Viaje a Azerbaiyán y Georgia XVII: Día 6 II. Excursión por la antigua Georgia

Tras la visita al museo de Stalin continuamos con nuestra excursión dejando atrás la ciudad de Gori y dirigiéndonos a Uplistshike, a unos 13 kilómetros. Pero antes hicimos una breve parada en el restaurante al que luego iríamos a comer para que nos tomaran nota de la comanda y lo tuvieran listo cuando concluyéramos la visita. Optimización del tiempo.

La visita a Uplistshike, en la región de Shida Kartli, consiste en recorrer una ciudad excavada dentro de las rocas volcánicas de la cresta de Kvernaki. No es apta para todo el mundo, ya que encontramos escaleras y un terreno bastante irregular por el que no es fácil moverse si no se tiene buena movilidad y agilidad y un calzado adecuado. Las inclemencias del tiempo también juegan en contra, ya que si llueve o ha llovido, las piedras van a estar resbaladizas, si hace mucho viento no es difícil perder la estabilidad y si es primavera o verano y pega el sol aquello debe ser un infierno. Por suerte para nosotros, a pesar de ser finales de noviembre, teníamos un día bastante despejado y el sol no picaba.

Uplistshike, cuyo nombre significa Fortaleza del Señor, tiene una historia que se remonta a miles de años, con construcciones datadas desde la Edad del Hierro hasta la Baja Edad Media. Estudios arqueológicos la identifican como uno de los asentamientos urbanos más antiguos del país. Estratégicamente ubicada en el corazón del antiguo reino de Iberia, se cree que surgió como importante centro cultural, religioso y político. Parece que con la cristianización a principios del siglo IV entró en decadencia y perdió su posición frente a los nuevos centros de cultura cristiana, Mtskheta en primer lugar y Tiflis después.

Sin embargo, resurgió como bastión georgiano principal durante la conquista musulmana de Tiflis. Las incursiones de los mongoles en el siglo XIV supusieron el eclipse de la ciudad, entonces sí que quedó prácticamente abandonada siendo únicamente utilizada ocasionalmente como refugio en tiempos de intrusiones extranjeras.

En el siglo XIX quedó oculta tras capas de suciedad y piedras y después, en 1920, algunas partes más vulnerables quedaron totalmente destruidas como consecuencia del terremoto de Gori. Hoy en día se puede visitar gracias a recientes laboriosos trabajos de excavación, limpieza, reforzamiento, restauración y estudio. Lamentablemente, de los más de 700 edificios que se calcula que existieron, tan solo se han salvado unos 250.

En las excavaciones arqueológicas aparecieron numerosos objetos de diferentes épocas, desde restos cerámicos hasta esculturas pasando por joyas. La mayoría de estos hallazgos se pueden encontrar hoy en el Museo Nacional de Georgia.

Uplistsikhe se encontraba rodeada por un foso protector que bordeaba la estructura del este al norte. Se podía acceder a ella por cuatro puertas principales. Se divide en tres niveles que ocupan un área de aproximadamente 8 hectáreas: la parte alta (norte), la parte media y la parte baja (sur). Cada uno de ellos ofrece una perspectiva diferente de la ciudad y su organización, por lo que es interesante hacer un poco el cabra y asomarse a distintas zonas. Siempre con cuidado.

La ciudad contaba con cientos de estructuras diferentes, desde edificios públicos a casas, pasando por templos paganos, teatro y hasta una farmacia. Además, se pueden encontrar agujeros hechos en la roca para la canalización, bodegas de vino, y el almacenamiento de agua o víveres. En este sentido me recordó a la excursión que hicimos al Gobustán. Es interesante ver cómo se las apañaban para sobrevivir hace varios siglos con muchos menos recursos y conocimientos de los que tenemos hoy en día.

El distrito central es el más grande, con un núcleo de edificaciones talladas en la roca. Quedaba conectado a la parte sur a través de escaleras talladas en la roca y túneles, por lo que estaba asegurado el tránsito entre cada uno de los niveles. El teatro data de los siglos II-III a C. El techo está bellamente decorado con sofisticados ornamentos. El escenario está situado en el centro.

Uno de los puntos más importantes el es hall de recepción de la Reina Tamara, una sala destinada a ser utilizada para algunas ceremonias.

En este nivel, justo en el centro para que todos vieran las consecuencias, se puede encontrar una cárcel. Los agujeros, de 80 metros de profundidad, estaban concebidos para que los prisioneros solo pudieran estar de pie.

En lo alto del complejo, sobre los cimientos de un templo pagano, se erige una basílica cristiana construida en piedra y ladrillo entre los siglos IX y X.

Tras hacer un poco el cabra y pasearnos por el espacio intentando imaginar cómo era la vida allí hace siglos, volvimos al punto de encuentro con nuestra guía y de vuelta al bus rumbo al restaurante, que ya había algo de hambre.

Como solemos hacer en estos casos, elegimos tres platos diferentes para poder probar cuantas más opciones mejor. En primer lugar, no podía faltar un Khachapuri, en este caso el Ajarian, que nos habíamos quedado con ganas de probar tras el curso del día anterior; también pedimos una especie de estofado con patatas; y, finalmente, pollo asado. Lamentablemente no recuerdo el nombre de sus platos en georgiano, ya que nuestra guía se encargó de explicarnos los ingredientes con una carta con fotos. En cualquier caso, todo muy rico.

Tras comer y reagruparnos, pues las chinas no comieron en el restaurante, seguimos nuestra excursión rumbo a Mtskheta, que no solo es la ciudad más antigua de Georgia, sino que además es una de las ciudades habitadas de forma continua más antiguas del mundo. Las evidencias arqueológicas indican que las orillas donde se unen el Kura y el Aragvi han estado habitadas desde la Edad de Bronce. Fue la capital del antiguo reino de Iberia entre los siglos III a. C, cuando ya existía la ciudadela amurallada y los principales edificios religiosos y administrativos, hasta el V d. C., momento en que el rey Dachi la trasladó a Tiflis por motivos defensivos. Entre aquellos siglos funcionó como el principal centro económico, político y especialmente religioso.

Según la leyenda, en el siglo I, un comerciante de Mtskheta que vivía en Jerusalén compró la túnica santa de la crucifixión de Jesucristo a un soldado romano y se la llevó a Georgia. Su hermana, Sidonia, murió de la emoción en el momento en que la tocó, y dado que no pudieron arrancársela de las manos, la enterraron envuelta en ella. Sobre su tumba creció un cedro del Líbano, cuya madera aprovechó Santa Ninó para obtener unas columnas con las que construir un templo. Consiguió sacar siete para los cimientos, sin embargo, al ir a colocar la séptima, esta comenzó a flotar en el aire. Finalmente tocó tierra después de que la santa rezara toda la noche. Además, segregaba un ungüento sagrado que curaba a las personas de enfermedades severas. En georgiano sveti significa «pilar» y tskhoveli significa «que da vida» o «vivo»; y de ahí viene el nombre de la Catedral Svetitskhoveli.

