Trucos viajeros: ¿Viajar con mochila o maleta?

Hace años asociaba la mochila con el interrail o ir de camping. Para todo lo demás, maleta. Sin embargo, con el tiempo y los viajes, la percepción ha variado y cada vez soy más de mochila. Aunque lógicamente sigue habiendo situaciones y situaciones. Como todo, tanto una opción como otra tienen sus ventajas e inconvenientes.

Ventajas de viajar con mochila:

Comodidad y facilidad de movimiento: A priori no puede parecerlo porque hay que cargar con ella, pero se adapta al cuerpo y el peso queda repartido. Además, hay en muchos destinos en los que es más fácil moverse con mochila en la espalda que arrastrando una maleta de ruedas. Por ejemplo, da más libertad de movimiento ante escaleras, cuestas empinadas o terrenos desiguales como calles empedradas. Es más fácil correr para no perder un tren o un bus con una mochila a cuestas que tirando de una maleta mientras intentas no atropellar a nadie. Y además deja las manos libres.

Ligereza: No solo las mochilas pesan menos, sino que como hay que cargarla (desde el punto de vista de la salud se recomienda que no supere el 15-20% del peso corporal), somos un poco más selectivos a la hora de llenarla. No hay espacio para los porsiacasos. Aunque hay que reconocer que este aspecto también es algo que tiene mucho que ver con la práctica.

Se puede evitar la facturación: Se puede viajar con una mochila como equipaje de mano si se sabe empacar bien. Sí, sí, cabe más de lo que parece. De esta moda se elimina el factor riesgo de que te pierdan el equipaje, pues va contigo. Volviendo de Bombay a Mahé con Air Seychelles aprendimos que la combinación bolso (incluso grande) + mochila canta menos que mochila + maleta. Los dos que llevaban una maleta de cabina además de su objeto personal, tuvieron que facturarla.

Flexibilidad: Como suelen ser de tela, son más fáciles de adaptar bajo un asiento, en un compartimento superior o en una taquilla. De hecho, en ocasiones, cuando el vuelo va muy lleno, suelen dejar pasar primero a los que llevan mochila porque como la pueden meter debajo del asiento delantero, no obstaculizan el pasillo ni llenan los compartimentos superiores. Nos pasó en la ida a Riga.

Para los que no llegamos a los maleteros de los aviones es además una ventaja, pues te evitas tener que pedir ayuda para subir el equipaje y, mejor aún, para bajarlo, que sale todo el mundo por patas.

Adaptabilidad: No solo se adapta al cuerpo, sino que lo hace a las necesidades. Una mochila se puede compactar más si va más vacía o extender si va más llena. Además, como suele llevar compartimentos y bolsillos, amplía la capacidad.

Sencillas de reparar: Dado que suelen ser de tela, si tiene un enganchón o un roto se puede solucionar con un parche. De la misma manera, tanto las cremalleras como los amarres pueden ser sustituidos. Aunque esto último quizá no podamos hacerlo nosotros mismos y haya que llevárselo a alguna costurera o servicio de reparación. Pero en cualquier caso, tiene una solución sencilla.

Desventajas de viajar con mochila:

No son para todo el mundo: Por ejemplo, no son recomendables para personas con dolencias de espalda.

Tampoco para todo tipo de viajes: Depende del contenido del equipaje y del tipo de prendas que necesitemos para el viaje (por ejemplo de negocios o en que se requiera llevar traje/vestidos).

Protección: Al ser flexibles el contenido puede verse dañado al no ir igual de protegido.

Accesibilidad: Si solo tienen cremallera superior, es más incómoda a la hora de buscar lo que necesitamos. Aunque esto se puede solucionar con una mejor planificación poniendo abajo del todo lo de menos uso y arriba lo más frecuente. Pero no siempre es posible porque ha de primar el equilibrio del peso.

Compra: Una buena mochila no se encuentra en cualquier sitio, sino que hay que buscar en una tienda un poco especializada.

Ventajas de viajar con maleta:

Facilidad de empaque: Al ver el espacio de un solo vistazo, es más sencillo empacar. Meter y cerrar.

Interior maleta

Protección: al ser más duras y constar de una estructura más sólida, el interior queda mejor protegido.

Menos arrugas: Aunque ya está muy extendida la costumbre de enrollar la ropa para aprovechar mejor el espacio, hay prendas como una americana o un vestido que necesitan ir estiradas. En este caso, la mejor opción es la maleta.

Se puede arrastrar/empujar: No hay que llevar nada encima, sino que se puede arrastrar. En caso de que además las ruedas giren 360º (recomendable), se pueden empujar, que es mucho más cómodo.

Maleta Blanca

Accesible: Al igual que a la hora de empacar, abriéndola se tiene todo a la vista y se encuentra mejor lo que se busca.

Precio y disponibilidad: Son fáciles de encontrar y hay ofertas incluso en los supermercados.

Desventajas de viajar con maleta:

Peso: Como llevan estructura ya de por sí, vacías, pueden llegar a pesar un par de kilos. A nada que la cargues, te plantas fácilmente en los 15-20. Y como además no se llevan encima, acabamos echando más de lo que necesitamos.

Movimiento limitado: Resulta incómodo moverse con una maleta por un territorio irregular como calles empedradas, con arena o barro, o subirla a pulso al tren… Además de que obliga a llevar al menos una mano ocupada.

Complicadas de reparar: Si sufren un golpe y se parte una rueda, o no funciona el asa extraíble prácticamente tendrás que buscar una nueva porque será una odisea moverse con ella.

Dimensiones fijas: el hecho de ser de un material rígido hace que no siempre entren en un compartimento o taquilla (o los cajones de prueba de las aerolíneas). Por muy vacía que vaya, sus dimensiones son las que son.

Hay un término medio que es el de las mochilas de ruedas, algo similar a las escolares, pero en formato viaje. Se pueden tanto arrastrar como llevar a la espalda. Aunque realmente este último uso queda limitado a momentos puntuales, ya que al llevar la estructura acaba haciendo daño. Además, no son ergonómicas y no están optimizadas para que el peso quede repartido y se pueda cerrar bien en torno al pecho y cintura. Yo no les veo mucho sentido. Y me quedaría con maleta o mochila según la ocasión.

La elección entre una opción u otra es algo muy personal y depende de cómo cada uno se sienta cómodo. Pero aún así, lo ideal sería elegir una maleta cuando los traslados van a ser sencillos (tanto por las infraestructuras o el medio de transporte como por el entorno), cuando se necesita llevar un equipaje especial (negocios o eventos con cierta etiqueta) o cuando no se puede o quiere cargar peso en la espalda. La mochila por su parte es perfecta cuando el viaje está abierto a la improvisación, cuando se viaja en transporte local con bastantes desplazamientos (buses, trenes, tuk-tuks…) o cuando se está en continuo movimiento no regresando a un alojamiento fijo y conviene llevar el equipaje a cuestas. Pero sobre todo, hay que olvidar los prejuicios y abrir la mente.

Aprendiendo fotografía: Encontrar el encuadre

Aunque hacer una foto es una acción que lleva tan solo unos segundos, en realidad, antes de apretar el botón hay que tomar muchas decisiones. Ya habíamos descubierto que había que tener en consideración la apertura del diafragma para determinar cuánta luz queríamos, la velocidad de obturación para indicar el tiempo que ha de pasar esa luz y la ISO para equilibrar la exposición; sin embargo, aún nos queda un aspecto importante que también va relacionado con el triángulo de la luz: encontrar el enfoque y el encuadre.

