Figuras Ocultas

Que nos faltan referentes femeninos está claro. Y no es cosa de un único ámbito de la vida, sino que ocurre en todas las esferas, ya sea literatura, filosofía, arte, música, televisión, cine, política, economía o ciencia. Bueno, no, en todas no, porque en la enseñanza o cuidados sí que hay numerosas mujeres. Esta ausencia se suele justificar con que no han sido relevantes. Bien porque en el pasado no tenían hueco fuera del entorno doméstico, bien porque más adelante no han sido lo suficiente buenas. Ya se sabe, para destacar siendo mujer, hay que ser mejor que el resto de los hombres, si no, simplemente se es mediocre.

No obstante, ha habido y hay mujeres que han hecho cosas. Y generalmente desafiando las leyes y a todos aquellos que les ponían zancadillas, incluso sin contar con una habitación propia. Cada vez que digo que me voy de viaje, no falta quien me dice que soy como Phileas/Willy Fogg, recordando al personaje de ficción de Julio Verne; sin embargo, nadie parece conocer a Nelly Bly, que dio la vuelta al mundo en 72 días (en realidad en 72 días, 6 horas, 11 minutos y 14 segundos). Lo mismo ocurre con la pintura, que ni siquiera las más prestigiosas pinacotecas dan espacio a las obras de mujeres; con los libros de texto que nos omiten autoras como las Sin sombrero, pertenecientes a la Generación del 27; con las politólogas, abogadas o juezas que lucharon por tener un espacio en la política o carrera judicial…

Y claro, también ha pasado en la ciencia. Sí, estudiamos a Marie Skłodowska-Curie, pero por ejemplo no recuerdo haber sabido nada de Hedy Lamarr, la inventora de las conexiones inalámbricas, hasta hace relativamente poco. Y tampoco habría imaginado que en los años 60 del siglo pasado hubiera mujeres científicas en la NASA. ¿Por qué? Porque no se nos cuenta. Y de lo que no se habla no existe.  Así que ha llegado el momento de recuperar a todas esas mujeres en la sombra de las que no hemos oído hablar, de contar las historias de esas figuras ocultas.

Y eso es lo que pretende precisamente la película Hidden Figures (Figuras Ocultas): dar a conocer la historia de la matemática afroamericana Katherine Johnson y sus dos compañeras y amigas, Dorothy Vaughan y Mary Jackson, quienes trabajaban en la NASA durante la Guerra Fría cuando EEUU estaba en plena carrera espacial contra la URSS. Basada en el libro homónimo de Margot Lee Shetterly, el título juega con el doble sentido de la palabra inglesa figure, que puede significar tanto persona como cifra.

La cinta cuenta la historia de estas tres mujeres cuyo trabajo ha pasado inadvertido a pesar de que jugaron un papel crucial en la misión que llevó al astronauta John Glenn a finalizar con éxito la primera órbita completa alrededor de la Tierra y más tarde al Apolo 11 a la Luna. Reivindica el valor de las mentes brillantes independientemente de su género o su color de piel.

Daba igual lo portentosas que fueran, puesto que solo por el hecho de ser mujeres quedaban relegadas a un segundo plano, como aquellas periodistas que nos mostraba Good Girls Revolt que nunca podían firmar sus trabajos, pese a que ellas habían llevado todo el peso de la investigación y documentación. En este caso los hombres son quienes desarrollan las teorías, quienes hacen las pruebas… sin embargo, todo el cálculo que hay detrás lo hacían ellas. Pero además de encontrarse con este techo de cristal, estas científicas tenían una segunda traba: que eran negras. Y eso, en una sociedad racista como lo era la estadounidense a principios de los 60, significaba que la segregación racial era algo natural. Había movimientos que reivindicaban derechos civiles, pero aún los negros se tenían que sentar atrás en el autobús, acudir a bibliotecas o escuelas solo para ellos y quedaban relegados a otro edificio en sus lugares de trabajo. Así pues, por ser mujeres quedaban relegadas a los cálculos, y por ser afroamericanas, desplazadas en un sótano oscuro en el ala oeste de la NASA, lejos de donde se encontraba el movimiento.

