8M

Aunque sigue habiendo reticencias en una buena parte de la sociedad a decir “soy feminista” y se recurre al típico “ni machismo, ni feminismo, igualdad” ( o el “ni machista, ni feminista, persona” de Bustamante), aún así parece que el capitalismo ha pensado aquello de “si no puedes con tu enemigo, únete a él” y ha empezado su propia estrategia de marketing y lavado de imagen.

Un claro ejemplo es el feminismo de Ana Botín. No niego que como mujer haya experimentado situaciones de desigualdad, sin embargo, el feminismo no es únicamente reivindicar la igualdad entre hombres y mujeres, sino que también tiene un componente de clase. Es por eso que feminismo de derechas (o feminismo liberal como proclama ahora Ciudadanos) es un término contradictorio.

Se ve claro cuando critican las cuotas argumentando que es injusto para los hombres y que lo que tendría que ocurrir es que los puestos fueran ocupados por los mejores. Estamos de acuerdo en que sí, en un mundo ideal se habría de elegir a la persona más preparada para desempeñar la función; no obstante, en el mundo que vivimos, hay mucho inepto que únicamente está en ese puesto por ser hombre. Porque una mujer, por el simple hecho de serlo, ha de demostrar mil veces más que está al nivel. Cuando hay una mujer entre muchos hombres se dice aquello de “es que esta es buena, fíjate cómo será de buena que ha superado a tropecientos hombres”.

En esto de las cuotas además hay un segundo factor, y es que solo rechina cuando se pide que haya una mínima participación de mujeres porque se dice que discrimina. Sin embargo, no se está teniendo en cuenta que se parte de por sí de una situación discriminatoria. Por tanto, de lo que se trata es de equiparar la balanza. Es la misma metodología que para las becas. Pongamos por ejemplo el caso de dos estudiantes que quieren cursar la misma carrera. Ambos tienen la misma capacidad intelectual, sin embargo uno de ellos se puede pagar los estudios mientras que otro no. Con una beca al de menor nivel adquisitivo le damos la posibilidad de igualar sus oportunidades. Y no solo será bueno para ambos, sino para la sociedad porque estaremos ganando la aportación de dos personas. Y es que nos han vendido mucho aquello de la meritocracia, pero no todos tenemos las mismas oportunidades y por eso, mientras no surja natural, hay que poner medidas que compensen estas desigualdades.

Botín se cree que porque ella haya llegado a su puesto directivo, cualquiera con empeño puede hacerlo. Pero el feminismo no es que unas pocas puedan romper el techo de cristal, sino que se trata de un movimiento que busca la colectividad. Porque el machismo no afecta a unas pocas, todo lo contrario. Afecta a toda la sociedad (también a los hombres) y es un problema mundial, no local. Y ahí es donde falla el feminismo neoliberal, que es individualista y burgués. Por tanto, no es feminismo.

Tampoco lo es el de Ciudadanos, que a pesar de que en 2015 llevaba en su programa electoral modificar la ley de Violencia de Género, que decía que el aborto no debía ser un derecho porque era un fracaso,  que el matrimonio homosexual podía crear tensiones innecesarias, o que el año pasado no apoyaría el 8M por cuestiones ideológicas; de repente este año saca un decálogo en el que reivindica que el feminismo no es patrimonio de nadie, sino que todo el mundo que esté comprometido con la igualdad entre hombres y mujeres ya es feminista.

No es que de un día para otro se hayan deconstruido y de repente se declaren feministas, es que están en campaña electoral (las mujeres son el 51% de la población y el 65% de indecisos). Pero no se puede ser feminista y querer mercantilizar el cuerpo de la mujer con propuestas como la de la legalización de la prostitución o la de los vientres de alquiler. Se escudan en su argumento liberal de que cada mujer (o niña) es libre de decidir qué quiere hacer con su cuerpo. Sin embargo, no tienen en cuenta de que cuando hay una situación de pobreza, las decisiones no son libres. Y no lo tienen en cuenta porque son sus políticas neoliberales las que contribuyen en gran medida a las desigualdades.

