Gastroescape room: Vagón Nueva York, Experiencity

Nuestras salidas escapistas se están distanciando bastante. No habíamos vuelto a una sala de escape desde que hicimos La experiencia azul a finales del verano. Un poco por las agendas, pero un poco también porque ya no es tan fácil encontrar opciones que nos llamen lo suficiente la atención. Aunque en realidad, sí que teníamos alguna en nuestra lista: Experiencity Express Train. El problema es que al tratarse de experiencias que combinaban la parte de juego con un menú, se nos iba del precio habitual. Así pues, siempre lo íbamos posponiendo. Pero en cuanto recibimos en nuestro correo una promoción de 15% de descuento, no nos lo pensamos demasiado. Era el momento de reservar.

Experiencity Express Train nace como una experiencia escapista gastronómica. La propuesta nos traslada a las historias de Agatha Christie en la que los protagonistas realizan un viaje en tren y en medio de su trayecto, cuando están disfrutando del paisaje, de la experiencia, de la comida… algo sucede y hay que resolver el misterio. Aunque las 8 opciones que tienen (Vagón Asia, Vagón USA, Vagón Italia, Vagón India, Vagón-Cafetería Inglés, Vagón-PubIrlanda, Vagón Secreto: Impostores y Vagón Nueva York) sonaban muy bien, nosotros elegimos el último de ellos: Vagón Nueva York.

Las instalaciones del local están a la altura de otros de la marca. Al entrar nos trasladamos a una estación de tren con su pantalla de próximas salidas, sus anuncios en las paredes, la ventanilla para comprar los billetes y el acceso a los andenes. Tras una visita rápida al baño, somos recibidos por la revisora que, tras comprobar nuestros billetes, nos acompaña a nuestro vagón. La cuestión es que nuestro escape no era un vagón, sino el apartamento de Friends. La ambientación es magnífica, con múltiples alusiones y guiños a la serie, pero claro, no es un convoy. Por mucho que por megafonía hagan alusiones a ello o nuestra Game Master se metiera en el papel. Y es que este escape creo se ha incorporado al tren tras no funcionar muy bien como sala tradicional.

En cualquier caso, la dinámica es la misma que para el resto: El tren realiza un viaje de unas 2 horas y media en el que hace varias paradas. En cada una de ellas se sirve un plato, mientras que cuando está en movimiento es hora de jugar y resolver pruebas para obtener los ingredientes necesarios para recrear una receta de la serie. ¿El menú propuesto? Unos míticos de la serie: La lasaña para Joey, el pavo de Mónica y el Trifle de Rachel. No obstante, aunque se propone el menú tematizado, también se pueden elegir el resto de los platos del resto de los vagones.

Como éramos seis participantes, nuestra Game Master nos planteó dos alternativas: dividir el grupo en dos y hacer dos líneas diferentes de juego, o ir todos a una. Elegimos esta última para no perdernos detalles, puesto que en realidad, nos acabamos dividiendo tareas igual. La diferencia es que de esta manera tenemos nosotros la flexibilidad de organizarnos y no quedaban los grupos forzados. El problema de esto es que no haces las mismas pruebas, sino que si juegas todos juntos, directamente eliminan la mitad de ellas. Pero claro, de eso nos dimos cuenta después, cuando estábamos enchufadísimos resolviendo pruebas y entró uno de los Game Masters a decirnos que echáramos el freno, que habíamos ido más allá de nuestro cometido, que era encontrar un ingrediente en cada tramo.

Así que nos tocó parar y esperar a que nos sirvieran el primer plato. Cuando terminamos, y el tren volvió a ponerse en movimiento, seguimos con nuestra búsqueda de objetos y resolución de puzles y enigmas. Cuando obtuvimos el segundo ingrediente nos volvimos a sentar a comer, y, después de que nos retiraran los platos, de nuevo volvimos a ello para el tercero. Finalmente, nos sirvieron el postre y llegamos a nuestra parada final.