El rango de apertura del diafragma nos permite jugar con el enfoque y delimita la profundidad de campo. Por ejemplo, con una mayor apertura (f/pequeño) la imagen resultará más nítida en un primer plano, pero se irá difuminando en la lejanía; mientras que si queremos enfocar a una mayor distancia, entonces tendremos que disminuir la apertura (f/grande) consiguiendo así que tanto lo más cercano como lo más alejado esté nítido. Nuestra cámara tiene un enfoque automático AF con 39 puntos, 9 de ellos en forma de cruz situados en la zona central y dado que normalmente hago fotos de paisajes o edificios, no recurro al manual. Son demasiados años con una compacta simplemente apuntando y presionando el botón y reconozco que me queda mucho por aprender en cuanto a jugar con la composición. Y es que para hacer una fotografía con enfoque manual hay que tener claro qué es lo que se quiere fotografiar, cuál va a ser la composición.

Hay quien tiene una mente muy creativa y enseguida lo tiene claro. Otros necesitamos tiempo y esfuerzo para desarrollarla, tanto viendo muchas fotografías y entrenando nuestra percepción, como en la práctica haciendo fotos y consiguiendo nuestro propio estilo. Y ahí estamos. Intentando encontrar ese punto.

Para empezar los expertos recomiendan evitar colocar el objeto principal de la fotografía en el centro, ya que el resultado será una imagen un tanto aburrida y estática. En su lugar, resulta más interesante practicar con la regla de los tercios, dividiendo la imagen en tres partes (tanto vertical como horizontalmente) situando el objeto en alguna de las intersecciones de estas líneas.

Este método en sencillo de aplicar y es muy útil para ubicar el horizonte/cielo (horizontalmente) o un edificio/persona (verticalmente), no obstante, a veces deja el resto de la imagen demasiado vacía y hay que encontrar otra perspectiva. Es un punto de partida para entrenar el ojo y poco a poco ir descubriendo detalles que sirven como guías, como puede ser el caso de una carretera, una vía férrea, un río, unas escaleras o un paseo.

En este aspecto también resulta visualmente atractivo el uso de la simetría y patrones. Por ejemplo, los grupos impares parece que atraen al cerebro, sobre todo funciona bien el 3, ya que no es excesivo.

El uso del color también es importante y se puede emplear bien destacando un objeto sobre los demás, creando armonía con colores similares o próximos en el círculo cromático, o por el contrario generando contraste eligiendo los opuestos.

Todos estos aspectos aunque se entrenan, en general me da la sensación de que los tenemos ya más interiorizados, es decir, que vemos atraídos de forma natural por un objeto más colorido, un edificio más alto, un patrón, seguimos las líneas… Así que, en ese aspecto es fácil localizar lo que queremos fotografiar. Sin embargo, me pasa muchas veces que lo que en un principio me ha parecido atractivo y he querido plasmar, queda totalmente soso y plano en pantalla. En muchos casos el problema se debe a la perspectiva. Tradicionalmente solemos hacer fotos de pie desde la altura de nuestros ojos, pero casi siempre la imagen mejora considerablemente subiéndonos a algo o agachándonos. De hecho, una de las primeras cosas que aprendes cuando empiezas a practicar es el hacer la cabra montesa o doblarte como un contorsionista para encontrar el ángulo perfecto. También influye el tener un objetivo limitado, claro.

Por otro lado, cuando se trata de un retrato en primer plano habría que posicionarse al mismo nivel que el sujeto y con sus ojos en uno de los puntos de convergencia de la regla de los tres tercios, para que así sea más llamativo. Otra cosa sería que nos sirviéramos de una persona para conducir la mirada del espectador. Así, el plano habría de quedar abierto hacia donde nos dirija su lenguaje corporal, ya sea con la postura o con la mirada.

Esta composición serviría igualmente para objetos no estáticos. Dejando espacio hacia donde se dirige se consigue una mayor profundidad y esa sensación de movimiento.

Otro aspecto en el que suelo dudar es si elegir orientación horizontal o vertical. La teoría dice que el horizontal es más apropiado para los paisajes ya que permite mostrar tanto el cielo como la tierra y el vertical para retratos, destacar un objeto en un primer plano o dar profundidad. Sin embargo, en la práctica, dependerá del punto de vista que queramos dar. Y volvemos a lo de que hay a quien le sale natural, y por el contrario quien necesita probar en ambas posiciones para decidir qué le convence más, como es mi caso. Por suerte hoy en día tenemos cámaras digitales en las que podemos previsualizar las fotos y echar tantas como queramos sin estar limitados por el número finito del carrete (las tarjetas también tienen limitación, pero contamos con mucho más espacio).

Sin duda hacer fotos no es tan fácil como puede parecer incluso cuando estamos acostumbrados a llevar una cámara en el móvil. Pero aún con todo lo dicho, pese a que podamos aprender la teoría de múltiples reglas, en realidad cualquier técnica vale siempre que se transmita algo. Al final es de lo que se trata la fotografía: de plasmar un momento, transmitir sentimientos y contar una historia.

Conclusiones de nuestro viaje a Marrakech

Marrakech llevaba en nuestra lista de futuribles para una escapada, sin embargo, siempre se quedaba pendiente. Pero por fin llegó su momento. Y no defraudó. Nuestro viaje a Marrakech (y Marruecos) fue breve pero intenso. Obviamente no nos dio tiempo suficiente para descubrir todo lo que tiene para ofrecer, pero sin duda, no nos dejó indiferentes.

Era la primera vez que viajábamos los cuatro juntos y la verdad es que nos ajustamos a la perfección. Es verdad que la confianza es un grado y el ser familia hacía que nos conociéramos, pero sobre todo ayudó el que coincidiéramos en mentalidad e intenciones. Así, no nos fue complicado concretar la ruta ni reservar alojamientos.

Nada más cerrar las fechas del viaje surgió la idea de hacer una excursión al desierto y en base a ella configuramos el resto de nuestros días. Nos quedaría la tarde del día que llegábamos, la mañana del que nos íbamos y otro día entero para Marrakech. Es poco tiempo, sí, pero dado que queríamos centrarnos básicamente en la Medina, parecía suficiente para un primer viaje.

A pesar del imposible trazado, podríamos ir de un sitio a otro a pie. Y, en realidad, lo que iba a marcarnos el paso iban a ser los horarios de visitas de los monumentos. Así, agrupamos el Palacio Bahía, el Palacio Badii y las Tumbas Saudíes en un mismo día y dejamos el Jardín Majorelle, que está en la parte nueva, para el día que nos volvíamos.

Fue una decisión acertada y realizamos las visitas de forma relajada. Es verdad que obviamos dos museos, el Musée de Marrakech o el Museo Dar Si Saïd.

El primero de ellos, ubicado en un palacio del siglo XIX, se creó a finales de los años 90 para establecer una colección permanente de arte marroquí. Además, acoge exposiciones y otros eventos culturales. El Dar Si Saïd, también establecido en una mansión del finales del siglo XIX, es el más antiguo de la ciudad y el que mayor número de obras exhibe. Alberga el Museo de Artesanía Marroquí. Seguramente son ambos muy interesantes, pero preferimos dejarlo para otra ocasión.

Omitimos asimismo los Jardines de la Menara, proyectados en el siglo XII por la dinastía almohade.

También quedó fuera de nuestras visitas la Madrassa Ben Youssef, aunque en este caso fue más por causas ajenas a nosotros, ya que se encontraba cerrada por renovación. Tampoco pudimos entrar en las mezquitas por no ser musulmanes.

