Trucos Viajeros: Errores a evitar

En todas las facetas de la vida cometemos errores, y en los viajes la situación no iba a ser diferente. Da igual que seamos novatos o experimentados, siempre hay fallos en menor o mayor medida. Pero de todo se aprende, así que hay que detectarlos para no volver a cometerlos. Me he sentado a reflexionar y he sacado unos pocos. Unos los he cometido yo, otros sin embargo son prestados de amigos o conocidos. Unos son más típicos, otros no tanto, pero conviene tenerlos en cuenta.

Podemos empezar a tener un desacierto ya antes incluso de viajar, como por ejemplo descartando destinos por prejuicios. A veces las noticias nos hacen formarnos una opinión sobre un lugar que no tiene nada que ver con la realidad. O que al menos está algo exagerada. He oído muchas veces al volver de un viaje lo de ¿Y es seguro?  No digo que no se corran riesgos al viajar, pero también estamos expuestos en nuestro día a día. Quizá no lo percibimos del mismo modo por tratarse de lo conocido, pero los peligros existen en todos sitios. De una forma u otra. Obviamente no hablo de países en guerra, claro.

Por otro lado, un fallo común es el no crear un presupuesto. A veces incluso es más importante que tener el destino decidido. Cuando una necesita salir de viaje para desconectar, ver mundo y olvidarse de la rutina no siempre importa dónde. Así, es clave echar cuentas y decidir un presupuesto y ver hasta dónde se puede llegar. Pero de verdad, sin préstamos ni tarjetas de crédito que nos endeuden.

Un error que he visto cometer mucho es no planear con suficiente antelación. Me gusta sacar los vuelos al menos con seis meses de adelanto. No siempre se puede, claro, pero es algo que puede encarecer bastante el presupuesto si dejamos pasar el tiempo. Con los alojamientos o vehículos no es tan drástico a nivel económico, pero cuanto más se acerque la fecha y según en qué temporada, número de personas y lugar puede ir menguando la disponibilidad y quedarnos a dos velas. No es que haya que obsesionarse con un alojamiento en pleno centro de la ciudad, pues a veces es mucho más conveniente que esté bien comunicado con transporte y en una zona tranquila con lugares donde comer o comprar, a que esté en el meollo. Probablemente nos ahorraremos algo de dinero y como no todos los días nos vamos a desplazar a la misma zona, no importa que tengamos que tomar el transporte público.

Y a la hora de llevar a cabo estas reservas hay que tener en cuenta ciertos detalles. Por ejemplo, a la hora de sacar un vuelo al extranjero conviene no olvidarse de la vigencia y caducidad de nuestros documentos (pasaporte, carnet de conducir, tarjeta sanitaria, tarjetas bancarias…).Por ejemplo, para un buen número de países el pasaporte ha de tener una vigencia de mínimo seis meses, pero mejor confirmar antes de que no nos dejen subir al avión. Y además, verificar si necesitamos visados. Un mínimo de investigación sobre el destino nunca viene mal. No hay que cometer el error de no revisar si nuestro carnet de conducir es válido o necesitamos el internacional.

Importante también es no caer en la idea de que no merece la pena sacar un seguro de viaje si solo son unos días. No suelen subir excesivamente de precio y nunca sabemos lo que puede pasar. Un retraso, pérdida de maletas, pero sobre todo por el tema médico. Una tontería como una torcedura de tobillo puede salirnos tremendamente cara según donde nos encontremos. Invertir en seguridad y salud nunca es un error. Como tampoco lo es saber el tipo de sangre y alergias que tenemos.

Uno de los más nefastos sin embargo es la falta de información. No hace falta leerse toooooodos los blogs y páginas que haya sobre nuestro destino, verse listas y listas de reproducción de Youtube, pedir información a información y turismo y comprarse varias guías, pero un mínimo de documentación nunca viene mal. Sobre todo para no acabar en el Caribe en época de huracanes, en el sudeste asiático en la de tifones (no saldrás del hotel) o en ramadán en un país musulmán (estará todo cerrado). Hay que saber localizar el país en un mapa y conocer un poco sobre su cultura, climatología, si es necesario vacunarse o sacar visado, el idioma que se habla (no está de más aprender los saludos y gracias), moneda…

Yo este fallo no lo tengo. Más bien peco de lo contrario, de tener el síndrome de Diógenes pero en la versión digital. Me guardo todo lo que voy encontrando y al final tengo tanta información que no sé ni por dónde empezar. La solución es simplificar las fuentes de información según mis propios intereses (ya que no todos los viajeros tienen las mismas motivaciones, prioridades, gustos, tiempo o dinero) y según antigüedad (pues la vida pasa y cambian los precios, las normativas…).

A la hora de planificar se nos puede ir la mano (culpable) y montar rutas difíciles de cumplir. Con el tiempo me he relajado algo (algo) y ya no intento abarcar tanto, pero he cometido el error de querer cubrir todo sin considerar que pueden surgir imprevistos con el tiempo, el transporte o simplemente que en determinado lugar nos queramos parar más tiempo porque nos ha gustado más de lo que pensábamos. Así que, al igual que planteamos un presupuesto con un remanente para contingencias, es conveniente hacer lo mismo con la planificación de las rutas y dejar cierta flexibilidad.

Una gran equivocación es la de no preparar copias de los documentos importantes. La experiencia me dice que nunca sobra llevarlos en formato digital (además a ser posible en la nube con acceso sin conexión) y en formato físico. Parece una tontería, pero si ya de por sí un robo o pérdida en casa supone un trastorno, más aún cuando estás fuera.

Un error que quizá cada vez se cometa menos es el de no avisar a la familia de nuestro itinerario. Hoy ya estamos hiperconectados y seguramente mandemos fotos al embarcar con el número de vuelo al fondo, de nuestro alojamiento, de dónde comemos o en qué punto turístico nos encontramos; pero aún así, conviene dejar anotado el itinerario con números de vuelos, hoteles, o ciudades a la que se va a viajar para que, en caso de una hipotética emergencia, estemos localizables.

Sin embargo, sí que hay quien se olvida de informar al banco de que pretende usar las tarjetas en el extranjero. Esto varía según cada entidad, y normalmente por un pago puntual en un país europeo no hay problema, pero si se detectan varias localizaciones en poco tiempo, es probable que salte una alerta y nos las bloqueen. Después hay que esperar un par de días para que las reactiven, lo que puede causar grandes inconvenientes. En nuestro viaje a Seychelles, Bombay y París, yo avisé a mi banco para que no saltaran las alarmas y ellos me aconsejaron quitar la protección anti-robo temporalmente, pero a la vez, para mayor seguridad, que desde la aplicación las activara y desactivara cuando fuera a realizar una operación, para así tener el control yo. No obstante, cada banco tiene su operativa, por lo que mejor asegurarse. O llevar tarjetas monedero.

También relacionado con el aspecto económico, es usual cometer el error de no informarse del cambio de divisa y de las comisiones que aplicaría el banco tanto por cambio, por pago con tarjeta o por retirada de efectivo. Generalmente la mejor opción suele ser esta última, pero como siempre, depende de cada caso y de los porcentajes que apliquen. La pela es la pela y la banca nunca pierde, así que hay que buscar cuál es la mejor opción de todas para nosotros.