Y mientras EEUU no estaba aprovechando todos sus recursos humanos por el machismo y el racismo de su sociedad, la URSS, tras mandar al espacio a Yuri Gagarin en 1961, decidió que también tenían que mandar a una mujer. Valentina Tereshkova, una obrera que trabajaba en una fábrica textil y paracaidista aficionada fue la seleccionada entre más de cuatrocientas candidatas, y tras unos meses de pruebas y entrenamientos, fue enviada al espacio en 1963 convirtiéndose en la primera astronauta y a la vez la primera civil en hacerlo. Estados Unidos mandaría a la primera mujer (Sally Ride) en 1983, un año después de que la URSS enviara a Svetlana Savítskaya. Este año parece que EEUU iba a haber una salida espacial con dos mujeres, sin embargo, en el último momento tuvo que ser mixta porque la NASA solo tenía un traje de la talla M, justo la talla que compartían las dos astronautas…

Volviendo a la película, cuenta con un magnífico reparto. Las tres protagonistas brillan por sí solas y pero también funcionan bien juntas gracias a la buena química entre ellas. No hay enemistad, sino sororidad, y se agradece ver cómo se apoyan. Es verdad que destaca un poco más el personaje de Johnson sirviendo de hilo conductor, pero cada una de ellas tiene su hueco.

Así, conocemos también la historia de Dorothy Vaughan que lucha por convertirse en supervisora (ya lo es en funciones) y que cuando descubre que la llegada de los ordenadores puede dejar a todo su departamento en la calle, decide adelantarse y formar a las calculadoras que tiene a cargo para que cuando se instauren las máquinas, sean imprescindibles como hasta ese momento.

La tercera mujer es Mary Jackson, que quiere ser ingeniera espacial pero que no puede ejercer como tal porque le falta formación a la que no puede acceder por ser negra. La pescadilla que se muerde la cola. Pese a que tiene en contra a su marido, a su entorno laboral y a la sociedad racista, no se frena y va a los tribunales para solicitar que le dejen realizar el curso.

Este equilibrio de luchas de las tres protagonistas favorece el ritmo de la trama y hace que el espectador no se pierda entre tanta cifra y cálculo matemático.

La prepotencia masculina queda reflejada en el personaje de Jim Parsons, un tipo tan repelente y odioso como el Sheldon Cooper que le llevó a la fama. No entiende que Katherine vaya a revisar sus datos, pues no concibe que una mujer negra vaya a ser más inteligente que él o el resto de sus compañeros ingenieros, y le pone todas las trabas posibles. Representa el machismo y racismo combinado con la envidia profesional.

Figuras ocultas resulta entretenida. Es verdad que es una película amable, de propaganda cultural que se queda en la superficie y no profundiza en demasía. Esto se ve claramente en la forma edulcorada de tratar la discriminación huyendo del drama. No se ahonda en la culpabilidad de los blancos que miran para otro lado y que solo con no intervenir ante una situación de injusticia ya están perpetuando ese sistema racista al que le echan la culpa. Solo hay un atisbo de rebeldía cuando el jefe de Katherine arrasa con el letrero del baño de negras. Y tengo mis dudas sobre sus razones. Me da la sensación de que la motivación tenía más que ver con el tiempo que pierde su empleada y que hace que el trabajo sea más lento, y no tanto con la defensa de los derechos civiles. En cualquier caso, parece que este suceso no ocurrió en la realidad, sino que es una licencia cinematográfica. La Katherine original simplemente usaba el de blancas que tenía cerca.

Sin embargo, pese a la simplicidad o las licencias, hay que reconocer que cumple con el cometido de dar a conocer a estas tres científicas, de despertar la curiosidad y admiración del espectador hacia su figura y sus logros.

Katherine Johnson, aquella niña que comenzó el instituto con 10 años y acabó la carrera con 18, tras los sucesos que podemos ver en la película, siguió trabajando en la NASA hasta su jubilación. En 2015 Obama le concedió la Medalla de la Libertad, el mayor reconocimiento civil del país.

Dorothy Vaughan por su parte acabó siendo una de las mejores programadoras del país y la primera mujer afroamericana en contar con un puesto de dirección en la historia de la NASA. Falleció en 2008.

Mary Jackson consiguió continuar con sus estudios y se convirtió en la primera ingeniera aeronáutica. Se especializó en el procesamiento de datos obtenidos en los vuelos y los túneles de viento y tras 34 años en su puesto, pasó a formar parte de la Oficina de Igualdad de Oportunidades de la NASA. Incluso acogió en su casa a las nuevas reclutas que necesitaran ayuda o consejo para su adaptación. Falleció en 2005.

Tres brillantes mujeres que no solo se abrieron camino, sino que lo hicieron para todas aquellas que vinieron después.

