Día 10. París. Saint Germain des Pres y Quartier Latin

Nuestro último día en París y aún nos quedaba mucho por ver. Sin embargo, no contábamos con muchas horas. Los escoceses tenían el vuelo después de comer y nosotros a media tarde, por lo que apenas contábamos con la mañana.

Desayunamos, cerramos el equipaje, recogimos el apartamento y marchamos rumbo a Gare du Nord a dejar nuestras maletas y mochilas en las taquillas. Desde allí tomamos el metro hasta Saint Germain des Pres, nuestro punto de partida. Tras la II Guerra Mundial este barrio fue lugar de residencia de intelectuales como Jean-Paul Sartre, Simone de Beauvoir o François Truffaut. Se convirtió en centro cultural, pues era donde se reunían pensadores, músicos, escritores, actores y artistas en general. Hoy ha perdido algo de ese prestigio, sin embargo sus cafés siguen siendo lugar de reunión de periodistas, actores o políticos.

Nuestra primera parada fue la Iglesia Saint Germain des Pres, que le da nombre al barrio. Fue fundada como Basílica en el siglo VI para albergar reliquias y tumbas de reyes. Después se construyó un monasterio benedictino al que se le puso el nombre de Germain en honor a un monje.

La abadía se extendió tanto y adquirió tanta importancia que acabó dándole nombre al barrio. Fue un relevante centro intelectual hasta que en la Revolución fue disuelta, también se destruyeron las tumbas reales de su necrópolis.

Hoy en día quedan en pie la iglesia y el Palacio del Abad. En el interior de la capilla descansan desde 1819 los restos de René Descartes.

No muy lejos queda la Iglesia de Saint Sulpice. 

Es la segunda iglesia más grande de París después de Notre Dame. Fue construida en el siglo XVII, aunque sus cimientos pertenecen a un antiguo templo románico. En 1645 se encargó una ampliación para albergar a más feligreses, ya que la población estaba creciendo, sin embargo, tardaron 130 años en terminarla.

Su fachada es de estilo italiano, con dos hileras de columnas. Cuenta con dos torres, que son diferentes, ya que fueron diseñadas por dos arquitectos distintos. Una mide 68 metros y la otra 73.

Además, esta iglesia alberga en su interior el gnomon, un sistema astronómico instalado en 1743 por los científicos del Observatorio de París para determinar los equinoccios. Este aparato llamó la atención de Dan Brown, quien la hizo escenario de El Código Da Vinci.

Es Monumento Histórico desde 1915 y en ella se guardan dos importantes obras de Delacroix: Jacob luchando contra el ángel y Heliodoro expulsado del templo. Me llamó la atención que hubiera sillas, como en los templos ortodoxos, y no bancos, como suele ser habitual en las iglesias católicas.

Sobre la puerta de acceso encontramos un impresionante órgano de tubos que data de 1862 y que aún funciona hoy en día.

La iglesia se encuentra en la plaza de Saint Sulpice, en cuyo centro se alza “La Fuente de los Cuatro Puntos Cardinales” de Visconti. En ella se representan los cuatro obispos predicadores de la época de Luis XIV: Bossuet, Flechier, Massillon y Fenelon. Cada uno de ellos señala un punto cardinal.

Tomando la Rue Garancière llegamos a los Jardines de Luxemburgo.

María de Médici, la reina regente de Francia, cansada del Louvre, mandó construir un palacio de estilo italiano que le recordara a su Florencia Natal, el Palacio de Luxemburgo. Con el paso del tiempo el jardín se le quedó pequeño y fue adquiriendo terrenos adyacentes para anexionarlos y ampliarlo. María no lo vio completado, pues para cuando se terminó el palacio ella ya había sido desterrada.

Sus siguientes dueños realizaron algunos cambios, pero no los cuidaron de igual modo y llegaron a estar abandonados. Con la Revolución Francesa el Palacio fue transformado en prisión. Más tarde, durante la II Guerra Mundial los nazis lo usaron como cuartel, llegando a construir incluso un búnker en el jardín.

La superficie de 25 hectáreas pertenece al Senado, que tiene su sede en el Palacio, aunque los jardines están abiertos al público y hoy se han convertido en un lugar de esparcimiento para parisinos y visitantes. La disposición de los jardines se articula en torno al palacio y su centro es el lago octogonal. Los jardines son muy completos y en ellos se pueden realizar diferentes actividades. Cuentan con zonas para pasear entre estatuas y esculturas; con otras habilitadas para jugar al tenis, a la petanca u otros deportes; con espacios de juegos para niños, teatros de marionetas y un tiovivo; con huertos, restaurantes y hasta una escuela de apicultura… Además hay espectáculos y se puede contratar un paseo a caballo.

Pero también podemos encontrar en los Jardines de Luxemburgo un buen lugar donde descansar lejos del bullicioso transitar de la ciudad. En el recinto abundan las sillas verdes de metal, al igual que en el de las Tullerías. Había mucha gente sentada leyendo o jugando al ajedrez.

Y si se va con niños, se puede alquilar un barquito y jugar a manejarlo con una vara. Me resultó muy curioso este entretenimiento, no lo había visto en mi vida, pero parecía causar sensación entre los pequeños parisinos.

Abandonamos los jardines y nos dirigimos al Panteón.

Fue construido entre 1764 y 1790. Ordenado por Luis XV como agradecimiento por recuperarse de una grave enfermedad, fue dirigido por Jacques-Germain Soufflot al inicio y, tras su muerte, por Jean Baptiste Rondelet. Es uno de los primeros monumentos de estilo neoclásico que se erigió en Francia. En origen iba a ser una iglesia dedicada a Santa Genoveva, patrona de la ciudad, sin embargo, los problemas económicos y la muerte del arquitecto provocaron que no se finalizara hasta la Revolución Francesa, y en aquel momento primaba más el sentimiento patriótico que el religioso, por lo que se decidió que se convirtiera en templo para albergar los cuerpos de los ilustres de la patria. En 1793 se grabó la inscripción Aux grand hommes, la patrie reconnaissante (A los grandes hombres, la patria agradecida) en el frontispicio. El Panteón es Monumento Histórico desde 1920.

