Trucos Viajeros: Consejos para hacer un Interrail (o viajar en tren)

Aunque este último viaje no ha sido realmente un Interrail, en realidad bebe de su esencia. De echarse la mochila a la espalda y recorrer Europa. Pero empecemos por el principio, ¿Qué es el Interrail?

Se trata de un billete que funciona a modo de abono y que permite viajar en tren por un país o varios de Europa durante un período de tiempo determinado (en los ferrocarriles nacionales, no en las compañías privadas). Nació en 1972 para incentivar el movimiento de los jóvenes menores de 21 años por el continente y a lo largo de sus casi 50 años de historia ha ido sufriendo modificaciones. Por ejemplo, ya no es solo para jóvenes, ni tampoco para europeos, sino que está abierta a cualquier ciudadano independientemente de su edad o nacionalidad. El requisito es contar con pasaporte de cualquiera de los países participantes en el Interrail, además de Albania, Andorra, Bielorrusia, Chipre, Estonia, Islas Feroe, Gibraltar, Islandia, Letonia, Liechtenstein, Lituania, Malta, Moldavia, Mónaco, Rusia, San Marino o Ucrania; O justificando una residencia mínima de seis meses en cualquiera de los países que forman parte de la oferta. Para el caso de quienes vivan en otro continente o no lleguen a ese mínimo de tiempo residiendo en alguno de los países, pueden elegir la modalidad Eurorail.

El Interrail también ha cambiado en cuanto a su estructura, ya que antes se dividía por zonas: Mediterránea, Norte, Centroeuropa, Europa del Este… y en la actualidad va en función del país y duración del viaje. Así, hoy en día hay dos tipos de billetes:

Si queremos viajar a dos países, lo más seguro es que salga rentable comprar dos One Country, pero siempre hay que echar cuentas para ver a partir de qué momento compensa decantarse por el Global. Aunque también existen algunos pases singulares como el Interrail Premium Pass (disponible para viajar por Italia y por España en la opción de hasta 8 días en un mes y que permite la reserva anticipada de asientos de forma gratuita) o el de Benelux, que no incluye un país, sino tres.

Y aquí ocurre algo interesante, porque aunque el de Benelux también existe en Eurail, en esta opción de billete para no europeos existe también el combinado de Escandinavia (Dinamarca, Noruega, Suecia y Finlandia) con el que puedes visitar cuatro países por el precio de uno (aunque las conexiones ferroviarias en Noruega son como son).

Pero no solo eso, sino que hay una opción muy interesante que es la del Eurail Select Pass, en el cual se pueden elegir hasta tres países limítrofes. Así se podría jugar con diferentes combinaciones como Alemania-Italia-Suiza, Austria-Alemania-Italia, Austria-Alemania-Suiza, Austria-República Checa-Alemania, Austria-República Checa-Hungría, Benelux – República Checa – Alemania, República Checa-Francia-Alemania, Francia – Benelux – Italia… Además, en la web RailEurope se puede encontrar el Balkan FlexiPass, el European East Pass (que lo compramos para Capitales Imperiales en 2015 siendo europeos, y es que solo ponía que no servía para los residentes en los países que incluía ) o el Central Europe Triangle Pass.

Eso sí, cabe señalar que Eurail no tiene One Country Passes para Serbia, Suiza ni Turquía además de Bosnia y Montenegro.

Una vez que hemos decidido el tipo de billete, tenemos que escoger la duración:

En el caso del One Country se puede elegir entre 3, 4, 6 u 8 días de viaje en tren dentro del plazo de un mes. En cada día elegido se pueden realizar viajes ilimitados. Sin embargo, si elegimos el Global Pass, tenemos bastantes más opciones:

  • 3, 5 o 7 días en un mes (consecutivos o no)
  • 10 o 15 días en dos meses (consecutivos o no)
  • 15 o 22 días (continuos)
  • Un mes, dos o tres meses (consecutivos o no)

En este paso hay que hacerse alguna pregunta como ¿Cuántos días me voy a mover en realidad? ¿Cuánto cuestan los billetes individuales? Porque puede ocurrir que salgan más rentables que el Interrail. O que si nos vamos a mover 6 veces, interese comprar el de 5 días y pagar aparte el más barato de los trayectos.

En cualquier caso, es muy importante escribir la fecha del día que se viaja antes de montar el tren. Esto es lo que valida el billete y que comprobará el revisor.

Ojo: Un día de viaje empieza a las 00:01h y termina a las 00:00h.

Para finalizar hay un par de aspectos más que influyen en el precio: la edad y la clase.

Según la edad hay tarifa:

  • Infantil: de 4 a 11 años. Los niños menores de 4 años viajan gratis si van acompañados de adultos (que lo lógico es que no viajen solos…).
  • Joven: menos de 25 años
  • Adulto: A partir de 26
  • Adulto mayor: A partir de 60

Y según la clase:

  • 1ª clase: Con más servicios (por ejemplo acceso a salas VIP de las estaciones), mayor comodidad (vagones menos llenos, más espacio para piernas y equipajes, asientos ergonómicos) y, por supuesto, más cara.
  • 2ª clase: la más económica y frecuente. Y en la mayoría de los casos suficiente, pues los trenes de Europa en general son cómodos y modernos (sobre todo en Centroeuropa).

El número es claramente visible en en tren a la hora de subir.

Normalmente todos los trenes “normales” están incluidos en el Interrail, pero hay algunos casos en los que no. Sin embargo, en ocasiones se puede pagar un suplemento y saldría más barato que comprar el billete individualmente. El billete de Interrail además ofrece descuento en otros tipos de transportes, como el ferry y accesos a museos, actividades o incluso alojamientos.

Una vez aclarados los diferentes tipos de billetes, empezamos decidiendo el destino y el itinerario. Para quienes disfrutamos de los preparativos tanto como del propio viaje, esta etapa es muy entretenida. Sin embargo también puede ser un quebradero de cabeza. En primer lugar habría que ver ciudad de entrada y de salida, marcar en un mapa los puntos de interés por los que se quiere pasar y después intentar unirlos siguiendo las conexiones y horarios disponibles. En la web se puede descargar el mapa de conexiones y además es muy útil la web alemana de Deutsche Bahn. En algunos países es fácil, sobre todo en Centroeuropa; si nos movemos a la Europa del Este, el tema es algo más complicado, como ya hemos visto en nuestros varios intentos de recorrer los Balcanes. Hay que intentar ser realista y aceptar que seguramente no dará tiempo a pasar por todos los lugares marcados en la idea inicial y que es muy probable que muchos se caigan a medida que avancemos en la planificación.

Y por esto considero que es importante planificar la ruta, aunque luego se deje abierta a la improvisación. Contar con la información sobre distancias, conexiones y horarios nos puede ayudar a gestionar mejor el tiempo eligiendo el mejor trayecto o evitando esperas innecesarias en estaciones semiabandonadas. A mí me gusta llevar las etapas más o menos claras porque así puedo organizar mejor mis visitas. Hay veces que quieres realizar una excursión o actividad y necesitas saber cuándo se da o si hay algún día que es gratis (como la entrada a algunos museos). O al revés, evitar un evento que no te interesa y que va a saturar la ciudad, lo que puede complicar la cuestión del hospedaje.

Cabe recordar que el Interrail solo es un billete de tren, por lo que habría que buscar el alojamiento por otro lado. Tradicionalmente se ha asociado a dormir en trenes nocturnos, estaciones o albergues, pero no tiene que ser así. Y supongo que en el inicio era así, cuando había limitación de edad y solo lo hacían jóvenes veinteañeros. Sin embargo, dado que el Interrail solo determina que has de viajar el tren, el resto lo puedes organizar como quieras. Y yo, personalmente, si voy a estar todo el día de acá para allá, quiero llegar por la tarde noche y darme una ducha y poder descansar bien para el día siguiente estar otra vez al pie del cañón. Pero al final depende de cada persona. Lo bueno de este tipo de viaje es que es totalmente flexible y se adapta al presupuesto y a la mentalidad de cada uno. Y la oferta en Europa es tan amplia que hay mucho donde elegir entre dormir en una estación y un hotel. Están el couchsourfing los hostales, los albergues, los apartamentos…

Una vez que hemos decidido cómo queremos viajar, adónde y cuánto tiempo tan solo nos queda preparar la mochila. La recomendación básica es llevar lo mínimo posible. Aunque hoy en día cada vez es más frecuente encontrar grandes y buenas taquillas en las estaciones para dejar el equipaje (o incluso en el alojamiento), a veces no es posible y hay que cargar con él, por lo que es de sentido común que lo mejor es que pese poco. Es decir, la recomendación básica para cualquier viaje: olvidarse de los porsiacasos y buscar prendas versátiles y cómodas.