En el año 337 rey de Iberia, Mirian III proclamó que la religión cristiana sería adoptada como la doctrina estatal del Reino de Iberia. Nació así la Iglesia Ortodoxa georgiana y su sede no podía ubicarse en otro lugar que Mtskheta, donde todavía hoy en día se halla.

La Catedral de Svetitskhoveli, construida originalmente en el siglo IV, ha sido destruida y reconstruida en varias ocasiones, por un lado por las invasiones de árabes, persas y timur, y por otro por los terremotos. Entre las más importantes reconstrucciones están la del siglo XIV, la de a principios del siglo XV (cuando se construyó la cúpula actual y el campanario anexo) y la de mediados del siglo XVII (cuando perdió su tamaño original y se redujo en altura). La catedral que vemos hoy en día fue construida entre 1010 y 1029 y tan solo conserva de la original los cimientos.

El recinto de la catedral queda completamente rodeado por una muralla defensiva de piedra y ladrillo que fue construida durante el reinado del rey Erekle II en 1787. Los altos muros cuentan con ocho torres (seis cilíndricas y dos cuadradas) que datan del siglo XVIII. En la parte sur de la muralla durante expediciones arqueológicas de 1963 se encontró la casa del Patriarca del siglo XI. Además, dentro del patio de la iglesia se hallaron los restos del palacio de dos pisos del patriarca Anton II.

Con una planta de cruz con brazos transversales más cortos y longitudinales más largos, la Catedral de Svetitskhoveli estaba ricamente pintada. Hoy en su interior se conservan algunos frescos, aunque no son los originales, que se encuentran en los museos nacionales de Georgia. El lugar con más frescos era el ciborio, lugar que marcaba dónde estuvo enterrada la Santa Túnica hasta que fue robada por los persas.

Desde la Edad Media hasta la actualidad, Mtskheta ha permanecido como el corazón religioso y cultural de Georgia y es en esta catedral donde tienen lugar las principales ceremonias religiosas, incluida la entronización del Patriarca. Considerada el segundo lugar más sagrado del mundo cristiano justo después de la Capilla del Santo Sepulcro de Jerusalén, en ella se conservan también las tumbas de varios reyes, como la de Vakhtang Gorgasali, la de David VI, la de Jorge VIII, la de Luarsab I y varios miembros de la familia real Bagrationi, incluida Tamar, la primera esposa de Jorge XI, la del rey Erekle II y la de su hijo Jorge XII. En el interior podemos encontrar una una pila bautismal de piedra del siglo IV que se cree que fue utilizada en el bautismo del rey Mirian y la reina Nana.

Fue durante siglos la catedral más grande de Georgia, hasta que en 2004 se inauguró la moderna Catedral de la Santísima Trinidad en Tiflis.

Y tras una breve visita al recinto, y ya con el sol casi ocultándose, dimos un breve paseo por el laberinto de callejuelas de la ciudad. En ella nos encontramos con un mercadillo lleno de puestos de alimentación, recuerdos y accesorios. Dada la hora ya estaban prácticamente recogiendo, por lo que lo recorrimos de ida y vuelta y volvimos al punto de encuentra con nuestra guía para dar por concluida nuestra excursión y regresar a Tiflis.

Nueva serie «para ver»: Operaciones Especiales: Lioness

Lioness fue un programa militar estadounidense creado para descabezar organizaciones terroristas islamistas en las operaciones en Irak y Afganistán. Las mujeres que formaban parte de estos grupos del ejército tenían entre sus funciones acercarse a las mujeres y adolescentes locales en situaciones en las que sería culturalmente inaceptable la interacción con hombres que no pertenecieran a su núcleo familiar. Conseguían entablar relaciones de confianza que les servían para recopilar datos de inteligencia a los que sus compañeros varones no habrían podido acceder. Poco después este programa dio lugar a los ahora oficiales Equipos Femeninos de Intervención, adscritos desde 2009 a las unidades de infantería del Cuerpo de Marines. Operaciones Especiales: Lioness se basa en este originario programa militar, pero da un paso más allá. Las mujeres de este grupo en lugar de limitarse a participar en conversaciones ocasionales, toman una posición más activa infiltrándose en la familia de un terrorista.

La serie arranca con una de estas operaciones, que acaba en desastre, y con Joe (Zoe Saldaña), la jefa de estación del programa Lioness, preparando una nueva misión. Paralelamente conocemos a Cruz Manuelos (Laysla De Oliveira), una joven que se enrola en los marines de casualidad tras refugiarse en una de las oficinas de reclutamiento cuando huía de su novio maltratador. Sin familia, ni amigos, ni nada que perder, esta joven lo da todo en su nuevo trabajo y rápidamente llama la atención de los mandos superiores por sus impresionantes resultados en las pruebas de inteligencia y resistencia física. Será entonces asignada al equipo de Joe, quien se encargará de formarla para su nueva operación de incóginito y supervisarla una vez esté realizando su trabajo de campo. En este caso el objetivo es Amrohi (Bassem Youssef) un magnate petrolífero que utiliza parte de sus ingresos para financiar el terrorismo. Dado que vive apartado y muy protegido, la CIA ve la boda de su hija Aaliyah (Stephanie Nur) cómo la oportunidad perfecta para neutralizarlo. La labor de Cruz será la de congeniar con Aaliyah para obtener información del padre y preparar la misión.

El primer episodio se centra básicamente en presentarnos a esta ruda pero apasionada Cruz. La serie toma cierta velocidad para llevarnos desde la huida de su maltratador hasta el momento en que se infiltra. Entre medias su alistamiento y formación. Nos da un poco de contexto, nos presenta el organigrama del programa Lioness con sus supervisores Kaitlyn Meade (Nicole Kidman) y Byron Westfield (Michael Kelly) que reportan directamente a Edward Mullins (Morgan Freeman), Secretario de Estado de los Estados Unidos, y poco más, enseguida nos lleva a la acción. Con gran inversión económica por parte de Paramount+, Operaciones Especiales: Lioness sabe a lo que va y ya con su piloto muestra sus cartas perfilándose como una historia de estadounidenses salvando al mundo del terrorismo islámico.

Quizá no es novedosa, pero parece entretenida. Y parece que convence, ya que este thriller de espionaje militar de factura cinematográfica se convirtió en la serie más vista de la historia en Paramount+ en sus primeras 24 horas. Y aunque se publicitó originariamente como miniserie, ya ha sido renovada por una segunda temporada.

