Auschwitz. No hace mucho. No muy lejos

Un día como ayer, 27 de enero, pero en 1945, el Ejército Rojo entró en Auschwitz liberando así a unas 7.000 personas del mayor y más letal campo de concentración y exterminio nazi. Lamentablemente llegaron tarde para más de un millón de personas que ya habían sido asesinadas entre sus alambradas en el transcurso de cinco años.

Dos años más tarde, en 1947, el Gobierno de Polonia creó el Museo Estatal de Auschwitz-Birkenau, un espacio de 191 hectáreas que sería reconocido en 1979 como Patrimonio de la Humanidad por la Unesco y que hoy en día recibe cada año una media de millón y medio de visitantes (en 2016 y 2017 superó los 2 millones).

Con motivo del 70 aniversario y con la doble tarea de recoger fondos y a la vez de difundir los terribles acontecimientos, el museo ha cedido a una exposición itinerante de carácter internacional unas 600 piezas originales que hasta la fecha no habían salido de la ciudad polaca de Oświęcim. Madrid se convirtió en la primera ciudad en la que que pararía Auschwitz. No hace mucho. No muy lejos que recorrerá 14 países durante 7 años.

Esta muestra, en la que también colaboran unos veinte museos e instituciones internacionales (la Biblioteca Wiener de Londres, el National Hideout Museum de Aalten de Holanda o el Memorial del Holocausto de Washington), se inauguró el 1 de diciembre de 2017 en el Centro de Exposiciones Arte Canal y desde su apertura ha tenido una acogida tan buena que se ha llegado a prorrogar hasta dos veces. Primero hasta el 7 de octubre de 2018 y después hasta el 3 de febrero de 2019. Está a punto de cerrar sus puertas y de continuar su gira mundial.

En 2017, cuando viajamos a Polonia nos planteamos hacer una parada entre Wroclaw y Cracovia y así visitar el campo. Sin embargo, el limitado horario de los trenes y con una ruta tan ajustada, al final se quedó fuera de la planificación. Hace unos meses unas amigas comentaron la segunda prórroga de la exposición y sin dudarlo buscamos un día disponible para ir juntas. Ese día fue el sábado. Pensé que ya no habría tanta gente, sin embargo, a nuestra llegada había incluso cola para entrar.  La exposición comienza incluso antes de acceder al interior, puesto que junto a las taquillas encontramos un vagón que perteneció a la Deutsche Reichsbahn. Uno de tantos de aquellos en los que eran transportados los prisioneros a los campos de concentración nazis.

Ya dentro, con nuestro plano en la mano y la audioguía al cuello, comenzamos el recorrido por los 25 espacios distribuidos en 2.500 metros cuadrados. Ahí es nada. Pero es que la muestra no es simplemente una exposición sobre el campo de concentración, sino que cubre el antes, el durante y el después. Así, lo primero que nos encontramos es la historia de Oświęcim, un pueblo ducal que Alemania devolvió a Polonia tras la I Guerra Mundial y cuya importancia radicaba básicamente en su ubicación geográfica, pues era un importante nudo de comunicaciones.

Los barracones que se habían construido para alojar a aquellos que iban a partir para Estados Unidos acabaron convirtiéndose en un complejo campo de concentración y exterminio con la llegada de la II Guerra Mundial y la ocupación polaca por parte de los nazis.

Pero antes de llegar ahí, la exposición nos sirve para recordar el contexto histórico y las circunstancias geopolíticas de la primera mitad del siglo XX. Tras la derrota alemana en la I Guerra Mundial, en 1919 se funda el Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán con un Hitler a la cabeza que comienza a llegar a la gente con un lenguaje sencillo y directo (y populista) envuelto en una cuidada puesta en escena. En la exposición podemos ver la propaganda que usaba el partido, así como algún que otro vídeo de estos discursos.

