Nueva serie a la lista “para ver”: Russian Doll

Russian Doll sigue a Nadia Vulvokov, una brillante ingeniera de software especializada en la creación de videojuegos, que, durante la celebración de su 36 cumpleaños, entra en un bucle temporal en el que, tras fallecer atropellada por un taxi, vuelve a revivir apareciendo en el baño de la casa en que tiene lugar la fiesta que le han organizado sus dos mejores amigas mirándose al espejo mientras suena de fondo Gotta Get Up de Harry Nilsson. Y vuelve a morir. Y de nuevo reaparece en el baño. Y otra vez muere. Y otra vez el mismo baño… Es el día de la marmota.

En 2014 Natasha Lyonne (Orange is The New Black) se unió con Amy Poehler para escribir un piloto llamado Old Soul que sin embargo la NBC rechazó. No obstante, lejos de cejar en su empeño, Lyonne llamó a su amiga Leslye Headland, guionista y directora, y se pusieron a pensar en nuevas historias. Lyonne tenía ganas de hacer una serie con bucles temporales y a partir de ahí comenzaron a desarrollar la idea y construir el personaje principal de Nadia añadiendo vivencias personales, especialmente en temas de adicción y relaciones tóxicas. Finalmente se la presentaron a Netflix, quien la estrenó en Febrero de 2019 con una excelente acogida y muy buenas críticas. Matasha Lyonne además de trabajar en el guion es la protagonista e incluso se pone tras la cámara en el último episodio de la primera temporada. Leslye Headland es la encargada de dirigir otros 4.

Nadia es una mujer muy cínica, sin filtros y con un humor sarcástico que resulta irritable a los que la rodean. Salvaje, independiente y con una vida de excesos (se droga semanalmente, fuma como una carretera, bebe continuamente y se lanza a cualquier aventura sexual que se presente) parece estar pidiendo a gritos morir de una vez. Sin embargo, cuando es atropellada y vuelve a aparecer por primera vez en el baño luchará por sobrevivir y escapar de ese bucle. Toda una contradicción. Al igual que le ocurriera al personaje de Bill Murray en Atrapado en el Tiempo, el bucle se convertirá en la obsesión de Nadia e intentará descubrir por qué se encuentra en esa situación y cómo salir. Para ello, introducirá pequeñas variaciones en su rutina, pero nada parece servir, pues una y otra vez vuelve a la casilla de salida.

Con una Natasha Lyonne que borda el papel (aunque también hay que recordar que tiene mucho biográfico), Russian Doll es una propuesta que, pese a no tener una idea genuinamente original, sorprende con una combinación de comedia negra, drama, thriller, y ciencia ficción. Y aunque aparenta un tono ligero de comedia de niños pijos neoyorkinos, aborda cuestiones más profundas y trascendentales. La ficción es el viaje filosófico de la protagonista, un revisionado de su desmadrada existencia. Nadia es la muñeca rusa a la que hace referencia el título y, como una matrioshka, tendrá que ir despojándose de sus múltiples capas hasta llegar a su verdadero yo.

Con una primera temporada de 8 episodios de media hora y una segunda de otros tantos ya confirmada, es una serie que llama lo suficiente la atención en su primer episodio como para querer seguir con ella y averiguar cómo consigue Nadia salir de este bucle infinito.

El dilema de las redes sociales

Hace poco vi el documental de Netflix El dilema de las redes sociales que tanto revuelo estaba armando. Dirigido por el cineasta estadounidense Jeff Orlowski e hilado con los testimonios de algunos exejecutivos de Google, Twitter, Instagram, Facebook o Apple, recoge algunas de las estrategias diseñadas por estas compañías para manipular las emociones y los comportamientos de los usuarios de forma que estos sean cada vez más adictos a sus aplicaciones.

No obstante, pese a su polémica, en realidad no aporta gran cosa que no supiéramos ya y omite el escándalo de Cambridge Analytics por el que Facebook perdió 37.000 millones de dólares tras las acusaciones de robos de datos e interferencia en política. En el fondo el documental no deja de ser una americanada con una visión del mundo bastante limitada. Además es como si estuviera hecho al revés: parte de una premisa y después busca los argumentos que le dan la razón.

Se critica el uso (y abuso) de las redes sociales, sin embargo, son unas herramientas que, bien empleadas, pueden ser útiles en el día a día. Es algo que hemos visto muy claro con el confinamiento sin ir más lejos. Estas aplicaciones nos han servido tanto en el ámbito personal (por ejemplo para mantener el contacto con familiares y amigos o para denunciar maltratos), como para el laboral (compartir investigaciones o avances en grupos de trabajo o el teletrabajo en sí). Gracias a ellas el mundo está más conectado y tenemos un mayor acceso a la información, saliendo así de nuestro espacio de proximidad.

La verdadera cuestión es que en lugar de estar gestionadas con un código ético y ser totalmente transparentes, sus creadores buscan capitalizar el tiempo que les dedicamos. Como bien indica Tristan Harris (ex-diseñador ético de Google) al final todo se resume en que hay unas pocas personas que, con intención lucrativa, programan algoritmos para manipularnos: “Nunca antes en la historia, habían sido cincuenta varones blancos de entre 25 y 30 años en California los que tomaran decisiones que impactarían en la vida de 2.000 millones de personas”. Estos señores buscan que sus herramientas enganchen y, para ello, generan algoritmos que nos analizan basándose en fundamentos psicológicos para después procesar, estudiar y usar (incluso vender a terceros) esa información para colarnos de forma más o menos sutil productos segmentados o incluso ideas. 

Lo de los productos es evidente, pero la publicidad está muy presente en nuestras vidas, no solo en internet. La encontramos en la televisión, la prensa o cualquier otro medio “tradicional”, pero también en marquesinas, lonas de edificios en obras, centros comerciales, paneles en las carreteras… Aunque hay que reconocer que en la red hay un salto cuantitativo y cualitativo multiplicándose en velocidad e intensidad.

En relación a las ideas hay algo preocupante, pues según un estudio del MIT las noticias falsas se propagan 6 veces más rápido que las verdaderas y esto en parte tiene que ver con que el algoritmo no verifica los datos, sino que le da prioridad a lo viral. Así que, algo que podría ser positivo como lo es la búsqueda de información, se convierte en todo lo contrario. Pero es que además de esta desinformación parece que Facebook, Youtube y Google dan diferentes resultados a la misma búsqueda dependiendo de los datos del usuario, tanto su localización como su comportamiento. Así pues, se genera una extrema polarización de la opinión pública y el auge de teorías conspiratorias. Y es que si en tu entorno todo el mundo piensa como tú, ¿cómo no vas a tener la razón?

En este aspecto el documental cae en la trampa de la equidistancia, lamentándose de que cada vez haya más polarización como si ambos extremos fueran iguales. Aquello de los extremos se tocan. Y para más inri apoya esta tesis con imágenes únicamente relacionadas con actos de la extrema derecha (pizzagate, supremacistas blancos en EEUU, un tiroteo de un neonazi en Australia…).

Con todo lo expuesto, el error de El dilema de las redes sociales es que no va a la raíz, no ahonda en el verdadero problema. Se basa en echar la culpa a la ciudadanía más que a las empresas que llevan a cabo tales prácticas abusivas. Y lo que muestra no es otra cosa que una cara más del capitalismo, un sistema individualista en el que la gente cada vez está más aislada y con la necesidad de sentirse querida, aceptada y valorada. Los likes y el número de seguidores dan esa falsa sensación de proximidad, de comunidad.

Por otro lado, en el documental se critica a las redes sociales y el uso de algoritmos, pero lo hace a través de Netflix, una plataforma que también analiza el comportamiento del usuario para después ofrecerle un contenido u otro.

Pese a sus carencias, deja alguna recomendación positiva que a nivel particular podemos llevar a cabo como por ejemplo deshabilitar al máximo las notificaciones de las aplicaciones o herramientas para solo acceder a ellas cuando queramos, no caer en las recomendaciones (que están basadas más en publicidad de anunciantes que en la información) sino buscar personalmente los contenidos, desconectar los dispositivos una hora antes de irnos a dormir, ampliar nuestra burbuja de personas con quien nos relacionamos para abrirse a otras ideas o pensar antes de dar un me gusta o retuitear.

Para concluir, podrían haber obviado la parte en la que una familia dramatiza la adicción a las redes de cada uno de sus miembros. La introducción de este componente ficcionado no ayuda en un documental que pretende ser serio. Aunque, como dije al principio, deja bastante que desear. Ha resultado ser más ruido que otra cosa.

 

2020. El año que todo lo cambió

En 2020 nos habíamos propuesto surcar los mares para no romper el patrón de crucero cada tres años (2008, 2011, 2014 y 2017). La duda era la de siempre ¿adónde? De hecho, cada vez es peor, porque en cada ocasión nos es más complicado elegir destino.

Esta vez descartamos Mediterráneo, pero con el Norte de Europa tampoco lo teníamos sencillo, ya que nos volvía a ocurrir lo mismo que en el 2017: o bien repetíamos escalas, o bien teníamos que elegir uno de 12 días. Además, la idea era viajar en el primer cuatrimestre del año, y en esas fechas todo lo que fuera norte, quedaba prácticamente descartado. Con la misma problemática que hace tres años, se cayeron además Caribe y, por extensión, África, Norteamérica y Asia. Así que, no nos quedaban muchas opciones más allá de Oriente Medio si teníamos en cuenta las fechas y que no queríamos repetir destino.

Y así terminamos 2019, ilusos de nosotros, con propósito de concretar en 2020 las fechas y pedir las vacaciones en el trabajo. Pero entonces EEUU asesinó al general Soleimani e Irán respondió lanzando misiles contra una base estadounidense en Irak. Esos movimientos nos pusieron en alerta, pues no sabíamos si sería muy seguro navegar por un mar sobre el que se lanzaban misiles. No obstante, no veíamos que las navieras hicieran cambios en sus itinerarios, sino que las rutas seguían ofertándose como si nada. Así pues, tras un mes con la duda de si buscar otro destino (que ya habíamos visto que sería complicado) o contratarlo, finalmente ganó la segunda opción, y en febrero comparamos varias agencias y navieras (variaba alguna escala), concretamos fechas, pedimos vacaciones y reservamos.