8M

Aunque sigue habiendo reticencias en una buena parte de la sociedad a decir “soy feminista” y se recurre al típico “ni machismo, ni feminismo, igualdad” ( o el “ni machista, ni feminista, persona” de Bustamante), aún así parece que el capitalismo ha pensado aquello de “si no puedes con tu enemigo, únete a él” y ha empezado su propia estrategia de marketing y lavado de imagen.

Un claro ejemplo es el feminismo de Ana Botín. No niego que como mujer haya experimentado situaciones de desigualdad, sin embargo, el feminismo no es únicamente reivindicar la igualdad entre hombres y mujeres, sino que también tiene un componente de clase. Es por eso que feminismo de derechas (o feminismo liberal como proclama ahora Ciudadanos) es un término contradictorio.

Se ve claro cuando critican las cuotas argumentando que es injusto para los hombres y que lo que tendría que ocurrir es que los puestos fueran ocupados por los mejores. Estamos de acuerdo en que sí, en un mundo ideal se habría de elegir a la persona más preparada para desempeñar la función; no obstante, en el mundo que vivimos, hay mucho inepto que únicamente está en ese puesto por ser hombre. Porque una mujer, por el simple hecho de serlo, ha de demostrar mil veces más que está al nivel. Cuando hay una mujer entre muchos hombres se dice aquello de “es que esta es buena, fíjate cómo será de buena que ha superado a tropecientos hombres”.

En esto de las cuotas además hay un segundo factor, y es que solo rechina cuando se pide que haya una mínima participación de mujeres porque se dice que discrimina. Sin embargo, no se está teniendo en cuenta que se parte de por sí de una situación discriminatoria. Por tanto, de lo que se trata es de equiparar la balanza. Es la misma metodología que para las becas. Pongamos por ejemplo el caso de dos estudiantes que quieren cursar la misma carrera. Ambos tienen la misma capacidad intelectual, sin embargo uno de ellos se puede pagar los estudios mientras que otro no. Con una beca al de menor nivel adquisitivo le damos la posibilidad de igualar sus oportunidades. Y no solo será bueno para ambos, sino para la sociedad porque estaremos ganando la aportación de dos personas. Y es que nos han vendido mucho aquello de la meritocracia, pero no todos tenemos las mismas oportunidades y por eso, mientras no surja natural, hay que poner medidas que compensen estas desigualdades.

Botín se cree que porque ella haya llegado a su puesto directivo, cualquiera con empeño puede hacerlo. Pero el feminismo no es que unas pocas puedan romper el techo de cristal, sino que se trata de un movimiento que busca la colectividad. Porque el machismo no afecta a unas pocas, todo lo contrario. Afecta a toda la sociedad (también a los hombres) y es un problema mundial, no local. Y ahí es donde falla el feminismo neoliberal, que es individualista y burgués. Por tanto, no es feminismo.

Tampoco lo es el de Ciudadanos, que a pesar de que en 2015 llevaba en su programa electoral modificar la ley de Violencia de Género, que decía que el aborto no debía ser un derecho porque era un fracaso,  que el matrimonio homosexual podía crear tensiones innecesarias, o que el año pasado no apoyaría el 8M por cuestiones ideológicas; de repente este año saca un decálogo en el que reivindica que el feminismo no es patrimonio de nadie, sino que todo el mundo que esté comprometido con la igualdad entre hombres y mujeres ya es feminista.

No es que de un día para otro se hayan deconstruido y de repente se declaren feministas, es que están en campaña electoral (las mujeres son el 51% de la población y el 65% de indecisos). Pero no se puede ser feminista y querer mercantilizar el cuerpo de la mujer con propuestas como la de la legalización de la prostitución o la de los vientres de alquiler. Se escudan en su argumento liberal de que cada mujer (o niña) es libre de decidir qué quiere hacer con su cuerpo. Sin embargo, no tienen en cuenta de que cuando hay una situación de pobreza, las decisiones no son libres. Y no lo tienen en cuenta porque son sus políticas neoliberales las que contribuyen en gran medida a las desigualdades.

Ellos defienden que buscan la libertad para todo el mundo. Así en abstracto. Como en abstracto ya está reflejado en las leyes. El problema es que en la práctica, esta teoría choca con el capitalismo y las desigualdades sociales, económicas y culturales que este crea. Por tanto, al final defienden al que ya es privilegiado.

