Brexit: The Uncivil War

Hoy que es el día oficial en que iba a ser efectiva la salida del Reino Unido de la Unión Europea (veremos a ver cuándo y qué ocurre) es buen momento para hablar de la película Brexit: The Uncivil War. La cinta nos cuenta las tácticas, maquinaciones y maniobras de la campaña previa al Referéndum de 23 de junio de 2016 en que el 51,9% de la población votó Leave. Con un guion que parte de los libros All Out War: The Full Story of How Brexit Sank Britain’s Political Class, de Tim Shipman y Unleashing Demons: The Inside Story of Brexit, de Craig Oliver, está dirigida por Toby Haynes y cuenta con el magnífico Benedict Cumberbatch en el papel de Dominic Cummings, el asesor político que fue el jefe de dicha campaña.

El proyecto del filme recibió críticas por el momento en que se planteó, pues no se comprendía muy bien qué sentido tenía hablar del Brexit sin Brexit. No obstante, ha resultado ser de lo más oportuna. Y es que, como decía, no se centra en las consecuencias de la salida del UE, sino de cómo se gestó. La película es la crónica de un desastre anunciado y pone el foco en cómo internet influye en todos los aspectos de nuestra vida. También en la política.

Atrás quedaron los carteles, los mítines con propuestas, las grandes concentraciones o los debates con sus argumentaciones. En lugar de hacer una campaña destacando unas ideas, unos proyectos y cuál es la mejor forma de presentársela a la ciudadanía para obtener su voto, hoy en día, en la era digital, funciona al revés. Dejamos rastros de nuestra vida con cada dispositivo o aplicación que usamos y hay empresas (como Cambridge Analytica) que se están encargando de recopilar todos estos datos sobre nuestros gustos, nuestras preocupaciones, nuestros intereses para que después terceros hagan una campaña interpelándonos. No importa si la información es verídica o no, porque estas campañas lo que realmente buscan son nuestras entrañas. Por tanto, fluyen los bulos sin ningún tipo de contención, con el agravante además de que los contrincantes se ven a rebufo de este tipo de informaciones falsas. Acaban perdiendo más tiempo en desmentirlas que en presentar su propia campaña, por lo que al final los tempos y la agenda la marcan los tramposos. Pasó con Trump, pasó con el Brexit, pasó con Bolsonaro, pasó en Andalucía y veremos a ver en las dos próximas citas electorales en nuestro país.

Aunque la temática pudiera resultar aburrida, la película me pareció entretenida. Tiene buen ritmo y la música está muy bien elegida. Además, funciona muy bien la combinación de entrevistas e imágenes reales con las de ficción. Cumberbatch borda el personaje (como todos los que interpreta) y eclipsa al resto del reparto, donde además Boris Johnson, Nigel Farage o el donante del UKIP parecen más caricaturas que personajes.

No sabemos qué pasará de aquí en adelante con este nuevo panorama político, pero Brexit: The Uncivil War sirve para entender esta nueva realidad política en la que la ciudadanía está más desamparada que nunca ante tal manipulación de la información.

El último adiós de Kate Morton

Hace unos años, me regalaron por mi cumpleaños El jardín olvidado, de Kate Morton. Desde entonces, esta escritora australiana se ha convertido en una de mis favoritas y me he leído los títulos que ha publicado después: La Casa de Riverton, Las horas distantes y El cumpleaños secreto. Recientemente vio la luz El último adiós (La casa del lago en el original), y obviamente cayó en mis manos.

Argumento:
Todas las familias tienen secretos.
Y, para algunas, basta solo un acontecimiento para cambiarlo todo.

Un niño desaparecido…

Junio de 1933: en Loanneth, la mansión en el campo de la familia Edevane, todo está limpio y reluciente, listo para la tan esperada fiesta de solsticio de verano. Alice Edevane, de dieciséis años y escritora en ciernes, está especialmente ilusionada. No solo ha encontrado el giro argumental perfecto para su novela, también se ha enamorado perdidamente de quien no debería. Pero para cuando llegue la media noche y los fuegos artificiales iluminen el cielo estival, la familia Edevane habrá sufrido una pérdida tan grande quetendrá que abandonar Loanneth para siempre…

Una casa abandonada.

Setenta años más tarde: después de un caso especialmente complicado, Sadie Sparrow, investigadora en Scotland Yard, está cumpliendo un permiso forzoso en su trabajo. Refugiada en la casa de su abuelo en Cornualles, pronto comprueba que estar ociosa le resulta complicado. Hasta que un día llega por casualidad a una vieja casa abandonada rodeada de jardines salvajes y espesos bosques y descubre la historia de un niñito desaparecido sin dejar rastro…

Mientras tanto, en el ático de una elegante casa en Hampstead, la formidable Alice Edevane, ya anciana, lleva una vida tan cuidadosamente planeada como las novelas policíacas que escribe. Hasta que una joven detective empieza a hacer preguntas sobre su pasado familiar en un intento por desenterrar la intrincada maraña de secretos de los que Alice ha pasado toda su vida tratando de escapar.

Como es habitual en las novelas de Kate Morton, la autora presenta dos hilos narrativos en sendos planos temporales distintos (en realidad tres, ya que en el presente tenemos por un lado a Sadie y por otro a Alice) para orquestar una intriga familiar plagada de secretos y misterios. A lo largo de los 35 capítulos se van alternando ambas líneas argumentales. El pasado se nos presenta de forma desordenada y es la trama del 2003 la que se sucede cronológicamente convirtiéndose en el hilo conductor de toda la novela. Así, los pasos que da Sadie nos sirven para ir desenmarañando el misterio, obteniendo con cuentagotas detalles de ese pasado relacionados con descubrimientos o acontecimientos del presente.

Esta fórmula es el sello de la autora australiana, la que la ha consagrado. Y aunque la repite en todas sus novelas, sigue funcionando, pues la maneja con destreza. Es difícil mantener este tipo de estructuras sin entrar en contradicciones o dejarse sin atar algún cabo suelto de todos los que van apareciendo a lo largo de la historia. Además, consigue que ambas líneas temporales tengan su propio misterio, aunque obviamente la que transcurre en el siglo XX gana algo más de protagonismo.

El narrador omnisciente le permite a la novelista situarse por encima de los personajes y poder relatar la información desde todas las perspectivas manteniendo la tensión narrativa. Su prosa es sencilla y asequible, en la que predomina la narración con algún diálogo puntual. Aunque en algunos momentos la acción no avanza y el relato es demasiado descriptivo. De hecho, la novela quizá es más extensa de lo que debería.