Me pasé el mes de febrero verificando si necesitábamos visado, si nos vendría bien tener una tarjeta de datos para el móvil, si sería conveniente reservar excursiones o si sería factible ir por libre en las diferentes escalas… Nuestra salida era el 19 de marzo, por lo que apenas contábamos con un mes para aclarar estos aspectos. Sin embargo, todo cambió en un momento cuando apenas una semana antes de marcharnos de viaje cerraron los colegios en Madrid, nos fuimos a casa a teletrabajar y unos días más tarde nos confinaron al declarar el Estado de Alarma. Los planes saltaron por los aires.

Pronto nos quedó claro que la pandemia iba a estar con nosotros un tiempo y que nos iba a condicionar no solo en los viajes que teníamos pensados para 2020, sino que ya nos había modificado algo tan simple como nuestro día a día (distancia social, mascarilla, precaución en lo que tocamos…). En lo relativo a los viajes parece que a medio plazo ya no va a ser ni tan fácil ni seguro. Y veremos a largo plazo. Todo se ha complicado porque para reducir la proliferación del virus lo prioritario evitar al máximo los desplazamientos y contactos. Y mientras no haya vacuna, cualquier movimiento es un riesgo. Aunque hay países que cerraron sus fronteras a visitantes extranjeros, lo cierto es que hay muchos otros a los que sí se puede ir. No obstante, el proceso de decisión es un tanto más complejo.

En primer lugar habría que comprobar efectivamente si el lugar de destino permite o prohíbe la entrada de viajeros de nuestro país, algo que suele publicarse en la página web del Ministerio de Asuntos Exteriores. Por otro lado, puede que no se nos impida la entrada, pero sí se nos exija una cuarentena obligatoria de un par de semanas, lo que en viajes cortos supondría que no podríamos salir del alojamiento y por tanto, sería como quedarnos en casa. También puede ocurrir que el país de destino no nos exija cuarentena alguna, pero que la tengamos que cumplir al volver. Aunque tal y como están los números en España, somos más riesgo nosotros al salir, que quienes puedan entrar.

En otros casos en lugar de cuarentena se exige un test PCR negativo horas o pocos días antes de viajar. O incluso una vez al entrar en el país. Al coste económico de esta prueba tendríamos que sumar el riesgo de ser asintomáticos y dar positivo y que no nos dejen entrar.

Otro aspecto a tener en cuenta es que el billete de avión o la reserva de alojamiento permita cancelación gratuita. Con los vuelos es más complicado, pues apenas ofrecen esta opción, pero en algunos casos sí que permiten la modificación de fechas o un bono para viajar con la compañía en otro momento. Conviene averiguar antes de viajar qué alternativas hay.

Por otro lado está el tema del seguro. Si ya de por sí un seguro de viaje era un gasto más que necesario antes, con más motivo ahora. Habrá que leer al detalle la letra pequeña para confirmar sus límites y diferentes coberturas (cancelaciones, cambio de vuelo, gastos médicos, estancias prolongadas, desplazamiento de un familiar, adelanto de dinero, repatriaciones…). Hay compañías que ya han creado seguro COVID-19 enfocado a dar cobertura en caso de enfermedad durante el viaje.

Otra complicación de hacer un viaje en época de pandemia es la cuestión de los aforos. Quizá en Islandia no haya problema para visitar la mayoría de los sitios, pues es un destino en el que prácticamente todo se hace en el exterior. Sin embargo, en muchos otros lugares nos podemos encontrar que los lugares turísticos están cerrados parcial o totalmente por no poder garantizar la distancia de seguridad o han restringido su aforo al mínimo.

Hasta que la vacuna y tratamientos estén disponible y recuperemos poco a poco la “normalidad” está claro que viajará menos gente. No solo por motivos de salud, sino porque como efecto secundario de la pandemia la economía se está viendo afectada. No solo la de los particulares, sino también la de muchos negocios relacionados con el turismo y la restauración (aerolíneas, agencias, alojamientos, restaurantes…) que se habrán visto obligados a cerrar. Será difícil que volvamos a los precios prepandemia, puesto que la reducción de la demanda ya ha hecho que baje la oferta de plazas, sobre todo en medios de transporte.

No nos queda otra que tomárnoslo con calma y paciencia y confiar en la ciencia.

Aprendiendo fotografía: Tipos de Trípodes

Si bien es cierto que con la cámara ya podemos hacer muy buenas fotos, hay algunos accesorios que ayudan a que el resultado sea aún mejor. Ya habíamos visto cómo pueden influir los filtros y hoy vengo a hablar de los trípodes, un elemento que, como su propio nombre indica, cuenta con tres puntos de apoyo, lo que permite estabilizar la cámara y obtener fotografías más nítidas.

Un trípode no es que resulte de ayuda, es que es un objeto que llega a ser incluso imprescindible en algunos casos, sobre todo en aquellos en los que necesitamos utilizar un tiempo de exposición larga (fotografía nocturna, situaciones en las que no hay mucha luz o cuando queremos un efecto seda en agua). También lo es al usar teleobjetivos, cuando se quiere hacer varias fotografías con el mismo encuadre o desde una posición o ángulo complicados, cuando se captan flores o insectos y, por supuesto, para usar el autodisparo.

Aunque hay muchos tipos de trípodes, básicamente constan de 3 partes:

Cuerpo: Son las patas y dependiendo de su diseño y material el trípode tendrá una altura mínima, una máxima (si se puede extender) y un peso máximo soportable. El cuerpo puede estar fabricado en diferentes materiales, aunque los más habituales son el aluminio y el carbono.

La cabeza (o rótula): Es la parte que permite colocar la cámara en el trípode y moverla en una u otra dirección sin tocar la posición de las patas. Dependiendo de las necesidades (tanto de quien fotografía, como de la imagen que quiera conseguir) se puede elegir entre varios estilos:

  • De tres ejes: permiten la movilidad horizontal, vertical y giro.
  • De bola: El mecanismo gira alrededor de una bola y permite los mismos movimientos que la anterior.
  • De Joystick: También permite el movimiento en tres ejes, solo que se maneja con una especie de mando, de ahí su nombre.

La Zapata: Es una pieza que se acopla por un lado a la cámara y por otro lado al trípode. Esto permite separar la cámara de las patas sin necesidad de desmontar todo.

A la hora de elegir un trípode necesitamos saber para qué cámara (no es lo mismo una réflex, que pesa más, que una compacta), para qué tipo de fotografía o situaciones y con qué frecuencia lo vamos a utilizar, y por ello hay que tener en cuenta diferentes cuestiones (y no necesariamente en este orden):

El peso: un trípode tiene que ser lo suficientemente robusto como para darnos esa estabilidad que buscamos, pero a la vez ser lo suficientemente liviano como para cargar con él. Salvo que no se vaya a transportar, que en tal caso da igual si es muy pesado. Algunos trípodes, pese a ser ligeros, cuentan con un gancho bajo la rótula, lo que permite añadir peso en el centro y ganar estabilidad. Muy útil sobre todo cuando hay viento. El peso vendrá determinado en la mayoría de los casos por el material del que esté fabricado (aluminio y aleaciones, fibra de carbono, basalto o acero inoxidable).

Capacidad de carga: obviamente el trípode (cuerpo y rótula) debe ser capaz de sostener la cámara y el objetivo más pesado que contemos. E incluso otros elementos como un flash.

El agarre: No todos los trípodes tienen el mismo tipo de sujeción al final de las patas. Es aconsejable que lleve unos topes de goma, pues así no resbalará en superficies resbaladizas

Las dimensiones mínimas: Si se va a llevar en una mochila es importante saber cuál es su tamaño mínimo al estar plegado, pues si es demasiado grande ya en su versión más reducida, no será muy práctico cargar con él.

La altura: una vez montada la cámara sobre el trípode, esta debería quedar a la altura de los ojos del fotógrafo, de forma que se pueda trabajar sin forzar la posición. Para quienes apenas pasamos del 1.50 esto no es un gran problema.

Nivel: Muy útil para asegurarnos de que la cámara queda en posición alineada.

Relación Calidad/Precio: Que un trípode sea más caro no necesariamente implica que sea mejor.

En cualquier caso, lo mejor es empezar con uno que sea lo más versátil posible y a partir de ahí, en función de la observación y la experiencia, comprar uno más específico.

Cuáles tengo yo:

Mini: Este minitrípode es muy útil por su tamaño, que permite llevarlo siempre a mano. Eso sí, tiene un uso muy limitado.

Flexible: este trípode con patas flexibles resulta conveniente no solo para un agarre horizontal, sino también vertical. Por ejemplo, sus patas se pueden enroscar en barandillas, en ramas, en una señal de tráfico… Es ligero, barato y lo hay de diferentes tamaños y que permiten diversas cargas. Este lo usábamos con la Lumix, lamentablemente para la Canon necesitamos uno superior.

Grande plegable: este es el que usamos en nuestros viajes. Sobre todo en Islandia para los paisajes y para el efecto seda en las cascadas.

Lógicamente, también hay trípodes para móviles, hoy que se usan tanto para foto como para vídeo. Aunque en realidad, con este soporte acoplable al flexible es suficiente.

En definitiva, un trípode es un accesorio muy útil e incluso imprescindible que todo amante de la fotografía debería tener en su haber.

La Conjura contra América

En su novela El hombre en el castillo (1962) Philip K. Dick escribió una ucronía en la que las Potencias del Eje habrían ganado la Segunda Guerra Mundial y Estados Unidos habría quedado repartida entre Alemania y Japón. Ya vimos que esta novela fue llevada a la pequeña pantalla y que se extendió por cuatro temporadas. Otro Philip, Roth, publicó en 2004 otra ucronía de similar temática y que se desarrollaba tan solo unos años antes. En su libro La Conjura contra América se sirvió de este recurso literario y de los recuerdos de su infancia como judío en Newark a principios de los 40 para plantear una historia alternativa de Estados Unidos en la que el demócrata Roosevelt habría perdido las elecciones contra el pionero de la aviación y héroe nacional Charles A. Lindbergh, un personaje que en la vida real mostró ideas antisemitas y apoyó abiertamente la no participación de su país en la II Guerra Mundial, pero que no llegó a postularse como candidato a la presidencia por el Partido Republicano.

