Resumen viajero 2018

2018 se presentaba un año menos viajero que 2017, en principio solo teníamos en mente el Road Trip por Estados Unidos y Canadá, un recorrido por Europa en verano y ya para noviembre una breve escapada a Hong Kong. Sin embargo, los planes fueron cambiando y sustituimos este último viaje por dos: uno a Marrakech y otro a Berlín. Y los hacemos tan intensos, que después me lleva mi tiempo escribirlos. De ahí que esté cerrando 2018 en enero de 2020. Si es que hemos cambiado de década y todo…

Pero aún así, no quería dejar de recopilar todo lo que nos supuso 2018 antes de comenzar con nuestra primera aventura de 2019. Comenzamos el año, como decía, por un viaje a Estados Unidos y Canadá. Nuestra parada inicial fue Chigago, la capital financiera del medio oeste y la tercera ciudad más grande de EEUU. Ubicada a orillas del Lago Míchigan, del que ha tomado 47 kilómetros de su superficie, destaca además por sus más de 500 parques y zonas ajardinadas.

Chicago tiene un poco de aire de Nueva York al caminar entre sus rascacielos y parques. Sin embargo, me atrajo mucho más, pues tiene más contraste en sus construcciones y un ritmo un tanto más pausado. Si bien es cierto que en Nueva York cada barrio tiene su propia ideosincrasia; en Chicago se puede ver una alta torre de acero y cristal, al lado un edificio art decó de los años 20, cerca una construcción neogótica como la Water Tower, dos calles más allá unas coquetas casas de madera con fachadas de colores  del primer Chicago y no mucho más lejos una hilera de casas en estilo Reina Ana.

El estilo de la ciudad tiene mucho que ver con el incendio que la devastó en 1871 y la hizo renacer de sus cenizas replanificándola por completo. Fue en Chicago donde Frank Lloyd Wright desarrolló su Escuela y desde entonces los rascacielos no han dejado de crecer. En la actualidad hay más de 1.100 edificios de este estilo entre los que se encuentran el Wrigley Building, la Willis Tower, el Trump International Hotel and Tower, o el John Hancock Center. La también conocida como ciudad del viento ha hecho de la arquitectura su bandera.

Así, no podía faltar subir a las alturas para descubrir otro punto de vista de la ciudad. Elegimos la Willis Tower, desde cuya plataforma flotante además tienes un puntito de riesgo y adrenalina.

Chicago además es una ciudad con una amplia tradición cultural, como bien se puede sentir al pasear por su distrito de los teatros.

Cómo no, una experiencia que no podía faltar en nuestro viaje es probar la comida, pues tenemos alma de catacaldos. En Chicago es imprescindible degustar la Deep Pizza, una pizza que más bien parece un pie o una quiche por su profundidad. También probamos la Impossible Burger, la mejor hamburguesa vegetariana que he probado en mi vida. Y además con mucho trasfondo detrás.

Parece que planificamos bien nuestros días, pues nos dio tiempo a ver y hacer lo que teníamos previsto. Lo único que vimos de paso fue la Universidad, pero a decir verdad, tampoco estaba del todo dentro de la ruta, sino como algo que si nos daba tiempo bien, si no, pues tampoco pasaba nada.

Tras abandonar la ciudad del inicio de la Ruta 66 pusimos rumbo a las Cataratas del Niágara. Esta maravilla de la naturaleza es una falla tectónica natural entre Ontario y el estado de Nueva York. Impresionan a medida que una se acerca a ellas, pero más por el estruendo que hace el agua al caer y la nube que forma, pues en realidad no son tan altas ni grandes. Llama la atención el color del agua, que tiene ese tono verdoso porque es de origen fósil y arrastra mucho mineral.

Lamentablemente tuvimos mala suerte porque no estaba operativo el histórico crucero, también conocido como The Thunder (el trueno), que lleva operando desde 1846. Debido a las últimas lluvias el muelle quedó dañado y estaban reconstruyéndolo. Sí salía sin embargo la versión estadounidense, pero volver a pasar la frontera nos suponía demasiado pérdida de tiempo. Así, tuvimos que improvisar y en lugar del crucero hicimos la visita bajo la cascada, conocida como Journey between falls, que también nos permitió conocer un poco más las Cataratas.

Para los afortunados que viajen entre principios de mayo y finales de octubre el crucero se puede hacer también en versión nocturna, momento en que las cataratas se iluminan con diferentes colores.

Tampoco tuvimos suerte con el Whirpool Aero Car, el funicular diseñado en 1916 por Leonardo Torres Quevedo, ya que los fuertes vientos del día impedían su funcionamiento.

Desde Niágara seguimos nuestro viaje parando un par de días en Toronto, una ciudad que, al igual que Chicago se encuentra junto a un lago, en este caso el Lago Ontario, una masa de agua con una superficie que es dos veces la Comunidad de Madrid.

Toronto es el centro financiero y comercial del país, además de ser la expresión de la cultura y el alma del Canadá anglófono. Pero sobre todo destaca por su carácter cosmopolita. Es una ciudad que ha crecido gracias a los aportes de los diferentes emigrantes que han ido poblando sus barrios. Nada más salir a la calle no solo apreciamos esta multiculturalidad, sino una gran mezcolanza. Una ciudad puede acoger muchas nacionalidades o grupos étnicos, pero generalmente lo común es encontrarse barrios segregados o directamente guetos. Sin embargo, a primera vista ya nos cruzamos con grupos de amigos bastante heterogéneos o parejas/familias mixtas. Y no solo en cuestión de razas, sino también de tribus urbanas. La gastronomía también refleja esta diversidad cultural y en cada barrio destacan diferentes platos en función de los habitantes que residen en él.

El núcleo de la ciudad es el Old Town (también conocido como Financial District) cuenta con numerosos edificios decimonónicos y un cierto aire industrial.  Es la parte más densamente poblada de la ciudad y donde abundan los rascacielos de bancos, aseguradoras y compañías financieras (First Canadian Place, Toronto-Dominion Centre, Royal Bank Plaza o Commerce Court). El hecho de que forme un skyline que pueda recordar a cualquier ciudad de Estados Unidos, ha hecho que Toronto se haya convertido en escenario de muchas producciones cinematográficas y mueva millones de dólares al año en la industria del cine.

El símbolo de la ciudad es la CN Tower, que mide 553 metros. No obstante, sus vistas 360º no me impresionaron especialmente. Creo que Toronto se vive mejor a pie de calle.

Y no solo a nivel superficie, sino que además cuenta con la peculiaridad del PATH, la ciudad subterránea más grande del mundo. 30 kilómetros de pasillos concebidos para recorrer Toronto sin salir a la calle cuando el tiempo no acompaña. En este recorrido podemos encontrarnos con tiendas de todo tipo, restaurantes, cafeterías, locales de relax… es como un centro comercial pero conectado a los edificios, el transporte público y los puntos significativos de la ciudad.

Su principal plaza es la Nathan Phillips Square, que además es la plaza más grande de Canadá. Inaugurada en 1965, fue concebida como un gran ágora donde conviviera la vida política y pública de la ciudad, con un concepto de espacio abierto del que pudieran disponer los ciudadanos. Así, a lo largo de todo el año acoge conciertos, muestras de arte, el mercado semanal de agricultores, el festival de luces de invierno, la fiesta de fin de año y otros eventos públicos, incluidos mítines y manifestaciones, pues es donde se erige el Ayuntamiento.

Por lo demás, no es un lugar en el que destaquen muchas atracciones turísticas, ya que, a diferencia de otras ciudades canadienses, no queda demasiado de la ciudad antigua de finales del XVIII y mediados del XIX. Aunque eso no significa que no tenga su encanto. En Toronto se mezclan distritos comerciales y culturales en los que residen artistas junto con otros que aún conservan cierta identidad étnica, como los barrios chinos, el griego, Little Italy, Portugal Village o Little India.

Contrasta por ejemplo Kensington Market, un barrio alternativo que recuerda un poco a Camden con sus locales hipsters y fachadas de colores, con el vecino Chinatown, que cuenta con todos los rasgos tradicionales típicos.

Cada uno tiene su encanto, pero sin duda a mí uno de los vecindarios que más me gustó (a pesar de recorrerlo con lluvia) fue el Distillery District. Se trata de la revitalización de 40 edificios históricos de la antigua destilería Gooderham and Worts. Tras el abandono del área y ser utilizado por la industria cinematográfica como decorado para más de 800 producciones, se reacondionó a principios del siglo XXI para acomodar a pequeños comercios, artistas y, artesanos. Así, hoy en las antiguas construcciones de la destilería podemos encontrar tiendas de ropa, galerías de arte, restaurantes, cafeterías e incluso una pequeña cervecería. Han sabido darle carácter a una zona abandonada.

Y también tiene cierto encanto el St Lawrence Market, un emblemático edificio que nació como mercado público en el siglo XIX. También quedó abandonado el siglo pasado, pero un grupo de ciudadanos promovió una campaña de recuperación y se volvió a abrir en 1979. Hoy es el principal mercado de la ciudad y combina lo moderno y lo antiguo, lo turístico y lo tradicional. En él se pueden encontrar los alimentos característicos de la zona, como el venado y el salmón o productos regionales como el Ice Wine, un vino que se caracteriza por estar producido con racimos que se han congelado en la propia viña. Y por supuesto no puede faltar el sirope de arce. ¿Qué hay más canadiense? Perderse por los mercados de las ciudades es siempre una buena opción para tomar el pulso de lo local.

Y para local, la cerveza Steam Whistle, una marca creada por tres amigos que fueron despedidos de una cervecería y decidieron montar su propia empresa. Visitamos sus instalaciones y pudimos conocer su historia, así como su proceso de fabricación. Y por supuesto, probarla.

Toronto está considerada como una de las mejores ciudades del mundo para vivir gracias a su bajo índice de criminalidad, su alto nivel de vida y el cuidado hacia el Medio Ambiente.

Tan solo estuvimos un par de días, pero nos dejó buen sabor de boca con su carácter cosmopolita y su apertura de mente. Puede parecer una ciudad estadounidense a simple vista, pero a medida que vas descubriéndola, encuentras más y más diferencias. A pesar de que reajustamos nuestra planificación por la lluvia, pudimos ver todo lo que teníamos pensado. Tan solo se quedó fuera la visita a las islas, pues el ferry no circulaba por causas meteorológicas.

De la capital de Ontario seguimos nuestro Road Trip hasta la capital del país: Ottawa. En Ontario, aunque a un paso de Quebec, ganó la capitalidad como decisión salomónica para no dársela a Montreal ni a Toronto. Salvo la colina del Parlamento y el bullicioso Byward Market no tiene mucho más.

Sí, tiene historia, pero no me causó especial sensación arquitectónicamente. De hecho, la recordaré por la visita al Museo Canadiense de Historia, y ni siquiera está en Ottawa, sino en la orilla opuesta del río, en la ciudad quebequense de Gatineau. Inglaterra y Francia quedan separadas por el Canal Rideu.

Aunque lo vimos de manera exprés por solo contar con tres horas, es muy interesante para conocer la historia de Canadá desde los Primeros Habitantes hasta la actualidad, pasando por la llegada de los colonos europeos y los conflictos con Quebec.

Al final Ottawa nos sirvió como parada técnica más que otra cosa, pues tan solo estuvimos un atardecer y unas horas por la mañana. Desde ahí continuamos a Montreal, la mayor ciudad de la provincia y la segunda más poblada del país, una urbe que combina la tradición colonial francesa con la modernidad de una gran urbe norteamericana. No obstante, ha pasado por sus baches, ya que se esperaba de ella un gran crecimiento en las décadas de los 60 y 70 y acabó con una deuda que no ha conseguido liquidar hasta hace poco. Gran culpa la tuvieron las Olimpiadas de 1976.

