Nueva Serie para ver: Vota Juan

Pocas series se han hecho en España relacionadas con la política (Señor alcalde y Moncloa, ¿dígame?), pero parece que ya nos vamos desencorsetando y probamos nuevas estructuras, nuevas tramas y nuevos estilos. Tal es el caso de Vota Juan, una comedia fresca que se centra en la historia de Juan Carrasco, un mediocre político que abandona su Logroño natal para convertirse en Ministro de Agricultura, Pesca, Alimentación y Medio Ambiente. Sin embargo, él no quiere quedarse ahí, su mayor aspiración es llegar a Presidente, por eso, cuando de rebote se entera de algo que no debería saber, se prepara para presentarse a las primarias de su partido y así acercarse a su objetivo.

El personaje está magníficamente interpretado por Javier Cámara, a quien además le acompañan María Pujalte como Macarena Lombardo, su jefa de prensa (que casi le quita el protagonismo), Nuria Mencía como Carmen Müller, su jefa de gabinete y Adam Jezierski como  Víctor, su pelota asesor personal. Es este equipo de campaña quien tratará de aconsejar al desastroso y mezquino candidato así como enmendar su falta de habilidad política.

Además de un cuidado reparto, cuenta con unos diálogos ágiles y ácidos huyendo del gag y de las risas enlatadas. Ayuda en el ritmo su duración de media hora, que no deja lugar para los silencios o la redundancia. Eso sí, se recrea en los momentos incómodos y bochornosos del ministro, como su insistencia en hacer comillas con los dedos o sus ruedas de prensa donde muestra su ineptitud. La serie comienza ya con una crisis en ciernes y vamos descubriendo los protagonistas a medida que se desarrolla la acción, sin tiempo que perder en presentaciones.

No creo que haya que esperar una serie demasiado profunda y con debate político. Por el contrario pinta más a que, con la excusa de este personaje que únicamente busca su propio interés y que es capaz de cambiar sus principios según el momento, se va a presentar el lado más bochornoso de la política, todo aquello que queda entre bambalinas. Es decir, no va a ir a lo particular, sino a lo general, a las guerras políticas internas, las intrigas de partidos, las envidias y las zancadillas. Ya solo con eso, tiene bastante material. De hecho, ni siquiera hace falta que los guionistas le den mucho a la imaginación, pues el panorama político español parece de peli de Berlanga.

De hecho, han aprovechado las elecciones del 28-A para hacer su propia campaña con el lema #VotaJuan. Incluso hemos podido ver entre los tuits de la cuenta de @soyjuancarrasco cómo ha recreado los carteles del PP, PSOE, Unidas Podemos o Ciudadanos.

Una campaña de marketing muy en la línea de la que llevó Netflix con House of Cards.

De momento Vota Juan cuenta con una primera temporada de ocho capítulos que queda abierta de cara a una segunda temporada. ¿Conseguirá llegar a la Moncloa? Habrá que darle al play.

Brexit: The Uncivil War

Hoy que es el día oficial en que iba a ser efectiva la salida del Reino Unido de la Unión Europea (veremos a ver cuándo y qué ocurre) es buen momento para hablar de la película Brexit: The Uncivil War. La cinta nos cuenta las tácticas, maquinaciones y maniobras de la campaña previa al Referéndum de 23 de junio de 2016 en que el 51,9% de la población votó Leave. Con un guion que parte de los libros All Out War: The Full Story of How Brexit Sank Britain’s Political Class, de Tim Shipman y Unleashing Demons: The Inside Story of Brexit, de Craig Oliver, está dirigida por Toby Haynes y cuenta con el magnífico Benedict Cumberbatch en el papel de Dominic Cummings, el asesor político que fue el jefe de dicha campaña.

El proyecto del filme recibió críticas por el momento en que se planteó, pues no se comprendía muy bien qué sentido tenía hablar del Brexit sin Brexit. No obstante, ha resultado ser de lo más oportuna. Y es que, como decía, no se centra en las consecuencias de la salida del UE, sino de cómo se gestó. La película es la crónica de un desastre anunciado y pone el foco en cómo internet influye en todos los aspectos de nuestra vida. También en la política.

Atrás quedaron los carteles, los mítines con propuestas, las grandes concentraciones o los debates con sus argumentaciones. En lugar de hacer una campaña destacando unas ideas, unos proyectos y cuál es la mejor forma de presentársela a la ciudadanía para obtener su voto, hoy en día, en la era digital, funciona al revés. Dejamos rastros de nuestra vida con cada dispositivo o aplicación que usamos y hay empresas (como Cambridge Analytica) que se están encargando de recopilar todos estos datos sobre nuestros gustos, nuestras preocupaciones, nuestros intereses para que después terceros hagan una campaña interpelándonos. No importa si la información es verídica o no, porque estas campañas lo que realmente buscan son nuestras entrañas. Por tanto, fluyen los bulos sin ningún tipo de contención, con el agravante además de que los contrincantes se ven a rebufo de este tipo de informaciones falsas. Acaban perdiendo más tiempo en desmentirlas que en presentar su propia campaña, por lo que al final los tempos y la agenda la marcan los tramposos. Pasó con Trump, pasó con el Brexit, pasó con Bolsonaro, pasó en Andalucía y veremos a ver en las dos próximas citas electorales en nuestro país.

Aunque la temática pudiera resultar aburrida, la película me pareció entretenida. Tiene buen ritmo y la música está muy bien elegida. Además, funciona muy bien la combinación de entrevistas e imágenes reales con las de ficción. Cumberbatch borda el personaje (como todos los que interpreta) y eclipsa al resto del reparto, donde además Boris Johnson, Nigel Farage o el donante del UKIP parecen más caricaturas que personajes.

No sabemos qué pasará de aquí en adelante con este nuevo panorama político, pero Brexit: The Uncivil War sirve para entender esta nueva realidad política en la que la ciudadanía está más desamparada que nunca ante tal manipulación de la información.

