Me gusta el noir, no me escondo. Es un género que no me cansa, por mucho que repita siempre el mismo esquema. Por eso, cuando me enteré del éxito de El sabor de las margaritas, una thriller gallego que se colocó entre las 10 producciones de habla no inglesa más vistas del catálogo de Netflix en el Reino Unido e Irlanda, no pude por menos que ver el primer episodio para saber a qué venía tanto revuelo. Emitida originalmente en la TVG en 2018, tuvo una segunda temporada en Netflix tras haber sido estrenada en 190 países.
La acción transcurre en Murias, donde un día la joven Marta Labrada (Paloma Saavedra), que trabajaba en la gasolinera del pueblo, desaparece sin dejar rastro. El suceso hace volar por los aires la tranquila rutina de esta pequeña localidad en el interior de Galicia donde nunca pasa nada y la investigación acaba exponiendo las miserias humanas y secretos ocultos de sus residentes. La encargada de esta investigación es Rosa Vargas (María Mera), la teniente novata de la Policía Judicial de la Guardia Civil llegada desde A Coruña. Y no lo tendrá fácil, pues ni el sargento Alberte (Miguel Insua), a días de jubilarse, ni el agente Mauro (Toni Salgado), quien se espera que le suceda en la comandancia, muestra mucho interés en esclarecer el caso y encontrar a la chica. Ambos consideran que la joven, que era algo conflictiva y no tenía familia, se ha marchado por su propia voluntad. Además, el cuartel está bajo mínimos como consecuencia del operativo para la visita del Papa Benedito XVI a la cercana Santiago de Compostela.
No obstante, pronto el caso adquiere un cariz diferente cuando se confirma que Marta fue brutalmente asesinada y las primeras pistas parecen apuntar a la existencia de un asesino en serie en la zona. La teniente Vargas tira de varios hilos llegando a desenmarañar una serie de subtramas que hablan de tráfico de mujeres, cultos satánicos y orgías en las que intervienen hombres poderosos y donde predomina la violencia y se abusa de menores. Salen a la luz secretos mantenidos ocultos durante años por una comunidad por miedo al qué dirán y en pos de la convivencia. Y paralelamente a estos descubrimientos se va haciendo patente que la propia protagonista también arrastra consigo algún secreto que le ha llevado a Murias aparte de la investigación que la ocupa.
Como decía al principio, la serie sigue el esquema tradicional y repetitivo de tantas otras ficciones enclavadas en el género noir. El sabor de las margaritas nos sitúa en un pueblo pequeño y cerrado en el que sus vecinos llevan, en apariencia, una vida anodina y rutinaria que de pronto se ve interrumpida por un terrible suceso. Para perturbar más aún la comunidad, llega alguien de fuera a investigar el caso, que no encuentra otra cosa que un entorno hostil y compañeros escépticos o con pocas ganas de colaborar. Y para rizar más el rizo, esta persona recién llegada es una persona solitaria con nulas habilidades para relacionarse con los demás y un pasado oscuro. Pero eso sí, tiene una mente privilegiada que le lleva a analizar los casos desde otra perspectiva consiguiendo unir los puntos antes de que los demás ni siquiera se hayan dado cuenta de que estos existen. El sabor de las margaritas tiene todo esto, sí, sin embargo, lo que le hace destacar es que se desarrolla pegada a la tierra explotando lo local y lo tradicional.
Cuenta con una magnífica ambientación de los parajes naturales gallegos y del carácter de sus gentes. Además, apuesta por unos diálogos sencillos, aunque, como ya mencioné al ver el piloto, mucho mejor el visionado en su versión original, ya que el doblaje en castellano es más frío y por momentos me sacó de la trama. La trama se desarrolla a un ritmo pausado, soltando pistas aquí y allá a la vez que introduce giros de guion inesperados que te mantienen pegado a la pantalla. Y si bien es un poco oscura, resulta bastante realista. Y es que la trata de mujeres es algo que, lamentablemente, está a la orden del día en nuestro país. En definitiva, no es una serie que invente nada, sin embargo consigue convencer con su propuesta.
La segunda temporada continúa profundizando tanto en el personaje de la protagonista, una Guardia Civil llena de conflictos internos (hasta ahí puedo leer para no hacer spoilers), como en el submundo de la trata de personas y de la prostitución infantil. Vargas consigue su propósito evolucionando desde una detective atormentada hasta convertirse en heroína. No obstante, en este sentido, no sé si era necesaria una segunda entrega o se habría podido solventar su viaje con un par de episodios más en la primera. El sabor de las margaritas peca de un problema que ya hemos visto en otras series: su temporada inicial sabe lo que quiere contar con un planteamiento muy bien desarrollado, unos personajes claramente definidos y una trama que dosifica sus misterios y giros; pero cuando se renueva por una segunda temporada intenta reinventarse perdiendo su esencia, abusando de artificios y de un guion inconsistente, y sin saber muy bien cómo concluir la historia. En este caso, se vuelve mucho más sórdida, más violenta, más salvaje. Me da la sensación de que se busca más mostrar ese mundo corrupto de pederastia y prostitución que el de construir un caso nuevo. Los giros son constantes e inverosímiles, tanto a nivel de trama como en las relaciones o forma de actuar de los personajes. Quiso ir a más y se perdió por el camino. Al menos son solo 12 episodios (aunque de 70 minutos).