Conclusiones de nuestro viaje por Letonia, Lituania y Polonia

El destino no quiso que viajáramos a la antigua Yugoslavia, así que tuvimos que valorar otros territorios inexplorados. Y nos decidimos por Letonia, Lituania y, sobre todo, Polonia. En los dos primeros países solo estuvimos en su capital, mientras que en Polonia sí que hicimos más paradas. Ya habíamos visitado Estonia con el Crucero por Capitales Bálticas, y nos quedaba conocer las otras dos antiguas repúblicas soviéticas. Así que, aprovechando que el vuelo a Riga nos salía bien de precio, unimos los tres países.

Llegamos a Riga y nos encontramos con un tiempo gris. Aún así, no desmereció para nada una ciudad en la que se entremezclan edificios de la Edad Media; con otros de la época hanseática con sus típicos ladrillos rojos; con otros de estilo Art Nouveau bellamente ornamentados, así como con otros que nos recuerdan su pasado soviético. Tiene un contraste curioso que la enriquece.

Apenas pasamos un día en la capital letona y creo que el tiempo estuvo bien medido. Riga es una ciudad pequeña, por lo que se puede recorrer cómodamente a pie. Su centro histórico, Vecrïga, en el margen derecho del río, estuvo amurallado durante siglos, así que los puntos históricos quedan bastante recogidos.

Sí que es cierto que al otro lado de la muralla, tras pasar el Bastejkalna parks y el canal, encontramos otros barrios en los que tenemos puntos de interés (sobre todo edificios de estilo Art Nouveau).

También, cerca de la estación se encuentran el barrio Moscú o el Mercado (tanto interior como exterior), pero en general, no hay que recorrer grandes distancias.

A pesar de que el día comenzó lluvioso, pudimos recorrer Riga tranquilamente e incluso subir a las alturas para ver una panorámica. Nos faltaron un par de calles que nos quedaban un poco más lejanas, pero, en general, cumplimos bastante bien con el plan inicial.

Dado que Riga y Vilna no tienen comunicación en tren, tomamos un bus, bastante cómodo, que por 19€ y en apenas cuatro horas cubría el trayecto. Una buena decisión, todo hay que decirlo. Aunque el conductor fuera un tanto kamikaze (o se haya sacado el carnet en Bulgaria).

Vilna también estuvo amurallada, así que también tiene un núcleo bastante definido, sin embargo, no hay que olvidar sus dos miradores o los barrios de Užupis y judío, que quedan en las afueras.

Destaca la Avenida Gedimino Prospektas, una arteria que nos lleva a la Catedral, pero de la que no hay que perder detalle, ya que en cada una de sus aceras encontramos edificios majestuosos del siglo XIX y XX.

La catedral, todo un hito para la ciudad cuando su rey se convirtió al cristianismo, me resultó sosa y fría. De la misma manera me decepcionaron las vistas desde la Torre Gediminas o desde la Colina de las Tres Cruces. Vilna no es fea, pero viniendo de Riga, me resultó algo anodina.

Pero aunque la Gedimino Prospektas tiene relevancia, realmente la arteria principal transcurre desde la Puerta de la Aurora hasta la Catedral, pasando por el ayuntamiento o la universidad, además de numerosas iglesias de diversos estilos. Son los tramos de la Aušros Vartų, Didžioji gatvė y Pilies gatvė.

La ciudad tiene mucha historia detrás, pero en la mayoría de los casos ha desaparecido, como en el caso del barrio judío. Y quizá esto le hace perder encanto. O quizá no tuve el día ya que ni siquiera me apeteció entrar a la universidad y, hoy, cuando veo las fotos, pienso que a lo mejor mi mente me juega una mala pasada.

Vilna no me atrapó. La recorrí, pero no la disfruté.

Tampoco lo pasé bien en el trayecto en bus hasta Polonia. Fueron demasiadas horas con muchas interrupciones, y al final nos lastró el resto del día. Llegamos muy pronto y, en vez de ver Gdańsk, nos fuimos a Gydnia y Sopot, que están a una media hora en tren tipo cercanías.

Gdańsk, Sopot y Gydnia forman la Ciudad Triple (Trójmiasto), sin embargo, cada una tiene su carácter. Gdynia representa la recuperación, pues su puerto se levantó en apenas 10 años. Y precisamente alrededor del puerto es donde se concentra algo de su historia.

Sopot por su parte es un lugar de vacaciones, y así se refleja en la calle que lleva al muelle, llena de veraneantes que se dirigen a la playa. Si hubiéramos ido más días, no está mal el paseo. Pero podíamos haber empleado la mañana en Gdańsk y no nos habríamos quedado sin luz.

En casa, con el mapa sobre la mesa, había pensado que Gdańsk, a pesar de tener mucho para ver, y mucha historia, apenas nos llevaría tiempo porque también es una ciudad en la que lo importante está concentrado. Así, había pensado que desde la estación al hotel nos daría tiempo a recorrer una parte menos céntrica, y después, la tarde, tras una reparadora siesta, la podríamos dejar para perdernos por el centro. La primera parte del planteamiento, bien; ahora, la segunda… hacía aguas.

Parecía que lo más importante se encontraba entre la calle Mariacka y Długi Targ, además de la vista desde el río, así que perfecto. Pero no. A pesar de que Długi Targ tiene una longitud de 700 metros, es la seña de identidad de la ciudad. Concentra tantos y tantos edificios de bellas fachadas, que se tarda bastante en ir de punta a punta. Y no solo eso, sino que las calles colindantes también esconden preciosas construcciones.

Por otro lado, la ribera del río estaba plagada de gente, por lo que no solo apenas podíamos caminar, sino que además era imposible apreciar nada. Y es que a veces se nos olvida que solo en España se cena tarde, por lo que las 7 de la tarde, a pesar de que haya aún sol, es su hora de salir a cenar y/o tomar algo.

También es verdad que nos permitió descubrir otra ciudad a medida que se iban encendiendo las luces, con otro ambiente más festivo y veraniego.

Así pues, malgastamos el tiempo en esta parada y a la mañana siguiente, con mochilas, volvimos a callejear por el centro para verlo con más calma y poder sacar fotos con algo más de luz. Sin duda Gdańsk bien merece dos días para descubrirla más a fondo. Desde luego es imprescindible en una visita a Polonia.

Nuestra siguiente parada fue Bydgoszcz, una ciudad a medio camino entre Gdańsk y Poznań. La elegimos como parada técnica para así no tragarnos demasiadas horas metidos en un tren. Su localización también le vino bien a los pescadores que se asentaron en la zona en la Edad Media. Al encontrarse cerca de los ríos Brda y Vístula se convertía en el centro neurálgico para las rutas de comercio que se desarrollaban en el Vístula por aquella época.

Reflejo de ese pasado son los graneros del siglo XVIII que servían de almacenes para los productos agrícolas y alimenticios que se transportaban por el Vístula a Gdańsk y por el canal Bydgoski a Berlín. Después de 1851 con la llegada del ferrocarril, los graneros se usaron también como almacenes de gres, vidrio, porcelana, tonelería y comida. En 1975 se reconstruyeron y fueron convertidos en museos. Hoy son un símbolo de la Bydgoszcz mercantil.

Pensamos que no íbamos a encontrar mucho del pasado en esta ciudad, sin embargo, nos sorprendió, pues conserva algunos edificios históricos escondidos en las calles más modernas. Como teníamos el hotel un poco alejado pudimos descubrir un Bydgoszcz inesperado. Construcciones en ladrillo rojo, otras de estilo modernista y otras más clásicas se erigen junto a bloques de pisos más actuales.

Y si hablamos de historia, la Plaza del Antiguo Mercado (Stary Rynek) se lleva la palma. Era la típica plaza medieval en la que se concentraba la vida económica, cultural y social de la ciudad. En los siglos posteriores sirvió para acoger casos políticos relevantes así como ejecuciones. Hoy está reconstruida y muchos de los edificios originarios han desaparecido. Tiene importancia histórica, sí, pero arquitectónicamente no destaca tanto como otras que veríamos más adelante.

Estuvo bien como parada técnica, pues dedicamos la tarde a pasear tranquilamente, descansamos bien y cargamos pilas para Poznań, la considerada por muchos historiadores como la primera capital polaca. También fue la primera ciudad que se levantó contra el gobierno comunista por las condiciones laborales de los obreros de las industrias.

Además, Poznań es relevante ya que Polonia nació en la isla Ostrów Tumski. Allí se levantó un castillo en el siglo IX y fue donde Mieszko I se convirtió al catolicismo. Hoy es donde se erige la Catedral de los Apóstoles Pedro y Pablo (Bazylika Archikatedralna św. Apostołów Piotra i Pawła).

Sin embargo, la joya de la ciudad es la Antigua Plaza del Mercado (Stare Rynek). Es impresionante la mires por donde la mires. Está flanqueada en todas sus caras por casitas de colores de múltiples estilos arquitectónicos que recuerdan a los diseños de los cuentos medievales.

Aunque hay edificios significativos e históricos a lo largo de la plaza, si hay uno que sobresale por encima de los demás es el Ayuntamiento (Ratusz). Se alza en el centro de la plaza y la domina por completo con su fachada renacentista y su torre de tres pisos coronada por el águila polaca y los machos cabríos que salen cada día a las 12 del mediodía.

Además, no podemos olvidarnos de la Universidad, del Castillo Imperial o de las numerosas iglesias cada una de un estilo totalmente diferente a la anterior.

