Serie “para ver”: The morning show

Parece que en el panorama actual televisivo no teníamos suficiente con los canales en abierto, los de cable y las plataformas en streaming (Netflix, HBO, Amazon Prime Video y Disney Plus), que en noviembre la compañía de la manzana mordida se sumó a la fiesta lanzando Apple TV+. Y lo hizo por todo lo grande, con The Morning Show, su serie insignia protagonizada por Jennifer Aniston, Reese Witherspoon y Steve Carell.

The Morning Show usa como punto de partida la historia del libro Top of the Morning: Inside the Cutthroat World of Morning TV de Brian Stelter, en el que se exponían varios casos de luchas de poder en los magacines matutinos, aunque podría basarse en tantos otros casos de acoso sexual que han salido a la luz en los últimos años (Matt Lauer en el magacin matutino Today; Charlie Rose, presentador estrella de la CBS o Tom Brokaw de la NBC News por poner algunos ejemplos).

La ficción arranca con la crisis que sigue al despido de Mitch Kessler (Steve Carell) de The Morning Show, el matinal más exitoso de la televisión estadounidense, tras ser acusado de acoso sexual. Su compañera desde hace 15 años, Alex Levy (Jennifer Aniston), ha de tomar las riendas de un barco que hace aguas en medio de una tormenta y limpiar tanto su imagen como la del programa y la cadena.

Es complicado juzgar la serie con solo un primer episodio, pues es todo muy caótico y nos encontramos con tres tramas abiertas. Al acoso sexual de Kessler y la lucha de Levy por seguir siendo imprescindible, se une la llegada de Bradley Jackson (Reese Witherspoon), una desconocida reportera de Virginia Occidental que llama la atención de uno de los directivos de la cadena después de que un vídeo de uno de sus reportajes se hiciera viral. Está claro que Jackson llegará para sustituir a Kessler y a la vez para funcionar como elemento de conflicto y confrontación con Levy. Ambas tienen una personalidad diferente y un distinto punto de vista sobre cómo ejercer el periodismo. Pero esto solo se intuye de momento, ya que la serie se lo toma con calma para presentar a los protagonistas y las tramas antes de entrar de lleno en lo que quiere contar.

Así pues, no me queda muy claro si pretende ser una especie de The Newsroom reflejando el día a día del backstage de un programa de noticias (esta vez matinal) aprovechando para criticar la forma de hacer periodismo hoy en día y en cómo se elige poner el foco sobre unas noticias u otras teniendo en cuenta los intereses de la cadena; si va a centrarse en los egos de los rostros conocidos y en la batalla por las audiencias; o si quiere ir por otros lares más cercanos al libro en el que se basa y exponer las relaciones de poder en un ambiente machista y cómo esto afecta a las mujeres del sector. O quizá busca contar un poco de todo lo anteriormente mencionado, pues tan solo con el piloto, parece querer ser muchas cosas.

The Morning Show sin duda ha llamado la atención por ser el gran estreno de Apple TV+ y contar con un reparto tan mediático. No podemos decir que sea la mejor serie de 2019, sin embargo, el primer duelo entre las dos protagonistas en el piloto ya nos da un poco de esperanza de que puede ir a más.

De momento cuenta con una primera temporada de 10 episodios y antes de su estreno ya fue renovada para una segunda.

Serie Terminada: Creedme (Unbelievable)

2019 parece ser el año de las miniseries, además de gran calidad. Ha sido el año en que hemos podido ver Chernobyl, Así nos ven, Years and Years y Creedme (Unbelievable), la última que he visionado. De repente me encontré con numerosos artículos y comentarios en las redes sociales sobre lo buena que era, por lo que despertó mi curiosidad.

Al igual que Así nos ven, Creedme es un true crime basado en hechos reales. Recogido inicialmente en 2015 por los periodistas Ken Armstrong y T. Christian Miller en un reportaje que les hizo ganar el premio Pulitzer, ahora pasa a la pequeña pantalla en formato de 8 episodios. La historia arranca con Marie Adler, una joven de 18 años de la ciudad de Lynnwood, en el estado de Washington, que fue violada en 2008 por un hombre que se coló por la noche en su apartamento. Por si fuera poco la traumática experiencia de sufrir una violación, se encuentra después con un calvario cuando ha de relatar los hechos mil y una veces ante los médicos y los agentes de policía que la atienden. Unos detectives que ponen en duda su relato hasta el punto en que ella acaba retractándose cansada de esforzarse para que la crean. Sin embargo, tras declarar que todo era mentira y que se lo había inventado para llamar la atención, la situación empeora más. La poca gente de su entorno que la había apoyado de repente la deja de lado y se convierte en poco menos que una apestada. Su padre de acogida incluso no quiere estar a solas con ella por si acaso ella pudiera inventarse una historia similar. Poco después es además llevada a los tribunales tras ser acusada de delito de falso testimonio.

El primer capítulo se centra enteramente en el caso de Marie, en la violación, en su soledad durante todo el proceso, en su frustración ante el acoso de los detectives y en su derrota emocional cuando comprende que la policía ya ha decidido que su denuncia carece de credibilidad y que no va a investigar su violación. Es un episodio lento y duro. Muy duro. No por la violación en sí, ya que no se muestra de forma explícita; sino por la facilidad con la que nos hace sentir empatía por Marie y comprender por qué tan frecuentemente las víctimas de abuso y acoso sexual no llegan a denunciar. A menudo se sienten doblemente violadas: primero físicamente por el agresor y después psicológicamente por un personal no cualificado (policía, sanitarios, abogados) que se centra más en buscar inconsistencias en el relato y en el comportamiento de la víctima que en investigar realmente el caso.

En los siguientes capítulos Creedme se bifurca en dos tiempos narrativos. Por un lado sigue los pasos de Marie y cómo intenta recomponerse cuando todo su entorno la margina y, por otro da un salto a 2011 a la investigación conjunta de las detectives de Colorado, Grace Rasmussen y Karen Duvall después de que esta última descubriera que un caso suyo guarda muchas similitudes con otro de Rasmussen y a partir de ahí salieran a la luz muchos más con el mismo patrón: las víctimas eran atadas con los ojos vendados, violadas durante horas, fotografiadas y obligadas después a ducharse concienzudamente. Además, las escenas de los crímenes quedaban totalmente limpias, sin resto alguno del agresor.