El diseño del Panteón está basado en el de Agrippa en Roma y pretendía combinar la sencillez de la arquitectura gótica con la majestuosidad de la griega. Tiene una planta con cuatro naves en forma de cruz griega. En el centro se alza la cúpula inspirada en la londinense Saint Paul. Durante años fue el lugar más alto desde donde divisar la ciudad, después perdió ese reconocimiento al construirse la Torre Eiffel.

Durante el siglo XIX sirvió fue alternando su fin, siendo usado tanto religioso como patriótico, dependiendo del régimen político. A partir de 1806 fue lugar de culto, y tras la caída de Napoleón se eliminó la inscripción del frontispicio quedando únicamente como iglesia. Sin embargo, en 1830 volvió a ser un panteón, conocido como el Templo de la Gloria (que se renombró como Templo de la Humanidad en 1848). En el Segundo Imperio vuelve a ser un templo religioso y, finalmente, en la Tercera República fue cuando se convirtió en mausoleo y comenzó a albergar los cuerpos de personalidades ilustres. En él descansan los féretros de Rousseau, Voltaire, Jean Jaurès, Marie Cure, Louis Braille, Victor Hugo, Alejandro Dumas, entre otros.

En 1851 Foucalt, aprovechando la altura del edificio, instaló un péndulo para probar la rotación de la tierra. Lo que se puede ver ahora es una réplica que se instaló en 1995.

Alrededor de la Plaza del Panteón se encuentra la Biblioteca de Santa Genoveva, la Facultad de Derecho de la Universidad de la Sorbona y el Ayuntamiento, estos dos últimos prácticamente iguales.

La Universidad de la Sorbona es una de las universidades más antiguas y prestigiosas del mundo. Fue fundada en el siglo XIII por Robert de Sorbon, que pretendía que los jóvenes pobres pudieran acceder a los estudios de teología. Se localiza en el mismo lugar en que se fundó, aunque se ha ido expandiendo con nuevos edificios por el barrio, e incluso en otros puntos de la ciudad. Desde 1970 está dividida en 13 facultades en las que se puede estudiar Ciencias Sociales, Humanidades, Artes, Historia, Economía, Derecho, Geografía o Filosofía. Las aulas que todavía se utilizan fueron reconstruidas entre los años 1885 y 1901.

Fue testigo del famoso Mayo Francés, cuando grupos estudiantiles de izquierda protestaron y la ocuparon.

Bordeando el Panteón, llegamos a la Iglesia Saint-Etienne-du-Mont.

Fue erigida en el siglo VI como una capilla a partir de la cripta de la abadía de Santa Genoveva. Sin embargo, lo que vemos hoy en día data de finales de siglo XV.

En esta iglesia catalogada como monumento histórico se guardan los restos de la patrona de la ciudad. Y también a ambos lados del presbiterio se encuentran las tumbas de Blaise Pascal y Jean Racine.

Continuamos en el barrio hasta llegar a la Gran Mezquita de París, construida en 1926 en estilo hispanoárabe.

Es la mayor de Francia con una extensión de una hectárea de superficie. Tiene una sala de oraciones, una escuela, biblioteca, sala de conferencias, restaurante, salón de té, un baño turco y establecimientos comerciales donde venden productos tradicionales árabes.

Cuenta con un minarete de 33 de metros inspirado en el de la mezquita Zitouna de Túnez. El resto de la mezquita copia el estilo de la de El-Qaraouiyyîn de Fès, en Marruecos.

Volvimos hacia el corazón del barrio por la Rue Mouffetard, una de las calles con más vida, plagada de restaurantes y cafés. Al parecer es una de las calles más económicas, así que decidimos buscar un lugar donde comer antes de despedirnos de los escoceses.

No podíamos irnos de París sin probar las crêpes, así que acabamos en La Petite Bretonne, un restaurante en el que por 12-13€ tienes un menú con una crêpe salada y otra dulce. Eran inmensas y estaban muy ricas.

Yo apenas llegué a la dulce de lo llena que acabé con la salada.

Y hasta aquí nuestra ruta matutina.

Día 9 IV Parte. París. Torre Eiffel y Moulin Rouge. Visita Nocturna

De vuelta al apartamento pensamos que al día siguiente nos marcharíamos y sería la última oportunidad que tendríamos durante nuestro viaje de ver la ciudad de noche. Así pues, volvimos al alojamiento, nos duchamos, cenamos, dejamos medio preparado el equipaje y volvimos a salir.

Como era tarde y estábamos cansados, decidimos que teníamos que seleccionar. ¿Y qué más icónico de París que la Torre Eiffel y el Moulin Rouge?

Así pues, tomamos el metro y para ver la torre nos fuimos a Trocadero, desde donde se obtiene una buena panorámica, aunque había unas vallas que no permitían acercarse al muro. No éramos los únicos que habíamos tenido la misma idea, había mucha gente con teléfono o cámara en mano inmortalizando el momento.

La vista es totalmente diferente a la de del día. La torre acapara todas las miradas, y, al fondo, la basílica de Notre Dame. La torre cuenta con un par de haces de luz azul que van girando y que se ven hasta 80 kilómetros de distancia en noches claras.

Y lo mejor llega a las horas en punto, cuando la iluminación deja de ser fija y comienza a brillar. Esto es gracias a unas 20.000 luces parpadeantes

Esta iluminación fue añadida en 1985 y está protegida por los derechos de autor aplicables a una obra artística según el marco legal francés. Según la web del propio monumento: “La Torre Eiffel construida en 1889 es de dominio público. Las vistas de la torre de día están libres de derechos. En cambio, sus diferentes iluminaciones están sujetas a derechos de autor y derechos de marca. Cualquier uso profesional o comercial de dichas imágenes deberá realizarse previa solicitud a la Société d’Exploitation de la Tour Eiffel (SETE).”

Así pues, parece que solo es aplicable en casos en los que se vaya a tener un rendimiento comercial, por lo que no se aplicaría al uso particular.  Como siempre las leyes a la vanguardia de la actualidad. No parece tener mucho sentido este tipo de normativa teniendo en cuenta la forma en que nos relacionamos y comunicamos hoy en día.