Así pues, entre lo que se tenía que quedar fuera por factores externos y que en el resto estábamos bastante de acuerdo, no hubo problema a la hora de cuadrarlo todo.

Tampoco hubo mucha duda con el alojamiento. Teníamos claro que queríamos dormir en un riad dentro de la medina y no en un hotel de estilo occidental en la parte moderna de la ciudad. Había suficientes donde elegir y además tenían precios asequibles y que entraban dentro de nuestro presupuesto. El único inconveniente que encontramos fue que al querer hacer la excursión en la mitad del viaje, no encontrábamos un riad que tuviera disponibilidad para los días de antes y después, así que elegimos dos diferentes. Pasamos una noche en el Riad White Flowers y dos en el Riad Origins Magi y no podemos poner pegas al respecto.

Es verdad que con una estancia tan breve tampoco tenemos mucho que valorar. Pero el poco tiempo que pasamos en ellos el trato fue amable y cercano. Tanto las zonas comunes como las habitaciones estaban limpias y cuidaron cada detalle. Desde la recepción con el té de bienvenida, hasta los deliciosos desayunos.

Los riad son remansos de paz en medio del caos de la medina. No tienen ventanas al exterior, sino que las habitaciones dan siempre a un patio en el que suele haber un claro predominio de plantas o árboles frutales. En algunos casos cuentan con fuente o incluso con piscina. El contraste de ruido y de temperatura con el exterior es claramente notable. Como además son alojamientos pequeños, son bastante tranquilos.

En el Riad White Flowers en vez de una habitación cuádruple tuvimos dos dobles, una a cada lado del patio. Eran prácticamente iguales, tan solo cambiaba la distribución del baño y los colores de la decoración. Nos recibieron a la entrada de la medina y nos acompañaron al riad. Allí nos esperaba un té y nos dieron indicaciones de cómo movernos y qué ver. Una pena que por la incidencia con el conductor-secuestrador no pudiéramos desayunar tranquilamente,  porque se lo estaban currando bastante en cocina.

Y si el este nos había gustado, más aún cuando llegamos al Riad Origins Magi. La habitación esta vez sí que era cuádruple, y, aunque no era muy grande, estaba muy bien equipada. El baño era impresionante, tanto de grande como decorativamente hablando.

Y el patio no se quedaba atrás, contaba con mesas de madera bajo la sombra de un naranjo. Además, había un sofá en un lateral y una fuente. En este espacio fue donde disfrutamos de nuestra improvisada cena el día que llegamos y de los desayunos. Una buena forma de empezar el día con el frescor matutino y los pájaros de fondo.

Los alojamientos de la excursión nos vinieron ya dados, y nos encantó el Hotel Babylon Dades. La localización, el trato, el alojamiento en sí, la comida… Todo perfecto.

Dormir en las haimas lógicamente no fue tan cómodo como en un hotel, pero bien merece la experiencia solamente por el hecho de estar allí en medio del desierto bajo las estrellas. Aunque hubiera sido mejor dormir dormir a la intemperie en las dunas, pero era noviembre y hacía demasiado frío.

La cuestión es que para llegar hasta allí hay que hacerlo en dromedario, y una hora y pico de paseo llegó a ser un tanto tedioso en determinado momento por el movimiento del animal. Hubiera estado bien haber hecho una parada a ver atardecer, como sí que hicimos al amanecer, pero supongo que influyó el hecho de que el ocaso lo veíamos de frente y en un lateral, mientras que la salida del sol nos quedaba a la espalda. Además, haber parado a la ida habría supuesto continuar luego en una oscuridad total.

En general fue un tanto cansado, pues además dormimos poco. Nos hubiera gustado pasar más tiempo entre las dunas a plena luz, para captar bien el momento, pero no pudo ser. Sabíamos que iba a ser un viaje exprés.

Aún así, fue un gran acierto vivir la experiencia de adentrarse en tierras marroquíes descubriendo una gran variedad de paisajes y acercándonos a tierra bereber, donde más de 12 siglos después de la islamización, aún mantienen su cultura, idioma y costumbres ancestrales. Abandonar Marrakech y recorrer el Atlas es toda una experiencia, así como lo es atravesar las gargantas del Todra y del Draa o ver kilómetros y kilómetros de palmerales.

Pasear entre las callejuelas de la Kashba de Ait Ben Haddou nos trasportó a otro siglo, a una sociedad que vive a un ritmo mucho más relajado que el nuestro.

Nuestro guía nos recordó que la mayoría de los que conquistaron Hispania en 711 eran bereberes (o imazighen como les gusta ser llamados) y no árabes (ni musulmanes). Por ejemplo, así lo eran los almorávides, los amohades y los gobernantes de los reinos de taifas de Toledo, Badajoz, Málaga y Granada. También una buena parte de los habitantes de las Islas Canarias se consideran descendientes de esta etnia. Así, no es de extrañar que esta civilización no nos resulte del todo ajena. Además de recibir una importante influencia en la agricultura, en la construcción y arquitectura, en el comercio, en la gastronomía y en el uso de especias; nos quedamos con muchos préstamos lingüísticos que servían para nombrar el nuevo día a día.

Los bereberes son el 40% de la población de Marruecos pero hasta 2001 no han tenido reconocimiento de su lengua amazigh como idioma oficial perdiéndose parte de ese patrimonio étnico-cultural. Y es que tras la independencia de Francia se llevó a cabo una política de arabización intentando recuperar la identidad lingüística, religiosa y cultural. Se recuperó el árabe para los medios de comunicación, la educación y en general la vida pública.

El francés ya no es oficial, pero sigue predominando en las instituciones y en la educación superior. Algo así como una marca de clase. Quien domina el francés es porque ha podido permitirse una educación privada o porque ha terminado estudios superiores. El rey cuando quiere que un discurso llegue a todo el mundo lo da en árabe y francés. Y los medios de comunicación marroquíes emiten en árabe, francés y español. Además, en gran parte de la zona norte del país se pueden sintonizar canales españoles de radio y televisión.

La verdad es que nosotros no encontramos ningún problema de comunicación. Enseguida se dirigían a nosotros en español. No sé si porque se nos ve en la cara, porque van probando o porque hay mucho turismo español y les sale por inercia como primer idioma extranjero. Tanto en los hoteles, como en los restaurantes, como en el zoco… El único que no hablaba español creo que fue el falso Brahim, aunque no sé si nos habríamos entendido hablando el mismo idioma. Después, nuestro verdadero conductor, Mustapha, hablaba muy bien el castellano, ya que había vivido en Canarias y había trabajado de camionero viajando continuamente de Marruecos a España.

En general durante todo el viaje tuvimos una estancia muy agradable y sin incidencias. No tuvimos la sensación en ningún momento de inseguridad. Es verdad que en nuestros paseos por la Medina sí que nos dijeron en varias ocasiones algunos tenderos que no nos guardáramos el móvil en el bolsillo del pantalón, que quedaba muy a la vista. También una mujer se nos acercó a decirnos que cuidado con las pertenencias porque estaba viendo a unos chavales que iban detrás de nosotros y debió pensar que éramos su blanco. Pero bueno, nada que no sea tomar las precauciones básicas en lugares muy concurridos. Es verdad que el ritmo de la ciudad y la persuasión de los comerciantes puede llegar a abrumar y producir incomodidad, pero siempre se acercaban a nosotros con una sonrisa. Además, forma parte de la idiosincrasia local y es algo inevitable.

