Nueva serie a la lista “para ver”: Baron Noir

Hace unos cuatro años, cuando parecía que el género político estaba en decadencia, Canal+ estrenó Baron Noir, una serie que narra los entresijos más oscuros de la política: corrupción, prevaricación, blanqueo de capitales, chantajes, compra de votos, financiación ilegal, manipulación, traiciones, venganzas… Se centra en la historia de Philippe Rickwaert, miembro del Parlamento y el alcalde de Dunkerque (ciudad industrial del norte de Francia), quien inicia un camino de venganza personal contra su compañero de partido y candidato a la presidencia del país, Francis Laugier, después de que este le sacrificara para proteger su propia campaña.

La trama arranca cuando, entre las dos rondas de la elección presidencial, Rickwaert recibe el chivatazo de que la policía judicial está investigando la financiación ilegal de la campaña del Partido Socialista y de que van a hacer un registro en su sede. Inmediatamente, y a contrarreloj, intenta recopilar el máximo dinero posible para ocultar ese desfalco y desprenderse de todas las pruebas que los incriminen. Sin embargo, todo se enturbia cuando el tesorero de su oficina, presionado para asumir la responsabilidad, se suicida. Es aquí cuando Laugier aparta a Rickwaert y se inicia una guerra entre ambos por hacerse con el poder del partido y salir impunes de cualquier acusación judicial. Philippe, que ha hecho toda su carrera en el Partido Socialista, se siente traicionado y recurre a sus conexiones gestadas durante años para ganar las luchas políticas en contra de todos aquellos que le han dado de lado. Su mayor aliada será Amelie Dorendeu, la consejera del candidato.

Este inicio recuerda mucho a House of Cards cuando Frank Underwood no consigue el puesto de Secretario de Estado que le habían prometido y comienza una cruzada contra sus enemigos en la que no le importa mancharse las manos de sangre. Philippe Rickwaert tiene un poco de Underwood, es un personaje que viene de humilde origen obrero y ha pateado las calles, los sindicatos y asociaciones, sin embargo no quiere quedarse en el ámbito municipal, sino que aspira a estar en lo más alto. Llegados a este punto, no se trata tanto de motivaciones económicas, sino que está cegado por la erótica del poder y le da igual que caiga quien caiga siempre y cuando él consiga su objetivo.

Es curioso cómo series sobre un tema como la política, que a priori a mucha gente le resulta aburrido, han conseguido despertar el interés de un buen número de espectadores. En este caso, Baron Noir ha recibido muy buenas críticas a nivel nacional, pero también internacional, gracias a su retrato tan realista de la actualidad política. Porque aunque muestre sin tapujos las cloacas de la política francesa, los temas que expone sobre la mesa (divisiones internas y luchas por el poder dentro de los partidos, la corrupción, las financiaciones ilegales…) son extrapolables en prácticamente todos los países. Además, independientemente de que sea una serie con un trasfondo político, no deja de ser un buen thriller en el que destacan las mentiras, las luchas de poder, las grandes traiciones y las venganzas planeadas a fuego lento.

La doctrina del shock, Naomi Klein

Qué mejor momento para recomendar un libro que en su día y cuando además estamos confinados en casa con mucho tiempo libre. El que traigo hoy viene muy pegado a la actualidad, ya que lo que relata en sus páginas establece un paralelismo con lo que estamos viviendo.

En La doctrina del shock la periodista y escritora canadiense Naomi Klein repasa la historia mundial reciente (desde los años 50 del siglo pasado hasta poco antes del momento de su publicación en 2007) y pone en evidencia cómo el capitalismo se ha aprovechado de las crisis para introducir medidas de choque económicas. Esta investigación de cuatro años desmonta el mito del mercado libre y muestra cómo mientras la ciudadanía aún se está recuperando del trauma, los poderosos aprovechan para vender la red estatal a los agentes privados.

El libro arranca repasando experimentos encubiertos realizados por el psiquiatra Ewen Cameron en connivencia con la CIA y establece un paralelismo entre estas pruebas y la terapia de choque económico, en la que los organismos gubernamentales se aprovechan de una sociedad debilitada para torturarla. Presenta también a Milton Friedman, profesor en la Facultad de Economía de la Universidad de Chicago, Nobel de Economía e ideólogo de un movimiento que frente a la corriente keynesiana que confiaba en una economía mixta en la que el Estado fija los precios para que algunos productos sean más asequibles, establece salarios mínimos para proteger a los trabajadores contra la explotación y fomenta una educación pública accesible a todo el mundo;  defendía un capitalismo puro sin intervención del Estado, aquello del libre mercado y que este se autorregula solo si se le deja a su libre albedrío (si hay fallos, es porque ha habido alguna intromisión).

Friedman se oponía a cualquier reglamentación y regulación que impidiera la acumulación de beneficios. No proponía la eliminación completa de los impuestos, pero de existir, debía tratarse de tasas fijas (y bajas) en las que se gravara por igual a todos los ciudadanos, independientemente de sus ingresos. Además, defendía la privatización de sanidad, correos, educación, pensiones… Estas ideas quedaron recogidas en su libro Capitalismo y libertad, un ensayo que caló muy bien en el sector conservador estadounidense, que veía cómo el mundo iba recuperándose económicamente tras la II Guerra Mundial, pero esa riqueza se redistribuía a través de los impuestos llegando también a clases no tan pudientes. Así pues, pronto se convirtió en su programa económico  de referencia.

El problema de estas medidas privatizadoras y de liberación del mercado donde el Estado no interviene y todo queda en manos de empresas privadas no son fáciles de implantar de golpe porque la sociedad se rebelaría (o al menos eso es lo que se esperaría). Por tanto, lo que queda es esperar el momento oportuno para introducirla. Este se da ante una crisis a gran escala, cuando la ciudadanía está traumatizada y pensando en sobrevivir (en solucionar lo más urgente) confiando en el gobierno para que se encargue del resto. Para cuando se quiere recuperar la normalidad las políticas desiguales que enriquecen a las élites y debilitan al resto ya están en pleno funcionamiento. Hay veces que estas crisis han sido fortuitas, pero otras, como bien recoge Klein a lo largo de su libro, han sido conscientemente orquestadas.

Uno de los ejemplos que expone la autora es el de Chile, donde durante los años 60 se becó a muchos estudiantes para que fueran a estudiar a la Universidad de Chicago y así conseguir adoctrinarlos en esta teoría política de Friedman, ya que en Estados Unidos no gustaba el rumbo que estaba tomando el Cono Sur (Chile, Argentina, Uruguay y partes de Brasil) implantando medidas keynesianas. Sin embargo, las ideas no calaron en los partidos políticos chilenos como sí habían hecho en Estados Unidos, es más, en 1970 Allende ganó las elecciones. Cuando este quiso nacionalizar las minas de cobre, a Estados Unidos no le gustó y se fraguó un golpe militar que pretendía, por un lado, expulsar a Allende del poder y, por otro, implantar las ideas de la Escuela de Chicago. El general Pinochet instauró la dictadura, reprimió y torturó a la población para que no hubiera oposición y siguió los consejos de Friedman de privatizar empresas, eliminar control y de precios y recortar gasto público (salvo el militar que aumentó). No obstante, las medidas no funcionaron y una década después había aumentado el paro y la pobreza. A mediados de los 80 Pinochet se vio obligado a nacionalizar muchas empresas. Hoy, casi 40 años después, Chile es uno de los países del mundo con mayor desigualdad.

El caso de Argentina y su dictadura entre el 76 y el 83 fue muy similar. El país también había crecido en la década de los 50, llegando a tener la clase media más numerosa de todo el continente. Con la llegada de Videla al poder, la población fue reprimida, se aplicaron las tesis de Friedman, el país se endeudó y aún hoy intenta recuperarse. En toda dictadura militar de América Latina las deudas nacionales crecieron de forma desorbitada. Cuando los regímenes cayeron, los acreedores exigieron sus pagos, por los que las democracias posteriores tuvieron que lidiar con unas economías de posguerra. Lo paradógico del asunto es que entre estos acreedores estaban el FMI y el Banco Mundial, dos entidades que se supone que nacieron para evitar precisamente estas situaciones y sacar a países de la pobreza (el mismo Keynes participó en la fundación del Banco Mundial); sin embargo, en la realidad han sido los mayores exponentes de la Escuela de Chicago exigiendo a los países que privatizaran sus riquezas endeudándolos más aún.

Klein recoge también los casos de Reino Unido y Bolivia. En el primero de ellos Margaret Thatcher aprovechó la Guerra de las Malvinas en 1982 para despertar un sentimiento patriota y desviar la mirada de la problemática minera que se vivía en casa; mientras que en el país latinoamericano Víctor Paz cambió su programa electoral tras ganar los comicios de 1985 provocando gran pobreza y desempleo. La población se echó a las calles, pero el gobierno aplacó las protestas casi como si de una dictadura se tratara.

