Road Trip por Islandia XXVII: Día 12 III Parte. Seljalandfoss y Gljúfrafoss

Íbamos por la Ring Road tras abandonar Skógafoss cuando nos sorprendió una valla llena de sujetadores en la granja Brekkukot. Según los rumores, todo empezó una noche allá por 2012 cuando unos locales estaban de fiesta y les dio por robar sujetadores a una vecina. Desde entonces, ha surgido la costumbre de que toda la que pasa, deja uno.

Parece que a los dueños del terreno no les importa mucho, eso sí, solo aceptan sujetadores, nada de ropa interior o calcetines. Incluso han habilitado una caja para que la gente deje donaciones para la investigación del cáncer de mama.

Unos kilómetros más adelante llegamos a nuestro destino, la cascada Seljalandfoss. 

Tomamos el desvío de la carretera 249 tal como indicaba la señal, sin embargo, nos encontramos con que el aparcamiento más próximo era de pago.

Ya nos había pasado en Svartifoss, pero al menos allí íbamos a dejar el coche el día entero por la excursión, así que de alguna manera amortizábamos el pago. En este caso no estimábamos que fuéramos a estar más de una hora y 750 ISK nos parecía un tanto desorbitado. Este aparcamiento parece de reciente creación como consecuencia del aumento del turismo en los últimos años. Cuenta con baños, varias casetas de comida y un merendero que permite observar la cascada.

No obstante, justo en la conjunción de la Ring Road con la 249 había otro pequeño aparcamiento (imagino que el que ha habido siempre), por lo que volvimos pues por donde habíamos venido, y probamos suerte. Coincidió que había varios coches que se iban, por lo que pudimos dejar el coche sin problema. Desde allí hay que caminar unos 800 metros, por lo que tampoco es un trauma no aparcar a los pies de la cascada. Es una distancia perfectamente asumible a pie. Incluso con lluvia intermitente.

Seljalandfoss tiene una altura de más de 60 metros y así desde lejos no parece tener nada que la haga destacar de otras tantas cascadas en el país. Sin embargo, tiene la peculiaridad de que se puede andar por detrás de ella gracias a un sendero que se mete hacia el propio acantilado por el que se precipita el agua del río Seljalandsá. Imagino que con el paso del tiempo la erosión ha ido desgastando esta parte de la roca y de ahí la cavidad.

Cae con bastante fuerza y, aunque hay cierta distancia, el baño es inevitable.

Hay que tener mucho cuidado con las cámaras, pues como además haga un poco de viento, la cosa se complica. En invierno no creo que sea muy recomendable hacer el recorrido, ya que seguramente esté todo el camino helado y sea fácil resbalarse.

Además de una perspectiva frontal o desde detrás, también se puede subir al acantilado para tener una vista cenital de la cascada.

A un corto paseo de Seljalandfoss hay una segunda cascada más pequeña y también menos conocida, la Gljúfrafoss.

También es llamada Gljúfrabúi (“la que se esconde en el cañón”), y es que queda oculta tras un acantilado. Para llegar a ella hay que entrar por una hendidura en la roca agarrándose a las paredes verticales y saltando de piedra a piedra parcialmente cubiertas por el río.

Es imprescindible para la aventura llevar calzado y ropa impermeable y mirar muy bien dónde se ponen los pies y las manos. Además, tiene la complicación añadida cuando hay gente, ya que o unos se esperan para salir, u otros para entrar. Todos a la vez es imposible. Salvo que el río vaya seco (se nutre del deshielo de primavera)… pero entonces, ¿dónde está el interés?

Una vez dentro, la vista es impresionante. A nosotros fue la cascada que más nos gustó. Es verdad que solo mide 40 metros, pero el hecho de tener que entrar hasta la cueva, de estar recogidos en el interior con todo cubierto de verde, con el silencio solo roto por el ruido del agua, la luz cenital…

Una maravilla.

Tras la visita de estas dos cascadas volvimos al coche, donde, antes de marchar, nos comimos unos sándwiches. Sobre las tres de la tarde volvimos a la carretera con la dirección de nuestro alojamiento como destino en el GPS, sin embargo, una hora y media después vimos desde la carretera el Krónan de Hvolsvöllur, así que paramos para hacer algo de compra, ya que al día siguiente teníamos una excursión a las Tierras Altas y tendríamos que llevarnos comida. Con el maletero lleno continuamos 13 kilómetros a Hella, donde íbamos a pasar un par de noches.

A pesar de ser un día en el que habíamos tenido que retroceder por la lluvia del día anterior, al final no se nos dio mal y no eran ni las cinco cuando llegamos al alojamiento, lo cual no nos venía mal dado que al día siguiente teníamos que madrugar e íbamos a estar todo el día de ruta de montaña.