Alemania estaba sumida en la pobreza, con una moneda devaluada y con una alta tasa de desempleo en parte como consecuencia por el Tratado de Versalles, un pacto que imponía al país unas duras indemnizaciones. Esto, sumado al crac del 29, que desembocó en una crisis económica a nivel mundial que castigó aún más a Alemania, supuso el caldo de cultivo perfecto para que el pueblo comprara el discurso del partido nazi en el que prometían devolver a Alemania a tiempos de bonanza y limpiar el país de enemigos. Para Hitler estos enemigos eran los comunistas, los judíos (a quienes consideraba los culpables de la crisis económica mundial) y los seres inferiores o Untermeschen (categoría en la que se incluían aquellos que no fueran de raza aria, pero también los homosexuales o discapacitados – a quienes consideraban personas con “tara”-).

La ciudadanía, cegada por la promesa de puestos de trabajo, obvió este discurso del odio y respaldó al NSPD con sus votos en las elecciones del 33. Hitler llegó al poder y pensaba cumplir sus promesas. Así, se construyeron por todo el país campos de concentración a los que se mandaba a los opositores del régimen a cumplir trabajos forzosos. Poco después, durante la II Guerra Mundial, esta metodología se fue extendiendo. Por tanto, territorio ocupado, territorio en el que se construían campos donde se deportaba a los opositores.

En 1935 se redactaron las Leyes de Núremberg. Estas prohibían los matrimonios entre judíos y alemanes “puros”, así como las relaciones extramatrimoniales entre judíos y alemanes.

Sin embargo, no se quedaban ahí, también establecían disposiciones que impedían que los judíos contrataran a ciudadanos alemanes o que mostraran signos nacionales. quedaron privados de la ciudadanía alemana y sus derechos, lo cual conllevó que no pudieran ejercer determinadas profesiones (abogados o profesores) u ocupar cargos públicos, por lo que muchos perdieron su sustento y no pudieron mantener su casa.

El horror subió un peldaño cuando en enero de 1942 se acordó la “Solución Final” en la Conferencia de Wannsee. Una solución que consistía en explotar al pueblo hebreo hasta aniquilarlo. Sin más. Eichmann, el encargado de la organización del Holocausto, hablaba de selección natural. Con esta institucionalización del antisemitismo los judíos fueron perseguidos, marcados, marginados y recluidos en guetos. Después se pasó a fusilamientos masivos. Y finalmente se encontró una medida más económica y eficaz: los campos de exterminio.

Auschwitz, como decía al principio, fue el mayor de todos ellos, el más complejo y en el que más personas fueron asesinadas. Algunos eran de concentración, otros de trabajos forzados y otros de exterminio. Auschwitz sin embargo aunaba 3 en 1 en un territorio de 40 kilómetros cuadrados. Por un lado, Auschwitz I, que era de concentración, por otro Auschwitz II – Birkenau que era de exterminio, y finalmente Auschwitz III, de trabajos forzados.

Tras esta primera parte de la exposición, entramos de lleno en cómo funcionaba Auschwitz-Birkenau. Además de poder ver una maqueta o planos de las dimensiones y las diferentes dependencias, la muestra nos lleva por el recorrido que seguían los prisioneros. Unos prisioneros que llegaban engañados con la promesa de que eran trasladados a un lugar mejor en el que iban a poder desempeñar sus profesiones y ser valiosos. Sin embargo, empezaban a sospechar cuando eran empujados a subir a vagones apestosos que se venían empleando para transportar ganado y con tan solo dos cubos (uno con agua y otro para deposiciones) para las miles de personas allí hacinadas. En aquel viaje de varios días hasta Auschwitz algunos morían de inanición. Y los que llegaban vivos, lo hacían desfallecidos.

Una vez en el campo eran privados de sus posesiones (que serían revisadas, clasificadas y enviadas a Alemania para su venta) y tenían que pasar por una selección en la que miembros de las SS decidían su destino. Se les preguntaba su edad y profesión y se les valoraba el estado de salud. Si eran considerados aptos para trabajar, pasaban la criba. En este caso eran llevados a unas instalaciones en las que eran despojados de sus prendas, así como joyas, eran desinfectados, rapados y tatuados con un número que se convertiría en su nombre desde ese momento. Se les entregaba el ya conocido pijama de rayas así como unos zuecos de madera que les acompañarían durante todo su calvario.