Ellos defienden que buscan la libertad para todo el mundo. Así en abstracto. Como en abstracto ya está reflejado en las leyes. El problema es que en la práctica, esta teoría choca con el capitalismo y las desigualdades sociales, económicas y culturales que este crea. Por tanto, al final defienden al que ya es privilegiado.

Así pues, un discurso contradictorio de todo punto. Da la sensación de que quieren ganar unos pocos votos diciendo que reivindican la igualdad, pero maquillado de tal forma que no enfaden a su votante tradicional, ese hombre blanco, heterosexual y acomodado. Como ya hicieran con las banderas LGTBI en Colón, buscan sacar rédito de cualquier lado mientras sorben y soplan a la vez.

Más consecuente es el PP, que ha decidido no sumarse directamente a la huelga. Claro, que usa el discurso de Ciudadanos del año pasado de que el 8M se ha politizado. El año que viene dirán que han sido ellos quienes organizaron todos los actos, como andan proclamando con la LVG. No obstante, con sus políticas de recortes, propuestas de volver a la ley del aborto del 85 y otras sandeces no es que se le esperase.

En cualquier caso, si en 2018 se sobrepasaron todas las expectativas con respecto a la huelga y movilización, este año no puede ser menos. Es verdad que parece que se habla más de feminismo, pero hemos avanzado poco o nada en 365 días e incluso vemos peligrar los derechos adquiridos con estos aires a Gilead.

Nueva Serie para ver: La maravillosa Señora Maisel

Hace apenas un mes que se ha estrenado la segunda temporada de La maravillosa Señora Maisel, una serie que me había pasado desapercibida. Pero es que es imposible estar al día de todas las novedades con tantas cadenas y plataformas. También porque me gusta tomar un poco de distancia y ver qué funciona y qué no antes de lanzarme a ver una serie que ni siquiera obtiene temporada completa.

La serie está ambientada en 1958 y cuenta la historia de Midge Maisel, una ama de casa económicamente acomodada que acompaña a su marido Joel en la búsqueda del triunfo en el mundo de los monólogos. Ella cumple con todos los estereotipos de la mujer de la época: es madre abnegada, amante esposa y hacendosa ama de casa. Es la perfección hecha persona, siempre intentándo adelantarse a los problemas. Y si surgen, solucionándolos rápidamente.

Sin embargo, un día su vida da un giro de 180º cuando su marido decide abandonarla e irse con su secretaria. Joel se siente frustrado porque su sueño es ser monologuista, pero su carrera no termina de arrancar. Así, decide romper con todo y marcharse. Midge queda desolada y descolada, intentando comprender cómo se ha desmoronado su perfecta vida cuando ha cumplido con todo lo que se esperaba de ella. Ha mantenido su hogar y su familia, ha apoyado en todo momento a su marido sacándole las castañas del fuego… Aún intentando digerir la noticia y con unas copas encima se echa a la calle en camisón y acaba en el local de comedia donde actuaba su marido. Aprovechando un hueco entre actuaciones sube al escenario y cuenta su historia a los espectadores más como forma de liberación y de intentar pensar en voz alta que otra cosa. Descubre así no solo que tiene madera de cómica, sino que además le gusta.

Con esta catarsis cómica arranca una temporada de ocho episodios que girará en torno al proceso de liberación de una mujer que hasta ahora no se había planteado qué quería ser en la vida, ya que la sociedad le había reservado el lugar de esposa, madre y ama de casa. Sin embargo, a pesar de que es inteligente y tiene un ácido sentido del humor, el mundo de la comedia es un mundo de hombres y no tendrá fácil hacerse un hueco.

Es muy fácil quedarse prendada de esta serie gracias a la rapidez de sus diálogos, el afilado sentido del humor y el ritmo de la acción. Pero por supuesto por Midge Maisel, una dulce pero descarada mujer con un mordaz sentido del humor interpretada magistralmente por Rachel Brosnahan, una actriz que hasta la fecha había hecho sobre todo papeles en drama (como House of Cards). Y aunque prácticamente es ella quien tira de la serie, la acompañan varios secundarios que seguro que a lo largo de la temporada despuntan. Ya en el piloto sobresalen los padres, y en especial el padre –  interpretado por Tony Shalhoub (Monk) – que parece ser un tanto peculiar.