Esta dualidad francesa-americana se ve patente en su diseño urbanístico y en su arquitectura. Es una ciudad grande, pero diseñada al más puro estilo norteamericano con grandes avenidas. Sin embargo, queda un reducto francés en el centro histórico donde predominan calles tranquilas de arquitectura europea plagadas de restaurantes, cafés y parques.

Por supuesto, el parque por excelencia en el Mont Royal, de más de 200 hectáreas de extensión y diseñado por el mismo paisajista que el del Central Park de Nueva York. Desde él se puede observar toda la ciudad.

El Vieux Montreal es la parte más visitada. Este barrio de calles adoquinadas está lleno de historia, principalmente en sus tres plazas principales: la Place Jacques Cartier (donde se encuentra el Ayuntamiento y numerosos cafés), la Place d’Armes (donde se erige la Catedral de Notre Dame) y la Place Victoria (donde además de una estatua de la reina podemos ver un pórtico de Guimard). En esta zona olvidamos las grandes metrópolis norteamericanas y nos trasportamos a París.

También nos recuerda a la capital francesa el ambiente de Quartier Latin y Village, los barrios con mayor oferta cultural y nocturna. En ellos podemos encontrar dónde comer la famosa poutine, un plato consistente en una base de patatas fritas a la que se le añaden taquitos de queso blanco (casi requesón) a la que se le añade una salsa de carne. Parece que nació en los años 50 en un área de servicio cuando a un camionero se le ocurrió echarle salsa a sus patatas y desde entonces se ha extendido a todo el país.

Otros platos típicos de la zona son los sándwiches de carne ahumada (herencia de los judíos que llegaron en la década de los años 20 del siglo pasado) y los bagels (que compiten con los neoyorquinos).

Y hubo algo que me recordó a Bélgica, en concreto a Lieja, y fue la gestión de las basuras. Parece ser que no se lleva lo de tener contenedores y una recogida diaria, sino que está programada en función del tipo de residuos en días alternos. La gente saca su basura a la calle y ahí te la encuentras en medio de las aceras.

En el aspecto deportivo Montreal, además de haber sido ciudad olímpica, es el lugar del nacimiento del hockey. También es popular el automovilismo, gracias al Gran Premio de Canadá de F1 que tiene lugar en el Circuito Gilles Villeneuve.

Estuvimos tres días en Montreal, aunque en realidad hábil solo fue día y medio. Seguramente nos quedaron cosas por ver en los barrios periféricos, pero estábamos más interesados en la parte histórica. Así pudimos emplear un día en hacer una excursión a Quebec, la capital de la provincia. Y si Montreal parecía francesa, Quebec es más puramente francófona aún.

Quebec se divide en la Ciudad Vieja (Vieux Québec), que es Patrimonio de la Humanidad desde 1985, y la Ciudad Nueva, mucho más moderna y residencial. La Ciudad Vieja se encuentra rodeada por un perímetro amurallado de 5 kilómetros, lo que la convierte en la única ciudad amurallada de toda Norteamérica.

A la vez, esta parte se estructura en otras dos partes: Haute Ville (Ciudad Alta), en la que predominan las fortificaciones y la ciudadela, y Basse Ville (Ciudad Baja), articulada en torno al barrio Petite Champlain y el puerto. Ambas quedan conectadas por un histórico funicular y unas escaleras.

Sin duda, la zona de Petite Champlain es la de más encanto de todo Quebec. Una zona revitalizada en la década de los 70 del siglo pasado después de haber quedado abandonada y no estar ni siquiera pavimentada. Lo que fuera el asentamiento de los emigrantes europeos en el siglo XIX hoy es uno de los mayores atractivos de la ciudad gracias a su animado ambiente paseando entre restaurantes, galerías, tiendecitas de artesanía, de ropa, de recuerdos…

Allí probamos las colas de castor, un dulce típico que recuerda a las lechefritas que hacen en mi casa.

Tras una parada en New Hampshire para no hacer del tirón la bajada a Estados Unidos y aprovechar para hacer algunas compras, llegamos a nuestra última parada: Boston. Fundada por puritanos ingleses hace ya más de cuatro siglos, la capital de Massachusetts se asocia a la revolución americana, a la familia Kennedy y a universidades como Harvard y el MIT (aunque cuenta con unas 70 instituciones educativas). Es una ciudad de intelectuales (incluso elitista) y presume de ser una urbe demócrata, que lucha por las libertades. Sin ir más lejos, el Estado de Massachusetts fue el primero en legalizar el matrimonio homosexual en 2004.

No hay otra ciudad estadounidense donde se pueda aprender de la historia del país. Gracias al Freedom Trail, un recorrido de 4 kilómetros y 16 paradas en lugares emblemáticos, descubrimos su papel fundamental en la Guerra de Independencia.

La revolución comenzó con el Motín del Té, cuando los bostonianos arrojaron al mar todo el cargamento de té de los colonos como protesta por las tasas abusivas que les imponían desde Gran Bretaña.

El puerto fue relevante en el desarrollo de la ciudad gracias a ser al que más cerca quedaba de Europa. Se convirtió en en la puerta de entrada de esclavos, pescado, sal y tabaco. Pronto Boston floreció económicamente y atrajo a emigrantes en busca de un futuro mejor, sobre todo irlandeses huyendo de la hambruna. Hoy en día se estima que el 15% de la población bostoniana tiene ascendencia irlandesa, algo que se nota en algunos barrios por sus banderas o sus iglesias católicas, pero también en otros ámbitos de la vida, como en el deporte. Podemos ver por ejemplo a los Boston Celtics, uno de los equipos de la ciudad.

Además del Freedom Trail está el Black Heritage Trail, una ruta que nos cuenta la historia de cómo se gestó la abolición de la esclavitud y recuerda a aquellas personas que intervinieron de alguna u otra manera para que los negros no fueran ciudadanos de segunda en comparación con los blancos.

Seguir estos dos recorridos permite además descubrir la peculiar arquitectura de Boston. Me sorprendió encontrarme con una ciudad en la que comparten espacio grandes rascacielos de acero y cristal con construcciones más antiguas. Uno de los casos más chocantes es por ejemplo la Torre Hancock, a cuyos pies se erige la Trinity Church, de 1877.

Pero las construcciones que realmente destacan en Boston son las de los barrios del centro. Allí predominan edificios de pocas plantas construidos en ladrillo rojo o piedra y con unos balcones semicirculares que sobresalen de las fachadas. Hay zonas plenamente residenciales, pero en las calles principales estos bloques cuentan en sus bajos con pequeños locales pintorescos que les dan un mayor carácter.

Quizá el barrio más instagrameable sea Beacon Hill, con sus calles adoquinadas, sus jardines y su remanso de paz en medio del bullicio de una gran urbe.

Aunque Boston cuenta con un buen sistema de transporte (su metro fue el primero de EEUU), es mucho más compacta que Chicago y se puede recorrer cómodamente a pie. Debido a su temprana fundación los barrios históricos quedan concentrados. A partir de ahí, la ciudad creció a medida que lo fue necesitando y los distritos nuevos se fueron construyendo sobre terrenos ganados al mar.

Fue un viaje bastante completo y a pesar de breves modificaciones por la climatología, nos dio tiempo a cumplir con lo que llevábamos planeado. Sin embargo, comparado con el anterior Road Trip por Estados Unidos, quedó menos equilibrado. En ese aspecto me gustó más el de 2012, pues vimos también algo de naturaleza y cada parada en nuestro itinerario era diferente a lo anterior. San Francisco con Yosemite, Yosemite con Death Valley, Death Valley con Las Vegas, Las Vegas con el Gran Cañón, el Gran Cañón con San Diego y San Diego con Los Ángeles. Incluso Los Ángeles con San Francisco pese a ser dos grandes ciudades y del mismo estado, no tienen mucho que ver la una con la otra. En este viaje sin embargo, la única nota discordante fue el día de las Cataratas del Niágara. Por lo demás, fuimos de una gran urbe a otra. Con más o menos carácter, pero ciudades al fin y al cabo. Creo que para el próximo volveremos a la tónica del anterior.

El segundo viaje del año fue más local, nos quedamos en Europa centrándonos en los Balcanes, en concreto en Croacia, Eslovenia y Bosnia. Comenzamos y terminamos nuestro viaje en Croacia, ya que era el país con el que mejores conexiones aéreas teníamos, debido, en parte, a que en los últimos años se ha convertido en uno de los destinos favoritos de Europa gracias a sus playas, su naturaleza y su rico patrimonio histórico y cultural. Bañada por el mar Adriático, Croacia destaca por unas aguas cristalinas, pero no está solo centrando su oferta turística en ciudades costeras como Dubrovnik o Split, sino que también está potenciando la naturaleza y los deportes de aventura, así como otras rutas en las que disfrutar de aspectos culturales, de la gastronomía o de sus vinos.

Es un destino muy completo que lo mismo atrae a aquellos que buscan disfrutar de playa y sol en sus casi 1800 km de costa como a aquellos más activos que prefieren hacer alguna ruta de senderismo en los Parques Nacionales de Paklenica, de Krka, de Mljet o por los Lagos de Plitvice. Pero también hay lugar para los amantes de la cultura y la historia, puesto que se pueden seguir los pasos de romanos, francos, húngaros, otomanos y venecianos gracias a lugares como Pula, Trogir, Ston, Split o Dubrovnik. Además, estas dos últimas ciudades atraen a los fans de Juego de Tronos, pues sirvieron como escenario de Desembarco del Rey y la Bahía de los Esclavos (y lo explotan).

Nuestra primera parada fue la capital, Zagreb, que parece quedar algo olvidada y eclipsada por otras ciudades costeras. Sin embargo, también ha sido muy relevante en la historia europea, ya que ha servido como punto de conexión entre el este y el oeste, el norte y el sur. No es muy grande, pero es rica en historia. Hay quien la llama la pequeña Viena. Yo no creo que sea para tanto. Sí que es cierto que tiene ese inconfundible aire austrohúngaro con una planificación urbanística en la que destacan las avenidas en forma de anillo que van uniéndose gracias a los parques, con el tranvía, los pasajes comerciales y con el aspecto de sus edificios decimonónicos; sin embargo, a medida que vamos conociendo más la ciudad, vemos que también tiene un punto mediterráneo.

Aunque Zagreb se ubica en el interior y el mar no le queda muy cerca, tiene ese modo de vida relajado, de hacer vida en la calle. De salir a pasear al atardecer entre primavera y otoño o de sentarse en una terraza a tomar un café. El café más que una bebida es un ritual, se toma a todas horas (y durante todo el año), con calma, viendo el bullicio de la gente al pasar y disfrutando de la tertulia. Eso sí, hay un momento que destaca por encima de los demás: el de los sábados de 11 a 14 horas. Tomar un café en la špica (tramo que va desde la Plaza del Virrey Jelačić hasta la Plaza de Petar Preradović) es todo un evento social. Sería algo así como la costumbre del aperitivo, de vestirse de punta en blanco y salir a ver y dejarse ver.

No nos sentamos a tomar café en nuestro paso por la ciudad, pero sí que probamos algo de su gastronomía. Además de los hojaldres rellenos, también comimos los famosos Ćevapi, una especie de salchichas.

Por lo que pudimos comprobar, la gastronomía croata cuenta con influencias de países cercanos. Así, podemos encontrar una gran predominancia de platos de comida italiana, sobre todo pizzas (los croatas presumen incluso de hacerlas mejor que los italianos); pero también estofados y sopas similares a las de la cocina húngara; las ensaladas con sabor a Grecia; o el café y los dulces que recuerdan a Turquía o Bulgaria.

Entre sus bebidas alcohólicas destaca la oferta de vinos locales (Zagreb tiene incluso una ruta del vino en el tramo entre Gornja Dubrava y Sesvete, en la parte oriental de la ciudad), así como la rakia (un licor que también es frecuente en otros países de Europa oriental) y, cómo no, la cerveza. Además de cerveza negra, son populares la Ožujsko y la Karlovačko.

