Serie terminada: The Split

The Split es un drama legal británico centrado en una familia de abogadas especializadas en casos de divorcio. Creado por Aby Morgan (Sufragistas), quien se inspiró parcialmente en la separación de sus padres, inicialmente estaba concebido como miniserie. Tuvo sin embargo tan buena acogida que acabó extendiéndose por tres temporadas y un especial de Navidad. A diferencia de otras series legales como Boston Legal, The Good Wife o The Good Fight la ficción de la BBC se sirve de la temática para entrelazar la vida profesional y personal de los personajes. Lo que realmente le interesa es el drama familiar, las relaciones personales, los conflictos entre los miembros, sus emociones y traumas.

En el centro de la historia está Hannah Stern (Nicola Walker), abogada que después de no conseguir un ascenso en el bufete de su madre, se va a trabajar a una firma rival, dirigida precisamente por una antigua pareja. Casada con Nathan (Stephen Mangan), también abogado, y con tres niños en común, en esta nueva etapa de su vida se debate entre continuar con su matrimonio o apostar por retomar una relación con su amor de juventud.

Sus hermanas no podían ser más diferentes entre sí. Nina (Annabel Scholey), la mediana, compagina su vida profesional en el bufete de su madre con relaciones esporádicas; mientras tanto, Rose (Fiona Button), la pequeña, no termina de encontrar su espacio en lo laboral pero en lo personal está asentada con su novio, un economista muy formal y religioso, con el que está planeando su boda. La aparición de su padre tras 30 años de ausencia en el 70 cumpleaños de su madre desestabiliza el universo no solo de las tres hermanas, sino también del de la madre, Ruth Defoe (Deborah Findlay), quien siguió adelante y las educó en solitario tras el tempestuoso divorcio. En lo profesional además no está en su mejor momento, ya que está pasando por algunas estrecheces económicas.

A partir de este detonante las cuatro mujeres se replantearán las bases de sus relaciones amorosas. Hannah se debatirá si dejar su matrimonio y retomar aquel amor de juventud o, por el contrario, pensar en su familia, en lo que ha construido con su marido, y olvidarse de los sueños que alguna vez tuvo. Nina por su parte reflexionará sobre lo poco profundo de sus relaciones amorosas. Finalmente Rose pondrá en duda si realmente quiere casarse o es lo que piensa que debe hacer porque toca, porque es lo que se espera. Y mientras las vemos dudar y discutir entre ellas y con sus parejas, a la vez se van desarrollando los casos legales.

La esencia de The Split está ahí, en la reflexión sobre las relaciones. Es un drama adulto, con personajes coherentemente diseñados, unos casos atractivos y que interpelan de alguna manera a la protagonista o su entorno y unos arcos de temporada muy bien estructurados para mantener el interés. Que cada temporada cuente con solo 6 episodios también ayuda, pues evita rellenos y subtramas innecesarias. Con los 18 capítulos quedó una serie redonda, sin embargo, un par de años después de su final, la BBC quiso hacer un especial de Navidad.

En The split: Barcelona la familia abandona por unos días el gris Londres y se traslada a la capital catalana para celebrar la boda de Liv, la hija mayor de Hannah y Nathan. Y es que la pareja de la joven es un muchacho local cuya familia tiene una Masía rodeada de viñedos, el espacio perfecto para acoger a los allegados de ambos y festejar por todo lo alto la unión. El cambio de escenario viene acompañado de un nuevo registro. Estos dos episodios especiales tienen un tono más suelto, más cómico que la serie original. Tiene sentido ya que los personajes no se mueven entre bufetes y litigios, sino que se encuentran de celebración en un lugar con un clima agradable y donde corren los litros de alcohol; sin embargo, no sé si le va del todo bien este tono de comedia de enredos. O que igual no es lo que yo me esperaba.

La boda es la excusa para que se propicie el reencuentro de los personajes y explorar qué ha sido de ellos desde el capítulo final y cómo se han adaptado a su nueva situación. Se presenta a una Hannah ya en la cincuentena pero en un momento de plenitud y con muchos experiencias por vivir. Y también se introducen personajes nuevos con sus conflictos relacionales, como los padres del novio, porque al final ese siempre fue el Leit Motiv de esta serie. Se sigue hablando de divorcios, claro, pero The split: Barcelona lo explora desde un punto de vista optimista. No como un fracaso, sino como una corrección. Porque hay veces en que se han acumulado tantos reproches y banderas rojas que no merece la pena continuar con la relación sino abandonar y seguir por caminos separados. Mejor caminar en solitario que con malas compañías.