Cuando es verano es sencillo, pues la ropa es bastante más ligera y ocupa menos. El problema es que también se suda más. No obstante, si el viaje va a ser superior a una semana (o en invierno) y se prevé que se va a necesitar de más mudas, quizá sea planteable buscar una lavandería o un alojamiento con lavadora. En cualquier caso es recomendable revisar la típica lista: un chubasquero (sí, en verano te puede llover en agosto fuera de España), una gorra, gafas de sol, protector solar, una toalla de secado rápido y unas chanclas, un pequeño botiquín y dos pares de zapatillas diferentes por si unas se mojaran, rompieran o nos produjeran algún tipo de roce, herida o molestia. Si es invierno cambiaríamos chubasquero por una chaqueta impermeable, la gorra por un gorro además de guantes y en el calzado al menos uno de los pares debería ser resistente al agua.

A mano conviene llevar la documentación y todo aquello que tenga algo de valor o necesitemos un acceso rápido (móvil, libro electrónico, auriculares, cámara, portátil si se llevara, cables, cargadores, adaptador universal, batería de respaldo, candado/s…). En realidad para viajar por Europa tan solo es necesario el DNI, pero yo personalmente soy partidaria de llevar el pasaporte cada vez que salgo del país. Sobre todo porque es más fácilmente identificable y porque puede que te lleves sello (como en Bosnia).

El cambio de un país a otro no suele ser mucho problema, simplemente se monta la policía de fronteras y piden documentación. Nosotros hemos observado que generalmente al enseñar el pasaporte europeo casi ni nos miran.

Por otro lado habría que pedir antes de partir la Tarjeta Sanitaria Europea y valorar si conviene llevar también un seguro de viaje, ya que esta en algunos casos no sirve (como Bosnia precisamente) y porque normalmente cubre lo mismo que a un local y la sanidad europea a veces es de copago. Puede que compense pagar un seguro de unos 50€ y curarse en salud, nunca mejor dicho.

Por supuesto, no nos podemos olvidar del dinero, puesto que aunque gran parte de Europa es zona Euro, recordemos que hay países que conservan su propia moneda. Como siempre, yo recomiendo sacar en destino antes que cambiar, y desde que he descubierto la Revolut y la Bnext, ni me lo pienso.

Y si la moneda única y las tarjetas prepago nos facilitan la vida, las aplicaciones en nuestro teléfono no se quedan atrás. Son unas herramientas muy útiles que nos pueden sacar de más de un aprieto. Algunas interesantes son:

  • La propia app de Interrail Rail Planner, que permite buscar horarios de los trenes o realizar reservas de asientos de forma anticipada entre otras funcionalidades. En algunas ocasiones es necesario reservar con antelación. Tal es el caso por ejemplo de los de alta velocidad, panorámicos y la mayoría de los nocturnos, aunque también en temporada alta.
  • Aplicaciones para organizar la visita a la ciudad como Triposo o Tripwolf.
  • Aplicaciones meteorológicas como ElTiempo para anticiparse a las inclemencias del tiempo.
  • Aplicaciones de mapas como el propio Google Maps, CityMapper,  Maps.me, CityMaps2GO o Moovit.
  • Aplicaciones financieras como la de nuestro banco para comprobar lo que nos cargan mientras estamos fuera del país,  Splitwise para cuando los gastos del viaje son compartidos o XE para saber a cómo está el cambio de divisas cuando estamos en país que no es Euro.
  • Algún traductor como el de GoogleWord Lens TranslatorCamDictionary.
  • Y otras de música, podcasts ( iVoox) o juegos para entretenernos en trayectos largos y monótonos.

Y desde que se eliminó el Roaming, navegar por internet es un problema menos, aunque tampoco está de mal recurrir a la opción sin conexión siempre que sea posible. Y de todas formas, hay lugares, como los Países Bajos, en cuyas estaciones y trenes hay WiFi gratuito.

Recorrer Europa en tren es una experiencia que hay que probar alguna vez en la vida. No es imprescindible un billete Interrail, sobre todo para estancias cortas; pero si se va a hacer un viaje de más de una semana y además cambiando varias veces de país, sin duda es recomendable. Hay que desterrar la idea de que es solo para jóvenes y adaptarlo a nuestro bolsillo, nuestros gustos, nuestra edad y nuestras ganas. Al final es como cualquier otro viaje, solo cambia el medio de transporte.

Conclusiones de nuestro viaje a los Balcanes

Después del intento fallido en el 2017, finalmente en el 2018 pudimos visitar los Balcanes, o al menos una parte de ellos, ya que las infraestructuras no lo ponen fácil a la hora de moverse entre los diferentes países. Decidimos ser realistas y centrarnos en Zagreb, Liubliana, Split y Sarajevo.

Habíamos planeado un día para Zagreb, otro para Liubliana, dos para Sarajevo y dos tardes para Split y nos salió bien, pues no tengo la sensación de que fuéramos a la carrera en ninguna de las ciudades. Sin embargo, quizá habría tenido más sentido dejar Sarajevo para otro viaje y centrarnos más en Croacia. Esto nos habría ahorrado los dos días que empleamos en la capital bosnia y otros dos de ida y vuelta, es decir, la mitad de las vacaciones. Esos cuatro días se podrían haber destinado para ver algo más de Eslovenia y ciudades costeras croatas como Pula o Zadar, o incluso alguna isla. Pero entonces habría sido otro tipo de viaje, más de sol y playa, más puramente veraniego. No digo que la costa de 1777 km de Croacia y sus más de mil islas no sean interesantes, solo que no era lo que buscábamos. Además, seguiríamos dejando Sarajevo para otro momento con el mismo problema de su aislamiento. Desde luego no es que el trayecto en bus fuera una maravilla, pero es lo que había. Y al menos el paisaje era interesante.

Sabíamos que iba a ser un golpe de realidad por la carencia de las infraestructuras y por la geografía de los Balcanes. Sí, seguimos en Europa, pero está claro que esta Europa no tiene nada que ver con por ejemplo Benelux, que cuenta con unas estupendas conexiones, una magnífica frecuencia y unos modernos trenes.

De hecho, moverse por Bosnia y Herzegovina (e imagino que Serbia, Montenegro…) no tiene nada que ver con otros países balcánicos como Croacia o Eslovenia. El tren en Croacia sí que era cómodo. Es verdad que también nos llevó una mañana viajar de Zagreb a Split, pero es que hablamos de más de 400 kilómetros y de un país muy verde en el que las carreteras y las vías ferroviarias van esquivando 8 parques nacionales, 11 parques naturales y 447 espacios protegidos.

Mucho más rápido es recorrer los 150 kilómetros que separan las capitales croata y eslovena. En un par de horas nos plantamos en la ciudad de los dragones. Eso sí, más complicado lo tuvimos para volver por un tren averiado.

Por lo demás, en esta ocasión no hemos hecho uso del transporte público nada más que para los trayectos desde y hasta los aeropuertos. Y es que las cuatro ciudades que hemos visitado son muy asequibles a pie. Tan solo en Sarajevo se nos quedaban puntos de interés en las afueras, pero lo solucionamos contratando una excursión.

En Zagreb el interior de la ciudad cuenta con una red de tranvías herencia de la época austrohúngara, y más allá, en la parte más externa, predominan los autobuses. Pero como lo que nos interesaba era conocer la ciudad, la pateamos. Incluso con una lluvia intermitente que nos acompañó durante todo el día.

No resulta complicado orientarse en la ciudad, pues se halla dividida en dos zonas: por un lado la Ciudad Alta, donde nació Zagreb, y por otro lado la Ciudad Baja, hacia donde se desarrolló la urbe entre el siglo XIX y principios del XX. El mercado de Dolac y la céntrica plaza de Trg Josipa Jelačića sirven como límite fronterizo entre ambos núcleos.

La Ciudad Alta, situada en una colina, es el casco histórico, donde nació la ciudad tras la unificación de las dos poblaciones enfrentadas de Gradec y Kaptol. No obstante, aunque se han unido, cada una de ellas sigue guardando su carácter. Mientras que Gradec destaca como centro administrativo y político y acoge imponentes edificios del siglo XIX, museos y galerías; por su parte Kaptol es el centro religioso por excelencia con la catedral como máximo exponente.

La Ciudad Baja, por su parte, presume de edificios de aire imperial, museos y vida cultural. Aquí no hay calles peatonales empedradas y un aire medieval, sino que tiene un trazado más regular, con espaciosas avenidas y numerosos parques que sirven de pulmón a la capital.

Situada entre la Europa Central y la costa adriática, ubicada a los pies del monte Medvednica y bañada por el río Sava, Zagreb combina la Croacia continental y la mediterránea. Tiene ese aire austrohúngaro, de gran ciudad, con espacios verdes y llena de vida artística y cultural; pero a la vez un carácter de ciudad pequeña en la que el ritmo es relajado y en la que se disfruta de lo tradicional.