Cuando acabaron los brillos, volvimos al metro y nos dirigimos a Montmartre, para ver el Moulin Rouge iluminado. Aquí no solo cambiaba el aspecto de la fachada, sino que el barrio estaba mucho más animado, algo normal un viernes a medianoche.

Tras las fotos de rigor, volvimos de nuevo el metro rumbo al apartamento, esta vez para dormir, pues estábamos agotados.

Serie Terminada: Marvel’s Agent Carter

Se han puesto de modas las sagas de superhéroes. Tanto Marvel como DC tienen sus películas y series. Y realmente es un galimatías decidir seguir alguna, porque a la que te descuidas, te hacen un crossover y, o sigues todas, o estas perdida. Esto me ha pasado con Arrow, que hace poco nos hemos puesto al día con las cinco primeras temporadas y a mitad de cada una de ellas se entremezcla con las tramas de The Flash, Supergirl y Legends of Tomorrow, que no sigo.

De Marvel ya descarté en su día Marvel’s Agents of S.H.I.E.L.D. Vimos el piloto y no me terminó de convencer, así que se la dejé al amante de los cómics para que la viera solo. Sin embargo, sí que me pareció interesante el primer capítulo de Marvel’s Agent Carter. Y aprovechando las navidades, nos la vimos en modo maratón. Y es que su primera temporada cuenta con 8 capítulos, la segunda con 10. Lamentablemente fue cancelada, además dejando abierta la historia. Una pena. Pero empecemos desde el principio.

La serie arranca con escenas de la película Capitán América: El primer vengador. En esta cinta ya apareció el personaje de la Agente Carter y, más allá de ser la damisela en apuros, resultó ser un personaje digno de ser explotado. Ahora, en 1946, tras acabar la II Guerra Mundial y de perder al Capitán América, Peggy Carter trabaja en las oficinas de la Reserva Científica Estratégica. Los hombres han vuelto de frente, y las mujeres, que se habían encargado de tirar del país, de nuevo se ven degradadas a puestos inferiores. Así, la protagonista será relegada a servir cafés, atender el teléfono, clasificar el correo y archivar documentos mientras sus compañeros hombres reciben las misiones importantes.

Pero ella no se amedrenta ante nada, y menos aún cuando Howard Stark solicita su ayuda. Mientras que el resto de hombres de la oficina la tratan de forma paternalista; Stark, sin embargo, conoce su valía en el frente, por lo que le encarga la misión de recuperar sus inventos que están apareciendo misteriosamente en el mercado negro tras haber sido robados. En la Reserva Científica Estratégica lo acusan de traición y van tras él, pero todo es un montaje. La Agente Carter deberá trabajar paralelamente a sus compañeros para limpiar el nombre de Stark y encontrar a los verdaderos culpables. Para ello contará con la ayuda de Edwin Jarvis, mayordomo personal del inventor (un tanto peculiar y estricto en cuanto a horarios).

Los actores elegidos cuadran muy bien en sus papeles, sobre todo Hayley Atwell y James D’Arcy. El señor Jarvis aporta un toque cómico dentro de la tensión de las misiones, y demuestra ser un compañero fiel.

Marvel’s Agent Carter no es una serie de superhéroes, tiene más bien el toque de drama de espionaje y aventuras clásico. La protagonista no tiene superpoderes, ni lanza rayos, ni se teletransporta, ni lee la mente… eso sí, como buena espía está bien entrenada y aprovecha toda su valía y astucia. Y también le va la acción, para que no nos olvidemos que estamos en un producto Marvel.

Su fotografía recuerda al cine clásico de magnetófonos, salas de baile, señores fumando puros con sombrero y traje. Magnífica la escena en la que Carter va andando con su traje azul y sombrero rojo entre una marabunta de hombres vestidos de gris. También el estilo y los diálogos tienen ese toque de película antigua con cierto toque de cine negro.

Sin embargo, aunque la primera temporada me enganchó, la segunda me decepcionó en gran medida. Con la nueva entrega se pierde la esencia de la ambientación. Por un lado, el enfrentamiento con el machismo de la época desaparece. Mientras que en los ocho primeros capítulos la Agente Carter tiene que reivindicar su puesto ante jefes y compañeros, en la última tanda estos prejuicios han desaparecido totalmente. Que está muy bien como idea, pero no me lo trago.

Por otro lado, en la segunda temporada se ha perdido la ambientación que le daba ese toque de película. Los Ángeles no es Nueva York. No es que sea peor, es que la luminosidad de California no casa muy bien con las historias de espías. Sin embargo, la luz, las calles y los rascacielos de la Costa Este, sí que meten al espectador en la historia.

Así pues, dos aspectos que me distraían de la nueva trama, por un lado la localización, y por otro que el personaje principal hubiera perdido esa rebeldía de los comienzos. No por ella, sino porque nadie le hace frente. Además, el resto de personajes son planos, sin desarrollo. Y los nuevos villanos un tanto descafeinados.

Tampoco la nueva historia me enganchó del mismo modo. Era mucho más interesante la búsqueda de los inventos de Stark, así como mostrar su inocencia, que las amenazas atómicas. Por no hablar de la maldita manía de meter con calzador historias románticas que no vienen a cuento.

En fin, me enganchó el piloto, me gustó mucho la primera temporada, pero me decepcionó la segunda. Quizá deberían haberse plantado tras los 8 primeros episodios a modo de miniserie o película larga y así no se habría desvirtuado el personaje.

Día 9 III Parte. París. Palacio Borbón, Museo D’Orsay e Isla de la Ciudad

El Pont Aleixandre nos lleva al barrio de Saint Germain des Pres, el barrio que en su día lideraba la vida intelectual parisina en los años 50 del siglo pasado. Hoy en día está más urbanizado y animado que entonces. Conserva de aquella época algunas editoriales y los escritores aún frecuentan el barrio para reunirse con sus agentes.

Continuamos hasta el Palais Bourbon. Originalmente construido en 1722 para Louise-Françoise de Bourbon, duquesa de Borbón, hija legitimada de Luis XIV, hoy en día es la sede de la Asamblea Nacional, la cámara baja del parlamento francés.

Su portada da al Puente de la Concordia, que conduce a la Plaza del mismo nombre.