The Split funcionaba por su reparto, por su guion y por su realismo. Se sumergía en el aspecto menos atractivo de las relaciones humanas huyendo del idealismo y, con una sensibilidad inteligente, hablaba de tramas familiares no resueltos, de secretos guardados, de sentimientos ocultados durante años que acaban saliendo a la luz… en definitiva, de la vida. Sin embargo, me da la sensación de que The split: Barcelona con esa diferenciación formal en su estructura y tono se carga su espíritu. Personalmente creo que no aporta gran cosa al arco narrativo de los personajes. Es un epílogo bastante flojo. Aunque quizá es porque la ambientación, los acentos, algunas actuaciones y lagunas en el guion me sacaron bastante de la historia, especialmente en el segundo capítulo.

Como decía, The split: Barcelona arrancaba como una comedia de enredos en la que los personajes se encuentran tras un tiempo sin verse fuera zona de confort y donde hay algún malentendido y triángulo amoroso. Hasta ahí aceptamos barco. No obstante, la segunda entrega se vuelve más melodramática con subtramas de culebrón y adentrándose en cuestiones legales totalmente irreales. Y es que las normas legales no se aplican por igual en todos los países, y por tanto los abogados no pueden ejercer fuera de su ámbito de actuación. Más aún cuando estamos hablando de Reino Unido y España, uno fuera y otro dentro de la Unión Europea. Además, como ya mencionaba, tampoco es muy verosímil la historia de la familia del novio que lleva enlazada a la del viñedo desde hace décadas pero no hablan catalán, sino un español forzado para camuflar el acento argentino. Es que no parecen locales ni la madre, ni el hijo, ni siquiera los amigos o familiares. Como tampoco son locales las costumbres de bravas, guitarras flamencas y sangrías. No digo que no pasen en Cataluña, pero la ambientación parece más The split: Málaga que otra cosa. Claro, que supongo que el especial estaba más enfocado a un público británico y de ahí que hayan tirado del clichés y han elegido un lugar español por puro exotismo. Hay veces que es mejor cerrar una etapa, pasar página y no mirar atrás. Igual que en las relaciones.

Nadie se acordará de ella, Kat Rosenfield

Nadie se acordará de ella de Kat Rosenfield se desarrolla en Copper Falls, un pequeño y deprimido pueblo de Maine. La historia arranca cuando una mañana de octubre Lizzie Oullette es encontrada muerta en su casa del lago tras haber sido disparada a bocajarro. Está tan desfigurada que la identifican por una marca de nacimiento en la parte superior de su torso. Todo apunta a que el culpable es su marido Dwayne, pues tenían una relación un tanto tóxica y casualmente ha desaparecido.

Es la propia Lizzie quien ejerce de narradora de su propia historia. Retrocede en el tiempo y en su relato cuenta que su padre no nació en Copper Falls y por ello siempre fue tratado como un forastero. Por extensión, ella fue tratada de la misma manera y, desde que murió su madre, ambos, padre e hija, vivieron un poco apartados en su caravana ubicada en los terrenos de la chatarrería, el negocio familiar. No obstante, en el repaso de su infancia cuenta cómo hasta cierta edad no era consciente de que los demás la consideraban «basura de caravana», pues su padre siempre le mostró afecto y consiguió maquillarle la realidad.

Lizzie fue siempre una niña muy solitaria e independiente que soñaba con abandonar el pueblo. Cuando jugaba entre chatarra oxidada, coches desguazados y muebles abandonados se imaginaba un sinfín de historias en las que ella era la protagonista lejos de aquel lugar, lejos de burlas y abusones de instituto. Sin embargo, nunca llegó a marcharse, pues con apenas la mayoría de edad se quedó embarazada y acabó casada con, precisamente, uno de los abusones. Aunque sus sueños se vieron truncados con ese matrimonio, durante años tuvo que lidiar con el resentimiento de Dwayne, que se sintió atado a ella por obligación. Además, estaban también las críticas de los vecinos, quienes, después de que sufriera un aborto, llegaron a poner en duda hubiera existido criatura siquiera. Para todo el mundo Lizzie arruinó el prometedor futuro del buen hijo del pastor.