Y si Zagreb nos parecía una ciudad en la que todo quedaba bastante cerca, en Liubliana aún más. A pesar de ser una capital, tiene unas dimensiones reducidas, eso sí, esto no significa que tenga poco interés. Al contrario, es una ciudad con mucho por descubrir, desde grandes plazas en las que predominan monumentales edificios, numerosos puentes sobre el río Ljubljanica, hasta estrechas callejuelas medievales pasando por restos romanos y un castillo en una colina que permite otear la urbe desde arriba. Podíamos haber subido andando, pero tomamos el funicular.

A los pies de la fortificación se halla la ciudad antigua, compuesta por dos barrios. Por un lado el del Ayuntamiento estructurado en tres plazas: Municipal (Mestni trg), Vieja (Stari trg) y Superior (Gornji trg); y por otro del de los Caballeros de la Cruz, al otro lado del río en torno a la Plaza del Congreso y la de la República.

Aunque varios terremotos han devastado Liubliana a lo largo de la historia, ha conseguido conservar las huellas de su pasado desde la ocupación de sus primeros pobladores hasta el día de hoy. Tras el seísmo de 1511, la ciudad fue reconstruida en estilo renacentista y barroco y, más tarde, después del de 1895, se siguieron los cánones del Art Nouveau, el Art Decó y el estilo Secesión vienés. Así pues, en la actualidad Liubliana tiene una riqueza arquitectónica de valor incalculable. La verdad es que nos sorprendió su aire a ciudad de los Habsburgo, casi me atrevería a decir que tenía más de austrohúngara que Zagreb.

Entre 1930 y 1960, durante el período yugoslavo, llegarían los rascacielos basados en modelos americanos, plazas abiertas poco ornamentales y moles de cemento como la Plaza de la República.

Nada que ver este tipo de plazas con las que habíamos visto en el casco histórico o con la Plaza Prešeren.

Liubliana fue sin duda la sorpresa del viaje con su carácter mestizo. No esperábamos encontrarnos restos romanos, un castillo, calles con trazado medieval en las que destacan edificios barrocos y renacentistas, huellas del imperio de los Habsburgo, arquitectura socialista e incluso un antiguo cuartel convertido en barrio alternativo.

Descubrimos una ciudad viva, joven, en la que la gente hacía vida en las plazas, en la calle, en los espacios verdes, en las terrazas junto al río… Quizá haya que volver a Eslovenia y ver qué más esconde.

Y si en Zagreb y Liubliana no habíamos necesitado más que nuestros pies para recorrerlas (y un funicular), en Split era todo mucho más sencillo, pues aunque es la segunda ciudad más grande del país, su casco histórico queda delimitado por las antiguas murallas del Palacio de Diocleciano.

Es verdad que la urbe se ha ido extendiendo más allá de sus muros, pero la parte moderna no tiene gran interés.

La mejor manera de descubrir cómo este palacio se fue convirtiendo en una ciudad fortificada es perderse por sus laberínticas calles llenas de ambiente. Además, al estar prohibido el paso de vehículos, el paseo es más agradable. Eso sí, no evita que haya que esquivar a gente en estrechas callejuelas.

Poco queda del palacio en sí, salvo los muros, algunos elementos originales de las construcciones romanas y restos arquitectónicos de períodos posteriores, pero quizá ahí radica parte de su encanto, en ver cómo es hoy en día y cómo fue hace siglos. Por ejemplo, se perdieron los templos de Cibeles y Venus, mientras que el de Júpiter, el único que ha llegado a nuestros días, lo ha hecho transformado en baptisterio de la catedral.

Split esconde mucha historia, y nos llamó la atención porque no se parecía a ninguna ciudad que hubiéramos visto antes. Aunque también cabe señalar que en algunas plazas y callejuelas tenía la sensación de estar en Dubrovnik.


Es cierto que apenas pasamos un par de tardes en ella y solo nos quedamos en la superficie, pero desde luego captó nuestra atención.

Sarajevo tampoco se quedó atrás en cuanto a atención, aunque era quizá la ciudad en que más expectativas teníamos. Tan tristemente conocida por la guerra al ser el epicentro del conflicto, es una ciudad muy interesante no solo históricamente, sino también en el aspecto cultural y gastronómico.

Encontramos cinco ciudades diferentes. Por un lado el Sarajevo turco en el barrio de Baščaršija, por otro el Sarajevo austrohúngaro, en tercer lugar el Sarajevo soviético, en cuarto el Sarajevo de la guerra y, finalmente, el Sarajevo del siglo XXI. Así, en un mismo paseo podemos sentirnos en los bazares de Turquía, en las calles de Viena o Budapest o en las grandes avenidas de Varsovia o San Petersburgo.

Ubicada en un valle y rodeada por colinas, sirve de conexión entre las culturas de oriente y occidente. Y esto se refleja en sus calles, en sus gentes. Es precisamente esta situación geográfica lo que hace que la ciudad quede compactada. Esto fue un contra en la guerra, pues era un objetivo claro desde las montañas. Sin embargo, como visitante, favorece el recorrido.

La autopista transeuropea conecta Sarajevo con Budapest al norte y con Ploče al sur, sin embargo, la falta de aparcamientos lleva a una mayor convivencia de peatones, bicicletas y favorece el uso de tranvía, trolebús y autobuses en el centro de la ciudad. En Stari Grad se puede pasear tranquilamente sin vehículos. El laberíntico barrio turco consta de calles estrechas adoquinadas e invita a perderse entre sus callejuelas, plazas y patios. La arquitectura, la gente, los bazares y mercados, las tiendas de artesanía distribuidas por gremios, el aroma a café hecho en un cazo de latón, a especias o a platos de la gastronomía bosnia, el olor a té moruno y cachimba, las delicias como los baklavás… todo recuerda a Oriente.

A medida que avanzamos por la calle Ferhadija nos adentramos en el Sarajevo austrohúngaro, con una palpable presencia de edificios de estilo imperial. Y no solo las construcciones, sino el diseño de las calles, más amplias.

Para ver aires del Sarajevo soviético hay que alejarse un poco más aún del centro. Aún se ven las grandes avenidas, como aquella que se convirtió en el punto de mira de los francotiradores serbios y algún edificio al más puro estilo brutalista.

Cerca de estas construcciones se ve el Sarajevo moderno, el que ha ido llegando tras la reconstrucción de la ciudad después del conflicto bélico. Han ido apareciendo rascacielos de vidrio y acero que destacan en el perfil urbano.

¿Y qué queda del Sarajevo de la guerra? Pues aunque cerca de un 80% de la ciudad ya se ha reconstruido, aún quedan visibles las marcas de la metralla en los edificios, se pueden encontrar agujeros en el pavimento y quedan para el recuerdo parques reconvertidos en cementerios en cuyas rápidas se repiten las fechas de fallecimiento.

Y más allá de lo material, en la memoria de sus habitantes quedan heridas que no cicatrizarán nunca. Porque aunque la ciudad se está recuperando y se ha convertido en el centro económico y cultural del país, ya no es lo que era hace 40 años. La Sarajevo del presente ha perdido el equilibrio entre nacionalidades y culturas y encontramos una clara predominancia musulmana que la aleja de aquel apelativo de Jerusalén de Europa. Las heridas están abiertas, pues las soluciones de la guerra no fueron más que parches que no zanjaron nada y Sarajevo está más dividida que antes. De hecho, a un paso tenemos Sarajevo Oriental, perteneciente a la Republica de Srpska con sus banderas de Serbia y sus carteles en cirílico.

La excursión que elegimos fue muy interesante. No solo por poder desplazarnos hasta el Museo del Túnel o a las pistas de bobleigh, sino por la conversación con nuestro guía que vivió la guerra en primera persona siendo un niño. Oír sus recuerdos humanizó el recorrido, aportando un punto de vista más cercano y situándonos en el contexto de los lugares en los que íbamos parando. En cada rincón de Sarajevo hay una lección de historia y recorrer la ciudad de este modo es un duro baño de realidad, pero te involucra más en el viaje. La verdad es que aunque estuvimos toda una mañana de acá para allá, se me hizo bastante corta.

Con respecto a los alojamientos, parece que también elegimos bien. Es verdad que el primero de Split era bastante justo, pero cuando valoramos las opciones, era el que mejor salía sopesando la proximidad al centro, a la estación y precio. Además, solo íbamos a estar una tarde.

El primero en Zagreb sin embargo sí que era bien espacioso. Contábamos con un par de habitaciones y un salón y cocina bastante amplios. También estaba bien ubicado, pues se encontraba a unos 15 minutos de la estación y no muy lejos del centro.

Una pena que nos confundiéramos a la hora de seleccionar las fechas y lo reserváramos solo para dos noches en lugar de tres. Pero afortunadamente no tuvimos problema a la hora de encontrar un techo con apenas 24 horas de adelanto. Aunque como solo lo íbamos a usar para dormir y ducharnos, es verdad que las exigencias eran inferiores. El apartamento tenía una distribución peculiar con un baño separado y minúsculo y una cocina con lo básico. Pero al menos tenía una habitación de buen tamaño con una cama doble y una individual y un salón comedor también bastante cómodo para tres.