En la cuarta parte de La doctrina del shock  la autora sigue con el repaso mundial analizando lo ocurrido en Polonia, Rusia, Sudáfrica y algunos países asiáticos. Todos los casos se parecen mucho. Veamos:

  • Cuando Polonia se independizó de la URSS, el gobierno de Lech Walesa se dejó asesorar por los teóricos de la Escuela de Chicago y siguió los pasos de Bolivia aplicando unas medidas contrarias a las que había prometido en su programa electoral. Por supuesto, esto endeudó al país más aún e hizo que el partido no revalidase su mandato.
  • El G7 y el FMI pretendían que Gorbachov aplicara la terapia del shock en la URSS allá por 1991, sin embargo, este era más partidario del sistema socialdemócrata escandinavo, por lo que se resistió a seguir sus “recomendaciones”. Como reacción, Yeltsin, presidente de Rusia, forzó su dimisión y, formando alianza con otras repúblicas, provocó la disolución de la URSS. Con las manos libres, Boris se dejó aconsejar por economistas liberales seguidores de Friedman que recomendaron las famosas privatizaciones, liberación de precios y recortes sociales. Esto provocó el empobrecimiento absoluto de 72 millones de personas en sólo ocho años y el nacimiento de millonarios. Yeltsin también tuvo su oposición, pero como ya había ocurrido en otros países, se comportó como un dictador reprimiendo cualquier crítica (incluso quemando el Parlamento en 1993). De cara al exterior se vendía el discurso capitalismo vs comunismo que tanto había funcionado durante la Guerra Fría para apoyar al presidente. En este caso Yeltsin volvió a ganar las siguientes elecciones gracias al shock de la guerra chechena y a su control de los principales medios de comunicación.

  • En Sudáfrica, cuando Nelson Mandela llegó al poder tras 27 años en prisión consiguió acabar con el aparthaid, sin embargo, en el ámbito económico ya estaba todo atado y no pudo nacionalizar la banca, las minas o los monopolios tal como había prometido en campaña. La desigualdad no desapareció, sino que se hizo más patente cuando en 1996 se siguió privatizando y recortando en gasto público. Allí tampoco funcionó la terapia de shock.
  • En cuanto a Asia, Klein repasa cómo a finales del siglo XX países como Corea del Sur, Indonesia, Malasia, Filipinas y Tailandia entraron en una gran crisis y el FMI miró para otro lado negándose a ayudarles porque si sus economías se hundían, las empresas occidentales podrían comprar las locales a precio de ganga. Una vez que el FMI intervino, impuso sus condiciones ya bien conocidas: privatizaciones, despidos masivos y recortes en servicios públicos. Como ya se vio en los países anteriormente citados, la fórmula no funcionó.
  • Un caso aparte es el de China, que se la sigue considerando comunista, pero que en los últimos 30 años ha ido privatizando empresas y desregulando precios y salarios. Estas medidas también tuvieron su respuesta en las calles, pero fueron rápidamente aplastadas y han llevado al país a ser hoy en día la fábrica más barata del mundo con trabajadores en condiciones de esclavos.

La parte más interesante (y escalofriante) del libro es cuando ejemplifica el capitalismo de desastres y cómo las empresas han sabido sacar rédito incluso de estas lamentables situaciones. Por ejemplo el huracán Mitch en 1998 dejó devastados países centroamericanos que después recibieron ayudas a cambio de privatizar empresas (que fueron compradas por empresas extranjeras) y liberalizar mercados. En 2004 el tsunami en el Índico fue aprovechado en Sri Lanka, Maldivas, Tailandia e Indonesia para echar a los pescadores de las playas, cambiar las leyes y construir grandes hoteles de lujo. En Estados Unidos, tras el huracán Katrina en 2005, la Heritage Foundation propuso 32 medidas para recuperarse de la catástrofe que incluían privatizar la educación pública (que es vista como una interferencia en las leyes del mercado). En lugar de invertir para reconstruir y mejorar el sistema, se entregaron cheques a las familias para que se pasaran a las escuelas privadas y así cerrar las públicas. Todo siempre en beneficio de las empresas privadas, como impedir que voluntarios recogieran los cadáveres porque se había contratado a una empresa que ya cobraba por cada uno de los cuerpos.

En esto Estados Unidos ya era todo un experto, pues lo acontecido en la invasión de Irak de 2003 había sido un ejemplo de manual de esta doctrina y que merece capítulo aparte. La doctrina del shock recoge la teoría de Stephen Kinzer de cómo el país americano siempre que lleva a cabo operaciones de cambio de régimen sigue el mismo proceso: una multinacional estadounidense sufre una amenaza financiera en otro país (ya sea con obligación de pagar impuestos o respetar leyes locales), Estados Unidos lo ve como un ataque y comienza una ofensiva contra ese país vendiendo su intervención como una liberación. Es lo mismo que ha hecho en Vietnam, en Corea, en Irak…

Klein analiza la guerra de Irak y lo que han vendido como reconstrucción posterior que no ha sido otra cosa que (de nuevo) privatizaciones masivas y liberalización del mercado (menos el petróleo). El dinero fue a parar a empresas británicas y estadounidenses provocando que la industria local se hundiera. El paro empujó a muchos iraquíes al fundamentalismo religioso, que desde entonces fue creciendo dándole alas al Estado Islámico. El mismo del 11S, otro suceso que también se aprovechó para obtener rédito económico. George W. Bush ya venía privatizando todo lo que podía: prisiones, la seguridad de los aeropuertos, el control del espacio aéreo y hasta tareas del departamento de Defensa. Sin embargo, se sirvió del shock de los ataques terroristas para ir más allá y privatizar incluso los interrogatorios de prisioneros. A más información obtenida, más cobraban las empresas, por lo que no es de extrañar que subieran las torturas y muchas confesiones no fueran veraces.

Es un libro extenso pero que se lee rápido gracias a la redacción en tono periodístico y el aporte de datos y de opiniones de gente diversa para ejemplificar cómo esta teoría de Friedman se ha intentado desarrollar una vez tras otra sin éxito alguno. Aunque todo depende del cristal con que se mire, claro, ya que esta doctrina del shock genera grandes beneficios, sí, pero solo para unos pocos. Como bien indica Klein, no se trata de una economía liberal, conservadora o capitalista, sino corporativista, ya que elimina cualquier línea entre el gobierno y el sector empresarial. No es que haya puertas giratorias, es que hay campo abierto.  En cuanto un país avanza hacia políticas de redistribución de la riqueza y mayor inversión social en sanidad y educación, salen manos negras que intentan contrarrestar estas medidas aplicando otras que favorezcan la transferencia de riqueza pública a la propiedad privada, que se incremente la distancia de las clases sociales y todo ello envuelto en un nacionalismo agresivo que justifica que la única inversión del estado sea en defensa y seguridad. Es decir, gasto militar.

Visto lo visto, y leído lo leído, siguiendo la teoría de Naomi Klein, da mucho miedo el futuro. Porque ya estamos ahí, en el germen de la doctrina del shock. Ya tenemos el coronavirus como trauma que nos cambia la visión a lo próximo, a lo actual, y nos perdemos la perspectiva global de lo que sigue ocurriendo en el mundo. Se habla mucho de que deberíamos aprovechar esta situación para imponer una nueva normalidad, más justa, sin embargo, también es el momento perfecto para suspender las reglas del juego democrático e imponer las doctrinas liberales. Ya se vio en el 2008 con el rescate de los bancos y cómo las élites políticas y económicas entendieron la crisis como su oportunidad para especular y lucrarse a costa de una ciudadanía empobrecida. Podemos seguir la senda que ya ha marcado Estados Unidos rescatando a la industria petrolera, o podemos intentar reforzar la sanidad, la educación, la inversión en ciencia y en investigación. Difícil horizonte se nos presenta.

¿Qué coño está pasando?

¿Qué coño está pasando? es un documental sobre el feminismo en España que se gestó a finales de 2017 cuando las calles se llenaron en protesta por la sentencia del Tribunal Superior de Justicia de Navarra sobre el caso de La Manada. Rosa Márquez y Marta Jaenes iban en el coche de camino a casa cuando decidieron que había que recoger aquello que acababa de explotar.

