La voz más alta

Roger Ailes está de moda. En diciembre de 2019 se estrenó en los cines El escándalo (Bombshell), que narraba la historia de la caída del magnate empresarial desde el punto de vista de las más de 20 trabajadoras que presentaron sendas demandas de acoso sexual contra él. Un poco antes, en los meses de julio y agosto, Showtime había estado emitiendo La voz más alta (The Loudest Voice), una miniserie de 7 episodios basada en el libro The Loudest Voice in the Room del periodista del New York Magazine Gabriel Sherman, que también estaba centrado en este siniestro personaje.

Desde la publicación del libro en 2014 había habido interés en llevar la historia a la televisión, sin embargo, no fue hasta 2017, cuando murió Ailes, que el proyecto pasó a verse como una realidad (supongo que desapareció de la ecuación el temor a una demanda) con Tom McCarthy a la cabeza, todo un experto en narrar historias reales (The Wire, Spotlight, Por trece razones).

Mientras que la película se centraba en la perspectiva de las mujeres que sufrieron los abusos de Ailes, The Loudest Voice lo hace en la carrera del magnate. La serie arranca con su muerte a los 77 años por hematoma subdural para después retroceder hasta 1995, momento en que fue despedido de la cadena de noticias CNBC y se pasó a la competencia creando el canal de noticias Fox News, una plataforma a su medida para difundir sus ideas ultraconservadoras. Así, durante el primer capítulo se narran los meses previos al lanzamiento del canal. Este primer episodio sirve tanto para conocer el contexto histórico, económico e informativo del país, como para introducir a los personajes que rodeaban a Ailes. Y gracias a su ritmo y a un clima de expectación consigue mantener al espectador pegado a la pantalla.

A partir de ahí, cada uno de los episodios reconstruirá una fecha concreta en la vida del protagonista entre la llegada al canal de Murdoch en 1995 y su fulminante destitución tras las denuncias por abuso sexual en 2016. En algunas ocasiones se tratará de momentos importantes a nivel personal mientras que en otras lo será a nivel profesional. Aunque también es cierto que muchas veces ambas facetas irán de la mano. Como consecuencia de la selección de estos hitos, quedará reflejada tanto la política de Estados Unidos como la internacional (11S, llegada de Obama al poder, la campaña de Trump…) y el tratamiento informativo que le dio la Fox News.

El reparto de la serie está lleno de actores de renombre, aunque la mayoría del elenco aparece casi irreconocible bajo la caracterización por la que han pasado para parecerse a las personas reales que interpretan. Rossell Crowe es el encargado de meterse en la piel de Roger Ailes, un hombre que desprecia profundamente a las mujeres y las trata como objetos. Y, aunque no conozco al personaje original, lo cierto es que el actor consigue provocar toda la repugnancia y desprecio posibles hacia este empresario machista, egoísta y sin escrúpulos. Se come la pantalla y logra que todo gire en torno a él.

También está irreconocible Sienna Miller, que se mete en el papel de Beth Tilson, la esposa del magnate. Ambos se conocieron en la CNBC, donde trabajaron juntos, aunque pronto abandonaría su carrera profesional para convertirse en ama de casa y ejercer de madre del hijo que tuvieron en común. Con la misma mentalidad católica y conservadora que Ailes, es el paradigma de la servicial y amante esposa, siempre mostrando apoyo sin fisuras a su marido. Completan el reparto Naomi Watts como Gretchen Carlson, quien destapó todo el sistema de abuso tras ser despedida, Annabelle Wallis como Laurie Luhn, la primera trabajadora que fue acosada sexualmente por Ailes, Seth McFarlane como Brian Lewis, director de la cadena y  Simon McBurney como Murdoch.

The Loudest Voice atrapa gracias a sus diálogos claros e inteligentes en los que obvia la terminología técnica. El hecho de no conocer a los personajes reales no impide disfrutar de ella, ya que, abusos sexuales aparte (quedan en un plano muy secundario en la serie), en el fondo sirve para entender los entresijos de la política informativa de las grandes cadenas. Es un decálogo de la manipulación de los medios de comunicación y de cómo la audiencia está por encima de todo, incluso de la veracidad de la información. Una serie de máxima actualidad en todos sus aspectos.

The Tale

The Tale es la revisión de la cineasta Jennifer Fox de una vivencia personal de cuando era apenas una cría de 13 años. Ejerciendo como guionista y directora, explora sus recuerdos de una relación con un entrenador décadas mayor que ella dándose cuenta de que en realidad no fue una relación entre iguales sino un abuso.

La película arranca con Fox (interpretada por Laura Dern) en el presente. Ella es hoy una documentalista de prestigio que además ejerce de profesora titular en la universidad. Tiene una vida aparentemente normal tanto profesional como con su pareja, sin embargo todo cambia cuando su madre la llama preocupada porque ha encontrado un relato que Jennifer escribió de adolescente donde narraba una historia de amor con un hombre de cuarenta años.

Fox apenas tiene recuerdos de aquella época, por lo que partiendo del cuento que escribió en su día, revisando fotos y cartas y reuniéndose con gente que la rodeaba en aquel momento (y a su versión de 13 años) comienza a reconstruir los hechos como si de un documental se tratase (que al fin y al cabo es a lo que ella se dedica). Poco a poco va descubriendo que ella no se recordaba tan cría, ni a él tan mayor, que su memoria ha modificado e incluso borrado parcialmente la historia y empieza a preguntarse si decidió eliminarla de su mente por lo traumático de los hechos (a pesar de nunca considerarse a sí misma como una víctima) o simplemente fue tan inocente que no alcanzó a ver la gravedad del asunto.

The Tale se desarrolla en dos tiempos gracias a los constantes flashbacks. Es un continuo ir y venir entre el pasado y el presente a medida que Jennifer va encontrando piezas de este puzle. Esta manera de narrar los acontecimientos es todo un acierto pues muestra que la memoria a veces es selectiva y subjetiva. Consigue además crear una atmósfera incómoda en la que el espectador va siendo testigo de cómo dos adultos se aprovecharon de la situación emocional de una niña que venía de un hogar desestructurado. A medida que la historia va avanzando se va volviendo más cruda y produce un gran malestar, sin embargo, pese a todo, la película sabe ir más allá de los abusos y del morbo y busca la reflexión. ¿Por qué la profesora la felicitó por su relato y no se le ocurrió pensar cómo una niña de 13 años había podido tener la imaginación para escribir algo así? ¿Por qué nadie se dio cuenta?

