Mercadillos Navideños Alemanes. Día 4 II: Heidelberg. Visita al Castillo

El Castillo de Heidelberg se alza imponente en la cima de la colina Königstuhl (Silla del Rey). Para llegar a él se puede ir bien caminando, bien en un breve trayecto en el Bergbahn, el histórico funicular que recorre el kilómetro y medio que separa la colina de la plaza Kornmarkt en apenas 5 minutos. La entrada al castillo ya incluye el billete, por lo que nos decantamos por esta segunda opción.

Una vez arriba de la colina nos acercamos al primer mirador. Desde él se ve cómo se extiende la ciudad a orillas del Neckar. Pudimos apreciar desde las alturas el camino que habíamos recorrido tomando como referencia las principales iglesias que habíamos dejado atrás y las plazas totalmente ocupadas por los puestos de los mercados.

Para no quedarnos fríos, después de las fotos de rigor, continuamos hacia el castillo, una construcción cuya historia se remonta al siglo XIII cuando los Condes Palatinos eligieron la ciudad de Heidelberg como lugar de residencia. En un primer momento se levantó una edificación de corte defensivo, pero poco a poco se fue ampliando hasta llegar al aspecto que tiene hoy en día. Pero no estando en ruinas, claro.

El castillo quedó destruido no una, sino dos veces, por un rayo. Primero en 1537 y después en 1764. Entre medias, al igual que el resto de Heidelberg, fue arrasado por los franceses durante la Guerra de los Treinta Años. Ante su estado ruinoso, los reyes optaron por trasladar sus cortes a otras ciudades, como la cercana Mannheim, y lo dejaron abandonado. Tanto que los vecinos empezaron a usar sus bloques de piedras para reconstruir sus viviendas. A finales del siglo XIX se tomó la decisión de protegerlo y se reconstruyó una de sus alas. Gracias a ello, hoy en día se puede visitar algo más que ruinas.

La primera construcción que vemos antes de llegar al castillo en sí es la Elisabethentor (Puerta de Elisabeth), una puerta de arenisca roja del siglo XVII que, cuenta la leyenda que, fue un regalo de cumpleaños a la Isabel Estuardo, la esposa de Federico V, rey de Bohemia, y que solo se necesitó una noche para erigirla.

No obstante, este no el acceso al castillo, para ello hay que dirigirse a la Torturm (Torre de la Portada), una torre cuadrada de 40 metros de altura construida entre 1531 y 1541 y que es una de las mejor conservadas de todo el recinto.

Tras enseñar nuestros billetes, accedimos al Schlosshof (Patio del Castillo), el patio interior que sirve como punto central para la visita a los diferentes edificios o lo que queda de ellos. Con la torre a nuestras espaldas lo primero que encontramos a nuestra izquierda es el Ruprechstbau (Edificio Ruprecht), el más antiguo del palacio residencial. Lleva el nombre del rey que lo mandó construir en el siglo XV y en su fachada aún se puede ver su escudo de armas con un águila imperial, un  león palatino y diamantes de Wittlesbach. Alberga la Rittersaal (Sala de los Caballeros) y la Modellsaal (La Sala de los Modelos), donde aún se puede ver parte de su decoración original.

Frente a la torre destaca el Friedrichsbau (Edificio de Federico), que impresiona con su fachada ricamente decorada. Fue mandado construir por el elector Friedrich IV a principios del siglo XVII sobre los cimientos de un edificio medieval anterior. Mientras que la familia electora residía en las dos plantas superiores, el servicio lo hacía en el ático. En la planta se incorporó una capilla del castillo medieval.

Sufrió graves daños a finales del mismo siglo en que se levantó y en 1764 se vio afectado por un incendio. Durante un siglo quedó abandonado, hasta que Charles de Graimberg fundó en él un pequeño museo alrededor de 1850. A finales de siglo el gobierno de Baden encargó la restauración de sus salas y se le añadió un nuevo tejado.

A su derecha, conectando el Friedrichsbau con el Ottheinrichsbau, se erige el Gläserne Saalbau (Edificio del Salón de Cristal), mandado construir por el elector Friedrich II con arcadas de estilo italiano y una fachada más austera que los edificios anexos. Se llama así porque en su día contaba con una sala decorada con espejos venecianos. Hoy en día se ha reconstruido incorporando un techo de cristal y se emplea para la celebración de efectos. Haciendo esquina está el campanario, de planta octogonal, construido a principios del XV como torre de armas y empleado siglos más tarde como campanario y torre de vigilancia.