Pero sin duda, una de las mejores maneras de aproximarse a una cultura es mediante la gastronomía. Y siendo cuatro catacaldos, lógicamente no podíamos hacer otra cosa que probar los diferentes platos que nos ofrece la cocina marroquí. Englobada dentro de la dieta mediterránea con importante presencia de legumbres y verduras, lógicamente bebe de la cocina árabe y bereber e incorpora alguna influencia de la judía (sobre todo en aporte de especias y condimentos). En realidad para los españoles no resulta tan exótica, pues hemos heredado muchas de sus costumbres y los sabores nos resultan familiares.

Los desayunos, por lo que pudimos ver en los alojamientos, son contundentes (aunque no sé si en casa desayunarán así). En la mesa no nos faltó nunca el zumo natural de naranja, fruta de temporada, bollería, yogur, huevos, queso, miel, mantequilla y mermeladas así como aceite de oliva.

También pudimos degustar el pan árabe sin miga que luego vimos en muchas panaderías y puestos ambulantes por la medina de Marrakech. Suele tener forma de hogaza y tradicionalmente está elaborado con trigo y sémola fina. No obstante, según las zonas del país podemos encontrar también pan de maíz (ligeramente dulce), pan de cebada y trigo o pan Tafarnout (horneado sobre piedras calientes de forma tradicional).

Para el resto de comidas del día, veamos algunos platos:

  • Harira: Sopa tradicional elaborada con tomates, garbanzos, lentejas, cordero y aderezada con especias. Se suele tomar durante el Ramadán.
  • Pastela: son unos pasteles de hojaldre que pueden comerse tanto de entrante como de plato principal. Combina lo salado y lo dulce y suele estar espolvoreada con canela.
  • Tortilla bereber: Es muy parecida a lo que nosotros llamaríamos tortilla francesa, solo que se parpara en el tajin. Es un plato vegetariano en el que se pueden incorporar diferentes hortalizas y verduras aderezadas con especias. Además de los huevos, claro, no suelen faltar el tomate ni el ajo, pero el resto dependerá de la zona y de quién lo cocine.

  • Cuscús: Uno de los platos más tradicionales. Es semilla de sémola de trigo que se cocina al vapor y se sirve acompañada de un caldo picante acompañado de verduras, cordero/ternera/pollo y que también puede incorporar pasas, legumbres… Es tradicional comerlo los viernes, el día libre de los musulmanes.
  • Tajín: Otro de los imprescindibles. Es un guiso que toma el nombre del recipiente de barro con tapa de forma cónica en que se cocina a fuego lento. Los más comunes son el de cordero con legumbres, ciruelas y almendras y el de pollo con limón y aceitunas.

  • Kefta: Son similares a nuestras albóndigas. Bolas de carne picada aderezada con ajo, perejil, cebolla, pimentón, comino, aceite y piñones y que suele ir acompañada de una salsa de tomate. Deliciosas.

  • Pinchos: Poco hay que explicar aquí, ya que nosotros los hemos incorporado a nuestra gastronomía. Obviamente no usan cerdo, pero por lo demás, es carne sazonada con diferentes especias y después hecho a la barbacoa.
  • Touajen: Estofado de carne de cordero o pollo.
  • Hout: Estofado de pescado.
  • Djaja Mahamara: Pollo estofado con pasas y almendras
  • Briouats: Son unos pequeños pasteles triangulares de masa filo rellenos de carne, pescado, verduras…). Hay una versión dulce empapada en miel y que se rellena con cacahuetes.

  • Dulces: En la cocina árabe los dulces son contundentes. Suelen estar hechos con frutos secos como ingrediente principal (pistacho, nueces, almendras, cacahuetes…) y normalmente se le añade también fruta desecada (pasas, dátiles…). Predomina el uso de la pasta filo u hojaldres que se después se fríen. Como en el resto de sus platos, no faltan elementos aromatizantes como el comino, el anís, el agua de rosas o de azahar, la vainilla o la canela. Además, para rematar, a menudo se bañan en miel.

Nosotros sobre todo comimos sopa/crema, tortilla bereber, pinchos y tajine de pollo. Parecía que eran los básicos en cualquier menú. Y nos sorprendió encontrar menos cuscús del que imaginábamos. En cualquier caso, comimos muy bien.

Otro rasgo característico marroquí es el carácter comerciante. Así, para conocer los usos y costumbres, no puede faltar un paseo por sus zocos. Ya no digo comprar, pues eso depende de los gustos, el bolsillo, las ganas y la paciencia que uno tenga para regatear. Pero el ambiente hay que vivirlo.

Abren a las 9 de la mañana y cierran a media tarde pero no sabría decir si es mejor acudir a una hora u otra, pues parece que siempre hay gente. Para comprar, quizá a primeras horas el comerciante esté más fresco y la negociación sea más dura que a la tarde cuando ya está pensando en dar por concluido el día, pero realmente no hay reglas escritas. Al final todo depende de muchas circunstancias y el objetivo del comprador ha de ser marcarse el importe límite que esté dispuesto a pagar por el objeto. Pues desde luego, el vendedor ya tendrá bien pensado de cuánto no va a bajar para cerrar un buen negocio.

En los zocos se puede encontrar de todo, quizá lo más típico que busca cualquier viajero son babuchas, juegos de té, marroquinería, aceite de argán, kohl y especias. Mustapha, el conductor de nuestra excursión, nos comentó que el aceite de argán mejor comprarlo en una cooperativa para saber que no está rebajado con otros aceites. También que el kohl si no es bueno te puede causar una buena conjuntivitis. Así que, como todo, te puedes arriesgar a que si no entiendes, te den gato por libre y que no sea oro todo lo que reluzca.

Yo iba con muchas ideas en la cabeza sobre qué podría encontrar y qué me gustaría traerme del viaje, pero al final, salvo las especias, no compré nada más.

Con todo, este es el resumen de los gastos de nuestro viaje:

  • Vuelo: 81€
  • Seguro: 14.18€
  • Traslado aeropuerto: 3.5€
  • Alojamientos: 53.62€
  • Excursión al desierto: 180€
  • Efectivo: El uso de tarjeta no está muy extendido, por lo que sabíamos que deberíamos llevar efectivo. Una de las primas cambió en el banco 140€ y le dieron 1300 MAD. Nosotros por nuestra parte sacamos un par de veces con la Bnext y otra con la Revolut (un total de 422.39€) y el cambio era claramente mejor. Por ejemplo, en una ocasión retiramos 1522 MAD y nos cargaron 142.25€. De ahí pagamos los gastos del día a día: comida, entradas (los monumentos suelen tener tarifa estándar para extranjero de 70 Dirhams), las pocas compras que hicimos, las tasas de alojamiento y el traslado al aeropuerto desde el riad. Así queda el desglose por día (4 personas):
    • Día 1: 550 MAD
      • Comida: 60 MAD
      • Bebida Terraza: 80 MAD
      • Cena: 300 MAD
      • Tasas Riad: 110 MAD
    • Día 2: 632 MAD
      • Comida: 525 MAD
      • Cervezas y agua: 72 MAD
      • Bebida cena: 35 MAD
    • Día 3: 400 MAD
      • Comida: 400 MAD
    • Día 4: 590 MAD
      • Especias: 130 MAD
      • Comida: 400 MAD
      • Cena: 60 MAD
    • Día 5: 1846 MAD
      • Tasas Riad + Viaje aeropuerto: 485 MAD
      • Comida: 220 MAD
      • Cena: 301 MAD
      • Entradas: 840 MAD
    • Día 6: 506 MAD
      • Entrada Jardín Majorelle: 280 MAD
      • Comida 226 MAD

Es decir, al final, nos gastamos unos 450€ de media por persona (y digo de media porque hay cierta variación dependiendo de las compras de cada uno). Y realmente el grosso del presupuesto se fue en Vuelo + Alojamiento + Excursión, cuya suma ya suponía unos 315€.