Aunque tuvimos que hacer ajuste por cuestiones meteorológicas, al final le dedicamos a la ciudad el tiempo que teníamos planeado. Comenzamos por Donji Grad (la Ciudad Baja), ya que era lo que más cerca nos pillaba del apartamento. Este ensanche desarrollado entre el siglo XIX y principios del XX se extiende desde la estación de tren hasta la céntrica plaza de Trg Josipa Jelačića y paseando por sus calles es donde encontramos ese aire austrohúngaro con edificios de aspecto imperial, grandes jardines, los hoteles más elegantes y numerosos museos y galerías de arte.

Continuamos después por la Ciudad Alta, la parte más antigua de Zagreb. En ella se concentran las iglesias y edificios más emblemáticos. Como por ejemplo la Iglesia de San Marcos, el Banski dvori y el sabor o la Torre de Lotrščak, la que fuera en su día la torre principal del sistema defensivo de la ciudad.

Nos metimos de lleno en el casco histórico, con sus calles empedradas de aire medieval, callejones estrechos, plazuelas, escaleras e incluso túneles y funiculares (con un trayecto de 66 metros que recorre une ambas partes de la ciudad en 64 segundos). Aún conserva el encanto de tiempos pasados. Cuenta además con un farolero que se pasea al atardecer con una vara y va encendiendo todas las farolas sobre la marcha, sin detenerse siquiera.

Culturalmente tampoco se queda atrás con respecto a la zona baja, pues se pueden visitar diferentes museos y galerías, desde algunos muy peculiares como el de las Relaciones Rotas hasta otros más tradicionales como el de Historia de Croacia o el el de la ciudad.

Es precisamente aquí, en la zona alta, donde nació Zagreb en el siglo XVII cuando los pueblos enfrentados de Kaptol y Gradec decidieron unificarse.

El antiguo Gradec apenas se ha visto alterado con el paso del tiempo. Desde su posición se puede observar la ciudad de tan solo un vistazo. Sobre todo si el día está despejado.

Kaptol por su parte se ha ido modernizando a medida que se ha ido expandiendo. No obstante, a pesar de haberse convertido en la parte más turística, llena de restaurantes y cafeterías, sigue conservando su estructura y distribución urbanística.

También ha llegado a nuestros días la gran torre fortificada Popov Toranj y la Catedral.

Tras una parada para comer, finalizamos la tarde pasando por Dolac, el mercado de la ciudad. Lamentablemente ya eran más de las tres y lo estaban desmontando, por lo que no pudimos verlo en su máximo esplendor, cuando se despliegan las sombrillas rojas sobre los puestos de frutas, verduras, carne y pescado.

Antes de volver al apartamento pasamos por la plaza principal de la ciudad, la Trg Bana Josipa Jelačića, rodeada de palacios de estilo clásico y modernista.

Sin abandonar Croacia, pues hicimos noche en Zagreb (aunque tuvimos que buscar alojamiento de último momento por un fallo en las reservas), nos acercamos a Eslovenia, un pequeño país de apenas dos millones de habitantes en el que prácticamente en un par de horas en coche se puede ir de punta a punta. Destaca por su frondosidad, ya que más de la mitad de su territorio está ocupado por bosques y parques naturales (es el tercer país más forestal de Europa), entre los que destaca el Parque Nacional Triglav. No es de extrañar pues, que atraiga a amantes de la naturaleza a practicar ciclismo, senderismo, escalada, esquí, espeleología o rafting. Cuenta además con ríos y lagos termales que seducen a aquellos visitantes que buscan el relax. E incluso tiene una pequeña pero interesante costa con poblaciones como Piran, Portoroz, Koper o Izola.

Nosotros no contábamos con tanto tiempo como para recorrer el país de arriba a abajo, sino que hicimos una excursión de un día a Liubliana, la capital. Ubicada en el corazón de Eslovenia, es el centro económico, político y cultural del país. No es una ciudad muy grande, pero alberga una gran parte de la población de Eslovenia, casi 300.000 habitantes.

Nuestra primera parada en la ciudad fue la Plaza Prešeren, donde ya nos quedamos gratamente sorprendidos. En ella nos recibió la estatua del poeta romántico del que toma su nombre, la iglesia franciscana de estilo barroco y el Triple Puente sobre el río Liublianica, diseñado por el arquitecto Jože Plečnik, quien además de puentes y edificios se encargó de convertir Liubliana en una ciudad moderna dándole un estilo imperial que para nada tenía que envidiar a otras capitales europeas de la época.

Aunque esta primera impresión nos llevaba a querer callejear, teníamos un objetivo, y era el de subir en primer lugar al castillo, construido entre los siglos XVI y XVII para defender el imperio de la invasión otomana. Desde allí se obtienen unas vistas inmejorables de la ciudad y de las montañas a lo lejos. Nada quedaba de las nubes del día anterior y nos encontramos con un día soleado y caluroso. Se puede subir caminando tranquilamente o en un breve trayecto en funicular, como hicimos nosotros.

Después nos adentramos en el casco histórico, un laberinto de plazas y calles peatonales a cuyos lados sorprenden las fachadas de edificios barrocos y otros monumentos para continuar hasta los restos arqueológicos de Emona y volver de nuevo al río.

Hicimos un picnic improvisado para degustar la gastronomía local en el Parque Estrella, que forma parte de la Plaza del Congreso y en donde podemos encontrarnos más edificios imperiales y más restos de Emona. Continuamos a la Plaza de la República, de aspecto soviético y tras volver al río retomamos el regreso a la estación parando antes en el barrio alternativo de Metelkova.

Nuestra siguiente parada fue Split, legado del imperio romano que hoy sirve como punto de partida para explorar Dalmacia, sus costas e islas. Además se encuentra cerca de varios parques naturales. Pero la ciudad no necesita de otros alicientes para destacar, pues ya lo hace por sí misma.

Hablar de Split es hablar del Palacio de Diocleciano, que estaba fortificado por tres de sus cuatro laterales (el único que no lo estaba era el que daba al mar) y del que aún se mantienen en pie la mayor parte de sus muros.

Su recinto, que se convirtió en ciudad con el paso de los siglos, se ha convertido en un bello casco histórico en el que podemos encontrar bulliciosas plazas, estrechas callejuelas y muchos restos arqueológicos.

Pasamos dos tardes en la ciudad y salimos a conocerla sin fijar un rumbo muy claro. Callejeamos, bordeamos el perímetro del palacio, paseamos tranquilamente por la Riva, nos sentamos a ver el atardecer junto al mar con un helado en la mano (nada que envidiar a los italianos)… Fue una visita un tanto más relajada, más de ciudad mediterránea que vive en sus terrazas y en sus playas.

La cuarta ciudad del viaje fue Sarajevo, la capital de Bosnia y Herzegovina, una ciudad que ha tenido un importante papel en la historia de Europa siendo el lugar donde estalló la II Guerra Mundial y el epicentro de la Guerra de los Balcanes. Todavía suena a conflicto, pero ya han pasado 25 años desde el firmado de la paz y ha ido recuperando la normalidad, aunque aún quedan heridas por cerrar.

Fue asediada y aislada por los serbios durante cuatro años y en su memoria atesora recuerdos de edificios destruidos, de impactos de balas (registró unos 330 impactos de proyectiles al día, siendo el 22 de julio de 1993 la jornada que más registró, con 3.777), de minas antipersonas, de muertos, de exiliados, de violaciones sistemáticas, de desaparecidos, de víctimas de amputaciones…

Pero ha intentado pasar página y reconstruirse gracias en parte a aportaciones económicas de la Unión Europea, Arabia Saudí, Qatar y Turquía. Aún quedan edificios con restos de metralla en sus fachadas, espacios sin reconstruir y por supuesto muchas placas y monumentos conmemorativos, pero intenta mirar al futuro dejando atrás los años de disputas y conflictos bélicos.

La limpieza étnica que trajo la guerra hizo que Sarajevo perdiera aquella mezcla de culturas que la caracterizaba y que le daba el sobrenombre de la Jerusalén de Europa. Hoy guarda rasgos de su pasado en sus barrios.

Baščaršija es el casco histórico y con su estilo árabe recuerda que Sarajevo llegó a ser la segunda ciudad más importante del Imperio Otomano solo por detrás de Estambul. En él destacan los minaretes de las mezquitas por encima de los tejados de los edificios, los bazares en los que se puede encontrar todo tipo de artesanía, el olor a una mezcla de gastronomía árabe y mediterránea, el murmullo de conversaciones en las terrazas… Es donde se encuentran los principales atractivos de la ciudad como la fuente Sebilj o la mezquita Gazi Husrev-beg.

Una vez que salimos del barrio turco nos trasladamos a un Sarajevo con aires austriacos que recuerda los años en que perteneció al Imperio Austrohúngaro. Se puede ver en ciertos edificios o en avances urbanísticos, como el tranvía que llegó en 1885, siendo la segunda ciudad (por detrás de San Francisco) en tener este medio de locomoción en todo el mundo.

A lo largo de la avenida Maršala Tita nos encontramos con edificios cada vez más altos y más grises que recuerdan la época comunista en que Bosnia y Herzegovina era parte de Yugoslavia.

Para completar nuestro viaje, contratamos una excursión en la que durante una mañana nos llevaron a diferentes puntos relevantes en la Guerra de los Balcanes. Visitamos así el Túnel de la Esperanza, paramos en el Antiguo Cementerio Judío, nos llevaron al monte Trebević para otear la ciudad desde donde se colocaban los francotiradores serbios y caminamos por las pistas abandonadas de bobsleigh en las olimpiadas de invierno del 84. Pero sobre todo, escuchamos a nuestro guía, que nos relató cómo fue la guerra no solo en datos, sino también desde los recuerdos de su infancia.

En esta escapada estival conseguimos quitarnos la espinita de viajar a los Balcanes y nos ha dejado con ganas de más. Volveremos a la zona sin duda.

Ya a finales de año, en noviembre, hicimos otro viaje al que le teníamos muchas ganas: Marrakech.

En un par de horas en avión nos transportamos a un país que esconde una gran variedad de lugares increíbles que visitar. Marruecos es un destino palpitante que ofrece una buena colección de oportunidades gracias a su riqueza geográfica. Así, podemos encontrar tanto bellas ciudades costeras como paisajes rurales que nos trasladan a otra época, terrenos desérticos o cadenas montañosas.

Durante nuestra estancia combinamos la capital con el Marruecos rural. Visitamos Marrakech y contratamos una excursión al desierto, para acercarnos a la cultura bereber, tan importante en Marruecos como la árabe.

Marrakech, también conocida como la ciudad roja por el color de sus edificios, se halla enclavada a los pies de la cordillera del Atlas rodeada por un verde palmeral. Con sus más de mil años de historia atesora el testimonio de haber sido capital de las grandes dinastías bereberes, de los diferentes imperios islámicos que han reinado en la ciudad durante siglos, así como de administraciones coloniales en el pasado más reciente. Esto la convierte en uno de los centros culturales más importantes del país y además, la ciudad más visitada de Marruecos.

Porque sí, se ha abierto al turismo, pero aún así intenta preservar su esencia, su identidad y costumbres. Nada más llegar necesitas una adaptación para asimilar el calor, el ritmo de la ciudad, el bullicio, el tráfico, el canto de los muyaidines llamando al rezo cinco veces al día, el olor a hierbabuena, a especias… Es una ciudad que impacta, pero lo mejor es tomárselo con calma e intentar integrarse en el ambiente olvidándose de los prejuicios. Y si se necesita un respiro, siempre podemos refugiarnos en el riad, refugio en donde solo se oye el canto de los pájaros y quizá el agua en una fuente cercana.

