Nadie lo ha visto, Mari Jungstedt

Una reciente tendinitis en la rodilla me ha llevado a pasar unos días con movilidad reducida y apalancada en el sofá. Oportunidad ideal para hacer maratón de series (y justo con la vuelta de Juego de Tronos), pero también para dedicarlo a la lectura.

Últimamente me cuesta encontrar un título que me atraiga, ya que me da la sensación de que todos los libros nuevos que van saliendo tienen los mismos argumentos, así que tiré de fondo de novela nórdica y de una autora que no había tocado hasta la fecha: la periodista sueca Mari Jungstedt.

Aún tengo un par de novelas pendientes de Camilla Läckberg y de su saga de Fjällbacka, pero decidí comenzar con esta serie del inspector Anders Knutas que ya acumula 11 libros. Su primera entrega es Nadie lo ha visto (Den du inte ser) y aunque fue publicada en Suecia en 2003, llegó a España en 2009.

Según podemos leer en la sinopsis de la contraportada La temporada turística empieza en la aparentemente tranquila isla sueca de Gotland. Como cada año, Helena, que ahora reside en Estocolmo, vuelve a la isla en la que pasó los primeros años de su vida y celebra una fiesta con sus amigos de la infancia. Pero Helena bebe más de la cuenta y acaba bailando con su amigo Kristian y provocando los celos de su marido Per. Cuando ya no puede soportarlo más, Per reacciona de forma violenta y pone punto y final al buen ambiente que se respiraba. Al día siguiente, Helena está paseando por la playa reflexionando sobre lo ocurrido cuando es salvajemente atacada. Cuando se encuentra su cuerpo, cruelmente asesinado, su pareja es inmediatamente inculpada.

Pero unos días más tarde aparece muerta Frida, una compañera de colegio de Helena, que ha sido asesinada en las mismas circunstancias. La psicosis se apodera del pueblo y el inspector Anders Knutas debe acelerar las investigaciones antes de que el asesino golpee de nuevo. Para ello cuenta con la colaboración, no siempre deseada, del inquieto periodista Johan…

Cuenta con el esquema clásico de la novela negra: un asesinato, la línea de investigación de la policía, el relato de la prensa y un acontecimiento pasado que sirve como nexo entre el asesino y la/s víctima/s. Sin embargo, no está al nivel de otros libros del género. No me ha enganchado tanto. El desarrollo es prácticamente lineal y la trama sencilla y predecible hacia mitad de la novela. No hay ningún giro que genere expectación.

Los personajes por su parte quedan bastante desdibujados. Y es algo que ocurre tanto con los secundarios como con los principales, por lo que no he llegado a empatizar ni con el periodista Johan Berg, ni con Knutas y mucho menos con su compañera Karin Jacobsson. Es verdad que va soltando pinceladas del inspector, su mujer comadrona y sus gemelos, pero poco más. En muchas ocasiones he tenido la sensación de que aporta datos que no son relevantes para la historia.

Y no solo con los personajes, sino también con las descripciones tan extensas sobre los lugares en los que se va desarrollando la historia. No dudo de la belleza de la isla de Gotland y de la de Visby, su capital, que además es Patrimonio de la Humanidad, pero parece como si los detalles estuvieran metidos con calzador en un lugar inoportuno a modo de relleno y no como escenario.

También me chirría la subtrama romántica y el aspecto sentimental. Con tanto enredo queda una novela en la que la trama policíaca resulta bastante deficiente y poco sorpresiva. Apenas hay toque de suspense ya que lo que menos seguimos es la investigación.

La prosa de Jungstedt no tiene nada que ver con la de Maj Sjöwal y Per Wahlöö, que pretendían hacer crítica social en sus novelas. Tampoco con la saga Millenium, más centrada en la investigación periodística y tejemanejes empresariales. A priori puede acercarse más a Läckberg (por aquello de que parece que le interesan más las relaciones personales), pero en realidad tampoco ahonda especialmente en ello. La de Fjällbacka dota de más carácter a sus personajes y sus historias tienen mucho más trasfondo. Quizá porque en sus novelas hay dos tramas paralelas que se cruzan en determinado momento, por un lado la de la escritora Erika y por otro la del policía Patrik. Ambos protagonistas están bien conformados y cuentan con un relato propio. En Nadie lo ha visto, como decía antes, sin embargo no hay investigación. Ni la de Knutas (que parece ir únicamente de un escenario del crimen a otro pasando entre medias por algún interrogatorio), ni la de Berg (que va cubriendo las noticias de los asesinatos sin más).

Así, la novela se queda en un quiero y no puedo. Parte del patrón de la novela negra escandinava, pero no aporta nada novedoso al género ni en argumento, ni en narración, ni en personajes. Resulta entretenida, es verdad que no me ha resultado tan tediosa como Aurora Boreal de Åsa Larsson, pero sin más. Quizá se deba a que es su primera publicación y la cosa va mejorando con las entregas, así que es probable que le dé una oportunidad al siguiente libro de la saga, Nadie lo ha oído. Eso sí, antes de más experimentos retomaré los dos pendientes de la saga de Läkberg :Tormenta de nieve y aroma de almendras y La bruja.

Road Trip por la Costa Este de Estados Unidos y Canadá. Día 13 II: Boston: Freedom Trail

Tras recorrer el Black Heritage Trail que nos permite conocer un poco del pasado afroamericano y de la abolición de la esclavitud en sus 14 paradas, enlazamos con el Freedom Trail, un recorrido por los puntos claves de la historia de Boston y de la Revolución Americana.

Consta de 16 paradas distribuidas a lo largo de 4 kilómetros y está señalizado en el suelo por una línea de ladrillos rojos.

Fue concebido en 1951 por el periodista local William Schofield y aceptado por el alcalde John Hynes. Es gratuito, aunque también hay visitas guiadas caracterizadas que salen desde el punto de información turística en el parque Boston Common. Y aquí es donde habíamos terminado la anterior ruta y nuestro punto de partida.

Construido en 1634, este parque público de 50 hectáreas es el parque urbano más antiguo de los Estados Unidos y el más popular de la ciudad. Es el pulmón verde de la ciudad y forma parte del área conocida como Collar de Esmeraldas, que une todos los parques de Boston.

El terreno fue comprado por varios colonos puritanos al ministro anglicano William Blackstone y se usó como pasto para el ganado de la comunidad hasta 1830, cuando se prohibió dicha actividad. Fue entonces cuando se valló y nació el parque como tal. Durante la Guerra de Independencia fue un campo de batalla testigo de ejecuciones públicas.

A lo largo del siglo XX acogió diversas charlas de Martin Luther King Jr. en la lucha por los derechos civiles, también mítines contra la Guerra de Vietnam. Incluso en 1979 el Papa Juan Pablo II dio misa.

Aunque hoy es sobre todo un espacio de ocio, también se usa para manifestaciones o protestas, eventos deportivos y celebraciones.

En el centro del parque se encuentra el Freedom Trail Visitors Centre, donde facilitan información, además de ofrecer la posibilidad de contratar guías. En la plaza junto al centro de visitantes había varios camiones de comida, así como mesas y sillas para disfrutar del sol.

Paseando por el parque podemos descubrir fuentes, estatuas y monumentos que recuerdan a personajes relevantes en la historia del país. Una de las que me llamó la atención es una placa que se colocó en 2017 en honor al árbol de Nueva Escocia. Y es que, cada año, Nueva Escocia regala un árbol a la ciudad de Boston en agradecimiento a la ayuda que recibieron tras la explosión en Halifax el 6 de diciembre de 1917.

Por el camino que da a la calle Tremont vimos una curiosa iglesia (fuera de ruta), la Cathedral Church of St Paul.

Construida en 1819, fue la primera iglesia de estilo renacentista griego en Nueva Inglaterra, y desde 1970 es Monumento Histórico Nacional por su importancia arquitectónica. Los arquitectos encargados del proyecto fueron Alexander Parris (autor también del Quincy Market que veríamos más adelante) y Solomon Willard (quien diseñó el monumento de Bunker Hill, al final de la ruta).

En el momento de su fundación ya había otras dos parroquias episcopales, sin embargo, ambas pertenecían de la época anterior a la independencia, por lo que pretendían crear una iglesia totalmente estadounidense.

Volviendo a la ruta, frente al parque, y en la acera opuesta al monumento del 54º Regimiento se erige la Massachusetts State House, la sede del gobierno del Estado de Massachusetts. Alberga la corte general de Massachusetts y la Oficina del Gobernador.

Construido en 1798 en el terreno de pasto de John Hancock, destaca por su cúpula realizada en cobre y cubierta por láminas de oro de 23 quilates. Durante la II Guerra Mundial fue pintada de gris para que no destacara durante los apagones y no fuera víctima de las bombas. Corona la cúpula una piña de madera dorada, símbolo de la dependencia del estado de la tala en el siglo XVIII.

El afamado arquitecto Charles Bulfinch se basó en los diseños de varios edificios londinenses, y a su vez, la Casa del Estado ha servido de inspiración para el Capitolio de Washington y para muchos de los capitolios estatales de los Estados Unidos.

Su escalera principal de acceso a las puertas centrales del Salón Dórico solo es usada por el Presidente de los EEUU, los jefes de estado de otros países y el gobernador de Massachusetts cuando termina su legislatura.

El tercer punto se halla frente al parque, en la esquina de las calles Park y Tremont. Allí se erige The Park St. Church, una iglesia construida en 1809 por el arquitecto inglés Peter Banner, quien se inspiró en los dibujos de la iglesia londinense St. Bride. De 1810 a 1846 defendió el título de edificio más alto de Estados Unidos gracias a su campanario de 66 metros de altura que servía como referencia desde diferentes puntos de la ciudad. Perdió tal honor cuando se construyó la Iglesia de la Trinidad en Nueva York.