Ese día sumamos otros 150 kilómetros.

Habíamos reservado una habitación en el Welcome Riverside Guesthouse, un alojamiento que originalmente fue construido en la década de 1930 en Þingvellir para el rey Kristján X (Rey de Dinamarca, pero también de Islandia pese a haberse independizado en 1918) en el aniversario del establecimiento de la Asamblea General en el año 930.

Reacondicionado como albergue, cuenta con varias habitaciones dispuestas en torno a una sala común en la que encontramos varias mesas.

El dormitorio en sí era algo pequeño, apenas cabían dos camas de 90 y un armario, pero elegimos este alojamiento porque nos daba la opción de cocinar y porque el autobús de la excursión a las Tierras Altas paraba a tan solo unos metros.

Teníamos un pequeño lavabo también, que no está mal para poder asearse, dado que los baños eran comunitarios.

La cocina estaba dispuesta de forma que en ambas paredes había lo mismo: una nevera, unos fuegos, un horno, un fregadero… Contaba con un gran termo, con tostadora, cafetera, calentador de agua, ollas, platos… En fin, estaba perfectamente equipada.

Buscamos un hueco en uno de los frigoríficos para dejar aquello que requería conservación en frío y descargamos el coche. Aprovechamos que teníamos tarde por delante para poner algo de orden en las maletas, preparar la ropa del día siguiente, copiar fotos al ordenador y para relajarnos un rato.

Ya a última hora de la tarde nos duchamos y preparamos la cena, una sopa y unos espaguetis. Una combinación un tanto rara, pero había que ir acabando con las existencias.

Tras reposar un rato la cena nos fuimos a acostar pronto, pues al día siguiente teníamos que madrugar.

Road Trip por Islandia XXVI: Día 12 II Parte. Skógafoss

Nuestra tercera parada en el día fue Skógafoss, una de las cascadas más famosas del país. También conocida como Skógarfoss, se ve ya desde la carretera y, a medida que nos acercamos, apreciamos el ruido ensordecedor y la nube que crea a su alrededor.

Su nombre significa “cascada del bosque”, y es que está rodeada de verde por todos lados. Como no podía ser menos, existe una leyenda en torno a ella. Esta narra la historia de un cofre de oro que enterró un vikingo en una cueva bajo la cascada y que fue descubierto poco después para acabar desaparecido para siempre.

Hay habilitado un aparcamiento que, como ya estábamos viendo desde hacía un par de días, estaba lleno. Nos quedó bastante claro que la zona sur está muy demandada turísticamente. En el área hay además un museo y un restaurante, por lo que más motivo aún para congregar gente.

Skógafoss se puede ver bien desde abajo, de una manera más o menos frontal y con cierta distancia (pues salpica), o bien desde arriba, ya que se puede subir por una escalera de madera hasta lo alto del acantilado. Nosotros preferimos empezar por ahí.

En la imagen sobre estas líneas se ve el camino que lleva la escalera por la parte derecha hasta lo alto de la montaña y como se puede apreciar, muy cómodo no hicieron el ascenso. No son para nada unas escaleras descansadas, sino que en ocasiones hay que dar buenas zancadas. O quizá es que yo soy muy baja para los estándares islandeses, que también puede ser. El caso es que la subida nos llevó un rato porque nos íbamos parando de vez en cuando. Lo bueno es que esos descansos nos permitían otear el horizonte y ver cómo se iba quedando cada vez más lejos el aparcamiento.

Una vez en la parte superior, tras haber subido 527 escaleras, nos podemos asomar a un mirador voladizo desde el que también nos mojamos por la fuerza con la que se precipita por la roca el río Skógá.

Una vez en lo alto de la montaña se puede seguir un camino que sigue el curso del río. Además, si se dispone de tiempo y ganas, se puede recorrer el Sendero de Fimmvörðuháls (sendero de los cinco hitos montañeros), una especie de GR de 26 kilómetros que une la costa sur con el interior del país atravesando el collado que separa los glaciares de Eyjafjallajökull y Myrdálsjökull siguiendo el trazado del río Skógá.

Nosotros nos conformamos por recorrer los alrededores, donde pudimos ver más de un salto de agua en medio de un paisaje totalmente verde.

Después de una media hora aproximadamente, volvimos a bajar para, esta vez, apreciar la cascada desde abajo.

Esta vista es, sin duda, la más fotogénica, ya que permite captar su majestuosidad. Con una anchura de más de 15 metros y una altura de 62, resulta una de las más anchas, grandes y caudalosas de Islandia. Los precipicios son antiguos acantilados que fueron formados por la erosión marina en la última Edad de Hielo. Luego el nivel del mar fue mucho más alto de lo que es ahora como resultado del deshielo del glaciar.