Hasta aquel momento la violencia sexual no era un tema del que se hablara mucho en los medios. Sí, de vez en cuando saltaba alguna noticia de alguna violación o intento de agresión, pero contada prácticamente como de pasada. El caso de la Manada sin embargo supuso un punto de inflexión por la manera en que impactó en la opinión pública. Y no fue solo por la violación en sí, sino porque indignó que se pusiera el foco en la víctima y además abrió el debate sobre el límite del consentimiento y sobre cómo quedan recogidos en el código penal los delitos de abuso y agresión sexual.

Márquez y Jaenes recogen, a través de entrevistas a más de 40 mujeres, el panorama actual español relación al movimiento feminista. Se sientan ante las cámaras nombres muy relevantes de sectores muy diversos. Así, nos entontramos con políticas de diferentes ideologías como Lidia Falcón, Adriana Lastra, Andrea Levy, Irene Montero y Begoña Villacís; con filósofas como Ana de Miguel; con sociólogas como Cristina Hernández o Rosa Cobo; con sexólogas como Loola Pérez; con periodistas y escritoras como Rosa María Calaf, Nuria Varela, Isa Calderón o Henar Álvarez; con juezas como Ana Ferrer; con económicas como Marta Flich; con artistas como Becky Jaraiz y Yolanda Domínguez o con directoras de cine porno como Anekke Necro. También se le da voz a otras mujeres que aportan una perspectiva interesante como María José Jiménez, de Gitanas Feministas por la Diversidad; a Antoinette Torres, de Afroféminas; a Inma Rodríguez, de las Kellys; o a la víctima de trata y activista Amelia Tiganus.

El documental arranca explicando qué es el feminismo y defendiendo que hoy en día sigue siendo necesario porque, pese a que se ha avanzado mucho, la igualdad real aún no existe. Siguen existiendo los malos tratos, la violencia sexual, el riesgo a volver a casa sola, el acoso, los piropos, el mansplaining… Es cierto que mucho de estos temas no se traían al debate público, pero sí que estaban presentes en las conversaciones entre mujeres. ¿Qué coño está pasando? reflexiona sobre cómo queda en evidencia esta desigualdad en todos los ámbitos de la vida, porque es algo estructural. Las mujeres que ponen voz en este montaje opinan sobre temas como la violencia machista, la violencia sexual, la hipersexualización de las niñas, el trato que da la publicidad a las mujeres, el uso del lenguaje, la idea del amor romántico, la ausencia de mujeres en los libros de texto o en los museos, la vida laboral y el techo de cristal (también el suelo pegajoso), la prostitución, la pornografía y los vientres de alquiler, la maternidad, la corresponsabilidad en el hogar, la carga mental… Todas tienen algo interesante que aportar, aunque chirrían un poco Leyre Kahl, Begoña Villacís o Loola Pérez con su mirada neoliberal.

Quitando el detalle de estas invitadas, por lo demás resulta un buen reportaje que pone en evidencia las desigualdades que aún siguen arraigadas de forma totalmente normalizada en nuestra sociedad. Una de las más incisivas es Ana de Miguel, que nos recuerda que ya desde que nacemos hay una marca para las niñas: los pendientes. Y que por mucho que se presuma de que se educa en igualdad, con el mismo acceso a la educación y con las niñas pudiendo ser lo que quieran, lo cierto es que a la vez se transmite el mensaje de que lo importante es encajar en determinada imagen para obtener la aprobación masculina. Y en eso tiene mucho que ver la cultura y publicidad (y no solo de los juguetes), que siguen siendo sexistas. Yolanda Domínguez lleva tiempo analizando cómo se trata a la mujer en las campañas publicitarias.

Además, como recalca Henar Álvarez, a ellas les faltan referentes. Durante años las mujeres son excepciones en libros de textos, en los museos, en el cine, en la televisión… Y lo que no se nombra, no existe. Deja una idea subliminal de que si las mujeres no están, es porque no tienen nada que aportar.

La lucha del feminismo lleva siglos, sin embargo ahora ha vuelto a renacer de una forma un tanto llamativa y las redes sociales tienen mucho que ver. Y cómo no, el capitalismo ya ha movido ficha para intentar sacar rédito económico del movimiento. No ha tardado mucho en aparecer merchandising morado, con el símbolo de la mujer, o con la palabra Feminismo impresa. Cierto es, como dice Henar, que si Beyoncé y H&M quieren difundir el mensaje van a llegar a mucha más gente que nosotras, no obstante, también hay que tener cuidado de que no se quede en una moda vacía de contenido. Como bien apunta Yolanda Domínguez, hay que ir más allá del eslogan de la camiseta.

El documental deja además una interesante reflexión con los aportes de María José Jiménez, de Gitanas Feministas por la Diversidad y de Antoinette Torres, de Afroféminas, porque aunque parece claro el componente de clase dentro del feminismo, en muchas ocasiones se deja fuera a mujeres que además de por su sexo, son marginadas por no ser blancas.

Lo que desde luego queda constatado tras casi hora y media de visionado es que aún queda mucho camino por recorrer y sobre todo que una sociedad no cambia si solo lo hace la mitad de la población. Y es que parece que mientras que hay más conciencia feminista entre las mujeres, no ocurre de la misma manera entre los hombres, quienes ven estos avances como una pérdida de privilegios y obvian que el machismo también les oprime en algunos aspectos. El futuro será feminista o no será.

Nadie duerme, Barbijaputa

Tras Machismo: 8 pasos para quitárselo de encima, Barbijaputa volvió a la ficción en octubre del año pasado con Nadie duerme, una novela distópica en la que un pequeño grupo clandestino de mujeres organizadas se toma la justicia por su mano como respuesta al recorte de derechos y libertades que está viviendo el país con la llegada al poder de un partido ultraderechista.

La trama se centra en Eare, un país ficticio en el que el partido fascista TOTUM ha ganado las elecciones en una época de crisis tras promesas populistas. Una vez en el gobierno han ido contra los migrantes, los homosexuales, las feministas, gente de izquierdas… en definitiva, contra todos aquellos que van en contra de sus ideas o que ponen en cuestión su estructura social conservadora. La población va asumiendo los cambios y limitaciones progresivos que van sucediéndose sin especial resistencia, tan solo parece reaccionar el Frente Feminista Revolucionario (FFR), un pequeño grupo de mujeres hartas de las injusticias.

Cansadas de ver cómo agresores, violadores, maltratadores o asesinos machistas acaban libres tras unas míseras condenas (o incluso sin pisar la cárcel siquiera) deciden comenzar a asesinarlos. Así, se suceden diez víctimas sin que a nadie parezca preocuparle. Sin embargo, la cosa cambia cuando el cadáver es el de un reputado juez. No solo por quién es el muerto, sino porque es entonces cuando el FFR lanza su primer comunicado dándose a conocer. Una acción que provocará, como era de esperar, la reacción del gobierno y que pondrá en peligro a todos los miembros del grupo clandestino.

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Power del bueno, primas. Prometido.

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La novela está estructurada en cuatro partes (34 capítulos y un épilogo). La primera de ellas está narrada por Búho y es la más extensa. En ella nos habla de sí misma, de dónde viene, cómo se une a este grupo y cómo comienza a actuar. En la segunda toma la palabra su hermana Jana y aporta algún detalle más para configurar el personaje protagonista. La tercera parte es muy breve, tan solo un capítulo desde el punto de vista de Águila que sirve para adentrarnos un poco más en la organización. Y finalmente en la última parte retoma el relato Búho.

Búho y Águila no son más que pseudónimos, y es que en el FFR se comunica en un foro de amantes de la ornitología para escapar del control del gobierno. Así pues, cada integrante asume el nombre de un pájaro cuando se registra y lo mantiene de ahí en adelante. De esta manera se minimiza el riesgo de que en caso de ser descubiertas pudieran delatar a sus compañeras. Cuanto menos detalles personales se conozcan, mejor. Eso sí, todas tienen algo en común, y es que son mujeres que han vivido experiencias de violencia machista de una manera u otra; algunas de forma directa, otras indirecta, pero que igualmente cargan con el trauma sobre su espalda. Están tan rotas que no tienen nada que perder, por eso ponen sus vidas en peligro para acabar con el sistema y las injusticias.

Aunque la narradora nos va contando detalles aquí y allá de las compañeras y de su entorno, en realidad el único personaje que parece estar bien configurado es el de ella misma (incluso cuando cambia la voz que cuenta la historia). Está claro que Búho es la protagonista, pero me ha dado la sensación de que el resto de los que conforman la trama están mucho menos dibujados, que han quedado algo flojos. La prosa de Nadie duerme es bastante sencilla y sin florituras. Imagino que es porque la autora ha buscado un estilo lo más cercano posible a lo que sería el relato de unas memorias tras todos los acontecimientos. Un recurso que por cierto me ha recordado bastante a El cuento de la criada. En realidad, la novela parece beber mucho de la historia de Atwood, al situar la trama en un mundo distópico en el que las mujeres ven cómo pasan a ser ciudadanas de segunda ante la llegada de un gobierno ultraderechista. Es cierto que en Nadie duerme no encontramos el aspecto de la procreación a servicio del Estado, pero sí que recuerda mucho a los derroteros por los que ha ido la serie en cómo parece que la única manera de acabar con este sistema es que las mujeres se organicen.