El lugar en que se ubica también se conoce como la “esquina del azufre”, parece que por los sermones “incendiarios” que se celebraban, aunque hay otra teoría que dice que es porque durante la Guerra de 1812 se almacenó pólvora en su sótano.

Fue sede de reuniones de carácter político, social y humanitario durante la Revolución y el lugar escogido por William Lloyd Garrison para, el 4 de julio de 1829, pronunciar su primer discurso en contra de la esclavitud. Sus palabras fueron: “Ya que la causa de la emancipación tiene mucho camino por delante y va a encontrarse con mucha oposición, ¿por qué retrasar el trabajo?”

Tras la iglesia se extiende el Granary Burying Ground, el tercer cementerio más antiguo de la ciudad y cuyo nombre le debe al granero que había donde hoy se erige la iglesia. El terreno pertenecía por aquel entonces al Boston Common. Accedemos a él por la puerta diseñada por Isaías Rogers.

Fundado en 1660 alberga varios personajes ilustres en la historia de la ciudad. Por ejemplo, en él descansan Samuel Adams, Robert Treat Pain y John Hancock, 3 de los 56 firmantes de la Declaración de la Independencia.

Al lado de la lápida de Adams se encuentran las tumbas de las cinco víctimas de la Masacre de Boston (5 de marzo de 1770) momento clave para la Guerra de la Independencia junto con el Motín del Té del 16 de diciembre de 1773.

En la parte posterior está enterrado Paul Revere y junto a su tumba encontramos una corona, pues justo el día anterior había sido el 200 aniversario de su muerte.

En el centro del cementerio se encuentra el obelisco que marca la tumba de Josiah y Abiah Franklin, los padres de Benjamin Franklin.

En total el cementerio cuenta con más de 2.300 tumbas, sin embargo, parece ser que en realidad hay unas 5.000 personas enterradas. Muchos niños no sobrevivían al primer año de vida, y algunas veces se enterraba a varios en la misma fosa. Algunos esclavos también fueron enterrados con sus dueños.

Su organización en hilera tan típica de los cementerios estadounidenses se debe a la época victoriana, pues así dejaba paso para el cortacésped.

Tras visitar el cementerio seguimos con nuestro recorrido hasta la siguiente parada. Un poco más adelante, en el cruce con la calle School, se erige la King´s Chapel,  la primera iglesia anglicana de Boston.

La iglesia original de 1689 era de madera. Pronto se quedó pequeña pues empezó a acoger a varios comerciantes prominentes y sus familias, por lo que comenzó a construirse una nueva de granito alrededor y cuando finalizaron las obras en 1754 se desmontó la originaria. La madera se reutilizó en Nueva Escocia para levantar otra iglesia anglicana.

En los planes originales se incluía un campanario, sin embargo este nunca se llevó a cabo. Su fachada tiene una peculiaridad, ya que aunque las columnas exteriores parecen de piedra, en realidad son de madera. Y es que esta parte se terminó tras la Revolución y de esta manera se abarataban los costes.

Recibe este nombre porque fue construida por orden del rey Jacobo II de Inglaterra, que quería que en los Nuevos Territorios hubiese una iglesia anglicana.

Junto a ella se extiende el King’s chapel Burying ground, el cementerio más antiguo de Boston (1630). En este no hay ningún personaje de la revolución, ya que para 1660 ya estaba completo. Se encuentran sin embargo algunos de los primeros colonos de Estados Unidos, como Mary Chilton, la primera mujer europea en desembarcar en el Nuevo Mundo tras haber cruzado el Océano Atlántico a bordo del famoso Mayflower en 1620; o personalidades como John Winthrop, primer gobernador de Massachusetts, y William Dawes, uno de los tres emisarios que alertó de la llegada del ejército británico.

Junto a la iglesia y cementerio se encuentra la Escuela Latina de Boston,  la que fuera la primera escuela pública de Estados Unidos. Podemos ver en el suelo un mosaico conmemorativo.

Establecida en 1635 por Sir Patrick Aridan Kelly, nació para formar a los niños (las niñas acudían a escuelas privadas en casas) de toda clase social. Los colonos puritanos consideraban la educación muy importante, pues era una manera de acercarse a la Biblia. Así, en 1647 se aprobó una ley por la que se establecía que en aquel pueblo en el que hubiera más de 50 familias, tenía que haber una escuela.

El edificio original fue derribado en 1745 para ampliar la King’s Chapel y, tras varios traslados, actualmente se encuentra en el barrio Fenway de Boston y desde 1972 admite también a niñas.

A esta escuela acudieron importantes personajes de la historia de la ciudad, incluso cinco firmantes de la Declaración de Independencia: Benjamin Franklin, Samuel Adams, John Hancock, Robert Treat Paine y William Hooper. El primero de ellos es honrado con una estatua en el lugar en que se ubicaba el edificio, la primera estatua dedicada a una persona erigida en Boston. Franklin, que nació en 1706 en lo que hoy es el centro de Boston, además de ser uno de los padres de la nación era poeta y científico (inventó el pararrayos).

En el patio también hay otra estatua dedicada a Josiah Quincy III, educador, miembro de la Cámara de Representantes de los Estados Unidos de 1805 a 1813, alcalde de Boston de 1823 a 1828 y presidente de la Universidad de Harvard de 1829 a 1845. El histórico Quincy Market (también en la ruta) en el centro de Boston recibe su nombre en su honor.

Al lado, aunque no pertenece al Freedom Trail, está el que fuera el Ayuntamiento hasta su traslado en 1969, el Old City Hall. Construido entre 1862 y 1865 en estilo Segundo Imperio Francés fue el tercer ayuntamiento que tuvo la ciudad. Hoy el edificio está ocupado por varias empresas y organizaciones desde su venta en 2017.

Frente a la fachada hay una curiosa estatua de un burro de bronce. Ante él hay dos huellas que invitan a situarse. El burro simboliza el partido demócrata y los elefantes de las huellas al republicano.

La elección de cada uno de estos animales tiene su historia. Cuando Andrew Jackson creó el Partido Demócrata en 1828 y se presentó a presidente usó el lema populista “dejad que el pueblo mande”. Esto provocó insultos y descalificaciones por parte de sus oponentes, quienes lo consideraron estúpido y lo etiquetaron como jackass (burro). Jackson sin embargo tomó el este insulto y lo convirtió en el símbolo de su campaña. Así, durante años el burro ha sido el símbolo del partido.

Por su parte, el Partido Republicano le debe el elefante a Thomas Nash, dibujante del Harper’s Weekly, quien comenzó a usarlo en 1874. Después comenzó a extenderse a medida que fueron usándolo otros artistas gráficos. Al final el partido acabó adoptándolo.

Retomamos el Freedom Trail y nos dirigimos hacia la Old Corner Book Store, un edificio que fue la casa de Anne Hutchinson, controvertida líder religiosa. Llevaba a cabo lecturas semanales de las Escrituras en su casa a las que asistían hasta 80 personas, una décima parte de la población de Boston en ese momento. Fue acusada de herejía por predicar sin licencia y excomulgada en 1638. Acabó exiliándose a Rhode Island, donde fundó la ciudad de Portsmouth.

En 1708 la casa fue comprada por Thomas Crease y tres años más tarde acabó ardiendo en el Gran Incendio.

En 1718 se levantó una nueva construcción como tienda, lo que lo convierte en el edificio comercial más antiguo de Boston. Un siglo más tarde, el padre del futuro ministro J. Freeman Clarke la compró y en 1828 la convirtió en librería. Poco después, entre 1832 y 1865, se estableció una imprenta, y fue el centro de la publicación de libros estadounidenses en una época en que Boston era la meca literaria del país. En los años posteriores sería ocupada por diversas editoriales y librerías.

En 1960 se planteó demolerla para construir un aparcamiento, sin embargo varios ciudadanos crearon una asociación para recaudar dinero, comprar la propiedad y restaurarla. En la actualidad es un restaurante de comida mexicana pero mantiene su estética.

Frente a él, en una plaza, encontramos el Irish Famine Memorial, que al igual que el que habíamos visto el día anterior, recuerda la hambruna irlandesa de mediados de siglo XIX.

El monumento cuenta con dos grupos de estatuas en las que se contrasta a dos familias. Por un lado a una que pudo emigrar a América y consiguió encontrar prosperidad y por otro una hambrienta en Irlanda.

Financiado por un fideicomiso dirigido por un magnate irlandés-estadounidense, el grupo escultórico fue inaugurado en 1998 en el 150 aniversario de la Gran Hambruna y aunque al principio fue bien recibido, también obtuvo críticas negativas por recurrir a clichés y conmemorar los logros de los irlandeses que consiguieron emigrar.

Y si leemos las placas que bordean el monumento quedan patentes esos tópicos. En una de ellas podemos leer “La conmemoración de la Gran Hambruna permite a la gente de todo el mundo conocer un terrible episodio que cambió para siempre Irlanda. Las condiciones que provocaron la hambruna (mala cosecha, terratenientes ausentes, colonialismo y débil liderazgo político) todavía existen por todo el mundo en la actualidad. Las hambrunas continúan afectando a la población. Las lecciones de la hambruna irlandesa deben ser aprendidas y aplicadas hasta que la historia deje de repetirse”. Está muy bien el mensaje, pero en realidad, efectivamente la historia sigue repitiéndose.