Y es que aunque sobrevivieran al viaje, la mitad morían en las primeras semanas debido a las condiciones infrahumanas a las que se enfrentaban. Por un lado se encontraban con escasez de comida y los trabajos forzados tremendamente exigentes que les dejaban exhaustos, por otro se enfrentaban a las temperaturas extremas de los inviernos en Oświęcima con aquellos pijamas. Por no hablar de las torturas y castigos. No era de extrañar que las enfermedades contagiosas rápidamente se extendieran teniendo en cuenta las instalaciones en las que eran hacinados y su delicada salud.

Por otro lado, los que no pasaban el corte, sobre todo niños, ancianos, discapacitados, madres con hijos pequeños o cualquiera que pareciera especialmente débil (más que los demás al menos) pasaban a ser ejecutados inmediatamente en las cámaras de gas engañados con la promesa de una ducha caliente. Aunque fueron deportadas aproximadamente 1.3 millones de personas, en realidad prácticamente 900.000 fueron gaseados nada más llegar.

Es estremecedor leer las palabras de Rudolf Höß, el primer Kommandant de Auschwitz, quien decía que no le había impresionado la primera ejecución con gas. Ese era el nivel. Según él matarlos no era el problema, ya que era lo que menos tiempo llevaba, siendo aniquiladas unas 2.000 personas en apenas media hora. El verdadero inconveniente era la incineración, que exigía más tiempo porque no cabían tantos en los crematorios. Además de que había que transportarlos.

Cuando los cuerpos se quedaban sin vida apilados en las cámaras de gas había que retirarlos y llevarlos a los crematorios y esa tarea le correspondía para más inri a los propios reclusos, los conocidos como Sonderkommando (comandos especiales). También eran ellos los que tenían que recuperar los dientes de oro de los cadáveres para después fundir el metal. Y mientras tanto, el señor Höß relata que vivía tan feliz en Auschwitz, pues tanto su mujer como sus cinco hijos disfrutaban de la vida en el campo.

En aquella criba inicial había una tercera opción, la de aquellos que se convertían en cobayas de ensayos mal llamados científicos. Estos prisioneros fueron víctimas de los más macabros experimentos de los médicos de las SS (como intentar cambiar el color de los ojos por medio de químicos). Muchos fallecían durante los terribles ensayos. Los que sobrevivían eran finalmente también asesinados para así poder hacerles la autopsia. Entre los médicos destaca Josef Mengele, quien sentía predilección por los gemelos porque así podía experimentar con uno de los dos y después al practicar las autopsias ver las diferencias entre las anatomías de ambos hermanos. En la exhibición se puede ver expuesto parte de su instrumental.

Cuando a finales de 1944 los nazis vieron que estaban cada vez más acorralados por el Ejército Rojo, comenzaron a destruir documentación e instalaciones. Poco después, entre el 17 y el 21 de enero de 1945 los prisioneros fueron movilizados a otras partes del Reich. Sin embargo, esta vez no fueron trasladados en tren, sino que fueron obligados a caminar. Las conocidas como marchas de la muerte suponían día tras día, kilómetro tras kilómetro a pie. Muchos se quedaron en el camino como consecuencia del hambre, del cansancio y/o del frío. El que se caía sin fuerzas era disparado por los miembros de las SS y dejado atrás.

Cuando llegaron los soviéticos se encontraron no obstante con algunos documentos y pruebas que no habían sido destruidos, así como cadáveres sin enterrar/incinerar, ropa y objetos que habían sido expropiados a la llegada de los prisioneros o kilos de cabello humano para vender. Y también 7.000 personas que no sabían si estos recién llegados venían a ayudarles o la cosa iba a empeorar aún más. Lamentablemente la mayoría de ellos murió en los días posteriores a la liberación. Poco pudieron hacer los médicos ante una salud tan deteriorada.