En parte esta lentitud se debe a la ambientación. Kate Morton es especialista en Literatura Inglesa y sobre todo en la época victoriana, por lo que cuida bastante la narración de los acontecimientos históricos, el ambiente, la sociedad de la época y los paisajes de Cornualles. La novela tarda en arrancar, pero una vez que Sadie queda presentada y descubre la misteriosa desaparición de Theo, la historia comienza a andar sumergiendo al lector entre sus páginas. A partir de ahí comienzan los interrogantes, las teorías, los dobleces de cada personaje…

También aquí Morton se mantiene fiel a su estilo haciendo que todo gire en torno a sus protagonistas femeninas. Los principales caracteres que sirven de nexo entre pasado y presente son Eleanor, Alice y Sadie, tres generaciones de mujeres, todas fascinantes. Las tres tienen su propia personalidad con sus matices, aunque quizás es Alice la más compleja, ya que aparece en ambas líneas temporales. La inspectora también está bien construida con su propia historia y sus secretos y preocupaciones. Su trama en principio no está relacionada con la desaparición de Theo, pero sirve en cierta manera de hilo conductor. Por su parte, Eleanor es un personaje muy interesante, con su propia evolución en función de las decisiones que va tomando a lo largo de su vida. Qué diferente es la construcción de este personaje según su narrador. No tiene nada que ver la Eleanor en primera persona que la Eleanor desde la perspectiva de Alice.

Completa el elenco una serie de secundarios que desempeñan su propio papel en el transcurrir de los acontecimientos. Entre ellos destacan principalmente dos: en el presente y acompañando a Sadie, su abuelo Bertie y en el pasado Anthony, marido de Eleanor y padre de Alice. También es relevante Ben, un empleado de la familia y primer amor de Alice. Y por supuesto, Theo, claro. Aunque los personajes masculinos están algo menos definidos que las figuras centrales, en general, Kate Morton ha construido a todos los miembros de esta familia con un perfil muy definido y sus propios rasgos. Cada uno de los personajes es una pieza que nos ayuda a completar el misterio.

Aunque El último adiós no me parece la mejor novela de la autora hasta la fecha, sí que me ha mantenido enganchada gracias a las pistas, enigmas, interrogantes y giros argumentales que plantea. Eso sí, el final me ha resultado un poco decepcionante. No sé si por haber leído ya otros libros de la autora o por ser demasiado evidente, pero cuando iba al 85% de la novela ya intuía qué había pasado con el pequeño Theo. Además, me da la sensación de que todo se precipita demasiado rápido. Sí, al final todo tiene sentido y el puzzle encaja sin fisuras, pero el capítulo final me supo a poco. Tampoco creo que sea necesario que se explique todo al milímetro, pero una vez que se cierra la historia, sí que eché en falta algún detalle en la subtrama de Sadie.

Aún así, quitando este pequeño “pero”, es una novela que me ha enganchado de principio a fin. Kate Morton no decepciona y sigue atrapando con sus sagas familiares, sus misterios, sus personajes, sus saltos temporales y sus giros argumentales. Eso sí, recomiendo sacar tiempo de desconexión, pues yo la he leído prácticamente en el transporte público y no era el lugar más propicio para afrontarla. Es una novela que invita a ser leída de forma pausada, asimilando cada uno de los datos, pues cada detalle es importante, sobre todo hacia el punto de no retorno en que se empieza a perfilar el desenlace.

Viajar V (2016)

No todos los años se puede seguir el ritmo del 2015 cuando visitamos Japón, Viena, Praga, Budapest, Bratislava y Estambul. En 2016 tan solo hicimos dos viajes. Por un lado un Road Trip por Escocia a finales de julio – principios de agosto, y ya en diciembre una escapada a Atenas y Sofía. Que tampoco se puede decir que sea poco.

Normalmente intentamos hacer una escapada en el primer semestre del año para desconectar antes de las vacaciones de verano, pero tocó reforma en casa, así que aprovechamos la primavera para poner algo de orden, que falta hacía después de un año con el suelo levantado, un agujero en el techo y las paredes llenas de chorretones de por donde había caído el agua.

Así que, nuestro primer viaje de 2016 fue a tierras escocesas, un país al que le teníamos ganas. Después de varios viajes en los que han predominado las ciudades, ya tocaba volver al verde.

Esto no quiere decir que no visitásemos ciudades, ya que partimos y terminamos en Edimburgo y también pasamos por Glasgow o Aberdeen, pero no eran nuestra prioridad. Había mucho que descubrir. En un par de semanas no nos daba tiempo a ver todo, ni muchísimo menos, pero intentamos conseguir la experiencia escocesa combinando kilométricas playas, escarpadas montañas, frondosos bosques, desiertos páramos, ciudades llenas de historia, castillos llenos de encanto, e incluso una visita a una destilería.

Este Road Trip por Escocia ha sido toda una experiencia. Ya sospechaba que me iba a gustar el país si se parecía una mínima parte a lo que ya había imaginado. Pero es que la realidad superó a las expectativas con creces. Escocia es un país espectacular que concentra una gran variedad de atracciones.

Sin duda me quedo con Edimburgo, una ciudad construida sobre su historia que cautiva al visitante al primer golpe de vista. En ella se respira su alma gótica con sus edificios antiguos, cementerios lúgubres, closes estrechos y las calles empedradas y húmedas. Es el contraste de la intacta Old Town en la que predominan las callejuelas vertiginosas y sus estrechos callejones medievales donde aún se sienten las estrecheces de la vida intramuros; frente a la elegancia del ensanche de la Ciudad Nueva en la que se suceden casas georgianas, jardines bien cuidados y una organización de las calles y plazas muy cuadriculada. Tiene dos almas.

Y aunque su castillo es una de las joyas del país, si tuviera que elegir uno de todos los que visitamos, me quedaría con el de Stirling. Es una parte importante de la herencia escocesa y está lleno de historia. Por un lado porque fue testigo de las diferentes batallas que tuvieron lugar en su colina. Además, fue protagonista de la Primera Guerra de Independencia de Escocia, que se inició con la invasión de las tropas de Eduardo I. Cuando los ingleses se hicieron con la Piedra del Destino y se la llevaron a la Abadía de Westminster, se inició una revuelta popular escocesa comandada por William Wallace. La última batalla que vivió fue la defensa ante el ataque jacobita en 1746. Por otro lado, el castillo fue el lugar en el que se han coronado muchos reyes y reinas de Escocia, entre ellos María I de Escocia en 1542. Además, algunos de los reyes escoceses, como James III, nacieron en el castillo.

No estoy quitándole importancia al de Edimburgo, que además guarda las Joyas de la Corona. Y estéticamente incluso es más uniforme. Pero el de Stirling es mucho más didáctico, más fácil de imaginar cómo era la vida en sus diferentes estancias gracias a las recreaciones o los actores que por allí se pasean. El conjunto hace que sea una visita muy atractiva, lúdica y didáctica.

Si tuviera que escoger uno de los que quedan solo las ruinas dudaría entre el de Saint Andrews y el de Dunnottar. Ambos se encuentran colgados sobre el mar, aunque quizás el de Stonehaven impresione más por tener un acceso tan complicado.  Es un castillo emblemático por su enclave impresionante que es para enmarcar, además de por ser clave en uno de los momentos más importantes de la historia de Escocia. Esta situación estratégica y defensiva le sirvió a William Wallace durante la lucha escocesa por la independencia en el año 1300 para atraer a una tropa inglesa y después quemarla viva en una capilla. También se escondieron aquí las Joyas de la Corona escocesa en el siglo XVII por ser considerada la fortaleza más segura del reino.