Donde también podemos cometer un desacierto es en el aspecto relacionado con la telefonía. El móvil se ha convertido en un elemento imprescindible en nuestras vidas y cuando vamos de viaje no puede faltar. De hecho, es una herramienta muy útil no solo como teléfono en sí o como almacenamiento o cámara, sino que nos sirve para ubicarnos en una ciudad gracias al gps y los mapas, y nos permite improvisar cambiando los planes sobre la marcha. Pero ojo, porque para la mayoría de estas utilidades necesitaremos tirar de internet y no a cualquier precio. Como decía más arriba, la información es importante, y antes de viajar es preciso confirmar en primer lugar si nuestro terminal va a funcionar en la red del destino, ya que las bandas de telefonía no son las mismas en todo el mundo.

Por otra parte, aunque en Europa se ha eliminado el roaming y mantenemos nuestra tarifa de datos, siempre hay unos límites, que también conviene saber. Además, no siempre nos sirven todas las redes disponibles, sino que generalmente nuestro operador tiene un acuerdo con uno del destino o necesitamos activar algo en nuestro terminal. Otro dato que hay conocer. Y por último, hay que asegurarse de que nos conectamos a una red de un país que esté incluido, no sea que estemos en Grecia y por equivocación naveguemos con una turca.

Y si no, siempre nos queda comprar una tarjeta local y olvidarnos de la nuestra temporalmente.

Uno de los fallos en los que intento no caer es dejar el equipaje para el último momento. Se corren demasiados riesgos, pues podemos olvidarnos algo importante como medicamentos que luego nos va a costar conseguir en destino o algún documento. Para evitar además esto, conviene tener una lista que se pueda reutilizar de un viaje a otro tan solo ajustando tipo de ropa y calzado. Así evitaremos despistes y viajar con exceso de peso por haber llenado la maleta de “por si acasos”.

Cuando viajamos en avión, es frecuente ver cómo hay gente que aún comete el error de no hacer el check-in electrónicamente. En algunos casos hasta es imprescindible si no se quiere pagar por ello, como en algunas low cost. Pero sobre todo es un error no hacerlo antes de llegar al aeropuerto porque nos ahorrará tiempo. Especialmente en aquellas ocasiones en las que no facturamos. Además, en ocasiones, podemos elegir ya el asiento, con lo que cuanto más tiempo de adelanto, más espacios disponibles donde escoger.

Y también es recomendable hacer el check-in online para hacer peticiones extras, como la comida, requerimiento de ayuda por reducción de movilidad o incluso cuando teníamos un billete sin maleta en bodega pero decidimos a última hora que la vamos a necesitar, pues sale más barato vía online que directamente en el aeropuerto. En definitiva, todo lo que nos podamos quitar antes de llegar allí, mejor. De esta forma luego irá todo más fluido.

Normalmente el viajero novato suele acudir con demasiado tiempo al aeropuerto y aunque, en general, con un par de horas es suficiente, tampoco hay que confiarse pues dependiendo de los controles que tengamos que pasar y las fechas en las que viajemos puede que necesitemos estar un poco antes. Sobre todo si hay que pasar por mostrador para facturar, después control de seguridad y por último el de pasaportes. A nada que tengamos que esperar un poco de cola iremos justos.

Puede que cometamos el error (o alguien delante de nosotros) de no medir el equipaje de mano y todo se ralentiza. Cada aerolínea tiene sus propias normas y algunas son más estrictas que otras, pero en general, el equipaje de mano debe caber en el compartimento superior de los asientos (o bajo el de delante si es una mochila). En cuanto al peso también varía entre los 5 y 10 kilos dependiendo de si es un vuelo corto o largo y de la compañía. En otros casos el descuido es no verificar cuántas maletas están incluidas en nuestro billete.

Pero peor que esperar en la cola de la aerolínea para facturar o conseguir el billete de embarque es hacerlo en la de seguridad porque alguien se ha olvidado de sacar los líquidos y aparatos electrónicos (o descalzarse cuando lleva botas) en el control. No hay que olvidar que tan solo se pueden llevar recipientes que no pasen de los 100 ml (y en total que no superen el litro) en una única bolsa transparente. En cuanto a la categoría de electrónica que hay que poner en la bandeja se encuentran las cámaras reflex, tabletas, portátiles y (a veces) libros electrónicos.

Tan importante es saber hacer bien una maleta facturada como la de mano. Hay quien comete el error de no empacar lo esencial en el equipaje de mano. Pero no está de más llevar en él una o dos mudas, los medicamentos, cargadores y artículos básicos de aseo (además de documentación o dinero/tarjetas, claro) por si se perdiera lo facturado o llegara con retraso. También es útil llevar un bolígrafo, pues a veces hay que rellenar formularios de inmigración y aduanas durante el vuelo.

Con las prisas y controles a veces vamos a la carrera y nos olvidamos de cotejar la información de los vuelos en las pantallas del aeropuerto. En ocasiones en el mostrador de facturación nos indican un número de puerta que luego cambia, y no comprobarlo puede incluso hacernos perder el vuelo.

Pero no solo cometemos errores cuando viajamos por aire, también por carretera. Como por ejemplo cuando no se revisa previamente el estado del vehículo o de las vías por las que vamos a pasar. Si vamos a viajar con nuestro coche, conviene hacer previamente una revisión para asegurarnos de que no nos vamos a quedar tirados. Y a la hora de salir, deberíamos consultar el tráfico por si tuviéramos que tomar alguna ruta alternativa.

Además, hay viajes excepcionales para los que hay que tomar más precauciones. No hay que olvidarse de tener en cuenta la climatología y la peculiaridad del trayecto. Por estas fechas vienen a la mente los viajes por carreteras secundarias con nieve. En los últimos años en España cuando ha nevado un poco más de la cuenta (es decir, cuando ha nevado) se han formado buenas aglomeraciones. Tanto que mucha gente tuvo que dormir en el coche en medio de la carretera nevada. Si vamos a hacer un viaje así, conviene llevar unas linternas, mantas y algo de comida. Y por supuesto el depósito lleno. Esto es algo que yo aprendí en el camino desde el Gran Cañón a Las Vegas. En este caso no había nevado, pero era un recorrido bastante yermo en cuanto a gasolineras se refiere y podríamos habernos quedado tirados en medio de la nada, con un sol de justicia y ninguna sombra.

Porque sí, pese a todos los errores que se pueden cometer antes de realizar un viaje, no nos libramos de caer en más durante. Por ejemplo, a pesar de haber hecho una planificación previa y haber consultado sobre el destino podemos pecar de seguir las guías de viaje al dedillo y pensar que lo caro o turístico es mejor. En muchos casos, sobre todo si nos hablan de locales de restauración, tiendas o alojamientos, hay empresas que han pagado por anunciarse. Así que, aunque no está de mal seguir ciertos consejos, hay que salirse del circuito y perderse entre los locales y sus costumbres. Tomar el transporte público local, pasearse por sus mercados y probar la gastronomía típica. Esto nos permitirá acercarnos más a la cultura local.

Obviamente, no se puede pensar que el riesgo cero no existe, y meternos por cualquier callejón. No hay que ignorar las recomendaciones de seguridad, pero más o menos habría que tomar las mismas precauciones que visitando nuestra ciudad (que en Madrid no son pocas).