Tanto el río como la cascada Skógáfoss fueron declarados monumentos naturales protegidos en 1987.

Hicimos algunas fotos desde la distancia y nos fuimos aproximando, sin embargo, en determinado momento es imposible ver nada como consecuencia de las gotas en suspensión. El resultado fue que salimos de allí totalmente empapados.

De vuelta en la carretera hasta que no se interpuso una montaña, Skógafoss seguía siendo visible.

Y de cascada a cascada, pues nuestra siguiente parada en la ruta era Seljalandfoss.

Spotlight

En 2002 un equipo de reporteros de Spotlight, la sección de investigación del periódico estadounidense The Boston Globe, publicó un reportaje en el que se desenmascaraba un escalofriante número de abusos sexuales continuados durante cuatro décadas y encubiertos por la Iglesia Católica de la ciudad. Este trabajo fue premiado con el Premio Pulitzer al servicio Público en 2003 e inspiró a Tom McCarthy (The Wire, La voz más alta), quien decidió llevar la historia a la gran pantalla en 2015.

Spotlight reivindica la rigurosidad periodística, un periodismo que no entiende de urgencias sensacionalistas ni de clickbaits. Ese en el que interesa más el cómo que el qué, quién, cuándo y dónde. La película apuesta por tomar distancia para transmitir objetividad huyendo del sensacionalismo o del melodrama sentimental. Lo interesante es contar los hechos, por eso no se pierde en presentar a los personajes más allá de lo que a su trabajo se refiere. Las motivaciones que pudieran tener o su vida privada son totalmente irrelevantes, aquí la protagonista absoluta es la historia de la pederastia.

El filme no se pierde en subtramas, sino que va revelando poco a poco las piezas del escándalo creando una tensión que mantiene al espectador en vilo durante todo su metraje. Se centra en cómo trabajaban los periodistas para llegar a la noticia, cómo revisaban las hemerotecas o las sentencias en juzgados, cómo contrastaban las fuentes entrevistando a varias personas, las dudas que se planteaban antes de publicar nada… Recuerda en este aspecto a The Newsroomaunque es mucho más pausada. No tiene ese ritmo vertiginoso de los guiones de Sorkin.

Spotlight defiende ese periodismo que busca la verdad pero también deja un recado a esos profesionales que, pese a tener los datos ante sus narices, los han pasado por alto. Y esta crítica podría ser extendible a la sociedad que no supo ver esos abusos ocurridos durante décadas. Porque no fue un caso ni dos, sino que el reportaje destapó que estaban implicados casi 250 sacerdotes (aparte de toda la cúpula que los tapó). Es todo un referente en lo que a su género se refiere. Y lo es por la historia que cuenta, por el mensaje que transmite y cómo lo hace, por el ritmo y su estructura, por un reparto plagado de grandes estrellas, así como por el reflejo de una profesión y de una sociedad. Una cinta digna de todas las facultades de Ciencias de la Información.

Road Trip por Islandia XXVI: Día 12. Playa de Reynisfjara y Península de Dyrhólaey

Después de una tarde de relax y de una buena noche de descanso, nos levantamos con intención de aprovechar al máximo el día. Además de lo que teníamos planeado para esa jornada, queríamos retroceder para cubrir parte de lo que nos habíamos dejado la anterior ya que amaneció con un sol espléndido y ni una nube en el cielo. Así pues, preparamos las maletas y bajamos a desayunar. La dueña de la casa se había pasado por allí para ver qué tal todo y nos estuvo preguntando a todos los huéspedes por nuestra procedencia, la ruta que estábamos haciendo, si nos estaba gustando el país y además nos dio algún que otro consejo.

Tras desayunar y cargar el coche bajo la atenta mirada del perro de la dueña, nos despedimos poniendo rumbo al este. Salimos a las 9 de la mañana y unos tres cuartos de hora más tarde estábamos de nuevo en la Playa de Reynisfjara.

La diferencia con el día anterior era abismal. Durante todo el camino pudimos disfrutar de un paisaje montañoso y verde, nada que ver con el ambiente plomizo como consecuencia de la lluvia. Así, no era de extrañar que el aparcamiento estuviera plagado de coches y autocares. Eso sí, el restaurante aún estaba cerrado.

Dejamos el coche en el primer hueco que vimos y nos dirigimos a la playa. Con el cielo despejado pudimos apreciar las numerosas señales que nos avisan de la peligrosidad de la zona. Dado que las mareas son fuertes, está prohibido bañarse, pero además hay que tener cuidado con las olas incluso fuera, ya que pueden llegar más lejos de lo que a priori se puede esperar.

Como ya ha habido más de un ahogamiento, en un lateral del camino hay dispuesto un salvavidas.