Continuando por el margen del río, vamos dejando en la orilla contraria el Jardín de las Tullerías y llegamos al Museo D’Orsay, el más famoso de París tras el Louvre.

El edificio es impresionante. En origen, 1900, era una estación de tren, que estuvo a punto de ser derruida. Sin embargo, en 1986, tras llevar 47 años cerrada, se decidió que se convirtiera en museo. De aquella época como estación ferroviaria conserva la estructura y el reloj del frontal interior de la nave, a modo de rosetón de iglesia.

Se creó para que acoger artes plásticas del siglo XIX, una época que no cubre ni el Louvre ni el Pompidou. Ofrece una colección permanente, pero también exposiciones temporales que documentan el contexto social, político y tecnológico de las obras. Destacan obras de Van Gogh como “La noche estrellada sobre el río Ródano” o “Autorretrato”; de Renoir “Baile en el Moulin de la Galette”; o de Gaugin  “Mujeres de Tahiti”.

Siguiendo Quai Anatole France llegamos al Pont Royal, que nos conduce al Palacio de las Tullerías, sin embargo, continuamos andando, pues ya habíamos recorrido esa parte el día anterior.

El siguiente puente es el Pont du Carrousel, que nos conduce al Louvre. Más adelante nos queda el Pont des Arts, es conocido como el “puente de los candados” por la moda de la novela de Federico Moccia.

La barandilla cedió hace tiempo y se retiraron todos los candados. No obstante, se han seguido colocando. Incluso hasta en las farolas.

A continuación llegamos a la Isla de la Ciudad, el primer puente que la cruza es el Puente Nuevo. Aunque de nuevo tiene poco, ya que es el más antiguo de la ciudad, y también el más largo, con 232 metros. Recibe este nombre porque fue el primero de piedra que se construyó en París cuando todos los anteriores eran de madera.

Es el primer puente que cruza todo el Sena, ya que atraviesa la isla y conecta ambas orillas del río. También era novedoso el hecho de que incorporara aceras para los peatones y balcones con forma de semicírculos para los puestos de los comerciantes y artesanos.

Junto al puente, en la isla, está la estatua ecuestre de Enrique IV, una copia de 1817 de la original de 1614 que fue destruida durante la Revolución Francesa.

Continuamos hasta el siguiente puente, el Pont Saint Michel, construido entre 1378-1387.

Como ocurrió con otros puentes en la época, se llenó de casas, y una riada en 1408 las derribó. Se volvió a construir, solo que en vez de piedra como en su origen, se levantó de madera porque el país estaba pasando por dificultades económicas. En 1547 varios barcos impactaron contra él y se hundió, lo que provocó 17 muertos. Dos años más tarde fue reconstruido, pero de nuevo en 1616 volvió a quedar destruido por la climatología.

Entre 1618 y 1624 se volvió a reconstruir y aguantó hasta 1857 que se llevó a cabo una nueva restauración, dado que se consideraba demasiado estrecho. Esta es la versión que finalmente ha llegado hasta nuestros días con sus 3 arcos, una longitud de 60 metros y una anchura de 30.

Frente a él se encuentra la majestuosa Fontaine Saint Michel. En el Segundo Imperio, durante el plan de transformación urbanística de Haussmann se pretendía ocultar una fachada. En un principio se pensó en una estatua de Napoleón, pero se descartó y se valoró la idea de una obra que representara la lucha del Bien y del Mal. Así pues, se erigió esta estatua en la que el Arcángel Miguel, espada en mano, somete al Demonio. Fue la última fuente que se colocó en una fachada, todas las posteriores se ubicaron en plazas o parques.

Tomando el puente, nos adentramos a la isla. La Isla de la ciudad se encuentra en el punto donde se fundó París. Era tan solo una aldea primitiva cuando la conquistó Julio César en el año 53 a.C. En ella establecieron su residencia los reyes de Francia entre los siglos X y XIV. Vivían en el Palacio, en cuyo interior se encontraban la Sainte-Chapelle y la Conciergerie, hoy incluidas en el complejo del Palacio de Justicia y ambas declaradas patrimonio de la humanidad por la UNESCO.

Hoy ha perdido poder, pues no es donde reside ni el gobierno ni las autoridades eclesiásticas, pero atrae a miles de visitantes gracias a la Catedral de Notre Dame.

Construida entre 1163 y 1345 en estilo gótico, es iglesia y sede episcopal. La fachada está ricamente decorada y flanqueada por dos torres de 69 metros de altura. Tiene planta de cruz latina y mide 40 metros de fachada por 130 de largo. Cuenta con cinco naves y un interior sobrio. Destaca sobre todo el famoso rosetón en el que aparece la Virgen en un bajorrelieve de azules y verdes intensos.

Erigida sobre el emplazamiento de un templo romano, es una de las más antiguas de Europa. No adquirió fama mundial hasta la novela de Victor Hugo, El jorobado de Notre Dame. Fue en ese momento cuando los parisinos echaron la vista al corazón de la ciudad e iniciaron acciones para recuperarla.

Ha formado parte de momentos importantes en la Historia como la coronación de Napoleón Bonaparte, la beatificación de Juana de Arco y la coronación de Enrique VI de Inglaterra. También ha sido escenario de desórdenes: los revolucionarios la saquearon y la convirtieron en un centro de la razón y la usaron como almacén de vinos.

Nuevamente fue secularizada en 1804 por Napoleón y fue restaurada, volvió a colocar las estatuas requisadas, alargó la aguja y reparó las gárgolas.

Se puede subir a las torres en grupos de 20 personas. Tras 400 peldaños se obtener una panorámica sobre el Sena y sus puentes desde la torre sur.

En la plaza se puede ver el punto cero desde donde se cuentan las distancias en Francia.

La verdad es que me gustó bastante más el Sacre Coeur que Notre Dame, al menos su portada, ya que si la rodeamos y nos dirigimos a la Plaza Jean XXIII obtenemos una buena vista de la trasera de la Catedral.

Desde el siglo XVII el palacio arzobispal se alzaba en la plaza, pero fue saqueado con las revueltas de 1831 y tuvo que ser demolido. La fuente de la Virgen se construyó en 1845.