Además, perderse en el universo local nos da otra perspectiva, pues no todo lo que es de pago es mejor. De hecho por ejemplo comer en lugares turísticos suele ser más caro y de peor calidad. Es una equivocación no aprovechar las actividades gratuitas, que las hay en todos sitios. Desde subir a una terraza de un hotel para disfrutar de las vistas a entrar en un museo un día determinado pasando por sentarse sin más en un parque a empaparse del ritmo del lugar o conectarse a redes WiFi para no gastar de tarifa de datos (aunque habría que tomar precauciones sobre si son seguras o sospechosas).

Aún así, siempre habrá que realizar ciertos pagos, aunque llevemos reservas hechas y el grueso está ya pagado. Por ello, es un error viajar sin efectivo y con una sola tarjeta. Es recomendable llevar algo de efectivo para pequeños gastos o por si nos encontráramos en un lugar aislado donde no hubiera cajeros cerca y no contasen con tpv. O incluso si estamos en plena civilización y fallara la tarjeta. Por eso mismo conviene no llevar solo una, sino al menos dos (y no guardadas juntas) como alternativa.

Es normal en un viaje comprar recuerdos, pero sin duda es un desacierto comprar todos los souvenirs al principio del viaje. Primero porque tendremos que cargar con ellos y si son delicados se pueden romper. Pero además porque nunca está de más comparar precios. A veces tras dar vueltas por una ciudad y salirnos de las calles principales encontramos mejores opciones. Cierto es que se corre el riesgo de ver algo y pensar que después lo encontraremos más barato y sin embargo acabamos perdiendo la oportunidad, pero suele ocurrir con objetos originales, no con las típicas figuritas de recuerdo o imanes.

Y lo de comparar precios no solo es aplicable a los souvenirs, sino a la hora de contratar servicios o incluso a la de sentarse a comer. En España no tenemos la costumbre de negociar los precios, pero no hay que olvidar que en algunos países no regatear es una ofensa. Así, hay que llegar a un acuerdo incluso para tomar un taxi, tuk-tuk o transporte similar.

Un error que siempre me hace girar la cabeza es el de estrenar calzado o no llevar la ropa adecuada. Cuando vas a estar pateando un lugar, lo suyo es llevar calzado que ya tengamos domado, que nos sea cómodo y que sea apropiado, que luego hay gente que se va a hacer la Ruta del Cares en chanclas… E igualmente ropa que nos dé movilidad y que se corresponda con la climatología, el lugar y con la cultura (no sea que nos saltemos algún código de conducta).

Pero sin duda, uno de los mayores que tenemos hoy en día es fotografiar más que observar y disfrutar del entorno. Y este es uno de los míos, lo reconozco. Vivimos tan pegados al móvil y las redes sociales, que fotografiamos todo. Unas veces para compartirlo, otras por inercia. Cuando además llevas cámara de fotos, quieres sacarlo todo desde todos los ángulos. En horizontal y vertical. Pero si añadimos el mantenimiento de un blog, ya quieres documentar cada detalle para que luego no se te olvide a la hora de escribir un post. Y al final, entre tanto mirar a través de una pantalla o un visor, dejamos de lado nuestra propia mirada. Tenemos que recordarnos que merece la pena pararse y observar detenidamente, quedarnos con pequeños detalles que no capta solo la vista, sino que están en la atmósfera del lugar.

Y a la vuelta, no queramos enseñar las tropocientas fotos a amigos a familiares. Sobre todo sin que hayan pasado un filtro previo, pues habrá cinco fotos prácticamente iguales desde diferentes ángulos o configuraciones. Pero bueno, esto se ha perdido un poco al compartir en las redes sociales, ya que ahí ya hacemos una selección.

Estos son los errores que me han venido al reflexionar, pero hay muchos más, claro. Seguro que seguimos cometiendo más, porque además, por muy experimentados que seamos, cada experiencia es única y nos aporta un nuevo aprendizaje. Lo importante es no tropezar dos veces en la misma piedra.

Obras en casa XIX: Dándole un lavado de cara al pasillo VIII

Hace unos meses comentaba que este invierno continuamos con la decoración de nuestro pasillo alegrando por fin la pared que había quedado vacía tras las obras. Pero nos quedaba otra: la que tenía la lámina del bosque. En este caso no había mucho debate en cuanto a cómo decorarla, la idea era crear continuidad con su opuesta, la de los cuadros de los viajes.

El único problema que nos ha dado es que sigue aún en construcción, por así decirlo. Cuando terminé la primera tanda de cuadros, quedaba claro que con un par de filas era suficiente. No queríamos saturar la pared y con el vinilo parecía ya estar bastante completa. Además, es una pared de paso, y probablemente acabáramos rozando los marcos de una tercera fila.

Sin embargo, la pared de la lámina hace como un metido, por lo que, aunque tiene el mismo tránsito, no nos pegamos tanto a ella. Así que queríamos llenarla más. Prácticamente el espacio que ocupaba el bosque. Como en 2017 no paramos de viajar y 2018 tampoco ha ido mal (pronto empezamos), teníamos contenido de sobra para más cuadros. Así pues, le dediqué algunos ratos a las manualidades y hemos comenzado a llenarla.

Y digo comenzado, porque aún nos quedan destinos por visitar y por tanto habrá más marcos. Habrá que ver si no nos quedamos sin paredes.

Esto va teniendo ya otro color.

Trucos Viajeros: Viajar en Crucero

En los últimos años se han popularizado los viajes en crucero y ya no es elegido solo para lunas de miel, celebración de bodas de plata/oro o para jubilados. El sector ha cambiado y las compañías se han abierto a todo tipo de perfiles, desde solteros a parejas pasando por familias con hijos pequeños o adolescentes e incluso a familias completas que van desde los abuelos hasta los nietos.

Sí que es verdad que el público varía en función del destino. En primer lugar porque no cuesta lo mismo un crucero por el Mediterráneo que por Alaska; pero también por el destino en sí, pues es más frecuente ver familias con hijos en zonas más de sol y playa que en Fiordos.

Pero empecemos por el principio. ¿Qué consideraciones habría que tener en cuenta a la hora de elegir un crucero si no sabemos ni por dónde empezar? Pues tenemos varios factores: duración, fechas, destino, itinerario, naviera/barco y precio total.

En primer lugar hay que saber de cuántos días disponemos o queremos disponer. Podemos encontrar cruceros desde 3 noches (sobre todos los fluviales) hasta más de 3 meses (los de vuelta al mundo). Algo intermedio (y lo más frecuente) oscila entre la semana y los 10 días.

El punto anterior en parte casi va de la mano con el área geográfica. Si queremos viajar a una zona próxima como el Mediterráneo solo necesitaremos un día o dos más que los propios del crucero, sobre todo tras volver, porque son agotadores. Pero si cruzamos el charco, precisaremos de más días por una cuestión de cuadrar horarios de vuelos con la salida del crucero (y desembarque – vuelta). Y es que no siempre está el vuelo incluido, por lo que hay que buscarlo aparte, lo que convierte la planificación en un encaje de bolillos.