David Simon, célebre creador de The wire, recibió en 2013 la oferta para adaptar el libro, sin embargo, aunque se lo había leído, consideró que no era una historia que pudiera interesar en aquel momento (Barack Obama acababa de ser reelegido). Tres años después, con la posibilidad cada vez más plausible de que Trump llegara a la Casa Blanca, estimó que era la oportunidad de hacerse con los derechos de la obra y así se lo hizo saber a los ejecutivos de HBO. Tanto Simon como su colega Ed Burns se reunieron con Philip Roth para trabajar en la adaptación y, aunque se comprometieron a no usar el apellido del autor en la miniserie, tras la muerte de este en 2018 decidieron ponerle su nombre a uno de los niños protagonistas en su memoria.

Este pequeño Philip pertenece a la familia judía Levin, que vive en Newark, una ciudad donde a principios de los 40 la comunidad judía suponía el 10% de sus residentes. Es a través de este núcleo familiar, y de las posiciones de cada uno de sus miembros, que conoceremos los cambios geopolíticos que acontecen en este Estados Unidos alternativo en el que el clima contra los ciudadanos judíos se va volviendo cada vez más hostil. Cada uno de los personajes en La Conjura contra América sirve para representar una manera diferente de reaccionar ante unas mismas circunstancias.

Así, Herman, el padre, es la figura del cabeza de familia, un tipo corriente que trabaja como vendedor de seguros. Orgulloso de ser estadounidense y firme partidario de las políticas de Roosevelt, es optimista y confía en que sus compatriotas no van a caer en las discurso demagogo y xenófobo de Lindbergh, por muy héroe nacional que sea. Vive pegado a la radio y a los boletines del cine pendiente de las últimas novedades y expresa con rotundidad sus convicciones en reuniones con vecinos o en comidas familiares.

Su mujer Bess es su contrapunto. Ella es una persona pragmática que, aunque también se preocupa al ver cómo va cambiando su país, su prioridad es tener una existencia tranquila y proteger a sus seres queridos. Por eso cuando ve cómo los judíos empiezan a estar marginados y señalados insiste a su marido en marcharse a Canadá y ponerse a salvo.

Con la pareja vive Alvin, sobrino de Herman, y quien tomará una posición más activa que su tío. El joven considera que para hacer algo uno no se puede quedar perpetuamente sentado junto a la radio despotricando sobre los últimos cambios, sino que hay que hacerles frente. Así, se marcha a Canadá para alistarse en la guerra y “matar nazis” directamente en Europa.

Y si Herman tiene su contrapunto en Alvin, Bess lo tiene en Evelyn, su hermana mayor, quien abrazará los postulados de Charles Lindberg tras enamorarse de Lionel Bergensdorf, el recién enviudado rabino de la comunidad y asesor del Presidente. Este rabino bienintencionado y miope políticamente hablando se convierte en un colaboracionista entregado promoviendo campamentos de verano para que los jóvenes judíos pasen temporadas en otra parte del país y así conozcan las verdaderas costumbres del Estados Unidos más tradicional. Sandy, el mayor de los Levin, animado por su tía, ve en estos campamentos una oportunidad de salir de su entorno y abrir la mente; sin embargo, es aún demasiado joven como para darse cuenta de que en realidad tanto él como su familia ya son norteamericanos y no necesitan que nadie les adoctrine en unas supuestas buenas costumbres solo por profesar una religión diferente.

Dividida en seis episodios, La Conjura contra América no es una serie de acción; no interesa tanto el conflicto de la guerra o los ataques antisemitas, como lo profundamente familiar, lo que trascurre entre las cuatro paredes de la familia Levin. La trama se construye sobre una cotidianidad que parece tranquila, pero que se va envenenando poco a poco. Tal y como expone Atwood en el El Cuento de la Criada: Nada cambia de golpe: en una bañera en la que el agua se calienta poco a poco, morirías hervida antes de darte cuenta. Por medio de los Levin somos conscientes de cómo el odio y la tensión van incrementándose poco a poco hasta llegar a un clímax irrespirable (igual que ese baño tibio que poco a poco va subiendo la temperatura hasta llegar a hervir) y de cómo los protagonistas se van adaptando a las nuevas circunstancias. Porque el ser humano tiene esa capacidad de adaptación, incluso en las situaciones más adversas.

Este ritmo casa muy bien con el estilo de David Simon, quien acostumbra a tomarse su tiempo para presentar a los personajes y la trama antes de que todo estalle; aunque en realidad es la primera vez que adapta una novela para una de sus ficciones (normalmente se basa en hechos periodísticos y observacionales). La conjura contra América cuenta además con otra marca de la casa: su tono de denuncia. Es un relato costumbrista que apela a la justicia social. Y mientras cuenta una historia de tiempos pasados, establece cierto paralelismo con el presente.

Porque es innegable que este Lindbergh, uno de los líderes del movimiento aislacionista America First, nos lleva a pensar en Trump. Sin embargo, parece que el propio Roth ya le remarcó a Simon de que a pesar de que ambas figuras pudieran ser comparables en la base demagógica de su discurso populista y simplista, el aviador movilizaba a las masas porque era todo un icono americano, el héroe nacional que había conseguido toda una hazaña. Algo que no es equiparable a la carrera de Trump.

No obstante, La Conjura contra América no pretende caricaturizar a Lindbergh ni hacer sangre de la persona que fue, sino que se sirve de su nombre para hablar del peligro que supone elegir a un líder solo por su notoriedad, sin tener en cuenta su experiencia política o ahondar en su programa electoral. Tampoco pretende dar respuestas, sino formular preguntas y que luego el espectador saque sus conclusiones. Y es que no es Simon mucho de dar las cosas mascadas. Deja así una reflexión sobre lo frágil que es el estado del bienestar y lo rápido que se extiende y normaliza el odio hacia el diferente cuando nuestro estatus se ve amenazado. Trata además otros temas como la postura de los cuerpos de seguridad del estado como protectores del sistema y no de la ciudadanía.

Una miniserie totalmente recomendable.

Mrs. America

Mrs. America es una miniserie de nueve episodios creada por Dahvi Waller (Mad Men, Halt and Catch Fire o Mujeres desesperadas) que narra la historia real del movimiento de ratificación de la ERA (Equal Rights Amendment, en español Enmienda de Igualdad de Derechos) en los años 70. Para ello, nos presenta a las mujeres más relevantes de la época, tanto las feministas que lucharon para que saliera adelante, como las conservadoras que se agruparon para evitarlo. No obstante, la serie no pretende ser una celebración de la lucha del feminismo de la Segunda Ola, sino que pone en el centro de la trama a Phyllis Schlafly, una mujer ultraconservadora casada con un abogado adinerado y madre de seis hijos que, tras dos candidaturas frustradas (una al Congreso y otra a la Cámara de Representantes), encontró en la ERA una causa a través de la cual adquirir relevancia política. Y es que en realidad a ella lo que le interesaba era exponer sus ideas sobre armamento nuclear y la política exterior de Nixon. Dado que en este tema no se la tomaban en serio, decidió abrirse otro camino y aprovecharse del discurso oportunista como inversión esperando saciar sus ansias de reconocimiento, ambición y poder.

La paradoja es que buscó un hueco para abrir su techo de cristal criticando al feminismo cuando era el patriarcado el que la arrinconaba impidiendo expresar sus ideas y llegar a ostentar un cargo de poder. Schlafly pensaba que por sus ideas, por su situación privilegiada tanto económica como social como cultural iba a ser tratada una igual por sus colegas masculinos; pero a la hora de la verdad no le sirvió de nada y fue ninguneada. Pese a su inteligencia y oportunismo, por esa vía tampoco llegó al ansiado sillón en la presidencia de Ronald Reagan, pues este la consideraba demasiado radical. Fue una mujer contradictoria que quedó atrapada en su propia trampa. Porque aunque se oponía virulentamente a las reivindicaciones feministas mientras vendía una imagen de ama de casa satisfecha con su vida y entregada madre de familia numerosa, lo cierto es que se comportaba como estas activistas en muchos aspectos, pues luchaba por su crecimiento personal, por encontrar un lugar en el mundo más allá de la crianza de sus hijos y el mantenimiento de su casa. Además desde el protagonismo y liderazgo.

La acción de Mrs. America arranca a principios de los años 72, en un contexto en el que se viene de unos años 60 convulsos en los que tuvo lugar el asesinato de JFK, de Martin Luther King, de Malcolm X, de la lucha de movimientos feministas y homosexuales que hicieron remover los cimientos de la familia tradicional de clase media y con la Guerra de Vietnam en sus últimos estertores. Es el fin del sueño americano que comenzó tras la II Guerra Mundial. Las mujeres comenzaron a exigir más, pues no querían que su vida quedase relegada al espacio doméstico, sino tener la misma igualdad de oportunidades que los hombres. Sin embargo, había una minoría de mujeres que habían seguido este patrón de amas de casa que se sintió juzgada e infravalorada y malinterpretó las reivindicaciones realizando vaticinios casi apocalípticos. Schlafly se aprovechó de ese descontento y con la excusa de que las feministas las despreciaban, se puso al frente del movimiento. Lideró desde su salón de Illinois a un grupo cada vez más numeroso de amas de casa de clase media-alta que pensaba que esa igualdad de derechos que pedían las feministas les haría perder “privilegios” y tendrían que ir a la guerra. En realidad lo que les ocurría es que tenían miedo al cambio.