Así pues, un discurso contradictorio de todo punto. Da la sensación de que quieren ganar unos pocos votos diciendo que reivindican la igualdad, pero maquillado de tal forma que no enfaden a su votante tradicional, ese hombre blanco, heterosexual y acomodado. Como ya hicieran con las banderas LGTBI en Colón, buscan sacar rédito de cualquier lado mientras sorben y soplan a la vez.

Más consecuente es el PP, que ha decidido no sumarse directamente a la huelga. Claro, que usa el discurso de Ciudadanos del año pasado de que el 8M se ha politizado. El año que viene dirán que han sido ellos quienes organizaron todos los actos, como andan proclamando con la LVG. No obstante, con sus políticas de recortes, propuestas de volver a la ley del aborto del 85 y otras sandeces no es que se le esperase.

En cualquier caso, si en 2018 se sobrepasaron todas las expectativas con respecto a la huelga y movilización, este año no puede ser menos. Es verdad que parece que se habla más de feminismo, pero hemos avanzado poco o nada en 365 días e incluso vemos peligrar los derechos adquiridos con estos aires a Gilead.

Nueva Serie para ver: La maravillosa Señora Maisel

Hace apenas un mes que se ha estrenado la segunda temporada de La maravillosa Señora Maisel, una serie que me había pasado desapercibida. Pero es que es imposible estar al día de todas las novedades con tantas cadenas y plataformas. También porque me gusta tomar un poco de distancia y ver qué funciona y qué no antes de lanzarme a ver una serie que ni siquiera obtiene temporada completa.

La serie está ambientada en 1958 y cuenta la historia de Midge Maisel, una ama de casa económicamente acomodada que acompaña a su marido Joel en la búsqueda del triunfo en el mundo de los monólogos. Ella cumple con todos los estereotipos de la mujer de la época: es madre abnegada, amante esposa y hacendosa ama de casa. Es la perfección hecha persona, siempre intentándo adelantarse a los problemas. Y si surgen, solucionándolos rápidamente.

Sin embargo, un día su vida da un giro de 180º cuando su marido decide abandonarla e irse con su secretaria. Joel se siente frustrado porque su sueño es ser monologuista, pero su carrera no termina de arrancar. Así, decide romper con todo y marcharse. Midge queda desolada y descolada, intentando comprender cómo se ha desmoronado su perfecta vida cuando ha cumplido con todo lo que se esperaba de ella. Ha mantenido su hogar y su familia, ha apoyado en todo momento a su marido sacándole las castañas del fuego… Aún intentando digerir la noticia y con unas copas encima se echa a la calle en camisón y acaba en el local de comedia donde actuaba su marido. Aprovechando un hueco entre actuaciones sube al escenario y cuenta su historia a los espectadores más como forma de liberación y de intentar pensar en voz alta que otra cosa. Descubre así no solo que tiene madera de cómica, sino que además le gusta.

Con esta catarsis cómica arranca una temporada de ocho episodios que girará en torno al proceso de liberación de una mujer que hasta ahora no se había planteado qué quería ser en la vida, ya que la sociedad le había reservado el lugar de esposa, madre y ama de casa. Sin embargo, a pesar de que es inteligente y tiene un ácido sentido del humor, el mundo de la comedia es un mundo de hombres y no tendrá fácil hacerse un hueco.

Es muy fácil quedarse prendada de esta serie gracias a la rapidez de sus diálogos, el afilado sentido del humor y el ritmo de la acción. Pero por supuesto por Midge Maisel, una dulce pero descarada mujer con un mordaz sentido del humor interpretada magistralmente por Rachel Brosnahan, una actriz que hasta la fecha había hecho sobre todo papeles en drama (como House of Cards). Y aunque prácticamente es ella quien tira de la serie, la acompañan varios secundarios que seguro que a lo largo de la temporada despuntan. Ya en el piloto sobresalen los padres, y en especial el padre –  interpretado por Tony Shalhoub (Monk) – que parece ser un tanto peculiar.

Cabe destacar también el vestuario y la fotografía, dos aspectos muy cuidados que sirven para conformar un retrato social de la época en que se centra la serie.

Con todo, no es de extrañar que La maravillosa Señora Maisel fuera una de las series más laureadas del 2018 llevándose 5 Emmys (Mejor serie de comedia, actriz, actriz secundaria, dirección y guion) y el Globo de Oro a mejor actriz (también se lo llevó en 2017 junto con mejor serie de comedia). Y parece tener vida para rato, pues con dos temporadas ya emitidas hay una tercera en proyecto. Yo ya la he añadido a la lista de series para ver, pues el piloto me enganchó desde el minuto 1 y se me hizo tremendamente corto.

