, la comunidad seguía trabajando para conseguir una escuela pública y seguían quejándose a los organismos oficiales. En 1812 el Comité Escolar de Boston finalmente reconoció a la escuela y les asignó fondos, aunque eran escasos (tan solo $200 al año).

En 1815 Abiel Smith, un filántropo blanco, dejó unos $4.000 en su testamento para que se destinaran a la educación de niños negros. Y fue gracias a parte de ese dinero que se construyó la escuela. A su término en 1835 todos los niños negros fueron asignados a ella.

La lucha sin embargo no acabó, ya que las condiciones que tenían eran inferiores a las de las escuelas públicas de los niños blancos. Algunos reclamaban que sus hijos pudieran asistir al colegio más próximo a su hogar y que no se segregara por el color de piel. En 1849 la mayoría de los padres dejaron de llevar a sus hijos a clase para así protestar contra la educación segregada. Finalmente en 1855 se prohibió está discriminación y los niños afroamericanos comenzaron a asistir a otras escuelas públicas dejando las aulas de la Abiel Smith vacías

El edificio fue renovado en 2000 y hoy acoge las oficinas administrativas del Museo.

Muy próximas al colegio tenemos los siguientes cinco puntos de nuestra ruta. Se trata de las Smith Court Residences, cinco casas típicas de la comunidad negra en el siglo XIX.

El número 3 fue alquilada a numerosos hombres afroamericanos y sus familias. Por ejemplo, allí vivió William Cooper Nell, abolicionista y líder de la comunidad.

El 5, un edificio de tres pisos con paredes de madera de color marrón rojizo, fue construido en la primera década del siglo XIX y pasó por varios propietarios (tanto negros como blancos). Fue la residencia de George Washington, pero no el político, sino un limpiabotas, obrero y diácono de la Primera Iglesia Bautista Independiente.

Muchas de estas residencias pertenecían a Joseph Scarlett, quien en el momento de su muerte a finales del siglo XIX poseía 15 propiedades.

Quedan pocas casas de madera del siglo XIX, ya que con la llegada de inmigrantes europeos a finales de la década de 1880 se derribaron. En su lugar, entre 1885 y 1815 se construyeron apartamentos de ladrillo de cuatro o cinco pisos y con los característicos miradores de colores.

Continuamos nuestro recorrido siguiendo los carteles que nos conducen por calles, instituciones y residencias privadas. Muchos de los puntos han desaparecido y en el lugar donde se encontraba el hito hay tan solo una placa.

La siguiente parada fue la John Coburn House, la residencia de John Coburn (1811-1873), minorista de ropa y activista de la comunidad. Fue uno de los afroamericanos más ricos del siglo XIX y además de su tienda de ropa se cree que tenía una casa de juego en su casa.

También fue tesorero de la Asociación de Libertad de Nueva Inglaterra, una organización que ayudaba a los esclavos fugitivos a convertirse en personas libres. En 1851 fue arrestado por ayudar al esclavo Shadrach Minkins a escapar de la custodia federal, aunque fue juzgado y resultó absuelto.

Además, fue cofundador y capitán de la Guardia Massasoit, una compañía militar negra que fue precursora del 54 ° Regimiento.  Se llamaron así por un nativo americano que había sido especialmente amable y leal a los colonos de Massachusetts. El servicio militar se consideraba una oportunidad para demostrar la propia virilidad y reclamar los derechos de la ciudadanía estadounidense.

En la misma calle se encuentra la Lewis and Harriet Hayden House, la casa de Lewis Hayden y su esposa Harriet.

Lewis nació esclavo en 1812 en Lexington, Kentucky. Huyó a Canadá en 1844 con Harriet, su segunda mujer, de ahí se mudó a Detroit en 1845 y un año más tarde finalmente a Boston, donde dirigió una tienda de ropa y se convirtió en líder del movimiento abolicionista.

Entre 1850 y 1860 dieron ayuda y refugio en su casa a decenas de esclavos autoliberados tal y como muestran los registros del Comité de Vigilancia de Boston, del cual Lewis era miembro. Su vivienda servía como parada en el ferrocarril subterráneo.

Durante la Guerra Civil trabajó como reclutador del 54º Regimiento. Más tarde fue elegido para la Cámara de Representantes de Massachusetts y trabajó para el Secretario de Estado de Massachusetts.

Murió en 1889 y su mujer Harriet en 1893. Esta legó dinero para que se creara una beca en la Escuela de Medicina de Harvard para estudiantes afroamericanos.

Seguimos hasta el décimo punto, la Charles Street Meeting House, una casa de reuniones construida en 1807 por la Tercera Iglesia Bautista blanca de Boston. En aquel momento seguía la tradición segregacionista de Nueva Inglaterra, por lo que los negros que acudían a misa tenían que sentarse en la galería y además quedaban excluidos de otros privilegios. Un domingo de 1836 el abolicionista Timothy Gilbert invitó a varios amigos negros a su bancada, lo que provocó su expulsión de la iglesia. Gilbert se unió a otros miembros bautistas abolicionistas (también blancos) y fundó la Primera Iglesia Bautista Libre (que se convirtió en el Templo Tremont) y que era de libre acceso.

Tras la Guerra Civil la población negra de Boston aumentó y la Tercera Iglesia Bautista pasó a manos de la Primera Iglesia Metodista Episcopal Africana, quien compró el edificio en 1876 y lo usó hasta 1939.

Aunque la mayoría de los puntos apenas se puede hacer otra cosa que observar el edificio y conocer la historia de lo que allí aconteció, es un recorrido bastante visual, puesto que las calles de Bacon Hill son muy pintorescas y parece que más que en una gran ciudad como Boston nos encontramos en las afueras.

Una de las calles más fotografiadas de la zona es Acorn Street, donde nos encontramos a unos graduados haciéndose instantáneas con sus típicas togas y birretes. Parece ser que eran de odontología, a juzgar por el cepillo de dientes que llevaban.

Más que una calle es un callejón, y tiene la peculiaridad de contar con el suelo empedrado y frondosos árboles, además de contar con las típicas construcciones en ladrillo rojo con contraventanas y puertas de colores que le dan un toque particular tanto de abajo a arriba, como viceversa.

Otro lugar colorido es la Louisburg Square, un parque residencial privado que data de 1826 delimitado por hileras de casas construidas entre 1833 y 1847.

Lleva el nombre en honor a la batalla de 1745 en la que los voluntarios de Nueva Inglaterra quitaron la Isla del Cabo Bretón a los franceses.

En un lateral del parque se halla la estatua de Arístides, mientras que en el extremo opuesto está la de Colón. Ambas colocadas en 1850.

En la perpendicular encontramos el siguiente punto, la John J. Smith House. John J. Smith nació como ciudadano libre en Richmond, Virginia en 1820 y se mudó a Boston a finales de los 40. Allí abrió una barbería que sirvió también como centro de actividad abolicionista y punto de encuentro de aquellos que escapaban en el ferrocarril subterráneo. Asimismo, junto a su esposa Georgiana, trabajó en la lucha por la igualdad de derechos escolares. Su hija Elizabet se convirtió a principios de la década de 1870 en la primera persona de ascendencia africana en enseñar en las escuelas integradas de Boston.

Durante la Guerra Civil fue un oficial de reclutamiento para la 5ª Caballería, que estaba formada solamente por soldados negros. Más tarde fue elegido para la Cámara de Representantes de Massachusetts como su tercer miembro afroamericano en 1868, 1869 y 1872. En 1878 fue nombrado como el primer afroamericano en formar parte del Boston Common Council y trabajó con éxito para que el primer afroamericano fuera nombrado para la fuerza policial de Boston.

En la misma calle, aunque en el sentido opuesto, se halla The Phillips School, una de las primeras escuelas integradas de la ciudad. Aunque no nació como tal, sino que se construyó en 1824 únicamente para blancos, cuando por aquel entonces los niños negros iban a la African Meeting House y después a la Abiel Smith School.

Recibe el nombre en honor al primer alcalde de Boston, John Phillips, padre del abolicionista Wendell Phillips.

En 1863 se mudó a un nuevo edificio en Phillips Street.

Al final de la calle llegamos al penúltimo punto de la ruta, la George Middleton House, una de las viviendas más antiguas del barrio y con la típica estructura de las viviendas del siglo XVIII. Fue construida en 1787 para George Middleton, veterano de la Guerra de la Independencia, donde fue el líder de los Bucks of America, una de las tres milicias negras que lucharon contra los británicos.