La perspectiva de esta agrupación anti-ERA desmentía la premisa de Kate Millett de que lo personal es político. Por el contrario, para este movimiento el Estado no debía intervenir en las decisiones que cada una tomara en su casa. Su lucha se basaba en que la ERA no traería beneficio alguno a las mujeres, sino desventajas y perjuicios, ya que si estas se incorporaran al mundo laboral entonces tendrían dos trabajos a jornada completa: uno dentro, y otro fuera de casa (lo de repartir tareas no está asumido en 2020, no vamos ni siquiera a sugerirlo en 1972, claro). Su premisa se basaba en que dado que ya que son las mujeres quienes pueden tener hijos, los hombres deben estar obligados por las leyes a proporcionar el sustento económico. Y es que si ellas, además de ser amas de casa y criar a sus hijos, eran capaces de trabajar fuera de casa tal y como aseguraban las feministas, entonces, ¿para qué servían los ellos? El matrimonio era como un acuerdo empresarial en el que las mujeres ofrecían organización familiar, sexo y sumisión a cambio de una protección, de una estabilidad económica.

Con esa idea de que nada cambiara, aquel movimiento fue tan efectivo que la enmienda no solo no se ratificó en ese momento, sino que a día de hoy aún la Constitución de los Estados Unidos no incluye ningún artículo en el que quede recogido la igualdad de derechos ante la ley sin distinción por sexo (aunque sí por raza). La campaña adornada de hogazas de pan recién horneado, mermelada casera y pancartas al final ha acabado lastrando a todas las generaciones posteriores. Quizá si Schlafly no hubiera existido, esa Asamblea Política Nacional de Mujeres de 1971 se habría convertido en un movimiento político influyente en el país y no solo habrían conseguido aprobar la ERA, sino acceder a cargos de poder desde donde realmente ser influyentes y cambiar poco a poco el sistema desde dentro.

La serie nos aporta los puntos de vista de los dos mundos (pro-ERA y anti-ERA) presentando en cada capítulo a las principales figuras femeninas que protagonizaron este momento histórico. Aunque en el centro de todo siempre está Phyllis Schlafly, una mujer según reconoció Margaret Atwood en una entrevista le sirvió de inspiración para el personaje de Serena Waterford. Conocida como “la novia de la mayoría silenciosa”, forzó con sus avances a las feministas a discutir, contradecirse, negociar y reorganizarse dentro de su movimiento. El ataque de la agrupación anti-ERA puso en evidencia la escisión entre dos vertientes feministas: la vieja más centrada en los problemas de mujeres blancas de clase media y la nueva que debate sobre la interseccionalidad. En el segundo episodio, Gloria, vemos este salto generacional entre ambas ramas simbolizado en las discusiones de Betty Friedan y Gloria Steinem.

Betty Friedan, cofundadora y presidenta en 1966 de NOW, (Organización Nacional de Mujeres), fue una de las pioneras en el movimiento de mujeres. Su libro La mística de la feminidad, publicado en 1963, fue clave en la historia del pensamiento feminista. En él desmontaba el mundo ideal de felices amas de casa de los años 50, destapando que en realidad las mujeres con estudios que habían dejado de lado sus sueños para irse a vivir a una urbanización en las afueras a hacerse cargo del trabajo doméstico se sentían infelices e incompletas. Tuvo varios debates encarnizados con Schlafly. Y aunque el que vemos en el cuarto episodio no quedó grabado, sí que hay imágenes de otros posteriores donde se puede apreciar la tensión entre ambas.

Sin embargo, pese a haber sido una precursora en los años 60, pronto sus ideas se quedaron cortas. Defendía que la lucha no debía de enturbiarse con otras reivindicaciones como los derechos de las lesbianas o de las mujeres negras y llegó a escribir un artículo incluso en The New York Times en el que afirmaba que las jóvenes trataban de forzar el lesbianismo y promovían el odio hacia los hombres. Una de estas jóvenes era Gloria Steinem, la cofundadora de la revista feminista liberal Ms.

Steinem era una periodista de espíritu nómada que se infiltró a principios de los 60 como conejita en Playboy para denunciar las condiciones de las trabajadoras de Hugh Hefner. Debido a su físico fue conocida en los 70 en la activista más atractiva de EEUU, algo que ella odiaba, pues en lugar de ser tomada en serio por su activismo, era reducida a una cara bonita. Acabó cambiando su forma de vestir y comportarse para que no se frivolizase con ella y se escucharan sus reivindicaciones.

Una de sus mayores batallas fue la lucha por los derechos reproductivos, ya que no quería que más mujeres tuvieran que recurrir a un aborto clandestino como hizo ella.

En el cuarto capítulo conocemos a Shirley Chisholm (interpretada por Uzo Aduba en un registro totalmente diferente a OITHNB), cofundadora de la Asamblea Política Nacional de Mujeres y la Asamblea de Congresistas Negros. Esta maestra nacida en Brooklyn de orígenes antillanos se convirtió en 1968 en la primera mujer negra que se sentaba en el Congreso de los Estados Unidos y fue la representante del 12º distrito del estado de Nueva York en la Cámara de Representantes entre 1969 y 1983 (nada menos que 7 mandatos). Además, fue la primera persona afroamericana en competir por la candidatura a la presidencia de los EEUU (1972) y la primera mujer, junto a Patsy Mink, en competir por la candidatura presidencial del Partido Demócrata. Sin embargo, fue ignorada por gran parte del partido demócrata consiguiendo tan solo 152 votos para la nominación frente a los 1.728 que consiguió George McGovern. Chilsholm expresó tiempo después “Cuando me postulé para presidenta conocí más discriminación como mujer que por ser negra. Los hombres son hombres“.

Tras abandonar el congreso volvió a su carrera en educación y enseñó política y sociología desde 1983 a 1987 en el Mount Holyoke College de Massachusetts.

Otra fundadora de la Asamblea Política Nacional de Mujeres fue la republicana Jill Ruckelshaus, quien además fue asistente especial de la Casa Blanca y jefa de la Oficina de Programas de la Mujer bajo la administración de Nixon. En 1975 fue nombrada por el presidente Gerald Ford jefa de la Comisión de Derechos Civiles de Estados Unidos con el objetivo de ratificar la ERA. A pesar de representar a la derecha moderada, parece que el hecho de ser proaborto impidió que su marido, William,  fuera vicepresidente con Ford.

El séptimo capítulo se centra en Bella Abzug (interpretada por Margo Martindale, Claudia en The Americans), quien, al contrario que su compañera Betty Friedan, sí que supo mantenerse en la primera línea en los años 70. Abogada de profesión, ejerció en varios casos sobre matrimonios, libertades y derechos civiles. Luchó por la igualdad de oportunidades, el derecho al aborto, la legislación por el cuidado infantil, el desarme nuclear y la retirada de tropas de Vietnam (fundó  y dirigió en los 60 el grupo Women Strike for Peace). Fue una de las fundadoras de la Asamblea Política Nacional de Mujeres

Fue congresista demócrata de Nueva York, donde fue coautora del proyecto de ley Título IX, que prohíbe la discriminación sexual en las escuelas que reciben fondos federales. En 1977, tras perder la candidatura al Senado, fue nombrada por Jimmy Carter para encabezar la Conferencia Nacional de Mujeres.

El único personaje que vemos a lo largo de la serie que no se corresponde con una persona real es el de Alice Macray. La supuesta vecina de Schlalfly en la serie no es más que el tipo de mujer que los guionistas pensaba que tendría Phyllis en su círculo de amistades. Esta mujer conservadora sirve para fantasear con qué pasaría si alguien próximo y fiel a la protagonista abriera la mente y se cuestionara el argumentario anti-ERA pasándose al otro bando.

Aunque unas actrices son más conocidas que otras, sin duda elenco es excepcional. No solo Blanchett está espectacular en su primera incursión en la televisión, sino que cada una de las integrantes del reparto es un derroche de talento. El trabajo de vestuario y caracterización es grandioso no solo por el hecho de que han conseguido una gran aproximación entre los personajes y las mujeres a las que interpretan; sino porque se diferencia claramente cada uno de los bandos por la elección de colores y prendas usadas. Así, las conservadoras suelen llevar trajes o vestidos serios con unos tonos pastel y sin estampados, mientras que las progresistas visten ropa colorida y con todo tipo de patrones y formas geométricas y no hay ninguna uniformidad en su estilo. Cada una tiene uno completamente diferente de la anterior.

Destaca una fotografía que nos transporta a los años 70 gracias al grano y la saturación de los colores y en la que presenta las escenas de las mujeres anti-ERA de una forma más estática en entornos del Midwest, cuando por el contrario con la de las feministas lo hace de una más dinámica y con más predominio urbano. La ambientación está tan cuidada que hasta Anne Schlafly reconoció que la casa familiar está reproducida fielmente desde todos los ángulos.

La cabecera y banda sonora de Mrs. America también contribuyen a la narración de una época. La sinfonía de Beethoven en versión disco de Walter Murphy – mezcla de lo clásico con lo moderno – acompaña a una cabecera que muestra en una versión animada toda la evolución de la campaña por la ERA.

Es inevitable ver Mrs. America y no establecer comparaciones con la actualidad. La serie pone en evidencia las piedras en el camino que se encuentra el feminismo. En primer lugar porque aunque defiende algo tan sencillo como la igualdad de derechos entre hombres y mujeres, en la práctica es un movimiento complejo porque no todas mujeres sufren de la misma manera la opresión o discriminación. Y es que además del género hay que tener en cuenta que también son determinantes el color de piel, la clase social, la orientación sexual, la diversidad funcional o la edad. Por eso ha de ser interseccional.

En segundo lugar, dado que el feminismo pugna por la igualdad, pretende ser un movimiento horizontal sin líderes pero donde hay debates. Y esto es muy positivo en el sentido en que todo el mundo puede intervenir y aportar por igual; sin embargo, ante un grupo tan estructurado y jerarquizado como el de Schlafly da la sensación de ser un colectivo anárquico, de estar fragmentado.