Marrakech es una ciudad de contrastes. Se ve claramente en la estructura de la ciudad, dividida en dos, una más tradicional y otra moderna y cosmopolita. Por un lado encontramos la Medina – la ciudad vieja-  rodeada por una muralla de adobe que cambia según la hora del día y cómo le incida la luz del sol; y por otro la ciudad nueva, el ensanche de la época colonial francesa en el que priman las construcciones modernas a lo largo de grandes avenidas.

Esta división es más que simbólica. Mientras que dentro de la Medina se intenta respetar su propio orden y que las nuevas construcciones mantengan cierta coherencia y no superan los tres pisos, por su parte en la ciudad nueva la planificación urbanística no tiene esas restricciones, aunque sí deben tener el característico color rojo-ocre. En la Medina además el alcohol está prohibido, sin embargo, fuera de ella, en la ville nouvelle, sí que se puede beber e incluso hay locales de fiesta.

A nosotros nos interesaba principio la Medina, el alma de la ciudad y Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO desde el año 1985. Así pues, planeamos dedicarle la mitad de nuestra estancia. Durante el primer día, el de nuestra llegada, nos dedicamos a esa primera toma de contacto con la ciudad, perdiéndonos ente callejuelas laberínticas, zocos y el abrumador ajetreo de la Plaza Jemma el Fna y sus alrededores.

Esta plaza, declarada Patrimonio Cultural Inmaterial y hasta hace relativamente poco de tierra batida roja, es el corazón de la Medina y todo un espectáculo por el día, pero más aún al atardecer, cuando cae el sol y los puestos de zumos y frutos secos son sustituidos por otros de comida en donde destacan los platos a la parrilla…. En torno a ellos se colocan músicos, bailarines, tatuadoras de henna, encantadores de serpientes, adiestradores de monos, limpiadores de zapatos… En esa plaza se puede encontrar de todo.

Nosotros hicimos la novatada y cenamos en uno de los puestos. No obstante, con posterioridad nos dimos cuenta de que no merece mucho la pena, pues salía más caro y no fue para tanto. Sí que mereció la pena sin embargo tomarnos un refresco desde una de las terrazas sobre la plaza, pues pudimos disfrutar de un bonito atardecer.

La excursión de tres días al desierto fue toda una experiencia, eso sí, muy intensa y agotadora, pues eran muchos kilómetros para pocos días. Teníamos más cerca Zagora, pero elegimos la opción de viajar hasta Merzouga, a unos 570 kilómetros de Marrakech y casi en la frontera con Argelia, para adentrarnos en el desierto de Erg Chebbi y pasar allí la noche en una haima.

El ritmo calmado de la caravana de dromedarios permite embeberse de las imágenes que nos ofrece el Sáhara. Viajar al atardecer nos permitió además ver cómo la incidencia de la luz cambiaba el color de la arena.

Asimismo, emprender el recorrido inverso al amanecer nos proporcionó unos recuerdos que atesoraremos siempre en nuestra memoria. Una pena no haber podido dormir en las dunas bajo los millones de estrellas que se alcanzaban a ver en un lugar tan remoto de la civilización y la contaminación.

Pero la excursión no fue solo el paseo de ida y vuelta en camello al campamento. Durante nuestra ruta pasamos por serpenteantes carreteras que atraviesan el Atlas, por el territorio inhóspito del Valle del Dades salpicado por kasbashs de color rojizo, por la impresionante Garganta del Todra y su valle, así como por el Valle del Draa con sus montañas y desiertos negros y los infinitos oasis de palmeras.

También nos sentimos trasladados a una época de costumbres más primitivas al poder acercarnos un poco a las costumbres bereberes.

De vuelta en Marrakech dedicamos un día para visitar los monumentos más importantes de la Medina. Comenzamos a primera hora con el Palacio de la Bahía, de finales del siglo XIX. Arrasado tras la muerte del Gran Visir del Sultán Sidi Moussa, por suerte aún se pueden observar los mosaicos de las paredes de las 150 estancias, los detalles del mármol y los trabajados techos de madera de cedro tallada. También podemos pasear por sus frondosos jardines.

Después nos dirigimos al Palacio Badii, edificado en la segunda mitad del siglo XVI con materiales de primera calidad traídos de diferentes lugares del mundo y ricos ornamentos. Sin embargo este no se conserva tan bien. Hoy tan solo podemos ver las ruinas, ya que el sultán sucesor decidió tan solo cien años después acabar con todo aquello que recordara a la época de esplendor de la dinastía predecesora. Aprovechó los materiales expoliados para renovar la nueva capital, Meknés.

Aunque una exposición y un vídeo nos permiten hacernos una idea de lo imponente que fue en su día, es una pena que hoy todo lo que quede sea un patio vacío con los estanques secos y los muros llenos de agujeros donde anidan las cigüeñas. Al menos sirve para diversos eventos, como conciertos y espectáculos de teatro.

Nuestra tercera visita fue a las Tumbas Saadíes, el mejor ejemplo del arte saadí en Marruecos (y uno de los pocos). Ubicado junto al muro meridional de la mezquita Kasbah, el recinto acoge un gran mausoleo en donde están enterrado los principales miembros de esta dinastía. En uno secundario descansa la madre del sultán. Además, en los alrededores se hallan una centena de tumbas de soldados y sirvientes.

El mausoleo principal es de una belleza excepcional que abruma y nos traslada a tantos monumentos de nuestro país de la época andalusí.

No es de extrañar que este emblemático e histórico lugar se haya convertido en una de las visitas obligadas desde su descubrimiento por casualidad en el siglo pasado.

No pudimos entrar sin embargo a la Madrasa Ben Youssef, que se localiza al norte de la Medina, puesto que se encontraba en obras. Así pues, en su lugar, nos metimos de lleno en los zocos, todo un hervidero de vida local. Es un mundo aparte, un caos que apabulla, que satura los sentidos. Hay que estar a mil ojos para no acabar atropellada por un carromato, una moto, una bici o incluso un burro. De esta manera es realmente complicado poder fijarse en los productos que tienen expuestos los mercaderes en sus puestos.

Para concluir, el último día salimos del laberinto de callejuelas y pasajes, palacios y mezquitas, zocos y plazas que es la medina y nos acercamos a la ciudad nueva conocer el Jardín Majorelle.

Cuando el pintor francés Jacques Majorelle se enamoró de Marrakech y su luz en los años veinte del siglo pasado, se compró una finca de palmeras donde unos años más tarde estableció su taller (allí fue donde creó el azul intenso que lleva su nombre). Alrededor de este edificio mandó crear un jardín botánico que incluía especies de plantas y árboles traídas de todo el mundo.

Después de Majorelle, la parcela fue comprada por Yves Saint-Laurent, quien mandó restaurar el taller convirtiéndolo una parte en museo e incorporando nuevas especies vegetales.

Aunque no se sea un apasionado de la botánica, el espacio es apacible y la visita resulta agradable. Nosotros estuvimos quizá un par de horas. No obstante, no es el único jardín de la ciudad, pues Marrakech tiene muchas zonas verdes donde sentarse a recargar pilas y desconectar el ajetreo de la Medina.

Fue un viaje breve, pero intenso en el que disfrutamos cada momento. No tuvimos ningún problema con el idioma ni con la seguridad, más bien al contrario, ya que todo el mundo con el que tratamos fue muy agradable. Y aunque acabamos en una furgoneta que no nos correspondía y en la otra punta de la ciudad medio dormidos y desayunar, lo recordamos como una anécdota graciosa y no como un mal sabor de boca.

Y hablando de sabores, comimos muy bien. Nada raro siendo unos catacaldos, pero es que estaba todo muy rico. Lo mismo nos daba una tortilla bereber, que unos pinchos, que un tajín, que un cuscús o kefta. Madre mía esas albóndigas que no dejamos ni la salsa.

Tampoco hay que olvidarse de los dulces, que en Marruecos son muy golosos, y si además lo juntas con la influencia de la patisserie francesa, solo con mirar te da un subidón de azúcar.

En definitiva, nos lo pasamos muy bien pues cumplimos con nuestros objetivos que eran conocer Marrakech, dormir en el desierto y probar todo lo que pudiéramos. Eso sí, nos faltó alguna compra, pero es que hay que echarle tiempo y paciencia. En cualquier caso, Marruecos quedará guardado en nuestras retinas para siempre. Y hay quien ya planea volver.

Para rematar el año buscamos un destino algo más frío: Berlín.

La capital de Alemania es una ciudad vibrante y llena de atracciones y planes para todo tipo de personas. Ofrece desde una visita más tradicional de monumentos y museos hasta una más alternativa gracias a sus barrios más bohemios, pasando por supuesto por una histórica y cultural que permite acercarse a las guerras mundiales, al holocausto o a la Guerra Fría. Y es que si hay una ciudad en Europa en la que aprender sobre los acontecimientos del siglo XX, esa es Berlín.

Al igual que el país, la capital es el ejemplo de una ciudad que ha sabido renacer de las cenizas varias veces. Las bombas de la II Guerra Mundial acabaron con todo y hoy no queda nada original, pero ha sido reconstruida recuperando su legado histórico a la vez que se ha convertido en una ciudad moderna y cosmopolita. Así, podemos encontrar por un lado el Nikolaiviertel (donde nació tras la unión de dos asentamientos); monumentos y edificios de la época prusiana (cuando se convirtió en capital y vivió un importante auge demográfico, social y cultural); recuerdos del nazismo, del Holocausto y de la II Guerra Mundial (en el subsuelo aún quedan bombas ya que al ser pantanoso no todas explotaron en su día); huellas de la ciudad dividida durante la Guerra Fría dejando dos idiosincrasias totalmente diferentes; restos del Muro y de la planificación urbanística socialista; vestigios de una época punk y alternativa e indicios de una ciudad que mira al futuro con la reconversión de los espacios, construcción de nuevos y modernos edificios y una importante actividad turística y cultural.

Berlín ha intentado dejar de lado la división de oriente y occidente y, aunque es visible en algunos aspectos como la arquitectura, los semáforos, el idioma o el nivel adquisitivo de los barrios, se ve que ha seguido adelante. Y es que no fue una reunificación, fue una conquista de occidente sobre oriente. La RDA quedó aniquilada y hoy en día una buena parte de la ciudadanía de la extinta Alemania del Este siente Ostalgie, o nostalgia por aquel país y tiene la sensación de ser extranjero en su propio territorio. Está claro que aún 30 años después de la reunificación, aún siguen siendo dos países. Por ejemplo, hoy en día tan solo un 42% de los alemanes de la antigua RDA están a favor de la forma actual de gobierno frente al 77 de la Alemania del Oeste. Y a la pregunta de si hay un sistema mejor que la Economía de Mercado solo un 30% de los primeros dice que no, frente al 48% de los segundos.

La nueva y moderna ciudad parece haber olvidado los años en que estuvo dividida administrativamente, sobre todo en algunos sectores. Sin embargo, a la vez, parece que en los últimos años se han llevado a cabo algunas acciones para recuperar la mayoría de los restos posibles del muro. Y aunque se justifica como una forma de conmemorar a las víctimas, en realidad ofrece una visión bastante sesgada encumbrando a la RFA y proclamando a los cuatro vientos la perversidad de la RDA.

La RDA tuvo muchos problemas desde el principio, en parte porque fue la parte más golpeada por la guerra y en parte porque no recibió la misma ayuda que la RFA. Una vez comenzó su andadura cometió errores y es innegable que las libertades personales estaban limitadas. No obstante, es incuestionable que también consiguió algunos logros, sobre todo en lo relativo a derechos sociales. Unos derechos que 30 años después de su desaparición son impensables en democracias supuestamente tan desarrolladas como las europeas. Por no hablar de EEUU.

Da la sensación de que hay una doble vara de medir en torno al famoso muro. Mientras que al de Berlín se le conoce como “Muro de la Vergüenza” y recientemente se ha conmemorado su caída por todo lo alto; paralelamente se le resta importancia a otros más actuales y con más muertos en su frontera como las vallas de  Ceuta y Melilla, el de EEUU con México ( de 600km de longitud y más de 10.000 muertos desde que se construyera en 1994), el israelí (5 veces más largo que el alemán y que viola el derecho internacional humanitario según el  Tribunal Internacional de Justicia de La Haya) o el del Sáhara Occidental (2.700 km de muro financiado por EEUU y Arabia Saudí).