Tras la guerra sirvió como tercer Gran Maestro de los Masones de Prince Hall. También se convirtió en activista y ayudó a fundar la Sociedad Africana Libre. En 1800 luchó por la igualdad de derechos escolares para los niños negros.

La última parada del recorrido es el Robert Gould Shaw and 54th Regiment Memorial, un monumento de 1897 dedicado al 54º Regimiento de Infantería Voluntaria de Massachusetts, el primero formado por ciudadanos negros. Si bien es cierto que los afroamericanos sirvieron en la Guerra de Independencia y en la de 1812, los estados del norte impidieron que fueran admitidos en la Guerra Civil. Una cláusula de Lincoln en la Proclamación de Emancipación de 1863 cambió este detalle y pudieron alistarse.

El 54º regimiento fue dirigido por Robert G. Shaw , único hijo de una familia adinerada pero abolicionista radical y a favor de la unión. Este destacamento fue famoso gracias al asalto a Fort Wagner, Carolina del Sur, el 18 de julio de 1863. Murieron unos 80 hombres (entre ellos Shaw) y otros muchos resultaron heridos. En esta batalla se galardonó por primera vez a un soldado negro con la Medalla de Honor. Fue al sargento William Carney, quien resultó herido al salvar la bandera.

En los últimos dos años de la guerra, se estima que más de 180.000 afroamericanos sirvieron en las fuerzas de la Unión y fueron decisivos para la victoria.

Y con este monumento llegamos al final de la ruta, que nos deja en el Boston Common, parque donde comienza otro recorrido histórico: el Freedom Trail.

 

Road Trip por la Costa Este de Estados Unidos y Canadá. Día 12 II: Boston: Harvard

Tras dejar el coche, nuestro plan para la tarde era visitar Harvard, que se encuentra en Cambrigde. Para llegar allí teníamos que tomar el metro, también conocido como “the T”.

Consta de cuatro líneas: roja, azul, verde y naranja y funciona entre las 5:30 y las 00:30 de domingo a jueves, y hasta las 2:00 los viernes y sábados por la noche.

Es fácil ubicarse, ya que los carteles de las estaciones, así como los vagones, siguen el código de color de la línea a la que pertenecen.

Además, en cada parada las paredes suelen estar decoradas con dibujos que hacen referencia a cómo era aquel lugar en el pasado o si ocurrió algún acontecimiento relevante.

El billete sencillo cuesta unos $2.75, aunque existen unas tarjetas conocidas como CharlieCard, que funcionan similar a la Ventra de Chicago o la Oyster de Londres y hacen que baje a $2.25. Se pueden recargar tanto con saldo (y el metro (o el bus) lo descuenta en función del trayecto) como con pases (ya sean diarios, semanales o mensuales).

Para decidir qué nos salía mejor valoramos nuestra situación. Por un lado había que tener en cuenta que Boston es una ciudad con mucho que ver, con lo que usar de vez en cuando el transporte público, nos ahorraría tiempo. Por otro lado, nuestro apartamento estaba alejado, así que al menos dos veces al día tendríamos que coger el metro. Y por último íbamos a estar tres días en la ciudad además de esa tarde y la mañana en que nos íbamos, por lo que había que multiplicar los movimientos por cada día. Sin duda lo más rentable era un pase con viajes ilimitados tanto en bus como en metro. El diario costaba $12 mientras que el semanal ascendía $21.25, así que no había duda, este último era nuestra opción.

Se pueden comprar en las máquinas, pero también en algunas estaciones que cuentan con oficinas de MBTA.

Como estábamos en el centro y la estación tenía oficina, no nos complicamos mucho y las pedimos en ventanilla.

Y con las tarjetas en nuestro poder tomamos la línea roja dirección Harvard, que está en Cambridge, no en Aravaca. Esta ciudad a lo largo de la orilla norte del río Charles fue la elegida para albergar la Universidad General de Justicia. En mayo de 1638, debido a que la institución había ido ganando prestigio académico, se le cambió el nombre por el actual en honor a la Universidad de Cambridge en Inglaterra.

Aunque está cerca de Boston, a tan solo 5 kilómetros, es una ciudad totalmente independiente y se nutre básicamente de la Universidad de Harvard y del MIT. Así cuenta con una importante vida estudiantil, artística, cultural y festiva.

La Universidad de Harvard es la institución de educación superior más antigua de los Estados Unidos. Nació en 1636, aunque por aquel entonces lo hizo como New College. Fue en 1939 cuando se renombró como Harvard College en memoria de John Harvard, quien donó su biblioteca de 400 libros y 779 libras (lo que suponía la mitad de su patrimonio). En la segunda mitad del siglo XIX se convirtió en un importante centro de investigación moderno gracias a los cambios que introdujo el presidente Charles William Eliot. Durante su mandato se incluyeron cursos electivos, pequeñas clases y exámenes. Por ella han pasado 8 presidentes de Estados Unidos y 75 premios Nobel, bien como alumnos, bien como profesores.

En el par de horas que nos quedaban de luz teníamos previsto dar un paseo por el campus para ver sus edificios, ya que poco más se puede hacer puesto que no se puede visitar ninguno por dentro.

La parada del metro está en la Harvard Square, conocida también como “The Square”, la plaza con más vida del campus. En ella predominan locales comerciales, restaurantes y tiendas.  La avenida Massachusetts nos lleva a la General MacArthur Square, en la que se erige la estatua de Charles Sumner, profesor universitario, político y estadista que fue líder de las fuerzas antiesclavistas y trabajó en estrecha colaboración con Abraham Lincoln.

A su izquierda (según miramos la de frente) está la Primera Parroquia de Cambridge, que tiene más de 400 años de historia.

En el siglo XVII era de tradición calvinista, sin embargo en el siglo XVIII se movió a una doctrina más liberal. En 1826 el reverendo Holmes intentó romper relaciones con los liberales, pero la parroquia votó para expulsarle y se convirtió en unitaria. Desde entonces sea quien sea el reverendo, está obligado a seguir la religión liberal.

A la derecha de la estatua de Sumner y frente a la iglesia se encuentra la Johnston Gate.

Esta puerta de diseño renacentista georgiano fue finalizada en 1889 y da la bienvenida al Harvard Yard, el foco central e histórico del campus. En el área de unas 10 hectáreas cubiertas de césped se hallan vetustos edificios de ladrillo rojo ocupados por bibliotecas, aulas, oficinas administrativas y residencias estudiantiles.

Nada más cruzar las puertas a la izquierda se halla el Harvard Hall, aunque no es el primero que se levanta en el lugar, ya que existió una construcción anterior que se quemó el 24 de enero de 1764. Tuvo que ser reconstruido y la financiación fue asumida por el Tribunal General de Massachusetts, ya que se encontraba reunido allí cuando el incendio tuvo lugar.

En el incidente se perdieron 4.500 de los 5.000 libros de la Biblioteca de la Universidad, así como otras colecciones científicas. Sin embargo, tras la reconstrucción, el tamaño de la biblioteca se aumentó considerablemente. Además, se adquirió una extensa colección de instrumentos científicos y equipos de demostración eléctrica que sustituyera la que se había perdido en el incendio. Benjamin Franklin colaboró en la selección de estos utensilios que se pasarían a formar parte más tarde de la Colección de Harvard de Instrumentos Científicos Históricos que ahora se exhibe en el Centro de Ciencias de Harvard.

A la derecha de las puertas de acceso y frente al Harvard Hall se erige el Massachusetts Hall, el edificio más antiguo que queda en el Harvard College. Construido entre 1718 y 1720 como residencia estudiantil en él han vivido incluso Padres Fundadores como John Adams, John Hancock, Samuel Adams, Elbridge Gerry y James Otis.

Ha tenido sin embargo otras funciones con el paso del tiempo. Desde 1722 acoge un observatorio gracias a la donación de un cuadrante y un telescopio de Thomas Hollis. Hoy alberga las oficinas del Presidente de la Universidad, el Provost, el Tesorero y los Vicepresidentes en las dos primeras plantas y en la mitad de la tercera. Mientras que el cuarto piso está ocupado por estudiantes de primer año.

Dejando las puertas a nuestras espaldas, el sendero nos conduce a la John Harvard Statue, una estatua que en realidad esconde tres mentiras. En primer lugar es que aunque lo ponga no es John Harvard, sino el estudiante Sherman Hoar. Tampoco es su fundador como indica, sino un benefactor.

Por otro lado, aunque también lo marque la placa, la universidad no fue fundada en 1638, sino en 1636. En 1638 fue cuando adquirió este nombre.