Viendo ambas historias contrasta notablemente las actuaciones de los detectives en cada una de ellas. Por un lado la típica actuación de tipo duro, agresivo, que acorrala al entrevistado como si fuera un acusado en vez de una víctima en el caso de Marie, y, por otro lado, el trato mucho más humano y empático de las detectives de Colorado. Puede que la diferencia venga determinada en parte por ser mujeres y por ello ser capaces de ponerse en el lugar de las víctimas, pero también se ve que tienen más experiencia y formación específica y adecuada en ese tipo de casos. No hay más que ver con qué calma y tacto Duvall entrevista a una de ellas en el segundo episodio, acompañándola también durante todo el proceso en el hospital y llevándola después a casa de una amiga para asegurarse de que tiene el apoyo de alguien cercano.

Creedme pone sobre la mesa las buenas y malas prácticas ante un caso de violación y la necesidad de una mirada no patriarcal. Habla del acoso institucional a las víctimas y de cómo se cuestiona su relato tanto como el de un acusado y de la creencia social de que solo hay un único comportamiento posible tras una agresión sexual. Marie Adler había tenido una infancia complicada pasando por varios centros y casas de acogida. Quizá por eso su testimonio sonó frío, sin emoción, porque ya había pasado por momentos complicados en el pasado. Sin embargo, estas dos circunstancias (su pasado y su comportamiento) llamaron más la atención que el parte de lesiones. Incluso el hecho de que se contradijera, o se acordara de cosas a medida que volvía a repetir los detalles fue tomado como señal de que mentía en lugar de plantearse que es completamente normal que la mente tenga lagunas tras un suceso traumático o que se recuerden cosas en de una forma totalmente desordenada.

Aunque la serie tiene un toque policíaco y sigue una investigación y sus procesos, no sigue la misma estructura de otras ficciones como CSI, Motive, Castle o tantas otras. Es verdad que se busca a un criminal, pero no nos importa sus motivos. Aquí la importancia recae en las víctimas y el relato se hace desde su punto de vista (no desde el del detective de turno que resuelve el caso). Así, a pesar de que se trata de una serie sobre agresiones sexuales, no nos encontramos con escenas de violaciones brutales y explícitas. No hace falta mostrarlo, pues nos lo podemos imaginar a la perfección simplemente con los retazos de los recuerdos de las víctimas. Somos capaces de sentir su miedo y vulnerabilidad sin entrar en el morbo o el amarillismo.

Creedme le da una vuelta al mito de las denuncias falsas poniendo en evidencia el juicio público que sufren miles de víctimas cuando dan el paso y denuncian las agresiones. Muestra lo indefensas que se encuentran cuando son cuestionadas y en lugar de ser protegidas son responsabilizadas (que si qué llevaba puesto, que si había bebido, que si dio pie, que si dijo “no”, que si cerró las piernas…). En el caso de Marie Adler las inspectoras acabaron encontrando la relación y los tribunales acabaron compensándola económicamente (como también pasara en Así nos ven), sin embargo, el daño ya estaba hecho. Quizá no intencionadamente, pero si los primeros agentes hubieran intentado llegar al fondo del asunto en lugar de dudar de la víctima, el exmilitar Marc O’Leary (que se declaró culpable de 28 cargos de violación) no habría seguido agrediendo durante tres años más.

La serie deja una cuestión en el aire desde el principio: ¿Merece la pena denunciar y pasar por todo ese trago en el que ni la policía ni tu entorno te va a creer? Marie lo tiene claro al final: “Incluso la gente en la que confías, si la verdad es incómoda, no se la creen”. Triste, pero por desgracia, es más común de lo que pensamos. Por eso considero que Creedme es muy muy necesaria.

No Kid. 40 buenas razones para no tener hijos, Corinne Maier

Últimamente le estoy cogiendo el gusto a los ensayos. Normalmente prefiero la novela, pero a veces, entre un libro y otro necesito leer algo diferente para desconectar la mente y no mezclar personajes o historias. Así, hace poco leí No Kid. 40 buenas razones para no tener hijos, de la ensayista francesa Corinne Maier.

Aunque cada vez son más las mujeres que escriben sobre el tema y no se avergüenzan o lamentan de no querer pasar por la maternidad, en concreto este libro me llamó la atención porque la autora es madre, y sí que es menos frecuente que se atrevan a compartir que preferirían no haberlo sido. Y es curioso, pues cuando dices que no quieres tener hijos te hacen numerosas preguntas o directamente afirmaciones como que te vas a arrepentir o que te vas a perder algo maravilloso y,sin embargo, cuando alguien comunica la llegada de una criatura al mundo en su entorno nadie les cuestiona si se lo han pensado dos veces o son conscientes de la responsabilidad de la crianza y lo que ello conlleva, como por ejemplo también perderse cosas en la vida. Porque sí, toda decisión en nuestra vida significa dejar otras cosas de lado y que en un futuro podamos arrepentirnos de haber tomado un camino y no otro.

Y precisamente así comienza Maier su introducción, asegurando que se arrepiente de ser madre y que si volviera atrás seguramente no tendría hijos porque, analizándolo, le ve más cosas negativas que positivas. Y no pasa nada, no es un monstruo por ello, no creo que tenga que ver con que odie a su descendencia, sino que preferiría haber tomado otro rumbo en su vida. Como si te vas de alquiler y con los años volviendo la vista atrás piensas que quizá tendrías que haberte comprado una casa o viceversa. La autora rompe con el tabú de la maternidad idealizada y desgrana sus 40 razones para que aquellos que estén pensando en ser padres, se lo piensen bien antes. No es que descubra nada nuevo con su lista, quizá lo novedoso es el tono un tanto provocador que usa al exponerla. Pero en cualquier caso, la mayoría son verdades como puños.