Nada que perder, Susana Fortes

La tarde del 12 de agosto de 1979, los hermanos Nicolás y Hugo y su amiga Blanca, son vistos por ultima vez jugando en los alrededores de la ribera del Bajo Miño. A la mañana siguiente la niña de 8 años es encontrada en un capazo de mimbre en la orilla opuesta del río, ya en Portugal, sin recordar nada de lo ocurrido. Los niños, a pesar de la intensa búsqueda, no aparecen y se acaba llegando a la conclusión de que, como tantos otros chavales, han podido morir ahogados y que la corriente ha hecho el resto.

Sin embargo, veinticinco años después son hallados unos restos óseos en un yacimiento arqueológico que pronto son identificados como los de los hermanos desaparecidos. El periodista del Faro de Vigo, Lois Lobo, llama a Blanca para comunicarle el hallazgo de los cuerpos y pedirle ayuda para recomponer el caso. La joven, que ahora vive en Dinamarca, sigue sin recordar nada que aquel momento de su infancia, pero, ante la noticia, decide regresar unas semanas a Galicia a despedirse de sus amigos e intentar arrojar luz a su desaparición.

Así arranca Nada que perder, de Susana Fortes, una novela que nos venden como un thriller con una trama impactante, altas dosis de misterio, intriga y tensión hasta el final, pero que se desinfla pronto. La premisa promete con todos los mimbres propios del género negro: pueblo pequeño donde todo el mundo se conoce, desaparición de niños, secretos de familia, un periodista ávido de resolver el caso, una protagonista que no recuerda nada del suceso traumático…; sin embargo, a pesar de contar con todos estos ingredientes, el desarrollo no cumple con las expectativas.

El planteamiento de la novela es buena, pero tan solo son prometedoras las primeras páginas relativas a la desaparición de 1979. Una vez que son encontrados los cuerpos y nos trasladamos al presente no pasa nada. La historia está narrada en dos tiempos por Blanca, quien se pierde en sus pensamientos y va dando tumbos sin llegar a contar nada relevante. La narración es lenta y dispersa, una mera divagación de recuerdos deshilachados que no llevan a ninguna parte. Es fácil perder el hilo porque las vivencias del pasado están descritas de forma tan extensa que al volver al presente no es fácil saber qué había llevado a la protagonista a ese flashback. No hay trama, ni apenas diálogos, no hay giros que te atrapen y te metan en la historia y tampoco existe una investigación como tal. Desde mi punto de vista se trata de una novela sin objetivo claro y que carece de enganche. O igual es problema mío que, por la sinopsis, esperaba un thriller en el que se abre una investigación de la desaparición de los menores y me ha faltado acción y misterio.

Nada que perder definitivamente no se puede encuadrar en ese género. Se trata más bien de una novela de descubrimiento interior en la que la protagonista vuelve a su pasado para luchar contra sus fantasmas. Es una aproximación a la psicología del personaje principal y cómo le afecta un suceso traumático. Parece como si la desaparición y posterior hallazgo de los cadáveres fuera un mero detonante para reflejar la vida de una sociedad hermética acostumbrada a que los trapos sucios se laven en casa y adentrarse en la mente de Blanca. Y aún así, pese a que la novela se centra en ella, tampoco se la llega a conocer del todo, porque ninguno de los personajes están bien construidos, sino que son más bien planos. Quizá por esta falta de profundidad choca que de la nada aparezca una historia amorosa o sexual que tal y como viene, se va.

Es como si la autora quisiera tocar muchos palos, pero todo quedara en un esbozo. El resultado es que no sepas si la historia va de niños desaparecidos, de secretos familiares, del narcotráfico en la Galicia de finales de los 70 o de la superación de traumas infantiles. Y el recopete es que el libro tiene un final abierto y ambiguo. Esto es algo que quizá le venga bien a novelas intimistas, de personajes, cuya historia no tiene un fin como tal y su vida continúa, pero, personalmente, si se me presenta un caso de unos niños muertos y una incógnita, quiero un final bien claro. Quiero un cierre de infarto de esos en los que en las últimas páginas todo se pone patas arriba y todas las teorías que has podido tener a lo largo de la lectura quedan desmontadas. Eché en falta un epílogo que concluyera la historia y no esta forma de que la historia se vaya desdibujando a medida que se acaba el papel.

En resumen, si no hubiera leído Nada que perder, tampoco me habría perdido nada. A ver si con el próximo libro tengo más suerte.

Viaje a Azerbaiyán y Georgia XVI: Día 6. Excursión por la antigua Georgia

Después de un primer día conociendo Tiflis y probando la gastronomía georgiana, para nuestra segunda jornada habíamos contratado una excursión que nos llevaría por la antigua Georgia: Mtskheta, Jvari, Gori y Uplistsikhe.

El minibús salía a las 9 de la mañana desde la plaza de los baños sulfúricos, y como ya habíamos pasado por allí el día anterior, ya habíamos hecho nuestros cálculos para llegar con tiempo desde nuestro apartamento. Una vez el grupo estuvo completo, salimos rumbo a nuestra primera parada y, de camino, nuestra guía se presentó y nos preguntó de dónde éramos. Además de nosotros tres, íbamos con un par de personas que viajaban solas y venían de Dubai/Abu Dabi, un par de chavales daneses, un grupo de 6 chinas y una madre y una hija rusas. Aunque la excursión era en inglés, creo que no debió formarse grupo para hacer la opción en ruso y nos las acoplaron al nuestro. Esto significó que nuestra guía tenía que repetir todo en doble versión. A las chinas les daba igual, porque en realidad solo se medio apañaba en inglés una de ellas y la mayoría de las veces pasaban completamente de la guía y sus explicaciones o peticiones.

La primera parada fue a unos 24 kilómetros al norte de Tiflis, en el Monasterio de Jvari, ubicado en la cima de una montaña rocosa con vistas a la ciudad de Mtskheta, la antigua capital del reino caucásico de Iberia. Desde ella también se puede ver el único punto donde confluyen (y no se mezclan) los ríos Kurá y Argavi.

Su nombre en español es Monasterio de la Cruz, porque según los relatos tradicionales fue allí donde en el siglo IV Ninó, la mujer santa que predicaba el evangelio por estas tierras, tras haber convertido al rey Mirian III, colocó una gran cruz de madera sobre los restos de un templo pagano. Poco después la cruz comenzó a obrar milagros y atrayendo a peregrinos de todo el Cáucaso. Hacia el año 545 se construyó una pequeña iglesia y, finalmente, según las inscripciones de la fachada, entre los años 590 y 605 se erigió el edificio actual.

La importancia del complejo fue creciendo con el tiempo recibiendo cada vez más peregrinos. Sin embargo en 914 durante la invasión Sajid de Georgia, aunque la iglesia se mantuvo prácticamente intacta y solo hubo que realizar trabajos menores tras un incendio, el monasterio por el contrario fue destruido por completo.