Pero para espacioso el de Sarajevo. Teníamos solo una habitación, sin embargo, el chaise-longe del salón nos sirvió como segunda cama. La cocina era bastante grande y estaba perfectamente equipada. Además, contábamos con un comedor junto a ella que daba salida a un patio. Estuvimos bastante cómodos y además a un corto paseo del barrio turco.

Para nuestra última parada en Split antes de volver a casa elegimos de nuevo un piso de una habitación. Y es que los sofás-cama son muy socorridos en estos casos. No era un apartamento muy nuevo, de hecho se notaba en el baño, pero sí que tenía alguna reforma, como la apertura de la cocina, que sin duda favorecía un mejor aprovechamiento del espacio y daba una menor sensación de claustrofobia.

La idea de decantarnos por apartamentos en lugar de por hoteles vino motivada en parte por ser tres, ya que un piso nos daría más espacio que una habitación de hotel. Pero sobre todo porque nos daría la ventaja de contar con zonas comunes y cocina. No es que cocináramos mucho luego durante el viaje, de hecho, solo lo hicimos un par de días (pasta fresca en Split y huevos en Sarajevo), pero tener a mano utensilios facilitaba bastante la cosa.

Además de ese par de ocasiones, también comimos un día fuera en Zagreb, para probar el famoso ćevapi, que en realidad nos decepcionó un poco porque no era tan exótico como creíamos.

Y por lo demás, básicamente funcionamos a base de compra en supermercados y en las pekaras (panaderías). En los tres países había una gastronomía similar y podíamos encontrar puestos, quioscos y panaderías donde comprar los deliciosos burek, dulces, pizzas, empanadas y otros productos realizados con hojaldre o masa filo. Lo mismo solucionábamos un picoteo de media mañana que una cena o un picnic en un parque.

Aunque para picoteos nunca viene mal aprovechar los mercados y la fruta fresca y de temporada.

También probamos cervezas locales. Por parte de Croacia dos: Ožusjko (lager) y Karlovačko (de un sabor más amargo).

También la eslovena Laško, una cerveza suave, aunque con un regusto tostado.

En general el viaje salió según lo programado y el único incidente fue la confusión con la reserva del alojamiento de Zagreb que nos obligó a buscar algo de última hora. Visitamos todo lo que teníamos en mente, hicimos una excursión para empaparnos bien de la historia e incluso dejamos tiempo para la distensión con un Escape Room. Es verdad que tuvimos que hacer ajustes por la lluvia y mover la excursión a Liubliana de un día para otro, pero nada importante.

Para concluir, este fue nuestro resumen de gastos por persona:

  • Vuelo: 401€
  • Alojamientos: 132.39€
  • Seguro: 8.70€
  • Transporte: 80.54€
  • Excursión Sarajevo: 20.57€
  • Escape Room: 36€
  • Comida y algún recuerdo: 83.26€

Lo que hace un total de 738.46€. Sin duda no es un viaje caro, y menos como nosotros nos lo planteamos en plan mochilero. Aunque es verdad que en nuestro caso se nos subió un poco el hecho de ser en agosto y de comprar los billetes de avión tan solo tres meses antes siendo Croacia un destino tan turístico.

Con esto cerramos nuestro viaje a los Balcanes y ponemos la vista en el siguiente: Marruecos.

Balcanes XXII. Día 8: Regreso a Madrid

Nuestro vuelo de vuelta a Madrid era a las 11:35 de la mañana por lo que calculábamos que teníamos que estar en el aeropuerto a las 9:30 de la mañana para llegar con tiempo de facturar la mochila grande. Así pues, algo había que madrugar. No obstante, ya habíamos dejado prácticamente todo recogido por la noche, por lo que fue desayunar, prepararnos y salir.

Teníamos dos opciones de autobús: por un lado la línea 37 y por otro una de la empresa Pleso Prijevoz. La primera opción es una línea regular y por tanto era más barata (17 Kunas), pero también tardaba más (50 minutos), ya que realizaba más paradas. La segunda tenía menos frecuencia (uno a la hora en lugar de dos) y además costaba casi el doble (30 Kunas), sin embargo, tardaba apenas media hora en el trayecto. Teníamos nuestras dudas sobre cuál nos convenía más, así que, después de valorar pros y contras, nos decidimos por la segunda opción, ya que nos cuadraba mejor el horario y la cabecera (en la estación de autobuses). Yo pensé que por la hora y el día que era no íbamos a tener mucho problema, pero menos mal que habíamos salido con tiempo del apartamento, pues el bus se acabó llenando. De hecho, una pareja fue de pie todo el trayecto.

Cuando llegamos al aeropuerto nos encontramos junto a la parada una carpa para hacer la facturación. Fue muy extraño, porque por fuera se veía una terminal bastante moderna y lo último que te esperarías es que tuvieran varios mostradores en el exterior.

Nos pusimos a la cola de uno de ellos (era indiferente con quién volaras y cuál fuera tu destino) y a esperar.

Tras facturar la mochila grande y obtener nuestras tarjetas de embarque nos dirigimos a la terminal propiamente dicha. Y ahí lo entendimos. El aeropuerto es realmente pequeño, por lo que en temporada alta no puede albergar a tantos viajeros y evitan colapsar montando las carpas temporales. Tampoco teníamos mucho que hacer, la verdad, era absurdo dar paseos por donde no hay espacio, así que pronto pasamos el control y buscamos nuestra puerta de embarque.

Y si la parte de mostradores era limitada, la zona de embarque no se quedaba atrás. Además hacía un calor infernal.

Está claro que el aeropuerto de Split se ha quedado muy pequeño. Al menos, como digo, en verano. No había asientos suficientes y te encontrabas a gente por los suelos, encima de radiadores, sentados en maletas… o de pie esperando. Por suerte, nuestro vuelo no salió con retraso y no tuvimos que esperar allí más de lo necesario.

Con nuestra llegada a Madrid se acabó oficialmente nuestro verano. Tan solo nos quedaba contar los días para el próximo viaje: Marrakech.

Balcanes XXI. Día 7: Vuelta a Split

El sábado amaneció muy temprano, pues teníamos el bus a Split a las 6 de la mañana y una media hora de camino hasta la estación. Ya el día anterior habíamos dejado las mochilas preparadas a falta del pijama y la bolsa de aseo, por lo que desayunamos, terminamos de recoger y salimos a la noche de Sarajevo. Llegamos con unos diez minutos de adelanto, por lo que nos sentamos en un banco a esperar poder cargar el equipaje y subir a ocupar nuestros asientos. La mochila grande de nuevo tuvimos que dejarla abajo, el resto de nuestros bultos pudimos subirlos.

Teníamos un rato largo hasta la frontera y aún no había amanecido, por lo que fuimos echando cabezadas durante el primer tramo del viaje. Al igual que en la ida fuimos haciendo varias paradas puntuales en las que iba subiendo y bajando gente. También pudimos estirar las piernas un par de veces: la primera de ellas en Travnik a las 8 de la mañana (de apenas unos diez minutos) y una segunda a las 11 en Livno. Ahí ya íbamos algo más despiertos disfrutando del paisaje tan frondoso, aunque también con ganas de llegar ya a Split.

Sin embargo, aún nos quedaba pasar la frontera, y no fue tan rápido como para la ida hacia Bosnia y Herzegovina. En este caso, parece que la entrada en un país de la UE lleva un mayor control y tuvimos que bajarnos del bus. Esta vez no nos tomaron las identificaciones y ya, sino que tuvimos que ir desfilando con el pasaporte por la garita de Kamensko. Primero hicimos cola para el control bosnio y después entrar a la sala donde hacían el croata. Es un poco tedioso, pero fue bastante fluido. Creo que había una chica con pasaporte británico, pero por lo demás, salvo nosotros tres, el resto eran bosnios o croatas. Lógicamente, al ser ciudadanos de la UE, no tuvimos ningún problema al presentar nuestra documentación. No nos hicieron ninguna pregunta o comentario. Bueno, a la policía que nos selló el pasaporte parece que le hizo gracia el pelo rizado de mi prima, pues se lo señaló sonriendo mientras hacía un gesto circular con el dedo. Nos sorprendió aquello, pero luego pensando, lo cierto es que no habíamos visto mucha gente con el pelo rizado en nuestro viaje. Quizá no es tan frecuente (y menos tan rizado como ella lo tiene) en los Balcanes. O a lo mejor simplemente es que le hizo gracia a la mujer. Quién sabe, porque fue todo comunicación no verbal.

Subimos los últimos en el bus y parece que íbamos tarde, pues nos preguntaron si íbamos a Split o a alguna parada intermedia para así parar o directamente tirar hasta destino. Sin embargo, después cumplimos con la ruta y llegamos cumpliendo el programa, a las 13:30. Ya que estábamos en la estación y que aún nos faltaba hora y media para poder entrar al apartamento, nos acercamos a información para preguntar por los horarios de los buses que iban al aeropuerto, ya que al día siguiente también teníamos que madrugar y cuanto más dejáramos atado, mejor.