8M

Aunque sigue habiendo reticencias en una buena parte de la sociedad a decir “soy feminista” y se recurre al típico “ni machismo, ni feminismo, igualdad” ( o el “ni machista, ni feminista, persona” de Bustamante), aún así parece que el capitalismo ha pensado aquello de “si no puedes con tu enemigo, únete a él” y ha empezado su propia estrategia de marketing y lavado de imagen.

Un claro ejemplo es el feminismo de Ana Botín. No niego que como mujer haya experimentado situaciones de desigualdad, sin embargo, el feminismo no es únicamente reivindicar la igualdad entre hombres y mujeres, sino que también tiene un componente de clase. Es por eso que feminismo de derechas (o feminismo liberal como proclama ahora Ciudadanos) es un término contradictorio.

Se ve claro cuando critican las cuotas argumentando que es injusto para los hombres y que lo que tendría que ocurrir es que los puestos fueran ocupados por los mejores. Estamos de acuerdo en que sí, en un mundo ideal se habría de elegir a la persona más preparada para desempeñar la función; no obstante, en el mundo que vivimos, hay mucho inepto que únicamente está en ese puesto por ser hombre. Porque una mujer, por el simple hecho de serlo, ha de demostrar mil veces más que está al nivel. Cuando hay una mujer entre muchos hombres se dice aquello de “es que esta es buena, fíjate cómo será de buena que ha superado a tropecientos hombres”.

En esto de las cuotas además hay un segundo factor, y es que solo rechina cuando se pide que haya una mínima participación de mujeres porque se dice que discrimina. Sin embargo, no se está teniendo en cuenta que se parte de por sí de una situación discriminatoria. Por tanto, de lo que se trata es de equiparar la balanza. Es la misma metodología que para las becas. Pongamos por ejemplo el caso de dos estudiantes que quieren cursar la misma carrera. Ambos tienen la misma capacidad intelectual, sin embargo uno de ellos se puede pagar los estudios mientras que otro no. Con una beca al de menor nivel adquisitivo le damos la posibilidad de igualar sus oportunidades. Y no solo será bueno para ambos, sino para la sociedad porque estaremos ganando la aportación de dos personas. Y es que nos han vendido mucho aquello de la meritocracia, pero no todos tenemos las mismas oportunidades y por eso, mientras no surja natural, hay que poner medidas que compensen estas desigualdades.

Botín se cree que porque ella haya llegado a su puesto directivo, cualquiera con empeño puede hacerlo. Pero el feminismo no es que unas pocas puedan romper el techo de cristal, sino que se trata de un movimiento que busca la colectividad. Porque el machismo no afecta a unas pocas, todo lo contrario. Afecta a toda la sociedad (también a los hombres) y es un problema mundial, no local. Y ahí es donde falla el feminismo neoliberal, que es individualista y burgués. Por tanto, no es feminismo.

Tampoco lo es el de Ciudadanos, que a pesar de que en 2015 llevaba en su programa electoral modificar la ley de Violencia de Género, que decía que el aborto no debía ser un derecho porque era un fracaso,  que el matrimonio homosexual podía crear tensiones innecesarias, o que el año pasado no apoyaría el 8M por cuestiones ideológicas; de repente este año saca un decálogo en el que reivindica que el feminismo no es patrimonio de nadie, sino que todo el mundo que esté comprometido con la igualdad entre hombres y mujeres ya es feminista.

No es que de un día para otro se hayan deconstruido y de repente se declaren feministas, es que están en campaña electoral (las mujeres son el 51% de la población y el 65% de indecisos). Pero no se puede ser feminista y querer mercantilizar el cuerpo de la mujer con propuestas como la de la legalización de la prostitución o la de los vientres de alquiler. Se escudan en su argumento liberal de que cada mujer (o niña) es libre de decidir qué quiere hacer con su cuerpo. Sin embargo, no tienen en cuenta de que cuando hay una situación de pobreza, las decisiones no son libres. Y no lo tienen en cuenta porque son sus políticas neoliberales las que contribuyen en gran medida a las desigualdades.

Ellos defienden que buscan la libertad para todo el mundo. Así en abstracto. Como en abstracto ya está reflejado en las leyes. El problema es que en la práctica, esta teoría choca con el capitalismo y las desigualdades sociales, económicas y culturales que este crea. Por tanto, al final defienden al que ya es privilegiado.

Así pues, un discurso contradictorio de todo punto. Da la sensación de que quieren ganar unos pocos votos diciendo que reivindican la igualdad, pero maquillado de tal forma que no enfaden a su votante tradicional, ese hombre blanco, heterosexual y acomodado. Como ya hicieran con las banderas LGTBI en Colón, buscan sacar rédito de cualquier lado mientras sorben y soplan a la vez.

Más consecuente es el PP, que ha decidido no sumarse directamente a la huelga. Claro, que usa el discurso de Ciudadanos del año pasado de que el 8M se ha politizado. El año que viene dirán que han sido ellos quienes organizaron todos los actos, como andan proclamando con la LVG. No obstante, con sus políticas de recortes, propuestas de volver a la ley del aborto del 85 y otras sandeces no es que se le esperase.

En cualquier caso, si en 2018 se sobrepasaron todas las expectativas con respecto a la huelga y movilización, este año no puede ser menos. Es verdad que parece que se habla más de feminismo, pero hemos avanzado poco o nada en 365 días e incluso vemos peligrar los derechos adquiridos con estos aires a Gilead.

Auschwitz. No hace mucho. No muy lejos

Un día como ayer, 27 de enero, pero en 1945, el Ejército Rojo entró en Auschwitz liberando así a unas 7.000 personas del mayor y más letal campo de concentración y exterminio nazi. Lamentablemente llegaron tarde para más de un millón de personas que ya habían sido asesinadas entre sus alambradas en el transcurso de cinco años.