La iglesia ha funcionado como lugar de culto en activo durante siglos, a excepción del período soviético, época en la que se conservó como monumento nacional, pero con acceso restringido porque en sus inmediaciones instalaron una base militar. Después, tras la independencia de Georgia, el templo fue restaurado y se recuperó como centro religioso. Desde 1994 Jvari, junto con otros monumentos históricos de Mtskheta, es Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO.

Sobre una enorme piedra podemos ver una cruz moderna. Sustituye a la original que puso la santa, que se guarda en el interior de la iglesia.

Además de su importancia histórica y religiosa para el país, esta iglesia es relevante puesto que sentó las bases para la para la arquitectura típica del Cáucaso. Su planta en forma de cruz con cada brazo rematado por ábsides semicirculares y una única cúpula octogonal que descansa sobre los muros y no sobre pilares sirvió de modelo para otras iglesias construidas con posterioridad en Georgia y en Armenia.

Tras la breve parada para ver la iglesia, conocer su historia y disfrutar de las vistas, regresamos al bus para emprender rumbo a Gori, a unos 70 kilómetros de allí y a tan solo 13 de la frontera con Osetia del Sur. Estratégicamente ubicada en la encrucijada de las principales rutas de tránsito, fue atacada por invasores extranjeros en varias ocasiones a lo largo de los siglos. Fundada en el siglo XII por el rey David IV, esta ciudad de unos 50.000 habitantes fue un importante centro industrial durante la época soviética pero hoy su principal atracción es el Museo Estatal Iósif Stalin, pues fue en esta ciudad donde nació en 1878 Iósif Vissariónovich Dzhugashvili.

El edificio en que se ubica el museo es casi un palacio en el que se muestra la vida, obra y milagros de Stalin. Allí en la escalera inicial nos recibe la única estatua que queda en pie suya en el país. Como no podía ser menos, se trata de un museo que, de alguna manera, intenta destacar lo bueno y ocultar lo malo. La visita no la hicimos con nuestra guía, sino con una del propio museo, que iba muy rápido pasando de una estancia a otra mostrándonos fotos de Stalin desde su infancia como hijo de un zapatero y de una sirvienta hasta su muerte como líder de la URSS pasando por sus años de estudiante, épocas en el exilio y militancia; cartas, cuadros, objetos personales, regalos que le hicieron otros líderes, sus uniformes… Incluso hay una maqueta de su máscara mortuoria y de los planes para lo que hubiera sido un mausoleo conjunto con Lenin en Moscú.

Iósif era hijo del matrimonio formado por un zapatero y una sirviente. Tuvo dos hermanos más, pero murieron a edades tempranas. Él sobrevivió, sin embargo fue siempre un niño de salud frágil que enfermó de sarampión, escarlatina y viruela. Además, en 1890 fue atropellado por un coche de caballos, lo que le afectó a su forma de caminar para el resto de su vida. Era un buen estudiante y apenas siendo un adolescente se unió a la organización socialdemócrata de Georgia, comenzando así a difundir el marxismo. Llegó a ser responsable del sindicato de Georgia y  portavoz del nuevo partido marxista georgiano. Publicó octavillas en imprentas clandestinas, escribió el diario oficial del partido, lideró los escuadrones de lucha que robaban en bancos para reunir fondos para el partido bolchevique y acabó siendo elegido en 1917 secretario del Politburó del Comité Central.

Su primer cargo de gobierno fue el de Comisario del Pueblo de Asuntos Nacionales (1917-1923) mientras  paralelamente ostentaba el cargo de comisario del Pueblo para la Inspección de los Trabajadores y Campesinos (1919-1922), y era miembro del Sóviet Militar Revolucionario de la República (1920-1923) y miembro del Comité Central Ejecutivo del Congreso de los Sóviets. El 3 de abril de 1922, Stalin fue nombrado secretario general del Partido Comunista Panruso, algo que Lenin veía con cierto recelo. A la muerte de este en 1924 Stalin, Kámenev y Zinóviev tomaron el control del partido con la oposición de Trostki, quien acabó desterrado de la URSS en 1929 (y asesinado en México en 1940).

En lo que respecta a su vida familiar, parece que fue tan buen padre como lo fue el suyo, un alcohólico que maltrataba a su madre. Se dice que a Yákov, hijo de su primer matrimonio, nunca le quiso por considerarle débil. Cuando este era oficial de artillería durante la II Guerra Mundial fue hecho prisionero y Stalin se negó a intercambiarle por un oficial alemán bajo el argumento de que no debería ser especial por ser quién era. Yákov fue asesinado en 1943 cuando trataba de huir de un guardia en el Campo de concentración de Sachsenhausen. Tampoco prestaba mucha atención a Vasili, hijo del segundo matrimonio, quien se convirtió en alcohólico. Tras la muerte de Stalin pasó siete años en la cárcel y cuando salió murió de una intoxicación por alcohol.

Parece que a su hija Svetlana la quería un poco más. Aunque también intentaba controlarla en todo momento. Hasta el punto de que cuando esta quiso casarse con un hombre mayor que ella, Stalin lo mandó a un campo de concentración durante varios años. Svetlana se marchó a vivir a Estados Unidos en los años 60.

El museo se dedicó oficialmente a Stalin cinco años después de su muerte, en 1957. Fue cerrado en 1989, con la caída de la Unión Soviética y el movimiento por la independencia de Georgia. Sin embargo, poco después volvió a abrirse. En 2008, con la guerra de Osetia del Sur, el ministro georgiano de Cultura Nikoloz Vacheishvili anunció que el museo de Stalin se reorganizaría como el Museo de la Agresión Rusa, ya que consideraba que lo que allí se exhibía era una falsificación de la historia, un ejemplo de propaganda soviética. Hoy, al final de la visita hay una pequeña sala un poco escondida donde se recogen fotos y objetos sobre los campos de concentración soviéticos y otras atrocidades. Pero nada que ver con todo lo que hay en recuerdo de Stalin.

El museo se ubica en un parque cuyos edificios adyacentes fueron demolidos. Además del museo queda en pie (de aquella manera) la humilde casa en la que Stalin vivió con su familia hasta los cuatro años. En la primera planta vivía la familia, mientras que en el sótano estaba el taller de su padre. Debe estar bastante deteriorada por dentro porque no se podía visitar.

Lo que sí se puede visitar es el vagón de tren que usaba para sus desplazamientos. Al parecer no era muy amigo de los aviones, por lo que si tenía que viajar, lo hacía con este método.

Allí nos encontramos con nuestra guía y volvimos al bus para seguir con nuestra excursión rumbo a Uplistshike, a tan solo 15 kilómetros.

Nueva serie «para ver»: Pokerface

Creada por Rian Johnson, escritor, director y productor de éxitos como Puñales por la Espalda, Poker Face se estrenó en enero de 2023 en Peacock, donde rápidamente se convirtió en la serie más vista de su historia y se coló durante alguna semana en el número 2 de los rankings de lo más reproducido del streaming en EEUU. Toda una proeza para una plataforma que no tiene tantos suscriptores como la competencia. Con aclamación de público y crítica, había bastante expectación para cuando un año más tarde ha llegado a nuestro país.