El otro personaje relevante de la novela es Adrienne Richards, la mujer florero de un multimillonario. Buscando desconectar del mundanal ruido de la ciudad y de la controversia de las prácticas financieras poco honestas del marido, la pareja abandona por un tiempo su residencia en Boston y se esconde durante un tiempo en la remota casita del lago de Lizzie. Ambas mujeres son muy distintas, contrapuestas, de hecho. Una marcada por la pobreza y el aislamiento, la otra por el privilegio y la exposición pública; sin embargo, de  algún modo parecen establecer una estrecha relación durante la estancia. Quizá porque ambas se sienten solas a su manera, pero sobre todo porque a Adrienne le gusta ser el centro de atención, sentirse envidiada, y Lizzie la ve como un modelo aspiracional, soñando como cuando era pequeña con una vida completamente diferente a la que le ha tocado en el pequeño pueblo de Copper Falls lleno de gente de mentes estrechas.

Kat Rosenfield combina una prosa ágil y envolvente con un ritmo que alterna entre la investigación policial del inspector Bird y el desarrollo íntimo de los personajes. La historia despierta interés desde el principio con su premisa inicial de joven marginada encontrada brutalmente asesinada en un pueblo pequeño. Ya sabemos que este tipo de acontecimientos en comunidades pequeñas saca lo peor de sus habitantes. Sin embargo, cuando consiguió engancharme fue al llegar a la segunda parte. El giro de guion ayuda a entender cómo estaban conectadas estas dos mujeres y por qué era relevante la historia de Adrianne en la muerte de Lizzie. Es entonces cuando encajan las piezas y quieres ver cómo acaba.

Nadie se acordará de ella es un thriller en que el misterio se mezcla con la crítica social. La tensión se construye a través de engaños y secretos mientras quedan en evidencia los contrastes entre la vida rural empobrecida y el mundo de apariencias y derroche de las élites urbanas. Y aunque la novela es un tanto cruda en ocasiones, lo cierto es que no podía ser de otra manera abordando temas como la discriminación por no formar parte desde siempre de una comunidad, la misoginia, el abuso de sustancias, o las diferencias de clase. Llevaba un tiempo un tanto desencantada con mis lecturas, pero con esta última he recuperado la fe. A ver si se mantiene la racha.

Miniserie: La mujer de la casa de enfrente de la chica en la ventana

La mujer de la casa de enfrente de la chica en la ventana es un intento de sátira de los thrillers psicológicos con origen literario del estilo de La chica del tren (Tate Taylor, 2016) o La mujer en la ventana (Joe Wright, 2021). Claramente, con el trabalenguas que tiene por título busca parodiar este subgénero en el que llevada por la curiosidad (y el exceso de tiempo libre) la protagonista, que está pasando por una situación de duelo o trauma y que para sobrellevarlo se refugia en el alcohol o en los tranquilizantes (o en los dos a la vez), se ve implicada de alguna manera en algún tipo de asesinato o misterio que se convertirá su obsesión.

Creada y dirigida por Rachel Ramras, Hugh Davidson y Larry Dorf, La mujer de la casa de enfrente de la chica en la ventana está protagonizada por Kristen Bell (Veronica Mars, House of Lies, The Good Place), quien, no nos vamos a engañar a estas alturas, es el motivo principal que me llevó a ver el piloto. La serie se sostiene en ella, y aunque aquí no explota sus dotes de canto, está estupenda, como siempre sacando a relucir su frecuente toque cómico, irónico y absurdo. Consigue transmitir el misterio, el trauma y los tormentos de su personaje.

La mujer de la casa de enfrente de la chica de la ventana tiene un punto de partida con gancho. En su arranque conocemos a Anna Whitaker, una mujer envuelta en una terrible depresión después de que su familia fuera destruida por una tragedia y cuyos días consisten en sentarse frente a la ventana de su salón bebiendo cantidades ingentes de vino con pastillas que son incompatibles con el alcohol, leyendo novelas de misterio y cotilleando a sus vecinos de típico barrio residencial. Además, Anna tiene ombrofobia, esto es, miedo a los fenómenos atmosféricos relacionados con las tormentas, por lo que no puede estar en la calle cuando llueve. Lo tiene todo la pobre.