Bordeando la isla llegamos al Boulevard du Palais, calle en la que se encuentra la Conciergerie.

Ocupa la sección norte del antiguo palacio de los Capeto. Cuando el rey Carlos V se trasladó a finales del siglo XIV al palacete de Saint-Pol nombró a un conserje con poderes de justicia. Este palacio se quedó como sede administrativa y jurídica real, y la Conciergerie pasó a ser una prisión. Durante la Revolución fueron encerrados más de 4000 presos, entre los que se encontraba María Antonieta. También Robespierre y Danton antes de ser guillotinados. Hoy alberga la Sala de Militares.

De estilo gótico, fue restaurado en el siglo XIX. Conserva la cámara de torturas del siglo XI y el reloj de la torre, que es el más antiguo de la ciudad y aún funciona.

En la misma calle se encuentra la Sainte Chapelle. Pasa desapercibida por la fama legendaria de Notre Dame, pero es una de las maravillas de la arquitectura gótica de Francia. Por fuera no es nada espectacular, queda escondida tras la fachada del Tribunal Supremo. Al parecer, es su interior lo que llama la atención, pues no tiene muros, sino que está rodeada por 13 vidrieras de gran belleza. Las 1113 escenas de las 15 vidrieras cuentan la historia de la humanidad desde el Génesis hasta la resurreción de Cristo.

Está dividida en dos secciones: la capilla inferior y la superior. La inferior era para uso de los cortesanos, mientras que la superior era usada únicamente por la realeza, a la que se accede por una estrecha escalera.

Fue construida en 1248, bajo las órdenes de Luis IX, quien era extremadamente devoto y de hecho llegó a ser canonizado tras su muerte. En 1239 compró la Corona de Espinas al emperador de Constantinopla y en 1241 un fragmento de la Santa Cruz. Quiso que se levantara esta capilla para guardar estas reliquias. Es curioso que la construcción del templo le costara menos dinero que lo que había pagado por los tesoros. La Corona de Espinas se guarda en Notre Dame.

Nosotros no contábamos con mucho tiempo, ya estaba comenzando a atardecer, y además la entrada nos pareció desorbitada, por lo que no entramos.

Salimos de la isla por la Rue de la Cité y cruzamos al Barrio Latino, donde se encuentra la calle más estrecha de París, la rue du Chat-qui-Pêche, una calle que tan solo mide un metro y ochenta centímetros de ancho.

Callejeamos un poco por la zona en busca de algún recuerdo, ya que vimos que había bastantes tiendas, locales y restaurantes. Así nos encontramos con la Iglesia de San Severín, una de las iglesias más antiguas de París. Y no solo eso, sino que en su torre se encuentran las campanas más antiguas de la ciudad, que datan de 1412.

La iglesia se erigió en el lugar al que iba un peregrino a rezar en el siglo VI, un ermitaño que se llamaba Severín, claro. Quedó destruida por las invasiones vikingas ocurridas en los siglos IX y X. En el siglo XI se comenzó a restaurar, no terminándose los trabajos hasta el siglo XV.

Es de estilo gótico flamígero parisino y conserva del siglo XIII los tres primeros tramos de la nave, el resto de la iglesia es de mediados del siglo XV.

Cansados, regresamos al apartamento.

Día 9 II Parte. París. Trocadéro, Arco del Triunfo, Campos Elíseos y Pont Alexandre III

Tras comer, continuamos por la Isla de los Cisnes hasta la Estatua de la Libertad en el Puente de Grenelle.

Fue donada en 1884 a la ciudad por la colonia de estadounidenses residente en París y fue colocada en 1889 con motivo de la Exposición Universal. Sin embargo, se colocó mirando al este, algo que no gustó a su creador, Frederic Auguste Batholdi, pues consideraba que debería dirigirse hacia el oeste para simbolizar las relaciones entre Estados Unidos y Francia. Él quería que mirara a la que le habían regalado a los estadounidenses y que se había colocado en el puerto de Nueva York en 1886.

En 1937, con una nueva Exposición Universal, fue movida a su ubicación actual, esta vez sí, mirando al oeste.

Está realizada en bronce y mide 9 metros sin contar el pedestal. En el libro que sostiene se pueden leer dos fechas: el 4 de julio de 1776 y el 14 de julio de 1789, que simbolizan las fechas de la Declaración de la Independencia de los Estados Unidos y la Declaración Francesa de los Derechos del Hombre respectivamente.

Mirando a la estatua, a mano derecha nos queda el distrito XV, en el que abundan modernas torres de oficinas junto al río.

Y si miramos desde el río, nos queda la Torre Eiffel al fondo oculta tras los árboles.

Sin embargo, para continuar nuestro camino, tomamos el Puente de Grenelle, y cruzamos al lado opuesto. En vez de seguir andando de vuelta, aprovechamos que teníamos la tarjeta de transporte y nos montamos en un bus que nos llevó hasta Trocadero.

La Place du Trocadéro es muy conocida por sus elegantes cafés. Fue creada para la Exposición Universal de 1878, aunque con el nombre de Place du Roi-de-Rome, en honor al hijo de Napoleón. Frente a la plaza se extiende el Palais de Chaillot, un edificio neoclásico que se contruyó para la Exposición Universal de 1937 y sustituir así al Palais du Trocadéro original que se había erigido en 1878. Cuenta con dos tramos curvilíneos de columnas que llevan a sendos pabellones. Está adornado con esculturas y bajorrelieves. Desde la torre se veía muy bien su diseño.

La plaza que se encuentra entre ambos pabellones está decorada con grandes esculturas de bronce y estanques ornamentales. En su terraza se erigen dos figuras de bronce: una de Apolo y otra de Hércules.

Desde la terraza frente al palacio se contempla una estupenda vista de los jardines, que ocupan 10 hectáreas y cuyo elemento central es el estanque rectangular rodeado de estatuas de bronce. Lamentablemente, las fuentes estaban apagadas.

Más allá se ven el Sena y el Puente d’Iéna, construido por encargo de Napoleón para celebrar su victoria frente a los prusianos en 1806. Este puente es el que nos conduce a la Torre Eiffel.