No tiene el renombre de Gdańsk, pero me encantó. No solo por todo lo mencionado, sino porque también tiene ese estilo ecléctico con edificios de diferentes épocas. Algunos aún conservan los recuerdos de tiempos dolorosos mientras al lado se alzan otros que nos anclan en el presente de un nuevo siglo.

Parece que íbamos de menos a más, además anduvimos tranquilos a la hora de recorrerla pese a la climatología. Por lo que guardo buen recuerdo de ella.

De Poznań nos dirigimos a Wrocław, una ciudad que pudimos descubrir gracias a sus Krasnale, esos enanitos que se encuentran en cada rincón y que a veces cuesta dar con ellos.

Teníamos una ruta predefinida, pero nos desviamos muchas veces en la búsqueda de estas simpáticas figuras.

Wrocław nació en Ostrów Tumski, una zona en la que hoy se erigen iglesias monumentales, una iglesia gótica, las casas de los clérigos y el palacio arzobispal, de estilo neoclásico.

Sin embargo, el centro de la ciudad se articula en torno, cómo no, a la Plaza del Mercado (Rynek). Wrocław perteneció a la Liga Hanseática y fue un importante centro comercial, así, era en ella donde confluían las principales rutas comerciales de Europa, entre ellas la Vía Regia y la Ruta del ámbar. Es una de las más grandes de Europa y cuenta con edificios de colores de diferentes estilos (renacentistas, góticos, barrocos…), además del ayuntamiento.

No fue destruida durante la II Guerra Mundial, por lo que es una auténtica joya.

Poznań y Wrocław guardan cierta similitud. Ambas tienen su Ostrów Tumski, una zona en la que se concentran edificios eclesiásticos de relevancia. Además, sus plazas centrales son auténticas maravillas. En Wrocław si hubiéramos hecho noche, quizá habríamos ido más tranquilos a la hora de recorrer la ciudad, y por supuesto habríamos encontrado muchos más Krasnale e incluso subido al mirador de la Sky Tower. Al tener que coger el tren dirección Cracovia, fuimos deteniéndonos menos en algunos edificios, sobre todo en iglesias. Y es que en Polonia hay muchas, por lo que es imposible verlas todas y hay que filtrar por importancia o arquitectura.

Y de Wrocław viajamos a la ciudad que aún es la capital en el corazón de muchos polacos: Cracovia. Y es que lo fue durante gran parte de su historia, por ello ha sido un importante centro comercial, político y cultural del país. La ciudad queda dividida en cuatro barrios: Stare Miasto, Kazimierz, Podgorze y Nowa Huta.

Stare Miasto es sin duda la parte más importante. Rodeado por el Parque Planty, que sustituye a la antigua muralla, el centro alberga un número importante de edificios y monumentos. Estos se encuentran en torno a la Villa Real, que trascurre desde la Barbacana hasta la Colina Wawel discurriendo primero por la calle Florianska y, después, por la Grodzka.

En ese recorrido se encuentra la Plaza del Mercado de Cracovia (Rynek Główny), la plaza medieval más grande de Europa. En ella destacan la Basílica de Santa María, la Lonja de los Paños, la iglesia de San Adalberto y la Torre del Ayuntamiento.

 

También en Stare Miasto encontramos la Universidad, la segunda más antigua de Europa y que ha tenido alumnos de renombre como Copérnico o Karol Wojtyla. Su Collegium Maium en ladrillo rojo y estilo gótico tardío es magnífico y su patio bien merece una parada.

Tampoco se queda atrás el Collegium Novum con su fachada que recuerda a las construcciones hanseáticas.

En la Colina de Wawel se encuentra uno de los edificios más importantes de la ciudad: el castillo (con su catedral). Gracias a su construcción la ciudad ganó relevancia eclesiástica y monárquica, pues era aquí donde se coronaba a los reyes, además de donde se les enterraba.

Los barrios de Kazimierz y Podgorze están relacionados con los judíos. Por un lado, en Kazimierz era donde residía esta comunidad y aún se puede encontrar un poco de historia entre sus calles. Obviamente hay mucho que ha desaparecido (aniquilado por los nazis, básicamente), pero aún se pueden encontrar puntos de interés en torno a la Plaza Nowy y la Calle Szeroka. Además, se conservan sus siete sinagogas. Eso sí, solo una de ellas funciona como tal.

Podgorze es el guetto al que los nazis les obligaron a mudarse. En él se encuentra la Plaza de los Héroes del Gueto (plac Bohaterów Getta), que con sus sillas recuerda a los judíos que esperaban a lo que ellos pensaban que iba a ser un lugar mejor.

Allí además se puede visitar la fábrica de Oskar Schindler, hoy convertida en museo. Seguro que es interesante, pero la falta de tiempo nos hizo priorizar exteriores.

Finalmente, el barrio de Nowa Huta, a 10 kilómetros de Cracovia, fue construido siguiendo el modelo soviético para los trabajadores de la empresa Huta im. T. Sendzimira, el principal productor de acero de Europa. Durante la época comunista llegó a alojar a 100.000 personas y Cracovia se convirtió en un importante centro industrial. Lamentablemente no tuvimos tiempo para acercarnos allí. Así como también se nos quedó en el tintero la visita a las Minas de Sal. Otra vez será.

Cracovia está llena de historia en cada una de sus calles, donde se alternan edificios centenarios de estilo renacentista, barroco y gótico con nuevas construcciones más modernistas.

Sin embargo, me gustaron más Poznań y Wrocław. Quizá por sus plazas centrales, que me dejaron buen sabor de boca.

También es verdad que le dedicamos poco tiempo, el centro requeriría fácilmente un día, los barrios judíos y Nowa Hutta, un segundo. Si además se quiere visitar las Minas de Sal, quizá 3 días habría sido más adecuado. La visita a Auschwitz la habíamos descartado desde un principio porque sabíamos que no contábamos con tantos días de vacaciones y porque ya visitamos Dachau hace unos años.

Nuestra última parada fue Varsovia, una ciudad que ha renacido de sus cenizas. Y, gracias a una exhaustiva reconstrucción tras la II Guerra Mundial, la UNESCO le dio en 1980 el reconocimiento de Patrimonio de la Humanidad como “ejemplo destacado de reconstrucción casi total de una secuencia histórica que se extiende desde el siglo XIII hasta el siglo XX”​.

Desde que se convirtió en capital en el siglo XVI vivió períodos de crecimiento y prosperidad. Gracias a ello destacan sus iglesias, castillos y mansiones.

Además, se convirtió en un importante centro cultural y educativo y hoy acoge a 4 de las mejores universidades del país.

Sin embargo también ha pasado por años de declive y de guerra, que le han dejado sus cicatrices. Sus calles nos recuerdan la resistencia al nazismo, el pasado comunista, y el renacer a finales del siglo XX.

Varsovia también tiene su Ruta Real, que transcurre desde la Plaza Zamkowy, en el centro histórico de la ciudad, hasta el Palacio de Wilanów, la residencia de verano. En el recorrido destacan impresionantes edificios, sobre todo a lo largo del tramo de la calle Nowy Świat, la que fuera la principal arteria comercial desde el siglo XIX hasta la II Guerra Mundial.

En Stare Miasto destacan el Castillo y la Plaza del Mercado, con sus recuperados edificios renacentistas y barrocos y el símbolo de Varsovia: la sirena.

Fuera de la ciudad amurallada nació una ciudad independiente, Nowe Miasto, que con el tiempo acabaría uniéndose a Varsovia. Se articula en torno a a la calle Freta y cuenta con tiendas, restaurantes, teatros, iglesias y la casa natal de Marie Sklodowska-Curie.

Al otro lado del Vístula se encuentra el Barrio de Praga, un distrito que se está poniendo de moda por su ambiente bohemio, pero que hasta hace relativamente poco tiempo estaba algo dejado por encontrarse algo apartado.

El bulevar junto al Vístula es un entorno muy agradable para pasear, y también de ocio. Allí podemos encontrarnos con la segunda sirena y ver a lo lejos el PGE.

También en Varsovia se nos quedaron lugares por visitar, como el Parque Łazienki, al sur de la Ruta Real, donde se encontraba la residencia de verano del rey Estanislao Augusto Poniatowski; o Muranów, que, con un muro de 18 kilómetros por 3 metros de alto, se convirtió en el guetto judío en el que convivieron cerca de medio millón de personas. Allí se encuentra el Monumento a los Héroes del Guetto o la Umsclagplatz, la plaza desde la que salían los trenes hacia el campo de concentración de Treblinka.

Tampoco nos dio tiempo de subir al Palacio de la Cultura y la Ciencia para poder observar la ciudad desde las alturas. Aunque esto fue más bien un error de planificación, ya que al equivocarme de hotel, pensé que nos quedaría a mano al tener que pasar por la estación.

Al igual que Cracovia, Varsovia requiere de, al menos, un par de días para poder descubrir todos sus rincones y heridas del pasado. Un día para su centro histórico, otro para la zona nueva, y un tercero para el Barrio de Praga y el margen del Vístula.

Así pues, en general pudimos ver prácticamente lo que teníamos pensado. Aunque no nos habrían venido mal un par de días más, uno para Cracovia y otro para Varsovia. Falló en parte la planificación, pensando que por ser ciudades con el centro histórico bastante concentrado, apenas tardaríamos en recorrerlas. Pero además, nos fallaron las fechas. Nosotros que esperábamos encontrar unos 30º como mucho, por el contrario no bajamos de los 35º debido a la horrible ola de calor del verano pasado. Así pues, nos pasó como en Praga, que el calor nos impedía llevar un ritmo normal.