En cuanto a las playas tendría también mis dudas. No sabría decidirme entre la de Balnakeil Bay y la de Dornoch. Balnakeil tiene algo más de personalidad con la Durness Old Church al fondo, aunque la de Dornoch es más larga e impresiona más.

Seguramente me habría gustado también la Secret Beach que nos recomendó Sarah, pero nos equivocamos de sitio. Sin embargo, las vistas desde lo alto del acantilado eran también dignas de ver y no fue una pérdida de tiempo.

Pero para acantilados los de John O’Groats, desde donde se pueden divisar a lo lejos las famosas Stacks, esas formaciones rocosas de 64 metros de altura resultado de la erosión provocada por el azote del mar y el viento.

Y por supuesto, si de formaciones rocosas hablamos, no podemos olvidarnos del Old Man of Storr, que, sin duda, fue mi parada favorita de todo el viaje. Para esta caminata de 4 kilómetros cuesta arriba es imprescindible un buen calzado, algo de comida y bebida por si tuviéramos algún bajón. Sí, es exigente, hay que prestar atención al terreno por donde vamos pisando y ponerle ganas y ánimos, pero al llegar arriba todo se queda ensombrecido por las vistas. No son unas rocas sin más, por algo es uno de los paisajes más fotografiados del país. Y me recordó el porqué de querer recuperar los viajes en que nos perdíamos en la montaña.

Fueron apenas dos semanas, pero exprimimos al máximo los días para sacar lo mejor de Escocia. Sin duda, junto con Noruega, uno de mis países favoritos hasta la fecha.

A finales de año hicimos una escapada a Sofía con una breve escala en Atenas que nos permitió revisitar la capital helena, la cuna de nuestra civilización. Habíamos estado en 2008 como punto de partida de nuestro primer crucero, y la habíamos pateado en visión exprés. Sí, ya sé que una escala de 24 horas no es precisamente relajada, pero nuestra vez anterior salimos a las 4 de la tarde del barco tras el procedimiento de registro y creo que teníamos que volver a las 8 para zarpar. Así que apenas nos dio para mucho. Y aún así conseguimos subir a la Acrópolis, callejear por Monastiraki, Plaka, asistir al cambio de hora en Sintagma y llegar hasta el Templo de Zeus Olímpico.

Así que, con estos antecedentes, 24 horas era muchísimo tiempo incluso contando con lo pronto que anochecía. Y además tuvimos la suerte de que no nos lloviera. Hacía frío y hubo que abrigarse bien, pero en seco.

Como se ve en el mapa subimos hasta el Acrópolis, después continuamos por el Ágora Romana, el Antiguo Ágora y el Cerámico; callejeamos por los barrios de Psirrí, Monastiraki y Plaka; visitamos la Catedral y pasamos por la Plaza Sintagma; seguimos paseando Ermou hasta llegar al Arco de Adriano y el Templo de Zeus Olímpico y para finalizar la mañana pasamos por el Estadio Olímpico, el Zappio y los Jardines Nacionales. Por la tarde subimos al Monte Licabeto para ver atardecer.

No nos habría dado tiempo a cumplir con todo el recorrido si hubiéramos entrado en todos los conjuntos arquitectónicos. Por ese motivo filtramos y visitamos los que nos parecían imprescindibles como la Acrópolis o el Antiguo Ágora con el Templo de Hefesto, la Stoa y las ruinas. Sin embargo, obviamos otros porque lo poco que se conserva en pie se ve desde fuera, como el Cerámico, la Biblioteca de Adriano, el Templo de Zeus o el Ágora Romana.

En la segunda etapa de este viaje, y motivo principal en realidad, visitamos Sofía. Descubrimos un poco de Bulgaria, un país desconocido hasta la fecha para nosotros. Y aunque su capital no es la ciudad más maravillosa del mundo, tiene una historia que se remonta hasta el siglo VIII a.C. Además, tuvimos la oportunidad de hacer una excursión a la cercana Plovdiv, que conserva un casco histórico colorido y singular.

Bandera

Sofía, en pleno centro de los Balcanes, es la capital de Bulgaria y también la ciudad más grande y poblada del país. Su localización la convierte en un lugar estratégico, ya que se encuentra en un cruce de caminos que conecta la Europa Occidental con Oriente Medio. El hecho de que Bulgaria haya sido un territorio conquistado por varios pueblos, hace que tenga una amplia riqueza cultural. Aunque Sofía se encuentra en un proceso continuo de transformación hacia la globalización, se conserva gran parte de su patrimonio cultural, arquitectónico e histórico. El más claro ejemplo es Serdika, donde en una manzana encontramos una mezquita, una sinagoga y una iglesia. Además de unas ruinas tracias y romanas.

Este pasado multicultural ha dejado joyas arquitectónicas en la ciudad como la Iglesia Redonda de San Jorge, la Catedral de Sveta Nedelya, la Iglesia Rusa, el Teatro Nacional Ivan Vazov y por supuesto la Catedral de Alejandro Nevski. Cada una de ellas totalmente diferente a la anterior en su diseño.

Estos majestuosos y ornamentados edificios contrastan con las construcciones comunistas de hormigón y cemento pensadas para su funcionalidad y no para destacar por su diseño. También de esta época son las infraestructuras, las grandes avenidas y arterias que cruzan la ciudad y los transportes. Aunque está en proceso de remodelación con la entrada en la Unión Europea y se nota que ha llegado la apertura capitalista con la llegada de franquicias y multinacionales.

Sin embargo, aunque queden vestigios de la época comunista, para acercarse más aún a esta época de la historia de Bulgaria podemos visitar el Museo de Arte Socialista, donde se han reunido esculturas y pinturas que fueron retiradas tras la caída del Régimen.

Sofía no es una de las capitales europeas más sorprendentes, no está al nivel de Praga, Budapest, Viena, Berlín, París, Madrid… pero también tiene su historia. Si Atenas se podía concentrar en 24 horas porque la parte histórica estaba bien delimitada, lo de Sofía es mucho más sencillo aún. Está todo bastante cerca, a un paseo tranquilo y si te cansas siempre puedes tomar un medio de transporte o hacer una parada en el mercado central y saborear una cerveza local o aprovechar para comprar comida local.

En este caso estructuramos la visita en varios días, concentrando la parte histórica en el día más largo y dejando para el último lo más alejado antes de marcharnos:

Y entre medias, hicimos una excursión a Plovdiv, a dos horas de Sofía. Es la segunda ciudad más grande de Bulgaria y en una época en la que no existía Atenas, Roma ni Constantinopla, suponía un cruce de caminos entre Asia y Europa. De ahí que tenga una mezcla de culturas como la tracia, la romana, la búlgara o la otomana.

Plovdiv supuso el contraste a Sofía. Con un casco histórico peatonal plagado de iglesias y construcciones del Renacimiento Búlgaro, un anfiteatro romano o ruinas tracias y romanas. Una zona que está sobre una colina y que nos permite asomarnos al resto de la ciudad.

