Road Trip por la Costa Este de Estados Unidos y Canadá. Día 4 II: Recorriendo Toronto: Graffiti Alley

Llegamos a las 16:30 al apartamento, descargamos y nos ubicamos. Al igual que en Chicago habíamos elegido un apartamento de dos habitaciones. Este tenía una distribución algo más extraña, ya que estaba en la planta superior de un edificio, como si fuera una única vivienda dividida en dos. No obstante, nos servía para nuestra estancia.

Contábamos con una amplia cocina y una buena mesa equipada con grandes y pequeños electrodomésticos (teníamos por ejemplo cafetera, tostadora y calentador de agua) e incluso nos habían dejado café, leche y tes. Además, el piso tenía un espacioso baño y dos habitaciones.

Uno de los dormitorios contaba con cama, y otra con sofá cama. Lo que no teníamos era salón (de ahí lo que comentaba que parecía una división de una misma casa junto con otras plantas) y la televisión estaba en el dormitorio principal.

Tras acomodar las maletas y refrescarnos, salimos a recorrer Toronto, la capital de Ontario (que no de Canadá) y la ciudad más grande del país además de ser su centro financiero.

Cuenta con una extensión de norte a sur de 21 km y de este a oeste de 43 km  y está rodeada por lagos. Geográficamente, se encuentra en un lugar estratégico a pocos kilómetros en coche de Estados Unidos. Buffalo (perteneciente al estado de Nueva York) está a menos de dos horas; la misma Nueva York a menos de diez y Detroit, antigua capital de automóvil, a sólo cuatro horas. Y desde allí no queda tan lejos Chicago.

Está considerada como una de las mejores ciudades del mundo para vivir, gracias a su bajo índice de criminalidad (a pesar del misógino Incel que mató a 10 personas apenas una semana antes de irnos), su alto nivel de vida y el cuidado hacia el Medio Ambiente (muy concienciados con respecto al reciclaje, el uso del transporte público, de la bicicleta y con espacios destinados para huertos).

El origen y el significado del nombre de la ciudad no está claro hoy en día. Parece que proviene de la palabra hurona “toran-ten” (lugar de encuentro), pero también hay quien cree que ha derivado de “tkaronto”, la palabra que usaban los indios mohawk para referirse al lago y que significa donde los árboles se yerguen sobre el agua.

Como ya hemos visto antes, los primeros europeos en explorar la región fueron franceses. En 1750 fundaron Fort Rouillé, pero lo abandonaron 9 años más tarde. Después, durante la Guerra de la Independencia de los Estados Unidos, la región recibió una afluencia de colonos británicos leales al Imperio británico que escapaban a tierras sin colonizar al norte del Lago Ontario.

En 1793 John Graves Simcoe estableció en la ciudad de York la capitalidad del Alto Canadá, creyendo que la nueva ubicación sería menos vulnerable a los ataques de los estadounidenses.​ Fort York se construyó en la entrada del puerto natural de la ciudad, protegido por una larga franja de arena.

En 1813, como parte de la guerra de 1812, la Batalla de York se saldó con la captura de la ciudad y el saqueo de ésta por parte de las fuerzas estadounidenses.​ Los soldados estadounidenses destruyeron gran parte de Fort York y prendieron fuego a los edificios del parlamento durante los cinco días de la ocupación. Los canadienses como respuesta atacaron la Casa Blanca (que era rosa por aquel entonces) incendiándola. Al pintarla, lo hicieron de blanco.

York fue incorporada a la ciudad de Toronto el 6 de marzo de 1834 lo que hizo que se recuperara su nombre nativo original. La población entonces era de 9.000 habitantes, aunque los esclavos afroamericanos estaban excluidos de este censo. El político reformista William Lyon Mackenzie se convirtió en el primer alcalde de Toronto e intentó en 1837, sin éxito, rebelarse contra el gobierno colonial británico.

La ciudad creció rápidamente durante el resto del siglo XIX gracias a la llegada de inmigrantes. Su mayor grupo étnico fue el irlandés, que llegó entre 1846 y 1849 huyendo de la Gran Hambruna.

En aquellos momentos (desde 1849 a 1852) Toronto acogió la capitalidad del país como consecuencia de los disturbios en Montreal, y de nuevo entre 1856 y 1858. Después pasó a Quebec, que lo fue hasta 1866, un año antes de que finalmente se le otorgara a Ottawa.

Fue en este siglo cuando también se mejoraron los servicios de la ciudad. Por un lado se trazó el sistema de alcantarillado, por otro, la iluminación de las calles con gas se volvió regular. Además,  se construyeron varias líneas de ferrocarril de larga distancia, lo que facilitó el comercio y la llegada de inmigrantes.

Este progreso se vio levemente frenado en 1904 cuando el Gran Incendio destruyó una gran parte del centro de Toronto. Rápidamente se volvió a construir, eso sí, con nuevas leyes de seguridad contra incendios más estrictas.

A finales de siglo la ciudad recibió nuevas olas de inmigrantes, sobre todo alemanes, italianos y judíos. Más tarde les siguieron chinos, rusos, polacos y varios grupos de otras naciones de Europa oriental. En el siglo XX, tras la II Guerra Mundial fueron refugiados europeos y chinos sin medios económicos, al igual que un buen número de trabajadores de la construcción (sobre todo italianos y portugueses) los que se asentaron en Toronto. La población continuó creciendo y en la década de los años 80 Toronto ya superaba a Montreal como ciudad más habitada de Canadá. Además, se convirtió en el principal centro económico del país gracias al descubrimiento de grandes yacimientos en la provincia, a la potente industria automovilística y a la inauguración del Canal de San Lorenzo, que hizo de Toronto un importante centro portuario al servir de conexión entre el océano Atlántico y los Grandes Lagos.

Con esta acogida de inmigrantes de los últimos siglos, hoy Toronto es una de las ciudades con mayor diversidad étnica de Canadá. Su población es muy cosmopolita e internacional, de hecho, es la ciudad del mundo con el porcentaje más alto de residentes no nacidos en el propio país (alrededor de un 49%).

En total, la ciudad tiene más de 150 grupos étnicos que hablan más de 100 idiomas. Sobre todo predominan los de ascendencia inglesa, escocesa e irlandesa. Pero también cuenta con una comunidad en crecimiento de caribeños, hispanoamericanos, brasileños, africanos y provenientes del sureste Asiático.

Como es lógico, este crisol de culturas hace que, aunque el idioma predominante en la ciudad sea el inglés, también se puede oír por sus calles francés, italiano (tiene más hablantes de italiano que cualquier otra ciudad fuera de Italia), español, chino, portugués, panyabí, tagalo o hindi. Así, el teléfono de emergencias de Toronto está preparado para atender en 150 lenguas diferentes. Además, Toronto es una ciudad joven, donde aproximadamente un 54% de su población es menor de 35 años.

Nada más salir a la calle sí que notamos ese aire juvenil, quizá también por el barrio en el que estábamos, justo al lado de la Graffiti Alley, nuestra primera parada.

Se trata de un callejón de aproximadamente un kilómetro que comienza en Rush Lane y que hace unos años se llenó de graffitis gracias al evento Style in Progress en el que se permitía pintar las paredes durante 24 horas. Hoy en día se renuevan los dibujos, pero ha de pedir permiso al dueño del local.

Pero este arte callejero no es único de esta calle, sino que en la ciudad existe el StreetARToronto, un programa que pretende apoyar y promover el arte callejero como un elemento más de los barrios. Permite poner en contacto a propietarios locales que quieren decorar sus fachadas y a artistas del spray. Como los grafitteros se respetan entre sí, hay menos probabilidades de que le dañen la fachada si ya tiene un trabajo encargado. Además, ese mural quedará recogido como arte callejero y no será limpiado por el ayuntamiento.

A lo largo del paseo se pueden ver muchos graffitis, aunque no todos tienen la misma calidad, claro. Algunos están muy bien hechos. Son coloridos y detallistas. Otros son una firma o alguna simbología y están menos desarrollados.

Destacan artistas como Uber5000, Elicser, Poser, Skam o Spud. Al primero parecen gustarle los pollos amarillos/naranjas, los podemos ver en diferentes situaciones, como montando en coche o practicando hockey sobre patines.

También junto a  esta imagen de la cantante y compositora, Nellie McKay.

Hace referencia a la siguiente canción:

Frente a ella encontramos uno que me impresionó, pues decora todo el edificio. En una de sus fachadas hay una especie de collage de Toronto, y las restantes conforman un paisaje marino.

Como curiosidad, es en el Graffiti Alley donde se encuentra el piso de Félix, el hermano de Sarah en Orphan Black. Sin duda un lugar perfecto para un artista del pincel como él.

Al final de la calle llegamos a la Avenida Spadina, y tomando Queen Street, la paralela al Graffiti Alley, seguimos con nuestro paseo. Esta calle se extiende hacia el este hasta Yonge Street, donde nace el centro histórico de Toronto. Nos metemos de lleno en la vida torontiana.

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Road Trip por la Costa Este de Estados Unidos y Canadá. Día 4: Cataratas del Niágara y Whirlpool Aero Car

Llegamos a las 10:30 de la mañana y ya había bastante gente, así que, para no entretenernos mucho, dejamos el coche en el aparcamiento de pago ($5 el día). Cogimos mochilas y cámaras y nos pusimos en marcha para ver uno de los espectáculos naturales más visitados del mundo.