Sin embargo, un día todo parece cambiar, cuando descubre que un atractivo hombre y su pequeña hija se acaban de mudar a la casa de enfrente. Como era de esperar, su vecino Neil se convierte en su interés romántico y Anna comienza una aproximación. No obstante, el educado, guapo, simpático y atento Neil no es tan perfecto como parece, sino que tiene pareja y nuestra protagonista presencia cómo la asesina. Sin embargo, cuando lo denuncia a la policía, no solo no aparece ningún cadáver, sino que la chica, que es azafata, se encuentra de viaje. A lo largo de ocho breves episodios de no más de 20 minutos cada uno se irá desarrollando una trama en la que todos los personajes parecen sospechosos y se dan las más rocambolescas situaciones.

Con un tono de comedia negra que recuerda a Solo asesinatos en el edificio y The Afterparty, la serie de Netflix combina misterio y comedia. No obstante, se diferencia de aquellas en que no hay que tomársela en serio. Busca la parodia por medio de referencias a escenas familiares que están en el imaginario colectivo, y no solo en lo que a thrillers psicológicos se refiere (esa bienvenida con comida como si fuera Bree Van de Kamp o el encuentro en la puerta del colegio a lo Big Little Lies).

La mujer de la casa de enfrente de la chica de la ventana no es una serie redonda ni mucho menos. De hecho, en ocasiones parece no encontrar el tono, llegando incluso a recordar a los telefilmes de sobremesa. Sin embargo, su curioso arranque y la escasa duración de sus episodios juegan a su favor. Una miniserie para desconectar y pasar el rato.

Mercadillos Navideños Alemanes. Día 3 III: Frankfurt am Main

En este último tramo del día en Frankfurt nos adentramos en la Neue Altstadt, el nuevo casco antiguo de la ciudad. Porque claro, el antiguo fue destruido por un bombardeo en marzo de 1944. Hoy en día este distrito está formado por 35 edificios, 15 de los cuales se reconstruyeron siguiendo lo más fielmente posible los diseños originales y otros 20 nuevos que intentan mantener de alguna manera la estética. El centro neurálgico de la zona, y corazón de Frankfurt, es la Plaza Römerberg, cuyo nombre se podría traducir como «montaña romana» porque se construyó en el siglo XII con la idea de crear una ciudad romana. Funcionó como lugar de reunión de comerciantes y viajeros, ya que además de festividades populares, acogía diversas ferias. Una de ellas era la Feria de Libros de Frankfurt, que aún se sigue celebrando hoy en día.

Además, la Plaza de Römerberg también acoge el principal Mercado Navideño de la ciudad, uno de los más antiguos del país, de hecho, ya que hay documentos que recogen que ya se celebraba allá por 1393. Inicialmente nació como un mercado de abastos en el que además se celebraba una pequeña representación teatral y alguna ceremonia religiosa propias de la época festiva. Poco a poco se fueron añadiendo puestos de artesanía y juguetes de madera, de comida y dulces… y para finales del XIX este mercado navideño era el lugar favorito de los lugareños para comprar los juguetes artesanales debido a su gran calidad. Con el tiempo este mercado también se convirtió en el punto de venta al que todos acudían a comprar el abeto.

Hoy en día el mercado navideño se extiende por un lado hacia Hauptwache hasta llegar a la Roßmarkt y por el otro hasta el río, como ya habíamos visto.

Volviendo a Römerberg, lo primero que nos encontramos en la plaza tras dejar atrás el museo fue la Alte Nikolaikirche, una pequeña iglesia de estilo gótico tardío del siglo XIII, lo que la convierte en la más antigua de la ciudad. Dedicada a San Nicolás, patrón de los pescadores, fue declarada Capilla Real en la época imperial y, más tarde, en el siglo XV, se convirtió en la oficial del Concejo de Frankfurt.

Cuenta con una torre de 48 metros de altura que fue restaurada en 1905 después de que la aguja neogótica hubiera sido demolida dos años antes debido a su mal estado de conservación. El carillón de 35 campanas suena cada día a las 9:05, 12:05 y 17:05.

En el centro de la plaza se erige la fuente Gerechtigkeitsbrunnen, la primera fuente construida en el país. Inaugurada en 1543 representa a la Diosa de la Justicia sosteniendo una balanza en su brazo izquierdo levantado y una espada en la mano derecha. La estatua mira al edificio del ayuntamiento, y es que, pese a lo que suele ser habitual, no lleva una venda en los ojos.