Protagonizada por Natasha Lyonne (Orange Is The New Black o Russian Doll), quien además ejerce de productora ejecutiva a través de la compañía Animal Pictures y ha escrito y dirigido un episodio, la serie sigue a Charlie Cale, una mujer que tiene un don especial: es capaz de detectar cuando la gente está mintiendo. Se trata de una habilidad que no tiene nada de sobrenatural o con técnicas de análisis de lenguaje corporal o instinto, simplemente es algo que puede percibir escuchando la voz. Durante años se sirvió de esta insólita capacidad para jugar al póker. Gracias a ella se convirtió en una jugadora infalible sin necesidad alguna de hacer trampas, sin embargo cuando es descubierta por el director de un casino (ni más ni menos que Adrien Brody), este le ofrece un trato de no delatarla si trabaja para él.

Cuando su compañera y buena amiga Natalia aparece misteriosamente muerta, Charlie, pese a su nula experiencia como detective, decide aprovechar su habilidad para descubrir quién y por qué mató a su amiga. La cosa se complica cuando su investigación implica a las altas esferas del casino, por lo que, tras conseguir que se haga justicia con el asesino, acaba huyendo en su Plymouth Barracuda. A partir de aquí la protagonista emprenderá una huida por todo el país. En cada parada se encontrará con un nuevo elenco de personajes y extraños crímenes que no podrá evitar resolver.

El planteamiento claramente nos recuerda al Se ha escrito un crimen de Jessica Fletcher, quien allá donde iba se encontraba con un asesinato que, por supuesto, acababa resolviendo. Y es que Poker Face apuesta por un formato clásico que bebe a las series detectivescas de los sesenta y los setenta, con episodios autoconclusivos de cerca de una hora pensados para un visionado semanal.

Como aquellas series, Poker Face es una ficción con dos elementos claves: una protagonista carismática y la fórmula de historia de detectives invertida, donde ya sabemos quién es el culpable, pero acompañamos al investigador en sus pesquisas. Lo interesante no es descubrir quién lo hizo, sino seguir las pistas y ver cómo encajan todas las pistas.

Con un solo capítulo visto, entiendo la buena acogida y la expectación por su estreno, puesto que en una época de propuestas que buscan reinventar la rueda, a veces, al final de un día de locos, una tan solo busca un procedimental entretenido en el que sabe que cuando lleguen los créditos finales todo se habrá solucionado. Sin duda pasa a la lista de series «para ver».

Viaje a Azerbaiyán y Georgia XV: Día 5 IV. Curso de cocina georgiana

Cuando reservamos las excursiones fuera de Bakú y Tiflis vimos que existía un taller de cocina georgiana. Como somos un poco catacaldos, nos pareció una manera interesante de conocer la gastronomía local, así que nos apuntamos. En concreto el taller se centraba en dos platos: el khachapuri y el khinkali.

El local donde se impartía era un pequeño restaurante cuyas paredes estaban llenas de botellas de vino, porque otra cosa no, pero los georgianos son unos apasionados de esta bebida. No en vano el país tiene una cultura vinícola que se remonta a hace más de 8000 años y se consideran uno de los primeros territorios en elaborarlo. Y como no podía faltar, nos recibieron con una copa de vino blanco local además de una tabla de queso y una ensalada de tomate, pepino y cilantro (que también les encanta).

Una vez que habíamos pasado por el baño y nos habíamos lavado las manos, empezamos con el cursillo. Tras una breve introducción sobre la cultura gastronómica de Georgia comenzamos con el khachapuri, que es el plato que lleva algo de más preparación de los dos. Se trata de un pan tradicional del que aunque se cree que se remonta al siglo XII, en realidad no se sabe a ciencia cierta cuándo se originó. Su nombre está formado por la palabra khacha, que en georgiano significa queso cuajado, y puri, que proviene de la India y significa pan. Es decir, vendría a ser un pan con queso cuajado.

Existen diferentes versiones según la zona de Georgia, aunque la más habitual es el Megrelian Khachapuri, de forma circular. Sin embargo, también es muy común el Ajarian Khachapuri, propio de la región de Ajara, en el Mar Negro, que tiene forma de góndola con un huevo en el centro. En nuestro caso íbamos a intentar hacer el primero de ellos.

Para su elaboración necesitamos los siguientes ingredientes para cuatro personas:

  • 250ml de agua tibia
  • un poco de sal
  • media cucharilla de azúcar
  • 5g de levadura
  • 200g de harina (si es de fuerza, mejor)
  • 25ml de aceite
  • 300g de queso chkinti–kweli (es un tipo de queso cuajado, muy del estilo de los búlgaros. Si no se encuentra se puede sustituir por 150g de queso feta y 150g de mozarella)
  • 1 huevo

Comenzamos mezclando el agua, la sal, el azúcar y la levadura. Poco a poco vamos añadiendo la harina integrándola bien hasta que se quede una masa seca. Finalmente agregamos el aceite por encima de la bola y la dejamos reposar durante unos treinta minutos.

Pasado el tiempo extendemos un poco de harina en la superficie de trabajo y colocamos la bola para extenderla de forma que quede como una masa de pizza de aproximadamente unos 25 centímetros de diámetro y que no quede muy fina.

A continuación añadimos la mitad del queso en el centro y, tomando los extremos, hacemos de nuevo una bola asegurándonos de que queda todo en el interior.

De nuevo volvemos a pasar el rodillo para que quede una masa redonda. Le haremos un agujero con el dedo en el centro para que el aire circule durante el horneado. Después pincelamos un huevo por encima y añadimos el resto de queso por encima.

Para concluir, lo metemos al horno previamente precalentado a 220ºC con calor arriba y abajo durante unos 10-12 minutos o hasta que la masa esté dorada y el queso fundido. Y listo, una receta sencilla, rápida, sabrosa y contundente. Salvo que no te guste el queso, es difícil que no te chupes los dedos. A nosotros desde luego nos encantó.

Es difícil no pensar durante todo el proceso en que es un plato muy parecido a una pizza, pero es que los soldados romanos pasaron por la zona del Mar Negro e intercambiaron recetas, así que no es de extrañar que pueda haber influencia. Los tomates no se trajeron a Europa desde América hasta el siglo XVI, por lo que es probable que las pizzas de aquella época se hicieran con pan y queso. En cualquier caso, el khachapuri tiene su carácter propio.

La segunda receta que preparamos fue el khinkali, un plato que hay quien asegura que tiene raíces mongolas y chinas. Y supongo que dada la situación geográfica de Georgia, al igual que con los khachapuri, quizá en algún momento de su historia ha recibido cierto influjo de otros pueblos. En cualquier caso, hoy en día se considera uno de los platos nacionales de Georgia.