En otro texto se hace referencia a que hoy 44 millones de americanos con pasado irlandés son dignos merecedores de Medallas de Honor y excelencia en literatura, deportes, negocios, medicina y en el campo del entretenimiento (Boston cuenta con la población irlandesa expatriada más grande del mundo). También cómo John F. Kennedy se convirtió en el primer católico irlandés en llegar a Presidente de la nación en 1960 a pesar de que en un principio los bostonianos recibieron a los irlandeses con cierta hostilidad. Destaca que los refugiados llegaron empobrecidos y se convirtieron en trabajadores americanos de éxito. El sueño americano, vaya, pero seguro que no fue todo tan bonito y lleno de posibilidades.

Cerca de dos millones de personas dejaron Irlanda echándose a la mar en barcos tan imposibles de navegar que eran conocidos como “Barcos ataúd”. Muchos pasajeros murieron en el mar, por lo que el poeta John Boyle O’Reilly llamó al Océano Atlántico “tazón de lágrimas”. Algo que podríamos comparar hoy en día con la situación del Mediterráneo. Solo en el año 1847 unos 37.000 refugiados irlandeses llegaron a Boston al borde de la muerte y tremendamente enfermos. El historiador Thomas H O’Connor escribió “Los bostonianos podrían haber estado dispuestos a mandar dinero y comida para evitar la hambruna siempre que se quedaran en Irlanda porque no querían los irlandeses que llegaran a América”. De hecho, en abril de 1847, 15 días después de haber salido de Boston, llegó al puerto de Cork el barco USS Jamestown cargado con 800 toneladas de comida, suministros y ropa.

Frente al monumento se encuentra la Old South Meeting House, construido en 1729 como casa de reunión de los puritanos. Fue el edificio más grande del Boston colonial y escenario de algunos de los eventos más dramáticos previos a la Revolución Americana, incluida la reunión del 16 de diciembre de 1773 en la que cinco mil colonos debatieron sobre qué hacer con las más de 30 toneladas de té que habían llegado a puerto. Si descargaban la mercancía tendrían que pagar un impuesto a Inglaterra, algo a lo que no estaban dispuestos porque no recibían mucho a cambio, ni siquiera tenían representante en el gobierno británico. Samuel Adams dio la señal para el famoso Motín del Té en que 340 cajas de té fueron arrojadas al mar.

El edificio de ladrillo, coronado por un campanario de 55 metros en el que se alza una aguja octogonal está inspirado en las iglesias rurales inglesas del arquitecto Sir Christopher Wren.

Quedó parcialmente destruido en el incendio de 1872. Las llamas no avanzaron más por la llegada por casualidad de un camión de bomberos. Cuatro años más tarde fue vendido y se había programado su demolición, sin embargo, un grupo de activistas lo salvó y en 1877 se convirtió en un museo y monumento histórico.

La que vemos hoy en día es una reconstrucción llevada a cabo por la comunidad. Y además de servir como museo acoge conferencias y eventos.

Tomando la Washington Street llegamos a la Old State House, la que fuera la sede del Gobierno colonial británico de Massachusetts entre 1713 y 1776 y considerado como el edificio más antiguo de Estados Unidos.. Aún se pueden ver en su fachada oriental el león y el unicornio, símbolos de la Corona Británica.

Por su parte, en la fachada oeste, un escudo con un nativo americano y una inscripción escrita en latín rodeando el escudo recuerda la primera colonia de la bahía de Massachusetts.

Era la una de la tarde y pudimos asistir al cambio de guardia.

El edificio ha sido un emblema de la libertad en Boston durante años, pues desde su balcón se proclamó el 18 de julio de 1776 la Declaración de Independencia. Alcanzada la independencia, acogió la primera cámara legislativa de Massachusetts.

Pero antes de la independencia tuvo lugar el acontecimiento recordado como la Masacre de Boston. Podemos encontrar frente a la fachada oriental un círculo de adoquines que lo recuerda.

En 1768 las tensiones entre Boston e Inglaterra eran patentes, y el conflicto fue a más cuando fueron enviados unos 2.000 soldados británicos para controlar los disturbios y proteger a los funcionarios de aduanas (suena familiar). Por aquel entonces la población de la ciudad era de 16.000 habitantes, por lo que hubo una importante fricción que desembocó en peleas y enfrentamientos.

Uno de estos enfrentamientos ocurrió el 5 de marzo de 1770 cuando Edward Garrick, aprendiz de un fabricante de pelucas acudió a la aduana de King Street a reclamar un pago para su maestro. Al no recibirlo subió el tono de sus reclamaciones y White, un guarda de la aduana lo sacó del edificio y lo golpeó en la cara con la culata de su mosquete. Garrick, furioso, volvió con un grupo de bostonianos y rodearon a White y comenzaron a insultarle y lanzarle bolas de nieve y basura.

Ante el alboroto el Capitán Thomas Preston acudió con ocho soldados del 29º Regimiento e intentaron hacerse paso entre la hostil muchedumbre para ayudar a White. En medio del bullicio el soldado Hugh Montgomery fue golpeado y disparó a la multitud. Ante el caos, el resto de soldados comenzaron también a disparar. Cuando el humo se aclaró, cinco hombres yacían muertos o estaban al borde de la muerte. Como hemos visto, están enterrados en el cementerio al inicio del recorrido.

Mientras que los británicos hicieron referencia al suceso como unos “infelices disturbios”, Paul Revere lo calificó como “sangrienta masacre” y dio alas a los independentistas.

Hoy en día el edificio de Old State House con su arquitectura típicamente colonial y esa torre que recuerda a su pasado británico atrae a los visitantes con sus exhibiciones y actividades interactivas que ayudan a conocer el pasado revolucionario de la ciudad. Alberga objetos interesantes como el traje de terciopelo rojo que se cree que John Hancock usó cuando fue juramentado como el gobernador de Massachusetts, un frasco de té salvado del Motín del Té, una linterna colgada para señalar reuniones de los Hijos de la Libertad, plata de Paul Revere, un mosquete usado en la Batalla de Lexington, y un tambor de la Batalla de Bunker Hill.

Dos de sus plantas están destinadas a exposiciones sobre la sociedad e historia de Boston. Durante la visita incluso podemos sentarnos en la silla del gobernador real en la Sala del Consejo Real de 1764.

 

Road Trip por la Costa Este de Estados Unidos y Canadá. Día 13: Boston: Black Heritage Trail

El día amaneció despejado, por lo que tras duchas y desayuno nos pusimos en marcha para intentar aprovecharlo al máximo. Teníamos preparada una ruta cultural por la ciudad comenzando por el Black Heritage Trail, un recorrido que en sus 2,4 kilómetros nos lleva por 14 puntos relevantes de la historia de la comunidad afroamericana en Boston. Se trata de casas, escuelas, iglesias y comercios que pertenecieron a personas que lucharon contra la esclavitud y la desigualdad.

Como ya hemos visto, Boston tiene un pasado colonial, y ya en 1638 con aquellos colonos llegaron los primeros africanos como su mano de obra. Eran sus esclavos. Sin embargo, con el tiempo fueron teniendo descendientes que nacieron libres (sobre todo los que tenían madre blanca) y algunos fueron siendo liberados para convertirse en personal del servicio.

Con la Guerra de la Independencia Massachusetts abolió la esclavitud. Aunque eso era la teoría, aún quedaba mucho por llevar a la práctica y la comunidad afroamericana de Boston del siglo XIX lideró un movimiento no solo en la ciudad, sino en el país, para obtener la igualdad racial y la paridad educativa de facto. Esta comunidad estaba asentada en lo que hoy es la ladera norte de Beacon Hill. También residían en el West End al norte de Cambridge Street y en el North End. Sin embargo, poco a poco se fueron mudando más al sur y esta zona fue ocupada por los nuevos inmigrantes (sobre todo italianos).

Comenzamos el recorrido en el Museo de Historia Afroamericana (The African Meeting House).

El edificio fue construido por trabajadores negros libres en 1806 y es considerada la construcción religiosa de la comunidad negra más antigua que queda en pie del país. Sirvió no solo como centro religioso, sino que también acogía actividades sociales, educativas y políticas.

En 1832 William Lloyd Garrison fundó la New England Anti-Slavery Society y durante la Guerra Civil se convirtió en estación de reclutamiento para el 54º Regimiento de Massachusetts. A finales de siglo fue comprado por una congregación judía, quien lo reconvirtió en sinagoga. Funcionó como tal hasta 1972 cuando fue adquirido por el Museo de Historia Afroamericana.

Hoy relata la historia de la comunidad negra desde el período colonial hasta el siglo XIX.

Anexa al edificio del museo se halla la Abiel Smith School, que sirvió como colegio desde 1835 hasta 1855 cuando las escuelas públicas comenzaron a integrar a toda la sociedad independientemente de su color de piel.

A finales del siglo XVIII la comunidad afroamericana luchaba contra la desigualdad y la discriminación en las escuelas públicas. Era injusto que sus impuestos fueran empleados para la educación de niños blancos mientras que los negros no tenían escuelas. En 1798 sesenta padres se organizaron y crearon la Escuela Africana para educar a sus hijos. La sede se ubicó en la casa de Prince Hall.

En 1808 se trasladó al primer piso de la African Meeting House. Sin embargo, la comunidad seguía trabajando para conseguir una escuela pública y seguían quejándose a los organismos oficiales. En 1812 el Comité Escolar de Boston finalmente reconoció a la escuela y les asignó fondos, aunque eran escasos (tan solo $200 al año).

En 1815 Abiel Smith, un filántropo blanco, dejó unos $4.000 en su testamento para que se destinaran a la educación de niños negros. Y fue gracias a parte de ese dinero que se construyó la escuela. A su término en 1835 todos los niños negros fueron asignados a ella.