El tiempo además dio la razón al gobierno de la RDA, pues tras la caída del muro antifascista los nazis cruzaron a Alemania del Este. Tan solo un par de días después ya había agresiones racistas y homófobas. En 1992 varios grupos de nazis prendieron fuego en Rostock-Lichtenhagen a un edificio con extranjeros dentro. Hoy el AfD sigue subiendo como la espuma.

Pero volviendo a nuestro viaje, sabíamos que conocer la ciudad a fondo nos llevaría años de vivir allí, así que sabíamos que teníamos que priorizar, seleccionar y organizar bien nuestra visita para no perder el tiempo. Y más en fechas como diciembre con tan pocas horas de luz. Así fue cómo dividimos los días:

El primer día partimos desde el sur, desde la East Side Gallery, la mayor parte del muro de Berlín que queda en pie, y después nos movimos por el barrio de Mitte. Comenzando en la Alexanderplatz, considerada el centro de Berlín y donde encontramos la Torre de la Televisión, el Reloj Mundial, la Fuente de la Amistad y varios centros comerciales, nos movimos por sus alrededores, donde se ubica el barrio de Nikolaiviertel y se erigen el Rotes Rathaus y la Marienkirche. Subimos hasta la zona alternativa en torno a los Hackeschen Höfe para concluir en el Museo de la DDR.

El segundo comenzamos en el oeste, en el barrio de Charlottenburg, donde se ubica el palacio homónimo y desde ahí nos dirigimos hacia el centro recorriendo la avenida comercial Kurfürstendamm y parando en la Kaiser-Wilhelm-Gedächtniskirche, una iglesia que nos recuerda los daños que provocaron los bombardeos de la II Guerra Mundial. Rememoramos la victoria de Prusia sobre Dinamarca con la Siegensäule y terminamos en la Plaza de París desde donde nos dirigimos al Memorial del Holocausto antes de subir a la cúpula del Reichstag y rematar la tarde visitando el Neues Museum.

El tercero fue un día bastante cultural, ya que realizamos una visita guiada por el subsuelo de la ciudad, aprendiendo sobre los búnkeres de la Guerra Fría; seguimos con un poco de historia sobre el muro, su construcción y cómo afectó a los ciudadanos de a pie en el Berlin Wall Memorial y acabamos la tarde descubriendo las maravillas arquitectónicas del Museo de Pérgamo y aprendiendo sobre diferentes especies en el de Historia Natural.

Finalmente, en el último comenzamos en la renovada Potsdamer Platz, pasamos por la Topografía del Terror sin entretenernos demasiado y llegamos hasta el fotogénico Checkpoint Charlie. Para concluir la mañana, antes de subir a la Torre de la Televisión y volver al aeropuerto visitamos las Galerías Lafayette y picamos algo en el mercado navideño de la Gendarmenmarkt.

Además de estos cuatro días en Berlín, hicimos dos excursiones: una a Sachsenhausen y otra a Potsdam. En principio no sabíamos si nos daría tiempo hacer ambas, pero finalmente sí fue posible. Aunque lo cierto es que Potsdam en otra época y visitando los palacios o la mansión de la Conferencia de Wannsee (donde nació la idea de la Solución Final), desde luego lleva más de un día. En ambas ocasiones terminamos la tarde visitando algún museo. Incluso un día reservamos una sala de escape.

Fue un viaje en el que descubrimos lugares nuevos y en los que los conocidos se nos plantearon totalmente diferentes a nuestras anteriores visitas. Encontramos una ciudad viva, vibrante y bulliciosa. Berlín es una de las capitales más verdes de Europa (una cuarta parte de la ciudad está ocupada por espacios verdes), así que no es de extrañar que en primavera y verano se llene de actividad (también lo hacen las playas en torno al Spree); sin embargo, en invierno no para, da igual que haga frío, llueva o incluso nieve. Al igual que el resto de Alemania, vive con devoción diciembre y se llena de planes con los mercadillos navideños, pistas de hielo y atracciones.

Y con esta escapada cerramos 2018, un año en que visitamos 3 continentes,  7 países (4 nuevos) y 14 ciudades. Un año muy completo en el que sumé mi país número 37. Poco a poco el mapa va coloreándose.

Conclusiones de nuestro viaje a Berlín

Cuando planeamos el viaje contábamos con que no nos iba a dar tiempo a ver toda la ciudad, puesto que Berlín es enorme y con mucha historia en sus calles. Además, dado que era invierno, teníamos pocas horas de luz, con lo que sabíamos que teníamos que priorizar sí o sí y organizar bien los días. Y aún así, dábamos por hecho que nos quedarían cosas por ver. En nuestro caso nos organizamos por zonas, creando pequeñas rutas con lugares próximos entre sí. Existe también la opción de hacer una visita más temática, por ejemplo Berlín de la II Guerra Mundial, el Berlín de la Guerra Fría, el Berlín Actual… pero se corre el riesgo de dar mucha más vueltas.

Para optimizar el tiempo elegimos un alojamiento que estuviera bien comunicado. Es verdad que tardábamos andando unos 10-15 minutos al tren/metro, pero de camino teníamos varios supermercados y tiendecillas de barrio, por lo que no perdíamos mucho tiempo si necesitábamos abastecernos. Aunque era un pequeño apartamento con un salón-habitación, nos las apañamos bien los tres gracias a la cama y al sofá cama. El poder contar con una pequeña cocina nos facilitó además los desayunos y cenas. En realidad, no paramos mucho más allí, nos pasábamos fácil 12 horas fuera.

Para las comidas sabíamos que no íbamos a tener problemas con encontrar restaurantes, puestos callejeros, panaderías o supermercados donde comprar algo rápido para llevar. Sobre todo porque en Europa en general es muy frecuente que la comida fuerte sea la cena y a medio día sin embargo comen algo ligero y muchas veces frío.

Así pues, comimos algún que otro bocadillo, nos quitamos el gusanillo de media mañana con un pretzel, probamos el típico Currywurst y entramos en calor con unas salchichas recién sacadas de la parrilla.

También probamos la bebida nacional, centrándonos sobre todo en las cervezas locales. La mayoría eran Pilsner, así que depende del tipo de cerveza que a uno le guste. Desde luego la que no recomiendo es la Berliner Kindl Weisse Himbeere, que a pesar de indicar que contiene un 98% de cerveza y un 1,2% de jarabe de frambuesa sabía a cualquier cosa menos a cerveza.

Para movernos acertamos con la tarjeta semanal de transporte. Al ser casi una semana, dábamos por hecho que la íbamos a amortizar. Prácticamente todo lo relevante de Berlín queda en zona AB (incluido Tegel), pero como pensábamos ir a Potsdam y Sachsenhausen, sacamos el ABC.

En la práctica confirmamos que elegimos bien, ya que cuando teníamos frío o queríamos acortar largas distancias, tirábamos del transporte público. Además, nos permitía tomar los buses 100 y 200, que recorren los puntos más turísticos. Algo muy interesante cuando la ciudad está iluminada por las luces navideñas pues cambia totalmente el aspecto del día a la noche.

Es verdad que diciembre es una época complicada para recorrer una ciudad como Berlín, ya que las pocas horas de luz y el frío pueden llegar a desanimar. Sin embargo, hay tanto para ver, tanto en exterior como en interior, que no paramos. Además, la ciudad se encontraba engalanada por encontrarse ya dentro del período navideño y ya estaban abiertos los típicos Weihnachtsmärkte en las plazas más importantes. Destacaban por ejemplo el de la Gendarmenmarkt, el de la Alexanderplatz y el de la Breitscheidplatz. Debido a los atentados de hace un par de años, se han tomado medidas y ahora quedan protegidos y rodeados. Incluso en algunos de ellos, como en el de la Gendarmenmarkt, había que pagar 1€ a partir de las 2 de la tarde y enseñar los bolsos y mochilas a personal de seguridad.

En todos ellos predominaban objetos de artesanía, los típicos corazones de mazapán, frutos secos garrapiñados, churros, patatas fritas, salchichas y, cómo no, el famoso Glühwein, que da olor a todo el espacio.

Así pues, teniendo en cuenta las fechas, las horas de luz y la climatología dividimos los días en dos partes: una primera de 9 de la mañana a 4 de la tarde aproximadamente que dedicábamos a patear la ciudad; y otra de 4 de la tarde que comenzaba a anochecer hasta que el cuerpo aguantase (las 7-8) para visitar museos, ir de tiendas o visitar mercadillos navideños. Aunque lo cierto es que salvo un par de compras en la tienda de Ampelmann, apenas hicimos gasto. En parte porque algunas son demasiado caras para nuestros bolsillos (como KaDeWe o las Galerías Lafayette) y en parte porque íbamos solamente con maleta de mano. En cualquier caso, echamos un rato paseando por sus plantas y disfrutando de los escaparates navideños de KaDeWey de las maquetas de la tienda de Lego.

Para amenizar una tarde-noche, como no podía faltar, reservamos para una sala de escape (aunque demasiado cara para lo que luego fue). El extranjero sigue siendo flojo aún en este aspecto.

En cuanto a la planificación, dejando un día para Potsdam y otro para Sachsenhausen nos quedaban 4 para recorrer Berlín, así que establecimos una lista de prioridades y con el mapa delante trazamos las rutas. Estos fueron nuestros imprescindibles:

  • Cúpula del Reichstag. Se nos había quedado pendiente en anteriores visitas y ahora que era más sencillo pudiendo reservar por internet, fue de lo primero que marcamos en el calendario.

  • Fernsehturm. La torre de Televisión de Berlín ofrece una perspectiva diferente a la del Reichstag desde su mirador a 203 metros de altura. En principio pensábamos desayunar en el restaurante giratorio, pero lo descartamos por precio y por el horario. En su lugar nos conformamos con la visita tradicional.

  • East Side Gallery. Estar en Berlín y no dedicarle tiempo al muro es un sacrilegio, así que no nos podía faltar este kilómetro y medio que aún se conserva junto al Oberbaumbrücke, un puente que se convirtió en frontera de la noche a la mañana.

  • Berlin Wall Memorial: Se trata de una exhibición en la que se conservan unos 70 metros del muro original y donde se ha erigido una reconstrucción de la conocida “Franja de la muerte”. También se recuerdan las viviendas que fueron tapiadas y cuyos habitantes bien se exiliaron, bien fueron obligados a trasladarse; los túneles excavados como vía de escape; la iglesia de la reconciliación y varios murales explicativos. Además, cuenta con un centro de información para el visitante muy interesante.

  • Checkpoint Charlie: Ubicado en la Friedrichstrasse era uno de los pasos fronterizos del muro de Berlín durante la Guerra Fría. El que podemos ver hoy en día es totalmente turístico y cuenta con actores que simulan ser militares, pero en cualquier caso es uno de esos puntos que no se pueden pasar de largo.

  • Potsdamer Platz: Una plaza que ya en el siglo XIX era muy bulliciosa y donde se ubicó el primer semáforo de Europa. Merece la pena acercarse y ver su curiosa forma.

  • Alexander Platz: considerada el centro de Berlín, en ella podemos encontrar el icónico Weltzeituhr, punto de encuentro de berlineses y visitantes.

  • Rotes Rathaus: El antiguo ayuntamiento de la RDA, un edificio al que además se puede acceder sin cita previa y que esconde magníficas salas.

  • Nikolaiviertel: Es el barrio en el que nació la ciudad y donde se halla la iglesia más antigua de Berlín.

  • Catedral de Berlín e Isla de los Museos: Independientemente de su interior, merece la pena cruzar el Spree y recorrer la isla y los impresionantes edificios que alberga.