En la parte nueva me gustó mucho el colorido barrio de Kapana con tanta vida en sus calles. Sus bares, los locales de artesanos, las banderitas, los murales…

Queda todo también muy concentrado:

Y como bonus nos dio tiempo a hacer una excursión a la Fortaleza de Asen, de la que apenas quedan restos salvo la Iglesia de la Santa Virgen de Petrich que parece suspendida sobre el valle. Un lugar totalmente inesperado. Desde luego Bulgaria tenía muchas sorpresas escondidas.

De un viaje a Sofía sacamos una escala en Atenas y una excursión a Plovdiv y alrededores, con lo que se puede decir que aprovechamos bien nuestra escapada. Nos hizo más frío que en Atenas, ya que esta se encuentra más próxima al mar mientras que Sofía está rodeada de montañas. En cualquier caso nada que no esperáramos en el mes de diciembre y que no se pudiera remediar. Como dicen los noruegos: “no hay mal tiempo, sino ropa inadecuada”.

Y con Bulgaria cerramos el año llegando a alcanzar los 25 países. A por 2017.

Pride (Orgullo)

A finales de julio escribí sobre Captain Fantastic, la maravillosa película que descubrí gracias al cineforum de La Cafetera. Pues bien, hoy hago un parón entre el relato del viaje a Grecia y Bulgaria para retomar el cine.

Pride es una película británica de 2014 que podríamos clasificar de drama, aunque con muchos toques cómicos. O una comedia dramática, como se prefiera. Está basada en hechos reales y nos remonta al verano de 1984, en la época de Margaret Thatcher cuando un grupo de gays y lesbianas recaudaron fondos para apoyar a los mineros que estaban en huelga.

En este contexto la película arranca en Londres, en la manifestación del Orgullo Gay, donde vamos conociendo a cada uno de los integrantes del grupo que decidirá apoyar al Sindicato Nacional de Mineros (NUM). Tras recaudar algo de dinero, los homosexuales se ponen en contacto con el sindicato para hacérselo llegar, pero no obtienen más que rechazo. Así pues, el grupo decide seleccionar una población y entregar la recaudación directamente. Después de mucho debatir, eligen un pueblo minero del sur de Gales y se reúnen con un portavoz en Londres. A partir de ahí, comenzarán la campaña Lesbians and Gays Support the Miners (Lesbianas y gays apoyan a los mineros) para seguir consiguiendo más dinero que enviarles a los mineros y sus familias mientras estos sigan en huelga.

Para un segundo encuentro deciden ir ellos a Gales, así que cargan la furgoneta y se echan a la carretera. Una vez allí se encuentran con un pueblo algo reticente a recibir su apoyo por sus prejuicios. La mayoría no quiere que se les asocie con un colectivo abiertamente homosexual. Aunque también es cierto que en muchos de sus habitantes los urbanitas homosexuales provocan curiosidad y los reciben con los brazos abiertos alojándolos en sus casas. Este choque cultural entre ambos mundos es el que provoca el mayor toque cómico de la película mientras se abordan los prejuicios, el miedo, el odio y la ignorancia.

El mayor rechazo proviene de parte de los hombres, quienes parecen tener miedo de perder su hombría si se relacionan con homosexuales. En la aceptación de Lesbians and Gays Support the Miners parece tener mucha relevancia el papel de las mujeres de la comunidad. Hablamos de los años 80 y de un pueblo del Gales profundo en el que las mujeres son esposas y amas de casa, no hay representación femenina en la industria minera. Ellas intervienen en la huelga como consortes. Son organizadoras de actos de recaudación, de los comités de resistencia y realizan el reparto de las donaciones entre las familias. Sin embargo, cuando llegan los homosexuales con la recaudación, toman las riendas y deciden que no hay nada de malo en dejarse ayudar por este colectivo, que la ignorancia se cura acercándose a ellos y conociéndoles.

Ante esta actitud, los mineros van replanteándose su postura y se abren a conocer a los homosexuales. Y, a medida que se van conociendo, descubren que la alianza entre las dos comunidades será beneficiosa para la lucha porque serán más fuertes. Un año más tarde, serán los mineros quienes se unan a la Marcha del Orgullo de 1985 como muestra de solidaridad hacia sus nuevos amigos.

La unión de ambos colectivos supuso un punto de inflexión en la lucha por los derechos LGTB en el Reino Unido. Los mineros laboristas comenzaron a apoyar a los homosexuales y participar junto a ellos en actos y manifestaciones. Gracias a este hermanamiento, se consiguió por ejemplo que el Partido Laborista incorporase en su manifiesto una resolución que comprometía el apoyo del partido a la igualdad de derechos para personas LGBT.

Pride muestra un pueblo minero gris frente al Londres colorido y extravagante; lo tradicional frente a lo alternativo; lo recatado frente a lo liberal. Y con ese contexto nos lleva a reflexionar sobre la solidaridad y la alianza entre colectivos contra el enemigo común. También sobre los derechos que deberíamos tener todos como ciudadanos independientemente de nuestra orientación sexual. De paso afronta temas como los prejuicios, el SIDA o la feminidad impuesta por la sociedad heteropatriarcal.

A pesar de tratar temas serios, es una película que me ha divertido mucho. Me ha enganchado desde el primer momento, y mucho tiene que ver la música ochentera y la ambientación, pero sobre todo el reparto coral tan bien cohesionado a pesar de ser personajes tan diferentes.

Conclusiones del Road Trip por Escocia

Este Road Trip por Escocia ha sido toda una experiencia. Ya sospechaba que me iba a gustar el país si se parecía una mínima parte a lo que ya había imaginado. Pero es que la realidad superó a las expectativas con creces. Escocia es un país espectacular que concentra una gran variedad de atracciones.

Es un país en el que encuentras auténticas maravillas. Sus históricas ciudades, sus pequeños pueblos perdidos entre las montañas, sus frondosos bosques, sus desiertos páramos, sus misteriosos lagos, sus escarpados acantilados, sus playas que parecen transportarte al Caribe, sus famosos castillos… Hay itinerarios para todos los gustos.

Sí, llueve. Pero la lluvia le da el tono melancólico que tiene el país. Y sin agua Escocia no sería lo mismo, no tendría ese color tan verde, ese olor a húmedo, a hierba mojada. No tendría el mismo carácter. Gracias al impacto de su paisaje y de su atmósfera única ha sido escenario de numerosas películas y series.

Además, Escocia ofrece muchas alternativas al viajero. El visitante puede escoger entre actividades de ciudad, perderse en el monte, hacer rutas a pie, a caballo, en bici, descubrir fauna autóctona… Por supuesto, no puede faltar una visita a una destilería, intentar encontrar a Nessie o disfrutar de unos tradicionales Juegos de las Tierras Altas.