Nada más acercarnos al paseo que sigue el cauce del río, encontramos la Horseshoe Waterfall, una catarata que mide de 54 a 58 metros de alto. Su ancho varía dependiendo desde dónde se tomen las medidas, de la temporada del año, de las condiciones del clima y de la cantidad de agua que permitan las compuertas.

Los Grandes Lagos dependen de las precipitaciones, lo que acaba afectando al caudal que circula desde el Lago Erie al río Niágara. Sin embargo, desde 1910 los niveles son regulados por una Comisión Internacional (conjunta de EEUU y Canadá) que establece que durante las horas de luz de la temporada turística (de 8 a 22 horas del 1 de abril al 15 de septiembre y de 8 a 20 desde el 16 de septiembre al 31 de octubre) el cauce del río no debe ser inferior a 2832 metros cúbicos por segundo. El resto del año no puede ser inferior a 1416.

En realidad, las Cataratas del Niágara quedan divididas en dos saltos con la Goat Island (Isla de la Cabra) en el centro. El primero de ellos es esta con forma de herradura, que se halla en el lado canadiense y es la más espectacular y famosa. El segundo salto se localiza en suelo estadounidense y es conocido como Rainbow Falls. Esta es la catarata frontal (y de menor altura) que intuíamos en la lejanía tras la neblina.

Además, junto a la catarata frontal, hay una tercera, la Bridal Veil Falls, mucho más estrecha y que parece pertenecer al conjunto anterior.

El puente que se ve al fondo de la imagen, fue construido en 1941 para reemplazar al Upper Steel Arch Bridge, de 1898 que había colapsado en 1938. Cuando se erigió era el puente de arco de acero más grande del mundo, algo que sin embargo no le protegía de las masas de hielo arrastradas desde los Grandes Lagos hasta el río Niágara. Una repentina tormenta de viento en el lago Erie envió una gran cantidad de hielo sobre las cataratas provocando que casi 30 metros de hielo presionaran contra el puente hasta que cedió.

Este nuevo puente con mejor asentamiento se llama Rainbow Bridge aunque también es conocido como Honeymoon Bridge, y sirve de paso fronterizo entre Canadá y Estados Unidos.

Al encontrarnos en este lado de la frontera podemos visualizar bien el conjunto, mientras que si estuviéramos en suelo estadounidense, lo tendríamos más complicado. Además, esta panorámica nos permite una visión global del río tanto antes como después de llegar al desnivel, algo que se hace más complicado desde el lado de Estados Unidos.

Las cataratas no han estado siempre en esta localización, sino que se han ido desplazando hacia el sur unos 11 kilómetros desde su posición original cerca de la ciudad de Queenston. El río Niágara viaja a 65 kilómetros por hora y esta velocidad, unida al gran volumen de agua que mueve, tiene un inmenso poder erosivo. En el siglo XX gracias a la ingeniería se ha conseguido reducir el ratio de erosión de tres metros por año a solo treinta centímetros cada 10.

No obstante, no pensábamos quedarnos ahí mirando desde la barandilla. La mayor atracción es montarse en un barco que acerca hasta la misma catarata. Desde Estados Unidos sale el Maid of the Mist, con su característico color azul, y de Canadá el Hornblower, el rojo. Ambos cruceros hacen prácticamente el mismo recorrido (partiendo y terminando cada uno en su orilla, claro), aunque lógicamente solo navegan desde finales de primavera a principios de otoño, porque el resto del año es peligroso acercarse pues puede haber caídas de bloques de hielo. De hecho, en las orillas aún quedaban restos de nieve.

Así pues, seguimos el paseo hasta las taquillas intentando no entretenernos mucho, pues no queríamos que se nos hiciera más tarde y nos tocara esperar mucho para montar en el barco. Los tickets también se pueden sacar por internet, pero no queríamos atarnos a una hora, así que lo habíamos dejado para in situ. Y menos mal, porque llegamos a las casetas y… vacías como el sol. Las taquillas cerradas, no había cola por ningún lado y un cartel de cerrado…

Todo parecía apuntar a que no íbamos a poder montar. Y así nos lo corroboró el personal de otras actividades. Al parecer una fuerte tormenta de la semana anterior se había cargado parte del muelle y estaban trabajando en su restauración. No volverían a circular los cruceros hasta un par de días más tarde. Demasiado para nosotros… Vaya decepción.

Así que mientras nos asomamos al mirador a observar las cataratas, debatimos sobre las opciones que teníamos.

La opción de cruzar al lado estadounidense la descartamos enseguida, ya que no solo nos suponía pasar una vez por el control de pasaportes, sino dos. Aparte de que ya era media mañana y seguramente habría buena cola en el puente. En definitiva, la duda era si dábamos por concluida la visita a las Cataratas del Niágara, o buscábamos otra alternativa en terreno canadiense.

Además de la experiencia en barco, hay más actividades que se pueden realizar, como por ejemplo el Journey Behind the Falls (que permite ver las cataratas desde detrás, así como los túneles), el White Water Walk (un recorrido por el cañón del Niágara), el Niagara’s Fury (una película en 4D), el Butterfly Conservatory (para ver mariposas) o el Bird Kingdom (un aviario). Se pueden comprar unos pases que incluyen varias y así abaratar costes. Todo depende del tiempo que se disponga y de los intereses. Lo del tiempo es importante, ya que, por ejemplo, las entradas por detrás de la cascada van por horas concertadas.

Además, se pueden contemplar las cataratas desde el cielo, ya que hay varias empresas de tours de helicópteros. También ofrece vistas aéreas la Torre Skylon, y con un precio más bajo que un viaje en helicóptero. Su espacio 360º a 158 metros de altura permite otear no solo las cataratas sino también los alrededores. Incluso hay una tirolina para los más aventureros.

Si se quiere explotar el lado consumista y no solo disfrutar de la naturaleza, también se pueden visitar los casinos o comprar en los outlets de la ciudad, ya que Niagara Falls se ha convertido en todo un parque temático al servicio del turista. Hay todo tipo de oferta de ocio para toda la familia. Incluso es sede permanente del Circo del Sol.

En nuestro caso las compras las teníamos programadas para más adelante, y entre el resto de alternativas optamos por el Journey Behind the Falls, que nos pareció la más interesante a falta del crucero. Las entradas se sacan en el edificio Castle Centre, al otro extremo del paseo (justo en la punta contraria del Hornblower), así que deshicimos el camino hasta el coche, aprovechamos para picotear algo de comida y nos fuimos para allá.

Tuvimos suerte y en apenas 5 minutos había ya una visita, por lo que nos pusimos el chubasquero (incluido con la entrada) rápidamente mientras avanzábamos a la entrada.

Antes de bajar podemos leer un poco sobre la historia de esta atracción.

El primer europeo en bajar tras la cascada fue M. Bonnefons en 1753, gracias a la ayuda de su guía nativo Crévecoeur. A principios de 1800 se aprovecharon árboles derribados para construir unas escaleras  y así poder acceder mejor.
Poco más tarde, en 1818 el empresario local William Forsyth se hizo una escalera privada desde su hotel.

En 1832 Thomas Barnett vio negocio y proyectó una en forma de espiral por la que cobraría $1 a cada visitante. Además, otro $1 por un certificado que acreditara la experiencia. En 1844 Saul Davis construyó la casa de Table Rock con su propia bajada y compró la de Thomas Barnett, cerrándola después.

En 1885 se creó la Comisión del Parque de las Cataratas del Niágara bajo el nombre de The Queen Victoria Niagara Falls Park Comission, que en 1887 se hace cargo de la casa de Table Rock y encarga construir un ascensor y una plataforma. La nueva atracción recibe el nombre de Behind the Sheet (detrás de la sábana). Un par de años más tarde se inauguró un túnel que llevaba a través de la roca hasta justo detrás de las Horseshoe Falls. Un guía con linterna se encargaba de conducir a los visitantes por el recorrido. Se renombró como Under the Falls (bajo las cascadas).

En 1892 se construyó una central hidroeléctrica para aprovechar los potentes saltos de agua que siguió en funcionamiento hasta 1932. Tras cesar la actividad quedó abandonada y acabó siendo demolida en 1985.  Uno de los principales asesores técnicos de la compañía Westinghouse fue el inventor, ingeniero mecánico, ingeniero eléctrico y físico Nikola Tesla. En el parque se le recuerda con un estatua que mira a las cataratas.

Tesla y Edison fueron los primeros inventores en aprovechar el potencial hidroeléctrico de las cataratas. Sin embargo, mientras que Edison creía en la corriente continua para obtener energía, Tesla lo hacía en la alterna.

En 1893 se comienza a dar por primera vez chubasqueros, sombreros y botas a la gente y, ante la demanda de fotografías familiares se concede el permiso a una empresa para establecer el negocio en Table Rock.

En 1902 se extiende el túnel y se vuelve a rebautizar la atracción. El nuevo nombre es Scenic Tunnels.

Entre 1925 y 1926 se construye un nuevo edificio en Table Rock.

En 1944 se detecta que el túnel no es seguro para los visitantes, ya que la pared tan solo tenía 1.7 metros de grosor. Así pues, se construye uno nuevo recubierto de cemento y ya con iluminación unos 18 metros más abajo del viejo. Este es el que se sigue usando hoy en día.

