Serie Terminada: Creedme (Unbelievable)

2019 parece ser el año de las miniseries, además de gran calidad. Ha sido el año en que hemos podido ver Chernobyl, Así nos ven, Years and Years y Creedme (Unbelievable), la última que he visionado. De repente me encontré con numerosos artículos y comentarios en las redes sociales sobre lo buena que era, por lo que despertó mi curiosidad.

Al igual que Así nos ven, Creedme es un true crime basado en hechos reales. Recogido inicialmente en 2015 por los periodistas Ken Armstrong y T. Christian Miller en un reportaje que les hizo ganar el premio Pulitzer, ahora pasa a la pequeña pantalla en formato de 8 episodios. La historia arranca con Marie Adler, una joven de 18 años de la ciudad de Lynnwood, en el estado de Washington, que fue violada en 2008 por un hombre que se coló por la noche en su apartamento. Por si fuera poco la traumática experiencia de sufrir una violación, se encuentra después con un calvario cuando ha de relatar los hechos mil y una veces ante los médicos y los agentes de policía que la atienden. Unos detectives que ponen en duda su relato hasta el punto en que ella acaba retractándose cansada de esforzarse para que la crean. Sin embargo, tras declarar que todo era mentira y que se lo había inventado para llamar la atención, la situación empeora más. La poca gente de su entorno que la había apoyado de repente la deja de lado y se convierte en poco menos que una apestada. Su padre de acogida incluso no quiere estar a solas con ella por si acaso ella pudiera inventarse una historia similar. Poco después es además llevada a los tribunales tras ser acusada de delito de falso testimonio.

El primer capítulo se centra enteramente en el caso de Marie, en la violación, en su soledad durante todo el proceso, en su frustración ante el acoso de los detectives y en su derrota emocional cuando comprende que la policía ya ha decidido que su denuncia carece de credibilidad y que no va a investigar su violación. Es un episodio lento y duro. Muy duro. No por la violación en sí, ya que no se muestra de forma explícita; sino por la facilidad con la que nos hace sentir empatía por Marie y comprender por qué tan frecuentemente las víctimas de abuso y acoso sexual no llegan a denunciar. A menudo se sienten doblemente violadas: primero físicamente por el agresor y después psicológicamente por un personal no cualificado (policía, sanitarios, abogados) que se centra más en buscar inconsistencias en el relato y en el comportamiento de la víctima que en investigar realmente el caso.

En los siguientes capítulos Creedme se bifurca en dos tiempos narrativos. Por un lado sigue los pasos de Marie y cómo intenta recomponerse cuando todo su entorno la margina y, por otro da un salto a 2011 a la investigación conjunta de las detectives de Colorado, Grace Rasmussen y Karen Duvall después de que esta última descubriera que un caso suyo guarda muchas similitudes con otro de Rasmussen y a partir de ahí salieran a la luz muchos más con el mismo patrón: las víctimas eran atadas con los ojos vendados, violadas durante horas, fotografiadas y obligadas después a ducharse concienzudamente. Además, las escenas de los crímenes quedaban totalmente limpias, sin resto alguno del agresor.

Viendo ambas historias contrasta notablemente las actuaciones de los detectives en cada una de ellas. Por un lado la típica actuación de tipo duro, agresivo, que acorrala al entrevistado como si fuera un acusado en vez de una víctima en el caso de Marie, y, por otro lado, el trato mucho más humano y empático de las detectives de Colorado. Puede que la diferencia venga determinada en parte por ser mujeres y por ello ser capaces de ponerse en el lugar de las víctimas, pero también se ve que tienen más experiencia y formación específica y adecuada en ese tipo de casos. No hay más que ver con qué calma y tacto Duvall entrevista a una de ellas en el segundo episodio, acompañándola también durante todo el proceso en el hospital y llevándola después a casa de una amiga para asegurarse de que tiene el apoyo de alguien cercano.

Creedme pone sobre la mesa las buenas y malas prácticas ante un caso de violación y la necesidad de una mirada no patriarcal. Habla del acoso institucional a las víctimas y de cómo se cuestiona su relato tanto como el de un acusado y de la creencia social de que solo hay un único comportamiento posible tras una agresión sexual. Marie Adler había tenido una infancia complicada pasando por varios centros y casas de acogida. Quizá por eso su testimonio sonó frío, sin emoción, porque ya había pasado por momentos complicados en el pasado. Sin embargo, estas dos circunstancias (su pasado y su comportamiento) llamaron más la atención que el parte de lesiones. Incluso el hecho de que se contradijera, o se acordara de cosas a medida que volvía a repetir los detalles fue tomado como señal de que mentía en lugar de plantearse que es completamente normal que la mente tenga lagunas tras un suceso traumático o que se recuerden cosas en de una forma totalmente desordenada.

Aunque la serie tiene un toque policíaco y sigue una investigación y sus procesos, no sigue la misma estructura de otras ficciones como CSI, Motive, Castle o tantas otras. Es verdad que se busca a un criminal, pero no nos importa sus motivos. Aquí la importancia recae en las víctimas y el relato se hace desde su punto de vista (no desde el del detective de turno que resuelve el caso). Así, a pesar de que se trata de una serie sobre agresiones sexuales, no nos encontramos con escenas de violaciones brutales y explícitas. No hace falta mostrarlo, pues nos lo podemos imaginar a la perfección simplemente con los retazos de los recuerdos de las víctimas. Somos capaces de sentir su miedo y vulnerabilidad sin entrar en el morbo o el amarillismo.

Creedme le da una vuelta al mito de las denuncias falsas poniendo en evidencia el juicio público que sufren miles de víctimas cuando dan el paso y denuncian las agresiones. Muestra lo indefensas que se encuentran cuando son cuestionadas y en lugar de ser protegidas son responsabilizadas (que si qué llevaba puesto, que si había bebido, que si dio pie, que si dijo “no”, que si cerró las piernas…). En el caso de Marie Adler las inspectoras acabaron encontrando la relación y los tribunales acabaron compensándola económicamente (como también pasara en Así nos ven), sin embargo, el daño ya estaba hecho. Quizá no intencionadamente, pero si los primeros agentes hubieran intentado llegar al fondo del asunto en lugar de dudar de la víctima, el exmilitar Marc O’Leary (que se declaró culpable de 28 cargos de violación) no habría seguido agrediendo durante tres años más.

La serie deja una cuestión en el aire desde el principio: ¿Merece la pena denunciar y pasar por todo ese trago en el que ni la policía ni tu entorno te va a creer? Marie lo tiene claro al final: “Incluso la gente en la que confías, si la verdad es incómoda, no se la creen”. Triste, pero por desgracia, es más común de lo que pensamos. Por eso considero que Creedme es muy muy necesaria.