Un viaje bueno, bonito y barato cargado de un sinfín de experiencias nuevas.

Nueva serie “para ver”: Sex Education

A principios de año Netflix estrenó Sex Education, una serie que sigue la historia de Otis Milburn, un adolescente de 16 años, que monta junto con Eric (su mejor amigo) y Maeve (la chica rebelde) una asesoría sexual en el instituto. Otis no es de los más populares en su centro, ni siquiera tiene experiencia sexual, pero cuando Maeve descubre que su madre es terapeuta sexual y que a lo largo de los años ha adquirido gran conocimiento sobre el tema, ve la oportunidad de negocio.

Con este punto de partida puede inducir a error y llevar a pensar de que se trata de una típica comedia de adolescentes con las hormonas revolucionadas. Sin embargo, lo importante no es el qué sino el cómo. Es decir, hay jóvenes y sexo, sí, pero la novedad es que intenta huir de los manidos clichés. Así, en lugar de mostrar a las pandillas de chicos retándose para ver quién “consigue” antes a la chica, o recurrir a la cosificación y la humillación; en Sex Education el sexo se presenta desde una óptica positiva, como un aspecto más de la vida que afecta por igual tanto a unos como a otras. No hay quien no tenga dudas o sienta inseguridad, miedo o presión. Y menos a esa edad. Y aunque hay sexo explícito y los diálogos son frescos y sin pelos en la lengua, no hay escenas forzadas o conversaciones que parezcan metidas con calzador. Tampoco resulta obsceno.

Creo que lo que funciona, al menos si nos basamos en este primer episodio, es que no se centra en el aspecto físico, sino que ahonda en los sentimientos. Parece que la asesoría de Otis va a ir más enfocada a las inseguridades y la vulnerabilidad de sus compañeros que a recomendar técnicas o posturas. Aunque habrá que ver el resto de la temporada para confirmar (cuenta con 8 capítulos y ya está renovada para una segunda).

Sin embargo, no todo son luces, también hay alguna sombra. Y es que hay algunos personajes un tanto estereotipados, como esa chica rebelde que viste de una forma un tanto llamativa y se esconde para fumar, el chico gay marginado, la chica que se deja mangonear por el grupo de populares, o el hijo del director que además es el típico abusón. No obstante, parece que el elenco está bastante bien elegido, desde el protagonista hasta los secundarios, sin olvidar a Gillian Anderson.

Otra cosa que me descolocó un poco fue la ambientación. A pesar de tratarse de una serie británica y tener su característico tono y diversidad racial de los personajes; los estudiantes no visten de uniforme (como sí ocurre en Reino Unido) y el instituto parece más el típico estadounidense de tantas otras series de adolescentes (Awkward, Veronica Mars, Suburgatory, Buffy…). Adicionalmente parece que está centrada en el presente por el enfoque y la tecnología, pero tiene cierto aura noventero, sobre todo si nos fijamos en la vestimenta de los protagonistas. O a lo mejor es que la moda británica es diferente.

Aún así, con todo, me ha parecido entretenida, divertida, diferente y que tiene bastante que aportar, así que la añadimos a la infinita lista de series “para ver“.

Marruecos XI. Día 6: Jardín Majorelle y vuelta a Madrid

Para nuestro último día en Marrakech habíamos dejado la Ville Nouvelle, la parte de la ciudad que se extiende más allá de la Medina. Como no es una zona muy turística, nos levantamos tranquilamente como el día anterior para desayunar a las 8:30. La oferta era muy parecida a la de la primera mañana en el riad, solo que había cambiado el tipo de bollo, en lugar de crepes teníamos tortitas y huevos cocidos en vez de tortilla francesa.

Desayunamos tranquilamente disfrutando de la paz del riad bajo los naranjos y después recogimos el equipaje y devolvimos la llave. Quedamos en volver después de comer para el traslado al aeropuerto y nos echamos a la calle. En principio pensamos tomar un taxi, pero al final, como era pronto y el sol todavía no pegaba con fuerza, nos fuimos dando un paseo.

Una vez salimos de la Medina se ve claramente otro tipo de planificación urbanística. Son unos diez minutos de paseo que de repente nos hacen avanzar 500 años de golpe. Aquí encontramos grandes avenidas arboladas construidas en la década de los años 30 del siglo pasado donde predominan grandes hoteles, cadenas de restaurantes occidentales, tiendas, locales de fiesta… El gobierno colonial francés optó por salir de la ciudad árabe y construyó una ciudad nueva a la que más tarde se han ido mudando marroquíes que aspiraban a mejorar su calidad de vida. Las calles quedan adornadas con vallas publicitarias y hay un tráfico caótico.

El centro de esta ciudad nueva es el barrio de Guéliz y nuestro destino era el Jardín Majorelle, que nació en los años veinte del siglo pasado cuando el pintor francés Jacques Majorelle, atraído por la luz y el color de Marrakech, compró una finca de palmeras en la que mandó construir una casa estilo Art Déco inspirada en la arquitectura de Le Corbusier. Allí instaló su taller, cuyo edificio pintó de un vibrante azul inspirado en el color de las casas bereberes y que hoy lleva su apellido. Alrededor creó un extenso jardín. Aunque iba a ser un espacio privado, de inspiración y creación para el artista, en 1947 se abrieron al público en general.

En 1962 el pintor tuvo un accidente de coche y volvió a su país natal, quedando la propiedad abandonada hasta 1980, cuando la compraron el estilista francés Yves Saint Laurent y su entonces pareja Pierre Bergé, de ahí que también sean conocidos como los Jardines Saint Laurent y atraigan a muchos seguidores del modisto. Sus cenizas fueron esparcidas aquí tras su muerte en 2008. Hay también un memorial en su honor.

En esta nueva etapa la propiedad pasó por unas importantes reformas: se erigió una villa, se convirtió el antiguo taller de Majorelle en una exposición permanente de arte islámico (alberga joyas tradicionales, antiguas piezas de madera tallada, bordados, manuscritos y litografías de Majorelle del Atlas), se optimizó el sistema de riego del jardín y se amplió el número de especies.

Cuenta con palmeras, aloes, cactus, bambús, nenúfares, naranjos, plataneros, cocoteros rosales y otras mil plantas y árboles que proceden de los cinco continentes.

En el recinto además abundan los estanques y riachuelos, en los que viven carpas, tortugas y ranitas.

Podría parecer extraño encontrar tal oasis en una ciudad como Marrakech, que suena a árida, sin embargo, la ciudad ha contado con importantes sistemas de canalización y riego ya desde el siglo XI, con la llegada de los almorávides. Recordemos la importancia del agua en la arquitectura árabe.

Estos jardines suponen un remanso de paz que contrasta con el caos de la Medina. Se respira tranquilidad y el ambiente es algo más fresco que entre los muros de la ciudad vieja. Yo no soy muy aficionada a las plantas, pero merece la pena darse un paseo entre un sinfín de plantas y árboles, sentarse en un banco bajo la sombra de una palmera y oír el agua correr y los pájaros cantar.