En lo que respecta a la experiencia gastronómica he de decir que estaba todo muy rico y las porciones eran de tamaño razonable con una buena presentación. El pavo quizá era lo más flojo de todo, pero el humus, la lasaña, las gyozas, las hamburguesas, las brochetas de pollo teriyaki… todo delicioso. Sin embargo, la experiencia escapista queda un poco floja. Creo que la idea está muy bien si vas con intención de cena (aunque también se puede hacer para desayuno, almuerzo, comida o merienda) con entretenimiento. No obstante, si eres aficionado a los escapes y adicionalmente quieres cenar en el proceso, no creo que termine de funcionar. Y es que prácticamente la mayor parte de las dos horas y media que duró nuestro viaje, estuvimos sentados comiendo (o charlando mientras esperábamos los platos). No sé si mucho tuvo que ver con lo que comentaba de no habernos dividido en dos, pero me dio la sensación de que había muy pocas pruebas para resolver. Y sí, la ambientación era muy buena y los enigmas estaban muy bien integrados en el espacio; pero una ambientación sin desarrollo (hubo algún fallo de colocación de pistas y algún mecanismo que no terminaba de funcionar muy bien), no va a ningún lado. No sé si esto solo ocurre en el Vagón Nueva York por su peculiaridad, o es algo que se repite en el resto.

Me gustó visitar el apartamento de Friends, una serie que me acompañó en mi adolescencia. Está lleno de referencias a los personajes, a bromas recurrentes, a objetos míticos… Los juegos te permiten trastear por el espacio y recordar aquel capítulo en que pasaba tal o cual anédota. Sin embargo, me esperaba otra cosa de la experiencia.  Igual más adelante, si pillamos una nueva promoción, nos planteamos volver y probar otro vagón. De momento, seguiremos con salas más tradicionales. Aunque seguramente pasen un par de meses hasta que podamos volver a cuadrar agendas.

 

Mercadillos Navideños Alemanes. Día 4 III: Heidelberg

Tras visitar el Castillo de Heidelberg, volvimos a tomar el funicular hasta la estación Rathaus/Bergbahn y, desde allí, antes de regresar a la estación central para abandonar la ciudad, nos dirigimos al Karl-Theodor-Brücke, que une el casco antiguo con el suburbio de Neuenheim.

Para llegar al puente antes hay que pasar la Brückentor (Puerta del Puente), que, como su nombre indica, servía de puerta de acceso al puente sobre el río Neckar.

Con sus dos torres circulares de 28 metros de altura que en su día albergaron las mazmorras, esta puerta medieval formaba parte de la muralla de la ciudad y durante siglos ha sido un símbolo de Heidelberg.

Su aspecto data de 1788, momento en que se construyó el puente. Conocido también como alte Brücke, (el puente antiguo), no lo es tanto en realidad, sino que es el último de todos los que ha habido en ese mismo lugar a lo largo de la historia. Los ocho anteriores, construidos en madera, no consiguieron resistir las constantes y violentas crecidas del Neckar, por lo que el elector Karl Theodor mandó levantar este en arenisca roja local. Aunque para ser fiel a la historia, lo cierto es que ni siquiera el que vemos hoy en día es aquel que se construyó en el siglo XVIII, pues, como era de esperar, quedó dañado durante la II Guerra Mundial.

En el puente destacan dos estatuas: la del Príncipe elector (que le da su nombre oficial) y la de la diosa romana Minerva. Además, en la orilla norte está representado el Santo patrón del puente, Juan Nepomuceno.

El príncipe se encuentra elevado sobre un pedestal y a sus pies descansan cuatro esculturas que simbolizan los ríos más importantes de los territorios que gobernó: el Rin, el Mosela, el Danubio y el Isar. La elección de Minerva se debe a que Karl Theodor era un goberante comprometido con la promoción del arte y la ciencia, así que no podía faltar la diosa de la sabiduría, las artes y la medicina.

Desde el puente se obtiene una magnífica visión de conjunto del castillo asomándose desde la ladera. Además, nos permite observar el paso del río Neckar, que llevaba buen caudal por aquellas fechas.

Nos hubiera gustado dar un paseo por la Ruta de los Filósofos, en la otra orilla, pero hacía un día bastante frío y el terreno iba a estar embarrado. Además, no nos quedaban muchas horas de luz y había aún un paseo hasta la estación, por lo que nos conformamos con disfrutar del paisaje y terminar de ver lo que pudiéramos de Heidelberg antes de regresar a Frankfurt.

Así pues, volvimos a la puerta e hicimos una breve parada junto al Brückenaffe (el mono del puente), una curiosa escultura de bronce de 1979. Su historia se remonta al siglo XV, cuando existió una estatua de un mono con el trasero desnudo mirando a la frontera con el Electorado de Mainz (hoy la orilla de Neuenheim). Era la forma que tenían los ciudadanos de Heidelberg de expresar que no aceptaban la autoridad de los obispos de Mainz, sino la del príncipe Elector.

Aquella escultura se perdió con la Guerra de Sucesión Palatina, y esta viene a recuperar lo que en otra época fuera un icono de la ciudad. El mono está cargado de simbología. Por un lado, su trasero representa la fealdad y la lujuria. Por otro, el espejo que sostiene en su pata delantera izquierda y el anillo de la trasera izquierda simbolizan la vanidad. Además, con la delantera derecha se defiende del mal de ojo.