Dos años más tarde, en 1947, el Gobierno de Polonia creó el Museo Estatal de Auschwitz-Birkenau, un espacio de 191 hectáreas que sería reconocido en 1979 como Patrimonio de la Humanidad por la Unesco y que hoy en día recibe cada año una media de millón y medio de visitantes (en 2016 y 2017 superó los 2 millones).

Con motivo del 70 aniversario y con la doble tarea de recoger fondos y a la vez de difundir los terribles acontecimientos, el museo ha cedido a una exposición itinerante de carácter internacional unas 600 piezas originales que hasta la fecha no habían salido de la ciudad polaca de Oświęcim. Madrid se convirtió en la primera ciudad en la que que pararía Auschwitz. No hace mucho. No muy lejos que recorrerá 14 países durante 7 años.

Esta muestra, en la que también colaboran unos veinte museos e instituciones internacionales (la Biblioteca Wiener de Londres, el National Hideout Museum de Aalten de Holanda o el Memorial del Holocausto de Washington), se inauguró el 1 de diciembre de 2017 en el Centro de Exposiciones Arte Canal y desde su apertura ha tenido una acogida tan buena que se ha llegado a prorrogar hasta dos veces. Primero hasta el 7 de octubre de 2018 y después hasta el 3 de febrero de 2019. Está a punto de cerrar sus puertas y de continuar su gira mundial.

En 2017, cuando viajamos a Polonia nos planteamos hacer una parada entre Wroclaw y Cracovia y así visitar el campo. Sin embargo, el limitado horario de los trenes y con una ruta tan ajustada, al final se quedó fuera de la planificación. Hace unos meses unas amigas comentaron la segunda prórroga de la exposición y sin dudarlo buscamos un día disponible para ir juntas. Ese día fue el sábado. Pensé que ya no habría tanta gente, sin embargo, a nuestra llegada había incluso cola para entrar.  La exposición comienza incluso antes de acceder al interior, puesto que junto a las taquillas encontramos un vagón que perteneció a la Deutsche Reichsbahn. Uno de tantos de aquellos en los que eran transportados los prisioneros a los campos de concentración nazis.

Ya dentro, con nuestro plano en la mano y la audioguía al cuello, comenzamos el recorrido por los 25 espacios distribuidos en 2.500 metros cuadrados. Ahí es nada. Pero es que la muestra no es simplemente una exposición sobre el campo de concentración, sino que cubre el antes, el durante y el después. Así, lo primero que nos encontramos es la historia de Oświęcim, un pueblo ducal que Alemania devolvió a Polonia tras la I Guerra Mundial y cuya importancia radicaba básicamente en su ubicación geográfica, pues era un importante nudo de comunicaciones.

Los barracones que se habían construido para alojar a aquellos que iban a partir para Estados Unidos acabaron convirtiéndose en un complejo campo de concentración y exterminio con la llegada de la II Guerra Mundial y la ocupación polaca por parte de los nazis.

Pero antes de llegar ahí, la exposición nos sirve para recordar el contexto histórico y las circunstancias geopolíticas de la primera mitad del siglo XX. Tras la derrota alemana en la I Guerra Mundial, en 1919 se funda el Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán con un Hitler a la cabeza que comienza a llegar a la gente con un lenguaje sencillo y directo (y populista) envuelto en una cuidada puesta en escena. En la exposición podemos ver la propaganda que usaba el partido, así como algún que otro vídeo de estos discursos.

Alemania estaba sumida en la pobreza, con una moneda devaluada y con una alta tasa de desempleo en parte como consecuencia por el Tratado de Versalles, un pacto que imponía al país unas duras indemnizaciones. Esto, sumado al crac del 29, que desembocó en una crisis económica a nivel mundial que castigó aún más a Alemania, supuso el caldo de cultivo perfecto para que el pueblo comprara el discurso del partido nazi en el que prometían devolver a Alemania a tiempos de bonanza y limpiar el país de enemigos. Para Hitler estos enemigos eran los comunistas, los judíos (a quienes consideraba los culpables de la crisis económica mundial) y los seres inferiores o Untermeschen (categoría en la que se incluían aquellos que no fueran de raza aria, pero también los homosexuales o discapacitados – a quienes consideraban personas con “tara”-).

La ciudadanía, cegada por la promesa de puestos de trabajo, obvió este discurso del odio y respaldó al NSPD con sus votos en las elecciones del 33. Hitler llegó al poder y pensaba cumplir sus promesas. Así, se construyeron por todo el país campos de concentración a los que se mandaba a los opositores del régimen a cumplir trabajos forzosos. Poco después, durante la II Guerra Mundial, esta metodología se fue extendiendo. Por tanto, territorio ocupado, territorio en el que se construían campos donde se deportaba a los opositores.

En 1935 se redactaron las Leyes de Núremberg. Estas prohibían los matrimonios entre judíos y alemanes “puros”, así como las relaciones extramatrimoniales entre judíos y alemanes.

Sin embargo, no se quedaban ahí, también establecían disposiciones que impedían que los judíos contrataran a ciudadanos alemanes o que mostraran signos nacionales. quedaron privados de la ciudadanía alemana y sus derechos, lo cual conllevó que no pudieran ejercer determinadas profesiones (abogados o profesores) u ocupar cargos públicos, por lo que muchos perdieron su sustento y no pudieron mantener su casa.

El horror subió un peldaño cuando en enero de 1942 se acordó la “Solución Final” en la Conferencia de Wannsee. Una solución que consistía en explotar al pueblo hebreo hasta aniquilarlo. Sin más. Eichmann, el encargado de la organización del Holocausto, hablaba de selección natural. Con esta institucionalización del antisemitismo los judíos fueron perseguidos, marcados, marginados y recluidos en guetos. Después se pasó a fusilamientos masivos. Y finalmente se encontró una medida más económica y eficaz: los campos de exterminio.