Berlín XI. Día 4: Excursión a Sachsenhausen

Amaneció otro día frío y gris en Berlín y tras desayunar tranquilamente en el apartamento, a las 9 nos estábamos poniendo en marcha rumbo al Campo de Concentración de Sachsenhausen. Para llegar desde Berlín se puede hacer con el S1  (Wannsee – Oranienburg), con el tren regional RE5 (Stralsund/Rostock – Neustrelitz – Wünsdorf-Waldstadt/Elsterwerda), o con el RB12. Siempre  hasta la estación de Oranienburg.

Después, hay un paseo caminando de unos 20 minutos hasta el campo o, si se tiene suerte con el horario, se puede tomar los buses 804 u 821 (solo días laborables) hasta la parada Gedenkstätte. Nosotros tuvimos suerte y al poco de llegar (10:23) salía el autobús, por lo que nos evitamos el paseo.

Una vez en el campo nos dirigimos al centro de visitantes para hacernos con una audioguía, pues aunque la visita se puede hacer por libre, el campo fue demolido casi por completo y es necesario seguir las explicaciones para completar lo que se ve. Las audioguías nos costaron 3€ y las había disponibles en alemán, inglés, español, francés, italiano, neerlandés, portugués y ruso.  También se puede optar por la visita guiada, algo más cara.

Un poco de historia

El 21 de Marzo de 1933 se aprobó el primer campo de concentración estatal en Prusia en una cervecería abandonada del centro de Oranienburg. Este primer campo estaba principalmente pensado para encarcelar a los adversarios políticos del régimen nacionalsocialista. Pretendía así disuadir de las protestas contra el régimen. Desde su apertura hasta que cerró en julio de 1934 alrededor de unas 3000 personas fueron apresadas, la mayoría de ellas oponentes políticos de Berlín, Oranienburg y áreas cercanas. Empezó con los comunistas, pero también había miembros del Reichstag y del Parlamento Regional de Prusia, empleados de la radio de Berlín y muchos intelectuales. Eran obligados a trabajar en la construcción y reparación de carreteras, ferrocariles y vías fluviales para las autoridades de la ciudad de Oranienburg.

El campo de Oranienburg fue reconocido, soportado financieramente y supervisado administrativamente por varios organismos estatales. Pronto el comandante del campo, Werner Schäfer, comenzó a usarlo como propaganda. No tardaría en aparecer en reportajes y artículos de la prensa alemana como campo “modelo”.

En julio de 1934, en la noche conocida como la Noche de los cuchillos largos, el campo fue tomado por unos 150 hombres de las SS liderados por el Inspector de los Campos de Concentración Theodor Eicke. Fue entonces clausurado y los prisioneros fueron trasladados al Campo de Concentración de Lichtenberg.

Sachsenhausen

Un par de años más tarde, el verano de 1936, se forzó a los prisioneros de los campos de Emsland a construir uno nuevo, el de Sachsenhausen. Fue el primer campo construido bajo las órdenes de Heinrich Himmler como Jefe de la Policía Alemana y serviría como modelo para la red de campos. Allí recibieron instrucción los guardias de las SS que más tarde serían responsables en otros lugares. En él se tomaban las decisiones sobre alimentación, castigos y torturas que después se aplicarían en el resto. En 1938 Sachsenhausen ganó un estatus especial por estar muy próximo a la capital del Reich.

Entre 1936 y 1945 pasaron más de 200.000 personas por el campo de Sachsenhausen. Entre los internos se encontraban tanto oponentes políticos del régimen como otros grupos a los que los nazis consideraban inferiores, ya fuera racial como biológicamente (judíos, homosexuales, gitanos…). En primer lugar la mayoría eran alemanes, pero durante la II Guerra Mundial llegaron decenas de miles de personas que habían sido deportadas de territorios ocupados. Para 1944 el 90% de los prisioneros eran extranjeros (la mayoría ciudadanos de la URSS y Polonia).

En un principio eran obligados a trabajar en fábricas pertenecientes a las SS, y es que los campos de concentración eran el pilar de la industria del país. A finales del verano de 1938 fueron forzados a construir una fábrica de ladrillos (Klinkerwerk) que sirviera para suministrar materiales a las diferentes obras que tenía planeadas el régimen nazi. Era una de las actividades más temidas, puesto que suponía agotamiento y torturas. En muchos casos incluso asesinatos deliberados. Cuando en 1941 se concluyó un barracón, Klinkerwerk se convirtió en un campo independiente. Desde 1943 las SS lo usaron para hacer armamento.

Otra tarea impuesta era la de la prueba de calzado. Fue establecida en 1940 y consistía en que los internos debían caminar durante días con diferentes zapatos y sobre distintas superficies para comprobar la calidad de los materiales.

Cuando el Ejército Rojo alcanzó el río Oder, los nazis prepararon la evacuación del campo. Unos 3.000 internos, considerados peligrosos por tener entrenamiento militar o por no ser capaces de moverse fueron asesinados. El resto, al menos unos 13.000, fueron conducidos a los campos de Mauthausen y Bergen-Belsen. Tan solo llevaban una ligera manta que les “protegía” de la nieve, algo de comida enlatada y un trozo de pan. Los guardas de las SS fusilaban a aquellos que estaban tan exhaustos como para poder seguir el ritmo de la marcha, después los ponían en un carro y eran quemados al atardecer.

En las primeras horas del 21 de abril comenzó la evacuación hacia el noroeste con más de 30.000 internos que aún quedaban. Estas marchas entre el otoño de 1944 y la primavera de 1945 fueron conocidas como las Marchas de la Muerte, pues miles de ellos murieron por el camino.

El 22 de abril los ejércitos soviético y polaco liberaron el campo donde aún quedaban unos 3000 enfermos así como personal sanitario. Lamentablemente unos 300 no consiguieron sobrevivir como consecuencia de las secuelas del tiempo recluidos. Fueron enterrados en seis fosas comunes cerca de la enfermería. En total, entre 1936 y 1945 se estima que pasaron por allí un total de 200.000 prisioneros, muchos de los cuales murieron por agotamiento, frío, enfermedades, trabajos forzados, malos tratos y desnutrición. Otros tantos fueron víctimas de las técnicas de exterminio. Los que consiguieron sobrevivir, fueron repatriados a partir de junio, después de un par de meses de recuperación física. Sin embargo, después de tantos años como prisioneros muchos no sabían qué hacer con esta libertad. Habían perdido sus hogares, su familia y muchos no tenían dónde regresar.

Dentro del plan de desnazificación, el ejército soviético estableció diez campamentos especiales, uno de ellos (el más grande de todos) fue este de Sachsenhausen, que acogió a unos 60.000 internos. Y aunque la mayoría funcionarios de bajo y medio rango del régimen nazi u oficiales de las Fuerzas Armadas alemanas; también se aprovechó para encarcelar a personas condenadas por los tribunales militares soviéticos, prisioneros de guerra soviéticos, y algunos perseguidos políticos. Parece que en esta época no se forzaba a los internos a trabajos, ni siquiera a salir al exterior, por lo que estaban hacinados en los barracones simplemente viendo pasar el tiempo.

