Tras visitar el Castillo de Heidelberg, volvimos a tomar el funicular hasta la estación Rathaus/Bergbahn y, desde allí, antes de regresar a la estación central para abandonar la ciudad, nos dirigimos al Karl-Theodor-Brücke, que une el casco antiguo con el suburbio de Neuenheim.
Para llegar al puente antes hay que pasar la Brückentor (Puerta del Puente), que, como su nombre indica, servía de puerta de acceso al puente sobre el río Neckar.
Con sus dos torres circulares de 28 metros de altura que en su día albergaron las mazmorras, esta puerta medieval formaba parte de la muralla de la ciudad y durante siglos ha sido un símbolo de Heidelberg.
Su aspecto data de 1788, momento en que se construyó el puente. Conocido también como alte Brücke, (el puente antiguo), no lo es tanto en realidad, sino que es el último de todos los que ha habido en ese mismo lugar a lo largo de la historia. Los ocho anteriores, construidos en madera, no consiguieron resistir las constantes y violentas crecidas del Neckar, por lo que el elector Karl Theodor mandó levantar este en arenisca roja local. Aunque para ser fiel a la historia, lo cierto es que ni siquiera el que vemos hoy en día es aquel que se construyó en el siglo XVIII, pues, como era de esperar, quedó dañado durante la II Guerra Mundial.
En el puente destacan dos estatuas: la del Príncipe elector (que le da su nombre oficial) y la de la diosa romana Minerva. Además, en la orilla norte está representado el Santo patrón del puente, Juan Nepomuceno.
El príncipe se encuentra elevado sobre un pedestal y a sus pies descansan cuatro esculturas que simbolizan los ríos más importantes de los territorios que gobernó: el Rin, el Mosela, el Danubio y el Isar. La elección de Minerva se debe a que Karl Theodor era un goberante comprometido con la promoción del arte y la ciencia, así que no podía faltar la diosa de la sabiduría, las artes y la medicina.
Desde el puente se obtiene una magnífica visión de conjunto del castillo asomándose desde la ladera. Además, nos permite observar el paso del río Neckar, que llevaba buen caudal por aquellas fechas.
Nos hubiera gustado dar un paseo por la Ruta de los Filósofos, en la otra orilla, pero hacía un día bastante frío y el terreno iba a estar embarrado. Además, no nos quedaban muchas horas de luz y había aún un paseo hasta la estación, por lo que nos conformamos con disfrutar del paisaje y terminar de ver lo que pudiéramos de Heidelberg antes de regresar a Frankfurt.
Así pues, volvimos a la puerta e hicimos una breve parada junto al Brückenaffe (el mono del puente), una curiosa escultura de bronce de 1979. Su historia se remonta al siglo XV, cuando existió una estatua de un mono con el trasero desnudo mirando a la frontera con el Electorado de Mainz (hoy la orilla de Neuenheim). Era la forma que tenían los ciudadanos de Heidelberg de expresar que no aceptaban la autoridad de los obispos de Mainz, sino la del príncipe Elector.
Aquella escultura se perdió con la Guerra de Sucesión Palatina, y esta viene a recuperar lo que en otra época fuera un icono de la ciudad. El mono está cargado de simbología. Por un lado, su trasero representa la fealdad y la lujuria. Por otro, el espejo que sostiene en su pata delantera izquierda y el anillo de la trasera izquierda simbolizan la vanidad. Además, con la delantera derecha se defiende del mal de ojo.
La estatua tiene todo un ritual. Los lugareños dicen que si buscas prosperidad, has de pasar la mano por el espejo. Si se quiere volver a Heidelberg, entonces deberás acariciarle los dedos extendidos de la mano derecha. Por último, frotar los ratones que lo acompañan promete una amplia descendencia.
Junto a las figuras de los ratoncillos hay un poema de Martin Zeiller que ya se podía leer en aquella otra estatua en el siglo XVII. Este reza lo siguiente:
¿Por qué me miras?
¿No has visto al viejo mono
en Heidelberg
mirando de un lado a otro?
Allí seguro que encontrarás a más como yo
Y con esto, emprendimos el regreso a la estación. Aunque era un poco tarde para el horario alemán, aprovechamos para comprar algo de comida en los puestos de los mercados que nos habíamos encontrado en la ida. Ya estaban en pleno funcionamiento preparándose casi para la merienda – cena. Así que cada uno elegimos en función de gustos y apetencias y volvimos por la Hauptstraße desandando el camino que habíamos hecho a primera hora de la mañana.
Tomamos el tren a las 16:25, ya atardeciendo, y llegamos a Frankfurt una hora y media ya con noche cerrada. Descansamos un rato en el hotel y volvimos a salir sobre las 20h para cenar, disfrutando de nuestra última noche en Alemania.