Además, el destino que queramos elegir nos condicionará las fechas, ya que los barcos se mueven por temporadas. Así, entre junio y agosto será temporada alta para Alaska, Bermudas y Norte de Europa; si abarcamos un poco más (entre mayo y septiembre) encontramos la del Mediterráneo; con el cambio de otoño llega la de Canadá, que es entre septiembre y octubre; y finalmente de diciembre a febrero es la época óptima para Sudamérica y Hawaii. Caribe suele tener cruceros casi todo el año y su temporada alta suele estar condicionada por las vacaciones de los estadounidenses. Así, tiene varios picos, por un lado de junio a agosto, por otro navidades y finalmente de febrero a abril.

Por tanto, deberíamos considerar las variables cuántos días tengo, en qué época y adónde quiero ir casi paralelamente. Generalmente una de ellas está clara y condiciona al resto. A veces es la época del año y hay que valorar qué destinos nos quedan disponibles, y otras veces nos hemos empeñado en un destino.

Claro que eso no es todo, pues en base a ese filtro hay que ver qué itinerario nos interesa más. A mí personalmente me gusta que el día de navegación esté al final, para así tener tiempo para preparar la maleta y descansar antes de volver a la rutina del día a día. Hay quien, sin embargo, lo prefiere al principio para así conocer el barco. Va en gustos, como todo. En cualquier caso, también es importante valorar el inicio y el fin, pues en muchos casos la escala del primer día se va y no da tiempo para nada. Otras veces sin embargo hace noche y no sale hasta el segundo día. Lo mismo para el desembarque, suele ser tan temprano que mejor olvidarse de ver nada.

Más allá, hay que estudiar no solo las escalas que realiza (que sean de nuestro interés) sino el tiempo que permanece en cada puerto (y en qué horario, pues en invierno puede ser de noche a las 5 de la tarde en según qué lugares). De este modo podremos planificar las excursiones con anterioridad. Hay que tener en cuenta que en muchas ocasiones suele desembarcar en primer lugar la gente con excursión de la naviera y después los que van por libre, así que fácilmente hay que restar tiempo útil. Y lo mismo a la hora límite, pues siempre hay que estar media hora antes de la hora de salida.

Otro factor que puede inclinar la balanza es la naviera y el tipo de barco. Cada compañía de cruceros es diferente y, aunque suelen intentar abarcar un amplio abanico de viajeros, las hay que están enfocadas a un ambiente más familiar, otras a un público más juvenil y algunas se centran en personas mayores. Esto lógicamente influirá en la oferta de ocio, por lo que conviene informarse un poco al respecto. Tampoco el idioma o los idiomas empleados a bordo son los mismos. Con Pullmantur por ejemplo nos encontramos que se usaba únicamente el español mientras que MSC alternaba hasta 5 ó 6 lenguas.

Lógicamente los barcos también difieren. Y no solo entre navieras, sino dentro de la misma compañía. Al igual que los hoteles, los buques se dividen por categoría (desde las 3 hasta las 6 estrellas) y esta va relacionada con la calidad y el precio. Pero además, no es lo mismo un barco de principios de los 2000, que uno recién construido, como el MSC Meraviglia. No solo por el aspecto o los extras que pueda incluir en la oferta de ocio (véase parque acuático con tobogán, bolera o simulador de F1), sino por avances técnicos que hacen que la navegación sea más estable y confortable.

Eso sí, para un crucerista novato quizá sea buena idea empezar por uno cuanto más pequeño, mejor. Sobre todo para no sentirse abrumado con tamaña cantidad de gente.

El siguiente paso es elegir el camarote. Ya lo he comentado en varias ocasiones: prefiero un camarote interior sin ventana. Cierto es que suelo dormir normalmente totalmente a oscuras, pero es que además me parece absurdo pagar más cuando solo voy a estar en él para dormir o ducharme. Como siempre, todo depende del tipo de viajero que uno sea, pues si se va con intención de aprovechar las escalas, se pisa poco. Si por el contrario se va para disfrutar del barco o de los trayectos, entonces la mejor opción es directamente balcón. Y me salto los de ventana porque en la mayoría de los casos son pequeñas y/o acaban mojadas/empañadas, por lo que su visibilidad es escasa.

Básicamente podríamos hablar de cuatro tipos de camarotes:

  • Interiores: Sin ventana.
  • Exteriores: Con ventana u ojo de buey. En esta categoría se incluyen aquellos que tienen la vista parcialmente obstruida, generalmente porque tienen los botes salvavidas justo delante (esto hace que su precio sea ligeramente inferior porque impide disfrutar del paisaje, pero algo de luz entra).
  • Exteriores con balcón: Se encuentran en la cubierta principal y cuentan con un balcón privado. Únicamente lo elegiría en un crucero tipo Fiordos, en el que bien merece sentarse a disfrutar el recorrido de un puerto a otro. En otros como por el Mediterráneo solo se ve agua…
  • Suites: La versión más lujosa del barco y también la más limitada.

Una vez que se tienen claras las necesidades de cada uno, hay que elegir qué camarote queremos en función de la categoría elegida. La ubicación y orientación determinarán la calidad y el confort del viaje. Así pues, es de vital importancia revisar los planos de las cubiertas del barco y seleccionar uno alejado de ascensores, discotecas, teatros, casino, zonas de tripulación o máquinas… y además, que no esté justo debajo de la piscina ni del circuito de paseo/running. Para los mareos suelen aconsejar que esté lo más centrado posible tanto en vertical (a ser posible lo más cercano a la línea de flotación del barco) como en horizontal (ni muy cerca de proa, ni de popa). Es decir, que esté lo más cerca posible del centro de gravedad para así notar el movimiento lo menos posible.

Además de elegir camarote, toca elegir turno de cena. En los barcos pequeños suele haber un par, de forma que el turno A primero cena y luego ve el espectáculo y el turno B al revés. De esta forma se alternan para no saturar los espacios. Aunque obviamente no hay obligatoriedad de cenar en el restaurante, sino que se puede ir al buffet. Sin embargo, los cruceros más grandes cuentan con más de un restaurante y cada comedor tiene diferentes turnos. Los espectáculos van rotando y para que todo el mundo pueda acudir al teatro, se ha de reservar previamente la sesión. No obstante, a pesar de elegir un turno concreto en la reserva, una vez allí, se puede solicitar el cambio si no parece encajar con el ritmo de las escalas.

Por último, necesitamos revisar la letra pequeña del contrato para saber si en el precio final están incluidas las bebidas, tasas de embarque y propinas (además de los vuelos en caso de que corresponda).

Salvo Pullmantur que ofrecía Todo Incluido, el resto de navieras con las que hemos viajado ofertaban Pensión Completa, excluyendo las bebidas. Sin embargo, se puede contratar el extra de Todo incluido o Paquete de bebida, que puede resultar muy conveniente. Tan solo hay que echar números para ver si nos compensa. Yo suelo echar un cálculo rápido: agua/refresco en las comidas, cerveza de media tarde tras el todos a bordo y copa en el espectáculo o discoteca. Además de contar con el día de navegación que se está todo el día en el barco. A partir de ahí, ver cuánto sube pasar de PC a TI y si merece realmente la pena.

En cuanto a las propinas, no me he encontrado (en ninguno de los cuatro cruceros) que estén incluidas. Simplemente al final del viaje cargan unos 10€ por persona en la tarjeta de crédito asociada (o lo descuentan del efectivo dejado como fianza) en concepto de “cuota de servicio”.