La estatua tiene todo un ritual. Los lugareños dicen que si buscas prosperidad, has de pasar la mano por el espejo. Si se quiere volver a Heidelberg, entonces deberás acariciarle los dedos extendidos de la mano derecha. Por último, frotar los ratones que lo acompañan promete una amplia descendencia.

Junto a las figuras de los ratoncillos hay un poema de Martin Zeiller que ya se podía leer en aquella otra estatua en el siglo XVII. Este reza lo siguiente:

¿Por qué me miras?

¿No has visto al viejo mono

en Heidelberg

mirando de un lado a otro?

Allí seguro que encontrarás a más como yo

Y con esto, emprendimos el regreso a la estación. Aunque era un poco tarde para el horario alemán, aprovechamos para comprar algo de comida en los puestos de los mercados que nos habíamos encontrado en la ida. Ya estaban en pleno funcionamiento preparándose casi para la merienda – cena. Así que cada uno elegimos en función de gustos y apetencias y volvimos por la Hauptstraße desandando el camino que habíamos hecho a primera hora de la mañana.

Tomamos el tren a las 16:25, ya atardeciendo, y llegamos a Frankfurt una hora y media ya con noche cerrada. Descansamos un rato en el hotel y volvimos a salir sobre las 20h para cenar, disfrutando de nuestra última noche en Alemania.

Miniserie: Sangre y dinero

Basada en un libro de investigación firmado por el periodista Fabrice Arfi, la miniserie francesa Sangre y dinero explora en sus doce capítulos de 50 minutos los entresijos de la estafa sobre el impuesto sobre el carbono que tuvo lugar entre los años 2008 y 2009 y que sigue considerándose en el país galo la mayor estafa del siglo. Creado, coescrito y codirigido por Xavier Giannoli y protagonizado por Vincent Lindon, Ramzy Bedia, Niels Schneider y Olga Kurylenko, este thriller financiero examina con suma precisión las triquiñuelas empleadas por los delincuentes para defraudar el impuesto que gravaba las cuotas de carbono y que supuso pérdidas milmillonarias para el estado francés.

En un intento por combatir el calentamiento global, la Unión Europea impuso en 2005 un límite anual de emisiones de CO2 a las empresas más contaminantes. No obstante tenía truco, ya que, en realidad si una compañía superaba este límite, podía comprarle su cuota a otra que no lo hubiera alcanzado. Así pues, al final esta medida se reducía a que si lo podías pagar, podías contaminar igual. Puro capitalismo.

Unos tres-cuatro años más tarde, en el punto álgido de la crisis inmobiliaria, Alain Fitoussi y Bouli, dos delincuentes de poca monta del barrio parisino de Belleville, se alían con Jérôme Attias, un adicto al póker y a las finanzas que tiene contactos empresariales porque está casado con la hija de uno de los hombres más ricos del país, para embolsarse, través de la creación de empresas fantasma ecologistas, el IVA del impuesto sobre el carbono, malversando miles de millones de Euros a costa de las arcas del estado francés. Es decir, como prácticamente cualquier caso de corrupción, esto redundó en un empeoramiento de las condiciones de vida de la gente. En un momento especialmente complicado además. Y como añadido, se jugaba con el futuro del planeta.

De primeras, sin conocer lo que ocurrió por aquellos años, puede ser un poco complicado seguir la historia. No obstante, para eso está la figura de Simon Weynachter. Inexistente en el libro, este alto funcionario de aduanas especializado en delitos de estafa es quien descubre el fraude multimillonario y quien se pondrá al frete de una complejíisma investigación. Gracias a sus explicaciones el espectador consigue no perderse en el lenguaje financiero y en los tejemanejes de los estafadores. Su personaje es un hombre recto en un mundo de grises. Su rabia y su obsesión por acabar con los criminales es la de quien está al otro lado de la pantalla.

Sangre y dinero ofrece un thriller trepidante que no escatima en presupuesto. La historia es fascinante a la vez que consigue despertar la indignación. En todo momento me recordaba la expresión «Hecha la ley, hecha la trampa». Y es que mientras que las ambiciones de la Unión Europea por mejorar las políticas medioambientales parecían estar llenas de buenas intenciones, lo cierto es que certificaron que no se pueden combinar políticas que tienen que ver con el estado del bienestar con otras libertarias que se basan en la libertad del mercado. Porque entonces, se pierde el verdadero objetivo y todo gira en torno al dinero.