Con esta cinta Jennifer Fox encuentra una herramienta de comprensión y reflexión. Supone una reconciliación entre la niña que fue y la mujer que es y consigue curar heridas que no creía ni que existieran. Treinta años después se descubre como víctima y decide enfrentarse a su abusador. Y al espectador le muestra además porqué muchas de las víctimas de abusos no hablan al poco de sufrirlos, y es que hay veces que ni los han identificado como tales. Una película dura, pero necesaria.

Serie Terminada: Orange is the new black

Orange is the new black se basa en la historia real de Piper Kerman, una urbanita, casada y con planes de futuro que, después de que una cómplice la delate, se encuentra con que ha de cumplir una condena de 15 meses por un delito de blanqueo de dinero unos años antes. La creación de Jenji Kohan fue la sorpresa de la temporada en su estreno en Netflix allá por 2013 con su estilo tragicómico y su elenco coral. Y es que aunque se basa en el libro que escribió Kerman tras su paso por la cárcel, ella no es protagonista absoluta, sino que hay más de una veintena de personajes diferentes, cada uno de ellas con sus circunstancias, sus problemas, sus matices y sus caracteres. El punto en común es que todos tienen que sobrevivir entre rejas.

La primera temporada se centra sobre todo en presentar a las mujeres que comparten la prisión y se alterna el presente con los flashbacks para completar sus historias. Se va rotando así el protagonismo entre todas ellas y permite al espectador adentrarse de lleno en la serie. En las siguientes temporadas se mantiene esta dinámica y, aunque pierde la novedad, mantiene la frescura gracias a la introducción de nuevos personajes y a su tono. Orange is the new black ha jugado siempre muy bien con el humor negro, sobre todo explotando la vis cómica de las situaciones a las que se ha ido teniendo que enfrentar la chica pija de Brooklyn. Sin embargo, poco a poco la serie va evolucionando y se plantea una explícita denuncia social poniendo en el centro el sistema de prisiones estadounidense y por extensión a las políticas neoliberales.

El cambio comienza a verse cuando en la tercera temporada la cárcel pasa de ser pública a privada y por tanto se comienza a mirar cada céntimo que se invierte en ella: aumenta el ratio de reclusas por personal, se recorta el presupuesto de limpieza o comida, se aprovecha cada centímetro de los espacios comunes, se eliminan actividades… Y aunque las cosas van cambiando poco a poco, estas nuevas medidas generan un clima de tensión (alimentado además por guerra de bandas) en el que tan solo hace falta una chispa para que todo salte por los aires. En este caso la mecha se prende con el asesinato de Poussey a final de la cuarta temporada. En realidad es accidental, sí, pero es la consecuencia de la deshumanización de las reclusas y de reducirlas a números en una tabla de excel o balance. Y por desgracia, algo que sigue ocurriendo a día de hoy como hemos visto en Mineápolis con George Floyd.

Y con este ambiente de ira, rabia y sensación de injusticia estalla el motín.

La quinta temporada rompe totalmente la serie creando una nueva narrativa. Pretende mostrar un arco argumental principal cerrado en el que la acción se desarrolla en 72 horas de revuelta. Sin embargo, quiere hablar de tantas cosas que se pierde. Y lo más importante, pierde el tono que la caracterizaba subiendo el drama y bajando la comedia. Ni siquiera el concurso de talentos en el 5×04 arranca la sonrisa.

Quizá es porque lo que está contando es demasiado serio como para aceptar frivolidades. O quizás porque se le da protagonismo a algunos personajes insufribles. Además, durante toda la temporada da la sensación de que no va a ir a ningún lado. El sistema se convierte en el principal villano (aunque en cierta manera ya estaba ahí de fondo) y no tienen ni la más remota posibilidad de ganar. Sabes que, si alguien sufre las consecuencias del incidente, desde luego no van a ser los guardias. Y así ocurre. Cuando el motín es sofocado las reclusas son separadas en dos grupos y trasladadas a dos cárceles diferentes. La serie sigue a las que son enviadas a la de máxima seguridad, una que está dividida por bloques y, de alguna forma, por clases. Cada uno de los sectores de este centro penitenciario cuenta con un color de uniforme diferente, lo que crea ya un sistema de bandas. Las protagonistas se encuentran de nuevo en la casilla de salida creando lazos para sobrevivir en un nuevo entorno con nuevas presas y nuevos guardias.

Aunque la serie intenta avanzar tras el motín y resetearse introduciendo esta nueva cárcel y nuevos personajes, lo cierto es que es la peor temporada de todas. No atraen las dos nuevas villanas, dos hermanas que entraron en la cárcel hace mil siglos por haber matado a su hermana pequeña. Su historia no se sostiene, como tampoco la de sus secuaces Malison o Papi. Tan solo resulta interesante la trama de Taystee, acusada injustamente del asesinato del guardia Piscatella, que muestra de nuevo cómo no se puede luchar contra el sistema (en este caso judicial).

La séptima y última temporada recupera un poco el tono de la primera volviendo a poner en el centro a Piper, quien, por una suerte de carambola, es puesta en libertad. Orange Is the New Black vuelve a sus orígenes mostrándonos a una protagonista perdida. Esta vez está libre, pero preferiría estar presa para no estar lejos de su pareja, además, la reinserción no es nada sencilla y no sabe ni por dónde empezar a poner en orden su vida.

Paralelamente seguimos conociendo el rumbo del resto de protagonistas. Esta temporada recupera el nivel de la primera temporada mostrando la evolución de cada una de ellas para darles un cierre. Algunas han encontrado un propósito en su vida, otras han tirado la toalla. Orange Is the New Black no pretende ofrecer un final feliz. Muy al contrario. Deja claro que, por mucho que se intente cambiar el sistema, la casa siempre gana. Lo que sí procura es al menos mostrar un epílogo de cada una de ellas en su lucha con el gran antagonista: el Sistema. Sin embargo, pese a que vuelve a sus orígenes de alguna forma, también ha evolucionado. En esta ocasión abandona el tono más o menos amable que tenía en sus inicios para usar uno de crítica social bastante serio. Y lo hace gracias a un elemento nuevo: el de los Centros de Internamiento de Extranjeros que alude claramente a la política migratoria de Trump. La entrada de PolyCon (la empresa propietaria de Litchfield) en el negocio de los centros de detención de inmigrantes permite que la serie muestre una cara más cruel aún del sistema mostrando lo bien que casan el neoliberalismo y las políticas fascistas. Lo importante es ganar dinero, no importa cómo se consiga.