Y la exposición deja una reflexión final, la de los supervivientes. Esa gente que era libre pero no tenía un lugar donde volver. Personas que no solo habían perdido a su familia, sino que no tenían un hogar donde volver. No solo porque la guerra hubiera devastado el país, sino porque les habían arrebatado todo antes de eso. Como titulaba una pintora, Was bleibt, nichts. Lo que queda, nada.

Y aunque el 20 de noviembre de 1945 tuvieron lugar los Juicios de Núremberg y muchos nazis fueron sentenciados a muerte (Hitler ya se había suicidado), no hay forma alguna de reparar el daño que hicieron. Dos tercios de los judíos europeos desaparecieron para siempre, como queda reflejado en el último vídeo de la exhibición.

Se trata de una exposición muy completa que nos llevó casi 4 horas. Yo me la esperaba quizá algo más truculenta, supongo que por haber visitado ya Dachau y Sachsenhausen. Claro que no es lo mismo visitar una exposición que un campo en sí donde se puede entrar a las cámaras de gas, ver los crematorios, los barracones llenos de literas, las enfermerías… En el campo sientes la atmósfera, el frío de las instalaciones, incluso el olor. Obviamente es una visita más impactante. En esta muestra se pretende más hacer una labor informativa y didáctica que deje un poso de reflexión sin caer en imágenes cruentas ni morbosas.

El recorrido siguiendo el orden cronológico me parece muy apropiado y en general está muy bien estructurada intercalando mapas con fotografías, explicaciones, objetos expuestos en vitrinas (o sin ellas, como una parte de la alambrada, un barracón o el vagón de la entrada) y testimonios de los supervivientes.

Algunas informaciones ya las hemos leído o visto en películas y/o documentales; sin embargo recoge algunos aspectos no tan conocidos. Por ejemplo me sorprendió el juego de mesa Juden raus! que se comercializaba como un “juego para toda la familia extraordinariamente divertido y muy actual” y que consistía en expulsar a los judíos del tablero de juego que simbolizaba la ciudad. Así, cada jugador contaba con un policía y tenía que conseguir que su ficha cayera en las casillas marcadas como negocio judío para así apresar a un judío y llevarlo extramuros.

En el tablero puede leerse en alemán “¡Tira bien los dados para apresar muchos judíos!” y “¡Si consigues expulsar a seis judíos, serás el vencedor indiscutible!” Abajo a la derecha se puede leer también “¡A Palestina!”

Lo peor es que el supuesto juego no fue propaganda nazi, sino que se le ocurrió a la compañía alemana de juguetes Günther and Co. Tremendo adoctrinamiento en el odio.

La exhibición plantea más preguntas que respuestas, ya que la teoría de que hay que aprender de la historia para no repetirla en realidad parece no ser efectiva. Aquí estamos, un siglo después del nacimiento del NSPD y parece que se está repitiendo todo: la crisis económica, las guerras por religión o territorio, el ascenso de la ultraderecha…

Incluso con las pruebas, los documentos y los relatos de los supervivientes (que cada vez quedan menos) hoy en día se pone en tela de juicio el Holocausto y hay quien habla de montaje. Por no hablar del daño que ha hecho Hollywood tergiversando el final de la II Guerra Mundial y la derrota de los nazis (como publicaba http://www.les-crises.fr).

Pero incluso ahora que nos horrorizamos con aquel capítulo oscuro de nuestra historia reciente, hacinamos a refugiados en campamentos en condiciones infrahumanas. O los dejamos morir en el Mediterráneo. Nos llamamos sociedad avanzada, civilizada,Primer Mundo, pero en realidad no hemos dado muchos pasos adelante al respecto y mientras miramos para otro lado somos igual de cómplices que aquellos alemanes que no se preguntaban adónde llevaban a sus vecinos judíos. Podremos decir mucho Nie wieder (nunca más), pero lo cierto es que se está poniendo un siglo XXI que parece un calco del XX.