Auschwitz, como decía al principio, fue el mayor de todos ellos, el más complejo y en el que más personas fueron asesinadas. Algunos eran de concentración, otros de trabajos forzados y otros de exterminio. Auschwitz sin embargo aunaba 3 en 1 en un territorio de 40 kilómetros cuadrados. Por un lado, Auschwitz I, que era de concentración, por otro Auschwitz II – Birkenau que era de exterminio, y finalmente Auschwitz III, de trabajos forzados.

Tras esta primera parte de la exposición, entramos de lleno en cómo funcionaba Auschwitz-Birkenau. Además de poder ver una maqueta o planos de las dimensiones y las diferentes dependencias, la muestra nos lleva por el recorrido que seguían los prisioneros. Unos prisioneros que llegaban engañados con la promesa de que eran trasladados a un lugar mejor en el que iban a poder desempeñar sus profesiones y ser valiosos. Sin embargo, empezaban a sospechar cuando eran empujados a subir a vagones apestosos que se venían empleando para transportar ganado y con tan solo dos cubos (uno con agua y otro para deposiciones) para las miles de personas allí hacinadas. En aquel viaje de varios días hasta Auschwitz algunos morían de inanición. Y los que llegaban vivos, lo hacían desfallecidos.

Una vez en el campo eran privados de sus posesiones (que serían revisadas, clasificadas y enviadas a Alemania para su venta) y tenían que pasar por una selección en la que miembros de las SS decidían su destino. Se les preguntaba su edad y profesión y se les valoraba el estado de salud. Si eran considerados aptos para trabajar, pasaban la criba. En este caso eran llevados a unas instalaciones en las que eran despojados de sus prendas, así como joyas, eran desinfectados, rapados y tatuados con un número que se convertiría en su nombre desde ese momento. Se les entregaba el ya conocido pijama de rayas así como unos zuecos de madera que les acompañarían durante todo su calvario.

Y es que aunque sobrevivieran al viaje, la mitad morían en las primeras semanas debido a las condiciones infrahumanas a las que se enfrentaban. Por un lado se encontraban con escasez de comida y los trabajos forzados tremendamente exigentes que les dejaban exhaustos, por otro se enfrentaban a las temperaturas extremas de los inviernos en Oświęcima con aquellos pijamas. Por no hablar de las torturas y castigos. No era de extrañar que las enfermedades contagiosas rápidamente se extendieran teniendo en cuenta las instalaciones en las que eran hacinados y su delicada salud.

Por otro lado, los que no pasaban el corte, sobre todo niños, ancianos, discapacitados, madres con hijos pequeños o cualquiera que pareciera especialmente débil (más que los demás al menos) pasaban a ser ejecutados inmediatamente en las cámaras de gas engañados con la promesa de una ducha caliente. Aunque fueron deportadas aproximadamente 1.3 millones de personas, en realidad prácticamente 900.000 fueron gaseados nada más llegar.

Es estremecedor leer las palabras de Rudolf Höß, el primer Kommandant de Auschwitz, quien decía que no le había impresionado la primera ejecución con gas. Ese era el nivel. Según él matarlos no era el problema, ya que era lo que menos tiempo llevaba, siendo aniquiladas unas 2.000 personas en apenas media hora. El verdadero inconveniente era la incineración, que exigía más tiempo porque no cabían tantos en los crematorios. Además de que había que transportarlos.

Cuando los cuerpos se quedaban sin vida apilados en las cámaras de gas había que retirarlos y llevarlos a los crematorios y esa tarea le correspondía para más inri a los propios reclusos, los conocidos como Sonderkommando (comandos especiales). También eran ellos los que tenían que recuperar los dientes de oro de los cadáveres para después fundir el metal. Y mientras tanto, el señor Höß relata que vivía tan feliz en Auschwitz, pues tanto su mujer como sus cinco hijos disfrutaban de la vida en el campo.

En aquella criba inicial había una tercera opción, la de aquellos que se convertían en cobayas de ensayos mal llamados científicos. Estos prisioneros fueron víctimas de los más macabros experimentos de los médicos de las SS (como intentar cambiar el color de los ojos por medio de químicos). Muchos fallecían durante los terribles ensayos. Los que sobrevivían eran finalmente también asesinados para así poder hacerles la autopsia. Entre los médicos destaca Josef Mengele, quien sentía predilección por los gemelos porque así podía experimentar con uno de los dos y después al practicar las autopsias ver las diferencias entre las anatomías de ambos hermanos. En la exhibición se puede ver expuesto parte de su instrumental.

Cuando a finales de 1944 los nazis vieron que estaban cada vez más acorralados por el Ejército Rojo, comenzaron a destruir documentación e instalaciones. Poco después, entre el 17 y el 21 de enero de 1945 los prisioneros fueron movilizados a otras partes del Reich. Sin embargo, esta vez no fueron trasladados en tren, sino que fueron obligados a caminar. Las conocidas como marchas de la muerte suponían día tras día, kilómetro tras kilómetro a pie. Muchos se quedaron en el camino como consecuencia del hambre, del cansancio y/o del frío. El que se caía sin fuerzas era disparado por los miembros de las SS y dejado atrás.

Cuando llegaron los soviéticos se encontraron no obstante con algunos documentos y pruebas que no habían sido destruidos, así como cadáveres sin enterrar/incinerar, ropa y objetos que habían sido expropiados a la llegada de los prisioneros o kilos de cabello humano para vender. Y también 7.000 personas que no sabían si estos recién llegados venían a ayudarles o la cosa iba a empeorar aún más. Lamentablemente la mayoría de ellos murió en los días posteriores a la liberación. Poco pudieron hacer los médicos ante una salud tan deteriorada.