Y finalmente, no es cierto que los estudiantes tuvieran la costumbre de tocarle el pie izquierdo (como el derecho de Hume en Edimburgo), sino que fue una invención de un guía que se ha convertido en moda.

La estatua se erige frente el University Hall, un edificio de granito blanco construido entre 1813-1815 que es considerado Monumento Histórico Nacional desde 1970.

Hasta 1849 albergó en su primer piso el comedor. En las plantas superiores acogía una biblioteca y una capilla. En 1849 el comedor se eliminó y la planta se dividió en aulas.

Tras el edificio se encuentra la Memorial Church, la iglesia de la universidad.

No es la primera que ha tenido, pues ya en 1744 se levantó la Golden Chapel. Esta estuvo en pie hasta 1766, cuando fue reemplazada por una capilla en el Harvard Hall. En 1814 se abrió otra capilla en el University Hall y finalmente en 1858 se levantó la Appleton Chapel en el mismo lugar en que se encuentra The Memorial Church.

Desde la construcción de Appleton Chapel la asistencia al rezo matutino era obligatoria, por lo que, con el tiempo, se quedó pequeña para albergar a tantos estudiantes. Sin embargo, cuando la asistencia pasó a ser voluntaria en 1886, el nuevo edificio quedaba demasiado grande para el día a día. Aunque sí que resultaba demasiado pequeño para los servicios dominicales. Tras la I Guerra Mundial se pensó en construir un monumento en honor a los caídos, y dado que se llevaba tiempo planteando el proyecto de una nueva iglesia que se ajustase más a las necesidades, en 1931 se decidió derribar la Appleton Chapel y erigir la que vemos hoy en día.

En ella se grabaron los nombres de los 373 alumnos fallecidos en la Gran Guerra. Después, se añadieron los muertos en las siguientes guerras.

Frente a la iglesia encontramos la Widener Library, inaugurada en 1915. Se trata de una magnífica biblioteca que cuenta con más de 15 millones de volúmenes.

Fue construida para albergar la colección de Harry Elkins Widener, un graduado de la universidad que murió en el hundimiento del Titanic en 1912. Widener, que provenía de dos de las familias más ricas de América, había dejado escrito en su testamento que quería donar su colección a la universidad, siempre que esta la fuera a conservar adecuadamente. Su madre fue la encargada de que así fuera. Y como el Gore Hall no cumplía con las expectativas de su hijo, se planificó la construcción de este nuevo edificio en estilo Beaux Arts.

Esta compilación es una de las más completas del mundo en el área de Humanidades y Ciencias Sociales e incluye obras en más de cien idiomas. Los libros ocupan 92 kilómetros de estanterías repartidas en 8 kilómetros de pasillos en diez niveles. Debe ser absolutamente impresionante.

En el frente del edificio se ubica la sala de lectura principal, y en la parte central se encuentran las Widener Memorial Rooms, unos espacios dedicados a la memoria de Widener, así como su valiosa colección de libros raros. Además, la biblioteca cuenta con oficinas administrativas, otras salas con colecciones especiales y seminarios.

En el tercer flanco de la plaza se erige el Sever Hall, construido entre 1878 y 1880 en estilo románico de Richardson, aunque incluye una variación, ya que en su fachada se ha usado ladrillo rojo en lugar de piedra. Imagino que para guardar cierta homogeneidad con el campus.

Su puerta de entrada tiene un arco con una peculiar característica. Si se susurra en un lado del arco, se puede oír en la otra parte del mismo.

Diseñado como edificio para aulas, salas de conferencias y de profesores, hoy además en el tercer piso alberga una biblioteca y en el cuarto oficinas.

Seguimos el camino entre la iglesia y el Sever Hall, lo que nos conduce al Robinson Hall, un edificio que desde 2016 está reacondicionado como espacio para el trabajo colaborativo, sobre todo en el ámbito digital.

Salimos del recinto con césped por el Emerson Hall para acercarnos al Carpenter Center, un edificio de Le Corbusier finalizado en 1963 que lleva el nombre de la familia que aportó los fondos para su construcción (como suele ocurrir en Estados Unidos).

Se trata del único edificio que el arquitecto construyó en Estados Unidos y no llegó a verlo terminado, ya que no acudió a su inauguración por problemas de salud. Sirve como centro de estudios visuales y también acoge el extenso archivo cinematográfico de la universidad.

Al lado se encuentran los Harvard Art Museums. Por un lado el Museo Fogg, por otro el Museo Arthur M. Sackler y por último el Museo Busch-Reisinger (el único museo en América del Norte dedicado al estudio del arte de los países de habla alemana).

Además, esta fusión incluye cuatro centros de investigación: los Archivos de Museos de Arte de Harvard, el Straus Center for Conservation and Technical Studies, la Exploración Arqueológica de Sardis y el más reciente Centro para el Estudio Técnico de Arte Moderno.

Los museos albergan unos 250.000 objetos procedentes de Europa, América del Norte, África del Norte, Oriente Medio, Asia del Sur, Asia Oriental y el Sudeste Asiático, de diferentes áreas de interés y que abarcan períodos desde la Antigüedad hasta la actualidad.

Siguiendo la Quincy Street llegamos al Memorial Hall, un imponente y colorido edificio gótico victoriano construido en un antiguo campo de juego en honor a los hombres de Harvard que habían defendido la Unión en la Guerra Civil Estadounidense. Alberga en su interior el Teatro Sanders, el Annenberg Hall y el Memorial Transept.

El Teatro Sanders, inaugurado en 1876 es el espacio de reunión más grande de la universidad, gracias a sus 1166 asientos.

Por su parte, el Annenberg Hall se diseñó como salón formal, aunque enseguida se convirtió en comedor y esa fue su función durante 50 años. Sin embargo, cerró en 1925 porque la vida universitaria se había ido moviendo hacia el sur y dejó de tener tanta afluencia. Entonces se recuperó la idea original y se empleó para celebrar banquetes, ceremonias, bailes y exámenes.

En la renovación de 1996 se volvió a convertir en comedor de estudiantes, esta vez para los de primer año.

El Memorial Transept consta de una bóveda gótica construida en honor a los 136 hombres de Harvard que murieron defendiendo la Unión. Sirve como vestíbulo del Teatro Sanders.

Nos adentramos en una parte más moderna del campus tomando Oxford Street. En este área se concentran varios museos como el Semitic Museum o el Harvard Museum of Natural History, un museo especializado en historia como bien dice su nombre y que acoge una particular colección de flores de cristal soplado a mano. Realizadas entre finales del siglo XIX y principios del XX, recrean casi mil especies distintas con gran fidelidad.

El Harvard Museum of Natural History comparte edificio con el Peabody Museum of Archaeology and Ethnology, uno de los más antiguos y reconocidos especializados en esta área. Sobre todo por su material procedente de yacimientos arqueológicos de Mesoamérica. También exhibe textos y muestras relacionadas a la historia de los pueblos indígenas de América del Norte y objetos de las islas del Pacífico.

Desde allí nos dirigimos al Austin Hall, un aulario que pertenece a la Facultad de Derecho de Harvard. Fue el primer edificio que se construyó expresamente para una Escuela de Derecho en Estados Unidos.

Erigido entre 1882 y 1884 fue diseñado por HH Richardson en estilo renacentista románico. En el primer piso se ubican tres grandes aulas concebidas para dar cabida a la metodología socrática del nuevo plan de estudios. Dado que el plan se copió en otras facultades de derecho de Estados Unidos, también se ha imitado el diseño de las aulas, muy prácticas para los debates de este método.

En la segunda planta se halla el Ames Courtroom, que simula un juzgado. En él los estudiantes defienden sus casos como si se tratara de un tribunal real. Incluso un juez de la Corte Suprema de los Estados Unidos suele presidir la ronda final. En The Good Wife ya vimos que es algo habitual en las universidades estadounidenses.

Cruzando Massachusetts Avenue llegamos al Parque Cambridge Common, un lugar en el que los estudiantes suelen jugar al softbol, ​​fútbol (americano, claro), kickball y frisbee. Pero además, es un parque que conmemora varias etapas históricas de la ciudad. Por ejemplo, en él podemos encontrar el monumento a la Guerra Civil Americana. Cuenta en la base con una estatua de Abraham Lincoln bajo un pórtico y está coronado por otra estatua, esta vez de un soldado.

Además hay una placa (parece una lápida más bien) que recuerda el lugar en que el general George Washington reunió a las tropas durante la guerra.