Orange Is the New Black ha sido una serie con sus altibajos, no obstante, ha brillado más en aquellos momentos en que se ha centrado en las relaciones humanas de las protagonistas. Ha desplegado un catálogo de personajes femeninos de lo más variopinto que le ha permitido romper los esquemas a los que estábamos acostumbrados en la ficción o la literatura y explorar posibilidades narrativas que hasta la fecha no se habían puesto sobre la mesa. Por una vez no se trataba de mujeres sin nombre ni personalidad que solo eran apéndices de los protagonistas masculinos (madre, hija, hermana, novia…); en OITNB se podía encontrar desde la más noble e inocente a la más malvada pasando por miles de caracteres con cientos de matices. En ellas hemos encontrado historias de fracaso, de superación, de pérdida pero también de emprendimiento. No había dos personajes iguales, cada una tenía su propio universo independientemente de su clase social, su color de piel, su edad, su talla, sus adiciones, sus problemas mentales o su orientación sexual (definitivamente ha dado mucha visibilidad al colectivo LGTBI). Y ha funcionado bien gracias a una buena elección de actrices, la mayoría de ellas poco conocidas pero cuya carrera ha despegado tras su paso por Litchfield, muestra de que la serie no ha pasado desapercibida.

La otra mirada

Un mes de cuarentena da para mucho, así que tiré de lista de series y películas pendientes y casi puedo decir que me puse al día. Una de las ficciones que tenía a la espera de sacar tiempo era La otra mirada, producción de rtve que se centra en la vida en una academia de señoritas de Sevilla en la España de 1920. No soy yo mucho de series españolas y menos de época, pero había leído tan buenas críticas de ella que cuando la encontré en el catálogo de Amazon Prime Video decidí darle una oportunidad. Y al final, vi un capítulo detrás de otro hasta ventilarme las dos temporadas (aunque la segunda la tuve que buscar en la web de rtve.es).

La ficción arranca con Teresa Blanco, una mujer de mentalidad avanzada, huyendo de Lisboa y yendo a parar a Sevilla en busca de una chica que estudia en la Academia de Señoritas que regenta Manuela, una joven que acaba de asumir su papel como directora tras la jubilación de su madre. Teresa se incorporará al centro como profesora de Literatura y aportará esa nueva mirada a la que hace referencia el título de la serie. Ella es una mujer que ha viajado por todo el mundo y que se ha empoderado. Fuma, lleva pantalones y sigue soltera por decisión propia a pesar de tener una edad en la que casi se esperaría que fuera incluso abuela. Hace lo que le da la gana. Es decir, vive como hacían los hombres en su época.

Esta perspectiva choca frontalmente con los métodos de enseñanza del centro muy encorsetados, en donde priman las apariencias y apenas se deja a las alumnas participar. Así, se arma un revuelo cuando ella anima a las chicas a expresar sus opiniones libremente y fomenta el diálogo.

El mensaje feminista es muy evidente y además de la libertad de expresión introduce temas como el derecho a sufragio, el acceso a la educación, la igualdad salarial, el pensamiento crítico, el sometimiento al marido, la maternidad impuesta, la sexualidad, la violación, la obligación de ocultar la homosexualidad, la participación femenina en el deporte, la dictadura de la estética y los cánones de belleza, el clasismo, el racismo, las enfermedades mentales… Y lo triste es que refleja situaciones que un siglo después siguen de vigente actualidad.

La serie va creciendo con cada episodio, y de la misma forma lo han ido haciendo los personajes con cada problema al que se han ido enfrentando. Todas ellas, tanto alumnas como profesoras, han ido viviendo sus viajes personales que les han hecho más fuertes tanto individualmente como de forma grupal. Es una pena que haya acabado con tan solo dos temporadas, pues aún quedaba mucha tela que cortar.

El escándalo (Bombshell)

El escándalo (Bombshell) lleva a la gran pantalla la historia de la caída del magnate empresarial Roger Alies, quien había fundado Fox News en 1996 como una cadena de noticias abiertamente a favor del Partido Republicano. Su línea editorial se caracterizaba por un periodismo polarizante y pronto se convirtió en el altavoz de la propaganda de derechas logrando calar en un importante segmento de la población y siendo durante años líder de audiencia. Fue Alies quien estuvo detrás de las campañas de Nixon, Reagan, Bush padre e incluso asesoró a Trump para los debates. En julio de 2016 Gretchen Carlson, uno de los rostros de la cadena que había sido recientemente despedida, presentó una demanda de acoso sexual a la que se sumaron más de 20 mujeres del canal y que llevó a Rupert Murdoch, dueño de la cadena, a forzar a Ailes a abandonar la compañía o ser despedido. Finalmente renunció llevándose 40 millónes de dólares en su salida. Un año más tarde murió en su domicilio.

La película se basa en estos hechos reales y arranca con Megyn Kelly, periodista política de la cadena, explicando los entresijos de Fox News. Este inicio tiene cierto toque de documental con la presentadora dirigiéndose a cámara y guiando a través de los platós y las plantas del edificio en que se ubica la cadena. Sin embargo, pronto se pierde este estilo se nos van intercalando las historias de las tres protagonistas. Porque en realidad, aunque todo gira en torno a Ailes, El Escándalo nos ofrece la mirada a través de los ojos y la experiencia de las víctimas.

Megyn Kelly está en la cima de su carrera. Es la cara del principal telenoticias y goza de prestigio. Sin embargo, unos días antes de las elecciones recibe ataques del mismo Trump por haber sido incisiva con él en uno de los debates. Paralelamente conocemos a Kayla Pospisil, una joven periodista que acaba de llegar a la cadena y trata de hacerse un hueco para conseguir salir en pantalla. Este es el único de los tres personajes principales que no es real. No obstante, no es del todo ficticio, sino que está creado a partir de los relatos de otras muchas mujeres que sufrieron abusos del directivo. Con la introducción de este tercer personaje ficticio la cinta pretende resaltar la perpetuidad de los hechos a lo largo del tiempo. También sirve como mecanismo para mostrar los abusos y no tener que recurrir a los flashbacks de las otras dos presentadoras.