También es verdad que últimamente nuestra realidad se parece mucho a estos mundos distópicos y en algunos aspectos la novela se siente muy cercana a la actualidad. Se ve claramente cómo Barbijaputa para escribir este alegato feminista se ha inspirado en casos reales que vemos a diario en las noticias y sobre los que la autora ha escrito columnas de opinión. En ellas ya criticaba la mirada machista de algunos jueces y lo que cuesta en determinados círculos aceptar que las mujeres alcen la voz y se echen a la calle reclamando igualdad de derechos aunque sea pacíficamente. Creo que con este bagaje le debió llegar la inspiración de un what if. ¿Qué pasaría si en vez de manifestarse cada 8M se tomaran las armas y se iniciara una revolución? Y aunque Eare no es España, hay conexiones muy claras como el ascenso de partidos ultraderechistas, las referencias al cambio climático, a los problemas del capitalismo, al racismo, a la migración…

Sin embargo, pese a las deficiencias de la obra, resulta entretenida. Eso sí, no desde un punto de vista amable, pues no deja de ser un relato un tanto duro en algunas ocasiones. Los pasajes en los que se describe el maltrato, la violencia u otros métodos de abuso de poder consiguen remover las entrañas. Deja también una reflexión sobre si el fin justifica los medios y cómo la unión hace la fuerza. En cualquier caso, pese a que se lea rápido y enganche, me gustó bastante más su primera novela, La chica miedosa que fingía ser valiente muy mal.

Nueva serie a la lista “para ver”: Vota Juan

Pocas series se han hecho en España relacionadas con la política (Señor alcalde y Moncloa, ¿dígame?), pero parece que ya nos vamos desencorsetando y probamos nuevas estructuras, nuevas tramas y nuevos estilos. Tal es el caso de Vota Juan, una comedia fresca que se centra en la historia de Juan Carrasco, un mediocre político que abandona su Logroño natal para convertirse en Ministro de Agricultura, Pesca, Alimentación y Medio Ambiente. Sin embargo, él no quiere quedarse ahí, su mayor aspiración es llegar a Presidente, por eso, cuando de rebote se entera de algo que no debería saber, se prepara para presentarse a las primarias de su partido y así acercarse a su objetivo.

El personaje está magníficamente interpretado por Javier Cámara, a quien además le acompañan María Pujalte como Macarena Lombardo, su jefa de prensa (que casi le quita el protagonismo), Nuria Mencía como Carmen Müller, su jefa de gabinete y Adam Jezierski como  Víctor, su pelota asesor personal. Es este equipo de campaña quien tratará de aconsejar al desastroso y mezquino candidato así como enmendar su falta de habilidad política.

Además de un cuidado reparto, cuenta con unos diálogos ágiles y ácidos huyendo del gag y de las risas enlatadas. Ayuda en el ritmo su duración de media hora, que no deja lugar para los silencios o la redundancia. Eso sí, se recrea en los momentos incómodos y bochornosos del ministro, como su insistencia en hacer comillas con los dedos o sus ruedas de prensa donde muestra su ineptitud. La serie comienza ya con una crisis en ciernes y vamos descubriendo los protagonistas a medida que se desarrolla la acción, sin tiempo que perder en presentaciones.

No creo que haya que esperar una serie demasiado profunda y con debate político. Por el contrario pinta más a que, con la excusa de este personaje que únicamente busca su propio interés y que es capaz de cambiar sus principios según el momento, se va a presentar el lado más bochornoso de la política, todo aquello que queda entre bambalinas. Es decir, no va a ir a lo particular, sino a lo general, a las guerras políticas internas, las intrigas de partidos, las envidias y las zancadillas. Ya solo con eso, tiene bastante material. De hecho, ni siquiera hace falta que los guionistas le den mucho a la imaginación, pues el panorama político español parece de peli de Berlanga.

De hecho, han aprovechado las elecciones del 28-A para hacer su propia campaña con el lema #VotaJuan. Incluso hemos podido ver entre los tuits de la cuenta de @soyjuancarrasco cómo ha recreado los carteles del PP, PSOE, Unidas Podemos o Ciudadanos.

Una campaña de marketing muy en la línea de la que llevó Netflix con House of Cards.

De momento Vota Juan cuenta con una primera temporada de ocho capítulos que queda abierta de cara a una segunda temporada. ¿Conseguirá llegar a la Moncloa? Habrá que darle al play.

Brexit: The Uncivil War

Hoy que es el día oficial en que iba a ser efectiva la salida del Reino Unido de la Unión Europea (veremos a ver cuándo y qué ocurre) es buen momento para hablar de la película Brexit: The Uncivil War. La cinta nos cuenta las tácticas, maquinaciones y maniobras de la campaña previa al Referéndum de 23 de junio de 2016 en que el 51,9% de la población votó Leave. Con un guion que parte de los libros All Out War: The Full Story of How Brexit Sank Britain’s Political Class, de Tim Shipman y Unleashing Demons: The Inside Story of Brexit, de Craig Oliver, está dirigida por Toby Haynes y cuenta con el magnífico Benedict Cumberbatch en el papel de Dominic Cummings, el asesor político que fue el jefe de dicha campaña.

El proyecto del filme recibió críticas por el momento en que se planteó, pues no se comprendía muy bien qué sentido tenía hablar del Brexit sin Brexit. No obstante, ha resultado ser de lo más oportuna. Y es que, como decía, no se centra en las consecuencias de la salida del UE, sino de cómo se gestó. La película es la crónica de un desastre anunciado y pone el foco en cómo internet influye en todos los aspectos de nuestra vida. También en la política.

Atrás quedaron los carteles, los mítines con propuestas, las grandes concentraciones o los debates con sus argumentaciones. En lugar de hacer una campaña destacando unas ideas, unos proyectos y cuál es la mejor forma de presentársela a la ciudadanía para obtener su voto, hoy en día, en la era digital, funciona al revés. Dejamos rastros de nuestra vida con cada dispositivo o aplicación que usamos y hay empresas (como Cambridge Analytica) que se están encargando de recopilar todos estos datos sobre nuestros gustos, nuestras preocupaciones, nuestros intereses para que después terceros hagan una campaña interpelándonos. No importa si la información es verídica o no, porque estas campañas lo que realmente buscan son nuestras entrañas. Por tanto, fluyen los bulos sin ningún tipo de contención, con el agravante además de que los contrincantes se ven a rebufo de este tipo de informaciones falsas. Acaban perdiendo más tiempo en desmentirlas que en presentar su propia campaña, por lo que al final los tempos y la agenda la marcan los tramposos. Pasó con Trump, pasó con el Brexit, pasó con Bolsonaro, pasó en Andalucía y veremos a ver en las dos próximas citas electorales en nuestro país.

Aunque la temática pudiera resultar aburrida, la película me pareció entretenida. Tiene buen ritmo y la música está muy bien elegida. Además, funciona muy bien la combinación de entrevistas e imágenes reales con las de ficción. Cumberbatch borda el personaje (como todos los que interpreta) y eclipsa al resto del reparto, donde además Boris Johnson, Nigel Farage o el donante del UKIP parecen más caricaturas que personajes.

No sabemos qué pasará de aquí en adelante con este nuevo panorama político, pero Brexit: The Uncivil War sirve para entender esta nueva realidad política en la que la ciudadanía está más desamparada que nunca ante tal manipulación de la información.

8M

Aunque sigue habiendo reticencias en una buena parte de la sociedad a decir “soy feminista” y se recurre al típico “ni machismo, ni feminismo, igualdad” ( o el “ni machista, ni feminista, persona” de Bustamante), aún así parece que el capitalismo ha pensado aquello de “si no puedes con tu enemigo, únete a él” y ha empezado su propia estrategia de marketing y lavado de imagen.

Un claro ejemplo es el feminismo de Ana Botín. No niego que como mujer haya experimentado situaciones de desigualdad, sin embargo, el feminismo no es únicamente reivindicar la igualdad entre hombres y mujeres, sino que también tiene un componente de clase. Es por eso que feminismo de derechas (o feminismo liberal como proclama ahora Ciudadanos) es un término contradictorio.