De camino al apartamento pasamos por una panadería-pastelería y aprovechamos para comprar unos bocadillos y hojaldres para comer. Y aún así, aún nos sobró algo de tiempo antes de poder subir, por lo que estuvimos esperando tranquilamente en el portal a la sombra.

A la hora acordada bajó nuestra anfitriona a recogernos, quien nos pidió disculpas por no habernos dejado subir antes, pero estaba limpiando. En realidad no había nada que perdonar, puesto que estaba así indicado en la reserva. Nos enseñó el piso, que constaba de una habitación principal, un salón-cocina con un sofá cama y un baño.

Perfecto para nosotros tres.

Rellenamos el papeleo del alquiler turístico, nos explicó el funcionamiento del aire acondicionado, de la televisión, de la caldera, nos habló un poco de la ciudad y de cómo podíamos movernos, así como recomendaciones de cómo ir al aeropuerto y nos dejó solos. Cansados del viaje, lo único que queríamos era comer y dormir un rato, así que descargamos las mochilas, sacamos la compra y nos echamos la siesta.

Ya a media tarde, cuando el sol había bajado un poco y nosotros habíamos descansado, salimos a dar una vuelta por Split. Esta vez mucho más relajados y sin objetivo claro, puesto que los puntos turísticos ya los habíamos cubierto en la parada anterior. En esta ocasión nos perdimos por las callejuelas de la ciudad y nos sentamos un rato en el Peristilo a ver pasar a la gente.

También echamos un ojo a las tiendecitas y puestos en busca de algún recuerdo que llevarnos a casa. Así, volvimos a la zona próxima a la Puerta Aúrea, a la Riva y a los pasajes subterráneos.

Dimos un paseo por el puerto y cuando comenzó a atardecer nos sentamos en el muelle a disfrutar de la brisa marina y ver atardecer con un helado en la mano. Fue una tarde puramente de relax, disfrutando las últimas horas de vacaciones que nos quedaban antes de tomar un avión de vuelta a Madrid al día siguiente.

Cuando se hizo de noche, como aún era pronto para finalizar el día, volvimos a callejear por la ciudad para verla iluminada, y la verdad es que estaba incluso más animada que por el día, sobre todo el Peristilo. La gente se había engalanado para salir a cenar y tomar algo. No en vano era sábado y además, día 1, con lo que había mucho turista recién llegado dispuesto a disfrutar de la noche.

Sobre las 10 cogimos en un local de la Riva unos tallarines y nos los llevamos al apartamento para dar por concluido el día y nuestro viaje por los Balcanes.

Balcanes XX. Día 6: Recorriendo Sarajevo. Novi Grad

Era nuestro último día en Sarajevo y aún nos quedaban cosas por ver. Comenzamos cruzando el Puente Latino y en la calle Zelenih beretki nos encontramos con unas ruinas que salieron a la luz durante la construcción del Hotel Europa.

Se trata de los restos arqueológicos del Tašlihan, uno de los más importantes khans (hostales) de los cincuenta que había en la ciudad allá por 1878. Fue construido entre 1540 y 1543 para acomodar a los comerciantes, así como sus mercancías y caballos. Junto a la entrada había dos escaleras que conducían desde el patio a la primera planta, donde estaban las habitaciones. El Tašlihan sobrevivió a varios incendios hasta que en 1879 uno de ellos lo arrasó.

Estaba conectado con el Bezistan de Ghazi Husrev-bey, que se construyó a la vez.

Este mercado realizado en piedras y cubierto con seis cúpulas contaba con dos entradas y en él se vendían principalmente productos textiles, sobre todo la tela que producía el Gran Visir de Solimán el Magnífico en Bursa. Quedó seriamente dañado en la guerra, y hoy, tras su reconstrucción, en él se pueden encontrar tiendas de artesanía y recuerdos.

De nuevo en el exterior callejeamos por el barrio otomano y salimos a la calle Mula Mustafe Bašeskije, donde nos encontramos con el Museo de la Antigua Iglesia Ortodoxa. Fundado en 1889, está clasificado entre los cinco museos ortodoxos más importantes del mundo. En su colección alberga pinturas antiguas, grabados hechos a mano, manuscritos y libros impresos (el más importante es el Códice de Sarajevo, que fue escrito en pergamino en el siglo XIV), tapices y textiles, artículos de metal como cruces adornadas de los siglos XVII y XVIII y objetos litúrgicos, dinero antiguo emitido por Turquía, Venecia y la República de Dubrovnik, reliquias, armas…

Siguiendo la misma calle vimos otro museo religioso, esta vez dedicado a los judíos: el Museo de los Judíos de Bosnia y Herzegovina.

El edificio fue construido como sinagoga al final del siglo XVI en la parte de la ciudad entonces conocida como Sijavus-pasha han, un pequeño barrio en Baščaršija donde vivían los judíos provenientes de España y Portugal. Se convirtió en museo en 1966, tras la reconstrucción llevada a cabo una década después de la II Guerra Mundial. Los nazis habían demolido la sinagoga en el 41, aunque durante su historia ya había resultado arrasada varias veces como consecuencia de incendios. Los peores fueron en 1697 y en 1788. En este último el fuego se extendió incluso hasta el barrio judío y el techo de la sinagoga acabó cediendo. Fue reconstruida en 1813, y esta es la apariencia que se recuperó en 1957.

Continuamos el paseo por la gran avenida. Y un poco más adelante de la catedral, justo frente a la parte trasera del Markale, vimos otro mercado, el Pijaca Markale.

Este mercado al aire libre (aunque techado) parecía ser de frutas y verduras sobre todo. Sin embargo, no sé si por las horas, pero el caso es que no había mucho trajín.

Una manzana más allá la calle se convierte en la Maršala Tita y llegamos al monumento de la llama eterna, donde habíamos acabado el día anterior. Tanto en el tramo anterior como en este en el que nos adentramos, predominan cada vez más los edificios altos, algunos recuerdan al pasado austrohúngaro, otros a la Yugoslavia comunista. Y aunque se ha trabajado mucho para reconstruir la ciudad, muchos aún tienen las marcas de los proyectiles.

Recorrimos la calle hasta el BBI Centar, buscando de paso algún sitio donde comer, pues se acercaba la hora. Ya habíamos visitado la zona de noche, momento en que llaman mucho más la atención las grandes torres de acero y vidrio, sin embargo, lo que se nos escapó con tan poca luz fue la placa que recordaba los Juegos Olímpicos del 84.

Frente a esta plaza se halla el Parque Memorial de los Niños, que recuerda a los 521 niños que fueron asesinados durante el asedio de la ciudad.

En los alrededores se hallan varios edificios gubernamentales, como por ejemplo el Predsjedništvo Bosne i Hercegovine, la Presidencia de Bosnia y Herzegovina.

La historia de la Presidencia de Bosnia y Herzegovina comienza en 1974, cuando la Constitución de la entonces República Socialista de Bosnia y Herzegovina, dentro de la República Socialista Federativa de Yugoslavia, estableció una nueva institución en el sistema sociopolítico. En aquel sistema, la Presidencia contaba con nueve miembros. La primera reunión de la Presidencia de Bosnia y Herzegovina se eligió en septiembre de 1996 mediante votación directa en la Federación de Bosnia y Herzegovina y la República Srpska.

Un poco más adelante se halla la mole de un edificio ministerial claramente de corte soviético.

En él aún podemos ver los daños de la guerra.

Su diseño contrasta con el edificio que tiene al otro lado de la calle, el de la Mezquita Ali Pasha (Alipašina džamija).

Esta mezquita es parte del legado de Hadim Ali Pasha, nacido en Sarajevo, criado y educado en Estambul y que después sirvió para el Ejército Otomano. Se cree que fue construida en 1560 o 1561 y está considerada como una de las mejor proporcionadas y más bellas construidas en estilo clásico otomano en el país. Fue el foco central del barrio residencial y, junto con el harem, ocupaba un gran área hasta que se construyeron las carreteras y la vía del tranvía, momento en que el barrio fue demolido y el harem de la mezquita se vio reducido en un espacio junto a la calle Maršala Tita que más tarde se convertiría en un parque.

El cementerio que rodea la mezquita es más antiguo que el edificio. En él está enterrado desde 1557 Ali Pasha, así como otros destacados bosnios.

Bordeamos la mezquita y tomamos la calle paralela a la Maršala Tita para tomar rumbo al centro de vuelta. De camino nos encontramos con más oficinas de la administración, enormes edificios de corte austrohúngaro.

Claramente han sido reconstruidos, porque se ven en muy buen estado, no así como otros edificios de viviendas, que parece que lo más que han hecho ha sido reparar los daños de la guerra desde el punto de vista estructural, pero no estético. Cuestión de dinero y de establecer prioridades.