Y es que además del encanto de sus paisajes y de las posibilidades que ofrece esta tierra y que invitan a recorrer toda su geografía; no hay que olvidar sus tradiciones fuertes y arraigadas. Escocia ha ido ganando carácter con el paso del tiempo y no podremos conocer el país si nos dejamos de lado su historia, sus leyendas, sus costumbres.

No solo es un país con grandes referentes literarios como Walter Scott, Robert Louis Stevenson o – cómo no – Robert Burns (incluso J. K. Rowling); además, Escocia tiene un nombre en las ciencias. El primer barco de vapor con paletas (James Watt), el teléfono (Alexander Graham Bell), el radar, el neumático hinchable (John Dunlop), la bicicleta a pedales, el termo (Sir James Dewar), la oveja Dolly, la anestesia quirúrgica (Sir James Young Simpson), la penicilina (Sir Alexander Fleming), el uso de la huella dactilar como prueba criminal (Henry Fauld)… todos ellos tienen rúbrica escocesa. También el sello de correos, el golf, el chubasquero, la primera fuerza de policía profesional, los logaritmos (John Napier) y el concepto de crédito al descubierto.

Para ser un país tan pequeño, ha contribuido grandemente a la sociedad. El alto número de eruditos se debe, en gran medida, al impulso de la alfabetización a mediados del siglo XVI. Esta iniciativa fue promovida por John Knox, que se dio cuenta de que la gente no sabía leer y eso le dificultaba dar a conocer la religión. Con la alfabetización de la población se consiguió, no solo que el pueblo leyera las Sagradas Escrituras, sino que además tuviera más acceso a la educación.

Así pues, naturaleza, actividades, inventos, historia, cultura, leyendas y tradiciones se funden en un país que hemos conocido brevemente y que nos ha dejado el recuerdo de una grata experiencia.

Y si, después de meses hablando de Escocia, aún no tenéis ganas de visitarla, os dejo con la guía del cómico escocés Danny Bhoy.

Castillos de Escocia

Pensar en Escocia es visualizar naturaleza, sin duda. Pero si por algo es conocido el país, es por los castillos. Los hay que se conservan en ruinas, otros que se han reconstruido; algunos pertenecen a Patrimonio y suponen unos buenos ingresos, otros que siguen siendo privados; tenemos los que son residencia de verano de la Familia Real… Hay castillos de todo tipo, desde pequeñas fortificaciones a enormes ciudadelas; desde los más céntricos a los más alejados e inaccesibles; todos tienen su historia, su leyenda misteriosa.

Es imposible visitarlos todos, por supuesto, ya que hay más de 1.000 en toda la geografía escocesa. Y no son ni una tercera parte de los que llegó a haber en pie. Y es que Escocia ha tenido que defenderse a lo largo de los siglos dado a su enclave geográfico y a sus enemigos que intentaban conquistarles continuamente. Como consecuencia, es un país con un recuento superior de castillos que otros territorios vecinos.

Así pues, gracias a este pasado tan conflictivo, hoy en día tenemos una gran variedad de fortalezas con las que conocer datos de la historia de Escocia mientras disfrutamos de las vistas que nos ofrecen.

Castillo de Edimburgo

Erigido sobre una escarpada colina volcánica, es el castillo más grande del país, y el más visitado, no solo como castillo, sino como monumento. Alberga las Joyas de la Corona, la Piedra del Destino, el cañón de Mons Meg y la capilla de Santa Margarita.

Su imponente perfil domina el horizonte de Edimburgo convirtiéndose en el símbolo de la capital. Se comenzó a levantar a finales del siglo XI con fines defensivos y fue extendiéndose a lo largo de los siglos, incluso llegando hasta el XX. Permite conocer cómo ha ido evolucionando la ciudad y el país. Su posición estratégica hace que se obtengan unas estupendas vistas panorámicas de la ciudad (si las nubes o la niebla lo permiten).

Es caro, por lo que es recomendable comprar el Explorer Pass si se piensa visitar algún que otro momumento que esté incluido. Es muy recomendable, si se habla inglés, seguir a las guías gratuitas que recorren el castillo y van explicando cada uno de los edificios.

Castillo de Glamis

Es uno de los castillos escoceses más famosos de Escocia. Y lo es por varios motivos. Por un lado, por ser donde se crió la Reina Madre. Por otro,  por aparecer en el Macbeth de Shakespeare. Pero además, es que tiene la fama de ser el castillo más hechizado del país y está envuelto en todo tipo de leyendas e historias de fantasmas.

Fue construido a finales del siglo XI en arenisca roca y con una torre de planta en L. Cuenta con unas impresionantes almenas y puntiagudos torreones que le dotan de un carácter señorial. Se puede visitar, aunque no pertenece a Patrimonio, sino a los Condes de Strathmore, por lo que no está incluido en el Explorer Pass. Podemos elegir entre dos tipos de entrada: una que solo incluye los maravillosos y amplios jardines que rodean la residencia, y otra que combina los jardines y el castillo. Nosotros como no contábamos con mucho tiempo, preferimos pasear por sus alrededores.

Castillo de Dunnottar

Es uno de los más bonitos de todos los que visitamos. Incluso sin visitarlo por dentro. Su enclave estratégico sobre un acantilado le da un carácter especial, dramático, imponente, siempre azotado por el viento y las olas del Mar del Norte. Se podría considerar inexpugnable, el castillo perfecto desde el punto defensivo gracias a su emplazamiento en un promontorio rocoso a 50 metros sobre el mar. No es de extrañar que por eso fuera elegido para esconder las Joyas de la Corona.

El Castillo de Dunnottar ha sido testigo de muchos momentos clave de la historia del país. Situado en Stonehaven, al este de la costa de Escocia, jugó un papel decisivo durante la invasión inglesa y acogió a notables personajes como William Wallace o María Estuardo. Hoy en día está en ruinas, pero hay algunas estancias que se conservan bastante bien. Se puede visitar, aunque no entra en el Explorer Pass.

A Pixar le sirvió de inspiración para su película Brave. No es de extrañar, es impresionante. Y al atardecer, más aún.

Castillo de Huntly

Este castillo incluido en el Explorer Pass perteneció al clan Gordon, una de las familias más acaudaladas de Escocia. Y la familia quiso demostrar ese poderío económico con este edificio medieval impresionante.

Consta de tres fortificaciones. El primer castillo (Motte) lo mandaron construir los condes de Fife a finales del siglo XII. Sin embargo, no tiene nada que ver a lo que vemos hoy en día, o podemos intuir, ya que estaba hecho de madera y se levantaba sobre una colina artificial para controlar el paso fronterizo por el río Deveron. Se le dio el nombre de Palacio de Strathbogie.

Se levantó en los terrenos que les había dado Guillermo I en compensación por su ayuda en el campo de batalla. Históricamente tuvo su importancia puesto que sirvió a Robert I como aposentos durante las Guerras de la Independencia de Escocia en 1307. En 1314 cambió de manos, Robert the Bruce le concedió el castillo a Sir Adam Gordon de Huntly por su apoyo en la batalla de Bannockburn. La familia propietaria de Strathbogie apoyaba al bando vencido, por lo que digamos que fue un expolio.