Acierta al destacar la presión social que existe para tener hijos. Parece como si una pareja no fuera bien si no diera el paso de criar un par de retoños. Aquello de un matrimonio sin hijos es como un jardín sin flores… Quienes se atreven a no seguir ese camino son continuamente juzgados por no seguir el camino. Y mientras, hay tantos otros que dan el paso porque es lo que toca. No hay motivo detrás, sino simplemente porque es lo que se espera a cierta edad.

Y después viene el golpe de realidad, cuando descubren que el embarazo no era tan bonito, que el parto es doloroso, que la recuperación está lejos de ser como las de las famosas, que los meses de lactancia son esclavos y se duerme poco y que a partir de ahí todo gira en relación a esa persona dependiente, que no es algo que puedas posponer porque hoy no te apetezca o no tengas ánimos o fuerzas. Es una responsabilidad, una vida humana y estás a su servicio. Esto no quiere decir que la circunstancia sea mala, sino que hay que ser consciente de lo que conlleva. Un claro ejemplo son las campañas sobre las mascotas en las que se recalca la necesidad de una reflexión previa antes de su adquisición para evitar maltratos o abandonos.

Con la llegada al mundo de la criatura la vida de los progenitores cambia. Y, como dice la autora, la educación requiere que los progenitores estén siempre disponibles, atentos y dispuestos a sacrificar otros aspectos de su vida. Empiezan a vivir el tiempo de otra persona y pasan a segundo plano la pareja, las amistades, el tiempo de ocio o la vida laboral. Es cierto que se pueden seguir haciendo muchas cosas, pero está claro que hay que hacer reajustes porque los horarios cambian. No se tiene la misma maniobrabilidad para improvisar planes y hay muchos que no son aptos para críos. Aparte de que se tiene menos tiempo libre: llevar a los niños a la guardería/colegio, trabajo, recogerlos, meriendas, parque, extraescolares, deberes, duchas, mantener al día la casa, preparar cenas, comidas, la ropa del día siguiente… La crianza es agotadora, y más aún cuando el reparto de tareas no es equitativo.

Y es que como bien indica Maier, el coste de tener hijos no es el mismo para la madre que para el padre, pues la maternidad se ha convertido en una trampa para las mujeres. Es cierto que las cosas van cambiando y ahora los padres se involucran algo más y saben cambiar pañales, dar el biberón o llevan al niño al parque. Pero aún así siguen recayendo sobre las madres la mayoría de las tareas, y sobre todo el peso de la carga mental. Aquellas pequeñas cosas que no son tan visibles como que los niños crecen y hay que comprarles ropa nueva o estar pendientes del calendario de vacunaciones. La realidad es que la mujer se ha incorporado al mundo laboral, pero el hombre no lo ha hecho en igual medida en el doméstico y familiar. Así, esto crea una desigualdad en ambos ámbitos dando lugar a un círculo vicioso: si los hombres no asumen por igual sus tareas en casa, en las empresas se da por hecho que la mujer sale menos rentable y la balanza se inclina hacia el lado de ellos. Y puesto que la parcialidad y los sueldos inferiores recaen sobre ellas, ellos tienen más oportunidad de seguir desarrollando su carrera profesional. Así, con frecuencia se ve que mientras que un hombre en un alto cargo puede ser que sea padre o no, en el caso de ellas generalmente se trata de mujeres sin hijos. Las madres se han ido quedando por el camino.

Por tanto, en la actualidad ser madre supone tener que aceptar empleos peor remunerados pero que dejen tiempo libre para cuidar de la familia, porque claro, alguien tiene que hacerlo… Y al final supone una doble pérdida económica ya que por un lado se ingresa menos dinero por la actividad laboral (con lo que supone para la cotización e independencia económica) y por otro se echa otra jornada tan duradera y agotadora (o más) que no está remunerada. Así pues, la madre de hoy en día se encuentra cansada, con falta de tiempo y cierta dependencia económica. Al final va a ser verdad como dicen algunas amigas mías con hijos que nos engañaron con lo de la mujer liberada que se incorpora a la vida laboral y que vivían mejor las amas de casa. Al menos ellas no estaban pluriempleadas.

Aunque en esto siempre digo que hay evidencias previas: si tu pareja hombre antes de que haya hijos de por medio y con ambos trabajando fuera de casa no asume responsabilidades dentro, seguramente no lo haga después. Es preferible trabajar para conseguir una dinámica que funcione a nivel pareja antes de embarcarse en aumentar la familia. Y si no se llega a un acuerdo, mejor romper cuanto antes y cada uno por su lado antes de que todo se complique con custodias y demás.

Volviendo al libro de Corinne Maier, la autora reflexiona también sobre lo caro que sale tener hijos. Y eso que no entra en la concepción artificial, cada vez más frecuente. A los hijos hay que alimentarlos, vestirlos, ponerles ortodoncias, gafas, comprarles libros, pagarles las actividades extraescolares, la educación no obligatoria… Cualquiera quiere lo mejor para sus hijos, así que ¿cómo les vas a privar de las clases de natación para bebés, los idiomas o las clases de música? Como bien dice en su razón número 15: el hijo es un aliado objetivo del capitalismo. Los niños, además de consumir, hacen que los progenitores consuman. Aparte de los pañales, ropa y productos de aseo, hay una lista interminables de trastos que solo usan durante pocos meses pero que parecen imprescindibles: que si la cuna de colecho, la de viaje, la cuna grande, el capazo, la silla para el coche, la de paseo, la mochila portabebés, la hamaca, el parque, el calientabiberones, el esterilizador de biberones, el escurridor de biberones, los walkies vigilabebés… Y eso es solo el principio, porque luego se unen los juguetes, los libros, las tablets, móviles y ordenadores, los instrumentos u objetos de las actividades extraescolares… En muchos casos además la llegada de los hijos supone el tener que (o querer) cambiar de coche e incluso de casa, con lo que ello supone económicamente.

Como conclusión, la autora defiende que la solución es dejar de tener hijos. Sobre todo en los países desarrollados. Y es que aunque los países menos desarrollados tienen una mayor población, el problema es la supercontaminación de los más ricos y su consumismo voraz. Va más allá: ¿Qué sentido tiene traer hijos al mundo cuando se les va a dejar un planeta condenado al desastre ecológico?