Poco antes de llegar a la calle Kulovića nos encontramos con otras ruinas, estas pertenecientes a la mezquita de Kalin hadži-Alija, construida en 1535 y destruida en 1947.

Las excavaciones arqueológicas comenzaron en septiembre de 2017 por la Sociedad de Arqueólogos en colaboración con profesores y estudiantes de arqueología de la Universidad de Sarajevo. Durante la investigación hallaron numerosos objetos realizados en metal así como vajillas del período otomano.

Asimismo se encontraron los cimientos de todo el complejo de la mezquita y un cementerio con unas 40 tumbas entre las que se encuentra la de la hija de Kalin hadži-Ali.

Justo al otro lado de la calle está el Teatro Nacional, que ya habíamos visto el primer día desde el río.

Continuamos por la Branilaca Sarajeva hasta llegar a otro de los relevantes edificios religiosos de la ciudad, la Catedral de la Natividad de la Madre de Dios.

Construida en 1868 con la colaboración del sultán Abdul Aziz, es la iglesia ortodoxa más grande de los Balcanes. Fue consagrada en 1872, el mismo año en que fue terminada la torre barroca. De estilo neoclásico, cuenta con una planta en forma de cruz y cinco cúpulas neobizantinas. Su iconostasio, realizado por un artesano ruso en 1869, fue donado por la familia imperial rusa.

Se erige en un parque en el que encontramos a varios grupos de hombres jugando al ajedrez gigante, un juego que parece que es muy popular no solo en la ciudad, sino en el país.

Alrededor de ellos se arremolinan amigos, curiosos y aficionados para seguir la partida.

En el parque también se halla una curiosa estatua de un hombre intentando formar un globo terráqueo. En su pedestal reza la frase en italiano y bosnio”El hombre multicultural construirá el mundo”

Inaugurada el 14 de julio de 1997, refleja muy bien el espíritu de una ciudad en la que durante siglos convivieron diferentes credos y nacionalidades.

Con esta última parada de nuevo nos adentramos de nuevo en Baščaršija, donde nos perdimos entre sus calles y bazares en busca de algún recuerdo. En Sarajevo se pueden encontrar desde tapices o textiles hasta juegos de té y objetos realizados en distintos metales pasando por los típicos imanes que representan los símbolos de la ciudad o la mascota de los Juegos Olímpicos de Invierno de 1984.

Pero sin duda lo que más llama la atención son aquellos objetos realizados con balas de la guerra. Aunque lo cierto es que no sé si aún les quedarán balas o estas que se venden hoy en día provienen de otro lugar.

Tras hacer alguna compra, y ya con el atardecer, nos dirigimos al centro comercial para cenar allí. Íbamos con la intención de comer en un japonés, pero no nos quedaba tanto dinero y no pensábamos sacar más para las horas que nos quedaban en el país, así que dimos una vuelta y nos decidimos por un local en el que tenían una especie de platos combinados.

Después de cenar y comprar unos baklavás de postre, volvimos al apartamento para preparar las mochilas, ducharnos, cenar y acostarnos pronto, pues al día siguiente teníamos un viaje duro por delante de vuelta a Split.

Balcanes XIX. Día 6: Recorriendo Sarajevo. De Baščaršija a Mejtaš

Después de la primera toma de contacto de la tarde anterior por las márgenes del río y de la excursión de por la mañana en que habíamos aprendido un poco sobre el asedio de la ciudad, ahora tocaba conocer el casco histórico, el barrio turco de Baščaršija.

El nombre se deriva de las locuciones turcas Baş, que significa principal, y çarşı, bazar o mercado. Y es que ya durante la Edad Media, en este lugar en que después se asentarían los otomanos, ya había un pequeño mercado. Después, en 1460, Isa-Beg Isaković mandó construir uno nuevo que alcanzaría su punto álgido en el siglo XVI recibiendo mercaderes que llegaban de otros puntos del Mediterráneo. Siguiendo la costumbre otomana, el mercado estaba organizado por sectores en función de los oficios de los comerciantes.

En el siglo XVII resultó dañado por un terremoto y un par de incendios, pero lo peor llegó a finales de siglo cuando Eugenio de Saboya conquistó Sarajevo y ordenó saquearla y quemarla. En 1857 se volvió a construir el mercado, aunque bastante más pequeño que el original, puesto que la ciudad se estaba desarrollando siguiendo otros planes urbanísticos.

Hoy, el reducto que queda nos traslada a otros bazares o mercados árabes, a otra época. Podemos encontrar mezquitas, puestos de ropa o alfombras, tiendas artesanales, de recuerdos, locales donde comprar especias, fruta o frutos secos, pequeños restaurantes en los que se puede fumar en cachimba, degustar té moruno, café al más estilo turco, baklavas, burek o el famoso čevapčiči que ya habíamos probado en Zagreb.

Como cualquier otro barrio turco, las calles son estrechas y es muy fácil perderse, sobre todo si eres como yo que tienes nula orientación y te abrumas con tantas tiendas donde mirar.

Vimos un local que vendía Kürtőskalács y nos pareció una buena opción para merendar, así que compramos uno para compartir.

Este dulce húngaro que ya habíamos probado en Budapest se cocina sobre un cilindro que gira sobre el fuego, de forma que la masa se queda crujiente por fuera y esponjosa por dentro. Después se puede completar con diferentes aderezos. Es original de Transilvania, aunque se ha extendido por otros países europeos, como en los Balcanes.

En el área de Baščaršija se concentran varios edificios históricos importantes, en la plaza principal se erige por ejemplo la mezquita Havadža Durak. También conocida como la mezquita Baščaršija, se cree que fue construida en torno a 1530. Cuenta con una cúpula principal y un pórtico abierto con otras más pequeñas, pero nos la encontramos en obras y tapada con una gran tela, por lo que apenas se veía el edificio.

En las proximidades, compitiendo con el minarete de la mezquita, se halla el Sahat-Kula, una torre de reloj de 30 metros de altura que parece que fue erigida en el siglo XVI en honor a un oficial otomano de alto rango. El mecanismo actual fue traído desde Londres en 1875 por unos comerciantes. Cuenta con la particularidad de ser el único reloj público del mundo que mantiene la hora lunar para indicar las horas de las oraciones diarias. Así, el día comenzaría al atardecer, y es por eso que mientras que nuestros relojes marcaban las siete menos cuarto, en este podíamos leer las doce menos veinticinco.

El problema es que como no todos los días atardece a la misma hora, hay que ajustarlo manualmente cada semana. Así pues, hay un señor (Mensur Zlatar) que lleva 50 años (incluso durante la guerra) subiendo los 76 escalones de la torre para ajustar las manecillas y así mantener la precisión horaria. Dado que el relojero ya tiene 72 años, está enseñando a un joven la labor, aunque no se sabe si será su sucesor, ya que esto lo decidirá la Fundación Gazi Husrev-beg.

En la misma plaza se encuentra también la Fuente Sebilj, uno de los iconos de la ciudad.

Esta fuente pública realizada en madera y piedra en estilo pseudomorisco data de 1753. Con forma de kiosco supone un punto de encuentro para los sarajevitas y lugar donde los visitantes se sientan a reposar y observar el trajín de la zona. Además, según la leyenda, si se bebe de ella, se volverá a la ciudad.

Abandonamos la transitada plaza y tomamos la calle Sarači, la más larga del barrio. En 1928 se conectó con la calle Ferhadija y se renombró como Prijestolonasljednika Petra, sin embargo recuperó su nombre original en 1941 y se ha mantenido hasta la fecha. En ella se encuentra la Mezquita Gazi Husrev-beg, la más relevante de la ciudad (y eso que no hay pocas) y uno de los mejores ejemplos de arquitectura islámica en Bosnia y Herzegovina.

Construida en el siglo XVI, lleva el nombre del gobernador otomano que la encargó. Aunque fue Isa-beg Ishakovic quien fundó Sarajevo, Ghazi Husrev-bey contribuyó a que la ciudad ganara su relevancia entre Oriente y Occidente y se convirtiera en un importante centro artesano, comercial y cultural gracias a la construcción de edificios como baños, mercados, posadas, fuentes, mercados y, por supuesto, mezquitas. Sus años de gobierno fueron los más prósperos de Sarajevo.

El espacio central de la mezquita, que mide 13 metros de ancho por 13 de largo, cuenta con una cúpula abovedada de 26 metros de altura. Se extiende a ambos lados por sendos cuadrados de 6.5 metros de ancho y largo, cada uno con su propia entrada. La parte frontal del edificio está dominada por pilares de mármol que soportan los arcos del pórtico de la mezquita. Cuenta además con un minarete de 45 metros de altura desde el que el resuena el muecín cinco veces al día.

En el patio destaca la fuente en la que los creyentes pueden llevar a cabo la ablución o calmar la sed. Fue construida en 1530, pero tuvo que ser restaurada en 1772 porque las temperaturas invernales de Sarajevo hacían que el agua se congelara.