Y la exposición deja una reflexión final, la de los supervivientes. Esa gente que era libre pero no tenía un lugar donde volver. Personas que no solo habían perdido a su familia, sino que no tenían un hogar donde volver. No solo porque la guerra hubiera devastado el país, sino porque les habían arrebatado todo antes de eso. Como titulaba una pintora, Was bleibt, nichts. Lo que queda, nada.

Y aunque el 20 de noviembre de 1945 tuvieron lugar los Juicios de Núremberg y muchos nazis fueron sentenciados a muerte (Hitler ya se había suicidado), no hay forma alguna de reparar el daño que hicieron. Dos tercios de los judíos europeos desaparecieron para siempre, como queda reflejado en el último vídeo de la exhibición.

Se trata de una exposición muy completa que nos llevó casi 4 horas. Yo me la esperaba quizá algo más truculenta, supongo que por haber visitado ya Dachau y Sachsenhausen. Claro que no es lo mismo visitar una exposición que un campo en sí donde se puede entrar a las cámaras de gas, ver los crematorios, los barracones llenos de literas, las enfermerías… En el campo sientes la atmósfera, el frío de las instalaciones, incluso el olor. Obviamente es una visita más impactante. En esta muestra se pretende más hacer una labor informativa y didáctica que deje un poso de reflexión sin caer en imágenes cruentas ni morbosas.

El recorrido siguiendo el orden cronológico me parece muy apropiado y en general está muy bien estructurada intercalando mapas con fotografías, explicaciones, objetos expuestos en vitrinas (o sin ellas, como una parte de la alambrada, un barracón o el vagón de la entrada) y testimonios de los supervivientes.

Algunas informaciones ya las hemos leído o visto en películas y/o documentales; sin embargo recoge algunos aspectos no tan conocidos. Por ejemplo me sorprendió el juego de mesa Juden raus! que se comercializaba como un “juego para toda la familia extraordinariamente divertido y muy actual” y que consistía en expulsar a los judíos del tablero de juego que simbolizaba la ciudad. Así, cada jugador contaba con un policía y tenía que conseguir que su ficha cayera en las casillas marcadas como negocio judío para así apresar a un judío y llevarlo extramuros.

En el tablero puede leerse en alemán “¡Tira bien los dados para apresar muchos judíos!” y “¡Si consigues expulsar a seis judíos, serás el vencedor indiscutible!” Abajo a la derecha se puede leer también “¡A Palestina!”

Lo peor es que el supuesto juego no fue propaganda nazi, sino que se le ocurrió a la compañía alemana de juguetes Günther and Co. Tremendo adoctrinamiento en el odio.

La exhibición plantea más preguntas que respuestas, ya que la teoría de que hay que aprender de la historia para no repetirla en realidad parece no ser efectiva. Aquí estamos, un siglo después del nacimiento del NSPD y parece que se está repitiendo todo: la crisis económica, las guerras por religión o territorio, el ascenso de la ultraderecha…

Incluso con las pruebas, los documentos y los relatos de los supervivientes (que cada vez quedan menos) hoy en día se pone en tela de juicio el Holocausto y hay quien habla de montaje. Por no hablar del daño que ha hecho Hollywood tergiversando el final de la II Guerra Mundial y la derrota de los nazis (como publicaba http://www.les-crises.fr).

Pero incluso ahora que nos horrorizamos con aquel capítulo oscuro de nuestra historia reciente, hacinamos a refugiados en campamentos en condiciones infrahumanas. O los dejamos morir en el Mediterráneo. Nos llamamos sociedad avanzada, civilizada,Primer Mundo, pero en realidad no hemos dado muchos pasos adelante al respecto y mientras miramos para otro lado somos igual de cómplices que aquellos alemanes que no se preguntaban adónde llevaban a sus vecinos judíos. Podremos decir mucho Nie wieder (nunca más), pero lo cierto es que se está poniendo un siglo XXI que parece un calco del XX.

Professor Marston and the Wonder Women

El personaje de Wonder Woman está más vivo que nunca. En una época en la que raro es el mes en que no se estrena una película de superhéroes, Patty Jenkins hizo resurgir a la superheroína más famosa e influyente de todos los tiempos. Y como ya ocurriera con el cómic en el pasado, ha sido un éxito y ha impactado en la sociedad convirtiéndose en una figura de referencia para las nuevas generaciones.

La influencia a través de la cultura popular es algo que vio claro el psicólogo William Moulton Marston, creador del personaje de Diana de Temiscira, Diana Prince o Wonder Woman. El nacimiento de la superheroína queda recogido en la película Professor Marston and the Wonder Women que, tras su estreno en el Festival Internacional de Cine de Toronto de 2017 y de exhibirse en las salas de Estados Unidos desde el 13 de octubre de 2017 ha llegado a España en formato doméstico sin ser estrenada en los cines.

La cinta comienza en 1945, con el profesor Marston defendiéndose ante la Comisión del Cómic de EEUU que le acusa de que las historias de su personaje están cargadas de perversiones por reflejar homosexualidad, sumisión y tortura. A partir de ahí hay varios saltos temporales entre los testimonios del psicólogo que nos sirven para conocer el nacimiento de Wonder Woman y de los acontecimientos que le han llevado a la comparecencia.

Retrocedemos así a los años veinte, momento en que Marston ejercía como profesor de psicología en el campus universitario femenino de Radcliffe mientras su mujer Elizabeth, también psicóloga y tanto o más brillante que él, se tenía que conformar con colaborar con él sin derecho a plaza propia o reconocimiento académico por el hecho de ser mujer. Además de las clases, en las que William desarrollaba su modelo de conducta social y emocional al que llamó DISC, acrónimo de Dominio, Influencia, Sumisión y Conformidad; ambos están metidos de lleno en la creación del primer detector de mentiras. Su vida cambiará de golpe cuando contratan como asistente de investigación a Olive Byrne (hija de Ethel Byrne y sobrina de Margaret Sanger), con quien comenzarán una relación tanto amorosa como intelectual.