Cuando Gretchen Carlson es despedida y sale a la luz la demanda, estas dos mujeres se verán en la tesitura de dar un paso adelante también. Cada una de ellas representa un punto de vista diferente sobre los abusos. Por un lado Carlson es la veterana que ya está harta de todo y no tiene nada que perder; por otro Kelly lo ha dejado atrás y no quiere traerlo al presente y que se interponga en su carrera ahora que está en su mejor momento; y por último Pospisil que aún está asimilando lo que le acaba de pasar.

Tanto Charlize Theron como Nicole Kidman y Margot Robbie están muy bien en sus papeles, sin embargo, a la película le falta algo de profundización para poder empatizar con los personajes. Apenas llegamos a conocerlas. Ni siquiera interactúan entre ellas, tan solo una recriminación sorora de Pospisil a Kelly por no haber hablado antes y prevenir a las nuevas. Es quizás la joven a quien llegamos a conocer un poco más, pero aún así, no llegamos a saber cómo acaban sus historias. La trama, en ocasiones, da la sensación de avanzar muy rápida, como si únicamente quisiera presentar el momento en que estalló el escándalo sin ahondar en los hechos en sí o en los sentimientos de las protagonistas.

No obstante, en conjunto, sí que invita a reflexionar sobre la cultura de acoso sistemático a las mujeres ya sea bajo la petición explícita de favores sexuales, por agresiones físicas o por la exigencia de llevar determinado vestuario convirtiéndolas en mero objeto sexual. Y no solo pone el punto de mira en Ailes, sino que también apunta al entorno. Porque no es un caso de unos pocos, sino una cuestión sistémica en la que son tan responsables el agresor como los compañeros que callan y miran para otro lado. Cayó Royer Ailes, uno de esos hombres que se creían intocables, pero había muchos más cómplices a su alrededor que la cinta hace la vista gorda.

El Escándalo consigue mostrar el ambiente tan terriblemente machista en los medios en general y en Fox en particular, donde para triunfar debías ser una cara bonita (y joven), tener unas buenas piernas y llevar una falda muy corta. Un ambiente en que las mujeres aprenden pronto cómo sortear los comentarios paternalistas o sexuales de los compañeros y jefes. Logra incomodar y despertar la rabia, sobre todo con un personaje tan repulsivo como Roger Ailes, pero no consigue exprimir al máximo la historia real en que se basa.

¿Qué coño está pasando?

¿Qué coño está pasando? es un documental sobre el feminismo en España que se gestó a finales de 2017 cuando las calles se llenaron en protesta por la sentencia del Tribunal Superior de Justicia de Navarra sobre el caso de La Manada. Rosa Márquez y Marta Jaenes iban en el coche de camino a casa cuando decidieron que había que recoger aquello que acababa de explotar.

Hasta aquel momento la violencia sexual no era un tema del que se hablara mucho en los medios. Sí, de vez en cuando saltaba alguna noticia de alguna violación o intento de agresión, pero contada prácticamente como de pasada. El caso de la Manada sin embargo supuso un punto de inflexión por la manera en que impactó en la opinión pública. Y no fue solo por la violación en sí, sino porque indignó que se pusiera el foco en la víctima y además abrió el debate sobre el límite del consentimiento y sobre cómo quedan recogidos en el código penal los delitos de abuso y agresión sexual.

Márquez y Jaenes recogen, a través de entrevistas a más de 40 mujeres, el panorama actual español relación al movimiento feminista. Se sientan ante las cámaras nombres muy relevantes de sectores muy diversos. Así, nos entontramos con políticas de diferentes ideologías como Lidia Falcón, Adriana Lastra, Andrea Levy, Irene Montero y Begoña Villacís; con filósofas como Ana de Miguel; con sociólogas como Cristina Hernández o Rosa Cobo; con sexólogas como Loola Pérez; con periodistas y escritoras como Rosa María Calaf, Nuria Varela, Isa Calderón o Henar Álvarez; con juezas como Ana Ferrer; con económicas como Marta Flich; con artistas como Becky Jaraiz y Yolanda Domínguez o con directoras de cine porno como Anekke Necro. También se le da voz a otras mujeres que aportan una perspectiva interesante como María José Jiménez, de Gitanas Feministas por la Diversidad; a Antoinette Torres, de Afroféminas; a Inma Rodríguez, de las Kellys; o a la víctima de trata y activista Amelia Tiganus.

El documental arranca explicando qué es el feminismo y defendiendo que hoy en día sigue siendo necesario porque, pese a que se ha avanzado mucho, la igualdad real aún no existe. Siguen existiendo los malos tratos, la violencia sexual, el riesgo a volver a casa sola, el acoso, los piropos, el mansplaining… Es cierto que mucho de estos temas no se traían al debate público, pero sí que estaban presentes en las conversaciones entre mujeres. ¿Qué coño está pasando? reflexiona sobre cómo queda en evidencia esta desigualdad en todos los ámbitos de la vida, porque es algo estructural. Las mujeres que ponen voz en este montaje opinan sobre temas como la violencia machista, la violencia sexual, la hipersexualización de las niñas, el trato que da la publicidad a las mujeres, el uso del lenguaje, la idea del amor romántico, la ausencia de mujeres en los libros de texto o en los museos, la vida laboral y el techo de cristal (también el suelo pegajoso), la prostitución, la pornografía y los vientres de alquiler, la maternidad, la corresponsabilidad en el hogar, la carga mental… Todas tienen algo interesante que aportar, aunque chirrían un poco Leyre Kahl, Begoña Villacís o Loola Pérez con su mirada neoliberal.

Quitando el detalle de estas invitadas, por lo demás resulta un buen reportaje que pone en evidencia las desigualdades que aún siguen arraigadas de forma totalmente normalizada en nuestra sociedad. Una de las más incisivas es Ana de Miguel, que nos recuerda que ya desde que nacemos hay una marca para las niñas: los pendientes. Y que por mucho que se presuma de que se educa en igualdad, con el mismo acceso a la educación y con las niñas pudiendo ser lo que quieran, lo cierto es que a la vez se transmite el mensaje de que lo importante es encajar en determinada imagen para obtener la aprobación masculina. Y en eso tiene mucho que ver la cultura y publicidad (y no solo de los juguetes), que siguen siendo sexistas. Yolanda Domínguez lleva tiempo analizando cómo se trata a la mujer en las campañas publicitarias.

Además, como recalca Henar Álvarez, a ellas les faltan referentes. Durante años las mujeres son excepciones en libros de textos, en los museos, en el cine, en la televisión… Y lo que no se nombra, no existe. Deja una idea subliminal de que si las mujeres no están, es porque no tienen nada que aportar.