En 1980 se sustituyeron los pesados chubasqueros por unos ponchos amarillos.

En 1994 se llevaron a cabo tareas de rehabilitación en Table Rock y se modernizaron los ascensores de la atracción, renombrada por última vez como Journey behind the Falls.

Cuando salimos del ascensor solo teníamos ante nosotros una serie de túneles y galerías. Yo al principio iba un poco desilusionada, porque apenas se veía nada de interés. Hay algunas “ventanas” en la pared, pero no aportan gran cosa.

Había que tener sin embargo algo de paciencia. Lo interesante está en el mirador. En realidad es un balcón con dos alturas. Por un lado está la superior, desde la que el ruido atronador y el agua que salpica la cascada apenas permiten enterarse de nada. Aunque alejándose un poco, se atisba la catarata.

Y por otro lado, está el nivel inferior, construido en 1951, que es realmente el divertido. Permite acercarse a las cataratas y observarlas desde otro ángulo. Lo de observar es un decir, claro, ya que el agua cae con tal fuerza que en ocasiones es hasta complicado abrir los ojos. Es preferible por ello llevar gafas de sol que al menos sirvan de pantalla.

De vez en cuando venía un cambio de viento y el agua como si de una lluvia torrencial se tratara nos azotaba de lleno. Eso sí, los chubasqueros (que sustituyeron a los de 1989 y que después de su uso se reciclan para material urbano) son buenos y no calan. Claro que no te libran de llevar un calzado apropiado, pues los pies quedan al aire.

Sí que es verdad que las cataratas no son de las más altas del mundo (51 metros), pero impresiona ver con qué fuerza y velocidad caen las poderosas cortinas de agua sobre el precipicio. Abruma el ensordecedor rugido que acompaña a los millones de litros por segundo. Es un auténtico espectáculo de la naturaleza.

El recorrido lleva fácilmente de 30 a 45 minutos, dependiendo en gran medida del tiempo que se quiera dedicar a los miradores. Y aunque no es la idea que llevábamos pensada, al menos pudimos acercarnos de lleno a la cascada y captarla en todo su esplendor.

Con esto sí que dimos por concluida la visita. Nos despedimos de las famosas Cataratas del Niágara y volvimos a la carretera. Aunque antes de marchar a Toronto teníamos prevista una parada a tan solo 5 kilómetros de allí. En las proximidades del Lago Ontario, en una curva del río, se encuentra el Whirlpool, un pequeño remolino que se mueve a 48 kilómetros por hora sobre el que cuelga un funicular diseñado en 1916 por Leonardo Torres Quevedo.

Torres Quevedo fue un ingeniero y matemático cántabro que diseñó varios artilugios en la época muy vanguardistas que han contribuido notablemente a nuestro presente. En 1887 ya había construido su primer transbordador que salvaba un desnivel de 40 metros gracias a un par de bajas. Poco después, en 1907 puso en marcha en San Sebastián el primer transbordador de pasajeros que contaba con un complejo sistema de seguridad que aunque se rompiera uno de sus cables de soporte, podía seguir funcionando sin peligro.  Durante la I Guerra Mundial contribuyó en la aeronáutica con los dirigibles Astra-Torres, que mejoraban a los zepelines gracias a un armazón que dotaba al artilugio de más estabilidad y que permitía que se pudieran instalar motores pesados así como transportar más pasajeros.

También fue relevante en la el mundo de los ordenadores y videojuegos. Creó un par de máquinas algebraicas: el Ajedrecista (una máquina que jugaba sola) y un aritmómetro electromecánico (lo que podría considerarse como el primer ordenador). Estos aparatos son el preludio de la Inteligencia Artificial. También suyo fue el telekino, un artilugio que sentaría las bases de los mandos a distancia. El 8 de agosto de 1916 se realizó el primer viaje del Aero Car y hoy, 102 años después, aún sigue en funcionamiento, siendo el único que queda de su estilo.

Lamentablemente, los fuertes vientos del día suspendieron cualquier actividad, así que, por segunda vez en el día nos fallaron los planes.

En condiciones normales el Whirlpool Aero Car hace un recorrido de una orilla canadiense a otra, cruzando en cada trayecto cuatro veces la frontera entre Canadá y los Estados Unidos debido a los recodos que hace el río. La distancia que recorre entre la caseta y el Thompson’s Point es de 548,6 metros y lo hace a 4,2 kilómetros por hora.

Su cabina, con capacidad de 40 pasajeros (imagino que en función de sus dimensiones) está suspendida sobre 6 cables a una altura de 76,2 metros sobre el agua.

Opera de 10 a 17 y la entrada cuesta CAN$15 por un viaje de ida y vuelta, es decir, te montas y bajas en el mismo lugar. Pero como digo, nos quedamos con las ganas.

Eran las dos y media de la tarde y en principio pensábamos parar en el pequeño pueblo colonial de Niagara-on-the-Lake a unos 20 kilómetros, comer tranquilamente y acabar en Toronto ya por la tarde – noche sin prisa. Sin embargo, amenazaba tormenta para el día siguiente, por lo que volvimos a improvisar para al menos aprovechar la tarde. Teníamos por delante unos 150 kilómetros para llegar a Toronto, así que ni siquiera paramos para comer. Picamos algo en el coche por lo menos para calmar las tripas.

Nueva Serie para ver: La maravillosa Señora Maisel

Hace apenas un mes que se ha estrenado la segunda temporada de La maravillosa Señora Maisel, una serie que me había pasado desapercibida. Pero es que es imposible estar al día de todas las novedades con tantas cadenas y plataformas. También porque me gusta tomar un poco de distancia y ver qué funciona y qué no antes de lanzarme a ver una serie que ni siquiera obtiene temporada completa.

La serie está ambientada en 1958 y cuenta la historia de Midge Maisel, una ama de casa económicamente acomodada que acompaña a su marido Joel en la búsqueda del triunfo en el mundo de los monólogos. Ella cumple con todos los estereotipos de la mujer de la época: es madre abnegada, amante esposa y hacendosa ama de casa. Es la perfección hecha persona, siempre intentándo adelantarse a los problemas. Y si surgen, solucionándolos rápidamente.

Sin embargo, un día su vida da un giro de 180º cuando su marido decide abandonarla e irse con su secretaria. Joel se siente frustrado porque su sueño es ser monologuista, pero su carrera no termina de arrancar. Así, decide romper con todo y marcharse. Midge queda desolada y descolada, intentando comprender cómo se ha desmoronado su perfecta vida cuando ha cumplido con todo lo que se esperaba de ella. Ha mantenido su hogar y su familia, ha apoyado en todo momento a su marido sacándole las castañas del fuego… Aún intentando digerir la noticia y con unas copas encima se echa a la calle en camisón y acaba en el local de comedia donde actuaba su marido. Aprovechando un hueco entre actuaciones sube al escenario y cuenta su historia a los espectadores más como forma de liberación y de intentar pensar en voz alta que otra cosa. Descubre así no solo que tiene madera de cómica, sino que además le gusta.

Con esta catarsis cómica arranca una temporada de ocho episodios que girará en torno al proceso de liberación de una mujer que hasta ahora no se había planteado qué quería ser en la vida, ya que la sociedad le había reservado el lugar de esposa, madre y ama de casa. Sin embargo, a pesar de que es inteligente y tiene un ácido sentido del humor, el mundo de la comedia es un mundo de hombres y no tendrá fácil hacerse un hueco.

Es muy fácil quedarse prendada de esta serie gracias a la rapidez de sus diálogos, el afilado sentido del humor y el ritmo de la acción. Pero por supuesto por Midge Maisel, una dulce pero descarada mujer con un mordaz sentido del humor interpretada magistralmente por Rachel Brosnahan, una actriz que hasta la fecha había hecho sobre todo papeles en drama (como House of Cards). Y aunque prácticamente es ella quien tira de la serie, la acompañan varios secundarios que seguro que a lo largo de la temporada despuntan. Ya en el piloto sobresalen los padres, y en especial el padre –  interpretado por Tony Shalhoub (Monk) – que parece ser un tanto peculiar.

Cabe destacar también el vestuario y la fotografía, dos aspectos muy cuidados que sirven para conformar un retrato social de la época en que se centra la serie.

Con todo, no es de extrañar que La maravillosa Señora Maisel fuera una de las series más laureadas del 2018 llevándose 5 Emmys (Mejor serie de comedia, actriz, actriz secundaria, dirección y guion) y el Globo de Oro a mejor actriz (también se lo llevó en 2017 junto con mejor serie de comedia). Y parece tener vida para rato, pues con dos temporadas ya emitidas hay una tercera en proyecto. Yo ya la he añadido a la lista de series para ver, pues el piloto me enganchó desde el minuto 1 y se me hizo tremendamente corto.

Road Trip por la Costa Este de Estados Unidos y Canadá: Datos sobre Canadá y Ontario

Como cada mañana, comenzó el turno de duchas y desayuno. En la habitación teníamos una cafetera que también servía para calentar agua, así que con lo que habíamos comprado en el walmart y las sobras de la cena de la noche anterior (el arroz estaba muy rico y no lo íbamos a tirar) montamos un buen buffet.