No creo que el libro vaya a hacer cambiar la opinión de nadie, pero está muy bien que se hable cada vez más de la no maternidad como opción sin que ello suscite reprobación. Al fin y al cabo, no tener hijos es una elección como otra cualquiera y tan válida como sí tenerlos. De hecho debería ponerse más en duda la capacidad y madurez de algunos para ser padres que de quienes deciden no serlo.

Serie Terminada: Big Little Lies

Cuando escribí sobre el piloto de esta serie comentaba que me había costado entrar un poco en la dinámica porque era un tanto lento y tenía un relato fragmentado. Sin embargo, he de reconocer, que a medida que va avanzando, engancha la historia y el misterio de esta elitista comunidad de Monterrey. Big Little Lies arrancaba con dos sucesos en sendas líneas narrativas. Por un lado nos encontramos en el presente, donde, durante un evento escolar, ha ocurrido un asesinato y se están llevando a cabo los interrogatorios para resolverlo; y por otro lado nos trasladamos al pasado, al primer día de curso, cuando el niño nuevo es acusado de haber querido estrangular a una niña y se desata una guerra de padres. A partir de ahí la trama se irá desarrollando de forma que finalmente estos dos acontecimientos se unan.

El ataque en el colegio nos sirve para ir descubriendo a los personajes principales de la trama. Conocemos así a Renata, la madre de la niña atacada, una mujer que siente que continuamente es juzgada por tener éxito laboral y no dedicarse únicamente a su hija. En el otro bando se halla Madeline, una especie de abeja reina que al contrario que la anterior no trabaja y se dedica únicamente a su familia (y a colaborar con actividades escolares). No se soportan, por lo que Madeline, cuya hija es compañera de la de Renata, enseguida se pone de lado de Jane (la recién llegada) y su hijo, acogiéndoles bajo su ala.

La cuarta mujer en escena es Celeste, la mejor amiga de Madeline, cuyos gemelos comparten curso con los niños de las anteriores. Al igual que Renata tenía éxito laboral, ya que era una reputada abogada, sin embargo, lo dejó para dedicarse a los niños.

Por último no podemos olvidarnos de Bonnie, la nueva mujer de el exmarido de Madeline, que también tiene una hija que va a la misma clase.

A lo largo de los siete episodios de la temporada vamos adentrándonos en las vidas de estas cinco mujeres y sus familias y descubrimos que no todo es tan idílico como parece. Big Little Lies nos retrata una sociedad en la que nadie sabe nada de nadie, pues lo que cada persona muestra es falso. Viven de las apariencias, de sonreír y mostrar un mundo feliz de puertas para fuera mientras ocultan sus miserias. Renata transmite su estrés a su hija; Madeline no consigue superar la relación con su ex, se distancia de su hija mayor y es infiel a su marido; Jane intenta superar una violación y Celeste vive en una relación abusiva y de maltrato de la que no es totalmente consciente.

Big Little Lies habla de prejuicios, de hipocresía, de presión social, de envidia, de las expectativas, del éxito y el fracaso, de la maternidad, de las relaciones con los hijos, del sentimiento de culpa de la madre trabajadora, de la fragilidad de la pareja, de relaciones tóxicas, de sentimientos reprimidos, de bullying y violencia machista… Pero sobre todo habla de secretos y mentiras. Y a medida que las verdades comienzan a salir a la luz, la atmósfera se va tensando y marcando el camino hacia el fatídico desenlace: el asesinato.

Un asesinato que en realidad tampoco es tan relevante. Big Little Lies no va de la resolución de un crimen como parece indicar en su primer episodio. Aquí lo importante son ellas, el relato de estas mujeres. Y aunque al principio parece que todo gira en torno a Madeline, que es ella el nexo de conexión con el resto de personajes (madre, mujer, exmujer, mejor amiga, archienemiga, nueva amiga, amante, integrada en el AMPA…), poco a poco va ganando más peso la trama de Celeste, convirtiéndose en el centro de la historia. En un mundo en que todo se queda en lo superficial nadie se ha percatado de la situación que vive en casa. De hecho, ni ella misma se llega a identificar como víctima. El maltrato al que se ve sometida se trata de una forma exquisita tanto en el contenido (desmitificando aquello de que la violencia machista se da en parejas de bajo estatus socioeconómico o en mujeres sin formación académica) como visualmente (con escenas apenas sin sonido que producen una tremenda tensión). Se muestra perfectamente el ciclo del abuso (desde los comentarios “así te tendré toda para mí” hasta los golpes), el síndrome de Estocolmo, el cómo influye en los hijos y sobre todo la ocultación.

Sin embargo su liberación es justamente que este maltrato salga a la luz. Es entonces cuando se olvidan las rencillas, los bandos y las enemistades y nace la sororidad. Y no solo hacia Celeste, sino también hacia Jane. La rivalidad entre mujeres es sustituida por una red de apoyo y cuidado. Es verdad que el asesinato es una solución radical, pero muestra que si se hubiera abierto a sus amigas, al menos a Madeline, quizá podría haber salido antes de esa relación tóxica, que no iba a ser juzgada.

Concebida como miniserie de siete episodios (pues está basada en la novela homónima de la escritora australiana Liane Moriarty), el cierre de la temporada resultaba un broche perfecto con las protagonistas y sus hijos en la playa siguiendo con sus vidas, unidas, más fuertes y mirando al futuro; sin embargo, gracias a la buena acogida que tuvo, HBO la renovó por una segunda a la que se incorporaría Meryl Streep en el papel de suegra de Celeste.

Esta nueva tanda no tenía la novela detrás (sí que tuvo la colaboración de la autora para que los personajes tuvieran cierta coherencia), por lo que había que abrir nuevo arco argumental. Mientras que en la primera el misterio era resolver el asesinato de Perry; en esta segunda la tensión gira en torno al secreto que guardan las cinco de Monterrey y si alguna de ellas acabará confesando superada por la presión. Abandona un poco el toque de thriller con que comenzó y toma un cariz más dramático y personal. Se mantiene sin embargo la estructura con saltos temporales con los interrogatorios. Aunque en esta ocasión no se trata de las entrevistas a los vecinos, sino a las protagonistas.