Se estima que hasta que fue desmantelado cinco años después murieron 11.890 personas de hambre, frío y enfermedades. Fueron enterrados en tres fosas comunes en el Patio del Comandante, en la zona conocida como An der Düne, en el bosque de Schmachtenhagen. En 1990 se convirtió en cementerio y sirve como lugar de conmemoración.

Tras su cierre unos 7000 internos fueron liberados. Por otro lado, unos 5000 fueron entregados a las autoridades de la RDA para que continuaran con sus sentencias.

No fue hasta 1956, cuando los supervivientes extranjeros quisieron visitar el campo, que este se abrió al público. Además, el Central Comité del SED decidió levantar tres memoriales en los sitios de Buchenwald, Ravensbrück y Sachsenhausen. Este último fue inaugurado el 23 de abril de 1961, no obstante, quedó irreconocible, puesto que se eliminaron los edificios originales y se reconstruyó con nuevas estructuras. Se erigió además el monumento Triunfo del Antifascismo, un obelisco de 40 metros de altura.

Se creó un museo para contar la historia de los campos de concentración en general y de este en particular, que se localizaba en lo que en su día fue la cocina. Se centraba en mostrar cómo era el día a día, la resistencia y la liberación. Después se creó además el Museo de la Lucha Antifascista para la Liberación de los Pueblos de Europa en un nuevo edificio. Promovido por asociaciones de antiguos prisioneros extranjeros, mostraba a lo largo de 19 secciones divididas por país la resistencia a la Alemania Nazi.

Los barracones 38 y 39, reconstruidos de los restos originales, se dedicaron a los judíos, aunque la información era bastante escasa. Por otro lado, no existía apenas relato sobre gitanos, homosexuales, Testigos de Jehová u otro tipo de prisioneros que no fueran políticos.

En 1993 el Memorial pasó a formar parte de la una fundación federal y está financiado con fondos públicos. Entonces se inició una reforma integral y un rediseño del campo para preservar los edificios históricos. Hoy es un lugar de conmemoración y aprendizaje, así como un museo de historia contemporánea.

En la entrada podemos ver una maqueta del campo y la audioguía nos cuenta estos antecedentes históricos, cómo se estructuraba y las modificaciones que sufrió con el paso de los años.

Tras la introducción, nos dirigimos a la entrada por un paseo lateral. Durante el recorrido podemos ver varios paneles con fotografías en blanco y negro relatando la historia del campo desde su construcción hasta la Marcha de la Muerte y la posterior liberación del campo.

Lo primero que nos encontramos al entrar en el recinto es el edificio de la Torre A, la torre de vigilancia donde se halla la puerta de acceso al campo con el famoso lema de Arbeit macht frei (El trabajo te hace libre).

El reloj (es una reconstrucción) está parado marcando la hora en que fue liberado.

En el edificio encontramos una exposición bastante extensa sobre los miembros de las SS, sobre el funcionamiento del campo, su creación o detalles sobre cada uno de los edificios. Leer todos los paneles y seguir todas las pistas multimedia puede llevar bastante tiempo. Resulta abrumador contar con tanta información, afortunadamente al llevar audioguía es fácil seguir el recorrido.

Desde las ventanas alcanzamos a ver todo el recinto, tal y como hacían las autoridades de las SS. Aunque es difícil ponerse en su piel e imaginar qué se les pasaba por su cabeza.

Tras concluir la exhibición, comenzamos nuestra visita al campo. La imagen ante nuestros ojos es desoladora. Apenas quedan barracones en pie, sin embargo, si nos fijamos en el suelo podemos ver marcadas las trayectorias originales de los caminos, así como unos rectángulos que delimitan donde una vez se ubicaron los barracones.

También se conservan las vallas electrificadas y los paneles que amenazaban con un tiro en la cabeza si se acercaban a esa zona.

A mano derecha de la torre encontramos los Barracones 38 y 39, donde fueron hacinados los judíos. Hoy sirve como museo y pretende ilustrar las condiciones que tenían que soportar los que allí fueron recluidos. Podemos ver las literas, el comedor, los baños… Aún quedan marcas del incendio provocado por unos neonazis en 1992.

En algunos períodos había más de 400 hombres hacinados en estos barracones, por lo que asearse por las mañanas era muy complicado. Apenas contaban con 30 minutos para hacerlo de la mejor forma posible usando los dos lavabos que expulsaban solo agua fría desde el centro a modo de fuente.

Al lado se halla el edificio de la Prisión, con su propia exposición. Además de servir como cárcel (valga la redundancia teniendo en cuenta que eran prisioneros en un campo de concentración), era donde se ubicaban los cuarteles de interrogatorio de la Gestapo.

En la parte más alejada se halla la Torre E, que alberga una exposición sobe la relación entre Sachsenhausen y Oranienburg, el Museo del Campo Especial Soviético y el Sonderlager, donde se conservan los barracones de ladrillo donde se recluía a aliados y prisioneros importantes.

Continuamos hasta la Estación Z, o lo que es lo mismo, la zona de exterminio. Aunque Sachsenhausen fue concebido como campo de concentración, en la primavera de 1942 se construyó esta unidad de exterminio con un crematorio y una zanja de fusilamiento. En 1943 se añadió además una cámara de gas.

Recibe el nombre como contraposición a la Torre A. La A como entrada, la Z como salida. Macabro, sin duda.

En la grava vemos unas fotos que recuerdan el lugar en que fueron fusilados 10.000 prisioneros soviéticos en 1941.

Cuando llegaban al campo eran conducidos a una sala junto a un vestuario y la enfermería, por lo que pensaban que iban a pasar algún tipo de reconocimiento médico. Sin embargo, nada más lejos de la realidad. Se trataba de la unidad de ejecución y eran fusilados allí mismo. Los guardias no tenían ni que acercarse, pues colocaban el arma en un agujero en una de las paredes. Ninguno sabía lo que le esperaba, pues la música estaba alta para camuflar el sonido del disparo. Junto a esta sala había otra más en la que iban acumulando los cadáveres y que contaba con cuatro hornos móviles.

Casi para finalizar entramos en la zona de enfermería y la morgue. En realidad la enfermería no ayudaba mucho, sino que era un lugar de experimentación con humanos. Esterilización forzadas de judíos, gitanos y homosexuales; inyecciones de virus y bacterias a prisioneros sanos para estudiar su evolución, pruebas médicas para hacer seguimiento de la capacidad del cuerpo humano de adaptarse a condiciones climáticas extremas… En definitiva, eran tratados como cobayas de laboratorio. Los detalles son crueles y macabros.

La visita al campo es dura, si bien, el hecho de que haya desaparecido gran parte de las edificaciones no impacta tanto como cuando estuvimos en Dachau. Allí se conservan más barracones y se puede acceder a las cámaras de gas y al crematorio, lo que sin lugar a dudas no deja impasible a nadie.