La lucha del feminismo lleva siglos, sin embargo ahora ha vuelto a renacer de una forma un tanto llamativa y las redes sociales tienen mucho que ver. Y cómo no, el capitalismo ya ha movido ficha para intentar sacar rédito económico del movimiento. No ha tardado mucho en aparecer merchandising morado, con el símbolo de la mujer, o con la palabra Feminismo impresa. Cierto es, como dice Henar, que si Beyoncé y H&M quieren difundir el mensaje van a llegar a mucha más gente que nosotras, no obstante, también hay que tener cuidado de que no se quede en una moda vacía de contenido. Como bien apunta Yolanda Domínguez, hay que ir más allá del eslogan de la camiseta.

El documental deja además una interesante reflexión con los aportes de María José Jiménez, de Gitanas Feministas por la Diversidad y de Antoinette Torres, de Afroféminas, porque aunque parece claro el componente de clase dentro del feminismo, en muchas ocasiones se deja fuera a mujeres que además de por su sexo, son marginadas por no ser blancas.

Lo que desde luego queda constatado tras casi hora y media de visionado es que aún queda mucho camino por recorrer y sobre todo que una sociedad no cambia si solo lo hace la mitad de la población. Y es que parece que mientras que hay más conciencia feminista entre las mujeres, no ocurre de la misma manera entre los hombres, quienes ven estos avances como una pérdida de privilegios y obvian que el machismo también les oprime en algunos aspectos. El futuro será feminista o no será.

Nadie duerme, Barbijaputa

Tras Machismo: 8 pasos para quitárselo de encima, Barbijaputa volvió a la ficción en octubre del año pasado con Nadie duerme, una novela distópica en la que un pequeño grupo clandestino de mujeres organizadas se toma la justicia por su mano como respuesta al recorte de derechos y libertades que está viviendo el país con la llegada al poder de un partido ultraderechista.

La trama se centra en Eare, un país ficticio en el que el partido fascista TOTUM ha ganado las elecciones en una época de crisis tras promesas populistas. Una vez en el gobierno han ido contra los migrantes, los homosexuales, las feministas, gente de izquierdas… en definitiva, contra todos aquellos que van en contra de sus ideas o que ponen en cuestión su estructura social conservadora. La población va asumiendo los cambios y limitaciones progresivos que van sucediéndose sin especial resistencia, tan solo parece reaccionar el Frente Feminista Revolucionario (FFR), un pequeño grupo de mujeres hartas de las injusticias.

Cansadas de ver cómo agresores, violadores, maltratadores o asesinos machistas acaban libres tras unas míseras condenas (o incluso sin pisar la cárcel siquiera) deciden comenzar a asesinarlos. Así, se suceden diez víctimas sin que a nadie parezca preocuparle. Sin embargo, la cosa cambia cuando el cadáver es el de un reputado juez. No solo por quién es el muerto, sino porque es entonces cuando el FFR lanza su primer comunicado dándose a conocer. Una acción que provocará, como era de esperar, la reacción del gobierno y que pondrá en peligro a todos los miembros del grupo clandestino.

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Power del bueno, primas. Prometido.

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La novela está estructurada en cuatro partes (34 capítulos y un épilogo). La primera de ellas está narrada por Búho y es la más extensa. En ella nos habla de sí misma, de dónde viene, cómo se une a este grupo y cómo comienza a actuar. En la segunda toma la palabra su hermana Jana y aporta algún detalle más para configurar el personaje protagonista. La tercera parte es muy breve, tan solo un capítulo desde el punto de vista de Águila que sirve para adentrarnos un poco más en la organización. Y finalmente en la última parte retoma el relato Búho.

Búho y Águila no son más que pseudónimos, y es que en el FFR se comunica en un foro de amantes de la ornitología para escapar del control del gobierno. Así pues, cada integrante asume el nombre de un pájaro cuando se registra y lo mantiene de ahí en adelante. De esta manera se minimiza el riesgo de que en caso de ser descubiertas pudieran delatar a sus compañeras. Cuanto menos detalles personales se conozcan, mejor. Eso sí, todas tienen algo en común, y es que son mujeres que han vivido experiencias de violencia machista de una manera u otra; algunas de forma directa, otras indirecta, pero que igualmente cargan con el trauma sobre su espalda. Están tan rotas que no tienen nada que perder, por eso ponen sus vidas en peligro para acabar con el sistema y las injusticias.

Aunque la narradora nos va contando detalles aquí y allá de las compañeras y de su entorno, en realidad el único personaje que parece estar bien configurado es el de ella misma (incluso cuando cambia la voz que cuenta la historia). Está claro que Búho es la protagonista, pero me ha dado la sensación de que el resto de los que conforman la trama están mucho menos dibujados, que han quedado algo flojos. La prosa de Nadie duerme es bastante sencilla y sin florituras. Imagino que es porque la autora ha buscado un estilo lo más cercano posible a lo que sería el relato de unas memorias tras todos los acontecimientos. Un recurso que por cierto me ha recordado bastante a El cuento de la criada. En realidad, la novela parece beber mucho de la historia de Atwood, al situar la trama en un mundo distópico en el que las mujeres ven cómo pasan a ser ciudadanas de segunda ante la llegada de un gobierno ultraderechista. Es cierto que en Nadie duerme no encontramos el aspecto de la procreación a servicio del Estado, pero sí que recuerda mucho a los derroteros por los que ha ido la serie en cómo parece que la única manera de acabar con este sistema es que las mujeres se organicen.

También es verdad que últimamente nuestra realidad se parece mucho a estos mundos distópicos y en algunos aspectos la novela se siente muy cercana a la actualidad. Se ve claramente cómo Barbijaputa para escribir este alegato feminista se ha inspirado en casos reales que vemos a diario en las noticias y sobre los que la autora ha escrito columnas de opinión. En ellas ya criticaba la mirada machista de algunos jueces y lo que cuesta en determinados círculos aceptar que las mujeres alcen la voz y se echen a la calle reclamando igualdad de derechos aunque sea pacíficamente. Creo que con este bagaje le debió llegar la inspiración de un what if. ¿Qué pasaría si en vez de manifestarse cada 8M se tomaran las armas y se iniciara una revolución? Y aunque Eare no es España, hay conexiones muy claras como el ascenso de partidos ultraderechistas, las referencias al cambio climático, a los problemas del capitalismo, al racismo, a la migración…

Sin embargo, pese a las deficiencias de la obra, resulta entretenida. Eso sí, no desde un punto de vista amable, pues no deja de ser un relato un tanto duro en algunas ocasiones. Los pasajes en los que se describe el maltrato, la violencia u otros métodos de abuso de poder consiguen remover las entrañas. Deja también una reflexión sobre si el fin justifica los medios y cómo la unión hace la fuerza. En cualquier caso, pese a que se lea rápido y enganche, me gustó bastante más su primera novela, La chica miedosa que fingía ser valiente muy mal.