También es una zona de riesgos de desprendimiento, ya que se ubica a los pies de Reynisfjall, una montaña que tiene unas dimensiones de 5 kilómetros de largo y 800 metros de ancho. Además, tiene una característica que la hace destacar y es que la parte que da al mar cuenta con unas columnas basálticas que, como ya hemos visto en otros lugares, se produjeron por el enfriamiento lento de la lava. En este caso, viendo su regularidad, se puede afirmar que fue un proceso muy lento.

La montaña cuenta además con varias cuevas, la más famosa se halla tras las columnas y recibe el nombre de Hálsanefshellir. En su interior tanto en techo como en paredes, se pueden apreciar también curiosas estructuras.

Hay que tener cuidado al meterse en su interior ya que si sube la marea o las olas vienen muy largas se correr el riesgo de quedarse encerrado.

Pese a todos los peligros que entraña, fue nombrada una de las diez playas de islas más bellas del mundo por la Islands Magazine en 1991. La verdad es que resulta hipnótico ver cómo la arena y guijarros negros desaparecen con el vaivén del agua.

En el extremo oeste de la playa podemos alcanzar a ver el Arco de Dyrhólaey, algo impensable el día anterior. Se trata de una estructura formada por lava y que se ha ido moldeando con el tiempo por efecto de la erosión del agua y el viento. Se erige 120 metros sobre el nivel del mar, por lo que desde él se pueden ver las playas próximas y se siente el rugido del mar. Si se mira al lado opuesto, se ve el casquete del glaciar Mýrdalsjökull.

Dyrhólaey significa “la isla del agujero en la puerta”, y es que este pedazo de tierra era una isla que ha acabado uniéndose a Islandia convirtiéndose así en una península. 

En el lado opuesto de la playa destacan las rocas Reynisdrangur, tres formaciones bálticas que, al igual que el arco, están expuestas a la continua erosión y oleaje del Atlántico.

La más alta de las tres mide 66 metros y según la leyenda popular son tres trolls que se convirtieron en piedra cuando les sorprendió la luz del amanecer al intentar separar los fiordos del oeste del resto de Islandia. Sus nombres son: Skessudrangar, Landdrangar y Langhamrar. 

Tras una media hora en la playa, cuando vimos que empezaba a llegar cada vez más gente, decidimos marcharnos y continuar con nuestra ruta. Recorrimos la corta distancia existente entre Reynisfjara y la Península de Dyrhólaey encontrándonos en nuestro camino con alguna iglesia solitaria y alguna casa salpicada en medio de las montañas.

Una vez en la Península de Dyrhólaey dejamos el coche en el aparcamiento y seguimos el paseo delimitado. Y es que la Península de Dyrhólaey es desde 1978 una reserva natural, por eso no es de extrañar que haya que seguir un recorrido para no dañar el espacio. Como en tantos otros lugares que se han llenado de turistas, están prohibidos los drones.

Aquí cobra aún más sentido, ya que la península tiene una gran diversidad de aves, algunas protegidas, y es el mejor lugar de Islandia, junto con algunas de sus islas, para ver frailecillos. Dado que cientos de aves se reproducen entre mayo y junio, entre estas fechas está cerrada.

Sus acantilados son los más famosos de Islandia y las vistas son impresionantes, eso sí, hay que tener siempre cuidado ya que el viento sopla con gran intensidad. De todas formas, hay cuerdas colocadas a una altura razonable para impedir asomarse al precipicio más allá de lo prudente.

En el extremo del arco se encuentra un faro construido en 1927 para sustituir a una primitiva estación de luz construida en 1910. Sigue en funcionamiento, aunque ahora es automático, ya no hay un farero encargado de su manejo. En su lugar, la residencia se ha transformado en alojamiento para hasta cinco personas.

El edificio principal es una torre cuadrada construida en hormigón y pintada de blanco y rojo que mide 13 metros. En la parte superior es donde se ubica la gran linterna roja de metal que emite una luz blanca que parpadea cada 15 segundos.

Lamentablemente con nuestro vehículo no se podía acceder al camino que conducía al faro, por lo que continuamos por la Ring Road dirección Skógafoss.

Road Trip por Islandia XXV: Día 11. De Kirkjubæjarklaustur a Skógafoss

Tal y como indicaba la previsión meteorológica, nos encontramos con un día lluvioso. Además una lluvia que dejaba un ambiente plomizo en el que apenas se podían ver los alrededores. No sabíamos muy bien qué nos íbamos a encontrar ni cómo nos iba a afectar en nuestra planificación, pero en el hotel no nos podíamos quedar. Así pues, comenzamos la mañana como si no lloviese y dejamos nuestras maletas preparadas antes de ir a desayunar.