Dachau

Dachau

En cualquier caso, sea cual sea, me parece una visita imprescindible para conocer la historia. Los episodios más duros y crueles han de estar presentes en nuestra memoria para no repetirlos. Aunque parece que no hemos aprendido mucho de aquellos errores.

Volvimos caminando a la estación, ya que los buses pasaban cada dos horas y nos tocaría esperar mucho. Y como aún nos quedaba también para poder tomar el tren, aprovechamos para comer en Oranienburg. No es que hubiera muchas opciones un domingo a las 14:30 de la tarde, así que nos conformamos con un McDonald’s y una hora más tarde regresábamos a Berlín.

Berlín X. Día 3 III: La Avenida comercial Tauentzienstraße

Tras comer, volvimos a Berlín, y como aún eran las 18:30 decidimos bajarnos en la parada Bahnhof Wittenbergplatz del U2 para dar una vuelta por el famoso Kauf des Westens. Conocido coloquialmente como KaDeWe, es el centro comercial más famoso de Alemania y podríamos equipararlo con el Harrod’s de Londres o las Galerías Lafayette de París. Inaugurado en 1907 con 24.000 m², hoy su superficie supera los 60.000 m², lo que lo convierte en el más grande de la Europa Continental.

En la planta baja se encuentran los departamentos de perfumería y cosmética así como joyas y relojes. Las plantas superiores acogen primeras marcas como Dior, Gucci, Dolce & Gabbana o Burberry. Muy fuera de nuestro presupuesto.

Sobre todo destaca la sexta planta, una planta panorámica con capacidad para más de 1000 personas que alberga el departamento de delicatessen más grande de Europa. Se pueden encontrar más de 30 puestos de especialidades culinarias de todo el mundo.

A la salida bordeamos el edificio, pues sus escaparates tenían una especie de Cortylandia. Cada año el KaDeWe decora sus ventanales con el Wichtel (gnomo ayudante de Papá Noel) en diferentes actividades. La temática de 2018 eran los viajes, así que podíamos verlo en Roma, Múnich, Copenhague, en la pasarela de Milán , en el Prater de Viena, en Bangkok…

Además de diferentes medios de transporte, como el metro de Berlín, el barco o el avión.

Junto al KaDeWe se encuentra la tienda de Lego, y pasamos también a echar un ojo.

Si en Chicago tienen representada la ciudad con un rascacielos en el escaparate, aquí pudimos encontrar una réplica de la Puerta de Brandeburgo (hecha con 521.405 piezas y con peso total de 1399 kg), un mapa del metro o el grafitti del muro del Trabant atravesando la pared (en 3D).

Además, pudimos encontrar otras maquetas como la de C3P2 o algunas relacionadas con Harry Potter.

En la puerta había una chica que repartía el pasaporte Lego, que puedes llevar a cualquier tienda del mundo y pedir el sello característico.

Seguimos recorriendo la Tauentzienstraße, la avenida comercial que discurre desde Wittenberplatz (donde se halla el KaDeWe) y Breitscheidplatz (junto a la iglesia Kaiser Wilhelm). En este tramo de apenas 500 metros se encuentran marcas como Zara, Uniqlo, Adidas, Pull&Bear, Bershka, Mango, Nike… Diseñada como un bulevar parisino durante el II Reich, el centro del paseo estaba decorado con motivos navideños y con el nombre de la ciudad iluminado.

Tras pasear la avenida de ida y vuelta, tomamos de nuevo el metro en la parada donde nos habíamos bajado y regresamos al apartamento. Con la tontería llegamos a las 9 de la noche, así que otro día intenso. Y para el domingo nos esperaba otra excursión fuera de la ciudad: Sachsenhausen.

Serie “para ver”: Pequeñas Coincidencias

Rompiendo un poco con la costumbre de ver casi siempre series dramáticas, recientemente vimos el piloto de Pequeñas coincidencias, una comedia española que parece que estaba funcionando muy bien internacionalmente.

La idea de la serie viene de Javier Veiga, quien además de guionista y director es también uno de los protagonistas. Le acompaña delante de la pantalla Marta Hazas, su mujer en la vida real. Interpretan a Javier y Marta (sí, muy originales no han sido con los nombres), dos individuos que de primeras no se conocen, pero que ya en el primer episodio vemos que parecen destinados a encontrarse. Ella se encuentra en un buen momento profesional, ya que está ilusionada por la apertura de su tienda de vestidos de novia. Sin embargo, en lo personal se encuentra en una situación totalmente diferente pues, desilusionada con su pareja, decide poner fin a la relación. Él por su lado es crítico gastronómico y disfruta de su vida como soltero saltando de cama en cama, saliendo con sus amigos y viviendo con su hermano quien se ha acoplado en su casa tras el divorcio.

Pero, cuando parece que ninguno de los dos tiene intención de complicarse la vida, de repente se les empieza a pasar por la cabeza la idea de tener hijos. De primeras no tienen nada en común y cada uno tiene una forma diferente de entender el amor y la vida, sin embargo, parecen compartir pequeñas coincidencias y estar destinados a encontrarse.

La serie sigue una estructura y un estilo típicos de las comedias románticas de los años 90, aquellas en las que chico y chica se ven envueltos en rocambolescas casualidades y sabemos desde el principio que acabarán juntos. Aunque está actualizada introduciendo las redes sociales y la presión social de la vida moderna, es sencilla y sin muchas pretensiones. No plantea una introspección emocional sobre la maternidad, sino que se centra en contar la historia de Javi y Marta.

La estética, el ritmo y la trama funcionan. Al menos así de primeras. Tiene una buena fotografía que se desmarca de las típicas series familiares y se acerca más a las películas. Le fallan sin embargo los secundarios, demasiado estereotipados: el mejor amigo de la protagonista que es gay (y diseñador de vestidos de novia), los amigos fiesteros de él, el hermano divorciado que no sabe qué hacer con su vida (interpretado además por un Juan Ibáñez Pérez que deja mucho que desear). No obstante, en general resulta entretenida y me arrancó varias sonrisas y alguna que otra carcajada, sobre todo con la entrada en escena del padre y hermano de la protagonista. Habrá que ver si en el resto de la temporada se mantiene el ritmo y si hay química entre la futura pareja.

La primera temporada cuenta con 8 capítulos de 50 minutos, reduciendo notablemente la duración habitual en las series españolas. Es así mucho más fácil de ver y va más al grano, sin relleno innecesario.Ha sido renovada por una segunda que, sin embargo, se ha adaptado a la tradición internacional y constará de 12 episodios de media hora.

Berlín IX. Día 3 II: Excursión a Potsdam. Jardines y Palacios

Desde la Puerta de Brandeburgo tomamos la Allee nach Sanssouci, que como su nombre indica, nos conducía al Parque Sanssouci. Sin embargo, no entramos en él, sino que lo bordeamos, pues pensábamos dejarlo para el final. En este extremos del parque destaca la Friedenkirche, la Iglesia de la Paz, de culto protestante.