Nueva serie a la lista “para ver”: The morning show

Parece que en el panorama actual televisivo no teníamos suficiente con los canales en abierto, los de cable y las plataformas en streaming (Netflix, HBO, Amazon Prime Video y Disney Plus), que en noviembre la compañía de la manzana mordida se sumó a la fiesta lanzando Apple TV+. Y lo hizo por todo lo grande, con The Morning Show, su serie insignia protagonizada por Jennifer Aniston, Reese Witherspoon y Steve Carell.

The Morning Show usa como punto de partida la historia del libro Top of the Morning: Inside the Cutthroat World of Morning TV de Brian Stelter, en el que se exponían varios casos de luchas de poder en los magacines matutinos, aunque podría basarse en tantos otros casos de acoso sexual que han salido a la luz en los últimos años (Matt Lauer en el magacin matutino Today; Charlie Rose, presentador estrella de la CBS o Tom Brokaw de la NBC News por poner algunos ejemplos).

La ficción arranca con la crisis que sigue al despido de Mitch Kessler (Steve Carell) de The Morning Show, el matinal más exitoso de la televisión estadounidense, tras ser acusado de acoso sexual. Su compañera desde hace 15 años, Alex Levy (Jennifer Aniston), ha de tomar las riendas de un barco que hace aguas en medio de una tormenta y limpiar tanto su imagen como la del programa y la cadena.

Es complicado juzgar la serie con solo un primer episodio, pues es todo muy caótico y nos encontramos con tres tramas abiertas. Al acoso sexual de Kessler y la lucha de Levy por seguir siendo imprescindible, se une la llegada de Bradley Jackson (Reese Witherspoon), una desconocida reportera de Virginia Occidental que llama la atención de uno de los directivos de la cadena después de que un vídeo de uno de sus reportajes se hiciera viral. Está claro que Jackson llegará para sustituir a Kessler y a la vez para funcionar como elemento de conflicto y confrontación con Levy. Ambas tienen una personalidad diferente y un distinto punto de vista sobre cómo ejercer el periodismo. Pero esto solo se intuye de momento, ya que la serie se lo toma con calma para presentar a los protagonistas y las tramas antes de entrar de lleno en lo que quiere contar.

Así pues, no me queda muy claro si pretende ser una especie de The Newsroom reflejando el día a día del backstage de un programa de noticias (esta vez matinal) aprovechando para criticar la forma de hacer periodismo hoy en día y en cómo se elige poner el foco sobre unas noticias u otras teniendo en cuenta los intereses de la cadena; si va a centrarse en los egos de los rostros conocidos y en la batalla por las audiencias; o si quiere ir por otros lares más cercanos al libro en el que se basa y exponer las relaciones de poder en un ambiente machista y cómo esto afecta a las mujeres del sector. O quizá busca contar un poco de todo lo anteriormente mencionado, pues tan solo con el piloto, parece querer ser muchas cosas.

The Morning Show sin duda ha llamado la atención por ser el gran estreno de Apple TV+ y contar con un reparto tan mediático. No podemos decir que sea la mejor serie de 2019, sin embargo, el primer duelo entre las dos protagonistas en el piloto ya nos da un poco de esperanza de que puede ir a más.

De momento cuenta con una primera temporada de 10 episodios y antes de su estreno ya fue renovada para una segunda.

Serie Terminada: Creedme (Unbelievable)

2019 parece ser el año de las miniseries, además de gran calidad. Ha sido el año en que hemos podido ver Chernobyl, Así nos ven, Years and Years y Creedme (Unbelievable), la última que he visionado. De repente me encontré con numerosos artículos y comentarios en las redes sociales sobre lo buena que era, por lo que despertó mi curiosidad.

Al igual que Así nos ven, Creedme es un true crime basado en hechos reales. Recogido inicialmente en 2015 por los periodistas Ken Armstrong y T. Christian Miller en un reportaje que les hizo ganar el premio Pulitzer, ahora pasa a la pequeña pantalla en formato de 8 episodios. La historia arranca con Marie Adler, una joven de 18 años de la ciudad de Lynnwood, en el estado de Washington, que fue violada en 2008 por un hombre que se coló por la noche en su apartamento. Por si fuera poco la traumática experiencia de sufrir una violación, se encuentra después con un calvario cuando ha de relatar los hechos mil y una veces ante los médicos y los agentes de policía que la atienden. Unos detectives que ponen en duda su relato hasta el punto en que ella acaba retractándose cansada de esforzarse para que la crean. Sin embargo, tras declarar que todo era mentira y que se lo había inventado para llamar la atención, la situación empeora más. La poca gente de su entorno que la había apoyado de repente la deja de lado y se convierte en poco menos que una apestada. Su padre de acogida incluso no quiere estar a solas con ella por si acaso ella pudiera inventarse una historia similar. Poco después es además llevada a los tribunales tras ser acusada de delito de falso testimonio.

El primer capítulo se centra enteramente en el caso de Marie, en la violación, en su soledad durante todo el proceso, en su frustración ante el acoso de los detectives y en su derrota emocional cuando comprende que la policía ya ha decidido que su denuncia carece de credibilidad y que no va a investigar su violación. Es un episodio lento y duro. Muy duro. No por la violación en sí, ya que no se muestra de forma explícita; sino por la facilidad con la que nos hace sentir empatía por Marie y comprender por qué tan frecuentemente las víctimas de abuso y acoso sexual no llegan a denunciar. A menudo se sienten doblemente violadas: primero físicamente por el agresor y después psicológicamente por un personal no cualificado (policía, sanitarios, abogados) que se centra más en buscar inconsistencias en el relato y en el comportamiento de la víctima que en investigar realmente el caso.