Con todo esto claro y la reserva del crucero en marcha, no hay que olvidarse del seguro. No es obligatorio, claro, pero sí conveniente. Ya no solo por la pérdida de equipaje o retrasos, sino porque no hay tarjeta sanitaria que valga en la consulta médica de un barco. Y más aún si hay un percance que requiera de hospitalización y que impida terminar el viaje. Y ojo porque no vale cualquier seguro, en muchos casos hay que añadir el plus de crucero, como ocurre con los deportes de aventura.

Cuando se ha cerrado todo lo anterior llega el punto de considerar qué hacer en cada escala. ¿Contratar excursión o ir por libre?

Habrá que valorar las circunstancias para decidir qué es lo que más interesa. Por un lado hay que tener en cuenta el bolsillo. Y es que las excursiones de la naviera no son precisamente baratas y sumando cada escala puede salir por un pico. Por contra, viajando por libre se puede ajustar un poco más económicamente. Aunque también existe la opción intermedia, que es contratar una excursión de una empresa externa. Eso sí, el barco no espera salvo a la excursión propia, quizá por esto mucha gente prefiere asegurar y contratar directamente con la naviera.

Otro punto que hay que considerar es que a veces barco llega a la misma ciudad y se ve cómodamente en un paseo sin necesidad de transporte o guía. Además, en el caso de Europa el transporte funciona bastante bien, por lo que si los desplazamientos dependen de un tranvía, bus o metro, no suele conllevar mucho trastorno. Menos aún si es de la zona Euro que ni hay que cambiar moneda.

En otros sin embargo la visita es más compleja bien porque hay que desplazarse, porque se cuenta con poco tiempo, o por cuestión de visados. En cuatro cruceros tan solo he viajado con excursión en el caso de San Petersburgo y fue por una cuestión práctica, pues la excursión nos tramitaba el visado y nos llevaba de ruta nocturna y a las afueras (algo que por nuestra cuenta no habríamos podido hacer).

Particularmente yo soy fiel defensora de las visitas por libre, de esta forma no voy condicionada por el ritmo de un grupo, únicamente por la hora de regreso al barco. Pero como todo, va en gusto del consumidor.

Y llegamos al punto de preparar la maleta. ¿Qué llevar a un crucero? Pues depende. Como cualquier otro viaje depende de la climatología y de las actividades a realizar. Pero básicamente podríamos decir que serán necesarios dos tipos de ropa: ropa de día y ropa de noche.

Para las visitas diurnas lo adecuado es llevar ropa y calzado cómodos siempre teniendo en cuenta el terreno por el que nos vamos a mover y las condiciones metereológicas. Una vestimenta de sport, vaya. Por la noche sin embargo es momento de vestirse algo más elegante, aunque con excepción de la noche de gala en la que sí se entiende algo más de etiqueta, el resto de las noches no es imprescindible acudir de punta en blanco, solo suele exigirse cierta formalidad. Aunque todo siempre dependiendo del crucero, ya que no es lo mismo uno de 3 estrellas que de 6.

Además, no viene mal un bañador para hacer uso de las piscinas y jacuzzis del barco (la toalla por el contrario es facilitada en el camarote) y en caso de deportistas, ropa para el gimnasio.

Por lo demás, una maleta estándar: cargador/adaptador, cables de carga, batería externa, cámara de fotos, documentación, tarjetas de débito/crédito, un pequeño botiquín, protector solar, gorro/a, chubasquero… Eso sí, las planchas (tanto de ropa como de pelo) suelen estar prohibidas, al igual que lógicamente armas, drogas, bebida o comida (para evitar efecto contaminante de agentes externos).

Además del equipaje principal, conviene llevar una maleta o mochila de mano con una muda, productos de higiene, medicamentos y documentación. Es decir, con lo realmente importante, por si la maleta tardase algo en llegar al camarote (o se perdiera). Y es que la maleta se entrega en el proceso de embarque y aparece “misteriosamente” en la puerta de nuestro camarote horas después. En caso de que el paquete incluya vuelo, se entrega en el aeropuerto; mientras que si es en puerto, se hace antes de hacer el check-in, pero en ningún caso es el viajero quien sube su maleta. De esta forma se agiliza el trámite moviendo el equipaje por el área de tripulación y se evitan barullos con todos los pasajeros arrastrando sus bultos mientras buscan su camarote.

La naviera facilita unas etiquetas en las que se indicará nombre, apellidos y número de camarote, para así poder llevar a cabo el reparto. Pero, como siempre, no está de más tener unas maletas claramente identificables, así como una foto de ellas que sirva como prueba en caso de que hubiera que reclamar una pérdida.

Y mientras el equipaje sigue su rumbo, el crucerista ha de registrarse. Hoy en día va todo muy informatizado y en cuestión de minutos nos darán nuestra tarjeta y nos harán una foto. Esta tarjeta es imprescindible tanto como control de quién entra o sale del barco, como para la evacuación de emergencia, pero además para el día a día a la hora de cargar compras o bebidas a nuestra cuenta.

Tras el check-in es momento de comprobar el camarote, situarse en el barco (suele costar un par de idas y venidas) y registrar la tarjeta de crédito (o pagar en efectivo) para los futuribles cargos durante el crucero. Y por supuesto, es hora de perderse por las instalaciones y descubrir cada rincón (aunque siempre quedan para el último día).

Lo siguiente en la orden del día suele ser el simulacro de emergencia, de obligado cumplimiento. No dura mucho, unos 15 minutos. En ese tiempo la tripulación explicará el uso del chaleco así como el punto de encuentro en caso de emergencia, que viene determinado por la zona en que se encuentre el camarote.

A partir de ahí, el tiempo es para disfrutar, y no solo fuera del barco con las visitas en cada escala, sino también dentro. Un crucero ofrece una variada oferta gastronómica y de animación. Siempre hay algo que hacer. Aunque sea tumbarse en una hamaca y mirar el mar. Es un momento de desconexión, además en toda regla, porque los precios por paquetes de datos de internet son prohibitivos. Es curioso que mientras que el WiFi en los hoteles se ha convertido en algo imprescindible, llegues a un barco y sea de pago. Pero claro, es el mercado, amigo.

Por último, lo que hay que saber de un crucero es el funcionamiento del triste momento del desembarque. El día anterior suele haber una charla informativa en el que nos darán las indicaciones. En primer lugar está la cuestión económica. Es hora del cierre de cuenta, momento en el que comprobaremos los cargos que se nos han hecho y si corresponden con nuestras consumiciones/compras. En caso de haber dado al inicio una tarjeta de crédito, tan solo hay que firmar. Sin embargo, si hemos adelantado efectivo y sobra dinero, tendremos que hacer cola en recepción para recuperarlo.

Por otra parte, es el momento de hacer las maletas. En función de si tenemos paquete con vuelo asociado o de si nos quedamos en puerto (por ejemplo para coger luego el coche o el AVE), nos asignarán un color y una hora de salida. Además, al igual que en el embarque, no nos encargaremos de nuestro equipaje, sino que tendremos que dejarlo preparado la noche anterior, por lo que habrá que dejarse fuera la ropa del último día así como los productos de higiene, documentación y demás.