El segundo castillo se comenzó a construir alrededor del 1400. Se realizó una reforma total levantando una torre de planta en L donde se encontraría la parte residencial distribuida en 5 plantas. En el patio central estaría la cuadra y algunas salas secundarias. Sin embargo, esta remodelación quedó destruida en 1594 por el conde de Moray en las batallas entre Jacobo II y el clan Douglas.

El palacio le debe su construcción a George Gordon, cuarto conde de Huntly, que, tras visitar Francia, quiso tener un edificio que copiara la arquitectura que allí se llevaba a cabo. Fue saqueado y dañado tras la derrota de la batalla de Corrichie en 1562. Por fin fue finalizado en 1606. En 1640 se hicieron obras, pero sirvieron de poco porque en 1647 durante la Revolución Inglesa fue saqueado y cayó en ruina con la decapitación del marqués.

Lleva en ruinas desde el siglo XVIII, pero es interesante de visitar, pues se mantienen las divisiones de las diferentes salas y tiene paneles informativos que nos explican para qué se dedicaban las diferentes estancias, si eran dormitorios, salas de estar o donde se celebraban grandes banquetes.

Castillo de Ardvreck

Es el castillo más pequeño de todos los que visitamos, apenas un torreón. Sin embargo, su enclave en una pequeña península (o isla) en medio de un lago merece la pena la parada.  Se encuentra a campo abierto (es gratuito) y hay un pequeño aparcamiento cerca, no hay mucha más indicación ni encontraréis mucha gente.

Cuenta la leyenda que en sus ruinas viven dos fantasmas. Cómo no.

Cerca podemos visitar la Calda House, también en ruinas, que fue la residencia de los MacKenzie desde 1672. Fue saqueada y quemada diez años después cuando fue vendida al conde de Sutherland. La mayoría de las piedras se utilizaron para construir otros edificios de la zona.

Castillo de Urquhart

A orillas del famoso Loch Ness nos encontramos con este impresionante castillo en ruinas. Uno de los más emblemáticos y visitados de Escocia, data del siglo XIII y jugó un importante papel en la Guerra de Independencia del siglo XIV capitaneada por William Wallace. En 1692 quedó destruido parcialmente por los ingleses para impedir que los jacobitas se hicieran con él.

Desde entonces se encuentra en ruinas, pero está muy bien acondicionado e indicado, además, cuenta con un centro de visitantes en el que se expone un vídeo así como una maqueta y diversa información. Pertenece a Patrimonio y por tanto, entra en el Explorer Pass.

Castillo de Eliean Donan

Este castillo medieval situado en una pequeña isla sobre el Loch Duich se une a tierra por un viejo y estrecho puente llamado Kyle of Lochalsh. Es muy fotogénico y su silueta sobre el lago es impresionante, de postal.

Se trata de un lugar plagado de belleza, historia y leyendas y que ha servido de escenario para películas como Los Inmortales, Braveheart El Mundo nunca es suficiente.

No lo visitamos por dentro porque está reconstruido a principios del siglo pasado y al parecer ha perdido su esencia original. Pertenece al Clan McRae y no está incluido en el Explorer Pass. Nos contentamos con observarlo desde la orilla del lago y desde el mirador que hay en una montaña cercana.

Castillo de Dunvegan

Situado en la Isla de Skye, se encuentra a orillas de un lago que le dio nombre. Tiene el honor de ser la fortaleza más antigua que ha sido habitada de continuo, algo no muy común debido los frecuentes conflictos que ocurrieron a lo largo de la historia de Escocia. Pertenece al clan MacLeod desde tiempos medievales y se puede visitar (y pasar noche) tanto el castillo como sus jardines. Incluso se puede contratar un paseo en barco que sale desde el embarcadero.

Su mayor reclamo es la Fairy Flag, una bandera de seda que protegía a los Señores de las islas. Hoy en día lo que queda es un retal deteriorado, pero se sigue venerando porque se cree que tiene poderes milagrosos.

Castillo Donald

Fue diseñado por el arquitecto James Gillespie Graham y construido en 1815. Anteriormente había una mansión de 1790. La mayor parte de la mansión original quedó destruida en un incendio en el año 1855 y se sustituyó por un edificio diseñado por David Bryce. El Lord Macdonald y su familia dejaron el castillo en la década de los 20 del siglo pasado y como consecuencia el castillo quedó a merced de los elementos. En los años 80 se estabilizaron las ruinas para que no terminaran de caerse. Hoy en día es difícil llegar a imaginarse lo que fue en su día, tan solo se conserva la fachada.

En el recinto está el Museo de las islas, un edificio que tiene seis galerías de exhibiciones e interpretaciones que nos acerca a los 1500 años de historia y cultura de este área conocida como el Reino de las Islas. Asimismo, acoge una biblioteca, con más de 7000 libros y diversas colecciones donde se puede investigar sobre el árbol genealógico si sospechas que tienes ancestros de Skye o de los MacDonalds.

Hay una exposición muy interesante sobre los clanes y la cultura de las Tierras Altas, las guerras con los ingleses y la devastación que supuso la batalla de Culloden. También sobre lo que supuso la emigración de aquellos escoceses que se quedaron sin opciones en su país y marcharon hacia América u Oceanía.

No entra en el Explorer Pass y el castillo en sí no merece mucho la pena, pero el centro de visitantes es muy interesante para aproximarse a la cultura de clanes escocesa.

Castillo de Dunstaffnage

Es un castillo del siglo XIII que se erige en un promontorio al sudoeste de la entrada al Loch Etive. Su situación es estratégica, ya que está bordeado en tres de sus lados por el mar. Algo que les venía muy bien para traer mercancías , aunque también tenía su punto negativo, y es que había que protegerse de los noruegos. Es uno de los castillos construidos en piedra más antiguos de Escocia. Y aunque fue abandonado tras un incendio que dejó arrasado el interior, se reconstruyó y hoy en día se puede visitar.

El castillo fue construido por los señores MacDougall de Lorn y desde el siglo XV ha pertenecido al Clan Campbell. Los Campbell fueron aliados de la casa real, y Dunstaffnage sirvió como base de expediciones del gobierno en los siglos XV y XVI contra, entre otros, el clan MacDonald. Fue escenario de la Guerra Civil en varios episodios. En 1685 fue incendiado como causa de un levantamiento contra Jacobo VII, y más tarde, en los levantamientos jacobitas de 1715 y 1745, pasó a manos del gobierno. También sirvió de prisión temporal antes de ser llevada a Londres para Flora MacDonald, que ayudó al príncipe Carlos a escapar de Escocia. Aunque los Campbell construyeron una nueva casa sobre la parte antigua del oeste en 1725, el resto ya había quedado devastado. La zona nueva levantada sobre la antigua torre oeste pasó a ser la casa del guarda.