De nuevo arranca la temporada con el primer día de colegio. Pero esta vez no hay bandos, sino que todas van a una. O al menos lo intentan, ya que Bonnie está consumida por la culpa al haber sido ella quien empujó escaleras abajo a Perry. Ella que era el personaje con el carácter más afable y zen de la serie en la primera temporada, aquí es el más oscuro y triste. No es capaz ni de hablar con su marido e hija.

Se ha cambiado las tornas con Jane, quien ahora se ha liberado en cierta medida de ese pasado que le producía pesadillas e intenta comportarse como cualquier joven de su edad, saliendo y relacionándose. Aunque aún tiene alguna cadena que romper.

Celeste por el contrario no ha encontrado esa liberación, sino que está librando una batalla entre los buenos y malos recuerdos de su marido. Por un lado tiene pesadillas con las agresiones, mientras que por otro intenta aferrarse a los momentos agradables, sobre todo aquellos en los que pasaban con los niños, pues quiere que estos crezcan teniendo buena imagen de su padre. La llegada de su suegra intentando recuperar la cara más amable de este tampoco ayuda.

Renata tampoco está pasando por su mejor momento. Cuando está en la cresta de la ola porque le han comunicado que le van a dar la portada de la revista femenina más vendida del país, descubre que lo va a perder todo porque su marido ha cometido fraude fiscal. De un momento para otro se desmorona su castillo de naipes y todo su mundo, sustentado en las cosas y en el dinero, se viene abajo. Y para más inri, por si fuera poco quedarse sin nada por los errores de su marido y que esto le salpique también a su valorada vida profesional, sale a la luz que este le fue infiel con la niñera.

Y si hablamos de infidelidades, no nos podemos olvidar de Madeline, quien intenta recuperar su relación después de que su marido se enterara de su aventura. Después de un matrimonio fallido, ella que no estudió y se quedó en casa para ejercer como madre, no sabe qué será de su vida si tuviera que enfrentarse a otra separación. Y mientras en casa está a la espera del perdón, comienza una nueva andadura como agente inmobiliaria y sigue siendo el mejor apoyo de Celeste.

Esta nueva temporada profundiza en las vidas de las familias de estas mujeres centrándose menos en el thriller y el misterio, como comentaba más arriba, y más en temas como el matrimonio y sus crisis, la amistad y la maternidad. Podríamos decir que paralelamente al conflicto principal se trata de seguir el viaje de cada una de ellas enfrentándose a sus retos particulares. Parece como si fuera un epílogo de los primeros 7 episodios, un “qué fue de los personajes”, sin embargo, no todas las historias cobran la misma relevancia y da la sensación de que se han metido como relleno en torno a la trama principal. Véanse por ejemplo las de Renata o de Bonnie. En el caso de esta última además no era necesario traer a escena a una madre maltratadora para justificar que fuera capaz de ver el lenguaje no verbal y captara de lejos que Perry abusaba de su mujer.

Así, Celeste se erige de nuevo en la protagonista absoluta con su disputa por la custodia de sus hijos. La llegada de Mary Louise genera una atmósfera diferente, nunca sabes por dónde va a salir esta mujer que juega a ser la adorable abuela con anécdotas divertidas y una impecable educación mientras que a la vez hurga en los cajones y se asoma tras las puertas.

Es la villana de la temporada, un personaje que aunque parece que llega para ayudar a Celeste con los niños, en realidad pronto averiguamos que lo que realmente quiere es averiguar qué es lo que realmente le pasó a su hijo (aparte de querer quedarse con la custodia de los gemelos). Viene en busca de respuestas en una comunidad llena de grandes pequeños secretos y añade presión a las protagonistas. Por si no fueran ya una olla a presión.

Sin embargo, cuando empieza a husmear, Mary Louise se encontrará con revelaciones difíciles de asimilar, como que su hijo maltrataba a su mujer o que tiene un tercer nieto fruto de una violación. Aquí no hay atisbo de sororidad alguna, sino que saca su lado más cruel culpando a las víctimas de haber provocado de alguna manera a Perry. La palabra de la mujer siempre puesta en duda, al igual que su reputación. Así, la batalla por la custodia se sustenta en que Celeste es inestable y promiscua obviando que su inestabilidad se deriva precisamente de esa relación tóxica y abusiva y que ser madre no está reñido con tener vida sexual.

La temporada se cierra con Celeste resurgiendo cual ave fénix. Tras los ataques del abogado de su suegra acusándola de no estar capacitada para cuidar de los niños, pide interrogar a Mary Louise para demostrar que precisamente ella no se puede poner como ejemplo de perfección. No vemos entonces a una víctima, sino a una mujer que ha recuperado su seguridad y muestra sus aptitudes como abogada, un trabajo que adoraba pero que dejó a petición de su marido. La escena entre ambas es un espectáculo, aunque hay que reconocer que es un poco efectista sacándose el vídeo de la manga en el último momento.

El resto de personajes también tiene su cierre. Así, mientras Renata y Bonnie dejan a sus maridos (esta además se libera de la relación con su madre), Jane da una oportunidad a Cory y Madeline renueva sus votos matrimoniales. Pero aún así, les queda una última espina, esa mentira que les carcome, así que juntas acuden a comisaría, intuimos que para confesar. Y al igual que todas arropaban a Celeste (y Jane) en la playa, aquí toca hacer piña en torno a Bonnie, quien ha permanecido toda la temporada aislada del resto luchando contra sus propios fantasmas.

Y aunque es un cierre redondo, en realidad si miramos el conjunto, podemos llegar a la conclusión de que esta segunda temporada no era necesaria. Sí, hay momentos memorables, sobre todo aquellos en los que Mary Louise y Madeline muestran su agresivo-pasividad; pero queda una temporada un tanto desdibujada con respecto a la primera (los niños apenas tienen protagonismo, por ejemplo). La serie podría haber acabado con tras la escena de la playa y nos habríamos quedado tan felices.