  • Gendarmenmarkt: Quizá una de las plazas más bellas de Berlín arquitectónicamente hablando. Con la Sala de Conciertos en el centro y las catedrales francesa y alemana a ambos lados, es sin duda una de mis favoritas en la ciudad.

  • Kaiser Wilhelm Gedächtniskirche: Esta iglesia me maravilló la primera vez que estuve en Berlín. Me parece una buena idea que quede como memorial con los restos tal y como quedaron tras la guerra. Además, se puede visitar una exposición gratuita en su interior.

  • Siegensäule: Es una Columna de la Victoria de 69 metros que se encuentra en el Tiergarten y que conmemora la victoria de Prusia sobre Dinamarca en la Guerra de los Ducados.

  • Unter den Linden: Esta larga avenida de kilómetro y medio comienza en la Plaza de París, donde se ubica la Puerta de Brandeburgo (IM-PRES-CIN-DI-BLE), y llega hasta Bebelplatz, donde se erige la estatua ecuestre de Federico II de Prusia, junto a la Universidad Humboldt de Berlín.

  • Monumento al Holocausto: un espacio de 19.000 metros cuadrados para la reflexión formado por 2.711 bloques de hormigón de diferentes tamaños.

  • Topografía del Terror: una exposición ubicada en el lugar en que se erigían los cuarteles de la Gestapo y la SS.

  • Berlin Unterweltenofrecen diferentes visitas guiadas relacionadas con la II Guerra Mundial y la Guerra Fría.

  • Museo de la RDA: Es un museo interactivo y dinámico que permite conocer cómo fueron los años de la ya desaparecida RDA. Alberga numerosos objetos y documentación así como reconstrucción de viviendas o guarderías de la época.

  • Museo Pérgamo: es el más visitado de Berlín ya que conserva en su interior maravillas arquitectónicas como la Puerta de Ishtar, el Salón de Alepo, el Altar de Zeus o la Puerta del Mercado romano de Mileto entre otras.

  • Neues Museum: Es uno de los imprescindibles si te apasiona Egipto. Y si no, también. No se puede pasar por alto el magnífico busto de Nefertiti.

  • Museo Historia Natural: Merece la pena solo por ver Tristan Otto, el esqueleto original de Tyrannosaurus rex que, con sus 12 metros de largo y 4 de alto, es el único en Europa hasta la fecha y uno de los mejor conservados del mundo.

Hay muchos otros lugares de interés en la ciudad, y en algunos apenas paramos. Por ejemplo, no entramos en los museos/exposiciones del Checkpoint Charlie, del Monumento al Holocausto o de la Topografía del Terror como tampoco subimos a los miradores de las catedrales o de la Siegensäule. Pero había que filtrar, y no queríamos que la visita fuera monotemática sino abarcar varios berlines. También porque quitamos tiempo de la ciudad para visitar Potsdam y Sachsenhausen, dos destinos que nos sirven para conocer un poco más la historia de Alemania.

Es cierto que Potsdam debe impactar más en primavera con los jardines de los palacios y los parques con su frondosidad, sin embargo, es una ciudad coqueta que está a tan solo un paso y cuyo centro histórico también lucía engalanado por el período navideño.

Sachsenhausen da igual en la época en la que se pise, pues su visita provoca escalofríos independientemente de la estación del año que sea. No era mi primera visita a un Campo de Concentración, pero volver a pasear por barracones y leer sobre las atrocidades que allí se cometieron me dejó con mal cuerpo. Es verdad que Dachau me impresionó aún más, por ser el primero y por conservar la cámara de gas y las incineradoras, pero aún con un funcionamiento similar, cada campo fue diferente y tiene su propia historia que contar. Imprescindible sin duda.

No pensaba que volvería a Berlín tan pronto teniendo en cuenta todos los destinos que aún me quedan por conocer, sin embargo, me alegro de que saliera este viaje relámpago, ya que me encontré una ciudad totalmente diferente a la que había visto en las dos ocasiones anteriores. Esta vez era aún más patente su multiculturalidad, mostrándonos una capital cosmopolita y bulliciosa, llena de contrastes y sorpresas que mira al futuro, pero sin olvidar su pasado. Al contar con más tiempo pudimos diversificar más y mejor, descubriendo nuevos rincones y revisitando algunos antiguos.

En cuanto a los gastos, este es nuestro resumen:

  • Vuelos: 306.20€
  • Alojamiento: 514.80€
  • Transporte: 112.50€
  • Museo RDA:  29.4€
  • Museum Pass: 87€
  • Escape Room: 94.95€
  • Berliner Unterwelten:  36€
  • Fernsehturm: 46.5€
  • Comida: 200€ (aprox)

Es decir, al final, nos gastamos unos 500€ por persona, que si pensamos que fueron 6 días en una ciudad como Berlín, no está nada mal.

Y con este viaje terminamos 2018 y pusimos el punto de mira en 2019 y en un viaje muy esperado: Islandia.

Escape Room: Dr Mad. El secuestro, the Last Monkey

2019 se acababa y desde El Gran Golpe en noviembre no habíamos vuelto a hacer un escape. Había que ponerle remedio, así que rápidamente buscamos un nuevo reto por la zona sur. Elegimos The Last Monkey, en Leganés, que cuenta con dos salas: Piratas. El Motín (de nivel principiante) y Dr Mad. El secuestro (de nivel intermedio).

Íbamos a repetir los integrantes de la última vez, el grupo base, y una de nuestras participantes ya había probado suerte con Piratas, por lo que no nos quedaba más opción que probar con el Dr Mad.

Llegamos puntuales al local, donde nos recibió nuestro Game Master. Como siempre, las preguntas de rigor sobre experiencia y una breve introducción. Dado que llevamos unos pocos escapes a nuestras espaldas, se limitó a hacer un rápido resumen de tipo de candados que podíamos encontrar así como normas de seguridad y precauciones durante el juego. A continuación, fuimos conducidos a una sala por el doctor Mad, un psicólogo de mente privilegiada, pero con un trastorno de personalidad. Está buscado por la ley, y es que se dedica a secuestrar grupos al azar para experimentar con ellos y observar cómo actúan ante situaciones críticas. No obstante, deja una oportunidad de escapar durante 60 minutos, eso sí es necesario usar todas las habilidades posibles y trabajar en equipo para salir airosos y que todo quede en un mal sueño.

Una vez dentro enseguida entramos en dinámica y en apenas 8 minutos habíamos completado la primera sala. Teníamos uno de esos días en los que íbamos enchufados y rápidamente encontrábamos pistas e íbamos encajando las piezas del puzle para seguir avanzando.

La segunda parte fue un tanto más extensa. Suele serlo. Pero aún así, seguimos muy bien, encontrando nuevos objetos, descifrando códigos, abriendo candados, viendo claramente la relación entre objetos y enigmas… Sin embargo, en determinado momento nos atascamos con una prueba. El juego no es lineal, sino que transcurre por varios caminos, así que estábamos intentando resolver una incógnita sin tener todos los datos. Por tanto, tras unos minutos de revisar, de repensar y de valorar opciones sin encontrar una vía válida de avance, acabamos pidiendo pista. Y como suele suceder en estos casos, al final era una tontería. Un detalle frente a nuestras narices que habíamos pasado por alto, pero que en cuanto el Game Master nos hizo la pregunta, supimos por dónde iban los tiros y rápidamente volvimos al juego.

En el último tramo volvimos al ritmo del principio y, diversificados en varias tareas, en apenas unos minutos conseguimos averiguar cómo escapar del cautiverio del Dr. Mad cuando aún nos quedaban 20:53. Al parecer no hicimos récord de sala por el tiempo que perdimos antes de pedir la pista.

Tras finalizar, nuestro Game Master nos acompañó al interior para hacernos algunas observaciones, aunque como habíamos ido resolviendo todo con solvencia, tampoco cabía mucha explicación. Tan solo un número que nos habíamos inventado para la resolución de un candado (teníamos los otros 3 y giramos la rueda hasta que abrió). Nos comentó alguna anécdota y dónde suelen fallar casi todos los grupos y nos preguntó algún detalle que se le había pasado por alto, pues al estar los 4 con alguna tarea no nos pudo seguir a todos.

Es una sala entretenida y, si bien está recomendada para entre 2 y 6 personas, yo la recomendaría para 4, pues es un buen número para no estorbarse y a la vez que nadie se quede mirando sin tener nada que hacer. Aunque tiene bastantes candados, es cierto que tiene variedad de pruebas y no resulta cansino. Además, a pesar de no ser lineal, el desarrollo del juego sigue un orden bastante dinámico, por lo que es bastante entretenido. Una buena forma de acabar el año de escapismos.

Berlín XXI. Día 7 II Parte: Galerías Lafayette, Mercadillo Navideño de Gendarmenmarkt y Ferhsehturm

Dejando atrás el Checkpoint Charlie y siguiendo por la Friedrichstraß, llegamos a las Galerías Lafayette, los grandes almacenes que ya habíamos visto en París. Llegaron a Berlín en 1996 y es la única tienda que tiene la marca fuera de Francia.

El edificio, que por fuera es completamente de cristal, alberga en su interior sobre todo marcas internacionales de moda, accesorios y cosmética. También cuenta con un departamento gastronómico, el Lafayette Gourmet, en el que se pueden encontrar especialidades francesas. No tiene tanto glamour como la tienda de París, ni siquiera su gran cúpula, versión moderna de la que corona los almacenes de la capital francesa, impone tanto.

Detrás de los grandes almacenes se encuentra la Gendarmenmarkt, nuestro siguiente destino. Dado que hasta las 14h la entrada en la plaza era gratuita, decidimos que era un buen momento para pasear por los puestos del mercado navideño y quizá picar algo.

Para comer no teníamos mucha variedad. O bien algo dulce como frutos secos garrapiñados o corazones de mazapán y chocolate; o bien algo salado como salchichas. Además, para beber predominaba, como es habitual en estos mercadillos navideños, el Glühwein, un vino caliente especiado.

A mí no es una bebida que me apasione especialmente, de hecho el olor tan pesado y frecuente que envuelve el país por esas fechas me revuelve un poco el estómago. Sin embargo, mi prima quería probarlo, así que pedimos una taza (normalmente te cobran un depósito que te devuelven cuando la entregas).

Para no beberlo a palo seco, compramos unas salchichas y nos dimos un paseo por el mercadillo.

Desde Gendarmenmarkt tomamos la U2 hasta Alexanderplatz para subir a la Fernsehturm. Esperábamos encontrar cola para subir a la torre, ya que suele ser uno de los lugares más turísticos de la ciudad; sin embargo, tuvimos suerte y apenas tuvimos que esperar ni para sacar las entradas ni para subir en el ascensor.

Construida en los años 60 por la RDA, con sus 368 metros de altura ofrece unas vistas 360º de la ciudad. Es el monumento más alto de la ciudad y la tercera torre de la televisión más alta de toda Europa.

Cuenta con un restaurante giratorio que permite desayunar, comer o cenar mientras disfrutas de las vistas 360 sin tener que moverte de la silla, no obstante no es barato. Intentamos reservar para desayunar un día, pero se nos iba de presupuesto y los horarios eran muy tardíos para nosotros. Así pues, nos conformamos con la visita tradicional.

Desde el mirador a 203 metros de altura podemos ver el plano de la ciudad, así como los edificios más importantes (el Ayuntamiento, el Reichstag, la Puerta de Brandeburgo, la Catedral, los museos, la Potsdamer Platz…). Aunque para algunos hay que afinar la vista, ya que se pierden entre tanto edificio.

Y por supuesto tenemos una buena perspectiva de la Alexanderplatz.

Claro, que todo depende de lo despejado que esté el día y de lo limpios que estén los cristales. También de dónde esté el sol, pues puede reflejar en las ventanas y cegar.