Se ve claro cuando critican las cuotas argumentando que es injusto para los hombres y que lo que tendría que ocurrir es que los puestos fueran ocupados por los mejores. Estamos de acuerdo en que sí, en un mundo ideal se habría de elegir a la persona más preparada para desempeñar la función; no obstante, en el mundo que vivimos, hay mucho inepto que únicamente está en ese puesto por ser hombre. Porque una mujer, por el simple hecho de serlo, ha de demostrar mil veces más que está al nivel. Cuando hay una mujer entre muchos hombres se dice aquello de “es que esta es buena, fíjate cómo será de buena que ha superado a tropecientos hombres”.

En esto de las cuotas además hay un segundo factor, y es que solo rechina cuando se pide que haya una mínima participación de mujeres porque se dice que discrimina. Sin embargo, no se está teniendo en cuenta que se parte de por sí de una situación discriminatoria. Por tanto, de lo que se trata es de equiparar la balanza. Es la misma metodología que para las becas. Pongamos por ejemplo el caso de dos estudiantes que quieren cursar la misma carrera. Ambos tienen la misma capacidad intelectual, sin embargo uno de ellos se puede pagar los estudios mientras que otro no. Con una beca al de menor nivel adquisitivo le damos la posibilidad de igualar sus oportunidades. Y no solo será bueno para ambos, sino para la sociedad porque estaremos ganando la aportación de dos personas. Y es que nos han vendido mucho aquello de la meritocracia, pero no todos tenemos las mismas oportunidades y por eso, mientras no surja natural, hay que poner medidas que compensen estas desigualdades.

Botín se cree que porque ella haya llegado a su puesto directivo, cualquiera con empeño puede hacerlo. Pero el feminismo no es que unas pocas puedan romper el techo de cristal, sino que se trata de un movimiento que busca la colectividad. Porque el machismo no afecta a unas pocas, todo lo contrario. Afecta a toda la sociedad (también a los hombres) y es un problema mundial, no local. Y ahí es donde falla el feminismo neoliberal, que es individualista y burgués. Por tanto, no es feminismo.

Tampoco lo es el de Ciudadanos, que a pesar de que en 2015 llevaba en su programa electoral modificar la ley de Violencia de Género, que decía que el aborto no debía ser un derecho porque era un fracaso,  que el matrimonio homosexual podía crear tensiones innecesarias, o que el año pasado no apoyaría el 8M por cuestiones ideológicas; de repente este año saca un decálogo en el que reivindica que el feminismo no es patrimonio de nadie, sino que todo el mundo que esté comprometido con la igualdad entre hombres y mujeres ya es feminista.

No es que de un día para otro se hayan deconstruido y de repente se declaren feministas, es que están en campaña electoral (las mujeres son el 51% de la población y el 65% de indecisos). Pero no se puede ser feminista y querer mercantilizar el cuerpo de la mujer con propuestas como la de la legalización de la prostitución o la de los vientres de alquiler. Se escudan en su argumento liberal de que cada mujer (o niña) es libre de decidir qué quiere hacer con su cuerpo. Sin embargo, no tienen en cuenta de que cuando hay una situación de pobreza, las decisiones no son libres. Y no lo tienen en cuenta porque son sus políticas neoliberales las que contribuyen en gran medida a las desigualdades.

Ellos defienden que buscan la libertad para todo el mundo. Así en abstracto. Como en abstracto ya está reflejado en las leyes. El problema es que en la práctica, esta teoría choca con el capitalismo y las desigualdades sociales, económicas y culturales que este crea. Por tanto, al final defienden al que ya es privilegiado.

Así pues, un discurso contradictorio de todo punto. Da la sensación de que quieren ganar unos pocos votos diciendo que reivindican la igualdad, pero maquillado de tal forma que no enfaden a su votante tradicional, ese hombre blanco, heterosexual y acomodado. Como ya hicieran con las banderas LGTBI en Colón, buscan sacar rédito de cualquier lado mientras sorben y soplan a la vez.

Más consecuente es el PP, que ha decidido no sumarse directamente a la huelga. Claro, que usa el discurso de Ciudadanos del año pasado de que el 8M se ha politizado. El año que viene dirán que han sido ellos quienes organizaron todos los actos, como andan proclamando con la LVG. No obstante, con sus políticas de recortes, propuestas de volver a la ley del aborto del 85 y otras sandeces no es que se le esperase.

En cualquier caso, si en 2018 se sobrepasaron todas las expectativas con respecto a la huelga y movilización, este año no puede ser menos. Es verdad que parece que se habla más de feminismo, pero hemos avanzado poco o nada en 365 días e incluso vemos peligrar los derechos adquiridos con estos aires a Gilead.

Auschwitz. No hace mucho. No muy lejos

Un día como ayer, 27 de enero, pero en 1945, el Ejército Rojo entró en Auschwitz liberando así a unas 7.000 personas del mayor y más letal campo de concentración y exterminio nazi. Lamentablemente llegaron tarde para más de un millón de personas que ya habían sido asesinadas entre sus alambradas en el transcurso de cinco años.

Dos años más tarde, en 1947, el Gobierno de Polonia creó el Museo Estatal de Auschwitz-Birkenau, un espacio de 191 hectáreas que sería reconocido en 1979 como Patrimonio de la Humanidad por la Unesco y que hoy en día recibe cada año una media de millón y medio de visitantes (en 2016 y 2017 superó los 2 millones).

Con motivo del 70 aniversario y con la doble tarea de recoger fondos y a la vez de difundir los terribles acontecimientos, el museo ha cedido a una exposición itinerante de carácter internacional unas 600 piezas originales que hasta la fecha no habían salido de la ciudad polaca de Oświęcim. Madrid se convirtió en la primera ciudad en la que que pararía Auschwitz. No hace mucho. No muy lejos que recorrerá 14 países durante 7 años.

Esta muestra, en la que también colaboran unos veinte museos e instituciones internacionales (la Biblioteca Wiener de Londres, el National Hideout Museum de Aalten de Holanda o el Memorial del Holocausto de Washington), se inauguró el 1 de diciembre de 2017 en el Centro de Exposiciones Arte Canal y desde su apertura ha tenido una acogida tan buena que se ha llegado a prorrogar hasta dos veces. Primero hasta el 7 de octubre de 2018 y después hasta el 3 de febrero de 2019. Está a punto de cerrar sus puertas y de continuar su gira mundial.

En 2017, cuando viajamos a Polonia nos planteamos hacer una parada entre Wroclaw y Cracovia y así visitar el campo. Sin embargo, el limitado horario de los trenes y con una ruta tan ajustada, al final se quedó fuera de la planificación. Hace unos meses unas amigas comentaron la segunda prórroga de la exposición y sin dudarlo buscamos un día disponible para ir juntas. Ese día fue el sábado. Pensé que ya no habría tanta gente, sin embargo, a nuestra llegada había incluso cola para entrar.  La exposición comienza incluso antes de acceder al interior, puesto que junto a las taquillas encontramos un vagón que perteneció a la Deutsche Reichsbahn. Uno de tantos de aquellos en los que eran transportados los prisioneros a los campos de concentración nazis.

Ya dentro, con nuestro plano en la mano y la audioguía al cuello, comenzamos el recorrido por los 25 espacios distribuidos en 2.500 metros cuadrados. Ahí es nada. Pero es que la muestra no es simplemente una exposición sobre el campo de concentración, sino que cubre el antes, el durante y el después. Así, lo primero que nos encontramos es la historia de Oświęcim, un pueblo ducal que Alemania devolvió a Polonia tras la I Guerra Mundial y cuya importancia radicaba básicamente en su ubicación geográfica, pues era un importante nudo de comunicaciones.

Los barracones que se habían construido para alojar a aquellos que iban a partir para Estados Unidos acabaron convirtiéndose en un complejo campo de concentración y exterminio con la llegada de la II Guerra Mundial y la ocupación polaca por parte de los nazis.

Pero antes de llegar ahí, la exposición nos sirve para recordar el contexto histórico y las circunstancias geopolíticas de la primera mitad del siglo XX. Tras la derrota alemana en la I Guerra Mundial, en 1919 se funda el Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán con un Hitler a la cabeza que comienza a llegar a la gente con un lenguaje sencillo y directo (y populista) envuelto en una cuidada puesta en escena. En la exposición podemos ver la propaganda que usaba el partido, así como algún que otro vídeo de estos discursos.