Habitualmente, cuando vamos de viaje, salimos sobre las 9 de la mañana y nos pasamos todo el día gastando suela hasta que se hace de noche. Al final de la jornada solemos hacer unos 20 kilómetros. Así pues, a la hora de planificar, ya tenemos siempre esa referencia. Sin embargo, la climatología influye bastante. Sobre todo el calor, porque con el frío al final el cuerpo te pide movimiento y le das algo más de brío al paseo. Con 20-25º es llevadero, aunque pegue el sol. Sin embargo, cuando superas cierta temperatura, el cuerpo llega un momento en que te pide parar, hidratarse y ponerse a resguardo. Y no todo depende de la temperatura, sino de la sensación térmica. Creo que lo pasé peor con esos 35 en Polonia que con 40 en España. Y eso que el seco de Madrid es horrible.

En el viaje nos enfrentamos además a otro dato a tener en cuenta, y es que mientras que en Madrid el sol quizá empieza a pegar a partir de las 12; en Polonia notamos que por estar más al norte, la inclinación de la Tierra también influía. Puede parecer una tontería, pero dado que amanecía antes, cuando salíamos a la calle a las 9 de la mañana el sol ya estaba arriba del todo. Así pues, ya hacía calor agobiante. Y para cuando querían llegar las 11 no había quién estuviera en la calle.

Sin embargo, paradógicamente, las plazas y parques estaban llenos de gente. Y es que creo que, como no son temperaturas habituales en el país, las viviendas no están preparadas para ello. Imagino que sí para el invierno con nieve y números bajo cero. Así, la gente salía a la calle a refrescarse. Bien en las fuentes y aspersores improvisados o en las fuentes típicamente decorativas. Era el mismo panorama en todas las ciudades que visitamos.

Por lo demás, seguimos nuestra rutina. Intentamos caminar todo lo posible y tomar el transporte en casos puntuales. Como en Varsovia que después de buscar el hotel equivocado estábamos en la otra punta de la ciudad, o en Cracovia que habíamos acabado la jornada en un barrio algo alejado. En general, hemos encontrado unas ciudades con un buen sistema de transporte, con metro, bus y tranvía.

Sí que es cierto que en algunos casos se veían vehículos con solera (sobre todo en Riga y Vilna, pero también en algunos lugares de Polonia), pero ya sabemos que las máquinas soviéticas tienen fama de duraderas.

Las principales ciudades de Polonia están bien comunicadas. Quizá no hay mucha frecuencia y algunos trenes son un tanto antiguos (sin aire acondicionado y un tanto estrechos), pero sin duda más cómodos que los buses.

 

Además, también están incorporándose nuevos Intercity, que son rápidos, modernos y cómodos. Y los precios no son nada caros.

Para los recorridos de larga distancia sacamos previamente por internet los billetes. Sabíamos que nos iba a limitar, claro, pero así nos asegurábamos que teníamos asiento. Una vez en la estación era fácil encontrar el andén. Simplemente había que buscar en pantalla o panel amarillo el número de nuestro tren, o el horario.

Las pantallas son fáciles de seguir, pues con el horario se ve fácilmente. Los paneles, son un poco más complejos de leer porque está todo muy comprimido, pero lo bueno es que vienen todas las paradas que hace cada tren, así que está muy bien para confirmar la ruta.

Después, el tren tiene indicado en cada vagón el número de coche, si es 1ª o 2ª clase, el número de tren, así como las paradas que realiza. Por lo que no hay pérdida.

Para los movimientos puntuales dentro de la misma ciudad, compramos billetes sencillos y listo.

Eso sí, no hay que olvidarse de pasarlos por el lector, que no suele haber tornos, sino que las máquinas están algo apartadas para no entorpecer el tránsito de viajeros (en el tranvía y bus hay varias máquinas dentro).

La mayoría de las ciudades tienen su gran centro peatonal o de poco acceso a los vehículos, pero una vez que sales de esa zona, el tráfico es algo caótico. Sobre todo en Polonia vimos varios coches derrapando en medio de la ciudad. Nos resultaron un poco agresivos. Y otra cosa que nos llamó la atención fue el aparcamiento. Durante el viaje encontramos muchas veces que las aceras estaban ocupadas por los coches.

Hacia el final del viaje nos dimos cuenta de que parecía estar regulado de esa forma tal y como indicaban las señales. Y esto nos sorprendió aún más.

Como suele ser habitual en nuestros viajes, solemos comer en ruta comprando algo en supermercados o tiendas de conveniencia. Tanto en Riga como en Vilna los mejores sitios para comer algo rápido son los Narvesen e Iki. Tienen bocadillos, sándwiches, paninis, ensaladas… por lo que puedes comprar algo rápido y comerlo en movimiento, o en un parque a la sombra. Eso sí, cuidado con las palomas. En Polonia están los Malpka, que son similares.

En Polonia la mayoría de los días seguimos el mismo patrón, aunque algún día para evitar el calor buscamos algún sitio en el que sentarnos con aire acondicionado, como Poznań con el japonés o en Bydgoszcz y Wrocław que comimos en sendos centros comerciales.

Lo típico por tierras polacas son las zapiekanki, algo así como un panini. Se trata de media baguette que se rellena con champiñones, carne, cebolla y queso. Aunque hay mil variedades, claro. Se come caliente.

Otros platos de la cocina polaca son pierogi (una especie de empanadillas), barszcz czerwony (sopa de remolacha), bigos (estofado de carne y col), golonka (codillo de cerdo). También vimos muchos puestos de roscas, panecillos y aquellos dulces que habíamos probado en Budapest.

Con el calor no apetecía mucho sentarse en una terraza, sin embargo, sí que hemos probado diversas cervezas locales. Las comprábamos en el supermercado y nos las llevábamos al hotel. Cada día probábamos una diferente. Algunas más suaves, otras más fuertes.

Una novedad que teníamos en este viaje es la eliminación del Roaming. Ya conté un poco nuestra experiencia en esta entrada. De todas formas, para resumir, diré que mientras que en Riga y en Vilna tras un correo a Pepephone conseguí tener línea y datos al igual que en España; por el contrario cuando llegué a Polonia me encontré con la sorpresa de que, a pesar de que mi móvil tenía red polaca, no me daba datos. Tras enviar un nuevo correo a mi compañía, descubrí que no tenían ningún acuerdo con este país, por lo que resultó que estábamos como antes. Por suerte, como con Jazztel sí teníamos, así que cuando teníamos que recurrir a internet para buscar algún mapa o información, tirábamos de su red.

También es verdad que en muchas ciudades había WiFi gratuito en la calle, pero no siempre funcionaba muy bien. Y menos cuando no paras de moverte y hay varias redes diferentes según la zona en la que te encuentres.

Y para finalizar, ahí va nuestro resumen de gastos del viaje:

Total: 1.305,20€ (652,60€ por persona)

Y hasta aquí, nuestras vacaciones de verano. Pero todavía quedaba un último viaje de 2017. Empezamos pronto.

Dejamos Lituania y nos dirigimos a Polonia

De nuevo nos esperaba un autobús para cambiar de país. Eso sí, esta vez eran unas horas más, ya que unos 566 kilómetros separan a Vilna de Gdańsk. Del mismo modo que en el viaje de Riga a Vilna, no teníamos opción de tren, al menos no hasta que llegáramos a la frontera con Polonia, por lo que la mejor opción que encontramos fue por carretera. Y para conseguir aprovechar mejor el tiempo, elegimos una ruta nocturna.

La estación de Vilna no es muy grande, pero cuenta con tiendas, salas de espera con numerosas sillas, incluso hay un servicio de custodia de equipajes. Lo llamo así porque no son las típicas taquillas donde guardas tus bultos, sino que es una oficina en la que te los recogen. El precio varía en función del peso.

Nosotros no hicimos uso del servicio, ya que habíamos dejado las mochilas por la mañana en el hotel.

Esta vez viajaríamos con la compañía PolskiBus/Eurolines. La ruta es compartida, por lo que se puede sacar el billete en cualquiera de las dos empresas. Yo lo hice vía web en la de PolskiBus, pues salía algo más barata incluso con la conversión de moneda.

Nuestro autobús salía a las 9 de la noche y tenía la llegada prevista a las 6:40 de la mañana. Habíamos comprado la cena para tomárnosla en cuanto estuviéramos en movimiento y esperábamos poder dormir gran parte del resto del viaje. Llevábamos una almohada de viaje, el antifaz, tapones…

El autobús de Eurolines era algo más estrecho que el de LuxExpress y no contábamos con tablet. Aún así, era cómodo, con suficiente espacio, reposapiés, bandeja y enchufes. Teníamos conexión a internet y nos facilitaron una botella de agua. También teníamos baño, algo que viene muy bien en un viaje tan largo.

El trayecto fue un poco incómodo. Yo pensé que sería más directo, sin embargo, al poco de salir de Vilna hicimos una parada de unos cinco minutos. Una hora y media o dos horas después, cuando ya estaba cogiendo el sueño, paramos en uno de los últimos puestos fronterizos como 15 minutos, supongo que para descanso del conductor. Ahí pensé que quizás podría volver a dormir, pero no, nada más retomar la marcha hicimos otra parada para que subiera la policía fronteriza lituana. Montaron un par de agentes, se dieron el paseo por el autobús y volvieron a bajar. Volvimos a ponernos en movimiento y de nuevo, al pasar a Polonia, nos volvimos a detener. Esta vez fueron los guardas fronterizos polacos quienes subieron. Y estos sí que pidieron documentación, aunque la verdad es que nuestros pasaportes apenas los miraron.