Cabe destacar también el vestuario y la fotografía, dos aspectos muy cuidados que sirven para conformar un retrato social de la época en que se centra la serie.

Con todo, no es de extrañar que La maravillosa Señora Maisel fuera una de las series más laureadas del 2018 llevándose 5 Emmys (Mejor serie de comedia, actriz, actriz secundaria, dirección y guion) y el Globo de Oro a mejor actriz (también se lo llevó en 2017 junto con mejor serie de comedia). Y parece tener vida para rato, pues con dos temporadas ya emitidas hay una tercera en proyecto. Yo ya la he añadido a la lista de series para ver, pues el piloto me enganchó desde el minuto 1 y se me hizo tremendamente corto.

Professor Marston and the Wonder Women

El personaje de Wonder Woman está más vivo que nunca. En una época en la que raro es el mes en que no se estrena una película de superhéroes, Patty Jenkins hizo resurgir a la superheroína más famosa e influyente de todos los tiempos. Y como ya ocurriera con el cómic en el pasado, ha sido un éxito y ha impactado en la sociedad convirtiéndose en una figura de referencia para las nuevas generaciones.

La influencia a través de la cultura popular es algo que vio claro el psicólogo William Moulton Marston, creador del personaje de Diana de Temiscira, Diana Prince o Wonder Woman. El nacimiento de la superheroína queda recogido en la película Professor Marston and the Wonder Women que, tras su estreno en el Festival Internacional de Cine de Toronto de 2017 y de exhibirse en las salas de Estados Unidos desde el 13 de octubre de 2017 ha llegado a España en formato doméstico sin ser estrenada en los cines.

La cinta comienza en 1945, con el profesor Marston defendiéndose ante la Comisión del Cómic de EEUU que le acusa de que las historias de su personaje están cargadas de perversiones por reflejar homosexualidad, sumisión y tortura. A partir de ahí hay varios saltos temporales entre los testimonios del psicólogo que nos sirven para conocer el nacimiento de Wonder Woman y de los acontecimientos que le han llevado a la comparecencia.

Retrocedemos así a los años veinte, momento en que Marston ejercía como profesor de psicología en el campus universitario femenino de Radcliffe mientras su mujer Elizabeth, también psicóloga y tanto o más brillante que él, se tenía que conformar con colaborar con él sin derecho a plaza propia o reconocimiento académico por el hecho de ser mujer. Además de las clases, en las que William desarrollaba su modelo de conducta social y emocional al que llamó DISC, acrónimo de Dominio, Influencia, Sumisión y Conformidad; ambos están metidos de lleno en la creación del primer detector de mentiras. Su vida cambiará de golpe cuando contratan como asistente de investigación a Olive Byrne (hija de Ethel Byrne y sobrina de Margaret Sanger), con quien comenzarán una relación tanto amorosa como intelectual.

Los Marston eran almas libres que se trataban como iguales y discutían sobre sus teorías, sus puntos de vista sobre la vida, la cultura, la sociedad… Eran dos intelectuales de mente abierta, libres de prejuicios y poco amigos de preocuparse de lo que dijeran los demás, por lo que cuando surge el amor entre el matrimonio y Olive, lo hablan y deciden cómo seguir a partir de ahí. Su visión tolerante les lleva a formar una familia nada tradicional en la que los hijos que tuvieron tanto Olive como Elizabeth fueron criados en conjunto. No obstante, no lo tuvieron nada fácil, ya que fueron acusados de depravados y libertinos y Marston perdió su puesto en la universidad.

Hasta aquí parece que se trata de un drama romántico, sin embargo, este contexto histórico inicial sirve para conocer el impacto que estas dos mujeres tuvieron en la vida de William y en la creación del mito de Wonder Woman. Aunó en la superheroína las personalidades de sus dos mujeres (la inteligencia, la seguridad y el carácter fuerte e independiente de Elizabeth y la sensibilidad, inocencia, dulzura y belleza de Olive), su teoría DISC, el detector de mentiras, sus fetichismos y una visión feminista del mundo.