Con una planta de tres naves sin crucero y un campanario independiente de 42 metros de altura, fue construida a mediados del siglo XIX intentando copiar los diseños de las iglesias primitivas cristianas de Italia siguiendo las directrices de Federico Guillermo IV. Precisamente este y su esposa Isabel Ludovica se encuentran enterrados allí (aunque el corazón del rey descansa en el mausoleo del Palacio de Charlottenburg en Berlín.

Bordeando el parque por la Schopenhauerstraße nos encontramos con el Obelisco que indicaba el límite del parque. Construido en 1748, está adornado por jeroglíficos, aunque son meramente decorativos, ya que por aquella época aún no se había comenzado a descifrar este tipo de escritura.

Frente a él, en la acera opuesta se halla la montaña Winzerberg, compuesta por cuatro terrazas escalonadas. Fue construida en 1763 como expansión del Palacio Sanssouci y se usaba como viñedo principalmente (aunque también había plantados manzanos y perales). En su punto más alto se erige la Winzerhaus, construida en 1849.

Tomando la Weinbergstraße nos acercamos a Alexandrowka, el barrio ruso de Potsdam.

Declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1999, esta colonia fue creada en 1825 por órdenes de Federico Guillermo III con el mismo fin que el barrio holandés: para que los inmigrantes (en este caso rusos) se sintieran como en casa. La diferencia era que mientras que los holandeses eran trabajadores, los rusos eran nobles y artistas que visitaban la corte del rey, que tenía una estrecha relación con el zar Alejandro I.

Hoy se pueden ver unas pocas de estas casas de maderas que parecen cabañas, una casa museo sobre la historia del barrio y su construcción e incluso una iglesia ortodoxa, la Alexander Newski, de 1829.

El barrio queda muy cerca del Neuer Garten, un parque de de 102,5 hectáreas que mandó construir en 1787 Federico Guillermo II. En su opinión el Parque Sanssouci de Federico el Grande se había quedado anticuado con su estilo barroco y la ciudad necesitaba uno más moderno. Quiso copiar el diseño de los  jardines de Dessau-Wörlitz con un diseño en el que predominan las áreas de jardín parcialmente cerradas y los árboles y las plantas creciendo de forma libre y natural. También se permitió que pastaran libremente las vacas, cuya leche se usaba para hacer mantequilla y queso en la granja del extremos norte del parque.

Su sucesor, Federico Guillermo III, ordenó rediseñar el jardín, que había quedado algo descuidado y cubierto de maleza, en un estilo inglés del siglo XIX con espacios abiertos, amplias zonas ajardinadas y caminos amplios.

En este parque Federico Guillermo II mandó construir como residencia de verano el Marmorpalais, un palacio estilo clasicista temprano, el único en toda Prusia. Construido en ladrillo rojo, en su origen era un edificio cúbico de dos plantas con un templo de planta circular en el tejado, las alas laterales fueron añadidas a posteriori, pues se ve que al rey se le quedó pequeño.

En uno de sus laterales se erige un obelisco de mármol en cuya base cuenta con cuatro medallones que representan cabezas masculinas de diferentes edades como símbolo de las cuatro estaciones.

No muy lejos se halla el que fuera el último palacio de la dinastía Hohenzollern, el Palacio de Cecilienhof, ordenado construir por Guillermo II para su hijo y su mujer Cecilie. Sin embargo la construcción se retrasó debido al estallido de la I Guerra Mundial y para cuando terminaron las obras casi se estaba proclamando la República de Weimar y la familia imperial marchándose al exilio. En realidad el matrimonio solo vivió allí un año (Cecilie se quedó hasta la II Guerra Mundial, momento en que se dio cuenta de que no tenía nada que hacer).

Diseñado intentando asemejar una casa de campo inglesa de estilo Tudor, destaca por su importante papel en la historia reciente al haber acogido la Conferencia de Potsdam celebrada el 17 de julio y el 2 de agosto de 1945 entre Churchill, Stalin y Truman. Fue en esta cumbre donde los tres líderes decidieron el futuro de Alemania y la Europa de posguerra en general.

El interior fue redecorado para la ocasión intentando agradar a los participantes y hoy en día se puede visitar para conocer cómo se desarrollaron aquellos días gracias a una exhibición con fotografías, audios originales y numerosos carteles. Nosotros no contábamos con mucho tiempo, por lo que paseamos por sus jardines disfrutando de su bonito aspecto exterior. A mí me recordó a las típicas casas de entramado bávaras.

En uno de sus jardines aún se puede ver la estrella hecha de geranios rojos con la que Stalin recibía a sus invitados. Eso sí, en diciembre no tenía color, imagino que no es la época en que florecen estas plantas.

El palacio cuenta con 176 habitaciones y hoy además de ser un lugar histórico también es un hotel.

Abandonamos el parque y nos dirigimos al Parque de Sanssouci, donde acabaríamos con la visita de la ciudad. Eran casi las dos de la tarde y apenas nos quedaban un par de horas de luz solar, por lo que no podíamos parar a comer. El hambre tendría que esperar al atardecer.

Desde que Federico Guillermo eligiera Potsdam como lugar donde establecer su residencia de caza en 1660 la ciudad se volvió muy popular entre la familia real prusiana y los más acaudalados querían trasladarse a ella para estar cerca de la corte. El Palacio Sanssouci es hoy en día uno de los más famosos de Potsdam y es Patrimonio de la Humanidad desde 1990.

Accedimos por su parte trasera, en la que el edificio se extiende con un un pórtico lleno de columnas formando un círculo y dejando una plaza en el centro.

La verdad es que esperaba encontrarme algo parecido a los palacios de San Petersburgo, ya que tiene tanto renombre y se lo conoce como el Versalles alemán, pero me dejó algo fría. Es verdad que en diciembre los jardines no lucían mucho y que no vimos el interior, así que vamos a darle el beneficio de la duda.

En los laterales encontramos varias glorietas realizadas de rejas y adornadas con detalles dorados. El pasadizo cuenta con varias estatuas, pero estaban tapadas.

Para visitar el interior del palacio hay que pedir hora en la web oficial. Es decir, se puede llegar y comprar la entrada, pero tiene aforo, por lo que si no las sacas con anterioridad, te puedes encontrar con que no hay disponibilidad. La visita se realiza con una audioguía y está prohibido hacer fotos, salvo que se pague un permiso fotográfico. Puesto que no íbamos a entrar, bordeamos el edificio para ver su fachada principal.

Construido entre los años 1745 y 1747, fue diseñado por Federico II el Grande como residencia de caza y retiro lejos de la pompa de la corta berlinesa. De hecho, el nombre del palacio toma la expresión francesa Sans-Souci que significa sin preocupaciones. El rey se mudaba al palacio cada verano con sus perros hasta su muerte en 1786. De hecho, está enterrado junto al palacio con sus 11 canes.

Ubicado sobre unas terrazas ajardinadas con viñedos, el palacio cuenta con una única planta en la que se disponen diez habitaciones principales. Está considerado como una de las máximas expresiones del rococó, un estilo en el que predomina la opulencia y motivos de la vida aristocrática despreocupada. Muy oportuno para una residencia de verano.