Aún así, Big Little Lies deja una buena reflexión sobre las mentiras, las apariencias, la presión social, las relaciones y la maternidad. Rompe con la imagen de la mujer perfecta y nos ha mostrado unos personajes complejos cargados de contradicciones, dudas, errores y miedos. Mujeres que son madres, pero que no es eso lo que les define, incluso que se atreven a verbalizar que esa faceta de su vida no les realiza, algo totalmente tabú. No es que no disfruten de ser madres, sino que tienen mucho más que ofrecer. Eso sí, espero que no quieran renovarla de nuevo y darle una tercera temporada, porque ahora ya sí que perdería el rumbo. Dejémoslo como está y pasemos a la siguiente.

Figuras Ocultas

Que nos faltan referentes femeninos está claro. Y no es cosa de un único ámbito de la vida, sino que ocurre en todas las esferas, ya sea literatura, filosofía, arte, música, televisión, cine, política, economía o ciencia. Bueno, no, en todas no, porque en la enseñanza o cuidados sí que hay numerosas mujeres. Esta ausencia se suele justificar con que no han sido relevantes. Bien porque en el pasado no tenían hueco fuera del entorno doméstico, bien porque más adelante no han sido lo suficiente buenas. Ya se sabe, para destacar siendo mujer, hay que ser mejor que el resto de los hombres, si no, simplemente se es mediocre.

No obstante, ha habido y hay mujeres que han hecho cosas. Y generalmente desafiando las leyes y a todos aquellos que les ponían zancadillas, incluso sin contar con una habitación propia. Cada vez que digo que me voy de viaje, no falta quien me dice que soy como Phileas/Willy Fogg, recordando al personaje de ficción de Julio Verne; sin embargo, nadie parece conocer a Nelly Bly, que dio la vuelta al mundo en 72 días (en realidad en 72 días, 6 horas, 11 minutos y 14 segundos). Lo mismo ocurre con la pintura, que ni siquiera las más prestigiosas pinacotecas dan espacio a las obras de mujeres; con los libros de texto que nos omiten autoras como las Sin sombrero, pertenecientes a la Generación del 27; con las politólogas, abogadas o juezas que lucharon por tener un espacio en la política o carrera judicial…

Y claro, también ha pasado en la ciencia. Sí, estudiamos a Marie Skłodowska-Curie, pero por ejemplo no recuerdo haber sabido nada de Hedy Lamarr, la inventora de las conexiones inalámbricas, hasta hace relativamente poco. Y tampoco habría imaginado que en los años 60 del siglo pasado hubiera mujeres científicas en la NASA. ¿Por qué? Porque no se nos cuenta. Y de lo que no se habla no existe.  Así que ha llegado el momento de recuperar a todas esas mujeres en la sombra de las que no hemos oído hablar, de contar las historias de esas figuras ocultas.

Y eso es lo que pretende precisamente la película Hidden Figures (Figuras Ocultas): dar a conocer la historia de la matemática afroamericana Katherine Johnson y sus dos compañeras y amigas, Dorothy Vaughan y Mary Jackson, quienes trabajaban en la NASA durante la Guerra Fría cuando EEUU estaba en plena carrera espacial contra la URSS. Basada en el libro homónimo de Margot Lee Shetterly, el título juega con el doble sentido de la palabra inglesa figure, que puede significar tanto persona como cifra.

La cinta cuenta la historia de estas tres mujeres cuyo trabajo ha pasado inadvertido a pesar de que jugaron un papel crucial en la misión que llevó al astronauta John Glenn a finalizar con éxito la primera órbita completa alrededor de la Tierra y más tarde al Apolo 11 a la Luna. Reivindica el valor de las mentes brillantes independientemente de su género o su color de piel.

Daba igual lo portentosas que fueran, puesto que solo por el hecho de ser mujeres quedaban relegadas a un segundo plano, como aquellas periodistas que nos mostraba Good Girls Revolt que nunca podían firmar sus trabajos, pese a que ellas habían llevado todo el peso de la investigación y documentación. En este caso los hombres son quienes desarrollan las teorías, quienes hacen las pruebas… sin embargo, todo el cálculo que hay detrás lo hacían ellas. Pero además de encontrarse con este techo de cristal, estas científicas tenían una segunda traba: que eran negras. Y eso, en una sociedad racista como lo era la estadounidense a principios de los 60, significaba que la segregación racial era algo natural. Había movimientos que reivindicaban derechos civiles, pero aún los negros se tenían que sentar atrás en el autobús, acudir a bibliotecas o escuelas solo para ellos y quedaban relegados a otro edificio en sus lugares de trabajo. Así pues, por ser mujeres quedaban relegadas a los cálculos, y por ser afroamericanas, desplazadas en un sótano oscuro en el ala oeste de la NASA, lejos de donde se encontraba el movimiento.

Y mientras EEUU no estaba aprovechando todos sus recursos humanos por el machismo y el racismo de su sociedad, la URSS, tras mandar al espacio a Yuri Gagarin en 1961, decidió que también tenían que mandar a una mujer. Valentina Tereshkova, una obrera que trabajaba en una fábrica textil y paracaidista aficionada fue la seleccionada entre más de cuatrocientas candidatas, y tras unos meses de pruebas y entrenamientos, fue enviada al espacio en 1963 convirtiéndose en la primera astronauta y a la vez la primera civil en hacerlo. Estados Unidos mandaría a la primera mujer (Sally Ride) en 1983, un año después de que la URSS enviara a Svetlana Savítskaya. Este año parece que EEUU iba a haber una salida espacial con dos mujeres, sin embargo, en el último momento tuvo que ser mixta porque la NASA solo tenía un traje de la talla M, justo la talla que compartían las dos astronautas…

Volviendo a la película, cuenta con un magnífico reparto. Las tres protagonistas brillan por sí solas y pero también funcionan bien juntas gracias a la buena química entre ellas. No hay enemistad, sino sororidad, y se agradece ver cómo se apoyan. Es verdad que destaca un poco más el personaje de Johnson sirviendo de hilo conductor, pero cada una de ellas tiene su hueco.