En condiciones normales supongo que destacará más en el centro de la plaza, sin embargo, entre el árbol de unos 30 metros de altura, el carrusel de estilo vintage, las numerosas casetas de madera del mercado navideño y los transeúntes, pasaba un tanto desapercibida. Lo mismo le ocurría a la Minervabrunnen, un poco más atrás. En este caso se trata de una columna en cuya base hay una fuente para beber y cuya parte superior queda coronada por la figura de Minerva.

A la espalda de ambas fuente destaca un conjunto de seis coloridas casas tradicionales alemanas. Se trata de los edificios más antiguos de la ciudad, aunque lógicamente no queda nada de sus construcciones originales de los siglos XV y XVI, ya que fueron destruidas durante la II Guerra Mundial. Estas fueron reconstruidas entre 1981 y 1983.

En el lado opuesto se erige el antiguo Ayuntamiento, que fue construido en el siglo XV y se ha ido ampliado desde entonces llegando a convertirse en un complejo de nueve que se usa para diferentes funciones, entre ellas la de oficina de registro civil.

Reconstruido tras la II Guerra Mundial, es el edificio histórico más importante de Frankfurt. Originalmente se trataba de un edificio de fachada de estilo gótico tardío y renacentista dividido en tres secciones. La central es conocida como Römer, y en su sala central se han coronado entre 1612 y 1806 un total de 52 emperadores del Sacro Imperio Romano Germánico. De ahí que sea conocida como la Kaisersaal. Hoy en día este espacio imperial en cuyas paredes se exponen los retratos de aquellos ilustres personajes acoge recepciones y ceremonias oficiales.

Frente al ayuntamiento hay una placa con forma de alcantarilla que recuerda la quema de libros que tuvo lugar en ese lugar el 10 de mayo de 1933. No obstante, con las casetas no se podía ver.

Tras una breve parada para comernos unas salchichas a la barbacoa y unas patatas, continuamos con nuestro paseo para no coger frío. Tomamos la calle Markt en dirección a la catedral, y poco antes de llegar nos sorprendió una fuente con un busto en su parte superior en la plaza Hühnermarkt (Mercado del Pollo). Al acercarnos descubrimos que se trataba de la Friedrich-Stoltze-Brunnen, una fuente dedicada al escritor y poeta local Friedrich Stoltze (1816-1891). Convencido demócrata destacó por su pluma satírica y mordaz contra lo que consideraba el estado autoritario de Prusia. Se vio involucrado en innumerables juicios como consecuencia de sus escritos, sin embargo, a pesar de ello, de la censura y de incluso el exilio, nunca dejó de publicar sus ideas. La fuente fue inaugurada en 1895, poco después de su muerte, cerca de su casa natal. Hoy se conserva el monumento, no así su residencia, que fue demolida en 1904.

A un paso de esta plaza se encuentra la Domplatz, donde se erige la Kaiserdom, la Catedral Imperial. En realidad, esta iglesia gótica dedicada a San Bartolomé no es una catedral, sino una colegiata. Recibe este nombre sin embargo porque fue el lugar en que desde 1356 se coronó a reyes. También emperadores del Sacro Imperio Romano Germánico desde 1562. 16 de los 23 emperadores que tuvo Alemania fueron elegidos en su Capilla del Electorado. En su interior alberga la tumba de Wilhelm I, emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, entre otras figuras históricas.

Su construcción comenzó en 1250 donde previamente había existido una capilla merovingia del siglo VII. Con el paso del tiempo se fue ampliando hasta llegar a su aspecto actual. Lógicamente no se ha conservado sin más, ya que fue destruida casi completamente por un incendio en 1867 y, tras su reconstrucción en 1880, fue dañada en la II Guerra Mundial, por lo que en la década de los 50 tuvo que ser de nuevo reparada.

Y de iglesia a iglesia, pues nuestra siguiente parada fue la Paulskirche, en la Berliner Straße. Aunque con un estilo arquitectónico completamente diferente. Construida durante el siglo XVIII, esta iglesia protestante de estructura sencilla fue sede del Parlamento de Frankfurt y de la primera Asamblea Nacional Alemana en 1848, reunión en la que se creó la Constitución democrática de Alemania. Tras la disolución del Parlamento, era allí donde se conmemoraban los principales eventos históricos. Por ese simbolismo de la democracia alemana, fue el primer edificio en ser reconstruido tras la II Guerra Mundial. Reabrió sus puertas para el centenario de la asamblea. Hoy en día no funciona como templo religioso, sino que únicamente acoge eventos públicos oficiales.