No era la primera vez que nos encontrábamos con este tipo de control en la Unión Europea, sin embargo, hasta la fecha había sido siempre en tren y con este en movimiento, lo que los hace más fluidos. Pero nos encontrábamos además en un tramo de fronteras un tanto peculiar. Tiene por un lado a Bielorrusia y por otro al territorio de Kaliningrado (Rusia). Al parecer esta franja de 65 kilómetros, llamada corredor de Suwalki, preocupa a algunos expertos militares. Creen que si hubiera un conflicto armado en la zona, Rusia lo tendría demasiado fácil para invadirla y dejar aislados a los países bálticos. Este temor viene desde 2014 con la anexión de Crimea. Un año más tarde, la OTAN aseguró que Rusia tenía a miles de soldados en maniobras a ambos lados de la franja. Y, aunque no ha habido ataque, hay cierto recelo pues se estima que cuentan con potencial para ello y que en apenas 60 horas se habrían hecho con Tallín y Riga. El corredor de Suwalki es considerado un punto débil por diversos expertos, quienes han llegado a asegurar que sería el lugar en el que estallaría una hipotética III Guerra Mundial.

La zona de Suwalki está escasamente poblada y pertenece a la región conocida como el Polo norte de Polonia. Al clima hay que sumar que la vegetación es abundante, por lo que, en caso de enfrentamiento, el despliegue de tropas sería complicado. Así pues, con estas preocupaciones en mente, la OTAN ha reforzado la presencia de tropas en Estonia, Letonia, Lituania y Polonia. Estas realizan ejercicios constantemente para estar preparadas ante cualquier eventualidad. Incluso EEUU llegó a desplegar misiles en Lituania para defensa antiaérea y consideró hacerlo en Estonia.

Ajenos a este conflicto geopolítico, continuamos dirección Gdańsk. Esta vez sí que conseguí dormitar alguna hora y me desperté cuando estaba amaneciendo. Me sorprendió ver en los paneles informativos de la carretera que apenas faltaban kilómetros para llegar a Gdańsk, pues eran poco más de las 5 y la llegada era a las 6:40. Pensé que quizá teníamos alguna parada más prevista. Pero no, lo que ocurría es que la compañía había calculado la hora en función del huso horario lituano (1 hora más), y no según el polaco. Así que, llegamos a las 5:40.

Antes de ir en busca del hotel, decidimos buscar algún sitio donde desayunar cerca de Gdańsk Główny, pero estaba todo cerrado por ser demasiado pronto. Tan solo encontramos un KFC, donde la oferta no era muy amplia, pero al menos nos tomamos un té/café y una galleta.

Frente a la estación nos encontramos el Pomnik Kindertransportów, un monumento que se inauguró en 2009 y que está dedicado a los niños judíos que fueron trasladados desde Gdańsk hasta Londres poco antes de que estallara la II Guerra Mundial. Se trataba de niños entregados en adopción a familias británicas ya que sus padres no podían abandonar la ciudad. El segundo monumento se encuentra en Berlín, estación que servía de tránsito, y el tercero en la estación Liverpool Street de Londres, donde terminaba el viaje.

Tras el frugal desayuno, y con Gdańsk aún despertando, nos fuimos dando un paseo hasta nuestro hotel. De camino pasamos por las Iglesias de Santa Isabel y San José, reconstruidas tras el incendio de 1753.

La de San José data del siglo XV. Se construyó un poco después que el monasterio anexo. Tuvo que ser reconstruida varias veces puesto que además del incendio mencionado, también quedó dañada en 1670 durante las guerras religiosas. Por supuesto en la II Guerra Mundial quedó arrasada, incluso un centenar de personas perdieron la vida entre sus muros.

Muy cerca de allí se halla el Antiguo Ayuntamiento (Ratusz Staromiejski).

Fue construido entre 1587 y 1594 como nueva sede de la Ciudad Vieja y en él trabajó Jan Heweliusz, reconocido astrónomo, como miembro del jurado y concejal. De ahí que haya un parque con su nombre, así como una estatua y un mural del mapa del cielo.

El Ayuntamiento fue el único edificio de la calle Korzenna que sobrevivió a la II Guerra Mundial, arrasados quedaron las casas circundantes, entre ellas la de Heweliusz, donde tenía el observatorio y su estudio.

El parque Jan Heweliusz es un agradable entorno con fuentes, el río y casitas estrechas y alargadas de colores al estilo alemán.

Hacía tanto calor (y aún no eran ni las 7 de la mañana), que las fuentes se habían convertido en piscinas improvisadas. Nosotros pensábamos que en Polonia iba a hacer frío y nos pilló la ola de calor (o cambio climático directamente, porque vaya 2017), y esta fuente sería una pequeña señal de lo que veríamos durante el resto del viaje.

En el parque también hay un reloj de sol y monumentos relacionados con el astrónomo.

El parque nos conduce al Gran Molino (Wielki Mlyn).

En el siglo XIV se creó una isla en el canal Radunia para levantar este molino que fue la mayor fábrica de la Europa de la época. Además funcionaba como granero y panadería.

El molino funcionó hasta el siglo XIX con 18 ruedas que permitían mover una gran cantidad de agua. Después se modernizó y siguió funcionando hasta finales de la II Guerra Mundial, llegando a producir hasta 200 Toneladas de harina al día.

En el piso superior estaba el almacén y en un anexo del edificio la tienda donde se vendía el pan.

Alrededor del molino fueron surgiendo en sus días establos y hornos de pan, pero no han llegado hasta el presente.

Muy cerca de allí teníamos el Ibis Gdansk Stare Miasto Hotel. Aunque era de la cadena Ibis, este no entraba dentro de los que tenían descuento, aún así, lo elegimos porque no estaba mal de precio y se encontraba a 10 minutos de la estación y 15 del centro.

Era muy pronto para que nos dieran la habitación, pero ya contábamos con ello. Nuestra idea era dejar las mochilas e irnos a dar un paseo por Gdynia y Sopot y volver a medio día para hacer el check-in. Así que descargamos, le pedimos consejo a la recepcionista sobre cómo llegar y nos pusimos en marcha.

Recorriendo Vilna III – Parque Kūdrų, Centro y en busca de las huellas de los judíos

Dejamos atrás Užupis y atravesamos el Parque Kūdrų, que cuenta con tres mini lagos. En él se encuentran además los restos del bastión perteneciente a la antigua muralla de Vilna. Esta fue construida entre los años 1503 y 1522 para protegerse en las guerras ruso-lituanas. El recinto constaba de nueve puertas además de este bastión en el lado oriental de la ciudad.

De estilo renacentista, se trata de una torre construida en un muro defensivo, además de un túnel de 48 metros de longitud.

Lo que se ve hoy en día es una reconstrucción, ya que quedó dañado a mediados del siglo XVII. Durante las guerras mundiales los alemanes lo aprovecharon como arsenal militar.

Desde lo alto se puede observar el casco viejo y el distrito Užupis.

En lo alto de la colina hay una iglesia, y allí se había celebrado una boda, por lo que estaba lleno de gente muy peripuesta. Por lo demás, paseamos por la zona, pero no había nada que llamara nuestro interés, por lo que proseguimos con nuestra ruta hasta el sur del centro histórico.

Llegamos a la Puerta de la Aurora (Aušros vartai), la única que se conserva de la ciudad amurallada. El resto, así como la muralla, fueron derribadas por orden del gobierno ruso tras la división de la Mancomunidad polaco-lituana.

El lado exterior es sobrio, apenas con algún detalle. Sin embargo, el que da al centro de la ciudad tiene una parte superior más llamativa.

Sobre la puerta se encuentra la Capilla de la Bienaventurada Virgen María. En la Antigüedad era frecuente colocar un icono religioso en las entradas a la ciudad para que la protegiera de lo que entraba y a la vez para que diera buena suerte a los viajeros que salían.

Esta virgen está muy venerada por los católicos y ortodoxos, sobre todo por los polacos y bielorrusos, que la consideran milagrosa y realizan peregrinaciones.

Siguiendo el trascurso de la calle encontramos una gran variedad de tiendas, muchas de ellas de artesanía, otras de recuerdos, de ámbar… y algún restaurante. Además, abundan las iglesias.

La primera que nos queda a mano derecha es la Iglesia Santa Teresa Baznycia (Šv. Teresės bažnyčia), una de las iglesias barrocas más antiguas de Lituania cuyo interior de la segunda parte del siglo XVIII se conserva prácticamente intacto.

A continuación, a mano izquierda llegamos a una puerta que conduce a la Iglesia Ortodoxa del Espíritu Santo (Šv. Trejybės bažnyčios).

Si la puerta parece algo olvidada con partes desconchadas, la iglesia nos la encontramos cubierta totalmente de andamios, únicamente se conseguía ver la torre, muy nueva, eso sí.

Construida en 1514 en estilo barroco con elementos bizantinos, es la principal iglesia ortodoxa de Vilna y en su interior descansan los restos de los mártires San Antonio, San Eustaquio y San Iván. En el siglo XVIII tuvo que ser reconstruida tras un incendio y se añadieron las dos torres rococós. No se podía acceder, así que intentamos bordearla, pero se encuentra rodeada de edificios y entre unos obstáculos y otros, nos quedamos como estábamos.