El hotel era el típico de carretera en una zona de paso, cerca de algún centro comercial y de servicios. No era muy nuevo ni con mil estrellas, pero lo justo para una noche. La habitación contaba con un par de camas dobles, nevera, microondas, televisión y una mesa. Además, tenía bastante espacio para expandir nuestro equipaje.

Equipaje que había que volver a reorganizar y cargar en el coche, pues teníamos que ponernos en marcha rumbo a las Cataratas del Niágara.

Pero antes, unos datos sobre Canadá.

Canadá es el segundo país más extenso del mundo después de Rusia y cuenta con la costa más larga del mundo (244.000 km). Limita al norte con el océano Ártico; al noreste con la bahía de Baffin y el estrecho de Davis, que lo separa de Groenlandia; al este con el océano Atlántico; al sur con Estados Unidos y al oeste con el océano Pacífico y Alaska. Sin embargo, a pesar de tener tanta superficie, cuenta con menos población que España (algo más de 35 millones de habitantes).

Consta de 10 regiones (Alberta, Columbia Británica, Manitoba, Nueva Brunswick, TerraNova y Labrador, Nueva Escocia, Ontario, Isla del Príncipe Eduardo, Quebec y Saskatchewan) y 3 territorios (Yukón, territorio del noroeste y Nunavut). Su capital es Ottawa.

El origen del nombre del país proviene de la palabra nativa “kanata”, que viene a significar “villa”, pero que los cartógrafos europeos del siglo XVI tomaron como referencia para todos los territorios que quedaban al norte del río San Lorenzo. Se cree que los primeros habitantes de lo que hoy conocemos como Canadá fueron unos pueblos que provenían de Siberia y que llegaron al atravesar el Estrecho de Bering. Más tarde, hace unos 4500 años, llegaron los inuit (esquimales) desde Asia. Los primeros europeos serían los vikingos capitaneados por Leif Eriksson allá por el 1000 d.C. Sin embargo, enfrentamientos constantes con los nativos de la región, les llevaron a abandonar el territorio.

Tras Colón, otros países europeos impactados por el “descubrimiento” mandaron también sus expediciones. En aquel entonces los pueblos aborígenes estaban localizados en cuatro asentamientos: el Pacífico, las Llanuras, la zona sur de Ontario/río San Lorenzo y los bosques del noreste.

En 1497, Giovanni Caboto (John Cabot), bajo bandera británica, llegó a Terranova y Cape Breton. Allí encontró bacalao, que era muy codiciado en Europa, y propició la llegada de barcos en busca de dicho pescado. Entre ellos llegaron balleneros vascos. El rey Francisco I de Francia también movió ficha y envió a Jacques Cartier a la búsqueda de riquezas similares a las azteca e inca. Sin embargo, el conquistador solo encontró “piedras y unas horribles y escarpadas rocas”, según sus propias palabras en su diario de 1534. Así que siguió buscando, pero no encontraba el ansiado oro, por lo que había impaciencia en Francia. Sin embargo, todo cambió cuando los sombreros de pieles se pusieron de moda. El castor, tan típico de Canadá, era muy codiciado, así que ahí vieron negocio. Los británicos por su parte se negaron a que los galos tuvieran el monopolio y comenzaron una lucha por el comercio de las pieles.

En 1604 un grupo de pioneros franceses fundaron un asentamiento provisional en Île Ste-Croix y el año siguiente se trasladaron a Port Royal en Nueva Escocia. Sin embargo, no estaban muy bien situados si querían controlar el comercio, por lo que, capitaneados por Samuel de Champlain, remontaron el río San Lorenzo. Los franceses se establecieron en dos colonias, una al norte del río San Lorenzo (Quebec) y otra en el territorio que hoy es Nuevo Brunswick y Nueva Escocia y comenzaron sus actividades comerciales en estos nuevos territorios. Nació así en 1608 Nueva Francia.

En 1670 los británicos, gracias a un chivatazo de dos exploradores franceses, hicieron un movimiento importante. Estos les habían informado de que la Bahía de Hudson era de fácil acceso y había buenas pieles. Así pues, se hicieron con todas las tierras cuyos ríos y arroyos desembocaban en la bahía, un territorio que ocupaba casi el 40% de la Canadá actual.

Con este movimiento la hostilidad entre británicos y franceses fue creciendo aún más. En 1713 con el Tratado de Utrecht los franceses tuvieron que reconocer los derechos británicos sobre la bahía de Hudson y Terranova, y cederles Nueva Escocia, excepto la isla de Cape Breton.

Aún así, el conflicto se mantuvo y creció con la Guerra de los Siete Años. Al finalizar esta, Francia acabó cediendo Canadá a Gran Bretaña según estipulaba el Tratado de París de 1763. Las colonias francesas fueron destruidas y sus habitantes dispersados. Se impusieron leyes que limitaban los derechos de los católicos provocando un éxodo de francófonos, lo que facilitó la anglicalización de los territorios.

No obstante, Quebec consiguió firmar la Ley de Quebec de 1774, que permitía a los colonos franceses mentener su religión, su idioma y leyes propias francesas a cambio de la fidelidad al Reino Unido. Y de ahí que hoy en día Quebec no se sienta tan canadiense como el resto de regiones.

En los años de la Guerra de Independencia Americana (1775-1783) unos 50.000 colonos británicos fieles a la patria huyeron a Canadá, sobre todo a Nueva Escocia y Nuevo Brunswick. También un grupo menos numeroso se estableció en la orilla norte del lago Ontario y en el valle del río Ottawa, donde formaron el núcleo del futuro Ontario. Unos 8000 se trasladaron a Quebec, creando la primera comunidad anglófona en zona francófona.

En 1791 las colonias del Alto Canadá (actual sur de Ontario) y Bajo Canadá (actual sur de Quebec) crearon el Acta Constitucional, una constitución que establecía el sistema de gobierno. Ambas provincias se regían por el código penal británico, pero el Bajo Canadá conservaba las leyes civiles francesas. En la práctica la Asamblea tenía escaso poder, así que aparecieron fricciones, sobre todo en el Bajo Canadá, que a pesar de ser mayoría francesa, se veían bajo el mandato de un gobernador inglés y un Consejo dominado por ingleses.

En 1837 el descontento se hizo más patente y ambas colonias reivindicaron su autogobierno. Los británicos se dieron cuenta de que no iban a poder mantener más este sistema, así que mandaron a John Lambton, conde de Durham, a que investigara qué pasaba al otro lado del océano. Este descubrió que se trataba de tensiones étnicas y se ganó enemigos entre los franceses al llamarlos inferiores. Lambton consideraba que la cultura y sociedad galas eran un obstáculo para la expansión y proponía que asimilaran las leyes, idioma e instituciones británicas. Y así quedó recogido en la Ley de la Unión de 1840.

Los dos Canadás se unieron en una única provincia gobernada por un nuevo Parlamento en el que cada una de las antiguas colonias tenía el mismo número de representantes. La idea que era que así hubiera una asimilación cultural por parte de los francófonos. No obstante, en el nuevo parlamento los anglófonos se sintieron menospreciados, ya que eran mayoría con diferencia (en las últimas décadas habían llegado a Ontario un gran número de ingleses e irlandeses) y sin embargo tenían el mismo número de escaños que los francófonos. Tampoco gustó en el otro bando la idea de que su cultura e idioma desaparecieran lo que unió más a su población.

Esto hizo que no hubiera mucha estabilidad en la década siguiente y que los gobiernos fueran alternándose cada poco tiempo. Además, Estados Unidos seguía creciendo y expandiéndose, lo que provocó en Reino Unido un cierto miedo a que intentaran anexionarse Canadá.

En 1864 un grupo de representantes de Nueva Escocia, Nuevo Brunswick, Isla del Príncipe Eduardo, Ontario y Quebec se reunió para elaborar el marco de un nuevo país. Finalmente el 1 de julio de 1867 la Reina Victoria les concedió el autogobierno convirtiéndose en la Confederación Canadiense. El Acta Norteamericano Británica o Estatuto de la América Británica el norte estableció un sistema de gobierno federal.

A diferencia de lo ocurrido con los Estados Unidos, Canadá consiguió ser un país independiente de forma pacífica y de ahí que siga teniendo cierta relación con el Reino Unido. Por ejemplo, el tercer lunes de mayo celebran el Día de la Reina Victoria, además, la Reina Isabel II es también reina de Canadá y aparece en los billetes de 20$.

En los años siguientes Canadá se anexionó los territorios del noroeste y la Columbia Británica (nacida de la fusión de Nueva Caledonia y la isla de Vancouver). Se construyó el Canadian Pacific Railway, pues se consideró que el ferrocarril ayudaría en la unificación del país y favorecería los movimientos de la población, así como el transporte mercantil.

Entre 1885 y 1914 llegaron a Canadá unos 4,5 millones de personas, el país estaba industrializado y se había descubierto oro en el Yukón. Pero llegó la I Guerra Mundial y el país se vio envuelto en la contienda al pertenecer al Reino Unido. Al principio acudieron voluntarios, pero la guerra continuaba y se necesitaban nuevos efectivos, por lo que en 1917 se comenzó a reclutar por obligación. Y esto no gustó tanto, sobre todo a los francocanadienses. De nuevo se mostró la división de la población. Cuando finalizó la guerra, la mayoría de los canadienses no veía con buenos ojos tener que librar batallas lejanas en nombre de Gran Bretaña y creció el sentimiento independentista.