Desde allí, tomamos el metro hasta el Arco del Triunfo. Es otro de los monumentos emblemáticos de París. Ordenada por Napoleón Bonaparte, esta majestuosa e imponente construcción, se ubica en la Plaza de l’Etoile, el lugar desde donde parten las 12 grandes vías de la ciudad.

Fue erigido entre 1806 y 1836 para conmemorar la batalla de Austerlitz que ganó en 1805 con la táctica de apuntar los cañones hacia el lago por donde cruzaban los rusos. Napoleón no lo vio terminado, pues se necesitaron 2 años para los cimientos y 28 para construirlo. Se ha convertido en un símbolo y es el punto de partida de celebraciones de victorias y desfiles.

Para llegar a él hay que cruzar un paso subterráneo, es imposible cruzarlo en superficie, ya que lo rotonda que lo rodea cuenta con 8 carriles donde además tiene preferencia el que va a entrar y no el que ya se encuentra en ella.

En este paso subterráneo se encuentra la entrada para visitar su interior y subir a su mirador a 50 metros de altura desde donde se puede divisar el barrio de La Défense o toda la Avenida de los Campos Elíseos. Como se nos había ido toda la mañana, no subimos, nos conformamos con verlo desde la su plaza.

En su fachada oriental destacan treinta escudos en los que figuran los nombres de las batallas victoriosas de Napoleón en Europa y Francia. En un nivel inferior al friso se encuentran dos bajorrelieves. El de la izquierda representa la batalla de Aboukir, en la que Napoleón ganó a las tropas turcas en 1799. Por su parte, el de la derecha representa el funeral del general Marceau, quien había derrotado a los austriacos en 1795 pero que murió un año más tarde en una nueva batalla contra ellos.

Los altorrelieves conmemoran el acuerdo de paz del Tratado de Viena en 1810 y la Partida de los Voluntarios de 1792.

En las paredes interiores se grabaron hasta 1895 los nombres de las batallas y de generales que lucharon en guerras que disputó Francia durante la Revolución y el Imperio.

En el suelo hay inscripciones que conmemoran otros acontecimientos como la proclamación de la República en 1870; la devolución de Alsacia y Lorena a Francia en 1918; el recuerdo de los combatientes caídos durante la II Guerra Mundial, la llamada del General de Gaulle del 18 de junio de 1940 y los caídos por Francia en las guerras de Indochina y Argelia.

Y, por supuesto, algo que destaca a los pies del monumento es la llama eterna de la Tumba del Soldado Desconocido.

La idea de honrar a un soldado que simbolizara a todos los caídos en el frente por la patria nace en 1916 durante la I Guerra Mundial. En 1918 la Cámara de los Diputados y el Senado decidieron trasladar al Panthéon los restos mortales de un soldado no identificado. Sin embargo, las asociaciones de excombatientes preferían que fuera en el Arco del Triunfo. Sería trasladado finalmente en una ceremonia el 11 de noviembre de 1920. La llama del recuerdo se encendió el 11 de noviembre de 1923 y desde entonces no se ha apagado nunca. Una de las 900 asociaciones de excombatientes la reaviva cada día a las 18:30.

Tras rodearlo y observar sus detalles, volvimos al paso inferior y enfilamos los Campos Elíseos, la avenida más importante de París y una de las más famosas del mundo. Mide dos kilómetros y discurre entre el Arco del Triunfo hasta la Plaza de la Concordia, donde habíamos acabado el día anterior.

Su nombre hace referencia a la mitología griega, al lugar donde van los héroes después de morir. Es una zona muy animada con tiendas y restaurantes. Eso sí, la mayoría no son aptas para todos los bolsillos. Sobre todo en George V, considerado el triángulo dorado.

Los Campos Elíseos surgió cuando el paisajista André le Nôtre amplió las vistas de la realeza de las Tullerías. La avenida está diseñada para que puedan transitar tanto los peatones como los vehículos y cuenta con una gran zona ajardinada. Los jardines apenas han cambiado desde 1838. Se utilizaron como recinto de la Exposición Universal de 1855. En ellos se encuentran el Grand Palais y el Petit Palais, uno frente a otro, creados como símbolos de la III República para la Exposición Universal de 1900.

El Grand Palais acoge exposiciones de coches antiguos, moda francesa… Pero además, su planta baja alberga una comisaría. Cuenta con una imponente fachada clásica con herrajes art nouveau. Asombra su fran tejado de cristal de 15.000 metros cuadrados y en sus cuatro esquinas destacan enormes estatuas de caballos alados y carros realizadas en bronce.

El Petit Palais alberga hoy en día el Musée des Beaux-Arts de la Ville de Paris. Su plano se extiende en torno a un patio semicircular ajardinado y tiene un estilo similar al Grand Palais. Su cúpula recuerda a la de los Inválidos.

La avenida nos conduce al Pont Alexandre III, que también data de 1900.

Recibe este nombre porque fue construido en homenaje al Zar Alejandro III de Rusia. De estilo Beaux Arts, es uno de los más bonitos de París con sus ornamentos dorados. su decoración art nouveau queda patente en las farolas, querubines, ninfas (que representan a los ríos Sena y Neva), pegasos, conchas y animales marinos. Está iluminado por 30 candelabros de bronce.

El puente consta de un arco de acero de 6 metros de altura de un solo tramo que atraviesa el Sena. Mide 109 metros de longitud y 40 de ancho y sus cuatro columnas contribuyen a sustentar los muelles que soportan las enormes dimensiones de esta estructura.

Su alineación permite observar el Hôtel des Invalides a un lado y el Gran Palacio al Otro.

Escape Room: Plan de Huida, BrainBreak

Después de Tras el espejo, volvimos a una sala de escape a finales de septiembre. Aunque esta vez probamos con una más tradicional, por así decirlo. El juego elegido esta vez fue Plan de Huida, en BrainBreak.

La sala está recomendada para un equipo de 2 a 5 y, como suele ser habitual, se dispone de 60 minutos para escapar.