Professor Marston and the Wonder Women

El personaje de Wonder Woman está más vivo que nunca. En una época en la que raro es el mes en que no se estrena una película de superhéroes, Patty Jenkins hizo resurgir a la superheroína más famosa e influyente de todos los tiempos. Y como ya ocurriera con el cómic en el pasado, ha sido un éxito y ha impactado en la sociedad convirtiéndose en una figura de referencia para las nuevas generaciones.

La influencia a través de la cultura popular es algo que vio claro el psicólogo William Moulton Marston, creador del personaje de Diana de Temiscira, Diana Prince o Wonder Woman. El nacimiento de la superheroína queda recogido en la película Professor Marston and the Wonder Women que, tras su estreno en el Festival Internacional de Cine de Toronto de 2017 y de exhibirse en las salas de Estados Unidos desde el 13 de octubre de 2017 ha llegado a España en formato doméstico sin ser estrenada en los cines.

La cinta comienza en 1945, con el profesor Marston defendiéndose ante la Comisión del Cómic de EEUU que le acusa de que las historias de su personaje están cargadas de perversiones por reflejar homosexualidad, sumisión y tortura. A partir de ahí hay varios saltos temporales entre los testimonios del psicólogo que nos sirven para conocer el nacimiento de Wonder Woman y de los acontecimientos que le han llevado a la comparecencia.

Retrocedemos así a los años veinte, momento en que Marston ejercía como profesor de psicología en el campus universitario femenino de Radcliffe mientras su mujer Elizabeth, también psicóloga y tanto o más brillante que él, se tenía que conformar con colaborar con él sin derecho a plaza propia o reconocimiento académico por el hecho de ser mujer. Además de las clases, en las que William desarrollaba su modelo de conducta social y emocional al que llamó DISC, acrónimo de Dominio, Influencia, Sumisión y Conformidad; ambos están metidos de lleno en la creación del primer detector de mentiras. Su vida cambiará de golpe cuando contratan como asistente de investigación a Olive Byrne (hija de Ethel Byrne y sobrina de Margaret Sanger), con quien comenzarán una relación tanto amorosa como intelectual.

Los Marston eran almas libres que se trataban como iguales y discutían sobre sus teorías, sus puntos de vista sobre la vida, la cultura, la sociedad… Eran dos intelectuales de mente abierta, libres de prejuicios y poco amigos de preocuparse de lo que dijeran los demás, por lo que cuando surge el amor entre el matrimonio y Olive, lo hablan y deciden cómo seguir a partir de ahí. Su visión tolerante les lleva a formar una familia nada tradicional en la que los hijos que tuvieron tanto Olive como Elizabeth fueron criados en conjunto. No obstante, no lo tuvieron nada fácil, ya que fueron acusados de depravados y libertinos y Marston perdió su puesto en la universidad.

Hasta aquí parece que se trata de un drama romántico, sin embargo, este contexto histórico inicial sirve para conocer el impacto que estas dos mujeres tuvieron en la vida de William y en la creación del mito de Wonder Woman. Aunó en la superheroína las personalidades de sus dos mujeres (la inteligencia, la seguridad y el carácter fuerte e independiente de Elizabeth y la sensibilidad, inocencia, dulzura y belleza de Olive), su teoría DISC, el detector de mentiras, sus fetichismos y una visión feminista del mundo.

Y es que el personaje no nació de la imaginación de un friki, como en el resto de cómics, sino que pretendía tener una función divulgativa, que fuera un espejo para las niñas y niños de la época. Ante la crítica de los censores sobre que sus historias las leían menores, Marston se defendía aclarando que precisamente esa era su intención:  “Quiero que las niñas pequeñas de este país sepan que tienen el poder sobre su propio destino y que los niños aprendan desde pequeños a respetar a las mujeres poderosas”. Había captado claramente que la cultura popular era un importante vehículo a la hora de filtrar ideas a la sociedad.

Desde el principio Wonder Woman nació como un personaje feminista, como una mujer empoderada. Marston creía que “Si el hombre tiene una naturaleza anárquica y violenta y la mujer cariñosa y protectora, entonces ellas deberían gobernar el mundo”, por lo que puso a la amazona en el centro del relato como una mujer capaz de acabar con la violencia y el desequilibrio instaurando en su lugar la justicia y la igualdad.