Cuando la bolsa de Nueva York colapsó en el otoño de 1929 y perdió el 39% de su valor, influyó a todo el mundo durante una década. Canadá no fue menos. No conseguía exportar, se despidió a millones de trabajadores, las familias se arruinaron… En el verano de 1933 la tasa de desempleo del país alcanzó el 32%.

Mientras tanto, en 1931 el Parlamento concedió la independencia a Canadá y otros países de la Commonwealth, aunque se reservaba el derecho de aprobar enmiendas a sus constituciones. No sería hasta 1982 cuando con la nueva Acta Constitucional, Canadá se convertiría en país independiente de pleno. Hoy, Canadá es una Monarquía Constitucional y está compuesta por un Parlamento que consta de Cámara Alta o Senado y Cámara Baja o de los Comunes. La Reina de Inglaterra es la Jefa del Estado, aunque es testimonial y está representada por un gobernador general designado.

Su actual bandera con la hoja de arce fue aprobada en 1965 tras varios diseños.

Tras la II Guerra Mundial llegó un período de prosperidad gracias a la expansión industrial, la demanda americana de bienes y recursos naturales, así como la reconstrucción de Europa. Se activaron nuevos programas sociales para garantizar esta prosperidad y reducir la desigualdad económica. Por ejemplo, a partir de julio de 1945 las madres de hijos menores de 16 años comenzaron a recibir un cheque mensual que pretendía mejorar el poder económico de la familia y que esto se viera reflejado en mayor gasto; en 1952 se implantó la pensión para todos los canadienses mayores de 70 años y el seguro por desempleo que se había introducido en la década de los 40 continuó expandiéndose en la de los 50 y 60; entre 1957 y 1966 el gobierno federal implementó un programa de sanidad universal conocido como Medicare; durante las décadas de los 50 y 60 se invirtió en infraestructuras; y se promovió la cultura canadiense por medio de un programa de ayuda a artistas.

En estos años tras la guerra rápidamente las ciudades se expandieron y las familias se compraron casas en comunidades en los suburbios. La población creció como resultado de la inmigración y del baby boom.  El país recibió un buen número de emigrantes provenientes de Asia, Europa y Centroamérica y siguió creciendo demográfica y económicamente. Hoy, Canadá tiene la tasa de inmigración per cápita más alta en el mundo, en parte gracias a la política económica y la reintegración familiar. Más del 20% de la población canadiense ha nacido en el extranjero.

En cuanto a la población indígena, en 1960 se le concedió la nacionalidad a los pueblos aborígenes y en las décadas siguientes salieron a la luz conflictos por la colonización y expropiación de territorios. En 1998 el ministerio de Asuntos Indígenas y del Norte dictó una Declaración de Reconciliación por la que aceptaba la responsabilidad de las injusticias cometidas a los pueblos aborígenes. En 1999 el Gobierno creó el territorio de Nunavut y se lo entregó a los Inuit.

En la actualidad su población está creciendo a casi el doble de la tasa nacional. Con algo más de un millón de habitantes, los Inuit y los Métis representan un poco más del 4% de la población total de Canadá. Como resultado de las altas tasas de natalidad y la esperanza de vida, el número de aborígenes ha ido creciendo. En 1996 había unos 811.400 y en 2016 1.093.400.

En Nunavut cuentan con tres idiomas oficiales, el inglés, el francés y el inuktitut. Aunque hay once grupos de lenguas aborígenes, hoy prácticamente solo parece que puedan sobrevivir el inuktitut y el ojibwa, pues que el resto apenas tienen hablantes. De estas lenguas indígenas han pasado al vocabulario habitual palabras como barbacoa, hamaca, mofeta, caoba, huracán o alce.

El bilingüismo en inglés y francés se estableció en 1969 y queda recogido en la Carta Canadiense de Derechos y Libertades, la Ley sobre las Lenguas Oficiales y el Reglamento Oficial del Lenguaje. Así, ambos idiomas tienen el mismo estatus en todas las instituciones federales.

Los franceses y británicos, además de sus lenguas, también llevaron al nuevo continente sus religiones y tradiciones. Así, mientras que los galos eran católicos, los británicos, anglicanos. La Constitución no establece ninguna religión oficial, sino que se acepta el pluralismo religioso de sus habitantes.

No obstante, nosotros habíamos entrado por Ontario, la provincia en que se localizan la mayor ciudad canadiense (Toronto) y la capital,  y aunque en la frontera sí que había carteles bilingües, a medida que nos fuimos adentrando en la región, todo estaba en inglés, ya que es su lengua oficial.

Ontario limita al norte con la bahía de Hudson y la bahía de James, al este con Quebec, al sur con los Grandes Lagos y el río Niágara que la separan de Estados Unidos, y al oeste con Manitoba.

Se divide en cuatro regiones:

  • Llanuras de la Bahía de Hudson: a lo largo del norte de la provincia.
  • Escudo Canadiense: abarca el este de Ontario, al sur de la bahía de Hudson y al norte del lago Superior y del lago Hurón, y que se extiende hasta el centro-este de la provincia.
  • Llanuras de los Grandes Lagos: al sur del lago Hurón, al este del río St. Clair, al norte del lago Erie y al sur del Escudo Canadiense. Es la más habitada con el 60% de la población de la región.
  • Llanuras de San Lorenzo: al nordeste de las Llanuras de los Grandes Lagos, al sureste del Escudo Canadiense y al norte del río San Lorenzo. La más pequeña.

Con más de un tercio de la población del país, Ontario es la región más poblada y la cuarta más extensa. Más del 80% de la población vive en ciudades, lo cual no es de extrañar, ya que posee más grandes ciudades que cualquier otra provincia canadiense. Los mayores grupos étnicos que componen la población de Ontario son ingleses, escoceses, irlandeses, franceses, alemanes, italianos y chinos.

El origen de Ontario deriva del lago del mismo nombre, que viene del iroqués y significa “lago hermoso” o “aguas brillantes”.​ Además de los iroqueses (de carácter nómada y agresivos), el territorio estaba habitado por los chippewa (cazadores y recolectores) y los hurones (agricultores). En 1613 llegaron los franceses con Étienne Brûlé la cabeza y descubrieron que había muchos castores. Para la década de los 20 ya estaban comercializándola. También llegaron misioneros, que fundaron algunas villas con intención de convertir al cristianismo a los nativos hurones y que asimilaran la cultura europea. Sin embargo, los iroqueses, más agresivos, obligaron tanto a los misioneros como a los colonos a abandonar los asentamientos.

Nueva Francia, que incluía las actuales provincias de Quebec, Nuevo Brunswick y Nueva Escocia, comenzó a expandirse en dirección al noroeste, al oeste y al sur. Esto alarmó al Reino Unido, que creó la Compañía de la Bahía de Hudson en 1670 y se alió con los iroqueses para atacar a los franceses.

Con el Tratado de París tras la Guerra de los Siete Años, Francia tuvo que ceder lo que actualmente es el sur de las provincias de Ontario y de Quebec. En aquel momento los franceses en Ontario solo habían conseguido asentarse en las zonas donde hoy se encuentran las ciudades de Niagara Falls, Kingston y Windsor. Sin embargo, cerca de 10.000 colonos americanos, leales a la corona Británica, y bajo la promesa de tierras, refugio, comida, ropas y otras ayudas emigraron hacia el sur de Canadá. Así, pronto el número de anglófonos se convirtió en mayoría en el suroeste de la colonia y Reino Unido en 1791 decidió dividirla en dos: Bajo Canadá (actual sur de Quebec) y Alto Canadá (actual sur de Ontario).​ En medio el río Ottawa. Niagara-on-the-Lake fue elegida capital de la recién creada colonia, aunque después se pasó a York, la actual Toronto. Cuando en 1840 el Reino Unido decidió unir ambas Canadás la cosa no mejoró y ambas partes seguían descontentas. Finalmente en 1867 se creó la Confederación Canadiense en la que se encontraba Ontario.

En las dos primeras décadas de vida de Ontario como provincia su población y economía crecieron lentamente. Mucha gente se marchó a EEUU en busca de mejores salarios y condiciones de vida. Era una provincia agrícola y le costó ir incorporando nuevas prácticas agro-ganaderas. En 1883 se descubrió una mina de aluminio y zinc, lo que supuso una de las principales fuentes de ingresos de la provincia hacia finales de siglo.

En el siglo XX se descubrieron más minas de oro y plata. Además se crearon fábricas y centrales hidroeléctricas. La industria maderera también cobró importancia. Así pues, la población de la provincia fue creciendo.

Durante la I Guerra Mundial Ontario abrió varias fábricas especializadas en armamento y materiales militares. Al finalizar esta se fueron convirtiendo en fábricas de automóviles y equipamientos de comunicación como radios y teléfonos. A esto se le sumó el descubrimiento de minas de hierro en el norte de la provincia, por lo que la población siguió en aumento, sobre todo atrayendo a finlandeses, noruegos y quebequeses. También la extensión geográfica creció hasta los límites actuales.