La siguiente construcción que llama la atención es el Ottheinrichsbau (Edificio Ottheinrich), que toma su nombre de otro Conde Elector, Ottheinrich, quien aparece en el frontón central. Del edificio tan solo se conserva su fachada, de estilo renacentista alemán obra del escultor flamenco Alexander Colin. El tejado, que ya había sido dañado por los franceses, quedó completamente destruido como consecuencia de un rayo en 1764. En el siglo XX se decidió cubrir la primera planta. En su interior, en el Salón Imperial y en el de los Caballeros, acoge exposiciones.

Además, en el sótano, alberga, desde 1958, el Museo de la Farmacia, uno de los mejores museos de farmacia que se pueden ver en Europa. En él se puede repasar la historia de esta disciplina, así como distintos utensilios y herramientas empleados a lo largo de los siglos. Cuenta también con mobiliario y botes traídos directamente de antiguas boticas.

Otra de las atracciones del castillo es el Großes Fass (el Gran Barril), ubicado en la bodega junto al Salón Real, lugar en que los electores celebraban grandes eventos y celebraciones.

El castillo ha albergado varios toneles de grandes dimensiones. El primero de ellos (1591), con una capacidad de 130.000 litros, fue idea por Johann Kasimir, tío y tutor de Friedrich IV. Quedó destruido durante la Guerra de los Treinta Años y fue sustituido en 1664 por uno aún mayor, con capacidad de 200.000 litros. Un siglo después se subió la apuesta y se construyó uno que superaba los 220.000 litros e incluso tenía una plataforma en su parte superior que se cree que se usaba como pista de baile.

Este barril está relacionado con la historia de Perkeo, un personaje símbolo de la ciudad. Clemens Pankert, un bufón de la corte del elector palatino Karl III Philip de Neoburgo era un gran aficionado al vino. El sobrenombre de Perkeo se debe a que cuando alguien en algún evento le ofrecía una copa, parece ser que siempre contestaba en italiano, su lengua materna, «perché no?» (¿por qué no?). Y es que, según la leyenda, Clemens no habría tomado otra bebida en su vida, ni siquiera de niño. Incluso se decía que era capaz de vaciar el barril de una sola sentada. Siempre había tenido una salud de hierro, hasta que un día, ya siendo octogenario, enfermó y, siguiendo el consejo del médico, sustituyó el vino por el agua. Murió inmediatamente.

En la actualidad se pueden encontrar múltiples referencias a esta figura en Heidelberg. Se halla custodiando el gran barril, pero también en la calle principal adosado a un edificio.

Por último, visitamos una exposición temporal de lego con construcciones de todo tipo, desde coches de Fórmula 1 hasta un pueblo entero, pasando por la ciudad de los Simpsons.

A continuación salimos a su Gran Terraza, que ofrece una magnífica panorámica de la ciudad y del río Neckar.

Antes de marcharnos de la colina nos dirigimos al Jardín de la Artillería, desde donde se puede ver el Englischerbau (Edificio Inglés), un palacio mandado construir por el Príncipe Elector Federico V para su mujer Isabel Estuardo. No quedaba ya espacio alrededor del patio, por lo que no le quedó otra que expandirse fuera de la antigua construcción. Hoy se conservan solo las ruinas, consecuencia de los daños que sufrió durante los siglos XVII y XVIII.

Junto a los restos de este palacio se erige lo que queda de la Dicker Turm (Torre grande), y es que esta torre fue destruida por los franceses en 1689. Es la más alta del castillo y contaba con muros de nada menos que 7 metros de ancho. En su interior albergaba una sala en la que se celebraban importantes cenas y grandes eventos como representaciones teatrales y conciertos.

Y con estas vistas concluimos la visita al recinto del castillo y nos dirigimos de vuelta a la estación del funicular para volver a pie de río y terminar de ver la ciudad antes de que se nos hiciera de noche.

Nueva serie «para ver»: Animal

Animal cuenta la historia de Antón (Luis Zahera), un veterinario de la Galicia rural que ama su trabajo y al que no le falta trabajo, pero sí dinero. Sus clientes habituales no dejan de llamarle para que atienda a sus animales, sin embargo cuando llega la hora de abonar sus honorarios, estos intentan posponerlo porque van hasta el cuello. Cuando Antón les dice que de algo tendrá que comer, muy solícitos, le pagan en especie, generalmente con huevos y leche. Y él es intolerante a la lactosa.