Los Marston eran almas libres que se trataban como iguales y discutían sobre sus teorías, sus puntos de vista sobre la vida, la cultura, la sociedad… Eran dos intelectuales de mente abierta, libres de prejuicios y poco amigos de preocuparse de lo que dijeran los demás, por lo que cuando surge el amor entre el matrimonio y Olive, lo hablan y deciden cómo seguir a partir de ahí. Su visión tolerante les lleva a formar una familia nada tradicional en la que los hijos que tuvieron tanto Olive como Elizabeth fueron criados en conjunto. No obstante, no lo tuvieron nada fácil, ya que fueron acusados de depravados y libertinos y Marston perdió su puesto en la universidad.

Hasta aquí parece que se trata de un drama romántico, sin embargo, este contexto histórico inicial sirve para conocer el impacto que estas dos mujeres tuvieron en la vida de William y en la creación del mito de Wonder Woman. Aunó en la superheroína las personalidades de sus dos mujeres (la inteligencia, la seguridad y el carácter fuerte e independiente de Elizabeth y la sensibilidad, inocencia, dulzura y belleza de Olive), su teoría DISC, el detector de mentiras, sus fetichismos y una visión feminista del mundo.

Y es que el personaje no nació de la imaginación de un friki, como en el resto de cómics, sino que pretendía tener una función divulgativa, que fuera un espejo para las niñas y niños de la época. Ante la crítica de los censores sobre que sus historias las leían menores, Marston se defendía aclarando que precisamente esa era su intención:  “Quiero que las niñas pequeñas de este país sepan que tienen el poder sobre su propio destino y que los niños aprendan desde pequeños a respetar a las mujeres poderosas”. Había captado claramente que la cultura popular era un importante vehículo a la hora de filtrar ideas a la sociedad.

Desde el principio Wonder Woman nació como un personaje feminista, como una mujer empoderada. Marston creía que “Si el hombre tiene una naturaleza anárquica y violenta y la mujer cariñosa y protectora, entonces ellas deberían gobernar el mundo”, por lo que puso a la amazona en el centro del relato como una mujer capaz de acabar con la violencia y el desequilibrio instaurando en su lugar la justicia y la igualdad.

Y claro, una visión tan adelantada a su época (incluso hoy en día), con el reflejo de relaciones homosexuales y el uso de los látigos hizo saltar las alarmas de los sectores más conservadores de la época. Se topó con una sociedad llena de prejuicios en cuanto a la libertad sexual y que no estaba preparada para que una mujer tomara el control y las riendas de su propia vida.

Aún así, a pesar de una campaña de desprestigio, Wonder Woman consiguió vender en sus años iniciales más ejemplares que Superman. Incluso hoy en día la película protagonizada por Gal Gadot consiguió hacerse un hueco en un mundo audiovisual plagado de superhéroes masculinos heternormativos y batiendo récords de recaudación.

Angela Robinson, escritora y directora de Professor Marston and the Wonder Women decidió ir más allá del personaje y ahondar en la historia de su concepción adentrándose mientras tanto en temáticas como la ciencia, la investigación, la religión y el puritanismo, las rígidas estructuras familiares y las relaciones de pareja, el sexo, la política, la educación y el feminismo.

Aunque dura cerca de las dos horas, en ningún momento se hace larga. La historia está bien narrada y juegan un papel importante tanto los diálogos como los silencios, la simbología y los detalles visuales. Sin duda el momento de la inspiración del personaje con la combinación del vestuario a base de elementos fetichistas es el punto clave de la película, pero a partir de ahí no decae, sino que deja con ganas de conocer más de este personaje del que seguro que seguirá habiendo más entregas cinematográficas.

Serie Terminada: The Americans

Allá por 2013 vimos el piloto de The Americans y lo añadimos a la lista para ver pues la serie prometía. Tras seis temporadas terminó este año, así que la vimos del tirón. Y la verdad es que me ha provocado sensaciones enfrentadas. Aún estoy asimilándola. OJO SPOILERS.

La serie se ambienta a comienzos de los años ochenta, en los últimos coletazos de la Guerra Fría entre Estados Unidos y la URSS. Conocemos a Elizabeth y Philip Jennings, una pareja con dos críos adolescentes que tienen una agencia de viajes y viven en las afueras de Washington. La típica familia estadounidense. Solo que en realidad son Nadezhda y Mischa, dos espías soviéticos entrenados para infiltrarse en la sociedad americana. Sus hijos sin embargo desconocen su secreto, y sí que han nacido en Estados Unidos. Así, The Americans arranca con el día a día de esta familia, con su tapadera, con sus misiones ordenadas por Moscú y con la llegada de un nuevo vecino al barrio, Stan Beeman, que resulta ser agente del FBI de contraespionaje.

A lo largo de sus seis temporadas los Jennings se mueven en la cuerda floja entre dos mundos: el familiar como agentes de viaje, padres de familia y amigos de su vecino; y el del servicio a su país con sus seudónimos, pelucas, muertes, robos de información y operaciones secretas.

Las ficciones sobre el espionaje siempre han sido un filón. Ahí lleva años la saga de James Bond en el cine, John le Carré con sus novelas o Alias, 24 y Homeland en la pequeña pantalla. En The Americans sin embargo no vamos a encontrar el lujo de James Bond con persecuciones y yates, coches descapotables y lugares exóticos, tampoco la acción de Alias, ni el ritmo frenético de 24 o los juegos psicológicos de Homeland. Mantiene la esencia de la clásica historia de agentes dobles, pero con un ritmo mucho más reposado y tramas que se dilatan a lo largo de toda la temporada. En parte tiene sentido, ya que la misión de los Jennings es a largo plazo, no se trata de entrar en un edificio, hacerse con un objeto y salir (que también), sino de crear unos personajes, entablar relaciones, conseguir información poco a poco y volver a empezar.