Ya en 1908, el noveno duque de Argyll, dueño del castillo, comenzó un trabajo de restauración que nunca se finalizó. Las obras se retrasaron con la llegada de la I Guerra Mundial y luego ya no se continuó con los planes originales porque la dejadez hizo que el tejado de la parte nueva se derrumbara. El 1958 el dueño cedió el castillo al estado y desde entonces pertenece a Historic Scotland, de ahí que esté incluido en el Explorer Pass.

Frente al castillo hay una arcada que nos adentra en el bosque y nos lleva a la Capilla.

El edificio, que data del siglo XIII, fue construido como capilla privada por Duncan MacDougall. En su época fue una de las mejores que había en todo el país. Hoy apenas se mantienen en pie sus muros y no queda resto de su tejado de madera. Lleva en ruinas desde 1740.

Castillo Stalker

Es uno de los castillos medievales mejor conservados de los que quedan en Escocia. Fue construido en 1320, pero quedó abandonado en 1820. En 1965 fue adquirido por un particular que lo restauró. La particularidad de este castillo reside en que sólo se puede llegar a él con la marea baja, ya que está en un islote en medio del Loch Laich. Además, cuando queda rodeado por la bruma, tiene un toque más interesante aún.

Realmente, parece una torre en ruinas sin más, pero no hay que dejarse engañar. No en vano es uno de los castillos más fotografiados de Escocia. Aunque quizá también por haber sido el lugar de rodaje de Los caballeros de la mesa cuadrada.

Castillo de Doune

Se trata de una fortaleza medieval situada en una de las curvas del río Teith, rodeado por un espeso bosque.

Es famoso por ser lugar de rodaje de Los caballeros de la mesa cuadrada de los Monty Pyton, pero desde hace unos años lo es más aún ya que se convirtió en el castillo de la familia Stark en Invernalia en la serie Juego de Tonos. También en él se ha rodado la serie Outlander.

Se construyó en el siglo XIII como residencia del Duque de Albany. Posteriormente fue bastión de los Estuardo hasta que en el siglo XVIII se quedó prácticamente derruido. A finales del XVI fue escenario de guerras y funcionó como prisión durante las guerras jacobitas. Tras quedar en ruinas se comenzó una tarea de restauración y finalmente en el siglo XX pasó a manos del gobierno. Así pues, entra dentro del Explorer Pass y en la entrada se incluye una audioguía para que te acompañe en la visita.

Castillo de Stirling

El Castillo de Stirling se levanta sobre un antiguo volcán extinto, en un entorno menos urbano que el de Edimburgo. Desde su posición se controla el acceso a las Highlands, se puede ver toda la llanura de la ciudad, el famoso puente e incluso el imponente Monumento a William Wallace.

Es una parte importante de la herencia escocesa. Está lleno de historia, por un lado porque fue testigo de las diferentes batallas que tuvieron lugar en su colina. Además, fue protagonista de la Primera Guerra de Independencia de Escocia, que se inició con la invasión de las tropas de Eduardo I. Cuando los ingleses se hicieron con la Piedra del Destino y se la llevaron a la Abadía de Westminster, se inició una revuelta popular escocesa comandada por William Wallace. La última batalla que vivió fue la defensa ante el ataque jacobita en 1746. Por otro lado, el castillo fue el lugar en el que se han coronado muchos reyes y reinas de Escocia, entre ellos María I de Escocia en 1542. Además, algunos de los reyes escoceses, como James III, nacieron en el castillo.

Entra dentro del Explorer Pass y es el segundo castillo más visitado del país, por detrás del de Edimburgo. Lo que podemos ver hoy en día es el trabajo de restauración que le ha devuelto la grandeza y encanto del siglo XIV. Pero está muy bien acondicionado y hace que la visita sea muy interesante, didáctica y lúdica.

Esta lista es solo una pequeña muestra de lo que se puede visitar. El mapa de Escocia está salpicado de numerosos castillos. Son algo tan característico del paisaje escocés que hay mucho donde elegir. Estés donde estés, siempre habrá alguno cerca. Solo has de hacer tu propia selección.

Naturaleza y fauna en Escocia

Escocia es un país de contrastes en el que, sin salvar largas distancias, podemos encontrar vertiginosas cumbres, paisajes silenciosos, valles bucólicos, campos de golf inmensos, lagos profundos, playas solitarias, escarpados acantilados y cuevas rocosas. Recorriéndola predominarán el verde de sus prados, el azul del agua que tanto abunda y el gris de su cielo.

Como ya mencioné cuando hablé del clima, la geografía del país es muy variada y contrastan las montañosas tierras del norte frente a los páramos del sur. La costa Este es el huerto de Escocia y donde abunda el pasto, mientras que en la Oeste destaca el excepcional marisco de las islas. Pero no todo se debe a la climatología, tiene más que ver con la formación rocosa de las tierras escocesas y la falla de las Tierras Altas. Y es que Escocia posee una enorme diversidad geológica para tratarse de un territorio relativamente pequeño.

Nosotros recorrimos sobre todo las Tierras Altas, una región montañosa plagada de naturaleza salvaje con paisajes verdes, valles de origen glaciar cargados de ríos y cascadas en cuyo ambiente flota un aire de misterio acentuado por ese cielo plomizo tan característico escocés. En este territorio encontramos el alma de los clanes, el sentir de un pueblo.

Entre los paisajes naturales más majestuosos que podemos encontrar en un viaje a Escocia, se encuentran:

Ben Nevis: También conocida como The Ben, es la montaña más alta del Reino Unido con sus 1344m y una de las favoritas entre los apasionados del alpinismo.

Glen Coe: Esta garganta, efecto de la glaciación es uno de los valles más impresionantes de todo el país. La parada más significativa son las tres montañas que reciben el nombre de Las Tres Hermanas. Además de su sobrecogedora visión, va acompañada por una trágica historia.

Loch Lomond: Es uno de los lagos más emblemáticos del país y da nombre (en parte) al Parque Nacional del Lago Lomond y las Trossachs, el segundo de los Parques Naturales escoceses. Este lago es la superficie de agua dulce más grande de todo el Reino Unido.

Loch Katrine: También en el mismo parque que el anterior, destaca por los bosques, cascadas y el propio entorno del lago. Ha sido la musa de muchos literatos escoceses, entre ellos Walter Scott en Rob Roy.

Loch Ness: Sin duda es el lago por excelencia. No es el más grande – aunque sí el más profundo – , ni tampoco el más impresionante, pero la leyenda de su monstruo le ha catapultado a la fama. Hablar del Lago Ness es hablar de enigmas, misterios y leyendas, pero también de historia, ya que cobró importancia al ser parte del canal Caledonio conectando el mar del Norte con el Atlántico.

Parque Nacional de los Cairngorms: Es un parque tan extenso como La Rioja y es lo más representativo de la fauna y la flora de las Tierras Altas. En él se pueden practicar deportes al aire libre, tanto relacionados con el alpinismo, como acuáticos. Dentro de este parque es donde se encuentra el Castillo de Balmoral, el lugar de vacaciones de la Reina Isabel.