Llegamos con tiempo a la sala y el Game Master nos recibió con todo ya listo, y tras las preguntas de rigor sobre si teníamos experiencia y qué tal se nos había dado, nos informó de nuestra misión:

El preso más peligroso de la Prisión de Isla Negra, está planeando su fuga. Tras conseguir los planos de la cárcel, ha elaborado un meticuloso PLAN DE HUIDA. Por suerte, hemos conseguido sacarlo de su celda, con la falsa excusa de hacerle un interrogatorio sorpresa. Mientras le tenemos retenido, tendréis que entrar en su celda y localizar sus planos. Eso sí, sólo dispondréis de 60 MINUTOS para completar la misión y salir de la prisión. ¿Seréis capaces?

En este caso encontramos con que tenemos dos misiones. Por un lado, conseguir escapar, claro, y por otro, localizar los planos. No obstante, esto es algo secundario, es decir, se puede salir de la sala sin ellos. Aunque nosotros íbamos a por el pleno. Habíamos ido a jugar, ¿no?

Nos recibió una primera sala ambientada como una enfermería antesala de la celda. Las localizaciones estaban muy bien decoradas, simulando lo que pretendían ser; aunque nos reconoció el Game Master que tuvo que ir simplificándola con el tiempo porque había tenido en casos en que le habían desmontado la parte de atrezzo. De fondo mientras había un hilo musical que aumenta la tensión a medida que pasa el tiempo.

Como siempre, nuestro objetivo era diversificar y revisar las salas de arriba a abajo, buscando objetos, llaves, códigos y claves que nos hicieran avanzar. Los acertijos y puzzles estaban muy bien planteados no siguiendo un patrón lineal, lo cual es de agradecer, ya que permite que se vayan solucionando enigmas sin quedarse atorados. Había de todo, desde asociación de ideas, hasta mecánicos, pasando, cómo no, por pruebas de observación.

Y aunque el desarrollo fue fluido gracias a esta resolución no lineal; tuvimos un par de bloqueos que nos llevaron a pedir pistas. En una ocasión estábamos malinterpretando la forma de introducir un código, algo que luego comentamos con el creador. Al parecer ya le había dado más problemas y había cambiado la expresión varias veces para que no fuera ambiguo, pero parece que no todo el mundo lo interpreta igual. Está muy bien que se escuche a los participantes, ya que de esa manera se hace el juego más dinámico y se mejora cada vez.

En contraste con nuestro último juego, en Plan de Huida sí que teníamos muchos candados que abrir, aunque había una gran variedad en cuanto al método de apertura. Algunos de ellos muy ingeniosos y uno particularmente que no habíamos visto nunca. Además, había un pequeño detalle muy interesante de la ambientación (que mejor no revelar) que obligaba por un lado a la colaboración, y por otro a mantener la calma y no desesperarse.

Los 5 que éramos esta vez nos enfrentábamos a una sala de escape juntos por primera vez. Sí que 4 de nosotros habíamos participado juntos en Muelle 14, pero nada más. Y sin embargo, funcionó el trabajo en equipo bastante bien dándonos cobertura unos a otros, sobre todo en los de lógica, que cuantas más cabezas pensantes, mejor.

Cuando quedaban 13 minutos ya teníamos la clave que nos abría la puerta, sin embargo, nos faltaban un par de candados por abrir que sabíamos que nos tenían que conducir sí o sí a la tarea secundaria: recuperar los planos. Así que decidimos ir a por ello hasta que al menos nos quedara un minuto.

La cuenta atrás fue todo adrenalina. Conseguimos encontrar los planos rozando el minuto y salimos escopetados hacia la puerta, donde nos esperaba uno de los integrantes del equipo clave en mano. Al final nos sobraron 52 segundos. Pero lo conseguimos, seguimos invictos y con ganas de probar nuevas experiencias.

¿Cuál sería la temática del siguiente?

Día 9. París. Los Inválidos, Campo de Marte y subida a la Torre Eiffel

Para nuestro segundo día en París teníamos una ruta bastante completa. Habíamos sacado las entradas por internet para subir a la Torre Eiffel (nominativas, por cierto) pero la primera hora disponible era a las 11 de la mañana, así que nos partía un poco. Aunque como teníamos el alojamiento en la otra punta de la ciudad, nos permitió desayunar tranquilamente y pasear un poco con la fresca antes de la subida a la torre.

Tomamos el metro y nos bajamos en el barrio de Los Inválidos, un barrio con edificios del siglo XVIII que se extiende en sentido sur hasta la Torre Eiffel y el Sena. Esta zona ya era muy cara en en la época de entreguerras.

El Hôtel des Invalides que le da nombre fue mandado construir por Luis XIV entre 1671 y 1676 para los mutilados de guerra, los sin hogar y a la vez como monumento a la propia gloria. Fue el primer hospital de veteranos y discapacitados.

En el centro resplandece la Iglesia del Dôme, con su cúpula dorada de 100 metros de altura. En su origen, iba a ser reservada solo para el rey y para tumbas reales. Sin embargo, a su muerte se desechó la idea y acabó convirtiéndose en un monumento a la gloria de los Borbones. En 1840 Luis Felipe decidió trasladar los restos de Napoleón a la cripta. El emperador había expresado como último deseo que sus cenizas descansaran a orillas del Sena. También se incorporaron varias tumbas de figuras de la milicia y al final acabó como un monumento dedicado a los militares franceses.

Hoy en día el Hôtel acoge el Musée de lÁrmée, que documenta la historia militar desde la Edad de Piedra hasta la II Guerra Mundial. En él se exhibe la tercera mayor colección de armería del mundo.

Desde allí nos dirigimos hacia el Campo de Marte (Champ de Mars), los jardines que nos conducen desde la École Militaire a la Torre Eiffel. Surgieron como recinto para los desfiles de los cadetes, y se ha utilizado para carreras de caballos, vuelos en globo o celebraciones del día nacional.

La École Militaire fue fundada en 1751 para formar a 500 hijos de oficiales sin medios económicos. Uno de los primeros cadetes resultó ser Napoleón.

No había mucha gente, pero ya había algún que otro grupito de escolares haciéndose las típicas fotos con la torre de fondo.

Sobre las 10:40 nos acercamos a la torre en busca de la entrada. Teníamos ya los tickets, pero aún así, contábamos con que íbamos a tener que esperar algo de cola. Sin embargo, tan solo tuvimos que esperar unos 5-10 minutos en el control previo, en el que había personal de seguridad que revisaba bolsos y mochilas.