Tras la muerte del monarca el palacio se mantuvo vacío y descuidado hasta mediados del siglo XIX, cuando Federico Guillermo IV de Prusia ordenó restaurarlo y adaptarlo al estilo de la época para después trasladarse con su esposa. Así, se ampliaron las alas de servicio, se amplió la bodega y se trasladó la cocina al ala este. El ala oeste por su parte se convirtió en el ala de las mujeres (Federico el Grande estaba separado y en Sanssouci no se alojaba mujer alguna) y de los invitados.

Como decía, al ser diciembre, los jardines no lucían muy lustrosos, las fuentes estaban vacías y las estatuas y elementos decorativos estaban protegidos de las heladas, por lo que no vimos el conjunto en su mejor momento. Además, se nos puso a chispear y las nubes oscurecieron aún más el ambiente, así que tuvimos que ponernos en movimiento, pues aún nos quedaba mucho por ver.

Seguimos hacia el oeste, donde nos encontramos con el Historischer Mühle, un molino histórico de estilo holandés del siglo XVIII.

En 1737, ocho años antes de la construcción del palacio, el rey dio permiso al molinero Johann Wilhelm Grävenitz para construir un molino. Cincuenta años más tarde este estaba bastante dañado, por lo que se encargó al carpintero de la corte Cornelius van der Bosch que lo reemplazara por una nueva estructura. Concluido en 1858, fue declarado monumento en 1861.

Se hizo famoso por una leyenda que dice que Grävenitz y Federico II discutieron porque al rey le molestaba el ruido del molino y amenazaba con echarlo abajo. Sin embargo, el molinero contrató un abogado y pudo mantenerlo en pie.

Quedó destruido durante la II Guerra Mundial y fue reconstruido entre 1983 y 1993. Desde 2002 acoge en su torre de piedra exhibiciones sobre el comercio y la historia de los molinos, aunque cerraba todo el mes de diciembre, por lo que, aunque quisiéramos, no podríamos haberlo visitado.

El siguiente palacio en nuestra ruta por el parque fue el Orangerieschloss, mandado construir por Federico Guillermo IV a mediados del siglo XIX.

De estilo renacentista, recuerda a los palacetes italianos florentinos. El edificio tiene más de 300 metros de largo en cuya estructura central destacan dos torres gemelas. Cuenta con tres plantas y la estancia más importante es la Sal Raffael, que acoge una colección de cincuenta copias de las obras del pintor italiano Rafael Sanzio y alberga un tragaluz diseñado por el propio Federico Guillermo.

A día de hoy, aún se cultivan las naranjas que le dan nombre.

Desde arriba se alcanza a ver la Jubiläumsterrassen con la estatua del arquero y la fuente Springbrunnen vacía.

Continuamos por la Maulbeerallee hasta la penúltima parada de nuestra visita, el Neues Palais o Palacio Nuevo, construido entre 1763 y 1769 por orden de Federico el Grande para demostrar el poderío y la grandeza de Prusia tras la Guerra de los Siete Años. De estilo renacentista es el que más me gustó de todos los de la ciudad. De lejos.

Con más de 200 habitaciones decoradas y divididas en dos plantas es el más grande de todos. La parte central está rematada por una enorme cúpula de color verde donde descansan tres figuras que alzan una corona. El perímetro del palacio queda además decorada por más de 400 estatuas y figuras en piedra arenisca.

No llegó a usarlo como residencia real, sino que se empleaba para la recepción de monarcas y dignatarios importantes. Cuando se alojaba allí, Federico ocupaba el extremo sur del edificio, que consta de dos antecámaras, un dormitorio, un estudio y un salón de conciertos entre otros. Tras su muerte en 1786 se usó menos aún. No fue recuperado hasta 1859, cuando Federico III lo recuperó como residencia de verano. Después fue ocupado por el emperador Guillermo II, hasta su abdicación en 1918, momento en que se convirtió en museo (aunque fue saqueado por el Ejército Rojo durante la II Guerra Mundial). Hoy pertenece a la Universidad de Potsdam.

Aún nos quedaba una última parada, el Charlottenhof, un palacete neoclásico que parece abandonado. Erigido a principios del siglo XIX para el rey Federico Guillermo IV, fue de los últimos en construirse.

No nos recreamos mucho en él, pues ya digo que parecía abandonado. No sé si por la época del año, por su simplicidad o porque se estaban llevando a cabo tareas de mantenimiento.

Lamentablemente nos quedábamos sin luz, por lo que decidimos dar por concluida la visita a la ciudad. Nos quedó por ver, aparte de los palacios por dentro, la zona de Babelsberg (donde además de un extenso parque en el que se halla el palacio homónimo podemos encontrar los estudios cinematográficos UFA (Babelsberg Studios)) y el Glienicker Brücke (conocido como el puente de los espías ya que era donde norteamericanos y soviéticos se encontraban intercambios de espías capturados en la época de la Guerra Fría). Lógicamente, en una ciudad con tanta historia y en diciembre, es prácticamente imposible abarcar todo en un único día. Pero nos fuimos satisfechos.

Tomamos el bus muy cerca del palacio y en apenas 20 minutos estábamos en la estación de tren. Aprovechando que era bastante grande y había varios locales de restauración, buscamos un sitio donde comer. Elegimos el Asiana, donde podías combinar distintos tipos de fideos o arroz con salteados de verduras, carne o pescado.

A eso de las 5 de la tarde pusimos rumbo a Berlín.

Berlín VIII. Día 3: Excursión a Potsdam. Casco Histórico

Para nuestro segundo día en Berlín teníamos planes fuera de la ciudad. Nos íbamos de excursión a Potsdam, a unos kilómetros al suroeste.

Como habíamos hecho la compra el día anterior, pudimos desayunar tranquilamente en el apartamento y preparar las mochilas para pasar toda la jornada fuera. A las 9 de la mañana salimos a otra fría mañana y nos dirigimos a la estación Shönerhauser Allee, donde tomamos el S42 hasta Berlin Westkreuz. Allí cambiamos a la S7 que nos llevaría a Potsdam.

El viaje en tren es cómodo y corto. A eso de las 10:15 ya habíamos llegado. Teníamos el abono de transportes, que nos servía también para Potsdam, sin embargo, estábamos frescos y apenas había un paseo hasta el centro, así que fuimos caminando.

Potsdam fue fundada en el siglo VII como Poztupimi por los eslavos, aunque no se convirtió en ciudad hasta el siglo XIV. La notoriedad le llegaría en 1660 cuando Federico Guillermo I la eligió para establecer su residencia veraniega de caza.