El comedor se encontraba junto al bar, un espacio en el que prácticamente todos los rincones estaban cubiertos por sofás o butacas.

Una vez pasada esta zona encontramos las mesas dispuestas en torno a un bufet bastante completo. Teníamos para elegir entre bebidas calientes, frías, diferentes tipos de leche, cereales, bollería, embutido, quesos, huevos, mantequilla, mermeladas y algo de fruta.

A las 9:30, después de desayunar y cargar el coche, nos pusimos en marcha dirección oeste sin muchas esperanzas de poder cumplir con la ruta planificada.

Antes de marchar pensamos en dar una vuelta por Kirkjubæjarklaustur, pero la lluvia era constante y tan pronto poníamos el pie en el exterior, acabábamos empapados. Al final lo único que hicimos fue acercarnos a la cascada Systrafoss que habíamos visto el día anterior de pasada. Su nombre significa “cascada de las hermanas” y se lo debe a un convento de monjas benedictinas que hubo en el pueblo hasta 1550.

Está en medio de una zona boscosa, una de las pocas del país. Los primeros árboles de este bosque fueron plantados en 1945 por familias locales con ayuda de gente de los alrededores. Pronto se convirtió en uno de los mayores bosques privados del país. Alberga algunos de los árboles más altos de Islandia, el más alto, que data de 1949, por 2012 medía ya 25,3 metros.

Desde 1966 queda bajo la supervisión del Iceland Forest Service, entidad que se ha encargado de plantar más especies, construir senderos e instalar bancos.

Después de embarrarnos y echar unas pocas fotos, volvimos al coche. No estábamos para hacer una ruta dadas las condiciones del terreno. Abandonamos el pueblo y antes de retomar la Ring Road nos desviamos en la 203 para hacer visitar Kirkjugólf, una peculiar formación geológica ubicada a los pies de las montañas. Se halla dentro de una propiedad privada vallada lo que no quiere decir que no se pueda cruzar, tan solo que hay que cerrar después.

Una vez cruzada la valla hay un corto paseo, aunque como llovía, se nos hizo algo más largo. Kirkjugólf es una formación de columnas basálticas erosionadas en las que se puede ver la parte de arriba de las columnas. Kirkjugólf significa “suelo de iglesia”, lo que puede dar a pensar que hubo, en algún momento de la historia una iglesia en esta área incluso se llega a asociar con los cuentos de ermitaños irlandeses. Sin embargo, no hay registros de ningún tipo de edificio erigido en la zona. Simplemente recibe este nombre porque su textura y apariencia se asemeja al suelo de una iglesia, pero es consecuencia de la propia naturaleza y no ha habido intervención humana.

Kirkjugólf está considerado como monumento natural desde 1987, una consideración que ha hecho que quede protegida aproximadamente una hectárea a su alrededor.

 

Muy cerca encontramos una especie de cono, se trata de la tumba de Hildir Wystensson, un pagano que según puso un pie en la finca, cayó muerto. Y es que según la leyenda los primeros habitantes de Kurkjubaer eran ermitaños irlandeses cristianos, pero estaba prohibido que los paganos se mudaran allí.

Empapados, volvimos al coche y retomamos la Ring Road. Apenas unos kilómetros más adelante nos desviamos en el camino Holtsvegur con intención de hacer una ruta por Fjaðrárgljúfur, un profundo cañón de 100 metros de profundidad surgido como consecuencia de la erosión del flujo de agua proveniente del deshielo de los glaciares. Habíamos leído que no era complicado recorrerlo, pues había una ruta de apenas un par de kilómetros en línea recta, sin embargo, el clima no nos daba tregua. Llegamos de aquella manera al aparcamiento, ya que la carretera era de tierra y estaba todo embarrado. Además, nos encontramos con una feria de ganado y estaba todo lleno de pick ups y grandes vehículos, así que iban dejando importantes marcas de sus ruedas.

la carretera que lleva hasta al parking es de tierra. Esta comenzará con una subida que rápidamente se dividirá en dos. En este caso tendremos que girar a la izquierda a pesar que la carretera de tierra principal va hacia la derecha.

Bajamos del coche e intentamos acercarnos a una cascada no muy lejana, pero el viento lateral y la lluvia resultaban muy incómodos, por lo que al final desistimos y decidimos continuar.

Volvimos a la carretera principal y seguimos durante hora y media apenas viendo el paisaje porque la lluvia hacía que hubiera un ambiente plomizo. Sí que pudimos ver el verde campo de lava Skaftafellhraun.

Creo que de todos los campos de lava que habíamos visto en los últimos días, este era el que tenía un aspecto más esponjoso y colorido. Había un sendero para poder caminar por él sin dañarlo, pero como seguía diluviando, nos conformamos con verlo desde el coche.