La propia calle de la Aurora nos conduce a la Plaza del Antiguo Ayuntamiento (Vilniaus Rotušė).

Es de estilo neoclásico, similar a la catedral, con forma de templo griego y fachada con pórtico dórico. En el pasado el edificio sirvió como Tribunal de Justicia y el sótano se usó como prisión. En la actualidad se usa como teatro y acoge actividades culturales. También alberga una oficina de turismo.

A su alrededor destacan edificios de colores, la embajada sueca y la Iglesia de San Nicolás.

La Iglesia de San Nicolás (Šv. Nikolajaus cerkvė), de rito ortodoxo, es la más antigua construida en piedra que aún queda en pie. Erigida entre los siglos XIV y XV cuenta con elementos góticos y románicos. La torre de la fachada es posterior, se añadió en el siglo XIX.

Siguiendo en la misma calle, frente al parque, encontramos otra iglesia, la ortodoxa de Paraskeva (Šv. kankinės Paraskevės ortodoksų cerkvė).

Fue construida en 1345 por la esposa del Duque Algirdas, sin embargo en el siglo XVI sufrió un incendio, por lo que lo que vemos hoy en día data de 1865. Es una pequeña capilla en la que se cree que Pedro el Grande bautizó a un esclavo negro africano que más tarde se convertiría en el General Mayor Abram Petrovich Hannibal, bisabuelo del poeta ruso Alexander Pushkin.

No se puede entrar en ella, por lo que la observamos desde fuera mientras íbamos de un puesto a otro del pequeño mercado de artesanía.

Atravesamos el parque y tomamos la calle Dominikonų dejando la universidad a nuestra espalda y pasando por un par de iglesias más. Es increíble la cantidad de iglesias que hay, y eso que fue el último país en Europa que adoptó el cristianismo. Vilna cuenta con más de 50 iglesias de diferentes tipos de culto: católicos, protestantes, ortodoxos… Los períodos en que se construyeron o renovaron, así como el rito, condicionan su estilo. Unas son más sobrias, otras más recargadas.

Nos metimos por una de las callejuelas que salen a mano izquierda adentrándonos en el gueto judío, articulado en torno a las calles Zydu, Stikliu y Gaono. No obstante, hay que andar con lupa para poder encontrar algo de lo que fue, ya que quedó devastado. Apenas quedan restos en las calles Didzioji Rūdninkų y Ligoninės. En algunos casos apenas se trata de un simple cartel informativo colocado a principios del presente siglo para recuperar la historia de la ciudad.

Al final de Zydu gatve está la casa y un busto de Elijahu ben Shlomó Zalman, conocido como el Gaón.

Fue un estudioso de la Torá y con tan solo seis años recitó el Talmud entero de memoria.

Fuera del gueto, tomamos la calle Vilna y nos topamos con la Iglesia de Santa Catalina, del barroco tardío.

En su portada se erige el monumento de Stanisław Moniuszko, un compositor de ópera, música religiosa y de cámara.

La fachada de la iglesia da a un parque, así que aprovechamos para sentarnos un rato en un banco a la sombra. Se ve que la iglesia ha sido restaurada recientemente, pues tiene una pintura bastante uniforme sin desconchones. También se observa por las esculturas y detalles de su fachada, en buen estado.

Casi para finalizar la visita nos dirigimos a la Sinagoga Coral, que se encuentra algo alejada del centro. Sobrevivió a los nazis ya que se usó como almacén farmacéutico, hoy ha recuperado su función religiosa y es frecuentada por la pequeña comunidad judía de Vilna.

Y aquí terminamos nuestra visita, aunque aún nos sobraba bastante tiempo hasta la hora de tomar el bus. Nos habíamos dejado la Universidad por ver, sin embargo, la ciudad no nos había gustado en demasía y no nos apetecía verla. Nos sentamos en un parque a relajarnos un rato, a disfrutar del paisaje y ver a la gente pasar. Y cuando aún nos faltaban un par de horas para partir, pasamos por un supermercado para comprar la cena. Por último, recogimos nuestras mochilas del hotel y nos dirigimos a la estación.

Recorriendo Vilna II – Universidad y República Independiente de Užupis

Bajamos la colina y nos dirigimos hacia la Iglesia de Santa Ana, una iglesia de estilo gótico tardío construida en ladrillo rojo.

Se erige en el lugar que había un antiguo templo dedicado a Santa Ana, primera esposa de Vitautas el Grande. Pero aquella iglesia de madera se quemó en un incendio en 1419, por lo que por orden del Gran Duque, se construyó la que vemos hoy en día. Sus obras tuvieron lugar entre los años 1495 y 1500 y fue consagrada un año más tarde. Desde entonces se ha mantenido prácticamente igual, aunque en 1582 el interior tuvo que ser reconstruido tras un incendio.

En el siglo XVIII se llevaron a cabo tareas de reacondicionamiento y en el siglo XX se reforzaron las paredes y renovaron las torres. Ya en este siglo, en 2009, se cambió la cubierta, se reforzaron las torres y se reconstruyeron elementos de la fachada.

La iglesia, que forma parte del conjunto que también incluye la iglesia gótica de San Francisco y el monasterio de San Bernardino, le gustó tanto a Napoleón, que, al parecer, se la quiso llevar a París. No sé muy bien cómo pensaba hacerlo.

La Iglesia de San Francisco es una de las iglesias góticas más grandes del país. Su fachada también es de ladrillo rojo y en ella destacan sus amplios ventanales.

San Bernardino ha sido usado como refugio en épocas de guerra o invasiones.

Junto al conjunto se alza el Monumento a Adam Mickiewicz, el poeta nacional de Polonia, Lituania y Bielorrusia. Fue colocado con motivo del centenario de su nacimiento en mayo de 1925.

Seguimos adentrándonos hacia el centro hacia el campus de la Universidad, donde nos encontramos con una boda. Al parecer debía ser de temática años 20, porque iban todos muy peripuestos con flecos, plumas, guantes, sombreros de copa y chaqués.

La universidad fue fundada por los jesuitas en 1579, lo que la convierte en la más antigua de Europa del Este. Sin embargo, no lleva operativa desde entonces, ya que fue clausurada en 1832 y no volvió a abrir sus puertas hasta 1919.

El viejo campus se creó entre los siglos XVI y XVIII, así pues, hay edificios de diferentes períodos históricos. En el central se encuentran las oficinas administrativas y está conectado con la biblioteca, que alberga numerosos libros, entre ellos un incunable, el primer libro lituano, que fue impreso en 1547. La Universidad se puede visitar, previo pago, para ver los 13 patios, la biblioteca, la sala de estudios, la librería y las iglesias. También se puede subir al campanario de la iglesia de San Juan pagando una entrada aparte. Nosotros decidimos continuar el paseo hasta el Palacio Presidencial.

El primer palacio fue construido en el siglo XV y se usó como residencia del obispo hasta la última división Lituano-polaca en 1795. Ha tenido que ser reconstruido varias veces a lo largo de los siglos. Además de mejorado. Por ejemplo, los parques y jardines fueron ampliados en el Renacimiento. En el siglo XVIII (1737 y 1748) sufrió dos incendios. Tras la reconstrucción pasó a ser residencia de emperadores, reyes y nobles. En 1796 lo habitó el zar Pablo I.

Durante el siglo XIX se convirtió en la residencia de los gobernadores del Imperio Ruso. En 1812 vivieron en él el zar ruso Alejandro I y Napoleón. Durante la invasión francesa allí se organizaron operaciones militares, y tras la marcha de Napoléon se empleó para ceremonias.

Con la independencia en 1918 albergó  el Ministerio de Asuntos Exteriores y la agencia de noticias ELTA hasta que se incorporó a Polonia en 1920. Después de la II Guerra Mundial pasó a ser Centro de Oficiales Militares y más tarde acogió a artistas lituanos. Desde 1997 es el despacho oficial y residencia ocasional del Presidente de Lituania.

En una esquina de la plaza, en estilo neoclásico, se encuentra el Centro de Educación Civil.

Y tras bordear el campus, nos alejamos del centro para dirigirnos a la República Independiente de Užupis.

Esta república simbólica surgió en 1998 como repulsa hacia el orden social establecido. Este barrio había quedado abandonado durante la II Guerra Mundial con el traslado de los judíos a los guettos. Y tras la guerra y la época soviética, cayó aún más en el olvido. Muchos edificios se ocuparon por vagabundos y el barrio cayó en decadencia. En los años previos a la independencia se mudaron a Užupis artistas bohemios y el barrio comenzó a resurgir. Tras 1989 esta tendencia continuó y hoy es un distrito de moda lleno de galerías de arte. Aún así, se ve que muchos edificios están un poco dejados.

En 1997 se declaró la república con su propia bandera, moneda, presidente y ejército (con un soldado cargado con brocha y pincel) y se estableció la Constitución, que está expuesta en una de sus calles en numerosos idiomas.