La visita no lleva mucho tiempo, entre media hora y una hora. Todo depende de la cantidad de gente que haya (por aquello de poder asomarse) y del tiempo que empleemos en leer los carteles que nos indican qué tenemos ante nuestros ojos.

Tras la visita comimos en el McDonald’s de la plaza antes de recoger el equipaje en la estación y dirigirnos, ya de noche, a la parada del autobús que nos llevaría a Tegel. Nos fuimos con tiempo suficiente aunque tampoco demasiado, ya que no hay mucho que hacer en el anticuado aeropuerto.

En 2006 la Corte Federal Administrativa autorizó la expansión del aeropuerto de Berlín-Schönefeld y un par de años después se cerró el de Tempelhof (reconvirtiéndose en un parque). Por tanto, Berlín hoy en día cuenta con Schönenfeld a las afueras y con Berlín-Tegel Otto Lilienthal. Este último se encuentra en la ciudad y tiene un plano hexagonal que fue revolucionario en los 60 pero que ha impedido que pueda ser ampliado. Así pues, dado que se ha quedado obsoleto y saturado, la idea era que cerrara cuando se inaugurara el de Berlin-Brandeburgo Willy Brandt. No obstante, esta reapertura planeada para junio de 2012 se ha retrasado varias veces (parece que la definitiva es en octubre de 2020) por tramas de corrupción, por lo que limita el número de rutas nuevas a y desde Berlín y encarece los billetes. Quizá para la próxima vez que vayamos a la capital alemana tengamos suerte y ya esté en pleno funcionamiento.

En cualquier caso, en este caso tocó Tegel y desde allí volvimos a Madrid, dando por finalizado nuestro viaje. Y también el 2018.

Berlín XX. Día 7: Potsdamer Platz, Topografía del Terror y Checkpoint Charlie

Y llegó nuestro último día en Berlín. Teníamos el vuelo por la tarde, por lo que aún podríamos aprovechar la mañana. Eso sí, dado que teníamos que dejar el alojamiento a media mañana, decidimos llevarnos el equipaje a unas taquillas en la estación de Alexanderplatz para así no cargar con él durante todo el día. Sobre todo porque además pretendíamos subir a la torre de la televisión y no sabíamos cómo sería el tema de control de bultos.

Así pues, tras desayunar y recoger nos encaminamos a la estación donde, después de dejar el equipaje volvimos a la U2 hasta Potsdamer Platz, nuestro punto de partida.

Esta plaza fue durante el siglo XIX una zona muy bulliciosa, ya que albergaba hoteles, restaurantes y tiendas. Fue aquí donde se instaló el primer semáforo de Europa en octubre de 1924.

En los años 20 del siglo pasado Berlín contaba con un número similar de habitantes que en la actualidad, por lo que no era de extrañar que se montaran tremendos atascos al no tener un sistema de regulación del tráfico. Los peatones eran los que lo tenían más complicado y, a pesar de que la policía intentaba poner orden haciendo sonar unas trompetas, los accidentes seguían sucediéndose.

Con la instalación de este semáforo torre de unos ocho metros de altura, se intentó regular el tráfico de una de las intersecciones urbanas más congestionadas no solo de la ciudad, sino de toda Europa. El semáforo contaba con cinco lados, por lo que podía verse desde todos los accesos que daban a la plaza. Eso sí, no era automático como los actuales, sino que en la cabina se situaba un policía e iba cambiando los colores para así ir dando permiso a unos u otros. Llevó un tiempo a los berlineses hacerse a él, sin embargo, pronto se convirtió en todo un emblema de la ciudad.

El que vemos hoy en día es una réplica ya que la plaza quedó destrozada con la II Guerra Mundial. La Potsdamer Platz se convirtió en tierra de nadie con la construcción del muro, ya que se quedó en la franja de la muerte. Como recuerdo hoy hay partes del muro expuestas en los alrededores.

Tras la reunificación fue renovada y se ha convertido en el centro neurálgico de la Berlín moderna y vanguardista con imponentes torres al más puro estilo centro financiero.

La planificación de la nueva plaza gira en torno a un centro comercial con salas de cine. El mismo que acoge la Berlinale, el Festival Internacional de Cine de Berlín. En nuestra visita albergaba además las casetas del mercadillo navideño y una rampa de hielo.

Desde allí seguimos hasta el museo gratuito Topographie des Terrors, o lo que es lo mismo Topografía del Terror, ubicado en el lugar en que se erigían los cuarteles de la Gestapo y la SS. Gracias a su exposición podemos conocer más sobre el el Tercer Reich, el funcionamiento de la Gestapo, la II Guerra Mundial y a lo que condujo su fin.

Aunque teníamos tiempo antes del vuelo, no tanto como para ver toda la exposición, por lo que solo visitamos la exterior sobre la famosa Kristallnacht, la Noche de los Cristales Rotos, el 9 de noviembre de 1938.

Aquella noche Josef Goebbels estaba reunido en una cervecería cuando le llegó la noticia de que Ernst von Rath, miembro del partido nazi, acababa de morir. Un par de días antes había sido disparado por un joven judío como venganza por la expulsión de su familia y de otros 15.000 judíos polacos. Este atentado sirvió como la excusa perfecta para invocar un mártir y acelerar el plan contra la comunidad judía. Así, Goebbels animó a la militancia nazi a tomar represalia contra los judíos para que se viera desde el extranjero como una manifestación espontánea del pueblo.

Los nazis se echaron a la calle en todo el país y comenzaron a romper escaparates de comercios regentados por judíos. Empezaron por los más adinerados y dejaron marcados los de otros más modestos para una segunda ronda. Además, muchos judíos fueron sacados de sus casas y obligados a caminar descalzos sobre los cristales rotos. Sus viviendas fueron dañadas y destruidas, así como miles de sinagogas y cementerios que fueron incendiados.

La exposición se encuentra junto a los 200 metros que aún se conservan del muro. Este fragmento marcado como monumento histórico desde 1990 servía de frontera entre los distritos de Mitte (este) y Kreuzberg (oeste). Al igual que ocurría en la calle Bernauer, se pueden ver las marcas de la destrucción ocurrida a medida que se fue construyendo.

Enfrente aún se conserva el antiguo Ministerio de la Luftwaffe, la fuerza aérea del Tercer Reich.

Después de ver la dura exposición, seguimos hasta el Checkpoint Charlie, uno de los pasos fronterizos del muro de Berlín durante la Guerra Fría. Recibe este nombre por el alfabeto de la OTAN (el famoso Alpha-Bravo-Charlie), ya que fue el tercer punto de control para cruzar de un lado a otro. Era principalmente usado por extranjeros y diplomáticos.

Estaba controlado por los estadounidense y por eso podemos ver el panel que indica que abandonamos dicho sector (el original está en el Museo del Checkpoint Charlie).

En la actualidad, tanto el panel como el puesto se mantienen como recuerdo y reclamo turístico (la garita original está en el Museo de los Aliados). De hecho, suele haber uno o dos actores posando por si te quieres hacer la foto o sellar el pasaporte (previo pago, claro).

Al lado encontramos el Museo Checkpoint Charlie, que recoge en sus tres plantas historias y anécdotas relacionadas con el muro.

Recientemente el Senado alemán ha comunicado por medio de un tweet que se va a llevar a cabo un proyecto de remodelación de la zona, por lo que quizá no se pueda visitar durante un tiempo.

Al otro lado del cruce se erige el asisi Panorama die Mauer, una estructura cilíndrica en cuyo interior alberga una pintura de 15 x 60 metros a escala 1:1 que traslada al visitante en escenas de la vida cotfiana del Berlín dividido. En el centro cuenta con una plataforma de 4 metros de altura que permite la visión 360º.

Nosotros omitimos su entrada y en su lugar nos dimos un paseo por la exposición al aire libre que había al lado en la que se exhibían fotografías del Berlín reunificado así como algún resto más del muro.

Con el transcurrir de los años, Berlín ha ido recuperando fragmentos y hoy en día el período 1961-1989 está muy presente a cada paso que se da por la ciudad. No recuerdo que en anteriores visitas hubiera tantos lugares significativos del Berlín dividido (de hecho nos costó encontrar restos de muro más allá de la East Side Gallery), aunque quizá tenga mucho que ver con el aniversario en 2018 del tiempo que estuvo Berlín con muro y después sin muro así como aprovecharlo como reclamo turístico. Está muy bien que se recuerde, pero todas las exposiciones y muestras parecen querer incidir en que el gobierno de la RDA se levantó un día y decidió separar Berlín olvidando el detalle de que el país ya estaba dividido tras la guerra y que Alemania Oriental había hecho todo lo posible por construir la barrera pero que no vio otra alternativa ante los ataques y conflictos con occidente. En cualquier caso, no nos detuvimos mucho porque aún quedaba mañana y puntos marcados en nuestra ruta.

Serie Terminada: Motive

Motive es un drama policíaco poco convencional en el que de entrada el espectador conoce quién es el asesino. Daniel Cerone, guionista de Dexter, El Mentalista o The Blacklist parece que es fan de la mítica Colombo, así que decidió crear una serie con ciertos paralelismos, convirtiendo al crimen en el eje central de la trama. Lo importante no es llegar a desenmascarar al verdugo, sino en juntar las piezas del puzle.

En las primeras escenas conocemos tanto al asesino como a la víctima cada uno en una situación en la que de inicio no nos da la sensación de que tengan relación entre ellos. Una vez que ambas partes han sido presentadas avanzamos hasta el crimen, momento en que aparecen los detectives Angie Flynn, Oscar Vega y el novato Brian Lucas dispuestos a escuchar lo que la forense Betty Rogers tenga que comentarles sobre el cadáver encontrado.

A partir de ahí seguimos tres narraciones. En primer lugar tenemos a los policías investigando a la víctima e intentando encontrar sospechosos, en segundo lugar al asesino en el presente siguiendo con su vida tras el crimen y en tercer lugar vamos conociendo detalles de víctima y verdugo, así como el vínculo entre ambos gracias a los flahsbacks.

Como suele ocurrir en este tipo de series, juega con los giros de guion para descolocar al espectador. Y es que ya que conoces al asesino, por lo menos hay que buscar algo de intriga con el motivo. Los casos son muy variados y no siempre es todo blanco y negro. A veces es una discusión que acabó torciéndose o un accidente, y otras nos encontramos con el típico personaje que de primeras ya se ve que tiene el mal en él. Lo mismo ocurre con las víctimas: en ocasiones se empatiza con ellas, en otras podemos sentir que se lo han merecido.

Además del caso de la semana suele haber una segunda trama que abarca toda la temporada y que involucra de alguna forma a los protagonistas. Ya sea un caso del pasado de Flynn y el sargento Cross, la enfermedad de Vega o sus relaciones personales. Aunque esto es bastante secundario y no está tan bien dibujado. Me ha gustado el carácter de los protagonistas y la química entre ellos. Flynn y Vega casan muy bien, con una relación de compañerismo y amistad bastante profunda, de esas en las que se permiten bromear o ser sarcásticos sin que la otra parte se enfade. Además, se cubren y se preocupan el uno por el otro. La dinámica cambia en cierta medida cuando él promociona a sargento y los nuevos personajes no terminan de encajar igual.

En cuanto a los secundarios, Motive necesita enganchar cada semana con un caso diferente, así que tiene que llamar la atención. En este sentido es un desfile constante de rostros conocidos. Sobre todo me llamó la atención la cantidad de actores que ya habíamos visto en iZombie (supongo que tiene algo que ver que ambas fueran grabadas en Vancouver). En la última temporada incorpora como recurrente a Tommy Flanagan (Hijos de la Anarquía) como Jack Stoker, agente de la Interpol.

Cuando vi el piloto pensé que iba a ser una serie interesante por el cambio de premisa, pero al fin y al cabo una serie criminal más para pasar el rato. Sin embargo, de alguna forma u otra te acaba enganchando. Ya sea por la historia semanal, por el arco temporal o por los protagonistas. Es verdad que no es tremendamente innovadora, pero su fórmula mantiene el interés. Además, han sabido cerrarla a tiempo y bien con una cuarta temporada enfocada precisamente a ese final con un equipo en el que cada uno de sus miembros tiene que tomar decisiones sobre su futuro.