A estas luchas internas y esta estructura sin cabeza visible que merman su fuerza se suma el hecho de infravalorar al oponente. A las feministas les pasó con las anti-ERA lo mismo que nos ha pasado en los últimos años con los brexiters, Trump, Bolsonaro, Salvini o Vox. No estamos pendientes de aprobar una ERA, pero cada pequeño paso del movimiento feminista despierta otro reaccionario con una estrategia similar. Las tácticas son siempre las mismas: las mismas consignas populistas con gancho para tapar la ausencia de argumentos, el mismo discurso de odio y la propagación de datos falsos y bulos por medio de redes sociales (Schlafly usaba un boletín, ahora tenemos facebook, twitter y whatsapp). No hay espíritu crítico, solo adoctrinamiento. Un claro ejemplo es la frase de Alice cuando dice“Vine a defenderme, pero tengo que preguntarme ¿quiénes no están atacando?”.

Mrs. America puede no atraer a ciertos espectadores por hablar del feminismo de la Segunda Ola. Pero en realidad va más allá. Habla de movimientos sociales y remueve por dentro ver cómo los grupos luchan por sus derechos. Es una serie muy política construida alrededor de las luchas de poder y las batallas dialécticas y que pone al descubierto cómo se gestan las corrientes de opinión en la sociedad. Es verdad que a veces resulta algo farragosa cuando se adentra en el sistema político estadounidense, en cómo funcionan el congreso y el senado, cómo se eligen los delegados, cómo se aprueban las leyes… pero aún así es una serie muy interesante porque todo esto queda en un segundo plano. No es necesario comprender todos los detalles jurídicos para entender el fondo de la historia que no es otro que la lucha social.

Sirve no solo como lección de historia del feminismo, sino también para conocer las dificultades de cualquier movimiento activista y sobre cómo surgen grupos reaccionarios cuando se avecinan cambios que tambalean el sistema. Grupos a veces integrados por personas que se contradicen a ellas mismas, como ocurre con la protagonista. Y es que, como decía al principio, Phyllis Schlafly es una mujer que dedica años de su vida defendiendo el rol patriarcal de la mujer a pesar de que ella aspiraba a ser tratada como una igual en una esfera política dominada por los hombres. Buscaba hacerse con un poder que ella misma criticaba y su viaje de emancipación y empoderamiento acabó en viaje a ninguna parte porque se encontró de lleno con el techo de cristal y el patriarcado. La escena final es una metáfora perfecta de sus contradicciones.

Mrs. America nos pone delante los errores del pasado y nos insta a no cometer los mismos en el presente. Nos recuerda que no se puede dar nada por ganado en la batalla por la igualdad y que es muy fácil retroceder. Es un claro ejemplo de que la lucha por los derechos sociales es una lucha que aún tiene un largo camino por recorrer.

Resumen viajero 2019

Después de un completo 2018 en que viajamos a Estados Unidos y Canadá, Balcanes, Marruecos y Berlín, teníamos un 2019 por delante bastante yermo. En enero decidimos que en verano tocaría Islandia, y como es un país para el que necesitábamos un presupuesto más alto de lo habitual no llenamos más la agenda. El problema es que no nos fuimos de viaje hasta finales de agosto, por lo que el año se nos hizo algo duro estando tantos meses sin vacaciones.

En cualquier caso, durante los 15 días en Islandia nos olvidamos de todo. Y es que esta tierra situada en mitad del océano Atlántico, a 700 km al Norte de Noruega y al borde del Círculo Polar Ártico es un lugar como pocos, con un clima extremo, unos paisajes espectaculares y donde la naturaleza se escribe con mayúsculas.

Hay muchas maneras de llevar a cabo un viaje por Islandia: en caravana, en coche, en 4×4, con un guía… pero sin duda todos los visitantes llegan con el mismo objetivo. Naturaleza es la palabra clave para entender y recorrerla. Es verdad que no es un tipo de naturaleza de grandes bosques o parques naturales, ya que apenas hay árboles en todo el país. Se trata más bien de una naturaleza primitiva, salvaje y ancestral que nos hace pensar en los orígenes de la Tierra.

Una naturaleza que aún se mueve, se modifica, se inventa y se autodestruye. Islandia está en pleno proceso de creación, como si fuera un laboratorio de la Tierra donde los elementos luchan para predominar unos contra otros. Es un libro abierto de geología que presume de tener más de 200 volcanes, campos de lava, acantilados de vértigo, curiosas formaciones rocosas, espectaculares fiordos, desiertos que no parecen terrestres, 600 géiseres, un sinfín de fumarolas, fuentes termales, túneles kilométricos, lagos, lagunas glaciares, playas negras, innumerables cascadas de casi todos los tamaños y formas o glaciares que ocupan más del 10% del territorio. Mires donde mires, siempre te deja con la boca abierta.

La península de Snæfellsnes, al oeste del país, es un resumen de Islandia, ya tiene un poco de todo ello en un territorio reducido: un volcán cubierto por un glaciar (Snæfellsjökull) donde Julio Verne situó la entrada al centro de la Tierra, espectaculares cascadas, inmensos campos de lava, localizaciones de Juego de Tronos, fiordos, llanuras, pequeños pueblecitos pesqueros, acantilados inundados de aves, excursiones para ver mamíferos marinos….

El paisaje islandés es rudo, pero la ventaja del país es que su naturaleza indómita se halla, en la mayoría de los casos, accesible a pie de carretera. A otras más alejadas se puede llegar siguiendo unas atractivas rutas. La isla tiene en un pequeño territorio algunos de los paisajes más espectaculares del continente y unos incomparables fenómenos naturales (no nos olvidemos de las auroras).

Islandia está orgullosa de su pasado vikingo, pero también mira al futuro y es una sociedad moderna. Muestra de ello es su pequeña capital, Reikiavik, donde se unen pasado, presente y futuro. Tan pronto te encuentras con casitas de madera de colores, como otros edificios más vanguardistas.

Ciudad moderna, cosmopolita y acogedora, Reikiavik está llena de vida con numerosos museos, galerías de arte, tiendas, cafés, restaurantes y piscinas termales.

Islandia es una isla despoblada, de una belleza insultante  y cargada de aventura. Una tierra de mil colores, en la que el agua tiene un gran protagonismo, un territorio que huele a azufre. Pero sobre todo es un país plagado de magníficos paisajes que nuestra retina no podrá olvidar. Es de esos lugares a los que quiero volver. Quizá en invierno, quizá durante más tiempo.

El segundo y último viaje del año fue más local. Nos quedamos en España y visitamos Galicia, especialmente A Coruña, aunque también nos acercamos a Santiago e hicimos alguna parada por la Costa da Morte. También, de subida, hicimos dos breves paradas en Astorga y Lugo.

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Astorga, pese a ser una ciudad pequeña, es un importante nudo de comunicaciones entre la planicie del Páramo Leonés y los montes de León. No solo es la puerta natural de entrada a Galicia, sino que en ella confluyen dos caminos históricos de la península: la Vía de la Plata y el Camino de Santiago. Pasear por sus calles supone honrar su pasado romano y recordar épocas de esplendor en las que se construyeron la Catedral o el Palacio Episcopal.

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Lugo comparte con Astorga ese carácter romano, de cuando fue Lucus Augustus. De aquella época conserva la muralla construida entre los siglos III y IV, la única muralla romana declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, y que delimita claramente la ciudad. Así pues, cuando se cuenta con poco tiempo como en nuestro caso, nos marca de forma evidente dónde queda el casco histórico. Además de pasear por sus calles y plazas, recorrerla también desde lo alto de la muralla aporta una perspectiva diferente.

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Santiago de Compostela, la capital de Galicia desde 1980, también tuvo sus murallas, pero que fueron derribadas en el siglo XIX. Declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO gracias a su belleza monumental, extraordinaria conservación y por ser el final del Camino de Santiago, prácticamente todo gira en torno a esta ruta de peregrinación milenaria. Y es que la urbe le debe gran parte de su desarrollo a la llegada continua de peregrinos. Y cómo no, su monumento por excelencia es la Catedral.

También pudimos recorrer un pequeño tramo de A Costa da Morte, un recorrido que se nos llevó por escarpados acantilados entre los que destaca el Cabo Fisterra, un lugar al que acuden muchos peregrinos para finalizar su camino con un ritual de inicio de una nueva vida antes de regresar a casa. Allí se erige a 138 metros sobre el nivel del mar el faro construido en 1853, todo un símbolo de la ciudad.

Y si hablamos de faros simbólicos no podemos olvidarnos de la Torre de Hércules, construida en A Coruña por los romanos para guiar sus rutas marítimas.

A Coruña, esa ciudad que ha tenido una historia llena de altos y bajos, como la marea. Su situación privilegiada desde el punto de vista geográfico ha atraído a diferentes civilizaciones a lo largo de los siglos. No solo a los romanos, sino también a los celtas, suevos, visigodos y vikingos. Esto ha dado como resultado una notable mezcla de culturas. Aunque también tiene su punto negativo, pues ha sido testigo de múltiples batallas, como por ejemplo las del siglo XVII entre Felipe II y la reina Isabel I de Inglaterra (una de las cuales encumbró a María Pita en heroína local) o las del siglo XIX contra el ejército napoleónico (la más famosa es la Batalla de A Coruña).

Hoy es una ciudad que en las últimas décadas (pese a perder la capitalidad) ha ido creciendo en lo económico, urbanístico y cultural. Se construyó el Paseo Marítimo más largo de Europa y el muelle de transatlánticos en plena ciudad, se planificaron parques y jardines, se creó una importante red de museos y una feria de muestras y actividades multiculturales… A Coruña sigue creciendo.

Galicia, tierra de leyendas y meigas, esconde muchos rincones que merecen ser descubiertos. Desde su naturaleza hasta sus ciudades llenas de historia pasando por sus pequeños pueblos de pescadores, sus costas rocosas, sus verdes praderas, sus frondosos bosques, sus playas interminables y sus misteriosas rías. Además, tiene buen clima y se come y bebe bien. ¿Qué más se puede pedir?

Con ella cerramos un 2019 poco viajero habiendo sumado tan solo un país (el 38 en mi caso), pero con muchos planes para 2020. No obstante, no nos podíamos imaginar ni de lejos lo que se nos venía encima con el Coronavirus.