Familie Braun

Hace poco, en los comentarios de una columna sobre la creciente subida de votos de los partidos fascistas, leí la recomendación de la serie Familie BraunTras leer la sinopsis no pude por menos que verla, pues parte de una premisa bastante chocante.

Thomas Braun y Kai Stahl son dos veinteañeros neonazis que comparten piso en Berlín. Un buen día entre jijis, jajas, saludos a Hitler y vídeos en youtube sobre cómo hacer cosas nazis reciben una visita. Se trata de un antiguo rollo de una noche de Thomas, que le comunica que tiene que marcharse a Eritrea y no puede llevarse con ella a la hija de seis años que tienen en común. Así de golpe el protagonista no solo se entera de que es padre, sino de que lo es de una niña negra.

Aunque Thomas se queda algo desencajado, pronto se encarga de Lara, sin embargo, Kai no reacciona de la misma forma. En primer lugar alucina por el hecho de que su amigo haya sido capaz de liarse con una negra (era más clara, dice Thomas como excusa), y después ante la actitud que toma hacia la niña, asumiendo su papel de padre. Padre de una niña negra. Siendo neonazi…

Así, intenta por todos los medios que la niña desaparezca tal y como llegó, pero Lara es realmente perspicaz y vuelve para quedarse. En los restantes episodios vemos cómo la mirada limpia de una niña de seis años y sus preguntas y comentarios desmontan el “argumentario” de la ideología nazi.

Obviamente, la serie tiene sus puntos flacos, como el planteamiento inicial, pues a qué madre en su sano juicio se le ocurriría dejar a su hija con un tipo que no la ha visto en la vida y que además es un neonazi… Pero bueno, aceptamos la licencia para marcar el chocante arranque del piloto. Pero en cualquier caso, resulta entretenida y, a pesar de lo dramático, arranca la carcajada por lo surrealista de las situaciones.

Lamentablemente Familie Braun solo consta de una temporada de 8 capítulos realmente cortos (rondan los cinco minutos), por lo que sabe a poco.

Está disponible en Youtube (con subtítulos) y en la web de ZDF.

 

Nueva serie a la lista “para ver”: You are wanted

You Are Wanted es una serie de Amazon Alemania en la que un gerente de hotel ve cómo toda su vida se vuelve patas arriba cuando es hackeado.

Lukas Franke se encuentra trabajando en el hotel de Berlín cuando se produce un apagón en toda la ciudad. Con el problema solucionado y con los huéspedes molestos ya más tranquilos; vuelve a su casa donde le esperan su familia y amigos para celebrar su cumpleaños.

Sin embargo, los problemas no han hecho más que comenzar. Pronto ve cómo ocurren cosas raras en sus dispositivos y en los de su familia. Lukas ha sido pirateado por un grupo de hacktivistas y la historia de su vida está siendo reescrita de forma que se convierte en el principal sospechoso del ataque cibernético que causó el apagón. El protagonista entra en una espiral de desesperación y una frenética búsqueda de la verdad para demostrar que no es un terrorista y que hay alguien detrás que le ha implicado.

De nuevo tenemos el recurrente motivo del ciberactivismo, aunque You are wanted no parece que vaya a tirar por los derroteros de Mr. Robot. Aquí el mundo digital sirve como punto de partida para un thriller de acción, en donde el protagonista tiene todo en contra y se va desdibujando su historia.

El piloto ya me ha enganchado con tanta conspiración. Aunque he de reconocer que en algunos momentos es algo lento. Pero bueno, es algo muy común en las producciones europeas, que también tienen un tipo de fotografía más fría que la típica estadounidense. Aún así, You are wanted no tiene nada que envidiar a los productos del otro lado del charco y se merece estar en la lista “para ver”. Además, cuenta con una corta temporada de tan solo 6 capítulos. Perfecta para un maratón de sofá, manta y serie.