Y es que el personaje no nació de la imaginación de un friki, como en el resto de cómics, sino que pretendía tener una función divulgativa, que fuera un espejo para las niñas y niños de la época. Ante la crítica de los censores sobre que sus historias las leían menores, Marston se defendía aclarando que precisamente esa era su intención:  “Quiero que las niñas pequeñas de este país sepan que tienen el poder sobre su propio destino y que los niños aprendan desde pequeños a respetar a las mujeres poderosas”. Había captado claramente que la cultura popular era un importante vehículo a la hora de filtrar ideas a la sociedad.

Desde el principio Wonder Woman nació como un personaje feminista, como una mujer empoderada. Marston creía que “Si el hombre tiene una naturaleza anárquica y violenta y la mujer cariñosa y protectora, entonces ellas deberían gobernar el mundo”, por lo que puso a la amazona en el centro del relato como una mujer capaz de acabar con la violencia y el desequilibrio instaurando en su lugar la justicia y la igualdad.

Y claro, una visión tan adelantada a su época (incluso hoy en día), con el reflejo de relaciones homosexuales y el uso de los látigos hizo saltar las alarmas de los sectores más conservadores de la época. Se topó con una sociedad llena de prejuicios en cuanto a la libertad sexual y que no estaba preparada para que una mujer tomara el control y las riendas de su propia vida.

Aún así, a pesar de una campaña de desprestigio, Wonder Woman consiguió vender en sus años iniciales más ejemplares que Superman. Incluso hoy en día la película protagonizada por Gal Gadot consiguió hacerse un hueco en un mundo audiovisual plagado de superhéroes masculinos heternormativos y batiendo récords de recaudación.

Angela Robinson, escritora y directora de Professor Marston and the Wonder Women decidió ir más allá del personaje y ahondar en la historia de su concepción adentrándose mientras tanto en temáticas como la ciencia, la investigación, la religión y el puritanismo, las rígidas estructuras familiares y las relaciones de pareja, el sexo, la política, la educación y el feminismo.

Aunque dura cerca de las dos horas, en ningún momento se hace larga. La historia está bien narrada y juegan un papel importante tanto los diálogos como los silencios, la simbología y los detalles visuales. Sin duda el momento de la inspiración del personaje con la combinación del vestuario a base de elementos fetichistas es el punto clave de la película, pero a partir de ahí no decae, sino que deja con ganas de conocer más de este personaje del que seguro que seguirá habiendo más entregas cinematográficas.

Morder la manzana, Leticia Dolera

Después de trabajar tanto en la pequeña como en la gran pantalla (tanto delante como detrás de las cámaras), Leticia Dolera debuta como escritora con Morder la manzana, un ensayo sobre feminismo.

El libro arranca con una escena familiar: un grupo de amigas tomando algo y charlando de la vida. De sus trabajos, de sus parejas o falta de ellas, de cómo les ha ido la semana, de sus preocupaciones y de alguna anécdota. En esta conversación una de ellas cuenta una desagradable escena en un taxi que desencadena en una revelación: todas han vivido algún tipo de situación de acoso o abuso (en mayor o menor medida) y les ha costado reaccionar, lo que después les ha llevado a una sensación de culpabilidad por no haberlo parado a tiempo. Así, lo que parecía anecdótico, algo excepcional o resultado de la mala suerte, se muestra como sistémico.

Y a partir de ahí Dolera intercala sus experiencias personales (y de su entorno) con referencias feministas con un lenguaje ágil y coloquial. Repasa nociones básicas de conceptos (como patriarcado o micromachismos), resume brevemente la historia del feminismo y hace referencia a otros aspectos tan enraizados en la sociedad como los roles de género, la falsa libertad sexual de la mujer ( o puta o monja), el canon de belleza que hipersexualiza el cuerpo de las mujeres, el mito del amor romántico (media naranja, celos, el amor todo lo puede), el miedo a no encontrar pareja o no ser madre, la rivalidad entre mujeres, la cultura de la violación o los piropos.

A la vez, mientras va combinando sus experiencias con la parte algo más teórica, reflexiona sobre sus propias contradicciones al intentar abandonar las pautas patriarcales estando dentro de una industria en la que estos roles están muy vivos (mujeres a las que se las valora por su físico o edad (cuanto menos, mejor) frente a hombres a los que se les tiene en cuenta la experiencia o aptitud para el trabajo).