Y claro, una visión tan adelantada a su época (incluso hoy en día), con el reflejo de relaciones homosexuales y el uso de los látigos hizo saltar las alarmas de los sectores más conservadores de la época. Se topó con una sociedad llena de prejuicios en cuanto a la libertad sexual y que no estaba preparada para que una mujer tomara el control y las riendas de su propia vida.

Aún así, a pesar de una campaña de desprestigio, Wonder Woman consiguió vender en sus años iniciales más ejemplares que Superman. Incluso hoy en día la película protagonizada por Gal Gadot consiguió hacerse un hueco en un mundo audiovisual plagado de superhéroes masculinos heternormativos y batiendo récords de recaudación.

Angela Robinson, escritora y directora de Professor Marston and the Wonder Women decidió ir más allá del personaje y ahondar en la historia de su concepción adentrándose mientras tanto en temáticas como la ciencia, la investigación, la religión y el puritanismo, las rígidas estructuras familiares y las relaciones de pareja, el sexo, la política, la educación y el feminismo.

Aunque dura cerca de las dos horas, en ningún momento se hace larga. La historia está bien narrada y juegan un papel importante tanto los diálogos como los silencios, la simbología y los detalles visuales. Sin duda el momento de la inspiración del personaje con la combinación del vestuario a base de elementos fetichistas es el punto clave de la película, pero a partir de ahí no decae, sino que deja con ganas de conocer más de este personaje del que seguro que seguirá habiendo más entregas cinematográficas.

Morder la manzana, Leticia Dolera

Después de trabajar tanto en la pequeña como en la gran pantalla (tanto delante como detrás de las cámaras), Leticia Dolera debuta como escritora con Morder la manzana, un ensayo sobre feminismo.

El libro arranca con una escena familiar: un grupo de amigas tomando algo y charlando de la vida. De sus trabajos, de sus parejas o falta de ellas, de cómo les ha ido la semana, de sus preocupaciones y de alguna anécdota. En esta conversación una de ellas cuenta una desagradable escena en un taxi que desencadena en una revelación: todas han vivido algún tipo de situación de acoso o abuso (en mayor o menor medida) y les ha costado reaccionar, lo que después les ha llevado a una sensación de culpabilidad por no haberlo parado a tiempo. Así, lo que parecía anecdótico, algo excepcional o resultado de la mala suerte, se muestra como sistémico.

Y a partir de ahí Dolera intercala sus experiencias personales (y de su entorno) con referencias feministas con un lenguaje ágil y coloquial. Repasa nociones básicas de conceptos (como patriarcado o micromachismos), resume brevemente la historia del feminismo y hace referencia a otros aspectos tan enraizados en la sociedad como los roles de género, la falsa libertad sexual de la mujer ( o puta o monja), el canon de belleza que hipersexualiza el cuerpo de las mujeres, el mito del amor romántico (media naranja, celos, el amor todo lo puede), el miedo a no encontrar pareja o no ser madre, la rivalidad entre mujeres, la cultura de la violación o los piropos.

A la vez, mientras va combinando sus experiencias con la parte algo más teórica, reflexiona sobre sus propias contradicciones al intentar abandonar las pautas patriarcales estando dentro de una industria en la que estos roles están muy vivos (mujeres a las que se las valora por su físico o edad (cuanto menos, mejor) frente a hombres a los que se les tiene en cuenta la experiencia o aptitud para el trabajo).

El resultado es un libro accesible y básico. No pretende ser una obra teórica, sino de acercamiento, de iniciación. La misma autora explica que es el libro que le hubiera gustado leer a los 18 años, así que imagino que de ahí viene la redacción desenfadada y el vocabulario cercano sin entrar en demasiados tecnicismos. Busca empatizar con la lectora por medio de experiencias tan comunes como son las críticas a tener demasiado carácter, al cuerpo o a la sexualidad; el miedo a volver a casa de noche, a salir a correr por lugares desiertos, a quedarse a solas con un tipo que no conoces mucho…

Sin embargo, a pesar de que resulta fácil verse identificada en muchos pasajes, me ha resultado demasiado superficial. Sí, ya sé que es lo que pretendía la autora, pero comparado con Machismo: 8 pasos para quitárselo de encima, se queda muy corto. Barbijaputa también presenta un libro bastante ligero y sencillo, pero afrontado de otra manera, con una estructura que permite ir paso a paso afrontando definiciones de conceptos e historia del feminismo combinados con situaciones cotidianas. Aunque en honor a la verdad, Barbi es columnista y se encuentra más en su medio. En cualquier caso, bienvenido sea como un primer acercamiento al feminismo.