Nueva serie a la lista “para ver”: Einstein

Esta vez no traigo una serie estadounidense, sino alemana. Einstein se centra en Felix, un tataranieto de Albert Einstein, que, al igual que este, es un genio de la física. Sin embargo, también ha heredado la enfermedad de Huntington, por lo que es probable que, según su médico, no llegue a cumplir los 40. Los síntomas de la enfermedad y la teoría en que está trabajando le llevan a consumir anfetaminas, a las que se vuelve adicto.

Este consumo de drogas le lleva a una detención. Pero durante su tiempo en comisaría ayudará a resolver un caso, así que le propondrán una conmutación de la pena. En lugar de cumplir condena, tendrá que colaborar en calidad de consultor con la inspectora Elena Lange en la resolución de una investigación en curso.

En realidad la temática no es nada nueva, es un procedimental muy al uso en el que colabora un detective y un consultor. Lo vimos en Numb3rs con un matemático que ayuda a su hermano del FBI; en El Mentalista con un falso vidente pero muy buen observador que colabora con la policía, en Psych con otro detallista que se hace pasar por vidente; en Ladrón de guante blanco con un estafador que también conmuta su pena con tal de servir de asesor para el el FBI; en iZombie donde una muerta comecerebros asesora con sus visiones; en Lucifer donde es el mismo demonio el que colabora con la policía; en Castle con un escritor que quiere tomar nota sobre el trabajo de comisaría para su nueva novela y acaba quedándose ocho temporadas; en Bones donde quien la colaboradora externa es una antropóloga; y así podría seguir con The Listener, Imborrable, Monk hasta el infinito y más allá.

¿Qué tiene de diferente? Pues que está rodada en Bochum. Que sí, así a priori puede no tener sentido para un espectador medio de la parrilla española, pero cuando has estado un año de Erasmus en esta ciudad tan gris e industrial de la cuenca del Ruhr, te sorprende que lo elijan como escenario. Y más una universidad que no cuenta con un típico campus con un edificio histórico (en Bonn reconvertieron un palacio) o rodeado de césped por todos lados. Así que no podía por menos que ver el piloto.

Y precisamente en la Ruhr Universität es donde da clases de Física el carismático protagonista de carácter despreocupado. Aunque es el típico científico excéntrico, lo cierto es que esta vez no tenemos al típico retraído. Sí, quizá tenga algo de asocial, pero no es un Sheldon Cooper. Felix sabe lo que es la ironía, el sarcasmo y tira bastante del humor. De hecho, no se corta, no tiene filtro entre mente y boca. Quizá el hecho de saber que morirá en unos años le da esa libertad de decir lo que piensa fuera de toda convención protocolaria.

Para contrarrestar al singular genio tenemos a la detective Lange, una seria policía que ve a Einstein como un imbécil prepotente que alardea de ser más inteligente que todo su departamento. Para ella es un incordio, sin embargo, cuando este hace buenas migas con su hijo pequeño, le tolera algo mejor. Y en el fondo sabemos que en algún momento, ya sea de esta temporada o de la serie, ambos acabarán juntos. Y si no, al tiempo. Para esto da igual que sea americana, española, alemana o sueca.

El recorrido de la serie es curioso. En un principio se lanzó como una película para la televisión en 2015. Sorprendió el éxito que tuvo y el canal SAT1 encargó una continuación en forma de serie. De momento la primera temporada cuenta con 10 capítulos y no se sabe muy bien cuándo se lanzará la segunda. Se especula que a comienzos de 2018, pero aún no está confirmado.

En cualquier caso, parece una serie entretenida y ligera.

Nueva serie a la lista “para ver”: The man in the High Castle

Amazon ha copiado a Netflix y ahora tiene series propias también. Una de ellas es The Man in the High Castle, basada en la novela del mismo nombre de Philip K. Dick. Sí, otra vez una serie basada en una novela. Ya he perdido la cuenta.

Este drama histórico está ambientado en 1962 desde un punto de vista ucrónico. Es decir, nos encontramos en una realidad alternativa en la que las Potencias del Eje habrían ganado la II Guerra Mundial. Ahora la Guerra Fría la protagoniza Alemania y Japón, no Estados Unidos y la Unión Soviética. Como consecuencia de esta victoria, los alemanes y los japoneses se habrían repartido Estados Unidos de forma que los nipones dominarían la costa oeste y los germanos el este y casi el resto del país hasta las Montañas Rocosas. Entre ambas secciones habría un territorio neutral.