Las facturas no dejan de acumularse en casa, que se cae a pedazos, así que acaba viéndose obligado a aceptar la oferta de su sobrina Uxía (Lucía Caraballo) para trabajar en la tienda boutique para mascotas llamada Wakanda en la que ella es encargada. Inicialmente se niega, pero cuando se ve envuelto en un lío legal, ve que no tiene otra opción si quiere encauzar económicamente su vida.

Ya en su primer día, como sospechaba, el protagonista comprueba que prefiere mil veces trabajar con animales de granja que lidiar con los molestos dueños de mascotas. Antón se siente mucho más cómodo en el parto de una vaca que escuchando a clientes quejarse de cosas tan absurdas como que su perro levanta la pata equivocada al orinar. Sin embargo, pese al choque de mundos, a este malhumorado y honesto veterinario no le queda otra si quiere pagar sus facturas.

Con un guion coescrito por Víctor García León (Vota Juan, Vamos Juan y Venga Juan y Alberto de Toro (Reyes de la noche), Animal es ágil, ácida, con retranca gallega y un Luis Zahera que borda los personajes gruñones. Aunque esta vez su Antón tiene un punto entrañable gracias al tono cómico de la serie. Con capítulos de media hora, parece ideal para desconectar y echarse unas risas al fin del día. De momento tras los nueve episodios de la primera temporada, ha sido renovada por una segunda. A la lista de «series para ver«.

Mercadillos Navideños Alemanes. Día 4: Heidelberg

Asentados en Frankfurt, el cuarto día de nuestro viaje volvimos a cambiar de nuevo de ciudad. Siguiendo nuestra dinámica, madrugamos para tomar la primera opción disponible a las 9 de la mañana, la hora en que se activaba nuestro billete. Ya habíamos visto el día anterior que en la estación había varios puestos en los que vendían café y bollería, así que nos aprovisionamos y, en el andén, mientras esperábamos a que llegara el tren, desayunamos tranquilamente. Después nos esperaba una hora de trayecto hasta la ciudad histórica de Heidelberg, nuestra elección para pasar el penúltimo día de nuestro viaje.

Ubicada en el suroeste de Alemania, a orillas del río Neckar (afluente del Rin), es famosa por su imponente castillo, que se puede ver desde kilómetros de distancia, y su vibrante vida universitaria. En contraste con la gran capital financiera alemana, es un destino que combina el atractivo de su historia, con la cultura y la belleza natural del paraje boscoso que la rodea.

En Heidelberg es donde se ha encontrado la prueba más antigua de vida humana en Europa, una mandíbula humana que se cree que data de entre 600.000 y 200.000 años. En la zona también se asentaron los celtas en el siglo V a. C. y, mucho más tarde, los romanos, en el siglo I, ya donde hoy se extiende la ciudad actual. Después fueron expulsados por los germanos. Konrad III se hizo con las tierras en 1155 y existe constancia en 1196 de una aldea de nombre Heidelberch. Época en la que se construyó el primer castillo.

Un hito sin duda muy relevante para Heidelberg fue la fundación de la Universidad en 1386, lo que la convierte en la más antigua del país. Es además una de las más prestigiosas del mundo gracias a sus prestigiosas instalaciones de investigación, especialmente en el ámbito de la ciencia y la literatura.

Otro punto clave fue la destrucción de la ciudad a finales del siglo XVII como consecuencia de la invasión de las tropas francesas por la guerra por la herencia del Palatinado. En su reconstrucción ya a inicio del XVIII los edificios abandonaron el estilo gótico sustituyéndolo por el barroco. Sin embargo, no sufrió mucho durante la II Guerra Mundial, pues no era considerada como una ciudad estratégica. Tras la contienda, los estadounidenses se establecieron en ella, pues les venía muy bien su ubicación y sus comunicaciones. Gracias a ello hoy en día podemos ver un casco histórico bastante bien conservado.

La estación de tren se encuentra a kilómetro y medio del Altstadt, este casco antiguo. No nos vino mal, pues hacía un día gélido, así que en la caminata entramos en calor. La parte histórica va paralela a la margen izquierda del río Neckar desde Bismarckplatz hasta Karlstor.