El resultado es un libro accesible y básico. No pretende ser una obra teórica, sino de acercamiento, de iniciación. La misma autora explica que es el libro que le hubiera gustado leer a los 18 años, así que imagino que de ahí viene la redacción desenfadada y el vocabulario cercano sin entrar en demasiados tecnicismos. Busca empatizar con la lectora por medio de experiencias tan comunes como son las críticas a tener demasiado carácter, al cuerpo o a la sexualidad; el miedo a volver a casa de noche, a salir a correr por lugares desiertos, a quedarse a solas con un tipo que no conoces mucho…

Sin embargo, a pesar de que resulta fácil verse identificada en muchos pasajes, me ha resultado demasiado superficial. Sí, ya sé que es lo que pretendía la autora, pero comparado con Machismo: 8 pasos para quitárselo de encima, se queda muy corto. Barbijaputa también presenta un libro bastante ligero y sencillo, pero afrontado de otra manera, con una estructura que permite ir paso a paso afrontando definiciones de conceptos e historia del feminismo combinados con situaciones cotidianas. Aunque en honor a la verdad, Barbi es columnista y se encuentra más en su medio. En cualquier caso, bienvenido sea como un primer acercamiento al feminismo.

No soy un hombre fácil

Hace poco oí a Leticia Dolera en una entrevista decir que cuando da clases de guion recomienda a sus alumnos que, para hacer una revisión de sus textos y ver si están siendo sexistas, cambien de género los personajes y comprueben si el argumento y los diálogos siguen funcionando o, por el contrario, chirrían.

Y esta idea me vino a la mente cuando vi No soy un hombre fácil, de Eleonore Pourrait, actriz, escritora y directora francesa.

Todo empieza como cualquier comedia romántica. El protagonista es un hombre bien posicionado laboralmente (en este caso como publicista), atractivo y seguro de sí mismo. Tanto sus amigos como sus compañeros le ríen sus gracias mientras que sus compañeras tienen que soportar sus insinuaciones, miradas o comentarios sexuales. El estereotipo clásico del triunfador, vaya.

Sin embargo, su mundo se desmorona cuando se da un golpe con una farola y despierta en una distopía en que los roles de género se han intercambiado. En esta realidad paralela son los hombres quienes están oprimidos. Lo femenino sigue considerado inferior, pero ahora es una cualidad de los varones, no de las mujeres. Los tornos han cambiado.

Ahora es él quien tiene que soportar el acoso callejero o que sus compañeras hagan comentarios sobre su físico; en su trabajo sus ideas antes alabadas ahora no son escuchadas; es rechazado por una mujer en el momento en que esta descubre que no está depilado; su amigo ha quedado relegado al hogar y al cuidado de los niños… Las mujeres son quienes ocupan los puestos de liderazgo y deciden qué es lo relevante, mientras que los hombres quedan a segundo plano y él ve cómo su vida se desmorona. Todo lo que daba por sentado ha desaparecido y tiene que empezar de nuevo.

Sus privilegios se han desvanecido y ahora siente por todos lados la presión de la sociedad. Lo vemos en la actitud de sus padres cuando insisten en que se le va a pasar el arroz, pero también por supuesto cuando comienza a depilarse, maquillarse, a vestir con ropa más ajustada, con pantalones cortos para enseñar las piernas… Es una transición de un mundo en que lo tenía todo y nadie le cuestionaba, a otro en el que todo el mundo le dice lo que tiene que hacer, como si estuviese tutelado).

Sin su puesto de publicista sustituye a su amigo (de baja paternal) como secretario de una escritora exitosa (aunque endeudada), que va de amante en amante. Como si de cualquier comedia romántica se tratara, él se enamora de ella, pero ella por su parte lo utiliza y manipula. Los papeles tradicionales han quedado invertidos y ahora es ella quien lleva la voz dominante, la egoísta, conquistadora y arrogante, mientras que él es el que va detrás dejándose pisotear porque está enamorado.