Tras el Edicto de Potsdam en 1685 se convirtió en lugar de acogida de inmigrantes europeos. Su libertad religiosa atrajo a los hugonotes franceses, a rusos, holandeses o bohemios. Aún hoy podemos ver signos de estos pueblos en el barrio holandés y en Alexandrowka. Sin embargo, la ciudad creció sobre todo a partir del siglo XVIII, cuando, a pesar de que Berlín era la capital oficial de Prusia, la corte se mantuvo en Potsdam. De aquella época aún se conservan los palacios que han hecho que en 1990 fuera declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO.

En la historia reciente hay que señalar la famosa Conferencia de Potsdam, la reunión tras la II Guerra Mundial entre Truman (EEUU), Churchill (UK) y Stalin (URSS) en el Palacio de Cecilienhof donde acordaron un nuevo mapa de Europa.

A pesar de que es una ciudad pequeña, tiene bastante para ver, por lo que nos organizamos dividiendo nuestra visita en tres partes: por un lado el casco histórico, por otro la zona del Palacio de Cecilienhof y finalmente el Parque Sanssouci. Ya que no teníamos muchas horas de luz, asumimos que no íbamos a ver los palacios y nos centramos en patear la ciudad.

Desde la estación seguimos el curso de la carretera hasta llegar a la Otto-Braun Platz, que nos conduce a la plaza del Antiguo Mercado, Am Alten Markt. Este es el centro histórico de la ciudad y donde durante tres siglos se hallaba el Stadtschloss, un palacio erigido en 1662 que se convertiría en la residencia de invierno de los reyes prusianos.

Dañado tras la II Guerra Mundial, fue demolido en 1961 en la época de la RDA, que no quería ostentación de simbología prusiana. No ha sido hasta el presente siglo que se ha reconstruido.

Destaca el Fortunaportal, el pórtico de entrada al antiguo castillo. Diseñado por el arquitecto holandés Jean de Bodt en 1701 rinde homenaje al Emperador Federico III.

Recibe el nombre por la escultura de la diosa Fortuna que corona la cúpula sobre la puerta. Esta figura, realizada en cobre y cubierta de oro, a pesar de medir 2.15 metros y pesar unas 5 toneladas, gira cuando hace viento.

Frente al palacio se erige la Nikolaikirche (Iglesia de San Nicolás), el último trabajo de Karl Friedrich Schinkel, quien ni siquiera la vio acabada. Construida entre 1830 y 1837 en estilo clásico incorporó la cúpula años más tarde.

Tras quedar dañada en la II Guerra Mundial fue reconstruida y reinaugurada en 1981. Hoy, además de servicios religiosos (como el que justo comenzaba y nos impidió verla por dentro), también acoge conciertos gracias a su buena acústica.

En el centro de la plaza destaca un Obelisco de 25 metros construido en 1753. Hoy está decorado con retratos de Knobelsdorff, Schinkel, Gontard y Persius, los grandes arquitectos de Potsdam, aunque antes de su reconstrucción tenía medallones de reyes prusianos.

Si giramos hacia nuestra derecha nos encontramos con el Altes Rathaus (Antiguo Ayuntamiento), que data de 1755. Su fachada, en un tono azul pastel, es bastante sencilla. Lo que realmente llama la atención es su torre circular coronada con una figura dorada de Atlas sosteniendo el mundo sobre sus hombros.

A su lado, junto al Stadschloss, se halla el Palacio Barberini, mandado construir en 1771 por Federico el Grande en estilo italiano y hoy reconstruido y convertido en museo de arte moderno e impresionista.

Sin duda una plaza impresionante. Es pequeña, pero tiene una panorámica inigualable de sus 360º.

Tomando el lateral de la iglesia y después la calle Franz, llegamos a un peculiar templo, la Französische Kirche (Iglesia Francesa). Ubicada entre el barrio francés y el holandés, fue construida a mediados del siglo XVIII para dar un espacio a los hugonotes que llegaron a Prusia desde Francia.

De planta circular tratando de imitar el Panteón de Roma, fue un desafío desde el inicio de su construcción por estar ubicada en un terreno pantanoso.

En las proximidades encontramos otra iglesia, la de San Pedro y San Pablo, en cuya trasera se ubica el cementerio central soviético.

La captura de Potsdam en abril de 1945 supuso la muerte de muchos soldados soviéticos. Tras la guerra se les decidió dar honrada sepultura y por ello se buscó un espacio donde pudieran ser enterrados. Se eligió esta ubicación tan céntrica para que los alemanes recordaran las víctimas que tuvo que sufrir el Ejército Rojo para acabar con el nazismo. Hoy en día queda protegido por tratados internacionales y Alemania ha de conservar tanto este como otros cementerios de guerra de forma permanente.

En el centro se erige un obelisco de piedra arenisca de 14 metros de altura que reposa sobre un pedestal. Queda rodeado además por varias esculturas de bronce. Se trata de la representación de los cuatro brazos del Ejército Soviético: un guardia, un conductor de tanque, un soldado de infantería naval y un piloto.

El cementerio alberga casi 400 tumbas bien conservadas.

Y como se puede apreciar en las imágenes no todas tienen la misma forma (ni material). Y es que depende del rango al que perteneciera dicho soldado. En este caso se trata del Teniente Primero (ста́рший лейтена́нт) Ivan Nikiforovich.

Seguimos nuestro paseo hacia el Holländisches Viertel, el Barrio Holandés, conocido también coloquialmente como el pequeño Ámsterdam. 

A mediados del siglo XVIII en Potsdam había problemas con el agua del subsuelo, por lo que se pidió ayuda a los holandeses, los realmente versados en ganar terreno al mar. Los expertos proyectaron la creación de cuatro islas y para que a su llegada a la ciudad se sintieran como en casa, se construyeron según las directrices de Jan Bouman 134 casas al más puro estilo tradicional holandés en ladrillo rojo.

Se trata de apenas cuatro manzanas de casas dispuestas en hileras, pero es una zona muy coqueta llena de rincones muy fotografiables. Aunque había casetas dispuestas a ambos lados de la calle, se podían ver las cafeterías con sus terrazas de apenas un par de mesas, tiendas de artesanía y pequeños locales que hoy se ubican en los bajos de estas construcciones. Además, en la casa ubicada en Mittelstraße, 8 se puede conocer la historia del barrio.

Como decía, la zona estaba engalanada por la época navideña, por lo que la encontramos muy animada con gente en busca de sus regalos o simplemente disfrutando de un chocolate caliente o un Glühwein, de las salchichas o patatas fritas y de las actividades que se desarrollaban en torno al mercadillo.

Muy cerca, en la calle Friedrich-Ebert-Straße se encuentra la Nauener Tor, una de las tres puertas que aún se conservan en Potsdam.

Construida en el siglo XVII en estilo neogótico inglés, estaba unida por la muralla (ya derruida) a la Puerta de Brandeburgo.

Tomamos la Hegenallee, donde había varios puestos y camiones de comida, desde los tradicionales de fruta, verdura, pescado y carne a otros más relacionados con la temporada, como los del famoso vino caliente.