Entre ambos puntos se desarrolla la Hauptstraße, una calle peatonal de nombre poco original (Calle principal) en cuyo kilómetro y medio se van sucediendo estatuas, edificios históricos, restaurantes, galerías, cafeterías, tiendas de ropa, iglesias…

La primera iglesia que nos encontramos fue la Providenzkirche, un templo protestante construido entre 1659 y 1661 que tuvo que ser reconstruida a principios del siglo siguiente tras quedar dañada durante el gran incendio de la ciudad en 1693. Alberga en su interior el órgano más antiguo de la ciudad.

A unos pasos más adelante, en el lado opuesto, destaca el Palacio Morass, que hoy acoge el Kurpfälzisches Museum, el Museo del Palatinado. En él se puede conocer más sobre la historia de la región, pues en sus salas recoge los numerosos hallazgos arqueológicos de Heidelberg, exposiciones sobre la época en que la ciudad se convirtió en residencia de los Electores, una colección de esculturas de los siglos XII al XX, una amplia pinacoteca de obras de los siglos XV al XX, así como grabados, acuarelas y dibujos, y extensas colecciones de muebles, porcelana, cristal, monedas y medallas.

Siguiendo la Hauptstraße llegamos a la histórica Universitätsplatz, la plaza central del casco antiguo y donde se ubican los edificios de la Antigua Universidad a un lado, y los de la Nueva, al otro. La plaza ocupa los cimientos del antiguo monasterio agustino donde Martín Lutero defendió sus 95 tesis en 1518. Fue aquí, por tanto, donde se considera que se inició la Reforma Protestante. Por supuesto, no podían faltar los puestos del mercadillo navideño ocupando la plaza prácticamente por completo.

Aunque la Universidad como tal se remonta al siglo XIV, el edificio de la Antigua Universidad que se erige en esta plaza comenzó a construirse en 1712. De estilo barroco, se caracteriza por su sencillez y juega con el contraste de los detalles en rojo. Aunque la institución es reconocida como Universidad Libre y Democrática, lo cierto es que durante la II Guerra Mundial perdió muchos profesores porque apoyó al nazismo. Por sus aulas han pasado grandes pensadores y científicos del mundo han pasado por sus aulas – ya sea como alumnos o docentes-. Hoy, este edificio alberga el Museo de la Universidad y en su interior se puede repasar su historia. Su Gran Salón, que durante décadas fue testigo de clases y seminarios, es empleado en la actualidad tanto en seminarios y ceremonias académicas, como conciertos.

Frente al portal de la Antigua Universidad se erige una fuente coronada por un león, símbolo del Electorado del Palatino. Esta fuente es uno de los puntos más importantes del suministro de agua de la ciudad.

Detrás de la Antigua Universidad se encuentra la Studentenkarzer, un antiguo centro de detención perteneciente a la institución. Y es que durante los primeros 500 años de historia, la universidad tenía su propia jurisdicción, así pues, tenía potestad para apresar a aquellos estudiantes que habían cometido delitos menores como disturbios nocturnos, embriaguez, insultar a las autoridades, perturbar la paz o participación en duelos. Según la gravedad del delito el preso podía pasar entre 3 días y un mes detenido. Aunque eso sí, le estaba permitido salir el tiempo necesario para acudir a clase. Para evitar que no escaparan en uno de los trayectos, la cárcel contaba con una puerta que conectaba el edificio directamente con el de la universidad. Asimismo, podían visitar a otros presos, así como recibir comida y cerveza. La cárcel dejó de funcionar en 1914, pero hoy se puede entrar para observar los poemas y dibujos que realizaron los presos en sus días entre aquellas paredes.

Tomamos la Grabengasse para acercarnos a la Biblioteca de la Universidad, un edificio de estilo manierista alemán del siglo XX. Sin embargo, no pudimos ver nada salvo los picos de las torres porque estaba completamente cubiertas de andamios.

Así pues, volvimos sobre nuestros pasos a la calle principal para seguir con nuestro paseo. Nuestra siguiente parada fue la Jesuitenkirche, a apenas 100 metros.

Esta iglesia construida en estilo barroco entre 1712 y 1759 tiene la peculiaridad de que no se orienta al este como es habitual, sino al sur. Su aspecto actual no es el original. Por un lado la torre se añadió en el siglo XIX, y, por otro, de su interior tan solo se conserva el altar.