En 1893 fue sustituida por una nueva, hecha de mármol de la isla de Brač, y que ya estaba conectada al sistema de canalización de agua de la ciudad. La última reconstrucción data de 2002.

En la entrada occidental del recinto de la mezquita, la que da a la calle Mudželiti Veliki, se encuentran tres de los chorros de agua de la fuente original.

En la entrada este hay dos mausoleos que mandó construir Gazi Husrev-Beg. El mayor de ellos acoge su propia tumba, y el otro la de su amigo y comandante Murad-beg Tardić.

Esta mezquita ha sido reconstruida varias veces a lo largo de su historia, pues ha pasado por varios incendios. También sufrió desperfectos en la guerra, cuando recibió más de 100 proyectiles. Junto a ella se construyó una madrasa en 1538 en honor a la madre de Ghazi Husrev-bey, una biblioteca y una universidad islámica. Es en ese espacio donde también se encuentra el museo.

Un poco más adelante entramos ya en la calle Ferhadija, una amplia avenida comercial que une el barrio otomano con la parte nueva. Aquí predominan edificios de corte austrohúngaro y podemos encontrar cafeterías y restaurantes, tiendas de ropa internacionales, hoteles, bancos… Hay una marca en el suelo que nos marca el límite de ambos mundos y que nos recuerda que Sarajevo es una ciudad en la que conviven diferentes culturas.

Al principio de la calle, en la esquina con la Vladislava Skarića, se encuentra la mezquita Ferhadija, construida a mediados del siglo XVI en estilo clásico otomano. Ante su entrada hay un pequeño cementerio con una veintena de lápidas.

Un poco más adelante se erige la Catedral del Sagrado Corazón de Jesús, construida en 1889 en estilo neogótico.

El arquitecto húngaro Josip Vancaš, encargado de su diseño, se inspiró en las catedrales de Notre Dame en Dijon (Francia) y de San Teyn en Praga.

Frente a ella podemos ver una estatua dedicada a Juan Pablo II.

También el resto de una rosa roja.

Estas marcas en el suelo recuerdan a las enormes manchas de sangre que dejaron los muertos como consecuencia de los impactos de mortero lanzados por el ejército serbio entre 1992 y 1995. Rellenadas con una resina roja, podemos encontrar bastantes por todo Sarajevo (aunque muchas han ido desapareciendo con la reconstrucción de la ciudad), algunas un tanto borradas como esta, pero otras bastante más evidentes.

La plaza de la catedral muestra claramente este estilo arquitectónico austrohúngaro y nos retrotrae a cualquier otra ciudad centroeuropea dejando de lado las calles estrechas, los pequeños comercios y el olor a especias y té de la parte otomana.

Continuamos el paseo hasta el Markale, el mercado de la ciudad.

Construido en 1895 también por el arquitecto Josip Vancaš siguiendo el diseño neorrenacentista de August Butsch, recibía el nombre en alemán de Markthalle für Sarajevo. Fue el primer edificio de la ciudad en tener el techo con vigas de acero. Es tristemente conocido por dos masacres que tuvieron lugar durante la guerra. La primera de ellas ocurrió entre las 12:10 y las 12:20 de la mañana del 5 de febrero del 94 cuando los serbios lanzaron en el edificio un proyectil de mortero de 120 mm. Fueron asesinadas 68 personas y 144 resultaron heridas. Un año más tarde, el 28 de agosto del 9, a las 11 de la mañana cinco granadas causaron la muerte de 43 personas y dejaron otras 84 heridas.

En la parte posterior del edificio hay una placa que rememora a estos civiles asesinados. Tan solo un par de días antes había sido el aniversario, por lo que junto a la pared encontramos coronas y ramos en recuerdo a las víctimas.

Hoy sigue siendo un bullicioso mercado en el que se puede encontrar todo tipo de víveres así como souvenirs.

En el tramo final de la calle Ferhadija abundan comercios y restaurantes y nos recuerda a una típica calle Preciados.

En el último tramo de la calle, justo donde se une con la avenida Maršala Tito, encontramos el edificio del antiguo Gran Hotel, diseñado por Karlo Pardžik y Josip Vancaš en estilo renacentista. Abrió sus puertas en 1895 convirtiéndose en el segundo más grande después del Europa Hotel.

Hoy en una de sus fachadas acoge la llama eterna (Vječna vatra), un monumento dedicado a los caídos en la II Guerra Mundial. Diseñado por el arquitecto Juraj Neidhardt, fue inaugurado el 6 de abril de 1946, en el primer aniversario de la liberación de Sarajevo.

Consiste en una pared con un texto tallado en los colores de la antigua bandera de Yugoslavia: azul, blanco y rojo. Delante se halla el fuego en una especie de pebetero con forma de corona de laurel. La llama permanece siempre encendida, como dice su nombre. Tan solo se apagó durante el asedio de la ciudad, ya que no había combustible.

Acabamos la tarde aquí, puesto que a habíamos reservado una sala de escape a las 8 de la tarde. Como aún nos quedaba algo de tiempo, nos volvimos al apartamento para ducharnos y así ahorrar tiempo por la noche.

Balcanes XVIII. Día 6: Recorriendo Sarajevo. El asedio de Sarajevo

Tras desayunar, nos dirigimos a la oficina de Sarajevo Funky Tours, con quienes habíamos contratado la excursión de 4 horas sobre el Asedio de Sarajevo. Consistía en un recorrido en furgoneta por lugares como la Avenida de los Francotiradores, el Museo del Túnel de la Guerra, Sarajevo Oriental (República Srpska), la montaña olímpica de Trebević, las antiguas pistas de Bobsleigh de las Olimpiadas de Invierno de 1984 o el cementerio judío.

Normalmente solemos visitar las ciudades por libre, informándonos previamente sobre la historia del lugar, los puntos de interés, los sitios más turísticos, los más pintorescos… Sin embargo, en este caso nos encontramos con que había puntos que estaban alejados del centro y a los que no era tan fácil llegar con transporte público o a pie. Además, para “entender” la guerra, nos parecía interesante no quedarnos en la superficie con los datos que podemos leer en los libros o la prensa de aquel momento, sino ir más allá y conocer la realidad que vivieron muchos bosnios.

Cuando llegamos a la oficina de la agencia ya estaban otras dos personas que también habían contratado el tour, un australiano que estaba de visita en la ciudad porque había venido a tocar el violín con su orquesta, y una austriaca que estaba de vacaciones como nosotros. En principio se nos iban a unir otras dos personas, pero no aparecieron, así que al final salimos los cinco visitantes, el guía y el conductor.

Nos dirigimos hacia nuestra primera parada y por el camino nuestro guía fue poniéndonos en situación relatándonos los acontecimientos históricos que llevaron a la guerra. Recordemos que cuando en febrero de 1992 la República Socialista de Bosnia y Herzegovina aprobó en referéndum la independencia de la República Federal Socialista de Yugoslavia, Serbia se armó para impedir que se llevara a cabo tal secesión. La comunidad serbia en Bosnia formó el Ejército de la República Srpska (VRS) y junto con el Ejército Popular Yugoslavo (JNA) tomó posiciones en las colinas de la ciudad, comenzando así el largo asedio de Sarajevo que duraría 1.425 días.

El 5 de abril del 92, día de la declaración de independencia, mientras una gran multitud se manifestaba, los francotiradores serbios comenzaron a disparar. Y de allí no se movieron, ya que desde las colinas tenían un amplio rango de disparo sin obstáculos entre su posición y las de las víctimas. Recorrimos con la furgoneta el bulevar Mese Selimovica, una de las principales arterias de Sarajevo, e incluso hoy en día con la construcción de nuevos edificios, se puede una imaginar porqué era conocida como la Avenida de los Francotiradores (Snajperska aleja). Los transeúntes arriesgaban diariamente sus vidas cuando tenían que caminar por ella o por las calles cercanas. Se convertían en blancos fáciles para unos francotiradores que no discriminaban. Apuntaban a cualquier cuerpo en movimiento, fuera civil o no.

En la avenida se colocaron decenas de carteles con la alerta “Pazi – Snajper!” (“¡Peligro, Francotiradores!”) después de las primeras muertes, pero aún así había gente que tenía que cruzarla para llegar a sus casas, a sus trabajos o centros de estudio.

Tras pasar el aeropuerto llegamos al Túnel D-B, también conocido como Túnel de la Esperanza, pues durante aquel asedio permitía a los habitantes de la ciudad llegar a los pocos suministros que llegaban a Sarajevo. Por él entraban alimentos, armas, combustible, medicamentos, cigarrillos, ropa…

Su excavación comenzó en 1993 y conectaba el centro de la ciudad, que estaba sitiado, con las afueras. Se eligió la casa de la señora Sida Kolar por estar próxima al aeropuerto (cuyo control había recuperado la ONU poco antes) y constituía una vía de supervivencia (y de escape en algunos casos) para los ciudadanos. Sin embargo, no estaba libre de peligro, pues antes había que llegar a su entrada, atravesando seguramente medio Sarajevo exponiéndose a los francotiradores. Y después, con la carga hacer el camino inverso esquivando balas y mortero.