Alemania estaba sumida en la pobreza, con una moneda devaluada y con una alta tasa de desempleo en parte como consecuencia por el Tratado de Versalles, un pacto que imponía al país unas duras indemnizaciones. Esto, sumado al crac del 29, que desembocó en una crisis económica a nivel mundial que castigó aún más a Alemania, supuso el caldo de cultivo perfecto para que el pueblo comprara el discurso del partido nazi en el que prometían devolver a Alemania a tiempos de bonanza y limpiar el país de enemigos. Para Hitler estos enemigos eran los comunistas, los judíos (a quienes consideraba los culpables de la crisis económica mundial) y los seres inferiores o Untermeschen (categoría en la que se incluían aquellos que no fueran de raza aria, pero también los homosexuales o discapacitados – a quienes consideraban personas con “tara”-).

La ciudadanía, cegada por la promesa de puestos de trabajo, obvió este discurso del odio y respaldó al NSPD con sus votos en las elecciones del 33. Hitler llegó al poder y pensaba cumplir sus promesas. Así, se construyeron por todo el país campos de concentración a los que se mandaba a los opositores del régimen a cumplir trabajos forzosos. Poco después, durante la II Guerra Mundial, esta metodología se fue extendiendo. Por tanto, territorio ocupado, territorio en el que se construían campos donde se deportaba a los opositores.

En 1935 se redactaron las Leyes de Núremberg. Estas prohibían los matrimonios entre judíos y alemanes “puros”, así como las relaciones extramatrimoniales entre judíos y alemanes.

Sin embargo, no se quedaban ahí, también establecían disposiciones que impedían que los judíos contrataran a ciudadanos alemanes o que mostraran signos nacionales. quedaron privados de la ciudadanía alemana y sus derechos, lo cual conllevó que no pudieran ejercer determinadas profesiones (abogados o profesores) u ocupar cargos públicos, por lo que muchos perdieron su sustento y no pudieron mantener su casa.

El horror subió un peldaño cuando en enero de 1942 se acordó la “Solución Final” en la Conferencia de Wannsee. Una solución que consistía en explotar al pueblo hebreo hasta aniquilarlo. Sin más. Eichmann, el encargado de la organización del Holocausto, hablaba de selección natural. Con esta institucionalización del antisemitismo los judíos fueron perseguidos, marcados, marginados y recluidos en guetos. Después se pasó a fusilamientos masivos. Y finalmente se encontró una medida más económica y eficaz: los campos de exterminio.

Auschwitz, como decía al principio, fue el mayor de todos ellos, el más complejo y en el que más personas fueron asesinadas. Algunos eran de concentración, otros de trabajos forzados y otros de exterminio. Auschwitz sin embargo aunaba 3 en 1 en un territorio de 40 kilómetros cuadrados. Por un lado, Auschwitz I, que era de concentración, por otro Auschwitz II – Birkenau que era de exterminio, y finalmente Auschwitz III, de trabajos forzados.

Tras esta primera parte de la exposición, entramos de lleno en cómo funcionaba Auschwitz-Birkenau. Además de poder ver una maqueta o planos de las dimensiones y las diferentes dependencias, la muestra nos lleva por el recorrido que seguían los prisioneros. Unos prisioneros que llegaban engañados con la promesa de que eran trasladados a un lugar mejor en el que iban a poder desempeñar sus profesiones y ser valiosos. Sin embargo, empezaban a sospechar cuando eran empujados a subir a vagones apestosos que se venían empleando para transportar ganado y con tan solo dos cubos (uno con agua y otro para deposiciones) para las miles de personas allí hacinadas. En aquel viaje de varios días hasta Auschwitz algunos morían de inanición. Y los que llegaban vivos, lo hacían desfallecidos.

Una vez en el campo eran privados de sus posesiones (que serían revisadas, clasificadas y enviadas a Alemania para su venta) y tenían que pasar por una selección en la que miembros de las SS decidían su destino. Se les preguntaba su edad y profesión y se les valoraba el estado de salud. Si eran considerados aptos para trabajar, pasaban la criba. En este caso eran llevados a unas instalaciones en las que eran despojados de sus prendas, así como joyas, eran desinfectados, rapados y tatuados con un número que se convertiría en su nombre desde ese momento. Se les entregaba el ya conocido pijama de rayas así como unos zuecos de madera que les acompañarían durante todo su calvario.

Y es que aunque sobrevivieran al viaje, la mitad morían en las primeras semanas debido a las condiciones infrahumanas a las que se enfrentaban. Por un lado se encontraban con escasez de comida y los trabajos forzados tremendamente exigentes que les dejaban exhaustos, por otro se enfrentaban a las temperaturas extremas de los inviernos en Oświęcima con aquellos pijamas. Por no hablar de las torturas y castigos. No era de extrañar que las enfermedades contagiosas rápidamente se extendieran teniendo en cuenta las instalaciones en las que eran hacinados y su delicada salud.

Por otro lado, los que no pasaban el corte, sobre todo niños, ancianos, discapacitados, madres con hijos pequeños o cualquiera que pareciera especialmente débil (más que los demás al menos) pasaban a ser ejecutados inmediatamente en las cámaras de gas engañados con la promesa de una ducha caliente. Aunque fueron deportadas aproximadamente 1.3 millones de personas, en realidad prácticamente 900.000 fueron gaseados nada más llegar.

Es estremecedor leer las palabras de Rudolf Höß, el primer Kommandant de Auschwitz, quien decía que no le había impresionado la primera ejecución con gas. Ese era el nivel. Según él matarlos no era el problema, ya que era lo que menos tiempo llevaba, siendo aniquiladas unas 2.000 personas en apenas media hora. El verdadero inconveniente era la incineración, que exigía más tiempo porque no cabían tantos en los crematorios. Además de que había que transportarlos.

Cuando los cuerpos se quedaban sin vida apilados en las cámaras de gas había que retirarlos y llevarlos a los crematorios y esa tarea le correspondía para más inri a los propios reclusos, los conocidos como Sonderkommando (comandos especiales). También eran ellos los que tenían que recuperar los dientes de oro de los cadáveres para después fundir el metal. Y mientras tanto, el señor Höß relata que vivía tan feliz en Auschwitz, pues tanto su mujer como sus cinco hijos disfrutaban de la vida en el campo.

En aquella criba inicial había una tercera opción, la de aquellos que se convertían en cobayas de ensayos mal llamados científicos. Estos prisioneros fueron víctimas de los más macabros experimentos de los médicos de las SS (como intentar cambiar el color de los ojos por medio de químicos). Muchos fallecían durante los terribles ensayos. Los que sobrevivían eran finalmente también asesinados para así poder hacerles la autopsia. Entre los médicos destaca Josef Mengele, quien sentía predilección por los gemelos porque así podía experimentar con uno de los dos y después al practicar las autopsias ver las diferencias entre las anatomías de ambos hermanos. En la exhibición se puede ver expuesto parte de su instrumental.

Cuando a finales de 1944 los nazis vieron que estaban cada vez más acorralados por el Ejército Rojo, comenzaron a destruir documentación e instalaciones. Poco después, entre el 17 y el 21 de enero de 1945 los prisioneros fueron movilizados a otras partes del Reich. Sin embargo, esta vez no fueron trasladados en tren, sino que fueron obligados a caminar. Las conocidas como marchas de la muerte suponían día tras día, kilómetro tras kilómetro a pie. Muchos se quedaron en el camino como consecuencia del hambre, del cansancio y/o del frío. El que se caía sin fuerzas era disparado por los miembros de las SS y dejado atrás.

Cuando llegaron los soviéticos se encontraron no obstante con algunos documentos y pruebas que no habían sido destruidos, así como cadáveres sin enterrar/incinerar, ropa y objetos que habían sido expropiados a la llegada de los prisioneros o kilos de cabello humano para vender. Y también 7.000 personas que no sabían si estos recién llegados venían a ayudarles o la cosa iba a empeorar aún más. Lamentablemente la mayoría de ellos murió en los días posteriores a la liberación. Poco pudieron hacer los médicos ante una salud tan deteriorada.

Y la exposición deja una reflexión final, la de los supervivientes. Esa gente que era libre pero no tenía un lugar donde volver. Personas que no solo habían perdido a su familia, sino que no tenían un hogar donde volver. No solo porque la guerra hubiera devastado el país, sino porque les habían arrebatado todo antes de eso. Como titulaba una pintora, Was bleibt, nichts. Lo que queda, nada.

Y aunque el 20 de noviembre de 1945 tuvieron lugar los Juicios de Núremberg y muchos nazis fueron sentenciados a muerte (Hitler ya se había suicidado), no hay forma alguna de reparar el daño que hicieron. Dos tercios de los judíos europeos desaparecieron para siempre, como queda reflejado en el último vídeo de la exhibición.