Cerca hay un trío de cañones de bronce y otra placa/lápida que recuerda que fueron abandonados por las tropas británicas en Castle William cuando se marcharon de la ciudad el 17 de marzo de 1776.

Junto a ellos hay una placa para Henry Knox (militar del Ejército Continental)  y otra para Tadeusz Kościuszko (ingeniero y líder militar polaco que se convirtió en héroe nacional en Polonia, Bielorrusia y en los Estados Unidos, donde participó en la guerra de Independencia).

Además hay un monumento dedicado a los irlandeses que llegaron a Boston huyendo de la hambruna en su país: el Irish Famine Memorial.

Fue realizada por el escultor irlandés Maurice Harron e inaugurado el 23 de julio de 1997. Se dedicó a la por aquel entonces presidenta de Irlanda, Mary Robinson.

Para finalizar la visita, antes de dirigirnos al metro, nos desviamos un poco para ver la fachada de la Harvard Lampoon, una revista satírica fundada en 1876 por siete estudiantes universitarios siguiendo la inspiración de publicaciones similares como Britain’s Punch. Contaba además con competidores como The Harvard Advocate y The Harvard Crimson.

En la sede se exhiben materiales originales y digitalizados de la revista.

Ya con la oscuridad cerniéndose sobre nosotros volvimos al metro de vuelta al apartamento.

Para la cena aprovechamos la compra que habíamos hecho en el Walmart, ya que al final habíamos comido en el outlet. Teníamos un enorme bocadillo que partimos en cuatro trozos, la ensalada y además aún nos quedaban zanahorias, nachos y salsas, por lo que montamos una cena de picoteo en un momento.

Y con esto dimos por concluida la jornada. Ya el día siguiente lo tendríamos completo para Boston. A ver cómo amanecía el tiempo.

Road Trip por la Costa Este de Estados Unidos y Canadá. Día 12: Compras en Merrimack y Rumbo a Boston

Comenzamos nuestro decimosegundo día de viaje con desayuno en el hotel. Aunque estaban en obras, por lo que habían movido el comedor a una habitación y había poco sitio. Aún así, modelo estadounidense estándar: algo de fruta (sin excesos), zumos, bebidas calientes, cereales, yogures, máquina de gofres, bollería, pan y tostadora. Además de bagels y queso de untar.

Tras desayunar tranquilamente, cargamos el coche y nos dirigimos al Walmart, que abría antes que el outlet. La idea era llevarnos la compra para ir tirando el resto de días en Boston y así no tener que ir cargados desde un super ya sin tener coche. Además, como no sabíamos qué tal se nos daría el día en la carretera, preferíamos prevenir y llevar comida en el maletero. Así que compramos algo de fruta, unas ensaladas, cervezas y algo de picoteo. Pero no todo fue comida. Con algo más de calma que el día anterior, y con un inventario, volvimos a la sección de ropa, donde acabamos llenando el carro, sobre todo con prendas de los chicos. He de reconocer que yo encontré dos camisetas a $3 y unas mallas de deporte Avia por $8. Pero nada de vaqueros…

A las 10 ya estábamos en el outlet y nos habíamos marcado las dos de la tarde como límite para salir. Aunque la verdad es que ya habíamos avanzado bastante el día anterior. Nos quedaba por mirar Nike, Converse, gafas de sol y alguna marca local que no conocíamos.

En Nike es una de las marcas en donde más se nota la diferencia de precio. Mientras que unas zapatillas pueden llegar a costar 200€ en España, en el outlet las podíamos encontrar a $50. Mi señor marido cargó con un par. Unas Jordan Eclipse por $27.97 y unas Air Jordan por $31.97.

Yo en cambio arrasé en Converse. Y es que en primavera y otoño es lo que uso en el día a día. En el fondo soy muy básica: vaqueros, camiseta lisa y zapatillas sin brillos ni extravagancias. Y ocurre algo similar a Nike. En España estas zapatillas tienen un precio medio de 60€, y eso las básicas, porque hay modelos que ni siquiera se comercializan aquí. Sin embargo, en Nueva Jersey recuerdo comprarme las primeras por $18. En 2012 me compré otras dos por un poco más, $20 cada una. Y esta vez acabé con cuatro.

Entramos en la tienda y la parte delantera tenía solo ropa de mujer, así que nosotras nos quedamos en los burros mirando sudaderas y camisetas a ver si había algo que mereciera la pena y ellos se fueron a la parte de calzado, que es unisex. Mi hermano vio unas azules anchas en mi número y automáticamente supo que me iban a gustar. Me llamó desde la otra punta y allá que fui. ¡$12.49!, cómo no me las iba a llevar. Miré a ver qué más tenían del 6 y me encontré con que me gustaban cuatro. No pensaba llevarme todas, pero al final, si tenemos en cuenta que el pie no me va a crecer, que es lo que uso a diario y que la suma de las cuatro no llegaba ni a 55€ al cambio… no había mucho más que pensar.

Tras alguna compra menor, cargamos como pudimos el coche. Y es que aunque iba bastante holgado en Chicago, para aquel día ya no… No solo nosotros habíamos sacado la maleta pequeña de la mediana, sino que llevábamos la compra de comida y la de ropa… Pero solo nos quedaban 90 kilómetros a Boston. Una vez allí nos reorganizaríamos.

Era la una de la tarde, así que habíamos cumplido de sobra con la hora límite para salir. Sin embargo, decidimos que perderíamos menos tiempo si comíamos directamente allí y luego hacíamos del tirón el camino a Boston, que andar parando en un área de servicio. Como no nos había ido bien con el asiático la noche anterior, esta vez elegimos Green Leaf’s, un local en el que te puedes configurar tu ensalada, wrap o bocadillo. Pedimos un sándwich de pesto, otro margarita y un tercero de pavo chipotle, además de un wrap de pavo y tres bebidas. Nos costó $39.49. Esta vez sí que acertamos.

Tras coger el postre, con el coche cargado y la tripa llena pusimos rumbo a Boston, la capital de Massachussetts y la ciudad más poblada.

Además es una de las más antiguas del país, pues fue fundada en 1630 por puritanos británicos. Estos peregrinos esperaban crear una nueva vida sin las decepciones y problemas del viejo mundo. Pronto se asentaron y fueron estructurando la nueva sociedad, inaugurando solo 5 años más tarde la primera escuela pública de los Estados Unidos, la Boston Latin School. Sin embargo, la población se vio reducida notablemente entre el año siguiente y el fin de siglo como consecuencia de seis importantes epidemias de viruela.

Boston se convirtió en un punto importante de la historia de Estados Unidos en la segunda parte del siglo XVIII, pues la ciudad se levantó contra los abusivos impuestos que exigía Reino Unido a las colonias. Dos acontecimientos especialmente relevantes fueron la masacre de Boston y el Motín del té.

En mayo de 1773 el Parlamento Británico autorizó a la Compañía de las Indias del Este a encarar la bancarrota como consecuencia de la corrupción gracias a la exportación de medio millón de libras de té a las colonias americanas sin las tarifas habituales y también permitiendo a la compañía a nombrar a sus propios responsables para recibir y vender el té y excluir a los otros proveedores coloniales. Con estos privilegios especiales, la compañía podía vender su producto a un precio tan bajo que copó el mercado.

Desde la perspectiva colonial, el Acta del Té fue una medida descaradamente injusta y peligrosa, pues garantizaba los derechos en exclusiva a unos pocos y premiaba a los corruptos. No solo esta acción creó una competencia más injusta a los comerciantes de las colonias, sino que demostró ser la chispa que avivó las pasiones americanas en el asunto de los impuestos sin representación.

Y es que antes del Acta del Té ya hubo otros impuestos abusivos. Por ejemplo, el Acta del Timbre en 1965 que requería que un papel sellado producido en Inglaterra se usara para imprimir periódicos, panfletos, almanaques, anuncios y documentos legales, así como escrituras, testamentos y licencias. También los productos de juegos como cartas y los dados tenían su tasa. Dos años más tarde se aprobaron las Leyes Townshend, que gravaban el papel, plomo, cristal y té (productos que no eran manufacturados en las colonias y que solo se permitía que llegarán vía Inglaterra).

Así pues, los colonos estaban bastante enfadados, por estar pagando impuestos pero a cambio no tener representantes que fueran al Parlamento. Sin estos miembros no tenían manera de saber en qué se gastaban todas aquellas tasas.