Normalmente para elaborar los khinkalis hay que empezar con la masa. Para ella necesitamos 125g de harina, 300 ml de agua tibia y una cucharilla de sal. Se mezcla todo hasta conseguir una bola firme. Entonces se mete en la nevera durante dos horas, momento en que se saca, se vuelve a amasar y se guarda de nuevo otra hora más. Cuando ha pasado el tiempo hay que dejar la masa unos 20 minutos a temperatura ambiente y después hacer unas láminas redondas de un centímetro de grosor. Para que el curso no fuera eterno, este paso ya nos lo dieron hecho y partimos desde aquí.

Para el relleno necesitamos:

  • 500g de carne. Puede ser ternera, cordero, cerdo o cualquier combinación de ellas.
  • Agua
  • 1 cebolla grande cortada
  • 2 cucharillas de pimiento rojo picante molido
  • 2 cucharillas de comino
  • 2 cucharillas de pimienta
  • 2 cucharillas de sal
  • 2 cucharillas de cilantro (opcional, que algunos tenemos el gen OR6A2 y nos sabe a jabón)
  • También se le puede añadir otro tipo de especias como tomillo o perejil…

Comenzamos mezclando todos los ingredientes: la carne, el agua, la cebolla y las especias. La carne no tiene que absorber el agua, sino que esta tiene que quedar como un dedo por encima de la mezcla para que luego no quede seco.

Lo interesante viene en el siguiente paso, ya que aquí hay que tener algo de maña para plegar la masa de forma que quede como un saquito. No es fácil, pero cuando llevas un par, ya le has cogido el juego de muñeca.

Una vez que tenemos el saquito, rellenamos con la carne asegurándonos de que también lleva líquido. Y después hay que cerrar y retorcer dejando que sobresalga por arriba del pliegue un par de dedos de masa.

Una vez que hemos hecho saquitos de todas las masas los llevamos a una olla de agua hirviendo durante unos 7-10 minutos o empiecen a flotar. Es el momento de sacarlos, sazonar con pimienta negra y listos para comer. Y ojo, que tienen truco.

Los khinkalis no se comen con cubiertos (al menos que quieras hacer enfadar a un georgiano), sino con las manos. Hay que agarrar por el nudo y, dándolos la vuelta, morder un poquito para sorber el caldo. Después se come el resto y se desecha el nudo. Así se sabe cuánto se ha comido cada comensal.

Al igual que en el caso del khachapuri, hay diferentes variedades de khinkalis. Se puede rellenar de patata, de queso, de requesón, de verduras…

En el taller nos comentaron que normalmente una persona se suele comer unos 5-6 khinkalis. Nosotros no pudimos con todos. Entre el picoteo de la ensalada y el queso, el khachapuri… Al final nos acabó sobrando. Pero no hay problema, porque nos los pusieron para llevar y nos medio solucionó la cena del día siguiente.

Fue todo un acierto reservar el taller. No solo por descubrir dos platos de la gastronomía local, algo que podríamos haber hecho yendo a cenar a un restaurante, sino por la experiencia de hacerlos nosotros mismos.

Nueva serie «para ver»: The Bear

Creada por Christopher Storer, The Bear fue estrenada en 2022 y pronto se convirtió en un éxito entre el público y la crítica especializada. Tanto, que poco después de su estreno fue renovada para una segunda temporada que sería emitida en junio del 2023. Para noviembre de ese mismo año se aprobó una tercera y en marzo de este una cuarta que se espera vea la luz en verano del 2025.

The Bear cuenta la historia de Carmen «Carmy» Berzatto (Jeremy Allen White), un joven y galardonado chef de alta cocina, que abandona su puesto en un lujoso restaurante de Manhattan para regresar a su ciudad natal tras el suicidio de su hermano mayor. Michael (Jon Bernthal), era el patriarca de la familia y regentaba un restaurante de sándwiches, el The Original Beef of Chicagoland, y ahora Carmy ha de ocupar su lugar. Sin embargo, no lo tendrá fácil, pues se encuentra con un negocio ahogado en deudas y una cocina caótica donde los trabajadores no tienen ningún método ni disciplina. También le esperan disputas familiares, pero parece una cuestión que no quiere afrontar hasta que ponga al día el restaurante. Una cosa cada vez.

Carmy, que es un chef respetado y reconocido fuera de Chicago, se encuentra con que el personal, liderado por su «primo» Richie Jerimovich (Ebon Moss-Bacharach), un incompetente malhablado, no está por la labor de aceptar los cambios que propone para modernizar el negocio. No obstante, el cocinero sabe lo que es el trabajo duro y, pese a los desafíos y oposición que encuentra a cada propuesta, contrata a Sydney Adamu (Ayo Edebiri), una chef formada en el Instituto Culinario de América, optimista y con muchas ganas de aprender y ayudar, para llevar a cabo su proyecto de renovación del restaurante.

Resulta imposible no sentirse agobiado con The Bear. Y es que el primer episodio no es un piloto al uso en que se presenta la trama y los personajes principales con pausa y detalle. No nos va tejiendo sus relaciones personales, intereses o aficiones sino que nos hace conocerlos en medio del ritmo frenético de la cocina del The Original Beef of Chicagoland, en su momento más estresante, en pleno conflicto por el cambio de un sistema. En un capítulo de tan solo 27 minutos, The Bear consigue bosquejar con claridad el ecosistema de personajes y la trama a desarrollar a lo largo de la temporada. Entiendo que haya sido tan alabada y laureada. Me la apunto para la lista.

Viaje a Azerbaiyán y Georgia XIV: Día 5 III. Tiflis

Desde la zona de los baños termales tomamos bus al centro y,  buscando un sitio rápido donde no entretenernos mucho, acabamos comiendo en Yummy Thai, en las proximidades de la Plaza de la Libertad. Teníamos programado un curso de cocina georgiana, por lo que ya descubriríamos la gastronomía local a la hora de la cena. En ese momento lo que primaba era llenar el estómago para continuar viendo la ciudad.

Y así hicimos, empleamos una media hora en comer y volvimos a tomar un bus que nos llevara a la Catedral de la Santísima Trinidad, a la orilla izquierda del río Kura.

Construida entre 1995 y 2004 para conmemorar los 1500 años del Patriarcado Georgiano, se erige sobre la colina de San Ilya, donde una vez existió una iglesia armenia y un cementerio.

Forma parte de un complejo que incluye la escuela de teología y la academia, un monasterio, la residencia del Patriarca y un hotel.

Con una planta en forma de cruz, está diseñada en estilo georgiano tradicional, aunque a lo grande. Con 105 metros de altura hasta la parte superior de la cruz que la corona, es la iglesia más alta de Georgia y su cúpula dorada se ve prácticamente desde cualquier punto de la ciudad.