En este escenario tenemos a dos personajes, uno de cada costa. Por un lado, Joe en Nueva York y por otro Julianna, en San Francisco. Ambos se cruzarán en un pueblo en la América profunda cuando él va en ruta llevando una carga misteriosa como miembro de la resistencia y ella ha huido de casa con una película propagandística de una realidad alternativa en la que los aliados sí que salieron victoriosos. Al parecer es obra de un misterioso hombre en el castillo, pero no se sabe quién es.

La ambientación de la serie se consigue sustituyendo pequeños detalles cotidianos tan comunes en las producciones norteamericanas. Han sustituido las banderas estadounidenses de los porches o de lugares significativos y en su lugar encontramos esvásticas o letras japonesas. Da un poco de impresión encontrarse Times Square adornada con cruces gamadas.

Choca ver cómo la sociedad está adormecida y parece haber asumido que perdieron la guerra y que ahora el país que conocían ya no existe. Invita a la reflexión sociopolítica con este planteamiento ucrónico. Supongo que las cintas de Julianna servirán para despertar a los ciudadanos. Habrá que ir viendo.

A mí me suele enganchar la temática de espionaje, sin embargo, para el género, The Man in the High Castle me parece algo lenta, no crea la tensión que por ejemplo veíamos en el piloto de El Infiltrado. Tiene la estética, la fotografía, ese tono grisáceo, a veces sepia, pero había demasiados personajes, demasiadas tramas. Supongo que porque se está cocinando a fuego lento una historia aún mayor sobre la sucesión de Hitler y el enfrentamiento germano-nipón, pero el resultado fue que se me hiciera algo plomizo este primer episodio. Y eso puede frenar a continuar viendo más.

Claro, que hay que tener en cuenta que es una serie de amazon, es decir, no tiene que mantener el mismo ritmo de una serie que se emite semana tras semana; sino que al tener disponible toda la temporada, es más fácil darle una segunda oportunidad visionando el capítulo siguiente. Y parece que no le fue mal a la plataforma, ya que se ha convertido en la serie más vista en la tipología bajo demanda a nivel mundial.

De momento cuenta con dos temporadas de 10 episodios. La añadiremos a la lista “para ver” y comprobaremos si cumple con las espectativas.

 

Nueva serie a la lista “para ver”: Berlin Station

Berlin Station es una serie dramática de la cadena Epix creada por Olen Steinhauer, uno de los escritores de novela de espionaje más conocidos en la actualidad. Así que ya sabemos un poco por dónde van los tiros. Hablamos de una serie de espías, de la CIA contretamente. ¿Algo nuevo?

La trama gira en torno a Daniel Miller, un analista acostumbrado a los despachos que llega a la sede de Berlín para encontrar a Thomas Shaw, una especie de Snowden o Julian Assange que ha filtrado información confidencial a la prensa. El protagonista tendrá que adaptarse al trabajo de campo, con los peligros y engaños que conlleva. En dicha tarea le ayudará el veterano oficial Hector DeJean, bajo el mando de Steven Frost, que es el jefe de la oficina berlinesa.

Parece que en Estados Unidos van abriendo su abanico de escenarios y ya no se limitan al territorio nacional. Y en estos casos Europa va cobrando importancia. Ya ocurrió en 24 live another day, centrada en Londres; o Homeland, también en Alemania. Este cambio le aporta una estética diferente a lo que estamos acostumbrados a ver en las series estadounidense y la ciudad pasa a ser un personaje más. Sus barrios, sus calles, su gente, sus costumbres…

También es algo más lenta de lo que suelen ser las series de espías, aunque quizá solo sea el piloto, que es un capítulo para presentar la trama, los diferentes personajes y el conflicto. Quizá a eso se deba que no tenga un ritmo frenético, aunque crea atmósfera e intriga. Desde luego no es un 24 o un Alias.