Stieg Larsson: El hombre que jugó con fuego

Ya he repetido en muchas ocasiones lo que me gustó la saga Millenium, publicada como trilogía tras la muerte de su autor Stieg Larsson y continuada por David Lagercrantz con otras tres novelas más. Así pues, cuando me enteré de que había un documental sobre Larsson, me picó la curiosidad.

Henrik Georgsson documental Stieg Larsson

Titulado Stieg Larsson: El hombre que jugó con fuego, su nombre en sueco Mannen som lekte med elden hace una clara referencia a su segunda novela (La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina): Flickan som lekte med elden. Sin embargo, aunque esta miniserie documental de cuatro episodios arranca con una presentación del autor como el escritor de aquel fenómeno editorial, este aspecto pasa enseguida a un segundo planoy recorre la vida y carrera profesional de Larsson profundizando sobre todo en su lucha contra la extrema derecha y los neonazis. Y es que se dejó la vida (literalmente, pues vivía por y para trabajar) investigando, persiguiendo, destapando e informando sobre el auge del fascismo en su país.

Esta vocación antifascista parece que le viene de su infancia, cuando vivió en la granja de sus abuelos. Allí escuchaba durante horas a los leñadores discutir sobre política. De hecho, su propio abuelo era un gran defensor de los derechos democráticos y vivía preocupado por el avance nazi por Europa. Quienes conocieron a Larsson de crío cuentan que era un “niño que nació viejo”, siempre serio y con algún libro o cuaderno (por aquel entonces comenzó a escribir) en sus manos.

Dirigido por Henrik Georgsson (Bron/Broen o Wallander) el documental se sirve de testimonios de personas cercanas al autor (como su pareja Eva Gabrielsson, su padre Erland Larsson o colegas de profesión), de imágenes de archivo y de escenas dramatizadas para componer un repaso a la evolución de la ultraderecha en Suecia. Un recorrido que bien se podría extrapolar a buena parte de los países de Europa.

En los años 70, cuando todo el mundo pensaba que en Suecia no había nazis, Larsson se empeñó en demostrar que no era un fenómeno tan residual y comenzó a perseguir y destapar a los grupúsculos de extrema derecha que operaban en la clandestinidad estableciendo conexiones entre estos y otros de fuera de sus fronteras. Llegó incluso a adherirse con nombre falso a la organización neonazi Nordic Realm Party para poder recibir sus publicaciones. De sus investigaciones nació el principal archivo sobre ultras de Escandinavia. Tan nutrido era que ha sido utilizado durante años por periodistas e historiadores como una enciclopedia.

Durante la década de los 80 Larsson se implicó en política y participó en la fundación del proyecto Stop the Racism. En su afán por destapar a los nazis, acudía con su cámara a cualquier acto o reunión que estos realizaran e intentaba documentarlo todo: escenografía, simbología, participantes… Y es que si en los 70 actuaban en clandestinidad, en los 80 empezaron a sentir cierta impunidad y salieron a la luz numerosos grupos xenófobos. Por aquel entonces nació por ejemplo la organización Keep Sweden Swedish.

Pero el punto de inflexión para la historia de Suecia (y para la vida del autor) fue 1986, cuando el primer ministro Olof Palme fue tiroteado a quemarropa en las calles de Estocolmo cuando paseaba con su mujer. El asesinato conmocionó a la población y se convirtió en la obsesión de Larsson, quien pronto comenzó a realizar sus propias investigaciones. Tirando de los hilos consiguió conectar a la extrema derecha sueca con los servicios secretos sudafricanos (los mandatos de Palme estuvieron muy marcados por una fuerte política exterior que giraba en torno al respeto de los derechos humanos y financió la lucha contra el Appartheid) y La Liga Mundial Anticomunista (una organización con mucho dinero que servía de paraguas para asociaciones terroristas fascistas de todo el mundo). El escritor murió sin resolver el crimen, aunque le entregó a la policía 15 cajas llenas de documentación. El 10 de junio de este año la fiscalía sueca dio por resuelto el caso, aunque ni se ha encontrado el arma ni nuevas pruebas forenses. El supuesto culpable no será juzgado, pues se suicidó en el año 2000.

En 1991 Larsson coescribió con la periodista Anna-Lenna Lodenius, el libro Extremhögern (Extrema derecha), el primer documento que ofrecía una visión completa del movimiento ultraderechista en Suecia. Ambos autores recibieron amenazas por esta publicación a través de la revista nazi Storm, donde se llegaron a difundir incluso sus fotos de pasaporte y direcciones.

Los 90 habían arrancado con el país sumido en una crisis económica. El partido Demócratas de Suecia había conseguido entrar en el parlamento con un mensaje claramente xenófobo en el que culpaba al millón de refugiados soviéticos que habían llegado a Suecia huyendo de la Guerra de los Balcanes. La extrema derecha resurgió con más fuerza incendiando campos de refugiados o poniendo bombas en la Estación Central de Estocolmo y en una pizzería. Además, se hizo popular entre la juventud un movimiento musical conocido como Vikingarock, que no era otra cosa que rock fascista. Bajo la excusa del patriotismo consiguieron captar a muchos jóvenes suecos descontentos con el sistema y los partidos tradicionales. Gracias al éxito de bandas de rock vikingo como Division S, Uppsala, Vit Agression, Ultima Thule la extrema derecha encontró una forma de financiarse y de volverse influyente. Esto supuso un punto de inflexión, pues nacieron nuevos partidos y organizaciones anticomunistas y xenófobos. Algunos de ellos hasta se inspiraban en los partidos de los años 30 y copiaban los uniformes, consignas y forma de asociación o de crear comunidad. En 1995 los neonazis ya no se escondían, ese año mataron a 7 jóvenes.

Con este clima político, Larsson, que trabajaba como diseñador gráfico en la Agencia de noticias TT (Tidningarnas Telegrambyrå), fundó junto con otros jóvenes la revista antirracista y sin ánimo de lucro Expo. Una publicación que además sirvió como corresponsal de Escandinavia para su homóloga británica Searchlight. Eso sí, desde el anonimato. La revista nace para llenar un hueco antifascista y con el objetivo de destapar las redes que llevaba tejiendo desde hacía dos décadas la extrema derecha en Suecia. Expuso tanto a gente que se consideraba hasta entonces respetable como las fuentes de financiación. Esto, lógicamente, no gustó a la ultraderecha, que inició una campaña de acoso y derribo contra la publicación. No fue sin embargo algo que asustara a Larsson, quien ya estaba acostumbrado y se había convertido en todo un experto en seguridad que no se había casado ni tenía nada a su nombre para evitar que lo localizaran o que había aprendido a abrir un paquete bomba sin que le explotara. No obstante, cuando las amenazas se hicieron reales y los periodistas Peter Karlsson y Katarina Larsson sufrieron un atentado por coche bomba, muchos compañeros abandonaron la revista superados por la presión. En el documental hay quien prefiere mantenerse en las sombras pues incluso hoy en día siguen en el punto de mira. Larsson por su parte no cejó en su empeño y siguió investigando con ahínco. Y cuando la violencia siguió escalando y se multiplicaron los asesinatos a policías y sindicalistas las autoridades acabaron recurriendo a él y al trabajo que llevaba realizando durante dos décadas.

Con el nuevo siglo llega una nueva estrategia a las filas de la extrema derecha. Una vez que ya están en el parlamento, y conscientes de que la vestimenta de skinheads y otros grupos uniformados era demasiado llamativa, comienzan a vestir de traje y corbata, a dejar de raparse el pelo y a pulir su discurso para no resultar tan agresivos. No obstante, pese al cambio de retórica no dejaba de ser el mismo perro con distinto collar, y la revista Expo siguió investigándoles, hasta el punto de mandar a uno de sus reporteros como infiltrado para que documentara sus reuniones, entrevistas y estrategias.

En los últimos años de su vida, Larsson estaba obsesionado tanto con el presente como con el asesinato de Olof Palme. Para desconectar y aligerar la carga que llevaba sobre sus hombros decidió retomar la ficción. Ya de niño en casa de sus abuelos había llenado varios cuadernos (incluso le regalaron una máquina de escribir para que no gastara tanto papel) con una novela policial juvenil y otras de ciencia ficción, pero acababan en la hoguera porque no le parecían textos lo suficientemente buenos. Empezó la saga Millenium con el relato escrito en 2002 sobre un viejo que recibía todos los años unas flores. A partir de ahí aprovechó sus conocimientos sobre nazis, malversación de fondos, política… en definitiva de todo lo que había aprendido investigando a lo largo de su vida. Escribir ficción le permitió resolver los casos, algo que no podía hacer en la realidad. Aunque Mikael Blomkvist y su revista Millenium automáticamente nos lleven a pensar en Stieg Larsson y Expo, según la pareja del autor, Lisbeth Salander tiene mucho de su creador. Quizá es la justiciera que le gustaría haber sido si no hubiera tenido que atenerse a la legalidad.

Una pena que su estilo de vida (dormía poco y trabajaba mucho, comía mal, bebía toneladas de café y se fumaba dos paquetes diarios de tabaco) acabara con él cuando aún tenía mucho por aportar, no solo en su ámbito como novelista, sino como en su faceta como meticuloso e infatigable investigador. La serie documental está muy bien estructurada y, aunque le sobran las escenas de recreación, realiza un interesante recorrido no solo de su vida y su trabajo – íntimamente relacionados – , sino también de los movimientos fascistas en Suecia. Stieg Larsson: El hombre que jugó con fuego es analítica y nos insta a no dar la democracia por sentada. Como bien recoge al principio en una entrevista de 2004 del propio Larsson: “no es un don divino caído del cielo, sino algo por lo que debe luchar cada generación”. No se nos debería olvidar.