Esta calle nos conduce a la segunda puerta, a la Jägertor, la más antigua de la ciudad. Data de 1733 y desde que se derribó la muralla en 1869 se ha mantenido como monumento independiente.

Y como no hay dos sin tres, seguimos hasta la tercera, la Puerta de Brandeburgo.

Comparte nombre con la de Berlín, mucho más famosa y grande que esta, porque tienen en común que ambas marcaban que conducían a Brandeburgo. Como la Puerta de Toledo en Madrid, vaya. Esta fue erigida en el siglo XVIII para celebrar la victoria de Federico el Grande en la Guerra de los Siete Años, por lo que es más antigua que la de la capital. Además conducía a los distintos palacios y jardines reales.

En sus alrededores también encontramos mercadillos navideños con un gran abeto, casetas de madera y atracciones infantiles.

Era media mañana y apetecía comer algo, así que dimos un paseo por la Brandenburger Straße arriba y abajo buscando entre sus puestos algo que picar que no fuera tan empalagoso como un corazón de Lebkuchen o una salchicha. Al final acabamos comprando unos bretzels.

Apenas llevábamos un par de horas en Potsdam, pero su centro nos había sorprendido en el buen sentido, así que teníamos ganas de descubrir si las afueras mantenían el nivel.

Transform:20

Llevaba tiempo alternando PiYo con Core de Force y ya echaba de menos cambiar de ejercicios. Así que tras el regreso de las vacaciones, busqué nuevas opciones. Y encontré Transform:20.

Tras dos años de planificación y desarrollo, Shaun T presenta este nuevo programa en el sigue reduciendo la duración de sus rutinas. Si en Insanity Max:30 concentró Insanity en 30 minutos y después lanzó Focus T25, de 25 minutos, ahora tenemos una rutina de solo 20 (más un breve enfriamiento después). Eso sí, que sea corto no quiere decir que sea un paseo de rosas. Ya conocemos a Shaun T: ejercicios de alta intensidad y poco tiempo de relleno. Además, esta vez incorpora un elemento nuevo: el step. No obstante, no pensemos que se trata de aquellos programas de aerobic de los años 90. Nada que ver. Se usa como un elemento que añade mayor esfuerzo (tiene varios alzadores además), aunque no es imprescindible, ya que hay una versión modificada en la que todo se hace a nivel de suelo.

Transform:20 tiene una duración de seis semanas estructuradas en tres capítulos: Commit, Climb y Conquer. A medida que se va avanzando, los movimientos se van volviendo más complicados y exigentes.

  • COMMIT – COMPROMÉTETE: Las dos primeras semanas son para adquirir un hábito. Sirven para desarrollar una base, aprender los movimientos y ganar algo de coordinación, flexibilidad y fondo físico.
  • CLIMB – ASCIENDE: Durante la tercera y la cuarta semana los movimientos cambian subiendo un peldaño de intensidad.
  • CONQUER – CONQUIST: Las últimas dos semanas de nuevo se cambia de movimientos y se vuelven aún más difíciles.

El calendario marca seis días a la semana y solo uno de descanso.

  • Día 1: BURN: Cardio puro. Enfocado a sudar y quemar grasa, como indica su título.
  • Día 2: FASTER: De nuevo cardio, pero más rápido, añadiendo ejercicios que requieren de mayor agilidad.
  • Día 3: STRONGER: Se trata de una rutina de cuerpo total. Algo más lenta que las anteriores, pero igualmente intensa.
  • Día 4: POWERFUL: Combina ejercicios pliométricos y de resistencia. Se usa únicamente el peso del propio cuerpo para ganar músculo.
  • Día 5: CUT: Centrado en las repeticiones para mejorar la resistencia. Cardio de alta intensidad.
  • Día 6: BALANCED: Estiramiento que ayuda a recuperar después de una semana completa.

Además, cuenta con 12 ejercicios extra que pueden añadirse a cualquier día o incluso incorporarlos en el día libre. Por un lado tenemos 3 rutinas de abdominales, una de cardio, una de recuperación y otra de glúteos. Y por otro, los 6 restantes que incluyen mancuernas (estos pueden añadirse a cualquier día o para sustituir Cut o Stronger).

Todos los vídeos (tanto los 6 básicos, como los extra) cuentan con tres Transformers, unos retos de un minuto en los que hay que hacer tantas repeticiones como sea posible de un determinado movimiento. Anotando el dato se toma como referencia para ver la evolución a lo largo de las semanas.

Y por supuesto, como suele ser habitual en estos vídeos, hay una persona que realiza una versión modificada de cada movimiento. Esto no es solo útil para cuando no se cuenta con la forma física apta para poder seguir al monitor, sino también para momentos puntuales en los que el cansancio puede hacer que no se adopte la postura adecuada y surja una posible lesión. Es mejor bajar el pistón y seguir esta versión antes que parar o hacerlo mal. No obstante, resulta complicado en ocasiones saber cómo está modificando los ejercicios, pues no se la ve. Aunque hay que reconocer por otra parte que generalmente hace el mismo movimiento sin step. Poca variación más.

Transform:20 incluye además una guía nutricional muy similar a la de 21 day Fix con los contenedores como medida de proteínas, hidratos, fruta, grasa… A mí me cuesta más esta metodología tan de andar contando. Ya lo he dicho alguna vez, me da la sensación de que está enfocado a un público estadounidense acostumbrado a los refill y los menús de tamaño descomunal. Creo que si pensamos con lógica y volvemos a la dieta mediterránea (basada sobre todo en verdura, cereales, legumbres y fruta) eliminando los ultraprocesados y las bebidas azucaradas, ya se notan resultados.

A pesar de ser solo 20 minutos, o quizás por eso, es más exigente que T25. Entra directamente de lleno en los ejercicios, sin calentamiento previo (el breve enfriamiento queda fuera de tiempo). Dio igual que viniera de alternar ejercicios de MMA con otros de pilates o yoga, sentía que iba desfondada. Cuando fui a pasar a la segunda fase (tercera semana), sentí que no estaba preparada para tal ritmo, por lo que decidí volver a realizar la primera una vez más. Así no solo gané más fondo sino que conseguí alargar un poco más el programa. Además, lo he estado combinando con PiYo, por lo que no lo he hecho en seis semanas, sino que se ha alargado algo más.

Con Transform:20 he sudado, mejorado mi forma física, he perdido algo de grasa y ganado músculo. Incluso sin poner todo el esfuerzo que quizá se requiere. En cualquier caso, los resultados son notables, al menos para alguien que busca una rutina para ganar algo de fondo y desentumecer los músculos después de horas sentada como es mi caso. Imagino que si se sigue más al pie de la letra, los cambios serán mayores.

Quizá se quede corto para quien busque mayor definición, aunque siempre se pueden combinar los ejercicios básicos con los extra y así llegar casi a la hora. O incluso alternándolo con otro programa creando así un calendario híbrido. Por el contrario, para principiantes puede ser excesivo, incluso siguiendo la versión modificada. Shaun T no se anda con tonterías.