La época en que se ambienta también contribuye a este ritmo pausado. Ahora un espía contaría con tecnología microscópica y con otros métodos para llegar a la información. Y con teléfonos móviles encriptados, nada de cabinas. Lo mismo para la contrainteligencia. En la actualidad un agente del FBI cotejaría unas fotografías en la base de datos con unos segundos, mientras que en los 80 había que hacer un retrato robot y navegar entre miles de archivos.

La Guerra Fría es un escenario perfecto. La estética de los 80 y su música le dan un toque nostálgico a todo. Así, si intercalamos hechos reales con unos personajes ficticios, tenemos un relato más que interesante. El creador, Joe Weisberg, fue oficial de la CIA, así que tenía material con el que trabajar sobre el funcionamiento de los servicios de inteligencia de la época. Además, se basó en notas del libro del agente del KGB, Vasili Mitrojin, y en anécdotas de agentes del FBI. Pero el detonante que le inspiró para los protagonistas fue un caso de 2010 en el que Donald Heathfield y Tracey Foley, que fueron detenidos por el FBI ante la atónita mirada de sus hijos que no entendían nada. Eran dos espías rusos (también conocidos como “ilegales”) que tomaron la identidad de dos bebés muertos en Montreal en los años 60, tuvieron dos hijos en Toronto en los 90 y emigraron a Boston tras un breve paso por Francia.

Y es que, en realidad, aunque haya referencias políticas y el espionaje como hilo conductor, The Americans no pretende hacer crítica sociopolítica, sino que es un drama sobre la familia. Bien es cierto que podríamos decir que los Jennings tienen dos familias: por un lado la Madre Patria y por otro la falsa que han construido en EEUU que incluye a unos hijos que son muy reales y que están en plena adolescencia. Los infiltrados han de compaginar en su día a día las dos facetas y conseguir un equilibrio a la vez de que una parcela no influya en la otra. Algo que no es nada fácil, pues sus misiones son cada vez más exigentes con más problemas y tensiones que tensan la cuerda. Los veremos discutir por la forma en que educar los hijos en plena misión, por ejemplo. Estos altibajos y crisis repercuten en su estabilidad emocional, sobre todo en Philip.

Philip es profesional en sus misiones y cumple con lo que se le exige, pero se le ve sufrir. En más de una ocasión se le ve hacer de tripas corazón cuando ha de aprovecharse de alguna fuente/víctima. Representa la dualidad de la obligación de su trabajo y sus sentimientos, más patentes cuando hablamos de su faceta como padre y marido. Philip ama a sus hijos y con el tiempo también a su falsa esposa, una mujer mucho más fría y pragmática para la que la Madre Rusia es su prioridad. En cualquier caso, ambos forman un buen tándem a pesar de lo complicado de su relación y los vínculos que cada uno tiene fuera del matrimonio. Y funcionan mejor cuando están bien el uno con el otro. Son espías, sí, pero tienen debilidades, no se nos presentan como unos personajes arqueotipados, sino como personas con sus sentimientos y dilemas.

Así que aquí es donde me despistó la serie. Yo esperaba una historia de espías, de intrigas, de acción, de topos y de identidades falsas y en realidad eso es lo que menos peso tiene en The Americans. Además el ritmo, los silencios, la contención de emociones, las escenas de diez minutos sin diálogo, los cortes en las conversaciones a medias… es algo que no es para todo el mundo. Sí que es verdad que la tensión va creciendo a medida que pasan las temporadas, sobre todo con la hija mayor creciendo y haciendo preguntas y quizá las mejores temporadas sean las centrales. De hecho en la cuarta se acabó con varios personajes (Martha, Nina, Arkady Ivanovich, Oleg…) cerrando una etapa.

A partir de la quinta temporada todo se resquebraja poco a poco. Los guionistas ya sabían que la serie iba a concluir en la sexta y parece que quisieron eliminar flecos sueltos y reconducir la historia. La sexta comienza con un salto temporal de tres años. Se sitúa en 1987, cuando las relaciones entre Estados y la URSS comienzan a mejorar. Sin embargo, por el contrario, la de Elizabeth y Philip es cada vez más tensa. Él, superado emocionalmente por el estrés y su crisis existencial, está fuera del KGB. Al dejar atrás esa parte de su vida, el matrimonio está más distanciado que nunca. Philip se vuelca en su hijo Henry, que está estudiando fuera, mientras que Elizabeth estrecha lazos con Paige, que está en la universidad y entregada a la causa soviética.

En la temporada final, y sobre todo en el último episodio, The Americans ha sido fiel a sí misma. Yo me esperaba una conclusión frenética, con persecuciones, tiroteos y que muriera hasta el apuntador. Sin embargo, nada más lejos de la realidad. The Americans no se reservaba giros espectaculares de guión. Por el contrario tenemos una huida lenta (de unos veinte minutos), sin apenas diálogos, acompañada por música que lo dice todo (ese With or without you de U2). Es un capítulo cargado de intensidad emocional: el abandono de Henry, el cara a cara con Stan poniendo las cartas sobre la mesa, la decisión de Page de no irse con ellos, la vuelta a un país que ya no conocen…

Sin embargo, aunque no haya un rastro de cadáveres o una vertiginosa acción, sí que hay una sensación de final, de pérdida. Porque Elizabeth y Philip (Nadezhda y Mischa de nuevo) a pesar de arriesgar todo y conseguir regresar vivos a la URSS, lo han perdido todo. Su familia ha quedado dividida y han de empezar de nuevo apoyándose el uno en el otro. “Nos acostumbraremos” dice Elizabeth. No tengo yo tan claro de que la estabilidad emocional de Philip le permitiera seguir adelante sin sus hijos. Aunque quizá en Rusia pudiera conocer a su hijo perdido. Y Elizabeth habría caído con la Unión Soviética. Pero nunca lo sabremos, igual que nos quedará la duda de qué pasa con Henry o Page o si la mujer de Stan también era del KBG.