Llegados a este punto teníamos ganas de descansar un poco, así que decidimos que era hora de volver al hotel para hacer el checkin y descansar un poco y luego ya salir de noche a cenar y ver todo iluminado. Así pues, nos dirigimos a Hauptwache, donde podíamos coger varias líneas de tren que nos llevarían a la estación central. Pero antes hicimos una última parada en el centro comercial MyZeil, ubicado en la famosa Avenida Zeil, una de las más transitadas de Frankfurt.

En realidad fue una parada muy corta, pues tanto la avenida como el centro comercial tenían las típicas cadenas de marcas de ropa que podemos encontrar en cualquier centro de similares características en España. Así que nos dirigimos al tren y de ahí al hotel.

Para las dos noches que nos quedaban en la ciudad habíamos elegido el IntercityHotel Frankfurt. Es verdad que no estaba muy cerca del centro, pero estaba frente a la Hauptbahnhof, algo que nos había resultado muy cómodo a la hora de llegar a la ciudad, y también para nuestros desplazamientos en los días siguientes y, sobre todo, de cara al último día para tomar el transporte hasta el aeropuerto. Para los movimientos por Frankfurt no nos importaba andar un poco más, pues así descubríamos más partes de la ciudad. Y si nos cansábamos, siempre estaba el metro, tren, o incluso el bus.

Tras una incidencia inicial en recepción porque no encontraban nuestras mochilas en el almacén donde las habíamos dejado por la mañana, finalmente tuvimos nuestras tarjetas-llave y pudimos dirigirnos a nuestras habitaciones a descansar un rato. No había nada que objetar pues eran tal y como mostraban las fotos de su web.

Con la noche ya echada y después de un par de horas de relax, volvimos a hacer el recorrido de todo el mercado navideño de noche, acabando en la plaza Römerberg, donde buscamos una caseta donde cenar. Y, por supuesto, algunos entraron en calor con su taza de Glühwein para rematar un día muy completo. Pero el ritmo no paraba, pues al día siguiente nos esperaba Heidelberg.

Nueva serie «para ver»: Las cuatro estaciones

Conservar amistades con el pasar de las décadas no es tarea fácil. Los trabajos, la falta de tiempo, la distancia o los distintos caminos que cada uno toma acaban distanciándonos de gente de la que en determinado momento éramos inseparables. En Las cuatro estaciones sin embargo hay tres parejas de amigos que han conseguido mantener su relación durante veinte años y siguen con la tradición de hacer cuatro quedadas al año (una por estación). No obstante, al igual que la amistad, el amor también se acaba, y cuando uno de los seis anuncia que quiere separarse se su mujer, la estabilidad del grupo se tambalea. Porque claro, ¿Cómo repartimos los amigos tras una ruptura?

Basada en la película homónima de Alan Alda estrenada en 1981, Las cuatro estaciones recoge en su primera temporada los devenires de estas tres parejas en el período de un año, dos episodios por encuentro. Arranca en primavera, cuando se reúnen en la casa del lago de Nick (Steve Carell) y Anne (Kerri Kenney-Silver) porque estos celebran sus bodas de plata. El ambiente festivo cambia cuando Nick comunica a sus amigos que ya no conecta con su mujer y quiere divorciarse de ella. Una vez que detona esta bomba, salen a la luz secretos, resentimientos, reproches e infidelidades y la reunión de amigos queda arruinada. Y es que cuando cae lo que parecía la relación más estable de las tres, Kate (Tina Fey) y Jack (Will Forte) y Danny (Colman Domingo) y Claude (Marco Calvani) comienzan a cuestionarse su propia felicidad.

El primer capítulo de esta serie creada por Tina Fey, Lang Fisher y Tracey Wigfield nos deja con las cartas sobre la mesa tras el inesperado giro y muchos conflictos por delante. Y si bien el argumento tampoco parece especialmente disruptivo ni novedoso, el elenco (especialmente Frey y Carell) y la curiosidad por ver cómo evoluciona la dinámica del grupo a lo largo de ese año de encuentros me lleva a añadirla a mi lista de «series para ver«.