Cuenta con nueve campanas fundidas en Alemania. Con una que llega a pesar 8 Toneladas. Tiene también nueve capillas, cinco de ellas quedan subterráneas. Además, alberga un museo y una sana de conferencias. Destacan los frescos de su interior, algunos de ellos realizados por el patriarca católico Ilia II.

Dimos un paseo por el complejo, encontrándonos en el espacio varias esculturas. Sin embargo, pronto tuvimos que marcharnos porque comenzaba a atardecer y además teníamos que tomar de nuevo un bus para nuestro curso de cocina en la calle Shota Rustaveli.

Raffaella

El 5 de julio de 2021 falleció Raffaella Carrà, una mujer que a lo largo de sus cincuenta años de carrera consiguió trascender barreras culturales y generacionales ya fuera con la música o con su faceta como presentadora de televisión. Abanderada de la libertad e igualdad de género y un referente para la comunidad LGBTQ+, Carrà fue, es y será un icono pop.

Precisamente de la conmoción de su muerte nació la idea de un documental que se sumergiera en su trayectoria desde su infancia en Emilia Romaña hasta su triste fallecimiento pasando por sus triunfos, fracasos, alegrías, lamentos, crisis y renacimientos. Para ello, el director Daniele Luchetti se adentró en una inmensa cantidad de material de archivo y entrevistó a varias personas del entorno de la artista. Así, en Raffaella se pueden ver los testimonios del que fuera su productor, José Luis Gil, de algunos amigos o familiares, y de otros artistas como el cantante Tiziano Ferro, la actriz Loles León, o los directores de cine Emanuele Crialese y Marco Bellocchio. Combinando la documentación y las entrevistas, el documental pretende retratar la vida, el carácter y la trayectoria artística de un personaje extraordinario e irrepetible. Y es que, a pesar de ser una figura reconocida mundialmente, era también muy reservada en lo personal.

Raffaella Maria Roberta Peloni nació en 1943 en Bolonia, pero con tan solo diez años se trasladó a Roma. Allí empezó a aprender baile y empezó a sentir interés por la interpretación. Ahí arranca Raffaella, que nos narra sus inicios y cómo fracasó en sus intentos por ser bailarina clásica primero, y actriz, después. Incluso llegando a firmar contrato en Hollywood tras trabajar con Sinatra no consiguió terminar de encajar. No obstante, ella nunca se rindió. Fue una trabajadora incansable que supo reivindicarse en un mundo patriarcal y puritano. Así, cuando le ofrecieron ser la acompañante del cantante francés Nino Ferrer en el programa de televisión «Io, Agata e tu», no dudo en pedir tres minutos para ella. Y de ese breve tiempo sacó oro marcándose un baile que dejó a todo el mundo boquiabierto. A partir de ahí su carrera despegó consiguiendo pasar de ser una desconocida a una celebridad mundial en tan solo una década.

Gracias a su espontaneidad, se fue convirtiendo en una de las mejores comunicadoras de Italia, España e Iberoamérica. Era una artista muy versátil que se adaptaba a todo. Lo mismo cantaba y bailaba, que conducía un programa de actualidad tratando al espectador de tú a tú. Conseguía ganarse al público gracias a su naturalidad y no temía improvisar para adaptarse a las circunstancias. Y cuando los números no acompañaban o ella sentía que algo fallaba en el formato, tampoco dudaba en parar, tomar distancia, captar los cambios de la sociedad y volver reinventada.

Raffaella resulta un producto un poco flojo. En la parte dedicada a su carrera se echa en falta algo de contexto de la época para entender lo disruptiva que fue la artista. Se dedica a yuxtaponer imágenes de archivo con algún extracto puntual de las entrevistas, pero no profundiza. Y, por otro lado, en cuanto al ámbito personal, no consigue trazar la línea que separaba a la Carrà de la Pelloni, puesto que ni sus seres más cercanos sabían distinguir entre ambas. Quizá en ese aspecto el mejor de los tres capítulos es el primero, el que se centra en sus años antes de alcanzar el estrellato por lo novedoso de las imágenes.

El documental parece querer centrarse más en conflictos íntimos (el abandono del padre, sus parejas, la no maternidad) que igual no fueron tan significativos en su vida y no tanto en lo que verdaderamente significó esta artista. Se esfuerza tanto en la desdicha que se olvida que lo interesante de Raffaella fue su visión para entender la televisión y transformar el mundo del entretenimiento.

Viaje a Azerbaiyán y Georgia XIII: Día 5 II. Tiflis

Continuamos con nuestro paseo por Tiflis pasando la Plaza de la Libertad y adentrándonos en un casco histórico de lo más pintoresco con calles adoquinadas, coloridas viviendas, pequeños comercios y zonas de restauración.

En nuestro camino nos encontramos con varios centros religiosos. El primero de ellos fue la Catedral Sioni, que, siguiendo la tradición georgiana medieval de nombrar iglesias según lugares de Tierra Santa, hace honor al Monte Sion en Jerusalén. Terminada en la primera mitad del siglo VII, esta iglesia, ha sido destruida y reconstruida en numerosas ocasiones.

Es una iglesia muy sencilla, aunque en su interior alberga una de las reliquias más importantes del país, la cruz de Santa Nina, mujer que consiguió la evangelización del territorio de Iberia (hoy Georgia). Esta cruz latina con los brazos horizontales ligeramente curvados hacia abajo está realizada con dos ramas de parra y, de acuerdo con la leyenda, está entrelazada con los cabellos de la santa.

Nuestra siguiente parada fue la Iglesia Jvaris Mama, construida en el siglo XVI sobre las ruinas de un antiguo templo del V, del que aún se conservan algunos restos en la parte posterior del edificio. Le debe su nombre a una antigua iglesia ortodoxa georgiana de la ciudad de Jerusalén.

No muy lejos se encuentra la Gran Sinagoga del Rey David, conocida también como la Sinagoga georgiana, Sinagoga sefardí o Sinagoga de los judíos de Akhaltsikhe, pues de ahí eran quienes promovieron su construcción a principios del siglo XX. Con un exterior bastante sencillo en ladrillo rojo georgiano tradicional, dirige su entrada hacia Jerusalén.

Durante siglos los judíos convivieron en Georgia sin ningún tipo de problema. Coexistieron pacíficamente con otras religiones hasta la llegada del gobierno bolchevique, que provocó un éxodo masivo de los judíos de la región. En 1994, tras la independencia de Georgia, se emitió un decreto sobre la protección de los monumentos religiosos, culturales e históricos judíos.

Desde allí dirigimos nuestros pasos hacia el puente Metekhi para volver a cruzar el río Kurá. Desde él, si nos giramos, tenemos una magnífica panorámica de la zona de los baños (ya volveríamos más tarde) y la fortaleza en lo alto de la montaña.