Estos son sus artículos

1. Todo el mundo tiene derecho a vivir a las orillas del Río Vilnia, mientras el Río Vilnia tiene de derecho de fluir al lado de todo el mundo.
2. Todo el mundo tiene derecho a agua caliente, calefacción en invierno, y un tejado.
3. Todo el mundo tiene derecho a morir, pero no es una obligación.
4. Todo el mundo tiene derecho a cometer errores.
5. Todo el mundo tiene derecho a la individualidad.
6. Todo el mundo tiene derecho a amar.
7. Todo el mundo tiene derecho a no ser amado, pero no necesariamente.
8. Todo el mundo tiene derecho a no ser distinguido ni famoso.
9. Todo el mundo tiene derecho a no hacer el vago.
10. Todo el mundo tiene derecho a amar y a cuidar un gato.
11. Todo el mundo tiene derecho a cuidar un perro hasta que uno de los dos muera.
12. Un perro tiene derecho a ser un perro.
13. Un gato no está obligado a amar a su dueño, pero debe ayudarle en los momentos difíciles.
14. Todo el mundo tiene derecho a no darse cuenta de sus obligaciones alguna vez.
15. Todo el mundo tiene derecho a tener dudas, pero no es una obligación.
16. Todo el mundo tiene derecho a ser feliz.
17. Todo el mundo tiene derecho a ser infeliz.
18. Todo el mundo tiene derecho a estar en silencio.
19. Todo el mundo tiene derecho a tener fe.
20. Nadie tiene el derecho a actuar con violencia.
21. Todo el mundo tiene derecho a darse cuenta de su insignificancia y magnificencia.
22. Todo el mundo tiene derecho a abusar de la eternidad.
23. Todo el mundo tiene derecho a entender.
24. Todo el mundo tiene derecho a no entender nada.
25. Todo el mundo tiene derecho a tener varias nacionalidades.
26. Todo el mundo tiene derecho a celebrar o no su cumpleaños.
27. Todo el mundo debe recordar su nombre.
28. Todo el mundo puede compartir aquello que posee.
29. Nadie puede compartir aquello que no es suyo.
30. Todo el mundo tiene derecho a tener hermanos, hermanas, padres y madres.
31. Todo el mundo es capaz de ser independiente.
32. Todo el mundo es responsable de su propia libertad.
33. Todo el mundo tiene derecho a llorar.
34. Todo el mundo tiene derecho a ser malentendido.
35. Nadie tiene derecho a hacer sentir culpable a otros.
36. Todo el mundo tiene derecho a llevar las cosas al plano personal.
37. Todo el mundo tiene derecho a no tener derechos.
38. Todo el mundo tiene derecho a no estar asustado.
39. No derrotes a otros.
40. No tomes venganza.
41. No te rindas.

En la plaza principal destaca una estatua de un ángel. No se sabe si está tocando una trompeta o un shofar, instrumento ceremonial judío hecho de cuerno de animal. La estatua se ha convertido en el símbolo de la libertar artística del barrio.

Subiendo por la calle principal llegamos a la Iglesia de San Bartolomé (Vilniaus Šv. apaštalo Baltramiejaus bažnyčia).

Fue quemada en la guerra con Moscú y tuvo que ser reconstruida entre 1823-1824. Más tarde, en 1881 se le añadió un campanario. Se ve clarísimamente que ha sido construida en varias etapas, pues conserva el diseño y los colores particulares de cada tanda.

En la época de ocupación soviética fue convertida en taller para escultores y no fue hasta 1997 cuando recuperó su función religiosa y pasó a la comunidad católica bielorrusa de Vilna.

Otro templo importante del barrio es la Iglesia Ortodoxa de la Madre de Dios.

A pesar de ser ortodoxa no tiene las típicas cúpulas con forma de bulbo tan características, sino que está rematada con unas cubiertas rojas puntiagudas. En su interior acoge un iconostasio de la Sante Madre de Dios que fue un regalo del mismísimo Zar Alejandro II.

Callejeamos un poco sin rumbo por el barrio antes de abandonarlo para volver al centro.

Recorriendo Vilna – De Gedimino Prospektas a la colina de las Tres Cruces

Comenzamos un nuevo día. Si bien el hotel era minimalista, en la reserva teníamos incluido el desayuno, y bastante completo, de hecho. Había surtido de comida caliente (revueltos, setas, huevos cocinados de diferentes formas, salchichas, bacon…), comida fría (ensaladas, embutido, quesos…) y algo de galletas y bollería. Por supuesto también había cafés, tés, leche, zumos y cacao.

Tras desayunar seguimos el mismo planteamiento que en Riga y dejamos las mochilas en la consigna del hotel para poder pasear tranquilamente por la capital lituana.

Vilna es la capital y ciudad más poblada de Lituania, situada a unos 30 kilómetros de la frontera con Bielorrusia en el sureste de Lituania, prácticamente en el centro del continente. Aunque las tres repúblicas exsoviéticas son consideradas muchas veces como parte de Europa del Este, lo cierto es que en 1989 el Instituto Nacional de Geografía Francés publicó que el centro geográfico de Europa se encuentra en el pueblo Purnuškės (54°54′ de latitud norte y 25°19′ de longitud este 54°54′N 25°19′E), a 26 km de Vilna.

La hoy capital lituana tiene sus orígenes en las invasiones bálticas, eslavas, germanas y judías. Recibió el estatus de ciudad en 1387 cuando apenas era un fuerte sobre la cima de la colina.

Se mantuvo fortificada entre 1503 y 1522 con nueve puertas y tres torres. En 1544 Segismundo II de Polonia estableció su corte en la ciudad y fomentó la prosperidad en la ciudad. Esta expansión siguió creciendo en los siglos posteriores bajo la pertenencia la República de las Dos Naciones. Gracias a este desarrollo, Vilna adquirió un auge cultural y Esteban I de Polonia y jesuitas españoles promovieron la fundación en 1579 de una de las universidades más prestigiosas del momento.

Vilna continuó su crecimiento y prosperaron las artesanías, el comercio y la ciencia. Dada su relevancia, llegaron comunidades de polacos, bielorrusos, judíos, rusos, alemanes y ucranianos contribuyendo a la vida multicultural de la ciudad. No obstante, el crecimiento se frenó en 1655 cuando los rusos conquistaron y saquearon Vilna. Esto provocó que mucha población huyese al campo.

Más tarde, en 1812, la ciudad sufriría la invasión de Napoleón cuando este avanzaba hasta Moscú. Y un siglo después serían los alemanes quienes la ocuparan hasta que Lituania proclamara su independencia en 1918. Sin embargo, no duraría mucho el autogobierno, ya que enseguida pasarían a controlarla los bolcheviques en una pugna constante con los polacos.

El siglo XX fue convulso. El 20 de julio de 1920 Vilna fue reconocida como la capital de la República de Lituania, sin embargo, en octubre el ejército polaco ocupó de nuevo la ciudad proclamando el estado Lituania Central. No obstante, las autoridades lituanas no reconocieron esta distribución territorial y surgió un conflicto que acabó con las relaciones entre Lituania y Polonia, quedando Vilna en esta última (bajo el nombre de Wilno) y Kaunas como nueva capital lituana.

Durante la época polaca, la ciudad recuperó su esplendor gracias a las inversiones de polacos y judíos. Se reabrió la universidad, se mejoraron las calles e infraestructuras y se construyeron nuevos edificios. En 1931 Wilno era la quinta ciudad más importante del país. Por contra, en Lituania, que se había centrado en la agricultura, la economía no había crecido de la misma manera.

En 1938 Vilna fue ocupada por el Ejército Rojo y entregada a Lituania, aunque en principio pensaban convertirla en la capital de la República Socialista Soviética de Bielorrusia. Poco a poco se volvieron a transferir competencias de Kaunas a Vilna, aunque no se llegó a completar porque la Unión Soviética la invadió y convirtió en la capital de la República Socialista Soviética de Lituania.

Los alemanes en 1941 fueron recibidos con esperanza en Lituania. La llegada de los nazis acabó con gitanos, polacos, rusos, vagabundos y sobre todo judíos. Vilna, que era conocida como la Jerusalén del norte por la extensa población judía, vio cómo fueron perseguidos y trasladados a dos guetos en el casco antiguo. En ambos acabaron asesinados. En uno de ellos en 1941, y en otro dos años más tarde tras una revuelta. Esta aniquilación contó con el apoyo de la mayoría de la población lituana, ya que veían a la comunidad judía como la culpable de la deriva económica del país.

En 1944 se restauró la República Socialista Soviética de Lituania tras la llegada del ejército Krajowa y el Ejército Rojo  y Vilna volvió a ser la capital. La población disminuyó aún más tras la II Guerra Mundial, pues el gobierno soviético repatrió a todos aquellos ciudadanos que tenían origen polaco.

El 11 de marzo de 1990 Lituania proclamó su independencia y desde entonces la ciudad se ha ido modernizando. Se han restaurado palacios, edificios, se han construido carreteras, ferrocarriles y aeropuertos. Aunque por casos de corrupción algunos proyectos se han quedado inacabados.

Vilna cuenta con el 15% de la población del país (el 35% del PIB de Lituania), lo que la convierte en el principal centro económico, administrativo, social y cultural de la nación. Sin embargo, el turismo no es un sector tan potente como en las otras dos repúblicas bálticas. Vilna no es tan conocida, quizá por ser más interior, o por no tener el encanto medieval de Tallín o la arquitectura Art Nouveau de Riga. Sin embargo, en su casco histórico, bien conservado y reconocido como Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1994, se pueden encontrar edificios históricos barrocos, góticos, neoclásicos, renacentistas o incluso neobizantinos.