Gracias a la tradición marinera, tras la Revolución se convirtió en uno de los puertos internacionales más prósperos. Se exportaban sobre todo pescado, sal, ron y tabaco. No obstante, la actividad portuaria se vio afectada con la Ley de Embargo de 1807 y para cuando se solucionó el conflicto los comerciantes ya habían encontrado otras alternativas. Durante el siglo XIX el sector que creció mientras tanto fue la industria manufacturera, sobre todo en la producción de prendas y artículos de cuero. Y fue a más con la llegada del ferrocarril, ya que facilitaba el comercio en la región.

En 1822 Boston pasó de ser “Town of Boston” a “City of Boston”, alcanzando la categoría de ciudad. En esa década la población creció considerablemente, en parte gracias a la llegada de una primera oleada de inmigrantes europeos, sobre todo irlandeses, que se asentaron en el North End. Poco a poco la ciudad fue ganando terreno al mar rellenando pantanos, marismas y lagunas. Así nacieron el South End, el West End, el distrito financiero y Chinatown.

A mediados de siglo Boston se convirtió en ciudad de referencia cultural y epicentro del movimiento abolicionista. Además la población siguió creciendo con la llegada de más inmigrantes. No solo llegaron irlandeses, también alemanes, italianos, libaneses, sirios, francocanadienses o judíos procedentes de Rusia y Polonia.​ Los barrios de Boston quedaban divididos por grupos étnicos o nacionalidades. En el West End se asentaron rusos y polacos. Los italianos se mudaron al North End convirtiéndolo en Little Italy y trasladando a los irlandeses al sur y Charlestown. También al sur se movieron los judíos así como los polacos y lituanos católicos. Hoy en día los católicos son la comunidad religiosa más importante de la ciudad debido a la llegada de irlandeses, italianos, portugueses o polacos.

Estos barrios barrios de inmigrantes solían ser pobres y apenas se hablaba inglés. Para tener una conexión con el viejo mundo, pronto crecieron iglesias, mezquitas y sinagogas.

Entre 1820 y la década de 1920 cerca de 37 millones de personas llegaron a Boston. Desarrollaron los barrios y las fábricas, construyeron una nueva ciudad con esperanza, sudor y lágrimas. Porque la idea que llegaba al viejo mundo era que América era un lugar de oportunidades, donde tendrían trabajo y un sitio en que vivir desahogadamente. Lo que nadie les explicaba es que antes tenían que levantarlo.

Al igual que Chicago, Boston también pasó por un importante incendio. A las 7:22 del 9 de noviembre de 1872 un almacén próximo a Summer Street se incendió y pronto todo el centro de Boston estaba ardiendo. El resultado fue un desastre de épicas proporciones. Murieron 20 personas, 9 de ellos bomberos, en un incendio que duró 12 horas. Acabaron destrozados más de 775 edificios y los negocios del barrio perdieron prácticamente todo. Los daños totales se estimaron en unos 75 millones de dólares (el equivalente a mil millones hoy en día).

Los edificios de Boston eran altamente inflamables, puesto que a pesar de que los exteriores fueran de ladrillo y granito, sus tejados y escaleras internas eran de madera. Además, muchos almacenes contenían productos inflamables, como telas. La cosa se complicó más incluso porque los bomberos, además de luchar contra el fuego, se encontraron con una presión baja del agua, líneas complicadas de gas, muy pocas bocas de riego y un poco de mala suerte (muchos de los caballos que se necesitaban para transportar el equipo de los bomberos estaban enfermos aquella noche).

Sin embargo, el desastre no pilló por sorpresa a todos, puesto que ya el jefe de bomberos John Damrell había avisado a los oficiales en repetidas ocasiones de que la ciudad era muy vulnerable al fuego. Incluso en 1866 había pedido (y le fue denegado) que se actualizaran las normas de construcción y se dotara de mejor equipamiento al departamento.

A comienzos del XX Boston declinó como consecuencia de la decadencia de las fábricas, que se habían quedado obsoletas y había provocado la marcha de varias empresas. No se comenzó a recuperar hasta la década de 1970, momento en que se empezaron a construir numerosos rascacielos en el distrito financiero y en Back Bay.

Desde finales del siglo XX la ciudad se ha encarecido notablemente y es una de las ciudades más caras de los Estados Unidos, algo que pudimos comprobar a la hora de buscar alojamiento. Los precios eran prohibitivos y al final acabamos ampliando la búsqueda y reservando en la parte este de la ciudad, cerca del aeropuerto. El problema es que el coche había que devolverlo en el centro, así que nos tocó comernos el atasco de entrada de hora punta.

De ahí la importancia de haber hecho algunas compras el día anterior, porque así no iríamos con la hora tan pegada. Llegamos al apartamento y por unos metros no podemos aparcar para descargar. El coche que iba delante de nosotros de repente rompió el eje y se le quedó la rueda delantera atravesada, colapsando la calle. Una calle donde las casitas tienen un estilo muy pintoresco. Me recordaban en cierto modo a las de San Francisco por los colores, las tablas horizontales, los miradores…

El apartamento era bastante amplio, más grande de lo que parecía en las fotos. Tenía una distribución un tanto extraña, intuyo que porque es la partición del adosado entero en varias viviendas. Además, había un escalón en la mitad, pero la verdad es que estaba muy bien para nosotros, sobre todo por contar con espacio para reorganizarnos y preparar las maletas antes de marcharnos.

Contábamos con dos habitaciones (una bastante más grande que la otra), una zona de estar, un comedor, una amplia cocina y un baño.

Además, nuestro anfitrión nos había dejado algo de agua, zumos, tes y café. Luego nos escribió para decirnos que se le había olvidado la leche y nos la acercaría, pero no tomamos, así que no nos preocupó. La verdad es que pensó en todo, incluso tenía un bote de tapones, ya que de vez en cuando se oían los aviones, aunque no era muy molesto. Al menos para una estancia corta.

Sin entretenernos mucho, volvimos al coche tras comprobar que no nos dejábamos nada y nos dirigimos al centro. Rellenamos el depósito para entregarlo lleno y buscamos la oficina de Avis donde apenas revisaron nada. Pero bueno, nosotros teníamos un vídeo de cómo estaba en recogida y en entrega por si hubiera que reclamar. En total habíamos hecho 1.820 millas.

En la planificación no teníamos nada previsto para la tarde. Sin embargo, en vista de que en los próximos días nos iba a llover, nos tocó reajustar como en Toronto. Nos quedaban un par de horas de luz, así que nos pareció buena idea acercarnos a Cambridge donde se encuentra h, ya que al ser un campus queda todo bastante recogido.

De momento lo dejamos aquí.

Road Trip por la Costa Este de Estados Unidos y Canadá. Día 11: Paso de frontera a Estados Unidos y llegada a Merrimack

Llegamos al día 11 de nuestro viaje. Teníamos planeado originalmente visitar el Canal Lachine, pero nuestro anfitrión nos dijo que no había mucho que ver y como teníamos muchos kilómetros por delante y además un cambio de frontera, decidimos tirar millas. Con la planificación el trayecto entre Montreal y Boston nos suponía la misma problemática que el de Chicago a Toronto: demasiados kilómetros para hacer del tirón con recogida/entrega de coche y con paso fronterizo además. Así que, al igual que al principio hicimos noche en London (ya en tierras canadienses), en este caso elegimos Merrimack, a unos kilómetros de Boston, para así asegurarnos llegar con tiempo a la oficina de Avis.

La elección de Merrimack además no fue aleatoria. En Estados Unidos cada estado tiene unos tipos impositivos diferentes, por ejemplo, Nueva York tiene un 8.49%, sin embargo, New Jersey un 6.85%. De ahí que sea frecuente en un viaje a Nueva York acercarse al famoso outlet de New Jersey. Illinois tiene un 8.64% y Massachussets un 6.25%, pero es que New Hampshire no tiene. Oregón, Montana y Delaware son los otros tres que tienen un 0%. Y en Merrimack hay un Premium Outlets, por lo que parecía una parada interesante para matar dos pájaros de un tiro. Por un lado un lugar para hacer una parada técnica y por otro echar un ojo a la ropa y calzado. Además estaba al lado del hotel.