Es toda una maravilla para la vista con el contraste del verde de la vegetación frente al azul Majorelle y el amarillo que predominan en las construcciones.

Eso sí, mejor acudir a primera hora, pues se forman importantes colas.

Tras un par de horas en el jardín emprendimos el regreso a la Medina. El bus 19 lleva a la plaza Jamma, aunque también podíamos tomar un taxi. Sin embargo, como teníamos tiempo de sobra, volvimos también dando un paseo, aunque esta vez el sol sí que quemaba. Recorrimos un tramo próximo a la muralla, construida en el siglo XII por orden del almorávide Ali Ben Yusuf, de la dinastía de los almorávides, ante la necesidad de proteger Marrakech, que por aquel entonces era un campamento militar y mercado.

Se erigió entonces una Kasbah. En los siglos posteriores la ciudad fue creciendo y el trazado de la muralla tuvo que ser modificado y ampliado varias veces. Sin embargo, con el paso del tiempo acabó resultando ineficaz para contener a los atacantes y hoy queda con una mera función ornamental. Ha sido adaptada para el tráfico rodado, pero se mantiene casi intacta.

Con casi 20 kilómetros de largo y unas 600 hectáreas es la más extensa de todo Marruecos. Sus muros realizados en arcilla roja (la piedra es muy escasa en la región) que cambian de tonalidad según cómo el sol incida en ellos miden entre 8 y 10 metros de altura y entre 1,60 y 2 metros de anchura. Cuenta con 202 torres cuadradas y 22 puertas principales de acceso que comunican la medina con los barrios de Guéliz e Hivernage.

Las puertas más antiguas son Bab er Robb y Bab Agnaou. La primera de ellas era la puerta sur original de la ciudad, mientras que Bab Agnaou forma parte de los restos de la antigua Kasbah y está decorada con piedra verde de Guéliz. De hecho, es la única de piedra. Otras puertas importantes son Bab Doukkala, que con la planificación urbanística del siglo pasado ha quedado fuera de los muros; Bab El Khemis, la más decorada, que se halla al norte; Bab el Jadid;  o Bab el Debbagh.

Para resguardarnos del penetrante sol nos metimos en el Cyber Park, también conocido como Arsat Moulay Abdeslam Cyber ​​Park. Me recordó al Pherozeshah Mehta Gardens de Bombay por sus caminos de arena rojiza, aunque este parque estaba mucho mejor cuidado y era más frondoso.

Creado en el siglo XVIII, fue un regalo del sultán Sidi Mohammed Ben Abdellah a su hijo el príncipe Moulay Abdeslam con motivo de boda. Con el tiempo fue deteriorándose, pero en 2005 Maroc Telecom y la Fundación Mohammed VI para la protección del Medio Ambiente se encargaron de reformarlo y renovarlo, por lo que hoy en día ha recuperado su esplendor y es uno de los parques preferidos de los lugareños para escapar del ruido de la ciudad.

Aunque en su renovación se han incorporado un cibercafé (Maroc Telecom negoció poder obtener ingresos mediante la explotación de algunos espacios), acoge exposiciones culturales espectáculos y en general se ha modernizado (toda la iluminación es solar); también se intenta mantener el estilo y el ambiente original.

Además del Cibercafé, en una de las entradas Maroc Telecom ha instalado una pequeña exposición sobre telefonía donde podemos ver antiguas operadoras, teléfonos de cabina, de rueda, móviles de varias generaciones, módems…

Lleva unos 10 minutos visitarla, pero supone un viaje al pasado y nos lleva a reflexionar lo rápido que evoluciona la tecnología.

Era la una de la tarde y volvimos dando un paseo a la Medina, donde callejeamos en busca de un sitio donde comer. Sin embargo, al final acabamos en el restaurante de la noche anterior, pues sabíamos que era tranquilo, fresco y nos quedaba cerca del riad. Esta vez no elegimos platos para compartir, pues ya habíamos probado los platos locales. Nos decidimos por unos pinchos, una pizza y dos platos de espaguetis (unos a la boloñesa y otros a la marinera).

Comimos tranquilamente y, como aún había tiempo, fuimos en busca de una patisserie para que las primas comieran el postre. Y no sabían muy bien qué elegir, pues había demasiadas opciones. Al final se decidieron por una milhojas y una napolitana de chocolate. Por tan solo 10 Dirhams…

Volvimos al riad, donde esperamos un rato hasta que llegó a por nosotros un empleado que nos cargó el equipaje hasta salir de la Medina. Allí nos nos recogió el conductor que nos llevaría al aeropuerto. En el riad nos habían recomendado que estuviéramos unas 3 horas antes en el aeropuerto, algo que en un principio nos pareció demasiado. Y más teniendo en cuenta que no íbamos a facturar. Pero nos fiamos de su consejo. Y la verdad es que tenía razón, pues llegamos al aeropuerto a las 16:10 y nos encontramos con que había cola antes de entrar en la terminal.

No era excesivamente larga y en apenas cinco minutos habíamos pasado, supongo que no habría muchos vuelos a esas horas. Sin embargo, esto solo era para entrar en el aeropuerto en sí (un escáner de equipaje), dentro hay más escollos.

En Madrid llevábamos nuestra tarjeta de embarque en el móvil, con el código QR, sin embargo, para la vuelta al hacer el checkin online solo pudimos sacar el formato pdf, por lo que nos tocó pasar por mostrador para que nos imprimieran la tarjeta. Segunda cola del día. Eso sí, tampoco nos llevó más de diez minutos, a pesar de que el azafato estaba un poco empanado.

Siguiente paso. Ahora llegaba el turno del control de seguridad, donde sí que había algo más de gente.

Tras pasar por seguridad finalmente quedaba pasaportes. Eran las 17:08 cuando nos pusimos a la cola y había un buen recorrido por las cintas hasta llegar a las casetas de los funcionarios. Había gente que intentaba que le dejaran pasar sin esperar porque su vuelo salía ya, pero la policía les decía que a la cola pepsicola.

La verdad es que tiene su riesgo este último control, pues tampoco puedes hacer mucho para estar antes. Es decir, la puerta de embarque la cierran media hora antes de la hora prevista del vuelo, pero si necesitas pasar por mostrador para recoger la tarjeta, de nada te sirve estar 4 horas antes si no abren hasta que no quedan 2. Quizá para estar el primero en la cola y poder salir pitando para el siguiente control.

En nuestro caso pasó una hora hasta que finalmente nos sellaron el pasaporte. Y después de nuevo otro señor al que enseñarle que efectivamente nos lo habían sellado y no nos habían colado. Y ya por fin llegamos a la zona de tiendas y restauración. Nos habían sobrado unos 300 dirhams, y no merecía la pena cambiarlos, así que dimos una vuelta para comprar algún detalle a la familia. Aunque no nos pudimos entretener mucho, pues veinte minutos después ya habían abierto la puerta. A las 18:40 estábamos embarcando con el sol ya casi ocultándose y dejamos tierra a las 19:09.

El vuelo fue bastante tranquilo hasta que llegamos (intuyo) al estrecho, que tuvimos turbulencias. Pero por lo demás, se me hizo bastante corto, más incluso que a la ida. Eso sí, esto no impidió que algunos se echaran alguna cabezadita.

Aterrizamos en Madrid poco antes de las 9 de la noche, donde nos recibió un clima bastante más fresco que el de Marrakech. Comenzaba la cuenta atrás para el próximo viaje a Berlín en diciembre.