Con la Gran Depresión este crecimiento económico se vio frenado. A pesar de esto, el crecimiento demográfico de Ontario creció a causa de los emigrantes venidos de otras partes de Canadá, con la esperanza de encontrar empleo en una de las grandes ciudades de la provincia, y por la llegada de judíos alemanes a partir de 1933. Esta depresión terminó en 1939, con el inicio de la II Guerra Mundial, cuando Ontario volvió a conocer un gran crecimiento económico.

Tras el fin de la guerra Ontario recibió muchos inmigrantes de varios países europeos, que estaban arruinados a causa de la guerra. Entre 1945 y 1970 la población de la provincia aumentó de 4,5 millones a más de 7 millones de habitantes. Esta época también fue de gran desarrollo económico, el mayor de toda la historia de Ontario. En tan sólo cinco años, entre 1945 y 1950, la producción industrial de la provincia se duplicó, y se duplicaría otra vez más entre 1950 y 1960.

En 1965, los gobiernos canadiense y estadounidense suscribieron un tratado de libre comercio para los automóviles en general. Esto benefició a Ontario, que entonces ya era un gran centro industrial automovilístico.

Este gran crecimiento económico convirtió gradualmente a Toronto en el principal centro financiero e industrial de Canadá. Paulatinamente, las empresas anteriormente radicadas en Montreal comenzaron a transferir sus sedes a Toronto. Además de eso, la aprobación de la Ley 101 en 1977 – que convertía en obligatorio el uso del francés en todas las empresas con más de 50 operarios instaladas en el Quebec – hizo que varias instituciones financieras se mudaran de Montreal a Toronto. La bolsa de valores de Toronto pasó a ser la única oficial para las transacciones internacionales en 1999, sustituyendo a la de Montreal.

En la década de 1970, Ontario se convirtió en un centro turístico cada vez más conocido mundialmente, haciendo del turismo una fuente de ingresos cada vez más importante en la economía de la provincia. Durante la década de 1970, y hasta el comienzo de la década de 1980, Canadá pasó por una gran recesión económica. Los efectos de esta recesión tuvieron menos efectos en Ontario que en el resto del país gracias a la diversidad y a la fuerza de su economía.

Sin embargo, Ontario enfrentó serios problemas durante la década de 1980 y los primeros años de la década de 1990, cuando el déficit provincial y las deudas de la provincia crecieron drásticamente. En 1995, Michael Harris se convirtió en gobernador de Ontario y comenzó una política de recortes en el área de salud, educación y bienestar social, así como en los presupuestos destinados a las ciudades. También disminuyó el impuesto sobre la renta de la provincia, en una tentativa de crear puestos de empleo. Estas medidas surtieron efecto, y la economía de Ontario volvió a crecer.

De potencia agraria, Ontario pasó a ser un gran centro industrial a comienzos del siglo XX, y se convirtió en el principal centro económico del país durante las décadas de 1960 y de 1970 gracias a su eficiente red de transportes, abundantes recursos naturales y la proximidad al mercado estadounidense. Otras fuentes importantes de ingresos son los servicios financieros e inmobiliarios y el turismo.

Y uno de los principales puntos turísticos de la región es Niágara, donde se encuentran las Cataratas. Recibe 14 millones de visitantes al año. Y es que aunque no sean las más altas del mundo (cuentan con 52 metros de altura y unos 55 metros de profundidad) y apenas figuren entre las 500 de mayor caída del mundo, sí que son las más caudalosas. Pero sobre todo le deben su fama al cine, la televisión y la literatura. Y da igual la época que sea, son toda una atracción incluso en invierno, cuando solo se pueden observar desde la distancia porque las orillas se han helado. De hecho, este invierno pasado se han llegado a ver congelados los saltos de agua.

Las cataratas del Niágara son una falla tectónica natural entre Ontario y el estado de Nueva York. Están situadas en una curva del río del mismo nombre, que comunica los lagos Erie y Ontario y que sirve también para delimitar la frontera entre Estados Unidos y Canadá. Ambos países tienen acceso a ellas y han creado su propio parque temático alrededor de ellas (al parecer son un destino muy común para las lunas de miel).  Aunque podríamos haberlas visitado desde cualquiera de los dos países, elegimos el canadiense porque es el que se dice, se comenta, se rumorea que ofrece mejores vistas.

Allá vamos.

Road Trip por la Costa Este de Estados Unidos y Canadá. Día 3: Universidad de Chicago y paso de frontera de Canadá

Tal y como habíamos planeado, nos levantamos el martes bien pronto para poder ducharnos, desayunar, recoger y poder salir pronto, pues nos esperaban unos 650 kilómetros por delante con un control de frontera y adelanto de hora de por medio. Mientras que ellos se fueron a recoger el coche, nosotras nos quedamos terminando de cerrar las maletas y dando un repaso a la casa para asegurarnos de que no nos dejábamos nada.

Como ya expliqué en el post dedicado a los preparativos, habíamos tenido dudas sobre qué segmento de vehículo nos convenía y, tras varias dudas, finalmente nos decantamos por un Ford Edge. Sin embargo, a la hora de la recogida no debían tener disponible (o les salía igual, porque había poca diferencia de precio) y nos entregaron el superior, el Ford Explorer.

Así que parecía que esta vez no íbamos a tener problema de espacio, pues el maletero, al bajar la última fila de asientos, era enorme. Para muestra, lo solitaria que queda la maleta en el espacio vacío.

En el viaje por la Costa Oeste llevábamos dos maletas grandes, dos medianas, dos pequeñas y una mochila. En este comenzamos con una grande, tres medianas, dos pequeñas y cuatro mochilas (aunque la mayoría iban a mano con nosotros). Sin embargo, incluso lleno, la diferencia era abismal. Nos sobraba hueco por todos sitios. También en parte porque las maletas podían ir de pie perfectamente y porque el coche cuenta con un montón de bolsillos y huecos. Lo único malo de esta parte trasera era la falta de bandeja. Aunque al menos las lunas estaban tintadas y no cantaba mucho el interior.

En general el coche que nos dieron estaba muy bien equipado. Es común cuando alquilas un vehículo que te lo den con lo básico. Este sin embargo tenía cámara trasera, bluetooth, varios puertos usb (tanto de carga como de conexión), cierre automático de portón, techo solar tanto delante como detrás (aunque este último no se abría por completo, solo subía un poco para airear), control de temperatura individualizada por sectores, control de velocidad, asistente de carril … Eso sí, era un tanque y consumía como tal.

Tras cargar el coche, revisar por última vez la casa y acomodarnos, pusimos rumbo a Canadá. Aunque para empezar íbamos a hacer una parada a las afueras de Chicago, en la Universidad. Está a unos 15 kilómetros de la ciudad y no nos suponía un gran desvío, ya que prácticamente había que pasar por allí en nuestra ruta por la costa.

Antes hicimos una breve parada en Promontory Point, una península artificial que se adentra en el Lago Míchigan. Fue construido en el Chicago Burnham Park a partir de un vertedero en 1937.

A aquellas horas de la mañana apenas había gente, un par de corredores nada más. Pero el espacio parece ser un buen lugar para momentos de ocio gracias a sus bancos, jardines, merenderos e incluso unos espacios habilitados para fogatas que automáticamente nos hicieron pensar en nubes de azúcar.

Además, en el parque hay una casa de campo que sirve como lugar de celebración de bodas y eventos.

El lago, que en la zona es poco profundo y con el fondo cubierto de arena, sirve como playa en los meses de verano. Incluso se habilitan áreas de natación en aguas abiertas. El revestimiento de piedra caliza sirve como plataforma de acceso al agua.

También como un buen lugar donde sentarse a contemplar el skyline de Chicago en la distancia.

En el lado opuesto se alcanza a ver el Museo de Ciencia e Industria de Chicago, que ocupa el antiguo Palacio de Bellas Artes de la Exposición Mundial de Colombia de 1893.

Este museo alberga más de 2000 objetos exhibidos en 75 salas principales. Entre ellos se encuentra el submarino alemán U-505 capturado durante la II Guerra Mundial, un modelo de ferrocarril de 330 m2, el módulo de comando del Apollo 8 y el primer motor diésel.

No teníamos tiempo para museos, así que volvimos al coche y nos dirigimos al campus de la universidad.

Fundada en 1890 gracias a la financiación de John D. Rockefeller, es una de las universidades de investigación más reconocidas y prestigiosas de todo el mundo. Cuenta con el mayor número de profesores, exalumnos e investigadores premiados con el Nobel, un total de 85. Es especialmente alabada en los campos de la física y la economía. Y es en esta última disciplina donde acumula 9 premios de la academia sueca.

Es el lugar en que se gestaron las teorías neoliberales que acabaron influyendo en las últimas décadas del siglo pasado. Y también es donde ejerció como catedrático de Derecho Constitucional Barack Obama.

El campus es enorme, siguiendo el modelo anglosajón de Cambridge y Oxford. Cuenta con grandes parques, mucho espacio verde, edificios de caliza con hiedras en los muros, muchos colleges… Sin embargo, nos fue imposible encontrar aparcamiento, así que, tras un par de vueltas decidimos hacer una panorámica desde el coche, como si de una excursión se tratara. Al menos pudimos ver los edificios más importantes.

Enfilamos la I-90 rumbo a Battle Creek, donde teníamos previsto parar a comer. La carretera sigue el margen del lago y pronto dejamos Illinois atrás y entramos en el Estado de Indiana. Eso sí, antes tuvimos que pasar por un peaje.