No muy lejos se halla Laufskálavarða, una zona que recibe su nombre de la granja Laufskálar, que fue destruida en el año 894 a causa de la erupción del volcán Katla. Tiempo después se convirtió en tradición que todos aquellos que pasaban por allí por primera vez apilaran piedras formando una montañita para tener suerte durante su viaje.

Con el tiempo, se empezó a convertir en una costumbre popular y hoy en día podemos ver un importante área plagada de ellas. Hay ya tantas que se ha pedido que no se siga haciendo, porque se puede dañar el medio ambiente simplemente con cambiarlas de sitio.

En un origen este tipo de mojones lo colocaban los colonos para marcar los senderos o delimitar terrenos. Después los lugareños comenzaron a usar este método como marcador de navegación.

Tras la breve parada seguimos con nuestra ruta acompañados por las montañas, las nubes y la lluvia.

A media mañana llegamos a Vík í Mýrdal, o Vík, como se suele simplificar. Flanqueado entre montañas y el Océano Atlántico, es el más meridional del país y además ostenta el título de población más lluviosa de toda Ia isla. Este pueblo, a medio camino entre Reykjavik y Höfn, es junto a Selfoss uno de los más importante del sur de Islandia. Sin embargo, sigo llamándolo pueblo porque no llega a ser una ciudad. Con 350 habitantes, tiene su importancia sobre todo por lo aislada que está. Puede haber fácilmente unos 70 kilómetros a la redonda sin otra localidad medianamente relevante y con determinados servicios, por eso hicimos una parada para repostar y hacer la compra en un Kronan.

En el pueblo destaca la Reyniskirkja, una pintoresca iglesia de color blanco y tejado rojo que contrasta con el verde de los alrededores. Queda aislada en medio de la carretera 215 y de la montaña Reynisfjall, rodeada por un pequeño cementerio. La primera iglesia se erigió a mediados del siglo XIX y era de madera. Sin embargo, pronto se pudrió como consecuencia de la humedad. Volvió a ser levantada antes de 1900, pero obviamente la climatología volvió a hacer su trabajo. Como parece que se dieron cuenta de que la madera no terminaba de casar muy bien con las condiciones meteorológicas del lugar, finalmente en 1966 se construyó una nueva ya en roca, que es la que se puede ver hoy en día.

Además, hay una segunda iglesia, la Víkurkirkja, de arquitectura típica islandesa. Se halla en lo alto de una colina, ofreciendo una vista impresionante de la zona.

Nos refugiamos en el centro comercial, donde además del Kronan había tiendas de recuerdos con imanes, ropa y todo tipo de objetos de merchandising, pero cuando salimos seguía lloviendo. La lluvia no nos iba a dar tregua en todo el día, pero de todas formas tomamos la carretera 215 para acercarnos a la Playa de Reynisfjara, una de las famosas playas negras de Islandia.

Sin embargo, de nuevo, poco podíamos hacer, ya que las nubes seguían tan bajas, que no se veía apenas. La lluvia calaba y el viento hacía que fuera muy incómodo andar por allí. De hecho, apenas había gente. Nos resguardamos un poco en la cueva y llegamos a la conclusión de que ese día lo tendríamos que dar por finiquitado, porque era absurdo acabar empapados cada vez que bajábamos del coche y sobre todo no ver nada. Así que, decidimos poner rumbo a nuestro alojamiento y tomarnos la tarde libre, acostarnos pronto y esperar que el día siguiente fuera mejor.

Llegamos a la casa a las 16:15 con apenas 135 kilómetros recorridos, el día que menos. A los pies de la montaña, se trataba de un edificio perteneciente a una granja cercana. Supongo que cuando los hijos se independizan se construyen sus nuevos hogares en el terreno familiar.

No muy lejos se hallaba Seljavallalaug, la piscina más antigua de Islandia que aún hoy en día sigue en funcionamiento (se inauguró en 1923 para que aprendieran a nadar los locales). Sin embargo, con el día que teníamos, íbamos a tener que omitirlo también, y es que para llegar a ella tras dejar el coche en un aparcamiento había que continuar a pie durante unos 15-20 minutos campo a través. No era una buena opción con aquel diluvio y todo embarrado.

La puerta de la casa estaba abierta y en el zaguán había una gran pizarra con las indicaciones para la estancia y el número de habitación asignado para cada huésped. Así pues, descargamos el coche, nos descalzamos y nos pusimos a inspeccionar. Daba la sensación de que aquella casa era muy nueva, que la tenían preparada para mudarse pero que con el auge del turismo en el país, la habían dejado para alquilar.

En la planta baja de la casa había un par de habitaciones, un baño y las zonas comunes: cocina y salón.