El argumento no tiene más miga. No hay mucha más historia y la que hay es bastante previsible porque lo realmente importante es el ejercicio de reflexión sobre los roles impuestos y el comportamiento de ambos sexos al asumirlos y normalizarlos. Y qué mejor ejemplo que proponerlo a través de la típica comedia romántica que tanto perpetua estas construcciones arbitrarias. No se trata tanto de una crítica al machismo como de una ridiculización de los roles de géneros.

No soy un hombre fácil intenta plasmar la cantidad de actitudes sexistas que tenemos normalizadas y que si intercambiáramos los géneros, resultarían situaciones de lo más absurdas y surrealistas. Así que, parece que Leticia Dolera tenía razón: si no sabes si la situación es sexista, dale la vuelta.

 

Made in Dagenham (Pago Justo)

1968 fue un año de reivindicaciones y de cambio en las políticas sociales. Las movilizaciones más famosas son las de mayo en Francia, pero ocurrían en varios puntos del globo. En este contexto histórico se enmarca la película Made in Dagenham (Pago justo en español).

Por aquel entonces la pequeña población de Dagenham vivía de la fábrica de automóviles Ford, de la que salían unos tres mil coches diarios. En ella trabajaban unos 55.000 hombres como operarios y 187 mujeres como costureras. Ellos estaban cualificados como Grado B o C (especializados), mientras que ellas eran Grado A (habilidades mínimas). Las maquinistas de costura se encargaban de confeccionar las tapicerías de los vehículos, una tarea que se consideraba no especializada.

Cansadas de las injusticias y desigualdades que vivían y de que el sindicato masculinizado (y machista) no les hiciera caso, capitaneadas por Rita O’Grady, organizaron una huelga para reivindicar la equiparación de categoría profesional con respecto a los hombres. Al principio no fueron tomadas muy en serio, ya que las mujeres hasta la fecha no habían hecho huelgas (sí sus compañeros), sin embargo, fueron firmes en su postura y los paros se prolongaron hasta las 3 semanas, llegando a paralizar la producción de la planta, ya que sin tapicerías no podían salir coches.

Lo que comienza como una lucha por la equiparación de categoría acaba convirtiéndose en una lucha por la igualdad salarial y con la aprobación de la Ley de Igualdad Salarial (Equal Pay Act) en el Parlamento Británico dos años más tarde.

Pero el camino no es fácil. Aunque al principio tienen el reconocimiento y el aliento de sus compañeros (muchas tienen a sus maridos entre los operarios), la cosa cambia a medida que el paro persiste y estos son enviados a casa porque no hay trabajo. Con el paso de los días los hombres comienzan a ponerse nerviosos y a pedir a las mujeres que vuelvan a sus puestos por el bien de todos. Se olvidan, sin embargo, de que en el pasado, cuando la situación había sido al revés, ellas siempre les habían apoyado.

Además, no solo se encuentran con la presión de los compañeros y los chantajes del sindicato para que vuelvan al trabajo bajo la promesa de que pronto se tratará su tema, sino que también en casa los maridos se cansan de tener que asumir las tareas domésticas y el cuidado de los hijos mientras ellas están manifestándose o en reuniones. Parece haber un momento en que ellos se desvinculan y dejan de entender de qué va toda la reivindicación. Hay un diálogo muy bueno entre Rita y Eddie que refleja la incomprensión del marido:

– Eddie: Me gusta beber pero no le doy a la cerveza cada noche, ni me follo a otras mujeres… Y nunca te he levantado la mano. ¡Jamás! Ni a los niños.
– Rita: ¿Ahora eres un santo? ¿Es lo que me estás diciendo Eddie? ¿Eres un maldito santo porque no has abusado de nosotros? […] Esto es como debe de ser, ¡por dios santo Eddie! De qué crees que va toda esta maldita huelga, ¿eh? ¡Ah, sí! No, de hecho tienes razón, no eres un borracho, no eres jugador, te ocupas de los niños, no nos pegas a ninguno, ¡oh, qué suerte tengo! ¡Por el amor de dios Eddie! ¡Así es como debe de ser! Intenta entender eso. ¡Son derechos, no privilegios! ¡Es así de fácil! ¡Es así de fácil!