En los siguientes capítulos Creedme se bifurca en dos tiempos narrativos. Por un lado sigue los pasos de Marie y cómo intenta recomponerse cuando todo su entorno la margina y, por otro da un salto a 2011 a la investigación conjunta de las detectives de Colorado, Grace Rasmussen y Karen Duvall después de que esta última descubriera que un caso suyo guarda muchas similitudes con otro de Rasmussen y a partir de ahí salieran a la luz muchos más con el mismo patrón: las víctimas eran atadas con los ojos vendados, violadas durante horas, fotografiadas y obligadas después a ducharse concienzudamente. Además, las escenas de los crímenes quedaban totalmente limpias, sin resto alguno del agresor.

Viendo ambas historias contrasta notablemente las actuaciones de los detectives en cada una de ellas. Por un lado la típica actuación de tipo duro, agresivo, que acorrala al entrevistado como si fuera un acusado en vez de una víctima en el caso de Marie, y, por otro lado, el trato mucho más humano y empático de las detectives de Colorado. Puede que la diferencia venga determinada en parte por ser mujeres y por ello ser capaces de ponerse en el lugar de las víctimas, pero también se ve que tienen más experiencia y formación específica y adecuada en ese tipo de casos. No hay más que ver con qué calma y tacto Duvall entrevista a una de ellas en el segundo episodio, acompañándola también durante todo el proceso en el hospital y llevándola después a casa de una amiga para asegurarse de que tiene el apoyo de alguien cercano.

Creedme pone sobre la mesa las buenas y malas prácticas ante un caso de violación y la necesidad de una mirada no patriarcal. Habla del acoso institucional a las víctimas y de cómo se cuestiona su relato tanto como el de un acusado y de la creencia social de que solo hay un único comportamiento posible tras una agresión sexual. Marie Adler había tenido una infancia complicada pasando por varios centros y casas de acogida. Quizá por eso su testimonio sonó frío, sin emoción, porque ya había pasado por momentos complicados en el pasado. Sin embargo, estas dos circunstancias (su pasado y su comportamiento) llamaron más la atención que el parte de lesiones. Incluso el hecho de que se contradijera, o se acordara de cosas a medida que volvía a repetir los detalles fue tomado como señal de que mentía en lugar de plantearse que es completamente normal que la mente tenga lagunas tras un suceso traumático o que se recuerden cosas en de una forma totalmente desordenada.

Aunque la serie tiene un toque policíaco y sigue una investigación y sus procesos, no sigue la misma estructura de otras ficciones como CSI, Motive, Castle o tantas otras. Es verdad que se busca a un criminal, pero no nos importa sus motivos. Aquí la importancia recae en las víctimas y el relato se hace desde su punto de vista (no desde el del detective de turno que resuelve el caso). Así, a pesar de que se trata de una serie sobre agresiones sexuales, no nos encontramos con escenas de violaciones brutales y explícitas. No hace falta mostrarlo, pues nos lo podemos imaginar a la perfección simplemente con los retazos de los recuerdos de las víctimas. Somos capaces de sentir su miedo y vulnerabilidad sin entrar en el morbo o el amarillismo.

Creedme le da una vuelta al mito de las denuncias falsas poniendo en evidencia el juicio público que sufren miles de víctimas cuando dan el paso y denuncian las agresiones. Muestra lo indefensas que se encuentran cuando son cuestionadas y en lugar de ser protegidas son responsabilizadas (que si qué llevaba puesto, que si había bebido, que si dio pie, que si dijo “no”, que si cerró las piernas…). En el caso de Marie Adler las inspectoras acabaron encontrando la relación y los tribunales acabaron compensándola económicamente (como también pasara en Así nos ven), sin embargo, el daño ya estaba hecho. Quizá no intencionadamente, pero si los primeros agentes hubieran intentado llegar al fondo del asunto en lugar de dudar de la víctima, el exmilitar Marc O’Leary (que se declaró culpable de 28 cargos de violación) no habría seguido agrediendo durante tres años más.

La serie deja una cuestión en el aire desde el principio: ¿Merece la pena denunciar y pasar por todo ese trago en el que ni la policía ni tu entorno te va a creer? Marie lo tiene claro al final: “Incluso la gente en la que confías, si la verdad es incómoda, no se la creen”. Triste, pero por desgracia, es más común de lo que pensamos. Por eso considero que Creedme es muy muy necesaria.

No Kid. 40 buenas razones para no tener hijos, Corinne Maier

Últimamente le estoy cogiendo el gusto a los ensayos. Normalmente prefiero la novela, pero a veces, entre un libro y otro necesito leer algo diferente para desconectar la mente y no mezclar personajes o historias. Así, hace poco leí No Kid. 40 buenas razones para no tener hijos, de la ensayista francesa Corinne Maier.

Aunque cada vez son más las mujeres que escriben sobre el tema y no se avergüenzan o lamentan de no querer pasar por la maternidad, en concreto este libro me llamó la atención porque la autora es madre, y sí que es menos frecuente que se atrevan a compartir que preferirían no haberlo sido. Y es curioso, pues cuando dices que no quieres tener hijos te hacen numerosas preguntas o directamente afirmaciones como que te vas a arrepentir o que te vas a perder algo maravilloso y,sin embargo, cuando alguien comunica la llegada de una criatura al mundo en su entorno nadie les cuestiona si se lo han pensado dos veces o son conscientes de la responsabilidad de la crianza y lo que ello conlleva, como por ejemplo también perderse cosas en la vida. Porque sí, toda decisión en nuestra vida significa dejar otras cosas de lado y que en un futuro podamos arrepentirnos de haber tomado un camino y no otro.

Y precisamente así comienza Maier su introducción, asegurando que se arrepiente de ser madre y que si volviera atrás seguramente no tendría hijos porque, analizándolo, le ve más cosas negativas que positivas. Y no pasa nada, no es un monstruo por ello, no creo que tenga que ver con que odie a su descendencia, sino que preferiría haber tomado otro rumbo en su vida. Como si te vas de alquiler y con los años volviendo la vista atrás piensas que quizá tendrías que haberte comprado una casa o viceversa. La autora rompe con el tabú de la maternidad idealizada y desgrana sus 40 razones para que aquellos que estén pensando en ser padres, se lo piensen bien antes. No es que descubra nada nuevo con su lista, quizá lo novedoso es el tono un tanto provocador que usa al exponerla. Pero en cualquier caso, la mayoría son verdades como puños.

Acierta al destacar la presión social que existe para tener hijos. Parece como si una pareja no fuera bien si no diera el paso de criar un par de retoños. Aquello de un matrimonio sin hijos es como un jardín sin flores… Quienes se atreven a no seguir ese camino son continuamente juzgados por no seguir el camino. Y mientras, hay tantos otros que dan el paso porque es lo que toca. No hay motivo detrás, sino simplemente porque es lo que se espera a cierta edad.