Serie Terminada: UnReal

Sarah Gertrude Shapiro fue productora durante varias temporadas en el reality The Bachelor, donde una serie de mujeres compiten entre ellas por conquistar el amor de un soltero de oro (sí, sigue pasando en el siglo XXI). Trabajar en el programa le suponía una gran contradicción con sus convicciones, pero no podía marcharse porque tenía un contrato bastante blindado. Con el paso del tiempo acabó desarrollando problemas psicológicos llegándose a plantear incluso el suicidio. Tras abandonar el programa, a modo de terapia, escribió el corto Sequin Raze, que se centraba en la historia de una productora de un reality que manipulaba a una concursante para que se desmoronara en directo. A la directora ejecutiva de la cadena Lifetime le gustó y le propuso crear una serie partiendo de esta idea. Para llevarla a pantalla contactó además con la escritora y productora Marti Noxon (Buffy, Angel, Mad Men, Glee, Anatomía de Grey, Cinco Hermanos o Prison Break) y juntas pusieron en marcha UnReal, con Shapiro centrada en las tramas (basadas en su experiencia) y con Noxon como showrunner y supervisora de diálogos. Y aunque de primeras no tuvo mucha audiencia por venir de una cadena un tanto blanca como Lifetime, la repercusión en las redes sociales y la buena acogida que tuvo en la crítica, hizo que ganara fama y espectadores semana a semana.

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UnReal nos introduce en el set de rodaje del ficticio Everlasting, uno de los realities más populares de la televisión estadounidense (obviamente pretende ser The Bachelor), donde un joven inglés se presta como príncipe azul en busca esposa para limpiar su imagen y promocionar sus hoteles. Pero tanto él como sus pretendientes quedan en segundo plano ante lo verdaderamente importante: las interioridades de la producción de un reality de este tipo, es decir, los tejemanejes que hay detrás de las cámaras. UnReal es metatelevisión, como lo eran 30 Rock, Sports Night, Studio 60 o The Newsroom, donde se muestra no sólo cómo se hace un programa de televisión, sino además cómo el drama fuera de la pantalla influye en lo que ve el espectador. La diferencia sin embargo es que aquí se busca precisamente esos conflictos para que estallen ante las cámaras.

La serie pone sobre la mesa algo que ya sospechamos todos, tanto los que ven realities como los que no: que está todo guionizado. Esto no significa que cada participante tenga unas líneas que aprenderse, sino que desde el equipo de producción tienen claro qué quieren mostrar en cada temporada y ya han trazado la línea de la historia con un determinado tipo de roles protagonistas. Para ello realizan una selección de concursantes que encaje en los estereotipados caracteres que quieren explorar a lo largo de los episodios y que psicológicamente sean maleables. Al tratarse de un programa de mujeres que luchan por conquistar a un futuro marido el interés está en tener a la puritana, a la divorciada con hijo, a la perfecta esposa, a la mayor de 30, la malvada, a la sexy, la reina del drama… Y sobre todo que no se lleven bien. El objetivo es ofrecer el mayor nivel de morbo y escándalo posible. Cuanto más enganchado esté el espectador, mejores datos de audiencia y por tanto más dinero para la cadena. Y cuando no hay conflictos (o no terminan de salir a la luz) intervienen los productores dirigiendo a los participantes por medio de mentiras y manipulaciones. Todo sirve para que surja el drama. Lo deja bien claro Rachel: “Creo condiciones para que las cosas sucedan y luego las hago realidad” o “No solucionamos problemas, les ponemos delante las cámaras”.

Esta Rachel no es otra que el alter ego de Shapiro. Interpretada por Shiri Appleby (Una vida inesperada), es la productora estrella. Es magnífica en su trabajo y consigue exprimir al máximo a los concursantes plantando las semillas de la duda y la desconfianza, haciendo preguntas insinuantes y sacando todo tipo de trapos sucios. El problema es que durante la grabación de la temporada anterior estalló provocando un incidente y tuvo que marcharse al acabar la temporada para desconectar. Pese a no haberse recuperado ni mucho menos, con la vuelta del programa ella también ha de regresar para evitar que el canal la demande y la mande a la cárcel. Pero además es que Everlasting es su adicción. Obtiene un chute de energía cada vez que las cosas salen como ella planea, aunque después le da el bajón porque sabe que seguir allí no es sano ni para ella ni para las concursantes. Para evadirse de esta dicotomía constante acaba por las noches refugiándose en alcohol y sexo, pero con el nuevo día vuelve a las andadas. Es el retrato complejo de una mujer al borde del colapso psicológico constante pero que huye del estereotipo machista de mujer histérica.

Parte de la culpa de que viva en esta espiral constante es de su jefa, la productora ejecutiva Quinn King (telita la elección del nombre), interpretada por Constance Zimmer (Boston Legal, The Newsroom y House of cards). Casi se podría decir que si Rachel es una adicta, Quinn es su camella. La relación que tienen es codependiente y disfuncional. Quinn necesita a Rachel porque gracias a ella y sus métodos consigue las mejores cifras de audiencia, por eso no se corta en manejarla a su antojo explotando sus debilidades y destacando lo buena que es en su trabajo. No obstante, también tiene momentos en los que parece que realmente se preocupa por ella e intenta protegerla. Por otro lado, Rachel está enganchada a Quinn porque la admira y para ella es quizás su única amiga, una especie de hermana mayor. Sin embargo de vez en cuando tiene arrebatos en los que intenta cortar por todos los medios los lazos y a la vez acabar con ella tanto laboral como personalmente.

Quinn es una persona despreciable que siempre actúa con segundas intenciones y trata a todos como si fueran sus marionetas. Es la abeja reina manejando a las abejas obreras y no se corta. Cuando piensas que no puede ser rastrera, que no puede estar planeando nada tan terriblemente maligno, ella sigue adelante sin despeinarse y además disfrutando del daño causado. Sin embargo, como personaje es realmente adictivo, quieres que se salga con la suya, que sus planes funcionen, que humille al presentador o le dé un corte a cualquiera que ose interrumpirla. Y es que un festival de verborrea corrosiva. Sus frases son sentencias.

Appleby y Zimmer están magníficas en sus personajes. La primera de ellas consigue darle profundidad a una mujer que vive luchando continuamente con sus contradicciones internas aportando un toque de ternura. Por otro, Zimmer es capaz de dotar a su cínica ejecutiva de un toque de vulnerabilidad debajo de todo ese sarcasmo. Acaparan las escenas cuando están solas, pero es que cuando están juntas son un espectáculo. Ellas son el eje central en torno al que gira toda la serie, tanto en lo personal como en lo profesional.

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UnReal deja en evidencia los diferentes niveles de producción de un reality de este estilo. Como decía más arriba, en primer lugar estaría la etapa de preparación del programa, en la que se elige cuidadosamente a los intervinientes en función del esquema de temporada previamente trazado. En un segundo nivel estaría la intoxicación de productores como Rachel, que van maleando a los participantes para que vayan cumpliendo con los hitos marcados en el guion o creando unos nuevos sobre la marcha a medida que se van desarrollando las relaciones. El chico también es manipulado sutilmente como las demás para que no se salga de la planificación, pero en algunas ocasiones recibe órdenes directas de producción para que seleccione o elimine a las concursantes. Y es que lo que a él le interese no es importante, él está ahí generalmente para lavar su imagen y conseguir fama y notoriedad  y a cambio el programa a cambio le exige buenos datos de audiencia.

La siguiente fase es la edición, ya que aunque se haya conseguido el objetivo, se cuentan con muchas horas de metraje, pruebas, entrevistas… En la sala de edición se seleccionan, descontextualizan y ordenan las imágenes, y es que lo que marca la diferencia es cómo se cuenta, la música que acompaña a cada escena, si se ralentiza la reacción… Estas imágenes se intercalan después en la emisión en directo, el último nivel de producción de un reality, donde se espera que estalle todo aquello que se lleva cociendo a fuego lento durante la semana. A veces las cosas no salen exactamente como estaba planeado, pero la premisa es no dejar de grabar. Si hay algo que no interesa del todo, se reconduce sobre la marcha.

El peligro que corren los realities es contar siempre lo mismo año tras año. Y a eso mismo se exponía UnReal con su segunda temporada. No tenía fácil volver a sorprender y mantener el nivel de la primera, sin embargo, lo consigue poniendo como soltero a un concursante negro, algo que nunca había ocurrido en la inspiración real de la serie por miedo a perder un sector de la audiencia (enThe Bachelor habría que esperar 40 temporadas para que ocurriera). Esta novedad es una propuesta de Rachel, que en esta nueva temporada de Everlasting parece haber dejado atrás el puesto de productora y ha ascendido a showrunner, trabajando junto a Quinn, quien ahora parece su mejor amiga. No obstante, pronto se ve que todo es un espejismo y que no solo no ha soltado lastre, sino que está muy cerca de volver a sufrir una crisis nerviosa y perder tanto su nueva posición de poder como su relación con Quinn.

La segunda temporada es aún más agresiva que la primera con unas tácticas de manipulación aún más crueles, más puñaladas por la espalda y mayores dosis de cinismo. Pero no pierde la esencia que conquistó en la primera: Everlasting sigue siendo un programa clasista y misógino que confunde las conductas retrógradas con el amor romántico, Quinn y Rachel vuelven a sus andadas con una relación de amor-odio que resulta estimulante de ver, sigue la lucha dirección de la cadena vs dirección del programa… Y la novedad del soltero negro, algo que se había presentado como una medida progresista, no es más que una excusa para crear conflictos, pues las candidatas se siguen eligiendo según unos criterios estereotipados y su objetivo en la historia. Así, por ejemplo, una de ellas es de la América profunda, seguidora de Trump y que viste un bikini con la bandera confederada en sus redes sociales y otra una activista negra que lucha contra la brutalidad policial contra la comunidad afroamericana (algo que sigue de vigente actualidad 4 años después de su emisión).

The Bachelor tiene su versión femenina en The Bachelorette, así que, ¿por qué no podría ocurrir lo mismo en Everlasting? Y ese es el giro de la tercera temporada para renovar el programa y llamar la atención de la audiencia tras un impactante final en la anterior. Por primera vez no hay soltero sino soltera. Serena, interpretada por Caitlin Sutherland (la señora Masters en Masters of Sex) es una ejecutiva de éxito y feminista que no será tan fácil de manipular como los anteriores concursantes, sino que intentará elegir de verdad al candidato que más le interesa le pese a quien le pese en la dirección del programa.