Por supuesto, no podemos olvidarnos de las islas, donde abundan las blancas playas y el clima es algo más suave que en la costa Este o las Tierras Altas. En invierno son un lugar perfecto para observar las auroras boreales, y en verano para disfrutar del paisaje o del avistamiento de aves o de mamíferos marinos.

Pero esto son tan solo  algunos ejemplos de lo que podemos encontrarnos, pues se necesita bastante tiempo para descubrir la riqueza natural de Escocia. En cualquier caso, la pequeña parte que hemos conocido no nos ha pasado desapercibida.

Y con este panorama, tenemos un buen entorno para la flora y la fauna. Tanto en el campo como en la ciudad siempre hay un bonito parque o un bosque. Aproximadamente el 14% de la superficie de Escocia está cubierta por bosques. Además, cuenta con una amplia gama de rutas naturales señalizadas de diversa intensidad y longitud.

La fauna autóctona ha cambiado mucho. Lejos quedaron los animales de la glaciación como el rinoceronte, el mamut, el oso polar o el zorro. Se fueron extinguiendo, como el lince europeo, el oso pardo, el jabalí o el lobo común. Algunos animales fueron desapareciendo por la colonización posterior tras la era de hielo, otras por la mano del ser humano, y otras por la introducción de especies extranjeras que se han mezclado con las locales, o bien han acabado con su población.

Hoy en día destacan los gatos monteses, las vacas con flequillo, las ovejas, las cabras, las focas, los delfines, las orcas, los frailecillos o el águila real.

Y no hay que olvidarse del agua dulce. Escocia tiene más del 90% del volumen y el 70% de la superficie total del agua dulce del Reino Unido. Hay más de treinta mil lagos de agua dulce y seis mil ríos. Y uno de sus peces por excelencia es el salmón. Si hablamos de insectos, no podemos olvidarnos de los temidos midges.

El gato montés está en serio peligro de extinción. En la década de los 50 del siglo pasado se los exterminó sin control para extraer su pelaje. También han desaparecido casi totalmente los renos, porque fue cazada indiscriminadamente durante el siglo XII. Aunque sí podemos encontrar ciervos rojos y corzos.

Pero si hay un animal típico de estas tierras son las famosas vacas con flequillo, o coos. Tan escocesas como el kilt o la gaita. Pertenecen a una raza autóctona de las Tierras Altas y se caracterizan por un pelaje largo, patas cortas, cuernos curvados y un espeso flequillo que cubre parcialmente sus ojos. Al parecer es la raza de vaca registrada más antigua del mundo.

Aunque la imagen que todos tenemos en la mente es la vaca de pelaje rojizo, lo cierto es que también las hay negras, blancas e incluso de un tono parduzco. La particularidad de su pelaje hace que sean excepcionalmente resistentes al duro clima escocés. Incluso los terneros recién nacidos son capaces de aguantar unas condiciones especialmente adversas. Su característico pelaje tiene dos capas: una externa que puede sobrepasar los 30 cm de largo y que es aceitosa, lo que impide la absorción del agua (ya sea en forma de lluvia o nieve); y una inferior que es más suave y que las protege de las inclemencias y consigue que conserven la temperatura. Gracias a esta doble capa, son capaces de sobrevivir a climas fríos en los que abundan las lluvias y los vientos.

Pero, como la naturaleza es sabia, si el verano es seco y caluroso, la vaca pierde el pelaje exterior, volviendo a generarlo a la llegada del frío. Yo creo que por eso las que vimos en nuestro viaje no parecían tener mucho pelo. Era verano e iban con su traje ligero. Sí que conservaban el flequillo, pero apenas tenían una capa superior en forma de hilillos.

En la actualidad, estas bestias peludas se crían por la calidad de su carne y porque su leche es rica en grasa. Aunque también se usan para el pasto. Y es que pesan menos que sus primas de otras razas no llegando los toros a la tonelada y rondando las vacas los 500 Kilos. Así pues, no dañan tanto el suelo al ser más “ligeras”. Pero, además, pastan de todo, y esos cuernos largos y curvados permiten arrancar maleza y malas hierbas, y en invierno escarbar en la nieve.

A nosotros nos costó encontrarlas durante nuestra primera parte del viaje. No sé si porque no son tan comunes en la parte este, o porque quizá habían liberado esa capa extra y no las identificábamos. Las primeras las vimos ya cuando bajábamos por la costa oeste. Después una manada bastante grande cerca de Oban. Y ya cuando pensábamos que no íbamos a ver más, hacia final del viaje, en Stirling, a los pies del castillo, había unas pocas descansando plácidamente.

Pero no solo de campo vive Escocia. También tiene mucho mar, y además muy productivo biológicamente. En sus costas se encuentra un tercio de la población mundial de delfines y ballenas.

Podemos avistar delfines en Moray Firth, donde habita una colonia de aproximadamente cien. Aunque se han visto amenazados por la producción de combustible y gas en la zona.

Las focas que se pueden encontrar en el litoral escocés pertenecen a dos especies: la foca gris y la foca común. Al parecer son muy abundantes, llegando a suponer cerca del 36% de la población mundial (y más del 90% de la británica).

Nosotros no tuvimos suerte y no vimos a estos mamíferos. Aunque también es verdad que nos quedamos en la orilla. Siempre se puede tomar una excursión a las islas. Al adentrarse mar adentro, es más fácil encontrarlos.

En cuanto a las aves, hay casi seiscientas especies de águilas reales habitando en Escocia. También otras rapaces como el azor, el gavilán o la lechuza. Y no pueden faltar los cuervos con tanto bosque, aunque en Escocia suelen encontrarse en los paisajes montañosos y las costas oceánicas.

Pero sin duda lo que abundan son las aves marinas. En Escocia se encuentran casi la mitad de la Unión Europea. Mis favoritos son los puffins (frailecillos), tan graciosos ellos con sus picos de colores… Aunque recordemos que eso es cuando están en época de apareamiento y se engalanan.

La posición de Escocia, al oeste de Europa, es propicia para muchas aves, pero también sirve como parada para algunas que normalmente no deberían visitar el país. Hay veces que aparecen ciertas aves despistadas, que no localizan sus hábitats naturales.

Si hablamos de agua dulce, en Escocia hay 42 especies, aunque solo la mitad han llegado por su medio. Como decía, el salmón es abundante, y hay casi tantas variedades como ríos.

No obstante, aunque es un país con mucha población animal, según los ecologistas, la vida marina de Escocia habrá desaparecido en 50 años, a menos que se modifique la conducta del ser humano y el uso que hace de los recursos. El informe apunta a que se está dañando el fondo marino sobrepescando el bacalao y el salmón. Las aves también tienen sus problemas, ya que los residuos arrojados en los estuarios y el turismo masivo está modificando las costumbres de los animales. Los recursos parecen ser insuficientes. Los seres humanos y el cambio climático suponemos un desafío para el hábitat natural de muchas especies.

Es una pena que nos estemos cargando el ecosistema. Sería lamentable perder este entorno escocés que supone un paraíso no solo para los animales, sino también para los ojos de los humanos.