Aún así, de Montreal a Merrimack teníamos por delante 435 kilómetros, así que madrugamos, recogimos, cargamos el coche y nos echamos a la carretera. La frontera sin embargo la teníamos a menos de 100 kilómetros, así que nos la quitamos pronto de en medio. Eso sí, el trámite no fue tan rápido como la entrada a Canadá, ni el funcionario en cuestión tan simpático. Nos pidió pasaportes, se aseguró de quién era quién y le sorprendió ver que no habíamos entrado juntos al país, por lo que hubo que explicarle que unos llegamos a Chicago vía Dublín, mientras que otros llegaron directamente a Chicago. Lo del sello en Dublín le despistó. Además, nos hizo las preguntas de rigor sobre qué habíamos hecho en Canadá, cuántos días, la relación entre nosotros, cuándo nos íbamos, qué íbamos a hacer mientras tanto en Estados Unidos y si llevábamos algo de comida o animal. Esto último era lo único que nos tenía algo preocupados, pero tan solo llevábamos zanahorias, algo de hummus y guacamole, unas bananas y bolsas de patatas, que no parecía muy peligroso por un tema de insectos, pero como ya tuvimos un incidente con unos plátanos, teníamos la incertidumbre. Y más aún cuando el señor nos devolvió los pasaportes con un gesto de la mano que no sabíamos si significaba échate ahí a un lado, o venga tira. Al final resultó que era lo segundo, por lo que en cinco minutos estábamos ya enfilando las carreteras del verde estado de Vertmont (originales los franceses, ¿no?).

Llegamos a medio día al hotel Quality Inn Nashua y decidimos aprovechar el rato de tarde que quedaba hasta el cierre del centro comercial para hacer una primera aproximación y así salir antes al día siguiente para Boston. Cerca del hotel teníamos un Walmart, y siempre hay un Subway dentro, así que no nos complicamos la vida y decidimos comer allí y de paso echar un ojo a la ropa. Ya habíamos descubierto en la Costa Oeste que Walmart tiene un buen surtido de camisetas estampadas de Marvel, DC, videojuegos y dibujos por un precio bastante asequible. Una camiseta que en España no bajaría de 20€, allí la podemos encontrar por $7.5 (en este caso además, limpios, sin impuestos añadidos). Así que, por un lado hay ahorro por la diferencia de importe, y por otra por el cambio de divisa. Además, son de buena calidad, con un algodón bastante gordito y que resiste bien los lavados. Prueba de ello son las camisetas que ya se vinieron con nosotros en 2012.

Walmart también comercializa vaqueros a $20 y con gran variedad de cortes. Suelen tener tanto Wrangler como Levis, estos últimos bajo la marca Signature, pero salen bastante bien y duran bastante. Eso sí, en mujer es más complicado encontrar, sobre todo si no buscas las modas. En hombre es algo más estándar (aunque también hay estilos más modernos con pata muy ajustada) y es más fácil hacerse con una buena pila de ropa.

Sobre las cinco de la tarde nos fuimos al outlet. Había tiendas que eran de un estilo demasiado pijo para nosotros, por lo que hicimos algo de filtro y con el plano en la mano decidimos centrarnos en unas 5 ó 6 y dejar otras tantas para el día siguiente. Yo iba sobre todo en busca de vaqueros de tiro bajo que desde hace un par de años no se venden en ningún sitio, y en un descarte en Aérospostale encontré unos por $7.99, así que me di por satisfecha. Entramos en Adidas, Reebok y alguna zapatería más sin éxito y acabamos en Columbia, donde salimos cargadísimos. Además de lo que comentaba de la diferencia de precio y del cambio de divisa, la tienda es un outlet, por lo que los precios son más bajos. Pero es que estaban de rebajas, así que había precios muy interesantes. Y si registrabas el correo electrónico te hacían un 10% de descuento adicional. Yo acabé llevándome estas zapatillas por $22.66 (marcaban $62.96) y una bolsa con el interior isotérmico para llevar la comida al trabajo por $14.36. Tenía mis botas de montaña impermeables que estrené en Escocia y otras de ese mismo invierno algo más ligeras para el día a día, pero si no, habría arrasado con la tienda porque ni en el Decathlon en rebajas habría encontrado ese precio. Había precios absurdos, como el unas que en teoría tenían una tara (que no encontramos) y que por tanto incluían un descuento adicional. De $39.96 que marcaban, al final se quedaron en $12.23.

Ya cerca de las 8, poco antes del cierre, nos fuimos al edificio en el que había varios locales de comida y pedimos en un asiático que la verdad es que era un poco mediocre. La carne estaba un poco chiclosa y las verduras insípidas. Nos costó todo $32.86.

Para terminar el día volvimos al hotel, bastante similar al de London: dos camas, escritorio con televisión, armario, nevera, microondas y cafetera. Por suerte esta vez no parecía que hubieran matado a nadie en nuestra habitación como en el de Ottawa.

Después de organizar un buen despliegue de eliminado de etiquetas y de reorganización de maletas y bolsas nos echarnos a dormir. Al final fue productivo el día.

Road Trip por la Costa Este de Estados Unidos y Canadá. Día 10 V: Montreal: Quartier des Spectacles y Chinatown

Los bagels a media mañana nos habían dado energía, pero eran las 4 de la tarde y había hambre. En la calle Sherbrooke directamente nos olvidamos, pues sabíamos que los precios iban a ser desorbitados, así que probamos suerte en el entorno de la Plaza de las Artes. Y por primera vez en diez días, entramos en un McDonald’s. Dadas las horas que eran tampoco estábamos para andar sopesando muchas opciones, así que entramos, pedimos un par de ensaladas griegas, una hamburguesa de pollo a la barbacoa y un wrap. Lo acompañamos con un par de patatas y un par de bebidas, ya que se podía rellenar tanto como se quisiera. Nos salió todo por $40,08. Después tomaron unos helados, que costaron otros $10,19.

Y una hora más tarde, con el estómago lleno y habiendo descansado un poco, continuamos con nuestra visita a Montreal esta vez en el Barrio de los Espectáculos, el distrito con más vida artística y entretenimiento de la ciudad. A lo largo de todo el año sus teatros, cines y salas de espectáculos llegan a acoger unos 40 festivales artísticos y musicales. Hay eventos de todo tipo: de música clásica, ópera, variedades,humor, comedias musicales, danza, jazz, teatro… Pero no todo tiene lugar en interiores, ya que la cultura también se vive en las 8 plazas públicas que conforman el barrio.

La plaza central es la Place des Arts, compuesta por seis salas de espectáculos: la Salle Wilfrid-Pelletier, la Maison Symphonique, el teatro Maisonneuve, el teatro Jean-Duceppe, la Cinquième Salle y le Studio-théâtre.

La tarde estaba muy animada y la gente estaba disfrutando del sol y las temperaturas suaves que tenían esos días en la ciudad. Además, había a lo largo de la calle peatonal varios espacios con césped artificial que invitaban a sentarse a relajarse.

En el área se encuentra también el Museo de Arte Contemporáneo, también conocido como MAC.

Es la primera institución en Montreal en albergar únicamente arte contemporáneo. Cuenta con una colección permanente de casi 8.000 obras de artistas tanto canadienses como internacionales. Además, cada poco tiempo tiene rotaciones de colecciones temporales.

Tomando la calle Saint Catherine y girando en Saint Laurent Boulevard casi llegando a Chinatown encontramos el Monument-National, uno de los teatros más antiguos de la ciudad.

Fue construido entre 1891 y 1894 con el fin de convertirse en centro cultural franco-canadiense y para albergar los servicios administrativos de la Sociedad Saint-Jean-Baptiste de Montreal. A pesar de no estar acabado, se inauguró en 1893.

En 1971 fue comprado por la Escuela Nacional de Teatro y a finales de siglo se renovó. En la actualidad incluye tres teatros: la Salle Ludger-Duvernay, el Studio Hydro-Québec y el pequeño teatro La Baranda.

Enfrente se encuentra la Société Des Arts Technologique, una organización cultural fundada en 1996. Su objetivo es investigar, producir, promocionar y preservar obras de arte que utilizan nuevas tecnologías.

Fue ampliado en 2010 añadiendo un nuevo piso además de una nueva sala y la gran cúpula que permite ver proyecciones de 360º.

Estos edificios sirven de límite con Chinatown, que se desarrolla en el cuadrante alrededor del Bulevar Saint Laurent.

El barrio queda flanqueado por cuatro puertas: la puerta norte entre Saint-Laurent y René Lévesque, la sur entre Saint-Laurent y Viger, la este entre Saint-Dominique y de la Gauchetiere y la oeste entre Jeanne-Mance y de la Gauchetiere.

Realmente no es un barrio muy turístico, salvo que vayas en busca de comida asiática, ya que hay numerosos restaurantes vietnamitas y chinos, tiendas de especias o mercados. Es el hogar de la comunidad asiática. Incluso tiene el único hospital chino en Canadá.