Han pasado seis meses desde que acabó la filmación y entre tanto Rachel y Quinn se han mantenido lejos de las cámaras y de la toxicidad del programa. Rachel es quien más ha cambiado volviendo como una persona honesta y transparente, libre de maldad y dobleces. Sin embargo, es regresar y perder los principios por el camino. Como siempre la relación entre las dos protagonistas es uno de los puntos fuertes. Da igual que se quieran y se apoyen la una en la otra o que se odien e intenten dejar a la otra fuera del programa, resulta adictivo verlas trabajar en uno u otro sentido.

La cuarta y última temporada cambia los papeles de Rachel y Quinn. Mientras que la primera ha dejado de lado sus principios y acaba convirtiéndose en aquello que tanto han pretendido que fuera; la segunda vuelve de unas vacaciones más desconectada y relajada que nunca. Rachel ha planificado toda la temporada con un nuevo productor, Tommy Castelli, y si Everlasting con Quinn al frente carecía de ética, con esta nueva Rachel se sale de cualquier esquema arrasando con todo y todos. El colmo del despropósito es confrontar a una víctima de acoso sexual con su agresor. Y lo peor es que de primeras podríamos pensar que a los guionistas se les ha ido de las manos la trama con este tema, pero después de saber lo que pasó en Gran Hermano en España hace unas temporadas, resulta de lo más verosímil. Me esperaría cualquier cosa de este tipo de programas.

En este caso el reality regresa con una versión All Stars en la que participan estrellas de anteriores ediciones, bien por sus polémicas, porque fueran muy populares o porque tuvieran asuntos pendientes. Y esta vez hay un cambio con respecto a soltero y candidatos, ahora hay mismo número de hombres que de mujeres y han de emparejarse entre ellos. Por lo demás, no cesa la rivalidad entre Rachel y Quinn, sigue habiendo momentos de tensión entre los participantes, los productores continúan haciendo de las suyas… Al final la esencia de UnReal está ahí. Y es lo que mantiene al espectador hasta su último episodio. Un capítulo dirigido por la propia Appleby que le da el cierre perfecto tanto a Everlasting como a las dos mujeres protagonistas. UnReal no hace las cosas a medias tintas, y por eso no decepciona.

Durante sus cuatro temporadas la serie ha presentado sin maquillaje a unos protagonistas codiciosos, egoístas, amorales, tramposos y mentirosos que se han metido de lleno en guerras de ego, intrigas, manipulaciones… Ni directivos, ni productores, ni los propios concursantes se libran. Todos han mostrado un alto grado de insensibilidad y unos elevados niveles de miseria y ruindad. UnReal es feroz y exhibe sin tapujos las incontables atrocidades que se llevan a cabo detrás de las cámaras de este tipo de programas. No faltan discusiones, peleas, zancadillas, sexo, violaciones, abusos de sustancias, accidentes, suicidios, asesinatos… y acaba enganchando como lo hace el Everlasting ficticio. Produce el efecto mirón de los accidentes de tráfico: estás viendo algo que te produce tremendo rechazo, pero a la vez no puedes apartar la mirada. Retrata a la perfección cómo funciona la televisión y que tienen más acogida aquellos programas escandalosos y con constantes giros dramáticos que otros más inteligentes o interesantes. Con ello hace un juicio cruel y despiadado a la industria televisiva, y por extensión a la cultura norteamericana ( y a todas las sociedades que vamos copiando su modelo).

A través de sus 40 episodios esconde también una crítica al sistema patriarcal envuelta en un formato sexista basado en el cuento de la princesa que busca a su príncipe azul. Y todo ello presentado en Lifetime, un canal clasificado como destinado al público “femenino”. Todo un caballo de Troya que nos regala una historia fascinante sobre dos mujeres que llevan la voz cantante, que se equivocan, pero que se retroalimientan, se hacen fuertes y se reponen de cualquier imprevisto al que se enfrenten. Rachel y Queen son dos antiheroínas, esas villanas que apenas encontramos en la ficción. Y es que generalmente cuando se representa a una mujer malvada o con sed de venganza esta esconde detrás un motivo amoroso o envidia por la belleza de otra más joven (de nuevo el hombre en el centro de su vida); rara vez encontramos a asesinas por placer o psicópatas sedientas de poder. UnReal pone al frente dos protagonistas que son toda una revolución solo por el hecho de existir. Complejas, autodestructivas e imperfectas quedan lejos del clásico arquetipo de mujer como un ser inmaculado sin defectos y resultan irresistibles (como personajes de ficción).

UnReal es crítica, melodramática, oscura y ruin, pero también atrevida, sarcástica, divertida y adictiva. Es una pena que haya pasado tan desapercibida en España (Antena3 maltrató su emisión), porque es una de esas series que es mucho más profunda de lo que parece a simple vista.

Serie Terminada: The man in the High Castle

The Man in the High Castle, basada en la novela homónima de 1962 de Philip K. Dick, terminó hace un año tras 40 episodios en los que llevaba al espectador a una realidad alternativa en la que los aliados no ganaron la II Guerra Mundial y ahora el dominio global se reparte entre los gobiernos alemán y japonés. Europa, África, el norte de Sudamérica y la mitad de Estados Unidos forman parte del Gran Reich Nazi; mientras que Asia, gran parte del sur de América y la costa oeste de EEUU pertenecen al Imperio Nipón. En esta ucronía de Dick, maestro de la ciencia ficción (inspiró éxitos como Blade Runner o Minority Report), Estados Unidos se ha quedado dividido en tres zonas; además de las dos mencionadas, hay un pequeño territorio neutral entre ambas que va desde las Montañas Rocosas hasta Nuevo México y funciona con relativa y aparente autonomía.

La serie, ambientada en los años 60, aunque tiene el mismo punto de partida que la novela, modifica e introduce algunos elementos que la distancian de esta. Por ejemplo, las misteriosas películas del hombre en el castillo no existen en ella, sino que se trata de un libro. Un cambio bastante acertado, ya que es un recurso que da más juego dentro de un producto audiovisual como es una serie. Por otro lado, se han revisionado los personajes femeninos, dándole un mayor peso y autonomía a Juliana Crain, quien es infantilizada en el libro, e introduciendo algunos que no existían, como el de Helen Smith, quien sirve como vehículo para explicar el papel de la mujer en la sociedad del Tercer Reich, o el de la lideresa de la Rebelión Comunista Negra.

The Man in the High Castle tuvo un proceso de gestación de 7 años antes de llegar a Amazon, y se ha encontrado con varias piedras en el camino a lo largo de su andadura. En primer lugar, Frank Spotnitz, quien desarrolló y adaptó la idea, abandonó tras la primera temporada por incompatibilidad con otros proyectos y porque tampoco estaba de acuerdo con la idea que tenían los productores para continuar la historia. Productores entre los que se encontraba Isa Hackett Dick, hija del novelista. Tras su marcha el equipo de guionistas se autogestionó durante la segunda temporada, ya que no se buscó ningún sustituto, y mientras la calidad de las tramas bajó de nivel, el presupuesto aumentó considerablemente con respecto a la anterior. La tercera temporada no llegaría hasta dos años después, esta vez ya sí con un nuevo showrunner, pero poco después se vio empañada por la dimisión la acusación del ejecutivo Roy Price tras salir a la luz que llevaba años acosando sexualmente a Isa Hackett Dick. Finalmente Amazon decidió que la cuarta sería la última entrega y los guionistas tuvieron que trabajar en intentar darle un cierre digno. Pero como ocurre siempre en casos de finales precipitados, siempre se quedan flecos sueltos.

No obstante, pese a las trabas y a este final algo inconcluso, la sensación que me deja es buena. Cuenta con un buen montaje, una selecta banda sonora y una gran ambientación. Intenta plasmar cierto realismo histórico al mantener vivas a aquellas personas que murieron durante la guerra y que no obviamente no habrían seguido la misma suerte en esta versión. También es un acierto que pese a ser los 60 el retrato de la sociedad se acerque más a la de los 50. Y es que si los alemanes y japoneses hubieran vencido a los aliados, los movimientos sociales y culturales lógicamente no habrían sido los mismos. No sabemos si habría sido realmente así, pero es lo que ocurre con las ucronías, que hay que especular.

The Man in the High Castle, sin ser una obra redonda, es una serie que consigue mantener el ritmo y el interés durante las cuatro temporadas. Aunque es cierto que la trama nipona me dejó con la sensación de que apenas evoluciona en 40 capítulos. Sí, cambian los mandatarios, pero poco más. Me resultó mucho más interesante la intrahistoria del Obergruppenführer Smith, brillantemente interpretado por Rufus Sewell. Este alto mandatario nazi pronto muestra sus dobleces e incoherencias e invita a la reflexión sobre cómo gente buena puede llegar a hacer cosas terribles por sobrevivir llegando a corromperse en el camino. Y es que John Smith era un combatiente americano que tras acabar la guerra se cambió de bando para mantenerse con vida en un momento en que cambiaban las circunstancias políticas. Se nos presenta como un hombre en una encrucijada que toma una decisión difícil. Con un bebé recién nacido, dejó sus ideas y amigos atrás y se puso el brazalete con la esvástica para asegurarse cierta seguridad. Ahora, años después, puede que no comulgue al 100% con la ideología nazi, pero vive muy cómodo en su puesto de poder y se sirve de él para seguir ascendiendo rápidamente (primero a Oberstgruppenführer, después a Reichmarshall y finalmente a Führer). Y aunque pueda seguir engañándose pensando que lo hace para proteger a su familia, en realidad no deja de ser por ambición.

Además de esta reflexión sobre los dilemas del ser humano ante un momento clave en su existencia, la serie nos recuerda que la democracia no está asegurada, sino que en cualquier momento puede haber un recorte de libertades. Así pues, hay que evitar una sociedad adormecida y luchar día a día. La resistencia simboliza esa lucha contra las injusticias y desigualdades, contra aquellos que están dispuestos a tomar el poder por la fuerza y la represión. Aunque sea una ucronía, el mensaje no se queda desfasado.