La lucha sin embargo no acabó, ya que las condiciones que tenían eran inferiores a las de las escuelas públicas de los niños blancos. Algunos reclamaban que sus hijos pudieran asistir al colegio más próximo a su hogar y que no se segregara por el color de piel. En 1849 la mayoría de los padres dejaron de llevar a sus hijos a clase para así protestar contra la educación segregada. Finalmente en 1855 se prohibió está discriminación y los niños afroamericanos comenzaron a asistir a otras escuelas públicas dejando las aulas de la Abiel Smith vacías

El edificio fue renovado en 2000 y hoy acoge las oficinas administrativas del Museo.

Muy próximas al colegio tenemos los siguientes cinco puntos de nuestra ruta. Se trata de las Smith Court Residences, cinco casas típicas de la comunidad negra en el siglo XIX.

El número 3 fue alquilada a numerosos hombres afroamericanos y sus familias. Por ejemplo, allí vivió William Cooper Nell, abolicionista y líder de la comunidad.

El 5, un edificio de tres pisos con paredes de madera de color marrón rojizo, fue construido en la primera década del siglo XIX y pasó por varios propietarios (tanto negros como blancos). Fue la residencia de George Washington, pero no el político, sino un limpiabotas, obrero y diácono de la Primera Iglesia Bautista Independiente.

Muchas de estas residencias pertenecían a Joseph Scarlett, quien en el momento de su muerte a finales del siglo XIX poseía 15 propiedades.

Quedan pocas casas de madera del siglo XIX, ya que con la llegada de inmigrantes europeos a finales de la década de 1880 se derribaron. En su lugar, entre 1885 y 1815 se construyeron apartamentos de ladrillo de cuatro o cinco pisos y con los característicos miradores de colores.

Continuamos nuestro recorrido siguiendo los carteles que nos conducen por calles, instituciones y residencias privadas. Muchos de los puntos han desaparecido y en el lugar donde se encontraba el hito hay tan solo una placa.

La siguiente parada fue la John Coburn House, la residencia de John Coburn (1811-1873), minorista de ropa y activista de la comunidad. Fue uno de los afroamericanos más ricos del siglo XIX y además de su tienda de ropa se cree que tenía una casa de juego en su casa.

También fue tesorero de la Asociación de Libertad de Nueva Inglaterra, una organización que ayudaba a los esclavos fugitivos a convertirse en personas libres. En 1851 fue arrestado por ayudar al esclavo Shadrach Minkins a escapar de la custodia federal, aunque fue juzgado y resultó absuelto.

Además, fue cofundador y capitán de la Guardia Massasoit, una compañía militar negra que fue precursora del 54 ° Regimiento.  Se llamaron así por un nativo americano que había sido especialmente amable y leal a los colonos de Massachusetts. El servicio militar se consideraba una oportunidad para demostrar la propia virilidad y reclamar los derechos de la ciudadanía estadounidense.

En la misma calle se encuentra la Lewis and Harriet Hayden House, la casa de Lewis Hayden y su esposa Harriet.

Lewis nació esclavo en 1812 en Lexington, Kentucky. Huyó a Canadá en 1844 con Harriet, su segunda mujer, de ahí se mudó a Detroit en 1845 y un año más tarde finalmente a Boston, donde dirigió una tienda de ropa y se convirtió en líder del movimiento abolicionista.

Entre 1850 y 1860 dieron ayuda y refugio en su casa a decenas de esclavos autoliberados tal y como muestran los registros del Comité de Vigilancia de Boston, del cual Lewis era miembro. Su vivienda servía como parada en el ferrocarril subterráneo.

Durante la Guerra Civil trabajó como reclutador del 54º Regimiento. Más tarde fue elegido para la Cámara de Representantes de Massachusetts y trabajó para el Secretario de Estado de Massachusetts.

Murió en 1889 y su mujer Harriet en 1893. Esta legó dinero para que se creara una beca en la Escuela de Medicina de Harvard para estudiantes afroamericanos.

Seguimos hasta el décimo punto, la Charles Street Meeting House, una casa de reuniones construida en 1807 por la Tercera Iglesia Bautista blanca de Boston. En aquel momento seguía la tradición segregacionista de Nueva Inglaterra, por lo que los negros que acudían a misa tenían que sentarse en la galería y además quedaban excluidos de otros privilegios. Un domingo de 1836 el abolicionista Timothy Gilbert invitó a varios amigos negros a su bancada, lo que provocó su expulsión de la iglesia. Gilbert se unió a otros miembros bautistas abolicionistas (también blancos) y fundó la Primera Iglesia Bautista Libre (que se convirtió en el Templo Tremont) y que era de libre acceso.

Tras la Guerra Civil la población negra de Boston aumentó y la Tercera Iglesia Bautista pasó a manos de la Primera Iglesia Metodista Episcopal Africana, quien compró el edificio en 1876 y lo usó hasta 1939.

Aunque la mayoría de los puntos apenas se puede hacer otra cosa que observar el edificio y conocer la historia de lo que allí aconteció, es un recorrido bastante visual, puesto que las calles de Bacon Hill son muy pintorescas y parece que más que en una gran ciudad como Boston nos encontramos en las afueras.

Una de las calles más fotografiadas de la zona es Acorn Street, donde nos encontramos a unos graduados haciéndose instantáneas con sus típicas togas y birretes. Parece ser que eran de odontología, a juzgar por el cepillo de dientes que llevaban.

Más que una calle es un callejón, y tiene la peculiaridad de contar con el suelo empedrado y frondosos árboles, además de contar con las típicas construcciones en ladrillo rojo con contraventanas y puertas de colores que le dan un toque particular tanto de abajo a arriba, como viceversa.

Otro lugar colorido es la Louisburg Square, un parque residencial privado que data de 1826 delimitado por hileras de casas construidas entre 1833 y 1847.

Lleva el nombre en honor a la batalla de 1745 en la que los voluntarios de Nueva Inglaterra quitaron la Isla del Cabo Bretón a los franceses.

En un lateral del parque se halla la estatua de Arístides, mientras que en el extremo opuesto está la de Colón. Ambas colocadas en 1850.

En la perpendicular encontramos el siguiente punto, la John J. Smith House. John J. Smith nació como ciudadano libre en Richmond, Virginia en 1820 y se mudó a Boston a finales de los 40. Allí abrió una barbería que sirvió también como centro de actividad abolicionista y punto de encuentro de aquellos que escapaban en el ferrocarril subterráneo. Asimismo, junto a su esposa Georgiana, trabajó en la lucha por la igualdad de derechos escolares. Su hija Elizabet se convirtió a principios de la década de 1870 en la primera persona de ascendencia africana en enseñar en las escuelas integradas de Boston.

Durante la Guerra Civil fue un oficial de reclutamiento para la 5ª Caballería, que estaba formada solamente por soldados negros. Más tarde fue elegido para la Cámara de Representantes de Massachusetts como su tercer miembro afroamericano en 1868, 1869 y 1872. En 1878 fue nombrado como el primer afroamericano en formar parte del Boston Common Council y trabajó con éxito para que el primer afroamericano fuera nombrado para la fuerza policial de Boston.

En la misma calle, aunque en el sentido opuesto, se halla The Phillips School, una de las primeras escuelas integradas de la ciudad. Aunque no nació como tal, sino que se construyó en 1824 únicamente para blancos, cuando por aquel entonces los niños negros iban a la African Meeting House y después a la Abiel Smith School.

Recibe el nombre en honor al primer alcalde de Boston, John Phillips, padre del abolicionista Wendell Phillips.

En 1863 se mudó a un nuevo edificio en Phillips Street.

Al final de la calle llegamos al penúltimo punto de la ruta, la George Middleton House, una de las viviendas más antiguas del barrio y con la típica estructura de las viviendas del siglo XVIII. Fue construida en 1787 para George Middleton, veterano de la Guerra de la Independencia, donde fue el líder de los Bucks of America, una de las tres milicias negras que lucharon contra los británicos.

Tras la guerra sirvió como tercer Gran Maestro de los Masones de Prince Hall. También se convirtió en activista y ayudó a fundar la Sociedad Africana Libre. En 1800 luchó por la igualdad de derechos escolares para los niños negros.

La última parada del recorrido es el Robert Gould Shaw and 54th Regiment Memorial, un monumento de 1897 dedicado al 54º Regimiento de Infantería Voluntaria de Massachusetts, el primero formado por ciudadanos negros. Si bien es cierto que los afroamericanos sirvieron en la Guerra de Independencia y en la de 1812, los estados del norte impidieron que fueran admitidos en la Guerra Civil. Una cláusula de Lincoln en la Proclamación de Emancipación de 1863 cambió este detalle y pudieron alistarse.

El 54º regimiento fue dirigido por Robert G. Shaw , único hijo de una familia adinerada pero abolicionista radical y a favor de la unión. Este destacamento fue famoso gracias al asalto a Fort Wagner, Carolina del Sur, el 18 de julio de 1863. Murieron unos 80 hombres (entre ellos Shaw) y otros muchos resultaron heridos. En esta batalla se galardonó por primera vez a un soldado negro con la Medalla de Honor. Fue al sargento William Carney, quien resultó herido al salvar la bandera.

En los últimos dos años de la guerra, se estima que más de 180.000 afroamericanos sirvieron en las fuerzas de la Unión y fueron decisivos para la victoria.

Y con este monumento llegamos al final de la ruta, que nos deja en el Boston Common, parque donde comienza otro recorrido histórico: el Freedom Trail.

 

Aprendiendo fotografía: El triángulo de la luz II

Después de comprender cómo funciona la apertura del diafragma, tocaba adentrarse en el segundo factor del triángulo de la luz: la velocidad de obturación. O lo que es lo mismo el tiempo durante el que el va a entrar la luz. Para darle prioridad este factor y que la cámara regule los otros dos, deberemos elegir la S (de shutter speed en inglés) en el dial. En el caso de que sea una Canon, habría que seleccionar Tv.