Es una ciudad pequeña que se puede recorrer cómodamente a pie. Aunque hay algún barrio un poco más alejado, lo importante queda bastante concentrado. Podríamos dividir Vilna en tres: Casco antiguo, La República Independiente de Užupis y Barrio Judío.

Nosotros comenzamos la visita dirigiéndonos hacia la arteria principal. Teníamos un buen tramo hasta allí, pero el clima acompañaba, así que fuimos caminando. El barrio en que se encontraba el hotel era de corte soviético, y se veía claramente en sus edificios.

A medida que nos íbamos alejando, sin embargo, la arquitectura iba variando, aunque no por ello quiere decir que los edificios estuvieran bien conservados. De hecho, había que tener cuidado con las terrazas, pues muchas tenían unas redes debajo para evitar que los cascotes cayeran a los viandantes.

Íbamos camino al centro cuando nos desviamos para acercarnos a ver la Iglesia Ortodoxa de San Constantino y San Miguel (Šv. Konstantino ir Michailo cerkvė). No la teníamos en la ruta, pero nos sorprendieron sus cúpulas.

También se la conoce como la Iglesia Romanov, ya que fue construida en 1913 con motivo del 300 aniversario de esta dinastía. El interior estaba pintado en estilo ruso, sin embargo, no se conserva. Tiene 13 campanas provenientes de Moscú.

Tras bordearla, retomamos nuestro rumbo. Nuestra siguiente parada, un poco antes de llegar a la Gedimino Prospektas, fue el Museo de las víctimas del Genocidio. El edificio tiene en su parte inferior tallados los nombres de muchas de las víctimas.

En su perímetro encontramos una exposición de dibujos infantiles que representaban la patria, la paz y la guerra.

El museo está dedicado a los lituanos que fueron deportados, asesinados o encarcelados por los soviéticos desde la II Guerra Mundial hasta la década de los 60. Este museo se localiza en la antigua sede del KGB y la GESTAPO en la ciudad, lo que permite que el propio edificio sirva de exposición pudiendo visitar el sótano y sus celdas o la sala de ejecución.

Bordeando el museo salimos a la Gedimino Prospektas, una avenida de casi dos kilómetros que une la Iglesia ortodoxa de la Aparición de la Santísima Virgen con la Catedral. En su recorrido se pueden observar elegantes edificios históricos.

También se encuentra el Teatro Nacional de Lituania, en cuya fachada se erigen las Tres Musas.

Al final de la avenida llegamos a la Catedral.

Se levanta en el lugar en que se construyó una en 1251 cuando el rey Mindaugas se convirtió al cristianismo. Sin embargo, tan solo 10 años después la iglesia se convirtió en lugar de celebración de ritos paganos. Un siglo después, cuando Lituania aceptó la fe cristiana (siendo el último país europeo en hacerlo) se volvió a levantar una nueva catedral que se convirtió en emblema nacional. En la época soviética se usó como galería fotográfica, pero recuperó su uso religioso en 1989.

Destaca su exterior de color blanco y el campanario separado en una antigua torre de las murallas de la ciudad. De estilo neoclásico, recuerda a La Madeleine de París, aunque mucho menos impresionante que la de la capital francesa.

En el interior están expuestas diversas obras de arte y una copia del Santo Sudario de Turín. La catedral cuenta con capillas laterales, entre la que sobresale la de San Casimiro, el patrón del país. Por lo demás, el interior es muy sobrio. Recuerda en cierta medida a la de Helsinki, también con un exterior neoclásico y un interior blanco, aunque aquella tenía menos decoración aún.

Bordeando la catedral se llega al Palacio Real, reconstruido recientemente tras haber quedado destruido a finales del siglo XVIII por los rusos. En él se pueden visitar exposiciones sobre la historia del país desde el siglo XII hasta la II Guerra Mundial. En su entrada se pueden divisar también los restos de unas ruinas.

Frente a él se encuentra la estatua ecuestre del ya mencionado Mindaugas, el único rey que ha tenido Lituania.

Detrás, se ve en lo alto de la colina la Torre Gediminas y hacia ella nos dirigimos.

En teoría se puede subir en funicular y por dos caminos: uno de ellos más empinado y corto, y otro que bordea más y por tanto es más largo. Sin embargo, solo tuvimos la última opción, ya que el funicular parecía estar cerrado y el camino corto estaba cortado por obras. Parece que estaban reacondicionando la falda de la colina. Aún así, la subida es cómoda y se hace en apenas 10 minutos atravesando un parque y siguiendo el margen del río.

La torre es lo único que se conserva del antiguo castillo del siglo XIII y es un icono de la ciudad y del país. Esperaba unas vistas espectaculares de Vilna, sin embargo, desde las alturas no parecía llamar mucho la atención. No destacaba ningún edificio en particular. Siempre hay una iglesia, una catedral, la plaza del ayuntamiento… pero en este caso la capital lituana no parecía ofrecer gran cosa. Me desilusionó un poco, la verdad. Acabábamos de empezar a recorrerla y no me estaba cautivando.

También se puede entrar a la torre. Es museo y mirador a la vez. Pero ya que las vistas no nos habían llamado mucho la atención, no pensamos que fuera a haber mucha diferencia.

Así pues, continuamos con nuestro recorrido. De colina a colina. Emprendimos la bajada y cruzamos el canal hacia el Parque Kalnų, donde se alzan tres cruces.

Aquí la subida es algo más cansada porque hay un tramo de escaleras de madera, después la subida es por un camino a través del bosque (porque eso ya no es un simple parque). Afortunadamente corría algo de aire y la temperatura no era muy alta, con lo que el ascenso fue llevadero.

Antes de llegar a las tres cruces, encontramos las originales tiradas en el suelo, tal y como quedaron cuando el gobierno soviético las destruyó en 1950. Estas cruces se habían colocado en 1916 para honrar a tres monjes que habían sido crucificados en aquel lugar.

En 1989, se volvieron a colocar unas nuevas, las que vemos hoy en día, que son mucho más grandes. Se han convertido en un símbolo patriótico, aunque, como muchos monumentos y edificios en Vilna, tenía desconchones y daba la sensación de dejadez.

A sus pies se observa la ciudad, pero como nos pasó en la torre, Vilna no tiene una panorámica majestuosa. No es que sea fea, pero no impresiona especialmente.

Pero aún nos quedaba mucho por recorrer, quizá aún nos sorprendiera.

A camino entre Letonia y Lituania

Viajar de Riga a Vilna en tren no parecía factible, por lo que busqué otra alternativa que resultó ser el bus. La compañía LuxExpress une ambas capitales en apenas 4 horas y por 19€. Ofrece la posibilidad de sacar los tickets por internet, así que ya los llevábamos de casa.

En la página web parecía que el autocar era moderno y bien equipado, así que íbamos con altas expectativas. Antes de subir, entregamos nuestra mochila al conductor, que le puso una pegatina y nos dio un resguardo. Empezábamos bien.

Teníamos asientos de segunda fila por detrás del asiento del piloto y contábamos con mucho espacio, más que en el tren y muuuucho más que en un avión.

Los asientos estaban equipados con cinturón, bandeja, reposapiés y enchufes. Delante teníamos una tableta con contenido multimedia, juegos, música y un mapa que mostraba nuestra ruta.

El autocar tenía WiFi, que funcionaba perfectamente, baño y una zona con bebidas calientes y agua. Así que íbamos bien equipados para las cuatro horas que teníamos por delante.

Yo aproveché para copiar las fotos del día al ordenador, así pues, no iba prestando atención a la carretera, pero cuando guardé el ordenador, de repente vi cómo el conductor de nuestro autobús realizaba adelantamientos a otros vehículos pesados ocupando la calzada contraria incluso cuando venían coches en el otro sentido. El primer momento fue de “pero que viene uno de frente, ¿no lo ve?”, pero cuando este se apartó al arcén quitándose de nuestro camino como si nada, tuve una especie de dejà vú. ¡Esto ya lo había vivido en Bulgaria! ¿Tendrá algo que ver con el sistema de circulación soviético? ¿Conducirían así en la época comunista y se les ha quedado la costumbre?

Por lo demás, el trayecto fue tranquilo. Algo de lluvia en algunos tramos y cada vez más verde todo. Llegamos a nuestro destino a la hora estipulada, las 21:30, ya de noche, y como teníamos unos 15-20 minutos de paseo al hotel, aprovechamos para comprar la cena en una tienda de la estación.

De camino al hotel atravesamos una zona residencial con edificios claramente de la época soviética cuyos balcones amenazaban con desprenderse, grandes avenidas y poco tránsito.

El Corner Hotel es muy minimalista. Se ve que las zonas comunes están actualizadas, sin embargo, el edificio se ve que es antiguo nada más te adentras en los pasillos y en las habitaciones. Pero bueno, sabíamos a lo que íbamos. No encontré muchas opciones a la hora de la reserva y me pareció el mejor hotel en relación calidad, precio y ubicación. Además, tenía incluido el desayuno.

La habitación era bastante amplia, equipada con dos camas, un par de mesitas, un escritorio, una nevera, un armario y un banco. El baño era pequeño, pero justo para una noche.

Tras acomodarnos en la habitación y refrescarnos, nos sentamos a cenar mientras repasábamos la planificación del día siguiente en la capital de Lituania.