Porque la huelga no iba de conseguir privilegios, sino de justicia. Se trataba de una lucha por la igualdad social, por no ser consideradas como seres inferiores. Quizá chirría un poco que no nazca totalmente de ellas, sino que lo hagan espoleadas por la estrategia de un hombre que no quiere que pasen por lo mismo que pasó su madre.

La película pone también de relieve las presiones de los norteamericanos sobre el Primer Ministro y la cobardía del gobierno británico. Tan solo Bárbara Castle, la Ministra de Trabajo y Productividad, decidió tomar cartas en el asunto y reunirse con las costureras. Castle se mostró valiente y no cedió ante las amenazas de la Ford de llevarse sus fábricas de Inglaterra.

Pago Justo tiene una gran puesta en escena con una muy buena ambientación tanto en vestuario como en decorados. El toque británico y la temática me recordó en gran medida a Pride. De hecho, comparte con esta la emotividad y el positivismo a pesar de tener toques dramáticos. No todo es tan bonito. Acaban como vencedoras por conseguir un 92% de equiparación salarial, pero la realidad dejaba mucho que desear, ya que tras la huelga volvieron a sus vidas en las que los maridos se iban al bar mientras ellas se quedaban en casa asumiendo de nuevo las tareas domésticas y el cuidado de la familia. Visto en perspectiva, era un avance, claro.

En general la cinta es un buen testimonio de cómo un grupo de mujeres que eran minoritarias en una fábrica marcaron el camino hacia una de las luchas sociales que a pesar de haber evolucionado desde 1968 aún a día de hoy no ha terminado: la igualdad salarial entre hombres y mujeres.

Serie Terminada: Good Girls Revolt

En 1964 fue promulgada en Estados Unidos la Ley de Derechos Civiles. Sin embargo, para finales de la década aún quedaba mucho por hacer. En Newsweek, una revista semanal, las mujeres no podían ejercer como reporteras. Bueno, ejercer, ejercían, pero no eran reconocidas.

La gota que colmó el vaso fue el reportaje en portada Women in Revolt. Aunque había en la redacción suficientes mujeres que podrían haberlo escrito, se contrató a una periodista freelance para que aportara la mirada femenina sobre las marchas feministas. Un grupo de trabajadoras se organizaron y presentaron una demanda por discriminación sexista ante la Federal Equal Employment Opportunity Commission. Una de esas mujeres fue Lynn Povich, quien en 2012 escribió el libro How the Women of Newsweek Sued their Bosses and Changed the Workplace.

Para finales de 1975, las mujeres escribían un tercio de los reportajes. A su vez, había una tercera parte de investigadores que eran hombres. Lynn Povich acabó convirtiéndose en la primera mujer que alcanzó el puesto de editora jefe.

En 2015 Dana Calvo adaptó el libro de Povich a serie. Así, Good Girls Revolt se inspira en esa rebelión de aquellas mujeres que hacían todo el trabajo de campo de los reportajes: buscaban los contactos y realizaban las tareas de investigación, documentación y archivo. Después, aportaban todo el material recopilado a sus compañeros, quienes redactaban, firmaban el artículo y se llevaban todo el mérito. Ellas por su parte se llevaban un “gracias” y una palmadita en la espalda (como mucho). Ellas eran investigadoras, ellos reporteros. Y la distinción no iba solo en el puesto, también en el sueldo. El famoso techo de cristal.

Mientras las mujeres protagonistas van descubriendo su identidad y la desigualdad con la que viven en el ámbito profesional y personal, la serie recoge todo un contexto histórico marcado por las revoluciones por los derechos civiles de los afroamericanos y la guerra de Vietnam.

Hace una muy buena recreación de una época por medio de la escenografía, la música y el vestuario. Todo nos transporta a aquellos años 60 y los protagonistas sirven para crear un fiel retrato de aquel ambiente sexista de la época. Los hombres visten elegantes, son tipos seguros de sí mismos, ambiciosos y que beben whisky. El paradigma del señor misógino es el editor, un hombre conservador que no es capaz de aceptar los cambios sociales. Aunque el director de la revista parece más abierto (también es algo más joven) y percibe que la sociedad está cambiando, a la hora de la verdad, no termina de aplicarlo en su terreno.