Y después viene el golpe de realidad, cuando descubren que el embarazo no era tan bonito, que el parto es doloroso, que la recuperación está lejos de ser como las de las famosas, que los meses de lactancia son esclavos y se duerme poco y que a partir de ahí todo gira en relación a esa persona dependiente, que no es algo que puedas posponer porque hoy no te apetezca o no tengas ánimos o fuerzas. Es una responsabilidad, una vida humana y estás a su servicio. Esto no quiere decir que la circunstancia sea mala, sino que hay que ser consciente de lo que conlleva. Un claro ejemplo son las campañas sobre las mascotas en las que se recalca la necesidad de una reflexión previa antes de su adquisición para evitar maltratos o abandonos.

Con la llegada al mundo de la criatura la vida de los progenitores cambia. Y, como dice la autora, la educación requiere que los progenitores estén siempre disponibles, atentos y dispuestos a sacrificar otros aspectos de su vida. Empiezan a vivir el tiempo de otra persona y pasan a segundo plano la pareja, las amistades, el tiempo de ocio o la vida laboral. Es cierto que se pueden seguir haciendo muchas cosas, pero está claro que hay que hacer reajustes porque los horarios cambian. No se tiene la misma maniobrabilidad para improvisar planes y hay muchos que no son aptos para críos. Aparte de que se tiene menos tiempo libre: llevar a los niños a la guardería/colegio, trabajo, recogerlos, meriendas, parque, extraescolares, deberes, duchas, mantener al día la casa, preparar cenas, comidas, la ropa del día siguiente… La crianza es agotadora, y más aún cuando el reparto de tareas no es equitativo.

Y es que como bien indica Maier, el coste de tener hijos no es el mismo para la madre que para el padre, pues la maternidad se ha convertido en una trampa para las mujeres. Es cierto que las cosas van cambiando y ahora los padres se involucran algo más y saben cambiar pañales, dar el biberón o llevan al niño al parque. Pero aún así siguen recayendo sobre las madres la mayoría de las tareas, y sobre todo el peso de la carga mental. Aquellas pequeñas cosas que no son tan visibles como que los niños crecen y hay que comprarles ropa nueva o estar pendientes del calendario de vacunaciones. La realidad es que la mujer se ha incorporado al mundo laboral, pero el hombre no lo ha hecho en igual medida en el doméstico y familiar. Así, esto crea una desigualdad en ambos ámbitos dando lugar a un círculo vicioso: si los hombres no asumen por igual sus tareas en casa, en las empresas se da por hecho que la mujer sale menos rentable y la balanza se inclina hacia el lado de ellos. Y puesto que la parcialidad y los sueldos inferiores recaen sobre ellas, ellos tienen más oportunidad de seguir desarrollando su carrera profesional. Así, con frecuencia se ve que mientras que un hombre en un alto cargo puede ser que sea padre o no, en el caso de ellas generalmente se trata de mujeres sin hijos. Las madres se han ido quedando por el camino.

Por tanto, en la actualidad ser madre supone tener que aceptar empleos peor remunerados pero que dejen tiempo libre para cuidar de la familia, porque claro, alguien tiene que hacerlo… Y al final supone una doble pérdida económica ya que por un lado se ingresa menos dinero por la actividad laboral (con lo que supone para la cotización e independencia económica) y por otro se echa otra jornada tan duradera y agotadora (o más) que no está remunerada. Así pues, la madre de hoy en día se encuentra cansada, con falta de tiempo y cierta dependencia económica. Al final va a ser verdad como dicen algunas amigas mías con hijos que nos engañaron con lo de la mujer liberada que se incorpora a la vida laboral y que vivían mejor las amas de casa. Al menos ellas no estaban pluriempleadas.

Aunque en esto siempre digo que hay evidencias previas: si tu pareja hombre antes de que haya hijos de por medio y con ambos trabajando fuera de casa no asume responsabilidades dentro, seguramente no lo haga después. Es preferible trabajar para conseguir una dinámica que funcione a nivel pareja antes de embarcarse en aumentar la familia. Y si no se llega a un acuerdo, mejor romper cuanto antes y cada uno por su lado antes de que todo se complique con custodias y demás.

Volviendo al libro de Corinne Maier, la autora reflexiona también sobre lo caro que sale tener hijos. Y eso que no entra en la concepción artificial, cada vez más frecuente. A los hijos hay que alimentarlos, vestirlos, ponerles ortodoncias, gafas, comprarles libros, pagarles las actividades extraescolares, la educación no obligatoria… Cualquiera quiere lo mejor para sus hijos, así que ¿cómo les vas a privar de las clases de natación para bebés, los idiomas o las clases de música? Como bien dice en su razón número 15: el hijo es un aliado objetivo del capitalismo. Los niños, además de consumir, hacen que los progenitores consuman. Aparte de los pañales, ropa y productos de aseo, hay una lista interminables de trastos que solo usan durante pocos meses pero que parecen imprescindibles: que si la cuna de colecho, la de viaje, la cuna grande, el capazo, la silla para el coche, la de paseo, la mochila portabebés, la hamaca, el parque, el calientabiberones, el esterilizador de biberones, el escurridor de biberones, los walkies vigilabebés… Y eso es solo el principio, porque luego se unen los juguetes, los libros, las tablets, móviles y ordenadores, los instrumentos u objetos de las actividades extraescolares… En muchos casos además la llegada de los hijos supone el tener que (o querer) cambiar de coche e incluso de casa, con lo que ello supone económicamente.

Como conclusión, la autora defiende que la solución es dejar de tener hijos. Sobre todo en los países desarrollados. Y es que aunque los países menos desarrollados tienen una mayor población, el problema es la supercontaminación de los más ricos y su consumismo voraz. Va más allá: ¿Qué sentido tiene traer hijos al mundo cuando se les va a dejar un planeta condenado al desastre ecológico?

No creo que el libro vaya a hacer cambiar la opinión de nadie, pero está muy bien que se hable cada vez más de la no maternidad como opción sin que ello suscite reprobación. Al fin y al cabo, no tener hijos es una elección como otra cualquiera y tan válida como sí tenerlos. De hecho debería ponerse más en duda la capacidad y madurez de algunos para ser padres que de quienes deciden no serlo.