Así, además de poder controlar la cantidad de luz que va a entrar por el diafragma aumentando o disminuyendo su diámetro; también podemos decidir durante cuánto tiempo va a estar abierto el obturador. Cuanto más rápida sea la apertura y cierre de estas cortinillas, menos luz pasará, mientras que cuanto más lento, mayor exposición.

La velocidad de obturación se mide también en fracciones, como la apertura del diafragma. En este caso tenemos 1/ seguido de un valor. Así, 1/2000 será inferior a 1/5. Es decir, si estamos con una configuración 1/2000 el obturador se abrirá y cerrará más rápido que a 1/5 y entrará menos luz. Los tiempos van en progresión con una relación 1:2 y los más frecuentes 1 segundo, 1/2, 1/4, 1/8, 1/15, 1/30, 1/60, 1/125, 1/250, 1/500, 1/1000, 1/2000 y 1/4000 (aquí está el tope por ejemplo del objetivo 18-55mm de nuestra Nikon D5300). Aunque en algunas cámaras también hay pasos intermedios.

Como en la apertura, vamos a tener un rango que va a venir determinado por el equipo de trabajo. En este caso, hay una regla orientativa para conocer la velocidad del objetivo usando como referencia su distancia focal. Por ejemplo, si se trata de un 50mm, la velocidad mínima para evitar que la fotografía salga movida será 1/50. No obstante, si es inferior a 50, parece que no conviene bajar de 1/35. En caso de los zoom lo suyo sería tomar como referencia la mayor distancia focal. Es decir, en el 18-55, el 55.

Aún así, en realidad dependerá de muchos factores, como el pulso del fotógrafo, la estabilización de la cámara y sobre todo de la imagen que se quiera obtener. Este modo S resulta útil para la exposición de la fotografía. Por ejemplo cuando tenemos unas condiciones de oscuridad y queremos que entre más luz sin necesariamente abrir más el diafragma (a lo mejor no interesa por una cuestión de profundidad de campo). En este caso, la velocidad será inferior, aumentando el tiempo de exposición. Pero también se puede usar en el caso opuesto, cuando hay unas condiciones demasiado luminosas que hacen que se queme la fotografía (aumentando la velocidad).

Por otro lado, también se puede recurrir a este modo para fomentar la creatividad (creando halos, estelas o el famoso efecto seda del agua) usando velocidades bajas; o para un enfoque selectivo en ocasiones con sujetos en movimiento (ya sean personas, animales o medios de locomoción) con velocidades altas (por debajo de 1/60 segundos). En este caso interesará que el obturador sea más rápido y con una menor exposición para así congelar la imagen.

Ahora bien, en la teoría parece claro; sin embargo, en la práctica no es tan fácil. Además de dar con la configuración adecuada de los parámetros y no pasarse o quedarse corta (que ya es bastante); también hay que tener en cuenta el pulso, sobre todo en largas exposiciones. Aunque esto se puede solucionar (aparte de con una mejor cámara y objetivo con un buen estabilizador) con un trípode o apoyando la cámara en algún sitio. Incluso en estos casos a veces conviene usar un disparo retardado, pues el simple hecho de apretar el botón, ya mueve un poco la máquina.

También podemos usarnos a nosotros mismos como trípode apoyándonos en una pared o elemento urbano. Ya se sabe que cuando te compras una cámara automáticamente te conviertes en equilibrista y cabra montesa. Lo que sea por conseguir la foto deseada.

De momento, para la perfección queda mucho por aprender y por practicar. Aún queda por descubrir el tercer factor del triángulo.

Road Trip por la Costa Este de Estados Unidos y Canadá. Día 12 II: Boston: Harvard

Tras dejar el coche, nuestro plan para la tarde era visitar Harvard, que se encuentra en Cambrigde. Para llegar allí teníamos que tomar el metro, también conocido como “the T”.

Consta de cuatro líneas: roja, azul, verde y naranja y funciona entre las 5:30 y las 00:30 de domingo a jueves, y hasta las 2:00 los viernes y sábados por la noche.

Es fácil ubicarse, ya que los carteles de las estaciones, así como los vagones, siguen el código de color de la línea a la que pertenecen.

Además, en cada parada las paredes suelen estar decoradas con dibujos que hacen referencia a cómo era aquel lugar en el pasado o si ocurrió algún acontecimiento relevante.

El billete sencillo cuesta unos $2.75, aunque existen unas tarjetas conocidas como CharlieCard, que funcionan similar a la Ventra de Chicago o la Oyster de Londres y hacen que baje a $2.25. Se pueden recargar tanto con saldo (y el metro (o el bus) lo descuenta en función del trayecto) como con pases (ya sean diarios, semanales o mensuales).

Para decidir qué nos salía mejor valoramos nuestra situación. Por un lado había que tener en cuenta que Boston es una ciudad con mucho que ver, con lo que usar de vez en cuando el transporte público, nos ahorraría tiempo. Por otro lado, nuestro apartamento estaba alejado, así que al menos dos veces al día tendríamos que coger el metro. Y por último íbamos a estar tres días en la ciudad además de esa tarde y la mañana en que nos íbamos, por lo que había que multiplicar los movimientos por cada día. Sin duda lo más rentable era un pase con viajes ilimitados tanto en bus como en metro. El diario costaba $12 mientras que el semanal ascendía $21.25, así que no había duda, este último era nuestra opción.

Se pueden comprar en las máquinas, pero también en algunas estaciones que cuentan con oficinas de MBTA.

Como estábamos en el centro y la estación tenía oficina, no nos complicamos mucho y las pedimos en ventanilla.

Y con las tarjetas en nuestro poder tomamos la línea roja dirección Harvard, que está en Cambridge, no en Aravaca. Esta ciudad a lo largo de la orilla norte del río Charles fue la elegida para albergar la Universidad General de Justicia. En mayo de 1638, debido a que la institución había ido ganando prestigio académico, se le cambió el nombre por el actual en honor a la Universidad de Cambridge en Inglaterra.

Aunque está cerca de Boston, a tan solo 5 kilómetros, es una ciudad totalmente independiente y se nutre básicamente de la Universidad de Harvard y del MIT. Así cuenta con una importante vida estudiantil, artística, cultural y festiva.

La Universidad de Harvard es la institución de educación superior más antigua de los Estados Unidos. Nació en 1636, aunque por aquel entonces lo hizo como New College. Fue en 1939 cuando se renombró como Harvard College en memoria de John Harvard, quien donó su biblioteca de 400 libros y 779 libras (lo que suponía la mitad de su patrimonio). En la segunda mitad del siglo XIX se convirtió en un importante centro de investigación moderno gracias a los cambios que introdujo el presidente Charles William Eliot. Durante su mandato se incluyeron cursos electivos, pequeñas clases y exámenes. Por ella han pasado 8 presidentes de Estados Unidos y 75 premios Nobel, bien como alumnos, bien como profesores.

En el par de horas que nos quedaban de luz teníamos previsto dar un paseo por el campus para ver sus edificios, ya que poco más se puede hacer puesto que no se puede visitar ninguno por dentro.

La parada del metro está en la Harvard Square, conocida también como “The Square”, la plaza con más vida del campus. En ella predominan locales comerciales, restaurantes y tiendas.  La avenida Massachusetts nos lleva a la General MacArthur Square, en la que se erige la estatua de Charles Sumner, profesor universitario, político y estadista que fue líder de las fuerzas antiesclavistas y trabajó en estrecha colaboración con Abraham Lincoln.

A su izquierda (según miramos la de frente) está la Primera Parroquia de Cambridge, que tiene más de 400 años de historia.

En el siglo XVII era de tradición calvinista, sin embargo en el siglo XVIII se movió a una doctrina más liberal. En 1826 el reverendo Holmes intentó romper relaciones con los liberales, pero la parroquia votó para expulsarle y se convirtió en unitaria. Desde entonces sea quien sea el reverendo, está obligado a seguir la religión liberal.

A la derecha de la estatua de Sumner y frente a la iglesia se encuentra la Johnston Gate.

Esta puerta de diseño renacentista georgiano fue finalizada en 1889 y da la bienvenida al Harvard Yard, el foco central e histórico del campus. En el área de unas 10 hectáreas cubiertas de césped se hallan vetustos edificios de ladrillo rojo ocupados por bibliotecas, aulas, oficinas administrativas y residencias estudiantiles.

Nada más cruzar las puertas a la izquierda se halla el Harvard Hall, aunque no es el primero que se levanta en el lugar, ya que existió una construcción anterior que se quemó el 24 de enero de 1764. Tuvo que ser reconstruido y la financiación fue asumida por el Tribunal General de Massachusetts, ya que se encontraba reunido allí cuando el incendio tuvo lugar.

En el incidente se perdieron 4.500 de los 5.000 libros de la Biblioteca de la Universidad, así como otras colecciones científicas. Sin embargo, tras la reconstrucción, el tamaño de la biblioteca se aumentó considerablemente. Además, se adquirió una extensa colección de instrumentos científicos y equipos de demostración eléctrica que sustituyera la que se había perdido en el incendio. Benjamin Franklin colaboró en la selección de estos utensilios que se pasarían a formar parte más tarde de la Colección de Harvard de Instrumentos Científicos Históricos que ahora se exhibe en el Centro de Ciencias de Harvard.