Una vez dentro del recinto hicimos las típicas fotos de rigor y nos dirigimos hacia nuestra puerta de acceso, la verde. Sin embargo, no nos dejaron pasar porque no eran aún las 11 de la mañana.

La Torre Eiffel es el símbolo parisino por excelencia, y no solo de París, sino de Francia. Fue erigida en 1889 con motivo de la Exposición Universal de la ciudad y causó bastante revuelo, ya que para los ciudadanos de París no veían más que un amasijo de hierros. Algo así como lo que debieron pensar en Barcelona un año antes cuando Gustave Eiffel se la ofreció a la ciudad catalana para su Exposición Universal. En la actualidad, esta icónica estructura de 10.100 toneladas de hierro recibe cerca de 7 millones de visitantes.

Tiene ese peculiar entramado de vigas por la necesidad de estabilizarla frente a los fuertes vientos. Y resulta curioso que la parte de arriba puede llegar a curvarse hasta 18 cm por efecto del calor.

Tras la Exposición Universal se iba a desmontar, sin embargo, Eiffel vendió la idea de que podía ser útil para diversos experimentos científicos: meteorológicos, físicos, astronómicos… incluso de la novedosa telegrafía sin hilos. El ejército llegó a transmitir mensajes a más de 400 km de distancia desde lo alto de la torre y la ciudad decidió dejarla en su lugar.

Durante la I Guerra Mundial un receptor interceptó las comunicaciones de radio enemigas, lo que dificultó el avance alemán. En 1921 se realizó el primer experimento radiofónico. Después, se instaló un estudio provisional y, un año más tarde, en 1922, se emitió el primer programa desde el pilar norte.

En 1935 se instaló un transmisor de televisión y se emitió la primera retransmisión. En un principio había unas 60 líneas, pero en 1945 ya se había llegado a las 441. En el año 2000 se añadió una antena TDF que permitió la emisión de 41 canales de televisión y 32 de radio para la zona de París y alrededores.

En 1944 Hitler mandó demoler la torre, sin embargo, su orden fue desobedecida.

En origen su color original era rojo, como la Torre de Tokio. Después se pintó de amarilla, y en 1899, con la Exposición Universal, de dorado. Después se retomaría el rojo, pero hoy en día es gris. Este color se renueva cada siete años, y es toda una hazaña, puesto que hay que pintarla con brocha. Se encargan 25 pintores y necesitan 18 meses y 60 toneladas de pintura para acometer la tarea.

Con sus 234 metros de altura fue la construcción más alta del mundo hasta 1931, cuando quedó desbancada por el Empire State.

Subimos en ascensor a la segunda planta (también se puede subir andando, pero prepara piernas porque son 1665 escalones). En esta planta a 115 metros de altura se encuentra el restaurante de lujo Jules Verne, uno de los mejores de París y una tienda oficial. Pero sobre todo, ofrece unas magníficas vistas de la ciudad.

Comenzamos asomándonos hacia el Puente d’Iéna, que une la torre con la plaza del Trocadero. De allí nacen seis avenidas: avenida del Presidente Wilson, avenida Kléber, avenida Raymond Poincaré, avenida de Eylau, avenida Georges Mandel y avenida Paul Doumer.

Continuamos con las vistas del Sena y sus puentes. Y al fondo, la Estatua de la Libertad.

Siguiendo hacia la izquierda, tenemos una panorámica con el Campo de Marte extendiéndose a nuestros pies.

Si nos giramos ligeramente a las 11 vemos todo el complejo del Hôtel des Invalides.

Más a la izquierda aún volvemos a encontrarnos con el Sena y, al fondo, alcanzamos a ver Montmartre.

Finalmente, antes de finalizar la vuelta completa, vemos el Arco del Triunfo.

Tras esperar una cola muy mal organizada, subimos a la tercera planta, que cuenta con unas vistas aún mejores. Este tercer nivel a 276 metros de altura soporta hasta 400 personas a la vez. Cuenta con un Bar de champán y la reconstrucción del despacho de Eiffel, donde el arquitecto recibía a sus invitados y que compartía con su hija Claire.

Las vistas son prácticamente las mismas, solo que al estar más arriba, se aprecia mejor aún el diseño urbanístico de la ciudad.

Para finalizar nuestra visita bajamos al primer piso, a 57 metros de altura.

Pero en vez de mirar para arriba, la atracción es un suelo transparente que permite ver el suelo bajo tus pies. No apto para gente con vértigo.

Si esto nos parece demasiado arriesgado. Podemos asomarnos a la barandilla, que nos también nos deja ver la patas.

En esta planta también hay tiendas oficiales, un bufet y una exposición.

La visita a la Torre Eiffel se ha convertido en un imprescindible si se visita la capital francesa, sin embargo, si se cuenta con pocos días, la omitiría, dado que consume mucho tiempo. Fácilmente puede llevar un par de horas si se pasa por todas las plantas y exposiciones, y es un tiempo que se le está restando a una ciudad tan extensa y con tanto que ver. A nosotros se nos había echado la hora de comer encima.

Una vez sobre tierra firme, salimos del recinto y nos acercamos a los puestos de comida a ver qué opciones teníamos. Pero vimos los precios y decidimos esperar y buscar un sitio más alejado, pues pagar 7€ por un panini y una bebida nos parecía poco menos que un robo.

Seguimos hasta el Puente Bir-Hakeim.

El primer puente que se levantó era una pasarela metálica de uso peatonal que recibía el nombre de Pasarela de Passy. Se construyó con motivo de la Exposición Universal de 1878. Fue reconstruida como puente en 1905 y en 1948 se rebautizaría en honor a la batalla de Bir Hakeim.

Se estructura en dos pisos. El inferior para los peatones y el tráfico de vehículos, y el superior para la línea 6 de metro. El puente cuenta con numerosas placas conmemorativas, también está decorado con cuatro estatuas de piedra en el arco central del viaducto que representan la ciencia, el trabajo, la electricidad y el comercio.

Al otro lado del puente vimos un Subway, así que nos compramos unos bocadillos y volvimos al camino, bajando a la Isla de los Cisnes, donde nos sentamos a comer tranquilamente en un banco a la sombra.