A lo largo de su historia, además de servir como templo, fue empleada como hospital militar y biblioteca universitaria. Ahora también alberga el Museo de Artes Eclesiásticas.

Volviendo a la Hauptstraße pasamos por, quizás, el edificio histórico más famoso de la ciudad, la Casa del Caballero (Haus Zum Ritter), la única casa burguesa que sobrevivió al gran incendio de Heidelberg de 1693 durante la Guerra de Sucesión del Palatinado.

Construida en 1592 por el comerciante textil Charles Bélier, un hugonote francés. Recibe su nombre de la escultura del Caballero San Jorge ubicada en la parte superior del edificio. Hoy en día es un hotel que nos da la bienvenida a la Fischmarkt.

En esta plaza en la que en su día se vendía pescado, encontramos la Iglesia del Espíritu Santo (Heliggeistkirche), la más grande e importante de Heidelberg y testigo de la convulsa historia de la ciudad.

Construida sobre los restos de una antigua basílica románica entre 1398 y 1515, fue planeada como lugar en que serían enterrados los Príncipes Electores. No obstante, durante la Guerra de Sucesión del Palatinado las tumbas quedaron destruidas y hoy en día tan solo se conserva una de ellas, la del Elector Ruperto III y su mujer Isabel de Hohenzollern.

Esta iglesia ha servido tanto a protestantes como a católicos. El primer servicio protestante se celebró en 1546 durante el reinado de Federico II, sin embargo, durante la Guerra de los Treinta Años (1618-1648) funcionó como católica. En 1698 por decreto del Elector Johann Wilhelm todas las iglesias protestantes del Palatinado debían ser usadas por ambas ramas conjuntamente. Y lo que en la teoría parecía salomónico, en la práctica resultó ineficaz. Así pues, en 1706, la iglesia fue dividida en dos por un tabique de forma que los protestantes se quedaron con la nave y los católicos el presbiterio. Aunque el muro cayó temporalmente durante el jubileo de la Universidad en 1886, fue vuelto a levantar en 1892. No fue hasta 1936 que la iglesia volvió a ser una única entidad. De nuevo bajo el control de los protestantes.

Al formar parte de la Universidad, uno de los usos que ha tenido esta iglesia ha sido el de la famosa Biblioteca Palatina, una de las más importantes del renacimiento alemán. En el siglo XV albergaba más de 5000 libros y 3524 manuscritos.

La iglesia se ubica en la Plaza del Mercado (Marktplatz), el centro neurálgico de la ciudad y donde dos días en semana se celebra un mercado. También el ayuntamiento (Rathaus) se encuentra aquí, como no podía ser de otra manera. La inauguración oficial del mercado navideño se hace precisamente desde el balcón del ayuntamiento.

De estilo barroco, la construcción que hoy vemos en pie data de 1701. Con anterioridad hubo otro, pero quedó destruido durante la conquista de Heidelberg en 1689. Además, ha sido ampliado a principios del siglo XX, después de que un incendio lo dañara y en 1961, momento en que se añadió el campanario.

En el centro de la plaza se erige además la Fuente de Hércules (Herculesbrunnen), un monumento de 1703 que viene a recordar el esfuerzo de los habitantes de Heidelberg por reconstruir su ciudad tras dos guerras importantes, la de los Treinta Años y la del Palatinado.

Llegados a este punto dejamos la Hauptstraße para encaminarnos hacia el castillo. Para ello nos dirigimos a otra plaza, a la Kornmarkt, cuyo nombre (Mercado de Grano) nos recuerda que en determinado momento allí se comerciaba trigo y otros productos agrícolas. En el centro de la misma destaca la Fuente de la Virgen (Mutter-Gottes-Brunnen), coronada, claro está, por una virgen. Erigida en 1718 por los jesuitas para llamar la atención sobre el catolicismo en pleno conflicto religioso, representa a María, con una corona dorada de rayos, una guirnalda de estrellas y un cetro de lirios en la mano. Además, sostiene al Niño Jesús, quien por  su parte levanta la mano derecha en señal de bendición, mientras que con la izquierda clava una lanza con una cruz en la cabeza de la serpiente-dragón a los pies de la virgen.

Siguiendo la calle, continuamos hasta el funicular que nos subiría hasta el castillo. Pero de momento lo dejamos aquí.