Marruecos X. Día 5 III: Marrakech. Tumbas Saadíes y Madrasa de Ben Youssef

Para concluir la mañana, tras visitar el Palacio Bahía y el Palacio Badii, nos dirigimos a las Tumbas Saadíes, uno de los monumentos más visitados de  Marrakech.

Se encuentran ubicadas en el barrio de la Kasbah, lo que hace que no sea fácil llegar a ellas. La guía de El País Aguilar indicaba que había que pasar por un estrecho callejón junto a la Mezquita Moulay El Yazid, así que a ella nos dirigimos.

Esta mezquita, también conocida como la Mezquita de la Kasbah, data del siglo XII y es una de las más importantes de Marrakech junto con la de la Koutubia. Fue mandada construir por Al-Mansour en el distrito imperial para que así le quedara cerca a la hora de rezar. Como curiosidad, parece que no está bien orientada a la Meca, y es que según el período histórico se ha considerado que esta quedaba en unas coordenadas u otras.

Bordeamos la mezquita y buscamos el famoso callejón… pero nada, después de callejear acabamos en la misma plaza. Venga, segundo intento, pero esta vez tomamos otro recodo a ver. Comenzamos fijándonos bien en los detalles para ver si nos habíamos pasado algún cartel, pero allí solo parecía haber casas… de hecho me fui a meter en un patio y un chaval me dio a entender que era un lugar privado… Así que, nada… seguimos intentando encontrar las famosas tumbas.

En un giro nos encontramos con un señor que nos vio perdidos y nos dijo que si íbamos buscando las tumbas. Al responderle afirmativamente nos abrió su tienda de alfombras para que pasáramos. Resulta que el señor tenía una puerta trasera que conducía al callejón de acceso a las tumbas. Seguro que hay una forma más rápida y sencilla de llegar, pero no la encontramos.

Las Tumbas Saadíes datan de la conocida como Edad de Oro de Marrakech, la época en la que reinaba la dinastía saadí. Actualmente son el único vestigio que queda de aquellos años de esplendor. Y es que, como habíamos visto en la entrada anterior, el sultán alauita Mulai Ismail mandó destruir todo lo perteneciente a sus antecesores. Quizá por superstición o por respeto a los muertos, con el cementerio sin embargo ordenó que se tapiara su entrada con una muralla. Y ocultas quedaron hasta 1917 que los franceses sobrevolaron la zona para la creación de mapas de la ciudad y descubrieron cómo sobresalían los tejados de los mausoleos sobre otros edificios.

En 1557 el sultán Ahmad al-Mansour, el mismo del Palacio Badii, encargó edificar un mausoleo para su madre, Lalla Messaouda (Lalla es el título que se otorga en Marruecos a las mujeres de la Familia Real), sobre la tumba de su padre, Mohamed Cheikh, en un lugar que ya se usaba como necrópolis de nobles. Tiempo después se construyó otro para él y el resto de miembros de la dinastía.

Tras pasar las taquillas, entramos en una zona ajardinada rodeada de altos muros. De hecho, de no saber que se trata de un cementerio, bien podríamos pensar que se trata de un palacio, tanto por las salas ricamente decoradas, como por los jardines. El recinto alberga más de 100 tumbas a ras de suelo decoradas con mosaicos de azulejos. Algunas se sabe que pertenecen a miembros de la familia real, sin embargo, otras están sin identificar y se cree que en ellas descansan sirvientes y guerreros de la dinastía saadí.

En un lado del jardín se erige el Mausoleo de Lalla Messaouda, de planta cuadrada y dos salas laterales. Originalmente era un único espacio, pero con el tiempo fue ampliado con unas pequeñas galerías, una sala para tumbas de la familia y una sala de oración.

Y aunque este edificio llama la atención por la riqueza de su decoración, realmente el que capta toda la atención es el principal. Es fácil de localizar, puesto que hay que hacer cola para ver su interior. Este mausoleo también cuenta con varias salas comunicadas entre sí: La Sala de Oraciones, la Sala de las Doce Columnas y la Sala de los Tres Nichos.

La Sala de Oraciones queda unida con la principal por un arco y se extiende hacia la izquierda de esta. Cuenta con cuatro columnas y un antiguo mihrab y su función es indicar la dirección de la Meca. Aunque su suelo está cubierto de mosaicos y la parte superior de la estancia tiene una bella ornamentación con el típico nido de abeja, en realidad es la más austera de las tres salas.

Paradógicamente, alberga tumbas de la dinastía alauita.

La Sala de las Doce Columnas es donde descansan los restos mortales del sultán, de su hijo y de su nieto.

Todo llama la atención en 10 metros cuadrados. Desde el suelo hasta el techo. Tanto el suelo como las paredes cuentan están completamente decorados con azulejos esmaltados. En determinada altura una cenefa con los versículos del Corán sirve de corte para la parte superior, donde los muros están recubiertos con estucos con el característico dibujo de nido de abeja y rematados con detalles dorados.

La estancia queda cubierta por una cúpula tallada en madera de cedro con relieves de oro que descansa sobre doce columnas (de ahí su nombre) de mármol de Carrara con capiteles adornados con motivos vegetales.

Es impresionante y no me extraña que se forme cola. La decoración, la iluminación, los detalles…muestran el poder de la dinastía saadí. Viendo esta sala una piensa en cómo sería el Palacio Badii antes de su saqueo y lo que nos hemos perdido. Cuesta imaginarlo, pero sin duda debió ser impresionante. No hay más que ver otros ejemplos similares de la arquitectura árabe y andalusí en nuestro propio país.

Por último, la Sala de los Tres Nichos  está dedicada a los príncipes saadíes que fallecieron jóvenes, a las mujeres y a las concubinas.

Bien merecía la espera para poder ver esta joya artística, aunque nosotros apenas hicimos cola unos 5 minutos. Pero claro, era noviembre, supongo que en verano debe llevar mucho más.

Tras quedar maravillados por la visita a las Tumbas Saadíes fuimos en busca de un sitio para comer, que se nos había hecho algo tarde. Teníamos ganas de couscous, ya que no lo habíamos probado en todo el viaje y, tras darnos una vuelta para comparar locales y menús, acabamos en un restaurante en un lateral de la plaza Jemna el Fnaa que tenía una pequeña terraza en el tejado.

Elegimos un couscous de pollo y otro de legumbres. Además, pedimos un Sandwich de pollo y otro mixto.

Los sándwiches, hechos de pan de hogaza casi como si de una hamburguesa se tratara, estaban muy ricos. Y eran contundentes. Los couscous para ser dos diferentes eran prácticamente iguales. La única diferencia era que el de legumbres llevaba unas pocas judías.

Con el sol cada vez más presente en la terraza, decidimos continuar el paseo. La siguiente parada era la Madrasa de Ben Youssef, que lamentablemente habíamos leído que estaba en obras y parecía que no íbamos a poder visitar. De todas formas, probamos suerte a ver si se podía ver por fuera.

Esta escuela de teología coránica se halla al norte de la zona de los zocos junto a una mezquita del mismo nombre. Fundada a mediados del siglo XIV por el sultán Abou el Hassan de la dinastía de los benimerines, fue refundada dos siglos después por el sultán saadí Mulay Abdalah, quien ordenó realizar importantes reformas y renovaciones en el edificio.

Pronto se convirtió en la más importante de todo el norte de África. Contaba con una universidad coránica y una residencia en la que acogía a más de 900 estudiantes de todo el mundo musulmán.

Cerró en 1960 y desde 1982 funciona como monumento. Lamentablemente, una lona nos confirmó que efectivamente estaba en obras y no pudimos ver gran cosa.