A la derecha de las puertas de acceso y frente al Harvard Hall se erige el Massachusetts Hall, el edificio más antiguo que queda en el Harvard College. Construido entre 1718 y 1720 como residencia estudiantil en él han vivido incluso Padres Fundadores como John Adams, John Hancock, Samuel Adams, Elbridge Gerry y James Otis.

Ha tenido sin embargo otras funciones con el paso del tiempo. Desde 1722 acoge un observatorio gracias a la donación de un cuadrante y un telescopio de Thomas Hollis. Hoy alberga las oficinas del Presidente de la Universidad, el Provost, el Tesorero y los Vicepresidentes en las dos primeras plantas y en la mitad de la tercera. Mientras que el cuarto piso está ocupado por estudiantes de primer año.

Dejando las puertas a nuestras espaldas, el sendero nos conduce a la John Harvard Statue, una estatua que en realidad esconde tres mentiras. En primer lugar es que aunque lo ponga no es John Harvard, sino el estudiante Sherman Hoar. Tampoco es su fundador como indica, sino un benefactor.

Por otro lado, aunque también lo marque la placa, la universidad no fue fundada en 1638, sino en 1636. En 1638 fue cuando adquirió este nombre.

Y finalmente, no es cierto que los estudiantes tuvieran la costumbre de tocarle el pie izquierdo (como el derecho de Hume en Edimburgo), sino que fue una invención de un guía que se ha convertido en moda.

La estatua se erige frente el University Hall, un edificio de granito blanco construido entre 1813-1815 que es considerado Monumento Histórico Nacional desde 1970.

Hasta 1849 albergó en su primer piso el comedor. En las plantas superiores acogía una biblioteca y una capilla. En 1849 el comedor se eliminó y la planta se dividió en aulas.

Tras el edificio se encuentra la Memorial Church, la iglesia de la universidad.

No es la primera que ha tenido, pues ya en 1744 se levantó la Golden Chapel. Esta estuvo en pie hasta 1766, cuando fue reemplazada por una capilla en el Harvard Hall. En 1814 se abrió otra capilla en el University Hall y finalmente en 1858 se levantó la Appleton Chapel en el mismo lugar en que se encuentra The Memorial Church.

Desde la construcción de Appleton Chapel la asistencia al rezo matutino era obligatoria, por lo que, con el tiempo, se quedó pequeña para albergar a tantos estudiantes. Sin embargo, cuando la asistencia pasó a ser voluntaria en 1886, el nuevo edificio quedaba demasiado grande para el día a día. Aunque sí que resultaba demasiado pequeño para los servicios dominicales. Tras la I Guerra Mundial se pensó en construir un monumento en honor a los caídos, y dado que se llevaba tiempo planteando el proyecto de una nueva iglesia que se ajustase más a las necesidades, en 1931 se decidió derribar la Appleton Chapel y erigir la que vemos hoy en día.

En ella se grabaron los nombres de los 373 alumnos fallecidos en la Gran Guerra. Después, se añadieron los muertos en las siguientes guerras.

Frente a la iglesia encontramos la Widener Library, inaugurada en 1915. Se trata de una magnífica biblioteca que cuenta con más de 15 millones de volúmenes.

Fue construida para albergar la colección de Harry Elkins Widener, un graduado de la universidad que murió en el hundimiento del Titanic en 1912. Widener, que provenía de dos de las familias más ricas de América, había dejado escrito en su testamento que quería donar su colección a la universidad, siempre que esta la fuera a conservar adecuadamente. Su madre fue la encargada de que así fuera. Y como el Gore Hall no cumplía con las expectativas de su hijo, se planificó la construcción de este nuevo edificio en estilo Beaux Arts.

Esta compilación es una de las más completas del mundo en el área de Humanidades y Ciencias Sociales e incluye obras en más de cien idiomas. Los libros ocupan 92 kilómetros de estanterías repartidas en 8 kilómetros de pasillos en diez niveles. Debe ser absolutamente impresionante.

En el frente del edificio se ubica la sala de lectura principal, y en la parte central se encuentran las Widener Memorial Rooms, unos espacios dedicados a la memoria de Widener, así como su valiosa colección de libros raros. Además, la biblioteca cuenta con oficinas administrativas, otras salas con colecciones especiales y seminarios.

En el tercer flanco de la plaza se erige el Sever Hall, construido entre 1878 y 1880 en estilo románico de Richardson, aunque incluye una variación, ya que en su fachada se ha usado ladrillo rojo en lugar de piedra. Imagino que para guardar cierta homogeneidad con el campus.

Su puerta de entrada tiene un arco con una peculiar característica. Si se susurra en un lado del arco, se puede oír en la otra parte del mismo.

Diseñado como edificio para aulas, salas de conferencias y de profesores, hoy además en el tercer piso alberga una biblioteca y en el cuarto oficinas.

Seguimos el camino entre la iglesia y el Sever Hall, lo que nos conduce al Robinson Hall, un edificio que desde 2016 está reacondicionado como espacio para el trabajo colaborativo, sobre todo en el ámbito digital.

Salimos del recinto con césped por el Emerson Hall para acercarnos al Carpenter Center, un edificio de Le Corbusier finalizado en 1963 que lleva el nombre de la familia que aportó los fondos para su construcción (como suele ocurrir en Estados Unidos).

Se trata del único edificio que el arquitecto construyó en Estados Unidos y no llegó a verlo terminado, ya que no acudió a su inauguración por problemas de salud. Sirve como centro de estudios visuales y también acoge el extenso archivo cinematográfico de la universidad.

Al lado se encuentran los Harvard Art Museums. Por un lado el Museo Fogg, por otro el Museo Arthur M. Sackler y por último el Museo Busch-Reisinger (el único museo en América del Norte dedicado al estudio del arte de los países de habla alemana).

Además, esta fusión incluye cuatro centros de investigación: los Archivos de Museos de Arte de Harvard, el Straus Center for Conservation and Technical Studies, la Exploración Arqueológica de Sardis y el más reciente Centro para el Estudio Técnico de Arte Moderno.

Los museos albergan unos 250.000 objetos procedentes de Europa, América del Norte, África del Norte, Oriente Medio, Asia del Sur, Asia Oriental y el Sudeste Asiático, de diferentes áreas de interés y que abarcan períodos desde la Antigüedad hasta la actualidad.

Siguiendo la Quincy Street llegamos al Memorial Hall, un imponente y colorido edificio gótico victoriano construido en un antiguo campo de juego en honor a los hombres de Harvard que habían defendido la Unión en la Guerra Civil Estadounidense. Alberga en su interior el Teatro Sanders, el Annenberg Hall y el Memorial Transept.

El Teatro Sanders, inaugurado en 1876 es el espacio de reunión más grande de la universidad, gracias a sus 1166 asientos.

Por su parte, el Annenberg Hall se diseñó como salón formal, aunque enseguida se convirtió en comedor y esa fue su función durante 50 años. Sin embargo, cerró en 1925 porque la vida universitaria se había ido moviendo hacia el sur y dejó de tener tanta afluencia. Entonces se recuperó la idea original y se empleó para celebrar banquetes, ceremonias, bailes y exámenes.

En la renovación de 1996 se volvió a convertir en comedor de estudiantes, esta vez para los de primer año.

El Memorial Transept consta de una bóveda gótica construida en honor a los 136 hombres de Harvard que murieron defendiendo la Unión. Sirve como vestíbulo del Teatro Sanders.

Nos adentramos en una parte más moderna del campus tomando Oxford Street. En este área se concentran varios museos como el Semitic Museum o el Harvard Museum of Natural History, un museo especializado en historia como bien dice su nombre y que acoge una particular colección de flores de cristal soplado a mano. Realizadas entre finales del siglo XIX y principios del XX, recrean casi mil especies distintas con gran fidelidad.

El Harvard Museum of Natural History comparte edificio con el Peabody Museum of Archaeology and Ethnology, uno de los más antiguos y reconocidos especializados en esta área. Sobre todo por su material procedente de yacimientos arqueológicos de Mesoamérica. También exhibe textos y muestras relacionadas a la historia de los pueblos indígenas de América del Norte y objetos de las islas del Pacífico.

Desde allí nos dirigimos al Austin Hall, un aulario que pertenece a la Facultad de Derecho de Harvard. Fue el primer edificio que se construyó expresamente para una Escuela de Derecho en Estados Unidos.

Erigido entre 1882 y 1884 fue diseñado por HH Richardson en estilo renacentista románico. En el primer piso se ubican tres grandes aulas concebidas para dar cabida a la metodología socrática del nuevo plan de estudios. Dado que el plan se copió en otras facultades de derecho de Estados Unidos, también se ha imitado el diseño de las aulas, muy prácticas para los debates de este método.

En la segunda planta se halla el Ames Courtroom, que simula un juzgado. En él los estudiantes defienden sus casos como si se tratara de un tribunal real. Incluso un juez de la Corte Suprema de los Estados Unidos suele presidir la ronda final. En The Good Wife ya vimos que es algo habitual en las universidades estadounidenses.

Cruzando Massachusetts Avenue llegamos al Parque Cambridge Common, un lugar en el que los estudiantes suelen jugar al softbol, ​​fútbol (americano, claro), kickball y frisbee. Pero además, es un parque que conmemora varias etapas históricas de la ciudad. Por ejemplo, en él podemos encontrar el monumento a la Guerra Civil Americana. Cuenta en la base con una estatua de Abraham Lincoln bajo un pórtico y está coronado por otra estatua, esta vez de un soldado.

Además hay una placa (parece una lápida más bien) que recuerda el lugar en que el general George Washington reunió a las tropas durante la guerra.

Cerca hay un trío de cañones de bronce y otra placa/lápida que recuerda que fueron abandonados por las tropas británicas en Castle William cuando se marcharon de la ciudad el 17 de marzo de 1776.