La construcción más antigua del barrio es el edificio Wing, que se encuentra en la Plaza Sun-Yat-Sen. Albergó una escuela militar, una fábrica de cajas de papel y un almacén. Hoy acoge Wing’s Noodle y Fortune Cookie Factory.

La plaza, inaugurada en 1988, está dedicada a Sun Yat Sen, el padre ideológico de la China moderna. Cuenta con un pequeño escenario de cemento que sirve para eventos, actuaciones y espectáculos. Estaba muy animada con señores mayores jugando al Majhong, cartas y juegos que desconocíamos.

Callejeamos un poco el barrio y volvimos al apartamento a hacer las maletas y dejarlo todo preparado para el día siguiente.

Ya de noche salimos a vivir el ambiente del Gay Village. Las calles del barrio además de decoradas con banderas, tenían unas tiras con pelotas de colores que también conformaban una bandera LGTBI.

 

Después nos fuimos a hacer unas fotos nocturnas en el entorno de la Biosphere, ya que el día anterior viniendo de Quebec lo vimos iluminado. No obstante, cuando salimos del metro aquello estaba todo apagado. De hecho, tuvimos que andar guiándonos con las linternas de los móviles. Nos dirigimos a la orilla opuesta de la isla, junto al Puente Jacques-Cartier, para poder fotografiar el Viejo Puerto y su noria.

Estuvimos allí un rato probando con la larga exposición y nos sorprendió una mofeta, que se nos acercó demasiado y tuvimos que espantar para que no nos soltara su apestoso tufo. Cuando ya nos cansamos de experimentar, para concluir el día, nos fuimos en busca de la cena. No nos podíamos despedir de Canadá sin probar la poutine, así que fuimos al Restaurante La Banquise, que abre 24 horas al día.

La poutine es el más destacado plato típico de Canadá, y en realidad no es nada del otro mundo. Consta de una base de patatas fritas a la que se le añaden taquitos de queso blanco (casi requesón). Todo ello se riega con una salsa de carne, por lo que las patatas quedan blandas. Es un plato muy básico, pero una bomba calórica. Además de los tres ingredientes básicos tradicionales, se le puede añadir cualquier cosa al gusto: carne, verduras, hortalizas…

Surgió en los años 50 en la provincia de Quebec, aunque se ha extendido por todo el país. Parece que nació en un área de servicio cuando un camionero roció sus patatas fritas con queso con salsa de carne. Alguien probó aquella mezcla, decidió que estaba rico y lo añadió a la carta.

Pedimos una clásica y una Matty, que lleva bacon, pimientos verdes, cebolla y champiñones. Nos costaron $19,37.

Eran más de las 11 de la noche y no teníamos buena combinación de transporte de vuelta al apartamento, así que nos las comimos mientras andábamos en el camino de vuelta. Entraron bien porque era tarde y había hambre, pero no son algo del otro mundo. Sí que estaban bien de sabor, pero demasiado grasientas y, al menos a mí, las patatas me gustan más crujiente.

Con esto dimos por finalizado el día y nuestra visita a Canadá.

Road Trip por la Costa Este de Estados Unidos y Canadá. Día 10 IV: Montreal: Mille Carré Doré

Nos bajamos en la parada de metro de Guy-Concordia para seguir nuestro recorrido por Montreal, esta vez la parte oeste de la Rue Sherbrooke, un área también conocida como la Mille Carré Doré. Ya sabiendo que es la milla cuadrada dorada podemos hacernos una idea del nivel adquisitivo que nos vamos a encontrar. También es conocido como el barrio de los museos, por la alta presencia de galerías de arte y del Museo de Bellas Artes.

Comenzamos por el Grand Séminaire De Montréal, el centro de enseñanza sacerdotal de la diócesis de la ciudad.

Fue fundado en 1840 por los Sulpicianos y construido entre 1854 y 1857 en el antiguo Fort de la Montagne, del cual solo se conservan dos torres. Se expandió hacia el este entre 1867 y 1871 para albergar al Collège de Montréal. Desde 1878 acogió la Facultad de Teología, adscrita a la Universidad Laval. Sin embargo, en 1967 estos estudios fueron transferidos a la Universidad de Montreal.

Debía ser la hora de salida del colegio, pues hordas de chavales uniformados se dirigían a las paradas del transporte. La escuela, que en 2017 celebró su 250 aniversario, presume de tener un programa educativo innovador en el que el deporte tiene una gran presencia, pero en el que también impulsan las nuevas tecnologías. Suena a colegio elitista, vaya.

Un poco más adelante, en el cruce con la calle Saint Marc se halla el Masonic Memorial Temple, que fue concebido como lugar de reunión de los masones y monumento conmemorativo de los que dieron sus vidas durante la I Guerra Mundial. Su construcción comenzó en 1929, así pues, finalmente no solo se dedicó a los caídos en la Gran Guerra, sino también en la II Guerra Mundial y la Guerra de Corea.

Diseñado por el arquitecto de Inverness, John Smith Archibald, el edificio está dividido en una parte baja más austera y una superior que llama la atención por el templo de inspiración clásica.

Caminando por la calle Sherbrooke nos encontramos con altas construcciones, pero también con algunos edificios algo más bajos, de carácter histórico y en cuyos bajos se ubican boutiques, restaurantes, salones de peluquería o tiendas de joyas.

La intersección con la calle Guy marca el pie de la carretera Côte des Neiges, una de las primeras rutas que dio acceso al Monte Royal. En la esquina noroeste se halla una oficina del Banco de Montreal, el primer banco de Canadá. Fue construida en 1928 en estilo Art Deco. Frente a él se encuentra la casa de Robert Stanley Bagg, un edificio de piedra arenisca roja completada en 1892 para un importante hombre de negocios. Hoy acoge en sus bajos tiendas y locales selectos.

En la acera opuesta se halla el Edificio de Artes Médicas, el primer edificio de oficinas construido específicamente con tal propósito en todo el país. Completado en 1923 en estilo renacentista se convirtió en una de las construcciones más altas de la ciudad con más de 45 metros. Como otros rascacielos de la época, está dividido en tres partes según el tipo de materiales utilizados. Su estructura es de acero y su fachada es principalmente de ladrillo y piedra caliza.

En el cuadrante de la Rue Redpath nos encontramos con la Iglesia de San Andrés y San Pablo, de rito presbiteriano y a la que acude el The Black Watch, un regimiento de las Highlands. De estilo neogótico, está realizada en acero y hormigón armado, aunque su interior es de piedra. Cuenta con una única torre de 41 metros de altura.

En realidad esta iglesia es el resultado de la unión de dos congregaciones. San Andrés se formó en 1802 y construyó un templo en la calle San Pedro. A mediados de siglo se mudaron a la esquina de la calle De la Gauchetière, y aunque en 1869 la nueva iglesia sufrió un incendio, fue reconstruida enseguida. Por su parte, San Pablo se formó en 1832 y dos años más tarde erigieron una iglesia en la calle Sainte-Hélène. Esta sería demolida en 1868, pues un año antes se mudaron al lugar que hoy ocupan la Estación Central y la Place Ville Marie. Ambas congregaciones se fusionaron en 1918 y San Pablo dejó su iglesia que acabó convirtiéndose en el Museo de Artes y Oficios de Quebec tras ser salvada de la demolición.

Siguiendo por la Rue Sherbrooke entre la calle Bishop y la Crescent, dos animadas arterias en las que predominan pubs, bares, discotecas y restaurantes, se halla el Museo de Bellas Artes, uno de los 100 museos más visitados del mundo.

Fue fundado en 1860, lo que lo convierte en la institución artística más antigua de Canadá. Es además el museo más grande de Montreal. Alberga 43.000 obras desde la Antigüedad al presente divididas en seis grandes colecciones. Podemos encontrar pintura, escultura, obras gráficas, fotografías y objetos de arte decorativos en sus cuatro pabellones (el Jean-Noel Desmarais dedicado a arte internacional, el Michal et Renata Hornstein a las culturas del mundo, el Liliane et David Stewart a artes decorativas y diseño y el Claire et Marc Bourgie centrado en arte de canadiense y de la provincia de Quebec). En aquel momento había una exposición sobre Picasso.

Frente a su fachada de estilo clásico destaca un tótem similar a los que habíamos visto en el museo de Ottawa.

Frente al pabellón Michal et Renata Hornstein se encuentra una escultura de dos corazones, obra del estadounidense Jim Dine.

Un poco más adelante, en la acera opuesta nos encontramos con Erskine y la Iglesia Unida Estadounidense que, aunque era un templo presbiteriano, ahora pertenece al museo.