Y una vez en tierra es momento de pensar en el próximo crucero. Porque una vez que lo pruebas, repites. Y lo digo yo que no soy amiga de los barcos, pero que reconozco que tiene sus ventajas. Por ejemplo, permite despertarse cada mañana en un puerto diferente sin tener que hacer ni deshacer las maletas; además, es una semana en la que se vive a tope, conociendo sitios nuevos, comiendo, asistiendo a espectáculos y sobre todo desconectando del día a día. Lo malo es que pasa factura y después necesito otra semana para recuperar los biorritmos y la rutina. También tiene sus puntos negativos, como que en ocasiones puede saturar que haya tanta gente en un espacio “reducido” o que según los destinos haya que visitar todo demasiado a la carrera; pero en cualquier caso, es toda una experiencia.

Obras en casa XVIII: Dándole un lavado de cara al pasillo VII

Cuando empezamos a decorar la casa teníamos claro que las fotografías y cuadros que adornarían las paredes serían de nuestros viajes. Esto en la teoría está muy bien, pero en la práctica lleva mucho trabajo de visionado, filtrado, impresión y colocación.

En 2016 le dimos un lavado de cara al pasillo, cambiando el suelo y reparando las paredes. Además, actualizamos la entrada. Impulsados por estas reformas, encargamos un par de vinilos, sustituimos el felpudo y aproveché para crear unos cuadros con recuerdos que tenía olvidados en un cajón.

Quedamos bastante satisfechos con las mejoras, pero nos quedaron dos paredes pendientes. Una que de momento se quedó cubierta por una lámina de un bosque, y otra desnuda. Pues bien, por fin esta pasada primavera nos hemos puesto con ellas.

Tenía varias ideas para la pared que habíamos dejado totalmente vacía, pero ninguna me terminaba de convencer, ya que se trata de la zona en la que hay más paso por encontrarse junto a la puerta de entrada, frente al baño, además de conducir al resto de la casa.

Finalmente descubrí una solución ligera y original. Y sobre todo que permite el ir modificando al gusto a medida que pasa el tiempo.

Encontré en amazon un hilo de acero que tan solo hay que sujetar con un par de clavos en los extremos. Viene con unos imanes (aunque también lo hay con pinzas) para sujetar las fotos. Así pues, no requiere de mucho bricolaje, decora pero no recarga, y se pueden cambiar las fotos con un simple gesto. Pensaba poner tres o cuatro filas, pero dado que se trata de zona de paso, a determinada altura son objeto de roces con los hombros o los brazos. Por tanto, acabamos comprando solo dos.

Elegimos la altura y la distancia, seleccionamos las fotos, clavamos las puntas, enganchamos el hilo de acero y colocamos las fotos. Et voilà:

El único problema es que las fotos acaban cogiendo forma con el paso de los meses y se doblan, pero bueno, también nos permite ir renovándolas (y mientras ponerlas entre libros para que vuelvan a su ser por si queremos reutilizarlas)

Nos ha costado unos años desde que nos mudamos, pero ya la casa va teniendo otro aire.

Razones para viajar

En unos días salgo de viaje. Y ya iba tocando, pues han pasado casi seis meses desde que volvimos del último (ya llegará el momento de los posts correspondientes). Después de casi medio año es hora de que mi cerebro desconecte, de ver sitios nuevos, de vivir experiencias y crear anécdotas.

Y no es que no quiera revelar aún el destino (que también), es que realmente no es lo importante. Lo relevante es todo lo que me aporta viajar, lo que hace que cuando vuelvo de un viaje ya esté pensando en el próximo. No, corrijo: lo que hace que antes de salir por la puerta de casa ya tenga el siguiente preparado. Porque sí, para mí un viaje comienza mucho antes de la fecha en que estoy fuera. Soy de las que vivo la inmersión desde que hago la primera reserva. Barajo opciones, leo mucho, comparo información, creo mil rutas, busco trucos y consejos… No me gusta viajar como las maletas, que diría mi madre.

Viajar influye en muchos aspectos de mi vida:

Viajar es salud, pues la desconexión evita que aparezca el estrés.

Viajar es libertad. Sí, incluso con mi manía de llevarlo todo controlado, cuando recorro mundo tengo sensación de libertad, de no tener obligaciones, de que cada día es único y que lo único que importa es el presente, el lugar en el que estoy, el empaparme al máximo de todo lo que tiene para ofrecer.

Viajar es inspiración. Y es que al estar relajada, con esa sensación de libertad, la mente fluye, se llena de influjos, refresca la percepción y nos devuelve esa mirada curiosa que teníamos en nuestra infancia. La imaginación se desata y se adquiere otra perspectiva de la vida.

Viajar es aprendizaje. Pero no solo de geografía, de geopolítica, de historia o de idiomas, sino también de una misma. Conozco mis virtudes y fortalezas.

Viajar es equivocarse. Y rectificar. Y madurar. Porque no todo es bueno, también tengo mis debilidades, y aparecen en momentos de frustración en los que las cosas no salen como esperaba. Ahí exploro nuevas facetas de mi vida, mis defectos y los detalles en los que tengo que trabajar. Así que aprendo de los errores, de mis contradicciones, de mis manías… Aunque mejorar en algunos aspectos me lleve más tiempo que en otros. Todo tiene su proceso, y a veces hay que tropezar más de una vez en la misma piedra. Nunca se deja de aprender. En todos los sentidos.

Viajar es reflexionar. Me permite revisar mis prioridades y creencias. Conocer otras culturas y la distancia de casa me hacen reflexionar sobre mi propia ideosincrasia. Somos individuos en una sociedad y por tanto esta va permeabilizando en nosotros (para bien o para mal). No descubrimos hasta que viajamos la magnitud de la infinidad de culturas y de tradiciones que existen. Eso sí, ya depende de cada uno asumir estas nuevas realidades y dejar de pensar que es el centro del universo.

Viajar es educativo. Sería un error asumir que viajar nos hace mejor personas por ósmosis. Uno no se vuelve más culto, inteligente, tolerante o interesante, ni se cura de prejuicios simplemente por haber visto mundo, sino que hace falta un ejercicio de reflexión y olvidarse de los estereotipos. Para ello hay que respetar el lugar que visitamos, así como la gente y sus costumbres. La mejor forma es intentar comportarse como un local y no esperar que se adapten a las necesidades de uno que está por allí de paso (ya sea exigiendo horarios de comidas o que hablen nuestro idioma).

Viajar es una cura de humildad. Sirve para descubrir que nos queda mucho por mejorar como sociedad. Un claro ejemplo es cuando ves que en otros países no tienen tornos en el transporte público o que hay puestos de venta con el producto y una caja para depositar el dinero porque confían en que la gente hará lo correcto. O que existen las cortinas en las ventanas porque no tienen nada que ocultar y dan por hecho que nadie va a cotillear en sus vidas.

Viajar da perspectiva. Porque no toda la información que nos llega por los medios de comunicación se corresponde con la realidad, de hecho, lo más probable es que nos llegue manipulada. Así que el visitar diferentes lugares nos hace mirar con otros ojos y tener la información de primera mano dejando de lado los prejuicios.