Tampoco sabíamos mucho del país antes del viaje, aparte de que son buenos en baloncesto, así que hubo que leer un poco sobre la más grande y poblada de las tres repúblicas bálticas. Además de tener frontera con Letonia, limita al sureste con Bielorrusia, al sur con Polonia, al suroeste con Kaliningrado y al oeste con el mar Báltico (tan solo 40km). Su capital y ciudad más poblada es Vilna y su principal puerto es Klaipėda.

El territorio que hoy ocupa Lituania tiene sus orígenes al siglo XIII, cuando era un ducado independiente (aunque ya hay referencias a Lituania como nación en los anales de un monasterio de 1009). Durante todo ese siglo fue invadida en diferentes ocasiones por los mongoles, hasta que fueron derrotados en 1377. Poco después, en 1385 Lituania se unió a Polonia, aunque esta alianza solo estuvo vigente hasta 1401. Sin embargo, siglo y medio más tarde, en 1569 se formó la República de las Dos Naciones o Mancomunidad de Polonia-Lituania, una unión en la que Lituania mantuvo su autogobierno.

En 1795 Lituania fue incorporada a Rusia y perteneció al Imperio Ruso hasta el comienzo de la I Guerra Mundial. No obstante, el pueblo lituano se alzó un par de veces en sendas revueltas en 1836 y 1863. Tras la última se prohibió toda transmisión del lituano (libros, prensa, educación…). Durante la I Guerra Mundial Lituania estuvo ocupada por Alemania. Finalmente consiguió su independencia en 1918, aunque no tuvo un período tranquilo, pues entró en guerra contra Polonia, que intentaba anexionarse su territorio. Al finalizar la guerra Lituania perdió el 20%, incluida Vilna, por lo que la capitalidad se trasladó a Kaunas.

En 1940 llegaron a Lituania las tropas de la URSS ocupando y anexionándose el país. Aunque permanecieron poco, pues un año después los nazis expulsaron al Ejército Rojo. Muchos lituanos vieron a los alemanes como sus libertadores y se unieron como combatientes de las SS y, tras la guerra, cuando en 1945 Lituania pasó a formar parte de la URSS, seguían existiendo diversos grupos fascistas que lucharon contra la soberanía soviética.

En 1988 surgió un movimiento que buscaba la independencia de Lituania, algo que finalmente llegó el 11 de marzo de 1990. Y reconocida por Moscú en 1991. Desde entonces, Lituania ha luchado por recomponer el país después de tantas contiendas bélicas a lo largo de los siglos. Ha hecho grandes reformas económicas y se ha esforzado en recuperar su cultura mediante la reconstrucción de bibliotecas, museos y otros edificios históricos.

Hoy en día parece haberse recuperado bastante bien y es el país con mayor renta per cápita de los países bálticos y de todos los que formaron parte de la URSS además de tener una baja deuda pública (casi nula). Cuenta además con una tasa de crecimiento de las más altas de Europa. Veríamos bastantes lexus y coches de lujo en nuestra corta estancia.

Su economía se basa en actividades agropecuarias, explotación forestal (como la madera para muebles de IKEA) y textil. Además, desde su entrada en la Unión Europea en 2004 (a la zona Euro en 2015) el turismo ha ido creciendo, igual que en su vecina Letonia. También con la entrada en la UE ha subido la industrialización y se ha hecho hincapié en campos como la biotecnología y el desarrollo de las tecnologías láser.

En el ámbito educativo Lituania está a la vanguardia pues el 93% de la población tiene bachillerato o estudios universitarios y habla al menos dos idiomas extranjeros. Además, sus estudiantes ocupan el primer lugar a nivel de la UE en Matemáticas, Tecnología y Ciencias.

Ya sabemos algo del pasado de este país balcánico. Conozcamos cuánto hay de su historia en la capital.

Preparativos de nuestro viaje a Letonia, Lituania y Polonia

Tras volver de Suiza comenzamos a planificar nuestras vacaciones de verano. Queríamos dedicar unos 10-15 días a recorrer Europa en tren tal como habíamos hecho en 2013 por Benelux o en 2015 por Capitales Imperiales.

Teniendo en cuenta que no queríamos repetir destino, estaba claro que íbamos a elegir Este.

O bien la antigua Yugoslavia, o bien antiguas repúblicas soviéticas. Para salir de dudas, estuve indagando sobre vuelos, posibles itinerarios y conexiones ferroviarias de ambas opciones, y ahí comenzaron los problemas.

Una ruta que nos habíamos planteado cubría Liubliana, Zagreb, Belgrado, Sarajevo, Podgorica, Tirana y Skopje. A priori, con el mapa delante, parecía una buena idea. Son ciudades que están a relativa corta distancia, de países distintos y con atractivos diferentes cada una. Había que jugar con fechas y diferentes aeropuertos para conseguir optimizar los días, pero después de mucho trastear, parecíamos tenerlo.

Sin embargo, en la práctica, corta distancia no significa corto trayecto. O ni siquiera que exista conexión. Cuando me puse a investigar sobre trenes, horarios y duración de los viajes me encontré con que en Bosnia se iban a llevar a cabo trabajos de renovación de todas las vías ferroviarias. Además, según la página del Ministerio de Asuntos Exteriores, si cruzábamos a Kosovo podríamos tener problemas en los puestos fronterizos, ya que España no lo reconoce como país (no sea que tengamos que reconocer el derecho a la independencia de algunos territorios propios).

Así pues, la cosa se nos complicaba, mayo avanzaba y no teníamos nada cerrado. Por tanto, decidimos dejar esa zona para otro momento y valorar viajar más al norte. Cuando hicimos el crucero por el Báltico nos habíamos quedado con las ganas de visitar Riga, y también llevábamos tiempo queriendo pisar suelo polaco, así que como Lituania está en medio, concluimos que ya teníamos plan B: Riga-Vilna-Polonia. ¿Y quizá Bielorrusia y hacer una excursión a Minsk?

Este nuevo objetivo era más sencillo, ya que teníamos buenas combinaciones de vuelos y, aunque no había tren Letonia  – Lituania y Lituania – Polonia, sí que había autocares que tenían buena pinta y salían bien de precio. Polonia la íbamos a recorrer en tren y con un mapa ferroviario delante podíamos respirar tranquilos porque pintaba mucho mejor que el plan A.

Con los datos así en bruto y a falta de concretar las ciudades polacas a visitar, encontramos que la mejor opción por fechas y precio era entrada por Riga y salida por Varsovia. Así que, sin demorarlo más, a finales de mayo compramos los billetes de avión Madrid – Riga con AirBaltic y la vuelta Varsovia – Madrid con Norwegian. Ambas compañías desconocidas para nosotros hasta la fecha.

Apenas unos días más tarde, cuando aún estábamos con la ruta sin terminar de concretar, me llegó una alerta de una campaña de los hoteles Ibis en Polonia con habitaciones dobles desde 9€ de julio a diciembre.

Claro, no pude por menos que comprobar si era verdad. Y sí, lo era, había oferta en los hoteles de las principales ciudades polacas. No todos a 9€, claro, pero aún así tenían buen descuento. Fue el empujón que nos faltaba para cerrar el itinerario y, en unos minutos, tras comprobar localización, precio y condiciones, reservamos en Cracovia, Poznan y Varsovia. No nos cuadró ninguno de 9€ porque eran los más alejados del centro, pero pagamos de 22€ a 36€ por habitación. Y algunos con desayuno incluido.

Nuestro itinerario quedó así:

Día 1: Madrid – Riga

Día 2: Riga y viaje a Vilna

Día 3: Vilna y viaje nocturno a Gdansk

Día 4: Gdynia, Sopot y Gdansk

Día 5: Bydgoszcz

Día 6: Poznan

Día 7: Breslavia

Día 8: Cracovia

Día 9: Varsovia

Día 10: Varsovia – Madrid

A finales de junio reservamos los hoteles en Riga, Vilna y resto de ciudades de Polonia. Además, compramos los billetes de autocar para los trayectos internacionales.

Finalmente, en julio, me puse a echar cuentas de si nos merecía la pena comprar esta vez el billete de interrail o mejor los billetes sencillos de los trayectos que fuéramos a realizar. Y pocos números hicieron falta, porque el transporte en Polonia es muy barato. Por ejemplo Cracovia – Varsovia en un tren tipo AVE nos costaba 12€ por persona. La única duda que me quedaba era si comprarlos directamente en taquillas cada día, o hacerlo vía web. La primera opción nos daba movilidad, pero también la posibilidad de que no hubiera plaza. Por otro lado, la segunda alternativa nos restaba improvisación. Eso sí, nos aseguraba asiento y también era más barata (como nos ocurrió con Suiza). Así pues, bajo esta premisa, y teniendo en cuenta que ya teníamos los hoteles y sabíamos dónde empezaríamos o acabaríamos cada día, nos decantamos por llevarlo hecho desde casa.

Los trenes se pueden consultar en las páginas de Polrail, Rozklad o (si se sabe que son de largo recorrido) Intercity.

Tanto Letonia como Lituania son zona Euro, por lo que tan solo tendríamos que cambiar moneda en Polonia, cuya moneda oficial es el Zloty. Pero como siempre hacemos, esperaríamos a sacar en un cajero directamente allí.

Además, los tres países están cubiertos con la Tarjeta Sanitaria Europea y se puede viajar tanto con DNI como con pasaporte.

Y así, es como apenas unos días antes de comenzar las vacaciones terminamos de cerrar la planificación. Se nos había echado el tiempo encima con tanto viaje en el primer semestre y con el cambio de planes. Pero estábamos listos para huir del calor de Madrid y pisar tierras más frías.