Cruzando el río, a nuestra izquierda, podíamos ver el Puente de la paz, que tuvo que ser traído en 200 piezas sin montar desde Italia a la capital georgiana.

De construcción relativamente reciente (se inauguró en mayo de 2010), esta pasarela peatonal de 156 metros y con forma de arco está realizada en cristal y acero. Lleva incorporadas más de 10.000 bombillas LED, que se encienden a diario 90 minutos antes de la puesta de sol.

En el lado opuesto encontramos una colina donde la leyenda dice que fue martirizado en el siglo VIII el patrón de la ciudad. Allí destacan la estatua ecuestre del Rey Vakhtang Gorgasali y la capilla Metekhi.

Esta iglesia ortodoxa fue fundada por Vajtang I Gorgasali en el año 455. Destruida en 1235 durante la invasión de los mongoles, fue reconstruida en 1289. Y aunque en la época soviética fue usada como teatro, en 1988 volvió a su función original.

Una vez cruzado el puente llegamos al Parque Rike, un terreno que hace unos años era un campo de asfalto que los locales usaban para aprender a conducir. Hoy es uno de los espacios públicos más famosos de Tiflis con zona infantil, espectáculo nocturno de luces  y punto de partida del teleférico que lleva a la fortaleza de Narikala, en la cresta de Sololaki.

Pensábamos que con la tarjeta que habíamos sacado el día anterior en el aeropuerto íbamos a poder subir porque tenía el dibujo de un teleférico, sin embargo, tuvimos que sacar la metromoney en taquilla. Ya con nuestro título correcto, montamos en la cabina y disfrutamos de las vistas a medida que íbamos cogiendo más y más altura.

El trayecto apenas dura unos minutos y enseguida estábamos en la Fortaleza Narikala, que en su día,  como parte de la Gran Ruta de la Seda. Data del siglo IV a.C. y ha sido extendida y expandida varias veces a lo largo de su historia. Durante los siglos VII y VIII fue ocupada por los árabes, quienes la reconstruyeron y dejaron su impronta en el estilo. Más tarde, entre el XI y el XII fue el turno de los mongoles. Su estado actual se debe al terremoto que asoló la ciudad en 1827.

Caminando por la fortaleza entre puestos de artesanía, souvenirs y golosinas llegamos a una enorme estatua de una mujer. Se trata de Kartlis Deda, la Madre de Georgia, una figura de aluminio de nada menos que 20 metros de altura.

Realizada por la artista Elguja Amashukeli, se inauguró en 1958, con motivo del 1500 aniversario de la fundación de la ciudad de Tiflis. En 1966 la autora recibió el Premio Estatal Shota Rustaveli por esta escultura que se ha convertido en uno de los símbolos no solo de la ciudad, sino del país. Representa a una mujer vestida con ropa nacional georgiana que sostiene en su mano izquierda un recipiente de vino en ofrenda a aquellos que lleguen en calidad de amigos,  y una espada en la derecha para los que lo hacen como enemigos.

Eso sí, cabe señalar que la escultura original fue sustituida en 1997 por la que vemos hoy en día.

Volviendo sobre nuestros pasos llegamos al mirador junto al teleférico y nos detuvimos unos minutos a observar las vistas de la ciudad.

Como la bajada es siempre más sencilla que la subida, decidimos que en lugar de tomar el teleférico de nuevo, esta vez íbamos a ir por las escaleras de vuelta a la ciudad. Pero antes de bajar hicimos una última parada en el Templo de San Nicolás, una construcción bastante reciente y sencilla. Erigida en 1997, sustituye a la iglesia original, que databa del siglo XII. En su interior se pueden ver frescos que muestran escenas de la historia del país, así como de la Biblia.

La elección fue la correcta, puesto que mientras bajábamos las decenas de escalones que nos llevaban de nuevo al casco antiguo de Tiflis descubrimos el Barrio azeríe o abanotubani, el lugar donde, según la leyenda, cayó el halcón del rey Vajtang Gorgasali y llevo a este a descubrir las aguas termales y fundar la ciudad.

No había mucha gente por sus calles y nos encontramos con interesantes y coloridos edificios, zonas verdes, y puestos callejeros donde vendían zumos de naranja y granada. E incluso alguno de Glühwein.

Ya abajo fuimos a parar a los baños de azufre, construidos entre los siglos XVII y el XIX al calor de las aguas termales sulfurosas de la zona. El más antiguo de todos es el Irakli y el que ostenta el título de más bello es el Orbelani, decorado con minaretes y una fachada con mosaicos de cerámica. No obstante, como tantas otras partes de la ciudad, los baños fueron destruidos y reconstruidos en diversas ocasiones, por lo que lo que encontramos hoy en día tienen ciertas modificaciones con respecto a los originales.

En la antigüedad estos baños no solo se usaban como lugar medicinal o para irse a relajar, sino que eran como centros sociales. Allí se encontraban los vecinos, se presentaban jóvenes con intención de arreglar uniones entre familias, se celebraban fiestas e incluso se hacían negocios. En la actualidad siguen siendo muy populares entre lugareños y visitantes.

Junto a los baños destaca la Mezquita Jumah, también conocida como Mezquita de Tbilisi. Es la única que se conserva en toda la ciudad, herencia de la época de la conquista árabe en la segunda mitad del siglo VII. A principios del siglo XVIII los otomanos construyeron en este lugar una mezquita suní, pero en la década de 1740, cuando Tiflis fue atacada por los persas, estos ordenaron destruirla, para erigir una chiíta en su lugar. Aunque fue reconstruida por el el arquitecto italiano Giovanni Scudieri entre 1846 y 1851, también fue demolida a finales del siglo XIX.

Tras varias reconstrucciones y los años de pertenencia a la URSS, la religión pasó a un segundo plano. Sin embargo, hoy en día, la minoría musulmana que reside en la ciudad (independientemente de si pertenece a la rama chiíta o suní), acude a esta mezquita. Esto la hace ser una de las pocas del mundo en las que fieles de ambas ramas rezan juntos. En un principio lo hacían separados por una cortina, pero el imán de la mezquita la retiró en 1996 y ahora comparten espcaio común.

Con un cuerpo de ladrillo rojo y un minarete cuadrado, lo que realmente destaca es su portada decorada con azulejos azules. El enclave junto a los baños, el río y las casas con balcones tradicionales también ayuda a que sea uno de los lugares más fotografiados de la ciudad.

Dos de los puentes junto a los baños y a la mezquita no se han librado de la moda de los candados y ahora son conocidos como los puentes del amor. A ver cuándo a la gente le deja de hacer gracia esta costumbre que no hace más que añadir peso a los puentes, oxidar sus pasamanos y ponerlos en riesgo.

Llegados a este punto teníamos hambre, por lo que decidimos que era hora de hacer un alto en el camino antes de seguir con nuestra ruta del día.