Viajar mejora las relaciones. No solo me hace crecer como persona, sino que fortalece las relaciones con mis compañeros de viaje. Se requiere una buena comunicación y compenetración entre todos los integrantes. Si ya es duro luchar contra los propios desafíos personales, más lo es aún cuando tienes que pedir perdón o asumir que estabas equivocada.

Además, viajar con más gente supone en tener que confiar en los demás, en sus habilidades y fortalezas. Es un toma y daca a la hora de repartir responsabilidades, tareas o decisiones.

Viajar acerca al minimalismo. A mí me ha servido para darle menos importancia a lo material. Fue de lo primero que aprendí, ya que enseguida me di cuenta de que tenía que establecer prioridades a la hora de hacer el equipaje, dejar fuera lo supérfluo, los “porsiacasos” y llevarme solamente lo necesario. A partir de ahí, la perspectiva cambia.

La siguiente vez que fui a comprar ropa, me centré en sustituir y no en comprar por comprar, por modas. Mi armario es cada vez más básico con ropa versátil. Lo mismo con el calzado, tiene un propósito (deportivas, botas de senderismo, botas de agua, calzado para diario…), no sigo tendencias. No quiere decir que haya renunciado a tener pertenencias, pero sí a las compras compulsivas o a las necesidades que nos ha creado el marketing. Aprendí a valorar más las experiencias y menos las cosas.

Así que, me sobran razones para viajar. Y ganas, claro. Soy de las que en cada día de fiesta o puente ve una oportunidad. Se me van los ojos al mapa mundi. Y no hace falta que sea lejos, lo importante es la desconexión y la experiencia. Da igual que sea un crucero, un Road Trip, un interrail, una excursión a la sierra o una visita a una ciudad cercana… Quiero seguir viajando.

Quiero seguir contando viajes. Porque sí, soy de las que cuentan los años por viajes. Por ejemplo, me acuerdo de la fecha de mi boda por el viaje a Japón. Pero también asocio fechas con viajes, por ejemplo San Patricio en Nueva York, Primavera en Japón, 1 de Mayo en Dachau…

Así que ¿Razones para viajar? Son muchas, pero al final se resumen en una: Por el simple placer de viajar. Lo demás viene después.

Trucos viajeros: Salud viajera – Botiquín

La verdad es que el botiquín siempre ha sido uno de los puntos débiles de mi equipaje. Me he ido de viaje a la playa, a la montaña, a ciudades… y como mucho he llevado algún ibuprofeno o paracetamol. Quizá algunas tiritas. Y gracias.

También es verdad que cuando te mueves por un un entorno civilizado siempre tienes la tranquilidad de poder encontrar una farmacia en cualquier momento. Pero claro, cuando tienes una urgencia, a veces no te puedes desplazar hasta ella.

Al viajar a Bombay fui más consciente que nunca de que no habría que dar tantas cosas por dadas y que quizá era hora de plantearse hacerse con un botiquín básico. Y después de leer recomendaciones del entidades oficiales, de expertos médicos y también un poco de sentido común, he ido conformando uno.

Por supuesto, influye mucho el tipo de viaje que vayamos a realizar, pero sí que es verdad que hay unos básicos, sobre todo en lo que a primeros auxilios se refiere:

Material de curas

– guantes de látex
– tijeras,
– cortauñas,
– pinzas,
– agua oxigenada,
– alcohol,
– crema antiséptica,
– gasas,
– esparadrapo,
– vendas y
– tiritas.

Medicamentos:

– aspirina,
– paracetamol,
– ibuprofeno,
– crema/gel/pomada antiinflamatoria,
– crema/gel/pomada antiquemaduras,
– antiácidos y protectores estomacales,
– laxantes,
– antidiarreicos y
– antimareos.

Si viajamos a un lugar cuyas condiciones higiénicas sean precarias es conveniente llevar suero oral para la deshidratación así como productos potabilizadores del agua y polvos antifúngicos. Si además vamos a un lugar caluroso habría que añadir repelente de insectos así como crema solar (tanto para antes como para después) y protector labial. Toallitas o gel limpiador de manos conviene llevar también para el día a día.

Por supuesto, si se precisa de alguna medicación especial no se puede olvidar incluirla (en su envase original), así como sus recetas e información sobre los detalles de la medicación por si se perdiera y hubiera que solicitar nuevas dosis de urgencia. En caso de tener alergia, no olvidar los antihistamínicos.

Podemos añadir también unos tapones, lágrimas para irritación ocular (sobre todo si se usan lentillas) y preservativos para prevenir ETS.

Siendo además mujer en edad fértil el botiquín sirve también para llevar unos básicos para períodos menstruales. Que por muy reloj suizo que puedas ser, los cambios de entorno también afectan en ese sentido, igual que lo hacen en el intestinal.

Obviamente, si vamos a ir a un lugar civilizado, no habrá problema en encontrar un supermercado, droguería o farmacia donde hacerse con compresas o tampones, pero claro, cuando tienes una urgencia menstrual lo necesitas ya. Estés en la calle, en un hotel o en un trayecto en bus, tren o avión. Además, es la ley de Murphy: cuanto más remoto el lugar y menos mujeres haya (que no puedes pedir si alguien te puede prestar), ahí hará acto de presencia.

Aún así, incluso encontrando un lugar donde comprar los productos, puede ocurrir que sean diferentes a los que hay en tu país, o los que usas. Recuerdo cuando me iba a ir de erasmus que todas las compañeras que se habían ido el año antes se quejaban de que no encontraban tampones con aplicador. Y era Alemania. Eso sí, 2002, que quizá ahora haya cambiado. Pero vaya, que nunca sabes qué te puedes encontrar, porque además no se suele hablar de ello.

También hay países en los que directamente no venden tampones, así que, yo siempre llevo suministros al menos para un apuro. Cuando voy a viajar y ya tengo claro que entra en mis fechas no me preocupa tanto porque descubrí hace unos años la copa menstrual.

Merece un post aparte, en realidad, pero para resumir diré que aunque a priori puede parecer menos práctica, porque muchas veces es imposible encontrar un baño o lugar medianamente higiénico; lo cierto es que en realidad puedes llevarla puesta unas 12 horas, siempre que el volumen de sangre no sea mayor a su capacidad, claro. Por lo que con que tengas un alojamiento con baño decente es suficiente. Eso sí, para enjuagarla mejor usar agua embotellada si la del grifo no parece lo suficientemente fiable (unas toallitas húmedas nunca están de más tampoco).

Así que resulta más higiénico, pues se manipula menos veces. Además este método es más económico y no genera residuos. El único inconveniente que le veo es que lógicamente hay que esterilizarla antes de cada primer uso (tres minutos en agua hirviendo), por lo que si te pilla fuera de casa, no es como un tampón o compresa que lo sacas del bolso y listo. Pero si ya sales con ella cuando empiezas el viaje, puedes usarla hasta el último día del ciclo.

Al igual que con el seguro de viaje, lo ideal es no tener que recurrir al botiquín. Pero al no usarlo, también hay que tener cuenta que los medicamentos caducan. Además, hay que asegurarse de que todo se está manteniendo en las condiciones óptimas, si no, habría que realizar reemplazos. Con la salud no se juega.