Se trata de una exposición muy completa que nos llevó casi 4 horas. Yo me la esperaba quizá algo más truculenta, supongo que por haber visitado ya Dachau y Sachsenhausen. Claro que no es lo mismo visitar una exposición que un campo en sí donde se puede entrar a las cámaras de gas, ver los crematorios, los barracones llenos de literas, las enfermerías… En el campo sientes la atmósfera, el frío de las instalaciones, incluso el olor. Obviamente es una visita más impactante. En esta muestra se pretende más hacer una labor informativa y didáctica que deje un poso de reflexión sin caer en imágenes cruentas ni morbosas.

El recorrido siguiendo el orden cronológico me parece muy apropiado y en general está muy bien estructurada intercalando mapas con fotografías, explicaciones, objetos expuestos en vitrinas (o sin ellas, como una parte de la alambrada, un barracón o el vagón de la entrada) y testimonios de los supervivientes.

Algunas informaciones ya las hemos leído o visto en películas y/o documentales; sin embargo recoge algunos aspectos no tan conocidos. Por ejemplo me sorprendió el juego de mesa Juden raus! que se comercializaba como un “juego para toda la familia extraordinariamente divertido y muy actual” y que consistía en expulsar a los judíos del tablero de juego que simbolizaba la ciudad. Así, cada jugador contaba con un policía y tenía que conseguir que su ficha cayera en las casillas marcadas como negocio judío para así apresar a un judío y llevarlo extramuros.

En el tablero puede leerse en alemán “¡Tira bien los dados para apresar muchos judíos!” y “¡Si consigues expulsar a seis judíos, serás el vencedor indiscutible!” Abajo a la derecha se puede leer también “¡A Palestina!”

Lo peor es que el supuesto juego no fue propaganda nazi, sino que se le ocurrió a la compañía alemana de juguetes Günther and Co. Tremendo adoctrinamiento en el odio.

La exhibición plantea más preguntas que respuestas, ya que la teoría de que hay que aprender de la historia para no repetirla en realidad parece no ser efectiva. Aquí estamos, un siglo después del nacimiento del NSPD y parece que se está repitiendo todo: la crisis económica, las guerras por religión o territorio, el ascenso de la ultraderecha…

Incluso con las pruebas, los documentos y los relatos de los supervivientes (que cada vez quedan menos) hoy en día se pone en tela de juicio el Holocausto y hay quien habla de montaje. Por no hablar del daño que ha hecho Hollywood tergiversando el final de la II Guerra Mundial y la derrota de los nazis (como publicaba http://www.les-crises.fr).

Pero incluso ahora que nos horrorizamos con aquel capítulo oscuro de nuestra historia reciente, hacinamos a refugiados en campamentos en condiciones infrahumanas. O los dejamos morir en el Mediterráneo. Nos llamamos sociedad avanzada, civilizada,Primer Mundo, pero en realidad no hemos dado muchos pasos adelante al respecto y mientras miramos para otro lado somos igual de cómplices que aquellos alemanes que no se preguntaban adónde llevaban a sus vecinos judíos. Podremos decir mucho Nie wieder (nunca más), pero lo cierto es que se está poniendo un siglo XXI que parece un calco del XX.

Professor Marston and the Wonder Women

El personaje de Wonder Woman está más vivo que nunca. En una época en la que raro es el mes en que no se estrena una película de superhéroes, Patty Jenkins hizo resurgir a la superheroína más famosa e influyente de todos los tiempos. Y como ya ocurriera con el cómic en el pasado, ha sido un éxito y ha impactado en la sociedad convirtiéndose en una figura de referencia para las nuevas generaciones.

La influencia a través de la cultura popular es algo que vio claro el psicólogo William Moulton Marston, creador del personaje de Diana de Temiscira, Diana Prince o Wonder Woman. El nacimiento de la superheroína queda recogido en la película Professor Marston and the Wonder Women que, tras su estreno en el Festival Internacional de Cine de Toronto de 2017 y de exhibirse en las salas de Estados Unidos desde el 13 de octubre de 2017 ha llegado a España en formato doméstico sin ser estrenada en los cines.

La cinta comienza en 1945, con el profesor Marston defendiéndose ante la Comisión del Cómic de EEUU que le acusa de que las historias de su personaje están cargadas de perversiones por reflejar homosexualidad, sumisión y tortura. A partir de ahí hay varios saltos temporales entre los testimonios del psicólogo que nos sirven para conocer el nacimiento de Wonder Woman y de los acontecimientos que le han llevado a la comparecencia.

Retrocedemos así a los años veinte, momento en que Marston ejercía como profesor de psicología en el campus universitario femenino de Radcliffe mientras su mujer Elizabeth, también psicóloga y tanto o más brillante que él, se tenía que conformar con colaborar con él sin derecho a plaza propia o reconocimiento académico por el hecho de ser mujer. Además de las clases, en las que William desarrollaba su modelo de conducta social y emocional al que llamó DISC, acrónimo de Dominio, Influencia, Sumisión y Conformidad; ambos están metidos de lleno en la creación del primer detector de mentiras. Su vida cambiará de golpe cuando contratan como asistente de investigación a Olive Byrne (hija de Ethel Byrne y sobrina de Margaret Sanger), con quien comenzarán una relación tanto amorosa como intelectual.

Los Marston eran almas libres que se trataban como iguales y discutían sobre sus teorías, sus puntos de vista sobre la vida, la cultura, la sociedad… Eran dos intelectuales de mente abierta, libres de prejuicios y poco amigos de preocuparse de lo que dijeran los demás, por lo que cuando surge el amor entre el matrimonio y Olive, lo hablan y deciden cómo seguir a partir de ahí. Su visión tolerante les lleva a formar una familia nada tradicional en la que los hijos que tuvieron tanto Olive como Elizabeth fueron criados en conjunto. No obstante, no lo tuvieron nada fácil, ya que fueron acusados de depravados y libertinos y Marston perdió su puesto en la universidad.

Hasta aquí parece que se trata de un drama romántico, sin embargo, este contexto histórico inicial sirve para conocer el impacto que estas dos mujeres tuvieron en la vida de William y en la creación del mito de Wonder Woman. Aunó en la superheroína las personalidades de sus dos mujeres (la inteligencia, la seguridad y el carácter fuerte e independiente de Elizabeth y la sensibilidad, inocencia, dulzura y belleza de Olive), su teoría DISC, el detector de mentiras, sus fetichismos y una visión feminista del mundo.

Y es que el personaje no nació de la imaginación de un friki, como en el resto de cómics, sino que pretendía tener una función divulgativa, que fuera un espejo para las niñas y niños de la época. Ante la crítica de los censores sobre que sus historias las leían menores, Marston se defendía aclarando que precisamente esa era su intención:  “Quiero que las niñas pequeñas de este país sepan que tienen el poder sobre su propio destino y que los niños aprendan desde pequeños a respetar a las mujeres poderosas”. Había captado claramente que la cultura popular era un importante vehículo a la hora de filtrar ideas a la sociedad.

Desde el principio Wonder Woman nació como un personaje feminista, como una mujer empoderada. Marston creía que “Si el hombre tiene una naturaleza anárquica y violenta y la mujer cariñosa y protectora, entonces ellas deberían gobernar el mundo”, por lo que puso a la amazona en el centro del relato como una mujer capaz de acabar con la violencia y el desequilibrio instaurando en su lugar la justicia y la igualdad.

Y claro, una visión tan adelantada a su época (incluso hoy en día), con el reflejo de relaciones homosexuales y el uso de los látigos hizo saltar las alarmas de los sectores más conservadores de la época. Se topó con una sociedad llena de prejuicios en cuanto a la libertad sexual y que no estaba preparada para que una mujer tomara el control y las riendas de su propia vida.

Aún así, a pesar de una campaña de desprestigio, Wonder Woman consiguió vender en sus años iniciales más ejemplares que Superman. Incluso hoy en día la película protagonizada por Gal Gadot consiguió hacerse un hueco en un mundo audiovisual plagado de superhéroes masculinos heternormativos y batiendo récords de recaudación.

Angela Robinson, escritora y directora de Professor Marston and the Wonder Women decidió ir más allá del personaje y ahondar en la historia de su concepción adentrándose mientras tanto en temáticas como la ciencia, la investigación, la religión y el puritanismo, las rígidas estructuras familiares y las relaciones de pareja, el sexo, la política, la educación y el feminismo.

Aunque dura cerca de las dos horas, en ningún momento se hace larga. La historia está bien narrada y juegan un papel importante tanto los diálogos como los silencios, la simbología y los detalles visuales. Sin duda el momento de la inspiración del personaje con la combinación del vestuario a base de elementos fetichistas es el punto clave de la película, pero a partir de ahí no decae, sino que deja con ganas de conocer más de este personaje del que seguro que seguirá habiendo más entregas cinematográficas.