Nuestro coche contaba con un Vía-T, pero en avis no les habían explicado cómo funcionaba o si lo teníamos incluido, así que nos fuimos a una de las casetas de efectivo. No obstante, al pararnos, la chica nos dijo que podíamos continuar, que ya nos había leído el E-toll.

Y ya sí que pasamos a territorio indiano. Lo que nos hizo perder una hora, ya que mientras que Illionis está en el huso horario de la Zona Central, Indiana está ya en el de la Zona Este.

Unos kilómetros más adelante, sin embargo, nos encontramos con un nuevo peaje, y directamente nos colocamos en el carril para Vía T.

Sin embargo, la barrera no se levantaba. Parece ser que nuestro lector tan solo era válido para Chicago, y no servía en el resto de peajes, así que tuvimos que pedir ayuda y pagar con tarjeta los 90 centavos.

Por lo demás, el viaje fue tranquilo, aunque con unas carreteras un tanto deterioradas. No llegaban al nivel de Sicilia, pero sí que dejaban un tanto que desear con la calzada cuarteada, baches por todos lados y restos de neumáticos en los arcenes. Cambiamos a la I-94 y pisamos suelo de Michigan.

Sobre las dos de la tarde llegamos a Battle Creek, donde buscamos la oficina de Avis para recoger la tarjeta que nos permitía sacar el coche del país.

¿Y qué vemos en el pueblo allá por donde pasamos? Referencias a Kellogg’s en cada esquina. Resulta que Battle Creek es conocida como la ciudad del cereal y es donde se encuentra la sede central de la compañía Kellogg.

Curiosidades aparte, con la tarjeta del coche guardada, echamos gasolina y nos fuimos directos a comer. Lo hicimos en el Subway de dentro del Walmart y después nos dimos una vuelta por la tienda para comprar agua, picoteo y algo de desayuno para el día siguiente.

Aunque no era mi primera vez en Estados Unidos, no dejará de sorprenderme el tamaño de sus envases. Todo es enorme, de un tamaño para familias numerosos o como si hubiera que almacenar ante un holocausto zombi.

No es de extrañar que con la cantidad de comida basura que comen después necesiten hacer la compra en una silla motorizada.

Ante todo facilitemos la vida al cliente para que consuma más, claro.

Tras una hora y cuarto de receso, continuamos el camino por la I-69. Ya teníamos la frontera canadiense a apenas 100 kilómetros.

A unos 50 kilómetros paramos para echar gasolina y rellenar el tanque, ya que por lo que habíamos visto en internet, en Canadá la gasolina era más cara. A partir de ahí, ya comenzaba a aparecer Canadá en los paneles, por lo que no había mucha pérdida.

Pero antes, hay que pasar un nuevo peaje, el del Blue Water Bridge, $3 en moneda estadounidense, $3.75 en la canadiense. Y después ya sí que llega el control de pasaportes, que viene a ser la misma estructura que la del peaje, salvo que en la parte superior se puede leer Welcome to Canada / Bienvenue au Canada (comienzan los carteles en edición bilingüe) y ver cómo ondea al fondo la bandera rojiblanca.

Eran ya las 7 de la tarde y no había mucho tráfico tal y como íbamos siguiendo en internet (vía twitter y vía web). Imagino que tampoco es un paso fronterizo muy frecuentado. Así, nos colocamos tras la barrera y, sin bajarnos del coche, le dimos los cuatro pasaportes al señor policía. Se hizo un poco de lío con los apellidos, ya que automáticamente emparejó el mío con el de mi hermano y nos preguntó si éramos “esposos” (intentó chapurrear español). Aclarados los parentescos, nos preguntó que cuándo habíamos llegado a Estados Unidos, que cuándo y desde dónde nos íbamos, que qué íbamos a hacer en Canadá… Y poco más, la verdad, ya que al entrar por tierra no es necesaria ninguna documentación. De hecho, nos devolvió los pasaportes sin sellarlos. ¡YO QUERÍA MI SELLO!

Una vez pasada la barrera encontramos una oficina de cambio de divisas, un restaurante y un casino. Sin embargo, seguimos de largo, ya que nos quedaban unos 100 kilómetros hasta London, donde teníamos el alojamiento.

Además de encontrar banderas con la hoja de arce cada poco y el bilingüismo en los carteles, notamos que habíamos cambiado de país porque ya no teníamos las distancias en millas, sino en kilómetros y porque los números de las carreteras aparecían dentro de una corona.

Señal

También por el estado de las carreteras. Parecía que en Canadá se preocupaban más por sus infraestructuras.

Para cuando quisimos llegar al alojamiento en London eran las 20:30 de la noche, por lo que, tras hacer el check-in, nos fuimos directamente a por la cena. Justo al lado teníamos un japonés, así que estaba clara la decisión.

Lo que nos costó algo más fue decidir qué pedir. Finalmente nos acabamos decantando por un menú para tres, ya que el de cuatro nos parecía que traía excesiva comida.

El menú costaba $51,95, $ si pagábamos en efectivo. Acabábamos de cruzar la frontera, por lo que no teníamos dólares canadienses, pero, siguiendo el consejo de la camarera, sacamos dinero en un cajero pues, aunque aplicaba comisión, seguía siendo rentable pagar en efectivo.

Cuando desplegamos los platos en la mesa del hotel nos alegramos de haber elegido el menú para tres y no el de cuatro. Nos había parecido mucha comida sobre el papel, y viendo el tamaño de los recipientes, quizá lo más ajustado habría sido el de dos. Este era el menú:

– 6 California Roll
– 6 Dynamite Roll
– 6 gambas en Tempura
– 8 piezas de verdura en Tempura
– Costillas de Ternera
– Ternera Thai Curry
– Pollo Gereral Tao
– Arroz frito con pollo al estilo japonés

Y este fue el despliegue:

La verdad es que estaba todo muy rico, pero nos sobró arroz, ternera y pollo. Era demasiada comida.

Con el estómago lleno y cansados después de un día de mucho coche, no nos quedaba otra que acostarnos pronto para reponer fuerzas. Al día siguiente nos esperaban las Cataratas del Niágara.

Serie Terminada: Scandal

Hace un par de años que vimos el piloto de Scandal y se quedó en la lista de series para ver. En abril del año pasado llegó a su fin tras siete temporadas y era momento de rescatarla para verla del tirón. Vaya pérdida de tiempo.

En el primer capítulo se nos presentaba Olivia Pope & Associates, una agencia de gestión de crisis y escándalos cuya misión es proteger y defender la imagen de sus acaudalados clientes. La trama se centra en Washington D. C. y la Olivia Pope que da nombre al bufete es una abogada con contactos hasta en la misma Casa Blanca, puesto que fue directora de campaña (y amante) del ahora Presidente Grant. Su personaje está basado en Judy Smith, jefa de prensa de la administración de George H. W. Bush (quien además pertenece al equipo de producción de la serie). El resto de su equipo está formado por su mano derecha Stephen Finch, su amiga Abby Whelan, el hacker Huck, Harrison Wright y la recién llegada Quinn Perkins. Todos tienen en común que fueron salvados por su jefa en algún momento de su vida.

Durante los siete episodios de la primera temporada podemos ver cómo Pope y su fiel equipo de gladiadores con traje (como se hacen llamar) se encargan de solucionar los problemas de sus clientes gestionando sobre todo la comunicación. En el fondo no es muy diferente de The Catch, también de Shonda Rhimes: mujer de alto nivel adquisitivo que dirige un bufete, clientes exclusivos con problemas que no quieren que salgan a la luz y una relación romántica tortuosa. Sí que es verdad que la primera tenía una fotografía más luminosa (estaba centrada en Los Ángeles), pero se recurren a los mismos flashes, pantallas partidas y ritmo frenético.

Pero volviendo a Scandal, con estas premisas planteadas de inicio, parecía indicar que se iba a tratar de un drama político de capítulos autoconclusivos al estilo procedimental con una subtrama romántica entre Pope y el presidente. Pensé que los intríngulis políticos, el debate moral y las estrategias de comunicación serían el leit Motiv de Scandal; sin embargo, la política pasó a segundo plano en la segunda temporada cambiando totalmente el estilo y la estructura de la serie. Entonces se convirtió en una telenovela en la que todo giraba en torno a la relación tóxica entre Olivia y Fritz. Todo un melodrama pasado de vuelta.

 

Así, en el resto de temporadas, lejos queda la fórmula inicial de la serie siendo sustituida por un sindiós narrativo plagado de conspiraciones paranoicas que restan cualquier ápice de credibilidad a la historia. No sé qué se fumaban para escribir los guiones, pero da la sensación de que intentaban buscar lo más descabellado, cualquier giro que sorprendiera a la audiencia por muy inverosímil que fuera. Sin embargo, acaba convirtiéndose en un insulto a la inteligencia del espectador. A saber: amaño de elecciones, conspiraciones, espionaje, juegos sucios, chantajes, torturas, asesinatos, secuestros, organizaciones secretas, progenitores sin escrúpulos que salen de la nada… todo lo que pueda sonar disparatado vale en Scandal, tanto que entra en un círculo vicioso del que no podrá salir.