Junto a ellos hay una placa para Henry Knox (militar del Ejército Continental)  y otra para Tadeusz Kościuszko (ingeniero y líder militar polaco que se convirtió en héroe nacional en Polonia, Bielorrusia y en los Estados Unidos, donde participó en la guerra de Independencia).

Además hay un monumento dedicado a los irlandeses que llegaron a Boston huyendo de la hambruna en su país: el Irish Famine Memorial.

Fue realizada por el escultor irlandés Maurice Harron e inaugurado el 23 de julio de 1997. Se dedicó a la por aquel entonces presidenta de Irlanda, Mary Robinson.

Para finalizar la visita, antes de dirigirnos al metro, nos desviamos un poco para ver la fachada de la Harvard Lampoon, una revista satírica fundada en 1876 por siete estudiantes universitarios siguiendo la inspiración de publicaciones similares como Britain’s Punch. Contaba además con competidores como The Harvard Advocate y The Harvard Crimson.

En la sede se exhiben materiales originales y digitalizados de la revista.

Ya con la oscuridad cerniéndose sobre nosotros volvimos al metro de vuelta al apartamento.

Para la cena aprovechamos la compra que habíamos hecho en el Walmart, ya que al final habíamos comido en el outlet. Teníamos un enorme bocadillo que partimos en cuatro trozos, la ensalada y además aún nos quedaban zanahorias, nachos y salsas, por lo que montamos una cena de picoteo en un momento.

Y con esto dimos por concluida la jornada. Ya el día siguiente lo tendríamos completo para Boston. A ver cómo amanecía el tiempo.

Road Trip por la Costa Este de Estados Unidos y Canadá. Día 12: Compras en Merrimack y Rumbo a Boston

Comenzamos nuestro decimosegundo día de viaje con desayuno en el hotel. Aunque estaban en obras, por lo que habían movido el comedor a una habitación y había poco sitio. Aún así, modelo estadounidense estándar: algo de fruta (sin excesos), zumos, bebidas calientes, cereales, yogures, máquina de gofres, bollería, pan y tostadora. Además de bagels y queso de untar.

Tras desayunar tranquilamente, cargamos el coche y nos dirigimos al Walmart, que abría antes que el outlet. La idea era llevarnos la compra para ir tirando el resto de días en Boston y así no tener que ir cargados desde un super ya sin tener coche. Además, como no sabíamos qué tal se nos daría el día en la carretera, preferíamos prevenir y llevar comida en el maletero. Así que compramos algo de fruta, unas ensaladas, cervezas y algo de picoteo. Pero no todo fue comida. Con algo más de calma que el día anterior, y con un inventario, volvimos a la sección de ropa, donde acabamos llenando el carro, sobre todo con prendas de los chicos. He de reconocer que yo encontré dos camisetas a $3 y unas mallas de deporte Avia por $8. Pero nada de vaqueros…

A las 10 ya estábamos en el outlet y nos habíamos marcado las dos de la tarde como límite para salir. Aunque la verdad es que ya habíamos avanzado bastante el día anterior. Nos quedaba por mirar Nike, Converse, gafas de sol y alguna marca local que no conocíamos.

En Nike es una de las marcas en donde más se nota la diferencia de precio. Mientras que unas zapatillas pueden llegar a costar 200€ en España, en el outlet las podíamos encontrar a $50. Mi señor marido cargó con un par. Unas Jordan Eclipse por $27.97 y unas Air Jordan por $31.97.

Yo en cambio arrasé en Converse. Y es que en primavera y otoño es lo que uso en el día a día. En el fondo soy muy básica: vaqueros, camiseta lisa y zapatillas sin brillos ni extravagancias. Y ocurre algo similar a Nike. En España estas zapatillas tienen un precio medio de 60€, y eso las básicas, porque hay modelos que ni siquiera se comercializan aquí. Sin embargo, en Nueva Jersey recuerdo comprarme las primeras por $18. En 2012 me compré otras dos por un poco más, $20 cada una. Y esta vez acabé con cuatro.

Entramos en la tienda y la parte delantera tenía solo ropa de mujer, así que nosotras nos quedamos en los burros mirando sudaderas y camisetas a ver si había algo que mereciera la pena y ellos se fueron a la parte de calzado, que es unisex. Mi hermano vio unas azules anchas en mi número y automáticamente supo que me iban a gustar. Me llamó desde la otra punta y allá que fui. ¡$12.49!, cómo no me las iba a llevar. Miré a ver qué más tenían del 6 y me encontré con que me gustaban cuatro. No pensaba llevarme todas, pero al final, si tenemos en cuenta que el pie no me va a crecer, que es lo que uso a diario y que la suma de las cuatro no llegaba ni a 55€ al cambio… no había mucho más que pensar.

Tras alguna compra menor, cargamos como pudimos el coche. Y es que aunque iba bastante holgado en Chicago, para aquel día ya no… No solo nosotros habíamos sacado la maleta pequeña de la mediana, sino que llevábamos la compra de comida y la de ropa… Pero solo nos quedaban 90 kilómetros a Boston. Una vez allí nos reorganizaríamos.

Era la una de la tarde, así que habíamos cumplido de sobra con la hora límite para salir. Sin embargo, decidimos que perderíamos menos tiempo si comíamos directamente allí y luego hacíamos del tirón el camino a Boston, que andar parando en un área de servicio. Como no nos había ido bien con el asiático la noche anterior, esta vez elegimos Green Leaf’s, un local en el que te puedes configurar tu ensalada, wrap o bocadillo. Pedimos un sándwich de pesto, otro margarita y un tercero de pavo chipotle, además de un wrap de pavo y tres bebidas. Nos costó $39.49. Esta vez sí que acertamos.

Tras coger el postre, con el coche cargado y la tripa llena pusimos rumbo a Boston, la capital de Massachussetts y la ciudad más poblada.

Además es una de las más antiguas del país, pues fue fundada en 1630 por puritanos británicos. Estos peregrinos esperaban crear una nueva vida sin las decepciones y problemas del viejo mundo. Pronto se asentaron y fueron estructurando la nueva sociedad, inaugurando solo 5 años más tarde la primera escuela pública de los Estados Unidos, la Boston Latin School. Sin embargo, la población se vio reducida notablemente entre el año siguiente y el fin de siglo como consecuencia de seis importantes epidemias de viruela.

Boston se convirtió en un punto importante de la historia de Estados Unidos en la segunda parte del siglo XVIII, pues la ciudad se levantó contra los abusivos impuestos que exigía Reino Unido a las colonias. Dos acontecimientos especialmente relevantes fueron la masacre de Boston y el Motín del té.

En mayo de 1773 el Parlamento Británico autorizó a la Compañía de las Indias del Este a encarar la bancarrota como consecuencia de la corrupción gracias a la exportación de medio millón de libras de té a las colonias americanas sin las tarifas habituales y también permitiendo a la compañía a nombrar a sus propios responsables para recibir y vender el té y excluir a los otros proveedores coloniales. Con estos privilegios especiales, la compañía podía vender su producto a un precio tan bajo que copó el mercado.

Desde la perspectiva colonial, el Acta del Té fue una medida descaradamente injusta y peligrosa, pues garantizaba los derechos en exclusiva a unos pocos y premiaba a los corruptos. No solo esta acción creó una competencia más injusta a los comerciantes de las colonias, sino que demostró ser la chispa que avivó las pasiones americanas en el asunto de los impuestos sin representación.

Y es que antes del Acta del Té ya hubo otros impuestos abusivos. Por ejemplo, el Acta del Timbre en 1965 que requería que un papel sellado producido en Inglaterra se usara para imprimir periódicos, panfletos, almanaques, anuncios y documentos legales, así como escrituras, testamentos y licencias. También los productos de juegos como cartas y los dados tenían su tasa. Dos años más tarde se aprobaron las Leyes Townshend, que gravaban el papel, plomo, cristal y té (productos que no eran manufacturados en las colonias y que solo se permitía que llegarán vía Inglaterra).

Así pues, los colonos estaban bastante enfadados, por estar pagando impuestos pero a cambio no tener representantes que fueran al Parlamento. Sin estos miembros no tenían manera de saber en qué se gastaban todas aquellas tasas.

Gracias a la tradición marinera, tras la Revolución se convirtió en uno de los puertos internacionales más prósperos. Se exportaban sobre todo pescado, sal, ron y tabaco. No obstante, la actividad portuaria se vio afectada con la Ley de Embargo de 1807 y para cuando se solucionó el conflicto los comerciantes ya habían encontrado otras alternativas. Durante el siglo XIX el sector que creció mientras tanto fue la industria manufacturera, sobre todo en la producción de prendas y artículos de cuero. Y fue a más con la llegada del ferrocarril, ya que facilitaba el comercio en la región.

En 1822 Boston pasó de ser “Town of Boston” a “City of Boston”, alcanzando la categoría de ciudad. En esa década la población creció considerablemente, en parte gracias a la llegada de una primera oleada de inmigrantes europeos, sobre todo irlandeses, que se asentaron en el North End. Poco a poco la ciudad fue ganando terreno al mar rellenando pantanos, marismas y lagunas. Así nacieron el South End, el West End, el distrito financiero y Chinatown.

A mediados de siglo Boston se convirtió en ciudad de referencia cultural y epicentro del movimiento abolicionista. Además la población siguió creciendo con la llegada de más inmigrantes. No solo llegaron irlandeses, también alemanes, italianos, libaneses, sirios, francocanadienses o judíos procedentes de Rusia y Polonia.​ Los barrios de Boston quedaban divididos por grupos étnicos o nacionalidades. En el West End se asentaron rusos y polacos. Los italianos se mudaron al North End convirtiéndolo en Little Italy y trasladando a los irlandeses al sur y Charlestown. También al sur se movieron los judíos así como los polacos y lituanos católicos. Hoy en día los católicos son la comunidad religiosa más importante de la ciudad debido a la llegada de irlandeses, italianos, portugueses o polacos.