Así, conocemos también la historia de Dorothy Vaughan que lucha por convertirse en supervisora (ya lo es en funciones) y que cuando descubre que la llegada de los ordenadores puede dejar a todo su departamento en la calle, decide adelantarse y formar a las calculadoras que tiene a cargo para que cuando se instauren las máquinas, sean imprescindibles como hasta ese momento.

La tercera mujer es Mary Jackson, que quiere ser ingeniera espacial pero que no puede ejercer como tal porque le falta formación a la que no puede acceder por ser negra. La pescadilla que se muerde la cola. Pese a que tiene en contra a su marido, a su entorno laboral y a la sociedad racista, no se frena y va a los tribunales para solicitar que le dejen realizar el curso.

Este equilibrio de luchas de las tres protagonistas favorece el ritmo de la trama y hace que el espectador no se pierda entre tanta cifra y cálculo matemático.

La prepotencia masculina queda reflejada en el personaje de Jim Parsons, un tipo tan repelente y odioso como el Sheldon Cooper que le llevó a la fama. No entiende que Katherine vaya a revisar sus datos, pues no concibe que una mujer negra vaya a ser más inteligente que él o el resto de sus compañeros ingenieros, y le pone todas las trabas posibles. Representa el machismo y racismo combinado con la envidia profesional.

Figuras ocultas resulta entretenida. Es verdad que es una película amable, de propaganda cultural que se queda en la superficie y no profundiza en demasía. Esto se ve claramente en la forma edulcorada de tratar la discriminación huyendo del drama. No se ahonda en la culpabilidad de los blancos que miran para otro lado y que solo con no intervenir ante una situación de injusticia ya están perpetuando ese sistema racista al que le echan la culpa. Solo hay un atisbo de rebeldía cuando el jefe de Katherine arrasa con el letrero del baño de negras. Y tengo mis dudas sobre sus razones. Me da la sensación de que la motivación tenía más que ver con el tiempo que pierde su empleada y que hace que el trabajo sea más lento, y no tanto con la defensa de los derechos civiles. En cualquier caso, parece que este suceso no ocurrió en la realidad, sino que es una licencia cinematográfica. La Katherine original simplemente usaba el de blancas que tenía cerca.

Sin embargo, pese a la simplicidad o las licencias, hay que reconocer que cumple con el cometido de dar a conocer a estas tres científicas, de despertar la curiosidad y admiración del espectador hacia su figura y sus logros.

Katherine Johnson, aquella niña que comenzó el instituto con 10 años y acabó la carrera con 18, tras los sucesos que podemos ver en la película, siguió trabajando en la NASA hasta su jubilación. En 2015 Obama le concedió la Medalla de la Libertad, el mayor reconocimiento civil del país.

Dorothy Vaughan por su parte acabó siendo una de las mejores programadoras del país y la primera mujer afroamericana en contar con un puesto de dirección en la historia de la NASA. Falleció en 2008.

Mary Jackson consiguió continuar con sus estudios y se convirtió en la primera ingeniera aeronáutica. Se especializó en el procesamiento de datos obtenidos en los vuelos y los túneles de viento y tras 34 años en su puesto, pasó a formar parte de la Oficina de Igualdad de Oportunidades de la NASA. Incluso acogió en su casa a las nuevas reclutas que necesitaran ayuda o consejo para su adaptación. Falleció en 2005.

Tres brillantes mujeres que no solo se abrieron camino, sino que lo hicieron para todas aquellas que vinieron después.

8M

Aunque sigue habiendo reticencias en una buena parte de la sociedad a decir “soy feminista” y se recurre al típico “ni machismo, ni feminismo, igualdad” ( o el “ni machista, ni feminista, persona” de Bustamante), aún así parece que el capitalismo ha pensado aquello de “si no puedes con tu enemigo, únete a él” y ha empezado su propia estrategia de marketing y lavado de imagen.

Un claro ejemplo es el feminismo de Ana Botín. No niego que como mujer haya experimentado situaciones de desigualdad, sin embargo, el feminismo no es únicamente reivindicar la igualdad entre hombres y mujeres, sino que también tiene un componente de clase. Es por eso que feminismo de derechas (o feminismo liberal como proclama ahora Ciudadanos) es un término contradictorio.

Se ve claro cuando critican las cuotas argumentando que es injusto para los hombres y que lo que tendría que ocurrir es que los puestos fueran ocupados por los mejores. Estamos de acuerdo en que sí, en un mundo ideal se habría de elegir a la persona más preparada para desempeñar la función; no obstante, en el mundo que vivimos, hay mucho inepto que únicamente está en ese puesto por ser hombre. Porque una mujer, por el simple hecho de serlo, ha de demostrar mil veces más que está al nivel. Cuando hay una mujer entre muchos hombres se dice aquello de “es que esta es buena, fíjate cómo será de buena que ha superado a tropecientos hombres”.

En esto de las cuotas además hay un segundo factor, y es que solo rechina cuando se pide que haya una mínima participación de mujeres porque se dice que discrimina. Sin embargo, no se está teniendo en cuenta que se parte de por sí de una situación discriminatoria. Por tanto, de lo que se trata es de equiparar la balanza. Es la misma metodología que para las becas. Pongamos por ejemplo el caso de dos estudiantes que quieren cursar la misma carrera. Ambos tienen la misma capacidad intelectual, sin embargo uno de ellos se puede pagar los estudios mientras que otro no. Con una beca al de menor nivel adquisitivo le damos la posibilidad de igualar sus oportunidades. Y no solo será bueno para ambos, sino para la sociedad porque estaremos ganando la aportación de dos personas. Y es que nos han vendido mucho aquello de la meritocracia, pero no todos tenemos las mismas oportunidades y por eso, mientras no surja natural, hay que poner medidas que compensen estas desigualdades.

Botín se cree que porque ella haya llegado a su puesto directivo, cualquiera con empeño puede hacerlo. Pero el feminismo no es que unas pocas puedan romper el techo de cristal, sino que se trata de un movimiento que busca la colectividad. Porque el machismo no afecta a unas pocas, todo lo contrario. Afecta a toda la sociedad (también a los hombres) y es un problema mundial, no local. Y ahí es donde falla el feminismo neoliberal, que es individualista y burgués. Por tanto, no es feminismo.