Berlín XIX. Día 6 III Parte: Museo de Pérgamo y Museo de Historia Natural

Con el estómago lleno nos dirigimos como ya era costumbre a la Isla de los Museos. Para nuestro penúltimo día tocaba visita al Museo de Pérgamo, el más visitado de Berlín. Comenzó a construirse en 1910 en un espacio en el que hasta entonces se hallaba un edificio en el que se almacenaban objetos de excavaciones arqueológicas. Fue concebido para dar cabida a construcciones monumentales de conjuntos arqueológicos. Así, al contrario de lo habitual, primero llegaron las obras de arte y después se erigió el edificio en torno a estas. Inaugurado en 1930, consta de tres alas que albergan sendas colecciones permanentes: la Colección de antigüedades clásicas, el Museo del Antiguo Oriente Próximo y el Museo de Arte Islámico. Podríamos decir que se trata de tres museos en uno. Además, está en obras para incorporar una cuarta con fachadas de cristal que mostrará la Puerta de Kalabsha, la columnata procesional del faraón Sahure y la fachada de Tell Halaf.

La primera de las salas acoge el Altar de Zeus, la gran estrella del museo y la que le da nombre. Esta construcción, realizada para agradecer a los dioses las bendiciones concedidas, data del siglo II a.C. y estaba enterrada en la acrópolis de la ciudad griega de Pérgamo (hoy Turquía). Fue descubierta en 1871 por un ingeniero alemán y poco después trasladada a Berlín, donde se ha exhibido desde entonces. Tan solo abandonó la capital germana entre 1945 y 1959, pues fue tomada como botín de guerra por los soviéticos. Hoy Turquía intenta que vuelva a su territorio, pero no parece que Alemania esté muy por la labor.

Es una de las obras maestras de la escultura helenística y está considerada como la octava maravilla del mundo antiguo. Lamentablemente, lleva en obras desde 2014, por lo que no pudimos verla.

Otra de las grandes estructuras que podemos encontrar en nuestra visita es la Puerta del Mercado romano de Mileto (hoy también Turquía), una de las obras mejor conservadas del museo. Construida hacia el año 120 d.C. en tiempos del emperador romano Adriano, se correspondía con la entrada sur del mercado.

Cuando siglos más tarde Justiniano mandó construir una muralla alrededor de la ciudad y esta puerta de 17 metros de altura y 30 de ancho pasó a formar parte de la fortificación. Un terremoto la dejó sepultada hasta que un grupo de arqueólogos alemanes la encontró y decidió, como en el caso del altar, llevársela a Berlín, donde fue restaurada.

En el último siglo ha pasado por una nueva restauración ya que quedó dañada durante la II Guerra Mundial.

Al otro lado de la puerta entramos en el Museo del Antiguo Oriente Próximo, donde se exponen más de 270.000 objetos provenientes de las grandes excavaciones realizadas por arqueólogos alemanes en los antiguos territorios de Mesopotamia, Siria y Anatolia (hoy Irak, Siria y Turquía). Así por ejemplo encontramos la Puerta de Ishtar de Babilonia, la Vía Procesional, un modelo de la Torre de Babel y una copia del código de Hammurabi.

La Puerta de Ishtar fue una de las ocho monumentales de la muralla interior de Babilonia. Con unas dimensiones de 14 metros de alto y 10 de ancho, daba acceso al Templo de Marduk. En realidad, se trata de dos puertas, pero la segunda no se ha podido exhibir por falta de espacio.

Fue mandada construir en el 575 a. C. por Nabucodonosor II y está decorada con leones y dragones, los símbolos de Ishtar (la diosa babilónica del amor y la guerra) y Marduk.

Al igual que en los casos anteriores, está en Alemania porque la excavación arqueológica fue dirigida por un equipo germano y del mismo modo el país de origen – en este caso Irak – no está muy contento con la circunstancia. Aunque quizás gracias al expolio aún podemos observar el azul lapislázuli sus ladrillos, quién sabe si habría acabado reducido a cenizas con la guerra.

El código de Hammurabi fue muy importante en su época (1750 a. C.), ya que sirvió para unificar y plasmar por escrito todas las leyes del imperio babilónico. Recibe el nombre del rey que la mandó esculpir y aunque se suele conocer por la popular Ley de Talión (ojo por ojo y diente por diente), fue el primer código en recoger la presunción de inocencia. El que se puede ver en el museo es una copia. El original está en el Louvre.

En la planta superior se halla el Museo de Arte Islámico, que recoge artesanía de los países islámicos desde el siglo VIII al XIX. La mayoría de sus obras proceden de las excavaciones en el Imperio Otomano realizadas por los alemanes en la ciudad de Samarra.

Destaca el Salón de Alepo, una sala realizada en madera pintada y muros decorados por cerámicas. Resulta impresionante ver el grado de detalle, pero bueno, en la línea de lo que habíamos visto en los palacios de Marrakech.

Otros elementos llamativos son el Nicho de Damasco (siglo XV) o el Mihrad de la Mezquita de Maidám en Kashan. Esta última data de 1226 y con sus 2,80 metros de altura consta de un triple nicho con dos semicolumnas y seis franjas caligráficas con versos del Corán.

A mí personalmente me encantó el Mihrad de la Mezquita de Beyhekim (Turquía), con su decoración azul turquesa.

Una de las joyas de esta colección islámica es la Fachada de Mushatta. Con 33 metros de ancho por 5 de altura, formaba parte del Palacio de Qusair Mushatta en Amán (Jordania). Data del siglo VIII y llegó a Berlín en 1903 cuando se lo regaló el sultán osmanlí Abdul Hamid II al Kaiser Guillermo II.

Aunque los bombardeos de la II Guerra Mundial la dejaron dañada, hoy se conservan dos de las bases de las torres (el palacio tenía 23) y aún se puede ver la magnífica decoración en altorrelieve con rosetas y detalles vegetales, animales y fantásticos.

El arte islámico de la Península Ibérica también está representado. De hecho, nos llamó la atención descubrir una cúpula del siglo XIV procedente del Palacio del Partal de la Alhambra, concretamente de la Torre de las Damas.

Está realizada en madera de cedro y chopo tallada y posteriormente pintada.

Además de elementos arquitectónicos destaca la colección de alfombras orientales.

El Museo de Pérgamo es sin duda el más impresionante de todos los museos de Berlín. Posee una gran cantidad de construcciones de valor incalculable para la humanidad. Seguir la audioguía, leer todos los textos y contemplar las obras llevaría mucho tiempo, seguramente toda una jornada, pero aunque no se disponga de tanto tiempo, sin duda es una visita imprescindible, aunque sea haciendo una selección de las obras más importantes.

Nosotros lo recorrimos sin audioguía y centrándonos en lo que más nos interesaba, por lo que pudimos optimizar el tiempo y así aprovechar la última hora de la tarde para visitar también el Museum für Naturkunde, esto es, el Museo de Historia Natural. Fue fundado en 1810 en colaboración con la Universidad de Berlín para albergar una amplia selección de minerales, pero pronto comenzaron a llegar otras colecciones de otras disciplinas y el espacio se quedó pequeño. Así pues, se construyó un nuevo edificio en la calle Invalidenstraße que fue inaugurado en 1889 por el Kaiser Guillermo II y que aún hoy sigue siendo su sede. Se halla a un par de kilómetros de la isla junto a la parada Naturkundemuseum de la U6.

Quedó gravemente dañado durante la II Guerra Mundial y lamentablemente algunas colecciones se perdieron prácticamente en su totalidad. Sin embargo, el edificio pudo reconstruirse rápidamente y fue el primer museo en reabrir sus puertas (16 de septiembre de 1945).

No es un museo muy grande, pero sí muy completo. Con más de 25 millones de objetos expuestos, alberga las colecciones más grandes de Alemania en sus tres áreas: mineralogía, paleontología y zoología.

Nada más entrar nos llama la atrapa la impresionante exposición de dinosaurios. Además de quedarnos con la boca abierta con la inmensidad de los esqueletos, podemos completar la información gracias a apoyo multimedia en torno a ellos.

Destacan el Brachiosaurus brancai, que con sus más de 13 metros de altura es el esqueleto de dinosaurio más grande expuesto en todo el mundo y el fósil del ave primitiva Archaeopteryx.

Pero por encima de todos, la joya de la corona es Tristan Otto, un esqueleto original de Tyrannosaurus rex que, con sus 12 metros de largo y 4 de alto, es el único esqueleto de un T-Rex en Europa hasta la fecha y uno de los mejor conservados del mundo.

Fue encontrado en 2010 por el paleontólogo Craig Pfister en el Arroyo del Infierno, una formación geológica que discurre a través de Montana y las dos Dakotas (Estados Unidos). Es un lugar que se formó hace 67 millones de años y alberga bastantes restos de dinosaurios así como de otros animales y plantas, por lo que se pudo determinar que Tristan Otto vivió en una época húmeda, cálida y templada.

Su cráneo, de metro y medio, resulta impresionante. Y más aún viendo su dentadura.

Podemos conocer más sobre los animales y como surgen nuevas especies en la Pared de la Diversidad, donde se presentan unas 3000.

En el Ala Este sorprende la sala acristalada de las colecciones húmedas, un espacio de 12,6 kilómetros de estanterías en el que que se exponen unos 276.000 frascos que contienen peces, arañas, anfibios, cangrejos y mamíferos conservados en formol. Es un poco tétrico, la verdad.

Además, hay una parte dedicada a las técnicas de disecación de los animales y podemos ver ejemplares de lo más diversos.

Los minerales por su parte se encuentran en la sala original del siglo XIX, que alberga incluso algunos de la colección de Alexander von Humboldt.

El museo además tiene amplias exposiciones permanentes muy didácticas sobre el Sistema Solar, la creación del Cosmos y la Tierra y la evolución de los saurios.

Sin duda un museo muy interesante, más aún si se visita con niños.

Para finalizar el día esta vez no nos fuimos en busca de un mercadillo navideño, sino que pensamos aprovechar el abono transporte y tomar algún bus para ver el Berlín más simbólico de noche. No estoy hablando de los típicos buses rojos de Hop on y Hop off, sino de líneas regulares. Se trata de la 100 y la 200.

El 100 fue el primer bus que se creó tras la reunificación y conecta el Zoologischer Garten en el Oeste con la Alexander Platz en el corazón del antiguo Berlín Este. En su recorrido de apenas media hora entre ambas estaciones pasa por numerosos lugares de interés de la ciudad como el distrito de Charlottenburg y la Kaiser-Wilhelm-Gedächtniskirche, por el Tiergarten y la rotonda de la Siegensäule, por el Schloss Bellevue, por el Reichstag, por la Puerta de Brandeburgo y la Avenida Unter den Linden, por el Lustgarten y la Berliner Dom y por la Marienkirche.

El 200 por su parte, aunque inicia también la ruta en la Zoologischer Garten y sigue hasta la Kaiser-Wilhelm-Gedächtniskirche, después se desvía por la parte sur de los parques de Berlín Mitte. Pasa por el zoo y continúa hasta Potsdamer Platz para tomar después la Avenida Unter den Linden compartiendo de nuevo recorrido con el 100. Sin embargo, mientras que este acaba en la Alex, el 200 sigue hasta el barrio de moda de Prenzlauer Berg.

Como teníamos tiempo de sobra, tomamos el 200 desde el museo hasta Zoologischer Garten y allí esperamos a un 100 de doble piso para hacer el camino inverso hasta la Alex, donde tomamos el metro hasta el apartamento.

Tocaba dejar preparado el equipaje, pues al día siguiente volvíamos a Madrid. Aunque aún nos quedaba toda una mañana por Berlín.