Trucos viajeros: Salud viajera – Cambios de entorno medioambiental

Cuando nos vamos de viaje cambiamos nuestro entorno habitual, por lo que es necesario informarse de si necesitamos vacunarnos. Pero hay veces que nos vamos a enfrentar a aspectos que no se solucionan con un pinchazo, como por ejemplo la exposición a cambios de altitud, temperatura y humedad, sol o la calidad del agua.

ALTITUD

A medida que la altitud aumenta, la presión atmosférica disminuye, por lo que el cuerpo puede verse limitado como consecuencia de la hipoxia. Es recomendable hacer una adaptación poco a poco para aclimatarse a esta disminución de oxígeno. Además se debería evitar el ejercicio excesivo, las comidas abundantes y el consumo de alcohol.

Los desplazamientos a altitudes a partir de 1.500 metros están contraindicados para aquellos que padecen de angina inestable, hipertensión pulmonar, enfermedad pulmonar obstructiva crónica grave y anemia falciforme. Y aquellos que sufren una enfermedad coronaria estable, hipertensión, diabetes, asma o EPOC leve deben hacerlo con todas las precauciones y siguiendo indicaciones de su médico, al igual que las embarazadas.

TEMPERATURA Y HUMEDAD

Por otro lado, los cambios de temperatura y humedad pueden provocar un golpe de calor. Cuando nos exponemos a altas temperaturas y humedad el cuerpo pierde agua y electrolitos. Es muy visual, además. En Bombay los experimentamos de una forma brutal. Nada más salir a la calle notábamos cómo se nos abrían los poros y enseguida estábamos empapados. No era una sudoración como la que estábamos acostumbrados más localizada en zonas de la espalda, pecho, axilas, frente…sino que era global. Y la ropa se quedaba con marcas blancas de los electrolitos.

Así pues, hay que paliarlo hidratándose con asiduidad y preferiblemente con alimentos y bebidas que contengan sales. Esto también lo notamos en Bombay. Mientras que en España es frecuente el agua de mineralización baja, allí todas las marcas eran con una alta mineralización. Se apreciaba claramente en el sabor.

En estas condiciones el cuerpo nos va a pedir la hidratación, pero hay que estar pendientes de niños, que quizá no sean tan conscientes, y mayores, puesto que el reflejo de la sed va disminuyendo con la edad.

Además de la hidratación hay que prestar atención a la higiene, puesto que la humedad favorece la aparición de hongos en la piel.

EXPOSICIÓN SOLAR

Pero además el calor viene acompañado de la exposición solar. La radiación UVB puede producir quemaduras en la piel e insolaciones. También los ojos sufren (de ahí que se recomienden gafas de sol en la nieve, por ejemplo).

Así, habría que evitar exponerse al sol en las horas en que la intensidad ultravioleta es más alta. En España se suele decir aquello de “en las horas centrales del día”, pero ojo, porque no podemos tomar como referencia siempre las 12. Hay en países, y según en la época del año, que amanece muy muy pronto, por lo que a lo mejor a las 9 de la mañana el sol ya está arriba del todo.

Aún así, si vamos a exponernos, no hay que olvidar las cremas con filtro solar. Este vídeo lo dice todo:

Y algo que no tenemos muchas veces en cuenta son los medicamentos. Hay algunos que pueden causar reacciones cutáneas adversas porque son fotosensibles. Ese es el caso de los antimicrobianos, los anticonceptivos orales y algunos contra la malaria. También los perfumes que contienen aceite de bergamota u otros aceites cítricos.

Además de la crema solar, cuando hace calor y humedad otro producto indispensable son los repelentes de insectos. Han de aplicarse en las zonas de piel que queden al descubierto, también en prendas o mosquiteras. Hay que revisar los ingredientes y asegurarse de que contiene DEET, IR3535 o Icaridin.

AGUA Y ALIMENTOS

Otro aspecto que nos puede influir cuando cambiamos de entorno medioambiental es el agua. Hay que tener ojo en los trópicos con los baños en ríos, canales, lagos… puesto que pueden estar infectados por larvas o excrementos que podrían penetrar en nuestra piel o mucosas. El mar en principio no sería un factor de riesgo, pero siempre habría que ver si hay alguna indicación o prohibición. Y también el sentido común, porque viendo la calidad del agua de Bombay, no me habría bañado ni aunque pusiera que estaba permitido el baño.

Además, cuando el agua (y los alimentos) no está correctamente tratada puede transmitir enfermedades infecciosas importantes como la cólera, la hepatitis A y E o la fiebre tifoidea. También puede provocar la conocida como “diarrea del viajero”, una de las enfermedades más comunes sobre todo en Latinoamérica, África, Oriente Medio y Asia. Suele ir acompañada de dolor abdominal, náuseas, fiebre y malestar variable, tanto en tiempo como en intensidad.

Para prevenir esta diarrea es importante seguir unas pautas. Evitaríamos:

– los alimentos cocinados que se hayan dejado a temperatura ambiente durante un tiempo indeterminado. Elegir en su lugar aquellos que hayan sido cocinados en el momento y aún estén calientes.

– los alimentos que no hayan sido cocinados. Las frutas y verduras con piel son sin embargo una excepción, ya que esta cobertura serviría de protección.

– los huevos crudos o poco cocinados.

– los helados cuyo origen desconozcamos o cuya refrigeración sea sospechosa.

– el hielo que no provenga de agua segura.

– tomar leche no pasteurizada. Si se quiere beber, ha de ser hervida antes.

– beber agua de seguridad dudosa. Hervirla también antes. Es preferible buscar siempre agua embotellada asegurándonos que está bien precintada y no ha sido manipulada.

Son consideraciones básicas en realidad: no romper la cadena de frío y cocinar bien los alimentos o hervir los líquidos para matar las bacterias. Huir de aquellos puestos de comida o locales que no nos ofrezcan buenas sensaciones. Y por supuesto, una buena higiene, tanto de utensilios que usemos para comer y beber, como de nuestras propias manos, lavándolas bien con agua y jabón.

En caso de que contagiarse, llevará unos días la recuperación, en los que será imprescindible una buena hidratación con agua embotellada, además de ir introduciendo poco a poco una dieta astringente. Y no tiene que ser obligatoriamente arroz blanco sin más. Esta es la que recomienda los nutricionistas Lucía Martínez y Aitor Sánchez:

También se puede recurrir a medicamentos. El más conocido es el antidiarréico Fortasec, aunque como en cada país puede llamarse de una forma, lo mejor es quedarse con que el nombre del principio activo es Hidrocloruro de Loperamida.

Si la diarrea se complica y dura más de 3 días o viene acompañada de sangre, vómitos o fiebre, hay que acudir a consulta.

Aunque no es solo cuestión de viajes, no hay que olvidar las enfermedades de transmisión sexual como la hepatitis B, el SIDA o la sífilis. Para prevenir, algo tan conocido como el preservativo.

Puede ocurrir que durante el viaje no hemos notado ningún síntoma y que nos hemos librado de todo tipo de contagio, sin embargo, hay que estar alerta, pues algunas enfermedades tropicales pueden presentar los síntomas tiempo después. Así, ante cualquier cuadro de fiebre, de problemas intestinales o reacciones cutáneas es recomendable acudir al médico y señalar el tipo de viaje que hemos realizado por si pudiera estar relacionado.