Serie Terminada: The Americans

Allá por 2013 vimos el piloto de The Americans y lo añadimos a la lista para ver pues la serie prometía. Tras seis temporadas terminó este año, así que la vimos del tirón. Y la verdad es que me ha provocado sensaciones enfrentadas. Aún estoy asimilándola. OJO SPOILERS.

La serie se ambienta a comienzos de los años ochenta, en los últimos coletazos de la Guerra Fría entre Estados Unidos y la URSS. Conocemos a Elizabeth y Philip Jennings, una pareja con dos críos adolescentes que tienen una agencia de viajes y viven en las afueras de Washington. La típica familia estadounidense. Solo que en realidad son Nadezhda y Mischa, dos espías soviéticos entrenados para infiltrarse en la sociedad americana. Sus hijos sin embargo desconocen su secreto, y sí que han nacido en Estados Unidos. Así, The Americans arranca con el día a día de esta familia, con su tapadera, con sus misiones ordenadas por Moscú y con la llegada de un nuevo vecino al barrio, Stan Beeman, que resulta ser agente del FBI de contraespionaje.

A lo largo de sus seis temporadas los Jennings se mueven en la cuerda floja entre dos mundos: el familiar como agentes de viaje, padres de familia y amigos de su vecino; y el del servicio a su país con sus seudónimos, pelucas, muertes, robos de información y operaciones secretas.

Las ficciones sobre el espionaje siempre han sido un filón. Ahí lleva años la saga de James Bond en el cine, John le Carré con sus novelas o Alias, 24 y Homeland en la pequeña pantalla. En The Americans sin embargo no vamos a encontrar el lujo de James Bond con persecuciones y yates, coches descapotables y lugares exóticos, tampoco la acción de Alias, ni el ritmo frenético de 24 o los juegos psicológicos de Homeland. Mantiene la esencia de la clásica historia de agentes dobles, pero con un ritmo mucho más reposado y tramas que se dilatan a lo largo de toda la temporada. En parte tiene sentido, ya que la misión de los Jennings es a largo plazo, no se trata de entrar en un edificio, hacerse con un objeto y salir (que también), sino de crear unos personajes, entablar relaciones, conseguir información poco a poco y volver a empezar.

La época en que se ambienta también contribuye a este ritmo pausado. Ahora un espía contaría con tecnología microscópica y con otros métodos para llegar a la información. Y con teléfonos móviles encriptados, nada de cabinas. Lo mismo para la contrainteligencia. En la actualidad un agente del FBI cotejaría unas fotografías en la base de datos con unos segundos, mientras que en los 80 había que hacer un retrato robot y navegar entre miles de archivos.

La Guerra Fría es un escenario perfecto. La estética de los 80 y su música le dan un toque nostálgico a todo. Así, si intercalamos hechos reales con unos personajes ficticios, tenemos un relato más que interesante. El creador, Joe Weisberg, fue oficial de la CIA, así que tenía material con el que trabajar sobre el funcionamiento de los servicios de inteligencia de la época. Además, se basó en notas del libro del agente del KGB, Vasili Mitrojin, y en anécdotas de agentes del FBI. Pero el detonante que le inspiró para los protagonistas fue un caso de 2010 en el que Donald Heathfield y Tracey Foley, que fueron detenidos por el FBI ante la atónita mirada de sus hijos que no entendían nada. Eran dos espías rusos (también conocidos como “ilegales”) que tomaron la identidad de dos bebés muertos en Montreal en los años 60, tuvieron dos hijos en Toronto en los 90 y emigraron a Boston tras un breve paso por Francia.

Y es que, en realidad, aunque haya referencias políticas y el espionaje como hilo conductor, The Americans no pretende hacer crítica sociopolítica, sino que es un drama sobre la familia. Bien es cierto que podríamos decir que los Jennings tienen dos familias: por un lado la Madre Patria y por otro la falsa que han construido en EEUU que incluye a unos hijos que son muy reales y que están en plena adolescencia. Los infiltrados han de compaginar en su día a día las dos facetas y conseguir un equilibrio a la vez de que una parcela no influya en la otra. Algo que no es nada fácil, pues sus misiones son cada vez más exigentes con más problemas y tensiones que tensan la cuerda. Los veremos discutir por la forma en que educar los hijos en plena misión, por ejemplo. Estos altibajos y crisis repercuten en su estabilidad emocional, sobre todo en Philip.

Philip es profesional en sus misiones y cumple con lo que se le exige, pero se le ve sufrir. En más de una ocasión se le ve hacer de tripas corazón cuando ha de aprovecharse de alguna fuente/víctima. Representa la dualidad de la obligación de su trabajo y sus sentimientos, más patentes cuando hablamos de su faceta como padre y marido. Philip ama a sus hijos y con el tiempo también a su falsa esposa, una mujer mucho más fría y pragmática para la que la Madre Rusia es su prioridad. En cualquier caso, ambos forman un buen tándem a pesar de lo complicado de su relación y los vínculos que cada uno tiene fuera del matrimonio. Y funcionan mejor cuando están bien el uno con el otro. Son espías, sí, pero tienen debilidades, no se nos presentan como unos personajes arqueotipados, sino como personas con sus sentimientos y dilemas.

Así que aquí es donde me despistó la serie. Yo esperaba una historia de espías, de intrigas, de acción, de topos y de identidades falsas y en realidad eso es lo que menos peso tiene en The Americans. Además el ritmo, los silencios, la contención de emociones, las escenas de diez minutos sin diálogo, los cortes en las conversaciones a medias… es algo que no es para todo el mundo. Sí que es verdad que la tensión va creciendo a medida que pasan las temporadas, sobre todo con la hija mayor creciendo y haciendo preguntas y quizá las mejores temporadas sean las centrales. De hecho en la cuarta se acabó con varios personajes (Martha, Nina, Arkady Ivanovich, Oleg…) cerrando una etapa.

A partir de la quinta temporada todo se resquebraja poco a poco. Los guionistas ya sabían que la serie iba a concluir en la sexta y parece que quisieron eliminar flecos sueltos y reconducir la historia. La sexta comienza con un salto temporal de tres años. Se sitúa en 1987, cuando las relaciones entre Estados y la URSS comienzan a mejorar. Sin embargo, por el contrario, la de Elizabeth y Philip es cada vez más tensa. Él, superado emocionalmente por el estrés y su crisis existencial, está fuera del KGB. Al dejar atrás esa parte de su vida, el matrimonio está más distanciado que nunca. Philip se vuelca en su hijo Henry, que está estudiando fuera, mientras que Elizabeth estrecha lazos con Paige, que está en la universidad y entregada a la causa soviética.

En la temporada final, y sobre todo en el último episodio, The Americans ha sido fiel a sí misma. Yo me esperaba una conclusión frenética, con persecuciones, tiroteos y que muriera hasta el apuntador. Sin embargo, nada más lejos de la realidad. The Americans no se reservaba giros espectaculares de guión. Por el contrario tenemos una huida lenta (de unos veinte minutos), sin apenas diálogos, acompañada por música que lo dice todo (ese With or without you de U2). Es un capítulo cargado de intensidad emocional: el abandono de Henry, el cara a cara con Stan poniendo las cartas sobre la mesa, la decisión de Page de no irse con ellos, la vuelta a un país que ya no conocen…

Sin embargo, aunque no haya un rastro de cadáveres o una vertiginosa acción, sí que hay una sensación de final, de pérdida. Porque Elizabeth y Philip (Nadezhda y Mischa de nuevo) a pesar de arriesgar todo y conseguir regresar vivos a la URSS, lo han perdido todo. Su familia ha quedado dividida y han de empezar de nuevo apoyándose el uno en el otro. “Nos acostumbraremos” dice Elizabeth. No tengo yo tan claro de que la estabilidad emocional de Philip le permitiera seguir adelante sin sus hijos. Aunque quizá en Rusia pudiera conocer a su hijo perdido. Y Elizabeth habría caído con la Unión Soviética. Pero nunca lo sabremos, igual que nos quedará la duda de qué pasa con Henry o Page o si la mujer de Stan también era del KBG.

Porque al final todo eso es irrelevante. Lo importante era el camino de ida y vuelta que han hecho estos dos personajes. La historia de espías era mero entretenimiento. Pero hay que reconocer que aunque lenta, tiene una detallada ambientación, una muy buena selección musical, una fotografía muy cuidada y una tensión que parece que no está, pero que va aumentando poco a poco.

En definitiva, volviendo la vista atrás y pensando en global, la serie me ha gustado. Pero claro, venía de Orphan Black, una serie mucho más dinámica, con otro pulso y me ha costado tomar perspectiva. The Americans es para verla reposada, observando cada detalle y prestando atención a cada diálogo y silencio.