En la cocina teníamos un cajón con el número de nuestra habitación para dejar nuestras cosas y por lo demás las alacenas estaban totalmente equipadas con todo tipo de utensilios y una buena despensa.

El salón tenía un amplio sofá y una gran mesa junto a la que había dispuesta una consola donde prepararían el bufet de desayuno del día siguiente.

En la segunda planta encontramos varias habitaciones (entre ellas la nuestra) y un enorme baño a compartir.

Me llamó la atención que siendo tan amplio tuvieran un mueble de lavabo tan pequeño. También que hubiera una segunda lavadora (en el zaguán había una junto a una secadora) y que ninguna pudieran ser usadas por los huéspedes.

El dormitorio era pequeño y abuhardillado, pero teníamos un pequeño espacio junto a la cama donde dejar las maletas.

Aunque como cuando llegamos, estábamos solos en la casa, nos bajamos al salón.

Fue una pena no haber podido seguir la planificación prevista, sin embargo, tampoco nos venía mal de vez en cuando una tarde de descanso. Esperábamos que el día siguiente despejara algo.

La otra mirada

Un mes de cuarentena da para mucho, así que tiré de lista de series y películas pendientes y casi puedo decir que me puse al día. Una de las ficciones que tenía a la espera de sacar tiempo era La otra mirada, producción de rtve que se centra en la vida en una academia de señoritas de Sevilla en la España de 1920. No soy yo mucho de series españolas y menos de época, pero había leído tan buenas críticas de ella que cuando la encontré en el catálogo de Amazon Prime Video decidí darle una oportunidad. Y al final, vi un capítulo detrás de otro hasta ventilarme las dos temporadas (aunque la segunda la tuve que buscar en la web de rtve.es).

La ficción arranca con Teresa Blanco, una mujer de mentalidad avanzada, huyendo de Lisboa y yendo a parar a Sevilla en busca de una chica que estudia en la Academia de Señoritas que regenta Manuela, una joven que acaba de asumir su papel como directora tras la jubilación de su madre. Teresa se incorporará al centro como profesora de Literatura y aportará esa nueva mirada a la que hace referencia el título de la serie. Ella es una mujer que ha viajado por todo el mundo y que se ha empoderado. Fuma, lleva pantalones y sigue soltera por decisión propia a pesar de tener una edad en la que casi se esperaría que fuera incluso abuela. Hace lo que le da la gana. Es decir, vive como hacían los hombres en su época.

Esta perspectiva choca frontalmente con los métodos de enseñanza del centro muy encorsetados, en donde priman las apariencias y apenas se deja a las alumnas participar. Así, se arma un revuelo cuando ella anima a las chicas a expresar sus opiniones libremente y fomenta el diálogo.

El mensaje feminista es muy evidente y además de la libertad de expresión introduce temas como el derecho a sufragio, el acceso a la educación, la igualdad salarial, el pensamiento crítico, el sometimiento al marido, la maternidad impuesta, la sexualidad, la violación, la obligación de ocultar la homosexualidad, la participación femenina en el deporte, la dictadura de la estética y los cánones de belleza, el clasismo, el racismo, las enfermedades mentales… Y lo triste es que refleja situaciones que un siglo después siguen de vigente actualidad.

La serie va creciendo con cada episodio, y de la misma forma lo han ido haciendo los personajes con cada problema al que se han ido enfrentando. Todas ellas, tanto alumnas como profesoras, han ido viviendo sus viajes personales que les han hecho más fuertes tanto individualmente como de forma grupal. Es una pena que haya acabado con tan solo dos temporadas, pues aún quedaba mucha tela que cortar.

Road Trip por Islandia XXIV: Día 10 II Parte. Cascada Svartifoss

De vuelta en el centro de visitantes del parque y tras haber comido, iniciamos la segunda ruta del día. Esta vez la S2, que conduce a la cascada Svartifoss.

Nos íbamos a meter unos buenos kilómetros en el día de hoy, pero es que no nos podíamos saltar esta cascada, considerada una de las mejores de toda Islandia. Se encuentra a algo más de kilómetro y medio del aparcamiento y su ruta está clasificada con el color azul, lo cual quiere decir que es de dificultad baja. No obstante, esta catalogación hace más referencia a que no tiene obstáculos en el camino, ya que fácil fácil realmente no es, pues cuenta con un desnivel importante y hace falta cierta forma física o al menos tomárselo con calma. No es tan exigente como la ruta de Hengifoss, pero desde luego no es un paseo en llano. Eso sí, al menos está preparada con una malla para evitar barro y deslizamientos del terreno.

El sendero quedaba protegido por la vegetación aunque en algunos tramos se despejaba y se podían ver los alrededores.

Asimismo íbamos viendo el río y encontrándonos con algunos saltos de agua menores.