Y ya que la madrasa estaba cerrada, decidimos dedicar la tarde a los zocos, aunque no compramos mucho, la verdad. Solo el hecho de entrar en el regateo nos daba algo de pereza. Aunque alguna parece que sí que estaba en su salsa y tenía a los vendedores llamándola a voz en grito para que volviera con el nuevo precio que le ofrecía.

Como aún era pronto, volvimos a la Plaza Jamaa el Fna para dar una vuelta y vivir por última vez el ambiente. Aunque esta vez no pensábamos cenar allí.

De noche volvimos al riad para ducharnos y medio preparar el equipaje, pues aunque teníamos el vuelo el día siguiente a las 6 de la tarde, la habitación la teníamos que dejar a las 12. Así que la idea era desayunar y dejar allí el equipaje hasta después de comer que volveríamos para que nos llevaran al aeropuerto.

Salimos a cenar a un restaurante próximo al riad, Chez Brahim. Esa noche nos lo íbamos a tomar con algo más de calma. Tenían horno de leña y por no repetir de nuevo tajin o couscous, elegimos tres pizzas diferentes (atún, marroquí y vegetariana) y un plato de briwats, (pequeños triángulos de pasta filo rellenos).

Nos gastamos la friolera de 300 Dirhams. Sin duda el primer día hicimos la novatada, pues en comparación fue el día que más caro pagamos la comida.

Tras la cena tocaba volver al riad a dormir.

Serie Terminada: Years and Years

Con cada vez más catálogo seriéfilo resulta complejo seguir todos los estrenos de la temporada, pero hay algunas ficciones que no pasan desapercibidas, ya que enseguida el boca a boca hace su labor. Este es el caso de Years and Years , una miniserie británica que enseguida se ha convertido en una de las joyas de esta temporada. La serie arranca en 2019 y nos presenta a los Lyons, una familia de clase media de Manchester formada por miembros de lo más dispares. Con ellos en el centro de la historia veremos a lo largo de seis capítulos cómo se va desarrollando el futuro de aquí a 15 años. Y no pinta bien.

En la trama hay dos hilos conductores. Por un lado el de la familia y por otro el de Vivienne Rook, una empresaria que salta a la vida política gracias a sus mensajes populistas cargados de patriotismo y xenofobia (algo así como una mezcla entre Marine Le Pen, Daniel Farage, Boris Johnson y Donald Trump). Los Lyons viven en su burbuja, por así decirlo, y se centran en su cotidianidad, en su trabajo, su familia, sus amigos… Lo que ocurre en el mundo está en un segundo plano y es meramente anecdótico, como cuando aparece Rook en la tele soltando exabruptos, que la consideran una loca que está en sus 15 minutos de fama. Sin más.

Sin embargo, aquello que no fue tomado en serio en su momento ha ido escalando y cinco años más tarde se ha convertido en algo que no se puede obviar. En ese lustro Trump ha vuelto a ganar las elecciones, Rusia ha invadido Ucrania, los efectos del cambio climático son cada vez más notables, hay una guerra nuclear entre EEUU y China, Grecia ha iniciado los trámites para salir de la UE, ha muerto Isabel II y Vivienne Rook con su partido Cuatro Asteriscos (clara referencia al Movimiento Cinco Estrellas italiano) va ganando relevancia en la esfera política. De repente lo que ocurre ahí fuera en el mundo ya no resulta tan ajeno e impacta de alguna u otra forma en el día a día de los Lyons volviendo sus vidas del revés.

Con el paso de los capítulos (y de los años) vamos viendo cómo los cambios sociales, políticos, económicos y tecnológicos van afectando a cada uno de los miembros de la familia. Así, Edith (reconocida activista) sufre en sus carnes las consecuencias de la guerra nuclear entre Estados Unidos y China; Rosie (madre soltera de dos hijos que trabaja en un comedor escolar) ve cómo poco a poco se van recortando los derechos de la clase obrera; Daniel (que trabaja para el ayuntamiento dando cobijo a los refugiados ucranianos) vive desde dentro esta crisis humanitaria; Stephen (asesor financiero) y su mujer Celeste (contable) serán testigos del colapso bancario además de tener que gestionar la noticia de que su hija Bethany quiere convertirse en transhumana y subir su consciencia a la nube. Muriel (la abuela de los cuatro hermanos) intenta mantenerlos a todos unidos mientras aporta algo de cordura y reflexión ante los acontecimientos.

Los hechos se suceden de forma vertiginosa y los años pasan con rapidez, sin embargo, siempre se vuelve a la familia como punto de referencia. El tener unos mismos personajes a lo largo de la historia hace que el espectador se involucre más y produce un mayor impacto aludiéndole y llamándole a la reflexión. Y es que a priori, aunque haya aspectos que nos puedan sonar distópicos y/o exagerados, en realidad, si nos paramos a pensar, Years and Years no plantea un futuro tan alejado. Ya hemos vivido guerras entre grandes potencias, pérdida de derechos tanto civiles como laborales, colapsos bancarios, crisis de refugiados, inestabilidad política, auge de populismos y xenofobia, corrupción, fake news, discusiones éticas sobre la evolución de la ciencia o la tecnología, terrorismo o efectos del cambio climático. Y eso es lo que realmente aterra (y atrae) de la serie, que no nos extrañaríamos de leer, oír o ver en las noticias cualquiera de estos sucesos. Salvo lo de España gobernada por un partido de extrema izquierda y la Familia Real exiliada a Mónaco, es una distopía muy factible. De hecho, en muchos casos la realidad supera a la ficción.

Years and Years nos retrata como sociedad acomodada que ha perdido conciencia de la acción colectiva y que piensa que aquello que no afecta directamente a su día a día, no influirá indirectamente. El individualismo nos ha hecho olvidar que lo personal es político y que hay que tener ambición y un punto de rebeldía. La serie juega el papel del fantasma de las próximas navidades presentándonos un más que posible futuro si no tomamos partido y nos implicamos y nos deja con una reflexión a modo de moraleja en boca de Muriel:

“Es culpa nuestra. Todo. [….] Los bancos, el Gobierno, la recesión, Estados Unidos, la Sra. Rook. Todo lo que ha ido mal es culpa vuestra. Todos somos responsables, cada uno de nosotros. Podemos pasarnos el día culpando a otros. Culpamos a la economía, a Europa, a la oposición, al clima y al vasto incontrolable curso de la historia, como si no dependiera de nosotros, seres indefensos e insignificantes. Pero sigue siendo culpa nuestra.  ¿Sabéis por qué? Por la camiseta de una libra. Una camiseta que cuesta una libra. No podemos resistirnos, ninguno de nosotros. Vemos una camiseta que cuesta una libre y pensamos: Qué ganga, me la quedo. Y la compramos. No para vestir, Dios nos libre, pero servirá como camisetita interior para el invierno. Y el tendero se lleva cinco peniques miserables por esa camiseta. Y un pobre campesino recibe cero coma cero un penique, y nos parece bien. Todos entregamos nuestra libra y contribuimos a ese modo de vida”.

Y aunque aquí podríamos abrir el debate de que también quien compra una camiseta a una libra es una víctima del sistema porque quizá sus condiciones no le permiten comprar algo que no venga de la explotación, se entiende el mensaje de que no hay que conformarse y tragar con las injusticias, sino, en la medida de lo posible, levantarnos y reclamar otro modelo de vida. Sin duda una serie para la reflexión.