El pequeño tramo que aún queda abierto se convirtió en museo y en él podemos conocer la historia de la guerra mediante paneles explicativos con fotos de la época, la del túnel gracias a un vídeo, visitar una reconstrucción de los campos minados y una exposición de diversos objetos cotidianos, así como uniformes de guerra o munición recogida tras la contienda.

Allí se conserva la bomba que fue lanzada en el atiborrado Mercado de Markale el 5 de febrero de 1994 y que acabó con la vida de 68 personas y dejó heridas a 144.

También se pueden recorrer los últimos 25 metros rehabilitados de los 900 que tuvo en su día e imaginar la claustrofobia que debían sentir los sarajevitas cuando lo recorrían. Yo apenas paso del metro cincuenta y tenía que ir un tanto encorvada, así que para una persona más alta y además con carga extra, debía suponer un gran esfuerzo recorrerlo.

Aún así, se estima que lo cruzaron unos tres millones de personas desde su construcción hasta el fin de la guerra.

Tras la visita al museo, dura, pero necesaria, volvimos a la furgoneta y retomamos la ruta. De camino a la montaña Trebević pasamos por el límite entre Sarajevo y Sarajevo Oriental. No hay una frontera como tal, pero se percibe en las señales y carteles cuando el alfabeto latino va convirtiéndose en cirílico. Nos comentó nuestro guía que el idioma que hablan a un lado y a otro de la frontera es el mismo (con localismos como puede haber entre cualquier población) y que la diferencia viene dada por la escritura. Al parecer durante los años de primaria tenía que hacer los deberes una semana escribiendo en cirílico y otra en latino, para así dominar los dos.

Paramos en el barrio de Kovačić, en la ladera de la montaña, donde se halla el Antiguo Cementerio judío.

Fundado en 1630, es uno de los cementerios sefardíes más famosos del mundo y el segundo más grande de Europa por detrás del de Praga. Alberga más de 3.850 tumbas en un área de 31.160 metros cuadrados y entre ellas aún se conservan algunas de los descendientes sefardíes españoles que huyeron de la limpieza étnica de los Reyes Católicos. Prácticamente a la entrada podemos leer en una lápida algo parecido al español.

No había ese antisemitismo en el Imperio Otomano, sino que se valoraba a la comunidad por sus conocimientos mercantiles y financieros. Tanto, que el sultán Bayezid II envió barcos a los puertos españoles para recoger a los refugiados. E incluso recibía personalmente a los individuos más ilustres. “Aquellos que les mandan, pierden, yo gano”, parece que dijo el sultán otomano.

Los sefarditas se asentaron en la ciudad y construyeron a mediados del siglo XVI su primera sinagoga, ubicada en una zona a la que llamaron El Cortijo. Este barrio quedó reducido a cenizas a finales del XIX y apenas se conservan sus sinagogas, por eso este cementerio es tan importante para la comunidad, pues sirve de testigo del pasado.

Los judíos españoles no solo se mudaron con sus costumbres y su idioma, sino que además se llevaron una reliquia, la hoy conocida como Hagadá de Sarajevo, un manuscrito sobre pergamino blanqueado e iluminado con cobre y oro. Data de 1350 y parece que fue elaborado en Barcelona por los judíos de la Corona de Aragón. Cuenta con 109 páginas, 34 de ellas ricamente ilustradas con pasajes religiosos.

Hoy se expone en una sala especial del Museo Nacional de Bosnia y Herzegovina, aunque ha estado a punto de perderse a lo largo de su historia. Para empezar, los nazis lo buscaron con ahínco cuando ocuparon Sarajevo en 1941, pero, según nos contó nuestro guía, el bibliotecario jefe del museo, Derviš Korkut, se las ingenió para protegerlo llevándoselo a un imán del pueblo de Zenica, quien lo ocultó en su mezquita. En 1945, tras la II Guerra Mundial, misteriosamente la Hagadá volvió a aparecer en el museo.

En 1992 las autoridades la encontraron en el suelo del museo durante la investigación de un robo. Fue entonces llevada a una cámara acorazada de un banco donde se guardó hasta 1995. Tras la guerra fue restaurada y es expuesta desde diciembre de 2002.

También fueron enterrados en el cementerio judíos ashkenazis, quienes habían llegado huyendo de las persecuciones en el centro de Europa durante el XVII. Al igual que los sefardíes consiguieron prosperar en Sarajevo.

El siglo XX y el Holocausto acabó con cerca del 85% de la población judía de Sarajevo. La mayoría de los pocos supervivientes de la II Guerra Mundial se marcharon al recién creado Estado de Israel. Y la reducida comunidad aún menguó más con la llegada de la guerra en 1992. Actualmente parece que los judíos en Sarajevo no llegan ni a 1.000.

El cementerio jugó un papel relevante durante la guerra de Bosnia, pues al estar en la primera línea de batalla era utilizado para disparar sobre la ciudad. Así, quedó lleno de minas y restos de munición. Tuvo que ser minuciosamente limpiado y reparado tras la contienda, aunque aún se pueden ver los agujeros. Hoy destaca por sus lápidas de piedra con inscripciones en hebreo.

Tras la breve parada en que nuestro guía nos invitó a dar un paseo por el cementerio, nos acercamos al precipicio a observar el panorama. Es verdad que los árboles impedían la visión limpia, pero nos podíamos hacer una idea de la posición privilegiada que tenían los serbios.

Destacan claramente los edificios de este siglo, de acero y vidrio. Y contrastan con la iglesia que marca el límite con la tristemente conocida como Avenida de los Francotiradores. La visión es directa. Imagino que más aún con una mira.

Desde las alturas también se alcanza a ver, sobre todo por su llamativo color amarillo, el Hotel Europe Group.

Durante la guerra este hotel era el Holiday Inn y alojaba a los periodistas extranjeros que estaban cubriendo el conflicto. Literalmente estaban en la zona 0. Había sido construido el año antes de los Juegos Olímpicos de invierno del 84 y rápidamente se convirtió en un icono de la ciudad gracias a su singular arquitectura.

Tras la breve parada volvimos a la furgoneta para seguir subiendo. Hicimos un segundo alto en un edificio en ruinas desde el que se puede comprender aún más la visibilidad que daba la montaña y lo difícil que lo tenían los bosnios para sobrevivir.

De un simple vistazo se abarca todo Sarajevo.

Por último nos dirigimos a la zona olímpica de Trebević. Con las consecuencias de la guerra en nuestra retina, cuesta imaginar el Sarajevo de 1984 que acogió los Juegos Olímpicos de Invierno (cuando aún era parte de la Yugoslavia de Tito). Poco ha llegado a nuestros días de aquella época, pero sí que se conservan los restos de las pistas de bobsleigh construidas ex profeso de estos juegos.

El Bobsleigh es esa disciplina en la que los deportistas se sitúan en lo alto de una montaña cubierta de hielo con un trineo, después empiezan a correr empujándolo y finalmente se meten dentro y descienden a más de 150 km/h. Es de vital importancia conseguir la mayor velocidad posible en esos metros iniciales, pues una vez sentados en el habitáculo, poco pueden hacer (salvo frenar en la línea de meta). Así, la diferencia entre los equipos es mínima, generalmente de centésimas, ni siquiera décimas.

En 1984 las medallas de oro y plata fueron para la RDA, tanto la versión de dos (3:25:56 y 3:26.04), como la de cuatro (3:20:22 y 3:20.78), mientras que las de bronce fueron para la URSS (3:26.16) en el caso de dúo y para Suiza en el cuarteto (3:21.39). Nuestro guía nos dijo que España no había participado, algo que para nada nos pilló por sorpresa, ya que es un deporte que se practica en pocos países, básicamente en el centro y norte de Europa, EEUU o Canadá… No es solo que sea un deporte de invierno y se precise de un determinado clima, sino que se depende de unas instalaciones que escasean.

Estas se siguieron usando para las competiciones de la Copa del Mundo hasta 1991, hasta que cesaron los acontecimientos deportivos por la guerra. Entonces fueron ocupadas por las fuerzas serbias y quedaron seriamente dañadas.

Hoy, a los daños de la guerra, se suman los graffitis y, aunque han perdido su función, según nos comentó nuestro guía, parece que acuden ciclistas de pista para entrenar, y también novios para hacerse fotos para el álbum de boda.

De nuevo el guía nos dejó en la parte alta y nos dijo que las recorriéramos tranquilamente mientras ellos se iban con la furgoneta a la parte baja, donde nos recogerían. Así que así hicimos. Y con esta visita concluimos nuestra excursión volviendo a la oficina de la agencia.

Como eran las 2 de la tarde y hacía calor, repetimos la rutina de los días anteriores y nos volvimos al apartamento a comer y a echarnos un rato con intención de visitar el centro histórico ya a media tarde.