Tampoco lo es el de Ciudadanos, que a pesar de que en 2015 llevaba en su programa electoral modificar la ley de Violencia de Género, que decía que el aborto no debía ser un derecho porque era un fracaso,  que el matrimonio homosexual podía crear tensiones innecesarias, o que el año pasado no apoyaría el 8M por cuestiones ideológicas; de repente este año saca un decálogo en el que reivindica que el feminismo no es patrimonio de nadie, sino que todo el mundo que esté comprometido con la igualdad entre hombres y mujeres ya es feminista.

No es que de un día para otro se hayan deconstruido y de repente se declaren feministas, es que están en campaña electoral (las mujeres son el 51% de la población y el 65% de indecisos). Pero no se puede ser feminista y querer mercantilizar el cuerpo de la mujer con propuestas como la de la legalización de la prostitución o la de los vientres de alquiler. Se escudan en su argumento liberal de que cada mujer (o niña) es libre de decidir qué quiere hacer con su cuerpo. Sin embargo, no tienen en cuenta de que cuando hay una situación de pobreza, las decisiones no son libres. Y no lo tienen en cuenta porque son sus políticas neoliberales las que contribuyen en gran medida a las desigualdades.

Ellos defienden que buscan la libertad para todo el mundo. Así en abstracto. Como en abstracto ya está reflejado en las leyes. El problema es que en la práctica, esta teoría choca con el capitalismo y las desigualdades sociales, económicas y culturales que este crea. Por tanto, al final defienden al que ya es privilegiado.

Así pues, un discurso contradictorio de todo punto. Da la sensación de que quieren ganar unos pocos votos diciendo que reivindican la igualdad, pero maquillado de tal forma que no enfaden a su votante tradicional, ese hombre blanco, heterosexual y acomodado. Como ya hicieran con las banderas LGTBI en Colón, buscan sacar rédito de cualquier lado mientras sorben y soplan a la vez.

Más consecuente es el PP, que ha decidido no sumarse directamente a la huelga. Claro, que usa el discurso de Ciudadanos del año pasado de que el 8M se ha politizado. El año que viene dirán que han sido ellos quienes organizaron todos los actos, como andan proclamando con la LVG. No obstante, con sus políticas de recortes, propuestas de volver a la ley del aborto del 85 y otras sandeces no es que se le esperase.

En cualquier caso, si en 2018 se sobrepasaron todas las expectativas con respecto a la huelga y movilización, este año no puede ser menos. Es verdad que parece que se habla más de feminismo, pero hemos avanzado poco o nada en 365 días e incluso vemos peligrar los derechos adquiridos con estos aires a Gilead.

Nueva Serie para ver: La maravillosa Señora Maisel

Hace apenas un mes que se ha estrenado la segunda temporada de La maravillosa Señora Maisel, una serie que me había pasado desapercibida. Pero es que es imposible estar al día de todas las novedades con tantas cadenas y plataformas. También porque me gusta tomar un poco de distancia y ver qué funciona y qué no antes de lanzarme a ver una serie que ni siquiera obtiene temporada completa.

La serie está ambientada en 1958 y cuenta la historia de Midge Maisel, una ama de casa económicamente acomodada que acompaña a su marido Joel en la búsqueda del triunfo en el mundo de los monólogos. Ella cumple con todos los estereotipos de la mujer de la época: es madre abnegada, amante esposa y hacendosa ama de casa. Es la perfección hecha persona, siempre intentándo adelantarse a los problemas. Y si surgen, solucionándolos rápidamente.

Sin embargo, un día su vida da un giro de 180º cuando su marido decide abandonarla e irse con su secretaria. Joel se siente frustrado porque su sueño es ser monologuista, pero su carrera no termina de arrancar. Así, decide romper con todo y marcharse. Midge queda desolada y descolada, intentando comprender cómo se ha desmoronado su perfecta vida cuando ha cumplido con todo lo que se esperaba de ella. Ha mantenido su hogar y su familia, ha apoyado en todo momento a su marido sacándole las castañas del fuego… Aún intentando digerir la noticia y con unas copas encima se echa a la calle en camisón y acaba en el local de comedia donde actuaba su marido. Aprovechando un hueco entre actuaciones sube al escenario y cuenta su historia a los espectadores más como forma de liberación y de intentar pensar en voz alta que otra cosa. Descubre así no solo que tiene madera de cómica, sino que además le gusta.

Con esta catarsis cómica arranca una temporada de ocho episodios que girará en torno al proceso de liberación de una mujer que hasta ahora no se había planteado qué quería ser en la vida, ya que la sociedad le había reservado el lugar de esposa, madre y ama de casa. Sin embargo, a pesar de que es inteligente y tiene un ácido sentido del humor, el mundo de la comedia es un mundo de hombres y no tendrá fácil hacerse un hueco.

Es muy fácil quedarse prendada de esta serie gracias a la rapidez de sus diálogos, el afilado sentido del humor y el ritmo de la acción. Pero por supuesto por Midge Maisel, una dulce pero descarada mujer con un mordaz sentido del humor interpretada magistralmente por Rachel Brosnahan, una actriz que hasta la fecha había hecho sobre todo papeles en drama (como House of Cards). Y aunque prácticamente es ella quien tira de la serie, la acompañan varios secundarios que seguro que a lo largo de la temporada despuntan. Ya en el piloto sobresalen los padres, y en especial el padre –  interpretado por Tony Shalhoub (Monk) – que parece ser un tanto peculiar.

Cabe destacar también el vestuario y la fotografía, dos aspectos muy cuidados que sirven para conformar un retrato social de la época en que se centra la serie.

Con todo, no es de extrañar que La maravillosa Señora Maisel fuera una de las series más laureadas del 2018 llevándose 5 Emmys (Mejor serie de comedia, actriz, actriz secundaria, dirección y guion) y el Globo de Oro a mejor actriz (también se lo llevó en 2017 junto con mejor serie de comedia). Y parece tener vida para rato, pues con dos temporadas ya emitidas hay una tercera en proyecto. Yo ya la he añadido a la lista de series para ver, pues el piloto me enganchó desde el minuto 1 y se me hizo tremendamente corto.