No soy un hombre fácil

Hace poco oí a Leticia Dolera en una entrevista decir que cuando da clases de guion recomienda a sus alumnos que, para hacer una revisión de sus textos y ver si están siendo sexistas, cambien de género los personajes y comprueben si el argumento y los diálogos siguen funcionando o, por el contrario, chirrían.

Y esta idea me vino a la mente cuando vi No soy un hombre fácil, de Eleonore Pourrait, actriz, escritora y directora francesa.

Todo empieza como cualquier comedia romántica. El protagonista es un hombre bien posicionado laboralmente (en este caso como publicista), atractivo y seguro de sí mismo. Tanto sus amigos como sus compañeros le ríen sus gracias mientras que sus compañeras tienen que soportar sus insinuaciones, miradas o comentarios sexuales. El estereotipo clásico del triunfador, vaya.

Sin embargo, su mundo se desmorona cuando se da un golpe con una farola y despierta en una distopía en que los roles de género se han intercambiado. En esta realidad paralela son los hombres quienes están oprimidos. Lo femenino sigue considerado inferior, pero ahora es una cualidad de los varones, no de las mujeres. Los tornos han cambiado.

Ahora es él quien tiene que soportar el acoso callejero o que sus compañeras hagan comentarios sobre su físico; en su trabajo sus ideas antes alabadas ahora no son escuchadas; es rechazado por una mujer en el momento en que esta descubre que no está depilado; su amigo ha quedado relegado al hogar y al cuidado de los niños… Las mujeres son quienes ocupan los puestos de liderazgo y deciden qué es lo relevante, mientras que los hombres quedan a segundo plano y él ve cómo su vida se desmorona. Todo lo que daba por sentado ha desaparecido y tiene que empezar de nuevo.

Sus privilegios se han desvanecido y ahora siente por todos lados la presión de la sociedad. Lo vemos en la actitud de sus padres cuando insisten en que se le va a pasar el arroz, pero también por supuesto cuando comienza a depilarse, maquillarse, a vestir con ropa más ajustada, con pantalones cortos para enseñar las piernas… Es una transición de un mundo en que lo tenía todo y nadie le cuestionaba, a otro en el que todo el mundo le dice lo que tiene que hacer, como si estuviese tutelado).

Sin su puesto de publicista sustituye a su amigo (de baja paternal) como secretario de una escritora exitosa (aunque endeudada), que va de amante en amante. Como si de cualquier comedia romántica se tratara, él se enamora de ella, pero ella por su parte lo utiliza y manipula. Los papeles tradicionales han quedado invertidos y ahora es ella quien lleva la voz dominante, la egoísta, conquistadora y arrogante, mientras que él es el que va detrás dejándose pisotear porque está enamorado.

El argumento no tiene más miga. No hay mucha más historia y la que hay es bastante previsible porque lo realmente importante es el ejercicio de reflexión sobre los roles impuestos y el comportamiento de ambos sexos al asumirlos y normalizarlos. Y qué mejor ejemplo que proponerlo a través de la típica comedia romántica que tanto perpetua estas construcciones arbitrarias. No se trata tanto de una crítica al machismo como de una ridiculización de los roles de géneros.

No soy un hombre fácil intenta plasmar la cantidad de actitudes sexistas que tenemos normalizadas y que si intercambiáramos los géneros, resultarían situaciones de lo más absurdas y surrealistas. Así que, parece que Leticia Dolera tenía razón: si no sabes si la situación es sexista, dale la vuelta.

 

Made in Dagenham (Pago Justo)

1968 fue un año de reivindicaciones y de cambio en las políticas sociales. Las movilizaciones más famosas son las de mayo en Francia, pero ocurrían en varios puntos del globo. En este contexto histórico se enmarca la película Made in Dagenham (Pago justo en español).

Por aquel entonces la pequeña población de Dagenham vivía de la fábrica de automóviles Ford, de la que salían unos tres mil coches diarios. En ella trabajaban unos 55.000 hombres como operarios y 187 mujeres como costureras. Ellos estaban cualificados como Grado B o C (especializados), mientras que ellas eran Grado A (habilidades mínimas). Las maquinistas de costura se encargaban de confeccionar las tapicerías de los vehículos, una tarea que se consideraba no especializada.