Esta iglesia de estilo renacentista románico fue construida entre 1893 y 1894 para servir de lugar de culto a la congregación presbiteriana de secesionistas escoceses. Realizada en piedra, alberga 18 vidrieras de Tiffany, la mayor colección religiosa en Canadá, de hecho. Fue reformada entre 1938 y 1939, momento en que se reconfiguró el interior con un plan de anfiteatro, centrado en la mesa de la comunión. Además, se rediseñó con un estilo binzantino.

El número de fieles cayó significativamente en la década de 1970 y al final en 2004 la congregación se fusionó con otras y la iglesia se cerró. Pasó entonces al museo y ahora bajo el nombre de Salle Bourgie sirve como sala de conciertos y en ocasiones también acoge exposiciones temporales.

El barrio nació a mediados del siglo XIX, cuando la burguesía anglófona comenzó a mudarse a esta zona de la ciudad. Sobre todo se trataba de una comunidad formada por hombres de negocios provenientes de las Highlands. A principios del siglo XX aproximadamente el 70% de toda la riqueza de Canadá pertenecía a estos empresarios. Algunos de ellos son James McGill, William McGillivray (comerciante de pieles), Sir George Simpson (Gobernador en Jefe de la Compañía de la Bahía de Hudson), John Redpath (empresario especializado en azúcar), George Stephen (pionero del transporte ferroviario), Sir William Christopher Macdonald (tabaco) o Sir Frederick Williams-Taylor (director general del Banco de Montreal).

Tras la depresión de los años 30 llegaron los rascacielos y aunque el barrio fue perdiendo su esencia con la demolición de muchas casas y la construcción de nuevos edificios, las que han sobrevivido permanecen como testimonio de aquel pasado glorioso. Se pueden leer placas a lo largo del recorrido recordando su legado.

El edificio que asoma a la derecha de la antigua iglesia es un complejo residencial de 136 apartamentos llamado Le Château. Su construcción comenzó en 1925 e influyó en el desarrollo de la calle Sherbrooke como una arteria prestigiosa. Fue reconocido como el edificio residencial más insigne de la ciudad, una reputación que mantiene el la actualidad.

Con una estructura de acero, está cubierto por piedra caliza de Manitoba. Su tejado es de cobre, siguiendo el estilo de los grandes hoteles ferroviarios de Canadá. Su entrada principal da acceso a las tres alas de las que consta gracias a unos selectivos ascensores.

Frente a estos apartamentos se alza la cadena de grandes almacenes Holt Renfrew. Especializada en marcas de lujo y boutiques de diseñadores es el equivalente canadiense de la estadounidense Barneys y Saks Fifth Avenue. Fundada en 1837 en la ciudad de Quebec bajo el nombre de William Ashton & Co, originalmente era una tienda de pieles especializada en sombreros y gorras. El negocio creció y en 1847 se mudaron de tienda, renombrándola como William S. Henderson & Co. Durante muchos años cambió de dueños, lo que hizo que fuera rebautizada en varias ocasiones. En 1889 la empresa se expandió estableciendo su primera tienda fuera de la ciudad, en Toronto. En 1900 John Henderson Holt, que había empezado como empleado, fue nombrado presidente y la empresa se hizo conocida como Holt, Renfrew & Co.

Con la II Guerra Mundial sufrió el racionamiento de textiles y otros materiales, no obstante, el problema se solventó acortando mangas y dobladillos. Tras la contienda, renació como el mayor minorista de moda y peletería del país. Ganó más renombre aún en 1947 cuando el gobierno canadiense le encargó el regalo de bodas oficial para el enlace de la Princesa Isabel y el Príncipe Felipe. En aquel año además se firmó un acuerdo con Dior para comercializar su alta costura, un contrato que se acabaría convirtiendo en uno exclusivo. A este le seguiría otro en 1962 con Yves Saint Laurent. En 1975 se inauguró la primera tienda en la Costa Oeste en el nuevo Pacific Center, Vancouver. La compañía siguió expandiéndose, incluso con cambios de presidente, accionariado y nuevos formatos de venta. En la década de 1990 se asoció con Chanel.

En 2004 nombró a su primera presidenta, Caryn Lerner, quien venía de Barneys New York, Bloomingdale’s y Escada. Y un año más tarde se llevó a cabo una importante renovación de la marca. Se rediseñó el logo, se incorporó ropa de niños y se amplió el espacio dedicado al calzado.

Pero no solo hay marcas exclusivas como Chanel, Dior o Burberry en Holt Renfrew, justo cruzando la acera se halla la joyería Tiffany’s.

Se ubica en los bajos del Hotel Ritz-Carlton Montreal, inaugurado en 1912 ante unas grandes expectativas.

Durante la I Guerra Mundial los estándares de un hotel de tal nivel fueron complicados de mantener pero sirvió como alojamiento de ricos huéspedes y como lugar de reuniones de la Asociación de Banqueros de Estados Unidos. También allí tenía encuentros con sus amigos el Príncipe de Gales en sus visitas a la ciudad. Y no fue el único personaje de la realeza que lo visitó, ya que en la década de los años veinte fueron invitados la Reina María de Rumanía , el Príncipe Félix de Luxemburgo y el Príncipe Jorge, Duque de Kent.

Se vio afectado por la Gran Depresión y la II Guerra Mundial y vio cómo las estadías de sus huéspedes eran más cortas. En cierta manera, lo compensó con los residentes, ya que había gente que vivía de continuo en el hotel. A ellos se unieron otros temporales, sobre todo viudas y residentes de la zona mientras las obras de reducción de sus mansiones. No obstante, esto no era suficiente, y se redujeron las condiciones protocolarias para acceder al restaurante, lo que hizo que tuvieran más clientela y consiguieran mayores ganancias.

En 1947 fue comprado por François Dupré, el dueño del Hotel George V y del Plaza Athénée en París. Diez años más tarde el hotel fue ampliado con una nueva que añadía 67 habitaciones y suites. En 1964 Elizabeth Taylor se casó con Richard Burton, lo que le dio muchísima publicidad. Aún así, en las décadas posteriores tuvo que ser renovado, ya que se estaba quedando atrasado para las nuevas épocas. En 1992 fue vendido al grupo Kempinski y pasó por nuevas renovaciones diez años más tarde.

Frente al hotel se erige otro edificio histórico, los Apartamentos Acadia.

Construido en 1925 en el lugar en que se ubicaba la residencia de la familia Orr Lewis en el siglo XIX, fue el primero que se aprovechó de la nueva ley municipal que permitía superar las 10 alturas. Con doce plantas, se construyó siguiendo el estilo y los estándares de los complejos de apartamento que se estaban levantando en aquel momento en Nueva York.

Al otro lado de la calle Drummon se conserva la Maison Reid Wilson, un buen ejemplo de las casas que se construían en el último cuarto del siglo XIX. Terminada en 1883, fue renovada en 1901 por el arquitecto Richard A. Waite, quien reconfiguró la planta y la fachada. Movió la puerta principal a la derecha del edificio usando una de las columnas góticas originales en el nuevo pórtico. Siguiendo el método de los arquitectos del último período victoriano, incorporó elementos eclécticos de varios estilos. En 1951 fue vendido a Corby Distilleries Limited, quien la restauró y renovó. Desde 1974 está reconocida como monumento histórico por el Gobierno de Quebec.

Al lado se conserva la antigua residencia de Louis-Joseh Forget, que se convertiría en la sede del United Services Club en 1927, un club fundado en 1922 por veteranos de la I Guerra Mundial y que después admite a veteranos de las fuerzas armadas. En 1975 el edificio fue comprado por la Fundación Macdonald Stewart, que ahora ocupa la planta principal. Es una de las pocas residencias que se conservan de la última parte del siglo XIX. Al igual que su vecina, fue reconocida como monumento histórico en 1974.

La tercera casa en esta línea es el Club Mount Royal, construida en 1906 en la antigua ubicación de la casa de Sir John Abbott, el tercer Primer Ministro de Canadá.

El estilo de su fachada en piedra caliza recuerda a los palacios renacentistas italianos. También es monumento histórico desde 1975.

Finalizamos nuestro paseo por esta renombrada calle en el cruce con la Peel, donde se encuentra la escultura de Paul Lancz llamada Sensibilidad, representada por una madre y su hijo en mármol blanco de Carrara.

Muy cerca teníamos la estación de metro Peel, así que allí nos dirigimos para no cubrir a pie la distancia que nos separaba de la Plaza de las Artes, nuestro destino.