Estos barrios barrios de inmigrantes solían ser pobres y apenas se hablaba inglés. Para tener una conexión con el viejo mundo, pronto crecieron iglesias, mezquitas y sinagogas.

Entre 1820 y la década de 1920 cerca de 37 millones de personas llegaron a Boston. Desarrollaron los barrios y las fábricas, construyeron una nueva ciudad con esperanza, sudor y lágrimas. Porque la idea que llegaba al viejo mundo era que América era un lugar de oportunidades, donde tendrían trabajo y un sitio en que vivir desahogadamente. Lo que nadie les explicaba es que antes tenían que levantarlo.

Al igual que Chicago, Boston también pasó por un importante incendio. A las 7:22 del 9 de noviembre de 1872 un almacén próximo a Summer Street se incendió y pronto todo el centro de Boston estaba ardiendo. El resultado fue un desastre de épicas proporciones. Murieron 20 personas, 9 de ellos bomberos, en un incendio que duró 12 horas. Acabaron destrozados más de 775 edificios y los negocios del barrio perdieron prácticamente todo. Los daños totales se estimaron en unos 75 millones de dólares (el equivalente a mil millones hoy en día).

Los edificios de Boston eran altamente inflamables, puesto que a pesar de que los exteriores fueran de ladrillo y granito, sus tejados y escaleras internas eran de madera. Además, muchos almacenes contenían productos inflamables, como telas. La cosa se complicó más incluso porque los bomberos, además de luchar contra el fuego, se encontraron con una presión baja del agua, líneas complicadas de gas, muy pocas bocas de riego y un poco de mala suerte (muchos de los caballos que se necesitaban para transportar el equipo de los bomberos estaban enfermos aquella noche).

Sin embargo, el desastre no pilló por sorpresa a todos, puesto que ya el jefe de bomberos John Damrell había avisado a los oficiales en repetidas ocasiones de que la ciudad era muy vulnerable al fuego. Incluso en 1866 había pedido (y le fue denegado) que se actualizaran las normas de construcción y se dotara de mejor equipamiento al departamento.

A comienzos del XX Boston declinó como consecuencia de la decadencia de las fábricas, que se habían quedado obsoletas y había provocado la marcha de varias empresas. No se comenzó a recuperar hasta la década de 1970, momento en que se empezaron a construir numerosos rascacielos en el distrito financiero y en Back Bay.

Desde finales del siglo XX la ciudad se ha encarecido notablemente y es una de las ciudades más caras de los Estados Unidos, algo que pudimos comprobar a la hora de buscar alojamiento. Los precios eran prohibitivos y al final acabamos ampliando la búsqueda y reservando en la parte este de la ciudad, cerca del aeropuerto. El problema es que el coche había que devolverlo en el centro, así que nos tocó comernos el atasco de entrada de hora punta.

De ahí la importancia de haber hecho algunas compras el día anterior, porque así no iríamos con la hora tan pegada. Llegamos al apartamento y por unos metros no podemos aparcar para descargar. El coche que iba delante de nosotros de repente rompió el eje y se le quedó la rueda delantera atravesada, colapsando la calle. Una calle donde las casitas tienen un estilo muy pintoresco. Me recordaban en cierto modo a las de San Francisco por los colores, las tablas horizontales, los miradores…

El apartamento era bastante amplio, más grande de lo que parecía en las fotos. Tenía una distribución un tanto extraña, intuyo que porque es la partición del adosado entero en varias viviendas. Además, había un escalón en la mitad, pero la verdad es que estaba muy bien para nosotros, sobre todo por contar con espacio para reorganizarnos y preparar las maletas antes de marcharnos.

Contábamos con dos habitaciones (una bastante más grande que la otra), una zona de estar, un comedor, una amplia cocina y un baño.

Además, nuestro anfitrión nos había dejado algo de agua, zumos, tes y café. Luego nos escribió para decirnos que se le había olvidado la leche y nos la acercaría, pero no tomamos, así que no nos preocupó. La verdad es que pensó en todo, incluso tenía un bote de tapones, ya que de vez en cuando se oían los aviones, aunque no era muy molesto. Al menos para una estancia corta.

Sin entretenernos mucho, volvimos al coche tras comprobar que no nos dejábamos nada y nos dirigimos al centro. Rellenamos el depósito para entregarlo lleno y buscamos la oficina de Avis donde apenas revisaron nada. Pero bueno, nosotros teníamos un vídeo de cómo estaba en recogida y en entrega por si hubiera que reclamar. En total habíamos hecho 1.820 millas.

En la planificación no teníamos nada previsto para la tarde. Sin embargo, en vista de que en los próximos días nos iba a llover, nos tocó reajustar como en Toronto. Nos quedaban un par de horas de luz, así que nos pareció buena idea acercarnos a Cambridge donde se encuentra h, ya que al ser un campus queda todo bastante recogido.

De momento lo dejamos aquí.

Escape Room: Proyecto X-547, Curious Cat

Para nuestra última salida escapista tras el Escondite del Hacker elegimos Curious Cat y su Proyecto X-547.

Nada más llegar nos recibió nuestro Game Master quien, tras asegurarse de que estábamos todos, nos puso en situación. Esta vez nos metemos en el papel de unos científicos que tienen que hacerse con un antídoto para el virus X-547 antes de que sea demasiado tarde. Los experimentos se llevaron a cabo con animales y después con seres humanos. En ambos con resultados fatales tras 60 minutos. Para complicar aún más la tarea, nosotros mismos seremos inoculados con el virus, por lo que si queremos sobrevivir, no nos queda otra que encontrar dicho antídoto antes de que se cumpla la hora.

La introducción fue algo lenta, mecánica y repetitiva. Hay en ocasiones que la sesión informativa es una toma de contacto para que el Game Master y el grupo se conozcan, saber si ya han jugado, si lo han hecho juntos, si hay algún tipo de mecanismo o consideración previa a comentar, así como la metodología para dar las pistas. Es verdad que otras veces directamente nada más cruzar la puerta ya te ves dentro del juego, pero son las menos. En este caso se trata de la segunda opción, y la verdad es que no cumple con su función.  Todos estábamos deseando comenzar y la reiteración de las explicaciones y de la historia nos resultó algo cansina. Es verdad que intentaba aunar la historia con las normas, pero la charla no terminaba de estar bien estructurada. No solo nos soltó una fuera, sino que abrió la puerta y hubo segunda parte. Además, una vez nos dejó solos dentro, tuvimos que asistir a un vídeo de unos 3 minutos que no aportaba nada y que, sinceramente, tenía mucho que mejorar.

Así, con este comienzo, nos habíamos desinflado un poco. Por suerte, en cuanto el reloj comenzó su cuenta atrás y nos pusimos en modo juego. La primera parte del juego fue bastante fluida y enseguida comenzamos a encontrar cosas y a descubrir cómo encajaban unas piezas con otras. Pese al bajón inicial, hay que reconocer que la sala está bien ambientada y que, en general, las pruebas guardan relación con la historia y tienen sentido. Es verdad que hay demasiados candados para mi gusto y podría incorporar algún elemento más mecánico, pero también es cierto que no desentonan con el mobiliario y demás elementos de la sala.

Otro punto positivo de este escape room es que no es lineal, por lo que requiere de la coordinación de todo el equipo para que no se quede nada descolgado que se pudiera usar más tarde.

Nosotros llevamos un ritmo bastante bueno durante buena parte del juego e íbamos bastante confiados. Sin embargo, cuando nos faltaban unos 20 minutos nos atascamos con un mecanismo que a pesar de que teníamos claro de que tenía que ser sí o sí, no terminaba de encajar, así que nos enredamos en buscar otra opción y perdimos mucho tiempo. Nuestra asistente nos dio alguna indicación para que volviéramos al camino correcto, pero aquello no terminaba de funcionar. Tuvimos la sensación de que no estaba bien planteado o quizá se había desgastado del uso (y mal uso). Después nuestro Game Master nos comentó que muchos grupos no conseguían atinar a la primera. Quizá deberían plantearse buscar otra herramienta para resolver ese paso.

En la recta final, con unos 8 minutos por delante, parecía que superada la incidencia e iba todo rodado, sin embargo habíamos cometido un error de principiantes: nos habíamos dejado una pieza sin encontrar por no habernos fijado bien en todos los elementos. Ni siquiera estaba tan escondida, la verdad. Así pues, aunque pensábamos que lo teníamos todo para conseguir el antídoto y salir, nos quedamos trabados y de nuevo intervino nuestra asistente para guiarnos. Y finalmente, con este último elemento ya sí que conseguimos abandonar el laboratorio cuando nos quedaban algo menos de cuatro minutos para que el virus fuera letal.

Pese al inicio algo descafeinado, la sala en sí nos gustó, tanto la ambientación, como el desarrollo. Aunque no nos llegamos a estorbar, quizá sea un poco justa para seis personas sobre todo porque en algún momento varios nos quedamos parados sin poder hacer nada, sobre todo hacia el final. Quizá el número ideal sea 4-5 porque hay más de una prueba colaborativa y porque solo hay una pantalla, con lo que si quieres saber el tiempo que te queda o contactar con tu asistente alguien tiene que moverse y ejercer de correveidile.

Así que, quitando el detalle de la pantalla y del mecanismo que parecía no estar muy bien calibrado, por lo demás es una buena sala de nivel intermedio.