Cuando llevábamos algo más de un kilómetro ya comenzamos a ver la cascada precipitándose por el precipicio bordeado por el verde intenso de la vegetación, pero aún nos quedaba un trecho por recorrer.

Una vez en la explanada en la que se bifurcan las rutas ya pudimos atisbarla totalmente de frente y sin obstáculos ante nosotros.

No es la más alta (mide 20 metros) ni la más ancha, le ocurre como a Hengifoss que lo que la hace destacar es su entorno, ese desfiladero de columnas basálticas. Estas columnas hexagonales son como las de Litlanesfoss, de origen volcánico, y se cristalizaron cuando el flujo de lava se enfrió de manera extremadamente lenta.

Hay unas escaleras que bajan a la base de la cascada, pero acaba en un lateral, por lo que si se quiere contemplar de frente hay que salir de este camino marcado y meterse en el cauce del río. En verano esto es fácil porque hay partes secas y otras donde no cubre mucho. En invierno y primavera ha de ser más peligroso porque las rocas estarán resbaladizas por el hielo. De hecho la propia cascada va formando estalactitas.

Parece ser que esta cascada sirvió de inspiración para la moderna Hallgrímskirkja, en Reikiavik. Aunque en realidad desfiladeros de columnas basálticas hay muchos repartidos por el país, por lo que cualquiera podría haber dado lugar a la idea.

Después de un rato haciendo fotos, emprendimos el descenso para volver de nuevo al aparcamiento. Se puede cruzar el puente y hacer la ruta circular, o bien bajar por el mismo camino que se sube. Esta segunda opción es la que elegimos nosotros, llegando al camping, que por aquellas fechas estaba bastante vacío. Aunque claro, imagino que lo que suele predominar son las caravanas y furgonetas camperizadas y no tanto las tiendas de campaña, sobre todo ya en septiembre.

Junto al camping, un poco antes de llegar al aparcamiento hay un puesto de comida en el que predomina la sopa de langosta y fish and chips. Eso sí, a precios islandeses.

De nuevo en el coche volvimos a la Ring Road y pusimos rumbo a Kirkjubæjarklaustur, que es donde íbamos a pasar la noche.

Durante el camino nos acompañan las montañas, a veces cubiertas por la nubes, y diferentes masas de agua procedentes del parque nacional y que van a dar al océano.

Poco antes de llegar a Kirkjubæjarklaustur encontramos uno de tantos campos de lava cubiertos de verde que ya habíamos visto en otras partes de la isla. En este caso la lava fue expulsada en 1783 por el cercano volcán Laki.

Se piensa que este volcán propició graves cambios climáticos en toda Europa en los años sucesivos, siendo incluso el responsable de la causa de las malas cosechas en la Francia de Luis XVI que originaron malestar en la población y llevarían a la Revolución Francesa. Y es que no fue una erupción sin más, sino que fue LA ERUPCIÓN. La grieta de más de un centenar de cráteres estuvo expulsando de forma continuada lava durante 8 meses. El viejo pueblo quedó sepultado en gran parte y murió mucha gente.

Unos kilómetros antes de llegar al hotel nos topamos con máquinas trabajando en la carretera. Me sorprendió que estuvieran asfaltando en una época de tanto movimiento turístico, pero claro, teniendo en cuenta que en dos días tendrían inaugurarían la temporada de lluvia y nieve, no es que les queden muchas opciones para el mantenimiento vial.

A las 18:30 y con 209,3 kilómetros en el contador llegamos al Hótel Laki, donde teníamos que recoger las llaves de nuestra cabaña en los Efri-Vík Bungalows, sin embargo, al hacer el registro nos sugirieron cambiar la reserva al edificio principal. El chico de recepción nos comentó que estaríamos más cómodos y que además tendríamos conexión a internet, algo que no llega a los bungalows. Dado que la zona de estos estaba un tanto embarrada y el día siguiente se presentaba lluvioso y que además el desayuno tendríamos que hacerlo en el hotel, pues aceptamos el cambio. 

Por comentarios que leí en internet parece que suelen hacer bastante a menudo esta oferta. Imagino que cuesta más mantener estas cabañitas en el aspecto higiénico y térmico y si tienen habitaciones disponibles en el edificio principal eso que se ahorran. Nos dieron una habitación en la planta baja de un ala que parecía un anexo posterior a la construcción original del hotel. No estaba nada mal de espacio, incluso con un pequeño rincón con calentador de agua.

Es cierto que el baño era un tanto básico y no era precisamente moderno, pero cumplía perfectamente su función.

Aunque era pronto, dimos por concluido el día, pues había sido bastante completo con la excursión al glaciar y después la ruta hasta Svartifoss. Así, nos dimos un descanso antes de repasar la planificación, cenar y acostarnos pronto.