Aún así, a pesar de esta lentitud, hay que prestar atención, puesto que está lleno de subtramas y detalles que abren numerosas puertas creando diferentes hilos que supongo que se irán hilando a lo largo de la temporada. Así pues, habrá que continuar con los episodios para descubrir a qué nos llevan todos estos secretos filtrados y cómo se desarrolla Daniel en una ciudad en la que vivió de pequeño y a la que vuelve ahora con una misión.

De momento a mí me ha convencido. Claro que me das una serie de espías, conspiraciones y además basada en Alemania, y me enganchas.

Nueva serie a la lista “para ver”: Deutschland 83

Uno de los grandes descubrimientos de las pasadas vacaciones navideñas fue la serie alemana Deutschland 83. Tiene la peculiaridad de que se ha estrenado antes en EEUU (verano) que en Alemania (noviembre), y ha recibido grandes críticas y audiencias al otro lado del charco. Ha sido la primera serie de lengua alemana estrenada en una cadena estadounidense. Y sin doblar. Con subtítulos. Todo un hito en una población que raramente habla una segunda lengua (salvo aquellos latinos emigrados). Y más siendo un idioma como el alemán. Pero es que la serie es muy buena.

¿Dé qué va? Pues tenemos a Martin Rauch, un joven de la RDA que es reclutado en el 83, un año de los más tensos en la Guerra Fría, por su tía, responsable de la STASI, para infiltrarse en las filas del ejército al otro lado del muro y pasar información sobre los planes de los aliados.

No tiene una trama muy novedosa, puede recordar a The Americans, ya que el planteamiento es el mismo. Sin embargo, la serie no gira solo en torno a los encargos como espía en cada uno de los episodios, sino que vemos a través del protagonista los contrastes entre las dos Alemanias. Aquí tiene un poco de Good Bye, Lenin!

A los alemanes les gusta mucho tocar el tema de la RDA y RFA. Un país que quedó dividido y evolucionó de manera diferente para luego volver a unirse y no encontrar nada en común con sus compatriotas. Un claro ejemplo es el de la lengua, ya que el vocabulario varía de un lado al otro del muro, es el reflejo de una sociedad que incorpora palabras nuevas según su entorno. Choca el mundo comunista, austero y con poca apertura hacia el exterior con el capitalista en el que predominan las marcas, las posesiones. La tecnología es claramente diferente. De nada te sirve robar un disquette si luego no tienes un lector apropiado, por ejemplo.

Sin embargo, con todo este planteamiento de choque de culturas no hay una crítica ideológica detrás como sí ocurre en la película. Martin acepta ser espía por la familia, no movido por la política. Se trata más de un contexto social que geopolítico.

El aspecto de la serie es ochentero, lógicamente. Para situarnos en el momento temporal adecuado destaca la banda sonora de la serie con una gran selección de los 80. Desde Eurythmics o Duran Duran hasta la famosa Nena con su 99 Luftballons

En principio se trata de una miniserie de 8 capítulos, y aunque en Alemania no ha tenido la misma acogida que en EEUU o en otros países de Europa a los que se ha vendido, parece que se está preparando una segunda temporada. El director de la productora UFA ha afirmado que habría un salto temporal. Es decir, escogiendo otro año como momento histórico. En este caso el 86. Y la serie se llamaría Deutschland 86. Aún la cadena RTL no lo ha confirmado, supongo que los datos nacionales les están haciendo pensárselo. Pero si funciona tan bien fuera, supongo que puede compensar económicamente su renovación. De renovarse, parece que acabaría en una tercera temporada en el año 89 con la caída del muro de Berlín.

La serie es un soplo de aire fresco ante tanta serie basada en cómics, o adaptaciones de películas. Sí, no es una trama novedosa, pero sí la forma de contarlo, los sucesos y la calidad de la serie. El ritmo engancha, tiene toques cómicos entre tanta seriedad política y algo de momentos nostálgicos.

Os animo a descubrirla.