Los personajes no se salvan claro, están también muy mal definidos. Olivia es independiente, ambiciosa y brillante en su trabajo. Hasta ahí bien, excepto por el pequeño detalle que parece que siempre tiene un as bajo la manga y que es capaz de enfrentarse a todo. Incluso al aparato de una agencia de inteligencia secreta. Por otro lado se nos presenta como fría, frívola y cruel, pero que a su vez cae una y otra vez en los mismos errores. Parece tener síndrome de Estocolmo con sus padres y con Fritz. Las absurdas incoherencias la convierten en un personaje inverosímil. Un individuo puede tener contradicciones y dobleces, pero siempre con cierta coherencia con respecto a su historia. Aquí parece que Rhimes ha querido que todo le pase a ella. No me extraña que se dé al alcohol.

El personaje de Fitzgerald Grant III es horroroso. Cincuentón blanco que viene de familia adinerada y que representa el poder. Es definido como el líder del mundo libre. Sin embargo, resulta que ha llegado al puesto gracias a un amaño en las elecciones y no es más que una marioneta en manos de todos aquellos que llevaron su campaña. Incluso cuando es presidente ni siquiera gobierna, sino que está dirigido por sus asesores, y por Olivia, claro, que es la cabeza pensante de todo esto. Por si fueran pocos estereotipos, además es un marido infiel e insoportable que desprecia a su mujer y que acaba convirtiendo a su amante en un florero en cuanto la relación da un paso más serio.

Y luego está Mellie Grant, esa primera dama que sacrifica todo (personal y profesionalmente) por su marido. Traga carros y carretas, pero en lugar de crear un personaje hacia el que el espectador pueda sentir cierta pena; por el contrario es presentada bien como una insufrible damisela siempre lloriqueando (incluso cuando es por algo tan razonable como la pérdida de un hijo), o bien como una mujer malvada que está tramando un plan maquiavélico (y que no siente apego por los niños pequeños). La mujer débil o la mujer desalmada. Sin embargo, es una superviviente. Pone en pausa su vida para que su marido llegue al poder con la esperanza de que después ese empeño sea recompensado de la misma forma. Pero claro, su marido no está a la altura. Sin duda Mellie es quien tiene más coherencia y quien más evoluciona de toda la serie. Aunque he de decir que el doblaje no le hace nada bien.

En fin, que la trama es un despropósito plagada de incongruencias, los guiones son nefastos y los personajes no transmiten empatía. Sobre todo en esos monólogos interminables recitados a viva voz. Tanto Cyrus Beene (jefe de gabinete del presidente), como los padres de Olivia (especialmente Rowan) y ella misma sueltan unos irritantes soliloquios llenos de frases vacías. Eso sí, parece que los actores se lo toman en serio y creen estar interpretando a el papel de sus vidas en Broadway.

Porque esa es otra, el elenco no se salva. No he visto cosa peor que Huck, un señor que parece que solo sabe gesticular con los ojos: o los achina o los abre mucho. Ya está, esa es su capacidad actoral. Por no hablar de Jake Ballard, interpretado por Scott Foley, el Noel de Felicity, un tipo que se ha encasillado en “el yerno perfecto” y no termina de encajar como despiadado asesino de una agencia secreta. Pero quien se lleva la palma es Kerry Washington, la mismísima protagonista. No transmite, no sabe expresar emociones, es demasiado hierática.

En definitiva, Scandal es un quiero y no puedo. Prometía un drama político plagado de escándalos y giros de guion y se convirtió en un mal culebrón.

Road Trip por la Costa Este de Estados Unidos y Canadá. Día 2 V: Recorriendo Chicago. Subida a la Willis Tower

Una visita a Chicago no está completa sin una visita al rascacielos más alto de la ciudad. Eso sí, no solo es recomendable por las vistas, sino por su Skydeck, toda una experiencia.

Llegamos a las 17:15 y apenas había cuatro personas delante de nosotros para comprar las entradas, por lo que enseguida pudimos hacernos con las nuestras (la de adulto cuesta $24 y no tiene límite de tiempo) estábamos dentro del ascensor, que sube al piso 103 a 412 metros de altura en apenas 60 segundos. Durante el recorrido nos pusieron un vídeo con datos y cifras del edificio y comparativa con otros monumentos del mundo.

La Torre Willis se finalizó en 1973, convirtiéndose en el edificio más alto del mundo gracias a sus 527 metros (442 sin antenas), incluso más que el World Trade Center. Sin embargo, pidió esta posición 20 años más tarde. Hoy en día es el segundo más alto del país, solo por detrás del One World Trade Center de Nueva York que sustituye a las torres gemelas.

Fue construida para albergar la firma Sears, la empresa minorista más grande del mundo con aproximadamente 350.000 empleados que hasta la fecha tenían dispersos a sus trabajadores. El proyecto cayó en manos del arquitecto Bruce Graham y el ingeniero Fazlur Khan, quienes concibieron un edificio dividido en 9 torres de diferentes alturas. Así, mientras que dos acaban en el piso 50, otros dos en el 6, en el 90 tres, y finalmente, los dos restantes continúan hasta la planta 108.

La empresa Sears tenía en vista expandirse, así que mientras se planteaba alquilar algunas plantas a empresas menores. Sin embargo, los planes no salieron como pretendían y su fortuna decayó en los años 70 quedando una gran parte de la torre desocupada. Finalmente, en 1994, con un tercio vacío, vendió el edificio a AEW Capital Management. Tres años más tarde pasó a la compañía propietaria de la CN Tower de Toronto, quien en 2003 se lo cedió a MetLife, que lo vendió en 2004 a un grupo de inversores.

En julio de 2009 la Torre Sears se convirtió en Torre Willis, y cabe la posibilidad de que vuelva a cambiar en 2024, ya que los derechos del nombre se renuevan cada 15 años.

El mirador permite dar una vuelta de 360º y obtener vistas no solo de Chicago a nuestros pies (el Flamingo queda diminuto desde allí arriba) o del Lago Míchigan, sino que además, en un día despejado, dicen que se pueden alcanzar de un vistazo las planicies de Illinois y los Grandes Lagos. Incluso parece que es posible ver el Estado de Indiana al otro lado del lago así como Míchigan y Winsconsin.

El día estaba bastante despejado y no sé si se alcanzaba a ver tanto como otros estados, pero sí que permite una buena perspectiva de la ciudad. Y se ve el competidor de la Torre Willis, el 360º Chicago, en el centro de la última imagen con estructura piramidal y dos antenas.

Cuando planeábamos la vista a la ciudad teníamos la duda de a cuál de los dos subir. Todo un quebradero de cabeza. En cuanto al precio, son muy similares: $24 para la Willis, $21 a 23 (según si es hora punta o valle) en el 360º. También sus horarios de apertura, aunque el 360 cierra sus puertas a las 11 de la noche durante todo el año mientras que la Willis a las 8 en invierno y a las 10 en verano.

Sin embargo, las características de uno y otro diferían y aquí ya entramos en gustos personales y no en verdad absoluta. En los pros teníamos que el 360º, al estar más al norte, permitía una visión más general de Chicago (aunque no se ve el río). Como contra, por el contrario, que es un poco más bajo y dos de sus lados dan al lago, con lo que hay menos que ver por así decirlo. Tiene la ventaja de contar con unas cristaleras más amplias y que permiten acercarse más.

Por otro lado, mientras que las colas en el 360º parecían ser más cortas, su atracción extra cuesta $7 mientras que la de la Willis está incluida en la entrada. Y quizá esto fue lo que nos hizo decantarnos hacia esta última. No solo el precio, sino en este extra.

El 360º cuenta con el Tilt, una fila de 8 ventanas que se inclinan 30º sobre el asfalto. Y para muestra, un botón.

No puedo decir que no sonara interesante, pero está limitado por tiempo y quizá el interés del paisaje está en el fondo y no en inclinarse…

Por otro lado, el Willis cuenta con The Ledge, cuatro cubos transparentes situados en el lado oeste que fueron instalados en 2009 y que no requieren ninguna entrada o pago adicional.

Eso sí, hay que esperar cola. Afortunadamente, por la hora que era (las 7 de la tarde), no había mucha gente y tan solo fueron diez minutos. Además, nos colocamos en dos filas diferentes pero seguidas para estar en dos cubos distintos y así poder hacernos fotos mutuamente.

Pese a dejar pasar a unos chicos que teníamos detrás en la cola, nosotros pasamos antes. Sin embargo, como no hay límite de tiempo (o al menos a esas horas no parecía importarles), nos dio tiempo a grabar un vídeo, hacernos fotos individuales y en pareja y luego ya coordinar con el segundo cubo.

Después de nosotros pasó un grupo de cinco o seis chavales. Apenas cabían en el espacio, eso sí, no hay temer por los cristales, ya que son capaces de aguantar unas cinco toneladas. Supongo que están hechos pensando en el peso que se gastan los estadounidenses. Eso sí, algo de respeto da mirar hacia abajo. Más que desde la Torre Eiffel.

Eran ya las 19:30 cuando abandonamos la torre y cogimos el transporte de vuelta al apartamento. Teníamos intención de acostarnos pronto, ya que a las 8 de la mañana teníamos la recogida del coche. Así que fue llegar, preparar el picoteo, cenar, dejar medio recogido todo para el día siguiente y a dormir.