Porque al final todo eso es irrelevante. Lo importante era el camino de ida y vuelta que han hecho estos dos personajes. La historia de espías era mero entretenimiento. Pero hay que reconocer que aunque lenta, tiene una detallada ambientación, una muy buena selección musical, una fotografía muy cuidada y una tensión que parece que no está, pero que va aumentando poco a poco.

En definitiva, volviendo la vista atrás y pensando en global, la serie me ha gustado. Pero claro, venía de Orphan Black, una serie mucho más dinámica, con otro pulso y me ha costado tomar perspectiva. The Americans es para verla reposada, observando cada detalle y prestando atención a cada diálogo y silencio.

Made in Dagenham (Pago Justo)

1968 fue un año de reivindicaciones y de cambio en las políticas sociales. Las movilizaciones más famosas son las de mayo en Francia, pero ocurrían en varios puntos del globo. En este contexto histórico se enmarca la película Made in Dagenham (Pago justo en español).

Por aquel entonces la pequeña población de Dagenham vivía de la fábrica de automóviles Ford, de la que salían unos tres mil coches diarios. En ella trabajaban unos 55.000 hombres como operarios y 187 mujeres como costureras. Ellos estaban cualificados como Grado B o C (especializados), mientras que ellas eran Grado A (habilidades mínimas). Las maquinistas de costura se encargaban de confeccionar las tapicerías de los vehículos, una tarea que se consideraba no especializada.

Cansadas de las injusticias y desigualdades que vivían y de que el sindicato masculinizado (y machista) no les hiciera caso, capitaneadas por Rita O’Grady, organizaron una huelga para reivindicar la equiparación de categoría profesional con respecto a los hombres. Al principio no fueron tomadas muy en serio, ya que las mujeres hasta la fecha no habían hecho huelgas (sí sus compañeros), sin embargo, fueron firmes en su postura y los paros se prolongaron hasta las 3 semanas, llegando a paralizar la producción de la planta, ya que sin tapicerías no podían salir coches.

Lo que comienza como una lucha por la equiparación de categoría acaba convirtiéndose en una lucha por la igualdad salarial y con la aprobación de la Ley de Igualdad Salarial (Equal Pay Act) en el Parlamento Británico dos años más tarde.

Pero el camino no es fácil. Aunque al principio tienen el reconocimiento y el aliento de sus compañeros (muchas tienen a sus maridos entre los operarios), la cosa cambia a medida que el paro persiste y estos son enviados a casa porque no hay trabajo. Con el paso de los días los hombres comienzan a ponerse nerviosos y a pedir a las mujeres que vuelvan a sus puestos por el bien de todos. Se olvidan, sin embargo, de que en el pasado, cuando la situación había sido al revés, ellas siempre les habían apoyado.

Además, no solo se encuentran con la presión de los compañeros y los chantajes del sindicato para que vuelvan al trabajo bajo la promesa de que pronto se tratará su tema, sino que también en casa los maridos se cansan de tener que asumir las tareas domésticas y el cuidado de los hijos mientras ellas están manifestándose o en reuniones. Parece haber un momento en que ellos se desvinculan y dejan de entender de qué va toda la reivindicación. Hay un diálogo muy bueno entre Rita y Eddie que refleja la incomprensión del marido:

– Eddie: Me gusta beber pero no le doy a la cerveza cada noche, ni me follo a otras mujeres… Y nunca te he levantado la mano. ¡Jamás! Ni a los niños.
– Rita: ¿Ahora eres un santo? ¿Es lo que me estás diciendo Eddie? ¿Eres un maldito santo porque no has abusado de nosotros? […] Esto es como debe de ser, ¡por dios santo Eddie! De qué crees que va toda esta maldita huelga, ¿eh? ¡Ah, sí! No, de hecho tienes razón, no eres un borracho, no eres jugador, te ocupas de los niños, no nos pegas a ninguno, ¡oh, qué suerte tengo! ¡Por el amor de dios Eddie! ¡Así es como debe de ser! Intenta entender eso. ¡Son derechos, no privilegios! ¡Es así de fácil! ¡Es así de fácil!

Porque la huelga no iba de conseguir privilegios, sino de justicia. Se trataba de una lucha por la igualdad social, por no ser consideradas como seres inferiores. Quizá chirría un poco que no nazca totalmente de ellas, sino que lo hagan espoleadas por la estrategia de un hombre que no quiere que pasen por lo mismo que pasó su madre.

La película pone también de relieve las presiones de los norteamericanos sobre el Primer Ministro y la cobardía del gobierno británico. Tan solo Bárbara Castle, la Ministra de Trabajo y Productividad, decidió tomar cartas en el asunto y reunirse con las costureras. Castle se mostró valiente y no cedió ante las amenazas de la Ford de llevarse sus fábricas de Inglaterra.

Pago Justo tiene una gran puesta en escena con una muy buena ambientación tanto en vestuario como en decorados. El toque británico y la temática me recordó en gran medida a Pride. De hecho, comparte con esta la emotividad y el positivismo a pesar de tener toques dramáticos. No todo es tan bonito. Acaban como vencedoras por conseguir un 92% de equiparación salarial, pero la realidad dejaba mucho que desear, ya que tras la huelga volvieron a sus vidas en las que los maridos se iban al bar mientras ellas se quedaban en casa asumiendo de nuevo las tareas domésticas y el cuidado de la familia. Visto en perspectiva, era un avance, claro.

En general la cinta es un buen testimonio de cómo un grupo de mujeres que eran minoritarias en una fábrica marcaron el camino hacia una de las luchas sociales que a pesar de haber evolucionado desde 1968 aún a día de hoy no ha terminado: la igualdad salarial entre hombres y mujeres.