Por su parte, las mujeres son jóvenes apocadas, dulces, calladas, con pasión por su trabajo y que viven continuamente a la sombra de sus compañeros. Good Girls Revolt presenta tres tipos de mujer de la época encarnados en el trío protagonista.

En primer lugar está Patti Robinson, la típica hippie. Tiene buen olfato periodístico y quiere ser escritora. Es independiente y su forma de pensar choca con la de su familia. Por ejemplo, uno de sus conflictos es que no entiende cómo su hermana con lo joven que es está dispuesta a dejar todos sus sueños de lado por casarse con un chico que está a punto de irse a la guerra.

Por otro lado está Cindy Reston, que representa la apocada mujer que se casó joven y cuyo marido, que aún está estudiando, espera que se quede embarazada pronto (tanto que manipula sus anticonceptivos) y deje de trabajar. Así pues, no solo ve cómo en el trabajo se ve relegada a segundona, sino que descubre que su marido no la toma en serio.

La última de las tres protagonistas es Jane Hollander, que viene de clase alta. Ella es conservadora, y sí que ve su puesto como algo temporal, pues a lo que aspira realmente es a casarse con un hombre que esté bien colocado y entonces dejar de trabajar. Sin embargo, a medida que avanza la temporada, hay un despertar en su conciencia y no solo se une a las reivindicaciones, sino que acaba encabezándolas.

Los 10 capítulos de los que consta la temporada transcurren desde que la chica nueva, Nora, empieza a cuestionar el hecho de que las mujeres no puedan escribir y firmar sus artículos hasta que las protagonistas ponen la demanda. Entre tanto, vemos cómo se desarrolla la evolución de cada uno de los personajes. Es verdad que hasta mitad de la temporada no comienza a asentarse la historia y a gestarse la reivindicación, pero parece necesario para plantear tanto el contexto histórico como el particular de la redacción y darnos a conocer a los personajes. No todas las protagonistas llevan el mismo ritmo, sino que cada una lleva su propio despertar y su gestión de los conflictos, tanto con sus padres o parejas, como en el trabajo, como en la exploración/descubrimiento de su sexualidad.

Nora Ephron, esta chica nueva que planta la semilla y después se marcha a otra publicación, trabajó en la revista, sin embargo, lo hizo antes de esta rebelión. La creadora de la serie se permite la licencia de convertirla en detonante. Ephron es una reconocida escritora y cineasta. Entre sus creaciones se encuentran Cuando Harry conoció a Sally o Tienes un E-Mail.

La primera temporada deja con ganas de más, de ver cómo se explorará el cambio del rol de mujer una vez que las protagonistas han puesto la demanda. Sin embargo, nos quedamos sin saber cómo podría haber sido, ya que la serie fue cancelada. Al parecer, cuando Dana Calvo se reunió con Roy Price (el productor ejecutivo encargado de la renovación) para plantearle las líneas argumentales de la segunda temporada descubrió que este tenía poco interés en Good Girls Revolt y que ni siquiera la había visto. Al día siguiente de esa reunión, y apenas un mes desde que Amazon publicó la temporada completa, fue cancelada. Casualmente Price tuvo que dimitir en octubre de 2017 como jefe de Amazon Studios tras ser apartado por haber sido denunciado por acoso sexual. Así que parece evidente porqué no quería renovar una serie con reivindicaciones feministas.

Los integrantes de la serie (tanto delante como detrás de las cámaras) hicieron campaña para ver si alguna otra cadena o plataforma compraba la segunda temporada, pero tras varias negociaciones, finalmente no va a tener continuidad. Y es una pena, porque la serie tenía recorrido, y más en una época en la que las reivindicaciones por la igualdad laboral y salarial están de candente actualidad. Sí, las mujeres pueden escribir y firmar noticias, pero pocas llegan a ser directoras, a estar en los consejos de redacción. Y esto influye en la perspectiva que se da de la información y en el tipo de contenidos que se consumen. Aunque por supuesto, esto no solo se reduce al ámbito periodístico. Muchas series como Good Girls Revolt hacen falta.