Cansadas de las injusticias y desigualdades que vivían y de que el sindicato masculinizado (y machista) no les hiciera caso, capitaneadas por Rita O’Grady, organizaron una huelga para reivindicar la equiparación de categoría profesional con respecto a los hombres. Al principio no fueron tomadas muy en serio, ya que las mujeres hasta la fecha no habían hecho huelgas (sí sus compañeros), sin embargo, fueron firmes en su postura y los paros se prolongaron hasta las 3 semanas, llegando a paralizar la producción de la planta, ya que sin tapicerías no podían salir coches.

Lo que comienza como una lucha por la equiparación de categoría acaba convirtiéndose en una lucha por la igualdad salarial y con la aprobación de la Ley de Igualdad Salarial (Equal Pay Act) en el Parlamento Británico dos años más tarde.

Pero el camino no es fácil. Aunque al principio tienen el reconocimiento y el aliento de sus compañeros (muchas tienen a sus maridos entre los operarios), la cosa cambia a medida que el paro persiste y estos son enviados a casa porque no hay trabajo. Con el paso de los días los hombres comienzan a ponerse nerviosos y a pedir a las mujeres que vuelvan a sus puestos por el bien de todos. Se olvidan, sin embargo, de que en el pasado, cuando la situación había sido al revés, ellas siempre les habían apoyado.

Además, no solo se encuentran con la presión de los compañeros y los chantajes del sindicato para que vuelvan al trabajo bajo la promesa de que pronto se tratará su tema, sino que también en casa los maridos se cansan de tener que asumir las tareas domésticas y el cuidado de los hijos mientras ellas están manifestándose o en reuniones. Parece haber un momento en que ellos se desvinculan y dejan de entender de qué va toda la reivindicación. Hay un diálogo muy bueno entre Rita y Eddie que refleja la incomprensión del marido:

– Eddie: Me gusta beber pero no le doy a la cerveza cada noche, ni me follo a otras mujeres… Y nunca te he levantado la mano. ¡Jamás! Ni a los niños.
– Rita: ¿Ahora eres un santo? ¿Es lo que me estás diciendo Eddie? ¿Eres un maldito santo porque no has abusado de nosotros? […] Esto es como debe de ser, ¡por dios santo Eddie! De qué crees que va toda esta maldita huelga, ¿eh? ¡Ah, sí! No, de hecho tienes razón, no eres un borracho, no eres jugador, te ocupas de los niños, no nos pegas a ninguno, ¡oh, qué suerte tengo! ¡Por el amor de dios Eddie! ¡Así es como debe de ser! Intenta entender eso. ¡Son derechos, no privilegios! ¡Es así de fácil! ¡Es así de fácil!

Porque la huelga no iba de conseguir privilegios, sino de justicia. Se trataba de una lucha por la igualdad social, por no ser consideradas como seres inferiores. Quizá chirría un poco que no nazca totalmente de ellas, sino que lo hagan espoleadas por la estrategia de un hombre que no quiere que pasen por lo mismo que pasó su madre.

La película pone también de relieve las presiones de los norteamericanos sobre el Primer Ministro y la cobardía del gobierno británico. Tan solo Bárbara Castle, la Ministra de Trabajo y Productividad, decidió tomar cartas en el asunto y reunirse con las costureras. Castle se mostró valiente y no cedió ante las amenazas de la Ford de llevarse sus fábricas de Inglaterra.

Pago Justo tiene una gran puesta en escena con una muy buena ambientación tanto en vestuario como en decorados. El toque británico y la temática me recordó en gran medida a Pride. De hecho, comparte con esta la emotividad y el positivismo a pesar de tener toques dramáticos. No todo es tan bonito. Acaban como vencedoras por conseguir un 92% de equiparación salarial, pero la realidad dejaba mucho que desear, ya que tras la huelga volvieron a sus vidas en las que los maridos se iban al bar mientras ellas se quedaban en casa asumiendo de nuevo las tareas domésticas y el cuidado de la familia. Visto en perspectiva, era un avance, claro.

En general la cinta es un buen testimonio de cómo un grupo de mujeres que eran minoritarias en una fábrica marcaron el camino hacia una de las luchas sociales que a pesar de haber evolucionado desde 1968 aún a día de hoy no ha terminado: la igualdad salarial entre hombres y mujeres.